1 Espacio de reflexión y comunicación en Desarrollo Sostenible Año 4 Nº 16 Noviembre 2007 Sobre la noción de sostenibilidad. Las dificultades del término sostenible en arquitectura. Manuel José Sierra Hernández Alumno del master oficial “Ciudad y arquitectura sostenible”, impartido por el IUCC, Universidad de Sevilla *
[email protected] Hablamos de sostenibilidad. Si a día de hoy, cuatro de enero del 2007, introdujéramos en un buscador de Internet al azar la palabra sostenibilidad, éste nos proporcionaría entre uno y cuatro millones y medio de entradas sobre el término, sólo en castellano. No obstante, en cambio, si introducimos sostenible, obtendríamos entre cinco y doce millones y medio de entradas. Ante esto cabe la pregunta ¿Acaso no es lo mismo sostenible que sostenibilidad? Parece que no, debe existir una distinción cuando por cada entrada de sostenibilidad existen al menos cuatro o cinco de sostenible. Quizás se trate de una diferencia gramatical: mientras que sostenibilidad es un sustantivo, sostenible es un adjetivo. O una diferencia semántica: mientras que sostenibilidad define a un estado, sostenible conjura una cualidad añadida a algo. En cualquier caso parece que el adjetivo tiene más éxito que el sustantivo, sobre todo cuando sostenibilidad se refiere a un estado que aún no ha sucedido, sigue siendo una utopía, y sostenible es una cualidad que puede detentar otros sustantivos, como paz, relación o arquitectura. Sin embargo, ¿se podría hablar de sostenibilidad sostenible? Ciertamente no. Resulta redundante, sobre todo cuando por propia definición sostenibilidad se trata de un estado en el que sus componentes han acogido la cualidad que lo determina sostenible. He aquí la relación fundamental entre ambos términos, el adjetivo es primordial para la consecución del sustantivo. Esto es, hablamos acerca del término sostenible. Sostenible; que se puede sostener, que es viable en el tiempo. Sostenible por tanto se puede desentramar como certeza de que algo pueda perdurar. Se busca una situación sostenible como una garantía, definida en la confianza de que los elementos por los cuales nos ha sido posible el acto de crear dicha situación, puedan dar lugar a un estado de equilibrio conservable y perdurable. Esto es, llegados a un punto de evolución, mantenemos la esperanza en lo sostenible como garantía de que en algún momento podremos dejar de evolucionar en la seguridad de que seguiremos perdurando. Esto implica una primera noción, lo sostenible como búsqueda de la perdurabilidad, lo cual no va exento de la cierta realidad de que si nos preguntamos acerca de cómo detentar la perdurabilidad es que ésta se halla amenazada. No existe una seguridad de lo que existe y se desarrolla actualmente vaya a seguir existiendo en el futuro. Es decir, el hecho de buscar la garantía de lo sostenible como equilibrio perdurable es
2 porque de algún modo hemos llegado a una situación insostenible, y decir insostenible es lo mismo que decir perecedero. Arribamos en una situación perecedera y dicha caducidad sólo se puede explicar porque la actitud actual, el desarrollo que se imprime, no es equilibrado; sobre una base de reposición y renovación finita se consume más de lo que ésta puede soportar. Es la noción de desarrollo la que hay que amortiguar, de un consumo devenido de un desarrollo que no puede seguir manteniéndose impertérrito, hay que buscar una coyuntura que lo devenga perdurable. En definitiva, finalmente se trata de buscar un “desarrollo sostenible”. Sin embargo, este concepto de desarrollo sostenible no está exento de polémica. Muchos pensadores se han ensañado en la paradoja de sostenible como adjetivo del término desarrollo. Decimos sostenible e implicamos equilibrio, pero a la vez mencionamos desarrollo y configuramos una realidad que va más allá del mero equilibrio. Aquí hay algo que no cuadra. Buscamos un equilibrio pero a la vez pretendemos evolucionar, cambiar, metamorfosearnos continuamente en pos de nuevas experiencias y sensaciones. Esto es, crecimiento perpetuo. Esta lógica del crecimiento perpetuo se adivina como la primera y principal traba de desarrollo sostenible. Anteriormente se ha introducido el adjetivo sostenible en la consecución de un equilibrio perdurable. Y si existe equilibrio entonces se ha llegado a una solución, a “la” solución por la cual el equilibrio únicamente se romperá si se modifican sus componentes. Pudiera ser que aunar desarrollo y sostenible fuera una