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La naturaleza en Sevilla [Reseña]

Morales Padrón, Francisco

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LA NATURALEZA EN SEVILLA( *) Por FRANcrsco MORALES PADR ÓN La naturaleza en Sevilla es una obra sorprendente y nostálgica. ¿Por qu é? Extraordinaria lo es porque instintivamente, y en tratándose de esta ciudad tan trat a da y tan maltratada, nos acercamos a sus página s creyendo en co ntrar en ellas las consagradas imágenes y el archileído te xto. Consabidas imágenes, que no menciono, y que indudablemente son Sevilla. No sólo son Sevilla, sino que son las estampa s que h an serv ido para se mbrar en todo el mundo un semblante de la ci ud ad Es la cara internacional de Sevilla. Pero en este libro tal rostro apena s se adivina en una balaustrada de la Plaza de Espa ña , un patio de la Casa de Pilatos, un trozo de la mur alla del Al - cáz ar, una disimula da vista de la R ea l Ma es tranza y una espléndida foto -la más de lat a do ra - de la calle Betis re fl eja da en el domeñado y humillado Be ti s. Lo de más son plantas , flores y aves. La s que viven en la ciudad . No stálgico he dicho. Sí; me explicaré. Ferrand aquí, piens0 que si n quererlo, añ ora la natur aleza p er dida . En tiempos pasados las casas po seía n jardines, hu erto s y pozos en torno a los qu e cr ecí an y vivían árbol es, plantas decorativas y útiles. frutale s y legumbres. Por la s casas y por la s calles andaban animales y disc urrían los volátiles. El ciudadano no necesitaba salir de la ciudad para huir del ruido , del hacinamie nt o y de la contaminación, en bu sca de un trozo de bosqu e, de un río o de una pradera . La na tu ra leza estaba d entro de la vida cot idiana. De la vida y del arte . Animales, flores, frutas , hoj as ... ( ') Manuel Fcr r and : La 11a tu mleza en Scl'illa. In ca fo. A bc ngoa, S. A. Sevilla. 1 977 58 FRANCISCO MORALES PADRÓN se empleaban corrientemente en capiteles, retablo s, cuadros. miniaturas. Hasta en la misma medicina y repostería las plant as y flor es ocupaban un pu esto decisivo. L as rosas servían para hacer miel de rosas, y con la s violetas se creaba un postre mantecoso conocido por « mi amigo)). El jugo de los claveles se creía que preser vaba de la peste; de ahí algunos re trat os, in - cluso de hombres, en qu e el personaje figura con un clavel en la mano. Esta n aturaleza se fue alejando cada vez más de la ciuda d, y fue su stit uida por el jardín . El jardín impli ca un deseo del hombre de con tinuar en contacto con la nat ural eza. Ten ien do en cu en ta lo que aca bo de manifestar. de du zco la mencionada nostalgia. P orq ue en esta obra se de scu br e lo que resta de naturaleza en la ciudad , una mínima part e, que nos acompaña y envue lve, aunque en ocasiones apena s p ercibimos y, mu c ho menos, gozamos. El llam ado pro g reso ha ido liquidand o, arrin - conando o matando a muchas especies naturales del reino vegetal o animal, como aco ntece co n los peces del río. Por eso ahor a te n emos qu e ir a b uscar a las torr es, tejados, az oteas. plazas y cier tos jardines esa naturaleza p erdi da . Una naturaleza donde los com pon en tes básicos, prim arios, son la lu z, el aire, el agua y la tierra. Es muy difícil, tratándo se de Sevilla, expr esar dónde radica su encanto, su belleza. su atracc ión. Gran parte gira en to rno a esos el ementos que Ferrand ha coloca do co mo pórtico: la lu z, el ai re y el ag ua . Ing re die ntes de un ambiente que nos succiona. S abe mo s que en S ev illa todo es consecuencia de la luz. La ciudad sin luz es como un cartel de toros mojado y med io despegado. O rtega y Gasset, Eugenio Noel. Azorín, Juan Ram ón y A. Gide, e ntr e otros, han capt ado el valor de la luz; valor di sti nto según ép ocas, lugares de la ciudad y horas de día. Es una luz que tra nsfigura a un u rba ni smo care nt e de t oda lógica y" que es, con el a ir