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La que no existe: descubrir la madre en la historia y literatura de los Estados Unidos

Ozieblo, Bárbara

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©Universitat de Barcelona La que no existe: descubrir la madre en la historia y literatura de los Estados Unidos La madre no existe; no figura ni en la historia ni en la literatura porque la mujer es -somosmadre únicamente para nuestros hijos y nuestras hijas. Sólo ellos pueden reconocer a la madre en nosotras. Todo lo demás no es sino una construcción del patriarcado, una imagen que la sociedad nos impone a las mujeres mediante la cual nos controla y nos subyuga. El patriarcado nos asegura que ser madre es equivalente a se r mujer, que la tarea sagrada de traer hijos y de cuidarlos es nuestro privilegio y, habiéndonos negado cualquier existencia que no dependa de nuestra maternidad, relega esta función a la esfera doméstica que ha convertido en invisible. Somos pues, invisibles. No existimos; a no ser que aceptemos ser vampiresas, objetos sexuales, putas ... seres cuya existencia el patriarcado sí reconoce pero desprecia. Podemos subvertir este orden de cosas si nos aliamos con nuestras hijas; tenemos allí la posibilidad de un vínculo doble: ellas reconocen nuestra maternidad; ellas son madres en potencia; y nosotras somos hijas. Si en vez de aceptar nuestra invisibilidad desechamos las actitudes agresivas que aprendemos del patriarcado y nos con- • Uníversidad de Málaga. 37 Bárbara Ozieblo* centramos en nuestras hijas y en nuestras madres habremos creado un vínculo explosivo que podrá transformar el mundo ... Hace tan sólo treinta años encontrar a la mujer en la historia o la literatura de los Estados Unidos era imposible por impensable. Hoy, aunque a regañadientes, el mundo acepta que existimos. Pero las contradicciones entre la realidad física de la maternidad y la representación simbólica so n tales que a me nudo nos impiden saber lo que nosotras mismas deseamos, lo que esperamos de nuestras hijas o de nuestras madres. Intentaré aquí descubrir a la madre en la historia y la literatura norteamericana con el fin de dilucidar esta compleja relación en celebración de una maternidad que se aleja de los conceptos tradicionales que imponen la sumisión, el sacrificio y el silencio a la mujer. . . . ¿A cuántas mujeres norteamericanas puede enfocar nuestra Imaginación? Supongo que Hillary Clinton y Bárbara Bush se presentarán en nuestras pantallas mentales; las dos son madres: la una tachada de ambiciosa, de carente de valores morales y de mala madre ©Universitat de Barcelona mos. Si no se presta un esmerado cuidado y atención a las señoras, estamos decididas a fomentar una rebelión, y no reconoceremos ninguna ley en la que no tengamos ni voz ni representación".6 Adams se mofó de los consejos de su mujer y, negándose a reconocer que ella utilizaba los mismos argumentos que justificaban la separación de las colonias de Gran Bretaña, le aseguró que los hombres jamás se desprenderían del "sistema masculino" que tantos privilegios les otorgaba. Pero el nuevo gobierno tuvo que contentar a las mujeres de alguna forma, e inventó el concepto de la "Madre Republicana". Esta mujer, la madre de los hijos de los Estados Unidos, aunque desprovista del derecho al voto y clasificada por ley con los esclavos, los indios nativos, los niños y los locos, tenía no obstante la máxima responsabilidad que se podía otorgar a cualquiera: era la educadora de los futuros demócratas norteamericanos, quienes, según la nueva constitución, podían todos aspirar a ser Presidente. La madre, pues, tenía el papel más significativo en el desarrollo de la vida de la nación; para citar a Catherine Beecher: "Pero ¿no se encomiendan a la mujer las tareas de más alta