Un torero en Nueva York. Sobre la conferencia de Ignacio Sánchez Mejías en la Universidad de Columbia
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Revista de Estudios Taurinos N.º 11, Sevilla, 2000, págs. 29-46 UN TORERO EN NUEVA YORK. SOBRE LA CONFERENCIA DE IGNACIO SÁNCHEZ MEJÍAS EN LA UNIVERSIDAD DE COLUMBIA1 Pedro Romero de Solís2 Fundación de Estudios Taurinos l año 1927 fue un año crucial tanto para Ignacio Sánchez Mejías como para las letras españolas. En dicha fecha el matador decide, por segunda vez, retirarse de los ruedos. La primera lo había hecho en 1922 y, como él mismo confesó a su amigo, periodista y biógrafo, Federico Alcázar, se marchaba en el mejor momento de su vida de torero y añadía textualmente: «no puedo, no quiero continuar esta lucha en la que el enemigo menos peligroso es el toro» (Alcázar, 1999: 159). Naturalmente se refería al público que había cambiado de actitud y mostraba hacia él una animosidad tan injusta como creciente3. A Sánchez Mejías, el mismo público que había adorado a Joselito, que 1Este artículo es una versión retocada de una anterior que publiqué, como introducción a la primera edición de la «Tauromaquia de Sánchez Mejías», en la revista Quites (Valencia, Diputación Provincial, 1987, n.º 6, págs.1320 y 23-35, respectivamente). 2Profesor titular de Sociología de la Universidad de Sevilla y director de esta Revista. 3 Este es un fenómeno social que se repite igual a sí mismo a lo largo del tiempo que ha afectado a grandes toreros antes y después de Sánchez Mejías: por ejemplo, fueron sus víctimas, Guerrita y Manolete. recordando con humor que «quien no quiera el peligro que se meta a obispo». Sus familiares y amigos no ocultan su preocupación, pero pronto las actuaciones de Ignacio en los ruedos de Cádiz, San Sebastián y Santander dan la razón al optimismo del torero. La prensa recoge el entusiasmo del público ante las faenas del veterano matador y de su destreza con la espada. Sin embargo, le sigue persiguiendo la enemiga de ciertos gacetilleros que siguen sin perdonarle su segura altivez. En este contexto, la imprevista corrida de Manzanares con sus azarosos antecedentes –percances en el ruedo, accidentes en los tendidos, averías de automóvil, ausencia de la propia cuadrilla, vacilaciones del propio matador vencidas sólo por el pundonor de sustituir a un amigo– constituye una verdadera secuencia trágica que culmina en lo más temido por Sánchez Mejías desde que fuera testigo de la desgracia de su cuñado José, una grave cogida en una plaza de pueblo que presumiblemente no dispusiera de los debidos adelantos clínicos. A Ignacio nunca le pudieron quitar de la cabeza que Joselito no fue debidamente atendido tras su fatal cogida y él siempre había insistido en que no quería que le intervinieran fuera de su ciudad. En su caso esto le resultó fatal pues la inexplicable demora en su traslado a Madrid hizo que su estado se convirtiera en irreversible. Sin embargo, cuando su vida acababa de manera tan dolorosa y terrible, a pesar de su propia importancia, nadie podría suponer que la figura de un matador de toros se habría de convertir en uno referentes de la cultura universal del siglo XX y que, todavía hoy, sea una verdadera leyenda. Y por ello permanece vivo, quizá como él quería. Álvaro Martínez-Novillo 28
ponerse armado de la pluma delante de un soneto y perfilarse, montada la espada, frente a un toro (1975: 253). Sánchez Mejías, desilusionado, le confiaría a su amigo Federico Alcázar que se sentía solo en la fiesta y, como estaba convencido de que le trataban injustamente, había tomado la decisión de marcharse. «Y lo hago –precisaría– en la plenitud de mis facultades y de mi arte» (Alcázar, 1999: 49). Hoy sabemos que si es cierto que se retiraba lo era también que, mientras se jugaba la vida de plaza en plaza toreando con un valor excelente, dentro de su alma obraban ya otras tendencias espirituales, se abría camino, dentro de sí, una nueva expresión artística. En su última temporada –en realidad, la penúltima pues en 1934 volvió a retornar para entregar su vida–, en la de 1927, además de las corridas lidiadas, sabemos que rechazó ochenta