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Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 27, nº 59. Segundo cuatrimestre de 2025. Pp. 339-362. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2025.i59.15 “Ucrania no ha perecido todavía”: la edificación de una nacionalidad (17891920/1946) ‘Ukraine has not yet perished’: the construction of a nationality (17891920/1946) Roberto Muñoz Bolaños1 Universidad Camilo José Cela Universidad del Atlántico Medio Universidad Francisco de Vitoria Universidad Nebrija ORCID: https://orcid.org/0000-0001-6444-2797 Recibido: 11-03-2025 Aceptado: 24-03-2025 Resumen En esta investigación se estudia el origen y desarrollo del nacionalismo ucraniano desde 1789 hasta 1920. Este proceso fue “disruptivo”, a diferencia del resto de las propuestas nacionales de la Europa del siglo XIX, como consecuencia de cuatro factores fundamentalmente: la geografía, la historia, la carencia de élites y la división del territorio ucraniano entre los Imperios austriaco –posteriormente austro-húngaro– y ruso. El resultado fue una nación considerada débil, que “no ha perecido todavía” como decía su himno, pero que no podía vivir tampoco de forma independiente, sino unida a otras organizaciones nacionales. Una nación que, a partir de 1914, se dividiría y se traicionaría a si misma, para solo conformarse a partir de 1921 cuando los ucranianos consideraron a su patria lo suficientemente sólida para aspirar a la soberanía plena. Palabras-clave: Comunismo, nacionalismo, Primera Guerra Mundial, Revolución rusa, Ucrania. 1 ([email protected]) Profesor de Ciencias Sociales en la Universidad del Atlántico Medio, de la Camilo José Cela, de la Francisco de Vitoria y de la Nebrija y analista e investigador del Grupo de Historia Militar del Centro Internacional de Investigación Avanzada en Seguridad y Defensa (CIIA). Especialista en historia militar del siglo XX. En 2015 obtuvo el IV Premio a Historiadores Noveles JAVIER TUSELL por su artículo “La última trinchera. El poder militar y el problema de la Unión Militar Democrática durante la transición y la consolidación democrática, 1975-1986”. Otras publicaciones del autor pueden verse aquí: https://dialnet.unirioja.es/servlet/autor?codigo=1238059
340 Roberto Muñoz Bolaños Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 27, nº 59. Segundo cuatrimestre de 2025. Pp. 339-362. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2025.i59.15 Abstract This research studies the origin and development of Ukrainian nationalism from 1789 to 1921/1946. This process was ‘disruptive’, unlike the rest of the nationalist movements in 19th-century Europe, as a consequence of four fundamental factors: geography, history, the lack of elites and the division of Ukrainian territory between the Austrian –later Austro-Hungarian– and Russian Empires. The result was a nation considered weak, which ‘has not yet perished’ as its anthem said, but which could not live independently either, but only united with other national organisations. A nation that, from 1914 onwards, would divide and betray itself, only to come together again from 1921 onwards when the Ukrainians considered their homeland strong enough to aspire to full sovereignty. Keywords: Communism, nationalism, First World War, Russian Revolution, Ukraine. Introducción En 1946 la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de los Estados Unidos elaboró un informe sobre los diferentes grupos nacionalistas ucranianos en el que podía leerse (CIA, 1946: 1): Aunque no son homogéneos forman lo que puede llamarse el Movimiento Nacionalista Ucraniano. Ya sea que estos grupos operen en su patria o en el exilio, en Europa y en los países occidentales; ya sean de convicción socialista, democrática, monárquica o fascista; ya sea que estén de acuerdo en métodos, políticas y tácticas, o que estén involucrados en luchas intestinas de facciones, todos ellos defienden un Estado ucraniano independiente. Con asombrosa tenacidad, estos grupos se han aferrado a su unidad nacional durante el último medio siglo. Todos ellos han sobrevivido a la Segunda Guerra Mundial, y ninguno de ellos ha renunciado a sus esperanzas, maquinaciones e intrigas, ni a su faccionalismo. Están unificados sólo por su concepto de independencia ucraniana y frente a sus enemigos comunes. Esta descripción del movimiento nacionalista ucraniano resulta cuando menos curiosa, ya que englobaba corrientes ideológicas antagónicas entre sí, pero presentaba dos puntos en común: la lucha por la independencia y la oposición al comunismo soviético. Sin embargo, esta unanimidad no siempre existió. Es más, solo empezó a forjarse durante el periodo de entreguerras. Por el contrario, en los años anteriores a 1920, el nacionalismo ucraniano careció de un proyecto nacional único, con un objetivo definido y aceptado por todos los grupos y corrientes que lo integraban. La tesis sobre la que se apoya esta
341 “Ucrania no ha perecido todavía”: la edificación de una nacionalidad (1789-1920/1946) Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 27, nº 59. Segundo cuatrimestre de 2025. Pp. 339-362. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2025.i59.15 investigación es que esta construcción “disruptiva”, diferentes a todas las propuestas nacionales de la Europa del siglo XIX, fue consecuencia de cuatro factores fundamentalmente: la geografía, la historia, la carencia de élites y la división del territorio ucraniano entre los Imperios austriaco –posteriormente austro-húngaro– y ruso. El resultado de la suma de estos cuatro factores fue una nación considerada débil, que “no ha perecido todavía” como decía su himno, pero que no podía vivir tampoco de forma independiente. Una nación que, a partir de 1914, se dividiría y se traicionaría a si misma, para solo construirse a partir de 1921 cuando los ucranianos consideraron su patria era lo suficientemente sólida para aspirar a la soberanía plena. Para desarrollar esta tesis nos hemos apoyado fundamentalmente en la extensa bibliografía existente, combinada con el documento citado de la Central Intelligence Agency (CI), que constituye una sintaxis completa y documentada del nacionalismo ucraniano desde el siglo XIX. La Nación disruptiva (1814-1914) Etimológicamente Ucrania significa “frontera” en ruso y en polaco. Pero, ¿qué frontera? Porque precisamente lo que caracteriza a esta nación es que carece de fronteras naturales, más allá de los Cárpatos que definen sus límites suroccidentales. El resto del país, ya sean los bosques y pastos del noroeste, o la llanura del este donde se encuentran sus grandes ciudades –Dnipropetrovsk, Odesa, Donetsk, Járkov, Poltava, Cherkasi y Kiev– carece de accidentes geográficos importantes capaces de definir un espacio concreto, ya que el río Dniéper transcurre por el centro del país. La ausencia de fronteras naturales es una de las razones que ayudan a explicar por qué los ucranianos fallaron en la labor de establecer un Estado soberano a comienzos del siglo XX (Applebaum, 2021: 25-26). Por el contrario, esta nación si poseía otros elementos distintivos necesarios para construir un proyecto nacional: el idioma, las costumbres, las tradiciones, e incluso una vinculación con un pasado glorioso. Este último aspecto era clave para cualquier proyecto nacional. En el caso de Ucrania esta relación se establecía con la Rus de Kiev, el Estado medieval del siglo IX formado por tribus eslavas y nobles varegos (vikingos suecos), un reino casi mítico que los rusos y bielorrusos –como también los ucranianos– y, posteriormente, con las organizaciones políticas de los cosacos –nómadas eslavos famosos por su destreza militar– en la región de Zaporiyia, en el este, y con el Hetmanato (1648-1764) en las regiones centrales y noroccidentales de la actual Ucrania (Subtelny, 2009: 158-177). Sin embargo, durante la mayor parte de su historia este territorio estuvo en manos extranjeras, ya fuese formando parte del Gran Ducado de Lituania (siglo XV-1659), de la Mancomunidad
