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Acta de la sesión pública y solemne celebrada por el claustro de la facultad de medicina en Cádiz de la Universidad literaria de Sevilla el día 30 de enero de 1897, en honor del Dr. D. José Vilches y Entrena, (Q. G. G.) Decano y catedrático de térm

Universidad Literaria de Sevilla. Facultad de Medicina (Cádiz)

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ACTA DE LA SESIÓN PÚBLICA Y SOLEMNE CELEBRADA POR EL CLAUSTRO DE LA FACULTAD DE MEDICINA EN CADIZ DELA UNIVERSIDAD LITERARIA DE SEVILLA EL DIA 30 DE ENERO DE 1897, E.V HONOR DEL DE. D, JOSÉ VILCHES Y BNTEENA, (Q. G. G.) DECANO Y CATEDRÁTICO DE TÉRMINO QUE FUÉ DE LA MISMA FACULTAD, FALLECIDO EL DIA l.“ DEL MISMO MES Y AÑO. CADIZ Imprenta de la Revista Médica, de D. Federico Joly, CALLE CEBALLOS NÚMERO I. 1897 . UNIVERSIDAD LITERARIA DE SEVILLA. FACULTAD DE MEDICINA EN CÁDIZ. Sesión pública de 30 Enero de 1897. Sres. limo Sr. D Francisco Meléndez limo. Sr. D. José Rubio Arguelles D Benito Alcina „ Manuel Bernal „ Enrique Moresco „ Juan Luis Hohr ,, Miguel Solano limo. Sr. D. Enrique Díaz Rocaíull D. Enrique López „ Benito Arroyo Ramón Cajal „ Tomás Castro „ Manuel Roca „ Celestino Párraga (secretario) (Auxiliar) [Auxiliar) Con asistencia de los Sres. anotados al margen y bajo la Presidencia del limo. Sr. D. Francisco Meléndez Herrera, Deca¬ no de la Facultad de Medicina, celebró se¬ sión á las 2 de la tarde el Claustro de la misma, declarándose abierta ésta, por el limo. Sr. Presidente, quien concedió la pa¬ labra al Catedrático Sr. D. Benito Alcina y Raneé, el que en cumplimiento del acuerdo tomado por este Claustro, de celebrar una sesión solemne, en honor de la memoria del finado Decano D. José María Vilchks y Entrena, leyó un elocuente y sentido discurso, en que se hacía cumplido panegí¬ rico de las altas dotes de inteligencia ó ilus¬ tración del querido compañero y Jefe fallecido en primero del mes, así como de las virtudes que lo adornaban. Concluida la lectura de la oración el limo. Sr. Presidente levantó la sesión dando por terminado el acto, de lo que como Secretario certifico. V.» B * El Decano, 0TC¿>cf<míVeí&. Ei, Secretario, (5. c fáttaqa — 10 — No obstante de ocultarse la figura de nuestro Decano en los momentos de recibir plácemes, se destacaba viejo y en¬ fermo, ocupando su lugar, como joven y vigoroso, en todos los momentos difíciles y comprometidos. Puede muy bien sintetizarse su manera de ser, diciendo: si era débil con el débil, era en cambio fuerte con el fuerte: rehusaba las exhibiciones y no gustaba de lisonjas. Cumpli¬ dor exacto de sus deberes, jamás volvió la espalda en los momentos de lucha. Esbozadas las condiciones que concurrían en la persona del Maestro, continuaríamos dibujando todos sus detalles, y animando su figura con las tonalidades de más vivos colores, cayéndose el pincel de nuestras manos al llegar á su muerte, si desgraciadamente creyéramos, que la persona humana ter¬ mina para siempre, cuando finaliza su vida; si desgraciada¬ mente creyéramos, que al suspender el corazón sus contrac¬ ciones, almacenándose toda la sangre dentro del árbol ve¬ noso, como material inservible; que al no dilatarse la jáula torácica, para que el aire conceda potencialidad biológica al líquido sanguíneo que acude á recibirla; y al no transfor¬ mar energías las diversas estaciones del sistema nervioso, el ser inteligente y libre, que ejercitaba sus intelecciones y ra¬ zonamientos, y se decidía en sus actos, voluntaria y libre¬ mente, dejaba de ser, como cesa de vibrar con espléndida luz, el foco eléctrico, al quedar inmóvil la máquina que trans¬ forma su trabajo en las entrañas del dinamo. Gracias á Dios, creemos firmemente que más allá del último momento de vida, sigue una existencia eterna; afir¬ mando al propio tiempo, que, con más atracción que ejercie¬ ran todas las masas que se mueven en el espacio sobre una pequeñísima partícula, el alma y el cuerpo separados, se reu¬ nirán de nuevo el día solemne de la Justicia Divina, para no separarse jamás. Y no vacilo en declarar dichas verdades desde este sitio, cuando parece que estamos oyendo todavía la plegaria del Sacerdote por el alma penitente del que fué nuestro Decano; — il¬ la cual plegaria, armonizada con el golpe seco de la campa¬ na que toca á muerto, la hemos nosotros mismos pedido, al acordar unánimemente la celebración del funeral. Si pues somos católicos, tiempo es ya de ocuparnos de la cristiana muerte de nuestro Jefe. Sus piadosas determinaciones para enterrar á su cuerpo, y el modo que tuvo de morir, levantan su vuelo sobre todo lo que hemos celebrado de la conducta del Maestro, debien¬ do nosotros levantarnos también sobre las cosas terrenas, parodiando al príncipe de los poetas latinos, al