contratos. José María de Cossío escribió, refiriéndose a la época que precedió a su retirada, que «todos los que conocíamos la intimidad de su pensamiento veíamos, claramente, cómo la inquietud de su espíritu le aleja del toro... y lo llevaba hacia el cultivo de la literatura, nuevo género de lucha que, en ese momento, le seducía más que la de los toros» (Cossío,: II, 1986, 878b). En consecuencia, Sánchez Mejías, en 1927, torea tan sólo tres tardes. Es en ese contexto en el que el 3 de julio, en Pontevedra, anuncia su segunda retirada. Ahora bien, el hecho de que se pudieran representar en 1928 dos obras de teatro suyas –Sinrazón en Madrid y Zaya en Santander– resulta ser, a la postre, la prueba más firme de que las preocupaciones literarias y la reflexión intelectual habían prendido en su alma mucho antes de que hiciera pública su despedida de los toros por lo que nos es lícito suponer que esa nueva inquietud por escribir, esa aspiUn torero en Nueva York 31 lo había visto torear con él y le había aplaudido, era el mismo que le negaba ahora que ocupara el lugar que el héroe fallecido había ostentado en los ruedos. Así pues, los años de actividad de Ignacio fueron otros tantos de trágico combate: de una parte, contra los toros en faenas de vibrante valor y, de otra, contra el público que le era permanentemente adverso. Tan pronto como desapareció Gallito, el valor, la ambición, la voluntad de Ignacio Sánchez Mejías le hicieron el único candidato para ocupar ese lugar custodiado por una huérfana afición llena de rabia. Y, mientras que periodistas, literatos e intelectuales empezaban a considerar a Sánchez Mejías como el «continuador», el público, por el contrario, le cerraba obstinadamente el camino exigiéndole, día tras día, una entrega despiadada. A pesar de una situación tan difícil, haciendo honor a su carácter indomable, al año siguiente, volvía al combate. Mas, aunque comienza con la temporada muy adelantada, muy pronto vuelve a colocarse en cabeza de cartel y los empresarios se lo rifan para dar relumbre a sus ferias. Conquistado, de nuevo, el vértice del escalafón, Ignacio Sánchez Mejías allí se mantiene hasta la mencionada campaña del 27. Es en esta última temporada en la que, después de haber lidiado cuarenta y cuatro corridas y haber cortado casi otras tantas orejas, decide, por segunda vez, retirarse. Lo hizo en Pontevedra, el 30 de julio, con toros de Murube, dándose la curiosa circunstancia de que, aquel día, Rafael Alberti hizo el paseíllo vestido de peón formando parte de la cuadrilla del matador según se lee en las memorias del poeta publicadas bajo el título de La arboleda perdida. Alberti, en aquella peripecia, evoca el memorable acontecimiento para levantar acta de la distancia que media entre Pedro Romero de Solís 30
ponerse armado de la pluma delante de un soneto y perfilarse, montada la espada, frente a un toro (1975: 253). Sánchez Mejías, desilusionado, le confiaría a su amigo Federico Alcázar que se sentía solo en la fiesta y, como estaba convencido de que le trataban injustamente, había tomado la decisión de marcharse. «Y lo hago –precisaría– en la plenitud de mis facultades y de mi arte» (Alcázar, 1999: 49). Hoy sabemos que si es cierto que se retiraba lo era también que, mientras se jugaba la vida de plaza en plaza toreando con un valor excelente, dentro de su alma obraban ya otras tendencias espirituales, se abría camino, dentro de sí, una nueva expresión artística. En su última temporada –en realidad, la penúltima pues en 1934 volvió a retornar para entregar su vida–, en la de 1927, además de las corridas lidiadas, sabemos que rechazó ochenta contratos. José María de Cossío escribió, refiriéndose a la época que precedió a su retirada, que «todos los que conocíamos la intimidad de su pensamiento veíamos, claramente, cómo la inquietud de su espíritu le aleja del toro... y lo llevaba hacia el cultivo de la literatura, nuevo género de lucha que, en ese momento, le seducía más que la de los toros» (Cossío,: II, 1986, 878b). En consecuencia, Sánchez Mejías, en 1927, torea tan sólo tres tardes. Es en ese contexto en el que el 3 de julio, en Pontevedra, anuncia