scieee AI-readable full text Open interactive document viewer

La lucha por las nacionalidades : discurso leido por el autor en la Universidad Compostelana en la inauguración del curso académico de 1887 á 1888

Moris y Fernández Vallín, Adolfo

Full text

PRÓLOGO Es sabido que el Derecho internacional aparece metodizado como (iencia en época moderna; porque, si presenta diversos antecedentes históricos en lejanas centurias, esta vaina del Derecho se desenvuelve dogmáticamente, tomando cuerpo y forma y apareciendo con doctrina propia, á partir de los protocolos de la paz de Westfalia en la mitad del siglo XVII, después de las obras inmortales de Hugo Van Grroot, publicista, jurisconsulto, teólogo, historiador, poeta latino y, sobre todo, fundador y padre del Derecho natural en aspecto especial y de aplicación inmediata á las relaciones de los pueblos. En este avance de la Humanidad y en este progreso de la ciencia jurídica alcanzó no escasa gloria la ciencia española, cuyo purísimo y esplendente cielo esmaltan nombres ilustres de juristas y teólogos, que abrieron el camino del Derecho internacional y fueron los predecesores de Grocio. Así aparecen con celebradas obras los españoles Fray Francisco de Vitoria (1480 - 1546), Catedrático de la Universidad de Salamanca; su discípulo y también maestro salmantino Fr. Domingo Soto (1494 - 1560), defensor del P. Las Casas y confesor de Carlos I, que le envió á Trento; el jesuita y profundo metafísico Francisco Suárez (1548 - 1617), profesor igualmente en. Salamanca y además en Valladolid, Alcalá y Coimbra; Baltasar A gala (1548 - 1584), Juez abogado ó Preboste del ejército español en los Países Bajos en tiempos de Farnesio; el consejero de Hacienda, después doctoral hispalense, Fernando Vázquez de Mencha- ea (1312 - 1567), jurisconsulto por Felipe II en el Concilio Trib ► - tino, y otros que precedieron al insigne holandés con las primeras doctrinas sobre el Código de las naciones y la jurisprudencia de los monarcas. Brucker lo afirma respecto del P. Vitoria; recientemente el profesor parmesario Giorgi dice del mismo dominico alavés en su libro Della vita é delle opere di Alberico Gentili (1876): « que se le debe saludar como verdadero padre de la ciencia del Derecho internacional; » y, viendo á Grocio citar y elogiar á Vázquez de Menchaca en su famoso tratado De jure helli ac pacis, nadie tendrá por benévolos los juicios que para aquellos nuestros jurisconsultos y teólogos del siglo de oro tuvieron Mackintosch en la Revista de Edimburgo, Wheathon en la Historia del Derecho de gentes, y antes y después de éstos, Maistre, Ventura de Ráulica, Vaultain, More], Franck, Heffter y otros; porque es un hecho evidente de la historia jurídica, que en escritos españoles bebieron los extraños organizadores del Derecho natural y de gentes lo más selecto, puro y sólido de sus teorías. Contrasta con estos antecedentes bibliográficos, que no callaron los publicistas extranjeros y fijaron bien entre nosotros los doctos Laverde Ruíz y Menéndez Pelayo, el silencio que se nota respecta al Derecho internacional en los anales de la antigua enseñanza española. Lo mismo en los siglos XV y XVI, cuando vivieron aquellos insignes maestros, que en tiempos más lejanos y posteriores, .señalados todos por la fundación de nuestras Universidades, no figuró en sus cátedras la exposición del Derecho de las naciones, confundido entonces y después con el llamado Derecho civil, con el Canónico y con la Teología, que ocuparon casi exclusivamente durante seiscientos años la enseñanza de las más renombradas escuelas. Cuando más, y como por incidencia, habrá sido indicado en el estudio especial de algunas cuestiones. Hay que llegará los días de Carlos III con la reforma universitaria, para ver más distinta y metodizada la exposición científica del Derecho en consonancia directa y práctica de las necesidades de la época. Expiraba el siglo XVIII, cuando se abrió fugazmente alguna cátedra de Derecho de Gentes y se implantaron ya fijamente las de Derecho positivo nacional., disponiéndose poco después el estudio de nuestras Leyes Recopiladas. Entonces es cuando debe supo- verse que comienzan á ser conocidos, aunque sin enlace , algunos tratados de - Derecho internacional, antes limitado á muy poco más de lo que en jurisprudencia se llamó y continuó llamándose Colisión de los estatutos. Desde los Planes de 1807 y 1824, cuando se establecieron cátedras de Novísima Recopilación, más fácilmente pudieron difundirse doctrinas de importantes leyes sobre «Extranjería », « Extradición», « Embajadores y Cónsules » , « Corso » « Tratados internacionales », etc. , mientras que en la organización académica de 1836 se restablece la asignatura de «Derecho de Gentes », y en la (le 1842 ya figuran las de Derecho natural y de Gentes con los Tratados y relaciones diplomáticas (le España. Y al llegar á estas fechas es ocasión de recordar que un diplomático asturiano , 'alumno distinguído de la Universidad de Oviedo, D. Alejandro Cantillo Jovellanos, publicó por entonces su completa é interesante colección de « Tratados, convenios y declaraciones de paz y de comercio, que han hecho con las potencias extranjeras los monarcas de la Casa de Borbón, desde 1700 á 1843, puestos por él en orden é ilustrados con la respectiva historia de sus respectivas negociaciones ». A partir de 1845, cuando la memorable ley de Instrucción pública—timbre de gloria del asturiano primer Marqués de Pidal — se determinó concretamente la enseñanza del Derecho Internacional, como estudio del Doctorado y ampliación de la carrera jurídica en las secciones de Derecho civil y canónico y del Administrativo. Lo mismo se hizo en los repetidos cambios de la enseñanza de Derecho, que aparecieron en 1847, 1850 y 1852, disponiéndose en Administración otra clase para la «Historia de las relaciones políticas, diplomáticas y comerciales de España con las demás potencias» y así sucesivamente en 1858, 1866, 1868, 1874, 1875 y 1880. Mas figuraba la enseñanza del «Derecho Internacional» en un mismo curso y h continuación de la «Filosofía del Derecho», y generalmente—cuando se llegaba á su estudio--se prefería el «Derecho Internacional • público » con injustificada preterición del « Privado » , cada día más importante y necesario. Cuando en 1881 se crearon las cátedras complementarias de Estudios Superiores, se respondió á esta última necesidad, aunque en Madrid solamente; pero dos años más tarde la reforma fué más amplia y completa. Fué la de 1883, .modificada en pequeños deta- x lles por los Decretos de 1884, la que señaló cursos para el Derecho internacional público y privado en el período de la Licenciatura, como para la «Historia y examen crítico de nuestros más importantes tratados con otras naciones » en el Doctorado: laudable innovación del Ministro Sr. Gamazo. «El estudio del Derecho Internacional público y privado, dijo, » es otra necesidad imperiosísima. Ni las contrataciones ni otra fase » alguna de la vida social se contienen ya en las fronteras de una » sola nación: son cuotidianos los problemas de Derecho. internacio- » nal que se someten al Abogado, al Juzgador, al Notario, al fun- » cionario administrativo, sin que, al pasar éstos por las Universi.- »dades , hayan recogido siquiera una leve noción de rama tan im-- » portante y lozana de la ciencia jurídica. » Así fué la historia de la hasta hoy olvidada enseñanza del Derecho internacional en España, y no es de extrañar, en vista de estos antecedentes, que la Bibliografía académica de aquélla aparezca aquí diferente de la de otros países que, privada ú oficialmente en centros públicos de enseñanza, cultivaron con más ahinco el antiguo Derecho de Gentes. Mas como en el movimiento intelectual de un pueblo influye poderosamente la amplitud y los adelantos de las escuelas , es de confiar ahora que la nueva generación, para la que se abrieron las cátedras de « Derecho internacional público y privado» vuelva por las antiguas tradiciones españolas, las restaure en consonancia con las necesidades modernas y los nuevos horizontes científicos, mirando con interés un estudio de importancia suma y creciente, conforme las relaciones internacionales son cada día mayores, como son también más complicados y transcendentales los problemas que agitan á la humanidad, teniendo á los pueblos en ansiedad perenne. Antes de la indicada innovación universitaria y respondiendo á moderno movimiento literario , que abarca con predilección marcada las ciencias morales y políticas, algunos de nuestros publicistas han revivido entre nosotros aquel estudio especial de las Leyes internacionales. No respondería á nuestro propósito de hoy (pie, descendiendo á particulares noticias, apuntáramos aquí para ejemplo ]o.s datos bibliográficos—no muchos ciertamente,—de contemporáneos escritores españoles que en libros y discursos figuran en los ca- tálogos de Derecho Internacional; porque únicamente, respondiendo á cariñosa como inmerecida distinción, escribimos á vuela pluma en estas páginas. precediendo, con favor que agradecemos bien, á un trabajo meritísimo de joven y docto Catedrático de la Universidad literaria de Santiago. La aparición (le aquél coincide con nuestras apreciaciones anteriores. Apenas abiertas las Cátedras oficiales de «Derecho internacional público y privado» , sus maestros exponen y fijan aquí los más arduos problemas de la ciencia emancipada por el célebre jurisconsulto de Holanda. Ayer fue en la Universidad de Madrid el Sr. Conde y Luque estudiando el concepto del mismo Derecho internacional; en seguida, en Granada el Sr. Torres Campos con libro de general doctrina; ahora en Compostela, el Sr. D. Adolfo Morís y Fernández-Vallín. Bien conocido es en Oviedo este joven Profesor de Santiago; porque en nuestra Universidad hizo brillante carrera con repetidos burros en recompensa merecida de asiduo estudio y clara inteligencia, que de nuevo le hicieron señalarse en las aulas de Madrid. El discurso inaugural de nuestro querido paisano y compañero Sr. Morís nos ha sugerido en sus primeras páginas, primero el recuerdo de la antigua escuela española del Derecho en cuestión, precediendo á la positiva (le Grocio y á la naturalista de Puffendorf; y después, por el contexto de la oración académica, por las consideraciones generales de su introducción y por el desarrollo del asunto, la grata esperanza de nuevas investigaciones, dedicadas en nuestra patria á un estudio tan interesante como olvidado tras de tan gloriosos orígenes. El tema LA LUCHA POR LAS NACIONALIDADES, escogido para su discurso por el ilustrado Profesor, es de los más culminantes entre los de la ciencia jurídico-internacional, comprendida con acierto en los novísimos planes de la Facultad de Derecho. La introducción del trabajo está consagrada á la historia y bibliografía de la asignatura, y entrando seguidamente el Sr. Morís en el estudio del terna, comienza exponiendo el concepto de la/ad/a en las múltiples esferas (le la vida para fijarse en el aspecto parcia 1 de la misma lucha con relación á la nacionalidad. Presenta la génesis de ésta, que ni como idea, ni corno hecho, fué, conocida en los • antiguos pueblos . por el paso sucesivo de la familia á la gens; de la gens á la fratria griega y á la curia romana; de la curia á la tribu; de la tribu á la ciudad, apareciendo aquella civit«s donde los intereses todos se desarrollan, surgiendo corno consecuencia el status civitatis y municipal, base entonces de la organización humana, sin que pasen á categoría nacional aquellas artificiales aglomeraciones que en tan remotos tiempos formaron vastos Imperios. Sigue el autor el proceso de las nacionalidades, que comienzan á manifestarse al entrar la Edad Media, fusionadas las razas , formadas las lenguas , unificado el derecho y fundidos los diversos intereses, hasta que la obra se ve suspendida por la feudalidad con sus desmembraciones y variedades, para, reanudarse en la Edad Moderna á impulsos de organizaciones unitarias, centralizadoras, producto de diferentes causas. Justificando estas consideraciones, el Sr. Morís traza á renglón seguido animadísimo cuadro histórico con la formación de las principales naciones Europeas, desde sus varios comienzos hasta el momento actual, enumerando guerras y tratados diplomáticos que comprendían la lucha por sus respectivas nacionalidades en España, Francia , Inglaterra, Suiza, Bélgica, Holanda, Dinamarca, Suecia, Italia, Alemania , Austria, Prusia, Hungría, Bohemia, Polonia, Rusia, Turquía, con sus desmembraciones en Grecia, Principados Danubianos y hasta Argelia, Tunicia y Egipto en territorio africano. Desde la tercera parte del discurso se examinan otras fases del difícil problema, tratando del principio filosófico de la nacionalidad que implica los conceptos de sociedad total humana, organismo natural é histórico y unidad superior de cultura, que los tiempos han producido. Expone desde aquí el Sr. Morís las diferentes teorías que sobre aquel principio