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Internet y esfera pública: nuevas formas de deliberación política en la sociedad civil

Macías Rodríguez, Pedro

Abstract

El texto discute sobre la transformación de la sociedad civil y del surgimiento de un nuevo tipo de deliberación política en el seno de la sociedad en red. Para ello se analizan los cambios producidos en la esfera pública como consecuencia del desarrollo de la comunicación digital. La fundamentación teórica se apoya en la teoría de la acción comunicativa y de la democracia deliberativa de Jürgen Habermas. También recurre a la teoría de Manuel Castells sobre la sociedad en red, así como a diversas ideas de autores relacionados con la teoría crítica de la economía política. Entre las principales aportaciones figura la redefinición del concepto de esfera pública. También se alude a los cambios culturales y económicos que se están produciendo en la nueva era digital, relacionados con la hiperconectividad y la hipercomunicación. Finalmente se describen las oportunidades y los riesgos de internet. Por un lado, la red puede contribuir a mejorar la calidad de la democracia y al desarrollo de un nuevo tipo de identidad política ciudadana, que permitiría generar y expandir una esfera pública global. Por otro, puede ayudar a incrementar el control sobre la ciudadanía por parte de los gobiernos y promover el individualismo. Por este motivo, se demanda una mayor promoción de las cultura cívica y una mayor protección del nuevo medio digital.

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— 171— CAPÍTULO XI INTERNET Y ESFERA PÚBLICA: NUEVAS FORMAS DE DELIBERACIÓN POLÍTICA EN LA SOCIEDAD CIVIL Dr. Pedro Macías Rodríguez CESAG-Universidad Pontificia Comillas Resumen El texto discute sobre la transformación de la sociedad civil y del surgimiento de un nuevo tipo de deliberación política en el seno de la sociedad en red. Para ello se analizan los cambios producidos en la esfera pública como consecuencia del desarrollo de la comunicación digital. La fundamentación teórica se apoya en la teoría de la acción comunicativa y de la democracia deliberativa de Jürgen Habermas. También recurre a la teoría de Manuel Castells sobre la sociedad en red, así como a diversas ideas de autores relacionados con la teoría crítica de la economía política. Entre las principales aportaciones figura la redefinición del concepto de esfera pública. También se alude a los cambios culturales y económicos que se están produciendo en la nueva era digital, relacionados con la hiperconectividad y la hipercomunicación. Finalmente se describen las oportunidades y los riesgos de internet. Por un lado, la red puede contribuir a mejorar la calidad de la democracia y al desarrollo de un nuevo tipo de identidad política ciudadana, que permitiría generar y expandir una esfera pública global. Por otro, puede ayudar a incrementar el control sobre la ciudadanía por parte de los gobiernos y promover el individualismo. Por este motivo, se demanda una mayor promoción de las cultura cívica y una mayor protección del nuevo medio digital. Palabras clave Internet, democracia, esfera pública, sociedad en red, deliberación política, democracia deliberativa. — 172— — 173— 1. Introducción, objetivos y metodología Para responder a la pregunta de si internet está cambiando los modos de deliberación política que surgen en el seno de la sociedad civil hay que establecer un punto de partida teórico. Dado que lo que interesa es indagar en la relación entre comunicación y poder democrático, hay que recurrir a aportes teóricos con una dimensión normativa que ayuden a distinguir procesos de comunicación más o menos válidos a partir de su contenido. En ese sentido, se hace perentoria una definición normativa de esfera pública que se pueda aplicar en cualquier sociedad que aspire a ser democrática. A partir de ahí cabe averiguar si los cambios culturales, económicos y políticos causados por la sociedad en red han traído consigo la aparición de un nuevo sujeto político y de un nuevo público que hayan transformado, a su vez, la configuración de la sociedad civil. También es necesario reflexionar acerca de qué hay que reivindicar desde el punto de vista democrático en un momento como el actual, en el que la red digital se ha desarrollado plenamente. Es por ello que los objetivos del presente texto se centran en cuatro cuestiones fundamentales: ¿Es posible que exista una esfera pública en la que participe la sociedad civil? ¿Cómo son la economía, la cultura y la política en la sociedad en red?