su segunda retirada. Ahora bien, el hecho de que se pudieran representar en 1928 dos obras de teatro suyas –Sinrazón en Madrid y Zaya en Santander– resulta ser, a la postre, la prueba más firme de que las preocupaciones literarias y la reflexión intelectual habían prendido en su alma mucho antes de que hiciera pública su despedida de los toros por lo que nos es lícito suponer que esa nueva inquietud por escribir, esa aspiUn torero en Nueva York 31 lo había visto torear con él y le había aplaudido, era el mismo que le negaba ahora que ocupara el lugar que el héroe fallecido había ostentado en los ruedos. Así pues, los años de actividad de Ignacio fueron otros tantos de trágico combate: de una parte, contra los toros en faenas de vibrante valor y, de otra, contra el público que le era permanentemente adverso. Tan pronto como desapareció Gallito, el valor, la ambición, la voluntad de Ignacio Sánchez Mejías le hicieron el único candidato para ocupar ese lugar custodiado por una huérfana afición llena de rabia. Y, mientras que periodistas, literatos e intelectuales empezaban a considerar a Sánchez Mejías como el «continuador», el público, por el contrario, le cerraba obstinadamente el camino exigiéndole, día tras día, una entrega despiadada. A pesar de una situación tan difícil, haciendo honor a su carácter indomable, al año siguiente, volvía al combate. Mas, aunque comienza con la temporada muy adelantada, muy pronto vuelve a colocarse en cabeza de cartel y los empresarios se lo rifan para dar relumbre a sus ferias. Conquistado, de nuevo, el vértice del escalafón, Ignacio Sánchez Mejías allí se mantiene hasta la mencionada campaña del 27. Es en esta última temporada en la que, después de haber lidiado cuarenta y cuatro corridas y haber cortado casi otras tantas orejas, decide, por segunda vez, retirarse. Lo hizo en Pontevedra, el 30 de julio, con toros de Murube, dándose la curiosa circunstancia de que, aquel día, Rafael Alberti hizo el paseíllo vestido de peón formando parte de la cuadrilla del matador según se lee en las memorias del poeta publicadas bajo el título de La arboleda perdida. Alberti, en aquella peripecia, evoca el memorable acontecimiento para levantar acta de la distancia que media entre Pedro Romero de Solís 30
Un torero en Nueva York 33 Lám. n.º 3.– En el andén preparados para ir a la Feria. Ignacio con su esposa Lola Gómez Ortega, hermana de Joselito el Gallo, sus hijos y sobrino (archivo familiar). ración irrefrenable por vivir a fondo la vida de escritor según lo reclamaba una parte de la vanguardia literaria de la época, fuera la causa principal de su «retirada». En efecto, ya en 1925 había librado la primera escaramuza en el mundo de las letras: en ese año y en el Ateneo de Valladolid leyó, con éxito, algunas páginas de una novela que estaba escribiendo. Por otra parte, en el periódico sevillano La Unión había publicado las crónicas de algunas de las corridas en las que él mismo tomaba parte, como trata, con el detalle necesario, el prof. Bernal en este mismo número de la Revista de Estudios Taurinos (ver págs. 69-96). Parece, pues, que nada fuera suficiente para satisfacer el espíritu inquieto, la necesidad de ponerse a prueba, la exigencia de superación que, en todo momento, su implacable espíritu le reclamaba. No es mi cometido abordar la interesante obra literaria de Ignacio Sánchez Mejías que será abordada en las próximas páginas por otros estudiosos, sino sólo mencionarla para señalar que su retirada de los ruedos, unida al reestreno en Madrid de Sinrazón, hizo creer a muchos, empezando por su amigo y seguidor José María de Cossío, que el matador iba a vivir y pensar definitivamente al margen de los ruedos. Pues no. No fue así. Ya en aquel mismo verano presentó en Santander otra obra, Zaya, donde el tema taurino retornaba planteando el vacío que supone, para un matador, vivir lejos de los ruedos. Será, precisamente, en este período de 1928 a 1934 en el que vive retirado de los ruedos y dedicado, sobre todo, a la literatura, al teatro, al flamenco y al deporte, donde se inscribe la conferencia sobre Tauromaquia que pronuncia, en 1929, en la Universidad neoyorquina de Columbia. Antes de seguir adelante quisiera avisar que el contenido de su conferencia constituye un documento muy notable Pedro Romero de Solís 32
