La aportación de los movimientos sociales y el uso de las TIC en los debates sobre democracia radical y deliberativa
Abstract
En el estudio de los movimientos sociales existe un amplio consenso sobre el papel de los mismos como agentes de democratización. Por otra parte, se ha destacado la relevancia de internet para la democracia, tanto desde visiones positivas como negativas del nuevo medio. En el cruce de internet y los movimientos sociales -que cada vez más usan y se apropian de la red- podemos encontrar una aportación relevante al debate sobre la democracia digital. Este texto argumenta que el uso tecnopolítico de la red por parte de los movimientos puede considerarse tan relevante para la profundización democrática como el voto electrónico u otras posibles aplicaciones de las TIC, aunque como ellas también alberga riesgos.
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PODER Y MEDIOS EN LAS SOCIEDADES DEL SIGLO XXI
— Colección Comunicación y Pensamiento — P ODER Y MEDIOS EN LAS SOCIEDADES DEL SIGLO XXI Editoras María José Pérez Serrano Gema Alcolea-Díaz Antonia I. Nogales-Bocio Autores (por orden de aparición) Ramón Reig María José Pérez Serrano Gema Alcolea-Díaz Antonia I. Nogales-Bocio Abel Suing Kruzkaya Ordóñez Lilia Carpio-Jiménez Troi Alvarado Chávez Claudia Rodríguez-Hidalgo Judith Silva Méndez Fidel Arturo López Eguizábal Gabriela Alejandrina Quispe Farfán Vlastislav Stavinoha Salud Adelaida Flores Borjabad Jose Candón-Mena María Romero Calmache Inés García Herrer Tamara Álvarez Robles Marta Pérez Ruiz Luis M. Romero-Rodríguez Ana Luisa Valle Razo Ángel Torres Toukoumidis María Luisa Cárdenas Rica David Polo Serrano Patricia Torres Hermoso
NUEVAS FORMAS DE DOMINIO Ediciones Egregius www.egregius.es Diseño de cubierta e interior: Francisco Anaya Benitez © Los autores 1ª Edición. 2018 ISBN 978-84-17270-69-8 NOTA EDITORIAL: Las opiniones y contenidos publicados en esta obra son de responsabilidad exclusiva de sus autores y no reflejan necesariamente la opinión de Egregius Ediciones ni de los editores o coordinadores de la publicacion; asimismo, los autores se responsabilizarán de obtener el permiso correspondiente para incluir material publicado en otro lugar.
— 177 — CAPÍTULO VIII LA APORTACIÓN DE LOS MOVIMIENTOS SOCIALES Y EL USO DE LAS TIC Y EN LOS DEBATES SOBRE DEMOCRACIA RADICAL Y DELIBERATIVA37 Jose Candón-Mena Universidad de Sevilla, España Resumen En el estudio de los movimientos sociales existe un amplio consenso sobre el papel de los mismos como agentes de democratización. Por otra parte, se ha destacado la relevancia de internet para la democracia, tanto desde visiones positivas como negativas del nuevo medio. En el cruce de internet y los movimientos sociales -que cada vez más usan y se apropian de la redpode- mos encontrar una aportación relevante al debate sobre la democracia digital. Este texto argumenta que el uso tecnopolítico de la red por parte de los movimientos puede considerarse tan relevante para la profundización democrática como el voto electrónico u otras posibles aplicaciones de las TIC, aunque como ellas también alberga riesgos. Palabras claves movimientos sociales, internet, TIC, democracia, democracia digital, democracia deliberativa 37 Esta investigación forma parte del Proyecto de I+D “Ciberactivismo, Ciudadanía Digital y Nuevos Movimientos Urbanos” financiado por el Ministerio de Economía y Competitividad, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia. Cofinanciado con Fondos FEDER. (Ref: CSO2016- 78386-P)
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— 179 — 1. Movimientos sociales y democracia En el estudio de los movimientos sociales existe un amplio consenso sobre su papel como agentes de democratización (Della Porta y Diani 2006; Ibarra et. al., 2002; Tarrow, 1994). Para autores como Charles Tilly (2007) los movimientos sociales son indicadores de la calidad de la democracia. Otros como Giner (2008) van más allá al señalar que no son solo un síntoma de la existencia de unos niveles mínimos de democracia sino que, desde el protestantismo puritano de la revolución inglesa hasta la lucha por el sufragio universal masculino (movimiento obrero), la ampliación del derecho de voto a las mujeres (movimiento sufragista) o a los negros (movimiento por los derechos civiles) y la reclamación de derechos y libertades políticas (asociación, prensa, reunión), los movimientos sociales están en el origen de la instauración de los valores e instituciones que caracterizan a la vida democrática. Su acción se encamina hacia la crítica, alterando agendas, instituciones, culturas políticas, imaginarios y creando nuevas estructuras de participación a partir de la protesta (Giugni et. al., 1998; Markov, 1996). Dada la dimensión que atribuimos a movimientos sociales y redes críticas en su contribución al cambio social, no es de extrañar la emergencia, relativamente reciente, de títulos sobre estos