e, la qu e ha ce en último ex tr e mo que lo irregular se torne p er fecto y armonioso. Armonía de luz, armonía de ambi en te q ue do ta a la ci udad de una rara gracia o de esa alegría y pla cer de vivir cuya procedencia o manantiales ignoram os, pero que est án ahí. Y es que siempre «en el aire (de la ci ud a d) ha y co rno u na inminencia de cercanas flores». Esto, LA NATURALEZA EN SEVILLA 59 tan agradabl e, es lo que a veces y desgraciadamente actúa como un opio y nos torna ciegos y lerdos ante l as sombras del cuadro. Porque en Sevilla, señores, también hay sombras. Tiene que haberlas. El concepto luz lo exige. Y no me est oy refiriendo a esas som bras que jue ga n caprichosamente con los brillos. No. Me refie ro , y es un simple ejemplo extraído de la prosa de Ferrand, al ruido o a la contaminación que recortan ese somero y grato placer de pas ear , y se ensaña con la naturaleza o con las viejas piedras. (El ábside de la Capilla Real, con sus escudos imp eriales medio s desmoronado s, es algo que encoje el corazón.) Del agua, nada digamos. Ferrand ha subrayado su valor y su misterio , sin quererse referir al agua ele las fontanas. En Roma ello hubi e ra sido imposible. Aquí ... ¡No sé! Sobran cier - tas fuentes de penúltima hora . Sevilla no es para fontanas espectaculares, porque todo en ella ti ene la medida de la consonancia. Pero a veces la planificación municipal teñida de mal gusto ha echado a perder perspectivas y algunas fuentes, propias de ciudad de nuevo cuño, lo es tán proclamando a diario. Ni de ellas, ni de las otras, más recatadas y humildes, ha querido hablar Ferrand, limitándose a las fuentes, pozos y traídas del pretérito. Torres, tejados y azoteas Yo he subido a todas las torres de Sevilla. Y fruto de estas escaladas, algunas re petidas , es una amplia col ección de diapositivas en color y un texto titulado « Sevilla desde sus torres». Esta experiencia me ha pe rmitido vivir intensamente la parte del libro qu e Ferrand titula Torres, tejados y azoteas. De la mano del n ove lista vamos por torre s, espadañas, vele tas, tejados, azoteas, balcones, terrazas, ventanas, aleros , cornisas ... etc., dialogando con el confianzudo jaramago (Erocastrur11 boeticunz) que Romero Murnb e cantó en la «Can ción al Jaramago»; la higuera salvaje; el agradecido y variado clavel; la í ina y olorosa clavellina; la sencilla g itanilla, que salva lo mostrenco de algunos edifici os de Los Remedios; y las rosas de 60 FRANCISCO MORALES PADRÓN difícil adjetivo de la Caridad, que ahora mismo -m e han dichopr e ocupan a la H er mandad porqu e amenazan secarse . .. Por las alturas de torres, tejados o azoteas nos encontramos también con la golondrina amable y esbeltí sima; con el avión científicamente llamado chelidon urbica; el vencejo, pájaro sin le yenda, volador i nfatigable; los cernícalos de la Giralda; el murciélago, o, como dice muy bien el pueblo, el murciégalo porque eso es lo que es, un ratón ciego; el ansar pasajero, camino de Doñana; el estornino; el milano real, el halcón, la lechuza, el búho ... Todavía oigo al acercarse la pr imavera el rítmico canto que al atardecer e ntona uno de estos bichos y que mi amigo Sánchez Pe drote llamaba la cornabatilla. Cornabatilla de la Palmera o Sector Sur, fiel compañera en horas vespertinas de primavera y verano. Ella anunciaba el buen tiempo, la llegada de esa mágica y bre ve estación de Sevilla que no se atreve a ser invierno ni a ser ve rano . Sonaba la cornabatilla -suena todavíacuando aparecían las ele ga nt es cigüeñas. Y luego, a ras del suelo, F er rand no s habla del petirrojo redondito y vivaz, pequeño y sociable; del gorrión entrometido; y de las palomas de la Plaza de América, cuyo origen Ferrand ignora y que tal vez pudiéramos dilucidar hurgando donde se nos habl e de una s palomas traída s de Francia y de un palomar for ma do por los Montp ensier. Sí en camh io s abemo s que de e sta