¿La comunicación digital ha cambiado las estructuras de la esfera pública? ¿Dónde quedan la reivindicación democrática en un escenario como el actual? La metodología se basa en la revisión bibliográfica de obras pertenecientes a laTeoría de la Acción comunicativa y de la de la Democracia deliberativa de Jürgen Habermas como Historia y crítica de la Opinión Pública (1962), Problemas de legitimación del capitalismo tardío (1973), Teoría de la acción comunicativa (1980), La inclusión del otro (1988), Facticidad y Validez (1992), y la Constelación Postnacional (1998). Las ideas de Habermas han sido completadas con las de autores críticos con ellas como Nancy Fraser (1996), Sinnika Sassi (1996), Seyla Benhabib (1996), Geoff Eley (1996), Judith Butler (2011), Chantal Mouffe (1999), Eva Erman (2009), Axel Honneth (2014), Adam Seligman (1992), John Morris Roberts (2004) y Kenneth Baynes (1994). También usamos las teorías de Manuel Castells sobre la sociedad en red y las de varios autores de la economía política como Tizziana Terranova y Christian Fuchs. 2. La nueva esfera pública Desde su teoría de la acción comunicativa y la democracia deliberativa, Jürgen Habermas establece una clara relación entre comunicación y legitimación del poder político. De acuerdo con Axel Honneth (2014), el modelo de la esfera pública de Habermas es un punto de partida esencial para entender las conexiones entre conocimiento y libertad. — 174— A través de Historia y crítica de la opinión pública (1962), Teoría de la acción comunicativa (1980) y Facticidad y validez (1992) Habermas plantea dos modelos normativos para legitimar el poder político por medio de la comunicación: el modelo de esfera pública y el modelo de deliberación política. Son dos modelos que se complementan. En realidad, se puede decir que Habermas, con el tiempo, realiza una reformulación del modelo de esfera pública incorporándole la perspectiva deliberativa. En el modelo de esfera pública Habermas establece que existe un espacio abstracto de concurrencia de ideas situado entre la sociedad civil y el Estado al que los sujetos acceden a través de flujos de comunicación, de forma intersubjetiva y libre, para poder intercambiar discursos racionales y morales. A través de tales discursos, se construyen reivindicaciones que atienden al interés común y que se constituyen en opinión pública crítica, que deberá ser tenida en cuenta por el sistema político en aras de legitimar el poder y tomar decisiones que afecten al conjunto de la ciudadanía. Dentro de este proceso, Habermas da un valor esencial a los procesos comunicativos, a cómo se construyen y a cómo a partir de éstos la opinión pública que se genere puede ser manipulada o crítica (la opinión pública manipulada desvirtúa la esfera pública por lo que para legitimar el poder político sólo valdría la opinión pública crítica). Habermas no sólo se conforma en describir las estructuras y los canales comunicativos que permiten la participación de la sociedad civil en la construcción y el control de la democracia a través de una esfera pública, sino que también observa cómo se producen en tales estructuras y canales una serie de cambios que acabarán causando, a su parecer, la decadencia de la esfera pública desde el momento de su aparición. Autores como Nancy Fraser (1996), Sinnika Sassi (1996), Seyla Benhabib (1996), Geoff Eley (1996) y Judith Butler (2011) demandan que la esfera pública atienda a una mayor pluralidad de puntos de vista que la exigida por Habermas, teniendo en cuenta la particularidad de los públicos y la existencia de diversas esferas públicas y no de una sola. Por su parte, Chantal Mouffe (1999) afirma que la esfera pública debe entenderse desde una concepción plural y agonista. Eva Erman (2009) reivindica la aceptación del conflicto como un punto de partida que conduce a la transformación de las propias y personas y de las relaciones que mantienen entre ellas. Honneth añade que es necesario hablar de las esferas de los asuntos políticos, de las relaciones económicas y de las relaciones personales, que según él entran en contacto continuamente. Adam Seligman (1992) y John Morris Roberts (2004), en la línea de Habermas coinciden en apuntar que el gran problema de la esfera pública es la injerencia de un discurso único de carácter persuasivo y que atiende a unos intereses particulares que nada tienen que ver con el interés público. — 175— La discusión a través de los autores anteriormente citados e, insisto, especialmente de Habermas, permite definir un modelo normativo de esfera pública aplicable a las sociedades que aspiren a ser democráticas. Para la existencia de la esfera pública deberían cumplirse las siguientes premisas: 1) Existencia de un espacio abstracto de concurrencia de ideas, ubicado entre el Estado y la sociedad civil, donde pueda tener lugar la deliberación pública. 