Leonardo Polo: la persona y el maestro que conocí
Abstract
Homenaje al maestro Leonardo Polo: tres recuerdos personales y tres apuntes sobre su pensamiento filosófico.
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– 335 – THÉMATA. Revista de Filosofía Nº50, julio-diciembre (2014) pp.: 335-342 ISSN: 0212-8365 e-ISSN: 2253-900X LEONARDO POLO: LA PERSONA Y EL MAESTRO QUE CONOCÍ Isabel Aísa1 Universidad de Sevilla (España) Resumen: Homenaje al maestro Leonardo Polo: tres recuerdos personales y tres apuntes sobre su pensamiento filosófico. Abstract: A tribute to professor Leonardo Polo: three personal memories and three sketches on his philosophical thought. I Cuando llegué a la Universidad de Navarra para cursar estudios de Filosofía, en la década de los setenta, conocí al maestro Polo. Sus compañeros le decían “Magister” al dirigirse a él, una expresión de respeto y reconocimien- to –una “divina palabra”, si pensamos en nuestro Valle Inclán–, la cual él se tomaba en serio, pero no demasiado en serio, como tendría ocasión de comprobar cuando fue primero mi Profesor y después mi Director de las Tesis de Licenciatura y Doctoral. Me explicaré. Leonardo Polo no era sólo un transmisor de conocimientos, sino un filósofo que ejerce un pensamiento y un lenguaje propios, con los cuales contribuye a profundizar los ya existentes e, incluso, a la apertura de nuevos caminos. Cuando impartía clase, lo veíamos sumergirse más y más en sus pensamientos, a la vez que bajaba la vista y la voz. Únicamente ésta parecía conectarle con los alumnos, dada su elevada concentración, perfectamente observable. Gracias a él, puedo afirmar que yo he visto filosofar realmente. Sin embargo, esta condición de Magister estaba unida a una profunda humanidad y sencillez que, en mi opinión, se hacía visible ante todo en su bondadosa y frecuente sonrisa. Recuerdo que en una ocasión, ya al final de mi carrera, coincidimos en la parada del autobús que hacía el trayecto desde [1] ([email protected]) Profesora Titular de Filosofía del Departamento de Metafísica y Corrientes Actuales de la Filosofía, Ética y Filosofía Política de la Facultad de Filosofía (Universidad de Sevilla).
Isabel Aísa THÉMATA. Revista de Filosofía, Nº50 julio-diciembre (2014) pp.: 335-342 – 336 – la Facultad hasta el centro de Pamplona. Le saludé y cruzamos algunos breves comentarios, que no logro recordar. Cuando me disponía a pagar mi billete al conductor, oí que me decía: “¿Querría usted invitarme al autobús?”. Me sentí sorprendida, pero más aún feliz porque mi admirado profesor me pidiera un favor tan original y humilde. Todo lo contrario de lo que, supongo, sintió el profesor Alejandro Llano, que había oído a Polo y se esforzaba por enmendar el hecho. Le dije a ambos que para mí era un honor y, por supuesto, invité a Don Leonardo al autobús. ¿Qué hay más comprensible que un abstraído Magister olvide el monedero en casa? ¿No llegaba a olvidarse Einstein hasta de si había comido, después de encontrarse con sus alumnos y charlar amigablemente y sin prisa? La mayor sabiduría sólo puede darse unida a la mayor sencillez; cuando somos jóvenes tendemos a ver excesivamente lejanos o encumbrados a quienes admiramos, y es en la madurez cuando comprendemos nuestro error. Precisamente, Heidegger recoge en su Carta sobre el humanismo un relato de Aristóteles, referido a Heráclito, el cual puede mostrar algo de lo que expresa la anécdota referida. En dicho relato, unos hombres desean vivamente conocer al filósofo, pero se detienen perplejos cuando, ya cerca de su casa, observan que está calentándose las manos junto a un horno. Heráclito, al verles paralizados por la sorpresa, les anima a entrar con las palabras: “También aquí están presentes los dioses”. Heidegger interpreta que la presentación de lo extraordinario (los dioses) acontece para el hombre en su estancia ordinaria (un horno donde calentarse las manos). De manera similar, podemos considerar que la modesta petición no contradice el carácter extraordinario de un Magister, sino que lo muestra con toda intensidad. * Seguir las clases del profesor Polo no resultaba tarea fácil. Los alumnos nos esforzábamos todo lo posible para no perder detalle de unas meditaciones a nuestro juicio tan elevadas y, por consiguiente, merecedoras de todo el esfuerzo de ascensión necesario para captarlas. Barruntábamos que su discurso contenía auténticas “joyas” filosóficas, que no queríamos perder. No se trataba de una esperanza sin fundamento; aunque en muchas ocasiones nos perdíamos sin remedio, yo misma experimenté, de cuando en cuando, la visión de una de esas joyas, cuya luminosidad impedía todo desaliento y fortalecía el empeño de comprensión. Que mi curso, en general, se esforzaba por entender lo indican las numerosas veces que interrumpíamos al maestro, según recuerdo, para preguntarle si lo que quería decir era esto o aquello. A Don Leonardo no se nos ocurría pedirle, por ejemplo, que hiciera un esquema de su exposición en la pizarra; de alguna manera, intuíamos que ése no era su estilo, por así decir,
