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TRAS LAS HUELLAS DE SILENO. IMAGENES DEL CONOCER JoRGE PÉREZ DE TUDELA VELASCO Universidad Autónoma de Madrid The purpose of this paper is to appeal, even though quite shortly, to sorne of the problematic dimensions involved in a cognitive capacity certainly enigmatic: the power of remaking the stream of experience, concluding, not only causes from effects, but also relevant facts from their signs. This capacity may be found in the basis of the most primary possibility of finding one's way in the world, being thus the support of a development in reality to which philosophical reflection has paid much attention in different ways. It has been Charles Sanders Peirce's excellence which made us know that this mechanism of knowledge responds to a rational pattem: the first step of every investigation, the abductive form of inference, that is one's own adoption to an interpretative hypothesis about facts. It is quite clear that the matter we here dealt with, is the relationship what is perceptible and what is intelligible, taking into account all the meaning of those words. Nosotros, los hombres del hoy, administramos nuestra cultura de una forma peculiar. Nuestro legado, ciertamente, es plural, extenso; y tan rico en tradiciones que bajo su techo todos pueden encontrar cobijo: tanto aquellos que se deleitan repasando las páginas del álbum familiar como quienes, por su parte, más bien quisieran sepultarlas en lo más hondo -y a ser posible para siempre-. Así que una y otra vez volvemos a remontar el río, seguros de encontrar la fuente que nos hace falta. Pues la nuestra es, para bien o para mal, una civilización obsesionada por el ser y por lo positivo, por lo verdadero y exacto; una civilización. en consecuencia, que ama lo etimológico, siempre a la búsqueda de un origen más antiguo, de un pasado más "auténtico" y "primordial". Ese retomo. por lo coFRAGMENTOS DE FILOSOFIA 1 (1992) 167-182
168 Jorge Pérez de Tudela Ve/asco mún, nos devuelve a los griegos; y también por lo común éstos suelen ofrecemos una lección de unidad envuelta en tragedia. Tomemos el caso de Edipo, Edipo con quien sin duda hace tanto que envejecemos 1 -ese ciego sin edad que quién sabe si ya nunca volveremos a recibir-. ¿No es él, a lo que parece, el mentor y referente constante de científicos y detectives, de médicos y descifradores de enigmas, de todos aquellos que interrogan y buscan? ¿De cuantos han llegado a hacer suya aquella magnífica súplica -herméneue moique Sófocles atribuye al legendario anciano arribado a Colono 2? Pero los conflictos, lo sabemos de siempre, no cesan de desgarrar esta figura imponente y maciza, cifra misma del hombre incapaz de abandonar la pesquisa. El mito -y Sófoclesno narran en efecto sino ésto: cómo el salvador de la ciudad atrae sobre ella la peste; cómo el hombre que podría codearse con los dioses resulta ser un monstruo abyecto; cómo el que vio se quita, habiendo visto, su propia vista. Y es que el mejor de los mortales (brotan áristos) 3, el primero de los hombres en circunstancias de la vida y convenios con las deidades (andron de proton én te symphorafs bíou ... én te daimónon xynallagafs) 4, timonel de la nave ciudadana (kybernetes neos) 5, que como ciudadano se dirige terminantemente a ciudadanos (astas eís astous) 6, no tiene en verdad más paisano, más madre ni nodriza que el monte Citerón 7: el único lugar del mundo, una vez consumado el espanto, que aun no debiendo haberlo hecho nunca, podría acogerle de nuevo en propiedad 8• Pero Sófocles, aquel medio ateniense, no sólo escribió cosas oscuras y terribles. Cierto es que la tragedia edípica, tragedia en tomo al tiempo y a los surcos, en tomo al saber y al azar, parece concentrarse entera en ese preciso instante en que su protagonista grita el nombre de Apolo (Apóllon tád' en, Apóllon, phíloi) 9• Y cierto es que esa misma tragedia ha cantado antes a su hermano Hermes, que señorea en Cilene 10 • Sobre añagazas y (falsas) pistas, sobre persecuciones y enigmas, podían y debían contarse también, sin embargo, otras historias de ambos hermanos. Relatos tan divertidos como aquél llegado hasta nosol. Jacques DERRIDA: Mémoires d' aveugle. L' autoportrait et autres ruines. Editions de la Réunion des Musées Nationaux. París, 1990, p. 24: "Oedipe fatigue un peu, nous avons vieilli avec lui". 2. SOFOCLES: O. C., v. 398. 3. SOFOCLES: O. R., v. 46. 4. Op. cit., vv. 33-34.- Agustín García Calvo traduce: " ... el primero de los hombres/ en casos de la vida y tratos con deidades ... " (Edipo Rey. Versión rítmica de ... , Lucina, Madrid, 1982, p. 16). 5. Op. cit., v. 923 6. Op. cit., v. 222. 7. Op. cit., vv. 1089-1092 (ed. A. C. Pearson, Oxford, 1924), vv. 1089-1091 (ed. H. LloydJones y N. G. Wilson, Oxford, 1990). 8. Op. cit., vv. 1391-1393; 1451-1453. 9. Op. cit., v. 1329. 10. Op. cit., v. 1104 (ed. Pearson).
