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Oralidad y coloquialidad en la prensa española: la columna periodística

Mancera Rueda, Ana

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Actas del XXXVII Simposio Internacional de la Sociedad Española de Lingüística (SEL), editadas por Inés Olza Moreno, Manuel Casado Velarde y Ramón González Ruiz, Departamento de Lingüística hispánica y Lenguas modernas. Pamplona, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, 2008. ISBN: 84-8081-053-X. Publicación electrónica en: http://www.unav.es/linguis/simposiosel/actas/ ORALIDAD Y COLOQUIALIDAD EN LA PRENSA ESPAÑOLA: LA COLUMNA PERIODÍSTICA ANA MANCERA RUEDA Universidad de Sevilla El análisis de las distintas manifestaciones de la llamada escritura del habla o mímesis de la oralidad ha favorecido la preocupación por el conocimiento de la modalidad coloquial. Gracias a ello, algunas de las confusiones, vacilaciones y errores que entorpecían el acercamiento sin prejuicios al lenguaje coloquial “han dejado de constituir grave impedimento” (Narbona 1992: 227). Por ejemplo, reflejo de la dificultad para atajar dicho objeto de estudio ha sido la gran variedad de términos utilizados comúnmente para designarlo –español hablado, coloquial, familiar, vulgar, conversacional, cotidiano, espontáneo, popular, etc.–, reveladora asimismo de cierta discrepancia concepcional. Al igual que el resto de las modalidades de uso –entre las que cabe incluir la lengua literaria–, la coloquial no puede ser considerada una variedad única ni homogénea, sino más bien una de las manifestaciones de un continuum gradual y pluriparamétrico dominado por el principio de la relatividad (Koch y Oesterreicher 1985). De ello deriva también la necesidad de superar el carácter dicotómico de la oposición entre oralidad y escritura –o escritur[al]idad–, términos no definibles exclusivamente tomando como referencia el aspecto medial –es decir, el canal fónico-acústico o el gráfico-visual por el que se transmite el mensaje–, sino también, y sobre todo, en función del grado en el que se proyectan sobre el uso parámetros diversos, que reflejan el grado de inmediatez o distancia entre los participantes en cada tipo de acto de comunicación. El afán de representar de manera realista el habla de determinados personajes, llevado a la práctica con mayor o menor acierto, en la literatura española se aprecia ya en el Corbacho, obra en la que Menéndez Pelayo (1943: 175) cree reconocer la lengua “desarticulada y familiar” de la plaza y del mercado, considerada también por M. Seco (1983: 21) la primera gran manifestación del “lenguaje popular en todo su realismo”. Tres son los grandes hitos que este autor destaca en la reproducción de la técnica constructiva característica del lenguaje oral espontáneo: los diálogos cervantinos, el retrato del “habla coloquial de nivel medio” llevado a cabo por B. Pérez Galdós y sus contemporáneos, y la obra de los novelistas surgidos con posterioridad a la Guerra Civil. Sin embargo, las huellas de lo oral no sólo pueden rastrearse en los textos literarios, también se aprecian en ciertos subgéneros de la prensa española actual, como el de la columna de opinión. Conversar coloquialmente y escribir una columna de opinión son obviamente actuaciones idiomáticas diferentes, como corresponde a dos situaciones enunciativas muy distintas. Las condiciones comunicativas en las que el columnista elabora un texto al que sus lectores no tendrán acceso hasta horas –o incluso días– más tarde no son las de la oralidad concepcional en general –ni mucho menos las de la oralidad coloquial–. La columna de opinión es un discurso condicionado por el carácter público que le otorga su difusión en un medio de comunicación de masas, dirigido a destinatarios heterogéneos. Por el contrario, la conversación entre dos o más personas suele caracterizarse –en mayor o en menor gradopor su privacidad. Además, en el coloquio la relación de proximidad se ve generalmente favorecida por el conocimiento mutuo y por un buen número de experiencias compartidas. Ningún periodista puede en cambio llegar a conocer personalmente a todos sus lectores. Tampoco la relación de igualdad –ya sea social, ya sea funcional– que se establece entre los interlocutores, la interactividad y el dinamismo 470 ANA