La eximia doctora Teresa de Jesús
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LA EXIMIA DOCTORA TERESA DE JESUS Por JOSÉ F. ACEDO CASTILLA Hac e cuatrocientos años que en Alba de Torm es, en la paz del Señor, murió una de las mujeres más insignes con que se enorg ull ece nu est ra Patria: Teresa de Cepeda y Ahum ana, conocida en tod as la s latitud es por Teresa de Jesús. La Santa de la raza - c omo acertadamente la ll amó doña Blanca de los Ríosviene de vieja e ilu s tre pro sapia. La san - gre de sus an t epasa dos se había filtrado durante sig lo s por armad ura s, adargas y broquel es, adquirie ndo aqu ella pureza y temperatura espirit ual que convierte en una h erencia la vocación al heroí smo. Su padr e, el noble caballero toledano Alonso S ánchez de Cepeda, desc iende de aquel Vasco V ázq uez de C epe da que pelea glor io samente en el ce r co de Gibraltar al lado de Alfon so XI. Su madre, doña Beatriz D áv ila y Ahumada, es de familia no menos ilu stre 1• Los numerosos hermanos de Santa Teresa responden a la voz del linaj e y al ambiente de g loria que caldea e ntonc es a tod a la r aza española. Uno de ellos, Juan, cae lu - chand o en l as ca mpañas de It a lia hacia 1528, siendo Capitán de Infantería . L os otros siete -Hernando, Jerónim o, Lorenzo, Rodrigo, Antonio, P edro y Ag ustínintrépidos aventureros marchan a Am ér ica, cooperan briosam e nte a la conquista del P erú , pon en su espada al servicio del v irr ey Bla sco Núñez Vela con tra los rebeldes acaudillados por Gonzalo Pi zarra y prol. Sobre el linaje de Jos Cepeda y de los Ahumadas, vide Fr . Gabriel de Jesús, C. D. , La Santa de la Raza. Editorial Voluntad, S. A., Tomo l. Madrid, 1929 , pág. 196-230. También se ocupa de este tema el P. Fr. Manuel Tragg ia , La Mujer Grande. Tipografía Católica Casals, Tomo l. Bar celona, 1 882 , plig. XXII a XLII.
66 JOSÉ F. ACEBEDO CASTILLA digan las hazañas y la sangre, en la campal batalla de Iñaquito 2• El temple de Santa Teresa no desmerecía de su estirpe. Con uno de sus hermanos llamado Rodrigo, que le llevaba cuatro años, se juntaban -según el P. Risco3 en un rincón del huerto para leer libros devotos que hablaban de los martirios que los santos franciscanos habían padecido en Berberia y encendido su corazón, a los siete años siente la vocación del martirio. «Concertamos irnos a tierra de moros -escribe la Santa4 pidiendo por amor a Dios, para que allá nos descabezasen.» Y saliendo por la puerta del Adaja se fueron camino de Salamanca, hasta que un tío suyo, Francisco Alvarez de Cepeda, en un punto donde se levanta hoy un humilladero llamado de las «Cuatro Postas», los e ncontró y los volvió a su casa. «De que vi que era imposible -dice la autobiografíaque me matasen por Dios, ordenamos ser ermitaños, y en el huerto que había en la casa procurábamos como podíamos hacer ermitas, poniendo unas piedr ecillas que luego se nos caían». Pemán 5 ha recogido este hecho en un primoroso poema del que son los siguientes fragmentos: En las acequias del huerto dos niños están jugando. La niña es de gentil talle; ojos grandes y arrobados; la color del rostro, blanco. Juegan a fundar conventos, como que son ermitaños. En los ojos de ambos brilla 2. La vida y hechos de armas de los hermano s de Santa Teresa en América l os recoge el Dr. Manuel María Polit. Arzobispo de Quito (Ecu ador) . La familia de Santa Teresa en América y la primera Carmelita americana. Friburgo de Brisgovia (Alemania ). B. Herde r, librero editor pontifici o, 1 905. 3. Alberto Ri sco, S. J. Santa Teresa de Jestís, 3.• edición, •E l Men sajero del Corazón de Jesús .. Bilbao, 1934, pág . 19. 4. Vida de Santa Teresa de Jesiis, escrita por ella misma, obras completas. Edición y notas del P. Silverio de Santa T eres a, C. D. Cuarta edición. Editorial de •El Monte Carmelo». Burgos, 1949 , pá g. 3. 5. José Maria Pemán. El Huerto de los Cepeda, homenaje a Santa Teresa de Jesús, Biblioteca Lux, Tomo XlV. Toledo, 1925 , pág . 79-83.
1.A EXIMIA DOCTORA TERESA DE JESÚS un divino fuego extraño, como una lumbre celeste, como un resplandor de encanto, como un fuego que por dentro los estuviese abrazando . De pronto dice la niña, en su habla atropellado: -¿Qué decís de irnos al moro a morir por Cristo hermano? Oyéndola hablar el niño pensativo se ha quedado. Alza los ojos la niña; mirándola está su hermano. Un relámpago del cielo por sus ojos ha pasado ... Y palidece la tarde, cuando dice el niño -¡Vamos! No han dicho más palabras. Tras de ellos han girado los goznes de la puerta que está escondida en un rincón del huerto. El huerto se ha quedado silencioso, silenciosa la torre del convento, y en los dormidos solitarios campos y en el vetusto y murallado pueblo, reina un vago misterio religioso ... El bando de zorzales se ha dormido sobre las ramas del tapial del huerto. 67 El ambiente de virtud que se respiraba en su casa, penetra-
68 JOSJ:1 F. ACEBEDO CASTILLA ba en su alma. «Era mi padre -dicehombre de mucha caridad con los pobres y piedad con los enfermos. Era de gran verdad. Jamás nadie le vio jurar ni murmurar . Honesto en gran manera.» Mi madre tenía muchas virtudes. Era de grandísima honestidad. Con ser de harta hermosura, jamás se entendió que diese ocasión a que ella hacía caso de ella» 6• «Era aficionada a los libros de caballería, y no tan mal tomaba este psatiempo como yo tomé para mí, porque no perdía su labor; sí no desenvolvíamos para leer en ellos; y por ventura lo hacía para no pensar en grandes trabajos que tenía y ocupar a sus hijos que no anduviesen en otras cosas perdidos. De esto le pesaba tanto a mi padre, que se había de tener aviso a que no lo viese» 7• «Y o comencé a quedarme en costumbre de leerlos -añade la Santa8 ••• Era tan en extremo lo que en esto me embebía, que si no tenía libro nuevo, no me parecía tenía contento». Y como su fantasía era tan extraordinaria, queriendo acallar con aventuras soñadas la sed de empresas más altas, ella y su hermano Rodrigo compusieron un libro de caballería, con sus aventuras y ficciones. Este libro no se ha conservado. El Marqués de San Juan de Piedra Hita, en discurso que en 15 de octubre de 1922 pronunció en Avila ante la Real Academia de la Historia, dando cuenta del estado de sus investigaciones sobre dicha nove la , dice que en 1517, el corregidor de Avila Bernal de la Mata, mandó firmar la «Chrónica de la Población e de los fechas que los caballeros della ficieron en servicio de los Reyes de Castilla», entre los que destacaban los de Muño Gil, el caballero de A vil a. Estos f echos de armas -que alcanzaron gran auge durante la adolescencia de ambos niñospermiten pensar que tomaron de ellos el asunto de su novela y que el protagonista pudiera ser Muño Gil u otro caballero. Según el P. Risco 9, viene a recaer sobre aq uél una particular sospecha, con otro dato recogido por el infatigable Académico Teresiano. Cuando se celebraron en Zaragoza las 6. Vida de Santa 1"eresa ob. cil. pág . 2, 3. 7. lbidem . pág. 6. 8. Ibidem , pág. 6. 9. Alberto Risco, S. J. Ob. cit. pág. 23 , 24 .