incongruencia. Podría entonces utilizarse sostenible sin desarrollo. Así se comprendería que muchos autores hablen de sostenible a secas en el no-crecimiento, e incluso en el decrecimiento, ante lo cual la lógica de desarrollo no es posible al implicar un cambio en el equilibrio de las componentes. Por ejemplo, si a la tipología de igloo en Groenlandia introdujéramos como alternativa la casa de madera o de chapa. He aquí que empezamos a introducir la unión del concepto de arquitectura con sostenibilidad, y pudiéramos plantearnos la cuestión de si acaso no fuera igualmente una incongruencia el intentar aunar arquitectura con sostenible. Al menos la arquitectura con arquitectos, la arquitectura que no se haya planteada como la continuación enésima de una tipología de eficacia comprobada. La variante respecto de una tipología entonces guardaría una relación con el desarrollo, puesto que se implica una cierta variación del equilibrio en pos de una pauta de crecimiento. No obstante, si las tipologías tradicionales resultan eficaces ¿por qué modificar las condiciones de equilibrio? ¿Por qué inducir a variantes arquitectónicas de las tipologías si éstas devienen tradicionalmente comprobadas? Esto, finalmente, implica otra cuestión ¿Por qué se requiere y se hace necesario el desarrollo? Si el desarrollo implica una rotura del equilibrio, de un equilibrio que sin embargo es eficaz, pueden formularse varias motivaciones para este cambio. Por ejemplo, el descontento respecto de un aspecto en ese equilibrio, que aunque globalmente eficaz, se constituye con parámetros terribles dentro de él; como la enfermedad, las hambrunas, los partos con dolor,… Se evoluciona, se imprime un desarrollo por tanto para cambiar las estructuras eficaces del equilibrio en pos de superar todos esos motivos del descontento, en pos de la calidad de vida y del bienestar. De este modo, llegados a un momento en el que se resuelven todos los motivos de descontento, pudiera pensarse que se ha llegado a una solución, y por tanto a otro equilibrio. Se puede dejar de desarrollar, de proyectar variaciones en arquitectura y urbanismo. Sin embargo queda otra realidad, aquella que Maslow1 situó en la cúspide de su pirámide de las necesidades humanas, la “autorrealización”2, o en cambio lo que en palabras de 1 Abraham Maslow. Jerarquía de necesidades de Maslow. 1943. 2 Ortega y Gasset. Meditación de la técnica y otros ensayos sobre ciencia y filosofía. Revista de Occidente en Alianza Editorial. 2004.
3 Deleuze pudiera denominarse “deseo”3, no como devenido de una realidad exterior, sino proveniente de la propia idiosincrasia del individuo. Pudiera ser que la autorrealización, que según Maslow aparece una vez se han satisfecho todos los niveles inferiores (esto es, resolución de la enfermedad, de las hambrunas, etc.), si se traduciera en componentes de deseo, se concluya que no se trata de un incentivo posterior, sino “coetáneo de”; es decir, que siempre haya estado ahí, contemporáneo a los aspectos de descontento, participando del crecimiento perpetuo. En definitiva, no se desarrolla porque se busquen nuevas condiciones de confort y bienestar, se desarrolla porque se desea. La arquitectura en este punto se aleja un tanto de la mera eficacia, a través del deseo acoge nuevas condiciones y valores para su conformación. De este modo se concluye que la arquitectura con arquitectos, al igual que el desarrollo, es irreconciliable con el término sostenible a secas. Sin embargo, antes de rechazar esta unión de desarrollo y de sostenible, hay que recalar de nuevo en la noción de perdurabilidad. La cuestión descansa en que si el desarrollo es una institución derivada del deseo, pudiéramos plantear si acaso el ser humano pudiera ser capaz de autodestruirse con tal de conseguir a toda costa el objeto del deseo. La respuesta, echando un primer vistazo a la realidad del mundo actual, sería una afirmación rotunda. Desde este planteamiento, el ser humano no va a renunciar jamás a la consecución de la calidad de vida, y ni mucho menos a sus deseos. Mejor dicho, podría renunciar a la calidad de vida, pero nunca a lo que desea, y por ende al desarrollo consiguiente a sus deseos. De aquí que se intente aunar desarrollo con sostenible, conformando posiblemente una incongruencia, pero en cualquier caso una contradicción, una contradicción que sin embargo nos hace avanzar hacia el futuro. No olvidemos que sostenible, a fin de cuentas, se trata de un adjetivo, y como