s po sibles desce ndien tes proceden a su vez, la s traspl an tada s al Pa rq ue de lo s Príncip es. Ferrand, que ha ca ntado y de scri to primorosamente a las azoteas, espacio íntimo para ten er una s palomas , ha rehusado ha ce r la apología del canario enjaulado, parte i ntegra l d ~ muc ho s hogar es y afición de múltiples sev illa nos. T ampcco se le ha antojado repasar el espectáculo dominguero de la Alfalfa , con centenaria tradición ... Me supongo que ello se debe a que por se n si bilidad no ha qu e rido ref e rir se al animal pri si on ero. Ca lles y plazas Esta c iudad, devota de María c omo nin g una , tiene que se r forzosam en te ama nte de las flor es porque para algo María ha sido comparada con una flor: el lirio o la azucena. Y es ta LA NATURALEZA EN SEVILI.A 61 ciudad, cultivadora de las flores, tenía que llevar al nomenclátor de sus calles nombres como los de Lirio, Arrayán, Nardo, Alhelí, Camelia, Clavellina, Par aíso ... Y, en un hiperbólico a lard e, bautizó a toda una barriada con nombres de pájaros. Andando por ca lles y plazas, donde penden los «vergelillos de los balcones», hemos de toparnos nuevamente con gitanillas, rosas, claveles, geránios, ficus, hortensias , mimosas, albahacas... Para estas plantas y de estas plantas vivía o vive el hombre del mantillo. El hombre del mantillo gritador del pregón ¡Mantillo para las macetas!, olvidado por Cernuda cuando evoca el pregón primaveral mañanero del vendedor de claveles, el estival del mediodía del vendedor de pejerr eyes, y el pregón del atardecer a cargo del viejo vendedor de ¡Alhucemas frescas! Bordeando las ca lles se sit úan los naranjos, los plátanos orientales, las palmeras. El naranjo «recio y netamente sevillano», que le da a la ciudad una quin cena de días de plenitud sensorial, que los forasteros perciben mucho más que nosotros integrantes del ambiente. Naranjos de todas las calles, del P atio de Bandera, de las Plazas de Santa Marta, Doña Elvira, Santa Cruz, Alianza y Plaza Nueva ... Pa lmeras de múltiples variantes (la phoenix dactilif era, la canariensis, la reclinara, la washingtonia, la latania filifera, la coco ramianyo, la kentia, la cha nd erops humilis). Palmeras de la calle San Fernando, de la G ran Plaza, palmeras de la Carretera de Su Eminencia, de la Plaza Nueva, de San T elmo; palmeras y rosales del Duqu e; palmeras y magnolia del Palacio Arzobispal; palmeras y árbol del amor de la Plaza de América; palmeras morunas de la Macarena; palmeras cristianísimas de la Caridad; y palmeras tremendamente esbeltas del Alcázar. Hay más árboles por las calles, plazas y jardines de la ci uda d. Acacias (de la Pla za del Triunfo) , olmos álamos blancos (de la Plaza de Cuba y de la Alameda), falsos pimenteros, magnolias, jacarandás, ficus (los de la Plaza del Museo y de San Pedro o Pla za de Argüelles), ceibos, cipreses ... Ferrand subraya el magnolia que sombrea la estatua de Martínez Montañés junto a la cate dral , y yo entono una elegía por el que había frente al Archivo de Indias, talado de modo inmisericorde. Y 62 FRANCISCO MORALES PADRÓN recuerdo tamb ién el magnolia que Cemuda canta en Ocnos y que para el poeta era algo más que una hermosa realidad, era una imagen de la vida, pues su apar tado vivir, su florecer si n t es tigos, era lo que dotaba de calidad a su hermosura. En esta botánica ca ll ejera no están au sen tes algunas especies exóticas, com o el ceibo de rojas flores, que hay en la entrada del Hotel Alfonso XIII. Testimonio solitario, como los zapotes dispersos por la s Delicias o las Cuevas, de la vocaci ón botánica americana de la ciudad inaugurada por Hernando Colón en su casa de la Pu erta Real. De América ha venido igual mente el ja cara ndá, que en primavera pone su nota violeta en múltiples rincones ciudadanos. Son ellos los árbol es que morían de pie en la pieza tea tral de Casona, y de los que hay una maravillosa avenida en el Colegio