2) Desarrollo de una sociedad civil libre y democrática compuesta por públicos particulares, múltiples, conectados, críticos y reivindicativos que supervisen la agenda política. 3) Posibilidad de una comunicación social comprensible, libre de coerción, que comience en un espacio simbólico común, que permita el discurso intersubjetivo, en un contexto de racionalidad y ética y que quedé garantizado por el derecho. 4) Coexistencia y relación de la esfera pública con la esfera de las relaciones sociales y la esfera de la economía. 5) Unos bordes porosos entre la esfera privada y la pública, que obliguen a renegociar continuamente la naturaleza de los asuntos. 3. Internet y transformación social Manuel Castells (2012) afirma que internet ha ocupado el centro de la organización social y que está generando cambios rápidos y sustanciales en la economía, la cultura y la política. Debido a internet, los países desarrollados han dejado atrás la sociedad de la información y se han adentrado en una sociedad en red hiperconectada que, de alguna manera, también influye sobre los países en vías de desarrollo ya que los cambios van teniendo un progresivo alcance global. Desde el punto de vista cultural, estamos ante los seres humanos más comunicativos de la historia. Para Roger Silverstone (2006), el sujeto tiene un poder de mediatización como nunca antes: «crea significados, persuade, refuerza, guía la reflexión y la reflexividad, enfoca e informa, explica y articula recuerdos, presenta, revela, ofrece acceso y participación, escucha, habla y es escuchado». Es un poder de mediatización nunca antes visto y, con el permiso de McLuhan, representa que el sujeto puede ser una red, un medio y un mensaje. Los sujetos ponen en práctica procesos comunicativos similares a la actividad de los medios de información, a través de internet, como medio que — 176— mejor se ajusta a la naturaleza de la comunicación humana. El comportamiento hipercomunicativo del sujeto actual es indudable. Con todo ello, a día de hoy a sociedad en red habría empezado a representar una serie de transformaciones políticas, que afectarían a los sujetos, al público de la sociedad civil y a las estructuras de la esfera pública. Mark Poster (1997) considera que el sujeto, gracias a internet, está especialmente informado; Peter Dahlgren (2000) justifica que se pueda hablar de un nuevo tipo de cultura cívica; Jodi Dean (2003) advierte del peligro que representan determinados cambios económicos que comporta internet; y James Bohman (2004) pone el énfasis en la titularidad privada de internet y en sus consecuencias para la democracia. Desde la economía política, Christian Fuchs (2009) y Tizziana Terranova (2000) apuntan que la información se ha convertido, a día de hoy, en una de las más preciadas mercancías para las corporaciones empresariales presentes en internet. En este sentido la producción de información de los usuarios en internet se puede considerar «trabajo» ya que los sujetos elaboran el producto con el que las coporaciones obtienen beneficios. Internet supone un paso más en la ideología neoliberal económica ya que promueve un nuevo tipo de trabajo basado en la cultura del «hazlo tú mismo». Este nuevo tipo de economía está al servicio de las grandes corporacioens tecnologícas que exigen que los consumidores de información hagan una inversión previa para posteriormente producir contenido para ellas. El fenómeno se puede denominar «ciberneoliberalismo», como máxima representación de los modos de entender la economía de un pequeño grupo de empresas tecnológicas que están acumulado un gran poder informacional y económico. En este contexto el modelo de internet abierto y gratuito (open source) apenas tiene relevancia. 