La construcción de la identidad romana en Corinto
Abstract
En este artículo mostramos los diferentes cambios experimentados por la ciudad griega de Corinto como parte del proceso de romanización y de construcción de una identidad romana que la convirtió en colonia romana y luego en capital de la provincia de Acaya, foco de romanidad en un entorno cultural predominantemente helénico, además de un gran emporio comercial, centro de almacenamiento y de distribución de mercancías en el Mediterráneo oriental.
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205 LA CONSTRUCCIÓN DE LA IDENTIDAD ROMANA EN CORINTO LA CONSTRUCCIÓN DE LA IDENTIDAD ROMANA EN CORINTO* César Fornis Universidad de Sevilla En este artículo mostramos los diferentes cambios experimentados por la ciudad griega de Corinto como parte del proceso de romanización y de construcción de una identidad romana que la convirtió en colonia romana y luego en capital de la provincia de Acaya, foco de romanidad en un entorno cultural predominantemente helénico, además de un gran emporio comercial, centro de almacenamiento y de distribución de mercancías en el Mediterráneo oriental. In this article we show the different changes suffered by the Greek city of Corinth as a part of the process of romanization and construction of a Roman identity that become it in a Roman colony and then in the capital of the province of Achaia, a focus of Romanitas in a Hellenic cultural scene, besides a huge commercial emporium, a center of storage and distribution of commodities in the Eastern Mediterranean. Corinto fue sin duda una de las ciudades más importantes y representativas de Grecia bajo la égida romana. Para entender mejor las formas y el alcance real del proceso de romanización y de construcción de la identidad romana en ella he- * Una versión sensiblemente más reducida de este trabajo fue leída en el curso “La construcción de las identidades romanas”, organizado por la Universidad Internacional de Andalucía y la Universidad Pablo de Olavide y celebrado en la sede La Cartuja de Sevilla del 29 de mayo al 2 de junio de 2006. Representa una línea de investigación inscrita en el marco del Proyecto Las sociedades griegas en la guerra de Corinto, financiado por el Ministerio de Educación y Ciencia (HUM 200402095). HABIS 38 (2007) 205-224
206 CÉSAR FORNIS mos de remontarnos al período de independencia de la ciudad, en otras palabras, debemos preguntarnos cómo era la Corinto griega. Nacida en el siglo VIII a.C. como consecuencia de un proceso sinecístico, la Corinto griega se nos presenta como una polis floreciente, de proverbial opulencia, vivaz, bulliciosa, cosmopolita, con una larga y rica tradición histórica y cultural a sus espaldas. Con un territorio pequeño, 825 km2 (las fronteras fueron estables desde la época de los Cipsélidas), su excepcional situación geográfica le garantizó un papel primordial, a veces incluso hegemónico, en muchos momentos de la fecunda historia de la Hélade. En efecto, Corinto se asienta en el istmo que lleva su nombre, puente de comunicación entre el Peloponeso y Grecia central y entre los mares Jónico y Egeo. No en vano fue sede y centro neurálgico de las distintas ligas helénicas y luego de la liga aquea. La ciudad se hallaba a la sombra del imponente Acrocorinto, una inexpugnable roca de 575 metros de altura que fue definida como uno de los «grilletes» de Grecia1, la clave de su control, primero por macedonios y después por aqueos, romanos, bizantinos y turcos. Este magnífico emplazamiento geográfico le garantizó igualmente un lugar privilegiado en el comercio del Mediterráneo oriental, no sólo por la propia actividad comercial, sino por el uso del diolchos para cruzar el istmo previo pago de elevadas tasas; el diolchos era un camino pavimentado sobre el cual se hacían rodar tanto naves (no todas, sólo barcos militares y mercantes no superiores a diez toneladas) como mercancías de un extremo al otro del istmo, evitando así los seis días de circunnavegación del Peloponeso y con ello el peligroso cabo Malea. La ciudad entera fue, y lo continuaría siendo en época romana, centro de diversión y ocio para visitantes. Pero no sólo el comercio y el ocio dejaban dinero en la ciudad. La administración y control de los juegos ístmicos que bienalmente se celebraban en el famoso santuario de Posidón en Istmia aportaban pingües beneficios al Estado corintio. Étnicamente Corinto está marcada por ser una fundación doria, razón por la cual encontramos a la población dividida originalmente en las tres tribus dorias tradicionales: panfilios, hileos y dimanes, a las que en fecha indeterminada se añadió una cuarta llamada los cinófalos, con población predoria. Una noticia de la Suida recogida por Nicolás de Damasco2 nos dice que en Corinto pavnta ojktwv, “todas las cosas [públicas se entiende] son ocho”, o múltiplo de ocho, lo que se ha interpretado en el sentido de que existía una organización territorial y étnica tomando como base ocho partes, es decir, habría ocho tribus (quizá una subdivisión en dos de las cuatro anteriores), cada una de las cuales elegía un proboulos (para un total de ocho probouloi o magistrados supremos) y diez bouleutas (para un total de ochenta miembros del Consejo). Conocemos así mismo un pritano anual (desde el arcaísmo), un gimnasiarca (desde el siglo III a.C.) y otros cargos menores. Des1 Plb. 18.11.5; Str. 9.4.15; Liv. 32.37.4. 2 FGrH 90 F 60.