LA EXIMIA DOCTORA TERESA DE JE SÚS 69 fiestas de la beatificación de la Santa, presentó cierto escritor, llamado Juan Bautista Felices, un trabajo poético que tenía este título: «El Caballero de Avila, por la Santa Madre Teresa de Jesús, en fiestas y torneos de la Imperial Ciudad de Zaragoza». El Poema se publicó en 1623 y trata de un hecho de armas de D. Muño. Su mismo título y la cercanía de la fecha, cuando estaba reciente todo lo relativo a la estática Reformadora, induce a sospechar si Felices leyó u oyó nombrar al famoso libro de caballería escrito por los dos niños. Es lo que hasta ahora se ha podido investigar. No obstante, el P. Gabriel de Jesús 10 afirma que cuando el P. Rib era habla de este hecho en la vida de la Santa, en la manera de expresarse da claro a entend er que fue el único afortunado biógrafo que tuvo en sus manos el Mss de «E l Caballero de Avila» y que lo leyó desde la portada hasta el fin, incluso el colofón, pues dice que lo t erm in aron «dentro de pocos meses». Muerta su madre, la curiosidad femenina, el conocimiento de su belleza, y la influencia de una prima suya 11 -algo ligera y poco recatadahizo que Teresa se aficionara a las frivolidades humanas. «Co mencé -confiesa con toda ingenuidada tr aer galas y desear contento en parecer bien, con mucho cuidado de manos y cabellos y olores, y todas las vanidades que en esto podía tener, que eran harta s, por ser muy curiosa» 12 • Y continüa la autobiografía: «Tenía primos hermanos algunos, qu e era n los únicos que tenían franquicia para entrar en casa de mi padre, qu e era muy recatado... Eran casi de mi edad, poco mayores que yo. Andábamos siempre juntos . Teníamos gran amor, y en todas la s cosas que les daba contento, los sustentaba pláti ca y oía s ucesos de sus aficiones y niñerías nonada s buena s; y lo peor fue mostrarse el alma a lo que fue causa de todo su mal» 13 • ¿A qué ll ama la Santa «causa de todo su mah>? Según Fray Jerónimo de San José en su Historia del Carmen Descalzo, 1 0. P. Gabriel de Jesús . La Santa de la Raza, ob. cit. T. I. pág. 345. 11. Según el P. Gabriel de Jesús , C. D., en ob . cit. T. l . pág . 386 , aquella su prima que nin gún biógrafo nombra, debié ser Doña Jerónima o Guiomar de Tapia. 12. Vida , ob. c il. pág. 6. 13 . lhid em, ob. ci. pág. 6.
70 JOSÉ F. ACEBEDO CASTILLA «todo su mal no fue más que una demasiada afición y amor natural que cobró a uno de estos primos hermanos suyos 14, que entraba en casa de su padre. Como le quería el primo tanto, i ella de su natural era tan agradable y amorosa, fácilmente prendió él afición en su alma; de lo cual, dejándose llevar con sencillez, vino a apoderarse de su corazón i a turbarla el sosiego, inclinándola con exceso (bien que dentro de honestos límites) a amar a quien la amaba». El episodio, que no pasó de infantil devaneo, no duró más de tres meses. Enterado D. Alonso de las relaciones de su hija, decidió desde el principio cortarla s de raíz, para lo cual procedió a internarla en el Convento de Agu st inas de Santa María de Gracia, donde vivían retiradas y se educaban jóvenes de la hidalguía abulense. «Los primeros ocho días -escribe la Santa15 sentí mucho ... estaba cansada, desasosegada con recados que recibía de fuera. Como no había lugar al trato con quien por vía de casamiento, me parecía poder acabar en bien, presto se acabó, y comenzó mi alma a tornarse, a acostumbarse en el bien de mi primera edad. Comencé a rezar muchas oraciones vocales y a procurar con todas me encomendasen a Dios, que me diese el estado en que le habría de servir ... ». Al año y medio de estar en el Convento hubo de salir por enfermedad a casa de su padre. No se sabe qué enfermedad fuera ésta, pero sí que para su convalecencia decidieron llevarla a Castellanos de la Calzada, donde vivía su hermana María, casada con D. Martín Barrientos Guzmán. Allí permaneció un año aproximadamente. Mejorada en su salud, vuelve a Avila, donde fluctúa dudosa sobre la elección de estado. No encontraba gusto cabal, ni en el comercio del mundo, ni en el servicio de Dios. <<En esta batalla -dice16 estuve tres meses, forzándome a mí misma en esta razón: que los trabajos y pena de ser monja no podían ser peor que los del purgatorio, y que yo había bien merecido 14. El P. Gabriel de Jesús, en la ob. cit. La Santa de la Raza, T. I. pág. 3 98 sefia la, en embargo , a Pedro Alvarez Cimbrón (Perá!varcz), hijo de D. Francisco Alvarez Cepeda, como el enamorado galán de aquella Teresa de Ahumada. 15. Vida, ob. cit. pág. 9, 10. 16. lbid em, pág. 12 .
