Vestigios de doscientos años: México, historia política y biografía
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RESEÑAS Vestigios de doscientos años: México, historia política y biografía Mauncio Sáez de Nanclares Enrique Krauze: Siglo de caudillos. Biografía política de México (1810-1910), Barcelona, Tusquets, 1994. Biografía del poder. Caudillos de la revolución mexicana (1910-1940), Barcelona. Tusquets, 1997. La presidencia imperial. Ascenso y caída del sistema político mexicano (1940-1996), Barcelona, Tusquets, 1997. Con La presidencia imperial, publicada en 1997, Enrique Krauze culmina lo que ha terminado siendo una trilogía, compuesta, además, por Biografía del poder -cuya primera versión se publicó durante los años 80y Siglo de caudillos, obra con la que su autor obtuvo, en 1993, el Premio Comillas de Biografía. Esta trilogía constituye una obra notable en la que su autor ha desarrollado una peculiar concepción del trabajo de historiador. La tarea que Krauze ha emprendido en la trilogía se encuentra atrapada en medio de una tensión inicial: ha querido elaborar una historia política de México a partir de las biografías de sus principales personajes -y con ello se está rindiendo tributo al laborioso quehacer de historiadores y agentes del poder estatal, aquellos que han escrito la historia nacional, una de las piedras maestras de la propia "construcción nacional" -. Hay varios aspectos de esta tensión. La biografía emplea acercamientos a la vida de una persona, como mucho a los círculos que frecuenta, según se suele decir; la historia política ofrece visiones panorámicas en las que aparecen tramas complejas donde intervienen diversos actores, procesos de largo alcance; usualmente, una historia política se refiere al conjunto de sucesos que han tenido lugar en tomo al hecho de enfrentar (y resolver o no) el problema político de una unidad históricosocial. Al biógrafo le preocupa penetrar en la intimidad de los personajes: actúa como un intruso que husmea en su vida privada; el historiador, sobre todo si se ha embarcado en la tarea de elaborar una historia política, huye de la intimidad y examina la vida pública. La biografía produce relatos en los que
Vestigios de doscientos años: México, historia política y biografia 173 nos reunimos con los personajes, adquirimos familiaridad con ellos; los observamos como se mira a alguien cuando se han desmoronado las paredes que nos hacían contemplarlos como seres inalcanzables. La historia política observa la vida de los individuos en la medida en que resultan significativas para el problema político enfrentado. Tanto en materia de interés cognoscitivo como en lo que respecta a las exigencias lógicas, discursivas y estilísticas que entraña cada una de estas modalidades, entre la biografía y la historia política hay una heterogeneidad cuya conciliación resulta, cuando menos, problemática. Dos planos, dos historias El procedimiento empleado a lo largo de la trilogía para enfrentar este desafío consiste en construir los dos planos por los que habrán de transcurrir sendas historias. En uno de ellos aparece, en calidad de señal orientadora, el problema político, que queda planteado en el mismo momento en que se erige la pretensión de constituir un Estado, el México independiente con el que, en cierto sentido, arranca el siglo XIX. En este plano, la secuencia histórica adquiere aquel "ritmo lento" del que ha hablado Braudel: un conjunto de respuestas institucionales que, a la vuelta de los años, o bien terminan siendo insuficientes, inestables y carentes de apoyo, tal vez sencillamente inadecuadas; o bien se consolidan y adquieren la marca duradera de lo instituido. Es en el segundo plano precisamente en el que aparecerán las biografías: el plano de los individuos y los grupos, el de las experiencias individuales que marcan a los personajes y los llevan, en medio de los avatares propios de una perspectiva biográfica, a situarse en uno de los polos donde habrán de elaborarse aquellas respuestas que irán a parar al plano indicado en primer lugar. De esta manera, el problema político, el núcleo de la historia del ritmo lento, sirve como una especie de trasfondo de las acciones que comprenden este segundo plano, el propiamente biográfico. Entre ambos hay una pieza que los articula: las generaciones. Con este concepto, tomado de Ortega y Gasset, Krauze ha elaborado el mecanismo por el cual las biografías pueden adquirir peso en la historia. Las generaciones no sólo constituyen un espacio en el que ciertas ideas se reafirman por medio del trabajo constante que las interacciones cotidianas ejercen en sus miembros; también representan el artefacto por el que esas ideas, y las biografías a las que están contingentemente adheridas, llegan a la vida pública, reciben apoyo y desafían a los adversarios. Las biografías se enlazan en generaciones y son éstas -no los individuos considerados por separadolas que poseen la capaci-