Tras las huellas de Sileno. Imágenes del conocer 169 tros -entre otras fuentesen el himno homérico "A Hermes" 11 , que el propio Sófocles desarrolló a su manera en un drama satírico, "Los Sátiros Rastreadores" (/XNEYTAI SATYRO/) 12, cuyos fragmentos todavía hoy nos hacen reír. Dice en efecto la leyenda que apenas nacido, Hermes, hijo de Zeus y de la ninfa Maia, nada más mostrar su inventiva a costa de una tortuga probó también fortuna como ladronzuelo y disimulador, robando las vacas del dios délfico e intentando -con éxitoque las huellas dejadas tanto por aquéllas como por él mismo pareciesen ilegibles, por desconcertantes y confusas, para cualquier posible investigador. ¿Y quiénes mejor para llevar a término dicha investigación, a juicio de Sófocles, que Sileno y su tropa de sátiros, que siguiendo las huellas (semata; o quizá "pisadas": bemata) 13 de las vacas de Apolo no buscaban sino la libertad y el oro que se les había prometido? Seguir rastros embrollados, restaurar por un precio el orden alterado por el crimen, descifrar las invertidas pistas dejadas por Hermes ... de esta complementaria enseñanza sofoclea se desprendería entonces, aparentemente, que todo ello no es sino labor de silenos, arte propio de gente primitiva, animalesca, gente pesimista y afecta a Dioniso. Gente, en otros términos, que a la temible mechane hermética pudiese oponer armas que, aun siendo de distinto linaje, tuvieran parecida efectividad. Pero el arsenal de Hermes, en principio, parece casar en todo con la naturaleza apolínea de su posesor. En el nombre de "Hermes", en efecto, el padre del platonismo, puesto a oficiar de etimólogo, pudo llegar a detectar -con discutible exactitud filológica, mas con excelente oído para su propia lenguala relación profunda que este dios de la invención y de los traductores, este dios de caminantes e intermediarios, mantiene con la palabra. Es el Crátilo, evidentemente, quien documenta su conjetura: "En realidad, parece que Hermes tiene algo que ver con la palabra al menos en esto, en que al ser "intérprete" (hermenea) y mensajero, así como ladrón, men11. De los "Himnos Homéricos" pueden consultarse las ediciones de T. W. ALLEN (Homeri Opera. T. V, Oxford University Press, 1912), T. W. ALLEN-W. R. HALLIDAY-E. E. SIKES (The Homeric Hymns, Oxford, 1936) y F. CASSOLA (lnni Omerici, Mondadori, Milán, 1975). Traduce. esp.: Himnos Homéricos. La "Batracomiomaquia". Introducción, traducción y notas de Alberto Bemabé Pajares. Editorial Gredos, Madrid, 1988. El Himno "A Hermes'', en las pp. 131-174. 12. Vid.: Stefan RADT: Tragicorum Graecorum Fragmenta. Vol. 4: Sophocles. Vandenhoeck and Ruprecht, Gottingen, 1977, pp. 274-308.- Una traducción reciente, bajo el título de "Los Rastreadores", en: SOFOCLES: Fragmentos. Introducciones, traducciones y notas de José María Lucas de Dios. Ed. Gredos, Madrid, 1983, pp. 152-178.- Cfr.: "Els Satirs Rastrejadors". Text revisat i traduccio de Manuel Balasch, en SOFOCLES: Tragedies. Volum IV. Fundacio Bemat Metge, Barcelona, 1964, pp. 122-138. 13. SOFOCLES: Op. cit., v. 102. Radt (ed. cit., p. 282) propone, sin seguridad, bemata. Otros editores (Hunt) leen semata. Entre nosotros, Lucas de Dios opta por la primera lectura (op. cit., p. 162), Balasch (op. cit., p. 126) por la segunda.
