Burgos, Antonio: Curro Romero. La esencia, Barcelona, Planeta, Col. La España Plural, 2000, 407 págs. [Reseña]
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Revista de Estudios Taurinos N.º 11, Sevilla, 2000, págs. 299-304 Burgos, Antonio: Curro Romero. La esencia, Barcelona, Planeta, Col. La España Plural, 2000, 407 págs. Fig. n.º 27.– Cubierta del libro Curro Romero. La esencia, de Antonio Burgos. muchas cuyo listado sería interminable» (Cf. Campos de España en I. Cossío, 1999: 168). He leído el libro con que nos ha obsequiado Ignacio de Cossío y Pérez de Mendoza de corrido. Espléndidamente documentada, bien construida, perfectamente escrita, ligera, vertiginosa, Cossío y los Toros resulta ser un texto insustituible para los aficionados a los toros, a los interesados en la Edad de Oro de la Tauromaquia, a los historiadores de la Cultura Moderna de nuestro país, en fin, a cualquier persona sensible e inquieta. A Ignacio de Cossío mi felicitación y mi gratitud por haber dado a la estampa una obra tan interesante, tan emotiva, de la que su protagonista se sentiría doblemente orgulloso porque a los méritos de una obra certeramente acabada tendría que añadirle la espléndida contribución que supone al brillo del excelente linaje de los Cossío. Pedro Romero de Solís Fundación de Estudios Taurinos Pedro Romero de Solís 298
bre de confianza de Curro) nos daba cita en el Hotel Pasarela de Sevilla…La entrevista duró una hora. Hablamos los autores un poco , poquísimo el torero. Lo justo para decir no, sin que la palabra se pronunciara jamás. Fue una entrevista deliciosamente frustrada…». Por eso creo que entre los muchos méritos del libro de Burgos, no es menor el de conseguir que el torero hable tanto. Y si no ha hablado tanto, es sorprendente que Burgos haya tenido tanta imaginación para intuir algo sobre la biografía del diestro, con la que el protagonista está absolutamente conforme. En ambos supuestos posibles, el mérito es indudable. El libro, sí es la biografía de un torero y, de lo que más habla, naturalmente, es de toros. El infratítulo de la esencia no es a humo de pajas. Revela, para el aficionado, la ontología del toreo de Curro, que en contra de una apreciación superficial, la esencia no radica en la repajolera gracia, ni en el pellizco, ni en lo periférico o etéreo del toreo. La esencia estriba en mandar sobre el toro, con la suerte cargada, asentada la planta de los pies, ligando los pases, arrebujao (sic), con tal temple que los avíos, toro y torero to va a la vez (sic). Y el protagonismo de ese toreo no estriba en el tarro de las esencias sino como le decía Rafael de León a Curro «…tú les presentas a los toros la femoral». Sí; además de todo eso, existe el sentimiento, la estética, la belleza pero, todo eso, sin la verdad, no es nada en el toreo. Por eso lo de el tarro de las esencias es mejor dejarlo para toreros poco profundos. A Curro, según Burgos, le gusta más hablar de armonía. Se suele decir, como elogio de un libro, que se lee de una sentada. Ese elogio no se puede hacer del libro que comentamos. Es un libro para leerlo despacio, recreándose en Recensiones de libros 301 Los buenos toreros, lo que saben hacer bien es torear, y los buenos escritores, escribir. Salvo excepciones, los toreros no saben escribir, ni los escritores torear. Entre aquellos, una excepción fue Ignacio Sánchez Mejías, que además de autor teatral fue cronista de sus propias actuaciones y alevín de novelista. Pero esa realidad no empece para que, en la bibliografía taurina, se haya prodigado la ficción de que los toreros escriben su autobiografía. Sería más exacto si dijéramos que describen su vida y hazañas y otros las escriben. Siempre hay, sin embargo, como es natural, una dosis importante de imaginación del escritor. Lo que confiesan los toreros de López Pinillos; El libro de los toreros de El Caballero Audaz; Vida y novela de un matador de toros, biografía novelada de El Papa Negro, del que es autor Luís de Armiñan; La tauromaquia de Marcial Lalanda de Andrés Amorós y, sobre todo, Juan Belmonte, matador de toros de Chaves Nogales son algunos de los ejemplos de ese maridaje literario taurino, del que Curro Romero, la esencia de Antonio Burgos ha sido el último en llegar. Son muchos los méritos que encierra el libro, de los que ahora hablaremos, pero entre ellos no es el menor haber conseguido que Curro hablara. Los periodistas saben muy bien la enorme y educada resistencia que el diestro de Camas opone a cualquier entrevista sea escrita o audiovisual. De ello hay muchos testimonios, pero quizás ninguno tan expresivo como el que relatan José Carlos Arévalo y José Antonio del Moral en su libro El enigma de Curro Romero, cuyo título, ya de por sí, revela el arcano en que protege el diestro su intimidad. Dicen los autores que tras dos meses de indagatorias… «por fin, una mañana de febrero, Antonio Torres (homJuan Manuel Albendea 300
