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Socialismo y sociedad industrial: Saint-Simon

Porras Nadales, Antonio

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SOCIALISMO Y SOCIEDAD INDUSTRIAL: SAINT-SIMON Por ANTONIO PORRAS NADALES Considerado como gran padre espiritual de todo el impulso industrial y tecnocrático que posibilitó el triunfo de la Revolución industrial en Francia durante la época de Napoleón III, la personalidad y el pensamiento de Saint-Simón presentan un poderoso atractivo ante el pensamiento social contemporáneo en cuanto precedente teórico de las estructuras históricas que han predominado en las sociedades industriales avanzadas: Saint-Simón fue el primero en analizar el proceso histórico de las sociedades occidentales desde el prisma de la «producción industrial»; destacó la decisiva importancia de la nueva clase de los tecnócratas e intuyó las transformaciones en el poder político del Estado contemporáneo hacia nuevas formas de poder económico y burocrático. Su pensamiento nos enfrenta al auténtico «hecho nuevo» que ha caracterizado el desarrollo histórico de las sociedades contemporáneas: la capacidad de producción industrial y las transformaciones subsiguientes en el sistema social en su conjunto. Su categoría de maestro pensador de las nuevas formas de dependencia y dinamismo social características de las sociedades industriales avanzadas no ha sido, sin embargo, suficientemente destacada. Razones no faltan: Saint-Simón murió demasiado pronto, en 1825, mucho antes de que el capitalismo industrial francés pudiera acceder en forma madura a los sectores claves del dominio social; sus numerosos discípulos, enfrentados tras 1830 a las contradicciones que en la obra del maestro apenas estaban implícitamente esbozadas, se vieron inmersos en un cisma centrífugo, aproximándose unos a un cierto romanticismo utópico, cayendo otros en el más prosaico tecnocratismo al servicio de sectores específicos del capital industrial francés. La gran revisión del pensamiento socialista llevada a cabo a partir de 129 ANTONIO PORRAS NADALES mediados de siglo por Carlos Marx contribuyó a dejar en el olvido una obra genial, intuitiva y fecunda, escondida en la confusa categoría engeliana de «socialismo utópico». En la actualidad los problemas del «desarrollo económico», tras casi dos siglos de expansión industrial, siguen revistiendo una gran importancia en el análisis de las crisis de los sistemas sociales, con un interés que se reactualiza constantemente al agudizarse los conflictos a largo plazo desencadenados por la civilización occidental: la cuestión del desigual intercambio internacional y el «círculo vicioso» del subdesarrollo, la crisis energética y ambiental, el malestar cultural y la crisis de las instituciones democráticas, constituyen elementos aparentemente dispersos que se ordenan unitariamente en la perspectiva del modelo occidental de desarrollo industrial. Históricamente, la nueva dinámica tiene su origen en ese fenómeno de extraordinario y acelerado crecimiento económico que conocemos con el nombre de Revolución industrial. Antes de la Revolución industrial ese «espíritu de progreso» hoy triunfante en todo el mundo civilizado aparecía restringido a una minoría social, selecta e ilustrada, próxima a los sectores progresistas del capital industrial y a las nacientes capas de científicos y técnicos, hijos del racionalismo y el cientifismo del siglo xvm. El pensamiento social popular permanecía de alguna manera al margen de este espíritu de los tiempos modernos. Sus planteamientos teóricos se movían entre los ideales de la igualdad, de la liquidación de la miseria, en un contexto de «reparto de la escasez» donde el desarrollo tecnológico se aceptaba como una mejora para el trabajo de los hombres y no como una fuente inacabable de riquezas y progreso. Todavía en 1828 Bounarroti, el nexo de unión entre el radicalismo revolucionario sans-culotte y el primer socialismo de los años treinta, enfrentaba en su Conspiration pour l'Égalité (1) ese espíritu de opulencia, común a la aristocracia ilustrada y a la triunfante burguesía (y al que denominaba systéme d'égoisme), frente al sisteme d'égalité defendido por las clases populares. Para el «sistema de egoísmo», promovido por las clases dominantes, la prosperidad de las naciones se basaría en el desarrollo de una inmensa industria y un comercio ilimitado, la diversidad creciente de disfrutes materiales, la aceleración en la circulación de la moneda y la multiplicidad de necesidades. Constituía claramente una ideología de las clases dominantes hijas de la Ilustración, para quienes el triunfo industrial