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El silencio. (Un ejercicio sobre la dimensión positiva del fracaso ante este ruido)

Ordóñez García, José

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EL SILENCIO (UN EJERCICIO SOBRE LA DIMENSION POSITIVA DEL FRACASO ANTE ESTE RUIDO) JOSÉ ÜRDÓÑEZ GARCÍA En el ecue do de Don Pa icio Peñal e , que nos dejó la p egun a 1 Reconoce los lími es no obedece sólo a un eje cicio de humildad, de e o de impo encia, como se ha enido enseñando desde los más di e sos ámbi os. Es, an es que nada, el esul ado de una expe iencia obje i a, ín ima y abie a: aquélla que nos descub e al o o y a lo o o en su ca ác e absolu o. La Ilus ación nos ajo la ans- g esión del lími e, el capi al inago able de la na u aleza - an amplio como el de- seo de pode , ese in ini o deseo undado en el ol ido de la mue e- y el desa ollo de una azón an p agmá ica como insu icien e y al i a. Pa ecía, así, que el hom- b e e a el ey a qui ec o y no es e albañil chapuce o al que siemp e le al a a ena en el mo e o. El lími e nos da si io, encuad e, e i o io en el que pode i i , con- ciencia de la necesidad e dade a y iempo pa a con empla lo que nos asomb a. Es el econocimien o de una pe ección y no la pesadilla de un «en e», al modo de HOlde lin o Ems Jünge , que i e el acaso como esen imien o. Ese lími e es silencio, uel a a noso os y a una nue a elación con el mundo que debe ía se capaz de supe a el uido de es e acionalismo nihilis a. Muchos de noso os hemos escuchado aquella he mosa canción de Simon y Ga unkel, i ulada Los sonidos del silencio. También hemos oído habla de una música de las es e as, pa a comp oba más a de que posiblemen e se e e ía a ese pi ido que nos onda la cabeza cuando, al descanso de la jo nada, eposamos ensi- mismados. En ambos casos el silencio es una simple me á o a. El silencio no exis e como al. A i maba Heidegge que nunca podemos escucha un pu o uido, que 82 José O dóñez Ga cía siemp e oímos algo (incluso lo inde e minado, lo con uso). Decimos que odo es á en silencio, y es lo habi ual, cuando sencillamen e no pe cibimos uido humane alguno. Se nos di á que en la mon aña el silencio no sólo se e ie e a lo humano. sino ambién a la na u aleza. Si no escuchamos al pája o o a la ciga a o al ien e en e las hoja y las pied as, decimos que hay un silencio absolu o. Y aún así, e: pensamien o que a iende a ese silencio no pe manece callado. No escucha nada pues escucha nada es no oí an siquie a. Cuando el homb e a i ma que odo es í en silencio econoce que se escucha a sí mismo. Si el silencio signi ica que «nl escuchamos nada» (dicho así, en cas ellano), en onces el «no oí », no exis e: siem p e emi e a algo que niega a o a cosa. II Lo común es que el silencio aluda simplemen e a un «no habla ». Nadie ca en la cuen a de que cuando no habla, cuando es á callado, se «encuen a» mi and o pensando. Pe o es o, que apa en emen e es an ob io, se complica en el momen o en que el silencio es abo dado po la iloso ía o la poesía, y no digamos po 1 espi i ualidad con empla i a. En onces el silencio deja de se lo que es (lo qu «apa en emen e» e a) pa a con e i se en símbolo de múl iples signi icaciones. Lle ga a se un asun o he menéu ico desde dis in os ho izon es. José Ángel Valen 1 HOlde lin o Heidegge -po no menciona la complicación ex ema de Jacque De ida- han hecho de él un ema ecu si o de p o unda dimensión signi ica i : pe o ambién de exage adas disquisiciones (espe emos que la nues a no llegue ese pun o). Que al cosa dé an o que habla sugie e al menos dos cues iones: o bie no se es á hablando del silencio, o bien, y ya que él no habla (que «ello» no h: bla), se puede deci de odo, y en onces el que se exp esa es el homb e en e a nada ... se queda