bre de confianza de Curro) nos daba cita en el Hotel Pasarela de Sevilla…La entrevista duró una hora. Hablamos los autores un poco , poquísimo el torero. Lo justo para decir no, sin que la palabra se pronunciara jamás. Fue una entrevista deliciosamente frustrada…». Por eso creo que entre los muchos méritos del libro de Burgos, no es menor el de conseguir que el torero hable tanto. Y si no ha hablado tanto, es sorprendente que Burgos haya tenido tanta imaginación para intuir algo sobre la biografía del diestro, con la que el protagonista está absolutamente conforme. En ambos supuestos posibles, el mérito es indudable. El libro, sí es la biografía de un torero y, de lo que más habla, naturalmente, es de toros. El infratítulo de la esencia no es a humo de pajas. Revela, para el aficionado, la ontología del toreo de Curro, que en contra de una apreciación superficial, la esencia no radica en la repajolera gracia, ni en el pellizco, ni en lo periférico o etéreo del toreo. La esencia estriba en mandar sobre el toro, con la suerte cargada, asentada la planta de los pies, ligando los pases, arrebujao (sic), con tal temple que los avíos, toro y torero to va a la vez (sic). Y el protagonismo de ese toreo no estriba en el tarro de las esencias sino como le decía Rafael de León a Curro «…tú les presentas a los toros la femoral». Sí; además de todo eso, existe el sentimiento, la estética, la belleza pero, todo eso, sin la verdad, no es nada en el toreo. Por eso lo de el tarro de las esencias es mejor dejarlo para toreros poco profundos. A Curro, según Burgos, le gusta más hablar de armonía. Se suele decir, como elogio de un libro, que se lee de una sentada. Ese elogio no se puede hacer del libro que comentamos. Es un libro para leerlo despacio, recreándose en Recensiones de libros 301 Los buenos toreros, lo que saben hacer bien es torear, y los buenos escritores, escribir. Salvo excepciones, los toreros no saben escribir, ni los escritores torear. Entre aquellos, una excepción fue Ignacio Sánchez Mejías, que además de autor teatral fue cronista de sus propias actuaciones y alevín de novelista. Pero esa realidad no empece para que, en la bibliografía taurina, se haya prodigado la ficción de que los toreros escriben su autobiografía. Sería más exacto si dijéramos que describen su vida y hazañas y otros las escriben. Siempre hay, sin embargo, como es natural, una dosis importante de imaginación del escritor. Lo que confiesan los toreros de López Pinillos; El libro de los toreros de El Caballero Audaz; Vida y novela de un matador de toros, biografía novelada de El Papa Negro, del que es autor Luís de Armiñan; La tauromaquia de Marcial Lalanda de Andrés Amorós y, sobre todo, Juan Belmonte, matador de toros de Chaves Nogales son algunos de los ejemplos de ese maridaje literario taurino, del que Curro Romero, la esencia de Antonio Burgos ha sido el último en llegar. Son muchos los méritos que encierra el libro, de los que ahora hablaremos, pero entre ellos no es el menor haber conseguido que Curro hablara. Los periodistas saben muy bien la enorme y educada resistencia que el diestro de Camas opone a cualquier entrevista sea escrita o audiovisual. De ello hay muchos testimonios, pero quizás ninguno tan expresivo como el que relatan José Carlos Arévalo y José Antonio del Moral en su libro El enigma de Curro Romero, cuyo título, ya de por sí, revela el arcano en que protege el diestro su intimidad. Dicen los autores que tras dos meses de indagatorias… «por fin, una mañana de febrero, Antonio Torres (homJuan Manuel Albendea 300
Esa apreciación no va con Curro. Está claro que no es un revolucionario social, aunque sí es paradigma de la permeabilidad social de la que siempre han sido protagonistas singulares los toreros que han llegado a figuras. Está claro que nadie les ha regalado nada. En la trayectoria de Curro, desde el pastor niño de Gambogaz, la finca que Sevilla regaló a Queipo de Llano, al joven que aprende las cuatro reglas hospedado en un hotel madrileño de cinco estrellas, al Curro que le otorgan la Medalla de Andalucía y posteriormente la Medalla de Oro a las Bellas Artes, se recrea un arquetipo de permeabilidad social, muy arraigada en los semidioses de raso y oro. Curro, sin embargo es, en esa faceta, diferente. Por ejemplo, no tiene nada que ver con El Cordobés de Dominique Lapierre. Curro no robó gallinas, ni tiene ni quiere un cortijo. No sólo es singularísimo como torero, sino que su trayectoria vital es la antítesis del estereotipo del torero andaluz. Es un libro hermoso, diría que ya clásico, en el que una pluma certera ha trazado no sólo la biografía de un artista excepcional, sino el panorama de medio siglo de la vida española y, especialmente andaluza y sevillana, con sus miserias y sus grandezas, sus alegrías y sus sinsabores. Escrito, además, con un lenguaje andaluz, culto y gratamente eufónico. Con la misma armonía que el toreo del protagonista. Juan Manuel Albendea Fundación de Estudios Taurinos Recensiones de libros 303 la suerte. Tiene