responsabilidad? ¿No es su profesión el cuidado de la mente, del cuerpo y del alma? y eso, en el momento más crítico de la existencia."7 Beecher, procedente de una familia protestante de gran tradición y arraigo, apoyaba los conceptos y argumentos masculinos que dictaban que: "La parte igual que todo ciudadano tiene en la libertad y la parte posible que pueda tener en el gobierno de nuestro país hace necesario que nuestras damas sean cua li ficadas hasta cierto grado por una educación específica y adecuada, para ayudar a la instrucción de sus hijos en los principios de libertad y de gobierno".ª La mujer, como podemos deducir, no tenía la condición de "ciudadana" y la instrucción que debía recibir la prepararía para ser buena ama de casa, buena madre y buena educadora de los hijos en sus primeros años. No todas las mujeres aceptaron co11 Beecher las limitaciones de un sistema educativo así: hubo muchas que insistieron en que la mujer, para poder educar, necesitaba más conocimientos que los que le tocaría impartir; la "Madre Republicana" debía, según ellas, recibir la misma educación que sus hermanos, utilizar los mismos manuales, y someterse a los mismos exámenes. Hacia finales del siglo, consiguió, entre otros logros, que la Universidad de Harvard abriera un Anexo para mujeres, hoy Radcliffe College, y que se 6. Abigail Adams a John Adams, 31 marzo 1776, y la contestación de John Adams, 14 abril 1776, en Ozieblo,Bárbara, Un Siglo de Lucha: La Consecución del Voto Femenino en los Estados Unidos, Servicio de Publicaciones de la Diputación Provincial de Málaga, 1996, pp. 26-7. 7. Catherine Beecher, A Treatise on Domestic Economy (1841 ), Schoken Books, New York, 1977, p. 30. 8. Dr. Benjamín Rush, citado en Ozieblo, Bárbara, Un Siglo de Lucha, p. 31. 40 ©Universitat de Barcelona reconociera el derecho de la mu jer a estudiar y a ejercer en los campos de la medicina, la ley, la políti· ca y la educación superior femenina. Hurgando así en la historia de los Estados Unidos vemos a la madre como la que educa a los futuros ciudadanos. Pero a ella, a ella como persona que sufre, goza y participa en la vida de la nación, no la vemos. Y lo mismo nos ocurre en la literatura. La literatura norteamericana, en las obras canónicas de los autores reconocidos como "clásicos", apenas admite la figura de la madre. La mujer, si se me permite recordar las palabras de Fiedler, es retratada si gu iendo dos estereotipos: la pálida, inocente y sufrida novia o la apasionada amante de oíos oscuros y pelo moreno.9 Las dos son huérfanas; ni una ni otra podrá ser madre. La primera porque al rechazar la pasión morirá al dar a luz, la segunda porque su amor es siempre ilegal y no podrá ser sancionado por la concepción. Esto no quiere decir que las mujeres que enriquecen las páginas de la literatura nunca serán, ni hayan sido, madres. Pero la maternidad no las ocupa de lleno - y cuando lo hace, no son ellas las protagonistas. Un estudio de las novelas de Susan Fromberg Schaeffer provocó la siguiente reflexión-reflexi ón que podemos extender a la figura de la madre en la literatura y en la vida -y que merece ser citada: "Cuando los personajes centrales son hijas, somos muy conscientes de ese papel, lo mismo que lo son el las. Pero cuando el personaje central es una madre, a menudo percibimos que está alejada de sus hijos y de su maternidad ya que estos ocupan un lugar marginal en su vida."1º Sólo podemos ser madres para nuestros hijos; la maternidad nunca ha sido materia de novelas; dar un lugar privilegiado en nuestras vidas a los hijos y tener a la vez una vida "interesante" son alternativas verdaderamente excluyentes. Sin embargo, la figura de la madre atrae a las escritoras norteamericanas; empujadas por Virginia Woolf, por las psicólogas Dorothy Dinnerstein y Nancy Chodorow y por unas ps icólogas francófonas que se han infiltrado en el movimiento feminista de los Estados Unidos, las escritoras se interesan cada vez más por la madre, no como un símbolo sino como un ser, como una persona, y tratan de entender su cometido y su postura ante la vida. 11 9. Para un magistral estudio (pre-políticamente correcto) de las heroinas de las novelas norteamericanas veáse Fledler, Leslie, op. cit ., capítulo 10. 