LA EXIMIA DOCTORA TERESA DE JESÚS 71 el infierno; que no era mucho estar lo que viviese como en purgatorio, y que después me iría derecha al Cielo, que este era mi deseo. Y en este movimiento de tomar estado, más me parece me movía un temor servil que amor. Poníame el demonio que no podría sufrir los trabajos de la religión, por ser tan regalada. A esto me defendía con los trabajos que pasó Cristo; porque no era mucho que yo pasase algunos por El; que El me ayudaría a llevarlos» ... La lectura de las Epístolas de San Jerónimo y el duro golpe que sufrió con la marcha a la Argentina de su hermano predilecto, Rodri go, que alistado en la armada a las órdenes del Adelantado D. Pedro de Mendoza, sali ó de Sevilla el 24 de agosto de 1535 para la conquista del Río de la Plata, acabaron de decidirla a abrazar el estado religioso, «de suerte que me determiné -son sus propias palabras17 a decirlo a mi padre, que casi era como a tomar el hábito». Y es que Teresa no cedía en lo una vez pensado y resuelto . A sus monjas, dibujando sin pretenderlo la firmeza de su propia condición cuando hay que realizar alguna obra , les dice en el Camino de Perfección: «importa mucho una grande y determinada determinación de no parar hasta conseguirla, venga lo que venga, suceda lo que sucediese, murmure quien murmurase, siquiera se muera en el camino, siquiera se hunda el mundo» 18 • Esta determinación costó le mu chos ruegos y muchas lá - grimas, pues D. Alonso, viejo y achacoso, se resistía a darle el permiso. Mas obtenido al fin el consentimiento paterno, el 2 de noviembre de 1536, a los veintiún años de edad, tomó el hábüo y comenzó el noviciado en el Convento de la Encarna - ción de las Carmelitas de Avila «como monja de velo y coro», haciendo la profesión solemne el día 3 de noviembre del siguiente año 1537. 17 . Ibidem, pá g. 13. 18. Teresa de Je s ús. Camino de Perfección. Obras, Edic. cit. pág. 366.
72 JOSÉ F. ACEBEDO CASTILLA II Aunque durante el noviciado no fue mucha su salud, por «la mudanza de vida» 19 y las graves penitencias a que se dio, luego de profesado -dice20 «comenzáronme a crecer los desmayos, y dióme un mal de corazón tan grandísimo, que ponía espanto a quien lo veía, y otros muchos males juntos. Y como era mal tan grave que casi me privaba del sentido siempre, y algunas veces del todo quedaba sin él, era grande la diligencia que tenía mi padre para buscar remedio; y como no lo dieron los médicos de aquí, procuró llevarme a un lugar 21 adonde había mucha fama de que una curandera sanaba allí otras enfermedades, y en sí dijeron habría la mía». Tres meses estuvo la Santa en Becedas sometida a un tratamiento «más recio que el que podía mi complesión» 22 -una purga diaria - de tal suerte que si D. Alonso no toma la resolución de llevársela, da con ella en el sepulcro. · Vuelta a Avila, tomaron a verla los médicos. «Todos me desahuciaron porque sobre todo este mal (del corazón) decían que estaba hética (tuberculosa) . De esto se me daba a mí poco. Los dolores eran los que me fastidiaban porque eran en un ser desde los pies a la cabeza; porqu e los n erv ios son intolerables, según decían los médicos, y como todos se encogían ... era recio tormento ... » 23 • En la · noche del día de la Asunción de 1536 dióle un paroxismo que la tu vo sin se ntido cuatro días. «En esto me dieron el S acrament o de la Unción y cada hora o momento pensaban expiraba y no hacían sino d eci rme el Credo, como si alguna cosa en tendiera. Teníanme a veces tan muerta, que hasta la cera me hallé después en los ojos». Y co ntinúa: «Quedé en estos cuatro día s de paroxismo de manera qu e sólo el Señor puede saber so bre los insoportables tormentos que sentía en mí. La leng ua hec ha ped azos de mordida; la ga rganta, de no ha ber pasado nada y de la gran flaqueza que se ahogaba, que 19. Vida, ob. cit. pág. 16 . 20. Ib idc m, ob. cit. pág . 16. 21. El lugar a que se refiere e ra Be ce das a qu in ce leguas de A vil a. 22. Vida , ob. cit . pág. 23. 23. lbidem, pág. 24.
LA EXIMIA DOCTORA TERESA DE JES ÚS 73 aun el agua no podía pasar. Toda me pare c ía que estaba descoyuntada, con gran dísimos de sa tinos en la cabeza. Toda encogida, h echa un ovillo, porqu e es esto pa ró el tormento de aquellos días, sin poderme m enear ni br azo ni pie, ni mano , ni cabeza, más que si estuvi era muerta, si no me meneaban ... » 24• Al iniciarse una pequeña mejoría -prosi g ue la Santa- «di lu ego tan gran p risa en irme al monasterio que me hi ce llevar así. A la que es taba muerta recibieron con alegría; mas el cuerpo peor qu e muerto, para dar pena ve rle. El extremo de flaqu e za no se puede decir, que sólo los hue sos tenía ya. Digo qu e e sto así me duró más de ocho meses; el es tar tullida, aunqu e iba mejorando, casi tr es años (o sea, h as ta 1542). Cuando comencé a and ar a gat as, alababa a Dios. Estaba muy conforme con su voluntad, aunque me dejase así sie mpre ... ,. ¿Qué enfermeda d es la que realmente tuvo la Santa? Según sus biógrafos, es poco menos que imposible re s ponder a esto. Fray Jerón imo · de San Jo sé, que -según el P. Ga briel de J esús25, para tratar de este te ma en su libro, con su ltó a cuantas e min encias médicas había por aquel enton ces en España, se quedó casi a oscuras. El ex Padr e Mir, en el que escribió 26, le oc urri ó otro tanto; y después de l eer cuanto acerca de la enf e rm e dad se había escrito dentro y fuera de Españ a, dice: «Qu ien diagnostican el esta do patol ógico de Santa Ter esa de gastritis aguda 27 que le produjo pérdida del conocimiento, tetan izaci ón mu sc ular, convu lsiones, m orde dur as de la le ngua y los demá s fenómenos qu e describe en la re lación de su vida. «Quien a una clorosis grave complicada con int oxicaci on es medicinales, ocasionadas por la c uración de Bece da s 28• «Quien a un a infección palúdica 29 , e nfe r medad frecuentísima en la provincia de Avila - en especia1 en los tiempos de la Saritay que se manifestaba en forma de fi ebres terciana s y cuartanas. «Quien en fin al histeris mo , producido por· su afán de ora24 . Ibí dem , pág. 26. 25. Padre G abrie l de Jesús , C. D. Ob. cit . T. II , Madr id , 19 30, pág. 25 4. 26. Mi gu el Mi r, Santa Teresa de les1ls; su vida, su espíritu, sus fundaciones. Establecimie nt o tipográfico de Jaime Ratés. Madrid, 1912. 27. P. L. de San. E tud e pat110/ ogique de P. G. Louvain, 1 886 . 28. Dr. lmbert - Gou rh ei re , La stigmo.tisatio1 1. T. II , pá g. 54 . 29. D r. Goix, Annales de Philosopl1ie c lu etienne, Juio . 1 896 . pág. 278 .
