Páginas de creación
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LLEGUÉ HASTA TI PARA CAVAR TU ESCORZO LLEGUE hasta ti para cavar tu escorzo y estampar tu perfil en mi moneda, para grabar el mapa de tu aire, el carbón de tu ritmo. Los almiares de tu espera rabiosamente erguida. El vigilante acento de tu estada... Llegué hasta ti como se llega al mar: a bañarme de azul, de azul enhiesto. AMALIO LA VIDA SE NOS PASA EN UN ENSAYO A Isabel Alonso. 1 Vocación de vivir Qué sensación extraña nos invade la vida cuando el tiempo aparece en nuestra carne. Muda la soledad, inexplicablemente joven nuestro espíritu inquieto, desordenado a trazos, con una explicación para cada pregunta, se descubre de pronto. 347 CAUCE. Núm. 2. GARCÍA DEL MORAL GARRIDO, Amalio; MANUEL VILCHES, Juan; DEL BARCO, ...
Ante el sueño, la historia. Esa historia que, a veces, averigua la esencia del milagro o el destino. Y todo se adelanta y nuestro cuerpo tiembla por no saber qué hacer con la esperanza a cuestas o en un rincón dormido a cicatrices. Decimos que sí a todo. La verdad se presenta a nuestros ojos y respirando siempre entre gemidos pasa el año y los años. Qué sensación extraña. Qué indudable existencia. 2 Eterna injusticia Cuando el viento se rompe a nuestro lado y la ilusión eterna de los días describe con su línea el pensamiento, un nombre está sonando en nuestro oído atento a las palabras. Esperamos que el ave, que dulcemente mueve nuestros ojos, se perfile en caminos. Y soñamos. Y la pasión nos hiere cada instante. Y el alma se nos hace una canción. Pero la noche es larga y el corazón es demasiado triste para saber de historias de futuro. Desesperadamente, acaso, apretamos los dientes sobre el vidrio, hundimos nuestros labios en el tiempo y, atentos al destino, pronunciamos: 348 CAUCE. Núm. 2. GARCÍA DEL MORAL GARRIDO, Amalio; MANUEL VILCHES, Juan; DEL BARCO, ...
Alcemos nuestros ojos a la eterna injusticia de la vida, "alguien ha dicho un nombre y lo ha olvidado". Instancia Ahora que el tiempo llena de libertad tu mano misteriosa, tus ojos de chiquilla, ahora que ya no siento lo que soy, que me embriago de sueños y se acaba mi noche, ahora que la memoria nos devuelve ese estilo que a medias preparamos, SOLICITO a la vida y al sentido mi traslado a tu sombra, a tu risa, a tu piel, para poder llenar, con presencia y con alma, la primavera eterna de los días. Porque ya no me sirve que no tengo un deseo esperando que vuelvas y que quieras mirarme. Dime que sí en silencio. Será nuestra mañana la mañana del tiempo. Y volverás a verme y volveremos juntos. Necesario amar Entonces me acerqué a su cintura La besé de un aliento le abracé Y hasta no pude más cogí su pecho Entregado en el sueño adolescente Y lo moví con gracia estaba suelto Sólo necesitaba mi diablura Para volverse loco sin mentiras Se alegraba de verme me resulta 349 CAUCE. Núm. 2. GARCÍA DEL MORAL GARRIDO, Amalio; MANUEL VILCHES, Juan; DEL BARCO, ...
Que nunca vio la mano mensajera Yo pensaba pero ya estaba hecho Mi contacto lo abrió de par en par La primavera es la estación del norte Y es preciso que a flote siempre salga El pensamiento estaba cerca entonces Me introduje qué buen vino después La lengua se me hacía un horizonte Y no tengo costumbre pero acaso Aquella vez creía era distinta La vida se nos pasa en un ensayo Y es necesario amar para vivir Así que estuve dentro con mi historia. JUAN MANUEL VILCHES 350 CAUCE. Núm. 2. GARCÍA DEL MORAL GARRIDO, Amalio; MANUEL VILCHES, Juan; DEL BARCO, ...
