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Pág.
-INTRODUCCIÓN 3.
- CAPÍTULO I 9.
La singularidad e influen cia de la indumentaria e n la España de los Austrias. 10.
I.1.Indumentaria masculi na . 29.
I.2.Indumentaria femenina. 44.
- CAPÍTULO II 68.
La moda en el siglo XVIII 69.
II .1. La Fra ncia de Luis X I V y el comienzo del fenómeno moda . 74.
II .2. Inf luencia y difusión de la moda francesa. 76.
II .3. Análisis de la indum entaria masculina. 88.
II .4. Análisis de la indum entaria femenina. 98.
- CAPÍTULO III 103.
El siglo XVIII en España: m oda y reformas. 104.
III .1. Felipe V, el dese mbarco de la moda francesa 104.
III .2. Fernando VI , la consol idación de la moda f rancesa
y el patrocino de la industria sedera. 122.
III .3. Carlos III, la moda entre la corte y el pueblo. 125.
III .4. Carlos IV, primera década de su reinado.
María Luisa de Parma como “esclava de la moda” . 133.
- CAPÍTULO IV 139.
Los protocolos notariales como fuente para el estudio
de la indumentaria sevillana de l si glo XVIII . 140.
IV.1. Las carta s de dote y la institución matrimonial 140.
IV.2. Inve ntario post-mortem y testamento. 155.
- CAPÍTULO V 177 .
Materiales e n la moda de la Sevilla del siglo XVII I. 178.
V.1. Tejidos, telas y encajes . 179.
V.1.a. L ino. 179.
V.1.b. Lana. 181.
V.1.c. Seda. 184.
V.1.d. Algodón. 186.
V.1.f. Enca je. 189.
- CAPÍTULO VI 192.
Un hombre a la moda. La indumentaria masculina
en la Sevilla del sig lo XV III 193.
VI.1. Análisis de la indumentaria masc ulina 193.
2
VI.2. Ropa blanca e inte rior 196.
VI.3. Tra je 200.
VI.4.Prenda s de encima 223.
VI.5. Sombreros y pe lucas. 226.
VI.6. Zapa tos y media s 230.
VI.7. El traje de majo, casti cismo y precedente del vestido de torear 233.
- CAPÍTULO VII 240.
La indumentaria femenina, una interpretación
de la moda internacional en Sevilla 241.
VII.1. Ropa blanca interior 254.
VII.2. Ve stidos compuestos por varias prendas 276.
VII.3. Ve stidos enteros 291.
VII.5. Ve stido de novia 302.
VII.6. Prendas de e ncima 304.
VII.7. Peinados 313.
VII.8. Accesorios y complementos 317.
VII.9. Zapatos y medias 321.
VII.10. Traje de maja, atuendo propio de la mujer española. 323.
- CONCLUSIÓNES 328.
- APÉNDICE DOCUMENTAL 332.
- INDÍCE DE RETRATOS 496.
- GLOSARIO DE TÉRMINOS 499.
-FUENTES DOCUMENTALES 512.
- BIBLIOGRAF ÍA 524.
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INTRODU CCIÓN
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La moda sur gió en Europa durante el sig lo XIV. En la Baja Ed ad Media la vestimenta
de ambos sex os comenzó a dif erenciarse, los ho mbres se decantaron po r prendas cortas y las
mujeres largas. El objet ivo principal de la ropa es cubrir el cuerpo, no solamente para
preservarlo de las incle mencias del ti empo, sino también de las miradas ajenas. Una vez
cumplida esta premisa el siguiente cometido es la clara dife renciación entre sex os, la
indumentaria de hombres y mujeres debe ser distinta. La ropa proporcionab a una ima gen clara
de la persona, sus gustos y su posición en la es cala social. Los usos en la vestimenta están
ligados a cada época ap ortando una información esencial sobre el deven ir histórico y a que
encierran numer osas claves de tipo sociológico, económico, e incluso polít ico. La voz
“moda” no fi gura en el T esoro de la Lengua C astellana, pero y a aparece en el Diccionario de
Autoridades definida como: “Uso, modo o costumbre. Tómase regularmente por el que es
nuevamente introducido, y con especialidad en l os trages y modos de vestir.” La primera
mención del término en España la encontramos en la obra de Vélez de Guevara El diablo
cojuelo publicada en 16 41: “Vieron entrar, por la posta tras un postillón, dos caballeros
soldados vestidos a la moda”.
El objetivo de la presente investigación es el anál isis y estudio de la indumentaria de
todo el espectro social s evillano durante el si glo X VIII, desde las capas trabajadoras a las más
altas. Tal y como pondremos de rel evancia la ropa tuvo una importancia muy d e stacada
durante el Antiguo Régimen, no sólo en cuanto a su valor económico sino como signo externo
en la escala social. Al n o ex istir una bibliografía específica sobre la mod a en Sevilla durante
el siglo XVIII, h emos pa rtido de una de carácter general sobr e la indumentaria en los siglos
XVII y XVIII en Eur opa, fundamentalmente en España, Francia e I nglaterra. Así mismo
hemos recurrido a una serie de estudios de carácter histórico, artístico, sociológico,
económicos, político e incluso jurídico pa ra una mejor compresión de la época.
La investigación se ha realizado partiendo de fu entes de archivo, fundamentalmente a
través de dos tipos de documentos notariales mu y frecuentes en la época: las cartas y recibos
de dote y los inventarios post -mortem; en men or medida al no ser tan comunes, también
hemos analizado diver sos inventarios capitales, partidas de bienes y capitulaciones
matrimoniales En las ca rtas de dote conoceremos las piezas que formaban parte del ajuar
femenino, mientras que a través de los inventario s post -mortem lo haremo s con respecto a l a
indumentaria masculina e infantil y al ajuar doméstico.
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Para nuestro análisis hemos acudido a una se rie fuentes indirectas, tales c omo la
pintura y l a li teratura de la época. Hemos localizado una serie de retra tos en distintas
colecc iones pa rticulares sevillanas, cu y as imágenes se adjuntan al texto y que nos
proporcionarán diversas claves en cuanto a los di stintos atuendos y modas . A todo ello se le
debe sumar la serie de los Carros de Domingo Martínez (hacia 1748) que se encuentran en el
Museo de Bellas Artes de S evilla; sus ocho lienzos nos muestran la moda e n la capital
hispalense a mediados d e la centuria, tanto de las clases altas como de ex tractos medios y
bajos. Ig ualmente recurrire mos a piezas de vestimenta de diversas colecciones de
indumentaria, tales com o el Museo del Traje de Madrid y el del Disseny de Barcelona,
además de al gunos extranjeros como el Galliera de París o el Metropolitan de Nueva Yo rk,
que custodian una importante colección de prendas y complementos europeos del siglo XVIII .
Nuestro estudio comienza en el año 1700, fecha en que Felipe de Anjou es nombrado
rey. España había tenido desde su época impe rial unos usos mu y caracter ísti cos en cuanto a
moda se refiere, que se prolongaron por espaci o de ciento cincuenta a ños ll ega ndo a los
primeros años del siglo XVIII, tal y como comprobaremos a través de la d ocumentación. P ara
comprender el drástico cambio que se produjo a raíz de la llegada al trono de la nueva dinastía,
es esencial conocer la vestimenta de los Austrias con sus tipologías, su co ncepto de elegancia
y una s erie d e v alores mu y en raizados qu e qu edaron obsoletos. En el capitulo I presentaremos
de manera sucinta la moda española desde 1550 a 1700; una manera de vest ir que se exportó a
toda Europa c aracterizada por la sobriedad, la rigidez y el predominio del color negro en
cuanto a indumentaria masculina. La femenina tuvo igualmente sus propias señas de identidad
caracter izadas por un dis fraz absoluto de la siluet a a trav és de cartones de pecho y diversos
ahuecadore s de fald as. La posición de cada pers ona debía estar en perfecta concord ancia con
la manera de vestir, estas cuestiones eran ineludibles y tenían un a import ancia clave en los
hábitos socia les. Los reinados de Carlos I y Felipe II rep resentan la etapa de ma y or esplendor
del imperio español con el consi guiente deseo de emulación po r pa rte de otros países. El
descubrimiento de América y la llegada a la Met rópoli de nuevas materias tintóreas hicieron
que nuestros tejidos gozaran de una gran demanda y consideración. Durante el reinado de
Felipe III se produjo una etapa de gran os tentación que terminó bruscamente al acceder Felipe
IV al trono en 1623, que mandó establecer un as normas presididas por cierta sencillez y
austeridad. El monarca s e encontraba a la cabeza de esta manera de enten der la indum entaria
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como muestra d e un sent imiento de orgullo por lo intrínsecamente nacional , a la par que un a
repulsa manifiesta hacia lo francés. Este fenómeno no fue ex trapolable a la moda f emenina
que llegó a uno de los momentos de ma y or riquez a y extravagancia de nuestra historia . A
finales del siglo XV II el traje “a la francesa” va penetrando paulatinamente, Carlos II ya l o
usó compaginándolo con el atuendo “a la e spañola” para los actos de carácter oficial.
El capitulo II expondrá la creación de las ti pologías de traje masculino y femeni no
objeto de nuestro estudi o y cu y o origen radica en la Francia de Luis X IV. La labo r del
monarca en cuanto a la elaboración y los códigos de la indumentaria fue es encial en cuanto a
su posterior implantación en todo el continente. La moda dur ante el Anti g uo Ré gimen sur gía
en las cortes y después p asaba al resto de la población. Luis XI V se decidió a adoptar para la
vida civil una versión d el uniforme de sus militares. El terno compu esto por casaca, chupa y
calzones fue el de toda l a sociedad ele gante dura nte el S iglo del Luces. Así mismo el traje
femenino del siglo XV III ti ene su origen en la Francia d e Luis XIV, un atuendo compuesto
por un cuerpo escot ado, antebra zos al aire y dos faldas que con sus consiguientes varia ciones
permanecerá ha sta la adopción del “vestido camisa” en los últimos años de la centuria.
A lo largo del capitulo III presentamos la situación de España durante el periodo que
nos ocupa. La nueva dinastía comenzó un proc eso de modernización a través de una serie de
iniciativas que a y udaran a dinamiz ar su anquilosada economía . Se i naguraron diversas
academias al modo francés y se trató d e agilizar la industria a través d e la creación de un a
serie de manu facturas. E n la segunda mitad del siglo se produjo un movi miento que afectó a
todas las artes; la deno minada Ilustración cu yos preceptos se basaba n en la racionalidad
como fuente de f elicidad y progreso y que debía ser ofr ecidos a los súbditos para la mejor
marcha de la nación. Ca rlos III acometió una serie de c ruciales re formas tales co mo la
dignificación del tra bajo y el libre comercio.
En el capítulo IV s e analiz arán las fuentes de archivo estudiadas y l a info rmación que
proporcionan para el conocimiento de la indumen taria sevillana del si glo XVIII. La dote era
un requisito indispensable para acceder al m atrimonio, una instit ución que poseía una fuerte
endogamia. Las cartas de dote se nos muestran como una vía esencial para el estudio de la
moda femenina, su evolución y costes. Los inventarios post -mortem nos informan acerca de
los espacios de habitabilidad en la casa sevillana, así como del atuendo masculino e infantil.
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Los documentos que incorporan las tasaciones de las piezas no son de gran a y uda par a
comprender el alto valor que tenía la ropa y sus múltiples vidas.
A lo largo del capítulo V constatarán los cuatros tejidos básicos destinados a la
confección: lienzo, lana, seda y algodón y sus derivados. A través de algunos docum entos
pertenecientes a mercaderes o a cargadores a I ndias veremos las distintas telas que s e
comercializaban tanto de proce dencia na cional co mo extranjera. En el capítulo VI se hará un
pormenorizado análisis de todas las prendas que aparecen en los protocolos destinadas al
atavío masculino comenzando por la ropa blanca e interior para pasar al traje, prendas d e
abrig o y complementos c omo el sombrero y l a pel uca. Por últim o se hablará del traje de majo,
sus características y su gran importancia como antecedente del vestido de torear. Hemos
decidido hacer un des glose de piez as para otorgar una ma y or claridad y un mejor sentido
temático tanto en la moda masculina c omo en la femenina.
El capítulo V I se dedic a a un ex haustivo estudio de la indumentaria de la mujer
comenzando por una introducción dond e se detall an los cambios en el gusto, fruto de una
sociedad hedonista y ref inada. Las nuevas tipolo gías de vestimenta surgirán en Francia e
Ing laterra desde donde ll egará n a España. El estudio del guardarropa d e l a mujer en Sevilla
comenzará por la ropa blanca con todas sus piezas siguiendo por los distintos atuendos. En
España el tr aje más co mún fue el compuesto por varias prendas, irem os viendo pieza por
pieza y ex plicando sus pa rticularidades. Tras ello se pasará a los vesti dos enteros y sus
tipologías: bata, traje “a la francesa” , “a la pol onesa”, “vaquero a la ing lesa” y “vestido
camisa”. A continuación se proseguirá con las prendas de encima como el manto y la
mantilla, atavío imprescindible de la mujer española de cualquier ex tracto a lo largo de toda l a
centuria. Para c oncluir se analizarán los complementos sin olvidar las pelucas que jugaron u na
gran importancia desde 1770. Por últim o se tratará el traje de maja, un atu endo castizo frente
a las modas extranjeras que alcanzó un im portante eco social llegando a las capas más altas de
la sociedad. El pres ente estu dio se cierra con un epígrafe d edicado a la s conclusiones que
pondrá de manif iesto los obj etivos alcanzados.
A continuación se incluye un apéndice documental formado por u na serie de
documentos escogidos, y transcritos, de sde 1700 a 1800, a través de los cuales se ha
pretendido ofrecer una muestra de toda la esc ala social, desde artesa nos a funcionarios
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pasando por tend eros y mercadere s hasta llegar a la nobl eza. Tras el apéndice se inclu y e un
glosar io de té rminos, que complementa a los ya ex istentes y a yuda a ar rojar luz sobre el
vocabulario espe cífico de los distintos términos, aparte de las diversas voces que ho y en día
han caído en desuso. Tras el apéndice se incluye una amplia bibliografía d e carácter general y
específico en la materia que nos ocupa, junto a un amplio espectro de estudios de diversas
materias que apoyan y refrenda n nuestra investigación.
Tras estos años de traba jo quere mos hacer const ar un a se rie de agradecimientos; en
primer lugar a la directora de la tesis doña María J esús Mejías p or su guía, apoyo e int erés; al
diseñador gráfico y fotó grafo Juan Ferrandis por la realización de todo el arc hivo gráfico en
las distintas colecciones particulares; al Archivo de Protocolos de Sevilla; a Marina Martín
Ojeda, archivera del Archivo Municipal de Écija; a doña I sabel León, marquesa de Méritos,
por abrirme el pala cio de Lebr ija pa ra estudiar sus re tratos; a los condes de Santa Coloma y a
todas las personas qu e generosa mente me han p ermitido estudiar y foto grafiar sus pinturas.
Por último agra decer a mi marido Luis Olivar O´Neill su apo yo en est os últimos meses, por
entero dedicados a la conclusión de la pre sente investigación.
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CAP ÍTULO I
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Los principios e ideales de la nobleza formaban parte de toda la sociedad española. Ser
noble exigía una vida d e g asto y luj o, los Grandes debían tener v arias casas abiertas; su pod er
económico y social de bía ser ostentado mediante signos externos inequívocos como la
indumentaria, las joya s, las obras de arte, los coches y un a multitud de cria dos. L os grandes
de España gozaban del p rivilegio de poder ll evar l a cabeza cubierta en presencia del mon arca,
es decir, un honor relacionado con la vestimenta y solo reservado a unos pocos
22
. No siempre
la aristocracia contaba con medios suficientes para vivir conforme a su estatus, pero era
inconcebible que no estuvieran rodeados de las comodidade s que debía n disfrutar, de tal
manera que en ocasiones se end eudaban para m antener el nivel exigido. Estamos en pleno
Renacimiento, el individuo c omienza a sentirse protagonista. Este acusado cambio en la
mentalidad entre las clas es dirigentes llevará consigo un desa rrollo de las modas nacionales y
una gran riqueza y esplendor en la indumentaria tanto de damas como de caballeros. Se desató
una pasión por el luj o e n el vestir de las cortes europea s, siendo una de las épocas que ha
concedido ma yor importancia a la moda y mu y en particular este fenómeno afectó a nuestro
país. El desarrollo económico y la pujante burguesía convierte a las ciudades en espacios mas
22
"En España, dentro d el colectivo de la nobleza se d istinguió d esde el siglo XVI la Gran deza de España. Sus
orígenes se encuentran en discusió n per o se suele co incidir en su di ferenciació n co mo gr upo durante el reinado
de Carlos V. E n ese m o m ento se concibió su distinción cer emonial, muy vinculada al Mo narca. Su condició n
venía definida por él, que decidía otorgar esa categoría com o un grado j erárq uico superior d entro de los títulos
nobiliarios. Ser duque suponía la Grandeza d e Españ a, mientras que marq ueses, condes y otros d enominacio nes
podían serlo si el Re y decidía añadirles esa dignidad ".
( HERNÁNDEZ B ARRAL, J. M. : Gran des de España: distinción y cambio social, 1914 - 1931 . Madr id, 2012 . p.
13. http://eprints.ucm.es/174 40/1/T34 077.pdf )
Daniel Hopfer. Los cinco mer cena rios . 1 530.
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abiertos con un destac ado movimiento comercial. El nivel de vida sube y por ello se prec isan
cada vez objetos mas lujosos y específicos po r lo se c rean nuevos gremios que puedan
responder a las demandas de la socieda d.
La gran opulencia qu e desplegó el emperador con respecto a su atuendo tuvo su punto
de inflexión en 1539 al quedar viudo de I sabel de Portugal
23
. A partir de ese momento vistió
de negro y de una mane ra mucho mas sobria. E n 1540 con mot ivo de su viaje a París, un
relato alude a la sorpresa que provocó en sus anfitriones franceses la sencillez con la que
vestía el “rey guerrero”
24
. Como se ha apuntado anter iormente cada c or te g uardaba sus
propios usos en el vestir que en ocasiones eran perceptivos, es d ecir, con obliga ción de se r
seguidos por las persona s que eran recibidas en ellas. Esta costumbre tam bién afectaba a las
cabezas co ronadas y sus familias que en d eterminados actos debí an vestir a la moda d el país
que les recibía.
23
Al morir la e mperatriz, Carlos V se r etiró al monasterio j erónim o de Santa María de Si sla, en la provincia de
To ledo.. CHUECA, F: Casas Rea les en mona sterios y conventos españ oles . Mad rid, 1966, pp. 158 . El
m ona sterio fue co nstruido en 134 8 y fu e la seg unda fundaci ón de la o rden jerónima en Esp aña. Carlos V
permaneció en Sisla d esde el 12 d e may o al 26 de junio de 1 539 . CA ÑAS G ÁLVEZ, F.: El itin erario de J uan II
de Castilla (14 14-14 54). Madrid, 2 007, p. 137.
24
BERNIS, C. : Ob. cit., p. 14.
18
Carlos V fue sin lu gar a dudas un
cosmopolita, durante sus ca si cuarenta años al
frente d e la mon arquía hispana viajó y guerreó
en numeros as oc asiones. S us ejércitos
atravesaron Europa llev ando consigo dist intas
usos que posteriormente fueron adoptados po r l a
indumentaria civil. Los lansquene tes eran
mercenarios alemanes, soldados de infantería
que lucharon junto al empera dor. Inventaron las
calzas
25
y su forma de vest ir, que posteriormente
pasó a la indumentaria civil, se caracterizaba por
colores vivos, exageradas bra guetas,
acuchillados y grandes g orras. Su abuelo,
Maximiliano I , fue requerido par a prohibir la
exagerada moda de los acuchillados en los
lansquenetes pero se negó a ello
26
,
posteriormente lo intentó pero fue demasiado
tarde. Los acuchillados y a venían confeccionados y su uso se prol ong ó durant e tres
ge neraciones.
El emper ador introdujo la etiqueta borgoñona en la corte española, entre cu y os
prece ptos el color ne gro se consideraba si gno de elegancia p ara caballeros y damas. Su
antepasado Felipe III de Borgoña , mas conocido como Fe li pe el Bueno (13 96-1467), vistió de
negro como señal de luto por la muerte de su padre Juan I Sin Miedo en 1419 y
posteriormente lo sig uió hac iendo. En I talia también se usaba el negro durante el siglo XV, l o
hicieron Alfonso I de Nápoles y su hijo Ferrante , siendo también si gno de eleganc ia y pod er
en Venecia y e n Lombardía:
“El negro se interpret ó como una ex presió n de virtud m oral”
27
.
La singular personalidad del rey que abdicó para retirarse al monasterio de Yuste y su
gusto por la simplicidad en los últim os años de su vida, condicionaron l a imagen oficial d e
sus descendientes. El retrato que le realizó Tiziano en 1548 nos lo muestra sentado y vestido
25
VON BOE HN, M. : Ob. cit., p. 122.
26
Ibidem p. 120.
27
COLOMER, J L.: “El negro y la i mag en real” en Vestir a la españo la en las cortes eu ropeas (siglos XVI y
XVII ) Vol. I, Madrid, p. 81.
Roger Van der W eyden. Felip e el Bueno ,
portand o el collar de la Orden d el Toisón de
Oro. Hacia 1 450 . Museo de Bellas Artes de
Dijon.
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completamente de negro, incluso las medias y las zapatos. S olo asoma el sencillísimo cuello
blanco de la camisa y como único adorno el toisón de oro que cuelga de su cuello. Esta es la
image n que quiso dar el monarca mas poderoso de su tiempo en los años finales de su
mandato y cuyo testigo tomó su hij o Felipe II . Es te último le siguió en lo que respecta a l uso
del negro; desde la tras cendental victo ria en l a batalla de Lepanto (1571) hasta su muerte
veintisiete años mas tarde, el todopoderoso re y vist ió de os curo. Este hecho que puede
parecer anecdótico, no l o es en absoluto ya que los usos adoptados por el mas poderoso
monarca d e la cristiandad no solo afe ctaban a su persona , sino a toda la so ciedad española y a
los países dependientes de su corona .
El luto en España era negro desd e que
fuera instaurado por lo s Rey es Católicos en s u
Pragmática de luto y cera en 1502, antes s e
utilizaban además del n egro, los c olores blanco ,
violeta y perla. En 1 497 con motivo de las
exequias del príncipe J uan se usaron los colores
blanco y ne gro. El luto llevaba como signo d e
respeto y solo se po día prescindir de el en
ocasiones mu y especiales. En otros países s e
usaban dist intos colores, en Francia por ejemplo,
las reinas guardaban luto blanco desde qu e lo
instaurase doña Blanca de Castilla, madre de San
Luis. La propia Isabel la C atólica es su testamento
pidió que nadie llevara lut o por ella y que s u
cuerpo se vistiera con el hábito franciscano. El
enterrarse con el hábito de alguna orden reli giosa
era algo común en aquellos tiempos. El rey Fernand o hizo caso omiso de la voluntad de su
esposa
28
. Es preciso resa ltar que vestir de luto era costoso y a que en el caso de una personaje
de la realeza debía llevarlo toda la corte. La c asa del re y daba a toda s las personas a su
servicio ropas de color n egro, confeccionadas con paño o ba ye ta. Tanto uno como otro eran
tejidos compuestos a base de lan a, siendo el pa ño basto y grueso, y la bayeta fina y mu y
aprec iada por su calidad
29
.
28
SOLÁNS SOT ERAS , M C .: Ob . cit., p. 263.
29
Ibidem p.26 3 y ss.
Tiziano Vecellio . Carlos V sentado. 1548.
Alte Pinakothek. M únich.
20
Para estudia r la indumentaria de ha ce si glos la pintura se c onvierte en un aliado
imprescindible. L os teji dos son perecederos por lo que la investigación debe apo yarse en
todas las fu entes a su se rvicio. El género del retrato que sufre una auténtica eclosión en el
siglo XVI, convirtiéndose en uno de los géne ros mas solicitados por los monarcas y sus
familias como vehículo para demostrar su poder y su gloria. Los pintores al servicio de Carlos
I y Felipe II elaboraron una iconografía del retrato cortesano que per duró durante toda la
centuria si guiente. Tizia no y Antonio Moro fueron
los re sponsables de la plasmación de la idea de
majestad regia que debía provocar en el espectador
veneración y reverencia para lograr este obj etivo se
centraron en la fig ura, oto rgándo le
monumentalidad y empaque pero sin rodea rla de
muchos atributos que im plicasen dist racción. Los
personajes apare cen re cortados sobre un fondo
neutro en actitud digna y distante. La alusión al
poder se hace de una forma sutil a través de
elementos como la colu mna, el bufete, la sil la o el
sombrero. Sobre la cuestión del parecido físico n o
se pretendía someter al personaje a una
idealización tot al pero si a un concepto que y a se
practica ba en el mun do clásico; la llamada
disimulación tenía co mo objeto enaltecer las
cualidades y a tenuar los defectos.
Felipe II adoptó el color negro como norma
de su vestimenta, esto siempre se ha entendido
como un hecho consustancial a la le y enda negra
que durante siglos tuvo como prota gonista al
llamado “re y prudente”, per o en l a actualidad los expertos consideran que este color fue
escogido porque representaba la eleganc ia y l a sobriedad que deseaba personificar. En 1554,
siendo todavía príncipe de Asturias, viajó a I nglaterra para cont raer matrimoni o con María
Tudor, estando la ma y oría de sus prenda s confeccionadas a base de te rciopelo ne gro. El
atuendo masculino de su época deja a las claras la imag en que los español es pretendían dar de
sí mismos. Al ser un traje tan ceñido obligaba a una postura muy derecha, se trataba d e
Antonio Moro. Doña Juan a de Austria.
1560 . Museo de Prado. Madrid.
21
moverse poco y d e un a manera sose gada lo que era posible debido a la gran habilidad de los
sastres españoles famosos en toda Europa por su confección de prendas complejas con
múltiples rellenos. Ser un sastre de categoría era una profesión mu y reputada .
El objetivo de la vestimenta “a la española” radicaba en r ealzar la silueta por lo qu e
las prendas eran ce ñidas al cuerpo. El conce pto d e elega ncia masculina radicaba en la calidad
de los tejidos y en el buen corte de las prendas. A partir de la se gunda mitad del siglo XV I s e
creó en nuestro país una moda verdaderamente nacional cuy os preceptos y signos distintivos
llegarían al 1700. Sin embargo, en muchas o casiones no hay un único motivo para el
desarrollo de una deter minada moda, sino
que intervienen numer osos factores. En
este c aso en concreto, el descubrimiento
de América fu e decisivo para la obtención
del color llamado “ala d e cuervo” ex traído
del palo de Campeche , un árbol proce dente
del Nuevo Mundo. Este tinte
proporcionaba a los tejidos un negro
intenso y extraordinario frente al mediocre
“ala de mosca” . L as teji dos preferidas por
los caballeros eran el pa ño y el terciopelo,
normalmente el traje era del mismo color.
La lan a producida en la península era de
gran calidad y mu y apre ciada en el
extranjero. Había much os tipos de telas
fabricadas a base d e lana, entre los mas
usados por los hombres estaba el paño que
era basto y grueso y la bayeta, de cu ya ex istencia se tiene constancia desde el siglo X IV, de
gran ca lidad y mu y usada para capas y ropas de abrigo.
Felipe II (1527-1598 ) d isfrutó de una larga vid a para aquellos tiempos, pero tuvo
muchas ocasiones de llevar luto. Su mad re Isabe l de Portu gal, a la que est aba profundamente
unido, falleció cuando Felipe contaba doce años. De spués tendría que ha cer frente a la muerte
de sus cuatro muje res, d e cinco de sus hij os, d e su hermana Juana y de su padre el emp erador,
retirado a Yuste en 1556 y que falleció dos años mas tarde víctima del paludismo.
Hans Eworth. Felipe II y Ma ría Tud or, Reyes d e
Ingla terra. 1588 . Woburn Abbey. Bedfordshire.
22
La ultracatólica Esp aña va a convertirse en abanderada de l a Contrarreforma. Europ a
vive mom entos de terrib le convulsión ya que los cimientos comunes sobr e le fe cristiana se
han divi dido. No hay que olvidar que el emperador fue uno de los principales valedores del
concilio de Trento celebrado en 1545. L a Iglesia C atólica debía ganarse el respeto por medio
de nuevas prácticas mas cercanas al primit ivo cristianism o
30
. L os ideales del buen católico
van a plasmarse en la sociedad
31
y una manera de ejemplificar esos nuevos valores en la vida
cotidiana se tra ducen en la manera de vestir.
El retrato del monar ca que realizó Sofonisba Anguisola hacia 1565 -1573, nos
proporciona una idea certera sobre la im age n q ue el monarca deseaba proyectar y que d e
hecho, fue asumida por la sociedad. El
rey aparece vestido completamente d e
negro, menos el cuello y los puños de
encaje, con capa, bon ete y espada. De su
pecho cuelga el toisón de oro de un
sencillo cordón y en su mano iz quierda
lleva un ros ario, que alude claramente a
la festividad del Rosario i nstaurada por el
papa Gregorio XIII el primer domingo de
cada mes d e octubre como
conmemorac ión de la victoria contra el
turco en la batalla de Le panto. Lleva
barba, tal y como puso de moda su padre,
y el pelo corto. El ll amado r ey burócrata
nos ofrece la imagen de un hombre serio
y concentrado, es el per fecto ejemplo de
la dignidad real y l a autoridad en sí
30
FERNÁNDE Z ÁLVARE Z, M.: Ob . cit., p .667.
31
Sin embar go, esta no fue una tarea exenta de d ificultades. " En España e Italia, no fue fác il la victoria de la
vieja Iglesia. E n esto s dos países apar ecieron movimie ntos de dudo sa ortodo xia, susceptibles de dej ar penetrar
las nu evas ideas. En Esp aña se p lanteaba el caso de los rec ientes co nversos d el j udaísmo y del isla mismo q ue,
aunque no especial m ente i nclinados a abr aza r el luteranism o, siempre in spiraban la sospecha de q ue podían
perder fácilmente la gracia e n la p rimera op ortunidad q ue se les presenta se: e staban ta mbién los il uminados o
alumbrados, gr upos d e m ístico s cuyos antecede ntes co ntinúan siendo ta n oscuros co mo sus do ctrinas, pero que,
en tod o caso, ponían la unión personal con Dios por encim a de los formalismos de la Iglesia". (Cfr. BALDER AS
VEGA, G ONZALO La refor ma y la contrarrefor ma: dos expresiones d el ser cr istiano en la m odernidad. Ed.
Universidad I bero americana. Madr id, 2007 . P . 200).
Sofonisba Anguissola. Feli pe II . Hac ia 15 65-157 3.
Museo del P rado . Madrid.
23
misma sin recurrir a ningún elemento anecdótico. En El cortesano (1528) Baltasar de
Castiglione afirmaba qu e la indum entaria de los cortesanos debía ser so bria, siendo el color
negro el mas adec uado
32
.
La i conografía del retrato oficial en la corte de l os Austrias fue c reada por Tiz iano y
Antonio Moro, pintor flamenco que estuvo al servicio de Felipe II y su familia. El persona je
aparece sobre un fondo neutro que ha ce resaltar la monum entalidad de la fig ura. L as poses
son serenas y llenas de majestad mientras que lo s tejidos y adornos aparecen pintados de una
manera sumamente precisa. El Museo del Prado cuenta con una m agnífica colección de su
obra, casi todos proveniente de l a colección real. Como el mas poderoso monarca de su
tiempo, F elipe II estaba muy interesado en of recer a través de sus retra tos la imagen d e di gna
e intocable majestad, al igual que lo debían mostrar sus h e rmanas, hijos y esposas. La tipo de
re trato fue se guido por sus dos sucesores en el oficio de pintor de cámara, Sánchez Coello y
Pantoja de la Cruz durante el reinado de Felipe III y mas tarde Bartolomé Gonz ález y Rodri go
de Villandrando.
Por tanto, se puede afirmar que la representación oficial de los re ye s d e España hast a
el siglo XV III es, en c omparación con otras m onarquías europeas, bastante sencilla y sin
estridencias. La personalidad del monarca se v islumbra clara mente en una de las carta s
dirigidas a sus hij as en 1 581. Felipe II, qu e se h all aba en Portu gal con mo tivo del j uramento
de las Cortes, se queja a las infantas de tener que vestir de brocado para el acontec imiento
33
.
Durante la boda de su hij a, la infanta C atalina Micaela con el duque de S aboy a celebrada
en Zaragoza en 1585, el re y vistió con su proverbial sencillez. Esta cuestión que no debe ser
pasada por alto y a que la s bodas reales eran uno de los a contecimientos donde se prodigaba la
mayor pompa. Este dato n os lo ofrece Enrique Cock, jefe de sus archeros flamencos y dic e así:
“Era su m ajestad vest ido d e negro y sin pompa a lguna, con su Toisón de oro”
34
.
32
BANDRÉS OT O, M. : La mod a en la pin tura: Velázquez. Usos y costumbres del siglo XVII , P amplona, p. 14 7.
33
BOUZA, F.: Car tas de F elipe II a sus hijas. Madrid, 1 998, p. 35.
34
COCK, H: Relació n del via je hech o por Felipe II, en 1585, a Zara goza, Barcelon a y Valencia escrita p or
Henrique Cock, no tario apostólico y arch ero de la guardia del cuerpo real . Madrid, 1876, p . 47 y 52.
24
Felipe II adoptó el color negro como norma, lo cual siempre se ha entendido como un
hecho consustancial a la le yenda ne gra que dur ante siglos tuvo como prot agonista al ll amado
“rey prudente”, pero en la actualidad los expertos consideran que este color fue escogido
porque represe ntaba la elegancia y la sobriedad de la que el re y h acía gala. Algunos filósofos
de la Antigüeda d como Aristóteles, tenían en gran consideración el color negro al que
consideraban signo de eq uil ibrio. P ara ser recibido por su católica Majestad era pre ceptivo el
uso del negro.
35
En cualquier caso, no se
debe pasar po r alto qu e F elipe II se vio
obligado a guardar luto en múltiples
ocasiones.
S u hijo Felipe III no parece h aber
mostrado la misma inclinación que su padre
y a que casi todos los retratos conservados
del monarca nos lo m uestran vestidos de
otros colores, fundament almente de blanco.
La “oscuridad” de nuestro traje solo se veía
alterada por los puños y cuellos de en caje
blanco, estos últimos adquirieron a finales
del siglo XVI y principios del siglo XV II un
tamaño absolutamente desproporcionado de
tal manera que al ver los retratos de la época
parece que la cabeza estuviera dispuesta sobre u na enorme bandeja. En España este tipo de
cuellos se ll amaron lech uguillas porque su form a se asemejaba a las hojas de las le chugas
encarrujada s y fueron usados por ambos s exos. Hacia 1550 empezaron a a somar tí midamente
por el cuello de la camisa y los puños de las mangas. El citado adorno co menzó rodeando el
cuello para unas décadas mas tarde convertirse en grandes estructu ras que subían por las
orejas h asta lle gar al cogote, alcanzando un diám etro desmesurado y que podían ir dispuestos
sobre una arandela d e pergamino o plata
36
. Una moda absolutamente extravagante que causó
una honda pr eocupación a las autoridades por los tremendos dispendios que ocasionaba.
Caballeros y d amas lucie ron estos complicados y costosos cuellos. Covarrubias en su Tesoro
de la lengua castellana recoge la voz lechuguilla que aparece escrita p or primera v ez en
35
PUERT A ESCRIBANO, R d e la: La m oda civ il en la Espa ña del siglo XVI I: inmovilis mo e influencias
extranjeras. A rs Longa . 2008. p. 77.
36
BERNIS, C.: El traje y lo s tipos sociales en el Quijote . Madrid, 2001, p. 261 .
Tiziano Vec ellio. Isab el de Portugal . 1548. Museo del
Prado. Madrid.
25
documentos sobre la ropa de l a emperatriz doña I sabel de Portu gal . Los abanillos eran las
ondulaciones que se hacían con el molde d espués del almidonado, con el tiempo se hicieron
mas grandes y abiertos.
Durante el Renacimiento se popularizó entre las clases pudientes el uso de cue llos de
encaje, esta moda surg ió en I talia, más concretamente en la cort e de los Medicis, y de ahí pasó
al resto de Eur opa. A principios del siglo XVII el diámetro llegó a tal desproporción, se
exageraron de tal mane ra que en oc asiones llegaron a medir medio palmo. Damas
y caballeros de la alta nobleza lucían magníficas gorgueras cu yo precio era muy elevado, un
cuello podía alca nzar la cifra doscientos reales.
El encaje se importaba de Flandes, lo que resultaba muy perjudicial para las arcas
españolas ya que un cuantioso capital escapaba f uera de nuestras fronteras.
La gorguera constituye un elemento clave en la m oda de principios del sigl o XV II . S e
confeccionaba con lino y p ara conseguir su rigidez había v arias posibilidades tales como la
superposición de telas, el uso de alambres o el a lmidonado. Esta última téc nica ava nzó
espectacularmente , el almi dón de arroz proporcionaba al lino un li gero tono azul. L as
gorg ueras m as lujosas estaban rematadas por magníficos encajes por lo que el coste era
astronómico. Su diámetro llegó a tal d esproporción que los mangos d e las cucha ras debieron
alargarse para que las élites pudieran llevarse
la comida a la bo ca. Si tuviéramos que hacer
un repaso de la indume ntaria europea, es ta
sin duda estaría entre las má s incómodas,
cara s y extravagantes. Damas y caballeros
nobles durante el reinado del tercer Felipe
lucieron el citado artilugio aunque los
hombres se liberaron antes en favor de un
cuello caído llamado valona que igualmente
podía ser lujosa y ampl ia. En algunos
retratos las gorgueras lle gan a un tamaño tal
que las cabezas parecen literalmente
dispuestas sobre una bandeja, como si fuera n
independientes del cuerpo. Las lechuguillas
se confeccionaban con holanda y para d arles
El Greco . Je rónimo de Cevallo s . 1 613 . Museo d el
Prado. Madrid.
32
mas adelante las calz as se alar garon sujetándos e a las rodillas llamándose gueguescos . A
principios del siglo XVII las calzas fueron perdiendo volumen y ganando larg ura, de tal
manera que llegaron a cu brir la rodilla y así qued aron todo el siglo. En los primeros años del
reinado de Felipe IV e ran anchas, un ejemplo bastante elocuente sobre esta pr enda nos lo
ofrece Las lanzas de Velázquez.
Sobre el jubón también se podía vestir diversas prendas como el coleto (generalmente
de piel y sin mangas) qu e no sobrepasaba la cintura, la ropilla (con man gas y faldillas) o l a
cuera . El coleto era una prenda que se uti lizaba t ambién para practicar deportes al aire libre.
El coleto y la cuera provenían del traje militar y se ll evaban sobre el jubón. Durante el siglo
XVI las voces coleto y cuera se hi cieron sinónim as. Sobre esto se usab a el sobretodo, abierto,
con mangas y a veces forrado con pieles; esta prenda también era denom inada sim plemente
ropa. La moda del acuchillado presentaba man gas mu y de coradas con aberturas en varios
sentidos, en ocasiones las mang as s e confeccionaban por sepa rado y desp ués se unían al traje.
Hacia 1550 comienzan a asomar e l cuello de la cami sa y los puños de las mangas. Las mangas
dobles y caídas por detrás tienen origen turco.
Como prenda de ab rigo se encontraba la simple capa o al gunos tipos ma s ricos como
el herreruelo con cuello ribeteado o el bohemio, pieza forrada de pi el pasando por el tudes co
que tenía m angas p ero no se
usaban. La capa dejaba las
piernas al descubi erto y podían
tener capucha y se trata tal vez,
de la única pieza de la
indumentaria anti gua masculina
que ha ll egado al si glo XX.
Otras prendas de abri go eran el
capuz, tabardo (esp ecie de
abrig o sin man gas o con
mangas abiertas mas us ado e n
el extranjero) y capote, capa de
abrig o para protegerse de la
lluvia. L a voz capot e está
documentada a parti r del
Francisco de Zurbarán. Defen sa de Cádiz co ntra lo s ingleses . 1 635 -
1635 . Museo del Pr ado. Madrid.
33
Cancionero de Baena (siglo XV). Por último,
el gabán lo usaban todas las clases sociales,
tenía mangas y capucha. La cabeza se tocaba
con g orra o sombrero.
El calzado era plano con algunas
decoraciones en el empeine y en los lados, da
la sensación de s er c ómodo y flexible.
También usaban unas bo tas estrechas y mu y
altas y a que lle gaban hasta los muslos que
quedaban atadas a las calzas por una especie
de li ga s. El pelo se llevaba en melena recta
por delante y corto por detrás; en 1526, año
de la boda de Carlos V con Isa bel de
Portugal, el emperador se decantó por la barba que nunca abandonaría. E n 1529 estando en
Barcelona, se cortó el pelo
52
; por estos motivos el caballero español llevó varias décadas pelo
corto y barba. El primero perduró mas que la últim a que fue s ustituida por un fino bigote con
las puntas hacia arriba a mediados del sig lo XV II.