MANCERA RUEDA característicos de la conversación prototípica se dan en la columna de opinión, un tipo de comunicación asimétrico y monolocutivo, caracterizado por la intervención de un único emisor, que se dirige a una audiencia amplia y no homogénea. El grado de cooperación del receptor es, pues, muy limitado. Pero la diferencia atañe especialmente a la planificación. La columna de opinión es un texto escrito fruto de un elevado grado de elaboración, y en el que difícilmente cabe la espontaneidad enunciativa. A pesar de esto, el columnista se sirve de una serie de estrategias constructivas para recrear una oralidad fingida. Y es que la andadura sintáctica, mucho más que la pronunciación o el léxico, es la que permite reflejar las peculiaridades del coloquio. Para caracterizar globalmente la sintaxis del discurso conversacional se habla por ejemplo de su “tendencia centrífuga”1 o de su carácter “parcelado”2. Se pretende con ello dar cuenta del hecho de que los enunciados parezcan ir concatenándose a medida que acuden a la mente del hablante, faltos de trabazón. Pero la frecuente ausencia de nexos específicos que precisen la estructuración constitucional no es tanto fruto de la incapacidad o falta de destreza del enunciador como de su organización del discurso en función de la relevancia informativa y comunicativa que, por diversas razones, a cada parcela asigna. También Briz (1998: 69) alude a tal sintaxis concatenada, que puede apreciarse en ejemplos como el siguiente: (1) “869 E: [igual] que por ejemplo unauna chica que antes vivía conmigo// en esto un día estaba yo en casa/ y estaba por las tardes y por la mañana// un jueves y un viernes que no teníamos clase// suena el timbre// y voy a abrir ¿no? mm abro la puerta/ y me pregunta por una de las tía que vivía conmigo// era un chico ¿no? ((y dice)) ¿está Olga? tal/ y le digo no que se ha marchado porque está en la facultad// y dice mira se ha dejado el bolso en mi coche// que es de mi mujeer/// y me quedé en la puerta tirá/ me quedé/ sentá/ y yo acepto esa relación/ que yo/ tengo amistades muy ((cercanas que tienen la relación así)) G: normal§” [Val.Es.Co. L.15.A.2]. La hablante E se sirve de la acumulación de enunciados para ir enlazando sus propios pensamientos con la descripción de los hechos, y con los distintos enunciados de discurso referido. En las columnas analizadas es posible encontrar una andadura sintáctica similar a la de la conversación prototípica, aunque en ningún caso idéntica, pues bajo la apariencia de semejanza, hay en el habla y en las columnas explotaciones muy diferentes de lo que parecen ser los mismos recursos. En la lengua hablada el discurso va avanzando, progresando por sí mismo; podría decirse incluso que “pese a” que el engarce constante sea y, es algo que no depende de ello. Parecida observación cabría hacer de la redacción periodística, pero no conviene olvidar que, aunque el columnista lleva a cabo continuamente un trasvase a la escritura de estrategias prototípicas de la oralidad concepcional, ha de establecer una especie de filtro adaptador que facilite la eliminación de todo lo que entorpecería la lectura, tal y como puede comprobarse en el siguiente ejemplo: (2) “Una vecina muy amable que pertenece, como yo, a la colonia de jodíos veraneantes, como nos llaman los lugareños, me chista por la calle para decirme que lee estos articulillos a diario. «Ah, muy bien, pues muchas gracias», pero luego añade que no los entiende, que no entiende cuál es el mensaje. Me revuelvo incómoda ante el comentario como haría cualquier escritor. [...] Mi santo, que antes de escritor es mi santo, me da la razón como siempre (¿como a los tontos?) y me dice que es verdad, que el humor bajo su aparente ligereza esconde grandes verdades. Y luego tengo la suerte de que viene Juan Cruz a comer, que siempre nos da la razón en todo, y también dice que el humor es superimportante y que hay que ser muy inteligente para escribirlo, y que todos los humoristas son, en el fondo, grandes pesimistas y tal; y, para acabar de consolarme, llama a Rafael Azcona y me lo pasa, y Azcona dice lo mismo que nosotros, pero mejor dicho. Y todos estamos de acuerdo, el mundo es fraternal, y llegamos al acuerdo de que la vecina ésa no tiene sensibilidad para comprender semejantes obras literarias” [E. Lindo, “La cómica”, El País, 14-8-2000]. 