UN MUNDO FELIZ Yo pasaba el día tirando objetos desde la ventana. Mi puntería, asombrosa, sin fallos, mortal. Papeles en un principio. Me habían condenado al silencio. La ventana, amplia, permitía escaquearme rápidamente, permitía observar la mirada, asombro y odio, de los andantes. Escribía en papeles blancos. Era poeta. Mis versos servían para algo; bombardeaban transeúntes. Unos desenvolvían el papel de su pereza. Leían. Nadie reía ni lloraba, ¡porca miseria!. Era poesía de batalla, ganada o perdida; algo era. Pero me fui hastiando de desperdiciar mi fama. Comencé a dejar caer palomitas de papel, grises, rosadas, blancas... Caían mansamente sobre los hombros, las cabezas. Me recordaban Platero y yo. Palomas había que comían en las manos de los transeúntes; después devolvían su vuelo hasta la ventana. Llegó un día que mi cuarto estaba repleto de palomas y yo estaba a punto de convertirme en una paloma más, inidentificable. ¿Cómo llegaría a la fama?. Me propuse fabricar culebras de goma. Robaba por la noche ruedas de coches clase media. Cortaba las tiras, dejaba sobre la acera, suspendía desde mi ventana. Sustos, patadas, perros ladrando. Algunos llevaban las culebras para fabricar un ungüento contra las llagas; dio mucho efecto. Para fabricar monederos, pero aquellas culebras vivas seguían imparablemente sus ondulaciones. Me sometía al juego hasta agotar la reserva de ranas. No sabía ya cómo alimentar los reptiles. Tras una larga discusión conseguí convencerles una noche; tomaron el camino del río próximo. Hay ahora menos ratas y más culebras; se ha decorado el paisaje monótono de antaño. El de las ratas fue otro buen invento. A veces permanecían en las hombreras de los viandantes sin darse ellos cuenta. Yo seguía con la mirada hasta que aquel balcón medio caído me lo impedía, o la esquina de la calle dejaba al cubierto mi entretenimiento. Llegué a superar el rabo de las ratas auténticas, los bigotes más afilados, de acero y un mecanismo que ganaba en velocidad y precisión de huida a los roedores del río vecino. Era imposible confundir los auténticos con los míos; mis animales superaban en realismo. Los gatos, por ejemplo, nunca perseguían a las ratas naturales; las creían de juguete y apenas podían encontrar satisfacción con ellas. También el parto abundante de los roedores 351 CAUCE. Núm. 2. GARCÍA DEL MORAL GARRIDO, Amalio; MANUEL VILCHES, Juan; DEL BARCO, ...
iba axfisiándome en mi cuarto. No podía imaginar nada nuevo. Cualquier creación era rápidamente; roída por aquella muchedumbre de ratas mecánicas. Pensaba de nuevo en las culebras. Algunos transeúntes habían muerto ya en la calle, síncopes, esas pequeñas cosas que prueban que la humanidad cuida mal sus corazones. Yo no sentía sobresalto ni gozo; solo apuntaba en la pared con rayas verticales cada víctima. Consiguieron las ratas hacer huir a los estudiantes de un callejón cercano, quiero decir un colegio cercano —no sé por qué razón sublime los colegios me parecían ahora callejones sin salida. Era tiempo de huelga de profesores y apenas alteró el funcionamiento del centro. Unos días más tarde una de las escolares intentó comerse una ratita, sufrió espantoso síncopes y murió en el Hospital Central, una habitación purísima y alba con una foto del Emperador — ¡salve! ¡salve!