solo hablando. Dice el poe a: «El homb e undamen a su se po la palab a y dice oscu o cae una somb a al ededo de la oz y empoza el sonido como un laúd ol idada>. Es os e sos, an bellos como inquie an es, pod ían habe sido susc i os p1 Heidegge . No es la exis encia, ni el amo , ni el mundo el undamen o de nues se , sino la palab a ( ambién Hé:ilde lin y S e an Geo ge coincidie on en es e pu o). ¿Cómo se llega a esa a i mación? Nos iene a la memo ia aquel pensamien de O ega que habla de la ci cuns ancia como aquello que de e mina al homb e. I que dicen esos e sos ambién hacen mención a una ci cuns ancia: el lenguaje. no obs an e, el é mino «ci cuns ancia» se nos an oja pob e, escaso, pa a habla , él. El lenguaje es odo menos una cosa ci cuns ancial. En el caos del poe a se i l. Hugo Emilio Pedemon e, Lib o de Elegías. Colecc., Juan Alcaide, nº 3, Ciudad Real, 1984, p. El Silencio (Un eje cicio sob e la dimensión posi i a del acaso an e es e uido) 83 a de algo esencial. Poesía, iloso ía y eligión deben al lenguaje su misma azón de se . Sólo al pensa en la mue e, al sabe cie o de nues a mue e, se ans o - ma odo en ci cuns ancial. Es el caso del ágico mode no y su pa é ica educción del iempo al u u o, lo que «no es», i ido como «aún no» (quizá in luido po aquella expe iencia o igina ia del c is ianismo siemp e a la expec a i a de la eni- da inminen e del eino). Así es como se cub e el se de un elo de silencio y, po an o, some ido a la iolencia écnica (poé ica, ilosó ica, p oduc i a, e c.) de un homb e esen ido. De es e modo, el homb e occiden al es el homb e ebelde po an onomasia, y és e es el homb e común (el poe a, el ilóso o, el abajado , el polí ico, el agamundos): i e en lo dicho. Los e sos aludidos lle an consigo una e e encia implíci a al silencio: «El homb e undamen a su se po la palab a y dice oscu o ( ... )». Siendo el lenguaje el undamen o del homb e, encon ándose el homb e con su undamen o -y enién- dolo dado-, «dice oscu o». ¿Qué indica es o? Po lo p on o que ese undamen o no es á dado del odo, no nos es absolu amen e mani ies o, siendo él lo p ime o que se e ela en nues a adición c is iana occiden al. Y en es e caso el silencio augu- a oda la indigencia, la ce eza oda de una al a, en la posesión absolu a del sen- ido. Po que no es el homb e el que no habla, el que se esis e a la palab a (en desmesu a lo demues a), sino su undamen o, el lenguaje. ¿Pe o es el lenguaje algo independien e del homb e? ¿Tiene una ida p opia? El lenguaje no es á ahí sin más, y aunque de hecho sea cie o que noso os, al igual que nos encon amos con el mundo nos encon amos con el lenguaje -que oímos y al que luego somos inicia- dos-, és e su ge a la ez que el homb e, en la medida en que cuen a con la capa- cidad de oí (o a cues ión es que el sen ido de las palab as es é ya dado desde an iguo, y el homb e se ea en el caso de asumi lo pa a pode o ma pa e de una comunidad he menéu ica). El lenguaje nos p ecede en la medida en que las cosas que nomb a han sido ya delimi adas en su se , po eso ya no oímos uidos o el silencio de algo po que ca ece de signi icado (el silencio es aquí lo que no signi- ica). Es o quie e deci que hay un acue do in e no, en e los homb es, pa a eco- noce que lo que ue nomb ado una ez ale pa a siemp e, o lo que es igual, que cada homb e no es á obligado a c ea su p opio lenguaje pa a nomb a lo que se conside a lo mismo (una babel es eso, deci cosas dis in as pa a habla de los mis- mo). Así es como se le esca ima al homb e su p opia expe iencia en cuan o a lo que quie e deci , dejando al descubie o la con encionalidad del lenguaje. Nadie expe- imen a el silencio, sino que lo adecua a lo dicho. Po an o, si se da ese acue do; ¿po qué «dice oscu o» el homb e? Lejos de lo