1 “Los elementos de la frase tienden a flotar separados unos de otros, ajenos a una estructura orgánica, liberados de un centro magnético que los engarce en una oración unitaria” (M. Seco, 1973: 366-367). 2 Cf. A. Narbona (1989, 1990, 1992, 1995, etc.). ORALIDAD Y COLOQUIALIDAD EN LA PRENSA ESPAÑOLA: LA COLUMNA PERIODÍSTICA 471 Aquí, al igual que sucede en la conversación citada anteriormente [L.15.A.2], el nexo copulativo, lejos de cumplir un mero papel coordinativo, sirve para marcar el avance del discurso –a lo que a menudo contribuyen otras expresiones de refuerzo como en este caso es también–. Y en este otro párrafo encontramos dos ejemplos que demuestran la necesidad de trascender el enfoque oracional o microsintáctico y adoptar una óptica discursiva o macrosintáctica: (3) “Esta misma mañana, en unos segundos, he pasado del «Confieso que he vivido» al «Vivo sin vivir en mí». Y vivo, porque no he muerto. A bordo de un autobús, por si les interesa el dato. De la red de transporte público madrileño, ya que estamos acusando. Y para más precisión, asada como un pollo al ast. O à la façon Juana de Arco, que una tiene su caché, y un diploma del Instituto Francés. Les cuento” [E. Orúe, “Sobreviviré”, Metro, 19-1-2006]. Evidentemente, el uso del mismo fenómeno no es similar en la lengua hablada y en estos textos periodísticos. La “manipulación” que el columnista lleva a cabo para tratar de recrear en sus artículos los rasgos característicos de la conversación prototípica a veces es pequeña, en ocasiones casi imperceptible, pero siempre tiene lugar. En realidad, los enunciados orales podrían compararse con los borradores de un texto escrito. En ellos se advierten rastros de su proceso de elaboración: correcciones, avances, retrocesos, comentarios, incisos, titubeos, etc. El discurso va progresando mediante aproximaciones sucesivas, acompañadas frecuentemente por comentarios más o menos pertinentes. La búsqueda de la expresión precisa da lugar a acumulaciones paradigmáticas, a series formadas por elementos que ocupan el mismo lugar sintáctico. En el uso conversacional son frecuentes las “idas y vueltas” sobre el eje sintagmático. Hasta dar con la palabra que considera más adecuada, el hablante prueba con expresiones varias, de modo que puede no distinguirse “lo perteneciente al desarrollo sintagmático de lo que, procediendo del orden paradigmático, se encuentra indebidamente en la misma línea” (Blanche- Benveniste 1998: 43). Algo que podemos advertir en el siguiente ejemplo extraído de una conversación en la que se habla de una tienda de decoración: (4) “L: [¿sabes qué?] ¿has pasao por// por lospor los ee muebles El Almacén?// ¿la que está en la Avenida del Puerto?/ ¿sabes dónde venden esos muebles tan chulos? (( )) el blanco mira  el blanco está  / el blanco lleva unos (( )) metal/ y luego la cama ya la has visto cómo es ¿no?§ G: §sí§ L: §en la parte de detrás// hay papel pin-papel papel es papel/ con unos dibujos de flores/ hechos asíi color muy fuerte [color-color rojoo=]”[Val.Es.Co.L.15. A. 2.: 84-85]. Aunque casi nada de esto pase a la escritura, en las columnas de opinión encontramos a veces largas series enumerativas, que pueden quedar truncadas o incompletas3, (5) “–Discúlpeme, doña Eva, pero no acabo de entender de qué va la columna... Del ruido, interlocutor silente, del ruido. Del estruendo, la algarabía, el sonido, la bulla, el escándalo, el alboroto, el estrépito, la estridencia, el bullicio, el zumbido, la detonación, el estallido, la barahúnda, el estampido, el fragor, el chasquido, el crujido, el griterío...” [E. Orúe, “Rabiando”, Metro, 16-2-2006], si bien no deben equipararse a las acumulaciones paradigmáticas del discurso oral, reflejo del proceso de elaboración de los enunciados. Algo como (6) “había que tener el eh... ah, uh, ... ... ¡Ah! ¡No me sale el nombre!... El certificado, el, el diploma, de socorrista, el certificado de socorrista” [Buttaf 91, 5, 5, cit. en C. Blanche- Benveniste, 1998: 44], acabaría por hacer abandonar la lectura. Sí es posible, en cambio, una imitación dosificada y controlada del modo de producción de los enunciados de la inmediatez comunicativa: 3 En estos casos nos encontraríamos ante un tipo de coordinación simétrica, en la que no parece haber límite en la cantidad de constituyentes. 