342 Roberto Muñoz Bolaños Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 27, nº 59. Segundo cuatrimestre de 2025. Pp. 339-362. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2025.i59.15 de Polonia-Lituania a partir de 1659 y, tras los repartos de Polonia y el fin del Hetmanato en el siglo XVIII–, del Imperio de los Habsburgo (Galitzia y Bucovina) y del ruso (resto de Ucrania). Los primeros ejercían su poder sobre el 20% de los ucranianos, a los que llamaban “rutenos” –término que procedía de “rus”–, mientras el segundo lo hacía sobre el 80% restante, denominados “pequeños rusos” (Magocsi, 2010: 312). Esta posición subordinada convenció a muchos ucranianos de que su nación no podía llevar una vida independiente. La vinculación a estructuras estatales con culturas políticas distintas también tendría importantes consecuencias que se manifestarían muchos años después en diferentes proyectos nacionales ucranianos, muchas veces antagónicos. Así, los rutenos, habitantes de regiones controladas primero por los polacos y posteriormente por los Habsburgo, hablaban un ucraniano más “polaco” y eran mayoritariamente católicos romanos o católicos griegos (“uniatos”), una fe que emplea ritos similares a los de la Iglesia ortodoxa, pero que respeta la autoridad del Papa de Roma. El resultado fue que se sintieron más identificados con estos países. Por el contrario, sus hermanos orientales, bajo control ruso, hablaban una versión del ucraniano más cercana al ruso y eran en muchos casos cristianos ortodoxos. Estas variables culturales convencieron a muchos ucranianos de esta zona de que eran parte del Imperio de los zares. Pero, ¿cuál era el origen del interés de estas estructuras estatales por Ucrania? La respuesta a esta pregunta es simple: su enorme riqueza simbolizado en las famosas “tierras negras”, que ocupan dos tercios de la actual Ucrania. Este feraz territorio proporciona dos cosechas de trigo al año, convirtiendo a Ucrania en el granero de los Estados que la poseyeron, e impidiendo por tanto su independencia hasta el siglo XX (Applebaum, 2021: 27-28). Ucrania comenzó a construirse como nación mucho antes, en el siglo XVIII, cuando tras el estallido de la Revolución francesa, el nacionalismo como ideología empezó a cobrar forma. De hecho, la edificación de la nación ucraniana tuvo su origen precisamente en la invasión del emperador francés 1812 cuando se publicaron los primeros poemas patrióticos en ucraniano (Plokhy, 2015: 148; Subtelny, 2009: 207). No obstante, sería el antiguo Hetmanato el que proporcionó un mito histórico clave, una tradición cultural y una lengua como elementos constitutivos de la moderna nación ucraniana. Esta dinámica pasó por tres fases. Las dos primeras fueron paralelas y se correspondían con los planteamientos de los alemanes Johann Gottfried Herder y Johann Gottlieb Fichte, ya que el primero apoyó su nueva concepción de nación en la lengua y la cultura, el Volkgeist que distinguía una nacionalidad de otra, y el segundo remarcó la importancia de la lengua (Herder, 1982: 131-232; Fichte, 1984: 98-99). Ambas etapas se extendieron hasta 1847. En la primera, los intelectuales ucranianos, que constituían la “intelligentsia” –terminó que englobaba a las pocas personas con educación universitaria–, realizaron una
343 “Ucrania no ha perecido todavía”: la edificación de una nacionalidad (1789-1920/1946) Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 27, nº 59. Segundo cuatrimestre de 2025. Pp. 339-362. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2025.i59.15 labor de “arqueología” cultural para recuperar los testimonios escritos, las tradiciones y el folclore de su nación para evitar que sucumbieran. Este proceso comenzó a finales del siglo XVIII cuando un grupo de historiadores aficionados, entre los que se encontraban Vasily Ruban y Alexander Rigelman, escribieron obras vinculadas a la tradición cosaca (Boeck, 2010: 249). Posteriormente, en 1822, Dimitri Bantysh-Kamensky publicó Historia de la Pequeña Rusia. Esta obra, muy bien documentada, alcanzó un gran éxito porque exponía la ideología de la “Pequeña Rusia”: Ucrania era parte de esta nación y debería permanecer federada a ella (Gordon, 1983: 250). Tres años antes había apareció la primera colección de canciones populares ucranianas de Nikolai Tsertelev. La cuna de este proceso, de raíz romántica, fue la ciudad de Járkov, donde el gobierno imperial abrió una universidad en 1805. Los profesores de este centro pronto se interesaron por la historia y el folclore locales. Paralelamente, en el Imperio austriaco surgió la llamada “Tríada Rutena”, un grupo de escritores y poetas románticos que hicieron su aparición en la escena literaria en la década de 1830: Yákov Holovatski, Markian Shashkevich e Iván Vahilevich. Los tres fueron coleccionistas de folclore y se sintieron fascinado por la historia, gracias a la influencia de sus hermanos orientales. En 1836 publicaron en Buda su primer y último almanaque: La ninfa del Dniéster (Devés Valdés, 2018: 127). La importancia de esta fase radicó en que los elementos “redescubiertos” constituyeron la base de una cultura distintiva sobre la que posteriormente se construyó la conciencia nacional ucraniana. La segunda fase fue más importante porque supuso la recuperación de la lengua vernácula, el ucraniano. Este idioma tuvo su primera gramática en 1818 con un nombre significativo: Gramática del pequeño dialecto ruso, obra de Oleksi Pavlovski. No obstante, el personaje clave en este proceso fue un ucraniano que había combatido a Napoleón, Iván Kotliarevski, padre de la literatura contemporánea en este idioma. Sin embargo, no existen fuentes que demuestren que detrás de sus escritos existiese un proyecto político autónomo. Tal vez por eso, eligió la parodia como género literario y no la épica para su principal obra, Eneida; una opción más idónea si hubiese perseguido la construcción de una identidad nacional. Junto a este poema, debemos destacar el texto en ucraniano más influyente de la época, Historia de la Rus. En esta obra, de autor desconocido, los cosacos eran presentados como una nación diferente, destacando las hazañas heroicas de sus hetman, sus batallas y sus muertes a manos del enemigo, perteneciente a otras nacionalidades: polacos, judíos y rusos. Su éxito no puede desvincularse del dominio que en ese momento ejercían sobre el proceso de construcción nacional ucraniano en Rusia las antiguas élites del Hetmanato, ya que el territorio del antiguo Estado cosaco era la única región de la Ucrania del siglo XIX en la que los terratenientes compartían la cultura de la población local. Por el contrario, en el