170 Jorge Pérez de Tudela Ve/asco tiroso y mercader, toda esta actividad gira en tomo a la fuerza de la palabra. Y es que, como decíamos antes, el "hablar" (eírein) es servirse de la palabra y lo que Homero dice en muchos pasajes (emesato 'pensó', dice él) es sinónimo de 'maquinar'(mechanesasthai). Conque, en virtud de ambas cosas, el legislador nos impuso, por así decirlo, a este dios que inventó el lenguaje y la palabra (y légein es, desde luego, sinónimo de eírein) con esta orden: 'hombres, al que inventó el lenguaje (eirein emesato) haríais bien en llamarlo Eiremes'. Ahora, sin embargo, nosotros lo llamamos Hermes por embellecer, según imagino, su nombre" 14• Música, palabra, habilidad para engañar (dolíes téchne) 15 , dominio de las apariencias, tales son los poderes de Hermes. Sileno, por su parte, que tampoco desdeña, cuando se precisa, hacer alusión a su lógos 16 , prefiere aconsejar a los suyos que sigan otro método; y el órgano con el que logra vencer la argucia hermética es uno distinto, aunque no menos potente: la nariz, el olfato. "Rastreando con el olfato" (rinelaton osm[aisi]), guiado por el olfato pegado al suelo (hyposmos en khro) 17 , tal es el trópos y la téchne con los que la hilarante tropa pondrá al descubierto las trazas del dios. ¿Gruesas narices? ¿Un olfato sutil? En este punto, la imaginación del erudito parece querer volar hacia Nietzsche. Pero -nuestro legado es verdaderamente complejo, complejo y multilinealsin salir del ámbito griego es también otra figura, y una figura que el tópico ha convertido en opuesta, la que también aquí parece hacemos una seña: ¿o por ventura no es Sócrates, en efecto, el que ahora nos muestra su rostro proverbial?. Ojos salientes, nariz chata, gruesos labios ... de creer a Jenofonte, ésos eran los rasgos físicos del hijo de la partera 18 • Y por eso cabía concluir que su parecido era grande con los silenos, hijos de las Náyades 19 • La misma apreciación, se recordará el texto, que en su propio Banquete pone Platón en la boca de Alcibíades, sin más añadido que el de que es justamente al sátiro Marsias, aquél que no tuvo reparos en batirse con Apolo, a quien con mayor precisión se asemeja su semblante 20• Se trata, efectivamente, de un encantador, médico y nigromante 21 , que se atreve a tratar la dolencia del más bello, de Cármides, y capaz de hacer que los ojos del otro no puedan apartarse de él 22• Pero se trata también, ante todo, de alguien 14. PLATON: Crátilo, 407e-408b. Se recoge la traducción de J. L. Calvo: Diálogos, 11, Gredos, Madrid, 1983, p. 407. 15. Himno a Hermes, 76 16. Los Rastreadores, v. 166 (ed. cit., p. 165). 17. SOFOCLES: Op. cit., vv. 94 (88) y 97 (91) (Radt, p. 281; Lucas de Dios, p. 162; Balasch, p. 126). 18. JENOFONTE: Symposion. V, 5-8 19. Op. cit.loc. cit., 7. 20. PLATON: Banquete, 215a-d 21. PLATON: Menón, 80a 22. ENOFONTE: APOMNHMONEYMATA (Memorables), IV, 11, 30.