inmedia o, de las cosas más co i- dianas, el homb e ca ece de un lenguaje p eciso. Es o es algo que ha mos ado Heidegge con la gueza. Diciendo oscu o; «cae una somb a al ededo de la oz». No sabe qué deci ni si lo que dice es ace ado. Fue a del lenguaje ampa ado en los sen idos pene amos en un ámbi o esbaladizo y des inado a la p oducción éc- 84 José O dóñez Ga cía nica (un da nomb es que admi e no ya el e o , p opio del que p oyec a, sino que ine i ablemen e ha de eje ce iolencia), pues el homb e se e en la necesidad de da no sólo con la palab a, con el e bo, sino que, además, és a ha de se esencial. De es e modo, iene que a anca al silencio lo que és e, po su p opia esencia, es á obligado a e ene . La «somb a» es ese in en o, esa lucha po da exis encia ayendo al lenguaje lo que anda huído de él (la amilia ización con el elámpago que a e- o iza se hace a a és de Zeus, el mi o que cobija al miedo esencial: el nomb e que a enúa a lo ex año). ¡Y en eso luce el se del homb e! Pe o ¿cómo? ¿de qué mane a? ¿po qué se encub e el lenguaje, negándosenos en si uación an g a e pa a la exis encia? ¿cómo la e icacia del e bo se diluye, de epen e, an e el lími e? ¿él que ue capaz de da nomb e, os o amilia , mi o, a odas las ue zas e ibles de la na u aleza? Siguen al ando palab as: «Y empoza el sonido como un laúd ol ida- do». El silencio pe du a po que el homb e es siemp e o o, po que es nue o -neó- i o- en e al lenguaje. Nue o an e la ida y la mue e. F en e al se . Y el silen- cio es odo lo que el homb e «c ea» (o, al ez, en a aga) más allá de sí, al lími e de lo nomb able, ue a del iempo. El laúd. 111 Ha sido Heidegge de los que más hondamen e ha a ado de pensa el silen- cio (decimos « a a » po que esa a ea es siemp e un in en o), indagando en la i- queza e imológica y he menéu ica del «escucha ». A su hilo han e olucionado o os pensado es como G. Va imo, L. Amo oso o P.A. Ro a i, po ci a a algunos del denominado «pensamien o débil» (i ónico adje i o pa a una co ien e que busca impone se), o J. De ida y los «descons uccionis as», en e ellos J. G eisch. Una de las esis undamen ales de Heidegge es que el «escucha » (H üen), se mani ies a como la dimensión esencial del lenguaje. La a i mación implíci a espec o al silencio es aquí e iden e. Mas en el «Oí » iene indicado un amplio campo semán ico que señala al silencio a a és de una se ie de palab as guías, que son conna u ales a él: la paciencia, el don, lo abie o ... elemen os odos que, jun o al silencio, compo- nen y dan a en ende un es ado de ánimo -y de se - despo enciado, en elación a la iolencia con que la me a ísica «some e» a eso que, gené icamen e, es á suel o y en compad eo con la nada2• La o iginalidad del silencio nos aslada a un luga en el que acon ece el un- damen o de odo deci esencial. Pe o ese deci ha de se doblado, incie o, si es a la esencia que debe su don. ¿Po qué el silencio se cons i uye en el « opos» donde 2. En es e caso, el sen ido de la nada a la que se hace mención, se e ie e simplemen e a aquello que sin se algo de e minado po sí mismo (lo que no habla pa a el homb e), pasa a se de e minado po la olun ad de dominio. El Silencio (Un eje cicio sob e la dimensión posi i a del acaso an e es e uido) 85 se unda el lenguaje? La medi ación heidegge iana anscu e siemp e po oposición o negación. De lo silen e eme ge el «Ve dade o pode habla »3• De es e modo, el lenguaje emana del lími e, aquello que nunca habla pe o que da qué habla . No obs an e, es a esis, que se encuen a en el espacio de la « isión» y lo « e elado», se da en e al ex o, dicho de un modo más p eciso: a pa i de aquello que un pensado in en a exp esa al lími e de lo ine able y le de e mina en su se más ín- imo. Así lo exp esa Ruben Guilead: «Es e lími e consis