Lo que más sorprende desde nuestra óptica a ctual es la indumentaria masculina en
boga h acia la se gunda mitad del siglo XVI y a que se trata de un traje fu ertemente sexualiz ado
en el que se aumenta el torso y el órgano viril por medio de rellenos. H ablamos de un atuendo
ceñido que potencia los hombros y el pecho por medio de jubones rehenchidos mientras que
gran parte de las piernas solamente se hallan cubiertas por medias. Las grandes braguetas
fueron utilizadas en prim er lu gar por los soldados alemanes (lansquenetes) que batallaban con
el emperador por toda Europa, posteriormente comenzaron a ser tendencia en la corte de
Carlos V. S u forma protuberante era signo de poder y hombría. Los r etratos de reyes y
caballeros del siglo XVI nos muestran unos descomunales bultos que tratan de representar
una erecc ión permanente.
A principios del siglo XV II las calzas fu eron perdiendo volumen y ganando larg ura,
de tal manera que lle garon a cubrir la rodilla y así quedaron todo el siglo. En los primeros
años del reinado de Felipe IV eran an chas, un ej emplo bastante elocuente sobre esta p renda
nos lo ofrece Las lanzas de Velázquez. L os greg uescos , eran abombados y s e ataban debajo
de la rodilla que se adornaba con rosetas, motivo decorativo que tamb ién se usaba en el
52
BERNIS, C.: Ob . cit., p . 34.
Alonso Sá nchez Co ello. El Príncipe d on Carlos .
1557 -1559. Museo del Pr ado. Madrid.
34
calzado. Para p roporcionarles volumen se colocab an rellenos d e algodón, papel o serrín entre
el forro y la tel a, bajo este se uti lizaba un sen cillo ca lzón de lienzo
53
. En los años cuarenta las
calzas se fueron estrechando, también podían e star acolchadas a lber gando en su interior
varias capas de algodón y siempre estaban forradas. Para unirlas al coleto se usaban agujetas
pero poco a poco fueron sust ituidas por el cinturón que se denominaba braguero . La s a gujetas
eran unas cintas de seda o hilo con los cabos rematados por metal o hueso . Es preciso seña lar
que algunas ropa s iban unidas por estos cordones denominándose prendas atacadas , por
ejemplo las mangas po dían ir atacadas al coleto y
este último a las calzas .
El coleto era una p renda a modo de chaleco
que llegaba hasta debajo de la cintura mientra s que la
cuera se denominó así en un principio porque se
confeccionaba con piel. Estás dos prenda s eran
utilizadas por caba lleros que seguían la moda
mientras que la ropilla er a de uso común a todos los
estamentos
54
. El coleto fue una pieza uti lizada por los
militares y a que al no tener mangas facilitaba el
movimiento. L os arcab uceros y ballesteros debían
estar cómodos para e l manejo de las armas
55
.
Un precioso ejemplo de coleto lo encontramos
en la obra de Veláz quez Felipe IV con jubón
amarillo hacia 1628, (R ingling Museum or Arts,
Sarasota, Florida, USA). El coleto que luce es de
cuero de “ámbar de infusión,” un método por el cual
se perfumaban las pieles y fre cuente en el ac ab ado de
los gua ntes. La pr enda es abierta por delante siendo
del tipo llamado “vientre de oca” y a que po r medio de r ellenos el pecho pa recía mas
voluminoso lo que daba mas empaque al individuo. El atuendo del monarca es rico en cuant o
a colorido y mat eriales, con manga s estofadas, banda de seda roja guarne cida de encajes,
53
BANDRÉS OT O, M. : Ob. cit., p. 173.
54
DESCALZO LORENZO, A.: “La moda en tie mpos de Cerv antes” en La Moda Españo la en el Siglo de Oro .
To ledo, 2015. p. 53.
55
DUEÑAS, G.: “Las armas y la indumentaria en El Q uijote”, E l Quijote y su s trajes. Ma drid, 2 005, p. 104.
Antonio Moro. Retrato de Felipe II en la
jornada de Sa n Quintín . 1560. Patrimonio
Nacional. Real Mo nasteri o de San
Lorenzo de El Escorial.
35
calzones mu y anchos, bo tas altas y guantes de “ámbar
de infusión”. Esta técnica en el tratamiento d e las
pieles se seguirá utilizando en el siglo XVIII.
El coleto en principio no contaba con mangas,
se llevaba mu y c eñido al cuerpo y encima d el jubón.
El coleto y el justil lo era n utilizados por los caba lleros
rejoneadores en la li dia ya que se considera ba a la piel
como material
56
con mas capacidad de protección q ue
otros. El cinturón se colocaba sobre el jubón y podía
estar elaborado con met ales preciosos en caso de que
el atuendo fuera de gala. No podemos olvi dar la
espada, un componente básico del traje masculino, un
atributo de los caballeros desde la Edad Media. Vemos
la espada en los ret ratos de re y es y aristócratas como
una parte esencial de la imagen de poder que
pretendían dar. Este e lemento les proporcionaba:
“(…) una aureola de soberanía en su imagen y en
sus acc iones, de ahí que fuese un elemento fundamental en su vestuario, sobre todos cuando
los nobles todavía se suponían garantes d el orden y d e la socied ad a la que perte necían
durante la e dad media y moderna”
57
.
La golilla se coloca ba en la garganta por lo que debía resultar muy incómod a
provocando además una figura muy envarada. P or su bajo costo, se extendió rápidamente a
todas las clases sociales. L os retratos del genial Velázquez ponen de evidencia como todos
usaban la golilla d esde el rey , hasta el bu fón pasa ndo por el nobl e, el comerc iante, el artesa no
o el letrado. Felipe IV, que era mu y sencillo en su atavío, la lució toda su vida. Su uso era
obligado en su real presencia, y a que no re cibía en audiencia sino se llevaba puesta. La
adopción de tan singular cuello hay que entender la junto a otras iniciativas como medida de
austeridad ante t anto derroche innecesario. Tanto el re y como su valido, el conde -duque de
Olivares, consideraron nece sario volver a las idea de sencillez de Felipe II
58
.
56
CAMPOS C AÑIZARES, J .: E l toreo ca balleresco en la época de Felipe IV : técn icas y significad o socio-
cultural. Sevilla, 2007 , p. 275.
57
Ibidem, p. 6 24.
58
Se llevó a cab o una restructur ación del p ersonal palatino red uciendo cargos y salarios. DO MÍNGUEZ O RTIZ,
A.: Ob. cit., p. 243.
Diego Rodríguez de Sil va y Ve lázq uez.
Felipe IV con ju bón amarillo. Hacia
1628 . Ringling Muse um o f Arts,
Sarasota, Florid a.
36
La golilla era un cartón forrado de tel a
almidonada de color blanco que se sostenía
por medio de un alambre y su forma se
asemejaba a un plato. Esta pieza se colocaba
alrededor del cuello y fue el tipo mas común
aunque esto no implica que no se usasen ricas
valonas caídas sobre los hombros tal y como
nos muestran pinturas de la época, incluso el
mismo rey tiene algunos re tratos en los que
lleva preciosas valonas aunque son los menos
y a que este cuello representaba la ima gen
institucional de la monarquía española.
Bartolomé Esteban Mu rillo cuenta con una
serie de retratos mas culinos de cuerpo entero
en los que podemos apreciar como los
caballeros s evillanos usaban el citado cu ello; aunque en su autorretrato de hacia 1670 que s e
conserva en la National Gallery de Londres, el maestro se pint ó con una valona guarnecida
de encajes.
En cuanto a las formas de la vestimenta “a la española”, su objetivo consistía en
realzar la silueta por lo que eran estrecha s. El concepto de el eganc ia masculina ra dicaba en la
calidad de los tejidos y en el buen corte de las pren das. L a golilla pervivió hasta principios del
siglo XVIII . Un anónimo viajero de 1700 detalla:
“En vez de alzacuello llevan una especia de rotonda hecha de cartón, sobre la cua l ha y
estirada una tela almidonada y arreglada en varias pinzas que llaman golilla ; es una invención
muy incómod a (…) Os envara el movimi ento del cuello y d e la cabeza, y o s da un aire g rave,
a pesar d el que tengáis. Algunos no se acostumbran a ello y llevan grandes alzacuellos que
valones”
59
.
Estos datos nos resultan de gran inte rés ya que vemos que los dos tipos de cuello se
alternaba n, por otro lado la golilla impedía moverse con libertad por lo que parec ía ideada
para gentes ociosas prov ocando un a postura que los españoles consideraban mu y di gna pero
59
GARCÍA MERC ADAL, J .: Ob. cit. p. 229.
Diego Rod ríguez de Silva y Velázq uez. Retra to
de Ju an Martínez Montañés. Hacia 1 635 . Museo
del P rado. Madrid.
37
los extranjeros entendían como gra ve. El relato del padre Labat escrito 1706 nos informa que
en Sevilla estuvo con un comerc iante francés que usaba golilla
60
.
Según estamos comprob ando la moda masculina del siglo XV II fue basta nte parecida
a la de la centuria anterior en cuanto al tipo de prendas en los distintos s ectores de la sociedad,
la diferencia radicaba l ógicamente en los materiales. S e siguieron u sando los mismos
elementos aunque algunas con va riaciones en cuanto a forma y los hombres sigui eron
vistiendo de oscuro. Un cambio si se produjo en cuanto a la ropa cómoda para estar en casa,
se trataba de prendas de origen ori ental con forma
de bata o kimono que usaron tanto hombr es como
mujeres y que se denom inaron ropas de levantar .
Este tipo de batas se seguirán usando a lo largo d e
todo el si glo XV III t al y como informan lo s
documentos por lo que trataré sobre ellas en su
momento.
La s prendas para la vida diaria se
confeccionaba n con tejidos sencillos como la lana
y el cuero pero si se trataba de un traje de gala la
cosa se complic aba y a que tanto jubón como
calzas podían llev ar acuchillados, picados o
bordados. El calzado ma s común pa ra diario eran
las botas de cuero, los mas lujosos se fabricaban
con seda o bordados y se adornaban con hebilla. E l
sombrero e ra un elemento im prescindible, los mas
usados eran los de ala ancha llamados monteras y
los de al a estrecha llamados monterillas . Los
sombreros se adorn aban con plumas a un lado y a
veces con jo ya s mi entras que una de las alas se solía ll evar subida. La voz montera será
sustituida por chambergo a partir de 1670
61
. La voz chambergo procedía del ll amado ejército
de la Chamberga creado por la reina regente do ña Mariana d e Austria en 1669. El sombrero
60
LABAT , J-B.: Viaje por Andalucí a en los añ os 1705 -1706. Sevilla, 20 07, p. 23. El pad re Labat ( 1663 - 1738)
fue un m onje do m inico francé s. Con treinta años se embarcó para América donde estuvo doce años. Destacó no
sólo co mo religioso, sino co mo, explorado r, botánico, matemático, inge niero, lle gando a construir molinos para
mejorar la producción de azúcar y otros artilugios. De spués estuvo en Espa ña e Italia.
61
BANDRÉS OT O, M. : Ob. cit., p. 63.
Diego Rodríguez d e Silva y Velázq uez.
Pedro Ba rberana y A parregu i. Hacia 16 31 -
1633 . Kimbell Art Muse um. Fort Wo rth.
Texas.
38
era una pieza absolutamente indi spensable en la imagen del caballero español del siglo XV II.
Su tejido y adornos proporcionaban información fidedigna de su portador.
El e scritor y dramaturgo J uan de Za baleta publi có en 1654 Día de fiesta por la
mañana, un relato costumbrist a donde nos muestra su particular visión de la sociedad
madrileña de pleno sigl o XVII . El autor va narrando la manera de solazarse de distintos
arquetipos, quedando muchos de ellos bastante mal para dos. Los c apítulos dedica dos al ga lán
y a l a dama nos son de gran a yuda p ara conocer la indum entaria española del Barroco, ya que
se habla del tipo de pren das que usaban las clases pudientes, mi entras se hace un a enconada
crítica contra l as pe rsonas preocupadas en exceso por su aspecto físico, y po r lo tanto
demasiado presumidas y esclavizadas por la moda. El galán era un individuo vanidoso cuyo
traje debía estar a la última. El estoico joven te nía que sufri r todo tipo de apreturas pa ra
presentar se en sociedad. El traje de caballero espa ñol era ex cesivamente ceñido y por lo tanto
muy incómodo. El r elato comienza en casa d el joven la mañan a del día festivo, una vez se ha
levantado de la cama p rocede a arreglarse con esmero para salir a la calle a dej arse ver. P ara
tan complicado procedimiento es asistido por varias personas a su se rvicio. Una tras otr a se va
embutiendo en todas las prendas, entre ellas el autor destaca el pre cioso jubón (prenda d e
manga larga que se ponía sobre la camisa) confeccionado con una tela riquísima. Sobre las
telas recamadas de oro o plata es importante r esaltar que su uso estaba vetado aunque no se
Pedro d e Camprobín. El c aballero y la muerte . Mediado s del siglo XVII. Hospital de la Carid ad. Sevilla.
39
respetaba. Felipe IV promulgó una serie de disposiciones sobre el uso de determinados tejidos
y la prohibición de otros tantos.
El traje de los españoles, según cuentan los que tu vieron que padecerlo, excesivamente
apretado, lo cual provocaba una postura tan env arada
que sorprendía much o a los ex tranjeros. El to rmento
también ll ega ba a los pies ya que los zapatos debían
quedar mu y justos. El caballero francés Antonio de
Brune l qu e visitó Españ a en 1654 quedó impresionado
del martirio que d ebían sufrir los hombres, sob re todo
en lo que respecta a los zapatos estrechos. Zabaleta se
mofa de esta absurda pr áctica y explica el trem endo
esfuerzo que debe hacer el oficial de zapatero para
calzar al presumido galán, cuando lo mas fá cil y
lógico sería usar un zapato cu y a medida fuera acorde
con la del pie y de jarse de extravagancias. El galán
y a está vestido, calzado y afeitado por lo que s e
procede a la colocación de la golilla. Zabaleta la
aborrece por su incomodidad y afirma:
“(…) es como meter la cabeza en un cepo,
tormento inexcusab le en España. Ésta es la nación de
cuantas la razón cultiva, que menos cuida de sus comodidades. Está la golilla aforrada en blanco por
dejar de la val ona no m as que alg unos visos”
62
.
Parece sorprendente que el uso de un cu ello tan incómodo perdurara mas de ochenta
años. Madame d´Alno y t ambién se hace eco de este ti po de cuello diciendo que el joven qu e
la llevaba no podía mover la c abeza con naturalidad:
“Su golilla d e cartón le mantenía el cuello tan erguido, qu e no podía ni bajar ni volver
la cabeza. No ha y nada más ridículo que ese alzacue llo; porque no es ni una gorg uera, ni una
valona, ni un corbata. Esa g olilla, en fin, sin que se parezca a nada, incomoda mucho y
desfig ura otro tanto”
63
.
62
ZABALET A, J.: E l día de fiesta p or la ma ñana y por la tarde . 1983 .p. 106.
63
AULNOY, M C. : Relació n del viaje a España . Ma drid, 1986. p. 171.
Barto lomé Estebán Murillo. DonAn drés
de And rade y la Cal. 1665.Metrpo litan
Museum of Ne w York .
40
Volviendo al
ga lán en cuestión, nos
encontramos en la
última fase de su arreglo.
Se coloca la ropilla
(prenda exterior c on
mangas), tan ajustada
que le cuesta un rato
atarse el cinturón. Para
poder vestirse y ser
afeitado cómodamente
el joven lleva el pelo
recogido con una cinta ,
un vez terminado todo el proceso se la retira cayendo en guedejas. Este ti po de peinado fue
muy criticado, incluso el mismo rey lo prohibió en 1639, el veto rezaba así: “Prohibición de
gue dejas y cop etes en los hombres sin excepción de privilegio o fuero”. Za bale ta pone de
manifiesto una vez má s que las le y es en mate ria de indumentaria no se acataban. Y a con la
melena al viento el caballero solo precisa espada, capa y sombr ero. El mi smo se pone el acero
al cinto y un criado l e coloca la capa de ba yeta ricamente labrada con puntas. Por último se
acomoda un sombrero de castor negro confecc ionado en París; el autor echa pestes de su alto
precio, afirmando que con un solo sombrero se podrían comprar manto s para seis viudas
pobres.
El texto dedicado al caball ero “a la última moda” nos es de gran utilidad, no sol amente
el ti po de prendas que utiliz aba y sus materiales, sino cual era el orden que seguía el atavío
masculino.
Los relatos de vi ajeros constitu ye n un a valiosa herramienta en m anos del investigador
para conocer los usos soc iales. En 1672 , el f rancés J ouvin
64
afirma que los españoles van bien
vestidos y calzados, todavía no se había implantado el tacón para uso masculino; aunque no
obvia que los trajes son negros y demasiado ceñidos. La espada se llevaba a la izquierda, al
igual de la corta capa, mientras que el puñal ib a a la derecha.
65
La capa se sujetaba en el
64
Albert Jouvin de Rochefort (c. 1640 – c. 1710) fue un cartógrafo que rea lizo di versos viajes po r el co ntinen te.
En 1672 publicó Le voyageu r d'Europe . Veáse, GARCÍ A MERCAD AL, J.: Viajes po r España . Madr id,
1972, p. 115.
65
GARCÍA ME RCAD AL J.: Ob. cit., p. 172.
Gregorio de T apia y Salced o. E jercicios de la jineta . 16 43. Biblioteca
Nacional de Esp aña. Madrid.
41
hombro izquierdo y la recogían con este mis mo
brazo. Parece qu e esto era símbolo de elegancia.
Según relata madame d´Alnoy, el lujo que observó
en la corte madrileña era fastuoso. L a francesa tuvo
ocasión de asistir a la corrida de toros qu e se cele bró
en la plaza ma yor de M adrid con o casión de la b oda
del rey C arlos II con la pr incesa María L uisa de
Orleans. Tan magno acontecimiento tuvo una puesta
en escena esp ecialmente rica y cuidada, y aunque los
caballeros rejoneadores vestían de ne gro sus tr ajes
estaban bordados de oro y plata. L os sombreros
lucían a un lado plumas blancas, mientras que en
brazos, cintura o pec ho llevaban bandas bordadas de
distintos colores (blanc as, carmesí a zules y
amarillas)
66
. La banda es el primer signo distintivo del matador. Los séquitos de los caballeros
no les iban a la zaga y a que usaban tejidos ricos como el muaré de oro o el damasco.
El matrimonio de Carlos II con la primogénita del duque de Orleans y por tanto,
sobrina c arnal d e Luis XIV ma rca un punto d e inflexión en la co rte m adrileña y a que en
deferencia a su mujer, el rey s e vistió a la francesa para la celebración de s u matrimonio. El 5
de noviembre d e 1679, tan sólo unos días antes de conocerse, el re y recibió de María Luisa de
Borbón una corbata de encaje:
“…con la par ticularidad d e habé rsela pues to antes la R eyna, con una cinta de c olor de fuego”
67
.
En los inventarios de su guardarr opa aparecen casacas siempr e a juego con los
calzones
68
, por tanto el último de los Austrias vistió y a a la moda imperante en Europa. En
cualquier caso, Ca rlos II siguió vist iendo a la española para los actos. Com o y a se ha hablado,
la cuestión del atuendo era asunto de suma relevancia en la corte. El embajador francés era
único diplomático que podía ir vestido a la moda de su país:
66
AULNOY, M C.: Ob. cit., p . 289.
67
ORTI Z DE ZÚÑIGA, D.: An ales eclesiásticos y seculare s d e la ciudad de Sevilla . Lib .XVIII. p. 336.
68
T EJEDA FERNÁNDE Z, M.: Ob . cit., p. 152.
Bartolo m é Esteban M urillo. Jo shua van
Belle . 16 70. National Gal ler y . Dublin.
48
El verdugado era una est ructura de form a acampanada compuesta por aros de mimbre,
metal o madera forrados de tela y unidos por cintas que se colocaba enc ima de la falda
interior aunque en un principio los verdugos iban cosidos a la misma falda. Tan curioso
término ti ene su origen en forma redonda y ve rde al igual que los verdugos de los árboles
81
.
Los verdugos son también critica dos por fr a y Hernando de Talavera (1428 -1507), monje
jerónimo que ha pasado a la hist oria por haber sido el confesor de I sabel la Católica. Ta lavera
fue un hombre docto que escribió sobre cuestion es morales. Es célebre su Tratado sobre la
demasía en vestir y calzar, comer y beber redactado en 1477 e imp reso en forma d e
compendio. Se trata de un tratado sobre los usos sociales de su tiempo que ju zga ce nsurables,
con mot ivo de un decreto de excomunión
promulga do en Valladoli d contra las
mujeres que usaran gorguera y caderas
anchas y contra los hombres que llevasen
camisones con cabe zones labrados.
El verdugado se trata de la gran
aportación española a la indumentaria
europea . Surgió hacia 1560
82
y
lógica mente estaba al alcance de unas
pocas, se trataba de una pieza costosa e
incómoda que hacía lucir las ricas telas d e
la falda en todo su esplendor ya q ue
quedaban mu y estiradas. El verdugado
pasó a la corona de Aragón, I talia, América
y mas tarde a toda Europa. Su gran tamaño
crea ba todo tipo de inconvenientes, en las
cere monias donde er a p re ce ptivo su uso l as damas para caber holgadamente debían estar
bastante sep aradas, de hecho se creó un tipo de asiento llamado “sillón de verdugado”, sin
brazos y bast ante ancho
83
. Esta estructura llegará al siglo XI X con dist intas variantes, por
orden cronológico pod emos hablar del verdugado, guardainfante, sacristán, tont illo,
miriñaque y crinolina. E stamos ante un atuendo complejo que p ervive unos trescientos años.
81
DE LA PUERT A ESCRIB ANO, R .: “La moda civil en la E spaña del siglo XVI I: inmovilis m o e i nflu encia s
extranjeras”. Ars Longa , Valencia, Valencia, 2008 . p. 68.
82
BERNIS, C.: Ob . cit., p . 22.
83
BANDRÉS OT O, M. : Ob. cit., p. 192 .
Juan P antoja de la Cruz. Ana de Austria . 1 604.
Kunsthistorische s Museum. V iena.
49
Su origen radica en la llamada sa y a verdugada, una falda con los verdugos incorporados. Mas
adelante s e convirtió en la estructura que se colocaba bajo el vestido. Div ersos escritos de l a
época mencionan esta p eculiar moda f emenina, el mismo Lazarillo de Tormes cuenta qu e
nada mas llegar a Valladolid encontró a una señora en la c alle, par a mas señas esposa de u n
sastre, que llevaba verdu ga do, chapines y apoyaba su mano en la c abeza de un escudero. El
La zarillo entra a su s ervicio y relata qu e al ll egar a su casa la mujer se d esprendió del manto y
los cha pines pe ro no del verdugado
84
. Ambos elementos se usaban junt os, el verdugado no se
acompaña ba de zap atos corrientes. Las dos últimas esposas d e Felipe II u saron verdugados y
en la cor te vallisoletana de Felipe III era el atuendo
corriente para las altas damas.
85
En los cuerpos, las mangas se nos muestran ri cas
y complejas. Muchas de ellas dobles, la interior estrecha
por la que asoman los puños de encaje y la exterior
abierta y rematando en punta. Otra posibilidad son las
mangas redondas, que c ubren el brazo hasta el codo y
luego quedan abiertas. Sobre el vestido cortesano se
desplegaban un sinfín de abalorios, las llamad as “ puntas”
eran unas cintas rematadas por cabos de metal. El talle
se situaba en la cintura q ue se adornaba con cinturón de
piedras preciosas al igual que el cuello, c on collar e
inmensa gorguera qu e podía estar dispuesta sobre un a
arande la. El peinado debía ser vertical debido al gran
cuello siempre ado rnado con jo ya s y a vec es con un
gracioso sombrerito. La lechug uilla impedía q ue los
pendientes cayeran de manera natural. Estos cuellos se
turnaron con las valonas, cuellos blancos y ampli os que
alcanzaban los hombros y caían sobre ellos. El orige n de la valona femenina se encuentra en
Italia y podían ser tieso o flexible, en ocasiones se usaban dos cuellos superpuestos como es el
caso del retrato de A ntonia de Ipañerrieta.
Es pre ciso tener en cue nta que estos elementos solo se usaban en ocasiones señaladas,
para la vida cotidiana las señoras llevaban un cuerpo escotado sin mangas por el que asomaba
84
ANÓNIMO: La vida d el Lazarillo de Tormes sus fortu nas y a dversidades . Madrid . 1845. p. 346.
85
HERRERO G ARCÍA, M. : Estu dios sobre in dumen taria española en la época de los Austria s . Madrid ,
2014, p. 235 .
Diego Rodr íguez d e Silva y
Velázquez. Do ña Antonia d e
Ipeñ arrieta y Galdós y su hijo don
Luis . 1 632 . Museo Nacional del Prado.
Madrid.
50
la camisa. Los brazos femeninos no se muestran hasta el si glo X VIII y solo una parte, e n
cambio fuera de la corte sí se usaba escote. La pintura española por des gracia nos muestr a
pocos ejemplos de la indumentaria femenina de las clases populares.
La s muj eres sencillas vestían dos piez as, cuerpo sin mangas y falda, esta última solí a
ser doble formada por saya (exterior) y f aldellín (interior); las criadas se levantaban la sa y a
para poder trabajar po r lo que el faldellín quedaba a la vista. En ausencia de testimonios
gráficos, para poder r astrear la vestimenta de épocas tan lejanas, los investigadores deben
recurrir, no solamente a los documentos notari ales, sino también a la lite ratura. Las novelas y
obras de teatro son una mag nífica fuente para conocer los usos y costumbres de cada
momento hist órico lo cual es de gran a yuda para el
historiador. Cervantes, Lope de Vega, Qu evedo,
Calderón o Tirso de Molina entre otros, nos
muestran a través de sus personajes nobles y
plebeyos, la sociedad del momento con sus hábitos,
tradiciones y rutinas.
El atuendo por ex celencia d e la moda
femenina española de pleno si glo XVII es el
guardainfante, heredero del verdugado, su uso
comenzó en el teatro cómi co de Madrid pa ra mas
tarde pasar a la corte española hacia 1636
86
. L a voz
guardainfante se supon e que se debe a que tal
artilugio podía ser útil para ocultar embarazos.
Consistía en un armazón en forma de campana
colocado alrededor de la cintura y realizado a base
de aros de metal o mi mbre unidos con cintas o cuerdas cu y a su función era ahu ecar la
basquiña, debido a su gr an tamaño la tela quedaba muy estirada por lo que lucía esplendida,
sin arruga alguna. El guardainfante er a una estructura co mpleja que pre cisaba de distint os
materiales:
“(…) tendríamos que incluir cuerdas o cintas co mo elementos v erticales, ballenas, aros de
mimbre, bandas de cañizo y pleitos de esparto como elementos horizontales, y almohadillas
llenas de paja como el ementos laterales.”
87
La falda tenía unas aberturas que permitían
86
PUERT A ESCRIBANO, R.: Ob. cit., p. 71.
87
HERRERO G ARCÍA, M.: O b. cit., p. 238.
Diego Rodr íguez de Silva y Velázq uez.
Dama del Abanico . Hacia 1635. Wallace
Collection. Londres.
51
recolocar los alambre s si estos habían salido de su sit io. E l aspec to ex terior de la basquiña se
asemejaba a la forma de una enorme cesta invertida. El guardainfante fue ampliamente
reproba do en su tiempo por escritores y moralistas.
Este atavío se concebía en un sentido glob al, el vestido de co rte constaba de un sa yo
(cuerpo) mu y entallado y apretado que aplastaba el pecho, mangas acuchilladas y un cu ello
amplio ll amado valona cariña na que cubría el e scote, en cu yo centro se colocaba un g ran
broche. El peinado tenía vital importancia y a que la ca beza d ebía tene r un tamaño acorde con
la gran falda para no parecer ridículamente peq ueña, por ello se ensanchó por medio de
pelucas y postiz os que se colocaban mediante alambres y se adornaba c o n flores, plumas y
joyas. El guardainfante tuvo su máximo apog eo desde la lle gada de Mariana de Austria pero
tiempo antes y a se vestían basquiñas sobre verdugados bastante anchos.
Un ejemplo nos lo ofrece Vel ázquez en La dama del abanico (W allace Collection,
Londres) fe chado en 163 8. L a elegante dam a se nos presenta de medio cuerpo vistiendo sa yo
y basquiña de paño mar rón y mantilla ne gra. El sa y o tiene mangas perdidas y se cierra po r
delante mediante pequeños botones, debajo un corpiño mu y ceñido sobre la ca misa cu yo
cabezón se deja ver por el escote. Normalmente el escote no estaba bien visto en España y se
solía cubrir con valona o pañuelo. En cuanto a la mantilla, es de cerco de encaje de puntas
88
.
Su uso se generalizó desde el siglo XVI siendo ex tensivo a todas las clas es sociales; junto al
rosario y el ab anico, la mantilla era un atuendo obligado para salir a la c alle ya que solament e
las solteras podían llevar la cabeza descubierta aun que también la usaban las niñas. Se tr ata de
una pieza básica en el aj uar de cualquier muj er española, que al m enos tenía una. La d ama
completa su atuendo c on unos elegantes guantes de cabr itilla de infusión y un abanico br isé.
88
BANDRÉS OT O, M. : Ob. cit., p. 286 .
52
El enorme tamaño del v estido hacía que las m ujeres no cupieran por l as puert as y
tuvieran que f ranquearlas de una en una y de l ado, además s e tuvi eron que modificar la s
puertas de los carruajes y de l as sil las de man os para que las damas pudieran entrar. El
guardainfante provocaba todo tipo de incomodidades, Calderón de la Barca en su comedia No
hay burlas con el amo r relata como las mujeres debí an sentarse so bre tabur etes y lo
complicado pa ra acceder a los carruajes . Estas
complicaciones en los viajes y t raslados se rep etirán
en el si glo XV III e n lo concerniente a los altísimos
peinados que se pusieron de moda.
En 1639 se dictó una pragmática contra los
guardainfantes por l a cual las mujeres decentes
quedaban excluidas de su uso. I ncluso se intentaba
legislar el núme ro de varas con las que se d ebían
confeccionar las faldas y sus ruedos. También se
vetaban los escotados: “ salvo las mujere s que
públicamente ganen con sus cuerpos y tienen li cencia
para ello, a las cu ales se les permiten traer los dichos
jubones con el pecho descubierto; y a todas las demás
se les prohíbe dicho traj e.” El castigo podía conllevar
una multa de hasta 20 .00 maravedís e incluso el
mismo destierro. Huelga decir que todo quedó el p apel
mojado como podemos comprobar a través d e los
retratos de los grandes maestros españo les
89
.
Za baleta al relatar el arreglo de la dama, cuenta que una vez peinada y maquillada,
comenzaba la colocación del guardainfante, sin duda la parte mas complicada del proceso. E l
escritor hablando de e ste particular artilugio afirma:
(…) este es el desatino mas torpe que el ansia d e parecer bien ha caído” y continua:
…con tanto ruedo que co lgada podría servir de pa bellón
90
.
89
HERRERO G ARCÍA, M.: O b. cit., p. 247.
90
ZABALET A; J.: Ob. cit. , p. 117
Diego Rod ríguez de Silva y Velá zquez.
Mariana de Austria, reina d e Espa ña.
Hacia 165 2. Museo del P rado. Madrid.
53
El magistral Velázquez nos deja testimonio de tan lujoso atavío en sus retratos de l a
familia real tales como la reina Mari ana de Austria y las infantas María Teresa y Mar ga rita.
La reina Mariana (segunda esposa de Felipe IV) adoraba el guardainfante y lo usó muy
exagerado pero cuando falleció el r e y adoptó las tocas d e viuda hasta su muerte. En 165 2
Velázquez la retrató con un espectacular v estido de terciopelo n egro con galones de plata. E l
cuerpo es mu y ajustado, con ballenas, dobles m angas y se remata con haldetas . El escote se
cubre con un sunt uoso cuello blanco de forma semicircular llamado valona cariñana que
cubría pecho, hombros y parte de la espalda
91
de cuyo dentro p rende un gran jo y el. El hecho
de que se denominara valona
está en estrecha relación con el
tipo de cuello de origen
flamenco qu e usaba n los
militares
92
.
El peinado no es menos
exagerado ya que se trata de una
peluca sob re un arm azón de
alambre sobre la que se
disponían joy as, flores y plumas.
Al igua l que la basquiña, el
peinado es mu y ancho pero está
en con cordancia con el enorme
tamaño del guardainfante. La
reina lleva además man illas de
oro con cintas rojas, anillos y
dos collare s de fili grana. L os
collares que se colocaban
cayendo por los hombro s se d enominaban collares de hombros y podem os ver a través de
diversos retratos que los usaban damas y caballeros. El retrato es de ap arato y presenta a la
reina con toda la magnificencia d e la mo da y los gustos españoles del momento. La imagen es
de una gran ele ga ncia y de una incuestionable maestría ya que el pint or se mueve solo en
91
El cuello to mó este nombre p or María de Borbón, pr incesa de Carignan que lle gó a España en 1636 junto a su
marido el p ríncipe Tomás de Sab oya, capitán de los ejér citos de Flandes y primo del re y. En 163 7 se celeb raron
en Madrid las mas fastuosas fiestas del reinado d e Felipe IV en honor d e tan altos personajes ya que había
muchos interese s políticos y diplomáticos en j uego. T EJEDA FERNÁNDEZ, Mar garita.: Ob. cit., p. 476 .
92
Ibidem, p.14 7.
Diego Rod ríguez de Silva y Velázq uez. Las Menin as . 1656. Museo
Nacional del P rado . Madrid.
54
cuatro tonalidade s: rojo, negro, plata y blan co. Aunque el calzado siempre permanecía oculto
por las faldas no podemos obviar que con estos vestidos se usaban los cha pines, un calzado
con altísimo tacón que provocaba un tipo de andar característico a pasos cortos.
Al hablar del g uardainf ante no podemos pasar por alto a La famil ia de Felipe IV
popularmente conocido como L as Meninas . La obra de Velázquez nos muestra de manera
elocuente la moda cortesana de pleno siglo XV II :
“Doña Carmen Bernis, pio nera en el estudio de la moda en España, en sus estudios sobre la moda
en la época de Velázquez, acertadam ente considera el guardainfante como un personaje velazqueño,
pues, gracias a la universalidad del pintor, este r asg o característico del vestido femenino español ha
quedado aso ciado a su ob ra, y por ello es cono cido por un públ ico ex tremadam ente am plio ”
93
.
La infanta Margarita, una niña de cinco años, aparece con un vaquerillo de seda
brocada de color crudo con decorac iones en negro. El cuerpo del vestido es rígido, va abierto
por delante con p equeños botones y las m angas son acu chilladas por l o que dejan ver la
camisa mientras que la b asquiña lleva guardainfante.
94
I sabel de V elasco y María A gustina
de Sarmiento, las dos damitas que atienden a la infa nta, llevan sa y o y la enana Maribárbol a
un traje de terciop elo negro aunque sin guardainfante, aunque sí una enagua que ahu eque l a
falda
95
. Las dos meninas llevan el p einado típico del atuendo si bien usan do solamente su
propio cabello arreglado con la raya en medio g randes rizos y preciosos adornos con forma d e
mariposa
96
. Tanto en una como en otra, s e aprecia claramente como la valona cariñana se
colocaba sob re el escote sujetándola al vestido con un joye l en su centro. Este tipo de cuello
es el antecede nte del escote que se usará durante el Romanticismo .
Los r e y es se ven reflejados en el espejo, Felipe I V va vestido sobriame nte de ne gro
como era su costumbre mientras que doña Mariana luce el rico atuendo cortesano en el que
podemos distinguir el voluminoso peinado, la valona adornada con el jo y el, el collar d e
pechos y las mangas a cuchilladas. Por últ imo no podemos obviar a doña Marcela de Ulloa
cuy o car go era “guarda menor de damas”, la due ña viste a la manera de las viudas, un hábito
93
DESCALZO LORENZO, A.: La mo da en la s Meninas d e Velázquez . 2008. p. 2.
94
Los expertos aseguran que para la vida d iaria las niñas, aunque fueran hij as del rey, usarían prendas mas
cómodas que les facilitaran el movimiento. Niños y niñas ib an ve stidos ig ual hasta los ocho años
aproxi m ada m ente, edad en que co menzaban a hacerlo al mo do de los adultos. Las faldas er an mas adecuada s
para efectuar los ca m bios de pañal. Los niños también llevab an d elantal. Una vez qu e alcanzaban la edad
adecuada y si pertenecía n a las élites debían sufrir j ubones apr etados, verdugados, gorgueras o las prendas que
estuvieran de m oda en e se m o mento.
95
BANDRÉS OT O, M. : Ob. cit., p. 360 .
96
Este tipo d e adorno ap arece tam b ién en otro s retratos co m o el de la infanta María Ter esa, hacia 1651 -1652.
Nueva York. Metr opolitan Mu seum.
55
llamado monj il que se pare cía al que usaban las monjas. La reina al qued arse viuda en 1665
adoptó el monjil hasta el fin de sus días. Cada pa ís tiene sus símbolos por los que es
reconoc ido univers almente, en España uno de ellos lo encarna, sin duda, esta obra de arte
universal cu ya p rotagonista es la infanta Ma rgarita que se sitúa e n el centro de la
composición. Cuatro años mas tarde Velázquez volvió a retratar a la infanta que porta un
magnífic o guardainfante de codos que so rprende por la anchura d e su ta maño. El traje está
confeccionado con bro cado rosa con tejido de plata y lleva todos los elementos anteriorme nte
señalados. Este retrato es u na clara pru eba del nivel de lujo y so fisticación que alc anzó la
moda femenina a finale s del reinado de Felipe IV.
Mas adelante el tamaño de la basquiña
se fue transformando ganando en anchura , s e
denominó guardainfante “de codos” ya qu e
estos podían apo yarse en la falda. Al observar
los retratos da la sensac ión como si las damas
estuvieran literalmente embutidas en una mesa.
Esta modalidad se puede ver en el retrato de la
infanta Mar garita fechado en 1660, obra d e
Martínez del Mazo y en los retratos de la
marquesa de Santa Cr uz y la condesa de
Monterrey de Car reño de Miranda.
Evidentemente, este traje solamente lo us aban
personas de la familia real y damas mu y
principales para las ocasiones solemnes . Para
rematar las “comodidades” las seño ras se
subían a los chapines, una especie de zuecos
con una altísima plataforma de corcho donde metían el pie y a calzado (según un escrito de la
época el tacón era tal alt o que las hacía crec er prodigiosamente). Un conjunto absolutamente
majestuoso que dejó boquiabiertos a los visi tantes extranjeros. El atuendo de guardainfante no
era priv ativo de la cor te, las damas lo usaban en t oda España. L a col ección Abelló cuenta con
una interesante vista de l a Alameda de Hércules en la cual vemos a varias mujeres lucie ndo
say o junto a enormes ba squiñas y la cabeza toca da con mantillas o mantos.
97
97
La Alameda fue el primer paseo de Sevilla, levantado por el co nde de Barajas intendent e de la ciudad en
1574 .
Juan Carreño de Miranda. D oña In és de Zúñ iga,
Condesa de Mo nterrey . Hacia 16 60 -1670 . Museo
Lázaro Galdiano. Madr id.
56
En cuanto a la pervivencia del guardainfante, e stá documentado que la Tarasca lo
llevó hasta 1667 lo que nos es de gra n a y uda para conocer la pervivencia de esta moda. La
Tarasca era un a figura femenina que r epresentaba a la prostituta de Babilonia, se le llamab a l a
“g igantona”
98
e iba acompañada por un animal fantástico con cabe za de dragón que se sacaba
en procesión durante la f estividad del Corpus Christi. En los años post eri ores al Concil io de
Trento, como re acción al p rotestantismo, se incorporan a la celebración de la Fiesta de la
Eucaristía una serie de fig uras como: gigantes, cabezudos, tarascas. Formaban un séquito
grote sco que representa a los pueblos pa ganos, diablillos y seres malig nos que con su
presenc ia en l a procesión patentizan la m ajestad de la Eucaristía y su “soberanía” sobre todos
los pueblos de la tierra, acatando y recono ciendo el poder supremo de Crist o sobre todo el
Orbe real e im ag inario. A partir del siglo XVII esta figura fue vestida y p einada a la últim a
moda siendo imitada por el público femenino. Durante el Barroco las procesiones del Corpus
adquirieron una riqueza inusitada, fundamentalmente en Madrid y Sevilla. La Tarasca fu e
prohibida durante el reinado de Carlos III , mas concretamente en 1772.
98
B ASS, L.R. y WU NDER, A.: “Moda y v istas de Ma drid en el siglo XVII ” en Vestir a la esp añola en las
cortes europ eas (siglos XVI y X VII). Vol. I. p. 363.
Anónimo. Vista de la A lameda de Hércu les en Sevilla . 1650. Colección Abelló.
57
Los usos en la vestimenta
comenzaron a cambiar
paulatinamente, e l e scote fue
bajando hasta lle gar a mostrar la
totalidad de los hombros a finales
del siglo XV II. Tambi én se
modificaron los cuerpos y la forma
de las faldas. En el retrato de la
infanta Mar garita fechado en 1665,
Martínez del Mazo nos la pres enta
vestida de negro debido al reciente
fallecimiento de su padre, el rey.