se emitieron y va presentando con nutricio razonamiento y comprobantes históricos la lucha naturalista por las nacionalidades, combatiendo principalmente las doctrinas de Compte y Spencer, nacidas corno natural reacción al extremado idealismo anterior; así como después los ideales que, fundados en las inseguras etnografía y filología—otros aspectos de la lucha —se han ofrecido como fundamento constitutivo de las nacionalidades. Fuera extremar esta introducción haciendo en tales puntos más detalladas referencias ..4 los capítulos respectivos del discurso inaugural, ni aún álas siguiera — X111 — tes páginas donde prosigue el desarrollo del transcendental problema, planteado desde antiguos tiempos por la Historia, la Filosofía y el Derecho. La conclusión resulta lógica; porque visto que el factor histórico, el elemento naturalista, el criterio de las razas y el principio de las lenguas son deficientes y erróneos por sí solos, se con- , sidera cómo no pueden producir juntos  aunque en concepto armónico lo sostienen ilustres políticos italianos—el ente verdadero de la nacionalidad; siendo preciso asentar la organización humana sobre las bases indestructibles de la libertad y amor de los pueblos, sobre la constitución firme y sólida de Estados. «La libertad humana, es- » cribe el Sr. Morís, es en el mundo del derecho el poderoso factor » de las agrupaciones sociales; fuera de ella, ningún vínculo ni lazo » tiene fuerza ni poder para unir y sujetar á los hombres y á pue- »blos que, más tarde ó más temprano, rompiendo sus ligaduras, » marcharán independientes, cantando en todos los tiempos y á través de los espacios, la decisiva victoria de la libre constitución de. » Estados que, cual órganos de la Humanidad y bajo una paz per- » petisa, habrán logrado destruir la lucir« por las nacionalidades.» Tal es, en breve extracto, el discurso que se reimprime á continuación: obra donde campean á porfía • verdadera lucidez de pensamiento y notable aptitud analítica de su joven autor, distinguido alumno, poco ha, de la Universidad de Oviedo, por él saludada con entusiasmo y filial cariño desde la ilustre Cátedra Compostelana. Si á los merecidos aplausos que se tributaron al trabajo, uniéramos aquí nuestro humilde elogio, creyérase que el afecto lo dictaba, y así preferimos callar y omitir cuanto pudiéramos decir también sobre la gala de fácil estilo y las eruditas y curiosas notas que avaloran la oración académica. Por otra parte, fuera repetición de cuanto entre plácemes de exigente crítico y nutrido aplauso en la prensa política y profesional, se escribió dentro y fuera de España, en revistas de Europa y América. Ultimamente la Revista de Literatura nacional y extranjera de Leipzig, ocupándose de la monografía sobre la Lucia POR LAS NAtioNALIDADEs, la encomia expresivamente; y esta muestra del aprecio extraño, á que no están muy acostumbrados los españoles, es más de notar , cuanto aquella publicación se duele de la severidad de criterio con que el Sr. Morís, inspirándose en las más elevadas — 4 (19), Montesquieu (20), el abate S. Pierre (21), y Rousseau (22), en el XVIII (23), y en el XIX (24) Mancini (25) y Pierantoni en Italia; Heffter (261 y Bluntschli (27) en Alemania; Neumann (28) en Austria; Bulmerincq (29) en Rusia; Saripoulus (30) en Grecia; Tetens (31) en Dinamarca; Laurent (32) en Bélgica; Brentano y Sorel (33), Pis toye y Duverdi (34), Gessner (35) y Hautefeuille (36) en Francia; Phillimore (37) y Traver-Twis (38) en Inglaterra; Wheaton (39) y Field (40) en los Estados-Unidos; Ramirez (41) en Méjico; Bello (42) en Venezuela; Pando (43) en el Perú, y Calvo (44) en la República Argentina, producen una Literatura rica y abundante cual ninguna, por lo mismo que es este derecho por su fondo y por su práctica universal y cosmopolita. Por último, principios tan consoladores como la libertad de mares, en la historia negada por muchos pueblos antiguos, por Génova y Venecia en la Edad Media, por España, Portugal é Inglaterra en la Moderna, pero hoy afirmada sobre la ruina de los Imperios Coloniales de Portugal y España en Asia y en América y escrita en Andrinópolis y en Londres, en Washington y en París por tratados de 1829-1841-1812 y 1856, como dos siglos antes lo había sido por Grotius en su Mare liberum; empresas tan humanitarias en la esfera de la guerra como las instrucciones militares de Lincoln, la Convención de Ginebra de 1864 y la Conferencia de Bruselas de 1871; doctrinas tan progresivas sobre la neutralidad como las profesadas por las dos Ligas de 1730 y 1800 5 , por el Congreso de París de 1856, que tienden á emancipar la propiedad pacífica de las depredaciones y peligros de la lucha; ejemplos tan nobles de arbitraje como el de Ginebra de 1872, que prueba cómo, sin recurrir al inicuo medio de la guerra, dos Estados grandes y poderosos resuelven pacífica y jurídicamente sus opuestas pretensiones; ideas y hechos como el cosmopolitismo que, ensanchando la vidainternacional , lleva al concierto de los pueblos cultos la Turquía por el Tratado de París, y la China y el Japón por Convenios de Nankin y Kanagawa, después que los cañones arrasan sus murallas y destruyen su aislamiento; Congresos, en fin, tan trascendentales como los de Westfalia, Utrecht, Viena, París, Berlín y tantos (45) como esmaltan la historia de nuestro derecho, patentizan bien claramente cuán grandioso es el orden jurídico internacional en la esfera de la teoría y de la práctica, de la ciencia y del arte, de los principios y de los hechos, de la filosofía y de la historia, y cuán majestuoso y colosal se presenta á la vista del limitado observador que, anhelando vivir en su seno, pretende estudiarle. y conocerle. 41' 5 Y ante cuadro tan inmenso que cual panorama fantasmagórico os acabo de pasar por delante de vuestros ojos, como varias veces re - produje en medio de mi inteligencia, no acertaba á elegir figura que analizar hasta que, eliminando estudios tan interesantes como el problema de las intervenciones, el examen de la guerra, el ideal de la paz perpetua, la organización del Estado humano, y tantos más, fijé mi atención en uno sumamente interesante, general y común cual pocos, transcendental á la Humanidad como ninguno y al mismo tiempo que de importancia histórica de reconocido interés actual pór re - presentar una fase ó aspecto de esa lucha, que caracteriza más que otra época el presente momento que recorrernos. Me refiero á la gran Lucha por las nacionalidades, de que vene P o á hablaros por breves instantes. Con razón se ha dicho que estamos atravesando una crisis gene - ral, crisis que presencian las esferas todas de la actividad humana, los órdenes todos de la vida, las manifestaciones todas de la inteligencia; crísis que toca á la ciencia y al arte y á la economía y al derecho; crisis que atraviesan los estudios, ora físicos y naturales, ora éticos y sociales; crisis, en fin, que invade los círculos jurídicos y ile - ga hasta las últimas consecuencias de la evolución internacional. Siempre, pero hoy más que nunca, parece la lucha ley imperiosa de la vida. Vivir es luchar, se ha dicho repetidas veces, y á la verdad que en el fondo, en el medio y en la superficie de la vida, como en la existencia toda del Universo, resplandece la lucha pertinaz y constante. Lucha en la región sideral la imperceptible nebulosa que flotando tiempos y tiempos por las inmensidades del espacio, recorre las fases evolutivas de su incesante transformación para formar los mundos, después de haber juntado los átomos y las moléculas. Lucha la materia impelida por la fuerza en las entrañas mismas del planeta que habitamos para producir lenta y pausadamente las vetustas capas terrestres que la Geología nos enseña y demuestra. Luchan los cuerpos todos, hasta el inerte mineral, combinándose y desuniéndose para no cesar de transformarse por acciones y reacciones sin cuento. Lucha el vegetal sencillo arrebatando al suelo y al aíre los elementos sustanciales de su vida para volver al aire y al suelo las materias causantes de su muerte sin que nada se pierda ni destruya. Lucha el animal por su existencia al ver que pobre y desamparado necesita domeñar la Naturaleza para que le alimente y nutra, y -6vencer á su rival antes que la terrible sentencia no le arroje del banquete de la vida. Lucha por la existencia y la selección natural, mediante el proceso eterno de la evolución y el transformismo, el moderno positivismo (46) que todo lo invade y absorbe. Lucha en el campo especulativo de la Ciencia la Metafísica con el naturalismo (47), la escuela histórica con la filosófica, el raciona lismo con el empirismo, el espiritualismo con el materialismo. Lucha en el terreno económico, el capital y el trabajo, la producción y el consumo, la población y las subsistencias, la oferta y la demanda, el libre cambio y la protección, para mejor obtener la satisfacción de las necesidades materiales. Lucha en las sublimes regiones del arte el realismo con el idealismo y el clasicismo con el romanticismo. Lucha en la esfera religiosa el deismo con el ateísmo, la indife rencia con la superstición. Lucha tambien el derecho (18) por destruir las injusticias de un pasado que se aleja, y sobre sus escombros y venerandos restos levantar nueva obra de justicia para las generaciones venideras. Y si tan encarnizada lucha por todas partes presenciamos, si penetra en todos los círculos de la vida, si no queda molécula que se le escape, ni idea que no se apropie, ¿qué extraño tiene que lo jurídico internacional, respirando el medio ambiente que nos rodea é in - vade, ostente también terrible y gigante la lucha por las nacionalidades? Triste página de nuestro derecho y de nuestra ciencia. Representa nada menos que el esfuerzo continuo y constante de la Humanidad para organizarse perdurable y eterna sobre los polos de los ejes nacionales; significa el trabajo incesante de los pueblos y países que quieren afirmarse libres y autárquicos en verdadero cuerpo de nación; supone un tejido de guerras y de horrores sin fin que han entristecido al mundo en el largo decurso de su existencia (49), indica una corriente que no por reinar en las esferas abstractas de lo ideal dejará de producir nuevas perturbaciones en la concreción real y positiva de la vida. Lucha en las nacionalidades que se nos manifiesta en el campo de los hechos llenando casi toda la evolución histórica, como en la esfera de los principios produciendo escuelas y teorías que flotan en el cielo de la filosofía. Lucha que es preciso observar en el transcurso de los tiempos an- -7— te el criterio de la experiencia, como investigar en la marcha de la inteligencia ante la luz de la razón. Hecho y principio, historia y filosofía, realización é idea que en su conjunción y síntesis, presenta total y completo el problema de las nacionalidades. El hecho anterior al principio, desconocido en la Edad Antigua, vislumbrado al aparecer la Media, robustecido durante la Moderna, es con mayor vigor afirmado en el presente siglo XIX. El principio presentido por Enrique IV, adivinado por Volney, invadido por la Enciclopedia, formulado por Md. Stael, favorecido por las revoluciones de la Francia, reducido á científico sistema por Mancini (50) y proclamado como credo de su escuela por la moderna ciencia italiana, invade por completo la vida toda contemporánea, y sirviendo de ideal á la mayoría de los escritores internacionalistas, llega al mismo tiempo á ser el grito y las aspiraciones de la Grecia y de la Bélgica, de la Italia y Alemania, de la Hungría y de Polonia, de la Irlanda y de tantos otros pueblos en nombre del cual luchan y luchan para conquistar su independencia, para adquirir su libertad. Principio que tiene su lucha en las mismas regiones de las ideas, porque en nombre de la nacionalidad libran ruda contienda las es` cuelas naturalista y etnográfica, filológica y armónica, francesa y alemana, rusa é italiana. Lucha que se manifiesta real y positiva en el terreno de la Historia y en los campos mismos de batalla, porque no han hecho otra cosa los pueblos que pelear por su existencia y reñir por su unidad. Y sí esa lucha resplandece por doquier, si nos cita á un terreno y en otro campo nos emplaza, si es deber buscar remedio á tantos males que origina, vayamos también nosotros á la lucha y al debate, pero á combatir en contra de la lucha nacional, que nunca los pueblos duran si la libertad les falta, ni viven prolongada vida si la paz les abandona. Luchemos, sí, pero por la organización pacífica de las libres poblaciones, que sólo así vivirán tranquilas la feliz vida de concordia; batallemos sin descanso para destruir por siempre los mecánicos procesos de las agrupaciones humanas; peleemos con afán para. desterrar del mundo las violencias seculares de la vieja Humanidad; y entonces, satisfechos, victoriosos, podemos cantar muy alto: «n hay lucha mejor que aquella que pretende derribar la lucha triste de los entes nacionales.» IT Ni corno hecho, ni corno idea, fué la