Leonardo Polo: la persona y el maestro que conocí – 337 – THÉMATA. Revista de Filosofía, Nº50 julio-diciembre (2014) pp.: 335-342 sino que lo que con él procedía era dejarle zambullirse en el filosofar, mientras nosotros intentábamos seguirle. Lo que sí hacíamos era pedir su ratificación, cada vez que nos parecía haber atisbado algo importante. Pues bien, en tales ocasiones, su respuesta acostumbraba a ser: “No exactamente”. A continuación se explicaba, y seguía con la clase. Precisamente por lo habitual del “No exactamente”, no he olvidado el “¡Exactamente!” con el que contestó, un afortunado día, a una de mis interrupciones en demanda de aprobación o desaprobación. El tema tenía que ver con los ángeles; por cierto, un asunto nada de mi gusto –nunca se lo dije–, ya que, en mi opinión, bastante trabajo teníamos los simples mortales con las cosas del mundo, como para pretender acceder filosóficamente a lo transmundano. Creo recordar que Don Leonardo explicaba que cada ángel agota su especie. Fue entonces cuando le interrumpí: “¿O sea, que los ángeles no son sumables?”. Me pareció que le había convencido al cien por cien cuando me dedicó el único “Exactamente” que he coleccionado de él. Curiosamente, con un tema angélico… En cualquier caso, mereció la pena escuchárselo decir. El profesor Polo cuidaba la expresión muchísimo; no en lo que se refiere a la estética, sino en lo que tiene que ver con el rigor de la verdad. Él mismo llegó a decirme, con ocasión de sus numerosas correcciones expresivas a mis trabajos, que él más que un escritor, era un corrector. ¡Tan incómodo debió de sentirse en su papel de director de Tesis, que creyó necesario informarme sobre su exigente autodirección! Con el tiempo, he llegado a comprender qué importante, y a la vez difícil, es la precisión en el trabajo filosófico, y qué fácilmente la desatendemos. Harry G. Frankfurt publicó en 2005 un breve trabajo sobre la charlatanería –On Bullshit–, con la intención de iniciar una investigación del que considera uno de los rasgos que más destacan en nuestras sociedades democráticas, en las cuales no sólo nos atrevemos a hablar de todo, sino que se nos insta a ello. Según Frankfurt, la charlatanería abunda en los campos de la publicidad, de las relaciones públicas y de la política, y su esencia consiste en el desinterés por la verdad, a diferencia de los escepticismos y de la mentira, que la tienen presente. El empeño en la “exactitud” de Polo estaba unido a su dedicación a la verdad, una dedicación que, según le oí decir, podía justificar toda una vida. * Cuando en 1977, me ofrecieron un trabajo de profesora en la Facultad de Filosofía de Sevilla, acudí al profesor Polo para pedirle dos favores: ante todo, su opinión sobre el ofrecimiento, la cual sintetizó en un “¡Láncese!”, expresión clara, breve y gráfica, como eran las suyas por lo general. El segundo favor tenía que ver con la redacción de una memoria de investigación, que la Facultad de Sevilla me pedía. Su ayuda fue importantísima para mí en esos
Isabel Aísa THÉMATA. Revista de Filosofía, Nº50 julio-diciembre (2014) pp.: 335-342 – 338 – momentos, en los cuales me debatía entre la vuelta al trabajo, que había dejado temporalmente para cursar los estudios de Filosofía, y la aceptación de un puesto en el que nunca había pensado, y que me llevaba lejos de mis familiares y amigos. Por esto le dije: “¿Cómo podré pagarle su generosidad? Su contestación fue: “Sea usted una buena profesora”. Como es propio de un Magister, Polo sabía lo que decía, y lo que decía era de considerable calado. Los términos, como las piedras en las orillas de los ríos, se erosionan hasta perder su singularidad y resalte. Erosionados, dejan de decirnos su verdadero ser, mientras corremos el riesgo de la superficialidad . Cuando, en el discurso que pronuncia en octubre de 1982, con ocasión de habérsele concedido el Premio Ramón y Cajal de Investigación, Xavier Zubiri se refiere a la cuestión de “cómo investigamos”, aclara que la investigación no es una mera “ocupación”, sino mucho más: una “dedicación”. Y al