1 O. Gottschalk, Katherine K. «Paralyzed in the Present: Susan Fromberg Schaeffer's Mothers, or Daughters" en Pearlman, Mickey, Mother Puzzles: Daught er s and Mothers In Contemporary American Líterature, Greenwood Press, New York:, 1989, p. 14 L 11. Como se ñala Paulina Palmer en Contemporary Women's Fi ction: Narratíve Practice and Feminist Theory, Hemel Hempstead, Herts.: Harvester Wheatsheaf, 1989, p. 96) la re-evaluación de la maternidad se relaciona con la re-evaluación positiva de l as características "femeninas" de sustento y co-operación. Sin embargo, Lynne Segal atribuye el creciente inter és por la maternidad a la poca satisfacción que ofrece la vida profesional a la 41 ©Universitat de Barcelona Encontramos un ejemplo en la novela Beloved de la Nobel Toni Morrison, donde la figura central es una madre, Sethe; su tragedia es precisamente la maternidad, la maternidad en las condiciones inhumanas de la esclavitud.12 Sethe, una Medea moderna, burlando el orden dominante del hombre blanco, prefiere matar a su hija que dejarla en el cautiverio; años más tarde esta hija vuelve -presencia real o espírituy hambrienta del amor maternal, comienza a devorar a su madre. Gracias a la comunidad y a un hombre "feminlzado", un hombre que huye de la aventura, y que logra entender el dolor materno, Sethe recupera su voz y, rememorando un pasado que no debe olvidarse, aprende a contar su triste historia. De esta forma Morrison rescata del vacío que es el silencio, un episodio real de los tiempos de la esclavitud en los Estados Unidos -y provoca una meditación sobre la responsabilidad materna, sobre la re lación entre madres e hijas y el papel positivo que puede jugar un hombre capaz de asumir una actitud típicamente femenina de comprensión y de amor. Otra novela, ésta de Jane Smiley (ganadora del premio Pulitzer por Herederás la Tierra), nos acerca a una madre madura y a una problemática de vida diaria con la cual nos puede ser más fácil Identificarnos que con Sethe .13 Ordinary Love (Amor corriente) publicada en 1990, ofrece la figura maternal como protagonista, y explora la relación que tiene con sus cinco hijas e hijos. A pesar del divorcio cuando eran pequeños, y de no haber tenido la custodia de los niños, ni haber tenido apenas contacto con ellos, ha logrado establecer una relación de confianza y de amor. Ahora que la voluntad del padre no lo impide, se acercan a la madre, ansiosos de rec,ibir su cariño, de participar de su experiencia y de sus memorias que les ayudan a establecer su Yo en un mundo hostil. Beloved y Ordinary Love ofrecen un ejemplo de cómo, gracias al movimiento feminist a, hemos podido incorporar nuestra experiencia en la cultura y en la memoria colectiva. En el caso de Toni Morrison, la protagonista es una mujer de una minoría muy hostigada por la historia de su país, pero el amor y la angustia maternal los podemos comprender todas las mujeres. La protagonista de Jane Smiley es una mujer «normal» en la comunidad norteamericana (blanca, anglosajona, protestante y de clase media) y nos enseña lo difíciles que son las relaciones con los hijos, pero también, lo satisfactorias que pueden ser. Las novelas anteriores al movimiento feminista obviaban el tipo de relaciones que presentan Morrison y Smiley. Lo propio de mujer («Women's retreal into motherhood: back to the nursery», New Statesman, 113, n2 2910, 2 enero 1987, p. 17.) 