Podemos observar como se han ido
produciendo modificaciones, lleva
sacristán, cu y o jubón pierde las
faldillas. Bajo el jubón la cotilla,
mientras que la basquiña es larga y con mucho vuelo lo que provoca que la cintura luzca gran
cantidad de plie gues. El escote tiene forma d e ba rco y el sayo remata en punta acentuando la
estrechez de la cintura. El peinado también ha v ariado, se presenta con u n recogido con dos
trenzas y la ra ya a un lado. L a melena partida se p ondrá de moda durante el reinado de Carl os
II y a que el escote despejado posibilit a este nue vo tipo de peinado.
El guardainfante dejó de utiliz arse definitivamente hacia 1679, fecha d el matrimonio
de Carlos II y María Luisa de Orleans. Al igual que las anteriores reinas de España, María
Luisa com enzó a vestir al uso nacional dejando de lado la moda francesa. La joven recibió a
su marido el re y vestida espléndidamente a la moda francesa y repleta de jo y as aunque al día
siguiente mudó su atuendo a la moda nacional: “y el re y la encontró m ucho mejo r
99
” . En
cualquier caso, la reina consorte trajo la moda f rance sa de las faldas con gra n cantidad de
pliegue s en la cintura.
100
El heredero de tan descomunal artefac to fue el sa cristán :
99
VILLARS, marquesa de, en GAR CÍA MERC ADAL, José.: O b. cit., p .178. La marquesa de Villar s fue la
esposa del embajador de Francia en España. FAR RÉ VID AL, J.: Teatro y p oder en la época de Ca rlos II: fiestas
en torno a reyes y virreyes. Mad rid, 200 7, p. 18.
100
HERRERO G ARCÍA, M.: O b. cit., p. 237.
Tar asca de la Porcesión d el Corpus Christi. Madr id 1667.
64
los labios carmín o cera. El pintarse los labios ya venía de lejos, está documentado que
Catalina de Medicis (1519-1589) florentina de nacimiento y reina consorte de Francia por su
matrimonio con Enrique II , se pintaba los labios con carmín
111
. Con el fin de tener las manos
blancas e hidratadas se elaboraba una pasta hecha con almendras, mostaza y miel llamada
sebillo. L os ingredientes mas utilizados para fabricar cosméticos eran: huevos, limas,
almendras, limones, ra íces de lirio, pasas, miel, algalia (sustancia que se extrae de la bolsa que
tiene cerca del ano el gato de alga lia), almizcle (sustancia untuosa que segrega n al gunos
mamíferos) y azufr e
112
. Viendo este ti po de ingredientes se comprueba que muchos de ellos
eran no civos para l a salu d, y a que el blan co que s e daba al rostro podía est ar elaborado a base
de precipitados de bismuto o de plomo. Para la fabricación del colorete s e usaban minerales
como el minio, el plomo, el azufre o el mercurio entre otros, calcin ados al horno. Estos
preparados cosméticos producían dolores de cabeza, altera ban la piel y dañaba n la vista y a
que sus componentes eran tóxicos.
En España, ha y refer encias literarias en el siglo X VII que relatan como las damas se lo
ponían en cara, cuello y hombros cosa que sin du da produciría un efecto mu y exagerado. Pero
no solo había criticas po r el abuso de estos productos, sino porque algunos pensaban que el
maquillaje era li teralmente un engaño. La mujer se embelle cía artifici almente y cuando
llega ba el momento de que se la vi era sin to dos esos aditamentos, el hombre quedaba
desolado. Zabaleta también criticó sin paliativos el uso de los cosméticos, considerándolos un
auténtico fraude:
“… pónese a su lado derecho la arquilla de los medicam entos de la hermosura y e mpieza a
m ej orarse el rostro con ellos. Esta m ujer no considera que, si Dios gustara que fuera como ella se pinta.
Él la hubiera pintado primero. D iole Dio s la cara que le convenía y ella se t om a la cara que no le
conviene ”
113
.
Por su parte madame de Aulno y nos des cribe el arreglo de una dam a a l a que visita
quedando perpleja de su modo de usar el colorete:
“(…) tomó una taza de carm ín con un grueso pincel, y se pintó con él no sólo las mejillas, la
barbilla, bajo l a nariz, encim a de las cejas y el extrem o de las orejas, sino que se dio tam bién en las
112
ARRELLANO AYUSO, I.: “Sobr e el léxico de los afeites del Siglo de Oro y las dificultad es de co ntexto (a
propósito d e cosméticos de J. T enón con b reves observacion es quevedianas)”. Revista de Filolo gía Hispá nica ,
Vol 6, nª2, 1990, p.179 - 199.
113
ZABALET A, J.: Ob. cit., p. 115
65
palmas de las manos, los dedos y los hom bros. Me dijo que se pin taba todas las noches al acost arse y
por la m añana al lev antarse”
114
.
El relato tal vez sea ex agera do, pero este abuso de los cosméticos es recogido por
otros viajeros y por liter atos como Quevedo, C alderón o Ti rso de Molina. En cu alquier caso,
los retratos femeninos de la época dan f e de cómo el colorete se ex tendía por to da la
superficie de las mejillas
115
. La
mujer del siglo X VIII t ambién
encontrará en el maquillaje un
indiscutible aliado, asunto sobre el
que se tratará e n su momento .
En cuanto al c alzado, l a materi a
prima mas común su fabricación
calzado era la piel de ca bra. El
fenómeno d e los tacones altos, y a
veces de sproporcionados con
respec to a la silueta, po dría par ecer
un hecho sur gido en el siglo XX
pero no lo es en absoluto. L as
españolas ya usaban chapines en la
Edad Media. El di ccionario de la Real Academia lo define como: “ Chanclo de corcho,
forrado de cordobán, mu y us ado en algún tiempo por las muje res .”, esta de scripción no es del
todo precisa. Los chapines eran un tipo de calzado sin punta ni talón
116
donde se metía el pie
y a calzado previame nte con un zapato bajo y li gero como las servillas. El chapín tenía las
siguientes partes: plantilla, cerc o, orejas y suela. Para poder caminar se sujetaban el empeine
por una guía. Se fabric aban con mu y distintos materiales como te rciopelo, cordobán, telas
bordadas, y cintas. Er a un calzado muy rico que i ncluso podía estar dec orado con plata y que
en la época se denominaban “ta cones de si ete pisos”
117
. L os chapines fueron usados por
114
AULNOY, M C.: Ob. cit., p . 216.
115
El m ismo Diego Velázq uez en s us retratos de la reina Mariana y la in fanta María Ter esa ofrece una clara
muestra de có mo el color ete se utilizaba sobr e toda la superficie de las mejillas.
116
En España se con servan chap ines en el Museo de la Alha mbra, en el Museo Textil y de Indumentar ia de
Barcelo na y en Mu seo Dioces ano de So lsona en Lérida.
117
DELEIT O PIÑUE LA , J.: Ob . cit., p. 179.
Chapines. Espa ña. 150 0-15 50. Museo del Disseny de Barce lona.
66
ambos sexos aunque en el siglo XVII se restringió a uso fe menino
118
. La suela aunque
normalmente era de corcho también podía fabricarse de madera:
(…) son una especie de sandalias donde se mete el zapato, y que hacen crecer
prodigiosame nte, pero que no es posible andar con ellos sin apoyarse en dos personas.
La altura de estos “ prodigios ” variaba según la cantidad de láminas de corcho. En
cuanto a su origen, se cree que pudiera ser romano y que tal vez fuera usado en los baños para
aislar los pies del a gua y la humedad. Los musulmanas también usaban este tipo de calzado
llamándolo alcorques. Aunque Cova rrubias lo define como: “C alzado de mujeres
principales”
119
se sabe que era un calzado común a todas las mujeres, la dif erenc ia estribaba
en la riqueza de sus materiales
120
.
A pesar de que puede parecer que solo se destinaban a presumir, también eran útiles
para no mancharse las lar gas f aldas cuando se caminaba por las calles. Antiguamente las
ciudades estaban mu y s ucias y enfangadas por l o q ue transitar por ellas no debía ser nada
agrada ble. Las señoras normalmente se pase aban en coche de caballos o en silla de manos.
118
T EJEDA FERNÁNDE Z, M.: Ob. cit., p. 161.
119
COVARRUBI AS, S.: Ob. cit. , p . 410.
120
MARINETT O SÁNCHEZ, P .: “El calzado en el Siglo de Oro” en La Moda Española en el Siglo d e Oro .
To ledo, 2015, p. 92.
Chapines de co rcho forr ados co n piel repuj ada. Siglo XVI. Museo Diocesano d e Solsona. Lérida
67
La s Ordena nzas de chapineros de Sevilla atestig ua que e ste calzado podía ser abierto o
cerrado. Los primeros s e confeccionaban con piel de oveja mi entras qu e los segundos del
mismo material o de cordobá n. P ara su examen el chapiner o debía realizar dos pares distint os
pero con “cinco corchas” de tacón. Esta altura era la n ormal p ero l a clien te podía elegir m as
altura si quería.
121
Valencia fue un gran centro de p roducción y exportación de chapines
122
, e l
último maestro chapinero de la ciudad murió en 1709. El gremio de chapineros valencianos
(tapiners) tuvo una dest acada importancia, se d edicaban a la fabricació n de este ca lzado,
también usado por los hombres en el siglo XV, pero no a la de zapatos (con algunas
excepciones) ni de bor ceguíes ni polainas. Todo estaba reglado por el gremio en cuanto a
materiales, calidades, decoraciones. Según la tra dición castellana de que el mismo día de su
boda la señora podía co menzar a usarlos. Una fr ase popular para decir q ue una mujer iba a
casar era: “ la ponía en chapin es ” . Este uso, que seguía vigente en tiempos posteriores, inspir ó
aquellos versos d e un p recioso romance de Quevedo: “Y ponerse chapines/ alzacuello y
verdugado, / sin saber lo que ha cía/ dio a su marido la mano ”
123
.
121
HERRERO G ARCÍA, M.: O b. cit., p.330.
122
CAMAREN A GUAL, M.: “Concordia entre los gremios de zapatero s y chapineros de Val encia (14 86)”
Saitabi: revista d e la Facultad de Geo grafia i Història, Nº .9, 39 -42, 1953, p. 5.
123
Véase, BERGU A, J .: Romancero españo l: colección d e romances selectos desde el siglo XIV ha sta nuestros
días. Mad rid .
68
CAP ÍTULO II
69
La moda en el siglo XVIII.
El 9 de noviembr e de 1700 fallecía Carlos II de España a los treinta y ocho años d e
edad. S u muerte sin deja r sucesión supuso un punto de inflexión en la historia de España. El
último de los Habsburgos había contraído mat rim onio en dos ocasiones, pero sus graves
problemas de salud impidieron que el futuro del trono quedara asegurado. La rama española
de la Casa de Austri a llegaba a su fin después de g obernar durante casi dos siglos. C arlos II
legó en su test amento
124
el trono español a su sobrino el duque de Anjou, segundo hijo del
Delfín, nacido en Versalles en 1683.
A pesar de sus constantes rivalidades, las
casas reales francesa y española estaban entron cadas
por laz os matrimoniales desde anti guo. El 9 de j unio
de 1660 en l a localidad f rancesa de San J uan de Luz,
se celebró el matrimonio entre Luis X I V y María
Teresa de Austria, hij a de Felipe IV e Isa bel de
Borbón. L os contra y entes eran p rimos hermanos por
partida doble. Una de las cláusulas matrimoniales
estipulaba la renuncia al trono español para sí y sus
descendiente s. La dote de la infanta se cifr ó en medio
millón de escudos de oro, suma que nunca fue
satisfecha d ebido a los cuantiosos gastos q ue es taba
ocasionando la guerra con Portuga l. L uis X IV se consideró eximido del acuerdo
125
sobre la
renuncia a los derechos al trono español al no ha ber sido sufragada la dote.
124
“ declaro ser mi s ucesor, en caso de q ue Dios m e lle ve sin dej ar hijos, al Duque de Anj ou, hijo segundo del
Delfín, y co m o tal le llamo a la sucesión de to dos m is Rei nos y d ominios, si n excepción de ninguna p arte de
ellos. Y mando y ordeno a todos mis súbditos y vasallo s de todos mis Reinos y señoríos q ue en el caso referido
de q ue Dios me lleve sin sucesió n legítima le tenga n y rec onozcan po r su rey y se ñor n at ural, y se le dé l uego, y
sin la menor dilación, la po ses ión actual, p recediendo el juramento que debe hacer de o bse rvar las leyes, fueros y
costumbres de dichos mis Reinos y se ñoríos”. M ARIANA, J. y SAB AU, J.: Historia Gen eral d e E spaña .
Vol.19 . Madrid, 1821. p . 406.
125
Felipe IV dej a en el trono a su hijo C ar los II, cuya mala salud anunciaba una muerte p rematura. Su madre,
Mariana de Austria, q uedaba como re genta, apo yada po r su co nfesor, el Padr e Nithar y su mi nistro Valenz uela.
En el testamento del m onarca español, había d ejado institu ido que tras su desap arición se diese a Francia
500. 000 escudos en ca so de f allecer su hij o Carlos, de esta m anera no sería María Ter esa la hereder a al trono,
sino s u se gunda hij a, la infanta Margarita, habida con su segunda esp osa, Maria na d e Austria y que tenía
entonces ca torce años, ya p rometida al emperad or Leopoldo, lo que er a inad misible para el mon arca francés q ue
seguía d efendiendo los der echos de su esposa, ya que su do te seguía i mpagada y est a alianza con Austria
significaba un gra ve p eligro para Francia GARCÍA L OU APRE, P .: María Teresa de A ustria, h ija d e Felip e IV y
esposa d e Luis XIV d e Francia . Ed. Visión. Mad rid, 2010, p. 173)
Juan Carreño de Mir anda . Carlos II .
1675 . Museo del Pr ado. Madrid .
70
El rey Sol aceptó la corona para su nieto en tan sólo veinticuatro horas, de ta l manera
que el duque de Anjou le fue pr esentado como re y de España en V ersalles el 16 de noviembr e
de 1700, debiendo renunciar a sus der echos al trono francés. Luis X IV mandó llamar a s u
nieto y le comunicó qu e era re y de España, acto se guido el joven r ec ibió a la le gación
diplomática de su nuevo reino encabezada por s u embajador el marqués de Castelldosrius.
Para tan trascendental a cto, Felipe V fue ataviado completamente de n egro, es de cir, a la
manera española. El negro era p erceptivo en la corte españo la y como tal , el joven monarca
debía vestir según sus usos. La manera de v estir en la corte de los Austrias era un asunto
estricto que debía ser aceptado a r ajatabla.
La indument aria masculina que se había establecido en nuestro país desde el comienzo
d el reinado de F elipe IV , a partir de la real pr agmática de 1623, estaba presidida por cie rta
sencillez y austeridad. El monarca se encontraba a la cabeza de esta ma nera de entender l a
indumentaria como mu estra de un sentimi ento de orgullo por lo intrínsec amente nacional, a l a
par que una repulsa ma nifiesta a lo francés
126
. Muestra de ello se compru eba claramente a
través de los retratos de Diego Velázquez, en los que el monarca da una imagen de gran
sobriedad. En la práctica tot alidad de ellos, su católica Majestad se nos muestra vestido de
negro de una manera mu y sencilla, sin prác ticamente adornos ni jo y as en contraposic ión con
sus homólogos eu ropeos. Esta manera no estaba únic amente dirigidas h acia sus
repre sentaciones, sino a la vida diaria; en este se ntido es mu y elo cuente el relato de la visita
del embajador francés a la Corte española. Antes de presentarse ante el re y atravesó diversas
estancias que albergaban parte de la ma gnífica cole cción de la mon arquía hispáni ca,
quedando realmente impresionado de tanta obr a maestra. Al accede r el Salón del Tr ono
comprobó que s e trat aba de un espacio p rácticamente vacío, en el que e l re y sentado en un
sillón sobre un estrado, aparecía completamente vestido de n egro
127
. El embajador debió
quedar sumamente sorp rendido y a qu e Felipe IV no portaba nin guno de los símbolos de su
dignidad c omo el cetro o el manto de armiño.
126
VON BOEHN, M: La mo da. Historia del tra je en Eu ropa desde lo s orígenes d el cristianismo ha sta nuestros
días. B arcelona, 192 8 p. 10 .
127
BROWN J , ELIOTT, J .: Un palacio para el rey. El Buen Retiro y la corte de Felipe I V . Madrid, 1 988.
Durante el reinado de Felipe IV la colección pictórica del Alcázar madrileño p asó de 400 a mas de 1 .500 obras.
A lo que habría q ue añadir las pinturas e n cargadas para el palacio del B uen Retiro, la To rre de la Parada y la
Zarzuela. p. 12 1.
71
La s diferencias entr e e l atuendo español y
francés y a eran un hecho a principios del siglo
XVII. Un a curiosa o bra de 1622 hace un
pormenorizado análisis de la mod a mas culina
en las naciones vecinas:
“La aparienc ia de u n español v estido si bi en se
considera, es del todo contrar ia a l a de un Francés.
Porque el Español de m edio cuerpo arriba es
gruesso y del medio cuerpo abajo es degaldo. El
Frances es al rev es: del m edio cuerpo abaxo es
ancho por los i nnum erables pliegues q lleva en los
calçones y del medio arrib a es estrecho y degaldo.
Entre mil Españole s no se hallará uno que traig a el
vestido acuchillad o y entre mil Franceses no avrá
uno que le lleve sin acuchillar. En v erano no hay Fra nces que no lleve el jubon abiert o por delan te y
por detrás, teniendo por ga la, mostrar la camisa y un español aunque ca yg an lanças de fuego no se
desabotonará jamas teni endo por no table af renta m ostrar la cam isa.”
128
La s divergencias también llegan al c alzado, plano y simple el español, con tacón y
decoraciones el francés; y continúan en la forma y manera de llev ar la capa , de colocar el
puñal e incluso de las li gas y medias. La int eresante disertación pone en evidencia que el
vestido de los españoles era mucho más sencillo y contenido. Ambas naciones se guían
conceptos diferentes que se agudizarán finaliz ando el siglo. Las p ragmáticas contra el lujo,
que no dejaron d e ser revalidadas en nuestro país durante toda la centuria, establecían qu e
únicamente los mili tares estaban fuera de su c umplim iento. Su atuendo era alegre y vistoso
caracter izándose por el uso de plumas, adornos y pelo largo. Un ejemplo mu y elocuente al
respec to ya que supone una ex cepción, es el ma gnífico atuendo que porta Felipe IV en el
retrato re alizado por Die go Vel ázquez en 1644
129
en la localidad de Fraga. Antonio Palomino
se hizo eco de la pintura:
128
GARCÍA, Carlos.: Op osición y con junción de los dos grandes luminares de la Tierra . C ambray, 1 622, p . 345
y ss
129
El rey acudió j unto a su ejército a Lérida, q ue finalme nte fue liberad a de la ocupac ión francesa. Velázquez le
retrató en Fraga.
Diego Rodr íguez d e Silva y V elázquez . Felipe IV.
16 53. Museo Nacional del Prado. Ma drid
72
“ de la form a que entró en Lérida, empuñando el militar bas tón, y vestido de f el pa carmesí, con tan
lindo aire, tan ta gracia , y m ajestad, que parecía o tro viv o Philipo ”
130
.
El rey luce un ma gnífico
atuendo militar, un ves tido de gala formado por
jubón, coleto y sobreveste ; una pieza abierta y
holgada que se solía llevar e ncima de la armadura. El
sobreveste es rojo y aparece bordado d e hilo de pl ata,
bajo él se aprecia el coleto, de color amarillo. La
amplia valona, guarnecida por encajes dist a mucho
de la escueta golilla. Este traje fu e utiliz ado en su
entrada t riunfal en Lérida tras la victoria, lo que n os
indica que l a indumentaria mili tar seguía otros
parámetro s completamente dist intos a la civil. El
vestido militar tendrá una importancia clave en la
creación del traje masculino que se impondrá
durante el reinado de Luis XI V y que será copiado
en toda Europa. El grave, envarado y oscuro atu endo que si guió a r ajatabla Felipe IV y por
tanto, toda la corte española, iba a ser desterrado unas décadas mas tarde en la persona de s u
bisnieto y herede ro al trono Felipe V.
En su primer retrato co mo rey d e Esp aña, Felipe V aparece completamente vestido de
terciopelo negro con las prendas típicas: jubón, r opilla, calzón, capa y golilla. Es en realidad
el mismo atuendo con el que aparecía C arlos II, su antecesor en el trono, en los retratos
oficiales. El joven porta el collar de la Orden del Toisón de Oro
131
y la Cruz de la Orden del
Espíritu Santo
132
, mientras apoy a su mano derecha sobre la corona de Espa ña
133
. La pintura ,
ejecutada por Rigaud en 1701, sigue los preceptos del retrato cortesano francés en cuanto a
ampulosidad mostrándonos a un re y cu ya ima gen sim bolizara el inicio d e una nueva época
para Espa ña.
130
PALOMINO, A.: El mu seo pictórico y escala óptica III. El parnaso español pin toresco laureado . Madrid,
1988, p. 272.
131
Desde 15 06 en la figura d e Carlo s I, los reyes de España so n G r andes Maestre s de la Ord en d el T oisón de Oro .
132
La Orden del Esp íritu Santo fue cread a en 157 8 por Enrique III d e Francia.
133
PUJ OL, C.: Leer a Sa int- Simon. B arcelona, 2009. p. 8 3.
Diego Rodríg uez de Sil va y Velázquez.
Felipe IV en Frag a. 1644 . Frick Collectio n.
Nueva York.
73
“(…) le represen tó m uy joven, con un rostro hermoso y delicado, en una pose elegante,
vestido de negro a la m oda española… la juventud y bel leza de la im agen del rey querían ser el
anuncio de una e ra de p rogreso e ilu stración que de jaran atrás el atraso y la decade ncia. ”
134
Después de la decadenci a, la corona
reca ía en un joven cu y o reinado ha sido el más
larg o de nuestra historia. La postura de brazos
y piern as es casi idéntica a la del famosísimo
retrato Luis XIV de la mano del mismo artista.
La pintura iba destinada a su nieto y su destino
era España, aunque al final se quedó en
Francia. El retrato es sin dud a el ms conocido
del re y Sol y constitu y e la imagen prototípica
del absolutismo francés donde Luis XIV, un
hombre de unos sesenta y t res años, se presenta
imponente rodeado de toda la ma gnifice ncia
posible en una postura de bailarín. Aparece
engalana do con los atri butos de su poder: el
manto de la coronación forrado de piel de
armiño y bordado con flores de lis (emblema
de la mona rquía francesa) sobre terciopelo azul,
la espada, el bastón de mando y la corona. Su rostro es el de un anci ano en un cuerpo
joven
135
. La boca hundid a del monarca refleja la extracción de varios diente s de la mandíbula
superior. La s piernas aparecen p erfectamente proporcionadas en una espectacular pose, y "la
quatrième positi on"
136
, se asemeja a la de un bailarín di spuesto a ejecutar una danza cortesana.
El rey mu estra orgulloso y sin pudor sus piernas , cubiertas con medias blancas sujetas po r
unas ligas b ajo las rodill as y calzado con sus preciosos zapatos abotinados de tacón rojo con
hebillas salpicadas de brillant es. En su cabeza luce una voluminosa peluca de pelo natural y
en el c uello una corbata de encajes, todo rezuma ma gnificencia y t eatralidad. El lienzo
persig ue, y alc anza, cie rta estudiada informalidad dentro d e un fastuoso acabado. El cetro ,
134
PEREZ SAMPE R, M.: I sabel de Fa rnesio. Ma drid, 2003, p. 370.
135
BURKE, P .: La fabricación de Luis XI V . San Sebastiá n, 1992 , p. 39.
136
Esta posició n es un de las ci nco b ásicas del ballet, según la cual los pies se cruza n de manera tal q ue el talón
de un pie se enc uentra a la misma altura q ue los dedo s del otro, y viceversa, dej an do un espacio entre a m bos
equivalente al largo d e un pie
Jacinto Rigaud. Felipe V . 1701. Museo del P rado.
Madrid.
80
celebérrimo s alón de los Espejos. Este últim o fue un prodigio de su ti empo en el que el artista
colaboró con Jules Hardouin-Mansart, nombrado primer arquitecto en 1681.
Este fuerte empeño de control por parte de la monarquía no solo afectó a las llamadas
Bellas Artes sino muy especialmente a la industria. L a fuerte inversión en todo tipo de piezas
para la d ecoración d e Ve rsalles, y en todo lo concerniente a la mod a conveni entemente
publicitado; sitúo a Francia como principal proveedor del mercado del luj o. Los gremios
perdieron parte de su poder a favor del Estado y los oficios fueron mas reglamentados. L a
clase medi a despuntó p or la consolida ción de l a actividad industrial , según un embajador
marroquí que visitó España:
“Los comerciantes gozan ce rca del rey de Francia, ¡al que Dios aniquile!, mucha
considerac ión y de un gran poder, porque estos años formaban parte de su Consejo y de su séquito.
Les concedía todas las ventajas útiles al comercio y favorables a sus empresas. Lo que redunda en su
propio provecho y le procu ra riquezas considerable s, contrariamente a lo que pa sa en otr as naciones,
entre los españo les por ejem plo”
148
.
S e abrieron fábricas de encajes y t ejidos qu e abastecían la creciente demanda. Luis
XIV p rohibió la importación de encajes el 17 de noviembre de 1660. El astuto ministro de
Finanzas no estaba dispuesto a qu e saliera mas caudal pa ra la adquisición de encajes saliera
de las fronteras francesas , por este motivo hizo lla mar a encajeros de Venecia y Brabante que
fundamentalmente se a fincaron en las ciudades d e Alençon, Reims y Sedan. En Alençon y a
existía una prestigiosa manufactura famosa po r sus magníficos en cajes de a guja, desd e que en
el siglo XV I la patrocinara C atalina de M edicis
149
. El cardenal Richelieu cost eó la creación de
una industria encajera en la citada localidad para no tener que adquirir los enca jes a I talia .
150
Colbert hiz o llamar a treinta encajeras v enecianas pa ra trabajar en l a manufactura de
Alençon
151
. L os encajes venecianos eran mu y apreciados en Francia desd e el siglo XV I. Los
motivos decorativos de la manufactura francesa se inspiraron clara mente en la l abor
veneciana. El resultado fue un encaje de magnífic a calidad que pudo competir con el de otros
países europeos. Colbert ofreció al re y los primeros encajes confeccionados en Alençon; la
rica y compleja labor se denominaba punto de Francia y antes de s er puesta a la venta p asaba
148
GARCIA ME RCAD AL, J .: Viajes de extran jeros po r Es paña y Portugal : desde los tiemp os má s remotos
hasta co mienzos de l siglo XX . Salamanca, 1999 p. 323.
149
BEMB INBRE, C.: Del Ba rroco al Rococó: indumentaria, encajes, bo rdados . Buenos Aires, 200 5. p.50.
150
COSGR AVE, B.: Historia d e la mo da desde Eg ipto hasta nuestros días . Barcelona. 2 007. pp.149.
151
BOUCHER, F.: O b. cit., pp. 285.
81
nada menos que por diecisiete manos
distintas.
152
El encaje se puso de moda no
solamente para la indumentaria femenina sino
también para los caballeros que lo usaban en sus
corbatas, en los puños de las camisas e incluso
en los camisones.
En Franc ia se y a fabricaban unas
magníficas sedas desde el siglo XV. La ciuda d
de Ly on ost entaba el mo nopolio del comercio de
la seda desde 1450
153
. Francisco I, con el fin de
potenciar esta indus tria mandó llamar a tejedores
italianos para que s e establec ieran con sus
familias en distintas ciudades francesas. Les
ofrec ió ventajas fis cales y la carta de ciudadanía.
Mas adelante, Enrique IV prote gió la sericultura;
se inventó el telar a la tira que posibilit aba la
fabricación de diseños de ma y or t amaño con una extensa gama de colores. El primer re y
francés de la Casa de Borbón contrató los servicios de artífices v alencianos p ara su
establecimiento en Ly on. L os terc iopelos brocados españoles eran famosos por su alta calidad
y a desde el siglo XV.
154
Los modelos, que todavía eran deudores de lo italiano, se
convirtieron en plen amente franceses desde la época de L uis XIII. L os 14.000 telare s lioneses
se agrupaban bajo la Grand Fabrique; en 1667 C olbert dictó una ordenanza para regular la
152
PIT ON, C. : Le co stume civile en France du XIII au XIX siecle . París, 195 0, p. 210.
153
En el siglo XIV, salían de Francia 400 o 500 millones de escudo s de oro al año para p agar los lujosos te jidos
proced entes de Italia a las ferias d e Lyón y La Cha mpagne. T am bién se importab a seda de la España ár abe y ,
además, co merciantes oriental es, venidos quizás de la lejana Mongolia, eran vistos en la feria de Lyón; pero lo s
mercaderes m ás numerosos er an lo s de Génova, Florencia y Lucca. Los Papas de Aviñón i ntrodujero n el cult ivo
de la morera y la cr ía del gusano de seda . En 1466 Luis XI mandó i nstalar en Lyón tallere s par a la fabricación de
la seda, co mo fábrica pr opiedad d e la coro na. Pero faltaba mano de obra especializada, cuestión ésta rep etida a lo
largo y ancho d el mundo, en la historia d e la seda; r ecuérdense los ob reros griegos apresad os p or Roger II de
Sicilia, par a crea r s u pro pia industr ia seder a e n P aler m o. Así es que, por fin, es Francisco I quien co ntrata con
dos italianos piamonteses, Stéfano T urquet y B artolo meo N ariz, que en 154 5 fundan la so ciedad comercial de la
Fábrica de Lyón, aun existente en la ac tualidad. El año 1 600 esta fábrica contaba con siete m il telar es, d aba
empleo a toda la ciudad de Ly ón, a inmigrantes de otras r egion es frances as e italianas y consumía toda la seda
prod ucida en la región, el Languedoc, B eaujolais, y co ntinu ó la importación de seda cruda del Piamonte hasta el
XIX.
154
BATI STA DOS SANT OS, A.: Los tejidos la brados en la España del siglo XVIII y las sedas imitada s del arte
rococó en Minas Gera is (Brasil). Análisis forma l y an alogías . Valencia, 2 009, p. 50.
Encaje de aguja d e Alençon. Hacia 1760 -1775.
Colección MoMu. Amberes. Bélgica.
82
producción y la calidad de los tejidos. La belleza y esplendor de las sedas lionesas para la
decoración del pa lacio de Versalles no tuvieron rival en toda Europa.
155
L a industria f rancesa fue sumamente proteccionista, C olbert declaró ilegal la
importación de tejidos chinos pidiendo a los fa bricantes franceses que trataran de im itarlos
156
,
las ganancias d ebían quedar a buen r ecaudo dentro de sus fronteras. Las materi as primas
tenían que ser francesas, se trataba po r tanto de producir lo que se consumía y venderlo al
extranjero. El sistema mercantilista se desa rrolló en Europa entre los siglos XVI y XV III . E n
Francia comenzó en el mismo siglo XVI. Se basaba en un reforzamiento d e las exportaciones
como creación de riqueza junto a la posesión de metales pre ciosos. Ya en 1539 fue pro hibida
la im portación de lana e spañola. Durante el minist erio de Colbert, que se prolongó durante
veintidós años, se impulsaron todo tipo de medidas proteccionistas por medio de regulaciones
para provocar un crecimiento económico a través del comercio ex te rior
157
, considera ndo que
la economía debía tender al autoabastecimiento y tratando de anula r mediante obstáculos a
sus enemigos comerc iales .
El gobier no francés se comprome tió de manera determinante en la economía para
acrece ntar las ex portaciones, eliminando trabas al reducir las t asas ad uanera s interiores y
mejorando las infraestructuras para una mejora de las comunicaciones. El llamado
colbertismo desarrolló una serie de eficaces medidas que hicieron crecer la industria,
convirtiendo a F rancia en una gran pot encia. To da Europa occidental comenzó a imitar el
gusto fr ancés, incluso s us mas acé rrimos enemigos como Inglaterra y Holanda.
158
El f in
residía en aumenta r las exportaciones lo máximo posi ble, en este sentido el fenómeno de la
moda francesa es clave. No se trata únic amente de una cuestión de cam bio de gustos en l a
sociedad europea, sino d e cómo Francia ll evó a l a práctica a tr avés de su políti ca económica
155
BENIT O GARCÍA, P. : La seda en la Europa meridion al desde el Renacimien to hasta la apa rición del
mecanismo jacqua rd . Recurso electrónico. p. 4.
156
DEJEAN, J .: La esen cia del estilo . Historia de la invenció n de la mo da y el lujo con temporáneo .
San Sebastián, 2 008, p.56.
157
SANZ SERR ANO, J A.: E squ emas de h istoria del p ensamiento eco nómico . Sevilla, 20 06, p. 33.
158
Recuérdese q ue e l mercantilismo, co mo expr esión d e un a política interior de nación -Est ado, no se limita a la
intervención y reg ulación de ciertos sectores de la ec onomía con d irecta implicació n del sector público, sino q ue
requiere para llevarlas a cab o la par ticipación activa de agentes p rivado s a los q ue inco rpora en un pro yecto
común a tr avés d e m onopolios legales en forma d e privilegios, d e m anera que el m erca ntilismo p uede
contemplarse co mo una alianza de pod er entre la Monarquía y un selecto gr upo d e capitalistas -co merciantes.
Estas "p atentes de monopolios" vendidas u o torgadas por el Estad o a grupos de mercader es dispuestos a
coadyuvar los fin es econó micos de la Mo narquía, en la financiación d e la guerra, la rec audación de im puestos o
en la acu mulación del tesoro en cuanto incremento de las r eserv as m etálicas constituían el meollo del sistem a de
régimen monopolístico estatal (B ERNAL, A. M: España, proyecto ina cabado. Costes/ben eficios d el Imp erio .
Madrid, 2005, p . 170).
83
una transformación en la indumentaria que afectó a toda Eu ropa y l as colonias americanas . El
predominio del gusto francés llegó a todas las n aciones vecinas, pero sin d uda alguna el hecho
mas revelador fue lo qu e sucedió con respecto a la moda. Las dif erencias que en esta materia
existían entre los distintos países quedaron litera lmente arrol lad as, es mas, se pued e a firmar
que el traje de sociedad durante el siglo XVIII fue el mismo en todas partes. Se produjo un
fenómeno de internac ionaliz ación de la moda c u yo e picentro fue Versalles.
Francia se convirtió en el referente d el buen gusto y de la elegancia sien do la moda
uno de sus grandes emb ajadores. En París comenz aron a abrirse tiendas
159
donde las damas
podían adquirir las últimas novedade s, por tanto, estamos ante el embrió n del consumismo.
La capital gala fue sac udida
por este impulso creador hacia
1670, por tanto se puede
afirmar que el sentido que
damos ac tualmente al
concepto “Moda” sur gió en
París durante el último tercio
del siglo XV II. El primer
periódico dedicado al te ma y
dirigido al sector femenino se
lanzó al mercado en 1672 bajo
el nombre de Le Mercure
Galant . Estaba dirigido por el
escritor Jean Donneau de Vizé y contenía noticias sobre la corte, poemas, historietas y
crónicas de la vida social entre otros temas. Al principio fue un a pub licación trimestral pero
pronto comenzó a ser m ensual. En 1674 reapar eció bajo el nombre de Nouveau M ercure
Galant que perduró hasta 1724 año en el que cambio a Mercure de France . La gac eta tuvo
una importancia clave en el desarrollo de la incipiente indu stria de la moda ya qu e ponía de
manifiesto las necesidades que surgían en las d istintas estaciones d el año con respecto a la
indumentaria. Nació el c oncepto de temporada y la imagen conjuntada, según fuera otoño o
primavera v ariaban los colores y los co mplementos
160
. L os textos estaban acompaña dos de
grabados que mostraban el atuendo de damas y caballeros a la última tendencia. Las
159
DEJEAN, J. : Ob. cit., p . 23.
160
Ibídem p. 51 .
Mercure gala nt. Modelo de invierno.
84
ilustraciones fueron una de las vías mas e fectivas para publicitar las nue vas creaciones que
constantemente sa lían de la capital gala.
En P arís, en una tienda de la calle Saint Honoré, se colo caba una muñ eca de tamaño
natural a la que iban cambiando de atuendo. La muñeca se copió y m ult iplicó llegando a
varios países, su primer destino fue Londres, don de a mediados d el siglo XVII, se enviaban al
mes dos maniquíes vestidos a la última moda (uno vestido con traje de gala y otro con tr aje
de diario). Los ingleses llamaron Pandora
161
a la f amosa muñeca en el si glo XV III . La gran
Pandora iba ataviada con tra je de corte mi entras que la pequeña llevaba los vestidos de diario.
Pandora viajó a Inglaterr a durante dos
siglos.
162
Estos envíos se lleva ron a cabo,
incluso, durante guerras abiertas entre Fra ncia
e Inglaterra
163
; en España igualmente dur ante
la gue rra dejaron pasar por el frente los
encarg os p rocedentes París y destinados a la
reina Isabel de Farnesio
164
. L o que nos puede
parecer una curiosa anécdota d emuestra l a
enorme importancia que se da ba a la moda,
tanta que no la fre naban ni las g uerr as. L as
muñecas de moda se remont an al siglo XIV,
las cortes se las enviaban para cono cer las
últimas tendencias que se prodigaban en la
manera de vestir.
Las muñecas eran usadas como eficaz
propaganda intercambiá ndose entre las casas
reales europeas. La s ansiadas novedades de París se vieron libres del embargo del enemigo
consiguiendo un pas aporte especial para pode r acceder a otros territ orios. Se conocen
numerosos ejemplos de estos intercambios entre la realeza; en 1496 Ana de Bretaña mandó
una fastuosa muñeca a I sabel la Católica. En Inglaterra, po r ejemplo, gozaron de enorme
popularidad, siendo uno de los mercados princi pales franceses. Lo sarcástico del a sunto es
161
Según la mitología griega, P andora fue la pri mera mujer crea da po r Zeu s.
162
PLAZA ORE LLANA, R.: Hi storia de la moda en España: El vestido feme nino en tre 1750 y 1850 . Córdoba,
2009 , p.25.
163
Fue tal su trasce ndencia que lo graron la inmunidad diplomática en varia s ocasiones, por ejemplo en 171 2 a
pesar del conflicto bélico entre Inglaterra y Francia
164
VON BOE HN, M.: Ob . cit., p . 156 .
Muñeca de moda co n acceso rios. Fab ricada en
Inglaterra. Hacia 1755 -1760. Museo Victo ria y
Alberto. Londres. Re ino Unido.
85
que I nglaterra producía s us propias “Pandoras”, con el fin de enviarlas a otras naciones com o
Rusia o Estados Unidos. Es tal la riqu eza de estas muñecas, que muchos es critores de la época
protestaron sobre alto costo, considerándolas otro sím bolo más de la presunción de las clases
altas. En los primeros años del siglo XVIII las muñecas de moda se mostraban en los
escaparates de las principales ciud ades europeas. A finales de la centuria, este vehículo de
transmisión quedó obsoleto a favor de l a dif usión de las revistas de moda; una vía mu cho mas
económica y fácil que podía llegar a un públi co mucho mas amplio. Los avances en la
difusión de sus productos coloca ron a Francia en un lugar preeminente que aún conservan.
Diversos factores contribu y eron a crear un a potente indus tria tex til. P or un lado, una
clientela cada vez más ex igente que demanda ba productos luj osos y esp ecializados, por otro
la mejora de las comunicaciones lo que posibilit aba la expansión comercial. La Corte de
Versalles por sí sola ejer cía una gran demanda, pero los avezados f ranceses no se quedaron
ahí sino que pusieron en marcha la idea de vender sus artículos y prendas en otros lugares y
círculos. Los responsables de esta nu eva iniciativa demostra ron una gran agudeza e
inteligenc ia ya que much os de los conceptos que desarrollaron han lle gado hasta el siglo XX I.
Por lo vist o, todo el continente hablaba de “la mo de” un concepto inv entado por los franceses
y que pa recía residir en su misma esenc ia. Se considera que la figura de la modi sta fue en
parte responsable de esta revolución. En 1675 se fundó en París el gremio de costureras por lo
cual las mujeres podían diseñar y fabricar ropa. La modista conocí a a sus clientas, sus gusto s
y necesidades; las damas de la corte eran tambié n creado ras, juntas la se ñora y su costurera
ideaban pr endas y complementos. La visita del modi sto o traje a la cl ienta para elegir el
diseño no era un métod o eficaz par a la poner en marcha un as bases industriales. Todo se
realizaba a mano, por t anto eran piezas únicas; pero las damas no se co ntentaban con eso,
querían nuevas experiencias, como salir a comprar a la calle. En u n primer momento
acudieron a la feria a nual que se ce lebraba en el barrio parisino de Saint Germain:
“Había comenz ado la era del demasiad o de todo, concepto sin el que la indus tria de la moda
no hubiera f lorecido jamás”
165
.
El sector texti l acortó distanc ias sociales, la indumentaria de la alta a ristocracia era en
extremo costosa por lo que la incipiente industria se decidió a comercializar complementos, a
los que podía acceder un sector mucho mas amplio de la pobla ción. Los accesorios
165
DEJEAN, J .: Ob. cit., p. 41.