explicar este último término, afirma que dedicarse es hacer que la realidad verdadera configure nuestras mentes, de manera que profesemos dicha realidad verdadera. La explicación de Zubiri patentiza el profundo significado de la dedicación propia de un profesor; significado que se refiere a la vida, al vivir en la escucha y el ejercicio de la verdad. Justamente, en esa dedicación que, según el profesor Polo, es capaz de sostener nuestra vida. II Mi Tesis Doctoral consistió en la investigación del pensamiento filosófico de Xavier Zubiri, quien acababa de publicar el primer volumen de su trilogía sobre la inteligencia sentiente: Inteligencia sentiente (1980). De cuando en cuando, hablaba con Don Leonardo sobre la marcha de mi investigación. En esas ocasiones, me parecía sentir su respeto hacia Zubiri, pero no su total aprobación. Sin embargo, él mismo me había propuesto a Zubiri como tema de la Tesis, por lo que suponía que había planteamientos filosóficos en aquél que sí le convencían. Un día le pregunté qué le gustaba más de Inteligencia sentiente. Me contestó sin dudarlo: la exposición de los diversos modos de sentir la realidad según los diferentes sentidos. Ciertamente es una parte interesantísima de la obra, lamentablemente algo esquemática, dada la aportación que significa al estudio transcendental del sentir en su diversidad y unidad. No tardé mucho en comprender la respuesta: Polo había defendido ya la riqueza de los sentidos en su diversidad sentiente, frente a la explicación de Kant en la Crítica de la razón pura. En unos apuntes tomados de clases de Polo sobre Kant (Curso de “Teoría del Conocimiento.” 1974-5), corregidos por aquél y fotocopiados por mí, después de un “Planteamiento del Problema” hay una “Crítica de la Filosofía de Kant”, que recorre los momentos de la obra: Crítica de la razón pura. En la
Leonardo Polo: la persona y el maestro que conocí – 339 – THÉMATA. Revista de Filosofía, Nº50 julio-diciembre (2014) pp.: 335-342 parte correspondiente a la “Teoría de la sensibilidad”, Polo asegura que Kant no interpreta bien el espacio ni el tiempo a nivel de sensibilidad. Afirma: “El espacio, a nivel de sensibilidad, no constituye ningún homogéneo continuo, y el tiempo, a idéntico nivel, tampoco una sucesión. A este nivel, el espacio y el tiempo no son únicos” (p.19). Los distintos sentidos modulan el espacio y el tiempo, de manera que el espacio visual no es el espacio táctil, por ejemplo. A continuación, Polo describe distintas modalidades del espacio y del tiempo, según el sentido que los aprehende. Esquemáticamente son los siguientes: - el espacio visual es abierto, en tanto que la espacialidad del tacto es cerrada. - el espacio olfativo es semiabierto. - el espacio sonoro es “un espacio latente, como algo que está a punto de ser abierto” (p.20). - el tiempo del tacto tiene una connotación espacial; en el tacto se muestra el “cese temporal”. - el tiempo visual es interior a la vista, a lo que se ve: es duración. - el tiempo del oído es sucesión: “el tiempo como concomitante del sonido” (p.21). La modalización que lleva a cabo Zubiri, según los distintos sentidos, no es respecto del espacio y del tiempo, sino de la realidad que, según él, constituye el término formal del sentir (del sentir intelectivo). Todos los sentidos aprehenden realidad, pero cada uno la aprehende a su modo. Así, por ejemplo, la vista aprehende realidad al modo “ante mí”, en tanto que el oído la aprehende como “noticia”, el tacto como “nuda realidad”, el olfato como “rastro”, etc. Aunque Zubiri y Polo no están diciendo lo mismo, es fácil percatarse de su cercanía en este tema: ambos muestran la relevancia que la diversidad de los sentidos tiene en el aprehender, algo que no está contemplado en la “Estética transcendental” de Kant. * Finalmente, me referiré esquemáticamente también, a dos posicionamientos filosóficos de Polo, que me influyeron de manera especial: la consideración del conocimiento como acto y no mero dinamismo, y su tratamiento del “objeto”. Implican una crítica radical a la Modernidad, y significan mucho más que unos meros contenidos intelectuales: muestran la sutileza del pensar, que tan difícilmente se alcanza y tan fácilmente se malogra; muestran la dificultad de mantenerse a nivel de “raíz” en los tratamientos filosóficos; muestran la necesidad de superar esta Modernidad antropocéntrica y objetivista, en la que aún nos encontramos, la cual nos aleja de la comunicación transcendental con la realidad diversa, y de la acción ajustada al todo de esa realidad por parte del hombre.