Un torero en Nueva York 33 Lám. n.º 3.– En el andén preparados para ir a la Feria. Ignacio con su esposa Lola Gómez Ortega, hermana de Joselito el Gallo, sus hijos y sobrino (archivo familiar). ración irrefrenable por vivir a fondo la vida de escritor según lo reclamaba una parte de la vanguardia literaria de la época, fuera la causa principal de su «retirada». En efecto, ya en 1925 había librado la primera escaramuza en el mundo de las letras: en ese año y en el Ateneo de Valladolid leyó, con éxito, algunas páginas de una novela que estaba escribiendo. Por otra parte, en el periódico sevillano La Unión había publicado las crónicas de algunas de las corridas en las que él mismo tomaba parte, como trata, con el detalle necesario, el prof. Bernal en este mismo número de la Revista de Estudios Taurinos (ver págs. 69-96). Parece, pues, que nada fuera suficiente para satisfacer el espíritu inquieto, la necesidad de ponerse a prueba, la exigencia de superación que, en todo momento, su implacable espíritu le reclamaba. No es mi cometido abordar la interesante obra literaria de Ignacio Sánchez Mejías que será abordada en las próximas páginas por otros estudiosos, sino sólo mencionarla para señalar que su retirada de los ruedos, unida al reestreno en Madrid de Sinrazón, hizo creer a muchos, empezando por su amigo y seguidor José María de Cossío, que el matador iba a vivir y pensar definitivamente al margen de los ruedos. Pues no. No fue así. Ya en aquel mismo verano presentó en Santander otra obra, Zaya, donde el tema taurino retornaba planteando el vacío que supone, para un matador, vivir lejos de los ruedos. Será, precisamente, en este período de 1928 a 1934 en el que vive retirado de los ruedos y dedicado, sobre todo, a la literatura, al teatro, al flamenco y al deporte, donde se inscribe la conferencia sobre Tauromaquia que pronuncia, en 1929, en la Universidad neoyorquina de Columbia. Antes de seguir adelante quisiera avisar que el contenido de su conferencia constituye un documento muy notable Pedro Romero de Solís 32
Sánchez Mejías a que el baile español, en especial, el flamenco, conquistara la escena mundial. Eran los años, recuérdese, en que el Amor brujo de Falla alcanza renombre internacional gracias a la genial interpretación de La Argentinita. Según la tradición oral de la que soy receptor, parece ser que Sánchez Mejías había viajado a esa ciudad para tratar con Federico que armonizase varias de sus canciones como, por ejemplo, Los cuatro muleros, Anda jaleo para el espectáculo Las calles de Cádiz que, con gran entusiasmo, preparaba. García Lorca le propuso, sobre la marcha, una transacción inesperada, a saber, que mientras él componía la música, Ignacio acudiera a la Universidad y explicase a sus alumnos norteamericanos lo que entendía por Tauromaquia. Las notas previas a la confeUn torero en Nueva York 35 Fig. n.º 2.– La Argentinita y su hermana Pilar en el zapateado del maestro Turina (García-Ramos y Narbona, 1988: 199). para entender el significado profundo que atribuía el matador a la fiesta de toros. Sánchez Mejías era, como he dicho, además de torero, un sportman, le seducía la velocidad y conducía deportivamente los automóviles; amaba el riesgo en todas sus modalidades hasta el punto de llegar a ser un consumado piloto en un momento en que los aviones no ofrecían, ni mucho menos, la seguridad de hoy en día (Láms. n.º 12 y 13). Adelantándose casi medio siglo al famoso Marqués de Portago, Ignacio fue de los primeros españoles en lanzarse en trineo por pistas de hielo en descensos vertiginosos donde alcanzaba velocidades a las que, entonces, no llegaban siquiera los automóviles más potentes (Lám. n.º 11); era tan amante del fútbol que llegó a ser presidente del Real Club Betis Balompié; le encantaban los caballos y, además de acosar y derribar y ser un consumado jinete a la vaquera, participó en competiciones de polo alzándose con premios suficientes como para acreditarlo como que excelente jinete (Lám. n.