actores que, en el terreno de la sociología, han ido catalogando a dichos movimientos o redes críticas como: “poder en movimiento” (Tarrow, 1994); “creadores de democracia radical (Ibarra y Gomà, 2002); o en palabras de Sousa Santos (2004) un actor constante en la “ampliación de lo político”. Los movimientos sociales están por tanto en el origen de la democracia y no hay democracia digna de ese nombre (derechos civiles, reunión,…) en la que no haya presencia de movimientos sociales. Son causa y síntoma de la democracia. Si bien es preciso aclarar que no todos los movimientos sociales tienen por qué ser prodemocráticos, por lo que resulta pertinente adoptar la división entre movimientos “incluyentes o proactivos” y su contraparte, los movimientos “reactivos o excluyentes” (Castells, 1996; Tam, 1998; Ullán, 2016: 66-70), como los populismos de extrema derecha, movimientos xenófobos, autoritarios, antiinmigración o ultranacionalistas que precisamente cuestionan los valores democráticos. No todos los movimientos promueven la democracia y sin embargo una democracia de caracteriza por permitir la actuación de cualquier tipo de movimientos, incluso los que cuestionan a la propia democracia siempre que actúen sin violencia y conforme a algunos límites legales que deben estar claramente definidos y justificados en un estado de derecho garantista.
— 180 — La importancia de los movimientos sociales para la democracia se justifica, de forma directa, desde una perspectiva amplia que considera que la democracia va mucho más allá del sufragio y requiere como condición indispensable los derechos civiles y políticos de expresión, reunión, manifestación, etc., así como el respeto a los derechos humanos y las minorías, pero también de forma indirecta en perspectivas restringidas que consideran el sufragio como el elemento fundamental e inherente de una democracia. Incluso desde este punto de vista limitado de la democracia, en el que el voto y la representación son los elementos fundamentales y casi suficientes, el papel de los movimientos sociales se justifica como configurador de las preferencias de voto y la composición de la representación política que deriva del sufragio. Pensemos en el ejemplo reciente del movimiento 15M en España. Mientras que muchas voces desde la representación institucional electa señalaba el sufragio como fuente última de legitimación democrática, en contraposición a la movilización social en las calles, dicha movilización actuaba de forma clara reconfigurando la agenda pública y las preferencias de voto y, en último término, acabó reconfigurando el sistema de partidos y la representación política surgida de las elecciones. De forma directa con el surgimiento de nuevos partidos como Podemos, las candidaturas municipalistas y en menor medida Ciudadanos que provocaron grandes cambios en el sistema de partidos, y de forma indirecta marcando en buena medida la agenda, discursos y políticas de todos los partidos. Por tanto, si la movilización social puede influir y reconfigurar el sistema político institucional surgido del sufragio no cabe anteponer el voto y las elecciones sobre otros derechos y otras formas de participación política que de hecho actúan sobre el mismo. La movilización social es tan importante como el voto porque de hecho configura las preferencias de voto y el resultado de las elecciones. No es solo un complemento secundario del derecho al sufragio sino un elemento fundamental del mismo. No caben definiciones simplistas de la democracia que pretendan restringir el concepto a solo uno o algunos elementos procedimentales. La democracia no es solo una forma de resolver conflictos como se señala a menudo desde perspectivas consensuales y formalistas, pues ella misma es hija del conflicto. Más que la paz la democracia es una tregua, o mejor aún una serie de reglas, procedimientos y valores que delimitan las formas legitimadas en las que se dirimen los conflictos en ausencia de violencia. Pero el conflicto pervive incluso respecto a cuáles son esas reglas, normas, valores y procedimientos que dirimen el resto de conflictos inherentes a la vida en sociedad. Es desde esta perspectiva, desde la que se ha destacado el papel de los movimientos sociales en torno al concepto de democracia, desde la que se hace necesario también contemplar el papel de las tecnologías comunicativas