e en que el pensado no es nunca capaz de deci su mensaje y su sec e o más au én ico: és e pe manece, en e ec o, necesa iamen e 'no dicho'; pues es 'el don de lo ine able' »4• Pe o lo que no se dice aquí es que el silencio se da o igina iamen e en la p egun a, en el «po qué» o igina io. Es a exégesis se encuen a dada, de algún modo, en los plan ea- mien os heidegge ianos sob e el se y el «qué es», pues ¿no indican ambos la e- sis encia de un sabe ? ¿de una explici ación en el lenguaje? El que las cosas exis- an, es én ahí, no signi ica que hablen, que «expliquen» su azón de se . An e el silencio, el lenguaje se hace uso, es o es, lle a a cabo una ac uación sob e las co- sas pa a halla una espues a a su se . De es a mane a, el homb e ab iga a silencio como una uen e de su ob a y, po ende, de su olun ad. Una «pues a» del se conside ada po él. Las espues as de las cosas a sus p egun as le o ecen la opo - unidad de descub i las. Pe o pa a ello debe hace p egun as conc e as, no la p e- gun a esencial. P egun as que pa en de a i maciones, ya que en e a lo esencial sólo ecoge silencio. Heidegge se limi ó a decimos que con odas las espues as, algo como el se ca ecía sin emba go de espues a. Que el ondo es el silencio en el que se sos iene el inmenso ba ullo del en e. Y el pensado -que de modo incons- cien e busca una espues a absolu a a un p egun a absolu o, desmedido- alcanza su palab a en base al lími e, es deci , a que in e p e a el «silencio de los co de os» desde odo lo que puede se dicho. El e ane o popula dice: «El que calla o o ga». Así le ocu e al se . El que calla da qué habla , deja habla , incluso asien e a lo que le solici amos. En es e úl imo sen ido se en iende el calla como un es a de acue do con lo que decimos, que lo que decimos es e dad. Pe o no amos a ex endemos aquí en los posibles con ex os en que puede analiza se es e hecho. Sólo nos in e esa la exégesis más inmedia a y li e al. El que calla «deja habla ». Mas ¿no iene luga aquí cie a io- 3. R. Sche e y A.L. Kelkel, Heidegge . Eda , Mad id, 1981, p. 197. 4. . Se y libe ad. Un es udio sob e el úl imo Heidegge . G. del To o Edi o (colecc., Molino de Ideas), Mad id, 1969, p. 190. Sin emba go, ese calla , al pa ece inexcusable, no deja de o ece nos una cie a in encionalidad. Bás enos eco da al espec o el he me ismo conscien e de la Cábala, en cuyo caso el silencio es un calla pac ado, ocul amien o a conciencia. Se a a del conocimien o gua dado, exclusi o de un g upo. Así, el sec e ismo de mul i ud de pasajes en la ob a de Heidegge nos hace pensa en esa especie de sabe sec e o, sólo comp ensible en aquél que c ee os en a una misión p o é ica cuya inalidad piensa que es á en sus manos. 86 José O dóñez Ga cía lencia? ¿no cons i uye el silencio un ac o de iolencia pa a el homb e? ¿y no es- ponde el homb e ambién a eso con iolencia, en la medida en que, an e lo calla- do, dice lo que es? E ec i amen e. Emilio Es íu, en sus comen a ios al pensamien- o de Heidegge , lo expone así: «El 'deja ' no es me a pasi idad, sino el é mino de una acción iolen a. Al homb e le es imposible una ac i ud pasi a adical, ya que la p epo encia del se (que obliga al homb e a se el que lle a los en es a su o alidad eunida) lo a eba a del comp omiso consigo mismo, e i ando que sea como las cosas son», y a englón seguido con inúa: «(. .. ) los poe as y pensado es, jus amen e los que nomb an y dicen, los que hablan palab as en sen ido p opio, son los más pa o osos. Es a ci cuns ancia nos indica que la acción iolen a po exce- lencia se da en el lenguaje. En e ec o el se de los en es se le e ela al homb e en cuan o és e dice lo que son»5• Lo que no habla no queda ahí sin más a su des ino, an es bien, el homb e esponde «diciendo» su se . De es