207 LA CONSTRUCCIÓN DE LA IDENTIDAD ROMANA EN CORINTO de la caída de la tiranía cipsélida hacia el año 583, la politeía en Corinto asume la forma de una oligarquía flexible y de ancha base que no sufrió interrupciones (ni por democracias ni por tiranías) hasta la dominación macedonia. En el ámbito urbanístico y arquitectónico la Arqueología nos ha ayudado a reconstruir el esplendor de la Corinto clásica griega, una gran ciudad cuyo perímetro alcanzaba los diez kilómetros, con seis puertas de acceso de las que nacían otras tantas rutas principales al Peloponeso, a la Megáride y al Ática. Entre sus muros vivían entre cuarenta y cincuenta mil habitantes de condición libre (de los cuales doce o trece mil serían ciudadanos de pleno derecho), más una cifra indeterminada de esclavos (que fluctúa según los estudiosos entre veinte mil y cien mil). En el siglo V las terrazas en las que se asienta la ciudad se cierran con imponentes muros defensivos y se construyen los Muros Largos que la unen con el puerto de Lequeo (unos tres kilómetros de distancia). El espacioso ágora, centro político, administrativo y religioso de la ciudad, se adorna con edificios públicos, pórticos y estatuas; en el lado sur estaban emplazados un teatro, un gimnasio y una pista de carreras, mientras que en el norte se encontraba el templo arcaico de Apolo (la identificación no es del todo segura, algunos lo consideran de Atenea, la divinidad políada), al este del cual existía una galería de diez tiendas y al norte otra estoa y unas termas, probablemente parte de un complejo atlético. En el siglo IV se añadió al sur del ágora, detrás de la tribuna, un pórtico historiado de 165 metros de longitud con 71 columnas dóricas y numerosas tiendas, el mayor edificio secular de su tiempo (es la llamada Estoa Sur). También había un cementerio intramuros, mucho más pequeño que la necrópolis exterior. La inclinación comercial de la ciudad se hace patente en los mercados, donde artesanos, mercaderes, campesinos, etc. cantaban la excelencia de sus productos y los banqueros tenían sus mesas de cambio, mientras en el puerto de Lequeo se construían naves y se contrataban avezados marinos. Aunque no fueran ya los dominadores del mercado cerámico, el barrio de los alfareros no había perdido su vitalidad y ajetreo. En política exterior Corinto fue fiel aliada de Esparta, no siempre dócil (recordemos que llega a condicionar la toma de decisiones de su hegemon y en la guerra Corintia incluso le combate), como principal poder naval de la liga del Peloponeso. De hecho el destino de la polis corintia siempre estuvo unido al mar, no sólo militarmente, sino también en el ámbito comercial. Así, con dos excelentes puertos en su territorio (Lequeo en el golfo Corintio, mirando a Occidente, y Céncreas en el golfo Sarónico, de cara a Oriente), la tradición la hace inventora de la trirreme, Tucídides3 afirma que fue protagonista, junto con Corcira, de la primera batalla naval en 664, impulsó un sólido movimiento colonizador en el noroeste continental griego durante el arcaísmo (una auténtica arche o imperio, por modesta que fuera), período en el que, por lo demás, fue la mayor potencia comercial 3 1.13.4.