86
adquirieron much a importancia en este sentid o, se comercializaban en las mercerías,
establecimientos que o frecían un sin fin de objetos lujosos. La s encargadas de estos ne gocios
fueron llamadas “march andes de mode ”, es decir, “vendedoras de moda ”; entre sus puntos
fuertes s e en contraban l os accesorios para la ca beza y vestidos. El gremio de costureras d e
París se fundó como con secuenc ia de la gran demanda de artesanos especializados en el oficio
de la costura; a principios del siglo XV III se r eco noció la labor de la “ marchande de modes ”,
“ comerciante de modas ” o “ milliner ”, dedicada a confecciones de p oca complejidad o
adornos tanto p ara prendas civiles como p ara uniformes militares y posteriormente, se
estableció el de las som brereras. De esta man era las últ imas tendencia s se acer caron a la
población que podía adquirir modelos modernos pero fabricados con materiales mas sencillos.
Durante este preciso momento histórico se produjo un cambio en el consumo, las féminas
empezaron a compra r ma s que los hombres. En 1694 el Diccionario de la Academia Francesa
incluyó la ace pción “Esclavas de la moda” y en 1719 “Reinas de la moda”.
Una de las fuentes mas s olventes para conocer la moda francesa dur ante el reinado de
Luis XIV es la colección de grabados de los hermanos Bonnart, d ejaron centenares d e
estampas dedicadas a la moda
166
en los que se pued en observar detalles con suma precisión.
Su padre Henri Bonna rt se inst aló como impresor en París en 1642. Sus hijos, que
comenzaron a realizar grabados de mo da en los últimos años del siglo XVII , fueron los
primeros en llevar a c abo im presiones en serie;
167
donde no sólo most raban los atuendos a la
última moda sino la vida de las clases dirigentes a través de personas concretas. Por tanto los
grabados de moda tu vieron un papel destacado en el interés del gran público por las
celebridades.
A finales del siglo XVII Francia y su rey comprendieron el valor del lujo, entendiendo
la fascinación que siente el ser humano por usar piezas únicas y so fisticadas que adorne n sus
cuerpos y sus vidas, y como la posesión de dichos objetos hace a las persona s sentirse
especiale s. El fenómeno del mercado del luj o actual ti ene aquí su germen ya que la élite sintió
la necesidad por estar a la última moda y a fuera en trajes, peinado s, accesorios o decoración.
Tuvieron la mae stría de convertir lo superfluo en imprescindible y hacer a l a sociedad esclava
de la moda; por tanto se puede afirmar que Luis XIV fue un auténtico visionario. Su papel en
cuanto a las nue vas formas en la indumentaria fue crucial.
166
PIT ON, C.: Ob. cit., p. 209.
167
DEJEAN, J .: Ob. cit., p. 9.
87
En P arís más de la tercera parte d e la población se dedica ba a la industria textil en sus
múltiples facetas, ya fuera v endiendo ropa, confe ccionándola o reali zando accesorios.
Alrededor del Palais Royal se abrieron todo tipo de negocios, desde mercerías a sastrerí as
pasando por pañerías, v endedore s de pelucas, zapaterías, pel eterías, tie ndas de g uantes, de
abanicos y un l argo etc… Una gran ma y oría co nsumía ropa de s egunda mano y a que solo
unos pocos se podían permi tir el elevado gasto qu e suponía adquirir las prendas realizadas por
los mejores sastres y modi stas. En prácticamente todos los niveles sociales la ropa estaba en
permanente circulación. Por su alto precio se heredaba, se vendía y a usada a pe rsonas que
comerciaban con ella y era una forma de pa go a l os criados. Es curioso qu e la alta aristocracia
alquilara conjuntos y jo yas par a a cudir a v eladas cortesanas, bodas o reun iones sociales. En
Versalles y otros palacios reales estaba permitida la entrada a los franceses bajo una ser ie de
códigos en cuanto a la indumentaria. A las puertas del palacio se disponían una serie de
comerciantes que proveían de las ropas y sombreros necesarios para poder acceder al lugar. El
fenómeno d e la moda no solamente afectó a las clases altas ya qu e a cualquier persona qu e
fuera correctamente vesti da le estaba permitido pasear por los jardines de Versalles.
L os sastr es de P arís e ran los mejor considerados. L a manera de ves tir también
proporciona ba un claro s ello de identidad nac ional, al mismo ti empo que un cierto sentido del
patriotismo. Tras el fallecimiento de Luis X IV en 1715, su bisni eto y h eredero sólo contaba
con cinco años, por lo que Felipe II de Orléans ejerció la regencia hasta su muerte en 1723.
168
El gusto de la alta sociedad parisina comenzó a cambiar, la vestimenta femenina se decantó
por un estilo mas ligero y menos grave. A pesar de los problemas de Francia, en los primeros
años del reinado de Louis X V surgió un nuevo estilo apoyado activame nte por el duqu e de
Orleans, que trasladó el gobierno del p aís desd e Versalles a Pa rís. En la capital una so ciedad
aristocrática, que y a atisbaba su brillo, comenzó a abrir sus los salones y otras instituciones
sociales que iban a ejercer de marco a las ideas de la ilustración. En dichas residencias un a
nueva moda surg ió para la decor ación de los interiore s. L as pinturas que las decoraban nos
muestran esce nas de disf rute cotidiano, es decir, de pasatiempos populares en parques, ferias,
o en el campo. Nuevos te jidos para la decoración se inspiraron en diseños chinos o árabe s
dando un toque exóti co a los cálidos interiores. La moda de la r egencia, que floreció desd e
1710 hasta 1720 aproximadamente, sentó las bas es del estilo roco có que a mediados del siglo
168
Felipe II de Orléans (1 674 -1723) era hijo d e Felipe I de Orléans, el único her mano de Luis XIV, e Isabel
Carlota del P alatinado.
88
XVIII definió el gusto de clase alta elegantes, pero ligeras y alegres . A pesar de esta
evolución en el gusto el vestido de corte permaneció prácticamente inalterable. Las
prescripc iones de Louis XIV en el vestido en los círculos cortesanos f ueron r espetadas s
particularme nte en l as o casiones mas formales. Louis XV regresó el gobierno a Versalles y
continuó con la etiqueta de los tiempos de su bisabuelo, pero aún así la vida del re y y su
familia g ozaba de ciertas esferas de privacidad, antes impensables.
II.3. Análisis de la indumentar ia masculina.
Todos estos acontecimientos coincidieron con la ascensión de Francia a primera
potencia europea, su ma nera de entender los recientes gustos sociales hizo que suplanta ra a
España como principal inspirador de una nueva m anera de vestir. Durante la primera etapa del
reinado de Luis XIV la moda ejemplifica el gusto del re y por la magnificencia y l a
pomposidad, sobre todo en lo que respecta al vest ido del hombre excesivamente abigarra do y
enriquecido con cintas, lazos y encajes. El rhingrave fue el atuendo mas culino que L uis X IV
y su cort e lucieron en la década de los sesenta. Su origen radicaba en los Países Bajos donde
comenzó a usarse hacia 1640 siendo confeccionado con lino blanco y paño negro. En Francia
sufrió una notable tr ansformación desembocando en un traje excesivamente recargado y
complicado, de anchos volúmenes y cuajado de decoraciones. El atuendo estaba formado po r
una camisa mu y amplia bajo una chaqueta co rta que la dejaba bastante a la vist a. La parte
inferior del cuerpo se ve stía con dos calzones, uno interior que dejaba uno s volantes al aire y
otro exterior que se asemejaba a una falda. En realidad era una esp ecie de falda pantalón, de
una anchura colosal, que a vece s era una falda. Este atuendo comenzó a usarse hacia 165 2
te niendo su apogeo en la s décadas de los sesenta y s etenta, aunque perduró hasta 1678
169
. Con
este flamante atuendo acudió L uis XIV a su encuentro con Felipe IV en la isla de los Faisanes
en 1660. El cartón para tapiz de L e brun sobre el acontecimiento históric o trataba
evidentemente de pond erar el lujo f rancés frente a la ponderación española, de ost entar l a
riqueza de la nue va prim era potencia europea frente al desgastado imperio hispano.
170
169
Po demos contemplarlo en la s erie de los catorce tapices de la historia del rey, cuyos carton es fueron
realizado s por Charles Le B run.
170
COLOMER, J L. : Arte y dip loma cia de la mon arquía h ispánica en el siglo XVII . Madrid, 2003, p. 77 .
89
L o que llamaba mas l a atención de sus contem poráneos era la enorme cantidad de
metros de cintas de colo res de debía llevar un caballero a la moda. Las cintas se ll amaban
“galants” y a los adornos “menudillos de oca”
171
. El rhingrave francés fue muy sofist icado, e
incluso mas lujoso que el atuendo femenino d el mom ento; aunque su pervivencia dur ó
bastante, cayó en desus o a favor de una adapt ación del atuendo mili tar. El rhingrave s e
siguió utilizando en cere monias muy formales relacionadas con la O rden del Espíritu Santo,
en el Museo del Prado se conserva un retra to de Luis I como príncipe de Asturias, realizado
por Houasse en 1717, e n el que aparece ataviado
con el h ábito de novicio de la citada orden. El
matrimonio morga nático de L uis XIV con
madame de Maintenon en 1683 supuso un cierto
cambio en cuanto a las formas en el vestir. El traje
masculino se simpli ficó ciñéndose al cuerpo, los
encajes quedaron rele gados corbata y camisa
mientras que las plumas se usaron solo como
adorno del sombrero. En cuanto a los metros de
cinta que engalanaban a los caballeros,
directamente se desterraron. Los bolsillos de la
casaca, en un prime r mo mento verticales, pasaro n
a horizontales hacia 1684.
172
El empuje francés llegó a Inglaterra mucho
antes que a España. C arlos II (1660-1685)
deseaba una restauración monárquica en toda
regla. Por este mot ivo introdujo en f echa mu y
temprana el riquísimo atuendo masculino galo.
Encargó en París una se rie de magníficos atavíos para pr esenta rse ant e sus súbditos en su
entrada triunfal en Londres y poste rior co ronación en la abadía d e Westminster. L a capital de
Francia era considerada el culmen de la civili zación occidental, su moda, comida y modal es
influyeron decisivamente en la sociedad británic a. No ocurría lo mismo con otras naciones
como Portuga l, cuando en 1662 el mismo Ca rlos II contrajo matrimonio con la infanta
portugue sa Catalina de Braganza, ésta llegó a Inglaterra vestida con el traje de corte de su país
171
VON BOEHN, M.: Ob. cit., p. 125.
172
BOUCHER, F.: Ob . cit., p . 260.
Simon Pietersz Verelst. Carlos II d e Inglaterra
luciendo un rhi ngrave.167 0 -1675. Colecció n
Real Británica.
96
pelucas de pelo tan l argo exigían una gran cantidad de “género” po r lo que su precio solo
estaba al alcance de los mas pudientes. En cuant o al color el má s valorado en Francia fu e el
rubio ceniza y en I nglaterra el negro azabache, es d ecir, lo qu e mas esc aseaba en cada p aís
corre spondiente.
Tampoco se pueden pas ar por alto las jo y as como una parte inexcusable del atavío de
las clases altas. Durante el reinado de Luis X IV se produjeron una se rie de avances en la
orfebrería que no podemos obviar en e ste e studio. Hasta e l si glo X VII las g emas m as
valoradas eran las perlas, Colón las
descubrió en su tercer viaje a América en
1498 en la actual Venezuela. En el si glo
XVI los soldados de Vasco d e Gama las
encontraron en el golfo de Pan amá, el
hallazgo mas notable s e produjo en 1579
cuando un esclavo encontró la famosa perla
Peregrina . Estas gemas eran en extremo
costosas debido a lo complicado de su
extracción y al h echo de ser naturales, por lo
que tener un collar de perlas parecidas en
forma, tamaño y color era algo
verdaderamente especial que mu y pocas
damas podían permitirse. Hasta el siglo
XVIII en que los españoles descubrieron un
y acimiento en Brasil, los diamantes
llega ban a Europa desde la India. Desd e el
siglo XV los jo ye ros europeos fueron
mejorando la técnica d el tallado, pero fue a
mediados del siglo XVII cua ndo los artífices flamencos perfeccionaron la talla brillante cu yas
face tas debían ser múltiplo de ocho.
L uis X IV en su afán por el lujo y la so fisticación decidió que los diamantes iban a
convertirse en sus gra ndes aliados, adoraba su bril lo y durante su la rgo r einado se hiz o con
una magnífica colección. Hasta ese momento las piedras preciosas se engastaban en monturas
grandes y pesadas, pero el monarca decidió que la piedra debía ser la única protagonista y no
Nicolas de Largilli re . R etrato de Jea n-Ba ptiste
Tavernier . Hacia 17 00. Herzo g Anton Ulric h
Museum. Alemania.
97
enmascarar su belleza, por lo que c omenzó a ponerse de moda el solitario. Uno de lo s
hombres que propo rcionó a la C orona francesa tan m agnífico tesoro fue J ean -Baptiste
Tavernier, un gran aventurero que consiguió llegar a las minas indias de Golcona, lugar de
extracción de los brillantes. El mismo contó en sus memorias
189
como vio trabajando a miles
de esclavos, hombres, m ujeres y niños casi sin ropa con el fin de que no pudieran esconderse
ninguna piedra en el cuerpo. El francé s llevaba consigo piezas de joyería europea de oro y
esmaltes mu y apreciadas en ese país para inter cambiar por pi edra s preciosa s. Tavernier volvió
de su largo viaje en 1668, Luis XI V prácticamente se hizo con toda su mercanc ía que
consistía en cuare nta y cuatro piedras grandes y mil doscientas más pequeña s, aunque esto es
un decir, y a qu e las mas modestas pesaban como mínimo ocho quil ates. El má s famoso de
todos ellos fue un brillante azul de ciento once quilates que una vez tallado quedó en sesenta y
nueve, esta m aravillosa piedra fue llamada el diamante Azul de la Corona francesa. El r e y lo
llevaba engastado en una sencilla montura y c olgado del cuello con una cinta.
190
El monarca compr endió el hecho de que la pose sión de brillantes significaba poder,
aprec iaba mucho su magnífica colección y a que cuando precisó de m as medios para sufra gar
las contiendas bélicas, no se desprendió de sus jo ya s sino que mandó f undir parte de las
piezas de plata y oro que había en Versalles. El rey no solo compraba las p iedras sino que se
involucraba en su tallad o y montura, el jo y ero realizaba un molde en cera que lue go le
presentaba para su vist o bueno. Uno de los más celebres al servicio del rey fue Montars y ,
tenía su tienda ubicada cerca del L ouvre primer barrio donde se juntaron los negocios de
joyería en París. Montarsy concibió para su maje stad un nuevo tipo de aderezos compuestos
por dece nas e incluso de cientos de piezas.
Lo curioso es que el rey ll eg ó a usar todas sus piedras, cualquier p renda era adecuada
para ser adornada con brillantes, ya fuera el sombrero, las hebillas de los z apatos, la
empuñadura de la esp ada, los ligueros, los botones o incluso toda la superficie del traj e. El
ultimo acto oficial que presidió antes de morir fue la recepción al embajador persa, para
deslumbrarle Luis X IV llevaba encima todos sus brillantes cu yo valor era aproximadamente
12 millones de libras de la época. Se tiene constancia de que el traje resultaba tan pesado al
anciano re y qu e tuvo que quitárselo antes de tiempo. La plaza Vendôme fue inagurada en
189
Publicad as en París en 16 76.
190
La pied ra se convirtió e n la mas lege ndaria gema de la monarquía francesa ha sta q ue fue rob ada en 1792
junto co n parte del T esoro Nacional. Actualmente se co noce co m o el diamante Hop e que desp ués de un largo
periplo fue donado por el jo yero americano Har ry W insto n a la S m ithsonia n Institution e n 19 58.
98
1699 con el nombre de plaza de Luis el Grande; desde un principio dedicó su actividad al
comercio de jo y as, en su centro se erigía una estatua ecuestre de Luis XIV realizada en
bronce por Girardon. En este mi smo lu gar pero t res si glos mas tarde se e ncuentran las mas
prestigiosas joyerías del mundo. A su muerte en 1 715 el re y Sol había conseguido que Francia
fuera el país europeo con el mas fabuloso Tesoro Real.
Durante el siglo XV II l as piedras pr eciosas comenzaron a cobrar mas importancia qu e
las monturas, que a su v ez se hicieron mas delica das. Se avanzó mucho en el facetado, sobre
todo de los brillantes. La ll amada “talla rosa”
191
era la mas habitual. Los trata ntes de gemas y
los artífices se asentaron en Amsterd am que s e convirtió en un emporio del come rcio de
piedras preciosas. L os diamantes se engastaban casi siempre sobre plata mientra s que las
piedras preciosas de colores lo hacían sobre oro. El eng aste invisible se inventó en P arís en la
segunda mitad del sig lo XV II
192
.
II.4. Análisis de la indume ntaria femenina.
Al igual qu e sucede con la masculina, la indumen taria femenina del si g lo XV III tien e
su origen en la época d e Luis X IV. Tal y como he mos vist o, los europeos abandonaron el tipo
de traje “a la española” a favor de un atuendo más cómodo y hol gado. En el caso del bello
sexo, no ocurrió lo mismo ya que pe rvivieron la gorguera , el corpiño emballenado y las
grandes fald as
193
. Los c ambios, que se van produciendo gradualmente, comienza n
recuperando una silueta mas natural. L a pujante sociedad holandesa tuvo mucho que ver en la
adopción de un vestido más práctico . El si glo XV II fue un a etapa hegemónica para los Países
Bajos, al i gual que en Francia s e pr acticó el merc antilismo y se desarrolló una extraordinaria
actividad comer cial. L a principal fuente de riquez a la constituía la Banca, a la que afluía n los
enormes capitales sobr antes del comercio exterior. Pero si importancia tuv o en el contexto la
economía y sistema político, mucho más la tuvo la ideología y , su principal manifestación, la
relig ión cu y a corriente generalizada en Holanda en el siglo XVII el calvinism o.
191
Este tipo d e trabajo co nsiste en que solamente se talla la par te superior d el brillante. CASABÓ, J .: Jo yería .
Buenos Aires, 20 10, p . 82.
192
DEJEAN, J .: Ob. cit., p. 151.
193
VON BOE HN, M.: Ob . cit., p . 111 .
99
El calvinismo pos eía un enfoque de la vida cristiana mu y distinto del católico que trajo
consigo un nuevo pensamiento que se adaptaba a la perfección a la realidad políti ca y social
del siglo XVI en los Países Bajos. Esta doctrina afectará de modo incuestionable a su modo
de vida y, por tanto, a la apariencia: austeridad, la convicción de que el trabajo for ma parte de
la virtud moral, y que el éx ito en los negocios es una evidencia de la gracia divina. El rechazo
hacia el despilfarro, la crítica a la extrema fast uosidad de la liturgia cr istiana católica, se
traladó a la vestimenta, marcando un atuendo con ausencia de lujo tanto en los materiales
como en su decoración.
194
La bur guesía com erciante condujo a este nuevo y recién creado
Estado independiente a convertirse en un tiempo record en unos de los países mas ricos de
Europa. Los adinerados comerciantes eran los pri ncipales clientes d e los artist as y es a través
de las pinturas de Hals, Vermeer o Hoo ch entre otros, donde podemos apreciar la man era d e
vestir de esta nueva clase social. El vestido de la mujer holandesa de la primera mi tad del
siglo XV II es deudor de la moda española en cuanto al uso del negro y las gorgueras. Su
silueta en cambio se simplifica, este cambio ll egará a Francia aunque mas adelante las
holandesas usaran colores alegres y c opiaran a las francesas al igual que toda Europa.
La almohadilla se suprime bajo las faldas. En Francia se usó un tipo d e verdu gado
cuy a estructura era distinta a la española. A principios del siglo XV II consistía en un aro
dispuesto a la altura de las caderas. Mediando la centuria se sustit uyó por una almohadilla en
forma de cilindro que s e colocaba en la cintura, llamado cul de París
195
, esta man era de
ahuecar la falda la usaron todas las mujere s. E n las dos últim as décadas se aba ndonó el
verdugado y se utilizaron numerosas enaguas para ahuecar las faldas.
El atuendo consistía básicamente en un cuerpo y dos faldas. El primero dejaba li b re el
cuello y los antebrazos. El escote tuvo muchos detrac tores, desde los púlpi tos muchos
sacerdotes criticaron esta práctica que consideraban pecaminosa, pero la dama europea
adoptó el escote y lo most ró durante todo el siglo XVIII . En cuanto a l as do s faldas, la de
encima era abierta por delante con larga cola y decoraciones mientras que la de abajo se
almidonaba y llevaba aros de metal para no perder la forma. La falda superior, para que
tuviera mejor caída, se c onfeccionaba con materiales mas pesados como el terciopelo. L as dos
faldas perduraron durante buena p arte del siglo XV III , el cuerpo y la f alda exterior solían s er
194
Concretamente es en los Países Baj os donde a partir del siglo XVII empieza a desp untar un nuevo modelo de
vida. Hacia 1560 las p rovincias del norte de lo s P aíses B ajo s ( lo que actualmente es H olanda) comenzaron a
rebelarse contra el d ominio e spañol alca nz ando la indep endencia en 158 5 q ue fue rati ficada legalme nte e n el
tratado d e Münster en 1 648 . En 16 02 se fun da la Com pa ñía de las Indias Orientales con sede en Ámsterdam,
esta entidad situó a Holanda en un centro neurálgico del comercio mundial.
195
T EJEDA FERNÁNDE Z, M.: Ob. cit., p . 482.
100
a juego mientras qu e en la inferior se desplegaban mas decoraciones.
196
Durante la década de
1680 las damas lucieron adornos suntuosos aunque sin entregarse a la exageración de los
caballeros. Hasta los años 90 el estilo femenino s e mantiene sin cambios. Las ca racterísticas
principales son vestidos con cuerpos ajustados y rematados en punta siendo la innovación mas
destacada el escote que descubre los hombros. El escote comenzó mostrándose tí midamente,
al principio se tapaba con alguna tel a transparente para mas adelante ser mostrado sin recato
alguno. Las mangas se acortan, por p rimera vez desde los comienzos de la Edad Media las
mujeres muestr an sus br azos parcialmente. Las mangas son dobles, luci endo las interiores
abombamientos y volant es de enc aje. Los peinad os llevan los lados abult ados y tirabuzones.
En los últimos años del sig lo XV III l a sil ueta se ve modificada ya que se e xage ra la longitud
del talle. L os tejidos son mas pesados y sus de coraciones recargadas, se utili zan plisados y
telas borda das. La falda e xterior “manteau” se pliega detrás sost eniéndose con telas
eng omadas. Las man gas terminan en volant es ll amados “ engageante s”
197
. Los colores mas
usados por las f éminas en las primera s décadas d el reinado de Luis XIV f ueron el negro, los
grise s, el amarillo li món y los rojos y naranjas. En cuanto a los tejidos, los mas frec uentes
eran e l terciopelo, el moaré y el brocatel.
La moda femenina du rante la última etapa del reinado del re y Sol permaneció con pocas
variantes durante un espacio de unos cu arenta años. L os expertos a chacan esta estabilidad a l a
personalidad de madame de Maintenón
198
, dama con la que Luis XIV contrajo matrim onio
morga nático en 1683, un os meses después d e env iudar de la reina María T eresa . Madame de
Maintenón fue nombrada gobernanta de los h ijos naturales del monarca y madame de
Montespan en 1667; de ahí surgió una amistad con Luis X IV que des embocó en boda. Su
talante austero y su profunda relig iosidad influyeron decisivamente en el rey y en toda la
corte de Versalles. En 1686 fundó la Casa Real de San L uis para la instrucc ión de jóvenes de
casas nobles sin recursos económicos. L a mar cado carácter de la dam a tuvo una decisiva
influencia en el vestido femenino.
196
PLAZA ORE LLANA, R.: Ob . cit., p . 32.
197
Este tipo d e mangas se pusiero n de moda nueva m ente a med iados del siglo XIX para vestidos de día. Se
cerraban en la muñeca.
198
VON BOE HN, M.: Ob . cit., p . 158 .
101
En cuanto al peinado ya comienzan los atisbos de la ex trema complicac ión que
alcanzará n durante el r einado de L uis XV I. El peinado “a l a fontagne” surgió ha cia 1690, era
vertical y se realiz aba mediante bucles superpuestos; también podía usar de una cofia plisada
en forma de tubos con una armadura de alambre para que quedara sostenida. El peinado
fontange lleva el nombre de María An gélica de Scorailles de Roussille, marquesa d e Fontange
(1661-1681), joven dama que fue amante d el rey . S egún cuenta la tradición, esta sin gular
manera de arre glarse el pelo surgió de m anera fortuita. Dura nte un paseo a caball o junto a
Luis X IV, la ma rquesa, p erdió su sombr ero po r lo que recogió su melena en la pa rte sup erior
de su cabeza con una cinta quedando sus rizos so bre la fr ente. Al rey le hiz o grac ias la forma
en que lo había hecho. Rápidamente este peinado se ex tendió por toda la corte y fue seguido
por las mujeres de moda de todo el continente europeo. D espués de un tiempo, las mujeres
comenzaron a usar font anges cada vez mas
altos y complicados. La malla de alambre se
colocaba en la parte superior de la cabeza
sobre la cual se introduc ía el cabello real y
el falso
199
.
El conjunto se podía de cora r con seda,
muselina, cintas, jo y as y flores. La creación
de este peinado era mu y compleja, el cabello
se endurecía con claras de huevo y una vez
realizado se solí a dejar d urante semanas con
las consiguientes incomodi dades como la
suciedad y los piojos. Luis X IV, rec hazó los
excesos del fontanges, pero sus intentos por
liberar a las damas de tal torm ento fueron
infructuosos. “L as esclavas de l a moda”
continuaron luciéndolo e inventaron
peinados más elaborados. Este pein ado que
se puede calificar como un edificio d e hilos
de metal y cintas, tuvo vi gencia ent re 1680 y
1714 aproximadamente. El cambio de estilo se produjo de man era repentina, dos d amas
inglesas asistieron a una cena en V ersalles luciendo peinados bajos ant e la sorpres a general.
Al rey le agradó afirmando:
199
Ya en el siglo XVI se tiene n noticias del uso de p elo postizo p or parte de la r eina Catalina de Med icis en 1558
y muy prob ablemente no fue la única. PIT ON, C: Ob. cit. , p. 249.
Grabad o de Robert Bonnart. La Veüe . Finales del
siglo XVII. Museo Victoria & Albert. Londres.
102
“que si las francesas fueran sens atas, im itarían a aque llas señora s”
200
.
Al día sigui ente las d amas francesas de l a corte habían s uprimido el f ontange . El peinado
femenino apostó por un moño bajo y s encillo que pervivirá varias décadas. Esta
transformación en el tocado y el escote provocarán una serie de modificaciones en cuanto a
las piezas de joy ería que se adecuarán a la nueva sil ueta del vestido.
200
GONCOURT , E y J.: La mujer en el siglo XV III . Buenos Aires, 19 46, p. 206 .
103
CAP ÍTULO III
104
El siglo XVIII en España: re formas y moda.
1700 es una fecha crucia l en la historia de España, el nuevo siglo fue inaugurado con
un cambio de dinastía, la de los Borbones fr anceses, y po r lo tanto con un a nueva ma nera d e
enfocar el gobierno y l a Admini stración del país. A través de las siguientes p áginas se tratarán
de forma sint ética los avanc es y cambios que se produjeron dura nte los reinados de Felipe V,
Fernando VI, Carlos III y el principio del de Carlos IV, que coincide con la última década de
la centuria. La nueva po lítica de los Borbones tr ató de mejorar y modern izar la anquilosada
situación económica y co mercial del país basada t odavía en el sis tema gremial. En la se gunda
mitad del siglo se produjo un movimiento que afec tó a todas las artes; la denominada
Ilustración que basaba sus preceptos en la ra cionalidad como fuente de fe licidad y progreso
que debía ser ofrecida a los súbditos por el rey . Frente al perfil de los mandatarios en la
España de los Austrias, fundamentalmente aristócratas de alta cuna, la nueva dinastía apostó
por hombres procedentes de la clase burguesa que trataron de ll evar a cabo las ideas il ustradas:
“ La ideología ilustrada es evidentem ente moderada, en modo alguno revolucionaria.
Correspond e a unos hom bres, perteneciente s generalm ente a la pequeña nobleza, que se co nfiguran
como una peq ueña élite v inculada al serv icio del Es tado, actividad que consideran , en últi m o t érm ino,
por encim a de cualquier otra, predominando en su m entalid ad la condición de fu ncionario, por cua nto
del Estado dependen tanto las posibilidade s d e unas reform as que habrían de dar la felicidad al pueblo
como, en def initiva, su propio p restigio y pode r ”
201
.
III.1. Felipe V, e l dese mbarco de la moda francesa.
Felipe V nació en Vers alles el 19 de diciembre de 1683, e ra el segundo hij o del Gran
Delfín de Francia y de la duquesa María Ana Victoria de Baviera
202
. Felipe de Borbón e ra un
201
MORALES MOY A, A.: " La ideo logía de la Ilustración española" . Revista d e Estudios Po líticos . Nueva
época . nº 59. Enero -marzo 1988. p. 68 y ss.
202
El m atrimonio tuvo tres hijo s varo nes siendo Fel ipe el med iano, su madre fue u na per sona e nfermiza q ue
padeció “melancolías” (dep resiones) , aca so heredad as por su hij o, que llegaro n a aislarla del mun do
recluyéndola en s us habitacio nes; tal vez porq ue no se pudo integrar en la co rte francesa, murió al contar su hijo
Felipe con siete años de edad . La vida de lo s so beranos y sus fa milias: “ e staba privada de to da espontaneidad
afectuosa, y ellos no eran m ás q ue acto res de una magna dramat urgia prevista al minuto… Ho ra po r hora, la vida
estaba cuadriculada p or el pro tocolo y la etiq ueta, estudia dos po r todos los partícipes al pie de la letra ”. La
infancia d el d uque de Anjou transc urrió en Ver salles con sus hermanos, al aire libre, monta ndo a caballo y
nadando. P ero el hecho de no co ntar con a migos y ser educ ado en u na piedad exagerada tuvo co nsecuencias en
la v ida adulta, p rovocándole excesiv os escrúpulos. V OLT ES, P. : Felipe V, fundado r de la España
contemp oránea . p . 13.
105
hombre sumamente tímido, devoto y gran entusiasta de l as a rtes y la músi ca. Por desgracia , el
protag onista del reinado má s largo de nuestra historia, estuvo aquejado de terribles
depresiones; según relat an las crónicas alternaba periodos de g ran acti vidad con otros de
profunda tristeza. En 1701 cruzó los Pirineos, siendo un joven de tan sólo diecisiete años, con
un total desconocimiento del castellano y de la realidad y circunstancias d e la Corona que iba
a sostener. El re y lle gó a Mad rid el 18 de febrero de 1701; e n un principio su círculo ínt imo
estuvo mu y li mitado debido a su des conocimiento del
idioma, que fue aprendiendo paulatinamente pero en el que
nunca se de senvolvió co n comodidad:
“El máxim o aburrimiento envolv ía la v ida de Felipe V en
los comienzos de su reinad o, no conoc iendo a nadie en la corte,
no hablando m ás que con los franceses qu e le habían a com pañado
y con los grandes que antes de su llegada habían fav orecido su
partido. De los francese s el que m ás le acompañaba era
Louville
203
, testigo constante de su desánim o, y al que a menudo
decía que volv ería a ser con gusto el duque de Anjou pues no
podía sufrir a E spaña”
204
.
La m aldición de la Casa de Austria por la fal ta de
herederos varones ll egó a su fin con la nueva dinastía. La
primera esposa d el re y , María L uisa Gabriela de Sabo ya ,
murió mu y joven después d e doce años de reinado y de
haber tenido cuatro hij os varones, ent re ellos, l os futuros
Luis I y Fernando V I. María Luisa fue mu y q uerida por el pueblo, y a que a pesar de su
juventud demostró fuerza y resolución al asumir la rege ncia por encontrarse su mar ido en el
frente, además de la crucial cuestión de asentar la dinastía. Los retratos nos presentan a la
joven reina con vestidos adorna dos con p equeños volantes a lo largo de las mangas, escote
cuadra do y fontange decorado con enca jes, cintas y perlas. A l os pocos m eses de enviudar el
monarca contrajo nuevamente matrimonio, esta vez con I sabe l de Farnesio, princesa
parmesana, qu e se convi rtió en reina d e Esp aña con veintiún años. Felipe V permaneció en el
203
El marqués de Louville (166 4 -1731 ) fue el j efe d e la casa francesa d e Felipe V. J unto con el embajado r de
Francia y el co nde de Ayeu form ó parte d el reducido séquito francés que aco m pa ñó a Felipe V a E spaña.
COLÁS LAT ORRE, G.: Hi storia general d e España . Mad rid, 1990, p. 340.
204
GARCÍA MERC ADAL, J . : Viajes de Ext ranjeros por Es paña y Portugal: desde los tiempos más remoto s
hasta co mienzos del siglo XX l . p. 413 .
Miguel Jacinto Meléndez. Ma ría
Luisa de Saboya. Hacia
1712 .Fundación Lázaro Galdi ano.
Madrid.
112
que se descuidó el trabajo como fuente de riquez a y la creación d e fuentes de prosperidad
económica. Francia no poseía minas por tanto pa ra obtener oro y plata dirigió sus esfuerzos a
la exportación de mercancías de manufactura nacional. El principal merca do pasó a ser
España, por su exceso en oro y plata y su déficit en capacidad productiva. Tal y como se ha
visto anteriormente, Francia implementó industrias de lujo con exportaciones mu y ventajosas
para su economía.
A finales del si glo XVI la industria texti l era la más im portante en nuestro país, la
aparición del f enómeno “moda” supuso una verdadera revolución. Se govia fue el centro más
sobresaliente de toda Castilla
227
. Se fabricaban paños veintidosenos (v eintidós hil os por
urdimbre). En el siglo XV II la calidad bajó, la demanda comenzó a c aer; los artífices no
recibían nin gún tipo de ayuda estatal y tenían ex cesiva presión fiscal. Por des gracia, Españ a
perdió su clientela mas selecta y a que en e l siglo XV I ex portábamos guantes, tejidos y
mercaderías de luj o. Durante el XV II las damas se decantaron por adquirir tejidos extranjeros
siguiendo la mod a fran cesa que propo rcionaba colores nu evos. Los gremios españoles s e
quedaron de sfasados en este sentido
228
.
La clase bu rguesa er a la artífice d e la f abricación textil, que iba de los paños a las
sedas constituyendo un motor económico clave. L os cinco gremios ma y ores fundados en
Madrid en 1686 eran los siguiente s: pañeros, sederos, drogueros, lanceros y jo y eros. La s
artesanías estaban organiz adas en gremios, siguiendo todav ía el modo medieval
229
. En el siglo
XVIII esta estructura fr enaba la productividad a gran escala siendo Catal uña la región que
empezó a abrir fábricas tex tiles donde trabajaban centenares de obreros
230
. Este modelo, que
se mantuvo vigente durante toda la centuria, h abía quedado caduc o para responder a las
nuevas necesidade s económi cas y sociales de tal manera que:
227
Al co mienzo del reinado de Felipe V la industria textil nacional se e ncontraba en franca dec adencia, no
pudiendo -por su retraso técnico- competir con el resto de E uropa. No o bstante, a partir de 1 709 se rea lizan
importantes encargos para la co nfección de unifor mes militares con p años nacionale s, lo cual s upuso un
verdadero revulsivo. Nad a menos q ue 1 0.000 uniformes fueron confeccionado s por sastres d e Madrid en esa
primera etap a, co n tej edo res de Villoslada y otras villas D E C ASTRO, C.: A la somb ra de Felip e V: Jo sé de
Grimaldo, m inistro responsa ble (1703 -1726). Madrid, 2 004, p. 198.
228
DOMINGUEZ O RTIZ, A.: E l a ntiguo régimen : Los Reyes Católico s y los Austrias . Madrid , 2006. p. 277 .
229
La abolición del régimen gremial se apr obó en 1 813 en las Cortes de Cád iz.
230
DOMINGUEZ O RTIZ, A.: O b. cit. , p . 198.
113
“se les acusaba de construir una rígida arm adura que encarecía los artículos y l as inn ovaciones
y al m ismo tiempo im pedía o dificultaba el desarr ollo industri al y los inv entos técnicos”
231
.
La bur guesía actuaba desde la familia, como la nobleza, y desd e ella extendía su red.
Los valores del Antiguo R égime n eran extensivos a todas las clas es s ociales, y a que los
comerciantes enriqu ecidos dese aban formar pa rte de la nobleza, y el reconocimiento social de
la elite. El comerc io dentro de nuestro país se veía afectado por diversas trabas entre ellas las
aduanas y “aduanillas”; Felipe V suprime las interiores (salvo las d e Vas congadas y Navarra)
con motivo de agilizar la economía; aunque no se pudo igualar el régimen tributario por lo
hablar de las malas comunicaciones y las innume rables trabas administrativas:
“La realidad era la i nexiste nci a de un mercado nacion al, y si n un mercado nacion al en sentido
estricto de comunic ación generaliz ado de bienes y servicios entre las diferentes r egiones del país es
evidente que tampoco hay econom ía nac ional”
232
.
El reinado del primer Bor bón con el consiguiente cambio de gusto influ y e
decisivamente en las artes textiles. L os ter ciopelos pesados y oscuros dejan paso a los rasos y
tafetane s livianos y lum inosos. Se ponen de moda los tejidos labrados que siguen los modelos
decora tivos franceses. La fundación de las Reales Fábricas comenzó despu és de la Guerra de
Sucesión dentro de una serie de m edidas económicas
233
que trataron de mejorar la balanza
exterior y ser menos dep endientes del extranjero, fundamentalmente de Inglaterra y Francia.
Los cuatro monarcas esp añoles del si glo XV III tr ataron d e dinamiz ar la anquil osada sit uación
económica del país a tra vés de la creación de estas instituciones:
“La falta de i niciativa priv ada impulso una acción tutelar del Estado mediante una política
intervencioni sta, bien fuera estimulando l a capacidad del capi tal privado, o sustituy endo esta falta de
inversión por la a cción del propio Est ado com o em presario y prom otor industrial. En este contexto h ay
231
PLAZA PRIET O, J .: Ob. cit., p. 193.
232
Ibídem , pp. 347.
233
Sin embargo e stas inicia tivas han sido cue stionadas p or diversos autor es. "La e xperiencia de las fábricas reale s
ha tenido m ala pren sa. Los ec ono mistas del siglo XVI II ya denunciaban la e xcesiva burocratiza ción y la e scasez
de beneficios. La crítica de las manufacturas reales se ha co nvertido en un tópico ( ...) El b alance de las industrias
creadas con apoyo estatal durante el siglo XVI II no resulta muy fr uctí fero (...) La fábrica de Guadalajar a resultó
ser un sumidero de dinero público ." ( SUÁREZ FERNÁN DEZ, L., R AMOS P ÉREZ, D., COMELLAS, J. L.,
ANDRÉS-GAL LEGO, J .: Histo ria General d e España y América . Vol. X-2º , Madrid, 1990. p. 24.
114
que e ntende r la creación de las m anufacturas dependien tes de l a R eal Hac ie nda o en m anos de
particulares, pe ro finan ciadas po r el Estado y con regulación de privilegios y exenciones f iscales ”
234
.
En 1702 y 1703 se abrieron fábrica s de paños en Chinchón y Tal avera; y las primera s
de algodón en Cataluña y fábricas de te jidos por to da España:
“En 1704 la fábrica de tapices de Madrid, en 1705 de paños en Cal ahorra y San Fernando, en
1723 la de Segovia y una compañía de comercio textil en Madrid. En 1726 se dicta un decreto
protector de las industrias de paños y sedas, y dos años más tarde se veda la entrada de lienzos
estampados de algodón y se da…”
235
.
La fábrica de paños d e Valdemoro fue fundada en 1710 bajo la pr otección d el
flamenco conde de Bergeyc k
236
que contrató a veintisi ete obreros de Flandes; lo mism o
ocurrió en la fábr ica de paños de Guadalajara donde fueron a trabajar obreros holandeses:
“ En suma, la industrializ ación española no puede concebirse sin el riguroso proteccion ismo
borbónico del siglo X VIII ”
237
238
.
Se dispusieron medidas proteccionistas con el fin de impul sar la industria tex til, pero
paradójica mente, los re y es continuaron encar gando a París su vestimenta, incluso la
“canastilla” del Prín cipe de Asturias fu e confeccionada en Fran cia. El gobierno comenzó la
urgente reforma económica mediante la creación de talleres tex tiles, lo cual trajo consig o un
primer momento de actividad que, cuando encontró demanda para su s productos, hizo
necesaria l a me canización, es decir la importac ión de máquinas. Esta etapa se rá l arga y
compleja, prolongándose hasta se gunda m itad de siglo; momento en el que se empezará a
pensar en medidas li beralizadoras, libre tránsito de mercancías y libertad de comercio con
América .
En 1712 se concedió un privilegio R eal para la Fábrica de cristal de la Granja de San
Ildefonso bajo prote cción real; y también se creó la Real Biblioteca, que era pública y recibía
constantemente libros de Francia. En 1713 , la Real Academia de la Lengua Española, en 1730
234
PEÑALVER RAMOS, L. F.: “ El co mplejo manufacturero d e la Real Fábr ica d e Seda de Talavera de la Reina
(1785)”. Espa cio, tiempo y forma . Serie IV, Historia moderna, 1996, p . 359.