Mayor de Santa María del Bu en Aire, dueño de uno de los jardines sevillanos a tener en cuenta, pue s en ellos actuó la misma mano que remodeló los del Pa rq ue María Luisa. Al gún día, entre es ta botánica exótica de ceibos, zapotes o jaraca nd ás, habrá que mencionar cuatro dragos -árbo l del terciario, cuya savia se creía curaba la lepra en la Edad Mediaplantados frente a la Facultad de Filosofía y Letras y al Colegio Mayor « Hern ando Colón». Ya no solo Cádiz o Jer ez ti enen dragos, tambi én Sevilla cuenta con ellos, aunque no sean centenar ios ni hayan tomado esa forma extrafia que les caracteriza. Jardines ocultos A Sevilla le va los jardines ocultos, recónditos, afirma Ferrand, y es verda d. Cocteau dijo que toda Sevilla era clausura. Clau sura hasta del mismo sevillano, pese a ese darse de entrada . Da, sí, e] patio de su alma, el com pás «C ompromiso entre la calle y el jardín» oculto. De estos jardines íntimos se cita n los de Sant a Paula (que conste que son una delicia los de la clausura y las azoteíllas qu e cada monja tiene frente a su celda), los de la Casa de Pilato, los de las Dueñas, y los de los Reales Alc ázares . Yo hubiera menciona do también (por plantearme su futuro) a los LA NATURALEZA EN SEVILLA 63 jardines del Colegio del Valle, con un espléndido trozo de muralla ahogado por buganvillas y otras especies, y hasta ese 3tro jardín persa a punto de re-florecer, que Rafael Manzano ha descubierto en la Plaza de la Contratación y en el que las especies nac en en un foso y permiten al paseante coger sus frutos agachándose ligeram e nte . Vergeles ocultos todos estos a los que se les puede aplicar la observación que Andrés Navajero, embajador de Venecia, hizo a principios del XVI a algunos huertos sevillanos. Cuenta Navajero, llegado en 1526 para asistir a la boda de Carlos I con Isabel de Portugal, qu e fuera del recinto de la ciudad se desperdigaban bellísimos mona sterios con jardines llenos de naranjos, cedros, infinitos mirtos, sobresaliendo el de la Cartuja de las Cuevas donde «El río, que corre junto a los muros del jardín, le da una grandísima gracia, embelleciendo mucho una gale ría que hay sobre el agua». Y termina : «Buen escalón tienen los monj es qu e lo habitan para subir al paraíso». En algunos cuadros renacentistas el Paraíso aparece poseyendo una flora tan espectacular como la de este monasterio o co mo la que brindan los jardines del Alcázar -bueno para subir al cielo-, mezcla de jardín musulmán y cristiano, medieval, renacentista y moderno. Jardín antiguo, prócer , con abo lengo y pátina. Arrayanes, glicinas, palo borracho, árbol de los escudos, tejo s, za pot es, naranjos de espaldera, ciruelos japoneses, acan to s, casuarinas, cedros, e ucaliptus ... donde habi - tan todas las avecillas -y todos los insectos, qu e también son Naturaleza-, todas las aguas, todas las luces y todos los co lor es de la ciudad. En estos jardin es confidencial es -desd e el espontáneo y más modesto palacio de la s Dueñas a la erudita y más pretenciosa Casa de Pilat onuestra vista y olfato pueden deleitarse con arrayanes o mirtos, boj, tuyas, pitosporos, mimosas, palmeras, filodendros, a raucarias, pilistra s, malvarrosas, limoneros, madreselvas, jazmines, don diego de noche o arrebolera y dam as de no che. (La dama de noche que Cernuda recuerda en su «Atardecer» en seis renglones excitantes como la mi s ma planta u olor: «Y el perfume de la dama de noche, que comenzaba a despertar su denso aroma nocturno, llegaba 64 FRANCISCO MORALES PADRÓN turbador, como el de seo que emana de un cuerpo joven, próximo en la tiniebla estival».) Estos jardines escondidos de la ciudad, pequeñas selvas privadas, son como el de los Finzi Contini de Ser gio Bassani, jardines antiguos a los que pu e den estar ligados el destino de un a persona. Y vuelvo a pensar en Cernuda que sentado en uno de esto s pensiles recónditos de la ciudad soñó un día la