Nacionalidad conocida del mundo antiguo. Pueblos aquellos muy cerca aun de su infancia, y por tanto, de escasas relaciones sociales, desenvolvían su vida en los más limitados círculos y en las más pequeñas agrupaciones que dentro de la Humanidad pueden darse. La familia primero, y la ciudad más tarde, son los únicos grupos que en tan lejanos tiempos hacen las veces de la posterior Nación. La familia, verdadera mónada social y una de esas entidades naturales que realizan los fines todos de la vida, era, al sentir de un escritor (51), una sociedad independiente de todo poder supremo; era un verdadero Estado, y por tanto, la organización de aquellas primitivas civilizaciones radicaba en la constitución y coexistencia de las células familiares. Más tarde, cuando el tejido de las relaciones se complica y las necesidades crecen y los medios de satisfacerlas aumentan, los pequeños círculos de familia muéstranse por sí solos deficientes, y uniéndose á otros de su misma especie engendran una unidad superior donde los intereses 'comunes hallan su más completa realización. Entonces es cuando por el paso gradual de la familia á la gens (52); de la gens á la fratría (53) griega y á la curia (54) romana, de la curia á la tribu (55) y de la tribu á la ciudad (56), aparece esa vivitas con la más amplia esfera social, donde los intereses todos, intelectuales, morales y materiales, científicos, religiosos, jurídicos é industriales se desarrollan y crecen, y al encarnar en ella el Estado, surge el Status ciritatis y municipal, base entonces de la organización humana. Y si bien de un lado se presentan corno las dos únicas organizaciones naturales de los tiempos, la familia y la ciudad, sin haber logrado elevarse á la categoría nacional, de otro nos encontrarnos con la existencia de artificiales aglomeraciones de pueblos y razas formando vastos imperios, que sin más razón de ser que el principio de la fuerza y la idea de la universal monarquía, desconocen en absoluto la concepción nacional, y llevan en su mismo origen la sentencia de su fin. Tal ha sucedido con los tres Asirios, con los del Egipto, con el coloso persa de Ciro el grande, con el gigante macedónico de Filipo y Alejandro, con el mónstruo romano de los Césares que han ido uno por uno perdiéndose en el seno de los más fuertes y poderosos. Por vez primera comienzan á dibujarse las nacionalidades al inaugurarse la Edad Media. Derrumbado aquel universal Imperio que había llevado las ideas de poder y de derecho á las más aparta- - 9 - das regiones y á los más remotos países, rasgado en cien pedazos el purpúreo manto imperial, nuevos pueblos del Septentrión se reparten tan extenso territorio, y transformando las hasta entonces provincias en comarcas libres é independientes, echan los cimientos de las modernas nacionalidades. Los Visigodos, los Francos, los AngloSaj ones, los Hérulos, Ostrogodos y Lombardos presentan embrionarias é incipientes naciones como España y Francia, Inglaterra é Italia. No llega, sin embargo, á consolidarse por entonces obra tan transcendental. La separación entre vencedores y vencidos, las invasiones nuevas, la feudalidad sobre todo, detienen, á poco de haber nacido, la empresa nacional. La existencia de las clases de germanos y romanos, mantenida y sostenida por la diferencia religiosa, por la prohibición de matrimonios, por la diversidad de lenguas, por la repartición de tierras, por la oposición de legislaciones, y por la divergencia de intereses, engendran un dualismo que, negando de un lado los elementos característicos y constitutivos de toda Nación, y contradiciendo de otro el principio unitario que es su fundamento y fin, impide el desarrollo y progreso de las nacionalidades en la primera etapa de los tiempos medios. Y más tarde, cuando todos estos obstáculos van desapareciendo, y tan heterogéneos elementos fusionándose; cuando polla conversión de Recaredo (57), la adjuración de Clodoveo (58), y el bautismo de Etelverto (59), y la profesión de fe de Agilulfo (60), Visigodos, Francos, Anglo-Sajones y Lombardos abrazan el Catolicismo, que declaran única religión del Estado; cuando las razas y clases se aproximan y cruzan con la permisión de matrimonios entre vencedores y vencidos; cuando los idiomas modernos se forman, y la clásica lengua en que hablaron los Virgilios y los Ho y ados adulterada ytransformada por los hombres del Norte en un bárbaro latín, llega á la evolución del romance; cuando las legislaciones dejan de ser personales y dobles para recibir la forma de territoriales y unas por el tránsito de la personalidad á la realidad (61); cuando á las legislaciones romanas y á los Códigos de los vencedores y á las leyes de los vencidos suceden las legislaciones generales; cuando á las Colecciones Gregoriana, IIermogeniana y Teodosiana, y á las Constitucio nes Imperiales y á las leyes Lombardas, Borgoñonas, Sálica, Ripuaria,' Anglo-Sajona, de Eurico y de Anniano sustituyen los Códigos comunes del Fuero-Juzgo en España, de Teodorico en Italia, y Capitulares de Carlo-Magno en el Sacro Romano Imperio; cuando en suma, los intereses todos en oposición y lucha hasta entonces, cansados de batallar, firman el pacto de paz y de concordia, y parece que — 10 — la gran obra de la Nación va á continuar su lenta, pero progresiva evolución, un hecho histórico, característico de la Edad Media, como influyente en la Moderna, surge y se interpone, y la Feudalidad aparece frente á frente á la Nacionalidad. Entonces es cuando los territorios se dividen y fraccionan hasta el infinito, y la propiedad llega á identificarse con la soberanía, y las prestaciones personales se subordinan á las reales, y el derecho público se confunde con el privado, y la idea de jerarquía, cual eslabonada cadena, se extiende desde el Rey hasta el último vasallo, y la Sociedad se presenta eminentemente feudal. Los Estados, influidos más que las restantes órdenes sociales por hecho tan predominante, se organizan feudalmente en diminutos Señoríos patrimoniales y pequeñas agrupaciones regionales, tránsito tan sólo de la ciudad á la Nación, á la manera que la gens, la curia y la tribu fueron en otro tiempo el evolutivo p aso de la familia á la chitas. En los modernos tiempos es cuando verdaderamente surgen y se consolidan las Naciones. Obra de esta Edad, ella nos ha ciado el hecho y el principio, la realización y la idea, la práctica y la teoría de las nacionalidades: con sus comienzos el hecho que observar: ya en sus postrimerías el principio que debatir. • Después de aquel régimen de división y fraccionamiento de la Edad Media y del movimiento de desintegración y diferenciación que trae el feudalismo, viene como reacción y protesta la organización unitaria y centralizadora con que se inaugura la Moderna, y consiguientemente la idea de los grandes Estados, el hecho de las grandes Naciones. Animadas éstas con el recuerdo de su iniciación en los confines de anteriores edades y comprimidas bajo el peso de las cien cabezas de la feudalidad, reaparecen ahora poderosas y fuertes como las Monarquías con quienes se ligan y asocian formando causa común. Creyéndose idénticos los intereses de la Nación y de la mollar - quia, y no acertando á distinguir la forma de gobierno de la sociedad nacional, una y otra en utilitaria ayuda y mútua concordia corren juntas la misma suerte, y marchan unidas á igual destino pasando por las fases evolutivas de un mismo desarrollo, engrandecimiento y decadencia. Se reconstruyen fuertes Nacionesá contar del siglo XV, porque en el siglo XV se acrecientan en extremo los atributos de los monarcas, verdaderos dueños y señores de ellas. La monarquía, casi ilusoria en los tiempos anteriores, se nos presenta ahora bajo el triple aspecto de absoluta, divina y patrimonial El poder omnímodo de los monarcas disponiendo por sí solos de los destinos de las Naciones, hizo pesar sobre los pueblos por espacio de tres siglos el absolutismo — II — consultivo, sintéticamente encerrado en «el Estado soy yo» de Luis XIV. La herencia feudal, la ruina de los comunes, el renacimiento romano y la reiuiiidicación de derechos ejercitados por la Iglesia, fueron las concausas de semejante robustecimiento. Herederos los reyes de los restos feudales cuyas ruinas ellos mismos habían producido, recogen los atributos todos de aquel poder absoluto de los señores de horca, cuchillo, pendón y caldera; y la justicia y la guerra, y la mo - neda, y los pechos y tributos pasan del feudo á la monarquía, merced también á los esfuerzos de aquellos famosos juristas, que afirmando que «feudo y justicia son cosas que deben estar separadas», vinculan ésta con la Corona, haciendo al Rey fuente de toda j urisdicción y de toda legislación. Las libertades municipales por otra parte, abrigadas y defendidas en el industrial y floreciente concejo de la Edad Media, continuador del municipio romano, van también á perderse después de la revolución de los comunes, en el seno de unitaria y centralizadora vida nacional. En el siglo XII, una de esas reacciones que forman época en la historia de la Humanidad, el Renacimiento Romano, precursor del Griego más tarde, y del Orientalista actual, trae consigo, además del cultivo de aquel derecho que al decir de un escritor fué nana menos que «la razón escrita», la resurrección en la política del poder omnímodo de los Cesares y del absolutismo imperial que los monar-' cas de Europa de la Moderna Edad se apresuran á recoger. Por fin cumplida la benéfica tutela prestada por la Iglesia para bien de la civilización sobre los restantes órdenes sociales, débiles y atrasados durante la oscura noche de los tiempos medios, preséntase el Estado ya fuerte y poderoso reivindicando como prerrogativas propias, por referirse al derecho y á la j usticia, su fin peculiar y característico, muchas de las funciones que hasta entonces había venido ejerciendo este supremo órgano de la Religión Católica, coronando de esta manera la obra de la constitución absoluta de las monarquías nacio - nales. Y la aureola Divina. de que se revistieron éstas para levantarse á la altura del poder espiritual después de aquellas luchas del Papado y del Imperio, y de los teólogos y juristas, trasciende á las nacionalidades que acaso por esto se las haya reputado como obra exclusiva de Dios. La idea de patrimonialidad, por último, que unida á las anteriores impera en esta época, nos confirma más y más cómo la suerte de aquellas Naciones corre pareja con la suerte de aquellas monarquías. Debida alfeudalismo, que confundiendola propiedad con la soberanía, y el territorio con el poder, creó los reinos patrimo - — 1 9 — niales y los señoríos territoriales, pasa como por derecho de suca - sión á los reyes, que consideran al gran feudo de la Nación como propiedad suya y patrimonio de familia. Y tan fuertemente ligada la propiedad al propietario, la Nación al Rey, el interés y afán de los monarcas grandes y poderosos fué acrecentar, robustecer y reconstruir también poderosas y grandes las nacionalidades. Observemos sino el proceso histórico de la evolución nacional en el Occidente europeo, en la Europa Oriental, en el centro de Europa, ya que en las restantes partes del Viejo Continente apenas si se inicia, ya que la América, cual mundo nuevo, busca su organización sólida y fija en Estados libres y voluntariamente constituidos. Proceso nacional que en el Occidente de Europa se desenvuelve lento y sosegado; brusco y sangriento en el Oriente; armónico y mixto por concurrencia histórica y agitación constante en el Centro. España, rica y envidiada tierra, por tantas gentes invadida en la Edad Antigua, rescatada por los Godos de la sumisión romana al llegar los tiempos medios, fraccionada y dividida más que por el feudalismo por los Árabes en multitud de Reinos cristianos y Emiratos independientes, necesita una Cruzada de ocho siglos para reconquistar la unidad nacional realizada por los esfuerzos de los Católicos Reyes con las uniones de Castilla y Aragón, de Navarra y de Granada, último baluarte de la dominación agarena, y la incorporación de Portugal llevada á cabo por el Gran Felipe II, aunque para emanciparse bajo el IV, y continuar independiente á pesar de la geografía y de la etnografía, de la filología y de la cultura que unísonas proclaman la nacionalidad ibérica. Francia, «distribuida bajo los Merovingios en cuatro reinos: Austrasia, Neustria, Borgoña y Aquitania; bajo los Carlovingios en 80 condados, que fueron poco á poco emancipándose de la Corona; al subir los Capetos en 61 feudos que sólo nominalmente dependían del Monarca» (62), pasado el ensayo del Sacro Romano Imperio de Carlomagno se acerca á la unidad nacional por los esfuerzos de Luis XI, que triunfando del feudalismo y restableciendo el poder de la Monarquía francesa, prepara la grandeza de aquel Estado, que con Carlos VIII y Luis XII pelea en Italia; con Francisco I en todas partes, y llega con Luis XIV en los confines de las centurias XVII XVIII y con Napoleón Bonaparte