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Fernán Caballero: La tradición y el paisaje

Duque Jimeno, Aquilino

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, FERNAN CABALLERO: , LA TRADICION Y EL PAISAJE po AQUILINO DUQUE JIMENO Con la ida de Cecilia Bohl de Fabe compuso el Pad e Luis Coloma una de sus mejo es no elas, una no ela que in en ó hace pasa po biog a ía y en la que es án, concen adas, muchas de las pe ipecias espa cidas en e las nume osas no elas de Femán Ca- balle o. Decía González Ruano, pa odiando la conocida ase de d'O s, que odo lo que no es au obiog a ía es plagio. D'O s, como es sabido, puso la palab a « adición» donde González Ruano es- c ibió «au obiog a ía», y da la casualidad de que, en Femán Caballe o, la au obiog a ía no se dis ingue muchas eces de la adición. Femán Caballe o hace suya la adición de un país en el que no ha nacido y en el que ni siquie a se ha educado, un país que algo end ía cuando op a po él una pe sona como ella que, a di e encia de la mayo ía de sus compa io as, sabe de lo que habla cuando es ablece compa aciones. Ese país es el país na al de su mad e y el adop i o de su pad e, un país que ha log ado hace cua o siglos algo a lo que aspi a Alemania desde que Napoleón liquida el Sac o Romano Impe io Ge mánico: se una nación. Esa nación, og o y espan ajo de Eu opa, eje ce sob e los mismos que la odian y desp ecian una pode osa suges ión espi i ual, y son p e- cisamen e los alemanes quienes, desde los albo es del Roman icismo, ponde an y alo an a sus au o es del Siglo de O o, y al en e de odos ellos a Calde ón de la Ba ca, ci a y emblema de una España anac ónica que pugnan po mode niza las Luces 154 AQUILINO DUQUE GIMENO del siglo. Esas Luces que el Despo ismo Ilus ado enía a ando de in oduci , i umpen po in en opel con las opas de Napo- león. Buen chasco debió de lle a se don Juan Nicolás Bohl de Fabe al llega a la pa ia de Calde ón y comp oba que ya no es aba de moda Calde ón ni la España que ep esen aba. Esa España anac ónica enía sin emba go, en medio de sus de o as, una asomb osa capacidad de esis encia y de eacción. Mues a de ello, doña F asqui a La ea, muje que enía ecu sos in elec uales de sob a pa a no deja se amilana po unas Luces cuyas somb as conocía muy bien, y que pa a colmo, e a eminis a mili an e. Excusado es deci que es a amilia a a de i i según los c i- e ios y p incipios del An iguo Régimen en una ciudad an libe al como el Cádiz de las Co es. Es a amilia es además la que in o- duce en España el oman icismo, y el oman icismo, como ya he dicho en o a oc as ión, no es más que el con agolpe de la e olu- ción bu guesa. El oman icismo que impo a Bohl de Fabe es el de los he manos Schlegel, uno de los cuales, Fede ico, es nada menos que agen e de p ensa de Me emich. Es, pue s, un oman i- cismo uel o al pasado, dis in o de aquel o o oman icismo des uc o de ba icada y go o igio. Ese « oman icismo alemán», en boca de un pe sonaje de Elia,. puso de moda «el mis icismo, con sus ca ed ales con id ie as pin adas, con opacas luces ... » Pe o ese oman icismo iene en común con el o o su hos ilidad a la nue a clase eme gen e, a los nue os icos con que la ciudad, el bu go, se impone al subu bio p ole a io y al en o no u al, en una palab a, a la bu guesía. El echazo del ma e ialismo bu gués es una de las no as del oman icismo y no que deci que ese echazo lo he eda Cecilia de unos pad es an singula es como los que le cupie on en sue e. Un homb e como Juan Nicolás, más do ado pa a las le as que pa a los negocios, enía po ue za que choca con un siglo que, más que de las Luce s, debió llama se del Luc o. Sin emba go, esa no a nega i a del oman icismo eacciona io no bas a pa a ca ac e iza - lo; a esa bu guesía abominable se le en en a oda una adición y odo un idealismo no mone izables. Tiene ese oman icismo además dos no as posi i as, que son la cla e del a e de