La sequía como desastre natural: su incidencia en el ámbito español
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LA SEQUIA COMO DESASTRE NATURAL SU INCIDENCIA EN EL AMBITO ESPAÑOL MARÍA FERNANDA PITA LÓPEZ* 1. INTRODUCCION La sequía se puede definir como un déficit hídrico inusual, que genera impactos severos en la sociedad que la padece, alterando el normal desenvolvimiento de su vida colectiva. En este sentido, es fundamental diferenciar con claridad los términos de sequía y aridez. La aridez alude a condiciones permanentes y habituales de escasez de agua; es, pues, un rasgo caracterizador de ciertos climas. La sequía, por el contrario, alude a una anomalía pluviométrica negativa, a un déficit hídrico coyuntural y anómalo, de forma que puede originarse en cualquier tipo de climas, incluso en aquellos caracterizados por su abundante precipitación (LOPEZ BERMUDEZ, 1985). Es precisamente este carácter coyuntural y anómalo el que otorga a la sequía su capacidad para generar perjuicios, ya que supone una ruptura de las condiciones normales, a las cuales las distintas sociedades suelen adaptarse en el desarrollo de su economía y de su sistema de vida. En consecuencia, la sequía puede considerarse como una manifestación más de lo que se ha dado en llamar los riesgos o desastres naturales, esos fenómenos extremos del medio que impactan severamente a la sociedad, y que han sido estudiados y sistematizados, esencialmente, por parte del Grupo de Investigación de los Desastres Naturales (WHITE, 1975). Este Grupo de Investigación se origina a finales de los años cincuenta en los Estados U nidos, para extenderse después a países de todo el mundo, gracias a la colaboración y los auspicios de numerosas instituciones internacionales, entre las que se encuentra la Unión Geo- * Departamento de Geografía Física y Análisis Geográfico Regional. UNIVERSIDAD DE SEVILLA. 31
gráfica Internacional. Esta expanslOn por todo el mundo permitirá abordar el análisis de los desastres naturales en medios, culturas y niveles de desarrollo diversos, de tal forma que en la actualidad -tras casi treinta años de investigacionespuede hablarse ya de la existencia de un cuerpo teórico y conceptual en torno al tema suficientemente desarrollado y que goza del consenso de la mayor parte de la comunidad científica. Son estos presupuestos conceptuales los que van a inspirar el contenido de nuestra charla, la cual, no obstante, tratará de insistir en las especificidades que la sequía presenta dentro de este contexto general. Por último, trataremos de aplicar estos principios al marco español, al objeto de mostrar los caracteres que en él presenta la sequía. 2. LA SEQUIA COMO DESASTRE NATURAL 2.1. La noción de desastre natural El desastre natural se define como «todo fenómeno extremo del medio físico que resulta perjudicial para el hombre y que está originado por fuerzas externas a él, siendo estas fuerzas incontrolables e imprevisibles, de manera que otorgan al desastre un carácter azaroso que lo convierte en riesgo paar la sociedad» (BURTON y KATES, 1972, 283). Ello supone que en el desastre natural intervienen dos componentes de distinta naturaleza, pero igualmente imprescindibles: la componente extrema y azarosa del evento físico y la componente humana y socioeconómica del perjuicio originado. No se habla de la existencia de desastres habituales, aunque éstas resulten perjudiciales para la sociedad, ni cuando adopta comportamientos paroxísmicos, pero éstos resultan neutros o beneficiosos para esa misma sociedad. Es la combinación del fenómeno extremo con el perjuicio originado la que determina la aparición del desastre. Un desastre, que, como puede verse, es tan natural como cultural, puesto que es cada cultura, cada sociedad, con sus peculiares usos del suelo y gestión de los recursos, la que delimita el umbral existente entre el fenómeno extremo y el fenómeno desastroso, un umbral que se sitúa en el momento en que empiezan a manifestarse los impactos negativos, estando éstos determinados por la sociedad concreta que ocupa el espacio. En realidad, podría afirmarse que el papel de la sociedad en la génesis de los desastres naturales es mucho más relevante que el papel de la propia naturaleza. Esta última es por definición dinámica y variable, pero neutra, y es la sociedad la que, al gestionarla, ocuparla y utilizarla, debe emprender los ajustes necesarios para adaptarse a esa variabilidad, obteniendo de ella el máximo beneficio y minimizando sus efectos diversos. Por eso es la sociedad la que determina qué 32
aspectos de la naturaleza se consideran como beneficios y cuáles como obstáculos o resistencias. Serán beneficiosos o neutros aquellos fenómenos que, aún siendo extremos, puedan ser controlados por el sistema de ajustes emprendido por la sociedad; los desastres naturales surgirán, por su parte, generando así severos impactos (CALVO GARCIA-TORNEL, 1984). Puede afirmarse, en consecuencia, que en el acaecimien~o de los desastres naturales intervienen tres elementos clave: el fenómeno extremo que lo origina, los impactos que genera sobre la sociedad y los ajustes que ésta emprende para luchar contra él. Entre estos tres elementos se establece una profunda interrelación, de forma tal que el fenómeno extremo determina los impactos generados y los ajustes que se van a emprender frente a él; a su vez, los impactos intervienen sobre el fenómeno extremo, fijando en él el «umbral de desastre», y condicionan el tipo de ajustes más aconsejables; por su parte, son los ajustes los que determinan el tipo y la intensidad de los impactos generados, con lo cual intervienen también indirectamente en la fijación del «umbral de desastre». Todo ello nos conduce a la afirmación de que los desastres naturales no son sino una muestra de la vulnerabilidad social ante los fenómenos extremos del medio, siendo esta vulnerabilidad tanto mayor, cuando más inadecuado sea el sistema de ajuste a la realidad natural que lo ocasiona. Ahora bien, dado que las sociedades son evolutivas y cambiantes -y cada vez a un ritmo más acelerado-, es lógico pensar que también lo será su vulnerabilidad frente a los fenómenos extremos, ya que todo cambio socioeconómico repercute en las relaciones que el grupo humano establece con su medio. Esta evolución será positiva cuando los fenómenos extremos vayan perdiendo capacidad para conmocionar a la sociedad y negativa en caso contrario. En