Tras las huellas de Sileno. Imágenes del conocer 171 interesado en la caza de la verdad 23; de un excelente perro de caza a quien complace sobremanera el examen en común de las cuestiones 24; que invita a Teeteto a "seguir" (epakolouthéo) 25 con la inteligencia una proposición hasta ver a dónde lleva, y cuya nariz, por ende, si es que la belleza tiene como criterio la adecuación a un fin, sería acaso, chata y todo como es, la más bella de todas, puesto que en su respingamiento permite a su dueño recibir los olores (osmás) provenientes de todas partes (pántothen) 26• Sócrates, por quien juran los perseguidores de verdad, debió tener mucho de sabueso. Lo mismo que aquel Sherlock Holmes, consultor criminal y lógico aficionado, que sin compartir con él los caracteres físicos sí compartió con Sócrates, en cambio, cierta mezcla de insociabilidad y desvelo por sus semejantes, la pasión venatoria y un desconcertante equilibrio entre el saber y el no saber. Es más: al modo también del británico, nuestro personaje no debió de ser un sabueso cualquiera, sino un sabueso audaz y terrible, que arriesgó su suerte en una doble cacería, la más peligrosa de todas: la caza de hombres (thera anthropon) 27, y aquel prestarle atención a un signo que, aun invisible para todos, y sólo audible para él, no dudó nunca en calificar de divino. Siempre resultará difícil averiguar si Sócrates corrompió o no a la juventud ateniense; tampoco sabremos nunca con certeza si realmente introdujo o no dioses nuevos en la Ciudad; ni si quiso verdaderamente, como proponía Aristófanes, el San Aristófanes de Nietzsche 28, sustituir a Zeus por Torbellino 29 -o por nadie-. Sólo nos cabe --eso síconjeturar el hecho de que, para muchos de sus conciudadanos, Sócrates llevó su investigación por derroteros que no parecía sensato frecuentar. En efecto: tiene razón Jenofonte cuando, en una página admirable por su sencillez, se extraña de la condena a un hombre que, en definitiva, creyó lo que todos. Y sin embargo, es él mismo quien, inadvertidamente o no, nos aclara a renglón seguido cuál era la íntima esencia de aquel debate mortal: "Pues éstos no suponen que los pájaros ni 23. Fedón, 66c. 24. Vid., entre otros muchos pasajes, Cármides, 158d, Critón, 48d, Menón, 80d, Teeteto, 15le ... etc. 25. PLATON: Teeteto, 152b 26. JENOFONTE: Symposium, V, 6. 27. JENOFONTE: Memorabilia, II, VI, 29. 28. NIETZSCHE: Jenseits von Cut und Bose. Vorspiel einer Philosophie der Zukunft, en Nietzsche.Werke. Kritische Gesamtausgabe. Herausgegeben von Giorgio Colli und Mazzino Montinari, W. de Gruyter, Berlín, 1968. Sechste Abteilung, Zweiter Band; pgfo. 232, p. 177 (traduce. española: Más allá del bien y del mal. Preludio de una filosofía del futuro. Introducción, tradución y notas de Andrés Sánchez Pascual. Alianza Editorial, Madrid, 1972, p. 182). 29. ARISTOFANES: NEPHELAI (Las Nubes), 380. Vid.: Aristophanis Comoediae. F. W. Hall y W. M. Geldart eds. Oxford University Press, 1900. T. I, p. 125 (traduce. esp.: Las nubes. Lisístrata. Dinero. Introducción, traducción y notas de Eisa García Novo. Alianza Editorial, Madrid, 1987' p. 55).