Femán Caballe o y en ellas es iba p ecisamen e FERNÁN CABALLERO LA TRADICIÓN Y EL PAISAJE 155 su o iginalidad. Una de ellas es la obse ación de la na u aleza; la o a el es udio del alma popula a a és de sus adiciones. No es ecuen e que un li e a o español se ije en la na u aleza y llame a plan as y animales po su nomb e, y ello iene a mi juicio de un ipo de enseñanza lib esca y memo ís ica en la que no enían cabida las «lecciones de cosas ». Vol ía yo hace años de Alemania y pasé po Ma sella donde es aba de cónsul un poe a b asileño amigo mío. Fuimos a cena y en la mesa del es au an e había un ja o con gladíolos y algo debí de deci al espec o. Mi amigo exclamó: «¡Qué a o que un poe a español sepa los nom- b es, de las lo es! ¡Noso os -y po noso os aludía al mundo hispánico en gene al-nunca sabemos esas cosas!» Yo le acla é: «Si sé el nomb e de unas lo es no es po se español, sino po que engo de Alemania». Cecilia Bohl de Fabe podía habe dicho lo mismo; ya enía casi diecisie e años, e a ya una seño i a, como an es se decía, cuando ol ió a España con sus pad es, y la edu- cación que aía a sus espaldas e a ancesa y alemana, de ahí la p ecisión de su lenguaje en la desc ipción de la auna y la lo a. No es a o que una muje andaluza bien educada en ienda de lo- es y de plan as, sob e odo si iene la mano e de, como suele deci se. Lo que ya no es an ecuen e es que, al e oca una ex- cu sión, hable como lo ha ía un bo ánico o un zoólogo, y eso es jus amen e lo que hace Fe nán Caballe o en su modélic a, des- c ipción del Co o de Doñana en el ela o Dicha y sue e,. o en la de lo que yo c eo que es el Co o del Re y, en la no ela Clemencia. Un paisaje muy dis in o del de Doñana es el de la Sie a de A a- cen a, desc i o en el ela o Más hono que hono es, sin o a inexac i ud que la de llama V alde lo es a Valdezu e, con usión que cap a el lec o p ecisamen e po la exac i ud con que es á des- c i o el pa aje de es a aldeí a a medio camino en e A acena e Higue a, sob e el nacimien o del ío Odie!. Los caños y las sali- nas y ma ismas de Pue o Real en El úl imo consuelo; lo s pueblos ibe eños del Guadalqui i en Simón Ve de, e c, e c. es án en sus páginas al como los emos hoy en día, en una na u aleza que el p og eso no ha log ado de o ma del odo. «Le paysage a des idées», dice Femán Caballe o ci ando a Balzac, pe o pa a que en- ga ideas el paisaje, pa a que inspi e sen imien os e in unda sensaciones, el paisaje ha de se un paisaje con igu as. Ese paisa- 156 AQUILINO DUQUE GIMENO je con igu as es pa a Femán Caballe o el ma co de la adición, de una adición en la que ella espiga y ecoge cuen os, leyendas y can a es del pueblo. Dice el cínico de Cio an que odo esc i o que hable del «pue- blo» s in i onía se descali ica. La e dad es que cada cual llama «pueblo» a lo que le con iene; pa a unos el «pueblo» es una bo- eguil manada o una manada de lobo s, según se limi e a o a y paga impues os o exija po las b a as sus de echos so be anos; pa a Fe nán Caballe o, el pueblo es el lenguaje. Un g an poe a español, el ca alán Juan Ma agall, habla ía de ese pueblo «en es- ado de g acia» que es el que ecibe una cul u a, la aumen a y la ansmi e, y en ese «es ado de g acia» es como Fe nán Caballe o se empeñó casi siemp e en e a las igu as de sus paisajes. Ese empeño no e a sin emba go un engaño. Fe nán Caballe o sabía muy bien que ese «es ado de g acia» se disipó con la i upción de las Luces po ob a de las cuales los españoles se di idi ían pa a siemp e jam ás en «libe ales» y «se iles ». Educada en los p incipios del «an iguo égimen», Fe nán Ca- balle o año a y desc ibe un mundo que sucumbía an e lo s emba es de la mode nidad, pe o ampoco se engaña. Si bien con el bu - gués ma e ialis a o con el papana as ilus ado no iene piedad, sabe muy bien que el bien y el mal no es án en las ideas, sino en las conduc as. Y eso se e sob e odo en Elia, al ez la mejo de sus