80 JOS~ F. ACEBEDO CASTILLA tratasen de reformarse y guardar la Regla Primitiva, que ella pediría a Dios les alumbrase lo que más convenía; y que entonces dijo -su sobrinaMaría Ocampo: «Madre, haga un monasterio como decimos, que yo ayudaré a V. R. con mi legítima.» Y estando en esta conversación llegó la señora Doña Guiomar de Ulloa, a la cual contó dicha Madre Teresa de Jesús, el discurso que había oído ella y aquellas muchachas sus parientas, y la dicha señora Guiomar de Ulloa dijo: «Madre, yo también ayudaré con lo que pudiera a esa obra tan santa» 43 • «Y o, como anda ha en estos deseos -escribe la San ta44 , comencé a tratar con aquella señora mi compañera viuda ... mas yo, por otra parte, todavía me detenía ... porque en parte se me representaron los grandes desasosiegos y trabajos que me había de costar y como estaba tan contentísima en aquella casa; que aunque antes lo trataba, no era con tanta determinación ni certidumbre que sería». Todo esto lo meditaba en lo más íntimo de su espíritu, cuando he aquí que un día «habiendo comulgado, mandóle Su Majestad lo procurase con todas sus fuerzas, haciéndole grandes promesas de que no se dejaría de hacer el monasterio, y que se serviría mucho de él, y que se llamase San José esta fundación que sería una estrella que diese de sí un gran resplandor ... y que dijese a mi confesor esto que me mandaba y que le rogaba El que no fuera entre ello, ni me lo estorbase» 45 El Padre Baltasar Alvarez, S. J. -que a la sazón era su confesor-, «no osó determinadamente - añade la autobiografíadecirme que lo dejara, mas veía que no llevaba camino conforme a razón natural , por haber poquísima o casi ninguna posibilidad en mi compañera, que era la que lo había de hacer. Díjome que lo tratase con mi Pr e lado , y lo que él hiciese, eso hiciese yo». Las gestiones con el Provincial -que era el P. Gregario Fernándezlas realizó como cosa propia Doña Guiomar de Ulloa, «el cual vino muy bien en ello y dióle todo el favor que fue menester, y díjole que él admitiría la casa». Previamente 43. P. Silvcrio de Santa Teresa, C. D. Obras de Santa Teresa de Jes1h, o b. cit. Nota pág . 216. 44. Vida, ob. cit. pág. 217. 45. lbidem, ob. cit . pág. 217.
LA EXIMIA DOCTORA TERESA DE JESÚS 81 escribieron a Fr. Pedro de Alcántara todo lo que pasaba, el cual les aconsejó que no lo dejasen de hacer, y él mismo vino a Avila para indicarles los términos en que había de redactars e la petición al General de la Orden de Carmelitas, P. Nicolás Audet, a fin de obtener licencia para fundar el Monasterio Reformado . Aún hubo de consultar y pedir parecer al insigne dominico valenciano Fr. Luis Beltrán, quien después de bien meditado el asunto escribía a la Madre Teresa animándola para tan grande empresa. Mas pronto surgieron las contrariedades. Cuando fueron conocidos los proyectos de Reforma qu e deseaba realizar, comenzó a ser cens urada, severa y despiadadamente, por sus mismas compañeras de claustro. A las queja s de su convento se unieron las contradicciones de los Padr es Carm elitas, la resistencia de la nobleza, la oposición de los Regidores, las murmuraciones del pueblo, y como si tanta s contra dicciones fueran po co, se tr ató del asunto en el púlpito, hablándose desaforadamente contra la proy ectada R eforma y su autora. Teres ita de Jesús, sobrina de la Santa, cu enta este hecho de la sig ui en te forma: «Estando con su h ermana Doña Juana de Ahumada fueron un día al sermón a la Igl es ia de Santo Tomé, y un religioso de cierta Ord en que predicaba allí comenzó a re pr e nd er ásperamente, como de algún gran pecado público, diciendo de las monjas que salían de sus monast er ios a fundar nuevas Ordenes, que era para sus libertad es , y otras palabras tan pesadas , qu e Doña Juana estaba afrentada, y haciendo propósito de irse a Alba, o a su casa, y hacer a nu es tra Santa M ad re qu e se volviese al Monasterio y deja se las obras. Con este prop ós ito volvió a mirarla, y vio que con gran paz se es taba riendo» 46 • Fueron tantos los dicho s y el alboroto, que al Provincial le pareció recio ponerse contra todos y así se volvió atrás de lo dicho y concedido y retiró en ab so luto la licencia para la nu eva fundación 47• También su confesor -e l P. Baltasar Alvarez- «como si yo hubiese he cho cosa contra su voluntad, 46 . Sa nta Teresa de Jesús, Obras completas. Aguilar, 5.• edición, 1945 . No ta primera, pág. 180 . 47 . Vida, ob. cit., pá gina 218.
82 JOSÉ F. ACEBEDO CASTILLA me escribió que ya vería que era todo sueño en lo que había sucedido, que me enmendase en no querer salir con nada, ni habl ar más en ello, pu es veía el escánda lo que había sucedido y otras cosas todas para dar pena» 48 • Santa Teresa, tan obe di ente sie mpr e a sus confesores, se apartó por completo de los preparativos para la fundación del reformado convento, mas no su compañera Doña Guiomar , que -dirigida por el P. Ib áñez-escribe a Roma, pidiendo en su nombre y en el de su madre Doña Aldonza la obtención del Breve pontificio para la fundación, haciendo constar en dicha petición las líneas principales en que tal fundac i ón habría de hac erse, o sea, que no fueran las monjas más de trece, que en ella se guardase la Regla primitiva sin mitigación y que el nu evo convento estuvie se bajo la jurisdicción del Ordinario, pu esto que el P. Provincial se negaba a recibirle en la suya. Al cabo de cierto tiempo, el confesor tornó a darle licencia. «Yo bien veía el trabajo que me ponía, por ser muy sola y tener poquísima posibilidad. Concertamos -dicese tratase con todo secreto, y así procuré que una hermana mía, que vivía fuera de aquí, comprase la casa y la labrase como que era para sí, con dineros que el Señor me dio por algunas vías para comprar la » 49 • El 7 de febrero de 1562, Pío IV expidió el Breve por el que «se da licencia para la fundación y edificación del Monasterio de monjas - del número y con la invocación que le fuera bien vistode la Regla y O rden de San ta María del Monte Carmelo, y bajo la obediencia y corrección del Obispo de Avila, que con el tiempo fuere, con iglesia, campanario, campanas, claustro, refectorio, dormitorios, huerta y otras oficinas necesarias». Era a la sazón Obispo de Avila D. Alvaro de Mendoza, hijo de D. Juan Hurtado de Mendoza y de Doña María Sarmiento, Condesa de Rivaria, quien -pese al Breveno quiso -en principioadmitir la fundación, dado la reserva con que se había Ilevadq el asunto, y mucho menos por ser de absoluta pobreza en el que las religiosas habían de vivir de limosna . 48. Ib ídem , pág. 222. 49. Ibídem, pág . 225 , 228.