en los comienzos de la presente, á ser el primero en Europa, no habiendo á pesar de todo logrado poseer los territorios del Rhin, ni conservar las provincias del Este que en nombre de la nacionalidad reclama. La Gran Bretaña, siguiendo una marcha análoga y también frac- — 13 — cionada desde un principio, como lo prueban los Reinos Anglos y los Sajones, ligados después en admirable heptarquía, al fin destruida por Egberlo al someter todo el país, necesita venir al año 1603 para ver unida la Escocia á Inglaterra bajo el cetro de Jacobo I, heredero de ambos Estados, y llegar al 1707 para su completa anexión; pues conservó por un siglo más, su Constitución y Administración, su Parlamento y sus Leyes. La Irlanda, en parte conquistada por Enrique II Plan tagenet en 1171, se mantiene en el resto independiente luchando y resistiendo hasta 1603, que fué unida á Inglaterra bajo el citado Jacobo, y forzosamente asimilada en principios del siglo para castigo de sus perturbaciones. No por esto ha cesado de agitarse, antes al contrario, la opresión inglesa aviva en su pecho el sentimiento de libertad, y recordando por su historia que fué autónoma muchos siglos, que por su raza y su lengua viene de la familia celta y que su religión siempre fué el catolicismo, protesta contra el germanismo sajon de sus dominadores, y pobre y desgraciada pide por boca de los O'Connel y de los Parnell su libertad y su vida, sin que hasta ahora haya logrado más que una promesa generosa y valiente de un ilustre Ministro de la Reina Victoria (63). Hace la Suiza su aparición en el mundo de los pueblos libres en tiempos bastante cercanos. Queriendo Alberto I de Austria incorporar á la casa de los Habsburgos aquellas tres ciudades de Schwytz, Uri y linterivalden hasta entonces directamente dependientes del Imperio, se inicia un levantamiento que, cundiendo á los territorios vecinos, provoca la famosa lucha dirigida por Guillermo Tell, héroe de la independencia Suiza, asegurada en Morgarten en 1315, reconocida en Austria en 1389 y escrita en Westfalia en 1648. Y desde entonces, esta unión, compuesta de cantones bien opuestos, alemanes, franceses é italianos; católicos y protestantes, voluntarios y forzosos; invadida por la influencia francesa de su primera república á fines del pasado siglo; próxima á fraccionarse con la guerra del Sonderbund en nuestros mismos tiempos, continúa afirmando su independencia y su vida en nombre de un principio nacional para ella sola inventado, y de una neutralidad perpetua que las potencias de Europa se apresuran á reconocer y amparar. La Bélgica, germana antes que nada, sufrió las dominaciones de los romanos y los francos, perteneció al Imperio, á la Lorena y á la Borgoña, pasó á poder de la casa de Austria por herencia de Maria, esposa del Archiduque Maximiliano é hija de Carlos el Temerario, dueño de estos países, y de la casa de Austria, á la de España por sucesión de Carlos V. Española casi dos siglos, retorna al Austria de _ 90 embargo, en resucitar, y Mazzini con su propaganda revolucionaria, y Mancini con sus explicaciones, y con sus tropas Víctor Manuel, y Garibaldi con su espada y Cavour con su política, sacan á salvo la unidad italiana, verdadera obra de romanos. Este maquiavélico ministro, después de intervenir en la guerra de Crimea, plantea en el Congreso de París de 1856 la llamada Cuestión italiana, y en sus entrevistas de Plombieres con el tercer Napoleón, acuérdase la guerra al Austria por Sardos y Franceses, para con mejor fortuna ensayar segunda vez los planes de Carlos Alberto. Las sangrientas batallas de Magenta y Solferino, ganadas por Napoleón, traen en pos de sí la paz de Villafranca y el tratado de Zurich de 1859, que arran - cando la Lombardía al Emperador Francisco José, es cedida por la Francia á la Cerdeña ..en cambio de Niza y Saboya. Y redimidos los países lombardos de la dominación austriaca, unidos los Ducados al creciente Reino Sardo, sometida Sicilia y Nápoles por Garibaldi, dueño el Piamonte de la mayor parte de los Estados Pontificios, después del hecho de Castelfidardo y de la rendición de Ancona y de Gaeta, en el mismo año de 1861 reúnese en Turín el primer Parlamento italiano, y toma Víctor Manuel el título de Rey de Italia. Todavía es preciso sostener con el Austria otra lucha para anexionar la Venecia, y aprovechando el rompimiento de aquella potencia con la Prusia, tiempo atrás preparado por la cuestión de los Ducados de Elba, Víctor Manuel y Guillermo I firman defensiva y ofensiva alianza; y aunque Italia pierde en dos combates, consigue después del tratado de Praga de 1866 la incorporación Veneciana. Por último, ya en 1870, cuando con motivo de la sangrienta guerra franco-prusiana, Napoleón III retira de Roma las guarniciones francesas allí llevadas veinte años antes para restaurar y sostener el poder de la Santa Sede, Víctor Manuel, deseoso de terminar la obra de la unificación italiana, manda que sus tropas entren en los Estados Pontificios, y tomada la Ciudad Eterna en 20 de Septiembre, concluye aquel poder temporal de los Papas, precisamente cuando comienza la vida de la Nacionalidad Italiana. Y vencido el Vaticano, y de tierra romana lanzado, aléjase del Quirinal para vivir eternamente sobre el cielo de la Italia, rigiendo perdurable é incólume los destinos espirituales del orbe et urbi romano. Empeñada fué también la lucha por la Nacionalidad ALEMANA. Corriendo pareja con la de Italia, hubo de llegar á los actuales tiempos para ver realizadas sus aspiraciones de reconstruir la patria, aunque se halla muy distante de conseguir el ideal del pans-germanismo. Mucho más extensa la primitiva Germania fué en todos tiempos el — 21 — corazón de Europa, la cuna de las invasiones al cambiar la Edad Antigua, el centro del Feudalismo en los días de la Media, la patria de la Reforma al nacer de la Moderna. Habitada por tantos pueblos como asolaron el vasto Romano Imperio, continuó dividida hasta los días de Carlomagno, que al vencer á Witikind y subyugar á los feroces Sajones, realiza bajo el poder de su Imperio la unidad de aquellos pueblos, y Othón el Grande á poco tiempo, recogiendo la herencia del hijo de Pipino, y restaurando la idea y el hecho del Imperio con la formación del Sacro Romano-Germánico, lleva de Francia á Alemania el centro y dirección del Germanismo. No por eso el espíritu de variedad desaparece; antes al contrario se acentúa, cuando surge de aquel mismo suelo el fenómeno feudal con la evolución en feudo del antiguo beneficio, y al lado del Emperador levántanse rei - nos, principados, ducados y condados, langraviatos y margraviatos, arzobispados y obispados, ciudades libres é imperiales. Baviera, Sajonia, Suavia, Franconia, Turingia y Lorena, grandes ducados; Maguncia y Colonia, arzobispados, tienen ya verdadera importancia en los comienzos del Imperio, y los recuerdos de las Dietas de Tribur deponiendo á Carlos el Gordo; de Worms llamando á la Casa de Francia por haberse extinguido la Carlovingia, y de Frislau á la de Sajonia, consolidan los derechos de los señores frente á frente de los del Emperador al mismo tiempo que afirman el carácter electivo del Imperio. Poco después de aquella famosa Bula de Oro de Carlos IV y del Congreso de Westfalia, y cuando la corona se torna de electiva en hereditaria, la monarquía más robusta y los señores más débiles traen como consecuencia el desarrollo y engrandecimiento de la Nación Germánica, ya preparado por Maximiliano y Carlos V. Acrecentada con la Bélgica como lo fué con gran parte de la Italia por el tratado de Utrecht, en riesgo de fraccionarse con motivo de la Pragmática, si la paz de Aquisgrán de 1748 no hubiera terminado la guerra de Sucesión; nuevamente dividida por lucha de siete años para confirmar la cesión de la Silesia por el. Austria á la Prusia en Hubertsbourg; agitada por fin con nueva sucesión de Baviera que se arregla en Teschen, á sufrir derrotas y desmembraciones á la aparición del Bonaparte. Olvidando ya la paz de Luneville que traasformó su dominación en Italia, pierde con la catástrofe de Austerlitz y el tratado de Presburgo de 1805 la Istria, la Dalmacia, el Tirol y la SuaN la además de la Venecia, y con el desastre de Wagram y la paz de Viena de 1809 gran parte de la Galitzia en favor del Czar y del Rey de Sajonia, aliados de Napoleón, y la Corintia, la Carniola, la Croacia y el Friul para: formar en la Istria y la Dalmacia, las Ilíricas en - 22 - provecho de la Francia. Mas derrumbado aquel imperio en Waterlóo, y encargado el Congreso de Viena de reconstruir la Europa, el Austria recobra sus perdidas posesiones, obteniendo también la Venecia en cambio de la Bélgica, para al mismo tiempo matar aquella república de los Dux y crear este Reino para los Oranges. Desde entonces el Austria brilla dentro de la Confederación Germánica como una de las principales potencias de Europa, como un individuo de la Santa Alianza, como miembro de la Pentarquía. Es - taba, sin embargo, el siglo XIX destinado á abatirle y las terribles campañas de Magenta y Solferino, precursoras del tratado de Zurich de 1859, arrebátanle la Lombardía, y siete años después, ventilando con la Prusia la cuestión de los Ducados á pesar de lo concertado en Gasteín, sufre la derrota de Sadowa y las cláusulas de la paz de Praga, que le expulsa de Alemania, perdiendo la presidencia de la confederación, al mismo tiempo que se le escapa Venecia y se le aflojan los lazos con que sujetaba á la Hungría. De esta suerte el Austria, grande y poderosa en otro tiempo, directora suprema de la política europea muchos siglos, declina y baja, para subir y engrandecerse á sus expensas otro nuevo pueblo, la Prusia, que no hay ley más desconsoladora de la vida que la que señala el contraste del engrandecimiento de unos y la decadencia de otros. Es el ESTADO PRUSIANO de época relativamente moderna. Prescindiendo de la institución de la orden de Prusia y del título de Apóstol de los Prusianos que Inocencio III otorga al monje Constancio en recompensa de sus triunfos religiosos, y del establecimiento de los Caballeros Teutónicos, famosos adalides de aquella otra Orden religiosomilitar de Federico de Suavia, que abandonando las regiones orien - tales ocupan los territorios del Vístula. y Niemen, es á consecuencia de la llamada Reforma cuando el Gran Maestre, secularizando los bienes, torna el título de Duque, y á poco tiempo Alberto de Brandemburgo consigue del Gran Segismundo de Polonia el reconocimiento formal de la Prusia. Desde entonces crece rápidamente el nuevo Estado y entra en el sistema europeo, álzase como potencia protestante de primer orden dentro de Alemania y en frente de la católica Austria, y aparece como estrella brillantísima en la Constelación Germánica, eternamente rival del Archiducado. Convertido el Ducado en Reino por concesión insensata del Austria á Federico I para asegurarse su alianza en la Sucesión Española, interviene en la guerra de Polonia para engrandecerse; en la de la Pragmática del Austria, para arrancarle la Silesia por tratado de Breslau en 1745; combate frente á frente con su rival en la de los Siete años para vencerla -23y obligarla á ratificar la anterior cesión en llubertsbourg; realiza con Rusia y Austria la inicua repartición de Polonia sin recordar la concesión de Segismundo; muéstrase en suma poderosa y grande para recibir más rudo golpe con la presencia de Napoleón. Torna parte activa en las sangrientas guerras del Imperio, figura en el número de las potencias coaligadas, sufre el rigor de los Franceses al combatir en la cuarta, es derrotada en Jena, deshecha en Friedland, vencida en todas partes, presa en Berlín, repartida en Tilssit; y por acuerdo de Napoleón y Alejandro de Rusia, fraccionada en un Reino y un Ducado, el de Westfalia, compuesto de las provincias de acá del Elba con el Hesse, Hannover y Brunswich para Jerónimo Bonaparte, y el de Varsovia, constituido del Dantzick y de la Prusia polaca, para el Rey de Sajonia. Mas llegada la hora de muerte del mayor Imperio de este siglo, vencido Napoleón y en medio del Océano encarcelado, los monarcas europeos dentro de los mismos muros de Viena, en solemne y transcendental Congreso, deshacen la obra de Bonaparte, y rasgando en cien pedazos el convenio de Tilssit, entregan á Prusia sus provincias, la Pomerania Sueca, la mitad del Reino de Sajonia,— triste represalia de la Historia,---casi toda la Westfalia y la ribera izquierda del Rhin; y entonces, más engrandecida que á la aparición del César francés, firma con Rusia y Austria la Santa Alianza en 1815, figura muy principalmente en la Pentarquía, y como potencia de primer orden, pesa mucho en la balanza de los negocios europeos. Interviene en el Congreso de París de 1856 para zanjar la cuestión de Oriente, sostiene en unión eón el Austria la guerra de Sleswig-Holsteín para arrancar á Dinamarca los Ducados, firma con ella el convenio de Gastein en 1865 después de la conferencia de Londres y de la paz de Viena del 64, para