suponía el fruto maduro de todo el avance tecnológico del siglo xvm y de la capacidad innovadora de los capitalistas (1) M. BOUNARROTI: Conspiration pour l'Egalité díte de Babeuf, Ed. Sociales, Paris, 1957, págs. 25 y sigs. 130 SOCIALISMO Y SOCIEDAD INDUSTRIAL industriales; era claramente el nuevo hecho histórico que renovaría los presupuestos para el análisis de la sociedad, permitiendo entrever las características mínimas de una futura sociedad industrial. Por el contrario, para Bounarroti, como en general para el pensamiento social popular, las nuevas posibilidades históricas deberían basarse en el triunfo inmediato de la igualdad, la garantía de la subsistencia para todos y la reducción de la esclavitud del trabajo mediante el perfeccionamiento des instruments et des machines. El impacto de la Revolución industrial inglesa a comienzos del siglo xix y la creación de unas condiciones más favorables al desarrollo francés (una vez liquidadas las trabas feudales del Anden Régime) vinculaban así el pensamiento de Qaude Henri de Rouvroy, conde de Saint-Simón y aristócrata ilustrado, a aquel espíritu de progreso del siglo de las luces, hecho milagrosamente realidad por la esplendorosa ofensiva de los sectores más avanzados del capital industrial. Saint-Simón podrá ya aspirar a revolucionar radicalmente el pensamiento social de su época al intuir las posibilidades productivas que el nuevo dominio del hombre y la técnica sobre la naturaleza permitían emprender. Iniciar el análisis de las formaciones sociales a partir del estudio de los distintos sistemas de organización de las fuerzas productivas constituye efectivamente una auténtica «novedad» en todo el pensamiento occidental. Para SaintSimon la sociedad es «l'ensemble et l'union des hommes livrés á des travaux útiles», y la historia puede ser periodificada de acuerdo con las relaciones existentes entre la «clase industrial» y la «clase militar» a través de los tiempos. La liquidación del viejo régimen ha supuesto precisamente el paso de la dominación de las «fuerzas militares» en la sociedad feudal a un nuevo proceso en gestación en el que se va consagrando el dominio de las fuerzas «productivas» en la futura sociedad industrial. Tal proceso, para SaintSimon, marca igualmente el paso de la dispersión de la organización productiva feudal hacia la unificación de los procesos productivos y la constitución de auténticas fuerzas colectivas: la sociedad en su conjunto tiende a convertirse en una gran fábrica. 1. PROPIEDAD, PRODUCCIÓN Y PODER POLÍTICO Esta interpretación tiene la importancia de concebir el proceso histórico contemporáneo como una superación progresiva de unos sistemas de poder esencialmente ajenos a la naturaleza intrínsecamente productiva del todo social: la liquidación de ese poder «militar» característico de las formaciones preindustriales habría de dar lugar a una paulatina integración de las con131 ANTONIO PORRAS NADALES tradicciones sociales en un sistema de producción esencialmente más racional. Esto suponía de algún modo la «desaparición» de los poderes políticos o, al menos, el surgimiento de un nuevo concepto de poder. En Saint-Simón, este punto, el estudio de la política, parece tener ciertamente una importancia secundaria: «Nous attachons trop d'importance á la forme des gouvernements» (2). Según él, el elemento determinante en última instancia de todo el sistema social no puede residir en la esfera política: a partir de la deducción de la primordialidad de la capacidad productiva y de la organización de la producción, el análisis de Saint-Simón pasa a concebir a la propiedad como el elemento estructural determinante de la totalidad social. El problema, en su planteamiento, se reduce a investigar cómo debe estar constituida la sociedad «pour le plus grand bien de la société entiére, sous le xfouble rapport de la liberté et de la richesse». Cuestión que Saint-Simón plantea pero no resuelve claramente: el saintsimonismo no llega jamás a hacer una crítica de la propiedad en vida del propio Saint-Simón; serán sus •discípulos los encargados de plantear objetivamente la posibilidad de un rechazo de la propiedad privada. Sin embargo, como ha indicado Henri Michel, el fundador de la escuela se limitará a hacer dos observaciones que evidentemente dejan una vía abierta a este posible análisis crítico: Primera. Que el derecho de propiedad individual se basa en «Futilité commune et genérale de l'exercice de ce droit, utilité que peut varier selon Jes temps». Segunda. Que existe la posibilidad de que el régimen de propiedad sea modificado conforme el progreso general de las ideas y de las costumbres; dando por sentado que