344 Roberto Muñoz Bolaños Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 27, nº 59. Segundo cuatrimestre de 2025. Pp. 339-362. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2025.i59.15 resto de esta región, tanto Galitzia como el sur de Ucrania, las élites locales se habían polonizado o rusificado. El resultado era, por tanto, un grupo dirigente muy débil (Plokhy, 2015: 150-151). La tercera etapa, la construcción nacional, sin embargo, seguirá unas dinámicas diferentes a las de otros procesos similares que tuvieron lugar en la Europa del siglo XIX. El resultado sería una nación “disruptiva” donde la independencia y la soberanía no eran el objetivo final. El origen de esta fase se encuentra en el levantamiento polaco de 1830, por un lado, y la Revolución de 1848, por otro. El primero provocó una fuerte reacción nacionalista del gobierno de San Petersburgo. El ministro de Educación, conde Sergei Uvarov, formuló las bases de una nueva identidad imperial rusa basada en tres principios: autocracia, ortodoxia y nacionalidad. En esta última se incluía a rusos, ucranianos y bielorrusos. El resultado de este proceso fue, por un lado, una unión forzada entre la Iglesia Uniata y la Ortodoxa rusa. Y, por otro, el empleo de los ucranianos con el objetivo de neutralizar la identidad polaca. Así, se creó en 1834 en Kiev una nueva universidad para sustituir a la polaca de Vilna. La finalidad de este centro era educar a los cuadros locales para que actuasen como promotores de la identidad rusa. Sería precisamente en esta ciudad, capital histórica de Ucrania, donde en 1847 se creó la primera sociedad nacionalista ucraniana, la clandestina Hermandad de los Santos Cirilo y Metodio, nombre de los misioneros cristianos que proporcionaron a los eslavos la religión cristiana y su alfabeto distintivo. Entre sus miembros se encontraba un profesor de historia de la Universidad de Kiev, Nikolai Kostomarov −fundador de la historiografía ucraniana moderna− y uno de dibujo, Taras Shevchenko. El primero escribió el documento programático del grupo, titulado Los libros de la génesis del pueblo ucraniano. En sus páginas defendía una república ucraniana libre dentro de una gran federación eslava. Es más, consideraba que su nación, por sus orígenes cosacos, era una sociedad democrática e igualitaria, sin monarcas ni nobleza, a diferencia de Rusia. Por tanto, estos intelectuales definieron el primer proyecto nacional ucraniano, pero no abogaron por la independencia. En todo caso, su actividad fue efímera porque la organización resultó destruida por las autoridades rusas y sus miembros fueron condenados a leves penas de prisión (Pelech, 2004: 335-344). Un año después, durante la Revolución de 1848 los ucranianos bajo el dominio de los Habsburgo crearon el 2 de mayo en Lvov la Rada (Consejo Supremo) rutena, controlado por la Iglesia Uniata. En Galitzia y Bucovina el clero había adquirido una posición de liderazgo entre el campesinado, ya que la nobleza nativa se había distanciado de ellos en los siglos XVI-XI cuando se “polonizó” y se convirtió al catolicismo romano. Precisamente esta carencia de élite, que también existía en la Ucrania rusa, ha llevado a algunos autores a considerar a los rutenos como un grupo “sociológicamente incompleto”, y
345 “Ucrania no ha perecido todavía”: la edificación de una nacionalidad (1789-1920/1946) Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 27, nº 59. Segundo cuatrimestre de 2025. Pp. 339-362. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2025.i59.15 puede explicar por qué, a diferencia de lo que ocurría en Rusia, el Gobierno de Viena había permitido el desarrollo de la identidad ucraniana y protegido la Iglesia Uniata, ya que les resultaban útiles para neutralizar el nacionalismo polaco. En este sentido, la Rada recibió el apoyo del gobernador austriaco de Galitzia, conde Franz Stadion ya que no era contraria a Viena, sino al Consejo Nacional Polaco, creado poco antes como consecuencia de la dinámica revolucionaria que afectaba a Europa (Himka, 1988: 22; Rudnytsky, 1981: 358-368). Por tanto, en ambos Imperios los ucranianos eran utilizados como dique contra los polacos, una nacionalidad considerada “peligrosa” tanto por los Habsburgo como por los Romanov. En abril de 1849 los líderes de la comunidad ucraniana, todos ellos clérigos de la Iglesia Uniata posteriormente denominados “viejos rutenos”, hicieron un llamamiento al emperador en el que declaraban su lealtad, y solicitaban protección contra la dominación polaca y derechos para la lengua rutena. El resultado fue que Stadion permitió la creación del Supremo Consejo de la Iglesia de Rutenia, y el jefe de la policía de Lvov, Leopold von Sacher-Masoch, aprobó la fundación del primer periódico ucraniano, la Estrella de Galitzia. No obstante, hubo otros dos acontecimientos de gran trascendencia. El primero, la abolición de la servidumbre en el Imperio austriaco, que fue acompañada por el inicio de la participación activa de los campesinos en la política electoral. En Galitzia, dieciséis de los veinticinco diputados ucranianos del parlamento austriaco eran campesinos; mientras que, en Bukovina, los cinco ucranianos elegidos pertenecían a este grupo social. Esta fuerte presencia campesina era otra manifestación de la inexistencia de una élite rutena. El segundo, la publicación del artículo de Vasili Podolinski, “Una palabra de advertencia”, donde recogía las cuatro posibles vías para el futuro de Ucrania. La primera, era la creación de una nación independiente y soberana que englobase a todos los integrantes de este pueblo. La segunda, la polaco-rutena, suponía su integración como entidad autónoma en el proyecto nacional polaco. La tercera, la austro-rutena, defendida por los “viejos rutenos”, consistía en un proyecto autónomo dentro del Imperio austriaco. La cuarta, la ruso-rutena, consideraba a los rutenos, y por ende a todos los ucranianos, como parte de Rusia. Por tanto, era la versión austriaca de la “Pequeña Rusia”. Estos cuatro proyectos bascularían a lo largo del siglo XIX y las dos primeras décadas del XX, convirtiendo a Ucrania en una nación “disruptiva” primero y “dividida” después, ya que, a diferencia de otras nacionalidades como la alemana, la italiana o la polaca, los ucranianos fueron incapaces de definir un proyecto único de país. El final de la Revolución de 1848 supuso la desaparición de esta Rada el 30 de junio de 1851, pero no del movimiento ucraniano en el Imperio de los Habsburgo nacido al albor de esta dinámica (Kozik, 1986; Magocsi, 2002: 65-72).