— sobre su cabeza. Los doctores escribieron en el parte: apendicitis. Entonces recordé mi infancia, la niñez aquella de los cólicos, cigarrillos de anís, el guerrero del antifaz... Había muerto una vecinita mía, rubio ángel y coletas cenicienta, y eso me llevaba con más entusiasmo a los años pasados. Fabricaba campanillas de plata que producían un sonido maravilloso. Era como el flautista de Hamelín de las campanillas. Nadie era capaz de no sonar la campanilla en sus manos. Y en aquel justo momento la campanilla llegaba a su realización plena: explotaba, llevándose, claro está, los dedos o las manos de los campanilleros. También llegué a instalarlas en los timbres de las bicicletas a través de un complicado sistema de imanes. Había un pequeño fallo: al estallar quedaba el vehículo, sin dirección y los muchachos, aquí está el error, nunca podían utilizar su mano destrozada en la caída. Yo no sabía cómo subsanar aquel inconveniente. Por eso a partir de entonces hacía campanillas de doble efecto: al sonar, una carga lateral se distribuía a la mano contraria y así no se establecía ese extraño desequilibrio de los unimancos; el desgobierno de las bicicletas acababa ahora indefensivamente en una pared. Los muchachos paraban directamente con la nariz y los dientes; era un espectáculo circense. Tenga tomadas muchas de estas escenas, en película sonora, claro, y espero —aunque no lo confieso, por honestidad— vendérselas montadas ad hoc, con música de Ravel en fondo, a un laboratorio médico. El resultado era excelente; había conseguido cambiar la humanidad. La falta de manos obligaba a utilizar otros miembros, otros artilugios humanos olvidados. Ponía esperanzas en una nueva vida. Ya no circulaban bicicletas, los automóviles eran casi ingobernables, se llegaba a parar la cadena industrial de algunas empresas, no ponían los muchachos trampas a los pájaros, los políticos habían dejado de levantar la mano, extendida o cerrada por inconveniente de forma. Era el resurgir del pensamiento, el establecimiento de un país más joven gracias a las muertes ocasionales. Yo colocaba pegatinas con mis ver352 CAUCE. Núm. 2. GARCÍA DEL MORAL GARRIDO, Amalio; MANUEL VILCHES, Juan; DEL BARCO, ...
sos y obligaba a todos a leerlos. No podían despegárselos, era indudable. Estaba comenzando a ser un poeta realizado. Y tenfa mil ideas de cómo utilizar mi poder sobre los viandantes. Respetaba solo a los borrachos y a los homosexuales; eran tan sensibles... Había dejado la más hermosa de las campanillas en una repisa; la llamé Genocidio un día de optimismo, junto a todos aquellos inventos que estaba perfeccionando para aquella nueva sociedad. Imaginaba todo un mundo nuevo, maravilloso, decadente, en crisis. Un mundo sin manos. El resultado era excelente por aquel entonces. Había pensado en otros dispositivos cancerígenos que fueran eliminando las manos, por absorción; era cuestión de mezclar unos líquidos iridiscentes en los depósitos de agua de la ciudad. Pero me di cuenta que ya no había con quien probar aquel invento. Estaba entrando en una sorda desesperación. Mis campanillas eran casi inútiles —la belleza inútil— y no tenía ya con quien experimentar las nuevas ideaciones. Me dediqué a cazar con lazo ratas y culebras. La decadencia de la especie me impedía de nuevo distinguir ahora las reales de las otras, las más reales. No sabía lo que era y no era mío. La humanidad comenzaba a vivir sin utilizar solo las manos; era un testigo mudo. Mejoraron los coros, los oradores, los presentadores de televisión, los novelistas y los poetas. En esto estaba también siendo superado. Había construido un mundo que ahora no me servía ni estimaba mis conquistas. Por eso en aquel instante cogí la campanilla y la agité violentamente. Ahora estoy en medio de los rostros y soy un escritor más que escribe con los dientes. PABLO DEL BARCO 353 CAUCE. Núm. 2. GARCÍA DEL MORAL GARRIDO, Amalio; MANUEL VILCHES, Juan; DEL BARCO, ...
CAUCE. Núm. 2. GARCÍA DEL MORAL GARRIDO, Amalio; MANUEL VILCHES, Juan; DEL BARCO, ...
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