— 181 — como internet y un concepto amplio de democracia digital que va muchos más allá del voto electrónico. 2. Internet y democracia Siguiendo la línea argumental anterior, abordar el concepto de democracia digital requiere analizar el papel de internet de forma amplia. La moldeabilidad (Manovich, 2005) de las nuevas TIC hacen que su papel desborde a las posibilidades abiertas por el voto electrónico que no es más que una de las eventuales formas en las que internet puede influir en el debate actual sobre la democracia, abriendo nuevas posibilidades y oportunidades así como nuevos riesgos. Antes de abordar este debate es necesario tener en cuenta varias consideraciones de partida. La primera es la necesidad de ser cautelosos a la hora de valorar la aportación de las TIC como herramienta para la mejora de las democracias contemporáneas. Nos referimos al repetido debate entre tecnoutopistas (De Sola Pool, Negroponte, Rheingold...) y tecnopesimistas (Murdock, Thompson, McChesney, Morozov…). Internet no es ni el héroe ni el villano porque internet no es un actor, es el escenario en el que actúan pederastas y ONG, grandes corporaciones capitalistas y comunidades de desarrollo de software libre, terroristas y cuerpos de seguridad, dictadores y opositores democráticos, el odio y el amor, el crimen y el castigo, todos los elementos de la gran tragedia humana representan su obra en el nuevo escenario digital. La segunda consideración es que, en cualquier caso, el resultado de la aplicación de las TIC a la democracia dependerá, en última instancia, de los actores que usan y configuran la red, de sus preferencias políticas, sociales e ideológicas y, finalmente, del resultado de una lucha de intereses contrapuestos. Descartamos por tanto el determinismo tecnológico para subrayar el protagonismo de la esfera propiamente política en la que se decantarán los usos concretos de las TIC para servir a diferentes nociones, modelos o funciones de la democracia. Serán los actores implicados, y el resultado del conflicto de intereses de todos ellos en conjunto, lo que en última instancia determine los modelos de democracia digital imperantes, pero estas preferencias estarán condicionadas por las posibilidades tecnológicas disponibles, que facilitarán unos u otros usos. La tercera y última reflexión es que la mejora de la calidad democrática no será fruto ni de la tecnología por si misma ni del consenso entre los actores implicados. Los problemas de la democracia no son técnicos sino políticos. La tecnología puede ayudar a resolver algunos así como crear otros nuevos, pero incluso optimizando las posibilidades de la tecnología para mejorar la
— 182 — democracia hay que partir previamente de cual es la consideración o el modelo de democracia que se pretende reforzar. Desde este punto de vista se han teorizado múltiples modelos de democracia digital que parten de tipologías previas de democracia. Éstas tipologías resultan de interés porque, a pesar de centrarse en el aspecto tecnológico, parten todas ellas de una teorización básica de los distintos modelos de democracia para luego señalar los usos de las TIC que podrían reforzarlos, atendiendo por tanto también al debate político sobre: Las formas de participación (información, discusión, voto…) y la agenda política (progresista, conservadora…) (Hagen, 1997, 2000); Los objetivos (la formación de opiniones o la toma de decisiones) o el modelo de la democracia (representativa o directa) (Van Dijk, 2000); La visión sobre la ciudadanía, los valores democráticos predominantes, el nexo político, la forma de participación, el intermediario o la norma procedimental (Bellamy, 2000; Hoff, Horrocks y Tops, 2000). Teledemocracia, ciberdemocracia, democratización electrónica, democracia legalista, competitiva, plebiscitaria, pluralista, participativa, libertaria, de consumidores, elitista o neocorporativista, neorepublicana… son algunos de los modelos propuestos que surgen del cruce entre consideraciones políticas que marcan el fin buscado y posibilidades técnicas como medios para alcanzar dichos ideales (Harto, 2006; Candón-Mena, 2016). El debate sobre la democracia digital presenta por tanto una gran complejidad, que hereda de hecho de la propia dificultad que entraña el concepto de democracia. Si hubiera consenso sobre el mismo, si estuvieran claros los fines y objetivos, sería más sencillo postular los medios para alcanzarlos y por tanto el papel de las TIC en este sentido. Pero no es así y por ello cualquier debate sobre la democracia digital debe partir del debate de fondo sobre de qué democracia estamos hablando. En este texto se abordarán por tanto solo algunos aspectos que parten de un modelo de democracia deliberativa y participativa. Se discutirá por tanto el papel de las TIC en el debate público y en la participación, en particular a través de la movilización social, dejando de lado otros aspectos sin duda relevantes, como por ejemplo el voto electrónico. 3. Movimientos sociales, internet y democracia Al atender al debate sobre la participación a través de la movilización social y el papel de las TIC en este sentido estamos de hecho perfilando un concepto de democracia que subraya la importancia de los movimientos sociales, lo que se ha argumentado anteriormente. En realidad se está atendiendo al modelo de democracia deliberativa en el que se destaca la relevancia del proceso de debate y discusión previo a la configuración de las opiniones y la participación a través del sufragio.