472 ANA MANCERA RUEDA (7) “Se hacen muchos chistes estivales sobre el narcisismo de Ana Obregón, pero ella no es sino el signo más elemental y directo de un fenómeno que abarca a la raza blanca (o etnia o lo que sea): el propio cuerpo como religión, como atención, como intención” [F. Umbral, “Los cuerpos”, El Mundo, 4-9-2000]. Estas vacilaciones fingidas contribuyen a crear cierta apariencia de espontaneidad; se diría que el autor elige las palabras que primero acuden a su mente, para sustituirlas inmediatamente después por otras que expresan mejor su pensamiento: (8) “Lo curioso (o lo hilarante, la causa de mayor perplejidad) no es que los futurólogos hagan solitarios con la carta astral de Eva Sanum (bien mirado, eso puede incumbirle a nuestra próxima historia) sino que pongan toda la fuerza de sus meninges al servicio de Isabel Pantoja, alias «no sabes cómo sufrí»” [C. Rigalt, “El año 2001: Reinona in pectore”, El Mundo, 31-12-2000]. (9) “España es un país de buenos vinos y malos bebedores. Lo digo porque aquí en seguida la cogemos y lo que tiene ahora en un grito a las autoridades, en una llaga, o sea, no se sabe si es el consumo de vino, el consumo de tiempo, el consumo de grito o el consumo precoz, que nosotros a los quince ya andábamos de percantas, pero la propina sólo nos daba para un coñac a la semana” [F. Umbral, “El buen vino”, El Mundo, 15-2-2002]. En tales acumulaciones paradigmáticas fuertemente controladas, las sucesivas elecciones precisan o intensifican algún rasgo significativo de lo anterior; en suma, se gana fuerza argumentativa (10) “Primero se hacen las guerras, o las revoluciones, o las revueltas, y luego se les busca justificación. Franco hizo la guerra civil por inspiración de Mola, pero luego se alzó caudillo «por la gracia de Dios». Está de actualidad decir que ETA, en estos momentos, no sabe adónde va. Si de pronto ha descubierto que va a una guerra de religión, entonces sí que estamos perdidos. Se revelará que son mucho más religiosos que nosotros, o sea más fanáticos, o sea más crueles. O sea” [F. Umbral, “Memorial de agosto”, El Mundo, 1-9-2000]. o, por el contrario, se atenúa lo que precede: (11) “Yo creo –en contra de lo que muchos simulan pensar– que lo que más podía gustar de la boda eran La Almudena misma y los frescos de Kiko Argüello, tan coloridos y expresionistas, extraordinario acierto –me doy cuenta ahora– de Rouco, lo único –o lo más acorde– con la inmunda sensibilidad colectiva” [M. Hidalgo, “La boda deseada”, El Mundo, 29-5-2004]. En definitiva, los recursos constructivos del discurso oral que se reflejan en los textos periodísticos –textos de la distancia comunicativa–, lejos de responder a la incapacidad del columnista, derivan de una estrategia comunicativa deliberadamente puesta en práctica. Relación con las distintas etapas de confección del discurso oral guardan también las repeticiones intertextuales o los marcadores discursivos de repetición, que connotan diversas instrucciones de procesamiento y permiten rastrear el proceso de elaboración del discurso. Estos se encuentran vinculados con la reformulación pues, en última instancia, implican siempre una nueva aserción que proporciona una innovación –aunque el fragmento repetido no haya sido modificado-, una variación significativa pragmalingüística. De ahí la presencia recurrente de los llamados marcadores correctores, que permiten subsanar las equivocaciones cometidas: (12) “V: no no no/ se tuerce esa esquina para arriba al lado del Cíber ¿cómo es? ¿Ciber-café? (marcador de autorrectificación) ¿no es eso?” [Corpus del habla de Almería cit. en M. M. Camacho, 2003: 124]. (13) “Iba con un cochazo, bueno, más que cochazo era un tanque...”