12. La novela Beloved ha sido traducida al español por Iris Menéndez y publicada con el mismo título, Ediciones B, Barcelona, 1988. 13. La novela A Thousand Acres ha sido traducida por Iris Menéndez y publicada con el título Herederás la tierra, Tusquets, Barcelona, 1992. 42 ©Universitat de Barcelona una protagonista era encontrar novio y casarse; cuando se trataba de una mujer casada, la opción era aún más sencilla: la muerte o el suicidio. Hoy podemos reconocer que las relaciones con los hijos, lo que para el hombre son, tan a menudo, las pequeñeces de la vida, pueden ser materia de una obra literaria dando así entrada en la literatura a la figura de la madre. La relación entre hija y madre constituye a menudo el eje de las novelas autobiográficas de mujeres americanas de origen asiático (y de hombres y mujeres de origen judío) donde la protagonista, norteamericana de segunda generación, necesita reconciliar sus raíces, representadas por la madre, con la realidad que la rodea. Quizás la más conocida de estas novelas es The Joy Luck Club (El Club de la Buena Estrella) de Amy Tan porque ha sido llevada al cine. 14 Anterior, y de mejor calidad literaria, es The Woman Warrior (La Mujer Luchadora) de Maxine Hong Kingston. La protagonista de esta novela no tiene nombre -al igual que su "tía-sin-nombre" que domina el primer capítulo (¿será la protagonista su reencarnación?)- y en este vacío sin nombre, Innombrable, que es el choque frontal de dos culturas tan dispares, se forja su propia identidad. El conflicto entre lo que su madre desea para ella, y lo que ella va conociendo en un colegio americano no será resuelto hasta muchos años más tarde, cuando su madre, desprendiéndose de la omnipotencia maternal con un heroísmo que sólo la hija puede reconocer, acepta que la personalidad de la hija es independiente de la suya y reconoce su derecho a una vida propia. Al reconocer la madre el Yo de su hija ésta puede recoger todo lo que le ha querido enseñar y este todo, que incluye las costumbres y formas de pensar chinas, se cifra en la habilidad de "contar-cuentos". Contar cuentos, rememorar el pasado, supone reconocer los lazos con la madre, reconocer que hija y madre forman un núcleo que las concede autoridad en un mundo hostil. Así, el orden patriarcal es convulsionado, y la protagonista, igual que su antecesora Ts'ai Yen, encuentra su voz y aprende a traduci rse de una cultura a otra. La maternidad, siendo para la mujer una vivencia real e inmediata, significa para el hombre un seguro a largo plazo: no implica ni mareos ni varices sino una prolongación del Yo en el espacio y en el tiempo; es la inmortalidad, son los herederos, la viva prueba de su hombría. Los nueve meses de gestación acercan inevitablemente a madre y criatura pero el hombre, al no entender emotivamente este proceso, se distancia tanto de la madre como del recién nacido. Es más, teme este poder de vida que tiene la mujer, poder que no logra imitar y que nunca entenderá del todo. Los aborígenes australianos creen, aún hoy, que los niños son espíritus que viven en los árboles y 14. La novela The Joy Luck Club ha sido traducida por Jordl Fibla y publicada con el titulo El club de la buena estre//a, Tusquets, Barcelona, 1990. 