tal necesita de un sustantivo o pronombre. Aplicado al sustantivo desarrollo se refiere en abogar por pautas que propongan desarrollo a partir de una “racionalización de la calidad de vida y de los deseos”, sin embargo con la noción de que jamás se llegará a un “estado” de equilibrio. Dicho con otras palabras, solamente podemos tener clara una cosa, que jamás llegaremos a la sostenibilidad, pero que en el desarrollo sostenible como contradicción no dejaremos de evolucionar en pos de la sostenibilidad. Así, de este modo, podemos avanzar una nueva concepción de la historia, el objetivo de la historia como la consecución de la sostenibilidad, y la sostenibilidad como la situación utópica que se alcanzará en el fin de la historia, y mientras tanto evolucionamos y vivimos, movidos por el motor de la contradicción que supone el desarrollo sostenible. Es cierto, el equilibrio en esta situación no es posible, pero si el deseo ha existido siempre entonces jamás ha existido una situación de equilibrio de tal modo que la perdurabilidad no depende del equilibrio sino que se imponga una racionalidad del deseo hacia una relación de pervivencia con el entorno. De este modo el desarrollo, como prerrogativa del deseo, no tiene por qué necesariamente implicar crecimiento económico, perfectamente puede ser crecimiento en valores y complejidad conceptual. En definitiva, no se trata de estar en equilibrio con el entorno, sino de una relación con el entorno siendo nuestro cometido el mantener esa relación, esto es, actuar de tal modo que el entorno no sea destruido. Resumiendo, sostenible es una palabra virtual, en el sentido de que posee un significado ideal pero no se remite a un objeto físico posible puesto que no se puede dar equilibrio, y desarrollo sostenible es una contradicción pero que puede funcionar como motor de la evolución de los sistemas. 3 Gilles Deleuze, Felix Guattari. El anti-edipo. Barcelona, Paidós, 1985.
4 Del mismo modo arquitectura sostenible es otra contradicción pero que puede funcionar como motor del diseño arquitectónico y de la invención de tipologías. Ahora bien, a la hora de intentar abordar desde una labor profesional, desde el trabajo de un estudio de arquitectura, los temas de medio ambiente y sostenibilidad, uno se encuentra con que el camino que ha de transitar es largo, arduo y lleno de obstáculos. En primer lugar por el hecho de que en el ámbito profesional de la arquitectura se trata a lo sostenible como una moda, como un capricho pasajero; la mayoría de los profesionales, arquitectos, promotores, ingenieros, etc., conciben este auge de lo medioambiental como algo que es arquitectura “alternativa”, arquitectura de “vanguardia” y que sólo realizan unos pocos que se autoafirman con el sello de artistas, o peor aún, de ecologistas. Lejos de la propia lógica del capitalismo, de la cual entraremos en detalle más adelante, se trata aún de una falta de concienciación. Es difícil concebir que las catástrofes ecológicas se puedan resolver en parte gracias a un correcto diseño medioambiental de la edificación y de la ciudad. Mejor dicho, es duro concebir que la actividad de la construcción pueda desembocar en degradación alguna del medio natural. Al fin y al cabo el medio natural es escenario para la consecución de la calidad de vida y de los deseos. Finalmente, más que concienciación, se trata acerca de qué noción de desarrollo se pretende plantear, difícilmente la de la “racionalización de la calidad de vida y de los deseos”, si acaso la del “derecho inalienable a la calidad de vida y a los deseos”. En estos parámetros es comprensible que se conciba la arquitectura bioclimática o sostenible como arquitectura de vanguardia, apta tan solo para unos pocos excéntricos. En el sector de la construcción hay mucho dinero, pero escasa valentía, y el sello de vanguardista que se le confiere a lo sostenible le hace adquirir el cartel de arriesgado, lo cual no es del todo falso puesto que desde la misma escala del usuario lo ecológico le coloca a la construcción el cartel de lujoso y caro. En cualquier caso, puede que al usuario no disponga aún de la suficiente conciencia como para exigir calidad medioambiental en la edificación, pero aún la tuviera el problema sigue estando en el acceso a la vivienda. El asunto fundamental no es que el promotor tenga miedo a arriesgarse, sino que el usuario no está en condiciones de exigir certificaciones ecológicas. Parte de la insostenibilidad actual pasa por