poseer y administrar en común tales paises; provoca faltando á sus compromisos el rompimiento con su rival para deshacer cuanto antes tal pro-indivisa posesión, y en Sadowa victoriosa y en la paz de Praga exigente, hace suyos los Ducados, apodérase de Hesse, Hannover y Nassau, agrega la ciudad libre de Francfort, rompe la Confederación Germánica expulsando de ella al Austria, y dominando ya á su rival, constitúyese en centro y órgano de la gran colectividad Alemana. No cejando en sus planes de engrandecimiento encubiertos con la máscara de la Nacionalidad, le parece poco escándalo el robo de los Ducados y la falta á sus compromisos jurados en Gastein, y puesta ya en tal camino, sin escrúpulo ninguno, exige á Francia dos de sus provincias, y como fruto de sus victorias de Sedan, Metz, Strasburgo y de París, firma en Francfort el la - 2t — el recibo de la Alsacia, la Lorena y los 5.000.000.000 de francos. y en virtud de la guerra de 1870, la unión puramente militar y pasajera de los Alemanes de N. y S. tórnase política y permanente, y la confederación se extiende á todo el territorio alemán constituyéndolo en Imperio, cuando á propuesta de Luis II de Baviera se confiere á Guillermo I el título hereditario de emperador; y entonces Prusia, simple electorado de Alemania, pobre arenal del marqués de Brandemburgo, escasa tierra de teutónica Orden graciosamente secularizada por voluntad de Polonia, como en Reino convertida por donación del Austria, álzase poderosa y altiva sobre las ruinas de la infeliz Nación á quien debe su existencia y sobre los restos . del Estado que fabricó su trono, para desde el centro de Europa proseguir el ideal pans-germánico, resucitar el fantasma del Imperio Sacro y dirigir la política del mundo hasta que inflexible ley biológica la sentencie y condene á forzosa y precipitada decadencia. Digamos algo, aunque sea poco, de la HUNGRÍA, de ese pueblo que aun hoy lucha por su Nacionalidad perdida, y combate y pelea por romper para siempre los lazos con que el Austria le sujetan. Poblada por Húngaros ó Magiares, en el siglo IX organizada, simple Ducado en los comienzos de su historia, Reino desde San Estéban, coronado apostólico por Silvestre II, empieza el mismo año 1000 su carrera de engrandecimiento llegando á ser dueña de Eslavonia y Transilvania, de Croacia y de Dalmacia en los días ya del caudillo y converso Vaic, y de la Moldavia y Valaquia, Bosnia, Bulgaria y Servia en tiempo de Carlos Roberto. La presencia del turco en Europa fué una constante amenaza á la comarca magiar; pero á través de tantas incursiones y no pocas peleas, libra su independencia del poder otomano, para ir á perderla en Casovia en pleno siglo XVI, ante las armas de Fernando de Austria. Desde entonces lucha por su libertad, y en ocasiones como la de 1848, pone en gran aprieto á su dominadora, que gracias á la intervención y ayuda de la Rusia logra pacificar el país después de derrumbar al gobierno insurreccional de Kossuth y derrotar á Georgey, y aunque en 1848 y 1866 obtiene cierta autonomía y está medio emancipada, no cejará en sus planes hasta conquistar por completo su absoluta independencia en nombre del principio Nacional. Y como Hungría, BOHEMIA también presa por el Austria, batalla por su libertad, porque recuerda que ocho siglos fué verdadera Nación, desde el VIII hasta el XVI, en cuyo año 1526 quedó unida al Imperio bajo el poder de Fernando I, y así continúa á pesar de las tentativas de separación que en estos mismos tiempos llevó á cabo, y que no abandonará por cierto, porque mucho se ama la libertad y la vida. Singular y por demás simpática es en la Historia la lucha por la NACIONALIDAD POLACA. La Polonia, la infeliz Polonia grande y podero- -sa en otro tiempo, defensora de la Europa al detener al turco algún día, siempre cristiana como el Austria, eslava como la Rusia, vieja más que la Prusia y el Imperio moscovita, yace silenciosa y muerta bajo los restos de Kosciusko desde hace una centuria, que fué descuartizada por mano de tres Estados poderosos y vecinos, y á pesar de los tiempos y á pesar de la época, ni indignada la Humanidad, ni arrepentidas las Naciones, han reivindicado ni devuelto á tan desgraciado pueblo el derecho más preciado de los derechos: el sagrado derecho á la vida. Allá cuando los establecimientos eslavos y á contar desde el siglo VIII, aparece este pueblo, que Ducado primero, se transforma á poco tiempo en Reino, para correr por Lituania y . Pru - sia y mostrarse pujante bajo el Gran Segismundo, aquel Soberano que sin presumir que algún día su Nación había de morir á ma nos de la Prusia, echa la semilla de este Estado, reconociendo al Marqués de Brandemburgo la secularización de sus territorios. Más tarde comienzan las peripecias de su historia, y vencida por Gustavo Adolfo de Suecia, vencedora del turco á quien arranca la Podolia y la Ukrania, nuevamente derrotada por Carlos XII, destrozada en su guerra de Sucesión de 1737, beligerante en la de la Pragmática, resentida por constantes luchas y discordias intestinas, mal organizada con su dichoso veto y su constitución anómala, siempre amenazada por intervenciones rusas y por influencias extranjeras, llégale la hora de su muerte, y en las postrimerías del siglo XVIII, consúmase el inaudito crimen ideado por Federico II de Prusia y realizado por Catalina de Rusia con una crueldad sin igual; y en 1772, 1793 y 1794 verifícanse los tres sucesivos repartos de esta desgraciada Nación, que cual nueva Cartago llevaba sobre sus hombros lanzada por los modernos Catones la inexorable y terrible sentencia de Delenda est Polonia. Entra el siglo actual y con él Napoleón prometiendo á los desventurados polacos interesarse por su independencia y su suerte ; pero la promesa no se realiza y sólo el Ducado de Varsovia se levanta en Tilssit sobre las ruinas de la Polonia prusiana, no libre y autónomo, sino dependiente de Sajonia, á cuyo rey perteneció hasta la r estauración europea. Y las Naciones congregadas en Viena en Asamblea Soberana, ni una sola voz, ni una protesta sola lanzan en favor de la Nacionalidad polaca, pero sí entregan el Ducado de Var- -26— sovia en su mayor parte á la Rusia, para formar con sus dominios polacos el Reino de Polonia con cierta autonomía más bien impuesta por mandato del Congreso, que otorgada por beneplácito imperial. Mas las revoluciones generales y las insurrecciones de 1831 y 1863 por una parte, y la omnipotencia de Rusia y la autocracia de los Czares por otra, dieron por resultado la sumisión completa y la muy dura esclavitud de la Nación polaca, que recordando las grandezas de su pasado, y pensando en las tristezas de su presente, confía en las esperanzas de un porvenir que por boca de los Estados, cual órganos de la Humanidad, pidan muy alto la restauración de Polonia. Y qué diremos de la RUSIA. Ocupada esta región por los Sármatas en un principio, en el siglo III por los Godos, en el IV por los Hunnos y sucesivamente por otros bárbaros, recibe de Ruric en el IX una sólida é independiente organización que no tarda en retroceder ante el fraccionamiento de la XI centuria y la invasión de los Mogoles en la XIII. De esta terrible conquista sólo se escapa el principado de Moscow, que libre é independiente, comienza y termina la obra de la reconquista y unificación del Imperio moscovita allá por los si - glos XV y XVI, y con la subida de los Romanovs y los esfuerzos de Pedro el Grande para civilizar á los Rusos, acrecentar el poder de los Czares y convertir en marítima á esta potencia, arrancando á los Turcos el Azof y á Carlos XII de Suecia gran parte del Báltico, afirma la Rusia por tratado de Neustaldt el doble puesto de Nación de primer orden y de Estado europeo. Desde entonces acá marcha poderoso y pujante este gran mónstruo del Oriente de Europa y del Occidente Asiático apoderándose en nombre de la Nacionalidad, ora de la Crimea, Curlandia, Lituania y parte de la Polonia inicuamente repartida bajo Catalina, la Czarina; ora de la Finlandia, Besarabia y Georgia en tiempo del primer Alejandro; ora de la mayor parte de la Armenia, del bajalato de Akhaltiviski y de las bocas del Danubio en nuestro siglo arrebatados á la Persia y á Turquía por el gran Nicolás I; ora de muchas regiones del Asia Central, del Oriente de Siberia, y de Ardahan, Kars y Batúm por el tratado de Berlín cedidas al Czar Alejandro II, y no satisfecha de tanta tierra, pone aun la vista de águila en el extenso cielo ' del panslavismo. Llegamos por fin al IMPERIO TURCO, y para dejar completo el estudio histórico de la lucha por las Nacionalidades—que no otra cosa nos hemos propuesto en esta primera parte,—algo diremos acerca de él. Descansando en Europa, en Asia y en Africa fueron sus territorios antiguas cunas de la civilización Egipcia, del clasicismo Heléni- - 27 - co, del Imperio macedónico, de la cultura Arábiga. Los Cesares romanos primero y los emperadores griegos después, dominaron y poseyeron sus vastas regiones. Teodosio, al hacer la división de su Estado en Occidental y Oriental, tiempo atrás preparada por Constantino al abandonar la corte de Roma, inaugura el Imperio Griego que durante toda la Edad Media pesa sobre aquellas comarcas. Y mientras esto sucedía, el Turco allende el mar Caspio nacido, y fuerte y vigoroso, dispónese á pisar la Europa con Orcán, sienta sus reales en Andrinópolis en los días del primer Amurates, conquista casi todo el Bajo Imperio á la voz de Bayaceto, y tornando á Constantinopla en tiempo de Mahomet, funda aquel mónstruo otomano que en la historia y en el suelo sustituye al Bizantino, y una vez dueño de los dominios de Constantino Paleólogo, y ensanchado más y más con la torna de Belgrado bajo el mismo Mahomet, y la sumisión de la Siria. y Palestina, de la Arabia y el Egipto por Selim, y la conquista de Rodas heróicamente defendida por los Templarios, y de la Hungría y parte del Austria por Solimán el Magnífico, que llega á las puertas mismas de Viena, coincide el apogeo y la época de engrandecimiento del Imperio de los Sultanes. Pero así como su constitución y grandeza fué fruto exclusivo de la conquista y la fuerza, así la fuerza y la conquista es causa de tantas desmembraciones como viene sufriendo en el decurso de las dos últimas centurias. Después de su postrer intento contra la capital del Austria en 1683, el Turco derrotado en los mares y en los ríos, en el Mediterráneo y en el Danubio, pierde la Servia, la Hungría, sus . dominios de Polonia y la Morea; al inaugurarse el siglo próximo pasado, el Azof; por tratado de Kainardji, varias fortalezas en Crimea y en el Nieper; la soberanía del mar Negro y otros mares otomanos por igual convenio con la Rusia; la Crimea entera en 1783 á favor de esta potencia, y después de su peligro de reparto entre el Imperio Moscovita y Austria á poco de la paz de Werela, la desmembración del Niester al Bug igualmente entregado al omnipotente Czar por tratado de Jassy. Pero si esto sucede en el siglo XVIII, ¿qué diremos del actual? Presenciando las más grandes desmembraciones del Imperio de los Sultanes que decadente y moribundo se desmorona por causa misma de su abyecta vida, hace firme propósito de asistir á sus funerales y acompañarle escoltado por las Naciones de Europa hasta el borde de la tumba asiática que algún día le servió de cuna, que eso pasa á los pueblos que despreciando las conquistas de la inteligencia y los progresos de los tiempos, no quieren seguir las corrientes de la civilización y de la vida. La Grecia, la Argelia, la Moldavia, la Valaquia, la Servia, e, — 28 — Montenegro, la Bosnia, la Herzegowina, la isla de Chipre, los territorios de Ardahan, Kars y Batum, la Tesalia, el Epiro Meridional y casi, casi el Egipto, la Tunicia, la Bulgaria y la Rutnelia arrancan en pleno siglo XIX de la Sublime Puerta las férreas cadenas de que penden, y comenzando la vida libre de los pueblos, aceleran la hora triste de la muerte del poder omnímodo otomano. No podía menos de ser así. La GRECIA, que había sido en el espacio un pueblo autónomo é independiente, y en el tiempo una civilización grandiosa y excepcional, que con su poder y su fuerza llegó á domeñar el Oriente, como c on su inteligencia y cultura las regiones del Oeste, allá en la segunda etapa de la Edad Antigua después de la evolución de las asiáticas comarcas, aparece ya luchando y luchando tenazmente por su li_ bertad y su vida. Estado confederado por unión de múltiples ciuda - des, afirmase como uno por su lengua y por su raza, por su suelo y su cultura. Pueblo filosófico, artístico y político, lleva á la gran obra humana la conjunción de tan poderosos elementos, y en nombre de esta cultura evoca siempre el principio nacional. Por eso en la pre_ sente centuria, cansado ya de sufrir más de diecinueve siglos el yugo de tres imperios, Romano, Bizantino y Turco, volviendo la vista atrás y recordando los esplendores de su clásica civilización y la grandeza de sus pasadas glorias, despierta el griego en su pecho el sentimiento