º 7). Mas, aunque en su texto de Columbia, algunas veces recurra al símil de la competición deportiva para hablar de la tauromaquia, enseguida señala la evidente diferencia, puesto que, entre los españoles, en la asunción colectiva de los valores que soporta la lidia de reses bravas se funda buena parte de nuestra idiosincrasia. En efecto, para Ignacio Sánchez Mejías, la tauromaquia, mucho más que un deporte, era algo constitutivo del ser hispánico, dicho con palabras contemporáneas, pertenecía al tesoro de nuestra identidad. Las circunstancias que rodearon esta curiosa y extraña intervención de un matador de toros en una de las Universidades más prestigiosas de EE. UU. están estrechamente ligadas, de una parte, con la presencia de su amigo Federico García Lorca en Nueva York y, de otra, a la importancia que atribuía Pedro Romero de Solís 34
Sánchez Mejías a que el baile español, en especial, el flamenco, conquistara la escena mundial. Eran los años, recuérdese, en que el Amor brujo de Falla alcanza renombre internacional gracias a la genial interpretación de La Argentinita. Según la tradición oral de la que soy receptor, parece ser que Sánchez Mejías había viajado a esa ciudad para tratar con Federico que armonizase varias de sus canciones como, por ejemplo, Los cuatro muleros, Anda jaleo para el espectáculo Las calles de Cádiz que, con gran entusiasmo, preparaba. García Lorca le propuso, sobre la marcha, una transacción inesperada, a saber, que mientras él componía la música, Ignacio acudiera a la Universidad y explicase a sus alumnos norteamericanos lo que entendía por Tauromaquia. Las notas previas a la confeUn torero en Nueva York 35 Fig. n.º 2.– La Argentinita y su hermana Pilar en el zapateado del maestro Turina (García-Ramos y Narbona, 1988: 199). para entender el significado profundo que atribuía el matador a la fiesta de toros. Sánchez Mejías era, como he dicho, además de torero, un sportman, le seducía la velocidad y conducía deportivamente los automóviles; amaba el riesgo en todas sus modalidades hasta el punto de llegar a ser un consumado piloto en un momento en que los aviones no ofrecían, ni mucho menos, la seguridad de hoy en día (Láms. n.º 12 y 13). Adelantándose casi medio siglo al famoso Marqués de Portago, Ignacio fue de los primeros españoles en lanzarse en trineo por pistas de hielo en descensos vertiginosos donde alcanzaba velocidades a las que, entonces, no llegaban siquiera los automóviles más potentes (Lám. n.º 11); era tan amante del fútbol que llegó a ser presidente del Real Club Betis Balompié; le encantaban los caballos y, además de acosar y derribar y ser un consumado jinete a la vaquera, participó en competiciones de polo alzándose con premios suficientes como para acreditarlo como que excelente jinete (Lám. n.º 7). Mas, aunque en su texto de Columbia, algunas veces recurra al símil de la competición deportiva para hablar de la tauromaquia, enseguida señala la evidente diferencia, puesto que, entre los españoles, en la asunción colectiva de los valores que soporta la lidia de reses bravas se funda buena parte de nuestra idiosincrasia. En efecto, para Ignacio Sánchez Mejías, la tauromaquia, mucho más que un deporte, era algo constitutivo del ser hispánico, dicho con palabras contemporáneas, pertenecía al tesoro de nuestra identidad. Las circunstancias que rodearon esta curiosa y extraña intervención de un matador de toros en una de las Universidades más prestigiosas de EE. UU. están estrechamente ligadas, de una parte, con la presencia de su amigo Federico García Lorca en Nueva York y, de otra, a la importancia que atribuía Pedro Romero de Solís 34