la insatisfacción de la sociedad acerca de diversos temas como propiamente puede ser la vivienda, el dolor o la enfermedad. O la propia existencia. Antes hemos hablado de factores que rompen con los equilibrios tradicionales, y hemos introducido el deseo como uno de ellos, no obstante el deseo no pasado por un filtro de racionalidad. El capitalismo, a través de la publicidad, bombardea constantemente al individuo con nuevos requerimientos de calidad de vida que éste, seducido, no puede más que desear experimentarlos. Esto es, el deseo se impone acríticamente como un derecho inalienable en tanto que desde el capitalismo se mide la satisfacción del individuo en términos de ganancia económica. Se prioriza una racionalidad, pero no la racionalidad de los deseos, sino la razón del capital. De nuevo es plantearse la cuestión si el ser humano preferiría autodestruirse que renunciar a su bienestar, o mejor dicho, a sus deseos. No obstante el deseo puede existir sin capitalismo, pero el capitalismo no sin deseos, en este caso el deseo de la existencia, el deseo de perdurar. Una buena parte de los avances en pos de la sostenibilidad se corresponden al desarrollo de una conciencia ecológica. Sin embargo, igualmente, una buena parte, quizás aún mayor, quizás la más importante que permite los avances en pos de la sostenibilidad, se debe a la previsión de las catástrofes de tipo económico que las hecatombes ecológicas conllevarían. Posiblemente la especie humana sobreviva a la debacle ecológica en ciernes, pero difícilmente el capitalismo. Siguiendo este razonamiento se puede introducir que del mismo modo que desde el capitalismo se concibe la satisfacción del usuario como una ganancia monetaria, se mide a la sostenibilidad en términos de perdurabilidad
5 económica. Esto es, se promueve lo sostenible porque tal como se suceden los acontecimientos, el capitalismo tiene sus días contados. Ahora bien, pudiera pensarse que el tener al capitalismo entre los aliados de la sostenibilidad significaría una gran victoria. Sin embargo, ¿cómo luchar contra la inercia del capitalismo? Sobre todo cuando para éste la ganancia a corto plazo es más plausible que la ganancia a largo plazo. Por ello el avance de la sostenibilidad es más lento de lo que las circunstancias exigirían. Puede que el desarrollodel cual hay que recordar y tener en cuenta que no es lo mismo desarrollo que capitalismopueda seguir sucediéndose en cuanto se mantenga una relación con el medioambiente, pero el tipo de desarrollo que se exige, como hemos comentado, pasa por la “racionalidad de los deseos” que se contradice con el “derecho inalienable del consumidor a la calidad de vida”. Esto es, puede que la industria de la tecnología y de la construcción bioclimática y ecoeficiente evolucione y crezca a marchas vistas, pero las urbanizaciones seguirán levantándose frente a la costa, o en medio del monte, degradando aún más el medioambiente que se pretende conservar. Lo sostenible finalmente se establece como una excusa, de tal modo que hasta que el mercado no averigüe cómo ganar dinero con el no crecimiento material (como hemos dicho, puede ser una opción perfectamente viable un desarrollo relacionado con el crecimiento de valores como sustitutivo del económico), difícilmente van a desarrollarse y a implantarse con todo su potencial los criterios de sostenibilidad en arquitectura. De este modo, lo que le queda al arquitecto medioambientalmente concienciado que quiera hacer las cosas bien es la investigación (puesto que recordemos, arquitectura sostenible es una contradicción), es decir, desarrollar un campo de experiencias teóricas en un sendero de límites diluidos entre los valores del mercado y su propia conciencia, confiando que en algún momento la sociedad capitalista avance por esos fueros. Quizás la metáfora más adecuada para definir el camino de un arquitecto investigador sea el de un sendero desértico entre trincheras espinosas. Frente a otras materias y disciplinas donde la investigación supone una labor primordial, el arquitecto investigador resulta un exiliado de su propia profesión. La investigación presenta difícil ligazón con la labor profesional del arquitecto donde se prima el resultado al proceso. Se prima la eficacia, la rapidez, las soluciones predefinidas antes que las desarrolladas ex novo (ésta es otra razón por la que la arquitectura sostenible se considera arquitectura de vanguardia o innovadora); el trabajo bruto para cumplir con