235
BOTTINE AU, Y.: Ob. cit., p. 4 80.
236
Superintendente general de finanzas en Flandes.
237
VOLTES, P .: Felip e V, fundador de la Espa ña contemporá nea . Madrid, 1991, p. 378.
238
No ob stante, otros autores sitúa n – acaso con mayor pro piedad - el incipiente desarr ollo industrial español
durante la etapa fi nal del reinad o de Fernando VI. COMELLAS, J . L.: Ob. cit., p. 150.
115
la “Junta de J urisprudencia Práctica”
239
, en 1734 la Real Academia de Medicina, en 1738 la
Real Academia de la H istoria; y se establecieron las bases para la cr eación de la R eal
Acade mia de Bellas A rtes de S an Fe rnando
240
. Otro de los c ambios signi ficativos fue el
progresivo ascenso de la burg uesía a pu estos de
responsabilidad, siendo un claro ejemplo don
José Patiño, jefe del gobierno
241
.
Felipe V enviudó en 17 14, unos meses
más tarde y a pesar de te ner resuelta l a cuestión
de la desc endencia, optó por volver a contraer
matrimonio. La el egida fue la princesa italiana
Isabel de Farnesio La reina ejerció un papel
muy a ctivo en de cisivas cuestiones y a que su
pretensión residió en pro porcionar a sus hijos un
futuro bien asentado
242
. Su perfil encajaba con
lo que se pr etendía de una reina en el Siglo de
las Luces, una pe rsona cultivada, conocedora de
idiomas y versada en varias discipli nas. Su pasión por la belleza le llevó a for mar una
espléndida colección pi ctórica que fue mar cada con una bl anca flor d e l is, emblem a de la
familia Farnesio
243
aunque la cor te española no tenía el esplendor ni la riqueza de la francesa:
239
Actual Real Acade m ia de J urisprudencia y Legislación.
240
Creada d urante el reinado d e Fernando VI en 1 752 aunque sus pri meros estatutos fueron ap rob ados en 1744.
241
José P atiño nació el 1 1 de abril d e 1666 en Milán, ciudad en la que se educó en lo s p rim eros años co mo
novicio d e los j esuitas; pasó l uego a Ro ma y aba ndonó de for ma osc ura la co mpañía d e J esús. En 170 7 obtuvo
plaza en el Consej o de Órdenes, sie ndo también disting uido con la gracia de la orden de Alcántara. Desde el
Consejo de Órdenes f ue traslad ado a Extremadura co m o Sup erintendente General, llevand o a cabo una br illante
gestión materializad a e n la ins trucción p articular que le fue ap rob ada el 1 de dicie mbre d e 1711 , a fin d e ordenar
lo relativo a la s rentas reales. A partir de marzo de 171 3 desem pe ña el mismo cargo en C ataluña, y desde enero
de 1717 la intendencia de ejército y m arina en Sevilla, j untam ente co n la presidenci a del Tribunal de la
Contratación ESCUDE RO L ÓPEZ, J. A.: Los orígen es del Con sejo de Mini stros en E spa ña . Vol I, Mad rid,
2001 , p. 90.
242
Isabel d e Farnesio (1692 - 1768) era una mu jer de fuerte carácter y sumamente a mbiciosa que no fue querida
por sus súbditos, aun que sí p or su m arido y sus hijos De su unió n con Felipe V nacieron s iete hijo s de los cuales
se is lle garon a la ed ad adulta, algo verdad eramente notable p ara aquellos tiempos do nde la m ortalidad infantil
era pavoro sa. Isabel había nacido en Parma, u na co rte culta y sofisticada. Los palacio s en donde habitó estab an
adornado s espléndid amente co n obr as de los mejores artistas italia nos. La p rincesa mostró desde joven gran
inclinación po r las ar tes recib iendo leccio nes de pintu ra a partir d e los once años. T ambién fue muy a ficionada a
la mús ica, de hecho sab ía tocar el clavicé mbalo. Entre sus a ficio nes t a mbién se co ntaba la lectura y el
coleccionismo de libr os. Véas e, PÉ REZ SAMPER, Mª. Á.: Isa bel de F arnesio . Barcelona, 200 3.
243
Hasta el siglo XVI II las pi nturas d e la Colecc ión Real no f ueron marcadas, la s personas a su ca rgo la
supervisaban a tr avés de lo s inventarios de b ienes. El pri mer rey en marcar su colecc ión p articular fue Felipe V
para lo cual adoptó el emblema de la Casa Ducal de B orgoña, una cr uz e n forma de aspa. La necesid ad de tener
mejor controladas las pintu ras vin o dad a a raíz del pavoroso incendio del A lcázar d e lo s Austrias q ue se p rodujo
Miguel J acinto Meléndez . Felip e V . 1727.
Biblioteca Nacional de Esp aña. Madrid .
116
”La co rte es trist e; sin em bargo, es m ás b rillante que en otro ti empo, a cau sa d e l as tropas que
forman la casa del rey. Hay seiscientos guardias de coros vestidos com o los del rey de Francia; hay
guardias esp añolas y g uardias v alonas
244
, vestidos com o los guardias frances es ”
245
.
Felipe V e Isabel de Farnesio fueron grandes am a ntes de las artes, sobre todo de la música y
la pintura
246
. En 1721 se comenzó a levantar e l p alacio de La Granja de San Ildefonso., se ordenó
a Teodoro Ardenas la construcción de un pequ eño palacio barroco con g randes jardines. Aunque
intervinieron varios arq uitectos en su construcción apa rte d e Teodoro Ardemans, Procaccini ,
Felipe J uvara y S achetti . El conjunto, un magnífic o ejemplo d e arquitectura palatina
dieciochesca, es un pequeño Versa lles al que F elipe V se retiró cu ando cuando abdicó en 1724,
El 10 de enero de 1724 Felipe V c omunicó al Consejo de Castilla su abdicación a la corona:
el día de nochebuen a de 1734. El palacio, que er a la residencia principal de la fam ilia real española y la sede de
la cor te, q uedó reducido a cenizas. Su e xterior era sobr io pero albergaba tal vez la m ejo r colección d e pintura d e
la épo ca, for mada po r unos do s mil cuadr os de los m ejores ar tistas q ue había d ado Europa hasta e l m ome nto. Se
estima que se per dieron unas quinientas p inturas ade más de un sinfín de o bras de arte de todo tipo .
244
Las G uardias Españo las y Valo nas ve stían casaca larga y calzón azul turquí, con vuelta, collar ín y chupa
encarnados. La casaca no presentaba solapas sino tr es órdenes alter nos de alam ares e n blanco, con tres alamares
por grupo, desde el collarín hasta el p uente del ca lzón. El pic o de lo s alamares miraba haci a el ho m bro. La vuelta
de los p uños llevaba cuatro sard inetas también blanca s (tres hasta 1789) , con el pico hacia la mano.
245
GARCIA ME RCAD AL, J.: Ob. cit. , p. 628.
246
Durante s u estancia en Sevilla descubrió a Murillo , co mprando todas las ob ras del pintor que pudo, más
adelante, en 174 4 compró La sagrad a familia del paja rit o que se co nvirtió en su c uadr o preferido y del q ue
nunca se sep aró. La reina mandó m arcar sus pinturas con la flor de lis del escudo de los Farne sio, y así las
podemos ad mirar en el museo del P rado donde hoy día resid e gran parte d e su colección.
Jean Ranc. La fa milia de F elipe V. 1723 . Museo Nacional d el Prado. Madrid.
117
“Haviendo consid erado de quatro años a est a p arte, con al guna particular reflexión y madures,
las mi serias de esta vida por las enfermedades, guerras y tu rbulencias que Dios ha sido servido
enviarme, en los 23 años de mi reinado y considerando también qu e mi hijo primogénito Don
Luis, Príncipe juarado de España, se halla en edad suficiente para regir y gobernar con acierto y
en justicia esta Monarquía he deliberado ap artarme absolutamente del gobierno y manejo d e ella,
renunciándola con todos sis Estados, Re y nos y Señoríos, en el referido Príncipe Don Luis, y
retirarme con la Reyna, en quien he hallado un pronto ánimo y voluntad a a compañarme gustosa,
a este palacio y sitio de San Ildefonso, para servir a Dios desembarazado de otros cuidados,
pensar e n la muerte y solicitar mi salvación”
247
A pesar de su deseo de abandonar el trono, el rey debió reasumir sus funciones a los
siete meses y a que su hijo primogénito de diecisiete años de edad, pro clamado Luis I de
España el 9 de febrero de 1724, falleció a causa de la viruela. En el r etrato de la mano d e
Houasse del futuro Luis I observamos que porta el hábito de novicio de la Orden del Espíritu
Santo, cuyos calzones siguen el modelo de “rhingrave”
usado en la moda cortesana francesa antes de la
implantación del traje mili tar, tal y como vimos en el
capítulo II. Por tanto un atuendo que habí a sido suprimi do
desde hacía cincuenta años se mantenía vigente c omo
uniforme de los Caballe ros de la Orden del Espíritu Santo.
La G ranja de San Ildefonso fue concebida como un
retiro para el monarca cuya s alud mental s e encontraba
bastante debilitada. Para decorar el palacio los re y es
adquirieron una magnífica colección d e pintura, escultura y
artes decora tivas en ge neral:
247
Véase, KAMEN, H.: Felip e V, el rey que rein ó dos veces . Ma drid, 200 0.
Michel-Ange Ho uasse. Lui s I,
príncipe de Astu rias. 1717. Museo
Nacional del P rado . Mad rid.
118
“… siguiendo el ejemplo de todos los grandes monar cas, sabían muy bien la importancia que
el arte tenía pa ra da r esple ndor a un reinado. No era solo arte, era t am bién polí tica. I sabel de Farnesi o
llegó a t ener en su colecc ión más de noveci entas pint uras, gustaba d e escenas fam iliares, infantiles y
galantes”
248
.
Es de nuestro interés la obra del pintor Michel -Ange Houasse (1680-1730), llamado en
1715 por J ean Orry, mi nistro de finanzas. El artista realizó retratos de la fa milia real y pintur a
de género de pequeño f ormato. En su tray ectoria se entrecruzan diversas herenc ias, desd e
Poussin y los maestros barrocos italianos hasta los cuadros de géner o holandeses; en España,
también asimilará influencias, sobre todo la de Velázquez.
El pintor francés se convierte en un cronista de su tiempo a través de una serie de
escena s que nos permiten acercarnos a la vestime nta de la prime ra parte d el reinado d e Felipe
V. En El jardín de los monjes del monasterio de El Escorial aparec e un caballero vestido a la
francesa pero enfundado en una capa, pi eza que seguirá siendo un signo id entitario del
hombre esp añol. Sus esc enas d e género, que se encuentran en su ma y or p arte en los Re ales
Sitios, son un ejemplo palpable de cómo la moda fra ncesa se había as entado por completo en
la sociedad española. En Velada musical se recrea una escena de la sociedad elegante en la
248
PÉREZ SAMPE R, Mª. Á.: Ob. cit., p. 363.
Michel-Ange Houasse. El jardín de los mon jes del monasterio de El E scorial. Palac io d e la Moncloa.
Madrid.
119
que se encuentran un grupo de elegantes dama s y cab alleros. Ellos con pelucas, grandes
casacas y z apatos abotinados, mientras qu e ellas lucen vestidos con tonos suaves y sen cillos
moños al gusto del mom ento. La peluca no sólo la lucían los ca balleros más principales sino
que se adoptó por otros tipos como podemos observar en esta escena donde el músico la lleva.
En La barbería (Palacio Real, Madrid), los mismos barbe ros a los que v emos en plena
faena llevan peluca emp olvada. A su lado aparec e la pelu ca y el sombrero de tres picos del
caballero que está siendo afeitado, mientras a la iz quierda otro homb re ( con la cab eza rapada)
aparece sentado esperando al arreglo de su correspondiente peluca. T al y como venimos
comprobando la nueva moda era costosa y a qu e exigía de elementos ciertamente costosos
como las pelucas. El gasto en ropa del r e y y su familia era d esorbitado, per o el gobierno
siempre pr eocupado por los dispendios que
acarreaban los nuevos hábitos, dictó una
“Pragmatica sancion, que Su Magestad
manda obse rvar, sobre t rages, y otras cosas,
año de 1723 ” . Ésta fue promulgada en San
Ildefonso el 15 de noviembre de 1723,
versando sobre la moderación en el v estir y
en todo tipo de gastos s uperfluos, como las
guarniciones de c arrozas y coches, o el
número de mulas o caballos para el tiro.
También se trataba de regular el vestir de los
artesanos y profesiones liberales, "o mas
baxos" como obr eros, la bradores y jorn aleros; asimismo los lutos y las d otes, etc
249
. El texto
insiste en consumir tejidos españoles y en limitar el uso de la seda en vesti dos y guarniciones:
“como sean de fabricas destos reynos y sus ò de los de sus Dom inios, y pr ovincias amig as: y
para el cons um o, y exti ncion de todo lo que toca à vestidos, encaxes y puntas que se traen al presente,
y ya viados, y lo demas que se prohibe en esta Pragmatica (…) Perm ito que las libr eas que se d ieren a
los Pages puedean ser casaca chupa y calçones de lana fino ù seda llanas fabricadas en estos mis
249
Esta p ragmática f ue impresa en d iversas ci udades de España, entre las conocidas, Madrid, Sevilla, B arcelona.
Granada, Zaragoza, y Pal ma, co nservándose vario s eje mplares de las ediciones de Madr id y Sevilla.
Michel-Ange Ho uasse. Velada musica l . P alacio de
la Granja de San Ildefonso.
120
Reynos, y en sus Dom inios y no se han de poder dar ni traer capas de seda, ni fino de paño, bayeta,
raxa u otra cosa q ue no sea de seda ni aforrada s en ella; y las m edias han de pode r ser de seda ”
250
.
P ero el citado documento no fue el primero, el cual se dictó en 1716 mientras que el
último del reinado vio la luz en 1745. Se prohibían los tejidos extranjeros así como los hilos
de oro, plata, enc ajes y bordados en seda. Los mil itares y otra s erie de profesionales quedaban
exentos de su cumplimiento
251
. Por otro lado, el luto causaba innumerables gastos en el vestir
no só lo de las personas sino de las casas y las iglesias. En la España de la Edad Moderna er a
una costumbre observ ada por la sociedad; algunas disposiciones testamentarias se hacían eco
de la sencillez y humildad en el entierro pero por lo ge neral se celebraban con gran fasto. En
Sevilla l as exequias se celebraron con ma y or pompa en el si glo XVIII que en el anterior
252
.
250
Pragmatica sancion, que su Ma gestad ma nda observar, sob re Trages, y otras cosa s, año de 1723 . Fondo s
digitales Universidad de Sevil la .
251
PUERT A ESCRIBANO, R. : “Reyes, m oda y legi slació n jurídica en la España mod erna”. Ars Long a .
Cuadernos de arte. Valencia, 2 000 , p. 69.
252
MARTÍ NEZ GIL, F.: Muer te y socieda d en la España de los Austr ias . Cue nca, 200 0, p. 538.
Louis-Mic hel van Loo. La familia d e Felipe V . 174 3. Museo Nacional del P rado. Ma drid .
121
Uno de los hechos má s curiosos del largo reinado de Felipe V fue el traslado de la
corte a Sevilla entre febrero de 1729 y ma y o de 1733. La estancia de la corte durante cu atro
años en la capital hispalense constitu y e un hecho excepcional. Una de las razones que se
apunta para explicar el viaje real fue el des eo de la reina
253
de mejorar la salud del re y con la
intervención de al gunos médicos expertos en terapia musical que había en la ciudad
254
. Por
desgrac ia en Sevilla, Felipe V sufrió una de sus crisis más largas y alarmantes
255
.
A pesar d e sus continuos problemas de salud el rey vivió trece años más. En 1743 el
francés Van Loo realizó La familia de F elipe V , una gran pintura cortesana que se puede
considerar sím bolo de u n época; en ella los re yes aparecen rodeados de s us hijos y nietos en
un esce nario palaciego. Isabel de Farnesio, que s e en cuentra en el c entro de la composición,
apoy a su brazo en el rico cojín que sostiene la corona. Tanto su at avío como el de las restantes
damas si gue los preceptos de la moda rococó del mom ento a tr avés d e ves tidos “a la francesa”
con profundo esc ote, petos adorna dos con joyas de pecho , cinturas de avispa, peque ños
moños y cabezas empolv adas ad ornadas con tembladeras
256
. El re y y sus hijo s llevan pelucas
también empolvadas, grandes casacas guarnecidas con hil o de oro y plata, y medias reco gidas
sobre las rodillas. Todos los tejidos y encajes se re produce n con gran verismo. La
composición rezuma rique za y teatralidad siguiendo los preceptos en indumentaria que
marcaba la corte de Versalles; L a familia de Feli pe V supone la obra cumbre en el ámbito del
retratística de las transfor maciones que trajo consig o la nueva dinastía.
253
Durante s u e sta ncia e n Sevilla desc ubrió a Murillo, co mpr ando to das las obr as del pi ntor que p udo, más
adelante, en 174 4 compró La sagrad a familia del paja rit o que se co nvirtió en su c uadr o preferido y del q ue
nunca se sep aró. La reina mandó m arcar sus pinturas con la flor de lis del escudo de los Farnesio, y así las
podemos ad mirar en el museo del P rado donde hoy día resid e gran parte d e su colección.
254
PEREZ SAMPE R, Mª. A: O b. cit. , p . 388.
La mayor afic ión d el rey y c onsu elo a sus d esdic has era l a música. Hicieron venir a Esp aña al gra n canta nte
Farinelli en 17 37 nombrándolo “Músico de cá mara de SS.MM”, con una paga an ual de 135.0 00 reales de vellón.
255
Los d esequilibr ios mentales de Felipe V fueron agravá ndose con el tie m po de tal m anera que pasab a días
enteros sin salir d e la ca m a y sin q uerer lavarse, dormía de d ía y estab a despierto d e n oche, obsesionado con la
muerte y co n co mporta miento era absolutamente dispar atado por desgracia la estancia e n la ca pital hispale n se lo
mejoró su estad o de salud. “El rey, afligido durante años por una co ndición mental inc urable, inte ntó la tarea
imposible de segu ir un extrañ o horario, al tiempo que to do el mundo que le rodeaba seguía otro. Su incapacidad
periód ica originó una de las m onarq uías m ás extrañas del siglo. Muy rar a vez, en la Europ a moderna, un rein o
había sido gobernado d esde el lecho de un enfermo” K AM EN, H.: Ob. cit., p. 269. “Felipe V era un anor mal,
con period os d e lucidez y ot ros en que frisó la locura completa; s us ob sesiones y ridículas” DOMÍN GUE Z
ORTIZ, A.: La so ciedad españo la en el siglo X VIII . p. 25 .
256
ARANDA HUET E, A.: “Aspectos tipológicos d e la j oyería femenina española en el r einado de Felipe V”.
Anales d e Historia del A rte . Ma drid, 200 0, p. 219.
128
habían producido varias prohibiciones sobre llevar la
cara tap ada, concretamente el bando del 9 de julio de
1716 repetido en 1723, 1729, 1740 y 1745 prohibía
expresamente llevar oculto en rostro:
“Ning una persona de qualquier estado,
calidad o distinción u de fuero mi litar u otro alguno,
sea osado de andar emboz ado por esta Corte, tanto
con motera como con gorro calado y somb rero, u
otro qualquier género de embozo que oculte el ros tro,
especialmente en los corr ales de comedias”
269
.
El bando del 10 d e marz o de 1766 pr etendía
el abandono de las capas largas y los somb reros de
ala anc ha, indumentaria propia de los delincuentes:
“quiero y m ando qu e toda la gente civil.. . y
sus domésti cos y criados que no traigan librea de las que se usan, usen precisamente de capa
corta (que a lo menos les falta una cu arta para ll egar al suelo) o de redi ng ot o capingot y de
peluquín o de p elo propio y sombrero de tres picos , de forma que de n ingún modo v a y an
embozados ni oculten el rostro; y por lo que toca a los menestrales y to dos los demás del
pueblo (que no pu edan vestirse de militar), aunque usen de la capa, sea pr ecisamente con
sombrero de tres picos o montera de las permitidas al pu eblo ínfimo y más pobre y mendi go,
bajo de la pena por la primera vez de seis ducados o doce días de cárc el, por la segunda doce
ducados o veinticuatro días de cárcel... aplicadas l as penas pe cuniarias por mi tad a los pobres
de la cárce l y ministros q ue hi cieren la aprehensión.”
La hambruna se extendía por la escalada de precios de los productos básicos (el pan
duplicó su precio en c inco a ños)
270
y los salarios se hundían. La s c risis de subsistencia
pasadas permanecían en la memoria colec tiva y e xistía una pro funa animadversión hacia los
ministros extranjeros y a que sus medidas económicas no aliviaron la carestía de la población.
269
Novísima reco pilación (supra 1 ) 6.13.10. PÉREZ MART ÍN, A .: “El der echo y el vestido durante el An tiguo
Régimen”. An ales de Derech o nº1 6. Murcia, 1998, p. 266.
270
El salario medio de u n peón e ra de 4 reales, po r tanto con la escalad a de los precio s con este d inero sólo p odía
comprar tr es pieza s de pan. D OMÍNGUEZ ORT IZ, A.: Car los I II y la E spaña de la Ilu stración. Ma drid, 19 90, p.
101
Francisco d e Go ya. P aseo de A ndalu cía o
La maja y los embozad os . 1777 . Museo
Nacional del P rado . Madrid.
129
El gobierno pretendía terminar con el uso de la capa larga y el chambergo
271
, y a que los
delincuentes los utilizaban para encubrirse; el objetivo era preservar el orden público y
modernizar a una sociedad anquilosada
272
.
El 10 de marzo de 1766, las calles de Madrid s e viero n salpicadas con carteles qu e
prohibían a la población el uso de la capa y el so mbrero. Estalló el motín por las calles de la
capital, la plebe destru yó miles de farolas que s e aca baban de colocar, asaltaron y saqu earon
la residenc ia
273
de Esquilache y fuero n hasta las misma puertas del Pala cio Real a pedir
cuentas al re y. Dicho mo tín tuvo una si gnificación más profunda de l a qu e popularmente se le
atribuy e
274
ya qu e los pas quines contra el bando mi nisterial se vieron en ciento veintiséis
localidades, de entre las c uales tr einta y nuev e sufrieron revueltas. La s autoridades para
convencer a la población se habían h echo eco d e que la capa “a la española” siempre h abía
sido corta y no larga, por lo tanto convenía contin uar con esta tradición. En cualquier caso, t al
y como ver emos más ad elante los hombres si guieron usando capa aunque los protocolos no
nos informan de su tamaño.
En el terreno artístico C arlos III quiso mejorar las malas condiciones d e la capital, a
través de intervenciones en diversas infraestructuras y su embellecimiento, así mismo fue el
272
“Es sabido que desde tie mpo atrás el Gob ierno español dese aba transformar muchas cosas d e la vida nacional,
y una de ellas era la maner a de vestirse de la s clases p op ulares, so bre tod o de los madrileños. Las ca pas
enormemente largas, que permitían un concie nzudo e mbozo bajo el cual todo s podían esconderse; los grande s
sombrerazos d e ala anchísima, el llamado so mbrero gacho o, mejor, cha mbergo, que ej ercía una demasiado
eficaz p rotección y vertía imp enetrable so m bra sobr e el r ostro. El rey Carlos III, a la vez que establecía , no s in
protestas, el alumbrado público, q uería levantar las ala s que ocultaban los ro stros de sus vasallos: el e spír itu de la
Ilustración, de la s luces, p or ser verdadera mente sincero -la gran fe de la época - de scend ía a los d etalles más
materiales y humildes. Yo pienso que estas r azones u tilitarias -se guridad p ública, co nveniencia de que se pudier a
reconocer a lo s d elincuentes- no eran m ás que apariencia: la justificación “objetiva” de otras razo nes m ás ho ndas,
“estéticas”, “estilística s”: los ho mbres del Gobierno de Carlos I II sin duda sentían males tar ante aq uellos
hombres tan de otro tiempo, tan distinto s d e lo que se usaba en otras partes, tan arcaicos. Yo creo q ue la aversión
a la capa larga y al cha mbergo er a una manifestació n epidér m ica de la sensibilidad eu ropeísta y actualísi ma de
aquellos hombres q ue se ntían la pasión de sus dos verdad eras p atrias: Europ a, y el si glo XVIII”. MARÍAS, J .:
Meditaciones sobr e la socied ad española. Madrid, 1966, p. 105.
273
La llamada “Casa de las Siete Chimeneas” está ubicad a en actual plaza d el Rey . Ho y es una sede d el
Ministerio d e Cultura.
274
"E l motín no había sido pue s un hecho acciden tal, si no que hubo una direcció n i nteligente y un p ropó sito
político q ue repercutió en varias p rovincias. Hubo p lan, o rganización y obj eto. En las d istintas ver siones
antiguas del suceso se insiste en que el alboroto no estalló de improviso q uien ha movido esto es gente muy rica" .
Se ha subra yado el sentido religioso del motín y q ue quisieron defender la religió n, q ue en s u op inión ib a
decadente. Se dijo que semejantes bullicio s no sólo er an lícito s, sino meritorios, y que algunos d e los heridos
llevados a los hospitales, n o quisieron confesarse porque morían mártire s y tenían la salvación asegurada"
MARTÍ GILABERT, F.: Carlos I II y la política relig iosa . Madrid , 2004, p. 101 .
130
primer r e y que habitó en el
Palacio Real
275
. Una de las
manufacturas que vi vió su
momento de ma y or esplendor
fue l a R eal Fábr ica de Tapices
de Santa Bárbara, fund ada en
1720, con Antón Rafael Mengs
como director desde 17 62. El
checo llamó a una s erie de
jóvenes pintores españoles para
realizar cartones para los
futuros tapice s variando la
temática que se había
desarrollado anteriormente
hacia la representación de asuntos populares qu e gozaban de gran aceptación por parte de las
élites. Francisco de Go y a recibió su primer encargo
276
en 1776, cu yos tapices estaban
destinados al comedor de los príncipes de Asturias en el palacio de El Pard o. Los carto nes de l
maestro a ragonés nos acercan a l a indumentaria de las cl ases popula res, lo cual es de gran
interés par a conocer el fenómeno del majis mo, cuya indumentaria ve remos en los capítulos
dedicados a la moda masculina y femenina.
Dentro del terreno económico cabe destacar la libera lización parcial del comercio
exterior, y a partir de 1778 el de América a través de un decreto. Se suprimió la Casa de
Contratación, permitiendo la creación de compañías internac ionales, según la tradición de
Holanda y Francia y se abrieron nue vos puertos e n la península y América para destinados al
comercio:
“Com o desde mi exaltación al Trono de España fue si em pre el objeto de mis atenciones y
cuidados la felicidad de mis amados vasallos de estos Reynos y los de l as Indias, he ido dispensando a
unos y a otros l as muchas gracias y beneficios que deben perpetuarse en su m emoria y reconocim iento.
275
La construcción co menzó en 1738, según trazas de Juvarra. Al fallecer éste, se encar gó el p roy ecto a J uan
Bautista Sache tti. Ventura Rod ríguez es el responsable de la Capilla Real . Sabatini, llamado a Madrid por
Carlos III en 1760 , lo concluyó. CHUECA GOIT IA, F.: El Pala cio Real de Ma drid , León, 2000, p. 16 y ss.
276
Formado p or: La ma ja y los embozados , La merienda a orillas del Manzana res, El baile de Sa n Antonio de la
Florida, La riña en la Ven ta Nueva, El b ebedor, El q uitasol, La cometa, Los juga dores de naip es, Niños infland o
una vejiga y Niñ os cogien do fruta .
Francisco de Go ya. La meriend a. 1776. Museo Nacio nal del Prado.
Madrid.
131
Y considerando Yo, que solo un Com ercio Libre y Proteg ido en tre Españoles E u ropeos y Am ericanos
puede restab lecer en m is Dom inios la Ag ricultura, la Indust ria (...) ".
La sociedad española s eguía durant e el r einado de Carlos III ancl ada en viejas
premisas que en parte frenaba n el desarrollo de la nación. L os trabajos manuales se
consideraban despreciables, de hecho ser aristócrata impedía la realización de una serie de
actividades que se consi deraban indignas, m entalidad que produjo en España un gran atraso
económico con resp ecto a otros países. El asunto generaba una gran p olémica aunqu e es
sabido que algunos nobles poseían fábricas textiles o negocios mercantiles. Un ejemplo lo
constata: en 1706 la gra n ma yor ía de las fábricas de paños en Segovia e staban en manos de
hidalgos. En Sevilla cabe destacar a los ma rqueses de Moscoso, herederos del acaudalado
mercader de origen flamenco Miguel de Neve, que incluso llegaron a participar en el
Consulado de Mercaderes
277
. L a di gnificación del trabajo no es una realidad hasta el reinado
de Carlos III y concr etamente hasta la Re al Céd ula de 18 de marzo de 1783, en la que se
declaró que todos los oficios son honestos y honrados, que no envilecen a quien los practica
y que no inhabilitan para realizar cualquier cargo público
278
:
“Declaro que no sólo el ofi cio de curtidor, si no t ambié n los demás artes y of icios del herre ro,
sastre, zapate ro, carpintero y otros a este modo, son honestos y honrados; que el uso de ellos no
envilece la fam ilia ni la p ersona del qu e lo ejerce ; ni la inhabil ita para ob tener los empleos m unicipales
de la r epúbl ica en que está n avecindados los a rtesano s y menestrales que los ejercitan; y que tam poco
han de per judicar las artes y oficios para el goce y prerrogat ivas de la hidalguía , a l os que la tuvieren
legítim amente... siendo exceptuado s de esta regla los artistas o menestrales o sus hijos que
abandonasen su oficio y el de sus padres y no se dedicaren a otro o a cualesquiera arte o pr ofesión con
aplicación y aprovecham iento aunque el abandono sea por causa de ri quez a y abunda ncia; en
inteligencia de que m i Consejo, cuando hallare que en tres generaciones de padre, hijo y nieto ha
ejercitado y sigue ej ercitan do una familia el comercio o las fábricas con adelantam ientos not ables y de
utilidad al Estado, m e pr opondrá, según le he prevenido, la distinción que podrá conceder se al que se
supiese y justificase s er directo r o cabeza de tal fam ilia que p rom ueve y conserva su aplicac ión”.
En 1783
279
se dictó la últ ima pragmática suntuaria, hemos venido hablando de la larga
lista de pragmáticas contra el lujo que se produjeron en España. Estas le yes tenían diversos
277
Véase, VILA VI LAR, E.: Los mercaderes sevillanos y el destino de la plata d e Indias. Sevilla, 2001 .
278
PLAZA PRIET O, J.: O b. cit., p. 198.
279
SEMP ERE Y GUARIÑ OS, J.: Historia del lu xo y d e las artes suntuarias en España . Madrid en la Imprenta
Real, 178 8. Vallad olid, Ed. Maxtor, 20 08, p. 172.
132
objetivos, trataban d e s alvaguardar y prote ger el merca do nacional fr ente a las importaciones
extranjeras pero no s e debe pasar por alto que una de sus principales cuando hallare que en tres
generacione s de padre, hijo y nieto ha ejercit ado y sigue ejercitando una famil ia el comercio o las
fábricas con adelantam ientos notab les y de utilidad al Estado, me propondrá, según le he prevenido, la
distinción que podrá conceders e al que se sup iese y j ustificase ser direct or o cabez a de tal fam ilia que
promuev e y conserva su aplicac ión”.
En 1783
280
se dictó la últ ima pragmática suntuaria, hemos venido hablando de la larga
lista de pragmáticas contra el lujo que se produjeron en España. Estas le yes tenían diversos
objetivos, trataban d e s alvaguardar y prote ger el merca do nacional fr ente a las importaciones
extranjeras pero no se debe pasar por alto que una de sus principales caract erísticas residía en
que las dif erentes clases sociales fueron diferen ciadas por su m a nera de vestir. Du rante el
reinado de Carlos III comenz ó el fenómeno social denominado majismo, estamos en pleno
despotismo il ustrado y se cultiva el neoclasicismo; la sociedad elegante mira hacia Francia
pero hay un sector de la población que reivindica lo autóctono:
“(…) el pueblo se opone y sigue aferrado al barroco; g usta del teatro viejo, de los romances de
ciego, de las historias truculentas de santos y pecado res. (…) Valora la j uventu d en fun ción del garbo
y ar rojo de hom bres y mujeres: estas cua lidades deb en percib irse en el modo de v estir, en el modo de
cantar, bailar y hacer el amor. ( …) este cuidado que p onen el majo en su capa o cofia, la maja es sus
peines o jubones, esta preocupación por el gesto de l a ca beza o de las manos y por el meneo e s m uy
privativ a ( …). En 1770 ó 1780 la máxim a aspiración de un hijo o hija del pueblo de Madrid era ir l o
m ás adornado que se pud iera ”
281
.
El m ajismo pone en valo r la estética andaluza en danz as y costumbres populares. Su manera
de vestir fasc inará a ci erta nobleza españo la:
“El majo andaluz viene a entronizar de forma definitiva el tópico nacionalista, aunque todaví a
en sus formas mas primitivas. Su apasion am iento barroco y popul ar, tal vez habría que decir español,
es un reducto contra el p redom inio de la razón neoc lásica y el elitism o”
282
.
280
SEMP ERE Y GUARIÑOS, J .: Historia del lu xo y d e las artes suntuarias en España . Madrid en la Imprenta
Real, 178 8. Valla dolid, Ed. Maxtor, 2 008, p. 17 2.
281
CARO B AROJA, J.: Temas castizos . Mad rid, 19 80. pp. 99 - 100.
282
CASTILLA URBANO, F.: El análisis social de Julio Caro Baroja: empirismo y sub jetividad . Madrid, 2 002.
p. 264.
133
III.4. Carlos IV, p rimera d écada de su reinado. María Luisa de Parma como “es clava de
la moda ”.
El hecho de que Carlos III quedara viudo nada más llegar a Esp aña y su sencillo
carácter no dado al espar cimiento, propició que la corte española no tuvi era el brillo de ot ras
europea s. Su hijo y sucesor el futuro Carlos I V
283
contrajo matrimonio en 1 765 con su prima
hermana María Luisa de Parma (hija de Felipe d e Parma e I sabel de Francia, por tanto niet a
de L uis XV y prima hermana de Luis XVI). La pareja, que perm aneció veinte años en el trono,
tuvo catorce hijos de los que solamente cinco ll egaron a la vida adulta. Ca rlos IV asumió los
destinos del país en un momento de gran complejidad política. Europa v ivía conmocionada
por la Revolución Francesa, a raíz de la muerte de su primo L uis XV I en la guillotina el rey
rompió relaciones con el país vecino. Después de una serie de d esavenencias qu e habían
surgido con su minist ro el conde d e Aranda, éste f ue destituido y Manue l Godoy
284
, que había
protag onizado un a meteó rica carrera de ascensos, fue nombrado primer s ecretario d e Estado y
del Despacho. Entre 1793 y 1795 se produjo la llamada gue rra de la C onvención entre la
Francia republicana y España cuyo resultado fue nefa sto p ara nuestro país.
283
Carlos IV era alto, corp ulento y gran nariz como s u p adre. Fue m uy aficio nado a las ar tes y a la pintura no e n
vano había sido cr iado en Náp oles. Era un gran aficio nado a los reloj es, a los q ue daba cu erda co nstantemente, y
a la m úsica. To caba el violín y adqu irió una colecc ión d e v arios Stradivariu s que se con servan en el Palacio Real
de Madrid . Los retr atos del r ey nos lo muestran normalment e co n el traje “a la francesa” en colores alegres como
el roj o, también apar ece co n tonos pastel co mo el azul cele ste en el retrato de la m ano de Francisco Bay e u de
1790 que se encuentra en la Aca demia de San Fer nando.
284
Véase, LA PARRA LÓPEZ, E.: Manuel Godo y: la av entura de l poder. 2002
134
Durante la última d écada del si glo XV III se
produjeron una serie de cruciale s transformaciones
en indum entaria, fundamentalmente en la
femenina. La sociedad se tambaleaba y fruto d el
momento político lleg ó de Francia una nu eva
manera de con cebir la belleza femenina mientras
que dentro de nuestras fr onteras se asentó con gran
fuerza el majismo, y no solamente entre las clases
populares. Carlos I V y María Luisa de Parma,
como príncipes de Asturias, encargaron una serie
de tapices sobre temas populares. Eran entusiasta s
de los festejos y diversiones y des eaban decorar
sus residenc ias con tapices que reflejaran l a
sociedad española del momento. Francisco de
Goya realizó entre 1775 y 1792 varias se rie d e
cartones par a tapic es destinados a la Re al Fábric a
de Santa Bárbara. La colección de cartones de
Goya, que se encuentra íntegramente en el museo del P rado, nos es de gran a y uda ya que
ilustra a la perfección la indumentar ia de los tipos populares de la España del momento.
La fi gura del majo está presente en muchas co medias de la época, co m o en las de
Ramón de la Cruz. El género teatral adquirió una gran relevancia en la sociedad y el tipo
personajes populares que protagonizaban las comedias “seducían al p úblico con aquella
presentación tan a lo vivo sobre las tablas de los desplantes de majos y majas”
285
.
Lo plebe yo se puso de moda, se consideraba más auténtico y re al; las actrices españolas
contribuy eron destacada mente al d esarrollo y configuración de esta corriente indumentaria
que era, sin duda, un reflejo de una parte d e la sociedad española. Es te prototipo se fue
nutriendo de elemento s que formaban parte de la indume ntaria tradicional, pero
paulatinamente se constitu yó en un estilo propio con sus propias señas de identidad que fue
aceptado, adoptado y difundido por todos los estamentos sociales, incluida la aristocracia. La
literatura del momento se hace eco de este choque cult ural entre el afrancesado y el majo
285
MARTÍ N GAITE, C.: Ob. cit., p. 99.
Fra n cisco d e Go y a. C a r lo s I V . 1 7 8 9 .
Mu s eo Nac io n a l d el P r ad o . M ad r id .
Francisco de Go ya. El pele le . 179 1-1792.
Museo Naciona l del P rado. Madrid.
135
expresado a tr avés de la forma de vestir y las c ostumbres, pero con un trasfondo social d e
mayor calado.
A principios del r einado de Carlos IV se produjeron una serie de in ici ativas con el fin
de contener el derroche que los excesivos ga stos en indumentaria venían ocasionando. Hemos
venido analizando cómo desde el siglo XVI se tra taron de acometer una se rie de reformas en
este sentido a las que la sociedad hiz o caso pr áctica mente omi so. En 1788, se publicó en la
Imprenta Real de Madrid Discurso sobre el lujo de las Se ñoras y proyecto de un traje
nacional . L a propuesta r esidía en la idea de unifo rmizar la vestimenta femenina a fin de paliar
los enormes gastos que conllevaba, esta ini ciativa no solamente sur gió en España, sino
también en otros como I nglaterra, Suec ia y Dinamarca. El discurso arg umentaba de los
peligros del lujo para la buena marcha del Est ado y sobre lo conveniente de vestir con forme al
estatus social de cada un o y no por en cima del m ismo
286
. Una vez más com probamos que e l
problema de las aparie ncias continuaba estando presente en la sociedad.
El proy ecto presentaba tres ti pos de atuendo femenino
287
: española, carolina y
borbonesa o madrileña. El primero era la “gala principal”
288
, por tanto “se deberán emplear
los géneros mas ex quisitos”. El llamado “española” era en realidad un vestido “a la francesa”
sobre ancho tontillo, pañoleta de encajes tapando el escote y el peinado del momento, la
cabeza en fo rma d e g lo bo con unos rizos ca yendo por el cuello, todo corona do con dos
grandes plumas y cintas. El atuendo “carolina” era un vestido ti po polonesa
289
con el volum en
dispuesto en la parte trasera y peluca empolvada rematada con cintas de c olor. L a borbonesa
era el más sencillo de los tres, compuestos por una casaca con faldillas y dos faldas, la inferior
quedaba tot almente a la vista por delante mientras que la superior sólo cubría la p arte trasera.
El peinado era algo más sencillo que los dos anteriores y s e cubría c on unas pequeñas lazadas.
Cada uno de estos tres atuendos se dividía a su vez en tres clases: primera, seg unda y tercera,
estableciéndose qué señoras podían llevarlos. La Junta de Damas
290
señaló la inoperancia de
esta iniciativa y a que lo fundamental s egún s u criterio para paliar los excesivos gastos
286
MOLINA, A., VEG A, J.: Ob . cit., p. 143 y ss.
287
Los tres modelos se explicará n en el ca pít ulo 6, ded icado a la indumentaria feme nina.
288
ANÓNIMO: Discurso sobre el lujo de las S eñoras y proyecto de u n traje nacional . Ma drid, I m prenta Real,
1788 . p. 41 y ss .
290
La Real e I lustre Junta de Damas de Honor y Mérito fue fun dada el 27 de ago sto de 1 787,en virtud d e una
Real Orden de Car los III, sien do la prim era asociació n de mujeres fundada en Esp aña.