. En cierto modo, el columnista se sirve también de estos (14) “Sé que ha pasado una semana porque esta cita me lo recuerda, pero en mi cabeza el tiempo adquiere una dimensión extraña y abultada. Es como si el día de las elecciones hubiera ORALIDAD Y COLOQUIALIDAD EN LA PRENSA ESPAÑOLA: LA COLUMNA PERIODÍSTICA 473 remontado el calendario hasta la revolución de Asturias. ¿He dicho la revolución de Asturias? Pues no. Mejor la Guerra de los Cien Años” [C. Rigalt, “Vencedores y vencidos: 'guerra de nervios'”, El Mundo, 21-3-2004], (15) “En cuestión de deportes, está usted últimamente que se sale [se dirige a la Infanta doña Cristina]. Primero, queda subcampeona de la Copa de papá (perdón: de la copa de mi Rey) de vela […]” [E. Mendicutti, “A mi Cristina, polideportiva”, El Mundo, 14-8-2002], aunque con una finalidad distinta. Así, la improvisación con la que suele construirse el discurso oral, en el que las ideas se exponen conforme acuden a la mente del hablante, para ir adecuando lo dicho a su verdadera intención comunicativa a medida que la secuencia avanza poca relación guarda con el alto grado de planificación de estos textos periodísticos. El hablante recurre a estos marcadores correctores para tratar de “borrar” lo dicho, mientras que en las columnas lo asertado en el primer enunciado cobra con frecuencia mayor importancia aún que el contenido del segundo, pues revela con notables dosis de ironía la auténtica intención comunicativa del columnista. Son inequívocos también los efectos del fácil recurso de la repetición tanto en la lengua hablada, (16) “Mi tío saca unas poesías preciosas-preciosas”, (17) “Me pusieron una cerveza fría-fría” [cit. en Narbona 1990: 1042], como en las columnas, (18) “Ser guapa mola. Y no me refiero a ser mona, a tener encanto o a ser resultona, me refiero a guapa, guapa” [B. Alpuente, “Y Dios creó a la mujer”, Yo Donna, 3-3-2007]. (19) “A veces tengo la impresión de que los vecinos nos invitan con demasiadas expectativas, piensan que somos gente de mundo y que les vamos a contar chascarrillos. No saben que a nosotros lo único que nos ha pasado en la vida, así fuerte, fuerte, es que se nos cayeron las Torres Gemelas” [E. Lindo, “Los otros”, El País, 16-8-2002]. Algo similar puede apreciarse en la reiteración de la terminación del superlativo sintético, (20) “Y la entrevista con Carmen Martínez-Bordiú durante su visita a Siria-Líbano, que sale en el ¡Hola!, contiene una profunda reflexión suya [...]. Dice la nieta del generalísimo-ísimo-ísimo, más o menos, que donde fueres haz lo que vieres” [M. Torres, “La vuelta de Acebes despechado”, El País, 13-8-2004]; y junto al enunciado reiterado pueden aparecer marcadores de carácter metadiscursivo: (21) “Guillermo Luca de Tena está encantado con tu fichaje. Además de lo que haces, que está muy bien, has conseguido que Jaime Campmany vuelva a escribir todos los días y como en sus años mozos. Encantado está Guillermo, oye, encantado” [F. Jiménez Losantos, “Campmany”, El Mundo, 14-6-2005]. (22) “Él cree que ABBA es antiguo. Ya ves, ABBA, que empezó siendo un grupo de dos matrimonios heterosexuales y acabaron enrollándose los dos maridos” [E. Lindo, “Waterloo”, El País, 11-4-2004]. Frecuente resulta también la iteración de sintagmas nominales (23) “Nunca me pareció Giulietta Masina una verdadera actriz, ni Álvaro del Portillo un verdadero sacerdote; ni, claro, Vargas Llosa un verdadero académico” [E. Haro Tecglen, “Los del artículo nono”, El País, 5-12-1993]; 474 ANA MANCERA RUEDA y la repetición de un sustantivo permite asimismo la exteriorización del mundo afectivo que impregna buena parte de los actos conversacionales, algo que puede apreciarse además en esta columna, que recoge una expresión estereotipada: (24) “Podría haber aparecido en el discurso que Bush pronunció en su esperpéntica convención, cuando recordó a los países azotados por el terrorismo, pero no quiso recordar a ese pequeño país en el que las decisiones erróneas tuvieron un coste político. Lagarto, lagarto” [E. Lindo, “Cotilleo”, El País, 14-10-2004]; O en esta otra, en la que se acude a dicho recurso para mostrar apremio: (25) “Y para colmo, dice mi amigo Rodríguez Rivera que ya no me vuelve a contar ningún secreto, que a resultas de citarle como fuente de ese rumor imparable de que hay una mujer de la cultura en España que tiene perrillo (ver artículo día 2) le han llamado de varios suplementos culturales para pedirle nombres, nombres” [E. Lindo, “Cultura de la queja”, El País, 25-8-2004]; Y sentido durativo confiere a la secuencia la coordinación del sustantivo iterado: (26) “Durante días y días estás sumergida en una atmósfera pastosa que te deshidrata hasta el alma”.