las fechas previstas en un mercado por otra parte sobresaturado de arquitectos. Hay quien dice incluso que la actividad de la arquitectura es incompatible con la investigación. Éste último punto supuso uno de los grandes temas de las pasadas “II Jornadas de Investigación en Arquitectura y Urbanismo”, que se sucedieron en la Escuela de Arquitectura del Vallés en septiembre del 2006, donde se produjo un interesante debate sobre si la investigación era un tema que tuviera sentido en arquitectura. Según algunos la investigación en arquitectura sólo es posible en los ámbitos periféricos de la profesión: se puede investigar en materiales y sistemas constructivos, se puede investigar en historia y composición de la arquitectura, se puede investigar en los proyectos una vez hayan sido definidos y comprobados los resultados obtenidos. No obstante no se puede investigar desde el proyecto, la acción del proyecto supone una acción de propuesta y por tanto no exenta de cierta subjetividad, por lo que no se trata de un acto ligado a investigar sino a proponer. Se vertieron incluso comentarios como que la arquitectura no es un arte puesto que debe tender a un producto útil y destinado a resolver una necesidad, y tampoco una ciencia puesto que en su desarrollo se imprime un cierto anhelo de subjetividad.- Entonces ¿qué es la arquitectura?
6 Respecto a este planteamiento, una de las respuestas que más se dejaron oír fue que precisamente en lo referente a la consecución del paradigma de la sostenibilidad, la arquitectura sí debe desarrollar y ser en ella misma una labor investigadora. En cuanto a que se tiende a un final utópico, por otra parte inalcanzable, en la contradicción recogida en el concepto de arquitectura sostenible, el proyecto sí supone un acto de investigación, por mucho que adquiera tintes de subjetividad, en el hecho de la proposición de nuevas variaciones y experiencias, fallidas o no, en cuanto que tampoco se sabe en qué debe consistir la sostenibilidad. Ahora bien, sea investigación o no, la labor del proyecto, desde que se contamina de la necesidad de lo sostenible, se complejiza. La sostenibilidad implica una relación con el lugar, con el entorno, con el clima, con las potencialidades que puedan permitir el cierre de ciclos materiales. No se trata de construir, como en la Ville Savoye de Le Corbusier, un ovni sobre el césped; y si se trata de un ovni sobre el césped al menos que guarde una orientación correcta frente al soleamiento y a los vientos dominantes, que plantee la incorporación de sistemas de producción de energía renovables, que gestione el agua reduciendo su consumo, que sea consecuente con el entorno, que no produzca un impacto sobre los ecosistemas,… y todo ello con la condición fundamental de satisfacer los requerimientos de calidad de vida y los deseos de los usuarios, así como implicar la racionalidad de dichos deseos. En definitiva, el número de temas para los cuales el diseño arquitectónico tiene que garantizar eficacia en su tratamiento se incrementa notablemente. Por ello la investigación es necesaria, e igualmente la especialización. Los proyectos son cada vez más complejos, tanto en tema de instalaciones, como en gestión energética, como en gestión del agua, etc. De este modo el proyecto llega un momento en el que no depende de la voluntad del arquitecto, se trata de un acto conjunto de muchas incorporaciones interdisciplinares. Y lo que es aún más complicado, cada proyecto debe ser diferente, las soluciones universales no existen, y en el caso de existir no son sostenibles. Esto conlleva que el arquitecto cada vez más tienda a consolidarse y a especializarse dentro de estructuras de estudios y empresas cada vez mayores. Puede que los proyectos tengan que ser diferentes unos de otros, pero la globalización de los esfuerzos se alza como una realidad cada vez más evidente. Esto es, asistimos a la desaparición de la figura del arquitecto como profesional independiente, sustituyéndose por la del artífice de la diferencia globalizada. Antes esto no se conciba o no se encuentre solución, en cualquier caso se seguirá investigando. Quizás se trate de separar desarrollo de capitalismo, concluir que el crecimiento económico no es factible con el desarrollo sostenible. O quizás la solución se halle en el hecho de plantear una arquitectura sin arquitectos. ¿Quién sabe? Revista Ide@Sostenible http://www.ideasostenible.cat e-ISSN: 1887-2379. DL: B-30620-2003 (versión electrónica)