136
radicaba en la mejora de la educa ción. P or otro
lado, consideraban que en Esp aña no h abía
fábricas pr eparadas p ara acometer tan ingente
tarea.
Los intentos de dise ñar un traje
nacional ha bían fracasado, sin embarg o, la
indumentaria maja se c onsolidó en Madrid y
en otras ciudades como Sevilla, posiblemente
como una p rueba de o rgull o patrio ya antes la
invasión napoleónica. Diversas damas
sucumbieron a e ste atuendo, hasta la misma
reina María Luisa fue retratada por Francisco
de Goya en 1799
291
con un traje de maj a negro
y mantilla de enca je adornando la cabeza con
un gran caramba
292
rosa. María Luisa aparece
mostrando los brazos y a que se sentía mu y orgullosa de ellos. El traje de maja que usaban las
damas más principales seguía el prototipo del vestido popular pero lógicamente era más
lujoso en tejidos, decoraciones y adornos.
No podemos obviar la figura de María Luisa de P arma, la reina fu e una gran
aficionada a las últim as novedades francesas, tal como podemos ver en su s re tratos. D esde su
etapa como princesa de Asturias donde Men gs la presenta con un traje de corte “a la francesa”
en verdes y plateados, hasta el d rástico cambio de moda qu e aparece en todas las d amas de l a
familia real en La famil ia de C arlos IV (1800). En las diversas pinturas que se cons ervan
podemos ver a María L uisa de P arma engalanada con los diversos atuendos que se sucedieron
en tan corto periodo de tiempo, desde el traje “ a la polonesa”, pasando por el vestido sobre
“tontillo”, hasta llegar a la estética impuesta durante el Dire ctorio francés (1795 -1799), con
cuerpo c orto con talle bajo el pecho, falda recta con sobrefalda y pelo en su color
293
.
291
La reina encargó u na copia d el retrato a Agustín Esteve que regaló a Manuel Godo y.
292
T EJEDA FERNÁNDE Z, M.: Glo sario de términ os de la indumentari a regia y co rtesana en Esp aña .
Siglos XVI I y XVIII. Málaga, 20 06. p. 492.
293
VON BOEHN, M.: Ob . cit., p. 8.
Anton Rafae l Mengs. aría Luisa de arma ,
princesa d e Asturias. Hacia 1 765 Museo Nacional
del P rado. Madrid.
137
La r eina en cargaba sus atuendos a París gastando unas c ifras astronómicas, y no
solamente en su juventud. Adquiría trajes y ropa blanc a adem ás de flores para los tocados de
moda. María Luisa de P arma compa rtía modisto con la emperatriz J osefina . Louis Hippol y te
Le Ro y confeccionó una serie de vestidos para la Josefina, trajes que partían la lí nea del
sencillo vestido camisa pero más recargados y acompañados de manto, como el vestido de la
coronac ión (1804).
En lo que respecta al traje masculino aunque s e continuó usando el tr aje “a la francesa”
aparecier on en los últim os años nuevas prendas como el frac y los pantalo nes lar gos, d e clara
influencia inglesa que se consolidarán a principios del siglo X I X. Por último cabe resaltar la
publicación en 1801 de Colección Gen eral de lo s Trages que en la actualidad se usan en
España: principiado en el año de 1801 , compuesto de ciento doce estampas con
repre sentaciones de dist intos vestidos de muy diversos lugares de España. Se trata de la
segunda colección de
trajes publicada en
nuestro país despues
de la Colección de
trajes tanto antiguos
como modernos de
Juan de la Cruz Cano
y Olm edilla en 1777.
Por tanto, nuestro país
y a seguía la estela de
Ing laterra o Francia en
este tipo de iniciativas
que se desa rrollarán
plenamente en el siglo
XIX.
A modo de c onclusión diremos que este capítulo nos ha pe rmitido estable cer un
sucinto recorrido d e los a vances y reformas que tr ajeron consigo la nueva dinastí a, basadas en
el modelo fra ncés, a través de distintas iniciativas cuyo fin estribaba en mejorar l a mala
situación económica y d e infraestructuras de todo tipo; así como un cambi o radical en l a
Francisco de Go ya. La fa milia de Carlos IV . 1 800. Museo Nacio nal del Pr ado.
Madrid.
144
“con que poder mantener las oblig aciones de dicho matrim onio de doy y entrego de mis
propios bienes por dote y caudal conocido de l a dicha mi niet a 8.551 reales de vellón en los vienes y
alajas vestid os ropa b lanca y demas cosa s”
306
.
En el caso d e qu e la doncella fuera hué rfana de padre y m adre y sin parientes
próximos, ella misma podía hacer entrega de su dote, como es el caso de doña L eonor Ramos
Villasandino (1720), quien la otorga ella misma a su futuro marido D omingo Mi guel de
Ca safonda , “hijo de Juan Antonio Casafonda, Familiar del Santo Oficio de la I nquisición”
307
;
de igual m anera doña J uana Suárez F ernández, viuda, entregó ella misma la dote a su futu ro
marido don Francisco García de Ca steñeda en 171 5
308
.
En ocasiones se especifica en la propia carta qu e aparte d el padre de la novia otro s
familiares han contribui do en la compra del ajuar: “… por dadivas de parientes y otr as
personas a c ausa de dicho matrimoni o ”
309
. En un doc umento otorgado por la viuda de J ua n
Crescenc io Martínez a su hija en 1786 en la que le es entregada el importe de la legítima
paterna, se le ofrecen a su vez:
“diferentes prend as y ropas que han regalado a la dicha su hija diferen tes personas pari entes
(…)”, lo cual aparece cons tatado y descrito en una parti da aparte llamada “Ropa y pr endas donadas
por los par ientes”, en la que figuran dos vestidos, una saya, una cadena de oro, dos manteletas, una
m antilla y dos abanicos
310
.
Era costumbre de las pe rsonas con posibles dotar a las doncellas que habían trabajad o
a su servicio. El servicio doméstico era un a de la s profesiones más comunes para las cap as
bajas de la sociedad. La nobleza emplea ba numer osísima servidumbre, dentro de la cual había
distinciones entre los de “ escaleras arriba ” y los de “ escaleras abajo ” . En los palacios de los
Grandes el servi cio doméstico estaba formado po r centenares de pe rsonas de ambos sexos. La
servidumbre era un trabajo esencialmente urbano, a finales del siglo XV II se censan más de
280.000 criados en Madrid, sobre un 35% de la pob lación total de la ciu dad. Otras fu entes
306
AHPSE: P- 1 0326 ,935 r.
307
AHPSE: P- 6 92, 7 06 r.
308
AHPSE: P- 5 178, 851 r.
309
AHPSE: P- 5 205, 92 r.
310
AHPSE: P- 95 78, 6 19 r.
145
hablan de hasta el 43% de la población de Madrid dedicado al servicio d e las grandes casas
311
.
Fray L uis de Le ón en La perfecta casada (1584) ya hablaba obli gación de los señores dar
buen trato a los criados, criticando enconadamente a las personas que abusaban de su
posición
312
. L o mismo afi rma J uan de Zabaleta quejándose del m al trato que algunas
soberbias damas daban a sus sirvientas
313
. En la literatura esp añola del siglo de oro la figur a
de los criados es mu y frecuente, son los que acompañan siempre a sus amos y su r elación a
pesar de la distanci a social es estrecha; de hecho la sirvienta de confianza dormía cerca de su
señora. Una parte de l a realidad no era ta n negativa y a qu e el amo tenía como tal,
obligac iones para con sus criados; en el sentido de costearles el aprender una profesión, la
dote, ropa, comida y ca sa. Cuando un gran señ or fallecía sus hijos her edaban los criados,
siendo su obligación el no desatender sus necesidades, tan es así que una de las obras de
caridad frecuentes era dotar a doncellas sin recursos.
S on relativamente frecuentes las carta s de dote de señores a sus sirvientes ; en 1740,
don José B ucareli
314
, conde de Gerena, otor ga la dote a la prometida d e su criado don
Domingo de Cuesta. D on J osé Franc isco Bucareli y Ursúa (1707 -1781), fue un c aballero
principal de la S evilla de su tiempo, V conde de Gerena
315
, III Marqués de Vallehermoso
316
,
Coronel del regimiento de mi licias provinciales d e Sevilla, Teniente d e Hermano Ma yor d e la
Real Maestranza de Caballería y Comendador de S an Esteban de Florencia
317
. El aristócrata
entregó una dote de 5.789 reales, una parte en dinero en efectivo: 300 reales, denominado
311
Los datos q ue nos dan alguno s viajero s co mo mada m e d e A ulnoy (300 d ueñas de la d uquesa de Osuna) o el
duque de Saint -Simon ( 700 serv idores el duque de Medinaceli) tal vez sean una exa geración p ero no cabe duda
que corresp ondían a la realid ad de la sociedad española del m ome nto .
312
“…y hay ta n vanas alg unas, que ca si d esconocen su carne, y piensan que la suya es carn e de ángeles y las de
sus sirvie ntas de p erros, y q uieren ser ad oradas de ellas, y no acordar se de ellas si son nacidas; y si se q uebrantan
en su servicio, y si pasan sin sueño las noc hes, y si están a nte ella s de rodillas lo s días, t odo les par ece q ue es
poco y nada ” .
313
“ El hacerse servir de ell os de rodillas, no siendo n o Dios ni rey, e s soberbia muy d esamedr entada ” , y afir ma:
“ ejor plaza es la de p errito faldero en casa de una mujer po derosa que d e criad a valida ” . ZABALET A, J.: El
día de fiesta por la mañ ana y por la ta rde . Ma drid, Castalia, 1 983, p. 362.
314
La noble familia B ucarelli es d e origen italiano, co ncretamente de Florencia. El p rimero de este ap ellido que
se estab leció en Sevil la fue Antonio María B ucarelli, hijo de Vincenzo B ucarelli y de María d e An drés Rinieri.
Recibió el bautis mo en el oratorio de San Jua n Bauti sta de Flor encia e n 157 8. Don Antonio se e stableció al
menos d esde 1 615, año en que contraj o matri monio con do ña Ge ma Federigui, p erteneciente también a u na
ilustre fam ilia florentina establecid a asim ismo en Sev illa, hija d e Luis Federigui y de doña L ucrecia Fantoni. En
segundas nupcias casar ía alreded or d e 1635 con doña Beatriz de la To rre .
315
Concedido en 1650 a don Pedro de Ursúa y Arizmendi, Almirante General de la Guardia y Carrera de Indias
en 1650 . CADENAS Y LÓPE Z, A. : Elenco de Gran dezas y títulos no biliarios españ oles . Madrid, 2008 , p. 434 .
316
Concedido en 167 9 por Carlos II a don Francisco Antonio Bucarelli y Villací s, Caballero de Calatrava. Desde
179 0 ostenta Grandeza de España. Ibídem , p. 1061.
317
Contrajo m atrimonio en Mad rid en 1734 con doña An a Antonia de Baeza y Vice ntelo de Leca, hija de don
Luis de Baeza Manrique de Lara y Mendoza, Marqués de Castro monte, Grande de España, y de doña Mar ía
Ter esa Vicentelo de Leca y Silva.
146
“ dinero de contado ” ; y otra en ropa y muebles, incluso: “ camisas nuevas bordadas con su s
encajes ”
318
. En ex acta fecha, el mismo caballero entregó dote a : “ Don José Mihurra, mi
criado ma yor vecino de esta ciudad de Sevilla y natural de Zugarramurdi obispado de
Pamplona ”. El ajuar es mu y sustancioso , habiendo todo tipo de ropa, ajuar de la casa y
mobiliario sorprendiendo lo costoso de alg unas piezas.
Otros ejemplos de entrega de dote a criados lo constituyen el de don J uan Bautista
Clarebout
319
que la otorgó Ana Josefa Martín (1719 ), doncella n atural de Do s Hermanas, para
contraer matrimonio co n J uan Alfonso de P rado, maestro zapater o d e opera prima
320
que
recibió:
“ 8.007 reales y medio de vellon todo ello lo recibo de la dicha Ana J osefa Martín por mano
del dcho Sr. D. J uan Bap.ta Clarebout quien le a dado graciosam ente dicho dinero de contado, y
al guna ropa y alajas, lo dem as lo a coste ado la su so dcha co n el salario”
321
.
El citado documento pone de relieve la situación de las muj eres humildes, las cuales
debían ahorrar con su trabajo para hacer entrega de la dote y así poder a cceder al matrimonio .
Otro ejemplo de otorgamiento de dote a servidore s es el de don Alonso de Soto (1730) quien
la entregó a don Pedro Guerrero, trabajador del campo y n atural de Valdepeñas para c asar
con su criada I sabel María Ana Canello: “ a quien he criado en mi casa y servicio desde que la
trajeron” . Don Alonso refiere que le ha dado trabajo y la ha “alimentado con desencia como
es notorio” y le adjudica un montante que alcanz a los 6.018 reales, 4.000 en el ajuar y los
restantes proporcionándoles casa, almuerzo y cena, lo que se valora en 4 r eales diarios
322
. La
carta contiene los enseres básicos: una cama con d os colchones poblados de lana, seis sábanas
y cu atro almohadas, un cobertor, una colcha y un rodapié, dos arcas de cedros, dos sillones,
dos sil las de paja, un espe jo, unos cuadritos y una mesa para comer, a esto se le debe sumar la
ropa interior, de vestir, de casa y complementos, como cosa original lleva un caballo de seis
años valorado en 450 reales.
318
AHPSE: P- 2855, 486 r. Apéndice docu mental, documento 13.
319
En 1 720 ad quirió la hacienda de Seixa ( Alcalá de G uadair a) po r m ás d e vei nte mil duca do s. La co munidad
flamenca co mpraba biene s r aíces lo q ue les per mitía ser naturalizados y p oder co m erci ar con las Indias. Se r
naturalizado en Castilla era un req uisito i ndispensable. par a o btener la lice ncia de co mercio. En el si glo X VII
numerosas naturaleza s se repar tieron a fla mencos e n Se villa. Diversos ca balleros flamencos in virtieron e n tierras
comprando o construyendo ha ciendas de olivar. Juan Bautist a Clarebout se ded icaba a la exportación de lana.
320
AHPSE: P- 1 0355 , 255 r. Apéndice do cumental, documen t o 1 3.
321
AHPSE: P- 1 0342 , 256 r.
322
AHPSE: P- 7 02, 1 48 r. Apéndice documental, docume nto 20.
147
Doña Elvira María de C astilla y Guzmán
323
, condesa de La Lag una otor gó en 1726
dote a favo r de Alonso Rodríguez, maestro p asamanero, para casar con su criada Flor de los
Ríos “a la cual por el mucho amor y voluntad que le ten go y aberla criado”
324
, por un
montante de 4.900 rea les. En 1700 aparece una carta de dote sing ular, se trata del documento
de doña Rosa Romero P once de León, hij a de un caballero de la orden de Calatra va, otorgado
a don Sancho Muñoz de Lodena, hijo de un caballero de la orden d e Santiago. La escritura no
aporta ninguna pieza de ropa, tan sólo mobil iario por un montante de 22.000 reales
325
.
En la alta nobleza las cantidades podían alcanzar cifr as astronómicas, desde los
tiempos de los Reyes Cat ólicos las damas a su servicio percibían una dote re gia d e un millón
de maravedíes
326
denominada “ cuento de d amas ”
327
. Durante el siglo XVIII las dotes de las
familias más principales podían llegar a los 80.000 y 100.000 escudos
328
.
L as muj eres que no podían ser dotadas, a veces, s e veían abocadas a la vida religiosa;
los moralistas criticaban enconadamente esta p ráctica. Por otro lado, era frecuente que las
damas tras enviudar se retiraran a conventos. Éstos contaban con una serie de disposiciones
para admitir a las nuevas novicias tales como conocer su vida, familia y linaje. Según la
cantidad aportada transcurr ía la vida de la religiosa dentro de sus muros ; las de pocos recursos
eran monj as de “velo blanco” y las que entragaban la totalidad de la canti dad requ erida s e
denominaban de “velo negro”. Las segundas podían ocupar los cargos más importantes y
participar en la toma de decisiones
329
. Tomando como ejemplo un convento de clar isas:
323
Hija de don Juan Laurenc io d e Castilla, caballero de Calatrava y Veinticuatro de Córdoba, y de doña María
Isabel de Guz mán, Sra de la v illa del Cadoso y del may or az go de Soto m ayor en Carmona. RAMOS, A.:
Descripción g enealó gica de la Casa d e Aguayo . Málaga, 1781, p . 334.
324
AHPSE: P- 1 1144 , 180 r.
325
AHPSE: P- 1 306, 944 r.
326
"Las “merced es do tales pec uniarias” suponía n la co ncesión d e una do te en d inero a una mujer, b i en con una
sola cantidad fij a para su cas a m iento, b ien con carácter anual mientras viviese. Ya las Cortes de 1628 habían
puesto co m o co ndición par a la concesión del im puesto d e millones que se redujesen “las mercedes q ue po r vía
de do te o de otra manera se hacían a la s da mas de P alacio” po r i m porte de un millón de maravedíes, cuando se
casaran Grande o hija de Grande, y de medio millón cuando se tratase de gentilhombres d e cámara. En los años
siguientes la s m ercedes pecuniarias no sólo se mantuvieron sino q ue se incre mentaro n. Basta con echar una
ojeada a la documentación de hacienda que conserva el Archivo General de P alacio de Madrid en la que se
encuentran mercedes d otales co nsignadas sobre lo s “efectos de la Real Cá mara” en las pos tri m erías del siglo
XVII" . ANDÚJAR CAST ILLO , F.: “Mercedes dotales p ara mujeres, o los privilegios d e servir en palacio (siglos
XVII- XVIII) ” . Obrad oiro de Historia Mod erna , nº 19, Santiago de Compostela, 20 10, p . 220 .
327
VIGIL, M.: Ob . cit., p . 87.
328
DOMÍNGUEZ O RTIZ, A.: L a socied ad españ ola del siglo XVIII . Madrid, 1951, pp. 89.
329
DINAN, S y MEYERE S, D. : Mujeres y religió n en el Viejo y el Nuevo Mun do, en la Edad Modern a . Madrid,
2002, pp.90.
148
“La novicia queda ob ligada, una vez obtenida la correspond iente licenci a del P. Prov incial de
la Orden de San Francisc o, a una serie de requisitos indispens ables, encam inados a a s egurar y
garantizar la dote, (distinta según se renuncie o no a las herencia s leg ítimas), que deberá entregar en
dinero de co ntado al tiempo de la prof esión, sin que se pueda recibir cosa alguna antes de ese
m omento por parte de l Monaster io”
330
.
Un caso sin gular es el de la escultora L uisa Roldán, hija de Pedro R oldán, que
contrajo matrimonio con Luis Antonio de los Arcos (aprendiz de escultor) contra los
designios de su padre
331
, por lo que se le n egó la dot e. Esta situación hizo que incluso l legaran
a los tribunales que acabaron por da rle la razón a ella, por este motivo La Roldana se vio
obligada a abandonar Sevilla, primero trabajó en Cádiz para más tarde trasladarse a Madrid
donde lleg ó a ser escultora de cámara de Carlos II
Una de las institucion es que dotaba a doncellas sin rec ursos en S evilla era la Casa d e
la Misericordia, fundada a finales del siglo XV. S u finalidad residía en c asar a solteras pobres,
huérfa nas o desamparadas. Estas personas debían cumplir una serie de r equisitos para poder
ac ceder a la dote
332
. Una vez habían contraído matrimonio se les entregaba el ajuar en una
cere monia que s e celebra ba los viernes santos en la catedral, los bien es se e ntregaban una vez
que se verificara que tod o estuviera conforme co n las condiciones r equerid as.
333
334
. En 171 0
l a Casa Hospital de la Misericordia, en Sevilla, dotó a veinte doncellas sin recursos, a todas
330
P EÑAFIEL R AMON, A .: Mujer, mentalid ad e identid ad en la España mo derna (siglo X V III ). Murcia, 2001,
p. 61 .
331
Todo ello pese a existir formalmente plena lib ertad de los contrayentes, co nfor me a la P artida 4ª, T ítulo 1, Ley
5: " Consenti miento solo con voluntad de casar hacer matrimonio entre el varó n y la muj er; y esto es po r esta
razón, porque aunque sean dic has palabras según deben para hacer el casamiento, si la voluntad de aquellos que
las dicen no co nsiente con las palabras no vale el m atrimo nio cuanto p ara ser verdadero, comoquiera que la
Iglesia juzgaría que valie se, si fuesen 87 p r obadas las palabras por juicio que fueran dichas en la manera que se
hace el ca sa miento por ella. Pero razó n ha y por la q ue se podría hacer el matrimonio sin palabr as tan sola mente
por el consentimiento; y esto sería co mo si algu no ca sase q ue fuese mudo, que aunq ue p or palabras no pudiese
hacer el casa miento, lo pod ría hacer por señales y por el consenti miento .
332
"Resulta significati vo el hech o de que una déci ma par te d eclare no haber llevado do te al m atrimonio. Índice
que considera mos ele vado si tene mos en cuenta el papel social y cultural que te nía la d ote en la sociedad
tradicional. No apor tar dote alguna se co n sideraba una desho nra pues se iba e n contra de una práctica tradicional,
tan es a sí que la Iglesia en tre las causas que per mitía par a solicitar la dispensa matri monial por consaguinidad
incluía la carencia de do te". IRIGOYEN LÓP EZ, A., PÉ REZ ORT IZ, A.: Familia, tran smisión y perpetuació n .
Murcia, 20 02. p. 9 8.
333
PÉREZ GARCÍA, R. M.: El hospital de la Misericordia en la Sev illa del sig lo XVI: caridad, dotes y
organización social. So ciabilida des na vida na morte (séculos XV I - XX) Braga, 2014, p. 27.
334
En cie rto modo, la evolución de esta situación trae causa el vigente artículo 788 del Código Civil: “Ser á
válida la disposición q ue i mponga al heredero la obligación de invertir ciertas cantidad es per iódicamente en
obras benéficas, como do tes para doncellas po br es, pensio nes para estudia ntes o a favor de los p obres o de
cualquier estableci miento de b eneficencia o d e instrucción p ública baj o las co ndiciones siguientes (…)
149
ellas se les entrega la misma cantidad de dinero “ de contado ” y d e enseres. Los gastos corrían
a cu enta d e los difuntos que así lo habían establecido así en su testamento . S e g ú n A l o n s o
d e M o r g a d o :
“ l as calidade s que han de tener de natu rales de Sevilla, de diez y ocho años arriba, y que
hayan servido por lo meno s dos años a gente honrada , doncellas, pobres, hones tas y recogidas, y de
buena vida y fam a, y que no sean indias, negras, ni m ulatas ni m oriscas, sin ot ra dote de axua r, y fe d e
b a p t i s m o ”
335
.
En cuanto a las valoracio nes, en algunos c asos se recurría a personas qu e r ealizaran la
tasación correspondiente, las cuales se comp rometían a hacer su trabajo co n rigor y s eriedad ,
para apreciar la ropa se llamaba a un sastre, para muebles a un ebanista etc …
336
. Dentro de los
documentos manejados, la partida más ex tensa suele esta r d estinada a la indumentaria de la
novia. Normalmente se e mpieza por la cama y todo lo necesario para ella: sabanas, colchas y
almohadas. A continuación, se pasaba a la ropa; e s difícil generalizar ya que depende de las
posibilidades económicas de la contray ente, pero se citan todas la s prendas; la tela y el color,
los forros y todos los adornos, cada piez a con su precio correspondiente. De igual manera se
hace con la prendas interior y con la ropa de c asa como manteles y servilletas . Es difícil
establecer un montante aproximado de los recibos de dote, en los documentos de las clases
más populares las cantidades suelen encontrase entre los 2.000 y 4.000 re ales, un ejemplo es
el de J oaquín Martínez, “ofical de carpintero de lo blanco” que recibe 3. 842 reales en 1763
337
.
La inst itución matrimonial pose ía una fu erte en dogamia, es decir, s e realiz aban entre
miembros de la misma clase social; incluso la nobleza cortesana p edía p ermiso al r e y pa ra
contraer matrimonio. El matrimonio en España si gue las normas d el Concil io de Trento (así
se especifica en gran pa rte de los do cumentos), es tablecido por Felipe II en 1564. Es un
sacra mento que se bas a en la libre elección de lo s contray entes lo que no debe ser entendido
desde una perspectiva a ctual, sino en el sentido de que n o s e debían celebrar enlaces a l a
fuerza. E ra n de por vid a y el divorcio no se contemplaba
338
. L a edad me dia para contraer
335
MORGADO, A.: Historia d e Sevilla . Sevilla, 20 07, fl.12 6 r.
336
LÓPEZ BE LT RÁN, Mª T . (Coord .): Historia y género . Imágen es y vivencia s de mujeres en E spaña y
América (Siglos XV - XVIII ). Málaga, 2007, pp.107 .
337
AHPSE: P- 1 0359 , 222r.
338
Sin embar go, esta situación, lejos de ser excepcional, ha tenido su co ntinuación hasta ép ocas muy ce rcanas.
Recuérdese el Art. 22 del Fuero d e los Españoles, de 18 de j ulio de 1945: "El Estado reconoce y a mpara a la
familia co mo instit ución natural y funda mento de la socieda d, co n d erechos y d eberes a nterior es y super iores a
toda Le y huma na positiva. El matri monio será u no e indisoluble (...)"
150
matrimonio era de veinticinco años para los hombres y veintidós para las mujeres. La
separación de derecho era práctica mente imposible, y la mujer tenía todas las de perder,
incluso podía ser recluida en un convento. Las s eparaciones de hecho no eran infr ecuentes
entre las clases elevadas, donde algunas par ejas vivían bajo un mi smo techo pero no hacían
vida en común
339
.
El hombre al casarse llegaba a la plen a independe ncia, pero la muj er est aba sometida a
una “ capitis diminut io ”, lo que conlleva ba estar en manos del marido. El matrimonio se
basaba en una se rie de r equisitos tales como, el consentimiento de los padres, que los esposos
pertenecieran a parecido nivel social y que la m ujer fuera virgen, pu nto que no se ex igía al
marido como tampoco la fidelidad cony ugal , re querida a la esposa. El padre es el que ejerce
el poder absoluto sobre la familia, a la que tiene obligac ión de proteger y mantener, por lo que
no era común que la mujer trabajara fue ra de casa. Aún así ha y p rofesiones normalmente
desarrolla das por mujeres como la fabricación de tejidos y la elaboración de tabaco; aunque
siempre con sueldos inf eriores a los hombres. L a mayor parte de mujeres asalariadas se
dedican a l servicio domésti co:
“ Las familias no son muy nu m erosas: raramente se encuentra un españo l que haya
engendrado tres o cuatro hi jos…Jam ás un español exig irá el menor traba jo de su esposa, porque todas,
ricas o pobres les responderí an: No hemos venido al mundo para t rabajar, sino par a agradar a los
hom bres y hacerles pla cer ”
340
.
En definitiva, el matrimonio introducía a la mujer en la sociedad, a la que sino
difícilmente podía acceder, a demás de salir del yugo paterno o de la posibilidad de prof esar en
un convento. Se tenía por cierto que al casarse ob tendrían algún tipo de emancipac ión y a que
la solter ía era un problema grave para ella misma y para su familia . Mie ntras en Francia las
señoras casadas tenían p arte a ctiva en la vida so cial, España se nos muestra todavía inmersa
en unas costumbres arcaicas como la pervivencia del estrado, lugar ex clusivamente femenino,
que ponía de m anifiesto la separación entre am bos sexos. La vida de la casada estaba por
entero cir cunscrita al hogar, sus obligaciones residían en cuidar a los hij os, familia y p ersonas
339
En este sentido , la P artida cuarta, T ítulo segundo, Ley tercera: " Además crece el amor entre el marido y la
mujer, p ues que sabe que no se han de p artir, y son más cier tos d e sus hij os, y ámanlos más por ello, pero con
todo esto bien se podrían separar si alguno de ellos hi ciese pecado de adulterio, o entrase en orden con
otorga m iento del otro después que se hubiese n j untado carnal m ente. Y comoq uiera que se separen para no vivir
en uno por alguna de estas m aneras, no se r o m pe po r eso el matrimonio" .
340
GARCIA ME RCAD AL, J.: Ob. cit. , p. 655 . F ALTA VIAJERO
151
a su car go como criados y todo lo relacionado con la vida cotidiana como com ida y ropa;
aunque la situación de la mujer española comenz ó a ser más autónoma , los Borbones
aportaron nuevos marcos de sociabilidad y h acia 1755 la costumbre del ama de c asa siempre
recluida e n su estrado ha bía pasado:
“A nadie puede extrañarle que l as m ujeres es paño las tuvieran hambre a trasada de divertirse
sin ser reprobad as. Los modelos que mediante el vehículo de la literatura o de La oratoria sagrada que,
les habían venido siendo propuestos con uniform idad desesperante como espejo rector de su conducta,
no les ofrecía m ás a lternativ a que aburrirse o pecar ”
341
.
P or otro lado, cabe des tacar que p ese a su poca formación era la encargada de
administrar el din ero p ara el ho gar además de ser la d epositaria d el honor de l a familia, la
virtud más preciada y c onsiderada:
“E l honor d el padre y por e xtensión e l honor de la f amil ia - incluido s los miembros fem eninos
de la m ism a- , descansaba en la incuestionabl e fidelida d de la esposa y en l a i gual m ente incuestionable
virginidad d e las hi jas. Esto afec taba a todo s los es tamentos”
342
.
Es por ello que en las cartas de dote después del nombre de la muj er se suel e
especificar qu e es vir gen “ de estado doncella ” . Evidentemente, su vida dependía en gran
parte de la clase social a la que perteneciera, aunque la ma y oría de lo expuesto con
anterioridad es común a la ma y oría. Las seño ras acomodadas no criaban personalmente a su s
hijos, y a que no s e conocían las ventajas de la lactancia materna, aún así é sta era la única vía
para la supervivenc ia del bebé por lo que se contrataba a nodrizas.
La soci edad del Antiguo Régimen era estamental , pero la mujer perteneciera a uno u
otro, estaba en franca desigualdad lega l con respecto al hombre
343
. Su cometido era la
341
MARTIN GAITE, C .: Usos amo rosos del diecioch o en España . Bar celona, 1987, p. 26.
342
VIGIL, M. : La vida de las m ujeres en los siglo s XVI y XVI I . Madrid, 1998, p. 145.
343
De hecho, esta supeditació n al varón se consolidó legal mente ha sta la Ley 14/197 5, de 2 d e m ayo, sobre
refor m a de determinados ar tículos del Código Civil y d el C ódigo de Comercio sob re la situación jurídica de la
mujer casada y los derechos y d eberes d e los cónyuge s. Dich a nor m a señalaba expresamente en su Exposición d e
Motivos: " Una de las cor rientes d e opinió n fuertemente sentidas en nuestros días e n el á m bito del derecho
privado, reflej o de autenticas necesidad es de carácter ap remiante, es la que incide sob re la situación jurídica d e
la mujer casada. Sufre ésta señaladas limitacione s en su c apacid ad de o brar que, si en otros tiempos pudiero n
tener alg una explicació n, en l a actualidad la han per dido. Por lo demás, las nor mas en qu e tales li mitaciones se
contienen no pasan de tener una efectividad pr edominantemente for mal, creado ra de trabas en la vida jurídica,
sin la contrapar tida de una seria pr otección de lo s intereses de ord en familiar (...)"
152
obediencia, primero a su padre y luego a su marido e hij os, est aba li mitada en la
administración de sus bienes y no podía eje rcer cargo alguno. Tenía la responsabilidad de la
atención a las relaciones sociales de la familia, es decir, de re cibir a las amistades: a un
hombre viudo se la dispensaba de d eterminados convencionalismos sociales al no hab er una
mujer encarga da. La viudedad colocaba a l a mujer como cabeza de familia y así era cens ada.
Según el censo de 1768 elaborado durante en reina do de Carlos III por su m inistro el conde de
Floridablanca, en España había 9.308.804 habitan tes, de los cuales 4.626.363 eran mujeres, lo
que significa qu e numéri camente estaban por encima de los hombres. Las tasas de natalidad
eran mu y altas pero tambié n las de mortalidad, muchos niños venían al mundo pero las
familias numerosas no eran tan comunes de bido a la alta mortalidad infantil.
Las mujeres casaban jóv enes y muchas fallecían por problemas devengados del parto.
Por otro lado, al ser l a lactancia materna la únic a vía de supervivencia pa ra el r ecién nacido,
los nacimientos se espaciaban, y a qu e é sta se podía prolongar hasta d os años. En lo que
respec ta a su educación, era mu y deficitaria, la gran ma y o ría eran analfabetas y muchas ni
siquiera sabían firmar in cluso en estatus superiores. Las clases a comodadas contrataban un
ay o o a y a que instruía a las niñas en leer, escribir, religión y costura po r lo general, además d e
nociones de aritmética para poder llevar la economía doméstica. En ninguna de las cartas de
dote consultadas hemos visto que se ll eve algún libro, ni siquiera la Biblia. Las mujeres eran a
su vez educadas por muj eres, que instruían a sus hijas en todas las tareas corre spondientes al
ám bito domésti co. Las madres debían edu car a sus hij as en el buen gobierno de sus casas ya
que:
“ No hay canti nela m ás ordinaria, que el atribuir a las m ujeres la ruina de las ca sas por sus
extrem ados gastos ”
344
.
En 1637 la escritora doña María de Za yas expresa su descontento por la falta de
preparación de las mujeres, de la que culpa a los hombres:
“ ¿Qué razón hay par a que ellos (Los hom bres) sean sa b ios y pr esum an que nosotras no
podemos serlo? Esto no tiene a mi parecer más resp uesta que su impied ad o tiranía, y no darr nos
m aestros ”
345
.
344
AMAR Y BORBON, J: Ob . cit . , pp. 203.
345
LANGLE DE PAZ, T .: ¿Cuerpo o intelecto? Una respu esta feme nina al debate sobre la mujer en el siglo
XVIII . Málaga, 2004 , p. 33.
153
En el siglo XV III la formación de la muje r no había mejorado mucho, numerosos
testimonios afirman que no estaban preparadas para la conversación y el intercambio de ideas;
sus charlas tenían como tema principal las mod as, cotilleo y habl ar de las criadas
346
. L a
ignora ncia era en parte responsable de los innumerables vicios que se achacaban al s exo
femenino. En cuanto a la educación de las niñas, una de las básicas era la costura, existían las
llamadas Escuelas de Labores que se dividían en dos: las L abores pri meras para prendas
básicas y mantenimiento del ajuar doméstico y l as La bores de p rimores, para confeccionar
encajes, bordados y adornos en g eneral; a través de esta formación se pretendía que la muj er
no requiriese la labor de un sastre.
En al gunos ca sos se realizaban c apitulac iones matrimoni ales
347
, un contrato
formalizado antes o después del matrimonio. Su objeti vo residía en fijar las normas que
debían re gir el aspe cto económico del mismo respetando las ley es y los lí mites que marcan
348
.
En 1711 J acobo Félix Malcampo, de ascendencia flamenca, contrae matrim onio con María
Catalina del Campo. En sus capitulac iones aparecen los gastos ocasiones por la celebración de
su boda: “por todo lo gastado en la boda de du lces comidas bebidas regalias y otras cosas
quince mil reales de plata nueba”
349
.
En 1713 Eugenia de Vill avicencio casa con Est eban Alonso Guerrero, marqués de
Ze la
350
. En sus capitulaciones sus padres le entregan 3.600 pesos de plata a cuenta de su
legítima, mientra s que su tía doña Teresa de Lorenz a de Vivero y Escobar
351
le entrega 2.200
pesos: “que graciosamente le a dado para aumento de su dote ”. A estas cantidades se añ aden
2.200 pesos escudos de plata que: “le han regalado diferentes parientes y amigas de cariño”.
346
MARTI N GAITE, C.: Ob. cit., p. 69 y ss.
347
“Se trata de un co ntrato so bre bienes co n ocasión del matrimonio, discutiéndose si ha n de referirse únicamente
al régimen econó m ico matrimonial o si pueden englobar cualquier estipulación que s e adop te por razón del
matrimonio, sea c ual fuere su naturaleza ”. PÉRE Z MART ÍN, A. J.: Tratad o de Derecho de familia. Pactos
prematrimonia les. Capitulacio nes matrimonia les. Co nvenio regulador. Proce dimiento consensual . Vallad olid,
2009 , p. 45
348
Para su validez, deb en de hac erse en escr itura p ública , con el asesora miento impar cial del notar io que d eberá
indicar la manera m ás id ónea p ara reflejar la voluntad de los espo sos y ta mbién cuáles so n los límites que marca
la ley. http:// www.notariado .org/liferay/web/notariad o/regimen -econo mico-del-matri monio
349
AHPSE: P- 10 334, 233 v.
350
El título fue instituido p or el rey Carlos II por dec reto de 12 de diciembre de 1696 , a favor de Joseph
Francisco Guerr ero Chavarino , para premiar su contrib ución en ho m bre s y dinero a la d efensa de Ce uta.
351
Esposa de Juan B autista Clarebo ut, caballer o d e la orden de Alcántara. E n 172 0 co mpró la hacie nda d e Sei xa
en Alcalá de Guad aira po r m ás de 20.00 0 ducado s. http:// www.iaph.es/patri monio -inmueble-
andalucia/resume n.do? id=i185250
256
casera
757
. Es relativamente frecuente hallar en los documentos partidas de tejidos en varas
para confeccionar ropa bl anca a nivel doméstico, aparecen br etaña, holanda, beatilla fina, crea,
bramante y lienzo de Vizca y a entre otros, aunque en el siglo XVIII las c amisas ya se podían
adquirir en tienda s
758
.
La forma de las camisas femeninas era distint a a las mas culinas. En cualquier caso, las
de mujer estaban realizadas bajo un p atrón bastante sencillo a base de cuadriláteros en el que
se empleaban unas cuatro varas, distinguiéndose en ellas dos partes básicas: las mangas y el
cuerpo o árbol. Las mangas, que podían ser largas o cortas, acababan en puños y en la ax ila
tenían el cuadradillo o escudete. Los cuerpos o árboles eran bastante bajo s y ll egaban como
mínimo hasta más abajo de las caderas. Si los lienzos eran estrechos se les incorporaba n esgas
a ambos lados d e los ho mbros para dotarlos de más vuelo. El es cote era simple , una abertura
en redondo o rectangular con una aletilla corta y sus botones o una sim ple abertura con un
botón y una p resilla, soliendo presentar también numerosas tablitas y frunces. Las camisas se
cerraban mediante botones en pecho y puños. Las clases pudientes los llevaban de m etales
finos mientras que las populares los forra ban del mismo material que la prenda, en cualquie r
caso en doc umentos de d amas principales aparec en también camisas “llanas”.
Desde esposas de albañiles a altas damas, todas ll evaban c amisas en sus ajuares. Por
influencia de la moda franc esa, las españolas con posibles las guarne cían con encajes y
bordados en c uello mientras que las mangas se remataban en vuelos de e ncaje con tres
volantes denominados “ comprometedores” dispuestos de ma yor a me nor para su mejor
lucimiento
759
: “Dos camis as de Ruan con mangas guarnecidos con encajes de pittiflor finos en
75 re ales”
760
; “c inco cuello s y dos pares de puños de encaje para las camisas en 41 rea les”
761
.
Por lo general las partida s de ropa interior femenina no son mu y extensas en cuanto a número
de piezas. En cuanto a l a manera de citarlas, en muchas ocasiones simple mente se constatan
sin ningún tipo de info rmación adicional, p ero en otras se nos informa q ue era relativamente
frec uente que la novia llevara camisas nuev as y también usadas, en las des cripciones de l as
piezas es normal añadir su estado de conservación. En el caso de la ropa interior muchas
veces s e omiten los m ateriales p ero sí se especifica si están nuevas, usadas, viejas o
demediadas: “Primeramente diez camisas de mujer de bretaña (bi en t ratadas) y morles con sus
757
HERRERO GARCÍ A, M. : Estud ios sobre indumenta ria española en la época de los Austrias . Madrid, 2014,
p. 202.
758
PUERT A ESCRIBANO, R.: Ob. cit., p. 126.
759
T EJEDA FERNÁNDE Z, M.: Ob. cit., p. 137.
760
AHPSE: P- 1 323, 346 r.
761
AHPSE: P-13 15, 5 32 r.
257
bovillos bien tratados y algunas de ellas labradas en s eda”; “cinco camisa s mal tratadas” .
762
En dotes modestas es normal encontrar ropa interior a estrenar aunqu e normalmente se
ge neraliza sin ofr ecer prácticamente datos. “Seis vestiduras de rop a blan ca en 706 ”
763
; en
cambio los encajes o alguna labo r especial sí son mencionados si: “seis camisas las quatro
nuevas con encaxes en doce pesos”
764
. El encaje era una labor costosa por tanto nunca se
omitía, en la carta de entrego de dot e a favor de J osé Serraso “del arte de la platería” (1730),
figura un juego de camisa y enaguas de li enzo muy fino guarnecida con encajes finos en 130
reales. En ocasiones la novia lleva la camisa y la s enag uas a juego. Lógicamente los encajes
acrece ntaban el precio d e la pieza, en esta misma carta de dote aparecen tres camisas y tres
pares de enaguas nuevas pero sin decoración tasadas en 118
765
reales, frente a los 130 que
costaba un solo juego con encajes. Las camisas más económicas se confeccionaban con cr ea.