— 189 — abstracción como la nación o la etnia hasta niveles locales como en las comunidades cerradas y homogéneas social y étnicamente. Así, podemos encontrar formas de comunitarismo profundamente conservadoras denunciadas Mike Davis (2001). Siguiendo a Harvey, para los privilegiados “la comunidad significa a menudo garantizar y aumentar los privilegios ya obtenidos”. “Lo que parece un procedimiento justo, produce consecuencias injustas” (Harvey, 2007). Numerosos estudios observan una relación directa entre las ideas y opiniones de las personas y los medios de comunicación que estas consumen. La hipótesis de la “exposición selectiva” señala “la relación positiva existente entre las opiniones de los sujetos y lo que éstos eligen escuchar o leer” (Lazarsfeld, Berelson y Gaudet, 1944). Autores como Sunstein, Wolton y Putnam advierten del peligro para la esfera pública y el debate democrático de la excesiva personalización de los contenidos y la fragmentación del público en la Red. Esta fragmentación limitaría la intercomprensión al restringir la posibilidad de confrontar opiniones diferentes dando lugar a una polarización o “balcanización” (Putnam, 2002) de la opinión pública. Según Sunstein (2003), un sistema de libertad de expresión requiere que los individuos entren en contacto con materiales no elegidos previamente, para evitar la fragmentación y el extremismo predecibles en una situación en la que las personas afines sólo se comunican entre ellas. Por otra parte, Sunstein resalta la necesidad de que la mayoría de ciudadanos o una gran parte de ellos tengan unas experiencias comunes como forma de cohesión social. Del mismo modo para Wolton “el gran público de los medios de comunicación de masas es el equivalente, en cultura, al sufragio universal en política” (2000). Resalta por tanto el papel principal de la televisión como vínculo social. Sunstein considera que el modelo de democracia deliberativa se ve amenazado por el poder que Internet otorga a los usuarios o consumidores para seleccionar previamente la información que desean recibir. De esta forma advierte de que “el compromiso con la soberanía del consumidor puede comprometer la soberanía política si, por ejemplo, las libres elecciones individuales como consumidores conducen a una insuficiente comprensión de los problemas públicos, o si dificultan la existencia de una cultura compartida o deliberativa”. Ambos autores destacan la importancia de los intermediarios del interés general y el papel de los medios de comunicación de masas tradicionales para crear esas experiencias comunes. Para Wolton “los medios de comunicación de masas, con relación a este objetivo esencial del estar juntos de una colectividad, están, por su lógica de la oferta generalista y de gran público, mucho más avanzados que los medios de comunicación temáticos o las nuevas tecnologías”. Diferencia así dos lógicas en los medios de comunicación, la lógica de la oferta propia de los medios tradicionales y la lógica de la demanda propia de la Red y las nuevas TIC.
— 190 — Mientras la primera crearía ese bagaje de experiencias compartidas la segunda llevaría a la fragmentación y polarización. Para Sunstein la filtración perfecta posible en la Red presenta problemas fundamentales, como la excesiva fragmentación del público en entornos comunicativos diseñados de acuerdo a sus deseos e intereses y en los que las opiniones divergentes son filtradas de antemano lo que llevaría a los individuos a “escuchar el eco de sus propias voces” (2003). Igualmente Wolton señala que “la libertad de elección se convierte aquí en el principio de la indiferencia hacia el otro” (2000). Por otro lado, destaca el valor de la información como bien público, un bien social cuyo valor aumenta en función del número de personas que los consumen. Desde este punto de vista la ventaja de los intermediarios del interés general y los foros públicos es la propagación social de la información. “La emancipación ya no consiste en suprimir a los intermediarios, sino, al contrario, en reconocer su papel”. (Wolton, 2000). En la misma línea Cardoso (2008) afirma que los intermediarios restringen nuestra libertad intelectual para garantizar que se acceda a lo esencial. Por último, considera Sunstein el conflicto que se da en la relación entre consumidores y ciudadanos en torno al concepto de libertad. La libertad no consiste sólo en satisfacer preferencias sino también en la oportunidad de tener nuevas preferencias. Sin embargo la personalización de la Red limitaría la oportunidad de recibir informaciones no deseadas previamente pero que podrían incitar nuevas preferencias o provocar un cambio de actitud u opiniones. Wolton afirma en este sentido que “contrariamente al discurso que domina actualmente, la emancipación pasa primero por la oferta y no por la demanda, puesto que es la oferta la que permite constituir marcos de comprensión a partir de los cuales, posteriormente, se va a manifestar la demanda” (2000). En definitiva, la fragmentación del público como consecuencia