208 CÉSAR FORNIS hasta que fuera desplazada por la imparable irradiación de la cerámica ateniense de figuras negras. Desde Queronea, en 338 a.C., Corinto pierde su independencia política por la dominación macedónica y luego aquea, pero no hay signos visibles de declive en su actividad económica y comercial (industria del bronce, arquitectura, pintura, escultura, cerámica). De todos es sabido que la guerra emprendida por Roma contra la liga aquea, último bastión que franquear en el camino hacia la dominación de Grecia, acabó con Corinto, la capital confederal, asolada4. La labor de saqueo y expoliación de Lucio Mumio no se limitó a la ciudad, también alcanzó a lugares emblemáticos y ricos como Istmia, Céncreas y el Hereo de Perachora5. Mumio y los diez comisionados dividieron el territorio de la Corintia en dos partes: una fue incorporada al ager publicus Romanus, la otra al estado de Sición. La celebración de los juegos ístmicos se trasladó a esta última y la presidencia fue ostentada conjuntamente por sicionios y argivos6. En suma, el estado corintio dejó de existir. El eco de los estragos sufridos por la ciudad nos llega a través del lamento de Antípatro de Sidón en el siguiente epigrama: ¿Dónde está tu belleza sin par, tu corona de torres, Corinto la dóride, tus tesoros de antaño, Los palacios, los templos divinos, las damas sisifias, La gente innumerable que en tiempos te poblaba? Ni rastro de ti resta ya, desgraciada, ni rastro; Todo lo arrebató la guerra y devorólo. Las nereidas tan sólo, las hijas del Océano, inmunes Quedamos para ser alciones de tus males7 Ahora bien, este trasfondo admite ciertas matizaciones. En efecto la destrucción fue sistemática, brutal, tan ejemplarizante como la de Cartago en ese mismo fatídico año 146; sin embargo, no alcanzó el nivel del suelo en la ciudad, pues sabemos que subsistieron al menos fragmentos de murallas, los santuarios y algunos edificios. Tampoco fue abandonada por completo, como tradicionalmente se ha venido creyendo, ya que ciertos datos provenientes de las fuentes literarias, notablemente Cicerón8, y arqueológicas (ánforas de transporte, lámparas y parece incluso que construcciones rudimentarias con material reutilizado) confirman que algunos pobladores vivían entre las ruinas (la tradición asegura que, tras la toma de la ciudad, los varones fueron muertos y las mujeres, niños y esclavos liberados 4 Plb. 38.9.1-18.12, 39.2-6; Str. 8.6.23; D.S. 32.26.1-5; Paus. 7.14.1-16.10; Liv. Perioch. 52; Iust. 34.2.1-6; Flor. 1.32.4-7; Oros. 5.3; Zonar. 9.31. 5 Sabemos por ejemplo que el cónsul dedicó a Zeus un Posidón de bronce, quizás la estatua principal del santuario ístmico, pensando que representaba al primero (D.Chr. 37.42). 6 Paus. 2.11.2. 7 Anth. Pal. 9.151; trad. M. Fernández Galiano. 8 Agr. 1.2.5, 2.19.51; Tusc. 3.22.53.
209 LA CONSTRUCCIÓN DE LA IDENTIDAD ROMANA EN CORINTO fueron esclavizados). Sea como fuere, las bases para iniciar un proceso de construcción de la identidad romana en Corinto no pudieron ser más violentas. Aproximadamente un siglo después, en el año 44 a.C., Corinto fue refundada exactamente en el mismo lugar por Cayo Julio César, justo antes de su muerte, como Colonia Laus Iulia Corinthiensis9. Al final del reinado de Vespasiano los testimonios epigráficos y numismáticos revelan que cambió su nombre por el de Colonia Iulia Flavia Augusta Corinthiensis, posiblemente como agradecimiento por la generosidad imperial en la reconstrucción que siguió al terrible terremoto de los años 70, pero recuperó el antiguo con la desaparición de la dinastía Flavia. Su renacimiento como ciudad iba a estar determinado una vez más, por su estratégica localización, que le llevó a ostentar, ya en época de Augusto, la capitalidad de la recién creada provincia de Acaya, la cual comprendía Grecia central, Tesalia, sur del Epiro, el Peloponeso y las islas circundantes10. Junto a la ciudad renacieron también sus puertos e Istmia, no así Perachora, con su famoso Hereo de época arcaica, que dejó de existir como santuario y como comunidad importante para ser sustituido por una pequeña aldea. Desconocemos el número original de colonos itálicos, pero puesto que ese mismo año 44 tres mil fueron enviados a la colonia fundada por César en Cartago11, se ha pensado que Corinto pudo recibir una cifra similar. Los ciudadanos fueron repartidos entre un número de tribus, de las cuales al menos doce están atestiguadas epigráficamente12. Estas gentes llevaron consigo su lengua, su cultura, sus cultos. La lengua oficial de la colonia era obviamente el latín13, que coexistía en la calle con el griego, el hebreo y otras lenguas semíticas. Las fuentes literarias nos dicen que los colonos eran fundamentalmente libertos carentes de tierras y de recursos. Así por ejemplo, en otro epigrama recogido en la Antología Palatina, Crinágoras de Mitilene se quejaba a finales del siglo I a.C. de la baja catadura social y moral de los habitantes de la colonia romana, indignos en comparación con sus antiguos pobladores: ¡Vaya colonos has encontrado, desdichada! ¡Y en lugar de cuáles! ¡Ay, desventura de la gran Grecia! Preferiría verte más postrada que Gaza, Corinto, Y más árida que las arenas de Libia, A ver cómo semejantes mercenarios te subyugan por completo y Oprimen los huesos de los antiguos Baquíadas14 9 Str. 8.6.23; 17.3.15; Plu. Caes. 52, 57; D.C. 43.50.3-5; Paus. 2.1.2; App. Pun. 136. 10 Apul. Met. 10.18, Arist. 46.27, además de las Actas de los Apóstoles 18.12-17. 11 App. Pun. 136. 12 Vatinia, Hostilia, Maneia, Calpurnia, Aurelia, Domitia, Atia, Livia, Agrippia, Vinicia, Claudia y Elia. 13 D.L. 37.26. 14 Anth. Pal. 9.284; trad. M. Fernández Galiano.