consecuencia, y como síntesis de todo lo expuesto hasta ahora, puede afirmarse que el análisis de los riesgos naturales comporta el estudio conjunto y evolutivo de los tres elementos básicos más arriba mencionados: los fenómenos extremos, los impactos y los ajustes. La evolución experimentada conjuntamente por los tres, determinará el sentido de la evolución de la vulnerabilidad social ante los fenómenos extremos, determinará, en suma, la evolución experimentada por la sociedad en la vivencia de los riesgos. La aplicación de todos estos razonamientos al ámbito de las sequías nos conduce a afirmar que éstas sólo tienen lugar cuando un déficit hídrico inusual, una anomalía pluviométrica negativa, genera impactos severos sobre la sociedad, siendo presisamente estos impactos los que sitúan el umbral de sequía en la escala variable de las precipitaciones. A su vez, estos impactos surgirán cuando el sistema de ajuste frente a los déficits hídricos sea desbordado, es decir, cuando se produzca un fuerte desajuste entre los aportes de agua que la sociedad recibe y los 33
consumos que necesita para su normal desenvolvimiento. Pero este desajuste es de estricta responsabilidad social; es el sistema socioeconómico el que se fija los consumos de agua necesarios y es este mismo sistema el que determina, en gran medida, los aportes de que va a disponer, gracias al carácter de fluido material que el agua tiene, lo que permite su almacenamiento, su trasvase y, en suma, su regulación. En consecuencia, un buen sistema de ajustes, que establezca una relación consumos-aportes favorable a estos últimos, y con un margen de seguridad suficiente como para hacer frente a déficits hídricos prolongados, configurará una sociedad poco vulnerable a los déficits de precipitación, es decir, una sociedad con un reducido riesgo de sequía. Es obvio afirmar que cualquier cambio socioeconómico, dada su capacidad para alterar, tanto los consumos, como los aportes de agua, podrá conducir a un cambio en dicha vulnerabilidad, aumentando o reduciendo el riesgo de sequía según los casos (CHARRE, 1977). Por eso, para analizar el riesgo de sequía experimentado por una comunidad, no parece conveniente limitarse o mostrar la probabilidad de ocurrencia del umbral de sequía vigente en un momento dado. El control del riesgo en situaciones futuras aconseja estudiar la evolución experimentada por todos los elementos implicados en el desastre, al objeto de detectar las tendencias registradas en cada uno de ellos y corregirlas en caso necesario. Examinaremos, pues, los aspectos más relevantes de cada uno de los elementos intervinientes en el riesgo de sequía. 2.2. El análisis de los fenómenos extremos Al objeto de controlar y prever los riesgos naturales conviene conocer aquellos caracteres de los fenómenos extremos que mayor incidencia tienen en los impactos generados y en los ajustes a emprender frente a ellos. Estos caracteres pueden reducirse a siete esenciales: la magnitud, la frecuencia, la duración, la extensión espacial, la velocidad de implantación, la dispersión espacial y el espaciamiento temporal (BURTON, KATES y WHITE, 1978). De ellos son especialmente importantes los dos primeros, por ser los que definen conjuntamente el grado de extremosidad del fenómeno. La magnitud del fenómeno se expresaría por medio de su distanciamiento respecto a los valores habituales. En el caso de la sequía suele expresarse a través de la diferencia o el cociente existente entre las precipitaciones recibidas en el período analizado y las que se consideran habituales para-dicho período, siendo estas últimas, bien la precipitación media, bien la precipitación mediana del mismo. Por su parte, la frecuencia con que el fenómeno aparece, lo que mide es su grado de rareza. Su identificación exige el análisis de series ~e observación suficientemente largas, y suele expresarse por medio de su probabilidad de ocurrencia o período de retorno. Este paráme- 34
tro, además de informar acerca de lo inhabitual del fenómeno, permite evaluar su riesgo futuro de acaecimiento, cuyo conocimiento es esencial de cara a su previsión y control. Con respecto a las sequías, resulta de vital importancia determinar la magnitud y frecuencia de un valor clave: el umbral de sequía, es decir, la anomalía pluviométrica negativa a partir de la cual van a empezar a experimentarse severos impactos en la sociedad. La duración del fenómeno extremo interesa en la medida en que nos informa acerca del tiempo durante el cual la sociedad va a estar sometida a la situación anómala. En el caso de las sequías, sin embargo, su importancia es mucho mayor, dado que en ella la duración suele ir asociada a la magnitud. El carácter almacenable que el agua tiene determina que las anomalías pluviométricas mensuales se vayan acumulando; cada mes con déficit pluviométrico supone una nueva merma de las reservas de agua disponibles. En consecuencia, la sequía suele ser tanto más intensa cuanto más se prolonga en el tiempo, de ahí que, en nuestro caso, la duración se convierta también en un carácter definitorio del desastre, y de ahí que, normalmente, el umbral de sequía se defina, no sólo por su magnitud, sino también por su duración, para lo cual se suelen acumular las anomalías pluviométricas negativas de los sucesivos meses. La extensión espacial refleja la porción del territorio que va a verse sometida a stress en caso de desastre, y también en la sequía este parámetro se convierte en fundamental por el carácter trasvasable que el agua presenta. Un territorio será tanto más vulnerable a la sequía, cuanto más homogéneos sean los mecanismos que determinan su precipitación. En ese caso, todo el territorio se vería sometido simultáneamente al déficit pluviométrico y ello impediría el establecimiento de mecanismos compensatorios entre las distintas áreas del mismo. En caso contrario, estos mecanismos atenuarían la severidad del impacto y permitirían el trasvase de agua desde las zonas excedentarias a las deficitarias. Por eso, en la evaluación del riesgo de sequía en una zona dada, es fundamental analizar el grado de covariación que se registra entre las precipitaciones recibidas en cada uno de sus ámbitos espaciales. La velocidad de implantación del fenómeno se mide a través del tiempo transcurrido entre la fecha de su inicio y la fecha en la que alcanza su máxima intensidad. Su importancia radica en que la magnitud de este lapso temporal determina el tipo de medidas de alarma y prevención que podrán emprenderse en cada caso, y estas medidas pueden atenuar extraordinariamente los impactos originados por el desastre. La dispersión espacial, que oscila entre difusa y concentrada, determina también la facilidad con que el desastre podrá ser controlado, siendo ésta tanto mayor, cuanto más concentrado se muestre el fenómeno extremo. 35