de las posibilidades de personalización de los contenidos en la Red podría provocar la polarización del interés general. La polarización de grupos significa que “tras la deliberación, los individuos tienden a adoptar una posición más extremista que acentúa la que originariamente poseían los miembros de los grupos” (Sunstein, 2003). La necesidad de tener en cuenta los efectos negativos que pueden conllevar algunas de las posibilidades de Internet es evidente para no caer en una sacralización del nuevo medio frente a la demonización de los anteriores. Cualquier nueva tecnología abre un nuevo abanico de posibilidades que puede tener efectos en múltiples sentidos. Por otra parte, la existencia de unas experiencias comunes en los medios de comunicación de masas no siempre es algo tan positivo o siquiera relevante. No cabe duda de que el consumo masivo de medios como la televisión crean esas experiencias comunes que pueden ser tema de conversación y debates
— 191 — apasionados, pero tampoco hay que olvidar que en muchos casos estas conversaciones se dedican mayoritariamente a temas intrascendentes como el futbol, “reality shows” y todo tipo de vulgaridades que en nada enriquecen, más bien al contrario, el debate democrático. Incluso en temas más relacionados con “la cosa pública” abundan la exacerbación del nacionalismo, la criminalización del otro (extranjero, inmigrante), el sensacionalismo, etc. Así, el peligro de fragmentación y polarización existe en la Red pero puede incluso ser más grave en los medios tradicionales como la televisión, capaz de polarizar a naciones enteras en torno a valores ampliamente compartidos que pueden no obstante ser una amenaza a la democracia o los derechos de las minorías. Por otra parte, esta actitud tendente a filtrar los contenidos en Internet según las propias preferencias es sólo uno de los comportamientos posibles. Internet facilita en principio más que otros medios el acceso a una multiplicidad de fuentes y opiniones y no todos los individuos optarán por el filtrado perfecto postulado por Sustein o Wolton, muchos por el contrario aprovecharán esta oportunidad para consultar y consumir una información más rica y plural. Así, aun prestando atención a las señales de alarma de los autores citados, consideramos que los peligros de la “balcanización” de la opinión pública son un fenómeno que puede afectar a ciertos grupos o individuos, pero que lejos de ser un problema exclusivo de la Red está presente también en los medios de comunicación masivos e Internet puede incluso mitigar sus efectos. La capacidad del filtraje perfecto de la información en Internet es sólo un efecto marginal, sin embargo la diversidad de fuentes consultables es un fenómeno general que puede enriquecer la esfera pública y mediática. Finalmente, aun considerando seriamente estos riesgos de la Red y manteniendo por tanto el escepticismo sobre su papel democratizador del debate público, consideramos necesario hacer una crítica a la crítica para desvelar como estos argumentos, sin duda relevantes, a veces están más motivados por un escepticismo hacia la democracia que hacia el papel de internet en la misma. Sobre las advertencias de los riesgos de la fragmentación y la pérdida de poder de los mediadores a veces sobrevuela una especie de “despotismo ilustrado 2.0”. La amplia difusión de estas críticas en los medios tradicionales resulta en sí sospechosa, ya que son precisamente los grandes conglomerados de medios de comunicación los que más se esfuerzan por advertirnos de los riesgos del “populismo”, de los “discursos del odio” o de las “fake news” que nunca parecen estar en sus portadas o en sus programas, sino siempre en la Red. A pesar de que los grandes medios siguen teniendo una presencia fundamental, también en sus versiones digitales, hay que tener en cuenta que esa fragmentación de las audiencias y esa pluralidad de voces en la Red afecta precisamente a dichos conglomerados mediáticos
— 192 — que pierden en buena parte el monopolio de la agenda pública, y no resultaría extraño vincular este hecho con su esfuerzo por advertirnos de los riesgos de la red para la democracia. Tanto internet como los medios tradicionales tienen sus luces y sus sombras y, en cualquier caso, coexisten en un nuevo ecosistema mediático digital que abre nuevas oportunidades y genera a su vez nuevos retos. En principio, la pluralidad de voces en el debate público no parece que pueda considerarse algo negativo para la democracia, pero es preciso atender a las diferentes formas en las que la red afecta al debate en la esfera pública, pues por supuesto no todas son positivas. Sin embargo para ser justos hay que partir también de los déficits del sistema mediático tradicional, pues la crisis de legitimación democrática no surgió con internet, como tampoco lo hicieron las fake news, la radicalización populista, ni los discursos del odio sobre los que el sistema mediático tradicional haría bien en hacer una profunda autocrítica.
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