LA EX IMIA DOCTORA TERE SA DE JESÚS 83 Mas gracia a la intervención del P adre Pedro de Alcántara - que er a mucho de dicho Pr e lado- , co nsin tió vi sita r en la En ca rnación a la Madre Teresa, tras lo cual cambió por completo y salió dispu est o a favorecer en lo que pudiera al nuevo Monasterio, acogiéndolo bajo su juri sdicció n. De es ta suerte, el día 24 de agosto de 1562 -festividad de San Bartolomépudo procederse a la inauguración del primer convento de la R eforma, expo ni e ndo el Santísimo y diciendo la primera misa el P. Gaspar Daza, quien dio el hábi to a l as cuatro primeras novicias que ofrecieron g uardar s in miti gac ión la Reg la primitiva del Carmelo. Como era lógico, entre los asistentes a la ceremo nia est uvo presente Doña Teresa de Ahumada. Pe ro a este tri unfo de la Madre T eresa sigu ió una nue va y más viole nta tempestad. Acabado todo, la P rio ra de la En car - nación le ordenó que sin d emo ra volviese a su convento bajo precepto de obediencia, donde se le sometió a una especie de juicio ante el Pro vincial y las monjas, en el que la Santa con su grandísima humildad «dio su descuento de manera que no halló el Prov incial ni las que allí estaban por qué condenarme» 50 • Mientras tanto, el popula c ho recorría las calles de Avila pidiendo que se sacasen del convento a l as monjas y castigo para aquella sublime mujer qu e tenía el valor de condenar con su conducta la disipación de la sociedad en que vivían. El alboro to produjo su efecto. Los regi dore s y el Cabildo de Avila - d es pu é ~ de oír el Breved ecretaron , pr evio infor - me de los Le trados, la des trucci ón del pequeño Monasterio de S an Jos é, pu es no se había g uard ado su tenor, sino que había si do violado c on lo de quer er fundarlo en la po br eza, cosa que el Br eve no concedió y si no se cump lio aquel acuer - do fue p or la int erve nción decidida del Obispo, apoya do por su P rov is or, el Licencia do Brizu ela. Ante ello la ciudad apeló, por vía litigiosa, ante el Conse jo Real, con lo que comenzó un l argo y laborioso pleito. P or vía de transacción, los del C onsejo de Avila le propusieron que «Como tuviese renta pasarían por ello y que fuese adelante» 51• Pero la Santa, que tenía en su apoyo un Breve de 50 . Ibíd em , pág. 253 . 5 1. lbid e m, p ág. 255 .
84 JOSÉ F. ACEBEDO CASTILLA Gregario IX de 6 de abril de 1229 -que prohibía a las Carmelitas la posesión de casas, tierras, ni rentas, como opuesto a la vida de contemplación que profesaban52 y alentada de otra parte por el P. Pedro de Alcántara, que en diversas ocasiones le había aconsejado que «en ninguna manera viniese a tener rentas», se mantuvo firme en su propósito, hasta que al fín obtuvo un Rescripto de la Sagrada Penitencia de 5 de diciembre de 1562, en que se faculta al nuevo Monasterio para vivir sin rentas, de la caridad públi ca, el cual fue confirmado por Breve de 17 de julio de 1565 53 • Ante esta autorización calmóse la ciudad, el pleito poco a poco se fue dejando , por lo cual el Provincial, en la Cuaresma de 1563, permitió a la Santa a que se trasladara a su pobre convento de San José, con algunas otras monjas. A partir de este momento dejó de ser Teresa de Ahumada, y comenzó a ser y a llamarse Teresa de Jesús. Estos años -según ella misma dice54 fueron los más tranquilos de su vida. Forma a sus monjas en la Regla primitiva de Nuestra Señora del Carmen escrita por San Alberto, hacia 1209 -para los moradores del Monte Carmelo-, aclarada en ciertos puntos -algo imprecisospor Inocencia IV en 1248. S egú n est as Reg la s, debía ayunarse desde el 14 de septiemb re - festividad de la Exalt ación de la Santa Cruzhasta Pascua de Resurrección. Tampoco se podía c omer carne a no ser por enfermedad o de bilidad . P ero c<como a Santa Teresa -dice el P. Jerónimo de San Jo sé55 le parecía poco todo el rigor de la Regla primitiva, no se contentó con que en su Reforma se gu arda se enteramente, sino que añadió otras observaciones y rigores de muy aventajada perfección. Añadió la de sca lce z, la vileza de manjares y grosería del hábito, el rigor de la cama, la penit encia de la discip lina y en la obediencia, en la pobreza, en la humildad, en la oración y ejercicio de las demás virtudes, tales y tan estrechas observaciones, que jun52 . Obras de Santa Teresa. Aguilar. ob. cit. Nota a la pág . 19j. 53. l bidem , nota 2, a la pág. 186. 54 . Libro de las Fundaciones de Santa Teresa de Jesús. Obras de Santa T eres a. Edic ión y notas del Padre Silvcrio de Santa Teresa. Cuarta edi ci ón. Editorial Monte Carmelo, Burgos, 1 94 9, pág. 653. 55. Jerónimo de San Jo sé. Historia del Carmen Descalzo. Libro 17 , cap . VII , pág. 636.
LA EXIMIA DOCTORA TERESA DE JESÚS 85 tas con las de la Regla, vienen a hacer un instituto y modo de vida de los más rígidos y perfectos que hay en la Igle sia». El general de los Carmelitas, P. Juan Bautista Rubeo, aprobó la R eforma de la Madre Teresa. «Dióme muy cumplidas patentes para que se hiciesen más monasterios, con censuras para que ningún Provincial me pudiese ir a la mano» 56 • Poco después, el mismo Padre General -en 14 de agosto de 1567le envió desde Barcelona una patente , autorizándola para fundar dos conventos de frailes reformados 57 • Comienza entonces un período de actividad y trabajo tan asiduo e intenso, que causa verdaderamente asombro el que aquella cria tura tan delicada y cons umida tuviese fuerzas fí sicas para realizar la portentosa obra que llevó a cabo, de la que nos da cuenta en los últimos capítu los de su «Vida» y en «L as Fundaciones». Y en medio de estos trabajos ¡qué de peniten cia !, ¡qué de mortificación!, ¡qué de contratiempos y dificultades! Sobre todo durant e su estancia en Sevilla. Los comienzos de la fundación de Sev illa tuvo las mismas dificultades que las demás: hambr e y privaciones, abandono y pobreza material. Mas con ella coincidieron una serie de problemas que estuvieron a punto de hacer naufragar la Reforma. El P. G enera l -Juan Bautista Rubeoh abía dado licencia a la Ma dre Tere sa. para fundar dos conventos de frailes y fa. cultad para fundar los que se le ofrecieran de monjas, en uso de la cua l fundó el de frailes de Duruelo en el sesenta y ocho, y en el setenta y nueve el de Pastrana. En estos dos monasterios se cons umieron las dos licencias, ya que para el Colegio de Alcalá, que fue el tercero, la obtuvo del mismo P adre General, Ruiz Gómez de Silva. El P. Maestro Francisco Vargas, comisario apostólico para la reformación de los Carmelitas Calzados en Andalucía, sin contar con el P. G ener al, dio permiso para que en Sevilla se fundara monasterio de los Des ca lzos y delegó en el P. Jerónimo Gracián la com isión que tenía de la Santa Sede. Con este 56. Libro de las Fundaciones. ob . cit. pág. 658. 57. lbidem, pág. 659.