Por último, el espaciamiento temporal, que oscila entre regular y aleatorio, orienta también en torno a las medidas de ajuste a emprender durante su acaecimiento, siendo éstas tanto más fáciles y eficaces, cuanto mayor sea su grado de regularidad. Un conocimiento preciso de todos estos caracteres evalúa adecuadamente el riesgo experimentado por la sociedad y orienta hacia los ajustes más oportunos en cada caso. Además, atendiendo al comportamiento conjunto de todos estos parámetros, los desastres naturales pueden clasificarse en dos tipos diferentes, con sus correspondientes matizaciones intermedias: los desastres de carácter intensivo, que pueden ejemplificarse con los terremotos, y los desastres de carácter penetrante, cuyo ejemplo más arquetípico es la sequía. Los primeros se caracterizan por tener una baja frecuencia, una duración corta, una extensión espacial reducida, una velocidad de implantación rápida, una dispersión espacial concentrada y un espaciamiento temporal aleatorio (ver gráfico n.O 1). Son, en consecuencia, desastres que azotan con poca frecuencia y durante poco tiempo a espacios reducidos y concentrados, ahora bien, su velocidad de implantación es tan rápida que dificulta enormemente las medidas de alarma y prevención y, por otro lado, descargan tal cantidad de energía durante su acaecimiento, que conmocionan profundamente a la sociedad, generándole impactos muy intensos (de ahí su nombre). Frente a ellos, los desastres penetrantes, como la sequía, suelen presentar una frecuencia alta, una duración prolongada, una extensión espacial amplia, una velocidad de implantación lenta, una dispersión espacial difusa y un espaciamiento temporal aleatorio. En este caso, amplios y dispersos espacios se ven afectados durante mucho tiempo y con alta frecuencia por el desastre, pero ahora, los niveles de energía descargados son bajos, de forma que los impactos ocasionados no son brutales y, además, la lenta velocidad de implantación permite incluso atenuar dichos impactos, tomando las oportunas medidas de prevención. Son, pues, desastres muy bien diferenciados, tanto en su comportamiento físico, como en los impactos que ocasionan. Lógicamente, también deben suscitar respuestas diferentes por parte de la sociedad. Ante los desastres intensivos parece que la medida de ajuste más eficaz es aquella que tiende a la desocupación de los espacios afectados por un alto riesgo de acaecimiento o, al menos, a su ocupación coyuntural y no permanente, estando además facilitada esta medida por la concentración y la reducida extensión de estos espacios. En los desastres penetrantes, como la sequía, esta medida no cabe, ya que equivaldría a la desocupación de inmensas porciones del territorio, desocupación que, por otro lado, no estaría justificada ante la suavidad de los impactos generados. En consecuencia, estos desastres nos exigen aprender a convivir con ellos, generando, simplemente, unas medidas de ajuste que minimicen sus impactos negativos. 36
GRAFICO 1: CARACTERIZACION FISICA DE LOS DESASTRES PENETRANTES (SEQUIAS) E INTENSIVOS (TERREMOTOS) FRECUENCIA DURANCION EXTENSION ESPACIAL VELOCIDAD DE IMPLANTACION DISPERSION ESPACIAL ESPACIAMIENTO TEMPORAL TERREMOTOS SEQUIAS Frecuente Larga Amplia Lenta Difusa Regular / / / / I / ( \ \ \ " " ""- FUENTE: BURTON, KATES y WHITE: «The environment as hazard». New York, Oxford University Press, 1978, p. 29. Raro Corta Limitada Rápida Concentr. Aleatoria 37
Estas medidas, en el caso de la sequía, tenderían siempre a reducir los consumos de agua, a ampliar las aportaciones y a mantener un alto margen de seguridad entre los dos componentes del binomio, de tal forma que sólo en momentos de profunda anomalía puedan experimentarse impactos adversos. 2.3. El análisis de los impactos El análisis de los impactos generados por un desastre natural encierra siempre grandes dificultades. En primer lugar, porque no se suele disponer de series de información suficientemente fidedignas, sobre todo, cuando se pretenden analizar en su evolución temporal. Pero además, porque los impactos se van encadenando en eslabones sucesivos a partir del evento originario (impactos biológicos, económicos, sociales, etc ... ), de forma tal que cada vez se desdibuja más la relación evento-impacto a medida que avanzamos en la escala, penetrando en cada eslabón factores ajenos al propio desastre que dificultan aún más el establecimiento de la relación. Por otro lado, estas dificultades se acrecientan en las sequías en relación con los restantes desastres naturales, especialmente, con aquellos de carácter intensivo. Porque los desastres intensivos tienen un comportamiento muy dicotómico: se producen o no se producen, y es muy clara la distinción entre ambas situaciones. Son, además, muy concentrados en el espacio y presentan, por añadidura, impactos muy brutales. En estas circunstancias es relativamente sencillo identificar sus impactos: en la mayoría de los casos éstos suponen la pérdida total de las actividades ubicadas en los espacios afectados. Las sequías, por el contrario, no presentan un comportamiento tan dicotómico: entre la situación seca y la no seca existe una suave gradación, tanto en el espacio, como en el tiempo. Por otro lado, los impactos no son tan brutales como en los casos anteriores, lo que propicia, además, el que sean mucho más variables sectorialmente (no toda la actividad económica se hunde forzosamente como consecuencia de una sequía, siendo muy distinta la vulnerabilidad de frente a ella presentan los distintos sectores de actividad). Todo ello cotribuye, en suma, a incrementar las dificultades encontradas en la evaluación precisa de los impactos de la sequía. Con todo, se puede esbozar un esquema de estos impactos y del escalonamiento y la relación que se establece entre ellos. En este sentido, cabe hablar de tres eslabones fundamentales en la cadena que liga el déficit pluviométrico con la conmoción social que genera. El primer eslabón es aquél que conduce de la escasez de lluvias a la falta de agua. Así, el primer impacto de la sequía es la aparición en la sociedad de una cantidad de agua para el consumo, inferior a la habitual. El tiempo que transcurre entre ambos fenómenos (inicio del déficit pluviométrico y sensación de disponer de escasas reservas hídricas) expresa la dependencia que la sociedad presenta respecto a los ritmos de 38