vida como un embeleso inagotable. Luego, más tarde, cuando comprendió la imposibilidad de sus sueños, desterrado en tierra extraña , anheló volver a aquel jardín y sentarse de nuevo al borde de la fuente para soñar otra vez la juventud pasada ... Jardines públicos Y de estos jardines con tendencia a la soledad, cuya descripción resulta superflua, hemos de pasar a los jardines públicos. Y pu es to qu e hemos dicho públicos, es decir, del pueblo, digamos que el pueblo de Sevilla -y aquí habla el doctor A. González Menesesha cambiado más de un nombre en la botánica, y así la aspidistra originaria de China la convirtió en pilistra, la seringa la llamó más bellamente celinda, al ajen jo lo denominó inci enso, a la cala no dudó en bautizarla flor de jarro, al tagete lo ll amó copete ... ; vari ta de San Jos é, mi· ramelindo, etc. Los jardin es públicos son los de las Delicias, Cristina, Paseo de Catali na de Rivera, de Murillo, Chapina, Los Príncipes y P arque de María Lui sa ... Se pudiera haber incl uido el breve jardín del Archivo de Indias y el menos breve que se extiende entre el Hospital de la Sangre y las murallas de la Macarena, y el semipúblico de la Caridad. Hubo una época en que Sevilla mereció ser llamada « la ci udad de los jardine s». Ya en el XVI el viajero veneciano que citamos antes reconocía que todo el campo en torno a la ciu dad era muy bello, pues poseía abundantes jardines y huertas , donde sobresa l ía una llam ada Huerta del Rey, con un bellísimo estanque y un gran naranjal, cuyos naranjos eran tan grandes como lo s nogales en Italia. Hoy so lo queda el topónimo para designar un jardín LA NATURALEZA EN SEVIl. LA 65 de cemento; como resta parte de las Delicias hecho en 1826 por el asistente Arjona sobre una huerta que en el xvr se llamaba Bella Flor. Aquí descansó Felipe II en 1580 antes de hacer su entrada oficial en Sevilla. Era Bella Flor una jugosa hacienda propiedad de don Manrique de Zúñiga, dotada de un palacio renacentista y un maravilloso parque o jardín. En ella el rey almorzó y sesteó. Tan exuberante fue el banquete ofrecido por el Ayuntamiento de la ciudad, que los alemanes de la guardia real vendían a la gente parte de las viandas. Lo cuenta Mal-Lara. Sobre ese terreno de Bella Flor creó José Manuel Arjona las Delicias Viejas, a donde en 1864 se trasladaron los pedestales y bustos procedentes del Palacio Arzo· bispal de Umbrete y que hoy conviven con gorriones, jilgueros, estorninos, currucas, golondrinas de mar, cafetos, cipreses plateados, toronjas, naranjos morunos, aguacates, yedras, paraísos, zapotes, pinos alejas, araucarias ... Flora anárquica, jardín eminentemente romántico este de Las Delicias. No quiero hablar de más jardines públicos. Ni de los residuos del viejo Salón de Cristina (esposa de Fernando VII), prolongados en los de Eslava, hoy solar del Hotel Alfonso XIII, ni del acertado Parque de los Príncipes, y menos del Parque de María Luisa, que días atrás estuvo cerra do. Ahora en que «un viso de oro lo envuelve todo, armonizando los diferentes ve rdores, más que como obra de la luz, como obra del tiempo sedimentado en atmósferas sucesivas», el parque nos deprime por su abandono . Dejemos el parque y a su!> mirlos de alegría contagiosa, y al taxodio o ciprés de agua de Bécqu e r, y a la araucaria del Quijote, y a las glicinas de Luca de Tena, y a los pinos de la Infanta María Luisa, y a los rosales de Doña Sol, y a las glorietas de Rodríguez Marín, de los Quinteros o de Ofelia Nieto. Dejemos al parque en su abandono municipal, famoso y desconocido, trasunto de la ciudad también famosa, pero desconocida por muchos que de ella presumen. Dejemos el Parque para hablar del río, última parte de esta obra que venimos glosando. Dejemos de hablar del Parque que existe, para hablar del río que no existe, y Manolo Ferrand se encarga de hacer unas someras pero certeras observaciones en torno al problema y recordar