es indispensable al buen orden y a la propia existencia de las sociedades que haya un derecho de propiedad sancionado por la ley, no es necesario, sin embargo, que «ce soit toujours invariablement telle forme de ce droit» (3). Saint-Simón introduce, pues, en el análisis de la propiedad, una concepción basada en su papel de infraestructura dentro del organismo social: en su perspectiva se trata de conseguir una ordenación racional de esa propiedad como fuerza productiva, y para ello urge eliminar ante todo las limita- (2) «Nous attachons trop d'importance á la forme des gouvernements. II semble que toute la politique soit concentrée-lá, et que, une fois la división des pouvoirs établie, tout soit organisé le mieux de monde.» «La loi qui constitue les pouvoirs et la forme de gouvernement n'est pas aussi importante, elle n'a pas autant d'influence sur le bonheur des nations que celle qui constitue les propriétés et qui en regle l'exercice.» Véase Vues sur la Propriété et la Législatkm, Ed. Rodrigues, págs. 255 y 258. (3) Véase HENRI MICHEL: L'idée de VEtat, Hachette, París, 1899, págs. 182-83. 132 SOCIALISMO Y SOCIEDAD INDUSTRIAL ciones supervivientes del Anden Régime, en el cual la propiedad —fundamentalmente la propiedad de la tierra— se basaba precisamente en la detentación de ese poder «militar» y no en su adecuación a las necesidades productivas de la sociedad. 2. LA CRISIS DEL ESTADO FEUDAL Así, pues, el desarrollo de la capacidad industrial ha liquidado progresivamente la ordenación social y productiva del feudalismo primitivo: la «separación» de los procesos productivos ha dado lugar a una progresiva integración de las fuerzas colectivas y a la quiebra de la ideología divina y metafísica a lo largo del siglo xvm debido al desarrollo del «espíritu científico» y al auge del estudio de la naturaleza. A medida que se ha ido extendiendo la producción, los miembros de la clase industrial se han ido haciendo más numerosos, multiplicando progresivamente sus relaciones recíprocas. Esta extensión de las actividades productivas engendra un doble fenómeno de adquisición de poder social por parte de les industriéis y simultánea pérdida de poder político de las «clases feudales». La dialéctica histórica empieza a ser concebida a partir de ahora como un fenómeno de lucha de clases. Sin embargo, la contraposición de estas dos clases con intereses antagónicos pasa por un múltiple juego de intereses y alianzas; y en último término* viene determinada por la intervención de un «tercer poder» que predomina por encima de ambas: el del monarca absoluto. El poder real es concebido en su origen como una institución típicamente feudal. Pero al no aparecer directamente vinculado a un determinado régimen de propiedad, dispone libremente, según Saint-Simón, de la posibilidad de adecuarse a la dinámica dominante del proceso histórico: «La monarquía ha sido en su origen una institución puramente feudal. Pero tras la emancipación de las ciudades ha ido modificándose constantemente; se ha transformado parcialmente en industrial. El carácter industrial de la monarquía ha ido adquiriendo cada vez mayor extensión e importancia; por e! contrario, el carácter feudal la ha ido perdiendo progresivamente a medida que los progresos de la civilización han aumentado la industria y disminuido el feudalismo; de tal manera que el destino final de la monarquía es, por su propia naturaleza, perder todo vestigio de feudalismo para reconstituirse y florecer para siempre como institución puramente industrial» (4). (4) Véase SAINT-SIMÓN: Du systéme industriel, 2°, Ed. Anthropos, tomo III, pág. 4. 133 ANTONIO PORRAS NADALES En su fase primitiva, la organización política del sistema feudal se basaba en una situación histórica caracterizada por el escaso nivel de desarrollo económico y por la pobreza de conocimientos científicos: «Un sistema mejor no podía establecerse en esta época, pues siendo todos los conocimientos que poseíamos entonces vagos y superficiales, sólo la metafísica general contenía los únicos principios que pudieran servir de guía a nuestros antepasados en la edad media» (5). En esta situación el poder político feudal se ejerce en su mayor pureza como auténtica fuerza de opresión, de violencia contra los gobernados; la extracción de un excedente económico tiene que llevarse a cabo a través de medios extraeconómicos. La organización política feudal se correspondía, pues, con una situación de débil desarrollo económico en la que era imposible constituir una «fuerza productora» suficiente para organizar racionalmente la lucha contra la naturaleza. El poder se ejercía en su forma más pura como dominio de las