la precipitación y sitúa el umbral de sequía en la escala variable de las precipitaciones. Es, pues, un elemento clave a la hora de evaluar el riesgo de sequía de la sociedad o, lo que es lo mismo, su vulnerabilidad frente a los déficits hídricos. Esta dependencia está determinada por las relaciones establecidas entre la oferta y la demanda de agua y, esencialmente, por el grado de flexibilidad que caracteriza a ambas. La flexibilidad en la demanda de agua supone que las actividades de la sociedad puedan reducir coyunturalmente sus consumos sin sufrir graves colapsos. La flexibilidad en la oferta se relaciona con la capacidad de almacenar, transportar y regular el agua disponible, pudiendo ser ésta utilizada en los momentos en que el suministro pluviométrico es insuficiente. El segundo eslabón se produce cuando la escasez de agua respecto a las dotaciones habituales empieza a generar impactos de todo tipo en la sociedad. Estos impactos pueden ser muy variados y normalmente están interrelacionados por numerosos y complicados bucles. Presentándolos de forma lineal y reduciéndolos a sus manifestaciones más simples y evidentes, serían los siguientes: a) Efectos económicos: son los que acaparan en mayor medida la atención general y aluden a las pérdidas experimentadas por las distintas actividades económicas como consecuencia de la reducción en el consumo de agua. Son especialmente patentes en los sectores de agricultura, industria y turismo-hostelería, pero las interconexiones existentes en el conjunto de la estructura socioeconómica determinan que el impacto se propague a través de toda ella, aunque con distinta intensidad y carácter. El conocimiento profundo de estos impactos exige integrar en el análisis distintas escalas de aproximación al fenómeno, desde la individual, hasta la del conjunto de la región afectada por la anomalía climática, siendo los resultados diferentes en cada una de las escalas examinadas. b) Efectos sociales y demográficos: se producen como consecuencia, entre otras cosas, de los impactos de tipo económico, y entre ellos destacan los siguientes: -Las alteraciones experimentadas por la estructura social, derivadas del hecho de que los impactos económicos no actúan de la misma forma yen la misma medida sobre los distintos grupos y clases que la componen. Estas alteraciones suelen apuntar hacia un reforzamiento de las desigualdades, dada la mayor capacidad de que gozan los grupos más favorecidos para hacer frente a la crisis, pero pueden favorecer al mismo tiempo trasvases individuales en la escala social, como consecuencia de la ruptura de la normalidad. -La extensión del paro y el empobrecimiento consiguiente de muchos sectores de la población, por las dificultades que la escasez de 39
La primera etapa corresponde a la sociedad folk, protagonizada en lo económico por el sector agrario y con escasísimo desarrollo industrial. En una segunda etapa se accede a la sociedad mixta, con un desarrollo industrial incipiente que comparte todavía el protagonismo de la economía con el sector agrario. La tercera etapa corresponde a la sociedad industrial, en la cual el peso de la agricultura en la economía es ya mínimo. Por último se accede a la sociedad post-industrial, que es la que caracteriza en la actualidad a los países más desarrollados. De los rasgos que individualizan a la sociedad folk en sus modos de lucha contra los desastres naturales destaca su elevada capacidad de absorción de éstos, la cual les viene dada, esencialmente por una secular adaptación cultural al entorno, capaz de demorar la aparición de los impactos negativos de sus manifestaciones extremas. Ello supone la existencia en estas sociedades de ajustes cooperadores con la naturaleza más que controladores de ésta. También disponen de una elevada capacidad de aceptación de las pérdidas, a través, sobre todo, de eficaces sistemas de distribución del peso de las mismas entre el conjunto de la comunidad. Una distribución en la que los gobiernos -muy débiles, por otro ladojuegan un escaso papel, siendo más bien la propia organización comunitaria, familiar, tribal, etc., la que asumiría esta tarea. Esta elevada capacidad de aceptación de las pérdidas hace que se retrase considerablemente el umbral de acción, el cual, por otro lado, en seguida será superado por la escasa capacidad de reducción de pérdidas de que adolecen estas sociedades. La capacidad llega a ser casi nula por lo que respecta a las posibilidades de modificación del evento físico y algo mayor en cuanto a la evitación de pérdidas generadas por el desastre. En cualquier caso, es siempre una capacidad basada en la cooperación comunitaria más que en inversiones tecnológicas o financieras. La consecuencia de ello es que rápidamente se rebasa el umbral de intolerancia, propiciándose cambios que conduzcan a una situación más favorable. Estos cambios afectan esencialmente al lugar de asentamiento, dado que en estas sociedades la capacidad de generar nuevos usos del suelo o nuevos modelos productivos es muy escasa. Se trata, en suma, de sociedades con una variada gama de ajustes antes las manifestaciones extremas del medio, las cuales, por estar basadas en prácticas seculares, son flexibles y cambiantes de unos lugares a otros. Son además ajustes muy eficaces en caso de acontecimiento de desastres poco intensos, aunque son incapaces de hacer frente a los impactos generados por acontecimientos de gran intensidad. Cuando en este tipo de sociedades comienzan a penetrar las actividades industriales y empieza a esbozarse un ligero desarrollo tecno- 46