210 CÉSAR FORNIS Sin embargo, del estudio prosopográfico realizado por Anthony Spawforth, basado fundamentalmente en los nombres de los 42 duoviros que firmaron las emisiones monetales en bronce durante el primer siglo de existencia de la colonia, se desprende que entre los colonos hubo también libertos acaudalados y de cierto éxito político (las colonias cesarianas eran una excepción a la norma de que los libertos no eran elegibles para las magistraturas), negotiatores provenientes del Oriente romano (comerciantes, navieros, prestamistas, etc. atraídos por las perspectivas comerciales de la nueva fundación) y en menor medida veteranos de las legiones y notables (gnorimoi) griegos de otra procedencia (por ejemplo el epidaurio Cneo Cornelio Pulcro, el espartiata Cayo Julio Laco o el aqueo Publio Caninio Agripa, posiblemente el primer corintio de adopción que entró en el ordo ecuestre). Esta presencia griega ha dado pie a que algunos autores hablen de una “helenización de la Corinto romana”, pero, como ha aseverado con buen criterio Spawforth, “esta etiqueta no es más que una desafortunada designación para un complejo proceso de interacción cultural en el Istmo de época romana”. No podemos olvidar que sólo los ciudadanos romanos podían llegar a ser ciudadanos de la nueva colonia, mientras que quienes no lo eran quedaban registrados como incolae. Lo que sí se ha podido comprobar a través de la epigrafía es que los miembros de la elite colonial original fueron cambiando paulatinamente a lo largo del Alto Imperio sus nombres latinos con cognomina griegos a nombres totalmente latinos (un ejemplo claro lo proporciona el poderoso Cneo Babio Filino, que llamó a su hijo Cneo Babio Itálico), lo cual indica un intento de preservar su identidad romana en un medio cultural y social predominantemente helénico. Era esta elite, que representaba y encarnaba el poder imperial, la que controlaba las magistraturas, instituciones y finanzas de la ciudad, de tal modo que no hay ni una sola inscripción referida a la construcción, mejora o rehabilitación de edificios o monumentos dedicada por un individuo con onomástica griega u oriental. No en vano la capital provincial ha sido descrita como “el centro de Romanitas en Grecia, una ciudad con un fuerte empuje gravitacional para los magnates de la provincia”. La colonia corintia se desarrolla con celeridad, sobre todo industrial y económicamente, convirtiéndose en un poderoso polo de atracción, en tanto que, no por casualidad, ciudades vecinas como Mégara y Sición experimentan un notable declive15. Por el año 20 Horacio16 recupera y traduce a verso latino un viejo proverbio griego: non cuiuiis homini contingit adire Corinthum (“no a cualquiera le es concedido ir a Corinto”), manifestación del lujo y del refinamiento de una gran ciudad. En época Flavia tenemos constancia (vid. infra) de una segunda oleada de colonos con el fin de poner en cultivo tierra fértil e incrementar así los ingresos por tasación de la misma en un período en el que Vespasiano buscaba recuperar las arcas del Estado tras los dispendios de los Julio-Claudios (es la tesis de David 15 Paus. 1.36; 2.7.1. 16 1.17.36.
211 LA CONSTRUCCIÓN DE LA IDENTIDAD ROMANA EN CORINTO Gilman Romano, quien recuerda cómo en 69 ó 70 Vespasiano rápidamente derogó la disposición neroniana de exención fiscal a los griegos alegando que éstos habían olvidado cómo ser libres17). En cuanto a la procedencia de los colonos, este autor piensa que pudieron venir de Sición y de otras ciudades vecinas, aunque también sugiere la posibilidad de que algunos esclavos que trabajaron en la apertura de un canal en el Istmo bajo Nerón pudieron ser liberados y recibir tierras en la Corintia. A finales del siglo I y comienzos del II Corinto es junto con Atenas y Patras unos de los tres principales centros de comercio y banca. También de cultura: Plutarco18 cuenta que asistía, junto a profesores de retórica, geógrafos y otros eruditos a los banquetes que se celebraban en casa de Marco Antonio Sospes, agonoteta en tres ocasiones, además de duouir y curator annonae. El siglo II es el de su apogeo. Embellecida con edificios y monumentos por parte de emperadores o ricos mecenas como Herodes Ático, Corinto es la primera ciudad de Grecia, por delante de Atenas en población (en torno a 100.000 habitantes, entre urbs y territorium), riqueza e importancia económica19. Es extensa la nómina de intelectuales que pasan por la ciudad (Elio Aristides, Apolonio de Tiana, Dion Crisóstomo, Plutarco), e incluso alguno habita en ella, como el cínico Demetrio de Corinto20. Existían escuelas de Filosofía y de Retórica, además de una gran biblioteca. Pese a los mencionados esfuerzos de la elite corintia, desde el siglo II Corinto se nos presenta como una ciudad helenizada. Así lo afirma Favorino21 y lo refrendan las inscripciones recogidas por John Harvey Kent en el volumen VIII.iii de las memorias de excavación de la Escuela Americana (publicado en 1966): de las 104 inscripciones anteadrianeas, 101 están en latín y sólo tres en griego; adrianeas: 10 por 15; posadrianeas hasta Galieno: 7 (además con muchos y graves errores gramaticales) por 24. La misma tendencia en cuanto a composición y, por ende, identidad étnica se pone de manifiesto en la onomástica de los alfareros corintios, que desde la fundación de la ciudad hasta mediados del siglo I d.C. firman sus obras con nombres latinos en alfabeto latino, pero desde esta fecha comienzan a predominar los nombres griegos en alfabeto griego. Y otro tanto sucede con las basas de columnas, molduras y ornamentos arquitectónicos, que de reflejar unas formas y una impronta romana en el siglo I d.C. se acomodan más a la tradición griega desde entonces. En este sentido, Donald Engels apunta que “esto indica, si no un cambio en el origen étnico de los marmolistas mismos, sí al menos en el gusto del pueblo”. Sea como fuere, probablemente esté en lo cierto Susan Alcock cuando dice que “estos cambios lingüísticos y culturales no necesariamente debilitaron la posición dominante de Corinto dentro de la vida de la provincia”. 17 Paus. 7.17.4; Sueton. Vesp. 8.4; Philostr. VA. 41. 18 Mor. 83 a. 19 Arist. 46.20-31 canta la gloria y riquezas de la Corinto contemporánea. 20 Philostr. VA 4.26; 7.10; D.Chr. 6.3; 8.5; 31.121; Favorin. 37. 21 Ps.-Chrys. 37.26.