Isabel Aísa THÉMATA. Revista de Filosofía, Nº50 julio-diciembre (2014) pp.: 335-342 – 340 – A) El conocimiento como acto En el vol. I de su Curso de Teoría del Conocimiento, Leonardo Polo afirma que el carácter de acto del conocimiento constituye un axioma; más aún, que es el axioma por excelencia. La consecuencia que se sigue es obvia: conculcarlo implica un error fatal. Polo contempla más de una forma de conculcación, pero quizás la más frecuente y conocida sea la que consiste en considerar que el conocimiento es kínesis, es decir, un dinamismo hacia el objeto. Frente a dicha transitividad, conocer es una operación inmanente, que “no procede gradualmente hacia un resultado, sino que ya ha logrado” (p.54). Según esto, o bien conocemos, o bien no conocemos; pero si conocemos, hemos conocido. Es lo que Polo denomina el “pretérito perfecto” del conocer. Como Aristóteles, lo ejemplifica con el edificar; éste jamás puede equipararse al conocer, porque “el edificar no tiene nunca lo edificado y cuando existe lo edificado no se edifica” (p.53). No es muy diferente la ejemplificación que Zubiri hace del aprehender en Inteligencia sentiente, en la que afirma que si veo una pared, mi visión de la pared no es una relación mía con la pared, sino que la relación se establece cuando ya he visto la pared. Uno de los pensadores que no ha tenido en cuenta este axioma es Kant. Según Polo, la Crítica de la razón pura “es fisicalismo puro” (p.70). También, hay un filósofo del siglo XX, cuya explicación del aprehender es claramente dinámica: Nicolai Hartmann. Hartmann no es idealista pero, en cierta medida, depende mucho de Kant. En su obra: Rasgos fundamentales de una metafísica del conocimiento, hace una descripción del aprehender en varios pasos, en los que contempla a un cognoscente y a un conocido enfrentados, sin confundirse nunca entre sí, pero que, por ello mismo, deben salir cada uno de su propia esfera hacia la del otro, para que el aprehender acontezca. Esto muestra con toda claridad la anulación del conocimiento como acto. Hartmann registra la dificultad de hacer compatibles la separación de los elementos (sujeto, objeto) y la unidad del aprehender, y trata de resolverla con una teoría, que remite aquella separación a una común esfera de ser. Desde la explicación de Polo, desde la de Zubiri también, la que nos ofrece Hartmann parece llegar demasiado tarde. Tanto Polo como Zubiri han disuelto –más que resuelto– la problemática de los “puentes” entre sujetos y objetos, que desde la Modernidad padece la Filosofía. No sólo en Polo y en Zubiri se disuelven las aporías de N. Hartmann. También en Heidegger, el cual critica en Ser y tiempo el planteamiento de aquél desde el Dasein como ser-en-el-mundo: el Dasein no tiene que salir de una esfera, en la que previamente estuviera encerrado, sino que por su propio modo de ser siempre está ya “fuera”. Del mismo modo, tampoco tiene que regresar después con lo aprehendido a la “caja” de su conciencia, puesto que “sigue estando, en cuanto Dasein, fuera” (p.88).