346 Roberto Muñoz Bolaños Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 27, nº 59. Segundo cuatrimestre de 2025. Pp. 339-362. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2025.i59.15 El carácter disruptivo del proyecto nacional ucraniano continuó en las décadas siguientes, a pesar de las notables diferencias en el trato que San Petersburgo y Viena proporcionaban a los integrantes de este pueblo. En el territorio de los zares, como parte del proceso de rusificación, se prohibieron todas las publicaciones en ucranianos tras el levantamiento polaco de 1863. Esta dinámica culminó con el Ukase (decreto) de Ems (1876), firmado por Alejandro II −el mismo zar que había emancipado a los siervos en 186−, donde también se proscribió la importación de libros escritos en este idioma. El resultado de esta decisión fue una fuerte tensión en el seno de la débil élite ucraniana del Imperio entre los defensores de la “Pequeña Rusia” y los “ucranofilos”, representados por Pavlo Chubinski −autor de la letra del himno ucraniano− y el historiador Mijaíl Drahomanov. Este último grupo, si bien no defendían la secesión de Rusia ni simpatizaban con Polonia, si consideraban a Ucrania como una nación diferente de Rusia. Paralelamente, este ukase tuvo consecuencias completamente diferentes a las que se buscaban con su publicación, pues escritores ucranianos como Iván Nechui-Levitski y Mijail Staritski, publicaron sus obras en Galitzia, lo que contribuyó al desarrollo de una lengua y una cultura literarias comunes a ambos lados de la frontera imperial (Kneper, 2024: 138; Remy, 2007: 87-110). Precisamente en el territorio de los Habsburgo se había mantenido la actitud liberal hacía la identidad ucraniana. Sin embargo, en 1867 se produjo un acontecimiento clave: el Ausgleich (compromiso) entre el emperador Francisco José I y la más levantisca de las nacionalidades del Imperio, la húngara, para repartirse su territorio. El resultado fue la creación de una monarquía dual conocida como Austria-Hungría. En el caso concreto de Galitzia, los Habsburgo entregaron el control de la provincia a la nobleza polaca. Bukovina, como Galitzia, quedó en la parte austriaca; mientras que el territorio ucraniano de Transcarpatia, también llamada Rutenia Subcarpáticaal, situada en el suroeste de Ucrania, se integró en la húngara. Los líderes del movimiento ucraniano se sintieron traicionados porque Viena había castigado su lealtad mientras recompensaban a las nacionalidades rebeldes. El resultado fue un cambio en la dirección del movimiento nacionalista ruteno. Los “viejos rutenos”, que defendían la opción “austro-rutena” basada en la lealtad a los Habsburgo, fueron sustituidos por otros dos movimientos, aunque su proyecto político pervivió. El primero, los “rusófilos”, contrarios tanto a Viena como a la idea de una nación ucraniana independiente porque no la consideraban viable, eran partidarios de la unión a Rusia, es decir de la opción “ruso-rutena”, ya que la consideraban parte de esta nación. Su líder era el sacerdote greco-católico Ivan Naumovich. El segundo, los “ucranófilos”, contrarios a Viena, pero también a la unión con Rusia, defendían que Galitzia y Bucovina formaban parte de una nación más amplia que debía ser independiente y soberana. Los miembros de este grupo
347 “Ucrania no ha perecido todavía”: la edificación de una nacionalidad (1789-1920/1946) Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 27, nº 59. Segundo cuatrimestre de 2025. Pp. 339-362. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2025.i59.15 establecieron contacto tempranamente con sus colegas de Kiev, y con su ayuda, crecieron en ambas regiones austriacas. Paralelamente, contribuyó a radicalizar a los “ucranófilos” rusos, ayudándoles a imaginar su nación independiente de Rusia (Subtelny, 2009: 317-319). Por tanto, en torno a 1880 existían tres proyectos diferentes dominaban en el nacionalismo ucraniano: el “rusófilo” o “ruso-ruteno”, el “ucranófilo” y, con menor influencia, el “austro-ruteno”. Estas opciones recibirían su empujón definitivo en las dos últimas décadas del siglo XIX y en la primera del XX a consecuencia de dos dinámicas. La primera, el intenso desarrollo económico de la Ucrania rusa, y en mucho menor medida de la austro-húngara, como resultado de su industrialización. En el Imperio de los zares este proceso supuso la llegada de numerosos rusos para trabajar en las nuevas fábricas, produciéndose un cambio radical en la composición demográfica de este territorio. En torno a 1900, el 76`2% de la población era ucraniana, el 11,6% era rusa y el 12,2% restante pertenecía a otras nacionalidades, particularmente judíos asquenazíes, que sufrieron importantes pogromos en 1881. Sin embargo, en las ciudades, esta composición era muy diferente: el 34% eran rusos, el 30,3% ucranianos y el 27% asquenazíes. El resultado de esta estructura era que la mayoría de los habitantes de Kiev, y sobre todo Járkov, no se consideraba ucraniana, o al menos no atribuía a este término un sentido nacionalista. Por tanto, en este periodo, no surgió una burguesía ucraniana que podía actuar como grupo dirigente de un proyecto nacional (Kneper, 2024: 144). La nacionalidad ucraniana se concentraba entonces en el mundo rural, en los campesinos libres, pero sin tierras porque la abolición de la servidumbre no fue acompañada de la entrega de una propiedad, creándose así un importante problema social (Kuromiya, 2003: 35-70; Plokhy, 2015: 181-183). Paralelamente, en Galitzia, surgió una nueva industria en torno a la explotación del petróleo, pero su alcance no fue lo suficientemente amplio para modificar las condiciones económicas y evitar que 600.000 ucranianos y 350.000 judíos de esta región emigraran a América (CIA, 1946: 2). Este limitado desarrollo económico convivía con una amplia libertad cultural convirtiendo a Galitzia en el “Piamonte de Ucrania” (Magocsi, 2002: 467-488). Fue precisamente en esta región donde desarrollo su labor docente y política un ucraniano ruso, el historiador Mijail Hrushevski, personaje clave y representativo de las nuevas corrientes surgidas en el movimiento nacionalista de esta región. “Rusófilo”, aunque defensor de la nación ucraniana, fue uno de los fundadores del centrista Partido Democrático-Radical Ucraniano (UDRP), junto a su estrecho colaborador Ivan Franko, en 1899. Algunos de los miembros de esta organización pondrían en marcha en 1908 la Asociación de los Progresistas Ucranianos (TUP) con el objetivo de reunir a los integrantes del movimiento nacional ucraniano independientemente de su afiliación política. El UDRP no fue el único partido que se creó en Galitzia, pues su origen estaba en