212 CÉSAR FORNIS El declive comienza en el siglo III. Aunque la razzia de los hérulos en 267 no parece haber supuesto un mazazo a su tradicional prosperidad, es sintomático que la construcción y reparación de edificios prácticamente se paraliza. Todavía en el siglo IV Corinto continuaba siendo, según Juan Crisóstomo22, la primera ciudad de Grecia en población, riqueza y sabiduría, si bien a finales del mismo la ciudad sufriría dos catástrofes de las que no se recobraría, primero los terremotos de 365 y 375, dos décadas más tarde el incendio de la ciudad por las huestes visigodas de Alarico. La ciudad que emergió de nuevo en el siglo siguiente ya no respondía a una tradición clásica, sino cristiana, bien que con ecos del esplendor y la prosperidad del pasado. Pasemos ahora a la organización interna. No se nos ha conservado una ley colonial o carta cívica de Corinto. Como colonia que era y, por tanto, una ciudad privilegiada, los duouiri iure dicundo eran los magistrados superiores (tenemos documentados muchos nombres gracias a la numismática, pues Corinto acuñó moneda en bronce hasta el año 69 d.C.). El cargo estuvo en principio abierto a libertos en las colonias cesarianas, pero desde la lex Visellia del año 24 d.C. debían ser ingenuos de nacimiento; por otro lado el puesto fue ocasionalmente ocupado por el emperador u otros conspicuos personajes de origen no corintio, con lo que debía elegirse un praefectus iure dicundo que le sustituyera en sus funciones. Después tenemos dos ediles, también anuales. Otro importante cometido era el de curator annonae (ejpimelhth;" eujqhniva"), aunque quizá no era regular, sólo para períodos de escasez. También sabemos de un quaestor (tamiva"), pero hay dudas sobre si era municipal o provincial, y de un praefectus fabrum o jefe de ingenieros. De los juegos públicos se encargaban un agonothetes (presidente) y diez hellanodikai (jueces). Desde mediados del siglo I d.C., todos se celebraban en Istmia, no sólo los ístmicos bienales, sino también las Cesareas cuatrienales y las competiciones imperiales en honor del emperador de turno, exigiendo costosos gastos personales del agonoteta, de ahí que este cargo, considerado el de mayor dignidad y prestigio para un ciudadano corintio, saliera siempre de entre las clases pudientes de la ciudad. Algunos individuos rebasan los límites de la carrera local y cumplen cargos provinciales o incluso imperiales. Es el caso de Cneo Cornelio Pulcro, quien después de ser dunvir quinquenal y agonoteta de los juegos ístmicos sirvió como helenodarca de la liga aquea, sumo sacerdote de Grecia, sacerdote del Panhelenio adrianeo y arconte panhelénico, mientras que en el servicio imperial fue tribuno militar de la cuarta legión, procurador del Epiro y jurídico de Egipto y Alejandría; su influencia sobre el emperador Adriano fue determinante para que Corinto lograra la inmunidad fiscal23. 22 En su Homilía sobre la primera epístola a los corintios, argumento 1-2. 23 IG IV 1600.