e modo el silencio no es acep ado po el homb e, en su empeño de dominio «decide» sob e el se , aunque es o no sea un ac o suyo de indulgencia, sino pu a y llana ansg esión. El «qué es» y el «po qué», se ampa an en la ebeldía en e a un es ado de cosas. Responde, sob e odo, al ins in o humano de «pedi cuen as» (así es como de ine Heidegge ala azón: a io; da cuen a) a lo que se le impone. El silencio al que dan sus p egun as es ob iado, es o es, ans igu ado median e lo que puede se dicho, el en e, g acias al a i icioso auxilio de la dialéc ica. El silencio no puede se supe ado po ella, y, así, el monólogo descub e el úl imo educ o de soledad en la esolución de las p egun as undamen ales. Po an o, el silencio obliga al homb e a co e el iesgo de «SÍ mismo» y, al pa , eje ce la iolencia sob e aquello que no se da. En ese in en o, el homb e ans o ma la ocul ación esencial del se en una negación, es deci , en un «no que e » da se del se . In oduce a la olun ad en un ámbi o que es ajeno a ella. Con unde lo esencial con la a bi a iedad. Un á bol no es á obligado a se manzano, cuando deseamos una manzana buscamos un manza- no no un á bol. Pe o en el campo, cuando amos as una somb a, simplemen e buscamos un á bol, pe o es que, además, la mayo ía de las eces sólo emos á - boles. El g ado de nues a olun ad de e mina el se de las cosas. Es a ac i ud se complica aún más cuando el pensamien o es llamado po lo esencial. El silencio, el se , pues ambos son una y la misma cosa, se e ae a una desocul ación que no sea la ocul ación misma. ¿Cómo habla de aquello po lo que el lenguaje es? ¿no se ía es o i más allá del lenguaje? ¿a o a cosa, o a dimensión? Pe o en es e caso no se a a de me a ísica, pues el al más allá es en sí mismo nada, si es que la en endemos a pa i de una imagen. Un camino in ansi able. ¿Qué puede habe después del ondo? No consis e en i más allá del silencio, sino pensa desde él odo 5. . «El p oblema me a ísico en Heidegge », es udio p elimina a su aducción de la ob a de M. Heidegge , In oducción a la me a ísica. No a, Buenos Ai es, 1980, p. 29. El Silencio (Un eje cicio sob e la dimensión posi i a del acaso an e es e uido) 87 lo que ha sido dicho, es deci , cae en la cuen a de lo no dicho (pa a aseando a J. De ida, la «huella», el « azo>>). Aho a es cuando de nue o somos de uel os al «es- cucha », o lo que es lo mismo, a la disposición p ima ia del pensamien o. Cuando el homb e p egun a «qué es» y «po qué», an es se ha enido que da un escucha . Es o es algo en lo que Heidegge no pene ó lo su icien e (como aque- llo «no dicho», desde lo cual puede e oluciona una ha menéu ica en omo al «en- ío», que es, en onces, un modo de espacia la ealidad del signi ican e), pues su e lexión en omo al «oí » obedece a un esul ado he menéu ico y e imológico pe o no in ui i o. No se pe ca ó de que en la p egun a, a la mane a del «qué es» y «po qué», ya palpi a un escucha (mucho más o igina io que la p ecomp ensión). En es e con ex o pod ían da se nuclea men e las dos opciones que al ez se le ab ie on al homb e en el comienzo del pensamien o occiden al: la me a ísica -camino po el que anscu ió el pensamien o-, y el «o o pensa » -que sí in uye Heidegge -, el impensado. En ese escucha p e io, que simplemen e se da y no esul a de una decisión inal de odo lo dicho y pensado, hallamos la «disposición esencial» del homb e (el pensamien o es ealmen e la mani es ación o igina ia de esa disposición). Lo asomb oso es que ese escucha , pa a que sea lo que es, debe oí «algo», es deci , e se eclamado po algo, en ende lo. Pe o ¿qué es lo que escucha el homb e pa a que algo así como el silencio le suponga una espues a? ¿que en el caso del se , la espues a sea una al a de espues a, un «po que» más? Sin emba