Un torero en Nueva York 37 Lám. n.º 4.– Ignacio Sánchez Mejías con Galerín, crítico de toros y concejal del Ayuntamiento de Sevilla por el Partido Radical, sentados en el porche de Pino Montano (archivo familiar). rencia, que fueron originalmente manuscritas a lápiz en papel timbrado del Hotel Ausonia, me llegaron gracias a la buenos oficios que Antonio García-Ramos había hecho cerca de Pilar López, la genial intérprete de la danza española, que como se sabe estuvo muy vinculada biográficamente a los artistas de la generación del 27, que las guardaba (Fig. n.º 8). Ignacio Sánchez Mejías utilizó el procedimiento de explicar lo que era la Tauromaquia por su relación simbólica con la lucha entre la Vida y la Muerte. Para ello recitaría un glosario de las voces que corresponden a los elementos esenciales de la lidia. Definió el toreo español que se practicaba en las plazas de toros empezando por los animales que intervienen: el toro bravo y el caballo. A continuación, los instrumentos que en el curso de la ceremonia se utilizan: el capote, la pica, las banderillas, la muleta, el estoque y la puntilla para, finalmente, ensamblar las voces y, de la mano de Don Quijote y Sancho, desvelar sus significados. Algunas referencias a la supuesta crueldad de la corrida de toros interceptan brillantemente este trayecto. Sánchez Mejías piensa que la reivindicación desde los Estados Unidos, desde el extranjero, de la fiesta de toros, como primera medida, exigía liberar a las corridas de la acusación de crueldad. En efecto, ha sido el componente sacrificial –quizás, el más arcaico– el que resulta particularmente incómodo para los espectadores de la fiesta de toros que no pertenecen a nuestra cultura católica y sí, en cambio, a la protestante o al ámbito de su influencia contemporánea. Sin embargo, el raciocinio de Ignacio no se dirige por ese registro pero, tampoco abdica de su principal exigencia, la sacrificial: el toro, según él, o se come o se torea pero, en todo caso, se mata. Mas como es consciente Pedro Romero de Solís 36
Un torero en Nueva York 37 Lám. n.º 4.– Ignacio Sánchez Mejías con Galerín, crítico de toros y concejal del Ayuntamiento de Sevilla por el Partido Radical, sentados en el porche de Pino Montano (archivo familiar). rencia, que fueron originalmente manuscritas a lápiz en papel timbrado del Hotel Ausonia, me llegaron gracias a la buenos oficios que Antonio García-Ramos había hecho cerca de Pilar López, la genial intérprete de la danza española, que como se sabe estuvo muy vinculada biográficamente a los artistas de la generación del 27, que las guardaba (Fig. n.º 8). Ignacio Sánchez Mejías utilizó el procedimiento de explicar lo que era la Tauromaquia por su relación simbólica con la lucha entre la Vida y la Muerte. Para ello recitaría un glosario de las voces que corresponden a los elementos esenciales de la lidia. Definió el toreo español que se practicaba en las plazas de toros empezando por los animales que intervienen: el toro bravo y el caballo. A continuación, los instrumentos que en el curso de la ceremonia se utilizan: el capote, la pica, las banderillas, la muleta, el estoque y la puntilla para, finalmente, ensamblar las voces y, de la mano de Don Quijote y Sancho, desvelar sus significados. Algunas referencias a la supuesta crueldad de la corrida de toros interceptan brillantemente este trayecto. Sánchez Mejías piensa que la reivindicación desde los Estados Unidos, desde el extranjero, de la fiesta de toros, como primera medida, exigía liberar a las corridas de la acusación de crueldad. En efecto, ha sido el componente sacrificial –quizás, el más arcaico– el que resulta particularmente incómodo para los espectadores de la fiesta de toros que no pertenecen a nuestra cultura católica y sí, en cambio, a la protestante o al ámbito de su influencia contemporánea. Sin embargo, el raciocinio de Ignacio no se dirige por ese registro pero, tampoco abdica de su principal exigencia, la sacrificial: el toro, según él, o se come o se torea pero, en todo caso, se mata. Mas como es consciente Pedro Romero de Solís 36