[C. Rigalt, “Las mudanzas”, El Mundo, 9-3-2004]; O la reduplicación de un mismo verbo, (27) “Para esto de que me regalen soy un clásico. Conozco amigos a los que los han querido sorprender con unos bombones (como si no estuvieran suficientemente gordos), un desayuno que una empresa te lleva hasta la cama (repito la objeción) o un ramo de globos con forma de corazón de los que suben-suben y acaban pudriéndose en el techo del salón” [J. Somoano, “¿Y mi San Valentín?”, Metro, 17-2-2006], especialmente cuando ambas formas verbales se presentan coordinadas: (28) “El caso es que mientras compraba su rastrillo, yo estaba (bajo el árbol de las bolsitas) con el kit manos libres hablando con papá, que está en La Manga comiendo cornetes con cuchillo y tenedor, que yo le tengo dicho, papá, con lo duro que está un cornete, puede salir disparado y producirle una brecha que requiera varios puntos de sutura a algún veraneante de la tercera edad y la tenemos. Pero él sigue y sigue con el cuchillo y el cornete” [E. Lindo, “El rastrillo”, El País, 11-8-2003]; (29) “A mí no me va eso de que llegas, te tumbas y hablas y el otro se queda callao y tú largas y largas” [E. Lindo, “La pera limonera”, El País, 2-8-2002], lo que encontramos también en la siguiente expresión fraseológica que reproduce el columnista: (30) “La Candelaria tenía hermanos de luz… pero con baterías Tudor o con pilas que duran y duran y duran” [A. Burgos, “Candelaria: ojú, los de la luz”, ABC, 21-1-2005]. No debe pensarse que el elemento repetido ocupa siempre idéntico lugar en la cadena discursiva. Con frecuencia, y así lo marca la pausa, la aparición inicial se utiliza como trampolín anticipador o impulsor de una secuencia; en el español hablado: (31) “Depende, depende de la cantidad”; (32) “Mucho, mucho has tardado”[cit. en A. Narbona, 1989a: 182]; y en las columnas: (33) “Ya sé, ya sé que resulta ridículo creerlo y decirlo, porque los socialistas, por su natural sectario y manipulador, difícilmente renunciarían a un aparato de propaganda que cultiva especialmente la bolsa de votantes mayores y asustadizos […]” [F. Jiménez Losantos, “Caffarel”, El Mundo, 27-4-2004]; ORALIDAD Y COLOQUIALIDAD EN LA PRENSA ESPAÑOLA: LA COLUMNA PERIODÍSTICA 475 (34) “Ellos, ellos son los que no se acaban de acostumbrar al laicismo” [A. Burgos, “Nada, que no se acostumbran”, ABC, 9-10-2004]. Se trata de un papel no muy distinto del que cumple el “infinitivo pre-temático”, de carácter parcelador, que sí ha merecido la atención de los estudiosos: (35) “Practicar, lo que se dice practicar, no practico, pero me gustan todos”; (36) “Comer, no come mucho, pero es que no bebe ni leche” [cit. en Narbona 1989a: 193], de empleo frecuente en los textos periodísticos: (37) “Ahora se lleva mucho el culo. Me explico: llevar, lo que se dice llevar, siempre se ha llevado. No conozco a nadie que vaya sin culo por la vida. O quizás sí. Nunca le miro el culo a la gente, así que a fuerza de no reparar en él, tampoco lo echo en falta” [C. Rigalt, “La cara y el culo”, El Mundo, 27-1-2004] . (38) “Esta semana ha cundido mucho. Demasiado. Pasar, lo que se dice pasar, no han pasado muchas cosas” [C. Rigalt, “Vencedores y vencidos: ‘guerra de nervios’”, El Mundo, 21-3-2004]. La reiteración del miembro final de un fragmento discursivo puede aparecer al inicio del fragmento que le sigue: (39) “Últimamente, en Cataluña los hermanos salen a pares, y a pares entran en política: los Maragall, los Nadal, los Carod-Rovira, y por ahí seguido” [C. Rigalt, “El síndrome del Ebro”, El Mundo, 1-2-2004]; y la aparición posterior parece desempeñar la función de cierre de toda la secuencia: (40) “Un imbécil es lo que es tu padre, un imbécil” [cit. en A. Narbona, 1989a: 182]. (41) “Acaparadora, agonías, insaciable, que eres una insaciable” [E. Mendicutti, “Guerra de estrellas”, El Mundo, 12-3-2004] . Y a veces encontramos heterorrepeticiones ecoicas afirmativas: (42) “En la croasantería del barrio, toquilla y zapatillas de paño, entra una señora mayor y le dice a la dependienta: –Niña, dame un leuro de caramelos de respirar. ¡Ole: caramelos de respirar! En Andalucía hay siempre un Góngora de guardia que despacha sin receta metáforas inspiradísimas”.