354 Roberto Muñoz Bolaños Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 27, nº 59. Segundo cuatrimestre de 2025. Pp. 339-362. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2025.i59.15 Hetmanato (Plokhy, 2015: 210-211). El triunfo de los sectores conservadores, con la ayuda inestimable de los Imperios Centrales, fue una demostración explícita del fracaso de la República Popular de Ucrania para dotar a Ucrania de una estructura estatal estable, pero también un triunfo del movimiento puesto en marcha por Berlín y Viena a partir de 1916, cuyo objetivo era el establecimiento de una Ucrania independiente bajo su protección. El nuevo régimen monárquico y conservador, que entroncaba con el pasado más glorioso de Ucrania, tendría una corta vida. No obstante, fue capaz de superar la inestabilidad y la ineficacia de la Rada, poniendo las bases de un auténtico Estado (Subtelny, 2009: 356-357): • Restauró de la administración, gracias a la vuelta de los antiguos funcionarios zaristas, lo que dotó de estabilidad al territorio. • Creó de un cuerpo de policía, para mantener el orden público. • Estableció de relaciones diplomáticas con diferentes países. • Recuperó de la economía, gracias a la restauración de la propiedad de la tierra, al auge del comercio y a la llegada de gran cantidad de empresarios rusos que huían del régimen bolchevique. • “Ucranizó” la educación y la cultura, abriendo 150 instituciones de enseñanza secundaria en ucraniano y 2 universidades donde los estudios se impartían en la lengua local. También creó las academias de ciencias y de bellas artes, la biblioteca nacional de Ucrania y los archivos estatales. El resultado de esta política fue que, si bien el Hetmanato fue un protectorado del Imperio alemán, apoyado por las antiguas élites de la región y por otras procedentes de Rusia, y dirigido por líderes monárquicos y conservadores contrarios a las reformas políticas y económicas que habían defendido los republicanos de izquierdas de la Rada, su eficacia administrativa le proporcionó un notable prestigio entre los ucranianos del exterior hasta el extremo de que durante el periodo de entreguerras fue la opción favorita de muchos de ellos para lograr una Ucrania independiente bajo un gobierno monárquico de la dinastía Skoropadski (CIA, 1946: 5). Este crédito también se extendió entre los miembros de la Entente que, tras derrotar a Berlín el 11 de noviembre de 1918, consideraron necesario que las tropas alemanas siguieran ocupando este territorio para garantizar la pervivencia del Hetmanato, ya que podía actuar como dique contra el peligro comunista procedente de Rusia (Subtelny, 2009: 357). Sin embargo, el carácter ultraconservador del régimen de Skoropadski también tuvo como consecuencia su carácter no inclusivo, ya que fue incapaz de atraerse a los antiguos partidos que integraban la Rada y a los campesinos. El
355 “Ucrania no ha perecido todavía”: la edificación de una nacionalidad (1789-1920/1946) Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 27, nº 59. Segundo cuatrimestre de 2025. Pp. 339-362. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2025.i59.15 hetman soñaba con una Ucrania de pequeños propietarios agrícolas. Para lograr este objetivo intentó poner en marcha un proyecto de reforma agraria que fue abortado por los terratenientes locales. Además, permitió la requisa de grano con destino a los Imperios Centrales. El resultado fue una fuerte oposición de este grupo social, plasmado en un congreso celebrado entre el 8 y el 10 de mayo de 1918, donde los 12.000 representantes de los campesinos negaron legitimidad del Gobierno de Skoropadski y exigieron la devolución del poder a la Rada. A partir de ese momento, se sucedieron diferentes revueltas que llegaron a tomar la forma de guerrillas, de ideología anarquista mayoritariamente, donde empezó a destacar Néstor Majnó. La oposición a Skoropadski terminaría agrupándose en la Unión Estatal Nacional Ucraniana (UENU), conformada por todas las fuerzas nacionalistas contrarias al hetman, y en la que los socialdemócratas y social-revolucionarios estuvieron presentes como observadores. Además, se creó un ejército de 100.000 campesinos a las órdenes de Petliura (Applebaum, 2021: 45-46). Paralelamente, los social-revolucionarios decidieron utilizar una táctica que no les era ajena desde su fundación, el terrorismo, para acabar con el protectorado alemán en Ucrania. El 30 de julio asesinaron a von Eicchorn. Sin embargo, no pudieron hacer lo mismo con Skoropadski, a pesar de que sufrió varios atentados. A pesar de que los intentos para acabar con la vida del hetman no tuvieron éxito, su régimen estaba condenado tras la derrota de sus protectores que se hizo patente a partir de octubre de 1918 con la caída de Bulgaria. Skoropadski trató de mantenerse neutral en el conflicto que ya veía su fin tras cuatro años de lucha, e intentó crear su propio ejército para sostenerse en el poder. Pero la situación se tornó irreversible tras la capitulación de Alemania el 11 de noviembre. Poco después, se produjo un levantamiento en nombre de la RPU, encabezado por el ejército de Petliura. La mayoría de las tropas del hetman cambiaron de bando. Skoropadski intentó jugar entonces su última carta y proclamó su unión a la Rusia contrarrevolucionaria o “blanca” el 28 de noviembre. Esta decisión, desaconsejada por los alemanes que, con el permiso de la Entente, seguían acuartelados en Ucrania, le hizo perder el apoyo de los nacionalistas conservadores, sin que le proporcionara ningún beneficio militar. Los antiguos soldados del kaiser, viendo la situación pérdida, decidieron negociar directamente con Petliura para asegurar su evacuación. El 14 de diciembre Skoropadskyi firmó la abdicación y huyó a Berlín junto a sus antiguos protectores (Magocsi, 2010: 492-493). La victoria de las fuerzas republicanas abrió el último periodo en la historia de este primer Estado ucraniano. Si la Rada había simbolizado el triunfo del nacionalismo republicano izquierdista en la Ucrania rusa y el Hetmanato el del monarquismo conservador en ese territorio, el nuevo gobierno, bajo la forma de un directorio presidido inicialmente por Vynnychenko, pero con Petliura