de la fiesta (§12). Era lógico, pues, como nos revela Ignacio, que las normas de torear «las dictaron los ángeles» y, por el contrario, las de embestir, el Diablo, por eso cuando alguien torea a la perfección se dice que «torea como los ángeles» y cuando un toro embiste con mala intención se dice que «es de la misma piel del Demonio» (§12). Para Sánchez Mejías, como he procurado explicar, el toro es la representación del Demonio y, como último argumento, recurre al de su suegro –Fernando, el Gallo, otro memorable matador–, el cual aseguraba que aquel que, en el instante de la suerte suprema, no imprima un movimiento exacto de la muleta y del estoque que consiste en hacer la cruz con ellos, se lo llevará el Diablo, esto es, será prendido por el toro. Matar al Demonio, matar al toro bravo, matar a la Muerte, que son todas una y misma cosa constituye, según Ignacio Sánchez Mejías, el verdadero secreto de su Tauromaquia fundamental. Un torero en Nueva York 45 terreno lo cambió de tercio o medio, más claramente, lo pasó de la mitad vieja del mundo a la otra mitad: lo trajo al Nuevo Mundo» (§12). En nuestro tiempo, confiesa Ignacio, la pérdida de terreno de Don Quijote es la contrapartida lamentable del avance, de la moderna ciencia positiva. Don Quijote parece sucumbir frente al pragmatismo económico, frente a la tiranía estomagante de Sancho Panza, en fin frente al triunfo de de la mentalidad los países protestantes del Norte. La Tauromaquia, «verdadera ciencia» será, sobre todo, arte y técnica de luchar y vencer sobre la Muerte. Si el arte de torear consiste, al principio, en burlar la acometida del toro, la Tauromaquia es la ciencia que, engañando a la Muerte, afirma, espectacularmente, la Vida. Enseña a evitar el peligro, a sortear el riesgo, a disminuir la amenaza, a triunfar contra las potencias negativas que ponen en peligro la frágil permanencia de la vida de cada cual. Así pues, frente a la inminencia de la muerte, es preciso dominar su peligro con habilidad y sabiduría, con emoción y superioridad, con arte y con ciencia. Esa es la enseñanza que intenta transmitir a sus alumnos norteamericanos el insigne matador: la Tauromaquia constituye la vía angosta, difícil y secreta, la única vía por la que se alcanza la plenitud de la existencia y porque, al fin y a la postre, sólo la vivencia del riesgo descubre el intenso y verdadero sabor de la vida. Definida la Tauromaquia como ciencia de la Vida y táctica del tránsito hacia la plenitud del Ser, voy por último a detenerme, con Sánchez Mejías, en la defensa que hace de su profesión frente a enemigos y detractores. En la Universidad de Columbia, Ignacio, recordará, que fueron los teólogos salmantinos, frente al Pontífice de Roma, los que salieron en defensa de nuestra Tauromaquia. Fray Luis de León fue encargado por la Universidad de Salamanca de escribir la defensa teológica Pedro Romero de Solís 44
de la fiesta (§12). Era lógico, pues, como nos revela Ignacio, que las normas de torear «las dictaron los ángeles» y, por el contrario, las de embestir, el Diablo, por eso cuando alguien torea a la perfección se dice que «torea como los ángeles» y cuando un toro embiste con mala intención se dice que «es de la misma piel del Demonio» (§12). Para Sánchez Mejías, como he procurado explicar, el toro es la representación del Demonio y, como último argumento, recurre al de su suegro –Fernando, el Gallo, otro memorable matador–, el cual aseguraba que aquel que, en el instante de la suerte suprema, no imprima un movimiento exacto de la muleta y del estoque que consiste en hacer la cruz con ellos, se lo llevará el Diablo, esto es, será prendido por el toro. Matar al Demonio, matar al toro bravo, matar a la Muerte, que son todas una y misma cosa constituye, según Ignacio Sánchez Mejías, el verdadero secreto de su Tauromaquia fundamental. Un torero en Nueva York 45 terreno lo cambió de tercio o medio, más claramente, lo pasó de la mitad vieja del mundo a la otra mitad: lo trajo al Nuevo Mundo» (§12). En nuestro tiempo, confiesa Ignacio, la pérdida de terreno de Don Quijote es la contrapartida lamentable del avance, de la moderna ciencia positiva. Don Quijote parece sucumbir frente al pragmatismo económico, frente a la tiranía estomagante de Sancho Panza, en fin frente al triunfo de de la mentalidad los países protestantes del Norte. La Tauromaquia, «verdadera ciencia» será, sobre todo, arte y técnica de luchar y vencer sobre la Muerte. Si el arte de torear consiste, al principio, en burlar la acometida del toro, la Tauromaquia es la ciencia que, engañando a la Muerte, afirma, espectacularmente, la Vida. Enseña a evitar el peligro, a sortear el riesgo, a disminuir la amenaza, a triunfar contra las potencias negativas que ponen en peligro