Leonardo Polo: la persona y el maestro que conocí – 341 – THÉMATA. Revista de Filosofía, Nº50 julio-diciembre (2014) pp.: 335-342 B) El objeto, según Leonardo Polo La disolución del problema del puente está unida también a la noción de objeto. Afirma Polo en su Curso de Teoría del Conocimiento: “El problema del puente no existe porque la intencionalidad conserva el realismo, es decir, no añade otra realidad” (p.153). El objeto no es, como en el caso de Kant, lo aprehendido en tanto aprehendido, que tiene detrás como fundamento incognoscible la cosa en sí o noúmeno. La duplicación: objeto-cosa ha dado al objeto un resalte que no le corresponde, si se entiende que el objeto es “intencional”. Esto justamente entiende Polo: “El objeto es la intencionalidad misma” (ibd.). En lugar del objeto, la realidad como término de aprehensión; el objeto como intencionalidad es el estar ya en la realidad al conocer. Por consiguiente, entender el objeto como copia o representación de otro constituye un error: el objeto no es lo que remite a otro, sino el remitir mismo. De otra manera, en palabras de Polo: “La intencionalidad es una iluminación de la realidad” (p.142). No es fácil asimilar la noción de “intencionalidad”. Sin embargo, podemos detectarla tanto en Heidegger como en Zubiri. El propio Leonardo Polo admite que el “en” del ser-en-el-mundo de Heidegger es intencional. En Zubiri, está ejercida en su noción de “co-actualidad”: aprehender no es co-relación, sino co-actualidad. “Actualidad” es el “estar presente” del término aprehendido en la aprehensión (y del acto aprehensivo en el término). Lo que está presente no es objeto, sino realidad; ahora bien, está en la aprehensión (momento aprehensivo) como algo “de suyo”, es decir, prius a la aprehensión. El “en” nos sumerge, según Zubiri, en el “de suyo” (momento metafísico). Pues bien, pensamos que en ese “en” de Zubiri está ejercida la intencionalidad. Porque “en” y “de suyo” no son dos realidades, sino dos condiciones, como Zubiri advierte, de una misma realidad. Si ahora recogemos lo expuesto en el apartado A), podemos concluir: el conocer es un acto, cuyo término es la cosa, en la que está el objeto como pura intencionalidad. Naturalmente, está sin agotar su riqueza cognoscible, por lo que seguimos conociendo, aunque hayamos conocido. La Modernidad hunde sus raíces en un pasado lejano: el escepticismo helenístico. Pirrón –fundador del escepticismo– y los pirrónicos son fenomenistas: aquél se pregunta si la miel es ella misma dulce, aunque parezca dulce. El escepticismo pasará prácticamente desapercibido hasta el Renacimiento y, sobre todo, la Modernidad, en la que, por distintas circunstancias, adquiere un protagonismo, que llega hasta nuestros días. Descartes intenta derrotarlo con sus propias armas: la duda (metódica en su caso). Pero desde Descartes ya nada será lo mismo en Filosofía: el sujeto y la conciencia pasan a ocupar un lugar de privilegio, la Metafísica cede su puesto a las Teorías del Conocimiento, el objeto “engordará” en detrimento de la cosa. De ahí que la intencionalidad sea dirigida al ámbito de la conciencia –no al del objeto–, como en el caso de Husserl.
Isabel Aísa THÉMATA. Revista de Filosofía, Nº50 julio-diciembre (2014) pp.: 335-342 – 342 – En Descartes, todavía hay un cierto equilibrio: entre acción y pensamiento, entre progreso y fundamentación, entre la instancia subjetiva y la metafísica. Pensamos que la pérdida de ese equilibrio, a favor de la acción, del progreso y del sujeto, constituye el final de la Modernidad, en el que hoy nos encontramos, sin que todavía se vislumbre el triunfo de un nuevo paradigma, en el que impere de nuevo el equilibrio. En momentos tan críticos, es más necesario que nunca escuchar a los auténticos maestros, que brillan en la noche, a modo de faros para navegantes. Maestros como Heidegger, como Zubiri y como Leonardo Polo. *** Referencias bibliográficas: Frankfurt, H.G. (2006) On Bullshit. Sobre la manipulación de la verdad. Trad. de M. Candel. Barcelona, Paidós. Hartmann, N. (1957) Rasgos fundamentales de una metafísica del conocimiento. Trad. de J. Rovira Armengol. B. Aires, Losada, 2 vols. Heidegger, M. (2000) Carta sobre el Humanismo. Trad. de H. Cortés y A. Leyte. Madrid, Alianza Editorial. Heidegger, M. (2003) Ser y tiempo. Trad. de J. E. Rivera. Madrid, Trotta. Polo, L. (1984) Curso de Teoría del Conocimiento. Pamplona, EUNSA, vol. I. Zubiri, X. (1991) Inteligencia sentiente. Inteligencia y realidad. Madrid, Alianza Editorial y Fundación Xavier Zubiri. Zubiri, X. (2006) “¿Qué es investigar?”, en Escritos menores (1953-1983). Madrid, Alianza Editorial y Fundación Xavier Zubiri, pp.321-325.