356 Roberto Muñoz Bolaños Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 27, nº 59. Segundo cuatrimestre de 2025. Pp. 339-362. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2025.i59.15 como hombre fuerte, representó la opción republicana autoritaria sobre una Ucrania, por primera vez, unida (Hunczak, ed., 1977: 82-103). La causa de esta dinámica había que buscarla en la proclamación de la República Popular de Ucrania Occidental, la antigua Rutenia austro-húngara, el 1 de noviembre de 1918 como consecuencia de la desintegración del Imperio de los Habsburgo. Esta organización estatal soberana fue capaz de controlar la mayor parte de los antiguos territorios ucranianos de los Habsburgo, creó un sistema administrativo operativo, propuso una serie de reformas que incluían la redistribución de la tierra en beneficio de los campesinos y movilizó a la población ucraniana en torno a la idea de la independencia de Polonia. Pero, sobre todo, fue capaz de crear un ejército de 10.000 hombres sobre la base de la Legión Ucraniana. El 22 de enero de 1919 las dos repúblicas ucranianas se fusionaron para crear una Gran Ucrania unificada (Soborna Ukraïna) (Subtelny, 2009: 369). Sin embargo, la colaboración entre los nacionalistas de occidente y oriente nunca sería completa. El nuevo Estado tendría una vida breve y violenta, en gran medida debido a que Petliura nunca llegó a obtener la legitimidad de la totalidad de la población ucraniana, no pudo imponer la ley y apenas controló el noroeste del país (Podolia y Volinia), careciendo de una capital fija, ya que la sede del gobierno pasó de Kiev a Vínnitsa, Rovno y finalmente Kamenets-Podolsk.. El Directorio, al igual que la Rada, se inclinó por posiciones de extrema izquierda, rechazando la democracia liberal. Por eso, en vez de convocar un parlamento por sufragio universal, optó por reunir un Congreso de Trabajadores, integrado por representantes de los campesinos, los obreros y la intelligentsia obrera. Este radicalismo ideológico se combinó con la indisciplina del ejército, muchos de cuyos integrantes eran bandidos y con los pogromos que se desencadenaron contra la población judía en el territorio que controlaba (Adams, 1973: 81; Magocsi, 2010: 505). El resultado de esta doble dinámica fue la doble enemistad de la élite económica y la población judía. El líder del Directorio fue el responsable de las fallas del Estado que intento construir, pero también tuvo que enfrentarse a tres poderosos enemigos (Gurbanova, 2024). El primero, la recientemente reconstruida Polonia, que aspiraba a integrar en su territorio a la Galitzia Oriental; el segundo, los bolcheviques, deseosos de recuperar todo el territorio del antiguo Imperio zarista, y el tercero, los países de la Entente que se negaron a reconocer un Estado ucraniano independiente en 1919. El enfrentamiento entre los rutenos y los polacos tuvo su punto de inflexión en abril de 1919 cuando llegó a Galitzia un poderoso ejército polaco formado en Francia y armado por la Entente. Estaba compuesto por 60.000 hombres, a las órdenes del general Jósef Haller von Hallenburg. Sobre el papel, su objetivo era combatir a los bolcheviques. Sin embargo, Haller, utilizando como excusa el radicalismo del régimen de Petliura, declaró que todos los ucranianos
357 “Ucrania no ha perecido todavía”: la edificación de una nacionalidad (1789-1920/1946) Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 27, nº 59. Segundo cuatrimestre de 2025. Pp. 339-362. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2025.i59.15 eran comunistas. Esta excusa le permitió utilizar sus fuerzas para combatir a la República Popular de Ucrania Occidental y consolidar así el territorio de la nueva Polonia. Como resultado de estas acciones, el ejército ucraniano occidental se vio obligado a retirarse, cruzando el Zbruch, para unirse a las fuerzas de Petliura (Subtelny, 2009: 370). La situación de los ucranianos orientales no era mucho mejor. Lenin había llegado a la conclusión de que la única forma de recuperar los territorios del antiguo Imperio ruso era apelando a las nacionalidades. Así, tras el armisticio alemán del 11 de noviembre dejó de reconocer la República Popular de Ucrania y ordenó crear un poder paralelo en Kursk. El 29 de noviembre tomó la decisión de constituir una república comunista en Ucrania para que su ataque contra este territorio no pareciera una invasión rusa. Su líder sería Christian Rakovski, un bolchevique de origen búlgaro. Así, en enero de 1919 se creó la República Socialista Soviética de Ucrania. Los ejércitos comunistas iniciaron entonces su segunda ofensiva sobre este territorio, mostrándose imparables. El 5 de febrero ocuparon de nuevo Kiev, contando con el apoyo de los campesinos, a los que prometieron tierras, y del ala más izquierdista del nacionalismo ucraniano, que constituiría la nueva élite que necesitaba el gobierno de Moscú para controlar esta nación. En ese momento los comunistas controlaban el centro y nordeste del país, mientras los campesinos dirigidos por Majnó y Nicanor Grogóriev el sur del país. Pero, los bolcheviques no solo se preocuparon de dotarse de una élite en Ucrania, sino que