la frágil permanencia de la vida de cada cual. Así pues, frente a la inminencia de la muerte, es preciso dominar su peligro con habilidad y sabiduría, con emoción y superioridad, con arte y con ciencia. Esa es la enseñanza que intenta transmitir a sus alumnos norteamericanos el insigne matador: la Tauromaquia constituye la vía angosta, difícil y secreta, la única vía por la que se alcanza la plenitud de la existencia y porque, al fin y a la postre, sólo la vivencia del riesgo descubre el intenso y verdadero sabor de la vida. Definida la Tauromaquia como ciencia de la Vida y táctica del tránsito hacia la plenitud del Ser, voy por último a detenerme, con Sánchez Mejías, en la defensa que hace de su profesión frente a enemigos y detractores. En la Universidad de Columbia, Ignacio, recordará, que fueron los teólogos salmantinos, frente al Pontífice de Roma, los que salieron en defensa de nuestra Tauromaquia. Fray Luis de León fue encargado por la Universidad de Salamanca de escribir la defensa teológica Pedro Romero de Solís 44
Revista de Estudios Taurinos N.º 11, Sevilla, 2000, págs. 47-68 LATAUROMAQUIA. TEXTO DE LA CONFERENCIA PRONUNCIADA, POR EL MATADOR, EN LA UNIVERSIDAD COLUMBIA DE NUEVA YORK EN 1929 Ignacio Sánchez Mejías on ocasión de un coloquio sobre Sánchez Mejías organizado en la sede sevillana de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo en 1986, dirigido por Antonio GarcíaRamos, di a conocer, por primera vez, el texto de esta Conferencia pronunciada, en 1929, por el matador en la Universidad de Columbia. El texto original fue redactado en papel del Hotel Ausonia (Nueva York, EE. UU.) a vuela pluma, parte a máquina, parte a mano, con numerosas correcciones que requerían cierta interpretación. Sin duda alguna eran unas notas redactadas por el torero poco antes de dar la conferencia y, por tanto, sin intención de ser publicadas. Redacté mi versión que publiqué en 1987 en la revista valenciana Quites, págs. 13-20 y, poco después, en 1988, Antonio García-Ramos y Francisco Narbona editaron en Espasa-Calpe una muy documentada biografía de Ignacio Sánchez Mejías en la que incluyeron su propia versión de la misma conferencia. La que propongo aquí, en la columna de la izquierda, es una adaptación que tiene en cuenta alguna de las aclaraciones de aquéllos autores donde incluyo, entre corchetes, lo que no aparece en Sánchez Mejías pero sirve a la ordenación y mejor comprensión del texto. En la columna de la derecha la versión de A. García-Ramos y F. Narbona en Ignacio Sánchez Mejías, Madrid, Espasa-Calpe, 1988, Col. La Tauromaquia, n.º 13, págs. 176-185. BIBLIOGRAFÍA Alberti, R. (1975): La arboleda perdida, Barcelona, Seix Barral. Alcázar, F. M. (1999): Sánchez Mejías. El torero y el hombre, present. del Conde de Luna, intr. de P. Romero de Solís, pról. de G. Corrochano, Sevilla, Fundación de Estudios Taurinos y Real Maestranza de Caballería de Sevilla. Amorós, A.: Ignacio Sánchez Mejías, Madrid, Alianza, 1998. Col. «El Libro de bolsillo» n.º LP 7800. Corrochano, G. (1993): La edad de plata del toreo, Intr. de A. Amorós, Madrid, Espasa-Calpe, Col. «La Tauromaquia». Cossío, J. M.ª (1987): Los Toros, Madrid, EspasaCalpe, 11 vols. y varias eds.; ver t. II págs. 875-881. García-Ramos, A. y Narbona, F. (1988): Ignacio Sánchez Mejías dentro y fuera del ruedo, Madrid, Espasa-Calpe, Col. «La Tauromaquia». Martín Vicente, A. (1998): “Naturaleza de los toros bravos”, en Revista de Estudios Taurinos, n.º 8, págs. 111-134. Ramos-Paúl, L. (1999): Sentir ecuestre, próls. de A. Dewewer, F. de Parias, M. Orta, A. Colestre, D. Fisher, J. Brillas, S. Bastida, M.ª Infante da Camara, M. Fondón, M. Muñoz, J. Murruaga, C. Frejeiro y M. Carvajal, Sevilla, Lettera, La Cultura del Caballo. Romero de Solís, P. (1987): “Un torero en Nueva York. Sobre la conferencia de Ignacio Sánchez Mejías en la Universidad de Columbia” en Quites, n.º 6, Valencia, Diputación Provincial, págs. 13-20. Sánchez Mejías, I. (1987): “La Tauromaquia. Conferencia pronunciada en la Universidad Columbia de Nueva York en 1929”, ed. de P. Romero de Solís, en Quites, n.º 6, Valencia, Diputación Provincial. Pedro Romero de Solís 46