personas sobre las personas, y la clase detentadora de la autoridad era lógicamente la clase feudal que disponía de un poder militar. En consecuencia, el estado feudal aparece como la manifestación más pura del poder «político», en cuanto prevalece por encima de todo su carácter represivo y arbitrario, y en cuanto se desvincula por completo de la ordenación de la actividad social de producción: es un instrumento de dominación de clase. Esta concepción del estado feudal vincula el pensamiento de Saint-Simón a la interpretación general que la ideología burguesa realiza del orden político del Anden Régime: la idea de un poder arbitrario, violento, represivo, respaldado por una fuerza «militar» y no por una preponderancia económica. La interpretación saintsimoniana enlaza el fenómeno de la muerte de las clases feudales con la liquidación definitiva del poder «político»: ambos procesos son estudiados conjuntamente y demostrados históricamente por la represión de las funciones militares y el desarrollo de las relaciones sociales del sistema industrial. Sin embargo, entre uno y otro orden histórico, el caso concreto de Francia viene presidido por el gran acontecimiento de la Revolución. Teóricamente, conforme a su dinámica, el proceso revolucionario se operaba «en faveur de l'industrie»; sin embargo, en la práctica, los resultados fueron distintos porque «ne furent pas les industrieux qui agitérent la question» (6); es decir, se produjo una interposición de «elementos no industriales», de esos (5) SAINT-SIMÓN: L'Organisateurs, Ed. Anthropos, págs. 37-! (6) SAINT-SIMÓN: L'industrie, Ed. Anthropos, pág. 198. 134 SOCIALISMO Y SOCIEDAD INDUSTRIAL hombres políticos «qui font métier de traiter les affaires des autres et qui passionnent beaucoup moins pour des realités et pour des choses que pour des idees et des abstractions». En la historia del pensamiento social occidental esta interpretación adquiere una importancia trascendental en cuanto supone el efectivo apartamiento de Saint-Simón de la línea revolucionaria radical que predomina en el socialismo anterior. El «socialismo» saintsimoniano permanece mucho más cercano del enciclopedismo del siglo de las luces que del igualitarismo radical del movimiento revolucionario popular. La interpretación de la historia en favor de la industria y del desarrollo productivo es evidentemente la interpretación en favor de la burguesía propietaria y no de las masas hambrientas de la Revolución. Precisamente este «impacto» del proceso revolucionario obligará a SaintSimon en L'industrie a transigir ante la necesidad de un poder político qaz ponga una barrera ante la violación indiscriminada de la propiedad privada. Según él, en el período álgido de la Revolución «apenas se tardó en oír predicar sobre el derecho imprescriptible de la libertad, lo que condujo por su propia dinámica a esta conclusión fecunda en desorden: ¿por qué deliberar sobre el precio de lo que nos pertenece? ¿Por qué pagar lo que es nuestro? ¿Por qué pedir lo que se puede tomar?». Así, aunque hasta cierto punto la lógica histórica de las fuerzas industriales impulsaba a la desaparición del poder político, habrá que claudicar aceptándolo como un mal menor: «étre gouverné c'est une chose génante...», pero «... L'absence de tout gouvernement est un mal encoré pire, et l'experience dispense ici de toute raison». La conclusión, en 1817-18, cuando se escribe L'industrie, es bien sencilla: «í/ra gouvernement est un besoin, c'est-á-dire un mal nécessaire» (7). Sin embargo, la superposición de un poder político tras la liquidación del régimen feudal, el de la Monarquía restaurada, implicaba un obstáculo a la ordenación del todo social conforme a los verdaderos intereses de la producción. En tal fase de transición Saint-Simón se ve obligado a invocar la alianza del poder del monarca con las clases industriales: «Le caractére industriel de la royauté a pris de plus en plus d'extension et d'importance...» Es evidente que esta fórmula de compromiso llevaría al monarca a desempeñar un papel secundario en la totalidad de los asuntos públicos; funciones subalternas o de policía, puesto que en un sistema industrial plenamente maduro la ejecución de los proyectos racionalmente acordados tan sólo exigiría una débil autoridad social entre sus miembros. La administración de las cosas, (7) Ib'id., pág. 199. 135 ANTONIO PORRAS NADALES al sustituir al gobierno sobre las personas, daría lugar a una actividad colectiva integrada, a un «orden» social determinado por el grado de desarrollo de las capacidades y los conocimientos y por el grado de ordenación de las fuerzas colectivas, y en el cual los hombres tendrían una relación de asociación y no de obediencia. 