213 LA CONSTRUCCIÓN DE LA IDENTIDAD ROMANA EN CORINTO El senado local, probablemente integrado por cien decuriones (bouleutai), se nutría de antiguos dunviros y ediles, con un cargo vitalicio. Por lo demás, la curia no sería diferente de la de otros municipios y colonias en composición y funciones. Ciertas inscripciones preservadas nos hablan por ejemplo de su labor supervisora en la construcción de edificios y de la concesión de honores públicos. Por otro lado, Corinto contaba con una ceca que acuñaba moneda provincial. Si bien no fue la única ceca de Acaya, el numerario corintio muestra una fuerte inclinación por los tipos monetarios romanos, incluida una diligente aceptación de las modificaciones derivadas de los cambios dinásticos. Como parte que era, capital además, de una prouincia inermis como Acaya, Corinto no soportó una presencia militar romana en su suelo, lo que la privó sin duda de la acción de uno de los principales agentes romanizadores, el ejército. No obstante, los romanos sí dejaron la huella de su cultura, de sus señas de identidad, en la ordenación del pasaje urbano, en el diseño espacial y arquitectónico de la nueva ciudad. Uno de los cambios urbanísticos más importantes que sufre Corinto bajo su nueva identidad romana es la localización del centro de la ciudad y de la vida cívica, el Foro, que hasta no hace mucho se creía que se levantaba en el lugar del ágora griega. Sin embargo esto ha quedado descartado a raíz de las excavaciones más recientes de la Escuela Americana en Atenas. El ágora de época clásica y helenística está aún por descubrir (quizá, como piensa Charles K. Williams II, actual Director Emérito de los trabajos, se halle en la zona al nordeste de la colina del templo de Apolo). El Foro romano, por el contrario, se dispone al sur de la colina del templo arcaico de Apolo. Ello no implicaba el abandono de lugares sagrados, pues el único del viejo ágora era el temenos de la Fuente Sagrada, cuyo culto pudo ser incorporado al templo monóptero romano erigido en la parte norte de dicho temenos. Las tumbas de héroes, al no contar con sacerdocios para el culto, posiblemente no se conservaron tras la destrucción de 146. El Foro, un espacio más grande de lo habitual (14.000-15.000 m2), era el centro de la vida ciudadana y el principal escaparate de la ideología y la propaganda imperial, que había otorgado a la colonia un papel centralizador y a la vez mediador entre la capital del imperio y las comunidades helenas. Estaba dividido en dos por un muro de retención que corría paralelo al Pórtico Sur de época helenística: la parte superior o forum ciuile estaba reservada a funciones estrictamente administrativas, la parte inferior al comercio y a otras funciones diversas. Los primeros edificios fueron construidos en caliza blanca y poros, mientras que se utilizó preferentemente el mármol para los que se levantaron tras el gran terremoto de los años 70 d.C. El lado Este del Foro estaba delimitado originalmente por una pendiente natural contra la cual ya en época augustea se erigió un gran vestíbulo columnado decorado con las estatuas de la familia imperial (algunas de excelente factura, como las de Augusto y sus dos nietos Cayo y Lucio), de las cuales toma el nombre moderno el edificio: Basílica Julia. El lado Norte se define en su parte
220 CÉSAR FORNIS de la época griega (baste recordar a Lais, la hermosa hetera de la Corinto clásica). Y cómo no, la propia ciudad, embellecida con sus monumentos y obras de arte, constituía un atractivo en sí mismo para los visitantes, tanto como para que Elio Aristides30 se refiera a ella como la Afrodita de las ciudades romanas. Hemos dejado para el final las prácticas cultuales. Las actividades de culto en la Corintia son más antiguas que la ciudad misma, se remontan al Protogeométrico Antiguo (segunda mitad del siglo XI), a juzgar por indicios de culto como libaciones y comidas rituales, en los lugares que siglos después ocuparán los principales santuarios del estado corintio: el de Posidón en Istmia, el de Afrodita en la cima del Acrocorinto, el de Deméter y Core en la ladera norte del Acrocorinto. Al comienzo del siglo VIII pertenece uno de los santuarios más ricos del arcaísmo heleno: el Hereo de la península de Perachora, relacionado directamente con las empresas coloniales. Algo después, a mediados de siglo, se dedica un altar de fresno a Zeus Apesantio en la cima del monte Apesas, al oeste de la ciudad de Corinto, y ya a finales otro importante santuario extraurbano se consagra, bien a Deméter o a Hera, en la antigua Soligia, al sur de Céncreas. En el centro urbano de Corinto propiamente dicha hay que esperar al primer cuatro del siglo VII para encontrar el primer recinto sacro de cierta entidad; se trata del templo arcaico localizado en la llamada Colina del Templo, comúnmente considerado el templo de Apolo, aunque la atribución no es segura. La gran mayoría de éstos y otros cultos tradicionales de Corinto, con Afrodita y Posidón a la cabeza (las deidades más representadas en los tipos monetarios), son recuperados con la refundación de la colonia romana, lo cual parece apuntar a una continuidad con el período griego. Afrodita tenía al menos tres santuarios dentro de la ciudad y otros dos en Lequeo y Céncreas. El más importante en época griega era el que coronaba la cima del Acrocorinto (montaña que según el mito habría sido un regalo de Helios), un suntuoso templo regido por un millar de hieródulas o prostitutas sagradas que se habían convertido en uno más de los atractivos de la ciudad, aunque hay serias dudas sobre si el culto se mantenía cuando Estrabón visitó la ciudad31. Pero sin duda era el santuario de Posidón en Istmia el más espléndido y el de mayor renombre de toda la Corintia. En este caso las excavaciones han sido llevadas por la Universidad de Chicago. En el siglo II de nuestra Era el recinto constaba de un gran templo dórico a Posidón con su correspondiente temenos, otro templo contiguo dedicado al héroe Palemón-Melikertes, dos estadios y un teatro; otros edificios anexos era los baños, pórticos, pequeños templetes e incluso un hotel para los atletas foráneos. La entrada principal al recinto sacro estaba marcada por un monumental y majestuoso arco de tres vanos. Allí tenían lugar cada dos años los juegos ístmicos en honor del dios marino, que en época griega fueron uno de los cuatro juegos panhelénicos junto a los olímpicos, píticos y nemeos y que ahora 30 46.25. 31 8.6.20.