86 JOSÉ F. ACEBEDO CASTILLA motivo, las relaciones entre Descalzos y Calzados se van a deteriorar hasta llegar al rompimiento. Como consecuencia de ello, el Capítulo general de la Orden, reunido en Piacenza (Italia) el 21 de mayo de 1575, adoptó la re solución de suprimir todos los conventos fundados sin licencia del P. General, aunque los hubieran autorizado los Visitadores, para lo que se comisionó como Vicario General de la Orden del Carmen en España al Padre portugués Jerónimo Tostado -hombre seco, austero, violento en sus procedimientos y mu y enemigo de la Reforma-; y se mandó a la Santa Reformadora que dejara del todo sus obras y se encerrase para vivir el resto de su vida en el convento que eligiese de los fundados por ella en Castilla. En cumplimiento a lo mandado, Santa Teresa se recluyó en Toledo primero y en Avila después. Mas no por ello amainó el temporal. En 1577 falleció el Nuncio Nicolás Ornameto, ferviente amigo de la Santa y de su obra . Vino en su lugar Monseñor Felipe Se ga, quien mal informado de los Descalzos y de Santa Teresa -a la que llamó fémina inquieta y andariega-, adoptó una serie de disposiciones contra la Reforma , las que culminaron con la prisión del Padre Germán de San Matías y San Ju an de la Cruz; d ecretó la excom un ión con tra el P adre Gracián , a quien privó de su cargo de Visitador y Provincial de los Descalzos; o rden ó su reclu si ón en Alcalá de H enares y sometió a los Descalzos en todas la s Provincias a los Calzados. La situaci ón era de ses perada y toda s las obras de la fundación en peligro de d esaparecer o deshacerse. En este tran ce la Santa, arri ncon ada, maltrecha y sin apoyo de nadie, acude por carta el Rey Felipe II 58 , pidi én dole su protección a favor de los Descalzos contra la s trop elías de que eran objeto. Es ta car ta produj o el res ultad o apetecido. Por influe ncia del R ey - que amaba mu cho a la S anta y a los frail es de la Refor mase sosegó la ira del Nuncio y con su va limiento se obtuvo de 58 . Higinio Ciria y N asa rr e. Smtta Teresa y Felipe JI . Librería Religiosa de En r ique Hernández. Madrid , 1 900, pág. 109 -115. H ay quien sostiene que la San ta se entrevistó pe rsonalmente con Felipe II en este tiempo de persecución. Ha sido este te ma m uy debatido. Lo afirm a Rotonda en su Historia descri pt i va del Escorial y el Ma rqués de San Juan de Pi ed ras Albas en el Bol et ín de la Academia de la Historia.
LA EXU.ITA DOCTORA TERESA DE JES'Cls 87 Gregario XIII el Breve de 22 de junio de 1880, en el que se decretaba la se paración entre Calzados y De sca lzos, que había si do uno de los anhelos de Santa Teresa. Ante ello, la s fundaciones qu e habían estado suspensas casi cua t ro años por causas de estas per secuciones, de nuevo se ponen en marcha . Al reanudarlas, la actividad sin límite de la Madre , su genio extraordinario y su fe profunda y ardiente, la sacaron victoriosa en tan difícil empresa. Toledo la vio acatada en su imperial recinto, después de ha berla visto recluida en el convento de su propia fundación. Sevilla -donde la habían tratado duramente, entregándola a la s pesquisas de la Inqui sición59 la vio al fin obsequiada y protegida por el más pod eroso monarca que ha tenido E spaña. Y Valladolid y Salamanca y Bur gos, Palencia, S oria , Médina, vieron levantar casi mil agrosamente l os mon asterios de su R efor ma , y exparcir por doquier aque l bálsamo pu rís imo de ternura y de paz, que, como em anación de pura y cel estia l az ucena , purificaba con su aliento hasta los deleté reos miasmas con que pretendi eron marc hi tar su hermosura. IV Sa nta Ter esa, sin ser letrada, escri bi ó mucho y bi en. Obli gada por obediencia a esc ribir, adopta como garantía de humildad el est ilo descuidado. Y este t ota l renunciamiento a la curiosidad nos expli ca -segú n Menéndez Pida !- 60 cómo, aunque había sido la Santa apasionada lec tor a de los libros de caball er ía, que eran entonce s el manual del habla disc reta , no t omó de ellos el menor rasgo estilístico, por má s que alg una vez recuerde sus castillos y sus gigantes. De ig ual modo, au nq ue T eresa fue en toda su vida voraz lec tora de l os doctos 59. Las columnias de una novicia hi st érica a quien hubo de ec har del com · ento con otra tocada de l mi~ m o ma l v la de un confesor mínimamente créd ulo, hicieron in - tervenir al Tribunal de la Inquisición. D edan que las mo njas se confesab an una s con otras; que las ataban de pies Y man es y las azotaban. El clérigo a título de consulta andaba de unos a otros publicando mil simp lezas e in famando a Santa Ter esa y a s us monjas. El Santo Oficio reprendi ó al clérigo y se sobreseyó la ca usa. Fr. M. de Ireggia. La Muj er Grande. ob. cit . T. III. Barcelona, 18 82, pág. 257. 60. Ramón Menéndez Pida!. El Leng11aie del siglo XV I. Colee. Austral, Espasa Ca l· pe, S. A. Madrid , 1942 , pág. 89 -9 1.