43 ©Universitat de Barcelona que entran en una mujer cuando desean convertir se en seres humanos.15 Las culturas primitivas atribuían a la mujer la autoridad sobre la vida y la muerte; el inexplicable milagro de una nueva vida y el terror del ritual de la sangre femenina, fluyendo con una regularidad lunar, otorgaban a la mujer un poder que el hombre deseaba para sí. Por ello creó el mito de Zeus, de cuya cabeza nació Atenea, y por ello los poetas se arrogan el privilegio de ''dar a luz" sus obras: como nos indican Sandra Gilbert y Susan Gubar en su obra magistral The Madwoman in the Attic, Sir Philip Sydney se consideraba «enorme con hijo» cuando escribía y Gerald Manley Hopkins, poeta inglés del siglo diecinueve, aseguraba que el genio del escritor es una "cualidad masculina"; Edward Said, crítico contemporáneo, considera al autor como un padre que engendra la obra literaria, mientras que Harold Bloom establece toda una teoría literaria sobre la relación padre-hijo, negando así la existencia de la mujer escritora. Según los poetas ingleses Coleridge, Shelley y Keats, el poeta es como el Dios padre y gobierna sobre el mundo ficticio que ha creado. En el siglo diecisiete, Rochester escribía para deleitar su pene, mientras que según la leyenda, Renoir pintaba con el suyo ... 16 Ante tanta insistencia en el aspecto biológicamente masculino de la creación artística no es de extrañar que el canon literario oficial se componga de obras cuyos autores son representantes del sexo "fuerte" y que apenas trate de las "trivialidades" -como es la maternidad y la relación con los hijosque se asocian con el sexo "débil' '. Este deseo del hombre de apropiarse de las funciones biológicas de la mujer tiene consecuencias nocivas para nosotras ya que nos hace más celosas de esta función, reforzando así la santificación de la maternidad que la sociedad patriarcal utiliza para oprimirnos; nos enseña que la maternidad debe ser nuestra única y más importante aspiración, y nos crea complejos de culpabilidad si no sentimos esta necesidad. Recordemos la advertencia de Simone de Beauvoir cuando explica cómo la sociedad ensalza a la mujer embarazada que, "con su ego rendido, alienada de su cuerpo y de su dignidad social . .. disfruta la confortante ilusión de sentirse un ser humano en sí misma, un valor. Pero no es más que una ilusión" .17 Por otra parte, el miedo que los hombres sienten ante el poder de la muje rmadre les ha llevado a oponer su capacidad maternal a su capacidad intelectual. La mujer-madre que haya desarrollado su intelecto constituye una amenaza inefable; no es de extrañar que durante tantos siglos el patriarcado nos haya negado el acceso a la cultura y 15. Miles, Rosalind, The Women's History of the World, Paladín, Granon Books, London, 1990, p. 39. 16. Sandra Gilbert and Susan Gubar, The Madwoman in the Attic : The Woman Writer and the Nineteenth Century Jmagination, Vale University Press, New Haven, 1979. 17. Simone de Beauvoir, The Second Sex (1949), Penguin, Harmondsworth, 1984, p. 513. (Cursiva de Beauvoir.) 44 ©Universitat de Barcelona la educación y se haya esforzado por inculcarnos el culto a la maternidad. Hasta las mujeres más inteligentes han caído en la trampa; por ejemplo, Mabel Dodge Luhan, mujer culta e incansable en sus actividades artístico-bohemias en el Nueva York de la segunda década de este siglo, al abandonarla su amante John Reed, se lamentaba así: " Yo misma me había sumido en el vacío aislado del que sufría cuando me veía sin compañero, sin esa contigüidad de un hombre que me exaltaba, dándome la seguridad que necesitaba para reconocerme como persona... Me parecía que el poder había abandonado mi útero desatendido y había subido a mi cerebro, y desde este lugar de cuestionable ventaja podría retar otros cerebros. Me parecía que si se hubiera quedado en su lugar debido los hombres me hubieran querido de verdad .. . " 18 Dodge, a pesar de su independencia y brío en el territorio intelectual, no pudo librarse de los supuestos patriarcales que esclavizan a la mujer. Necesitaba de un hombre y quería tener más hijos para dar prueba de su "feminidad". Sin embargo, concebir hijos y parir son experiencias momentáneas que no dejan más que un recuerdo -de dolor, angustia, alegría, gozo ... -cuando la vivencia de la relación madre-hija, la