172 Jorge Pérez de Tudela Ve/asco los que salen al encuentro saben las cosas que convienen a los consultantes, sino que los dioses las significan por mediación de éstos; y eso mismo pensaba él. Pero el vulgo, por su parte, dice que tanto pájaros como personas encontradas al azar lo mismo les persuaden que les disuaden. Sócrates, en cambio, hablaba según su conocimiento: pues decía que la divinidad le enviaba una señal" 30• También el pueblo de Atenas, también hoí polloí ponían su confianza en voces y en dichos. También ellos creían ver signos anticipadores del futuro, un futuro ya conocido por la divinidad, en oráculos y presagios, vaticinios y augurios. Pero acaso se trataba de que para ellos eran efectivamente las aves las depositarias del poder de los dioses (dynamis ton theon) 31 ; de que "sus" signos, signos para dioses con pretensión de visibles 32, no podían ser más que públicos y visibles. Y que, frente a ellos, si Sócrates hablaba de un "signo" o "señal" (to semefon) 33, el signo "divino" (to daimónion semefon) 34, el signo usual (to eiothos semeion) 35 en él "desde niño" (ek paidos) 36, lo que acertó a decir de esa "señal del dios" (to tou theoú semefon) 37, de ese "algo divino y demónico"(thefón ti kai daimónion) 38, es que llegaba a ser una voz (phone) 39 "de Dios" 40 que de siempre mantuvo -particularmente en forma admonitoria y prohibitivauna relación exclusiva con él 41 • Un secreto ministro, pues, tan individual como invisible, a cuyo sacerdote los viejos dioses, los dioses que garantizaban ya la exterioridad de lo divino, ya la divinidad de lo exterior, nunca pudieron ver con buenos ojos -y menos aún sus partidarios42• Oficio de silenos, pues, este de investigar y descifrarlo todo, de descifrar incluso lo invisible e inaudible que sólo a mí se me manifiesta. Y oficio en el que, por lo mismo, el riesgo que se corre de servir de chivo expiatorio no es en 30. JENOFONTE: Memorabilia, A, I, 2-4. 31. JENOFONTE: Apología de Sócrates, 13. 32. JENOFONTE: Memorabilia, D, III, 13. 33. PLATON: Apología, 4ld. 34. PLATON: República, 496c 35. PLATON: Apología, 40c.- Cfr.: to eiothos semefon to daimónion (Eutidemo, 272e); to daimónion te kai to eiothos semefon (Fedro, 242b); gégone gár moi to eiothos semefon to daimonfon (Teages, 129b) 36. PLATON: Apología, 3ld. 37. PLATON: Apología, 40b. 38. PLATON: Apología, 3lc-d. 39. PLATON: Apología, 3ld: phone tis gignoméne .... -Cfr.: ... kaí tina phonen edoxa autóthen akoíisai ... (Fedro, 242b); ... kaf moi egéneto he phoné ... (Teages, 129b). 40. JENOFONTE: Apología, 12: ~ .. légon hoti theoíi moi phone phaínetai semaínousa ho ti khre poiefn. 41. PLATON: Apología, 3ld. 42. JENOFONTE: Memorabilia, D, III, 9.- Cfr.: ... hos phaíe Sokrátes tó daimónion heautb semaínein ... (Id., A, l, 2).
Tras las huellas de Sileno. Imágenes del conocer 173 absoluto despreciable. Pero ¿puede acaso evitarse el peligro? Quiero decir: Sócrates, Edipo, Holmes, ¿representan acaso otra cosa que nuestro mismo modo de arreglárnoslas con lo que hay? ¿Cuánto tiempo hace que el médico ausculta el pecho de su paciente, se inclina sobre su orina o palpa en su muñeca el incansable aleteo de su pulso? Tarea de conocimiento es la del médico, tarea de "diagnosis" de la enfermedad invisible a través de síntomas visibles; y tarea que se rige por reglas precisas, las primeras bien básicas para el médico hipocrático: conocer (gnonai) las características naturales (tas physias) de las enfermedades y en qué pueden estar por encima de la resistencia (dynamis) de los cuerpos; buscar acaso la presencia o no, en las enfermedades, de "algo divino" (ti thefon); aprender a prevenir; y, "en las enfermedades agudas hay que observar atentamente esto: en primer lugar, el rostro del paciente, si es parecido al de las personas sanas, y sobre todo si se parece a sí mismo" (ei homoión esti tofsi ton hygiainónton, málista dé, ei auto heouto) 43• Pero no para aquí la cosa: ¿cuánto tiempo hace, añadimos ahora, que los tribunales persiguen al causante, al responsable, a aquel de quien puede predicarse la autoría de un acontecimiento criminal? ¿Cuánto tiempo hace que el cazador infiere de la rotura de una rama que un animal de tal porte y en tales condiciones físicas pasó por allí hace exactamente tantos días, tantas noches? 