lógico se produce el paso hacia las sociedades mixtas, dominantes hoy en los países subdesarrollados que empiezan a insertarse en los circuitos y esquemas de la economía occidental. Son probablemente las sociedades peor dotadas para hacer frente a los desastres naturales en virtud de su carácter de sociedades en transición; están abandonando sus modos de lucha tradicionales, pero aún no han asimilado los que caracterizan a las sociedades industriales. ASÍ, su capacidad de absorción disminuye enormemente por el abandono de las adaptaciones seculares, con lo cual, el umbral de conciencia es rápidamente superado. Asimismo, la capacidad de aceptación de pérdidas cambia de carácter. Una vez que la organización comunitaria y familiar tradicional se ha deshecho, la posibilidad de compartir las pérdidas se reduce extraordinariamente; por otro lado, los gobiernos disponen aún de recursos insuficientes para cumplir esta función. La consecuencia es que las pérdidas han de aceptarse, predominantemente, de modo individual, lo que agudiza el impacto en las víctimas que lo soportan. En cuanto a la capacidad de reducir pérdidas, aumenta en esta etapa, cambiando, además, de sentido. El mayor desarrollo tecnológico hace que ahora se inviertan mayores esfuerzos en los intentos de controlar la naturaleza, en la modificación de los eventos físicos, que en la disminución de las pérdidas generadas por éstos. Se retrasa, en cualquier caso, el umbral de intolerancia y se reduce, al mismo tiempo, la capacidad de cambio en la sociedad, cuyos miembros, al tener más que perder, son menos proclives a efectuar modificaciones en sus modelos productivos y, muchos menos aún, a cambiar de lugar de residencia. Las sociedades industriales consolidan un nuevo modelo de lucha contra los desastres naturales, el cual, aunque más costoso en inversiones y tecnología, resulta menos penoso para las víctimas potenciales. En primer lugar, se produce de nuevo un retraso en la llegada del umbral de conciencia por aumento de la capacidad de absorción de la sociedad, la cual, una vez asentada y consolidada en su nuevo status, dispone ya de una mayor capacidad de adaptación cultural y realiza mayores esfuerzos en ajustes incidentales. Además, la aceptación individual de las pérdidas disminuye en beneficio de su distribución entre la colectividad, una distribución que ya no corre a cargo de la organización familiar, sino que es asumida, esencialmente por los gobiernos en forma de ayudas, subvenciones, seguros, etc. También aumenta la capacidad de la sociedad para reducir las pérdidas en virtud del mayor desarrollo tecnológico, que enfatiza los sistemas para el control de la naturaleza aunque también propicia mayores esfuerzos encaminados a reducir las pérdidas potenciales de los desastres. 47
Con ello el umbral de intolerancia vuelve a elevarse, limitándose a casos muy extremos los cambios de modelo productivo y haciéndose prácticamente nulos los cambios de lugar de residencia. Toda esta gama de ajustes, costosos en inversiones y tecnología, escapa de la acción individual y exige una sociedad interconectada e interdependiente; por lo mismo, carece de flexibilidad y capacidad de cambio y tiende a ser uniforme en su aplicación. El último estadio de la evolución corresponde a las sociedades postindustriales~ las cuales se caracterizan por combinar de manera armónica la mayor variedad posible de ajustes. Incrementan extraordinariamente su capacidad de absorción gracias a adaptaciones culturales y ajustes incidentales muy desarrollados. Además, reducen al mínimo la aceptación individual de pérdidas, predominando su distribución entre todo el colectivo. Por otro lado, invierten el sentido de su capacidad de reducir pérdidas, minimizando los intentos de control de la naturaleza e intensificando los esfuerzos encaminados a evitar los impactos. Por último, cuando el umbral de intolerancia es rebasado, la sodead post-industrial tenderá a cambiar el modelo productivo o el lugar de residencia, ampliando la capacidad de cambio con respecto a las sociedades industriales. Parece, pues, que en la última etapa se redescubren las ventajas de la variedad en los ajustes y la flexibilidad, que habían caracterizado a las sociedades folk, aunque ahora, desde una situación diferente. Así, en cuanto a la capacidad de absorción, predominan ahora los ajustes incidentales sobre las adaptaciones culturales; además, la capacidad de compartir pérdidas -que es incluso mayor que en las sociedades folkse realiza por medio de acciones gubernamentales o estatales y no en virtud de organizaciones familiares o tribales; y es también notorio el aumento de la capacidad de evitar pérdidas, lo que no impide la posibilidad de cambiar cuando ello es necesario. Estos matices diferenciales se traducen en la existencia en las sociedades desarrolladas de una mayor capacidad para soportar, sin grave quebranto, desastres naturales de gran intensidad, así como en la existencia en cada caso de costes sociales muy distintos. A las sociedades industriales correspondería un mayor volumen de pérdidas, pero, en proporción a los productos nacionales brutos respectivos, éstas serían mayores en las sociedades folk y mixtas, siendo también mayores en estas últimas las pérdidas de vidas humanas .. Así, se ha podido afirmar que «ser pobre como persona o como nación es ser particularmente vulnerable» (BURTON, KATES y WHITE, 1978, 12). 3. EL RIESGO DE SEQUIA EN ESPAÑA: EVOLUCION y PERSPECTNAS Puede resultar algo pretencioso el título de esta segunda parte de la charla, dada la escasez de estudios relativos al tema existente en nuestro país. En realidad, los desastres naturales no han empezado a 48
estudiarse en España de un modo sistemático hasta la década de los años ochenta y, dentro de ellos, las sequías han sido los menos y peor abordados. El organismo que mayor atención ha dedicado al tema es el Institu- to Geológico y Minero de España, el cual lleva algunos años dedicado a cartografiar el riesgo asociado a algunos desastres naturales de carácter geológico, tales como desprendimientos de terreno, arcillas expansivas o inundaciones, y el cual, también, empieza ya a estar en condiciones de abordar algunos trabajos genéricos sobre los riesgos en España (lGME, 1987). Es destacable, además, la labor realizada con respecto a las inundaciones por parte de algunos organismos públicos, tales como la Dirección General de Obras Hidráulicas o el propio Instituto Geológico y Minero de España, los cuales, a instancias de la Comisión Nacional de Protección Civil, han realizado un estudio muy detallado sobre la distribución de este riesgo en todo el territorio nacional, que pronto verá la luz. En cuanto a las sequías, tal tipo de estudios sistemáticos y generales, es inexistente. La Comisión Nacional de Protección Civil presenta más interés por los desastres que suscitan mayores medidas de emergencia