go, és e nunca es admi ido como au én ica espues a pa a la « a io»6, como el lími e. Ella no in e - p e a al «po que» como un ondo, una ealidad en sí misma ( ealidad mis é ica), sino como un obs áculo que debe esponde «más allá» de sí; emi i a o a cosa. Desde es e momen o la azón ya no escucha, se deshace del escucha e ing esa en la icción ep esi a del dominio que se obs ina en su olun ad. Podemos a i ma así, que la azón no expe imen a el lenguaje desde la al a sino desde la posibilidad de deci lo odo: «Sólo hacemos la expe iencia del lenguaje allí donde los nomb es nos al an, donde las palab as se quieb an sob e nues os labios»1• En onces, ¿la au- én ica expe iencia del lenguaje sólo se da en un deci que indique es o? ¿el lími- e? ¿la al a de espues a?, en de ini i a ¿en la endencia a lo ocul o y, po an o, lo ambiguo? Así es. Y Heidegge se limi ó a ecalca nos es o de endiendo la «in- sinuación» como aquella sin onía con la esencia del lenguaje. Piensa en ella como en el ecu so -que des ela la impo encia eal en e al silencio- más ap opiado pa a la supe ación de la exhaus i idad, aunque pa a es o sea necesa io que la olun ad se niegue a su ins in o, o como lo dice Heidegge :«si el pensamien o no las ans- o ma -a las insinuaciones- en a i maciones de ini i as y se queda en ellas»8• De 6. . M. Heidegge , «El p incipio de azón». ¿Qué es iloso ía?. Na cea, 2a. edic., Mad id, 1980, pp. 87-93. 7. Gio gio Agamben, «El silencio de las palab as», A chipiélago, nº 5, Pamplona, 1990, p. 77. 8. «El p incipio de azón», ob., ci ., p. 92. 88 José O dóñez Ga cía nue o nos encon amos con el «escucha ». Pe o la única cosa que oímos aquí, lo único que Heidegge pa ece deci nos, es una e dad, una desocul ación pa a el homb e: nues a impo encia. El sueño de la ju en ud g iega des ozado en la ejez de Occiden e (el p o eso de F eibu g p ocu ó epe i nos una y o a ez que Occi- den e, Abendland, es « ie a del ocaso», y a ello se plegó po en e o). Como esul ado de odo es o, lo «dicho» y «pensado» has a aho a; ¿no obe- dece a una e ciega del homb e? Si el undamen o descansa en un «po que», si el silencio, el lenguaje, no se e ela esencialmen e como un pode , sino como un pensa en el que las cosas son o zadas a se 'én el lenguaje; ¿no co e po cuen a del homb e, po un ac o de con ianza suyo, la espues a a ese escucha , a su «que- e oí »? En es e caso el homb e ans o ma la negación -pues así es como él en- iende esa esis encia- en una uen e de pode , y ello a ins ancias de una e en su olun ad9• Se ía muy in e esan e pensa la posible elación en e e y iolencia, cosa que no amos a in en a aquí. Así pues, el «escucha », que lle a al silencio undacional, mani ies a ealmen e un acaso. La lucha del homb e, pe dida siemp e, en e a lo indecible. Comen ando a Ingebo g Bachmann, A i ma Gio gio Agamben: « an o la iloso ía como la poe- sía ep esen an una o ma de acaso en la exposición de lo indecible que cons i- uye su a ea común. Sin emba go ... es e acaso es más esencial que la a ea mis- ma ... dado que sólo es e dade o poe a y e dade o ilóso o el que puede hace la expe iencia de al acaso»10• El ex o es de cu so heidegge iano en sus mismas en añas, mas con la p esencia de Holde lin en aquello de «poe iza es nomb a a los dioses», al mismo iempo que aquello o o de <e al an nomb es sag ados». En es as dos a i maciones an implíci as la a ea y el acaso mencionados, la olun- ad de la aspi ación al lenguaje y la expe iencia de que en su se se e ela la im- po encia misma, el silencio. Es e se nos apa ece aho a en su sen ido más adical, pues él «no es silencio desde el lenguaje, p i ación de palab a, sino silencio del lenguaje, palab a en la que la palab a calla» 11 • A la luz de es o, los celeb ados e sos de HOlde lin: «lleno