libre de la patria, y entusiasta y decidido canta, pide y defiende la Helénica Nacionalidad. Entonces la idea se generaliza, el principio se divulga, las aspiraciones cunden, los trabajos de la Eteria crecen, y ya en el terreno de los hechos comienza la feroz lucha. Las provincias se insurreccionan, los pueblos se sublevan, el bajá de Janina los ayuda, el virey de Egipto los combate, y llegados los horrores de la guerra al delirio y la opresión otomana á su auge y los sufrimientos griegos al alma, tres potencias cristianas, Rusia, Inglaterra y Francia intervienen en tan humanitaria cuestión, y el desastre de Nava-- rino, y la conferencia de Londres de 1827, y la paz de Andrinópolis del 1829, arrancan la Grecia al sultán para erigirla libre y autónoma en nombre del principio Nacional. Y los PRINCIPADOS DANUBIAMOS, como Grecia, también se escapan de la insoportable tiranía otomana. La paz de París terminando la guerra de Crimea y apaciguando la cuestión de Oriente en 1856; el Congreso de Berlín poniendo fin á la lucha ruso-turca y dando nuevo avance á tal problema, aflojan y luego desatan los lazos que por tantos años sujetan los países del Danubio á la puerta Bizantina, y por cláusulas del último tratado, modificativo del de San Estéfano, Ser- — 29 — via, Rumania y Montenegro, reconócense independientes; la Bulgaria se constituye en autónomo Principado, tributario del Sultán; la Rumelia Oriental en provincia, bajo la autoridad político-militar de Turquía, pero con independencia administrativa y un Gobernador general cristiano; ocupadas y administradas por Austria-Hungría la Bosnia y Herzegowina, por Inglaterra la isla de Chipre, y los territorios de Ardahan, Kars y Batúln, con sus puertos, cedidos á los Czares por el Sultán otomano. En el ÁFRICA, la Argelia, por conquista de Carlos X, pasa del Turco á la Francia; lleva ya medio camino la Tunicia, que desde el tratado de Bardo de 1881 soporta protectorado excesivo; el Egipto sublevado después de la revolución de Julio pide también su independencia, y por convención de Kutayah, intervención de las grandes Potencias, y por fin tratado de Londres de 1840, Mehemet-Ali asegura la herencia del país, que bajo la soberanía de la Puerta, casi, casi se emancipa. Y nuevamente en Europa, la Tesalia y el Epiro en su parte meridional son por el Turco cedidas á la Nacionalidad Helénica; y en estos días, por último, la Bulgaria y la Rumelia, al ejemplo de sus hermanas, desean emanciparse, y unidas y ensangrentadas por causa de sus ideales, y para conseguir sus propósitos, alteran la paz de Europa, conturban el equilibrio, modifican los Balkanes, y vueve á estar sobre la mesa la llamada cuestión de III Nueva lucha se presenta en el campo filosófico del problema nacional. La razón humana abatida ante esa guerra sin fin que en el largo decurso de la Historia libran las Nacionalidades, solícita acude con sus luces á esparcir tan negras sombras y á remediar tantas desdichas. Queriendo pacificarla, comienza ella misma luchando con las armas nobles del espíritu en el honroso campo de la ciencia, y desde tan altas esferas pretende organizar la humanidad sobre él principio nacional. Principio nacional que implica tres capitales conceptos: sociedad total humano, organismo natural é histórico, unidad superior de cultura que las tiempos han producido. En el primer sentido revela conjunción de personalidades, que por vínculos y lazos de muy diferente especie, forman un todo encargado de cumplir los fines humanos en uno de los más amplios círculos. Fase del organismo social, desenvuelve en su mismo seno intereses religiosos y morales, científicos y artísticos, jurídicos y econó- — 36— — racteres morales, intelectuales y físicos para otros sociólogos; ente. vago é indeterminado para todos, es idea y hecho muy difícil de. apreciar y peor de definir. El simple color de la piel y la naturaleza. de los cabellos, para unos; la configuración de la cabeza, la abertura del ángulo facial, la frenología, para otros; el mayor ó menor des- -arrollo de las facultades intelectuales, la educación y la cultura para alguno; criterios muy distintos son para determinar, distinguir y separar las razas. Y si ya en la base y en el principio la unidad desaparece, si no es posible marcar con precisión y certeza los rasgos característicos que separan una agrupación etnográfica de otra, si hay divergencia en la concepción y determinación de la raza, y si todo es vaguedad en el concepto fundamental y primero, ¿qué insegura y deficiente no ha de ser la doctrina que sobre la etnografía pretende constituir las Naciones y organizar la Humanidad? Que no hay teoría racional y aceptable sin que en un principio verdadero, cierto y exacto tenga su fundamento y asiento. Pero prescindamos, de la abstracción de la raza para venir al terreno real y concreto de sus manifestaciones. ¿Están de acuerdo los etnógrafos en la manera de dividir y diferenciar la especie humana? ¿Señalan todos el mismo número de razas ó discrepan al fijar la variedad que dentro de la unidad se encierra? Y nuevamente el criterio que estudiamos apare_ ce fraccionado hasta tal punto, que mientras unos siguiendo la tradicional clasificación admiten sólo las cinco razas, creen otros con el insigne naturalista Kaeckel (76) que hasta doce cabe distinguir dentro del género humano. Consecuencia de esto es, que respondiendo la nación á la raza, no será posible ponerse de acuerdo para fijar el número de naciones, porque no ha sido posible aun ponerse de acuerdo para fijar el número de razas. Pero hay algo más, dentro de ese mayor ó menor número de los primeros grupos diferenciales de la unidad humana, hácense por los etnógrafos nuevas divisiones y subdivisiones, originarias de otras tantas razas y subrazas, y así el escritor ya citado comprende dentro de la que él llama Mediterránea: la Caucásica, la Indo-germánica, la Semítica y la Vasca; como dentro de la Indo-germánica: la Slavog ermana y la Ario-romana; como dentro de esta última: la. Greco-romana y laAria, y ya en medio de tal fraccionamiento y frente á frente de semejante variedad, ¿según qué criterio ha de pedirse la. sustantividad de la nación? ¿En nombre de las prini el as grandes razas? ¿En nombre de las segundas ó terceras? ¿Si en nemla e de las primeras, por qué no. en liCiniu'e de las últimas? ¿Si en n( nihre de las últimas, por qué no CD nombre de las interm«lias? rSi les lih,cos foi man una raza y de — 37 — las mejor definidas, y si á cada raza corresponde una nación, ¿por qué no se ha de reconocer una sola nacionalidad caucásica? Si los indo-germanos y dentro de ellos los germanos antiguos y los eslavolatones constituyen organismos etnográficos, ¿por qué no se han de afirmar cual sus independientes fracciones eminentemente nacionales? No cabe, no, admitido que la variedad de la especie humana tenga derecho á vivir bajo su nación, negar á la variedad de la variedad, á la raza y á la sub raza, á los grados superiores é inferiores el mismo é idéntico derecho á pedir su nacionalidad. Y si esto es tan cierto como no puede menos de serlo, ¿por qué se , conceptúan únicas naciones á España, Francia, Alemania, Italia, Rusia, etc.? ¿Por qué se ha puesto punto en el camino de la diferenciación y desintegración? ¿Por qué no seguimos distinguiendo y considerando á las comarcas tales nacionalidades? ¿Por qué no han de serlo Castilla, Aragón, Valencia, Navarra, Cataluña y los Vascos, corno fueron en otro tiempo Estados, y Nápoles, Sicilia, Píamonte y los Romanos, como han sido hasta hace poco, reinos? ¿No pueden distinguirse perfectamente los caracteres de los castellanos, de los navarros, de los valencianos y de los vascos? ¿No es clara la diferencia de gente piamontesa de la napolitana? Y si se se nos dijera, éstas son comarcas dentro de una nacionalidad, son accidentes dentro de una raza, ¿no podríamos con igual razón afirmar que también España, Francia, Inglaterra, son comarcas dentro de Europa, y sus diferencias etnográficas accidentes de la común raza Caucásica? Esto sólo bastaría para dejar arruinado y destruido el criterio que combatimos, pero aun queremos penetrar más y más en su naturaleza y apurar basta el último extremo la severa é inflexible crítica. Que á cada raza corresponde una nación y que cada nación no debe encerrar más que una raza. ¿Cómo lograrlo, si después de tana emigración é invasión corno forman el tejido de la historia humana, donde todo es movimiento, todo transformación, evolución todo, las razas se han cruzado y confundido y las puras podernos afirmar que ya no existen? ¿Y cómo han de existir después de aquellos vai yenes de las gentes de Oriente á Occidente, de Septentrión á Mediodía y de Sur á Norte? ¿Dónde están las razas puras de la Europa para según ellas formar las nacionalidades después de aquella avalancha de bárbaros que produjo la más profunda transformación etnográfica? Los Germanos abandonan sus bosques en los confines de las dos primeras edades para dominar á los latinos y confundirse con ellos más tarde. Los Eslavos, subyugados por los Godos, pueblo el más insigne de todos los Germanos, y por los Hunnos, el princi- — 38 — pi de los Escitas, forman ya mistificados los pueblos del Oriente europeo. La raza escita, á la voz de Magiares, Mogoles y Turcos, van á situarse en las comarcas S. E. en conjunción con sus antiguos moradores. No puede afirmarse que después de tanta acción y reacción haya pueblo alguno que conserve pura é incólume su raza primiti - va; ¿cómo, pues, pedir la nacionalidad etnográfica? ¿A qué raza pertenecen los Españoles? Celtas é Iberos en los primeros tiempos, Fenicios, Griegos, Cartagineses después, Romanos posteriormente,. Suevos, Vándalos, Alanos y Godos más tarde, Arabes por fin , visitaron nuestro suelo en el decurso de su historia, y sin embargo, se pide la unidad nacional española en nombre de la etnografía. ¿Es que todos estos pueblos y todas estas gentes tan diversas por su origen y su raza, amalgamados y fundidos por el tiempo han producido una resultante, en nombre de la cual se pide la nacionalidad? Pues entonces, ya no es el criterio puro de la raza el informante de sistema tan transformista; ya la obra de la nación vuelve á quedar vacilante é insegura como hasta aquí, al poner su existencia contingente y variable no en el principio natural de la raza, sino en la artificiosa formación de las mixtas ó compuestas; ya las naciones de hoy dejarán de serlo mañana, si por etnográfica fusión van á perder su existencia en el seno de una superior comunidad. La doctrina que examinamos, más que científica y universal, parece haber sido inventada por propio y exclusivo interés del germanismo y eslavismo. Se viene considerando como la teoría alemana. de las nacionalidades, pero podemos afirmar que tiene también mucho de rusa. Luchando la patria alemana por organizarse unitariamente bajo el principio nacional, sus escritores primero y sus políticos más tarde, aceptaron como legítimo y bueno el criterio de la raza, sin duda alguna para justificar las anexiones del SchleswigHolstein, de la Alsacia y la Lorena, y acaso intentar las de parte de la Suiza y de las provincias alemanas del Austria. Mas habiendo encontrado la política conquistadora del Imperio barreras indiscutibles, —según la teoría que predicaba,—en la existencia de razas mixtas y contrarias, abandonó bien pronto el criterio etnográfico por el principio nacional de cultura, aunque para resucitarle siempre que sientelatir en su pecho el ideal pan-germánico. La Rusia, ese gran mónstruo del día que habita en Asia y en Europa, y llega desde el Pacífico al Báltico, creyéndose el centro y órgano de los pueblos de su raza, combate y lucha por el panslavismo:: «yo soy, dice, la raza eslava; los eslavos todos me pertenecen», y esta sola idea pone en peligro y en conmoción constante el equilibrio. — 39 — oriental y la tranquilidad de Europa; porque Moldavia, Valaquia, Servia, Bosnia, Herzegovina, Lituania, Eslavonia y Bohemia, como Polonia, son regiones eminentemente eslavas, porque Silesia, Brandemburgo, Mecklemburgo, Moravia y Pomerania, fueron, en gran parte, pobladas por eslavos, y el solo anuncio de las pretensiones heguemónicas del panslavi i smo ruso sobre los pueblos de su raza, es como sentencia de muerte sobre ellos lanzada por la inflexible auto - cracia de los Czares, al mismo tiempo que carteles de desafío por el imperio moscovita circulados á las potencias de Europa, que no po - drían consentir acrecentamiento igual de coloso tan terrible. Y el pangermanismo de un lado y de otro el panslauismo, harían resucitar el paniatinismo, y pretendiendo cada cual unir á todas las gentes de su raza bajo una sola nacionalidad, concluiría la concepción etnográfica por afirmar en Europa tres grandes grupos nacionales: germano, eslavo y latino, y por no negar la libertad é independencia de las gentes y pueblos que dentro de ellos existen, también por idén - ticas razones de raza y etnografía. Pero aparte de todo