3. HACIA UN NUEVO TIPO DE PODER Sin embargo, la liquidación del poder «político» feudal no ha supuesto en ningún momento la supresión definitiva de todo tipo de autoridad, sino en todo caso la sustitución del entorno, los medios y los objetivos a través de los cuales tal autoridad se ejerce. El nacimiento del nuevo sistema industrial no implica una radical transformación de las estructuras productivas, sino precisamente la realización y generalización de toda la potencialidad industrial que se ha ido desarrollando desde la misma Edad Media. Tal generalización exige un encauzamiento de las actividades colectivas en un sentido muy determinado: la lucha contra la naturaleza con fines esencialmente productivos. El objetivo de la nueva fase industrial será el aumento de la producción y el consumo, la extensión a todas las actividades parciales de las exigencias generales de la organización y de la racionalidad económica, la maximización de la producción y la disminución de los costos: «El principio fundamental de una gestión administrativa es que los intereses de los administrados deben estar encaminados de tal modo que hagan prosperar lo más posible el capital de la sociedad y obtengan el apoyo de la mayoría de los miembros de la sociedad» (8). Y en tal sistema industrial, la dirección y administración de la actividad productiva general requerirá la ordenación de toda la actividad social (con la instrumentación coactiva que sea necesaria) en un objetivo específico: la administración racional de las cosas. Esta «ordenación» de la producción social supone claramente un conflicto con el mantenimiento de la libre iniciativa de los individuos. El tema de la libertad, radicalmente mantenido por el pensamiento revolucionario más característico, resultaría difícilmente encuadrable en una estructura social caracterizada por el dominio exclusivo de la producción racionalmente planificada. Saint-Simón traslada entonces el problema de la lucha por la libertad a una fase histórica anterior, en la que el mantenimiento de la misma (8) SAINT-SIMÓN: De IOrganisation Sociale, en Oeuvres, Ed. Rodrigues, tomo V, pág. 143. 136 SOCIALISMO Y SOCIEDAD INDUSTRIAL surgía ante la necesidad de oponerse a los poderes «arbitrarios» establecidos: «El mantenimiento de la libertad tuvo que ser un tema de primordial importancia mientras el sistema feudal y teológico conservaba cierta fuerza, porque entonces la libertad estaba expuesta a ataques graves y continuos» (9). Esta justificación «histórica» del rechazo de la libertad es bien distinta de la justificación «teórica» (mediante su reducción a una categoría meramente formal, enfrentada al Estado) a través de la famosa duplicación de las categorías burguesas característica de la corriente kantiana y hegeliana, que constituirá la base de crítica a la ideología capitalista del joven Marx. Obsérvese cómo en este sentido Saint-Simón representa un desarrollo y un gran paso adelante en el proceso teórico de justificación por parte del pensamiento social occidental del predominio de la sociedad (y el Estado.) sobre la libertad del individuo, ya sea por tratarse de una categoría «formal»- que se ejerce frente al Estado, ya sea por considerarla un fenómeno característico de la lucha contra los poderes arbitrarios del Anden Régime. Este segundo supuesto, que es el que nos ocupa, representa además un traslado de la justificación del predominio del poder frente a la libertad individual, de la instancia política o ideológica a la instancia puramente económica: en su interpretación es la esencialidad productiva la que exige la constitución de ese nuevo centro de control y dirección frente al cual la lucha por la libertad carece ya de un contenido histórico y social. Saint-Simón da un paso adelante en el proceso de rectificación y rechazo de los famosos ideales de la revolución, libertad e igualdad: el desarrollo racional de las posibilidades de. progreso que la nueva clase industrial traía consigo impediría lógicamente la consecución de los viejos slogans revolucionarios. El proceso revolucionario había cumplido ya su misión liquidando definitivamente el Antiguo Régimen,. y ahora las nuevas potencialidades industriales eran las que marcaban el ritmo de la historia. Además, en su análisis el desarrollo de esa capacidad industrial está necesariamente ligado a la aplicación de la razón y la ciencia al sistema de producción. «Productividad» y «racionalidad» constituyen los dos requisitos del nuevo momento histórico y a la vez sus dos condicionamientos: sólo el desencadenamiento de las primeras crisis estrictamente capitalistas