creación de este vínculo que exige que las dos reconozcan tanto su Yo propio como el Yo de la otra, es lo que perdura y lo que nos puede salvar de lo que Mary Daly llama "el Reino del Terror, el reino de los padres y de los hijos varones" .19 La Historia, la historia de ellos (his/story en inglés), ha excluido a la mujer; este hecho ha sido documentado y expuesto por nosotras y por nuestras colegas en otros países a lo largo de los últimos treinta años -tres décadas desde que la mujer/las mujeres nos propusimos tomar la palabra. Gracias a esta labor, hoy somos conscientes de que lo que llamamos "nuestra" cultura, tanto como el conocimiento ontológico, están basados en una mitología centrada en el hombreel hombre que mata para sobrevivir, el hombre que desprecia a la vida, a la naturaleza y a la mu jer, a su madre. Hasta qué punto esta cultura "nuestra" nos desprecia lo vemos en el hecho de que emplaza sus orígenes en la figura del hijo matricida: Orestes que mató a Clltemnestra, Edipo cuyo amor Incestuoso conduce a su madre, Yocasta, a la horca ... 20 Revalorizar los mitos, aprender a releer los textos, crear nuestros propios mitos y textos, es de p ri mordial importancia si hemos de sobrevivir a nuestra ne18. Mabel Dodge Luhan, Movers and Shakers. Vol. 11 1. fntimate Memories {1936}, Kraus Reprints, New York, 1971, p. 44 . 19. Mary Daly, Gyn!Ecofogy: The Metaethics ot Radical Feminísm (1979), The Women's Press, London, 1987, p. 40. 20. Véase Luce, lrigaray, «The Bodily Encounter with the Mother" en Margare! Whitford, ed., The lrigaray Reader, Blackwe ll , London, 1993 , p. 36. {El original se encuentra en lrigaray, Luce, Sexe et paren/es, Minuit, Paris, 1987.} 45 ©Universitat de Barcelona gación, a nuestra no-existencia como mujeres, y como madres. Dice Hélene Cixous: "Intención: deseo, autoridad -examínalos y verás que te conducen directamente ... al padre. Incluso puede ser que ni nos demos cuenta de que no existe un lugar para la mujer en los cálculos. En última instancia, el mundo de «ser» puede funcionar sin la presencia de la madre. La madre no hace falta, siempre que haya quien nos cuide: y es el padre, entonces, quien asume el papel, quien es la madre. La mujer o bien es pasiva o bien no existe. Lo que queda de ella es impensable, no pensado. Lo cual desde luego significa que no se piensa en ella, que no entra en las oposiciones, que no hace pareja con el padre (quien hace pareja con el hijo)." 21 Nosotras, pues, para establecer una realidad verdaderamente nuestra, debemos hacer pareja con nuestras madres, y con nuestras hijas -que son las que crean nuestro linaje y con las que podríamos soñar en crear un mundo feliz, utópico, como el de Herland de Charlotte Perkíns Gilman ... 22 Por supuesto, esta alianza no le agrada al patriarca, al creador de los mitos, a quien se empeñó en quitarle Perséfona a Demeter -aunque se la devolvió, pero sólo unos meses al año. La relación entre madre e hija es una que todas conocemos íntimamente; queramos o no, somos hijas, y somos además, madres en potencia. A pesar de todas las teorías populares (léase patriarcales) que nos imponen la imagen de la joven madre, feliz con su recién nacido, cambiando pañales con una destreza intuitiva, este hecho de ser hija no nos prepara para ser madre. Es más, las relaciones entre madres e hijas son a menudo tensas y difíciles, y nos olvidamos del gran amor que sentían Demeter y Perséfona, sustituyéndolo por la desconfianza y el desdén más propios de la agresi ón masculina que de las cualidades relacionadas típicamente con la feminidad. El psicoanálisis -en una versión que tergiversa los conceptos freudianos y que ha sido popularizada, comercializada, y convertida casi en religión en los Estados Unidosseñala a la madre como la culpable de todos los complejos