y, por ello, mayor intervención por su parte. En cuanto al Instituto Geológico y Minero de España, no parece considerar a este desastre propio de su competencia. La consecuencia de todo ello es que, con respecto a las sequías, hemos de contentarnos, por el momento, con los estudios parciales y puntuales que algunos autores han realizado en los últimos años, los cuales, sin embargo, no suelen abordar todo el territorio nacional y, sobre todo, no suelen considerar el fenómeno en series temporales lo suficientemente largas como para inferir a partir de ellos el riesgo de sequía experimentado en el país. Los que predominan, y tampoco son muy abundantes, son los estudios relativos a la última gran sequía experimentada en España durante los años 1980-83 (PEREZ CUEVA y ESCRIBA ORTEGA, 1982; PEREZCUEVA, 1983; RASO, CLAVERO yMARTIN, 81; SALES, JAMBRINO Y JUSTE, 1982; ALBENTOSA, 1981 y 1982). Esta información, aún cuando no es suficiente como para presentar un esquema detallado en torno al riesgo de sequía existente en España, nos servirá de base para presentar una panorámica general sobre el tema. Ateniéndonos a los esquemas teóricos expuestos en la primera parte, abordaremos en primer lugar la componente física de la sequía, para examinar después su componente humana y completar así el esquema de la vivencia de la sequía en el país. 3.1. La componente física de la sequía en España Aunque el riesgo potencial de sequía en el país aún no ha sido estudiado, puede evaluarse grosso modo su magnitud a partir de las siguientes hipótesis. 49
A) El riesgo potencial de sequía en un lugar dado es tanto mayor cuanto más grande sea la variabilidad que caracteriza a sus precipitaciones. Este alto grado de fluctuación entre las precipitaciones registradas de unos años a otros, determina que las condiciones normales o habituales de aporte de agua se quiebren con alta frecuencia, con lo cual se eleva extraordinariamente el margen de seguridad que hay que mantener en el nivel de consumos. Con arreglo a este criterio, puede afirmarse sin embages la existencia de un alto riesgo potencial de sequía en España. Los climas mediterráneos, en tanto que climas de transición, se caracterizan precisamente por su alta variabilidad pluviométrica, y este hecho se traduce en España en unos índices de irregularidad interanual que, a excepción de la franja norte peninsular, superan siempre las dos unidades, siendo del orden de las tres o cuatro unidades, siendo del orden de las tres o cuatro unidades en casi todo el interior del país, y superando las cinco y seis unidades en sus fachadas mediterránea y sur. Almería, con su índice de irregularidad pluviométrica interanual de 9,8 unidades para el período 1930-1986, presenta el valor máximo por este concepto. B) El riesgo potencial de sequía en un lugar será tanto mayor cuan- to más grande sea la persistencia que caracteriza a las situaciones secas. Ello es así en virtud de la importancia que el parámetro duración tiene en la configuración de la sequía, máxime en los momentos actuales, en los que la elevada capacidad de regulación de las cuencas permite soportar sin conmoción déficit prolongados. Por eso, en muchas ocasiones, el elevado riesgo de sequía se deriva, no tanto de una elevada variabilidad de las precipitaciones o de una alta frecuencia de meses o años secos, sino del modo en que se suceden y arraciman estos meses y años. En el ámbito andaluz, por ejemplo, este aserto es evidente. en él los valores más altos de variabilidad corresponden a las estaciones mediterráneas, sin embargo, las secuencias secas más prolongadas se registran en el núcleo interior de la misma (Córdoba, Granada, Jaén, Grazalema). El resultado es que el riesgo potencial de sequía es relativamente bajo en los enclaves mediterráneos, aunque pueda resultar sorprendente y paradójico, en tanto que todo el interior de la región adolece de los máximos niveles de riesgo, tanto por el porcentaje de meses secos que integran, como por el número y la duración de las secuencias secas prolongadas que en él se insertan (PITA LOPEZ, 1988 a). La misma idea parece desprenderse, para el ámbito nacional, del estudio realizado por Pérez Cueva (1983) acerca de las secuencias secas registradas en el período 1971-83, y en el cual, las secuencias más prolongadas se sitúan en enclaves como Vigo, Córdoba, Soria, Barcelona, Ciudad Real, etc ... , los cuales no presentan en absoluto los mayores índices de variabilidad pluviométrica interanual. 50
Por eso, parece necesario realizar un estudio sobre la persistencia de la sequía registrada en los distintos ámbitos españoles y durante largos períodos, a fin de jerarquizar los niveles de riesgo potencial que en ellos se dan. e) El riesgo de sequía en un territorio es tanto mayor cuanto más homogéneas sean las precipitaciones que se registran en sus distintas áreas, dado que tal homogeneidad imposibilita los mecanismos compensatorios interáreas. En este sentido, de nuevo habría que concluir en el elevado riesgo de sequía que caracteriza al territorio español, todo él, salvo su franja norte, sometido al dominio de los climas mediterráneos y bajo la influencia de los mismos centros de acción. No obstante, este alto grado de homogeneidad permite la existencia de diferencias, a veces notables, en el acaecimiento de las sequías, las cuales, bien utilizadas, podrían contribuir a paliar sus impactos negativos. De nuevo utilizaremos como modelo de referencia la región andaluza. En ella, a pesar de su reducido tamaño respecto al territorio nacional, y a pesar de la aparente homogeneidad que caracteriza a sus mecanismos generadores de precipitación, pueden delimitarse claramente dos ámbitos en lasque la covariación de los meses secos es prácticamente nula: el dominio mediterráneo, coincidente básicamente con la cuenca Sur, vel resto de la región, enclavado mayoritariamente en la cuenca del Guadalquivir. A su vez, dentro de esta última, las discrepancias existentes entre sus vertientes norte y sur-menores que en el caso anterior, desde luego-, son lo suficientemente destacados como para permitir el establecimiento de mecanismos compensatorios entre ellas (PITA LOPEZ, 1988 b). En el ámbito nacional también parece deducirse la misma idea del trabajo realizado por Pérez Cueva (1983) y citado con anterioridad. En él las isanómalas de precipitación registradas en el período 1971-82 sólo muestran la existencia de tres años de