desarrollaron una política de exterminio contra los insurgentes ucranianos a los que Lenin calificó como “insectos”, “alimañas”, “parásitos” y “chinches”. Pueblos enteros fueron arrasados con la artillería y su población aniquilada. En esta razzia jugó un papel clave el Primer Ejército de Caballería a las órdenes de Semión Budionni (Adams, 1973: 65-114). El punto de no retorno, que manifestaría el fracaso irreversible del primer Estado ucraniano de Ucrania, se produjo en la primavera de 1919 cuando el general ruso blanco Anton Denikin, jefe del “Ejército de Voluntarios”, inició una gran ofensiva contra los bolcheviques. Sus tropas estaban armadas por Francia y Reino Unido y su objetivo era destruir el régimen comunista. En el verano alcanzaron Ucrania. Los nacionalistas de esta región se enfrentaron a una difícil disyuntiva: aliarse con el general blanco, antipolaco y monárquico, lo que suponía el fin de los derechos y libertades conseguidos tras la Revolución de febrero de 1917, u oponerse a sus fuerzas. El resultado fue la división (Plokhy, 2015: 218-219). Los ucranianos occidentales decidieron aliarse con Denikin y juntos ocuparon Kiev el 23 de agosto de 1919. Por el contrario, Petliura, tras ofrecer sus servicios al general blanco y ser rechazados, decidió combatirle, a la vez que buscaba la alianza con los polacos, considerados aliados ideales para enfrentarse con los contrarrevolucionarios y los bolcheviques (CIA, 1946: 8-9). La ruptura total entre ambas Ucranias se produjo en noviembre de 1919, cuando
358 Roberto Muñoz Bolaños Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 27, nº 59. Segundo cuatrimestre de 2025. Pp. 339-362. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2025.i59.15 una gran epidemia de tifus aniquiló sus ejércitos, obligando a los rutenos que quedaban a unirse a los blancos, mientras Petliura pactó finalmente con los polacos. En todo caso, las fuerzas armadas ucranianas habían desaparecido y, con ellas, la Ucrania independiente (Borys, 1980: 219-228; Plokhy, 2015: 219). El origen de este fracaso había buscarlo en el hecho de que la unificación de las dos repúblicas ucranianas y sus ejércitos había sido una simple alianza militar, sin que conllevara la creación de un Estado y una fuerza armada unida. Un largo periodo de existencia en imperios diferentes había afectado a la cultura política de las dos élites ucranianas, que creían pertenecer a la misma nación, pero no se comportaban como tal. Los rutenos perdieron, entre otras razones, porque, superados en número y armamento por los polacos, no recibieron ayuda de sus hermanos orientales. Tras un conflicto militar breve y sangriento que provocó 15.000 muertos ucranianos y 10.000 polacos, Galitzia y su ciudad más importante, Liov, fue incorporada a Polonia con el beneplácito de los vencedores de la Gran Guerra (Subtelny, 2009: 371). Los ucranianos orientales fueron derrotados porque estaban divididos políticamente y mal organizados y, sobre todo, porque fueron incapaces de crear un proyecto nacional inclusivo. No obstante, la mayor división política, que marcaría el curso de la historia de esta nación, era la que se daba entre aquellos que compartían los ideales del movimiento nacional ucraniano y los que apoyaban a los bolcheviques rusos, un grupo revolucionario con una ideología por completo diferente. Como resultado de estas dinámicas, muchos nacionalistas, entre ellos Hrushevski, decidieron exiliarse (Applebaum, 2019: 47-48; Plokhy, 2015: 218). Paralelamente, las fuerzas de Denikin fueron derrotadas a las afueras de Oriol el 20 de octubre, a unos 400 km al sur de Moscú. Esto permitió a los bolcheviques regresar a Ucrania a finales del 1919. En la primavera de 1920, pospusieron sus planes de establecer grandes granjas colectivas en las propiedades confiscadas a la nobleza y permitieron a los campesinos repartirse esas tierras. La nueva estrategia funcionó, ya que pudieron establecer el control sobre el centro y el este de Ucrania y defenderse de la última amenaza real en la región. A finales de abril de 1920, los ejércitos polacos a las órdenes del mariscal Józef Pilsudski, apoyados por las fuerzas de Petliura, avanzaron sobre Kiev desde la línea del frente en Volinia y Podolia. Su objetivo era eliminar la amenaza que suponía la Rusia comunista para Polonia. Para alcanzarlo, pretendía crear varios Estados nacionales en la frontera ruso-polaca, que posteriormente pasarían a formar parte de una federación bajo el liderazgo de Varsovia. La ofensiva tuvo éxito inicialmente. El 7 de mayo Petliura entró de nuevo en Kiev como jefe del gobierno ucraniano, pero esta vez no había ningún ejército ruteno a su lado. El precio que tuvo que pagar por el apoyo de sus aliados polacos fue enorme desde el punto de vista sentimental: el control polaco en Galitzia, asestando el golpe definitivo a la posibilidad de una Gran
359 “Ucrania no ha perecido todavía”: la edificación de una nacionalidad (1789-1920/1946) Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 27, nº 59. Segundo cuatrimestre de 2025. Pp. 339-362. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2025.i59.15 Ucrania. Sin embargo, este éxito fue efímero. Los soviéticos lanzaron una contraofensiva, obligando al ejército polaco-ucraniano a abandonar Kiev el 13 de junio. A continuación, avanzaron hacia Polonia con el objetivo de extender la revolución por toda Europa. Sus fuerzas llegaron a Lvov y a Varsovia, donde con el apoyo de una misión militar franco-británica, de la que formaba parte un capitán de 30 años llamado Charles de Gaulle, los polacos les derrotaron en una larga batalla que se desarrolló entre el 13 y el 15 de agosto de 1920 conocida como el “Milagro del Vístula”. El 18 de octubre la lucha había concluido. El 18 de marzo de 1921 se firmó la Paz de Riga, dando fin a las hostilidades. Los polacos pasaron a controlar Volinia y parte de Podolia (; Magocsi, 2010: 502-503). A pesar de esta victoria, su intento de crear un Estado ucraniano con capital en Kiev fracasó, al igual