4. Internet y democracia Internet está siendo tenido muy en cuenta por el poder, entendiendo que el poder lo ostentan, como dice Zygmunt Bauman (2013: 118) «aquéllos que tienen capacidad para cambiar las cosas». A lo largo de la historia hemos visto como se ha acusado a los poderes políticos y económicos de realizar continuas injerencias sobre los medios de comunicación social con la intención de controlarlos o, directamente, apropiarse de ellos. Estamos ante una nueva forma de comunicación sobre la que intervienen los poderes de las corporaciones y de los estados, pero que quizás también puede ser usada por la sociedad civil para hacer aportaciones discursivas válidas para la democracia, denunciar el control que puede ejercer el propio poder, llamar a la movilización, desmontar la persuasión y desenmascarar la mentira. — 177— No en vano, son muchos los autores que, como Poster, afirman que internet podría ofrecer nuevas posibilidades de contribuir a la formación y el sustento de la democracia. También en este sentido, para Sassi la red digital es sujeto y objeto en el actual proceso de transformación democrático. Al plantear una discusión sobre las consecuencias que internet tiene para la comunicación social y la democracia, se asume un reto que, según James Curran (2014), es complicado. Lo es porque lo que ha sucedido en la política a partir del surgimiento de internet ha sido precipitado y complejo. Si se revisa la literatura académica que existe sobre la relación entre internet y democracia nos encontraremos con dos posturas claramente contrapuestas: la ciberpesimista y la ciberoptimista. Lo único que tienen en común ambas visiones es que consideran que internet es un medio disruptivo, que altera los mecanismos de legitimación del poder democrático, aunque en un caso para mal y en otro para bien. 5. Ciberpesimismo vs. ciberoptimismo: algunos ejemplos Los tecnopesimistas, definidos por Ana Sofía Cardenal y Albert Batlle (2006) no creen que las tecnologías de la información y de la comunicación (TIC) consigan una participación plena de los ciudadanos en asuntos públicos. Son contrarios a creer que internet pueda conseguir que se desarrollen nuevas formas de democracia directa dado que afirman que las tesis optimistas hacen predicciones poco realistas sobre cómo se comporta la gente. Para los tecnopesimistas, las TIC no inciden en el debate político que tiene lugar en las instituciones representativas actuales, sino que simplemente favorecen la comunicación digital interpersonal y no fomentan la deliberación ni la búsqueda del consenso necesarios para la democracia directa porque a través de ellas sólo se intercambian argumentos individualistas que no favorecen la confrontación y el contraste de pareceres. Sería el punto de vista de Curran, para quien internet está teniendo unos efectos inocuos sobre la calidad de la democracia, o de Dean, que considera que las transformaciones económicas que está causando internet pueden suponer una amenaza para la democracia. También sería ciberpesimista la postura de Bohman, para quien internet es un espacio totalmente privado desde el cual es difícil que se pueda contribuir eficazmente a la política. Según Manuel R. Torres Soriano (2013), los ciberpesimistas no confían en las posibilidades democratizadoras de la red digital. Consideran, según el autor, que internet genera «burbujas democráticas» porque desarrolla espejismos sobre la existencia de movimientos pro-democráticos que en realidad sólo se dan en la percepción de aquéllos que depositan una esperanza irracional en la capacidad liberadora de internet. El autor añade que los ciberpesimistas apuntan a la debilidad de los grupos formados a través de la red relacionada con el reducido coste personal y esfuerzo que supone unirse a ellos, lo que — 178— resta compromiso de participación. Del mismo modo, para Torres Soriano, los tecnopesimistas destacan la facilidad con la que se puede contrarrestar desde el poder a un «líder virtual», llegando incluso a oprimirlo. Duncan J. Watts, uno de los ciberpesimistas a los que cita el autor, afirma que: «esto permite que [los líderes virtuales] puedan ser capturados, torturados y silenciados, sin que los internautas conozcan lo sucedido. Las voces disidentes en internet desaparecen, con la misma facilidad con la que nacen»(2013: 8). Los ciberescépticos se sirven, según Torres Soriano, de estudios empíricos para evidenciar que sólo unos pocos utilizan internet con una finalidad política, tanto en las sociedades carentes de libertad como en las sociedades democráticas. Aseguran que la mayoría de los contenidos de la blogosfera tienen como objeto asuntos triviales y que los ciberoptimistas se han convertido en un objetivo prioritario de sus aparatos de represión, reduciendo de manera sustancial el margen de maniobra con el que pueden operar. Otros tecnopesimistas como César Rendueles (2013) y Eugeny Morozov (2011) manifiestan que internet se usa básicamente para persuadir a la ciudadanía. Ambos rechazan que internet sea un instrumento emancipador y empoderador