174 Araucaria Nro. 2 dad de intervenir en los hechos históricos por medio de las respuestas que van elaborando y construyendo. El problema político central está formulado en una pregunta en torno de la cual todo mundo se alinea: ¿monarquía o república? Una lectura de la obra que mantenga presente esta perspectiva del ritmo lento advertirá su carácter plenamente actual, a despecho de la respuesta, contundente en apariencia, con que la propia letra constitucional establece el polo que ha resultado, a su modo, ganador: la república. No es gratuito que el tercer volumen de la trilogía tenga por título un oxímoron: la presidencia imperial. De un incierto siglo de caudillos, tras un largo período en el que no habrán de estar ausentes algunos desventurados ensayos, se llega a ese contrasentido contemporáneo: república pero monárquica, monarquía pero republicana. Después de la larga travesía, el plano de la historia política llega a revelar algunos misterios de la pseudosolución construida, esa "paradoja real" que es el régimen político mexicano. Con una mezcla especial de crueldad y sabiduría, su historia ha sabido incorporar -por medio de una cierta clase de Aufhebung hegeliana, ese suprimir, incorporar y superar simultáneolas opciones derrotadas: complicidad que la convierte en un enorme campo de negociaciones y transgresiones continuas. Hay que agregar que el problema político, al menos en el tratamiento que ofrece la trilogía, no se reduce a lo anterior. Repárese en que la larga lista de nombres que corresponden a los personajes biografiados son los mismos que llenan al país en sus plazas, sus calles, sus jardines, ciudades, monumentos ... Es decir, la vida cotidiana -laicade la inmensa mayoría de los mexicanos. Pero ¿es la historia política mexicana un proceso efectivamente laico, como se ha empeñado la versión oficial en hacerlo aparecer? Pareciera que la "historia nacional" caminase en paralelo con la secularización que ha vivido México: los personajes históricos son algo parecido a una encarnación de ese proceso. Se pierde de vista, de este modo, que tal catadura no es sino la versión que ha elaborado el polo ganador de la disputa. Un mérito de la trilogía es que pone bajo la sospecha de simulación este laicismo histórico y, al hacerlo, consigue que este ingrediente aparezca de manera continua, no sólo como aquel enfrentamiento entre instituciones con sus grandes pretensiones de dominación, sino como un componente del comportamiento de muchos personajes. Juárez y Díaz aparecen caracterizados como "místicos del poder"; Zapata habrá de representar la vida comunitaria de los pueblos campesinos indígenas, con sus santos y sus creencias profundas; y Cárdenas actuará también como movido por una fe que en poco habrá de distinguirse de la que anima la actitud religiosa.
Vestigios de doscientos años: México, historia política y biografía 175 Podría continuarse, en esa línea, cuestionando por aquello que se le hace aparecer como verdad irrefutable, deslizado en el aparentemente inocuo lenguaje clasificatorio, esa doxa que se forma rutinariamente por la acción a la vez sistemática e irrebatible de lo que "sencillamente es así": la historia de México ¿es realmente una historia nacional, una historia hecha sólo por mexicanos, es decir personas cuyos cuerpos nacieron en este territorio y cuyos espíritus tuvieron siempre en la mira lo que acabó siendo narrado como nación? Pues bien, no. Efectivamente, en ese siglo de caudillos han de aparecer quienes abogaron por un México a la española, como los criollos, o un México a la francesa, como los conservadores. Maximiliano no sólo tiene una biografía, sino también su propia concepción del problema político, para el que propuso soluciones. Durante tanto tiempo se ha aceptado que el problema político de México era una tarea de los mexicanos (dicho con ese tono exclusivista que al mismo tiempo estimula y revela un nacionalismo un tanto inmaduro), que hay que considerar un acto de tardía justicia esta inclusión, aunque le produzca migraña a los edificadores de la doxa nacional. Con todo, lo específico de la empresa que ha acometido Krauze es que está hecha para convertirse en una versión, ya que no nueva -hay un dilatado catálogo de estudios históricos que han ampliado la estrecha versión oficial-, sí influyente de la historia, una versión compartida por muchas personas, una versión que habrá de transmitirse ya no en las aulas de las escuelas primarias, sino por televisión. La trilogía está hecha para disputarle a la oficial, en el campo mediático, su ascendiente. Las investigaciones de Krauze ya han servido para la producción de telenovelas históricas y documentales; y quizá estén a la espera de ser convertidas en películas. Motivos y razones Para un propósito de ese tipo puede ser que resulte útil el enfoque biográfico. Un manejo diestro de sus procedimientos será capaz de convertir un relato cansado y minucioso en una excitante inspección de la vida de los personajes (con alguna dosis de morbo, probablemente). Pero hay que advertir que aquí cobra presencia la tensión entre el enfoque biográfico y la historia política. La biografía, especialmente la que elabora Krauze, persigue los motivos de las acciones: es capaz, incluso, de escarbar en el pasado del personaje para encontrar ahí, en detalles, el combustible que le ha llevado a actuar ulteriormente de algún modo determinado. Uno de los ejemplos quizá más ilustrativos es el de aquel liberal del siglo XIX, Melchor Ocampo, el mismo