Un material también bastante utilizado para las sábanas. La dote menos cuantiosa que he
hallado a lo larg o de todo el siglo, fecha da concretamente en 1762, en la que se entreg an tan
sólo 809 reales, lleva cuatro camisas de crea y el mismo número y mat e rial de enaguas
766
. Las
mujeres modestas ll evaban camisas y enaguas pero normalmente sin ninguna labor que
hubiera que anotar, An a Martín (1719), mujer de un maestro zapatero aportaba: “Ytt. ocho
camisas nueva s en trescienttos Reales” y “Ytt. tres dichas us adas en cuarenta y cinco”
767
.
Era relativamente frecuente que las mangas se confeccionaran con un material y el
resto con otro. En la dote de Ramona García (179 7) aparece n camisas d e b retaña con m angas
de estopilla, de lienzo gallego entrefino con mangas de bretaña y de crea a ngosta con mangas
de bretaña
768
. Para la confección de l as mangas, que eran la parte más visible, se empleaba n
los lienzos más finos, dejando pa ra los cuerpos y sob re todo par a los ruedos o faldas los
lienzos más bastos, y a q ue estos úl ti mos elementos estaban siempre ocul tos y lógicamente
sufrían ma y or deterioro. A veces los puños d e encaje s e consignaban aparte como en la dot e
de Francisca Masía (1725) donde fi gura un par de puños de “encage fino en quince rs”
769
y
en la de Rosalía Martí nez (1748) con tres pares de puños de encaje de Flandes, uno de olan
labrado, y dos sencillos del mismo tejido
770
.
762
AHPSE: P-13 07, 7 9 r.
763
AHPSE: P- 9 546, 205 v.
764
AHPSE: P- 7 02, 1 83 r.
765
AHPSE: P- 7 02, 7 14 v. Apénd ice documental, docu mento 22 .
766
AHPSE: P-. Folio 258 r. OFICIO 15
767
AHPSE: P- 1 0345 , 255 v. Apéndice d ocumental, docu m en to 13.
768
AHPSE: P- 1 2134 , 614 r. Apéndice do cumental, documento 63.
769
AHPSE: P- 5 128, 513 r. Apéndice docu m ental, do cumento 16.
770
AHPSE: P- 1 8020 , 250 r. Apéndice do cumental, documento 41.
258
Una dote otorgada por un mercader de espec ias en 1702 aportaba: “Tres camisas
nuevas y una con en consadura”
771
. La encosadura era la unión de dos lienzos, uno mas fino
que otro “que se suele hacer en las camísas que llaman G allegas, proprias de mugere s
ordinarias, cuy a mitad de medio cuerpo abaxo es de lienzo fuerte y bastó. Es término usado en
Andalucía, formado de la preposic ión En del verbo Coser, y del nombre Duro”
772
.
En la dote de Ramona Garc ía (1797), hija de un maestro pastelero, que contrajo
matrimonio con Agustín Gutiérrez “tratante en taberna”, enc ontramos camisas d e lienzo
ga llego “ent re fino” y de crea angosta con man ga s de bretaña legítima
773
. L os encajes qu e
guarnec ían el es cote de l a camisa eran llamados bobil los. En las cartas de dote de personas
adineradas comprobamos cómo se multiplicaban las prendas de ropa interior; en el ajuar de
Alberta Tolezano (1753) encontramos dieciocho camisas de dist intos lienzos g uarnecidas con
encajes en 1120 reales
774
. También las novias podían llevar camisas de distintos géne ros y
calidades en su ajuar : “ ocho camisas, de estopilla, bretaña y crea, todas g uarnecidas de
encages finos en tre scientos real es”
775
.
En ocasiones la partida de ropa interior femenina aparece toda reunida f igurando un
precio conjunto, en una carta ap arecen: veinticuatro camisas, trece pares de enaguas blancas,
tres moni llos y seis pañuelos de holanda, estopilla y b retaña, “ttodo gua rnecido de encaxes
ricos superfinos en dos mil seiscientos y veintte reales”
776
. A veces la partida se sim plific a
denominándola “vestidu ras blancas completas” o también “adere zo de ropa blanca”. En la
carta d e dote d e María Pascuala Barradas, hija de lo s marqueses de Peñ aflor y otor gada en
1772 constan: Ytt, por doce mudas completas de ropa blanca holanda olan muselina y encajes
que lleva hechas dha sra. e trece mil y ochocientos rrs”
777
.
Las prendas tenían varias vidas y en oc asiones se otorga ban en tes tamento : “Y mando
a Doña Ana Tir ado mi sobrina tres camisas que y o tengo”
778
. En los inventarios post -mortem
es habitual una parte dedicada a la ropa blanca. En el inventario de doña Teresa Thous de
771
AHPSE: P- 1 307, 7 r.
772
http://web.frl.es/D A.html
773
AHPSE: P- 1 2134 , 614 r.
774
AHPSE: P- 1 2050 , 972 r. Apéndice docu mental, documento 44.
775
AHPSE: P- 28 55, 488 r.
776
AHPSE: P- 3 783, 283 v.
777
Archivo Marqués de Peñaflor. Leg. 9, doc.1 0.
778
AHPSE: P- 1 1991 , 521 r.
259
Monsalve (1772), figura una partida de “Ropa blanca” en la que aparecen las piez as de la
finada junto a las de su difunto marido. En el de María Teresa Fe rnández de Córdoba fechado
en Écija en 1734 - 1735 hemos hallado: “dos doz . de mudas de ropa blanca completas
guarnec idas de encajes ri cos finos” valoradas en 4 .0 00 reales
779
. Sin duda la cifra más elevada
de la que hemos tenido conocimiento a lo largo de todo el siglo no sólo en cuanto a cantidad
de piezas sino también a su valor.
Los otorgantes no querían dejar pasar elemento alguno al az ar, la de doña Ignacia
Marce la de la Fuente ( 1788) llevaba diez camisas de bretaña le gítima valoradas en 600
reales
780
. En 1730 don Alo nso Soto entregó una sus tanciosa dote a su criada Ana María: “(…)
a quien he criado en mi casa y servicio desde que la trajeron”. La futura esposa llevaba cuatro
camisas nuevas guarnecidas de encajes junto a dos usadas y o cho enaguas
781
.En las
capitulaciones mat rimoniales de doñ a Isabel María Maestre (1791), figuran treinta y seis
camisas de bretaña l egítima superior con cuellos de muselina bordada guarnecidos con
encajes tas ados 3.527 reales
782
. L a muselina, una constante a finales de si glo, también se
utilizaba para la confecc ión de c amisas: “una cam isa de muselina bord ada 390 r, una camisa
de museli na pint ada 150 r”
783
.En una carta de 1796 se especifica que la bretaña pa ra las
camisas ha costado 15 reales la vara mi entras las ca misas del mismo tejido y a usada s durante
un año se valoran en 8 r eales la misma medida
784
. A finales de siglo una c amisa de bretaña
sencilla costaba unos 60 reales
785
.
C omo y a s e ha apuntado, las partidas de ropa b lanca podían aparecer bajo un único
precio final, en la c arta de dote recibida po r don Agustín de Rospide (1740) aparecen
veinticuatro c amisas, trece p ares de enaguas blancas, seis corpiño s y s eis pañuelos
confeccionada s con holanda , estopilla y bretaña pero sin especificar a qué corresponde cada
uno aunque todo está “guarnec ido de encaxes ricos superfinos en dos mil seiscientos y veintte
reales”
786
una cifra cier tamente elevada para la época. La s piezas absoluta mente inser vible s
también se inventa riaban, siendo a veces su aprecio cero, mientras que otras todavía s e
779
AME: Fondo Marquesado de Peñaflor Leg. 8, doc. 16.
780
AHPSE: P- 7 16, 1 06 r. Apéndice do cum ental, docu mento 54 .
781
AHPSE: P- 7 02, 1 48 r. Apéndice do cum ental, docu mento 20 .
782
AHPSE: P- 1 2128 , 360 v. Apéndice do cumental, docu mento 56.
783
AHPSE: P- 9 584, 632 r.
784
AHPSE: P- 1 0367 , 606 r.
785
AHPSE: P- 1 1256 , 306 r.
786
AHPSE: P- 3 783. Folio 283 v. Apéndice docu mental, documento 3 7.
260
consideraba que valían al go: “trez e camisas inusables de viejas, en veintte y seis reales”.
787
A
veces se generaliza y en vez de especificar se anotan sim plemente co mo “mudas de ropa
blanca”
788
.
P or últ imo, destacar la a lmilla o a rmilla una esp ecie d e jubón de lienzo con man gas
largas o cortas que se usaba en invierno como defensa del frío, la f emenina carecía de faldillas.
Esta prenda de rop a interior era de uso general pa ra hombres y muje res y se colocaba sobr e la
camisa
789
o incluso sobre la cotilla. Se podía utili zar también para do rmir y abarcaba a tod a la
escala social
790
. La almilla también podía ser una cami sa corta o pequeña pero su hechura era
idéntica a la de la ca misa. Su uso está registrado en la indumentaria española desde los si glos
XV al XV III . Esta pieza estaría confeccionada con linos y también con tejidos costosos;
también podía uti lizarse para dormir, en el ajua r de María Antonia de Borbón
791
fechado en
1750 aparece n veintidós almil las de noche guarnecidas de distintos tipos de encaje
792
.
La s mujeres también us aban corb ata como los ho mbres, sencillas de lienz o o ricas con
encajes. Estas piezas se disponían alrede dor d el cuello a modo de pañuelo. En la d ote de
Francisca de Már mol (1741) aparecen dos de muselina y una de estopilla en 8 reales
793
.
Se atribu y e a Catalina de Medicis la introducción de los calzones como prenda de ropa
interior femenina, únic amente utili zados por damas de alta alcurnia. Esta pieza, que usaban
para montar a caballo, se unía a las medias por medio de li gas
794
. Los calzones ya se con ocían
con anterioridad pero estaban res ervados a las pr ostitutas. A lo larg o de todo el siglo no he
encontrado calzas para uso fe menino. De cintur a par a abajo y en contac to con la piel l a muje r
usaba enaguas, medias y calcetas. La s enaguas también aparece n citad as c omo “nag uillas” o
“naguas” , esta últ ima voz proviene de las faldas usad as por las indias americanas, má s
concre tamente de Haití y aparece en autor es como L ope de Ve ga
795
, Calderón de la Barc a
796
787
AHPSE: P- 1 4692 , 352 v.
788
AHPSE: P- 1 1218 , 1437 r.
789
FERNÁNDE Z TEJ EDA, M.: Ob. cit., p. 48.
790
PUERT A ESCRIBANO, R.: Ob. cit., p. 1 07.
791
Hija pequeña de Felipe V e Isabel de Farnesio. Nacid a en los Reales Alcázares de Sevilla en 1729, fu e reina
de Cerdeña p or su m atrimonio con Víctor Amadeo III .
792
HERRERO G ARCÍA, M.: O b. cit., p. 216.
793
AHPSE: P- 1 8013 , 485 v. Apéndice docu mental, docu mento 39 .
794
AVELLANEDA, D. : Deb ajo de vestido y po r encima de la piel… Historia de la ropa inte rior . Buenos A ires,
2006, p. 57.
795
En la co m edia La villana de Getafe .
261
o Quiñones de Benavente
797
. El Diccionario de Autoridades define l as enaguas como :
“ Género de vestido hecho de lienzo blanco, a manera de guardapiés, que baxa en redondo
hasta los tovillos, y se ata por la cintúra, de que usan las mu geres, y le trahen ordinariamente
debaxo de los demás vestidos.”
798
.
Las enaguas eran una fa lda interior colocada baj o la camisa, se introducían por la
cabeza, siendo su objetivo el ahue car el traje por lo que se usaban varias superpuestas. Todas
ellas se juntaban en la cintura mediante cintas
799
. En contraposición a las camisas, que son
más o menos lujosas per o siempre de hilo blanco (no hemos encontrado n inguna referencia a
una camisa d e color), las enaguas se pr esentan confecc ionad as no solamente con lienzo
blanco: “Enaguas d e bretaña nuevas guarnecidas de encajes”
800
, sino diversos tejidos y
colores: “Unas enaguas encarnadas bordadas de seda de colores 150”
801
; “Unas enaguas de
grana”
802
; “Ytten unas enaguas de media granilla nuevas en noventa Rs”
803
.
A principios de siglo, la primera esposa d e Felipe V, María Luisa de Saboya decidió
suprimir el tont illo en la corte, bajo el atuendo cortesano las damas lle vaban enaguas y el
ahuecador de faldas francés
804
. L a damas principales podían llevar varias enaguas a la vez
siendo la superior la má s lujosa ya que podía qu edar a la vista en cualquier momento. Esta
pieza aparece confeccionada con un amplio abanico de tejidos : muselina, indi ana, colonia,
bay eta, b retaña, esparragón, du rancillo, lila , sarasa, granilla, colonia, pelo de came llo,
estambre, al godón, f ranela o imperialete, entre otros. En cuanto a lo s colores aparece
igualmente un amplio espectro: verde, rosa, pajizo, café, rojo, tinto, clavel , grana, e tc.
En el afán d ejar constan cia d el estado d e las pi ezas comprob amos que en una dote d e
1701 se ll evan un par de enaguas blancas de lienzo de Vizcaya “ guarnesidas de en caxes
796
En la com edia Casa con dos pu ertas mala es d e guarda r : “He estado acaband o unas en a guas, Que co mo mil
paños llevan, no fue p osible acab arlas”. KEIL, J.: Las comedias de Pedro Calderón de la Barca . Leipzig, 1827,
p. 39 .
797
En el entremés La s habla doras : “Có m pre m e e naguas, éche me virillas”.
798
http://web.frl.es/D A.html
799
PUERT A E SCRIBANO, R .: “ La moda civil en la E spaña del siglo XVII : in movilismo e influencia s
extranjeras ”. Ars Longa . Valencia, 20 08, p.7 2.
800
AHPSE: P- 9 545, 218 v.
801
AHPSE: P- 1 306, 912 r.
802
AHPSE: P- 9 545, 337 r. La grana era un tejid o de lana muy fino de ese mismo color.
803
AHPSE: P- 1 0318 , 844 v
804
T EJEDA FERNÁNDE Z, M.: Ob. cit., p. 217.
262
apolillados”
805
. La mujer de un maestro alb añil ll evaba en su ajuar (1741) de calimanco,
sempiterna roja y esparragón azul
806
. Rosalía Martínez (1748) aportaba unas de ba y eta pajiza
de Inglaterra y tres pares de br etaña adornadas con flecos
807
. L os flecos son habituales en su
adorno así como los volantes, que se denominab an faralas o faralaes y que podían ser del
mismo material que la enag ua u otro diferente.
A mediados de siglo se observa que las enaguas con volantes comienzan a aparecer
con frecuencia, no rmalmente realiz adas con m uselina. En Sevilla las confeccionadas con
muselina con volantes d e lo mismo son una constante en los últim os años del siglo. En este
momento el ca mbio radical que se produce en el vestido fe menino trae consigo la
multiplicación de las enag uas y a qu e la muselina es transparente. Es interesante cuando se
ofrecen datos sobre la temporada para uso de la pieza: “Unas enaguas de caní cula de estambre
y seda en sesenta”
808
.
A finales de siglo un par de enagua s sencillas costaba unos 30 reales. En contadas
ocasiones se informa de las varas que han sido necesarias, en un inventario de 1796 aparecen
unas enaguas de indiana realizadas con cinco va ras, costando cada un a 15 reales; en cambio
para otras d e b a y eta ro sa solamente se utiliz aron dos var as y media
809
. Otro ejemplo de
cantidad d e material y decoración aparece en una dote de 1781: “Seis pares de enaguas
blancas con dieciocho varas de lienzo rega lado y seis y medio c on veintisiete vara s de
flueco
810
ancho de su gua rnición en 142”
811
. Comprobamos que podían ser de todo tipo de
colores y tejidos más o menos abrigados : “Unas enaguas n uevas de esp arragón pajizas con su
guarnición 60”; “Una s enaguas de ba yeta verde viejas, otras de ba y eta de Córdoba”
812
; “unas
enaguas de ba yeta grana con puntas de seda”
813
. Materiales como el pelo de c amello o el paño
se utili zarían para a brigo de las pier nas en inv ierno: “ unas enaguas de pelo de camello
guarnec idas de encaje crudo” ; “otras de bayeta verde gua rnecidas de cinta de tisu
encarnada”
814
; incluso podían tener estampados a ra y as y volantes
815
. También aparece n
805
AHPSE: P- 10 318, 844v.
806
AHPSE: P- 18 013, 485 v. Apéndice docu mental, documento 39.
807
AHPSE: P- 180 20, 250 r. Apéndice d ocumental, do cumento 4 1.
808
AHPSE: P- 11247, 147 1 r.
809
AHPSE: P- 9583, 52 v.
811
AHPSE: P- 957 5, 147 v.
812
AHPSE: P- 9 545. Folio 470 v.
813
AHPSE: P- 1 323, 339r.
814
AHPSE: P- 1 0342 , 255 v.
815
AHPSE: P- 7 67, 3 01r.
263
chorreadas , de basta sempiterna
816
o de fina bay eta. La bayeta rosa es frecuente en esta
prenda.
Los galones de plata e ran verdaderos o de imitación, no todos los bordados eran d e
materiales nobles. En la partida de rop a blanca de la dote de doña Marí a de la Concepción
Ponce de León (1795), marquesa de Arco H ermoso
817
, aparecen trece pares de enag uas de
bretaña ancha compradas en un comercio “Casa de Magariños” a un precio de 13 reales la
vara
818
. Esta alusión es interesante y novedosa. Las enagua s de lienzo regalado costaban a
finales de siglo unos 40 reales el par, en este mismo documento figura n unas “interiores de
lienzo con emballenado” y “blancas de alforza
819
en 25 reales”
820
, incluso ap arecen a jueg o
con monillos del mismo material
821
. Las lentejuelas se pusieron de moda en la indumentaria
femenina de finales de sig lo, no solamente en vestidos, sino también en ropa interior y
accesorios, en 1800 aparecen ejemplos realizados en gasa y decorados co n lentejuelas
822
.La
camisa y enaguas e ran prendas “íntimas” que estaban en contacto directo con la piel. Las
únicas partes que se mostraban eran los puños en el caso de las primera s y el ruedo en el de
las segundas. Otra pieza interior que no aparece mu y a menudo son las fajas de lienzo, a veces
denominadas “fajas der parir”, doña Petronila de Sangronis (1702) tenía “dos fajas de lienso,
con sus sintas de parida”
823
y la marquesa de la Candía (1772) una de lienzo
824
, esta d a ma no
tuvo hijos por lo que pensamos que esta pieza sería usada como un ceñidor.,
El f aldellín durante el siglo XVII tenía el mismo significado que enaguas. El
Diccionario de Autorida des lo define como: “R opa interior que trahen las muge res de la
cintúra abax o, y tiene la abe rtúra por delante, y viene a ser lo mismo que lo que comunmente
se llama Brial o guardapies”
825
. Su diferencia con las enaguas estribaba en que esta prenda
siempre era de color mi entras que las en aguas podían serlo o no. Pare ce se r que po r este
816
La sempiterna era u na tela de l ana basta muy usada po r las clases pop ulares.
817
María de la Concepción Ponce de León co ntrajo m atrimonio co n Francisco Manuel Ruiz del Arco y Utrera, II
marqués de Arco Hermoso. E ste últi mo al e nviudar se ca só en 18 22 con Cecilia B öhl de Faber y Larrea (179 6 -
1877) la célebre escr itora conocida p or el seudónimo de Fernán Caballero .
818
AHPSE: P- 1 0367 , 605 v.
820
AHPSE: P- 7 88, 1 77 v.
821
AHPSE: P- 1 6493 , 273 r.
822
AHPSE: P- 1 910, 335 r.
823
AHPSE: P - 10321, 625 r . Apéndice documental, do cumento 4 . T ras el par to la costum bre era fajar el vientre
para facilitar q ue el útero se replegara.
824
AHPSE: P - 9568, 672 v. Apéndice docu men tal, do cumento 48. Doña T eresa T hous de Mo nsalve no tuvo
hijos po r lo que esta pieza sería usada co mo un ceñidor.
825
http://web.frl.es/D A.ht ml
264
motivo las enag uas se s obreentendieron como blancas hasta finales del siglo X IX mientras
que el faldellín se transf ormó en falda
826
.Ejemplos de faldellín los encontramos en el aprecio
de bienes de doñ a María Nicolasa Pascual fechado en 1734, la dama tenía en su habe r uno de
raso de oro verde con ga loncito de oro y encajes de velillos, otro de ba y eta blanc a con encaje
pequeñ o y “un f aldellin de Bayeta verde con un Galonsito de oro po r avajo que por ser de
muy corto valor dhos señ ores lo dieron a la familia ”
827
; esta última prenda se valora en cero lo
cual indica que debía encontrarse prácticamente inservible.
El corpiño es de finido en el Diccionario de Aut oridades como:”Almilla o jubón sin
mangas”. S e usab a sob re la camisa y es pieza corriente en las c artas de dote aunque no
aparece n en cantidad. El corpiño generalmente se entiende por un cuerpo sin emballenar que
se usaba en cima de la camisa y se confeccionaba con lienzo blanco:”Tres corpiños de
lienzo”
828
;aunque también pueden ser de colores: “ un corpiño de morles color de plo mo
829
;
“Un corpiño encarnado y encotill ado y tr es de li enzo en sesenta”
830
. En la carta de dote de
doña Feliciana Méndez fechada en 1732 figuran un corpiño de princesa y otro de tafetán. El
corte de la prenda era ceñido al pecho y estab a fo rmada por cuatro hojas dos delante ros y do s
traseros con costur a en el centro
831
. El corpiño se podría considerar sinónimo de
monillo:“Jubón de muge r, sin faldillas ni man gas”, aunque como v eremos más adelante el
monillo formaba parte del vestido femenino. En cualquier caso, e s posi ble que esta
denominación se usara igualmente para l a ropa interior ya que en ocasiones aparec en a juego
con las enaguas: “Una s enaguas de duranzillo listado con un monillo de l o mismo”
832
, “(…)
unas enagua s y un monill o de cotonia ray ada o list ada nueva con nue ves varas”
833
.
El corpiño fue y a mu y usado en el sig lo XVII y c ontinua en el XVIII. Se p r ecisaba de
muy poc a tela para ser confecc ionado y consistí a en un torso sin mangas normalmente atado
por detrás. En la dote de Rosa Manuela de Sotom ayor (1701) ap arecen en dos nuevos blancos
en 45 reales
834
. El corpiño era una pieza económica a juzgar por lo s precios q ue aparecen, por
ejemplo la futura muj er de un z apatero llevaba en su ajua r en 1719 ocho tasados en 26
826
HERRERO G ARCÍA, M.: O b. cit., p. 255.
827
AHPSE: P- 1 0349 , 209 r. Apéndice do cumental, docu mento 30.
828
AHPSE: P- 81 73, 161 3 r.
829
AHPSE: P- 1 0342 , 389 r.
830
AHPSE: P- 1 2023 . 455 v.
831
HERRERO G ARCÍA, M.: O b. cit., p 225.
832
AHPSE: P- 95 68, 1 04 r.
833
AHPSE: P- 9 583, 83 r.
834
AHPSE: P- 1 0318 , 844 v.
265
reales
835
. Aunque se considera una pieza de ropa interior y su confección en sencillo li enzo es
una prueba fehaciente, a vece s aparecen algunas piezas así denominadas pero realizadas con
materiales lujosos por lo que probablemente formarían parte de l vestido; doña Gregoria
Blázquez (1724) tenía uno de damasco encarnado bordado con plata
836
. También aparece n
confeccionados con tafetán también a precios bajos, la mujer de un albañil l levaba en su ajuar
(1741) uno ne gro y otro verde, t asados ambos en 15 reales
837
e Isabel Maestre (1791) tenía
seis de colonia ray ada valorados en 139 reales
838
.
La voz cotilla no aparece en el Tesoro de la Lengua Castellana . La pala bra provien e
de cota , arma defensiva para prote ger el cuerpo. Esta pieza aparece re gistrada en la
Prag mática de T asas de 1627 donde se especifica que los
sastres confeccionaban dos tipos, sencillas y opulentas. En
la obra de Martín de Andújar
Geometria y trazas per tenecientes al oficio de sastres
impresa en la Imprenta R eal y publicada en 1630
839
,
aparece n patrones de l a cotill a a l a también se llama
justillo, en ambos ca sos s on piezas sin manga s
840
. Durante
el siglo XVIII y por i nfluencia de la moda francesa
hombres, mujeres y niños usaron cotilla con el fin de
mantener la espalda dere cha y los hombros un poco hacia
atrás, postura se consid eraba sinónimo de cl ase al ta
841
. La
cotilla también la usa ban las embarazadas y las l actantes,
para t al fin se ideó un orificio que lo posibilit aba. Desde
principios de l sig lo XV III hombres y mujeres llevaban
cuerpos interiores emb allenados. En nuestros caso, no hemos hallado ningún emballenado
interior para uso masculino.
835
AHPSE: P- 1 0345 , 255 v. Apéndice do cumental, docu mento 13.
836
AHPSE: P- 1 323, 339 r. Apéndice docu m ental, do cumento 15.
837
AHPSE: P- 1 8013 , 485 v. Apéndice do cumental, docu mento 39.
838
AHPSE: P- 1 2128 , 316 v. Apéndice docu mental, documento 56.
839
Está dividida en cinco p artes, en la últi ma incl uye un índice con trescientas veinte trazas. P UERTA
ESCRIBANO, R.: “Los tratad os del ar te del vestido”. Archivo Españ ol de Arte , 2001, p. 57 y ss.
841
T EJEDA FERNÁNDE Z, M.: Ob . cit., p. 195.
Cotilla. Hacia 1 750. Museo del
Tr aje. Madrid.
272
El origen d e las me dias se en cuentra en las
medias calzas, piezas qu e usaban hombres y mujeres
hasta la rodilla. La confección adaptada a la forma de
la pierna surgió en Italia durante el siglo XV I, d e allí
pasaron a Francia y Espa ña. En un primer mom ento su
fabricación c orría a carg o de los boneter os que las
realizaban en telar manual. Las medias se fabric aban
en diversos tejidos y colo res siendo las más apreciadas
las de seda, mientr as q ue las negra s se usaba n en
periodos de luto
873
.En cuanto a las lig as son definidas
en el Diccionario de Au toridades como: “ La cinta de
seda, hilo, lana, cuero o otra matéria, con que se atan y
asegura n las medias, para que no se caigan”.Las ligas confeccionadas con mat eriales lujosos
las puso de moda en la corte francesa Catalina de Medicis.
Las medias e ran un c omplemento imprescindible en la indumentaria f emenina no
solamente como abrigo de las piernas sino para ir bien vestida según los esquemas de la época.
Su misi ón era cubrir la s piernas atándose medi ante li gas por en cima d e la rodilla, éstas
últimas se guarnecían con cintas y encajes en algunos casos a juego con o tros elementos de su
indumentaria como los encajes de la camisa o de la cofia. Las fabricadas e n seda eran las más
codiciadas, e impr escindibles en el atuendo d e una dama elegante. Esta pieza siempre aparece
en los documentos por parejas. Las medias de seda podían ornamentarse con bordados de
flores, ramas o dibujos en la cara ex terior por encima del tobi llo
874
. A partir de la década de
los 70 cambia la moda femenina, la falda sube por lo que esta pieza adquieren un ma y or
protag onismo. Podemos decir las medias aparecen en pr ácticamente todas cartas de dotes e
inventarios femeninos pero no en cantidad. En las dotes, al igual que las demás prendas, se
podían llevar ya usadas: “Unas medias de seda usadas en diez”
875
. En el inventario de la
marquesa de la Candía ( 1772) aparecen en la p artida de “Ropa blanca” si ete pares de medias
de seda aunque el la partida “Ropa de seda” constan: “Un par de medias d e seda blancas”
876
.
La s medias bordadas no eran algo infrecuente; un corredor de la lonja de Sevilla las ll eva,
873
T EJEDA FERNÁNDE Z, M.: Ob. cit., p. 336 y ss.
874
BOSCH, D.: La indu mentària meno rquina en el segle XVIII . Palma de Mallor ca, 200 8, p.80.
875
AHPSE: P- 13 07, 160 r.
876
AHPSE: P- 9 568, 647 v.
François Bo ucher. Ma d ame d e
Pompa dour . 1 750. Fogg Museum,
Harvard Uni versity. US A.
273
entre otros géneros, para vender en Ronda en 1750
877
. L as de s eda aparecen con relativa
frec uencia bordadas: “Un par d e medias de seda bordadas en oro en setenta y cinco”
878
, pero
también las de lana se decoraba n.
Las d e color rojo son una constante durante buena parte del siglo, las más lujosas
aparece n bordadas en plata. L as cu chillas aludían a los dibujos simétricos y paralelos que se
bordaban en las medias. En un inventario de 1709 aparecen doce pares de medias bordadas
con cuchillas de tisú y seis pares de liga s bordadas y guarnecidas de encaje blanco
879
.
A finales de siglo un par de medias de seda costaba unos 34 reales mientras que las de
hilo unos 15 reales y l as de algodón sobre10. En el inventario
de bienes don Franc isco de la O yue la (1734) propietario de una
tienda de sedas enc ontramos: lig as bo rdadas, s encillas y dobles,
de segrí, anchas, ordinarias, medias de seda de peso, de muj er
bordadas, llan as o de capullo de Génova
880
.En el i nventario de
Pedro Fernández constan una serie de “Mercaderías” que nos
permiten comprobar que las medias se v endían de disti ntos
tamaños, calidades y procedencias como Hamburgo y
Génova
881
. En la ca rta de d ote de Isa bel L imón (1740) aparecen
una notable cantidad de medias y li gas, por lo qu e tal vez fuera
hija de un mercero. La novia llevaba treinta y cinco pares de
seda de Tembleque, trece pares de capullo de Francia y cuarenta
y cinco pares de li ga s bordadas
882
.
Las medias de punto de aguja fabricadas en la villa toledana de T embleque tení an
fama por su alta calidad. L os comerciantes d e me dias de hilo de aguja (en 1752 había tr ec e),
compraban la materia prima normalmente en Mur cia y la entregaban y a tintada a las mujeres
del pueblo para tejerlas. Casi todas las mujeres de Tembleque se dedic aban a este trabajo
desde los ocho años d e edad. L o hacían en sus casas fabricando unos 30 .000 pares al año, por
cada hechura de una media fe menina se paga ban cinco reales. Para la confección de un par de
877
AHPSE: P- 4 574, 194 r.
878
AHPSE: P- 9 568, 125 r.
879
AHPSE: P-11 991, 681 r.
880
AHPSE: P-51 97, 8 8 r. Apéndice docu mental, documento 30 .
881881
AHPSE: P-12 049, 636 r.
882
AHPSE: P-37 83, 2 55 r.
Medias. Siglo XVI II. Museo
del Traje. Madrid.
274
medias se necesitaban d e cuatro a cinco onzas de seda
883
.
La seda se pesaba en onzas, una equivale a 28,34 gramos.
S eg ún nos informan algunos do cumentos l as
personas mu y pudi entes regalaban medias con moti vo de
su matrimonio, tal es el caso de María P ascuala Barradas
(1772) que acudió en Écija a la tienda de Fernando
Bonilla para adquirir cintas, medias, c ajas y abanicos con
los que obsequiar a sus invitados, cuy o gasto ascendió a
un montante de 1.425 reales
884
. En la c alle Fra ncos y a
había comercios
dedicados al ne gocio
textil; el inventario
de don José S erra no informa que d entro de las
“mercaderías de la tienda” vendía m edias d e seda
sencillas y bordadas para hombre, mujer y niños
885
.
Salvador Moreno con n egocio en la misma calle tenía:
“Medias de capullo de muj er amarillas”
886
. Las medias
de seda eran tal vez, una de las pocas cosas lujos as que
aportaban en su dote la gente sencilla, la mujer de un
oficial de albañil ll evaba en 1741 un par de media s rojas
bordadas
887
. Doña Isabel Maestre (1791) tenía “Qui nce
pares de medias de seda en seis cientos reales”
888
.
A Sevilla llega ban medias de seda procedentes de Francia que se comercializ aban a
unos 70 r eales el par. A finales d e siglo aparecen con frecuencia medias de s eda d e colo r
blanco mientras que en la primer a mi tad es más habitual el rojo. Lo normal es que
simplemente se nombren y tasen no dando apena s información por ejemplo: “cinco pares de
883
SANTOS VAQUERO, Á.: “ El mundo sedero toled ano y la fábrica de medias d e punto d e a guja de
Tembleque ” . Ana les Toledan os , nº 43. 2014. p. 21 y ss.
884
AME: Fondo Marquesado de Peñaflor.
885
AHPSE: P- 3 785, 224 r.
886
AHPSE: P- 5 165, 361 r. Apéndice docu m ental, do cumento 6.
887
AHPSE: P- 28 22, 605 r. Apéndice documental, do cumento 3 9.
888
AHPSE: P- 12 128, 361 r. Apéndice docu m ental, do cumento 5 6.
François Boucher. La to illete ,
detalle. 17 42. Museo T hyssen-
Bornemisza. Madr id .
Galería de modas y ve stidos franceses .
1778 -1787.
275
medias unas de Al godón y otras d e hilo blan cas en cinquenta rr”
889
.A finales de siglo
aparece n las medias de algodón simples y con ra y as valoradas en 20 reales el par. También
hay medias de otros colores como el verde: “Cuatro pares de medias de seda verde de
distintos colores y unas con cuchillos ciento cincuenta y cinco”
890
. El estambre era un
material ad ecuado para l a confec ción de medias, se trataba de una fibra m uy la rga ex traída de
los vellones de lana; en un inventario de1772 la viuda tenía: “Dos pares de calzetas con dos
pares d e medias de esta mbre blancas”
891
.Un par de medias de estambre encarnadas se valoran
en 1733 en 15 reales
892
.
L as ligas eran un ac cesorio im prescindible, se en cuentran de todo ti po: “bordadas con
puntilla de plata”
893
, “celestes y bo rdadas con flecos en plata v aloradas en 30 reales” en
1759
894
.Aparecen ricos ejemplos fabr icados en seda y bordados con punto de ag uja valorados
en 20 rea les
895
.
Hemos hallado un documento mu y original fechado en 1731 cu y o título es
“Testimonio de daño” en el se pre tende cua ntificar el daño producido en un barr il con medi as
procede nte de Londres. El texto es interesante ya que nos permite saber la mercancía que
llega ba del extranjero a Sevilla, las femeninas tenían “abería grande” y er an de color rojo con
cuchillas
896
. En algunas dotes aparecen las medi as junto con sus ligas cor respondientes. En el
inventario que hace de sus b ienes un comerciante en 1772 vemos los tipos de medias qu e
tenía a la venta: de Inglaterra, de capullo, de hilo azul, de algodón, de algodón fino, pintadas,
medias de vuelta, de seda bordadas, de algodón labradas, de cuchilla, pequeñas para niñas, de
seda negra, manchegas, de C astilla de sangre de toro y de Burg os
897
. Esta enumeración del
gé nero es mu y interesante y a que nos a cerca al género que podí a comprarse en la ciudad. A
finales de siglo un par de medias costaba 35 reales, las de algodón senc illas unos 17 mientras
que las listadas unos 32 reales el par.
889
AHPSE: P- 1 2128 , 1044 r.
890
AHPSE: P- 95 63, 102 r.
891
AHPSE: P- 95 68, 104 r.
892
AHPSE: P- 1 2023 , 455 r.
893
AHPSE: P- 1 323, 337 r.
894
AHPSE: P- 1 2070 , 289 r.
895
AHPSE: P- 11 246, 498 r.
896
AHPSE: P- 9 568, 200 v. Apéndice docu mental, documento 24.
897
AHPSE: P- 9 568, 803 r.
276
Las r eferencias a calcetas y escarpines para uso femenino son recurrentes a lo largo de
todo el siglo aunque que no aparecen en cantidad. El escar pín era una funda de li enzo blanco
para vestir el pie y se colocaba bajo las medias. Los escarpines también podían ser un ca lzado
muy liviano, el primer documento en que aparecen data del año 1358
898
. Los precios d e esta
pieza son bajos y normal mente sólo se citan por lo que apenas contamos con más información.
Aisladamente se en cuentra algún ejemplo más r ico: “Un p a r d e escarpines guarnecidos de
encajes”
899
.
El Diccionario de Autoridades define calceta com o: “L a média de hilo que se calza en
la piern a a raíz d e la carne, y regularmente deb axo de las d e sed a, estambre o lana. P uede
venir del nombre Calz a, por ser m as corta que la média.” L as calcetas ejercían la función d e
abrigar el pie y la pierna hasta la rodilla, llevándose bajo las medias. La s refe rencias a éstas
últimas no dan ninguna i nformación, se nombran y a v eces se dice que son “finas”. Se trata de
una piez a que usaban to dos los extractos sociales y por lo general mu y económicas: “Seis
pares de calcetas en trei nta y siete rreales”
900
. Costa ban entre 4 y 6 reales el par. L a dote de
Ana Ma rín (1719) tiene diez pare s de c alcetas tas adas en 40
reales y doc e de escarpi nes a 12 reales, por tanto a real el
par
901
.
VI I.2. Vestidos compuestos por varias prendas
La hongarina era un a modalidad de chaqueta
abotonada no entallada que usaron ambos se xos desde
finales del siglo XV II . Se confeccionaba con los más
diversos tejidos y d ecoraciones pudiendo aparecer suelta o a
juego con la falda. En 1702 el un inventario de don Luis
Rodríguez reg istra un vesti do nuevo de barragánde Bruselas compuesto po r sa y a y hongarina
con veinte botones de plata sobredorados
902
; en el mismo documento aparec e un vestido
898
BERNIS, C.: Indu mentaria en tiemp os de Carlos V . Madrid, 1962, p. 88.
899
AHPSE: P- 12 070, 289 r.
900
AHPSE: P- 2 855,4 88 r.
901
AHPSE: P- 1 0345 , 255 v. Apéndice do cumental, docu mento 13.
902
AHPSE: P- 8 173, 1612 v. Apéndice do cumental , docu mento 3.
Medias. Sig lo XVIII. Museo del
traje. Madrid.
277
formado por guardapiés, hongarina y cotilla con encajes de Milán. Esta pieza y a se usaba en
el siglo XVII y convive con la casaca a principio s del XVIII. El inventario post -mortem de la
marquesa de Aguiar (17 10) indi ca que la finada tenía una de raso ne gro con enca jes y dos
casacas del mismo material, una roja y otr a verde las dos guarn ecidas con g alón de or o
903
.
Doña María Rosa de Truji llo en su carta de dote fechada en 1701 llevaba una “ an garina ” y
guardapiés verde de brocado de oro con encajes d e oro y plata valorado en 929 reales
904
. En la
carta de dote de doña Justa Rufina de Salinas en co ntramos un vestido fo rmado por b asquiña y
“anguarina”, ésta últim a guarnecida con encajes negros y botonadura d e filigrana d e plata
tasado en 360 reales
905
.
En unas c apitulaciones de 1711 figura una “ engarina negra con botones y galon es de
oro valorada en tres cientos reales de plata nueba”
906
. Otro documento nos informa que para
confeccionar una hon garina se necesitaron cuat ro varas y media de p eñasco y la misma
cantidad de tafetán doble blanco para el forro
907
. L a hongarina, que fue sustituida
progresivamente por la c asaca , formaba parte del traje femenino junto con la basquiña según
nos muestran los ajuares de los primeros años del siglo. En la dote a favor de Fra ncisco
Ortega, oficial de curtido r, constan “una basquiña y on garina de tafetan con botones de plata
en trescientos noventa y dos r” y otro conjunto de pelo d e camello formado por idénticas
piezas
908
. Esta pieza también podía aparecer suelta y realizarse con lo m ás diversos tejidos
como la felpa o el gorgo rán. En un ajuar de 1730 todavía aparece la hongarina, se trata de un
recibo d e dote a Pedro G uerrero, trabajador del campo, en el que ap arece una confeccionada
en damasco encarna do y valorada en 105 reales
909
.
E l monillo aparece a lo largo de toda la centuria, bien formando conjunto con casaca y
basquiña o como pieza sola. A pesar de se r una prenda mu y utilizada y común durante el si glo
XVIII la in formación que se dispone sobre ella es prácticamente inexist ente. Según el
Diccionario de la Real Academia el moni llo es: “ Jubón de mujer, sin faldillas ni manga s ”.
Esta acepción pu ede ser posible cuando la pieza se acompaña de casaca y basquiña por
903
AHPSE: P- 2 822, 457 y 457 v. . Apé ndice do cumental, docu m ento 9.
904
AHPSE: P-10 318, 844 r.
905
AHPSE: P- 6 72, 1 243 r.
906
AHPSE: P-10 334, 233 v.
907
AHPSE: P- 1 323, 339 r.
908
AHPSE: P- 9 536, 63 v.
909
AHPSE: P- 7 02, 1 48 v. Apéndice do cum ental, do cu me nto 20.
278
ejemplo, pero en otras ocasiones dudamos si el monillo pudiera llevar mangas, aunque e n
cualquier caso se c olocaba sobre la camisa.