para la ciudadanía basándose en argumentos esencialmente económicos. Según Morozov, la supremacía del mercado virtual supone un retroceso en los derechos sociales conquistados. Rendueles, de la misma manera, critica lo que considera «ciberutopismo» o «ciberfetichismo», que están en la base, según él, de un determinismo tecnológico que aspira a que las TIC sean fuente de transformaciones sociales liberadoras. Para él las TIC difícilmente pueden ser un instrumento para una deliberación racional y justa. Bien al contrario, cree que la influencia del mercado que gira alrededor de internet hace que en la red queden desvirtuadas la cooperación y la crítica política. Rendueles añade que hay casos de iniciativas ciberoptimistas claramente fallidas como el proyecto One Laptop for Child, impulsado por Nicholas Negroponte, que consistía en facilitar la expansión en el uso de ordenadores de bajo coste en las escuelas de varios países africanos con la intención de paliar la brecha digital —la diferencia entre aquéllos que tienen acceso a las TIC y los que no— y que finalmente se suspendió por falta de financiación. No cabe duda que hay que dar la razón a algunos de esos planteamientos. Para empezar, basta echar un vistazo al escritorio de nuestro ordenador y ver qué empresas han conseguido que cliquemos sobre sus logotipos para realizar algún tipo de acción informática, desde navegar en internet usar un editor de texto o de imagen, guardar y compartir nuestros documentos, gestionar nuestro correo electrónico (la mayoría de nosotros usará el servicio de Gmail de Google), etc. También basta con pensar en la marca de nuestro dispositivo o la compañía con la que contratamos el servicio de acceso a internet. En realidad, no hay mucha variedad donde elegir. — 179— También se denuncia el uso panóptico de internet para espiar a los ciudadanos sin que éstos sean conscientes. Se ha sabido gracias a las evidencias facilitadas a los medios de información por Edward Snowden o Chelsea Manning que ciertas acciones de la NSA y la CIA norteamericanas están dirigidas a controlar directamente los movimientos de los ciudadanos (no solo estadounidenses) a través de internet. Como cuenta Torres Soriano, otro peculiar ejemplo es el promovido por el gobierno chino, a través del «Partido de los 50 centavos». Esa es la cantidad de dinero que en principio reciben los «espías internautas» por cada denuncia de un caso de disidencia que realizan participando en chats y foros en donde los ciudadanos chinos discuten sobre política. Se calcula que pueden ser unos 280.000 usuarios de internet, los colaboradores que ayudan al gobierno chino a controlar la red. Por otro lado, en Irán tras las protestas por el fraude electoral de 2009, el gobierno siguió el rastro tanto físico como virtual a través del cual compuso su lista de oponentes políticos y se publicó una galería fotográfica en internet en donde se pedía que los internautas ayudasen a identificar a los disidentes. Además, a estas alturas es fácilmente comprobable el papel que tiene internet en la generación y propagación de un discurso construido a partir argumentos falsos, fruto de estrategias persuasivas que han alcanzado su máximo apogeo (algunas de ellas, lamentablemente, recuerdan a la más burda pero efectiva propaganda fascista europea del período de entreguerras del siglo XX). En la actualidad, Alemania está buscando fórmulas para frenar en internet contenidos difamatorios o que inciten a la violencia, el odio o la xenofobia. De momento, el gobierno del país estudia sancionar a las redes sociales como Facebook y Twitter con multas de hasta 50 millones de euros si no eliminan tales contenidos. La estrategia del discurso del miedo propagado por los medios de información, encauzado desde el poder político y económico, y basado en la construcción de un enemigo que sirviese para controlar el «rebaño» durante el siglo XX, fue muy bien descrito por Noam Chomsky y Edward Herman en Los guardianes de la libertad (1988). Puede que haya sido que, debido a los cambios de internet, el poder también haya tenido que cambiar de enemigo: ahora el poder reivindica un enemigo que es un terrorista invisible y que puede estar presente en todos lados. El público occidental ya no le pone cara, como a los comunistas, a Sadam Hussein o a Bin Laden. Ahora es un enemigo anónimo, podría ser cualquiera, es global y latente y usa los medios digitales para hacerse más fuerte. Ese es el enemigo total para algunos estados y para algunos medios masivos que contribuyen a difundir tal discurso.