88 JOSÉ F. ACEBEDO CASTILLA libros religiosos, no sigue el estilo de ninguno de ellos, no aspi - ra a igualarse con los autores «que tienen letras». Así, en Santa Teresa el escribir como habla llega a la más completa realización... Pero la austera espontaneidad de la Santa es una espontaneidad hondamente artística; aunque quiere evi tar to - da gala en el escribir, es una brillante escritora de imágenes. Las expresiones figuradas acuden abundantes; algunas revisten una riqueza de valores extraordinarios. En la alteza de cosas que trata y en la seguridad con que las trata -dice Fray Luis de León61 excede a muchos ingenios. Su estilo, su lenguaje ... a los ojos desapasionados de la crítica más fría es -según D. Juan Valera62 milagro perpetuo y ascendente ... Con inefable acierto empleó las palabras de nuestro hermoso idioma sin adorno, sin artificio, conforme las había oído en boca del vulgo, en explicar lo más delicado y osc uro de la mente, en mostrar con poderosa magia el mun - do interior ... El hechizo de su estilo es pasmoso y sus obras miradas sólo como dechado y modelo de lengua castellana, de naturalidad y gracia en el decir, debie ran andar en manos de todos. Y es que sus obras , si no fueron producto del es tu dio, sí lo fueron de la gracia. Lope de Vega así lo significó en estos versos que puso en boca de Jesús: Esta es mi hija en que me agrado tanto Oídle lo que escribe, yo lo fío Porque sabed que cuanto dice es mío. En tres grupos pueden clasificarse sus escritos: El Libro de su vida, autobiografía en la que con la más peregrina modestia narra las diversas transformaciones de su alma en lucha con los atractivos del mundo primero y después en el vencimiento total de sí misma y completa entrega a Dios. Confiesa las mercedes que Dios le hizo y habla y discurre las más altas 61. Fray Luis de León. CarttlS a las Madres Carmelitas Descalzas de . W: ad r id , Ap ud. Escrilos de Santa Teresa, añadidos e ilustrados por D. Vicente de la Fuente, B. A. E. Rivadcneyra. Madrid, 1 877, T. LIII, pág. 19. 62. Juan Va!era. Elogio de Santa Teresa. Discurso de contestación en la recepción del Conde de Casa-Valencia en la Real Academia Española. Madrid, 1879.
LA EXIMIA DOCTORA TERESA DE JESÚS 89 revelaciones mí sticas, con una sencillez y descuido de frases que deleitan y enamoran. A juicio de Azorín 63 , La Vida de Teresa, escrita por ella misma , es el libro más hondo, más denso, más penetrante que existe en ninguna literatura europea. A su lado, los más agudos analistas del yo, un Stendhal, un Benjamín Constant, son niños inexpertos. Y eso que ella no ha puesto en ese libro sino un poquito de su espíritu. Pero todo en esas páginas sin forma del mundo exterior, sin color, sin exterioridades, todo puro, denso, escueto, es de un dr amatismo, de un interés, de una ansiedad trágicos ... El Libro de las Fundaciones y sus Cartas son la historia o relación de los quince conventos femeninos que «Sin una blanca» -como ella dicefundó con mil obstáculos y contradicciones de gentes podero sas; un primoroso zurcido de hechos históricos , de trozos biográficos y desahogo ardiente de caridad fraterna , de sentencias graves y profundas y de festivos donaires que su ingenio des pierta, entremezclados con consejos muy provechosos de gobierno a las prioras de ellos, así como de remedios discretísimos y muy prácticos para amortiguar en lo posible los estragos que el humor de melancolía -tan parecidos a las neuro si s-, que lo mismo en tiempos pasados que en los presentes c ausa estra gos en la observancia re g ular de la s comunidades religiosas, singularmente de mujeres. Este libro , al igual que el Modo de Visitar los Conventos de Descalzas, es un libro preceptivo, hijo de la experiencia. L0 esc ribió poco antes de morir por mandato del P. Gracián, que acababa de se r nombrado Provincial -en el capítulo de separación de Alcalá de . Henares-, y que en virtud de su cargo tenía que proceder a la visita de los conventos reformados de ambos sexos. Conocía muy bien la índole de los conven to s de frailes, mas no tanto los de monjas, por lo que le sirvió de guía durante el tie mpo que estuvo en el cargo. Lo s libros Camino de Perfección, Conceptos del Amor de Dios, Las Exclamaciones y las Moradas son la historia de su vida de conciencia. 63 . Azorín. Los cltl .< i co.< redii ·ivo.s, Cole e. Austral , Espasa Calpe. S. A. Madrid , pág. 40 , 41 .
96 JOSÉ F. ACEBEDO CASTILLA es difícil discernir las poesías genuinas de la Santa, recoge treinta y una . Las veinticuatro primeras -dice el P. Angel Custodio Vega80 son ciertamente «auténticas» sin la menor duda ; de la veinticinco a la veintinueve, «menos ciertas», y de la treinta a la treinta y una, «dudosas». Quizás haya inexactitud en algunas de las apreciaciones de estos cálculos, que sólo pueden considerarse aproximados, ya que es poco menos que imposible apurar las varias probabilidades . De las poesías teresianas, Menéndez Pelayo 81 destaca sobre todas la conceptuosa letrilla: Vivo sin vivir en mí y tan alta vida espero que muero porque no muero. Estos versos «nacidos -como escribe el P. Yepesdel fuego de amor de Dios que en sí tenía la madre», son el más perfecto dechado del apacible discreteo que aprendieron de los trovadores palacianos del siglo XV algunos devotos del siglo XVI. Desdeñándose de mirar a la muerte para dirigir los ojos al cielo o contemplarle con amor anhelante, añadirá la insi gn e Doctora: Venga ya la dulce muerte el morir venga ligero que muero porque no muero Otra composición de la Santa de bell eza extraordinaria y hondo sentido místico es la titulada Mi amado para mí, la que -según el P. Custodio Vega82 está ins pirada por el fenómeno de su transv e rberación . Comienza representándonos a Dios, como el Dios del amor, como un cazador armado de arcos y flechas, que a la primera que tira a la Santa la clava en su co razón y le deja rendida en brazos del amor . 80. Angel Custodio Ve ga. O, S. A. La Poesía de Santa Teres a, B .A . C. Madrid, 1972, pág . 38. 81. Mar ce lino Menénde:r. Pelayo. La poesía ml st ica , ob. cit . p ág. 93. 82. Angel Custodio Vega. La Poesla de Santa Teresa, ob . cit. pág. 75 .