44 ¿Cuánto hace que pretendemos averiguar el destino leyéndolo en esquemas que -creemosnos lo dibujan a escala bien en el cielo, bien en la tierra, bien en las entrañas de los hijos de la tierra? 45 ¿Cuanto hace que con el Platón del "Timeo" fijamos nuestra atención en el hígado, ese órgano oscuro, brillante y liso, indivisible, en el que parece residir el poder de adivinación? 46 ¿Cuánto hace que conjeturamos el cariz de lo ausente con ayuda del que manifiesta lo presente, cuánto hace que tratamos de descifrar las causas a partir de los efectos, de descubrir lo que no sabemos a partir de lo que sabemos, de remontar el río y rehacer hacia atrás el probable curso de los acontecimientos? ¿Cuánto hace que suponemos que no hay milagros; que nada dice miedo si como es aquí 43. Así se lee en las primeras líneas (1, 19-22) de "El Pronóstico" (PROGNOSTIKON). uno de los tratados pertenecientes al Corpus Hippocraticum. Kühlewein y Janes (ed. Loeb, vol. 11, p. 8) consideran interpolada la frase relativa al "algo divino". El texto entrecomillado recoge la traducción de Carlos García Gua! para Editorial Gredas: Tratados Hipocráticos, 1, (Madrid, 1983), pp. 329-330.- Sobre estos temas, vid.: Pedro LAIN ENTRALGO: La medicina hipocrática. Alianza Universidad, Madrid, 1970. 44. Vid.: Cario GINZBURG: "Morelli, Freud, and Sherlock Holmes: Clues and Scientific Method", en The Sign of Three. Dupin, Ha/mes, Peirce. Edited by Umberto Eco and Thomas A. Sebeok. Indiana University Press, Bloomington, 1983, pp. 81-119 (traduce. esp.: El signo de los tres. Dupin, Ha/mes, Peirce. Traduce. de E. Busquets. Lumen, Barcelona, 1989, pp. 116-164). 45. Vid.: VV. AA.: Divination et Rationalité. Editions du Seuil, París, 1974. 46. Vid.: Luc BRISSON: "Du bon usage du déreglement", en Divination et Rationalité, cit., pp. 220-248.- Cfr.: Timeo, 71a3-72cl.
174 Jorge Pérez de Tudela Ve/asco y arriba también debe ser allí y abajo; si lo que ayer vino tras lo de anteayer se parecerá en todo a lo que pasado mañana venga tras lo de mañana? 47 ¿Tanto, acaso, como hace que somos lo que somos? Acerca de un mundo que no sea este bosque, esta materia antiquísima en la que abrimos claros y buscamos estrellas que nos orienten, atentos el ojo y el oído a interpretar los más fugaces indicios, poco podríamos decir. Pero este bosque nuestro, lastre de nuestra singladura, sí lo conocemos bien. Y en él esperamos continuamente que se cumpla lo que un cierto Leibniz, a quien no disgustaba apostar sobre hojas de árbol, llegó a formular con toda nitidez, pero sin hacer otra cosa que recoger una añosa condición del ojeador: que siempre habrá un por qué. Principio de todos los principios, éste de razón. Principio de inteligibilidad, en el que de antemano ha puesto su confianza no sólo el científico, sino todo aquel que pretenda averiguar, por ejemplo, qué "quieren decir" estas marcas desasistidas de su autor 48; qué podrá satisfacer una incógnita; quién mató, durante el sueño, al viejo lord 49; o qué conflicto anterior e interior trata de expresarse a través de la anómala conducta de este vienés enfermo que ahora se tiende en el diván. Y es que, como aún no hace mucho expresó un pensador, en el mundo hay algo que nos fuerza a pensar: a saber, aquello que no se puede sino sentir. Algo sin duda paradójico (habida cuenta de que nunca podrá ser objeto de sensación), pero del cual conviene decir, ante todo, que no es cualidad, sino signo. No un ser sensible, sino el ser de lo sensible: el