[Antonio Burgos, “Un leuro de caramelos de respirar”, ABC, 10-4-2005] La repetición puede adquirir en determinadas ocasiones carácter de “esencialidad”, pues el hecho de repetir cualquier unidad discursiva equivale en el discurso oral a añadir un “sello de autenticidad” a la emisión originaria: (43) “Y de la ciudad/ ¿qué te gusta de lo que es la ciudad, ciudad?” [Corpus del habla de Almería cit. en M. M. Camacho, 2003: 211]; o a la aserción del propio columnista: (44) “Ayer se encontraba doña majestad tomando el sol en bikini mientras seguía la participación de su marido Harald en la regata cuando fue sorprendida por unos reporteros gráficos. La reina corrió a taparse con un blusón blanco. Gracia, lo que se dice gracia, no debió de hacerle ninguna (las majestades no sólo tienen su corazoncito, sino también su celulitis), pero salvó la situación airosamente”. [Carmen Rigalt, “El roce hace el cariño”, El Mundo, 5-8-2004] Con frecuencia se ha aludido a la abundancia de ‘enunciados suspendidos’ en el discurso oral. Ya W. Beinhauer hablaba de construcciones inacabadas en las que los puntos suspensivos 476 ANA MANCERA RUEDA demuestran que “aún se siente lo incompleto de la frase” (1963 [1930]: 243), y achacaba su reiterada presencia en la sintaxis coloquial a la necesidad del hablante de eliminar elementos desgastados y de suprimir trivialidades y lugares comunes. Pero en realidad, tales secuencias aparentemente suspendidas, sincopadas o incompletas son plenamente comunicativas precisamente en cuanto suspendidas, (45) “Las cosas que yo podría contar...” [cit. en E. Cascón, 1991: 212]; y ejemplos similares podemos encontrar en las columnas, (46) “¿En qué quedamos entonces? Pues todo se quedará, como tantas veces por aquí, en un debate interminable. Por eso, ya ha salido el portavoz socialista, Manuel Gracia, para terciar entre modelos y referentes. Y ha concluido que lo mejor es tener listo el borrador andaluz cuanto antes, pero guardarlo en un cajón y esperar a que, previamente, aprueben el suyo los catalanes, porque igual «no nos interesa plantearlo». O sea, que ni antes ni después, de reojo. El molde acompasado del referente. Dios, la que nos queda...” [Javier Caraballo, “Referencias”, El Mundo, 7-1-2005]; oraciones condicionales carentes de apódosis, (47) “¡De haberlo sabido...!” [cit. en Narbona 1989a: 183], recurrentes en algunos textos periodísticos, (48) “Cuando del banco me llamen para decirme que estoy en números rojos, que tengo hecho unos zorros el crédito ni fa ni fu que me concedieron, y que ingrese urgentemente la tela del principal derecha y de los intereses, diré muy extrañado e indignado al apoderado: «¿Ah, pero Manolo Prado no hizo el ingreso con el dinero que le metí en su cuenta de las Islas Caimán? Eso se lo tiene usted que reclamar a Manolo Prado, que es muy amigo de Fran Rivera Ordóñez y que seguro que ha empleado el dinero en regalarle un capote de paseo, lo que yo le diga, si yo le contara...»” [Antonio Burgos, “El tío del espray y el cobrador del frac”, El Mundo, 11-11-1995], y enunciados de sentido concesivo, (49) “[L]e iban a dar un improvisado homenaje sus partidarios de La Coruña y se excusó diciendo que tenía que volver inmediatamente a Sevilla. —¿Y a Sevilla se va a ir usted ahora, maestro? -trataron de convencerle-. Con lo lejos que está Sevilla... A lo que nuestro filósofo replicó: —No, Sevilla está donde tiene que estar. Lo que está lejos es esto” [A. Burgos, “Talavante y el tranvía”, Abc, 25-3-2007], similares a los que pueden oírse en el coloquio: (50) “¡Con el dinero que me he gastado en él...!” [cit. en Narbona 1989a: 183]. La suspensión puede afectar también a una cláusula causal o a una final, (51) “Claro; vosotras, como ya habéis llegado a casita...”; (52) “Como a ella Miguel no le tiene mucha simpatía...” [cit. en Cascón 1991: 212], como en las columnas, (53) “El Gobierno, que es el que maneja toda la información, sabe que en realidad se trataba de pistolas de juguete. El robo no fue en un depósito de armas. Fue en una tienda de Toisarás. Pistolitas de agua, vamos, para que los etarritas chicos se diviertan. Como se acerca la Navidad y los Reyes...”