que las esperanzas ucranianas de recuperar la independencia (Applebaum, 2021: 100): A lo largo de 1920 y 1921 los bolcheviques impusieron en Ucrania una paz inestable. El baño de sangre no acabó de inmediato; el Ejército Negro de Majnó siguió combatiendo durante el verano de 1921, y algunas de las fuerzas de Petliura continuaron con la lucha ese mismo otoño a pesar de que el propio líder había huido. En Ucrania la Checa mató a cuatrocientos cuarenta y cuatro líderes rebeldes rurales durante la primera mitad de aquel año y calculó que miles de “bandidos” aun rondaban por el campo. Félix Dzerzhinski, el sombrío fundador de la Checa, llevó personalmente a mil cuatrocientos hombres a Ucrania para ayudar a sus aliados locales a acabar con los “bandidos”. Así terminó la historia del primer Estado ucraniano. Conclusión: la Nación construida (1921-1946) El fracaso del nacionalismo ucraniano en el siglo XIX y las dos primeras décadas del XX fue consecuencia de la suma de cuatro dinámicas, como indicamos en la introducción: la inexistencia de un territorio definido vinculado al pueblo ucraniano; la historia que había debilitado la autoconfianza de este pueblo hasta el extremo de que se consideraba incapaz, salvo excepciones, de apostar por una nación independiente; la existencia de culturas políticas diferentes en las dos regiones en las que se dividía Ucrania, lo que impidió una colaboración más estrecha entre sus dirigentes, y la inexistencia de una élite que actuase como clase dirigente de este proyecto. El resultado fue una construcción nacional disruptiva y una nación dividida, proceso que alcanzó su máxima expresión cuando Petliura sacrificó a los rutenos para asegurarse el apoyo polaco a la independencia de la Ucrania rusa. Tras su derrota definitiva y la fuerte represión que sufrió esta nación a manos de los comunistas, simbolizada en la gran hambruna conocida como Holodomor (1932-1933)
360 Roberto Muñoz Bolaños Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 27, nº 59. Segundo cuatrimestre de 2025. Pp. 339-362. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2025.i59.15 en la que murieron entre 3 y 5 millones de ucranianos, la opción “rusófila” quedó completamente desechada, salvo por parte de los comunistas de esta nacionalidad. Por el contrario, a partir de 1921 tuvo lugar una doble dinámica cuyas consecuencias tuvieron una enorme trascendencia. Por un lado, la derechización del nacionalismo ucraniano, que tuvo su máxima manifestación en la radicalización de Dontzov y en la creación de la fascista y terrorista Organización de Nacionalistas Ucranianos, cuya figura más importante fue Stepan Bandera. Por otro, la asunción de la independencia como objetivo final y único de las distintas corrientes nacionalistas, abandonando definitivamente las opciones federativas, dominantes en el periodo anterior. Este proceso fue acompañado por el progresivo acercamiento entre rutenos y ucranianos orientales, especialmente cuando los primeros asumieron la imposibilidad de vivir autónomamente en Polonia. Durante el segundo conflicto mundial hubo intentos por parte de los fascistas ucranianos de construir un Estado propio con ayuda alemana, pero fracasaron porque los nazis tenían reservado un futuro para esta región en el que no participarían sus habitantes (CIA, 1946: 10-21). Tras el final de este conflicto y el inicio de la Guerra Fría, los nacionalistas ucranianos tuvieron que esperar 46 años más para cumplir su sueño.
361 “Ucrania no ha perecido todavía”: la edificación de una nacionalidad (1789-1920/1946) Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 27, nº 59. Segundo cuatrimestre de 2025. Pp. 339-362. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2025.i59.15 Bibliografía Adams, A. E. (1973): Bolsheviks in the Ukraine: The second campaign, 19181919, New York, Kennikat Press. Applebaum, A. (2021): Hambruna Roja: La guerra de Stalin contra Ucrania, Madrid, Debate. Boeck, B. J. (2010): Imperial Boundaries Cossack Communities and EmpireBuilding in the Age of Peter the Great, Cambridge, Cambridge University Press. Borys, J. (1980): The sovietization of Ukraine, 1917-1923: The Communist Doctrine And Practice of National Self-Determination, Toronto, University of Toronto Press. Central Intelligence Agency (CIA), 1946: “The Ukrainian Nationalist Movement. An interin Study. October 1946”, https://www.cia.gov/ readingroom/document/cia-rdp83-00764r000500040001-3 Devés Valdés, E. (2018): Pensamiento Periférico: Una tesis interpretativa global, Madrid, Ariadna Ediciones. Fichte, J. G. (1984): Discursos a la nación alemana, Barcelona, Orbis. Gordon, L. (1982): Cossack Rebellions: Social Turmoil in the Sixteenth Century Ukraine, New York, State University of New York Press. Gurbanova, H. (2024): Representation of Symon Petliura in Ukrainian Nationalist Discourse and Politics of Memory, Vienna, Central European University. Herder, J. G. (1982): Obra selecta, Madrid, Alfaguara. Himka, J.-P. (1988): Galician Villagers and the Ukrainian National Movement in the Nineteenth Century, Edmonton, Canadian Institute of Ukrainian Studies. Himka, J.-P. (1999): “The Construction of Nationality in Galician Rus’. Ikarian Flights in Almost All Directions», en M. Kennedy y R G. Suny (eds.): Intellectuals and the Articulation of the Nation, Ann Arbor, The University of Michigan Press, pp. 109-164. Hunczak, T., ed. (1977): The Ukraine, 1917-1921. Stydy in Revolution, Cambrige, Harvard University Press. Katchanovski, I. et allí (2013): Historical Dictionary of Ukraine, Lanham, Scarecrow Press. Kneper, G. (2024): “¿El nacimiento de una nación? Nacionalismo ucraniano y construcción estatal a finales del siglo XIX y principios del XX”, Ayer: revista de historia contemporánea, 135, pp. 133-158. Kozik, J. (1986): The Ukrainian National Movement in Galicia: 1815-1849, Edmonton: Canadian Institute of Ukrainian Studies. Kuromiya, H. (2003): Freedom and Terror in the Donbas: A Ukrainian-Russian
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