176 Araucaria Nro. 2 que se encargó de elaborar la legislación en materia familiar con la que el naciente Estado mexicano operaba la separación respecto de la iglesia. El enfoque biográfico adoptado permite adelantar hipótesis que pueden resultar desconcertantes para quien aún se encuentra seducido por la estereotipada versión oficial. Ocampo, héroe ejemplar, acometió esa tarea, al parecer, por su propio pasado, un pasado en el que aparece continuamente la huella de su abandono en un orfanato. Sin embargo, desde el punto de vista de la historia política -esa perspectiva que tiene en la mira la contingente solución al problema político del México independiente-, materias de este tipo -que sin duda pueden ser muy efectivas si se les explota acertadamente en los mediatienen el vago aroma de lo irrelevante: lo que cuenta son las razones esgrimidas por los propios personajes en relación con sus acciones. Para los contemporáneos, los motivos son inaccesibles (ni siquiera las versiones añejas de los actuales paparazzi podrían ponerlos enteramente de manifiesto); lo único con que se cuenta son las razones, esa sustancia que, traducida en argumentos y vertida en la vida pública, convierte en interlocutores a todos aquellos para los cuales el problema político posee significación. El interés cognoscitivo de la biografía persigue los motivos, ese componente del fuero interno -si acaso estamos en condiciones de seguir llamándole "fuero" -que mueve a la acción; para la historia política, el interés está, principalmente, en las razones, pues es en relación a ellas que el desempeño del personaje adquiere dimensiones. Ahora bien, es evidente que entre los motivos y las razones de los personajes biografiados no hay coincidencia. La lectura de la trilogía hace aparecer verosímil que Madero incursionara en la arena política en buena parte por sus filiaciones espiritistas, en lo cual no fue ajeno un mensaje admonitorio de su hermano muerto; que buena parte de las acciones emprendidas por Carranza se vieran influidas por su experiencia fronteriza, y que su actuación como revolucionario se basara en la creencia de estar repitiendo aquellas acciones heroicas que su condición de apasionado de la historia le permitía conocer; que en la actuación de Villa estuviera presente de manera constante lo que su biografía le había deparado como cuatrero. Mientras los motivos de las acciones van por un lado, las razones que ofrecen públicamente, cuando lo hacen, son, por lo común, otras. ¿Significa esto que la historia está hecha a base de mentiras? No hay que dejarse llevar por una pregunta formulada así: la vida social está edificada sobre esta inaccesibilidad de los otros, a lo cual no escapan ni siquiera los héroes nacionales. Importa, sí, plantearse otra cuestión: ¿las razones ofrecidas por los personajes son simples racionalizaciones de sus motivos, un mero acto de poner en palabras más o menos convincentes cualquier cosa menos los "verdaderos motivos"? Ciertamente, no . Para que esas razones
Vestigios de doscientos años: México, historia política y biografía 177 tengan algún valor hoy, tendrían que haber reivindicado con algún grado de éxito su pertinencia para la solución del problema político que tienen como referente continuo. Hemos de ajustar cuentas con las razones, no con los motivos. Mientras que por mediación de estos últimos tendremos la ocasión de adquirir, en el mejor de los casos, lo que podría llamarse una admiración mesurada por los personajes -ese atributo que, en cierto modo, revela la madurez con que un país puede llegar a codearse con su propia historia-, con las razones estamos exigidos a sopesarlas y, llegado el caso, a ofrecer otras (con lo que, dicho sea de paso, estaremos contribuyendo a edificar una suerte de racionalidad en la historia). Y es que el lector de la historia política, tal vez sin advertirlo, se desdobla: al tiempo que lee, se habilita como partícipe de esa comunidad donde cuentan o podrían contar las razones; en suma, el lector ejerce imaginariamente su ciudadanía; con el discurso biográfico -al menos de la variedad en la que Krauze es tan conspicuoel lector es llevado a un rincón donde, lo quiera o no, termina actuando como intruso. La tensión mencionada al principio cobra su máxima intensidad en este punto: el historiador biógrafo Krauze, ante él, se verá apremiado a ser más historiador o más biógrafo, a construir un lector más ciudadano o más husmeador. El