esto, cuántas guerras aun no había de costar al mundo la reorganización de la Humanidad conforme á tal criterio; porque quieran ó no quieran, las gentes y los pueblos deben unirse si presentan los mismos rasgos étnicos, deben separarse si muestran diferencias etnográficas. Los países eslavos citados anteriormente tendrían de grado ó por fuerza que ingresar en el seno de la comunidad panslava, ora bajo el sistema de confederación que algunos idearon, ora bajo la forma unitaria del imperio. Entonces la Rusia, dando freno á sus desmedidas ambiciones, entraría por tierra prusiana pidiendo de voz en grito el Brandemburgo, el Mecklemburgo, la Pomerania y Posen; arrancaría al Austria, la Bohemia, la Silesia, la Moravia, la Galitzia y la Eslavonia; bajando hasta el Adriático pondría á sus pies, los incipientes Estados Danubianos que tanto anhela y desea; acabaría en fin, por tener en sus manos las llaves del Mediterráneo despidiendo al turco á sus primitivas y viejas viviendas asiáticas. En nombre del criterio etnográfico defiende Alemania también, la incorporación del Schelwig-Holstein, la agregación de los Estados confederados, la anexión de la Alsacia y la Lorena, para así legitimar el robo de los Dudados del Elba arrancados á Dinamarca en 1863; el arrebato de la presidencia Germánica al Austria que pasa de la casa de los liagsburgos á la de los Hobenzollern , simples electores de Brandemburgo dos siglos antes; la usurpación por fin. de las provincias citadas (77), exigidas á Fran ciapor el Tratado de Francfort, des- — 40 — pués de los sin pares desastres de Sedán y Metz, y de la ida á París de los victoriosos alemanes á coronar Emperador á Guillermo de Prusia, en el mismo palacio de Versalles por Luis XIV, levantado, precisamente en aquellos días que se alzaban los l3orbones sobre la decadencia austriaca. En nombre del criterio etnográfico, pedirá Alemania una gran parte de Suiza, la Bélgica que ya retuvo, la Holanda que poseyó algún día, los países Dinamarqueses que tiene á su costado, la Escandinavia toda que ve constantemente al Norte; tendría que emancipar sus dominios eslavos, sus territorios de Oriente, antes que se le escaparan, cual sus provincias meridionales, sus posesiones italianas. En nombre del criterio etnográfico, los Vascos de España y Francia tendrían derecho á pedir su nacionalidad, como los Bretones franceses recordarían á Francia que las guerras de Vendée pu - sieron en gran aprieto á su primera República. En nombre del criterio etnográfico, tainl y én Irlanda, con su celticismo católico, clama oprimida contra el germanismo sajón protestante para rescatar cuanto antes su perdida libertad, su preciada independencia. En nombre de igual principio, el territorio de Hungría fraccionaríase en cien pedazos, porque si bien impera el Magiarismo, presenta en el fondo una abigarrada mezcla de razas, que Germanos y Eslavos, que Servios, Rutenios y Eslovacos, que Bohemios, Ruma - nos, Griegos, Hebreos y Armenios, concluirían negando el unitario concepto de nacionalidad que tan alto reclaman. En nombre del criterio etnográfico, el decadente y moribundo imperio turco, cansado de subyugar pueblos tan diferentes y avasallar razas tan opuestas, se descompone y disgrega sin reposo ni descanso, para perderse sus partes en el seno de sus hermanas ó afirmarse libres y autónomas bajo nuevas nacionalidades. En nombre, en suma, del principio de la raza, la Suiza dejaría de existir; los países de Colón retornarían á Europa, y contradiciendo el hecho de su emancipación y el principio de «América para los Americanos,» los Estados Unidos con Inglaterra, las Repúblicas latinas con España, el único imperio del Atlántico con Portugal, firmarían perdurable y eterna alianza de familia, y entonces la tan decantada concepción etnográfica, sin lograr el superior ideal de una pacífica y estable organización sociológica, no habrá hecho otra cosa que acuartelar las razas, fabricar las naciones y cristalizar la - 711a idad. — 41 — Es para muchos la Nación un concepto filológico (78). Según él, los pueblos deben unirse ó separarse sin tener en cuenta otro principio que la lengua, ni otro criterio que el idioma, porque el habla , atri _ buto característico de la personalidad humana, don precioso que comprueba nuestra sociabilidad y medio necesario á la vez de comunicación del ser racianal, es uno de esos vínculos y lazos que con más fortaleza y permanencia pueden ligar á los pueblos, corno uno de los obstáculos que por más tiempo tienen separados á los hombres. Nada más razonable que éstos se asocien y unan para vivir vida común con aquellos con quienes se entienden por hablar la misma lengua, y que constituyan grupo aparte los otros que por expresarse en muy diferente idioma, parece que la Naturaleza los . separa, y de este modo Formando tantas independientes agrupaciones como lenguas ó idiomas se cuenten, tendremos natural y estable la distribución de la Humanidad en Naciones. A. la manera que la concepción etnográfica pide para cada raza una Nación, la escuela filológica reclama una Nación para cada lengua y convencida ide sus creencias y con fe en sus ideales, lucha porque el principio organizador de estas Sociedades humanas sea el idioma, porque los hombres se agrupen y separen corno plugo á Dios dividirlos y separarlos por lenguas, porque las Naciones se constituyan y formen bajo el único criterio de la palabra, porque el principio lingüístico en suma, sea el único factor del problema complejo de las Nacionalidades. Tal 43s en síntesis la concepción filológico-nacional, sobre la cual vamos á discurrir breves instantes. ¡Que los idiomas sean causa de las Naciones! Si precisamente son el efecto y resultado de la vida común de los pueblos. Los hombres, sintiendo la necesidad imperiosa y primera de entenderse y comunicarse, se unen antes que por la organización Nacional, por la constitución de un común lenguaje, que ya poseen en los días de los Estados familiar y municipal, cuando aun no se vislumbra la idea de Nación. Prueba de ello tenemos en el Imperio Romano que dominador del mundo y desconocedor como su época de las existencias nacionales, impuso sin embargo la lengua del Lacio á sus numerosas provincias, y el latín continuó reinando después de la. bajada de los bárbaros. No es causa y sí efecto de la organización social y por tanto de la fase Nacional; porque no fueron el español, ni el francés, — 4 9 — ni el inglés, ni el italiano, ni el alemán los productores de las Nacio - nalidades española, Francesa, Inglesa, Italiana y Alemana, sino que dibujadas estas y ya nacidas de antemano, primero espontáneamente y más tarde de una manera expresa, imperativa y oficial se declaran Nacionales tales lenguas, y el bárbaro latín de los tiempos medios, cede su puesto al elegante romance. Por otra parte no es el idioma criterio cierto y exacto para servir de base y fundamento, como de fin y límite á las Nacionalidades. Que no puede ser fundamento y base, porque el hecho y la idea de la lengua es sumamente variable, nos lo dice la historia y la filoso - fía. La historia, atestiguando con la evolución constante del proceso lingüístico, en un principio embrionario, después perfeccionado y generalizado al fin, demuestra cuán variables y movedizas habían de ser las nacionalidades filológicas, que al sufrir las mismas oscilaciones que sus cimientos, vivirían en continua transformación y mudanza y las que ayer lo eran, dejarían de serlo hoy y desaparecerían mañana, tan sólo porque la razón suprema del habla, así lo reclamase y pidiese. La filosofía, considerando á la lengua como una de esas ideas de difícil demarcación en su esencia y caracteres, y de peor distribución en su genealogía, no acierta á darnos claro y delineado el organismo filológico, ni á distinguir racionalmente el idioma del dialecto, ¿porque qué razón existe para calificar con este nombre á tal evolución lingüística y significar con aquél la otra manifestación filológica? Que los dialectos son ramificaciones de los idiomas, también éstos son ramificaciones de otras lenguas generales y comunes. Una de dos, ó hay que admitir sólo las lenguas matrices, la primera distribución de ellas, ya que no la lengua única y primitiva, para calificar de dialectos á todas sus derivaciones, ó de considerar idiomas á más ramificaciones que las del primer grado, no hay razón para negar la consideración de tales á todas las restantes hasta las últimas de la escala filológica. Si es lo primero, si sólo son lenguas las matrices, y si cada lengua reclama una Nación, pocas y grandes nacionalidades cabe admitir en el seno de la Humanidad. Si es lo segundo, si cada sello diferencial del lenguaje es un pequeño, pero sustantivo idioma y si cada idioma demanda una Nación, preciso es reconocer el derecho á afirmar su nacionalidad, á todas las agrupaciones por diminutas que éstas sean, siempre que tengan lengua peculiar y característica, y entonces muchas, muchísimas tendremos que contar en la tierra. Dentro de nuestra misma patria se separarían Cataluña y Aragón, las provincias Vascas y Galicia, Castilla y otras comarcas, protestando tener derecho indiscutible á ser naciones, — 43 — porque la lengua de las unas dista mucho del habla de las otras; la Hungría se fraccionaría en mil pedazos; el territorio Suizo en tres; vendría la Bélgica en parte á ser eminentemente francesa; los Estados Unidos á poder de Inglaterra; el Brasil á Portugal; la mayor parte de la América á España, sólo porque el idioma así lo pide, y la Humanidad asendereada sufriría constante y eterna perturbación. Y hasta tal criterio filológico haría inciertos y oscuros los límites y confines nacionales, porque señalar matemáticamente las fronteras lingüísticas, es un imposible. ¿Cómo trazar la divisoria de dos pueblos, si en las comarcas limítrofes se hablan y poseen los idiomas vecinos? ¿Cómo separar á España de Francia, si en la región pirenaica•andan confundidos y usados francés y español, hablándose aquél en nuestro suelo y entendiéndose éste allende los montes? ¿Cómo precisar la exacta separación de Italia y Austria, de Rusia y Turquía, de Alemania y Holanda, si la lengua es la que ha de hacer al hombre y al suelo naoional y extranjero? Y aun dando por supuesto que este límite pudiera determinarse con precisión, ¿no es un contrasentido que pueblos limítrofes de distinto, pero muy semejante idioma, se separen en nombre de la lengua, y en cambio se junten otros que poseen dialectos enteramente opuestos y contrarios? ¿Quién duda que hay menor distancia lingüística entre un Francés y un Español del Pirineo que entre un Vasco y un Gallego? Y, sin embargo, aquellos pertenecen á distinta nacionalidad, son entre sí extranjeros, aun por el habla; estos integran un sólo pueblo, son entre sí nacionales, aun por la lengua. Véase, pues, cuán deficiente é insegura se presenta la teoría lingüístico-nacional, que tiene además en su contra el particularismo de alguna patria que se apresuró á inventarla para satisfacer y cohonestar sus peculiares intereses, sus planes de engrandecimiento. Alemania es la cuna de la filológica Nación, pues aunque otros pueblos hayan aceptado muy á gusto esta doctrina, fueron antes los germanos quienes elevaron la lengua á principio organizador de aquellas agrupaciones sociales. Como dice un publicista, «por la identidad de idioma definen los alemanes los límites de su patria en uno de sus modernos cantos, y siguen hoy mismo cantando que toda la tierra que habla alemán es nación alemana.» Con este nuevo criterio reclaman de Suiza todo su extremo oriental; el Friul, la Corintia, la Carniola y la Estiria; el Salzburgo, la Moravia y Austria por entero; y de Silesia, del Tirol, de Trieste y de la Rusia no pequeña parte, sólo porque hablando sus moradores el idioma alemán, ellos y sus territorios alemanes deben' ser. La Italia también en nombre de su armoniosa lengua pide como — 14 — suyo algo del Tirol , la costa de la Dalmacia, la Suiza en sus inmediaciones, y Francia llevándose el resto de la helvética república contribuiría á destruir la obra de Guillermo Toll, borrando del mapa este pueblo cual hace un siglo sucedió á Polonia. Como Suiza, Bélgica perdería su autonomía para formar una provincia de la nacionalidad francesa, y los países todos del Nuevo Mundo, reconociendo en el español, portugués é inglés los idiomas de sus habitantes, vendrían á colocarse bajo nueva perpetua tutela por razones filológicas pedida. La Polonia, y la Bohemia y Hungría y tantos otros territorios, en nombre de igual principio , reclamarían muy'pronto su independencia y su vida, aunque para disgregarse también en fracciones diminutas, en insignificantes partes, y ya en este camino tendríamos que descomponer primero, para reconstituir después la Humanidad entera; habría que disgregar las actuales naciones para luego constituirlas dentro de ella, y la lengua, único motor causante de tamaña transformación, separaría y acercaría forzosa y mecánicamente á las