permitirá a Proudhon y a Marx enfrentarse críticamente contra el sistema de producción capitalista. En el sistema industrial de Saint-Simón el concepto de libertad sufre,, pues, un proceso de «socialización», lo cual supondrá, en definitiva, su más radical transformación: la verdadera libertad habrá de ser entendida en relación con un mayor desarrollo de las posibilidades materiales e intelectuales^ (9) Véase Du systéme industriel, cit., pág. 15, nota. 137 ANTONIO PORRAS NADALES 'diseccionar el análisis de la sociedad en varios estratos, con lo cual la interverción del poder político o de los sistemas ideológicos en el paso de un sistema social a otro puede ser absolutamente decisiva. Es más, Saint-Simón destaca —y su última etapa teórica lo demuestra— a ese tercer elemento «ideológico», al sistema de las ideas, como una pieza absolutamente esencial en la maduración histórica de un nuevo sistema social. Ya hemos visto cómo el contenido último de su «crítica ideológica» se concretaba en la ausencia de un espíritu productivo entre los sectores más dinámicos de la sociedad de la Restauración: esta ausencia de un espíritu de progreso estaría lógicamente generalizada entre las distintas capas sociales y, por supuesto, entre la propia clase obrera no propietaria (asalariados, artesanos, obreros). Sin embargo, cuando Saint-Simón hace oír su llamada a las distintas clases sociales pidiendo su integración dentro de una organización socioeconómica auténticamente industrial, acentúa su atención sobre los sectores clave de su futura «sociedad industrial», entre aquellos que controlan los medios de producción (técnicos y capitalistas) y se encuentran más próximos al «sentido de progreso» del orden social contemporáneo. Saint-Simón da por descontada la sumisión de los obreros a las directrices productivas de sus nuevos dirigentes, y en todo caso cuenta con la existencia de otro tipo de poder, «económico», que garantizaría el funcionamiento racional de la producción social. El proceso Anden /íég/wje-Revolución-Restauración supondría el paso de una fase histórica caracterizada por el control de la instancia jurídicopolítica por los «feudales» y el desarrollo inexorable —pero aún no dominante— del poderío económico de las clases industriales a una nueva fase en la que el predominio generalizado de la nueva forma de propiedad («capitalista») no logra impedir la supervivencia feudal en el funcionamiento de los poderes políticos y de los sistemas de pensamiento. Podremos entonces concluir con la hipótesis de que aunque las relaciones de producción basadas en un enfrentamiento capital-trabajo asalariado se establecen con carácter general a partir de la liquidación del régimen señorial, hasta que no ha tenido lugar el desarrollo de la revolución industrial no cuaja generalizadamente la originalidad productiva del capitalismo moderno con la consagración definitiva del principio de apropiación de la naturaleza por el hombre en base a la productividad industrial. El ámbito histórico del socialismo preindustrial aparece así claramente diferenciado del pensamiento social posterior (o contemporáneo) a la revolución industrial, no ya como una etapa en la génesis del socialismo científico marxista, sino como una fase histórica con plena entidad interpretada mediante una respuesta teórica coherente. 144 SOCIALISMO Y SOCIEDAD INDUSTRIAL CONCLUSIONES La insistencia en el desarrollo lógico de las potencialidades productivas que se hallan inmersas en la dinámica del todo social y la marginación del estudio de las relaciones sociales de producción —con la posible existencia de unas relaciones de explotación y desigualdad—, aparte de constituir una clara insuficiencia teórica al olvidar uno de los aspectos esenciales sobre el que se monta precisamente el desarrollo de la producción industrial, aproxima poderosamente el pensamiento de Saint-Simón a ciertos análisis modernos sobre las sociedades industriales avanzadas en los que de una manera más o menos explícita se deja de lado la diferenciación específica en las relaciones de producción entre países capitalistas industrialmente avanzados y países socialistas industrialmente avanzados, para deducir como un denominador común las consecuencias extremas de esa exacerbación de la capacidad de producción industrial: sometimiento de la población a dictámenes consumistas, sumisión a las órdenes productivas de los órganos directores-controladores de la producción social, desaparición de la igualdad material como objetivo consciente del sistema social, consolidación de estructuras jerárquicoautoritarias y consiguiente adulteración de las garantías y libertades democráticas