balance general de la trilogía es decoroso; sin embargo, no consigue sostener la consistencia del discurso en todos los momentos. Siglo de caudillos Siglo de caudillos principia en las fiestas del centenario: se cumplían cien años de la independencia y el orgulloso régimen porfirista se presentaba a sí mismo como la culminación de una historia de progreso. En medio de la contemplación del esplendoroso acto, al hacer un recuento de lo que ha sido ese siglo, empiezan a aparecer en la memoria aquellos personajes que hasta ese momento habían permanecido como silenciosos invitados: Juárez, Hidalgo, Morelos ... Poco a poco, el lector es transportado a otros tiempos, cien años exactos: los días en que daba inicio el siglo que aún celebran los emperifollados asistentes al festejo de Don Porfirio. Nuestro autor aprovecha ese resquicio para presentar el tema del problema político que se ha enfrentado a lo largo de ese siglo. Al reflexionar sobre la limitada interpretación que de él tienen los porfiristas (y que se ha expresado claramente en el propio festejo), se abre un prolongado paréntesis -que ocupará prácticamente todo el libroque habrá de servir para conocer de cerca a los personajes históricos y para reflexionar, con el auxilio de su privilegiada mirada, sobre lo que ha ocurrido
178 Araucaria Nro. 2 con el problema político que colectivamente han enfrentado. El libro termina cuando ya se ha recorrido todo el siglo: los personajes se han mostrado de cuerpo entero, y Madero recorre el país abriendo con ello una nueva época. Días después del sonado festejo, el régimen que representaba al progreso, el porfirismo, tendría que reconsiderar: algo dejaría de cuadrar entre su versión y la sacudida que estaba por venir. Quedaban tensiones, problemas que no habían encontrado solución en esos cien años. El punto de vista narrativo del texto incita simultáneamente a revisar qué ha sucedido con el problema político y a conocer a quienes han intervenido directamente en los sucesos. Esta es la operación con la que Krauze consigue construir los dos planos por los que transcurrirán sendas historia: las biografías y la historia política (lo cual, además, está expresado en el subtítulo del volumen: se trata de una "biografía política"). Siglo de caudillos está organizado en cinco partes. La primera, como ya dijimos, construye la perspectiva con que habrá de retrocederse un siglo exacto. Las siguientes partes están dedicadas a las generaciones: sacerdotes insurgentes, criollos, liberales y la generación que acompañó a Porfirio Díaz. En realidad, las partes 11 y 111 están dedicadas a la misma generación, la de los criollos, pero se divide en dos para situar, por un lado, a los sacerdotes insurgentes, y por el otro, a los criollos militares (Iturbide y Santa Anna, principalmente). Simétricamente, en las últimas dos partes aparece la misma generación, la de los liberales, que en principio rodean a Juárez y terminan apoyando a Díaz, los dos "místicos del poder". A diferencia de Biografía del poder y de La presidencia imperial, el primer volumen muestra un especial empeño por hacer aparecer el carácter colectivo de la biografía. La estructura de los capítulos ayuda a este propósito, pero la articulación de las biografías se produce por los mecanismos de formación de grupos, sobre la base de afinidades en las creencias, y por la construcción de una lectura específica del problema político, ese referente constante. Los hechos históricos aparecen, así, como observados por la mirada de los personajes y -cuestión todavía más complicadapor las generaciones. Mediante este procedimiento, se aligera la tensión entre motivos y razones. La perspectiva de los personajes contribuye a mantener presente al lectorciudadano, aquel que está concernido con las razones, aunque hay que decir que el lector más interesado en los motivos podrá continuar su indiscreta inspección sin mayores problemas. Los primeros en aparecer son, pues, los sacerdotes insurgentes, Miguel Hidalgo y José María Morelos. Que los dirigentes del movimiento independentista sean dos sacerdotes es revelador, a juicio de Krauze, de que el problema
Vestigios de doscientos años: México, historia política y biografla 179 político que habría de configurarse a lo largo del siglo tiene en su interior una tensión peculiar entre el pasado y el futuro, . entre la tradición y la modernidad. El movimiento independentista plantea el problema de construir un Estado en un mundo donde ya se exige -la representación de la modernidadque sea capaz de incorporar al mismo tiempo un pasado religioso e indígena, cuya expresión arrebatada opera por medio de la figura de Hidalgo. El "padre de la patria", como se lo conoce en la jerga oficial, aparece con sus matices, uno de los cuales -que no deja de ser turbadores su creencia en el poder purificador de la violencia. Ciertamente, la generación mejor ensamblada -quizás por la acción de su propio peso en la historia dominantees la