objeto de un encuentro fundamental que nunca podrá, por lo mismo, ser objeto de reconocimiento empírico; y cuyo encuentro lleva consigo toda la fuerza de lo problemático, del constante desafío que nos lleva, solución tras solución, a no dejar nunca de aprender 50• En efecto: durante mucho tiempo, una interpretación altamente difundida del proceso de conocimiento (se diría incluso que dominante), ha tendido a no considerar significativas, de entre las innumerables fibras que concurren en ese haz, más que aquellas por las que circulan las conexiones causales de tipo deductivo, o conexiones "si A, entonces B", en las que la anterioridad tanto lógica como cronológica de "A" sobre "B" vendría a traducirse, según los casos, en la diversa primacía epistemológica que la causa tendría sobre el efecto, el antece47. SOFOCLES: 0. R., vv. 915-917. 48. Vid.: J. DERRIDA: "Signature Evénement Contexte", en Marges - de la philosophie. Les Editions de Minuit, París, 1972, pp. 365-393 (traduce. esp.: Márgenes de la filosofía. Traduce. y presentación de Carmen González Marín. Cátedra, Madrid, 1989, pp. 347-372). 49. Vid.: Thomas A. SEBEOK and Jean UMIKER-SEBEOK: '"You Know My Method': A Juxtaposition of Charles S. Peirce and Sherlock Holmes", en The Sign ofThree, cit., pp. 11-55. 50. Gilles DELEUZE: Dijférence et Répétition. Presses Universitaires de France, Paris, 1968, pp. 182-217 (traduce. esp.: Diferencia y Repetición. Traducción de A. Cardín. Júcar, Madrid, 1988, pp. 236-272).
Tras las huellas de Sileno. Imágenes del conocer 175 dente sobre el consecuente, el fundamento sobre lo fundado y la condición sobre lo condicionado -en última instancia, el pasado sobre el presente que, suponemos, surge de aquél y por aquél-. Y es obvio que este poder productivo, este poder de despliegue y obtención de consecuencias a partir de un principio hipotético, supuesto o presupuesto, forma parte importantísima del arsenal cognoscitivo. A mi juicio, sin embargo, la teoría del conocimiento que con la aclaración de estos aspectos considere acabada su tarea analítica corre un serio riesgo de omitir lo principal. Porque no es sólo que este sumario esquema no arroje apenas luz sobre una cuestión que afecta a su propia condición de posibilidad, a saber, la pregunta por el origen, fundamento y modo de originación de las propias hipótesis, principios o proposiciones, en cuanto tales, de las que arranca la deducción. Es, sobre todo, que semejante consideración de las cosas desatiende la explicación -inexcusable a juicio de muchosde esa extraordinaria capacidad cognoscitiva, la capacidad de deducir causas a partir de efectos, sin cuya aclaración quedan oscuros no sólo fenómenos cognoscitivos de índole compleja, sino, sencillamente, la razón de la supervivencia de una especie que ha sido entregada a vivir en el mundo. Un mundo, permítaseme insistir en ello, tan acogedor como hostil. Tejido con signos, pero signos activos, fuertes, máquinas incansables de producción de efectos. Un mundo hecho de duras apariencias cortantes, de simulacros poderosos, donde nada resulta más caro que un simple error de lectura. En la historia de la reflexión contemporánea en tomo al problema del conocer, es especialmente en la obra de un pensador de talla, Charles Sanders Peirce, donde estos y otros muchos interrogantes han encontrado lugar y atención rigurosa. Pues este lógico tan erudito como creador, que no dejó nunca de perseguir por doquiera el inexorable hilo de la logicidad, trató de no ser nunca tan ciego a lo que tenía ante los ojos como para no darse cuenta de que el habitual y antiguo distingo entre dos formas complementarias y opuestas de razonamiento, a saber, la Inducción y la Dedución, no podía dar cuenta, por sí sólo, de todas las posibilidades de inferencia abiertas a la comprensión. Junto a ellas, en efecto, debía reconocerse a su juicio la presencia de una tercera