sequía generalizada o casi generalizada en el país: 1973, 1980 Y 1981. Los restantes años muestran la alternancia de zonas húmedas y secas, de forma tal que posibilitarían la compensación interterritorial. Es cierto, desde luego, que tales mecanismos compensatorios tropiezan con obstáculos jurídicos y de otra índole aún no resueltos. Parece, sin embargo, que en algún momento habrá que resolver este problema so pena de perder un instrumento de flexibilidad hídrica eficacísimo en situaciones de sequía prolongada. Es obvio afirmar que previamente habría que conocer con el máximo detalle la covariación que caracteriza a las precipitaciones en todo el territorio nacional. D) Por último, puede afirmarse que el riesgo de sequía en un lugar es tanto mayor cuanto más exiguas sean sus precipitaciones habituales. Esta afirmación supone ya la toma en consideración de la componente humana de la sequía, pero no se puede ignorar que en la actualidad los procesos de desarrollo socio económico tienden a ser cada vez más homogéneos y tienden a exigir siempre unos elevados consumos de agua. 51
En este sentido, las zonas dotadas de manera habitual con escasos aportes de precipitación se ven obligadas a mantener unos márgenes de seguridad tan escasos en sus reservas hídricas, que pueden acceder a la situación de déficit de agua con suma facilidad. Y aunque es cierto que en este caso estaríamos ante un desajuste aportes-consumos provocado por una mala adaptación antrópica al sistema natural, es cierto también que se trata de un problema difícil de resolver si se pretenden mantener unos niveles de desarrollo aceptables. En indudable que la mayor parte del territorio español se encuentra en una situación de este tipo y, en especial, sus enclaves interiores y mediterráneos, lo que obliga a estas áreas a propiciar unos ajustes frente a la sequía doblemente eficaces. La resultante de todo ello es la afirmación de la existencia de un riesgo potencial de sequía muy elevado en el conjunto nacional, el cual, sin embargo, resulta difícil de precisar por el momento, dada la escasez de estudios relativos al tema. 3.2. La componente humana de la sequía en España Para la exposición de este epígrafe nos basaremos en los resultados obtenidos en una investigación realizada acerca de la evolución de la vulnerabilidad frente a la falta de agua en la Baja Andalucía (PITA LOPEZ, 1986). En ella pusimos en relación, a lo largo del período 1940-82, las secuencias secas registradas en la Baja Andalucía con las noticias de prensa publicadas en la zona sobre el tema. Tal relación nos permitió analizar la evolución experimentada por los distintos componentes implicados en la vivencia de la sequía, en un período clave de la historia española: el período que asiste al cambio conducente de una sociedad rural tradicional a una sociedad urbana e industrial. Un cambio socio económico de tal magnitud por fuerza debería reflejarse en las relaciones mantenidas por la sociedad con su medio y, efectivamente, la investigación mostró cómo los años sesenta se constituían en una charnela separadora entre la vivencia de la sequía registrada antes y después de este hito. Pensamos que los resultados obtenidos en este trabajo pueden extrapolarse -con ciertas reservasal conjunto del estado español, dada la homogeneidad que en él presenta el proceso de cambio socioeconómico mencionado. Por ello, nos atrevemos a presentar ahora estos resultados con carácter general, confiando en que pronto se conozcan nuevos detalles y matices en torno a la vivencia de la sequía en España. La idea central que se desprende de esta investigación es la de la existencia de una evolución positiva en la vulnerabilidad social frente a los déficit hídricos, siendo el aspecto más favorable de esta evolución la dependencia de la sociedad respecto a los ritmos de la precipitación, que se reduce extraordinariamente a lo largo del período. 52
Así, en los años cuarenta y cincuenta, y especialmente en el tránsi- to entre ambas décadas, la sequía es un fenómeno prácticamente cotidiano en la sociedad y, evidentemente, no por razones pluviométricas, sino por razones de desajuste entre consumos y aportes de agua. En ocasiones, la situación llega a ser tan dramática, que incluso en momentos de fuertes precipitaciones, generadoras de inundaciones catastróficas, los problemas de desabastecimiento de agua y energía siguen siendo acuciantes y se sigue invocando a la sequía como responsable de ellos. De modo general, el umbral de sequía vigente en estos momentos se puede evaluar en una anomalía pluviométrica acumulada de unos 20 mm. (el 3,5 % de la precipitación media anual registrada en esta zona), desarrollada a lo largo de uno, dos o tres meses como máximo. Ello otorga al umbral una altísima probabilidad de ocurrencia, lo que convierte a la sequía, efectivamente, en un fenómeno cotidiano. Ya a finales de los años cincuenta empieza a mejorar la situación y durante los años sesenta la sociedad llega a resistir una secuencia seca de 19 meses consecutivos sin experimentar la menor conmoción. Una situación realmente favorable y que persiste hasta la actualidad. Así, durante la última gran sequía experimentada en la región, la alarma provocada por la escasez de reservas hídricas no surge hasta más de un año después de haberse iniciado la sequía y cuando el valor de la anomalía pluviométrica acumulada superaba ya los 170 mm. (aproximadamente, un 30 % de la precipitación media anual de Sevilla). Este umbral, en el período 1940-82 sólo se superó en cinco ocasiones, lo que supone que su probabilidad de ocurrencia es de 0,125 y su período de retorno, de más de ocho años. Pero, además, esta superación del umbral suele coincidir con los finales de las grandes secuencias secas, con lo cual, su permanencia en la región resulta extraordinariamente reducida; de hecho, sólo un 5 % de los meses estudiados presentaron una anomalía pluviométrica acumulada superior a 170 mm. Puede hablarse, en consecuencia, de una extraordinaria reducción de la dependencia de la sociedad respecto a los comportamientos pluviométricos y de un· aumento notable del umbral de sequía, lo que permite abordar el fenómeno sin excesivos sobresaltos. Naturalmente, no pretendemos que estos umbrales tengan validez para el conjunto de España, pero sí pensamos que puede tenerla el proceso de evolución, puesto que los mecanismos que dan lugar a este proceso sí son muy similares en todo el territorio. Estos mecanismos aluden, sobre todo, el aumento de la fIexibilización de la oferta de agua que se consigue a lo largo del período gracias a la continua implantación de embalses de regulación. Estos embalses permitirán el aumento sostenido de los consumos de agua así como la elevación de los márgenes de seguridad necesarios para hacer frente a déficit pluviométricos prolongados. 53