no elas. A mí Elia me dejó pe plejo la p ime a ez que la leí, pues en su p ime a mi ad pa ecía que lo s sen imien os iban a po- de más que los p incipios y luego esul aba que al inal e an és os los que p e alecían sob e aquéllos. Luego he is o más co- sas. En su p ime a no ela, Les chouans, Balzac inde homenaje a los b e ones que lucha on po la Mona quía con a la Con ención, pe o en oda la gale ía de pe sonajes, los buenos y los malos lo son con independencia del bando a que pe enecen. En Elia hay a ios pe sonajes «se iles» y a ios «libe ales», pe o en e los «se iles» los hay an ipá icos e in a ables como la ma quesa, a- sun o, según el P. Coloma, de la p opia doña F asqui a La ea, y en e los «libe ales» es á su íc ima, su hijo Ca los, el enamo ado de Elia. Cecilia sabe de lo que habla cuando po bo ca de Ca los hace la apología de la libe ad y de las Luces. Pe o hay algo más p o undo que es á en la ama del ela o más que en los pa lamen- FERNÁN CABALLERO LA TRADICIÓN Y EL PAISAJE 157 os de los pe sonajes, y es que la oposición b u al del An iguo Régimen pe soni icado en la ma quesa a que un hijo suyo se case con Elia, obedece a que es a inocen e es hija de un bandido y no puede mancha con su sang e los blasones de una amilia que iene en línea di ec a nada menos que .. . de don Ped o el C uel. Elia, es pues, condenada sin culpa a ence a se en un con en o, en el que p o esa con encida de habe omado la mejo pa e. El linaje se ex ingue, pues Ca los mue e en 1823 en el T ocade o en e a los Cien Mil Hijos de San Lui s; su he mano Fe nando, el mayo azgo, había dado la ida en Mad id en la in en ona absolu- is a de julio de 1822. Los dos hijos de su he mana Espe anza con el ma ido que, po supues o, Je escogió Ja despó ica ma quesa, mu ie on jó enes a su ez en la p ime a de las gue as ci iles que ilus a on el siglo: uno, ca lis a, en el si io de Bilbao; o o, c is i- no, en la acción de Mendigo ía. Mucho se ha c i icado en Fe nán Caballe o su p opens ión al se món edi ican e, a la lección mo al, a la pedagogía c is iana; de hecho, hay no e las suy as, como Clemencia, que e minan en una subas a de nobles sen imien os. También en Elia, Ja abnegación y la gene osidad se mani ies an con una su il p o undidad psicológi- ca. No hablemos de la al u a y solidez de concep os con que la au o a, que en su ida al amo p o ano no Je hizo ascos p ecisa- men e, le an epone el amo di ino. Sin emba go, po debajo de odo, o po encima, alien a una mo aleja áci a, una lección p ác i- ca que se des p ende, no de lo que hablan lo s pe sona je s, sino del des ino que les oca en sue e. Po eso, yo c eo que Elia es en el ondo un ac a de acusación y un ac a de de unción de aquel An i- g uo Régimen al que Cecilia an o apego u o oda su id a. Las no elas de Fe nán Caballe o s on no elas de e sis en el sen ido de que con ellas se p oponía, más que en e ene , educa y edi ica . Hoy las leemos con ag ado po muchísimos mo i os. En p ime luga es á el i mo de la p osa, que da in e és a lo que cuen a; a eso hay que suma el a e del cla oscu o en Ja pin u a de pe sonajes, an o en sus asgos ísicos como en sus asgos mo a- les; po in hay que menciona el es ilo, un es ilo en deuda po igual con españoles con memo ia buena y con ex anje os con ideas cla as. Uno de ellos es Balz ac , que dice que « el es ilo nace de las ideas y no de las palab as»; o o, el in eg is a De Bonald, 158 AQUILINO DUQUE GIMENO que dice que «la declamación y la hinchazón so n p opiamen e la elocuencia del e o ». Los españoles con buena memo ia son los que le enseña on a exp esa se en cas ellano a una esc i o a como ella, que empezó esc ibiendo en ancés y en alemán y que al p incipio dudaba de su capacidad de exp esión. De que ap endió ápido no nos cabe la meno duda a sus lec o es, sob e odo a aquellos que enemos la sue e de i i en su paisa je y con i i con su paisana je . « Viñama ina », oc ub e, 1996