221 LA CONSTRUCCIÓN DE LA IDENTIDAD ROMANA EN CORINTO en época romana estaban asociados a la difusión del culto imperial en la provincia de Acaya. Las antiguas estatuas de culto de Posidón y Anfitrite, de época griega, fueron reemplazadas por un grupo crisoelefantino dedicado por Herodes Ático y que representaba a Posidón y su esposa Anfritrite en una cuadriga flanqueada por dos tritones dorados y a Palemón sobre un delfín32. Organizados, administrados y supervisados por los corintios, los juegos atraían a competidores y visitantes de todo el Mediterráneo central y oriental. Las pruebas eran de tres tipos: musicales y literarias, hípicas y, por último, atléticas. Fue aquí, durante los juegos ístmicos del año 67, donde con grandilocuencia Nerón proclamó la autonomía y la exención de impuestos de las ciudades griegas, indefectiblemente evocadora de la realizada por Flaminino en este mismo escenario más de dos siglos y medio antes. También el santuario de las diosas Deméter y Core en el Acrocorinto sufrió remodelación y reformas en el período romano tras el temporal abandono que siguió a la destrucción, como testimonian las excavaciones de la American School of Classical Studies. Sabemos por ejemplo que apenas fueron tocados los numerosos comedores del período griego, preparados para acoger entre siete y nueve comensales cada uno y con instalaciones adyacentes para lavar y cocinar, sin duda para celebrar comidas rituales en pequeños grupos por separado; sí fue rehabilitado el propileo que coronaba la escalera central y se construyó una estoa en la terraza superior con orientación sur. El viejo teatro de la terraza media, que sirvió para rituales que implicaban sacrificios, cantos, danzas e incluso alguna representación teatral (a juzgar por las máscaras y otros objetos relacionados con Dioniso), fue enterrado y se construyó en la superior uno nuevo con una cávea rectangular excavada en la roca que podía albergar a casi un centenar de personas. Así mismo en la parte superior del santuario, reemplazando a los tradicionales lugares de culto a Deméter y Core del período griego, se construyeron a finales del siglo I d.C. tres templos próstilos abiertos al norte, alineados, equidistantes, muy similares en planta y con un cierto gusto orientalizante, el más occidental dedicado a Deméter (la cabeza de la estatua de culto se ha encontrado en un pozo, arrojada por los destructores del santuario a finales del siglo IV), el central posiblemente a la hija de la diosa, Perséfone-Core (el suelo tiene un mosaico de finales del siglo II-principios del III donde se representan cestas con serpientes enroscadas, relacionadas con los misterios del culto), y el más oriental a una deidad o deidades desconocidas (quizá las Moiras, mencionadas por Pausanias en este contexto33, como ha recordado Ronald Stroud). Las prácticas rituales, sin embargo, han cambiado. Las figuritas y los vasos votivos en miniatura en el santuario de Deméter y Core, abundantes en los períodos arcaico y clásico, disminuyen sensiblemente en número (caso de las primeras) o incluso desaparecen (caso de los segundos) en el siglo II a.C. Dos datos elo32 Paus. 2.1.7-9. 33 2.4.7.