liberal. La generación de los criollos es, por su parte, la menos articulada, la que históricamente aparece como una criatura desmadejada y confusa -sin duda por la acción de un discurso dominante que de conservadora la ha convertido en "retrógrada", "reaccionaria", contraria al progreso, por medio de una falacia que a fuerza de repetirse deviene hecho cierto-o De esta generación, Siglo de caudillos se detiene en dos personajes, Agustín de Iturbide y Antonio López de Santa Anna. El primero, uno de los principales artífices de la consumación de la independencia, ha sido colocado en la historia oficial, de manera un tanto artificiosa, del lado de los villanos, seguramente por haber encabezado la primera experiencia de erigir un imperio, que por su duración y escaso éxito tiende a ser visto como una farsa. El segundo, quien hizo de su caudillismo una verdadera aventura personal, el mismo que dirigió la nación (si se le puede llamar así) durante largos períodos del siglo XIX, ha tenido que cargar largamente con el peso de haber estado al frente del país cuando Estados Unidos se adueñó de un territorio que en los hechos nunca había sido, propiamente hablando, mexicano. Ambos representan una opción históricamente derrotada que, no obstante, ha ingresado de contrabando en las estructuras políticas. Cada generación ofrece no sólo sus personajes, sino también sus limitaciones, sus dramas internos y sus lecciones para el futuro. El drama principal de la generación de los criollos es que se muestra incapaz de ofrecer una respuesta coherente al problema político, en parte por su falta de coherencia interna. Los caudillos tienen una idea demasiado remota del problema que están enfrentando, y los pensadores más lúcidos (Mora y Alamán) están social y políticamente aislados, especialmente el primero. Es claro que las propias carencias institucionales de la época obran en contra de la coherencia que habría requerido esta generación. Pero, a lo largo de las páginas subsiste una impresión más: el problema político, ese núcleo de la historia que la propia generación está escribiendo, no ha desarrollado aún todas sus posibilidades.
180 Araucaria Nro. 2 La generación liberal, en cambio, tiene una comprensión más clara del problema que enfrenta: éste ha desplegado aún más sus posibilidades y riesgos. Siendo, sin embargo, coherente internamente en las respuestas que elabora, esta generación derruye de modo paulatino y sistemático aquello que había sido su ideario: las instituciones que han ido forjando no se han fundido con las formas vigentes de la vida social; no están, pues, instituidas. Es la generación que edifica la versión ganadora, pero, al mismo tiempo, termina derrotada, no por el paso ineluctable de los años, sino por un proceso de otra índole: el componente autodestructivo de la "mística del poder" de Juárez. La generación acaudillada por Porfirio Díaz, que accede al estrado durante el último cuarto del siglo, puede verse como la que encarna una cierta maduración política, un paulatino envejecimiento institucional, paralelo al del propio caudillo y en contraste con esa juventud política que parece representarse a través de su predecesora. Los arreglos políticos porfiristas parecen expresar una "educación sentimental" flaubertiana, esa habilidad para transigir por cuya mediación se han logrado aliviar las heridas que no fueron curadas en su día por una generación en varios sentidos inmadura. La paz porfiriana, época dorada de la estabilidad, parece descansar en la malicia instituida, la misma que ha producido un pacto histórico entre las fuerzas que anteriormente habían dividido al país en la lucha por imponer la respuesta al problema político. Una · frase de Justo Sierra, a propósito del régimen en la época de Díaz, expresa este arreglo, que de todos modos habría de ser inestable: "vivimos en una monarquía con ropajes republicanos". Siglo de caudillos es el volumen en que la tensión mencionada al inicio aparece mejor tratada. Aquí el Krauze biógrafo no derrota al Krauze historiador, como ocurre en varias partes de Biografía del poder. Tanto las biografías como el ensamblaje de las generaciones tienen permanentemente como trasfondo el problema político del México independiente. Además, el procedimiento adoptado permite evitar dos técnicas defectuosas: la primera, que los grupos se presenten como si se tratara de una especie de obra teatral en la que ya están dispuestos los papeles y sólo falta que aparezca ese "actor colectivo"; la segunda -en cierto modo similar a la primera-, que esos grupos sean una versión mexicana de sus homólogos en los procesos, digamos, clásicos de edificación de los Estados (clases medias, profesiones liberales, burguesía, etc.). Las generaciones que se van construyendo aparecen en parte por los desafíos que se hacen presentes a todo mundo, y en parte por esas contingencias gracias a las cuales ciertas biografías pueden entrelazarse y adquirir su carácter colectivo.