tantos matices en campos tan dispares desde la sociología al léxico andaluz, o desde la política hasta la universal etopeya de Curro y su entorno, que hay que detenerse muchas veces para dar rienda suelta ora para la reflexión, ora para paladearlos como un buen oloroso. Quizás los capítulos más emotivos del libro sean los de la relación entre el toreo y el cante. Esa admiración recíproca entre Curro y Camarón de la Isla revelan muchas raíces comunes entre ambas artes. Cuando se iba con Curro a una venta es cuando José se rompía cantando para él solo: “que es como se canta y se torea y se hacen las cosas de verdad. Para uno solo”. O, cuando Manolo Caracol se quejaba por seguiriyas en La Maestranza, emocionado por la forma en que Curro le estaba andando a un toro. Y la reacción del torero: interrumpir la faena para escuchar a gusto el cante. ¡Qué ósmosis! ¡Qué envidia producen algunas de las declaraciones de Curro! Con lo poco que dicen que habla, pero qué bien habla. Descubrir sus sentimientos: el amor como acicate para la creación artística, la dignidad de la pobreza, la ausencia de resentimiento ante la injusticia social. Curro, en el libro de Burgos, aparece como la antítesis de Juan Gallardo, el protagonista de Sangre y Arena, la novela de Vicente Blasco Ibañez. Al comentar esta novela, Santiago Arauz de Robles en su ensayo Sociología del toreo, escribe que «el torero ha sido durante mucho tiempo…la última válvula que quedó practicable para el inconformismo social, en un pueblo rígidamente estratificado, después de la época de los conquistadores –por su espíritu de emulación de rebeldía social–. El torero es, pues, un ser excepcional que quebranta una regla general de aceptación, de sumisión». Juan Manuel Albendea 302
Esa apreciación no va con Curro. Está claro que no es un revolucionario social, aunque sí es paradigma de la permeabilidad social de la que siempre han sido protagonistas singulares los toreros que han llegado a figuras. Está claro que nadie les ha regalado nada. En la trayectoria de Curro, desde el pastor niño de Gambogaz, la finca que Sevilla regaló a Queipo de Llano, al joven que aprende las cuatro reglas hospedado en un hotel madrileño de cinco estrellas, al Curro que le otorgan la Medalla de Andalucía y posteriormente la Medalla de Oro a las Bellas Artes, se recrea un arquetipo de permeabilidad social, muy arraigada en los semidioses de raso y oro. Curro, sin embargo es, en esa faceta, diferente. Por ejemplo, no tiene nada que ver con El Cordobés de Dominique Lapierre. Curro no robó gallinas, ni tiene ni quiere un cortijo. No sólo es singularísimo como torero, sino que su trayectoria vital es la antítesis del estereotipo del torero andaluz. Es un libro hermoso, diría que ya clásico, en el que una pluma certera ha trazado no sólo la biografía de un artista excepcional, sino el panorama de medio siglo de la vida española y, especialmente andaluza y sevillana, con sus miserias y sus grandezas, sus alegrías y sus sinsabores. Escrito, además, con un lenguaje andaluz, culto y gratamente eufónico. Con la misma armonía que el toreo del protagonista. Juan Manuel Albendea Fundación de Estudios Taurinos Recensiones de libros 303 la suerte. Tiene tantos matices en campos tan dispares desde la sociología al léxico andaluz, o desde la política hasta la universal etopeya de Curro y su entorno, que hay que detenerse muchas veces para dar rienda suelta ora para la reflexión, ora para paladearlos como un buen oloroso. Quizás los capítulos más emotivos del libro sean los de la relación entre el toreo y el cante. Esa admiración recíproca entre Curro y Camarón de la Isla revelan muchas raíces comunes entre ambas artes. Cuando se iba con Curro a una venta es cuando José se rompía cantando para él solo: “que es como se canta y se torea y se hacen las cosas de verdad. Para uno solo”. O, cuando Manolo Caracol se quejaba por seguiriyas en La Maestranza, emocionado por la forma en que Curro le estaba andando a un toro. Y la reacción del torero: interrumpir la faena para escuchar a gusto el cante. ¡Qué ósmosis! ¡Qué envidia producen algunas de las declaraciones de Curro! Con lo poco que dicen que habla, pero qué bien habla. Descubrir sus sentimientos: el amor como acicate para la creación artística, la dignidad de la pobreza, la ausencia de resentimiento ante la injusticia social. Curro, en el libro de Burgos, aparece como la antítesis de Juan Gallardo, el protagonista de Sangre y Arena, la novela de Vicente Blasco Ibañez. Al comentar esta novela, Santiago Arauz de Robles en su ensayo Sociología del toreo, escribe que «el torero ha sido durante mucho tiempo…la última válvula que quedó practicable para el inconformismo social, en un pueblo rígidamente estratificado, después de la época de los conquistadores –por su espíritu de emulación de rebeldía social–. El torero es, pues, un ser excepcional que quebranta una regla general de aceptación, de sumisión». Juan Manuel Albendea 302