El monill o suele formar parte de un conjunto, en la carta a favor de José Serraso
(1730) constan: “Un Vestido de raso de colores que se compone de Guardapies y Monillo en
Ziento o chenta reales de vellón (…) otro vestido de pelo de c amell o, Vasquiña y C asaca , Y
Monillo en ziento y ochenta y tres re ales todo ello (…) un Guardapiés y monillo de Segrí en
ziento y cinco reales”
910
. En la misma fecha el ajuar de doña Juana Suárez llevaba un monillo
confeccionado con persiana verde con “vueltas e ncarnadas”, más uno de tafetán celeste, otro
de pelo de camello y otro de esparragón
911
.
En los autos de aprecios de los bienes de la viuda
912
del marqués de Peñaflo r
realizados por P edro Villalua, “maest ro de sastre” y fechado en 1700 consta: “Un Bestido de
raso de plata color de ambar a flores con encaxe de plata y s e compone de basquiña y moni llo
a que no se le pone precio por estar mandado para una ymag en d e nuestra señora”, se guido
por otro conjunto de pic ote de Mallorca form ado por las mismas pieza en 1 00 reales y por
otro de teletón negro con una basquiña y dos mon illos en 320. La marquesa también contaba
con un monill o “de media telilla de plata biex o en quarenta r ”
913
.En el ajuar de F rancisca
Mármol (1741) aparecen tres vestidos, el principal estaba val or ado en 450 reales y era de
persiana en carnada compuesto por monillo y tapa piés, el seg undo estaba formado por saya y
monillo, este último con guarnición de plata y por último uno de tafetán doble negro nuevo en
185 re ales. Francisca t enía dos monill os más uno de tafetán negro usado con punti lla de plata
y otro de princesa
914
. En la dote de doña Faviana de la P eña hay cuatro moni llos suelt os
siendo el principal de color de punz ón, un tono que aparece con fr ecuencia, con flores y
forrado en blanc o
915
. El ajuar de María Cascallana (1791) lleva ba monillos de terciopelo, raso,
cotonía, tafetán y lienzo
916
, mientras que el de María Antonia Salaner (1797) tenía cinco
siendo el más costoso uno de fe lpa encarnada con vueltas de tisú tasado en 145 reales
917
.
910
AHPSE: P- 7 02, 7 14 v. Apénd ice documental, docu mento 22 .
911
AHPSE: P- 1 326, 515 v. Apéndice docu m ental, do cumento 2 3.
912
Inés Ana Ma ría de Aguilar y d e la Cueva, VI señora de Gay ape, espo sa y prima her mana d el prim er
marqués de Peñaf lor.
913
Archivo Marqués de Peñaflor, Leg. 4, d o c. 35.
914
AHPSE: P- 1 8013 , 485 v. Ap éndice do cumental, docu m ento 39.
915
AHPSE: P- 1 8013 , 342 v. Apéndice docu mental, documento 38.
916
AHPSE: P- 1 2128 , 493 v.
917
AHPSE: P- 12 128, 1043 r. Apéndice do cumental, documento 5 7.
279
El monillo era usado por toda la
escala social pr esentando todo tipo de
decoraciones y tejidos, podía llevar o
no botones ya que si no se especifica lo
más probable es suponer que no tuvi era.
En la carta de dote de Manuela
González, futura esposa de José López
“maestro torcedor de sedas” fechada en
1783 encontramos monillos de varios
colores y géneros, el más ca ro de
terciopelo negro en 75 reales, aunque de algunas descripciones se despre nde que son piezas
de ropa interior ya que son de lienzo o fo rman conjunt o con enaguas
918
. A finales de siglo esta
pieza incorpora las de coraciones de moda como los
alamare s, la cadeneta y los flecos. Estos adornos podían
ser de hilo de oro, plata fina o simple tejido. L os galones
que son una decoración típica de todo el si glo y se
continúan usando pero se unen a otros adornos c omo los
alamare s. En la carta d e dote de doña Ignacia Marcela de
la Fuente (1788) aparecen tres monillos blanc os en 83
reales y uno de indiana en 20
919
, por tanto y a
comprobamos que los algodones estampados han llegado
a Sevilla. La dote de M anuela C ascallana (1791) lleva un
buen número de estas piezas, hay de terciopelo, raso, cotonía, tafetán y lienzo blanco
920
.
La casa ca f emenina era una clara imitación de la masculina, abierta por delante co n
mangas con amplias vueltas, pli eg ues en los costados y mi sma abertura en la parte tr asera. En
cuanto a los bolsi llos no era n reales aunqu e si apa recían sus tapas. La casaca t enía el talle en
la cintura y llegaba a la altura d e las caderas pero no iba cuajada de botones como la
masculina sino que se cerraba en fo rma de v po r medio de cordones o mediante una pieza
triangular denomina da peti llo que se cosía o se fijaba mediante alfileres. En la obra de Juan de
Albay ceta publicada en Zaragoza en 1720 bajo el titulo : Geometria y trazas pertenecientes al
918
AHPSE: P- 1 2114 , 461 v
919
AHPSE: P- 7 16, 1 06 r. Apéndice documental, docume nto 54.
920
AHPSE: P- 12 128, 494 r. Apéndice docu mental, documento 57.
Casaca. Siglo XVII I. Museo del Tr aje. Madrid.
Casaca. Siglo XVI II. Museo del
Tr aje. Madrid.
280
oficio de sastres donde se contiene el modo y orden de cortar todo genero de ve stidos
españoles, y algunos Estrangeros, sacandolos de qualquier ancharia de t ela, por la Vara de
Aragon y explicada esta con todas las de estos Reynos, y las medidas que usan en otras
Provincias estrangeras, aparecen patrones de casacas femeninas.
Las casacas aparecen en casi la tot alidad de los doc umentos hasta el cambio de moda
que se produce a finales del siglo. Esta p renda po día aparecer a juego co n la falda o suelta .
La s dote nos informan que la casaca para uso femenino y a s e llevaba en Sevilla en los
primeros años d el XV III, en la carta de doña Ro sa Manuela de S otoma yor (1701) fi gura en
primer lugar: “Primeramente una Gabacha Berde de brocatto de oro en trescientos rs (…)
Ytenn una gabacha d e ormesi ne gra con abottonaduras de
plata en Doscientos t reinta (…) yten otra gabacha de felpa
negra e n cien R”
921
.
De cintura para arriba esta pieza era una pa rte
insustituible en el vestido femenino mientras que de cintura
para aba jo las mujeres llevaba n, sa y a, basquiña o
guardapiés. La dote de María Manuela, cri ada del conde de
Gerena, fechada en 1740 llevaba como atu endo principal
“Ytt un be stido de tafetán color de canela la c asaca
guarnec ida de P unta de Plata y todo forrado en tafetan en
trescientos R”
922
, se sob reentiende que el tr aje constaba de
falda pero se omite la referencia. En idéntica fec ha, el
mismo caballero dota a otra c riada su y a llamad a Mi caela
Vázquez, en el documento aparece un vestido confeccionado con griseta en el que la casaca
está guarnecida con punt a de oro, todo tasado en 375 reales
923
. El recibo de dote a favor de
don Agustín de R ospide (1740) aparece al princip io de la partida “Ropa de bestir” un vestido
de casaca y basquiña confeccionado con quince v aras de t erciopelo ne gro y fo rrado en tafetán
doble tasado en 900 reales
924
.
921
AHPSE: P- 1 0318 , 884 v. Apéndice d ocumental, docu m en to 1.
922
AHPSE: P- 2 855, 486 v. Apéndice docu m ental, documento 35.
923
AHPSE: P- 2 855, 488 r. Apéndice d ocumental, do cumento 3 6.
924
AHPSE: P- 3 783, 282 v. Apéndice docu mental, documento 37.
Petillo 1730-40 . Museo del
Tr aje. Ky oto
281
La fo rma de la casaca femenina tuvo la misma evolución en cuanto a la forma de las
mangas que la masculin a, en al gunos retratos de la época
925
se observa como éstas lucen
amplias vueltas con rica s decoraciones por las que sobresalen los volant es de encaje de la
camisa. Es frecuente la a parición de casacas negras, al i gual que en las basquiñas. El luto er a
una práctica estricta, por tal motivo es muy habitual encontrar piezas de color negro en
práctica mente todos los documentos.
A veces se consi gnan con su p etillo inc orporado, doña María T eresa Thous d e
Monsalve
926
tenía cuatro casacas a jue go con sus petos
927
. El llamado peto o petillo era un a
pieza rígida en forma de triángulo inve rtido que n ormalmente se confeccionaba con la misma
tela que la casaca . El pet o cerraba la casaca e iba cosido o cerr ado mediante alfileres, por lo
que una dama pr ecisaba de a yuda par a vestirse
928
. Por el escote asomaba el enc aje de la
camisa, al igual que po r las mangas. Los ejemplos de petillo que se con servan en disti ntos
museos nos muestran una pieza rica que cerraba casaca s, cotillas o vestidos “ a la francesa ” .
925
Véase, Alon so Miguel d e Tovar . Sevilla , 2 006. E n el catálogo aparec e el retrato de María T eresa P iscatori,
Marquesa d e T orrenueva ( h acia 1 746), en el que lleva una casaca de terciop elo azul claro de mangas con
amplias vueltas a la alt ura del codo m ientras d e q ue la cint ura sale n unas amplias faldillas co n la s tapas de los
bolsillos bo rdadas. En el centro del esco te se d ispone un a jo ya de pecho, de gran tamaño, d e oro y esmeraldas.
926
Doña María Ter esa T hous de Monsal ve, oste ntaba el tí tulo d e m arquesa viuda de la Candía y del Sauzal. S u
difunto m arido fue do n Cristób al Joaq uín de Fra nchi Benítez de Lugo, nacido en La Orot ava en 1700 . Do n
Cristóbal ejer ció d iversos ca rgos a lo largo de su vida, fue militar llega ndo a T eniente General y ta m bién
desempeñó labores dip lomáticas siendo embajado r en Po rtug al y ministro en Dina marca. Felipe V le concedió
por tales méritos el marquesad o d e la Candía en 1739 y un os años mas tarde, en 1 745 el d el Sauzal. E l noble,
que a su vez oste ntaba el títul o de caballero de la insigne or den de Calatrava, fa lleció en 1766 sin dejar heredero s .
Doña Ma ría T eresa era her mana del II I marqués d e T hous y d e la Cueva del Rey. El m arquesado d e la Cueva d el
Rey fue concedido p or Carlos II en 1690 a don Juan Fer nández de Henestrosa y Ribera, mientras que e l p rimero
fue otorgado a do n Lope Thou s de Mo nsalve y Jaló n en 16 77. El o rigen Thous de Monsal ve radicab a a Catal uña.
La historia cuen ta que en 1 380 Per de T hous halló en un ar busto d e hiniesta, una esc ultura de la Virgen, con una
leyenda q ue rezab a “So y de Sevilla, d e una i glesia cercana a la P uerta d e Cór doba” . La imagen f ue traída a
Sevilla y gozó de una gran d evoció n a p artir del siglo XIV. En 1 412 se fundó una her mandad de gloria ded icada
a la Virgen de la Hi niesta
927
AHPSE: P- 956 8, 669 r. Apéndice docu mental, d ocume nto 48 . La d ama también co ntaba con ocho casacas
sueltas de distintos tejido s com o laberi nto, tafetán o d amasco y varias faldas negra s de distintas hechuras y
materiales
928
LEIRA SÁNCHE Z, A.: La mo da españo la durante el siglo XVIII . Madrid, p.3.
288
fluecos y sint a, en dos cientos y quarenta reales”
961
. El paño d e s eda fue u no de los tejidos
más uti lizados para la confección de sa y as a fin ales de si glo y los flecos u no de los adornos
más de moda: “Ytt. una s aya de p año de seda con fleque, en tr escientos r”
962
. En el inventario
de un comerciante (1797 ) encontramos en la partida de ropa de color de su esposa ll amada
Luisa María Fernández, cuatro sa y as; la más cara de gros de Nápoles valo rada en 120 reales.
Su hija tenía otra igual por idéntico precio más dos de tafetán y una de lustrina
963
. A finales de
siglo las sa y as se adornan con flecos y vol antes. El movimiento de los flechos al c aminar
causar on más de un escándalo por considerarlo inmoral.
La basquiñ a era un falda larga que acompañaba a la casaca, esta p renda es un a
constante en el guardarropa de la mujer española. Según el Diccionario de Autoridades era
una falda larga mu y fruncida en la cintura y que podía llevar cola, y se usaba sobre el
guardapiés. El Diccionario de 1791 añade: “ Pónese encima de tod a la demás ropa y sirv e
comúnmente para salir a la calle.” La basquiña puede aparecer fo rmando conjunto: “Ytt una
basquiña ne gra de guardilla con casaca ygua l”
964
, “Ytt una basquiña casaca y manguitos y
peto de t erciopelo negro”
965
, o como piezas sueltas se gún se muestra en la carta de dote a
favor de Mariano Peña, “fabric ante de sedas natural de la c iudad de Zaragoza” datado en 1772:
“tres basquiñas de seda negra, una de los mismo color de café”
966
.
La b asquiña negra es u na constante en todo el siglo, ya sea de materiales ricos o
sencillos prácticamente t odas las mujeres tienen. Aparecen confeccionadas en todo tipo de
tejidos como: tercianela, terciopelo, tafetán, y adornos como el terciope lo, los encajes, las
blondas y las puntas
967
. Para su confección se utilizaban entre ocho y diez paños de tela. La
basquiña en Sevilla aparece frecuentemente confecc ionada en tafetán dob le negro, r aso negro
o en camellón. Una bas quiña nueva de tafetán doble nueva costaba entre ciento y pi co y
doscientos reales.
961
AHPSE: P- 12 134, 617 r. Apéndice docu mental, documento 63.
962
AHPSE: P- 1 2137 , 3 r. Apéndice do cum ental, docu mento 65 .
963
AHPSE: P- 7 29, 5 64 r. Apéndice documental, docume nto 62.
964
AHPSE: P- 95 68, 669 r. Apéndice d ocumental, docu mento 48 .
965
AHPSE: P- 9 568, 669 v. Apéndice docu mental, documento 48.
965
Cuando eran anchos se denominaba n rapacejos. P LAZA ORE LLANA, R.: Hist oria de la moda en
España . El vestido femenin o entre 175 0 y 1850 . Córdoba, 2009 , p. 84 .
966
AHPSE: P- 956 8, 184 r.
967
PUERT A ESCRIBANO, R.: Ob. cit., p. 111.
289
J unto al vestido “ a la francesa ” , y al de tipo popular, hubo en España durante los
últimos treinta años del siglo XV III y los primero s veinte del sigl o X IX, un traje característico
que llamó la atención a más de un extranjero en esta época. Este atu endo, que solament e se
utilizaba para salir a la calle, fue denominado traje nacional español. Las mujer es de las
ciudades, independientemente de su clase social, se ponían una basquiña negra y a vestidas y
se cubrían la cabeza y los hombros con una mantilla, ne gra o blanca
968
:
“La m ayoría de las mujeres de las clases altas han adoptado los trajes fran ceses, que son los
que llev an en sus casas y sus carruajes pa ra ir a vis itas, bailes y espectácu los públicos. Únicamente se
ponen el traje españ ol cuando van por la calle o a la iglesia ; este t raje hoy en día consiste en una
especie de cuerpo o corsé, una f alda corta que apenas tapa el empeine, una mantilla en la cabez a que
ha sustituido al antiguo manto y oculta o descubre el rostro a volu ntad, un rosario en una mano y un
abanico en l a otra. Las m u jeres españo las no llevan nunca la basquiña dent ro de c asa, se l a quitan tan
pronto entran en ella y aún cuando llegan a alg una casa en l a que v an a estar var ias horas; llevan otra
falda debajo, m ás corta y adornada de diferentes for m as. Algunas v eces van vest idas totalm ente a l a
francesa, así qu e no tienen m ás que quitársela pa ra apa recer com pletam ente vestid as.”
969
Este tipo de basquiña negra podía llevar for ro de otro color. Al estar su uso de stinado
al paseo, la señora se la retiraba al volver a casa llevando el guardapiés debajo. Las damas
pudientes salían en coch e, por lo qu e las usa ban en contadas ocasio nes. Este tipo d e
indumentaria se puede o bservar en El paseo de l as Delicias de Francisco Ba y eu en la cual
aparece n varias mujeres en animada consersación con basquiña negra y m antilla blanca. El
francés B our going se hizo eco de esta costumbre
970
tan castiza:
968
LEIRA, A.: El traje nacion al . Madrid, 2004, p. 7.
969
Laborde, A.: A View of S pain, comp rising a d escriptive itinerary of e ach p rovince . Londres , 1809.
970
Jean-François Bo urgoing (174 8 -1811 ) fue diplo mático, primer secretario de la E mbaj ada france sa en Madrid
desde 1777 y luego e mbajador de la Fra ncia revolucionaria entre 1791 y 1793. Intervieno como negociado r en
la Paz de B asilea que puso fin en 17 95 a la guerra de la Convención hispano -francesa . El barón d e B ourgoing
viajó po r toda Esp aña a finales d el siglo XVIII y la dise c cionó en su libro de viajes, Nouve au Vo yage p er
l'Espagn e (1789), que fue amp liando en posterio res edicion es hasta la d efinitiva, Tab leau d e l'Espag ne Mod erne ,
en 180 7. La edició n del libro f ue un éxito en la época y se tradujo a la mayoría de idiom as euro peos. En Esp aña
fue p rohibido po r la Inquisició n, incluso para q uienes te nían au torización para leer los ejemplares pro scritos.
Véase SOLER P ASCUAL, E.: I magen de la España modern a . Jean-Fra nçois Bourgoing . Alicante, 201 2.
290
“ no se ven en el Prado mas que mujeres uniformemente vestidas, cubiertas de grandes
mantillas negras o blancas, que privan de u na parte de sus r asgos, y hombr es envueltos en sus
vastas capasa de color o scuro en su ma yoría, de suerte que este Prado, con todo lo hermoso
que es, parece por e xcelencia el teatro de la gravedad castellana”
971
.
L as basquiñas y sa ya s d e tafetán negro son una p ieza mu y común, la hija de Domingo
Martínez (1748) llevaba dos, una nueva en 149 reales y otra “mediada” en 90
972
. Aunque n os
encontramos en pleno siglo XVIII y es el mom ento de los colores pastel, el negro no deja de
estar presente en los ajuare s femeninos. Sobre t odo en faldas y casacas. A veces las fald as
llevaban el ruedo de otr o tejido como muestra l a dote rec ibida por Mariano Peña en 1772:
“Una sa y a de tafetán doble negro con su ruedo de lo mismo de tafet án sencillo blanco”
973
. Las
faldas para montar a caballo
se denominaban sa yas de
jinete
974
.
En algunas cartas de
dote se consigna interesante
información sobre las piezas
de tal mane ra qu e nos es de
gran a y uda para conocer
determinados datos sobre el
color, el tejido y su c antidad
además del precio. E n el
entrego y recibo de dote de don Pedro de Bus tanobí fecha do en 1740, encontra mos una
interesante partida de “Ropa de b estir” con tres conjunt os valorados en más de 1.000 reales
cada uno ad emás de otro s tres cercanos a es a cifra. El mont ante aproximado que llevaba esta
novia en vestidos sobrepasa los 10.000 reales. El conjunto más costoso estaba confeccionado
con cato rce var as y media de tafetán d e Francia, forrado también en tafe tán y con delantal
guarnec ido con punta de plata a juego
975
. El delantal cuyo uso ha quedado circunscrito al
trabajo de cocina, era un a pieza que us aban las m ujeres trabajadoras pero también las damas
971
Véase, BOURGOING, J. F . : Nou veau voyage en Espa gne ou Tablea u a l´etat actuel de cette mo narchie.
Paris, 1 788.
972
AHPSE: P-180 20, 249 v. Apéndice docu m ental, d ocumento 41.
973
AHPSE: P- 9 568, 104 r.
974
AHPSE: P- 1 4692 , 131 r.
975
AHPSE: P- 3 783, 282 r. Apéndice docu m ental, do cumento 37.
Francisco B ayeu . El paseo de la s Delicias. 1784-1785. Museo
Nacional del P rado . Madrid.
291
elegantes como un comp lemento más de su atuendo.
La casaca y el guardapiés podían ir a juego con el
delantal, en el documento mencio nado
anteriormente fi gura un vestido elaborado y forrado
con tafetán francés para el que han hecho falt a
catorce varas y media, estando el delantal bord ado
con punti lla de plata valorado en 1.760 reales. En
esta carta de dot e tenemos varios conjuntos que
incluye n el delantal.
VI.3. Vestidos
enteros
El vestido entero fue el más utiliz ado por las
mujeres francesas aunqu e en España fue más hab itual, tal
y como hemos analizado, el compuesto por varias prendas.
A finales del siglo XV II los hombros femeninos
comenzaron a emer ge r aunque el busto s eguía siendo
plano. Ya a principios del siglo XV III el escote se hace
cuadra do y v a cobrand o un ma y or protagonismo. Las
referenc ias que se hallan en los protocolos s obre los
vestidos en muchos casos no son mu y elocuentes a no ser
que nos informen que se trate de uno con denomi nación propia como p olonesa, vaquero o
desabillé. En algunos casos no hay referencia expresa al tipo sino que simplemente se habla
de vestido entero: “vestido entero de media p ersiana forrado en en carnado valorado en 554
reales”
976
.
El retrato de dama, que se encuentra en el comedor del palacio de Lebrija, nos muestra
un elegante vestido entero color negro y adorna do con galones en mangas y d elantera. Es
difícil precisar el material del vestido pero sí ve mos como del escote (no mu y p ronunciado)
emerge n los delicados encajes de la camisa al i gual que ocurre en los extremos de las manga s.
976
AHPSE: P- 7 02, 1 83 r.
Anónimo. Retrato d e dama . P rincipios
siglo XVIII. P alacio de Lebrija. Sevilla.
Anónimo. Retrato de da ma . Hacia
1750 . Colección particular. Sevilla
292
En su centro s e dispone un gran laz o del que pende un joyel con perlas que re cuerda a los
modelos del siglo XVII. En las muñecas luce unas pulseras de perlas de rost rillo
977
y en el
cuello un collar de perlas de una vuelta. El peinado consiste en un sen cillo moño con el
cabello de color natura l y unos adornos de g asas.
La escritura de entrego de dote de María Pascuala Barradas fechada en 1 772, cuenta
con un vestido confeccionado con medio tisú de plata y guarnec ido con pu ntas de oro y flores
de sed a valorado en 1.525
978
. La decoración con motivos florales, ya se an estampados o
bordados, es una característica de la moda rococó. Las artesanías sed eras se inspiraron en
elementos de la naturaleza, a mediados del siglo las flores grandes s e sust ituyeron por
pequeñas. Los colores guarne cidos con hilo de plata y oro creaban sombras y luces como si d e
recur sos pictóricos se tratara
979
.
R osalía Martínez (1748) llevaba en su dote tres vestidos, uno de imperios a color “ala
de cuervo” en 495 reales, otro d e tafetán encarnado usado en 240 y por último uno de
damasco ne gro en 312
980
. A finales de siglo se impone la moda del ves tido camisa que
desemboca en los sencillos vestidos claros con el talle bajo el pecho. La dot e de María
Manuela Casca llana (1791) tenía varios vestidos enteros, de seda tornasolado, blanco de seda
bordado en plata, dos de raso uno rojo y el otro celeste, y dos de sim ple lienzo blanco en 150
reales má s uno de ba ye ta color flor de romero
981
.
L a muselina se convierte en el tejido por ex celencia y a s ea en los vestidos como en s u
adorno: “Ytt. Un bestido enttero de Sar asa con faralaes d e Murc elina en trescientos y settenta
reales”
982
. En el recibo de dote de Juan J osé de Lesaca, ofi cial de la Contad uría Principal del
Ejército, fechado en 17 81, figura un vestido de color lirio “completo con su guarnición y
hechura” v alorado en 7 24 reales y t res de verano “sueltos” en 485 reales
983
. Uno de los
ejemplos más lujosos que hemos hallado se encuentra en las capitulaciones matrimoniales de
Ana María Maestre (1791), concretamente en la partida “Dádivas de pa rientes de su familia
977
“Aljófar de seiscie ntas perlas en onza”. V ARGAS LUGO, E .: Ob. cit. , p. 298.
978
Archivo Marqués de Peñaflor, Leg, 9, doc. 10.
979
LLORENT E, L.: Tejido de estilo ro cocó . 1740 -1760. Madrid, 2015 , p. 10 .
980
AHPSE: P-18 020, 250 v. Apéndice docu mental, documento 41.
981
AHPSE: P- 12128, 493 r y ss. Ap éndice docu mental, docu mento 57.
982
AHPSE: P- 1 2134 , 615 r. Apéndice do cumental, documento 63.
983
AHPSE: P- 10 363, 27 r. En este documento los ap recios del aj uar están realizados p or personas “inteli gentes”
designadas po r ambas partes.
293
regaladas a nu estra hija por causa de su matrimo nio”. A juz gar por la des cripción, el vestido
principal debía ser fa stuoso:
“ Un t raxe l argo todo de raso liso: l a parte de el asta el talle listado de dístinto s colores el de la
falda blanco, y listas labradas en el mism o color guarnecído de crespon blanco blondas de f rancia, y
raso liso blanco y seleste c on sobrepue stos de esm altes de colore s, y lante juelas for rado todo en ta fetan
entredoble, sagalexo de crespon b lanco con iguales gu arniciones que el traxe, y cubie rto de esm altes
de colores, y lantejuelas, y todo el fo rrado en tafetan do ble en tres m il quin iento s r” .
Los cuatro siguientes vestidos, c uya valoración super a los 1.000 reales cada uno,
también se acompañan de zagalejo, confeccionado con crespón blanco bordado con
lentejuelas de plat a, g asa inglesa bordado de sed a, o sarga ingl esa con flecos y bo rd ados co n
lentejuelas
984
.Los flecos son una g uarnición de moda en este momento.
El traje entero más c aracterístico de este moment o es el llamado v estido “a la francesa”
que en España se denominó bata. Su origen radicaba en el “robe volant e” de finales del siglo
XVII. Estaba confeccionado en una sola piez a y su pa rticularidad r adicaba en los pli egues
que salían de la espalda llega ndo al suelo y d esembocando en una p equeña cola. Hacia 1730
los pliegues eran muy anchos con el tiempo fueron estre chándose y p erdiendo su volumen. E l
v e s t i d o “ a l a f r a n c e s a ” e r a u n d e r i v ad o d e u n t i p o d e n eg l i g e e s u e l t o e n f o r m a d e s a c o y
t am b i é n s e d e n o m i nó “ a d r i a n a ” p o r l a c o m ed i a A n d ri e n n e q u e s e r e p r e s e n t o e n 1 70 3
985
.
A p e s a r d e p a r e c e r u n m o d el o m á s c ó m o do l l e v a b a i g u al m e n t e c o r s é c o m o l o s v e s t i d o s
d e g a l a. L a s f a l d as s e m o s t r a b an a m e n u d o a b i e r t a s p a r a d ej a r a l a v i st a l a p i ez a f a l da
i nt e ri o r E l v o l u m en s e c o n s e g u í a a t r a v é s d el t o n t i l l o l l a m ad o p a n i e r en Fr a n c i a. E st e
té rmino signific a “cesta” , en referencia a la forma de cesta invertida que tomaba la fa lda .
984
AHPSE: P- 12 128, 362 r y s s. Apéndice d ocumental, documento 56 .
985
La señora Danco urt representab a el p apel de Glyceria, una d ama embarazada, en la obra And rienne de Michel
Boyron, llamado Baró n (1653-17 29). El escritor y actor fue alu mno de Molière.
294
Lo s t r a j e s “ a l a f r a n c e s a ” a l c a n z a r o n u n a g r a n b e l l ez a , s u s i l u e t a es la que mas se
asocia al estilo rococó. Este vestido estuvo vi gente entre 1715 y 1775 y fue usado po r las
mujeres más pudientes de clase alta de tod a Europa reflejando el gusto por costosas sedas,
brocados y estampados floral es . Muchos de lo s tejidos utiliza dos también mostraban la
predilecc ión po r los mot ivos de inspiración china y árabe. A p artir de la década de 1760 el
aumento de la popul aridad del algodón posibi litó que los vestidos femeninos se
confeccionaran c on esta fibra. En la co rte, los atuendos eran siempre más complejos en cuanto
a construcción, utilizando tejidos nobles como el brocado; pero el algodón ofrecía un pre cio
más económico, por lo que este tipo de v estido ll eg ó a un ma y or número de mujeres . Mu chas
de las nuevas tel as de al godón utili zadas en este momento fueron impr esas lo que sim plificó
enormemente su producción.
Madame de Pompadour también puso de moda
el uso de volantes y l azos en dism inución desde el
escote a la cintura. L a favorita g ustaba d e realz ar su
cuello con un lazo de terciopelo con una flor, una joya, o
con una cinta de encaj es, adornos muy de m oda a
mediados del siglo XVIII. L as mangas “de pa goda”
llega ban hasta los codos y se ado rnaban con varias filas
de encajes. Los vestidos de corte cuy o tamaño era
extremadamente ancho, se lucían únicamente en
ocasiones formales. L a cint ura totalmente constreñida
por el corpiño contrastaba con las amplias faldas.
Tanto los vestidos de corte como los ll amados “a la
francesa” pre cisaban d e un tontillo, no hemos hallado
práctica mente referencias a estas estructuras, s alvo en
la dote de doña I nés María de Barradas (1768) en la
que figura: “un tontil lo y ahuecador de tafetan doble
color d e rosa con farala en seiscientos rr”
986
. Doña
Inés, hij a de los marqueses de Peñaflor, aportaba a
juzgar por la descripción y el precio, tres importantes
vestidos de corte. El primero, que es taba
986
Archivo Marqués de Peñaflor. Leg.9, doc. 4 .
An ó n i m o . R etra to d e d a ma . Me d iad o s
s ig lo XVI I I . P alac io d e L eb r ij a.
Sev illa.
Anónimo. Retrato de dama . Mediad os
siglo XVIII. P alacio de Lebrija. Sevilla.
295
confeccionado en tisú de oro y guarnecido con encajes d e oro y flores s obrepuestas, est aba
compuesto por jabón, casaca, falda y guardapiés; el vestido valorado en 15.000 reales había
sido re alizado en Ma drid. El segundo contaba con las mismas piezas pero estaba
confeccionado con tisú de plata y oro con las mismas decora ciones e idént ico precio; mi entras
que el tercero era de mo aré n egro con las misma s piezas y blondas del mism o color en 1.820
reales. La constatación d e estos atuendos implica que los marqueses de P eñaflor se guían la
última moda de Madr id, imbuida del e stilo rococ ó, a trav és de una constante correspondenci a
con competentes informadores
987
.
En el inventario de la marquesa d e la Candía (17 72) fig uran: “dos guardainfantes y el
arco del otro ”
988
, es d ecir, que la voz guardainfante pervivía un si glo después. En 1753
aparece una bata confeccionada con damasco celeste guarnecida con galón de plata y valorada
en 560 reales.
989
El vocablo bata para referirse al v estido a la francesa d ebí a estar extendido
y a que en un inventa rio de 1765 se especifica qu e ha y dos b ata s “de cam a”
990
. Este vestido
requería mucha tela y su confección era l aboriosa, sus patrones apar ecen en la misma
Enciclopedia Fra ncesa.
En la partida de bienes regalados en la dote de C ata lina Pérez Vejarano fi gura una bata
bordada valorada en 4.308 reales
991
mientras que la condesa de las Atala yas obsequió a la
marquesa d e Ar co Hermoso por su boda en 1795 con una bata valo rada en 600 reales
992
.
Aparte la marquesa llevaba “una bata de tela completa” en 3.703 reales y una se gunda
valorada en 1.180.
Doña Inés María de Barradas (1768) aportaba cuatro batas valoradas en 15.200 reales
siendo la más costosa “d e tela guarnecida con pu ntas de pl ata y flor es so brepuestas en cinco
987
Inés María P érez de B arradas y Fernández de Henestrosa contraj o matrimonio en p rimeras n upcias con
Antonio Lope Pér ez de B arradas y Fernández de Hene strosa, V m arqués de Cortes d e Graena (creado p or Carlos
II en 1 683 a favor de Antonio Pérez d e Barradas y Aguayo), fallecido en 1 784. Inés María P érez de B arradas fue
la VII marquesa de Peñaflor (título creado po r Felipe IV en 1664 a favor de Jua n T omas Fernández de
Henestrosa y Aguilar -Ponce) . El matrimonio de ambos con siguió unir los dos marquesad os: “D urante s us años
de vida en co mún esto s per sonajes se afanaron en mostrar un ni vel de vida verdad era mente envidiable y desta car
como lo s miembros más se lec tos y escogidos de la podero sa élite que d etentaba el poder local. (…) Entre 1750
y 1770 el marquesad o de P eñaflor costeó importantes obras d e a m pliación y enriquec imie nto del palacio fa miliar,
llegando a transfor marlo en la sede de una auténtica co rte provinciana”. GAR CÍA LEÓN, G.: “En torno a la
prod ucción d e Damián de Castro en Écij a (Sevilla)” en RI VAS C ARMONA, J. (Coo rd): E studios de platería .
San Eloy 2006 . Universidad de Murcia, 200 6 , pp . 222 y 223.
988
AHPSE: P-95 68, 674 v.
989
AHPSE: P-12 05, 9 71 r.
990
AHPSE: P-14 692, 131 r. Apéndice docu mental, documento 45.
991
AHPSE: P- 9 583, 189 v.
992
AHPSE: P-10 367, 604 r.
296
mil rr”
993
; mientras que en la dote de María Pascuala de Barradas (1772) aparecen dos, l a
primera de seda verde guarnecida con blond as y t asada en 1.490 r eales, y la se gunda de satén
de seda blanc o con idéntica g uarnición en 1.370; dichas batas iban acompaña das de su
corre spondiente tontillo valorado en 120 reales
994
.
R ose Bertin creó el vest ido a la polonesa, forma do por un corpiño que realzaba el
pecho y ondulantes faldas que descubrían los tobillos. El peinado destinado a este atuendo s e
denominó "pouf" . En 17 70 cuando María Antonieta llegó a Francia pa ra desposarse con el
Delfín, los moños femen inos ya habían empezad o a tender a la verticalidad y a complicarse
introduciendo adornos como flores, cintas y plum as. El
término polonesa derivaba del uso de estilos procedentes d e
Polonia. Es posi ble que inicialmente aludier a a d ecoraciones
sobre piel o a la costumbre de llevar subido un lado de la
falda, un a moda polaca que provenía d e Turquía . Conocidos
con difere ntes nombres “a la polonesa”, “a la circasiana” o “a
la turca” se gún los escasas variaciones en su diseño, se tr atab a
de vestidos cu y as características comunes e ran: cu erpo
ajustado, con escote red ondeado, falda con sobr efalda sob r e
un miriñaque en forma de tonel; todo ello con gran cantidad
de adornos en los extremos de man gas, cuerpo, falda y
sobrefalda, las cua les dej aban a la vista los pies.
A principios de la década de los setenta, la polonesa
fue un vestido cortado en cuatro partes, dos en el delantero y
dos en la espalda, en el que la sobrefald a se recogía por medio
de “ alzafaldas ”
995
en la parte posterior formando tres paneles dr apeados de diferentes lar guras.
Algunos historiadores al uden a la teoría sobre qu e estos tres pliegues pud ieran simbolizar la
partición de Poloni a en 1772 en tres partes: Austria, Prusia y Rusia
996
. La particularidad
estribaba en que la sobrefalda era recogida en dos o más partes de tela drapeada, con fo rma de
conchas. Poseía además, un mecanismo a bas e de cordones insertados en las costuras d el
cuerpo que ofr ecía la posibil idad de alzar o dejar caer la sobrefalda. El volumen, por tanto, se
993
Archivo Marqués de Peñaflor. Leg. 9, doc. 4.
994
Marqués de P eñaflor. Leg. 9, do c. 10.
995
SOUSA CONGO ST O, F.: Ob. cit., p. 179 .
996
REDONDO, M.: Polon esa del siglo XVIII . Madrid, 2007 p. 3 y ss.
Vestido a la p olonesa. 1 775 -
1785 . Museo del Traje. Madrid.
297
centraba en la parte posterior de las faldas por lo que este modelo de vestido se considera el
antece dente d e los poli sones del siglo X IX. Si a todo lo anterior añadimos la moda d e los
altos peinados, no queda duda de que la indum enta ria femenina entre 1775 y 1789 ll egó a una
gran complicación.
En las cartas de dote d e este periodo contamos con polonesas confeccionadas con todo
tipo de materiales desde lienzos a sedas:“una polonesa de hilo y seda con guarniciones d e
ga sa y blondas a estrenar en cuatrocientos ses enta”
997
; “una polonesa de bretaña con cinco
varas de b retaña con en cajes en ciento on ce”
998
; “U na polonesa de mue encarnadina con su
guardapies de los mismo en trescientos (…) Otra polon esa de sarasa c on sus enag uas de
algodón color carmín nu eva en doscientos cuaren ta”
999
. En 1788 una novi a llevaba un jue go
de borlas lazo de pecho de Francia a juego con su
polonesa de raso a ra ya s color “encarnadino” bordado
de gasa de pl ata y blondas valo rada en 600 reales
1000
.
La s llamadas jo y as “de Francia” eran bisut ería y
aparece n con mucha frecuencia en los documentos.
El vaqu ero era un vestido entero con amplio
escote r edondo a diferencia de la bata cuyo es cote era
cuadra ngular, las manga s ajustadas normalmente
largas y cerrado por delante lo que permitía que la
señora se vist iera sola. La innovación residía en que
incorporaba las ballenas al cuerpo del vestido. El
vaquero
1001
se usó durante unos quince años; a finale s
de la década de los 80 era un atuendo normal entre las mujeres pudiente s que vestían a la
útima moda. El escote se cubría con un pañuelo q ue se colocaba abultado. La falda era abierta
por delante dejando asomar la falda interior que podía ser a jue go o difer ente. Los pliegues se
concentraban en la pa rte posterior de la cintura y el tontillo se suprimió. Los volúmenes se
hacían más prominente s en el busto y en la parte trasera de la falda. El vaquero se
998
AHPSE: P- 956 5 Folio 147 v.
999
AHPSE: P- 957 6 Folio 117 r.
1000
AHPSE: P- 11 246, 498 r. Apéndice docu mental, documento 52.
1001
“Ya se observa de u n tiempo á esta parte q ue las pri ncipales damas de Ma drid llevan batas y baquero s de
muselina en las co ncurrencias mas distinguidas”. J OVELLANOS, G. M.: Sobre la introducción de mu selinas .
Madrid, 1849, p 49.
Vestidos a la po lonesa. 1780 - 1785.
Metropo litan Muse um o f Art. Ne w
York.
304
la isla de los Faisanes
1023
. María Leszcz y nska
contrajo matrimonio con L uis XV en 1725
vestida con un traje de corte de color azul
mientras que María Ant onieta lo hiz o vestida
de blanco, aunque la costumbre francesa en
las clases altas era usar brocado de o ro sobr e
fondo negro. En las revistas de modas del
momento aparecen vesti dos de novias color
azul
1024
, mismo tono que lleva la jove n novia en La boda cartón para tapiz de Goy a
1025
.
VI.6. Prendas de encima
Una de las pr endas “a la última” en el último cuarto de siglo fue el cabriol é. Se trataba
de una especie d e capa con aberturas para los braz os. Francisco de Go ya nos lo muestra en l a
protag onista de El quitasol que luce un elegante cabriolé con vueltas y forro de piel. La
marquesa de la Candía (1772) tenía cuatro cu ya s descripciones nos informan que el anverso
solía ser de un tejido y color, y el fo rro de otro, por ejemplo uno de ellos está conf eccionado
en seda blanca y forrado en negro. “Ytt otro cabr iole de raso liso negro co n puntas y granizos
de blondas”
1026
. Normalmente esta pr enda se confeccionaba en colores y t ejidos distintos en
anverso y r everso aunque a veces nada se especifica sobre ello: “Un cabriole de seda negro en
doscientos cuarenta”
1027
.
El cabriolé podía confeccionar se con tejidos lujosos como el raso: “un cabriole d e
raso en carnado en doscientos diez”, o más sencillos como la ba y eta: “un cabriole de ba yeta
encarnado en sesenta ”
1028
. En una dote de 1772 aparece “un cabriole de ba y eta color
verdemar usado en veinte”
1029
. La marques a de la Candía tenía:“un cab riole negro de
1023
María T eresa portaba el suntuoso atue ndo feme nino en la corte esp añola co mpuesto por sayo y b asquiña de
satín sobr e guardainfante, engalanado co n lazos d e p lata. Para sus nupcias con Luis XIV, la inf anta fue ataviada
a la francesa co n un m agní fico manto azul bo rdado con flores de lis.
1024
VON BOE HN, M: Ob. cit., pp. 199.
1025
Su destino fue el d espacho de Carlos IV en El Esco rial.
1026
AHPSE: P- 9 568, 669 v. Apéndice docu mental, documento 48.
1027
AHPSE: P- 9 568, 123 v.
1029
AHPSE: P- 9 568, 306 r.
Francisco de Goya. La bo da . 1792. Museo Nacio nal
d el P r a d o . Ma d r id .
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