gentes y á los pueblos, prescindiendo de la voluntad y libertad de los mismos, único criterio racional, seguro y legítimo para la sólida y estable organización de los Estados y para la definitiva Constitución de la total Sociedad Humana. VI Réstanos tan sólo discurrir breves momentos sobre el concepto armónico de las Nacionalidades, brillantemente sustentado y defendido por esa pléyade de escritores italianos, que resucitando en nuestros días los gloriosos recuerdos de Giovani Lignano (79), Nicolás Maquiavelo (80), Pierino Bello de Alba (81), Albericus Gentilis (82) y tantos otros precursores de Hugo de Grotius (83), han sabido enlazar la tradición científica con el progreso grandioso del Derecho de Gentes actual, mediante la escuela italiana de las Nacionalidades, que tanta influencia viene causando en las regiones abstractas de la justicia, como en la vida concreta de su país y en el realismo todo de los acontecimientos internacionales. Uno de estos nombres ilustres;e1 distinguido y docto Mancini (84), formula el primero bajo aparato científico el principio de la nueva escuela: y en el libro, y en la cátedra como en la política, y en el campo diplomático, predica con entusiasmo el credo de las nacionalidades, sin duda para organizar mejor y más estable la Humanidad entera; pero también para rescatar cuanto antes la libertad italiana, — 1: ) la unificación de la península Apenina. Y con Mancini, Mamiani, y con Mamiani , Casanova, y Sandona, y Palma, y Pierantoni , y Padelleti, y Gioverti, y Drusa y tantos otros (85) en Italia; y Laurent en Bélgica; y Bluntschli, y Wagner y Wecker en Alemania; y DubleyField y Lieber en América, defienden con las armas de la ciencia los fueros de la nacionalidad armónica. Es ella, al entender de Maacini (86), un ente formado por dos órdenes de factores, naturales unos como el territorio, la raza, la lengua, históricos otros como las tradiciones, los usos y la cultura, los cuales independientemente de ]a voluntad humana producen semejante organismo, y considerando como Ley providencial y divina la que crea y conserva las nacionalidades , viene á afirmar que ellas son el fundamento y el fin del Derecho de Gentes, y por consiguiente las personas y sujetos de esta. relación jurídica, al mismo tiempo que el ideal sublime de la organización. humana. También Mamiani expresa (87) que la. nación en sentido lato vale tanto como reunión ó sociedad de hombres que la misma naturaleza ha formado con sus manos y constituído mediante la mezcla de la sangre y la singularidad peculiar de las condiciones internas y extrínsecas, de tal modo que esta sociedad se distingue de las demás por todos los caracteres esenciales que pueden diferenciar las gentes entre sí, como la especie, la lengua, la religión, la índole, el territorio, la tradición, las artes y las costumbres. El mismo Casanova (88) discurriendo sobre la paz universal, afirma que ésta debe fundarse en la fraternidad predicada por Cristo; pero que tal fraternidad no existe, ni podrá esperarse mientras las. naciones sean tratadas como lo han sido muchas hasta e! presen -te, mientras razas enteras sean vejadas y oprimidas por otras. Agrupar, pues, las Nacionalidades, reconstruir el mundo por razas ó lenguas como plugo á Dios dividirle; pararse ante las barreras de los. montes, mares y ríos con que trazó esta división, en vez de constituir entre los pueblos vínculos artificiales y caducos; tratar de consolidar las establecidas por la Providencia; dar libertad á las Naciones dentro y fuera, en la Constitución del Estado y en sus relaciones exteriores; tal es la empresa á que deben consagrarse los grandes estadistas, si quieren que la asendereada Humanidad respire alguna vez, si quieren que se diga de ellos lo que se dijo de Newton «se encontró con el pensamiento del Creador.» Y Laurent, el fecundo escritor belga , que tanto ha enriquecido la literatura jurídicointernacional con sus notables y voluminosas obras (89), llegó por último á decir que las nacionalidades no perte- — 52 — (11) Savigny - es el apóstol de la histórica.—Thibaut de la filosófica.— Krause de la armónica. (12) De jure belli ac pacis.—Mare liberum. (13) Mare clausum. (14) De vive. (15) De jure natura el gentium.—De officiis hominis et civis. (16) Otros muchos escritores figuran en el siglo XVII: El Doctor Zouch, Juris et judicii feciaiis.—Raehel, De Jure naturce et gentium.—Kuricke, Jure maritimum transeaticum.—Zentgrof, De origine, veritale et obligatione juris - gentium,; y en el Derecho internacional privado destacan los dos Voet, De Statutis.—Hüber, De conflicto legum.—Herfilas, De collisione /eguni.—Burgundins.—Rodembourg.—Henry.—Bretonier.—Conceji.—Mevius.—Mascarcli.—Titius, etc. (17) J'as gentium. (18) Derecho de Gentes. (19) De dominio maris.—De foro legatorum.--De rebus bellicis, libro I de sus Cuestiones de Derecho público. (20) Esprit des /o/s.—Cap. 3.°, libro I. (21) Projet de paix perpétuelle. (22) Extrait du projet de paix perpétuelle. (23) Otros muchos publicistas además de los citados florecen en el siglo XVIII: como Rutherforth.—Barbeirac.—Real.—Heinecio.—Mably.— Valin.—Poitiers,---Los dos Mosser.—Dumont.—Emerigon.—Lampredi.— Galiani; y en el Derecho internaciona/privado:.Bouhier.—Boullenois y Froland, muy notables en materia estatutaria. (24) La bibliografía jurídico-internacional contemporánea enriquece de tal manera, que además de los escritores citados figuran en Italia: Mamiarn.—Paraldo,—Carnazza.—Amari —Esperson.—Rossi.—Romagnosi.— Casanova.—Sandona.—Fiore.—Palma.—Padelleti. — LuchesiPalli.— F io - ri ni .—Vidari. —De Gioannis; y singularmente en el Derecho internacional privado, Roco.—Brussa. —Buscemí.—Lomonaco y Saredo;—en Alemanta: Klüber.—Martens.—Garden.—Holtzendorff, y en el privado, Savigny.—Schaffner.—Wachtter y Bar;—en Francia: Pradier-Foderé.—Cauchy.—Cussy.—Ortolán, y en el privado, Foelix.—Demangeat.—Massé.— Chassat.--Durant y Barde; —en Inglaterra: Creasy.—Wildmam.—Manning.—Polson.—Lorimer, y en el privado, Burge,.—Westlake;--en los Estados Unidos: Lieber. —Kent.—Voolsey.—Halleck. —Davís, y en el privado, Wharton. 7 -Story; —en el Brasil: Pirnenta Bueno; — en Portugal: Pinheiro Ferreira.—López Guimaraes Pedrosa y Fernández Falcao;--cn Suiza: Brocher;—y en Holanda, Asser. (25) Diritto internazionale: Prelusioni.—Della nazionalitá. (26) Derecho internacional público de Europa. (27) Droit internacional codifié. (28) Manual de Derecho de Gentes de Europa. (29) Teoría, práctica y codificación del Derecho de Gentes. • — 53 — (30) Derecho de Gentes de paz y de guerra. (31) Derecho de los beligerantes. (32) Historia de la Humanidad (los tres primeros tomos se titulan Historia del Derecho de Gentes).—Derecho civil internacional. (33) Précis du droit des gens. (34) Traité des grises maritimes. (35) Les droit des neutres sur mer. (36) Droits et devoirs des nations neutres en temps de guerre maritime. (37) International Law. (38) The lace of nations considered as independent politieal com - munitie. (39) Elements du droit international.—Histoire du droit des gens. (40) Ensayo de un Código internacional. (41) Código de los extranjeros. (42) Principios de Derecho de Gentes. (43) Elementos de Derecho internacional (44) Le droil international theorigue et practique.—Manual de Droit international public et prioé.—Dietionaire du Droit international. (45) Congresos de los Pirineos de 1659.—Aquisgrán de 1663.—Nimega 1679.—Ryswick de 1697.—Aix -la-Chapelle de 1748.—Teschen de 1779. —París de 1783.—Rastadt de 1797,—Amiens de 1802 —Erfut de 1808.— Praga de 1813.—Aquisgrán de 1818.—Carlsbad de 1819.—Troppau de 1820.—Leybach de 1821.—Verona de 1822.—Panamá de 1826;—y Lima de 1847. (46) Augusto Conte.—Stuar Mill.—Littré.—Buckle.—Bugehot. — Es pi -nas.—Scháeffle.—Herbert Spencer, etc. (47) Discurso la recepción de D. Alejandro Pidal y Mon en la Academia de Ciencias Morales y Políticas. (48) Yhering, La, lucha por el Derecho. (49) Comprobado queda esto en el detenido estudio histórico de la lucha por las Nacionalidades. (50) La Nacionalidad como fundamento del Derecho de gentes. (51) Fustel de Coulanges, La ciudad antigua. (52) Gens, gentis, gentilis, genes, g la riere. genitor, filiación, familia. (53) Fratria, círculo compuesto de varias familias que tenían una misma religión, un mismo derecho y una organización común. (54) Curia romana, era lo que en Grecia la fratria. (55) Tribu, agrupación natural de muchas curias ófratrias. (56) Civitas, entidad que abarcaba muchas tribus. (57) Año 587. (58) Año 500. (59) Año 597. (60) Año 590. (61) Los dos hechos é ideas de personalidad y realidad dieron nacirnien- — 54 — to en la esfera del Derecho internacional privado á la Doctrina de los Estatutos, ora personales, ora reales ó territoriales, que imperó hasta estos tiempos en que la moderna y más racional Escuela de las Nacionalidades proclama la validez extraterritorial de las legislaciones, ínterin no quebranten el orden público y los generales intereses del Estado extranjero. (62) P1 y Margall, Las Nacionalidades. (63) Gladstone. (64) Mommsen, Historia de Roma. (65) Literatura acerca del estudio sobre las Nacionalidades: Mancini. Della nazionalitá come fondamento del diritto internazionale.—Lineamenti del vecchio é del 111,1000 diritto Melle genti.—La cita dei popoli nell umanitá.—Mamiani, Del principio di nazionalitá, apéndice á su Nuovo diritto Europeo.—Palma, Del principio de nazionalifá.—Celli, Del principio di nazionalitá.—Deloche, Du principe de nationalité.—Richard, Eludes sur les nationalités.—Popoff., Da mot et de l'idee de nation.— Laurent, Les nationalités , volumen X de Histoire de Manumite; Pi y Margall, La Nacionalidades.—Cánovas del Castillo, Discurso sobre la Nación, leído en la apertura del Ateneo.---Tanibién Casanova,—Gioberti. —Brusa.—Curatti.—Bluntschli.—Mill.—De Parieu.—Boucher.—Jozón.— Lieber y otros más se ocupan de este asunto dentro de sus obras generales. (66) La Politique internationale aplica á esta. ciencia el criterio positivista. (67) Padre del positivismo moderno. (68) Struclure et vie du corps social. (69) Les sociétés animales. (70) Principies olSociology. (71) Voltaire es el representante de la escuela escéptica, cuyo credo es la negación de las leyes históricas. (72) La escuela fatalista se presenta bajo Vico y \Veker como fatalismo de las leyes, y bajo Thiers como fatalismo de los hechos. (73) Principio naturalista. (74) El fecundo principio de la extraterritorialidad, proclama la validez de las legislaciones de unos países en otros cuando de ciudadanos propios se trata. (75) Compréndese bajo esta expresión el criterio de la raza corno único informante de las Naciones. (76) Estudio sobre las razas. (77) Alsacia y Lorena. (78) Criterio según el cual es la lengua ó el idioma el principio causante de las Nacionalidades. (79) Primer escritor italiano conocido y Profesor de Bolonia que en el siglo XIV publicó los dos tratados De bello y De reprwsaliis. (80) De legazioni y Arte de la Guerra. — 55 — (81) De re militari et de bello. (82) De advocacione Hispanice; De legationibus, —De jure belli. (83) La prímiti va escuela italiana internacional es, cual la española, pre cnrsora de la iniciada por el llamado padre de la ciencia. (84) Verdadero jefe de la moderna escuela italiana de las Nacionalidades. (85) Casi la totalidad de los escritores de Italia comulgan en esta escuela. (8(6) La Nacionalidad corno fundamento del Derecho de gentes. (87) Apéndice al Nuovo D 7 ritto europeo; Del principio di nazionalitá. (88) Lezioni di finito internazionale. (89) Historia de la Humanidad, volumen de Las Nacionalidades. (90) Esta distinción es más oficial que científica, porque todo Derecho internacional es por su misma índole público, por referirse á las relaciones externas de los Estados. (91) Como quiera que nuestra ciencia estudia el aspecto internacional de todo el Derecho, comprenderá dentro de si las ramas jurídicas todas y habrá un Derecho internacional civil, otro mercantil, otro penal, otro político y otro procesal. (92) Flore. (93) La Nacionalidad de cultura no constituye á nuestro entender una verdadera teoría, y sí tan sólo un concepto abstracto de aquel ente que necesita ser determinado por otro criterio, como la raza, la lengua, la historia ó la tierra, pues no siendo posible hacer grupos matemáticos de cultura, no podrán constituirse ni limitarse las Naciones por virtud de ese principio. Por eso no tratamos bajo dicho aspecto tal criterio imperante en Alemania, ni al moral propio de Suiza, ni tampoco el religioso, ni por fin el americano, que al hacerlo radicar en la unidad de gobierno libre y autónomo, forma más bien un Estado que un ente nacional. (94) Plan seguido en este trabajo: Introducción. Lucha histórica por las Nacionalidades. Lucha filosófica por las Nacionalidades. Lucha naturalista por las Nacionalidades. Lucha etnográfica por las Nacionalidades. Lucha filológica por las Nacionalidades. Lucha armónica por las Nacionalidades. Conclusión. Y