interrumpir sus Eglogas sobre asuntos pastoriles, por la dedicada á la Virgen Astrea, y decir con él: Paulo majora canamus. Prohibir toda pompa fúnebre; no consentir coronas sobre su féretro; y recibir en el pleno uso de su razón y con ver¬ dadero beneplácito, los Santos Sacramentos que la Iglesia administra al cristiano moribundo, son las páginas de oro que cierran el libro de su vida. No quiso que las vanidades humanas, que nunca fueron ariete poderoso que derribara su modestia, se apoderasen de una masa compleja de materia, que algunas horas antes ha¬ bía sido el complemento de su espíritu, para que su persona existiera. No quiso que la corona que ciñe durante la vida las sie¬ nes del. Héroe ó del Genio, y que la Iglesia coloca sobre la cabeza de sus Santos, simbolizando sus virtudes en grado heroico, adornara su negro féretro, que, á todas luces, no iba como el vencedor que vuelve de la batalla, recibiendo por to¬ das partes los laureles de la victoria; sino en penitencia y cortejado por los Ministros del Señor, que elevaban sus ora¬ ciones por el descanso de su alma. No quiso tampoco, que el religioso silencio que sucede al último responso antes de la inhumación, y que solo se turba por el ruido sordo del ataúd al ser introducido en el sepul¬ cro, y por el murmullo de los grupos que se alejan de la úl¬ tima morada de aquel cadáver, se interrumpiera por la ora¬ ción fúnebre, que si nó profana por la doctrina que encierre, — 12 — profana es de todos modos, en el solo hecho de tributar elo¬ gios en lugar sagrado á la memoria de un difunto, quienes carecen de autoridad para dirigir la palabra en estos lugares, y mucho menos para encomiar á los muertos. ¡El Maestro que no quiso ninguna de las profanaciones á la muerte, quiso morir como cristiano fervoroso! Apenas se dio buena cuenta, de que le había invadido el accidente final de la gravísima enfermedad que sufría, ma¬ nifestó el peligro inmediato en que se encontraba; y él mis¬ mo fué quien pidió, acudiera el Sacerdote para confesarlo. Todos recordamos en Yilches, al médico celoso por la fe¬ licidad eterna de sus clientes. Ha sido uno de los profesores que más se han distinguido, en avisar en tiempo oportuno á la familia del enfermo, la necesidad de administrarle los San¬ tos Sacramentos, como deben recibirse en la última hora. No creía terminada su misión solo con esto, sino que en más de un caso, llegó hasta el mismo lecho del moribundo, para ejer¬ citar un acto de tan grande caridad. El que cumpliendo los deberes del médico católico ha contribuido tantas veces á que se franqueen, durante la ago¬ nía del enfermo, las puertas del Reino de los Cielos, no es de extrañar, que en sus últimos instantes la Iglesia lo amparase con sus auxilios. No es de extrañar, que sus mismos com¬ pañeros de claustro fueran á rogarle á su Prelado que inter¬ cediera con el Sumo Pontífice, para que su Decano recibiese la Bendición Apostólica; y que nuestro Prelado, bondadoso siempre y siempre solícito, lo alcanzara en pocas horas de nuestro Santísimo Padre León XIII, Vicario de Cristo, que ardiendo en caridad, hizo telegrafiar en cariñosas y lisonje¬ ras frases, concesión tan deseada. Como aquel hombre que dá todas sus disposiciones, y arre¬ gla todos sus asuntos para emprender un largo viage; y, una vez tranquilo en lo posible, de haberse puesto en condiciones para el mejor éxito del mismo, se entrega al vehículo que ha de transportarle, así nuestro querido compañero confesó sus culpas al Sacerdote; recibió dentro de él al mismo Dios; lavó — 13 — con la unción sagrada las impurezas de sus sentidos; el suce¬ sor de Pedro le bendijo desde su Solio; y terminado que fué todo esto, se entregó en los brazos de la muerte para que lo llevara á la Eternidad. Región impenetrable es esta para la inteligencia del hom¬ bre. Nada puede predecirse; pero como la fe nos enseña, que á buena muerte buena sentencia, piadosamente creemos, que habrá sido buena la sentencia para ól que murió cristiana¬ mente. Antes de retirarnos de esta solemnidad, procuremos que tan fúnebre circunstancia, nos sirva para dirigir siempre nuestros actos en el más estricto cumplimiento del deber; en cuanto la desgracia enseña más que la fortuna, y las triste¬ zas más que las alegrías. Agrupados maestros y discípulos, sostengamos á la ma¬ yor altura posible, las antiguas tradiciones de nuestra Es¬ cuela, que tienen su cuna en los felices tiempos de Pedro Virgili. Tiempos de gloria para esta culta Ciudad, soberana en¬ tonces de la enseñanza médica en España y en sus Indias, cuando la bandera de estos países no tenía más estrella, que el ardiente sol de los trópicos que se gloriaba en besarla, viéndola tan amarilla como su luz, y tan roja como su ca¬ bellera.— He dicho. eBewit'o <£Xlclna.