de mé i os, pe o poé icamen e es como habi a el hom- b e es a ie a», an la gamen e medi ados po Heidegge 12 , suenan aho a de es e modo: «aún sob ado de mé i os es, sin emba go, desde el acaso como habi a el homb e es a ie a». El ilóso o y el poe a llegan a se lo que son, se nos dice, po el acaso. Pe o como emos, no se a a de un acaso cualquie a, de «una» posi- 9. La consecuencia de es o es que el de eni del se , su ca ác e de abie o, es in e p e ado po el homb e como la posibilidad de ealiza su olun ad. Al no cons i ui el se algo de e minado, el homb e lo some e a su iolencia, es deci , lo moldea a su a bi io. Es a es la in e esan e esis que sos iene Emanuel Se e ino a pa i de la exégesis heidegge iana del se como de eni ( . «La condición del dominio». A chipiélago, nº 5, Pamplona, 1990, pp. 58-62). 10. Ob., ci ., p. 77. 11. G. Agamben, ob., ci ., p. 79. 12. . In e p e aciones sob e la poesía de Holde /in. A iel, la. edic., Ba celona, 1983, p. 62 ss. El Silencio (Un eje cicio sob e la dimensión posi i a del acaso an e es e uido) 89 bilidad pe dida, sino del acaso esencial. El F acaso. Se á en el oman icismo donde más adicalmen e se exp ese es a expe iencia. Filoso ía y poesía se en unidas po lo indecible. Son es imonios del lími e o igina io en el que la olun ad se diluye mos ándose como lo que es: el denoda- do es ue zo po i más allá de sí. Que e aquello que de algún modo puede da se al que e . Una espues a de ini i a. Es o es lo que siemp e ha buscado el homb e, pedi cuen as po su indigencia. La que nunca ha c eído me ece po que no la ha buscado sino que le ha sido dada. Eso es lo e ible del se humano, con a con algo que jamás ha con ado con él, cuyo sen ido no posee y, sin emba go, es á en él. Algo suyo que no comp ende, que no domina. ¿Es posible deja que el silencio sea si- lencio? ¿Podemos i i el acaso sin más? ¿Podemos supe a el se , la p egun a, la culpa y escucha a o o homb e? Es os in e ogan es nos lle an a una decisión que nos p o oca inquie ud: la supe ación del ilóso o y del poe a. La supe ación del acaso. Pe o si a a és de odo lo que hemos dicho ambién hemos sido capaces de escucha , comp ende emos que el acaso es jus o lo que has a aho a nos de e - mina como mo ales. Si ol emos la mi ada al pasado sólo emos ese des ino, pues que esa mi ada busca la compañía, lo i o de odo in en o. Al u u o ¿quién lo mi a? Allí odo es silencio y el escucha , un pu o eco de nues a exis encia p es a a di- sol e se. Cada ez que decimos «qué es», el po eni sigue mi ando al pasado y és e con inúa de e minando a aquél. Y nadie oye que esa es la p egun a de la nada. Pe o Heidegge no escucha: «Sigue adelan e y sopo al la p egun a y el acaso! a a és de u p opio sende o» 13 • IV Si el silencio en Heidegge es lími e y no e ó ica, ambigüedad, abs acción especula i a, po halla una dimensión condescendien e a sus úl imas ibulaciones, en onces nos encon a íamos an e una ac i ud hones a, conscien e de la on e a que nos sepa a de lo e ible y del pode de oda olun ad ágica, en su más pu o sen- ido. Si aquí se da el acaso, és e ha de se leído no ya desde una dimensión é ica sino, y es o es lo ealmen e impo an e, a pa i de un econocimien o de lo g a ui- o. Pa a el mundo de la écnica, que es mundo en un sen ido esencial, me a ísico, econoce el silencio es econoce el lími e, de ol e a la c ia u a su ámbi o dado y aun desconocido pa a noso os. Es de es e modo como el sabe se ans o ma en con emplación que ilumina nues o in e io especi icando las pau as de lo necesa- io. En es e sen ido, mien as la ecología no sepa mi a la honda signi icación de la iolencia, és a que su ge del esen ido, del ebelde occiden al, no pod á o ece - 13. Aus de E ah ung des Denkens. Neske, Fün e Au l., P ullingen, 1981, p. 5.