LA EXIMIA DOCTORA TERESA DE JESÚS Cuando el dulce cazador me tiró y dejó rendida en los brazos del amor mi alma quedó caída, y cobrando nueva vida de tal manera he trocado que es mi amado para mí y yo soy para mi amado 97 También merece especial mención la «Loa a la Cruz redentora» Cruz, descanso sabroso de mi vida, Vos seais la bienvenida. Y aquella otra: En la cruz está la vida y el consuelo y ella sola es el camino para el cielo. Ambas son muestra de la honda y especial devoción que siempre tuvo la Santa por la Cruz, al punto de que quiso que en l as celdas de las religiosas Carmelitas, no hubiera más adorno que una Cruz grande de madera, casi de tamaño natural , para que de día y de noche, al despertar y al dormir fuese la cruz la compañera inseparable de su corazón y la amiga entrañable de sus almas . Una de las poesías de Santa T eresa más leída y recitada por sus frailes y monjas fue: Vuestra soy, para Vos nací, ¿qué mandáis hacer de mí? Vuestra soy, pues me criastes; Vues tra, pues me redimistes; Vuestra, pues que me s ufrist e~; Vuestra, pues que me llamastes;
98 JOS~ F. ACEBEDO CASTILLA Vuestra , porque me esperastes; Vuestra, pues no me perdí. ¿Qué mandáis hacer de mí? Dadm e muerte, dadme vida, dad salud o enferme dad, honra o deshonra me dad; dadme guerra o paz crecida, flaqueza o fuerza cumplida, que a todo digo que sí, ¿Qué mandáis hacer de mí? Dadme riqueza o pobreza, dad consuelo o desconsuelo, dadme alegría o tristeza, dadme infierno, o dadme cielo, vida dulce, sol sin velo, pues del todo me rendí. ¿Qué mandáis hacer de mí? Pero quizás su letrilla más famosa, la que conoce todo el mundo, es el Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda, con la paciencia todo se alcanza: quien a Dios tiene nada le falta: sólo Dios basta. Aunque es ta letrilla -como observa el P. Vega33 difiere en su estruct ura de todas las demás -por no tener rima ni asonantada siquiera-, el estilo, e ímpetu es inconfundiblemente teresiano. No puede durarse lo más mínimo su autenticidad, 83. Ibídem, pág . 104 .
LA EXIMIA DOCTORA TERESA DE JES ÚS 99 pues -añade- · sabemos que la Santa tenía una copia de su mano que llevaba de registro en el breviario de su uso, para citarla con frecuencia, pues en el fondo es una oración en forma de aviso o sentencias para pedir a Dios paciencia, resignación y conformidad con su voluntad. Además de poesías, Santa Teresa compuso para sus monjas coplillas y villancicos, sin apenas adornos literarios, pero llenos de candor y alegría, rezumantes de amor divino y humano, como ¡Ah, pastores que veláis ... !, Este niño viene llorando, Pues que la estrella ... entre otros varios. Y es que, como dice el P. Ribera 84 , a la Madre Teresa «gustaba de que sus monjas anduviesen alegres y cantasen en las fiestas de los Santos e hiciesen coplas. Mas como gustaba de dar ejemplo en todo, hacíalas ella misma y las cantaba en unión de sus monjas, sin instrumento ninguno de música, sino acompañándose con las manos, dando ligeras y suaves palmadas para llevar compás y hacer cierta armoniosa cadencia». Dada la ingente figura de Santa Teresa, no es de extrañar que la Iglesia y la Patria le hayan tributado cumplidas alabanzas. Lumbrera de desusados fulgores, le llamó el Papa Gregario XII; Prodigio de ciencia y santidad, Clemente XV; Maestra de sabios, Gregario XV; Virgen Legislador a, León XIII; Gran santa que supo reflejar en su carácter todas las nobles cualidades del pueblo español del siglo XVI, el Cardenal Almaraz. Entre las poesías en su loor, las hay de C erva ntes 85 , de Bartolomé Leonardo de Argensola, d estacan do muy especialmente la s quintillas de Cristobalina Fernández Alarcón «Engastada en ri zos de oro» 86• T am bién merece destacar «La Amazona cristiana», de Fray Bartolomé de Segura, y los poemas de Evaristo Solio y Gutiérrez 87 y el de Federico de Mandizábal y García Lavin. Vázquez 84 . Francisco Ribera, S. J. Vida de la Madre Teresa de Jesús, fundadora de las descalzas y descalzos, libro IV, c ap . XXIV. Sa lamanca, Pedro Lasso, 1 590. 85. Mi guel de Cervantes. Virge 11 fec unda , Madre ve nturo s a. Apud. Relación de las fiestas he chas en Madrid y en toda España a la beatificación de la beata M adre T er es a de Jesús, por Fray Diego de San José. Imp renta Vda. Alonso M ar lin. Madrid, 1618. 86. Cristobalina Fernández Alarcón. Engastada e11 rizos de oro, Apud. Relación de las fiestas de Córdoba a l a. beatificación de Santa Teresa. 87. Evaristo Si!io y Gutié rrez . Sa11ta Teresa de Jestis. Imprent a de Imp resor es y Lib rero s. Madrid, 1867 .
100 J OS É F. AC EB E DO CA STILLA de Mella,88 la llamó «imagen viva de España» y Menéndez Pelayo 89 afirma sin ambages que «por una sola página de Santa Teresa, pueden darse infinitos celebrados libros de nuestra literatura y de las extraña s, y por la gloria que nuestro país tiene en haberla producido, cambiaría yo de buen grado, si hubiésemo s de pe r der una de amba s cosas, toda la gloria militar que oprime y fatiga nuestros anales». Por arte mara villoso -como dice el P. Silverio de Santa Teresa90 armonizó la aust e ridad de su vida, con una dulce tolerante cond escendencia que termina ganándoles a todos por la más santa de las seducciones. Con los g randes fue grande y solemne; con los pequeños, humilde y sencilla; con los buenos, afable y condescendiente; con los flojos y destruidores de su Reforma, enérgica y terrible. Aquella incomparable mujer, Dios nos la deparó como blasón de nuestra raza ; viva, cuando dijo ¡sólo Dios basta!; agonizante cuando fijando sus ojos en el Crucifijo que le ofre - cía asilo y recomp e nsa en los abierto s brazos del Redentor, prorrumpió en aquellas sus últimas palabras: Yo soy hija de la Iglesia. Y as í fuistes po r gra ci a omni p ot ente ; Con st an cia, Fe, Valor, Piedad, Ejemplo; Esperan za de Dios qu e el mundo irisa; en ca da c ora z ón de ja ste un templo; de ja s te en c ad a verso una sonri sa ... Dulzura, luz de amor, divino fuego fund en el nimbo as tral de tu a ureola, po rqu e fuistes muj er... y porqu e lu ego ¡ad emás de muj er fuiste esp añola! 91 88. Juan Vázquez de Mella. A ut obiografía Sobrenatcrrar. San ta Teresa y el Lib ro de su Vida. O br as comp le tas, Volumen I. segu nda edición, Tip. Clásica Española. M adrid, 19 43 . pág. 35 89 . Marcelino Mené nd ez Pelayo. Estudios y Disc ur sos de Crítica Histó ri ca y Liter ar ia, ob. ci t. Tomo VI, pág . 259. 90 . P. S il vcrio de S an ta Te res a. In troducción a ta s obr as escogidas de Sanca Teres a¡ de Jesús. Tip. de cEl Mo nt e Car mel o•, T. IV . Burgos, 19 16 . pág. 9 y 10 . 91. Fr an cisco Me nd1z á ba l y G. • Lev in . Te resa de Jesús, Ap ud , Hom en a je a San ta T eres 11 , ob . c it . pá g. 45 , 41 .