que amargan nuestras vidas. Mickey Pearlman asegura que "echar la culpa a la madre", en todas sus variantes críticas, psicológicas y teóricas, es un pasatiempo nacional norteamericano tanto de hombres como de mujeres.23 La psicóloga Dorothy Dinnerstein abrió en los Estados Unidos el debate sobre el papel de la madre, insistiendo en que el cambio de los roles masculinos y femeninos dentro de la familia es vital para la continuidad de la raza humana. Dinnerstein nos hizo 21. Hélene Cixous, The Hélene Cixous Reader, (ed., Sellers, Susan), Aoutledge, London, 1994, p. 39. (El original se encuentra en La Jeune Née, Union Générale d'Editions, Paris, 1975, p. 116.) 22. Charlotte Perklns Gilman, Herland (1915), The Women's Press, London, 1979. 23. Pearlman, p. 1. 46 ©Universitat de Barcelona reflexionar sobre el papel de la maternidad en nuestra sociedad: publicó The Mermaid and the Mlnotaur en 1976 como resultado de una larga reflexión, como ella misma dice en su Prefacio, sobre la situación humana que la rodeaba en aquel momento. 24 El terror ante la aniquilación de la humanidad -la amenaza atómica y la destrucción de la naturalezale llevó a identificar la causa de esta carrera entrópica en el concepto y ejercicio de la maternidad que impo ne una dependencia total sobre la madre a nuestros hijos e hijas. Según Dinnerstein el mal no está en que sea la madre la que críe a sus hijos e hijas, sino en la falta que sufren éstos de una relación afectiva y de dependencia con un hombre desde los primeros momentos de vida. Nuestros primeros años los vivimos dominados por un ser femenino, que atiende a todas nuestras necesidades y a quien identificamos con la naturaleza. El trauma de desprendernos de este ser femenino ocasiona una sensación de pérdida -v ivida, según Dinnerstein, más intensamente por el niño que por la niñaque no nos abandonará jamás. Ya Freud había señalado la importancia de la presencia maternal en la infancia y de la necesidad de la separación; pero para Dinnerstein esta presencia exclusiva que conlleva la ausencia del padre, puesto que incide en la conformación del adulto, es la causa de la inminente devastación del mundo en el que vivimos. La solución ofrecida por Dinnerstein es la de compartir los cuidados de nuestros vástagos; al conocer el niño a dos personas de sexos diferentes desde sus primeros momentos, su desarrollo ecuánime se verá potenciado, y no conocerá la agresión que la pérdida de los vínculos excesivamente fuertes con la presencia maternal le ocasiona. Por otra parte, la niña, al no vivir la autoridad de la madre como autoridad dominante derrocada por la figura masculina del padre, verá más fácil su relación con su futuro marido y sus hijos. Niño y niña, al ser descartada la violencia y la agresión de s us vivencias infantiles, contribuirán a la creación de un mundo pacífico y respetuoso con la naturaleza. Imbuida de un candoroso optimismo, Dinnerstein nos asegura que el padre hará partícipe del niño de todas sus buenas cualidades masculinas (sus cualidades "malas" se esfumarían con las nuevas responsabilidades adquiridas), ayudando así a la creación de un mundo más equitativo, justo e integrado con la naturaleza. Los argumentos de Dinnerstein convulsionaron al movimiento feminista en los Estados Unidos, que recogió sobre todo su insistencia en la necesidad de los padres de compartir los cuidados del niño, y el énfasis en la androginia básica de todo ser humano. Lo que debemos recalcar aquí es que Dinnerstein -sin proponérselo-consi24. Dorothy Dinnerstein, The Mermaid and the Míotaur: Sexual Arrangements and Hu - man Malaise (1976) fue publicado en Inglaterra con el titulo The Rocking of the Crad/e and the Ruling of the World, 1978. La edición utilizada para este trabajo es la de The Women's Press, London, 1987. 47