. [A. Burgos, “El mérito civil de la Pantoja”, Abc, 26-11-2006] ORALIDAD Y COLOQUIALIDAD EN LA PRENSA ESPAÑOLA: LA COLUMNA PERIODÍSTICA 477 Estos enunciados suspendidos poseen complitud informativa, es decir, pueden ser fácilmente interpretados por el lector en virtud del contexto comunicativo y, especialmente, de la prosodia. El peculiar esquema entonativo de los enunciados suspendidos revela la intención comunicativa del columnista, y funciona al mismo tiempo como señal que indica al lector la necesidad de elaborar el sentido de la oración fragmentada: (54) “Y es para avergonzarse, como dice la señora Patoir, de esos abrigos pasadísimos de moda y de maracas, esos visones oliendo a bolitas de alcanfor. –Es que vas por Sevilla y parece que todos son figurantes del Cuéntame, de antiguos que son los abrigos que llevan. El que lo lleve... El sevillano no se preocupa por el abrigo” [A. Burgos, “No ni ná del no hace frío”, Abc, 29-1- 2005]. Ahora bien, a pesar del intento del redactor de reproducir fielmente los modos de producción de los enunciados de la lengua hablada, no cabe en la escritura una explotación de la prosodia equiparable a la de la conversación auténtica contextualizada. Dada la escasez de recursos orientadores con los que cuenta la escritura (signos de exclamación e interrogación, comillas, puntos suspensivos y poco más), la restauración de los elementos prosódicos y del contorno entonativo que, según los investigadores del Grupo GARS, en la conversación prototípica pueden llegar a soportar el 90% del sentido, en las columnas queda enteramente en manos del lector. Este debe ser capaz de revivir la entonación adecuada y de representarse la gesticulación oportuna. Y ello sólo es posible si la contextualización es debidamente verbalizada por el periodista. Todo columnista construye a lo largo de su discurso una imagen de sí mismo acorde con la situación comunicativa –que no tiene por qué corresponderse con su personalidad real–, y una imagen de destinatario en la que el sujeto interpretante puede verse reflejado. Al público le atrae la visión personal de quien glosa asuntos ya conocidos, sobre todo la intimidad, la confidencia, la confesión de lo que le acontece al propio autor. Es la libertad temática y formal de este subgénero periodístico la que le permite mostrar una manera de ser y de comportarse ante los acontecimientos, así como una determinada concepción del mundo que le rodea. Dichos elementos constituyen, como lo denomina López Pan (1996), el “ethos del columnista”, capaz de convocar a un determinado número de lectores. Este actúa como “banderín de enganche”, de forma que todos aquellos lectores cuyo ethos coincide con el del columnista le siguen con asiduidad. En realidad, nada extraño resulta por tanto que la columna de opinión, tradición discursiva inscrita dentro de uno de los subgéneros más representativos del periodismo literario, se sirva de procedimientos similares a los de los textos literarios, para recrear la espontaneidad del coloquio. La idiosincrasia de este tipo de artículos caracterizados por su libertad tanto temática como formal favorece el empleo de los recursos que hemos comentado. El uso de este tipo de rasgos prototípicos del coloquio modifica en cierto sentido las “condiciones” del contrato de comunicación por el que se rigen dichos textos. La metáfora del contrato resulta útil para comprender que todo intercambio lingüístico está supeditado a una serie de convenciones, normas y acuerdos aceptados por dos sujetos entre los que se constituye una relación de intersubjetividad, en función de un saber compartido que permite la comprensión mutua. El interlocutor que diariamente se aproxima a este tipo de columnas periodísticas persigue por lo general unas expectativas diferentes a las que posee al leer editoriales o artículos de opinión al uso. Asimismo, es plenamente consciente de las “condiciones” del contrato de comunicación que le exigen, entre otras cosas, suplir adecuadamente las carencias del medio gráfico, pues los recursos prosódicos y proxémicos de la situación comunicativa de inmediatez que se evoca sólo pueden reflejarse en el periódico de manera parcial o indiciaria. A su vez, el columnista pone en práctica toda una serie de “argucias” para que la imitación no chirríe y, amparándose en una identidad discursiva ficticia, así como en una supuesta situación de connivencia con sus lectores –similar a la existente entre los interlocutores de una conversación prototípica– expresa su opinión sobre cualquier tema sabiendo que no van a serles exigidas responsabilidades enunciativas de ningún tipo por parte de los destinatarios de sus textos. Podría sostenerse incluso que se trata de una cuestión de reciprocidad: la situación de proximidad en la que se