clase de razonamiento, sin duda peculiar en su desarrollo, pero tan rigurosa como cualquiera de las otras dos, a la que vino a referirse con distintos pero en definitiva coincidentes nombres: Abducción, Retroducción o, simplemente, Hipótesis 51 • 51. Charles S. PEIRCE: Collected Papers (en siglas: C. P., seguidas de una cifra cuyo primer numeral representa el número del volumen, y los siguientes el de los parágrafos correspondientes). Harvard University Press, Cambridge, Massachusetts, 1931-1958. VIII vols. Edited by Charles Hartshome and Paul Weiss (vols. 1-VI) y Arthur W. Burks (vols. VII-VIII).- Recientemente se ha puesto en marcha una edición cronológica de los textos de Peirce: Writings of Charles S. Peirce. Max H. Fisch et alii eds. Indiana University Press, Bloomington, 1982- , de la que hasta ahora se han publicado cuatro volúmenes (en siglas, W, seguido del número del volumen y la página
182 Jorge Pérez de Tudela Ve/asco encontrar? Quiero decir: lo inteligible ¿es sólo lo no observado pero observable -por todos-? ¿O por tal habría que entender aquello que nunca podrá ser objeto de captación? Y en cuanto a lo sensible: ¿responde sólo a ese nombre lo exterior y observable por todos, o daremos también carta de ciudadanía -incluso privilegiadaal signo invisible y privado, a la incompartible voz interior? Dicho en otros términos: ¿gritaremos por cuatro veces theós cuando, al modo de sátiros inquisidores, encontremos la ansiada estela de un animal? 88 ¿O sólo al sentir en nosotros esa pura intensidad de una voz que, al pronto, no puede ser extendida frente a los ojos de los demás? (Después de todo, ya el propio Homero lo había advertido -/líada, A, v. 63-: también el sueño proviene de Zeus ... ). ¿Se entiende el dilema? ¿O conviene precisarlo una vez más? Supongamos que sí, y arriesguemos todavía una formulación. Por ejemplo ésta: nuestra pesquisa ¿arranca de lo visible o de lo invisible? Y cada uno de estos caminos, a su vez: ¿nos conduce a lo invisible? ¿Nos remite de nuevo a lo exterior y visible? ¿O más bien sucede que ni lo uno ni lo otro, sino que el nuestro es el camino diagonal: la ruta del claroscuro que continuamente se desplaza y cruza (siempre más allá de cualquier frontera, siempre más acá de cualquier mediana) el doble campo de esa partición? Hubo un tiempo, lo mencionamos páginas atrás, que debatió estas cuestiones en un terreno resbaladizo: el terreno en el que se dirimen los caracteres de lo divino y, consecuentemente, las pretensiones a la divinidad. ¿Litigio superado, pues? Puede que sea así. Salvo que aquí, en el fondo, no se debata más problema que el de la relación entre lo sensible y lo inteligible; y profundamente entremezclado con él, el del individuo y el género, lo común y lo singular. Pero vistas así las cosas, no es sólo que nuestra caza, en esto, no haya hecho sino comenzar. Es que tampoco sabemos siquiera adónde nos puede conducir. Leibniz, a quien también arriba se mencionó de pasada, pudo poner su confianza en la gloria de Dios, y en el necesario triunfo final de una armonía ya siempre planeada, irresistible, que no es en rigor otra cosa que la propia consistencia de la realidad. Y científicos ilustrados, junto con los detectives imaginados por ellos, apoyarían con todas sus fuerzas semejante postulación. Pero ¿por qué no Conrad? ¿Por qué no habría de ser más cierto que, caso de aguardarnos algo, nos aguarda ya siempre el horror? ¿Que en el corazón de lo descifrado alienta la tiniebla? Más de un investigador, cazador atento a los signos, parece abrirse a veces al poder de esta cuestión. Sólo que en él anida la inquietud. Nunca su señal, por tanto, nunca su enfermedad divina podría permitirle dejar de buscar, dejar de indagar, dejar de seguir los rastros del huidizo conocer. 88. SOFOCLES: los Sátiros Rastreadores, v. 100 (Radt, p. 282; Lucas de Dios, p. 162; Balasch, p. 126).