con toda su cohorte de Gulags, entidades de manipulación, organismos fantasmas de control-represión, servicios secretos no fiscalizados por entes representativos, etc. Salvando las distancias históricas, ambos tipos de análisis representan los polos opuestos de la contemplación del fenómeno del desarrollo industrial como elemento específico de la historia contemporánea occidental: del optimismo sin barreras saintsimoniano que contempla el avance industrial como el acceso del hombre a su mayoría de edad demostrada por el dominio sobre la naturaleza a través de la tecnología, hasta el pesimismo y el negativismo de la más joven filosofía que contempla horrorizada la liquidación de las libertades, el triunfo de la «barbarie» y el desastre ecológico como las auténticas consecuencias de la civilización industrial occidental. Ciertamente, la constatación del fenómeno de la uniformización de los sistemas sociales bajo la premisa del desarrollo económico e industrial y de la burocratización de las estructuras de poder constituye una derivación lógica de toda la corriente maxweberiana. La ausencia de una preocupación por las relaciones de producción, por la titularidad de los medios productivos, está explícita, por ejemplo, en Talcott Parsons, cuando afirma que «en Estados Unidos, así como en la Unión Soviética, la propiedad ha dejado de tener un significado primordial, pues tales empresas —se refiere a la empresa 145 10 ANTONIO PORRAS NADALES típica de gran escala— han de emplear personal técnico y directivo altamente especializado sobre una base de ocupación y no de propiedad. Evidentemente, en los dos países, el 'trabajador' medio está 'expropiado' de los medios de producción, simplemente porque la empresa es una organización de gran escala bajo una dirección unitaria y no una federación libre de trabajadores independientes». Y continúa: «Quisiera apuntar que, en las sociedades 'socialistas', el hincapié en la importancia de los controles políticos en los niveles altos de la oiganización económica es al presente... mucho más un efecto de su proceso y de su aceleración en el desarrollo económico que de la creencia de que tales controles políticos son los mejores, en principio, para la marcha de una economía industrial altamente desarrollada. La justificación de la socialización está principalmente en las condiciones de lograr un desarrollo nuevo, rápido y efectivo, no de hacer operar de una manera efectiva, incluso en 'interés público', una economía industrial relativamente 'madura' del tipo de la de América. Esto explica principalmente la atracción del 'socialismo' en los países económicamente 'subdesarrollados'» (12). Así, pues, en uno y otro caso el elemento cualificador esencial residiría en el avance espectacular de la producción industrial y el desarrollo tecnológico, cualquiera que sea la forma en que se organicen las relaciones productivas. Sobre esta perspectiva está claro que el auténtico punto de diferenciación de las sociedades industriales avanzadas frente a cualquier otro tipo de formaciones sociales radica precisamente en esa exacerbación de la capacidad productiva y en las consiguientes tensiones ocasionadas en el cuerpo social en su conjunto. Antes de esa fase de desarrollo industrial la doctrina socialista se debatía, pues, en dos direcciones hasta cierto punto alternativas: 1.a La satisfacción real de las aspiraciones revolucionarias radicales —igualdad, libertad, liquidación del poder de clase— subordinando el desarrollo industrial a la satisfacción de los ideales revolucionarios; o 2.a Su realización-sumisión ante las inconcebibles posibilidades del progreso técnico en gestión. Así, pues, considerando las grandes fases históricas del mundo contemporáneo como supuestos determinantes de unas variables tomas de postura del pensamiento social occidental, podríamos deducir una triple gradación de matices y/o problemas dominantes que giran sobre el eje-motor de la sociedad industrial: la diferenciación entre socialismo preindustrial y socialismo industrial se centraría, en primer lugar, en los presupuestos metodológicos: (12) Véase TALCOTT PARSONS: «Estructura social y desarrollo económico», en Estructura y proceso en las sociedades modernas, Instituto de Estudios Políticos, Madrid, 1966, págs. 106-7. 