222 CÉSAR FORNIS cuentes: primero, de más de 24.000 fragmentos de figuritas recobradas (muchas de mujeres portando cerdos y antorchas, símbolos relacionados con Deméter, pero también juguetes de niñas y joyas femeninas), sólo 29 datan del período romano; segundo, el santuario no ha proporcionado cerámica ritual de época romana (ha sido sustituida por vajilla doméstica, utilitaria), ni tampoco ningún altar ni huesos de animales sacrificados. De hecho los comedores ya no obedecen a la función de servir para comidas rituales. Esta evidencia, dice Nancy Bookidis, responsable del yacimiento, parece indicar que “el santuario ha cesado de funcionar como tal a comienzos del período romano”, si no fuera por los trabajados de restauración, acondicionamiento y mejora señalados anteriormente, por una estatua de culto fechada a mediados del siglo II de nuestra Era y por el testimonio de Pausanias34. Advertimos las mismas pautas en el Asclepeo, construido al norte de la ciudad en el siglo IV a.C. y dedicado no sólo a Asclepio, sino también a otra deidad de la salud como Higeia. El templo también fue objeto de ciertas reparaciones, costeadas por unos benefactores que dejaron testimonio escrito de su liberalidad, pero no ha sobrevivido hasta el momento ningún objetivo votivo de época romana. La conclusión evidente es que se han producido modificaciones en la dedicación de ofrendas y en la utilización de estos centros religiosos entre los períodos griego y romano, cambios sin duda introducidos por los nuevos colonos romanos de la ciudad (el fenómeno no se limita a Corinto, sino que lo hallamos en la mayoría de los santuarios de la Grecia romana). Ejemplos ilustrativos pueden ser las dieciocho planchas de plomo con maldiciones inscritas depositadas en uno de los comedores abandonados, pero que ha sido renovado, del santuario de Deméter y Core, cuando las defixiones son inexistentes en época griega; están dirigidas contra mujeres (tres contra una misma, una tejedora de guirnaldas llamada Karpime Babbia), invocando a deidades ctónicas como las Moiras Praxidikai (que exigen justicia), asociadas ahora sin duda a la pareja Deméter-Core. En este mismo santuario ha aparecido un elevado número de conchas, lo que parece sugerir que eran consumidas o dedicadas. En otros lugares ni siquiera existe continuidad. Lo hemos visto en el Heraion de Perácora, pero también son abandonados en 146 otros cultos locales como el Heroon de la Encrucijada, la Fuente Sagrada y varios santuarios de estela. Son sustituidos por los nuevos cultos introducidos por los colonos romanos: a Venus y a Apolo Clario (vinculados a la gens Iulia), a Hermes (imprescindible en una ciudad comercial), al culto imperial (existía al menos un santuario a la gens Iulia, el denominado templo E35) y a diferentes abstracciones como Victoria, Concordia, Fortuna o el genio de la colonia. Un curioso monumento, sin paralelo en otros lugares de Acaya y prácticamente del orbe romano, representa a Roma sobre las siete colinas, lo que se ha interpretado como un intento de que los habitantes y visitantes de la 34 Ibid. 35 Paus. 2.3.1 habla del templo de Octavia, hermana de Augusto.
223 LA CONSTRUCCIÓN DE LA IDENTIDAD ROMANA EN CORINTO capital provincial conocieran la significación geográfica, política y religiosa de la capital imperial (se halló en el camino de Lequeo y data de la primera mitad del siglo II de nuestra Era). Presumiblemente con estos nuevos cultos llegarían de Italia los sacerdotes para atender su servicio. De hecho la gran mayoría de las dedicaciones a divinidades y referencias a sacerdocios que conservamos son de dioses del Estado romano o del culto imperial. Son además inscripciones en latín y en mármol, una demostración de la devoción de la elite corintia (integrada, no lo olvidemos, por muchos antiguos libertos que debían la libertad o la ciudadanía a la familia imperial), si bien es verdad que tal fervor fue debilitándose con el paso del tiempo. También se propaga en época romana el culto a divinidades mistéricas u orientales: a Cibeles, que contaba con un templo en el Acrocorinto según Pausanias36, a la pareja Isis y Serapis, que disponían de cuatro santuarios en la base del Acrocorinto y Serapis en solitario uno más en la Estoa Sur (en el teatro y sus inmediación se ha encontrado además una columna dedicada a ambos por Cayo Julio Siro en el siglo I y varias cabezas de Serapis). Por último desde al menos el reinado de Calígula hay una comunidad judía establecida en Corinto, que sin duda no dejó de crecer con la llegada de los que Claudio expulsaba de Roma. Pablo de Tarso, conocedor del potencial geográfico, político y económico de Corinto, llega a la ciudad por primera vez en el año 50; allí permanecerá año y medio, tiempo durante el cual, predicando desde la sinagoga, capta muchos adeptos para la nueva fe y pone las base de la comunidad cristiana corintia, una de las más importantes, foco de irradiación de esa doctrina, pese a que una mayoría de los judíos corintios continuó sin embargo hostil hacia el cristianismo. Sería precisamente este último el constructor de una nueva identidad para Corinto en la Antigüedad Tardía, una identidad cristiana. BIBLIOGRAFÍA DE APOYO Alcock, S., Graecia Capta. The Landscapes of Roman Greece (Cambridge 1993). Amandry, M., Le monnayage des duovirs corinthiens (Paris 1988). Biers, W. R., Geagan, D.J., “A New List of Victors in the Caesarea at Isthmia”, Hesperia 39 (1970) 79-93. Engels, D., Roman Corinth. An Alternative Model for the Classical City (ChicagoLondon 1990). Fornis, C., “El papel del oráculo de Delfos en la tiranía arcaica”, Actas del VIII Congreso Español de Estudios Clásicos (Madrid 1994) III, 145-152. Fornis, C., “La sociedad corintia en la Guerra del Peloponeso”, Gerión 14 (1996) 77-99. 36 Ibid.
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