De hecho, de los estudios realizados por Pérez Cueva (1983) se desprende la misma situación. Durante la última sequía, el autor muestra cómo la conmoción social no salta con fuerza a la prensa nacional hasta los inicios de 1981, cuando la sequía había comenzado de manera general a finales de 1979 y, en algunos lugares, incluso con anterioridad. La variedad de los impactos registrados con ocasión de la sequía también experimenta una clara evolución a lo largo del período. Las actividades más regulares en su comportamiento son las agrícolas, tan- to en secano, como en regadío. La agricultura de secano es el único sector de actividad que mantiene siempre unos altos grados de vulnerabilidad frente a la falta de agua, y ello, por razones obvias: es un sector en el cual el aumento de la flexibilidad en la oferta de agua es imposible, al no beneficiarse del consumo de aguas reguladas. Por otro lado, la flexibilidad en la demanda también es muy reducida; incluso utilizando aquellas variedades más resistentes y aplicando las técnicas de cultivo más apropiadas para soportar el déficit, existen unos consumos hídriccs mínimos que son indispensables para el buen desarrollo de las cosechas y sin los cuales éstas se malogran. Así, los resultados de la investigación muestran que hay una probabilidad del 62,5 % de que alguno de los cultivos de la zona obtenga malos resultados agrarios, y la probabilidad de que la campaña en su conjunto resulte desfavorable (con tres o más cultivos con resultados adversos) alcanza el valor del 300/0, siendo la sequía el principal agente responsable de estas adversidades. Por su parte, la agricultura de regadío también se mantiene bastante estable a lo largo del período, pero presentando siempre bajo índices de vulnerabilidad frente a la falta de agua. De hecho, en todas las secuencias secas, suele aparecer en un discreto tercer lugar en cuanto a los impactos experimentados. En este caso la baja vulnerabilidad obedece, en primer lugar, a la gran flexibilidad que caracteriza a sus consumos c::. agua (es común la iInplantación de cultivos resistentes a la sequía cuando el déficit hídrico amenaza con producirse y, también, la reducción de las dotaciones de agua sin grave quebranto para la producción), y en segundo lugar, a las posibilidades de fIexibilización que también presenta la oferta, máxime cuando es posible controlar, en alguna medida, el equilibrio oferta-demanda a través de la construcción de embalses y la concesión paralela de licencias de riego. Pero estas permanencias no pueden enmascarar los importantes cambios sectoriales que se registran en el período en cuanto a la vivencia de la sequía. Entre ellos, el más destacable es la sustitución de la electricidad como protagonista de la misma, por el sector de consumo urbano. El protagonismo, durante los años cuarenta y cincuenta, del sector hidroeléctrico en la conmoción generada por las sequías, supone que 54
en esta época es la misma base de la sociedad la que experimenta los perjuicios generados por los déficits hídricos: la energía, y ello implica que sea todo el conjunto de la sociedad el que se vea impactado, tanto en sus aspectos más vitales: la producción y la economía, como en los más nimios: falta de alumbrado en las casas y ciudades, escasez de agua por dificultades de bombeo, etc. Es, no obstante, la producción industrial la que sufre con mayor intensidad las consecuencias de esta situación, propiciando la paralización de la economía, unas tasas de desempleo alarmantes y unas cotas de pobreza y miseria importantes en grandes sectores de la población. Frente a estos impactos, los generados en el consumo urbano, que afectan esencialmente a las grandes ciudades, resultan casi irrelevantes, aunque reflejan una misma situación: el inicio de la urbanización e industrialización que la sociedad intenta emprender y para el cual no cuenta con la infraestructura necesaria. A finales de los años cincuenta, gracias a los trabajos de adecuación de esta infraestructura al ritmo impuesto por la evolución socio-econó- mica, se produce un cambio de situación. Las fuentes de energía se amplían y diversifican (en ello juega un importante papel la apertura al exterior iniciada en estos momentos), consiguiéndose la casi total inmunidad de este sector frente a los déficits pluviométricos; el consumo urbano, por el contrario, no cesa de aumentar, en correspondencia con una sociedad cada vez más urbanizada e industrializada y dotada de niveles de vida progresivamente más altos; el servicio de agua corriente accede al ámbito rural y se hace cada vez más necesario ... el resultado es que el sector acaba convirtiéndose en el protagonista de los impactos de la sequía, de forma que en los años setenta y ochenta la sequía se define cada vez más como un fenómeno urbano. y el cambio sectorial es importante, porque ya no es la misma base de la sociedad la que se va a conmover ante los déficits pluviométricos; ahora saltan a la prensa las incomodidades derivadas de la escasez de agua más que los problemas productivos que ésta genera. Ello no supone que no existan tales problemas productivos; de hecho, la reducción en el abastecimiento de agua a las ciudades implica también a las industrias y servicios ubicados en esas ciudades, pero las restricciones que se impoenen difícilmente consiguen paralizar los procesos productivos. Así, el sector industrial sólo accede a la prensa en los momentos de déficit hídrico más intenso y su porcentaje de participación en la información es siempre reducidísimo. A ello contribuye, desde luego, el carácter de usuario prioritario del agua que se le suele asignar, así como su capacidad tecnológica y financiera, que le permite emprender continuos ajustes susceptibles de reducir los impactos. Hay que advertir, no obstante, que ello sólo es posible en aquellas industrias de cierta envergadura, siendo la vulne!abilidad frente a la sequía mucho mayor en aquellas otras de redUCido tamaño y situación financiera más precaria. 55