146 SOCIALISMO Y SOCIEDAD INDUSTRIAL supondría el paso del análisis científico-natural de la sociedad (con su creencia en unas leyes sociales perennes y en criterios ideales de organización social) al triunfo de la dialéctica histórica que contempla los fenómenos sociales como elementos sometidos a un constante proceso de transformación que consagra una inexorable expansión de las fuerzas sociales productivas: Saint-Simón representaría ciertamente el punto de ruptura entre ambas etapas, aunque en este punto se encuentre aún inmerso en el racionalismo del siglo de las luces (13). En segundo lugar, el triunfo del socialismo industrial parece consagrar la «realización-sumisión» de los ideales populares revolucionarios (libertad, igualdad, liquidación del poder de clase) ante el fenómeno de la revolución industrial y la realidad del progreso considerado como objetivo social absolutamente prioritario; de ahí el rechazo, por su carácter «burgués», del tema de las libertades individuales y derechos ciudadanos, el sacrificio de la igualdad en pro de una racionalización de los incentivos a la producción y la consolidación de las estructuras burocráticas del poder central que parecen cuajar históricamente en la concepción stalinista de la dictadura del proletariado. Por ello, resulta de un gran interés resaltar cómo el surgimiento de un «socialismo posindustrial» parece hasta cierto punto retornar a ciertos puntos de partida implícitos en la fase presaintsimoniana: así, la defensa ecológica y ambiental que moviliza en Europa y América a todos los grupúsculos nacidos de las agitaciones estudiantiles de los años sesenta cuestiona de una manera inmediata el carácter del desarrollo industrial y sus excesos, sustituyendo los aspectos cuantitativos del desarrollo por un mayor interés en el tema de la «calidad» de vida. Toma forma paralelamente un profundo análisis de las consecuencias desigualitarias de la expansión industrial: el «círculo vicioso» del subdesarrollo, la existencia de un intercambio desigual entrepaíses industrializados y subdesarrollados y todas las derivaciones del desafío tercermundista. Resurge igualmente la preocupación constante por la. (13) Por supuesto, la «ruptura metodológica» sólo es comprensible en su verdadero sentido en relación con el entorno histórico en que tiene lugar: el nacimiento, de una nueva dinámica histórica y la aceleración del proceso técnico industrial, con, su larga secuela de conflictos sociales y enfrentamientos interclasistas. La mejor fuente metodológica para el análisis de la interconexión dialéctica de los acontecimientos, históricos estaba claramente en la linea hegeliana, absolutamente predominante en Alemania. Sin embargo, aproximaciones a una metodología dialéctica de origen leibnitziano pueden encontrarse en Francia en el prerrevolucionario Dom Deschamps, y maduran de un modo más rotundo en P.-J. Proudhon. Véase su De la creation de l'Ordre y el Systéme des contradictions économiques ou Philosophie de la Misére. También sobre el tema el capítulo IV, 2.°, de mi tesis doctoral El pensamiento político de P.-J. Proudhon, Facultad de Derecho, Sevilla. 147 ANTONIO PORRAS NADALES garantía de las libertades individuales (ya no «libertades burguesas») desde ámbitos extraordinariamente diversos: eurocomunismos, doctrina Cárter de los derechos humanos, movimientos de disidentes soviéticos, organismos internacionales de defensa de los derechos humanos, etc. La presencia de ciertas constantes «preindustriales» parece así reducir la etapa del «socialismo industrial» a una fase histórica perfectamente delimitada; una fase impregnada por la fe y el optimismo en el progreso, la confianza en el carácter infinito e imperecedero de los recursos naturales, la esperanza sin límites en el dominio del hombre sobre la naturaleza. La constatación de las consecuencias finales de esta nueva dinámica en las sociedades posindustriales avanzadas explicará el retorno a ciertos problemas presaintsimonianos: así, todo el tema de la polémica sobre los límites del crecimiento y la idea de un mejor reparto de los recursos escasos destruye el mito decimonónico del progreso cuantitativo, despertando nuevas perspectivas que se refieren a una mejor calidad de vida y no al aumento desenfrenado del consumo, o el ideal marcusiano de la liberación del ocio, con todas sus resonancias fourieristas y posfeudrianas, que supone un rechazo explícito de la esclavitud del trabajo ensalzada por la vieja moral puritana reinante en las épocas del optimismo industrial y el desarrollo de nuevas actitudes lúdicas y eróticas. La «reducción» del fenómeno del progreso industrial de las sociedades occidentales permite, pues, al pensamiento social contemporáneo clarificar el nuevo marco histórico al que deberá encararse la sociedad posindustrial y los nuevos conflictos que las fuerzas sociales deberán resolver para reordenar la actividad de producción y el entorno jurídico, político, social y urbanístico en el sentido que marquen los nuevos criterios dominantes. 148