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Ordóñez en Hemingway

Cortines Torres, Jacobo

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Revista de Estudios Taurinos N ." 8, Sevilla, 1998, págs. 15-50 ORDÓÑEZ EN HEMJNGWAYI Jacobo Cortines Torres2 Fundación de Estudios Taurinos uchas veces la puesta de sol es el momento más hermoso del día. Tras un limpio amanecer y una s- ¡¡¡a -a radiante ascensión, la luz solar se va tiñendo de matices hasta acabar en un dorado y rojo resplandor. Traigo a cuenta el símil diurno, porque yo sólo vi torear a Antonio Ordóñez en el esplendor de su ocaso, años después de su retirada de los ruedos en 1971 . Y fue precisamente aquí · en Ronda, en la goyesca de 1975, cuando quedé deslumbrado por los fulgores de su toreo. Nunca había visto torear de esa manera y desde entonces acudí puntualmente a las pocas citas que la ocasión me depararía. No hablo, pues, desde la autoridad del viejo aficionado, sino desde la añoranza del neófito que le hubiera gustado saltar por encima del tiempo para contemplar aquello que ahora añora. Ese empeño es del todo imposible, pero de alguna manera ese vacío se ha ido llenando en primer lugar con la amistad con la que me ha 1 Conferencia pronunciada el 24 de julio de 1998, en Ronda, dentro del ciclo Antonio Ordóñez y el toreo de su época,-.organizado por la Fundación Ramón Carande de la Universidad Juan Carlos l de Madrid. 2 Profes or titular de Literatura de la Universidad de Sevilla. 16 Jacobo Cortines Torres honrado el maestro, en segundo con los amigos comunes que me lo fueron descubriendo con sus conversaciones y sus escritos, y en tercer lugar con lo que yo he podido entrever a partir de documentos gráficos y literarios. De ahí que haya elegido para el presente homenaje la figura de Antonio Ordóñez en la obra de Ernest Hemingway. Siempre me ha parecido interesante la relación entre Tauromaquia y Literatura, dos artes aparentemente distantes pero íntimamente ligadas, como todas las artes entre sí, por innumerables lazos, entre otros los de la entrega, la verdad y la sinceridad. Bien lo vieron así un Michel Leiris en su ensayo La literatura considerada como una tauromaquia, un Bergamín en La música callada del toreo, y tantos otros desde diferentes perspectivas, entre los que no quiero dejar de mencionar a mi buen amigo Alberto González Troyano con su magistral estudio El torero, héroe literario. No podía, pues, dejar escapar la oportunidad que se me brindaba, y he procurado indagar en aquella singular amistad entre el torero y el escritor que dio como su mejor fruto el extraordinario reportaje titulado El verano peligroso. Pero antes de adentrarme en aquel sangriento verano, permítanme que haga un poco de historia, porque aquella amistad y aquella visión del héroe que aparecen en sus páginas no podrían entenderse del todo si no tenemos en cuenta sus antecedentes. Ernest Hemingway vino a España por primera vez en diciembre de 1921, procedente de Nueva York. En compañía de Hadley, su primera mujer, desembarcó en Algeciras, marchó en tren hacia Madrid y luego continuó hacia París, donde se presentó ante Gertrude Stein con una carta de recomendación de Sherwood Anderson. Allí entró en contacto con los Ordóñez en Hemingway Ernest Hemingway Una obra inédita del gran maestro de la literatura norteamericana. El verano peligroso Fig. n. º 1 .- Portada de la edición española de El verano peligroso (Hemingway, 1986). ·17 18 Jacobo Cortines Torres · miembros de la generacwn perdida: John Dos Passos, Malcom Cowlys y Scott Fitgerald. Y fue precisamente Gertrude Stein, admiradora de Joselito y amiga de Belmonte, la que lo animó a volver a España para que asistiese por primera vez a una corrida de toros. As'í lo hizo en 1923 el escritor en ciernes, corresponsal entonces de un semanario canadiense, y vio en Madrid una corrida de la feria de San Isidro en la que alternaban Gitanillo de Riela, Chicuelo y Villalta. Las impresiones de esa corrida están recogidas en el artícufo que envió al Taranta Star con el título '.'La corrida de toros no es un deporte, es una tragedia", tragedia en tres actos, el último de los cuales es la muerte del toro a manos del espada. Años más tarde recordaría esa primera impresión en estos términos: «Así, pues, fui a España para ver los toros y para tratar de escribir sobre ellos por mi cuenta. Creí que encontraría el espectáculo simple, bárbaro, cruel y que no me gustaría; pero esperaba también encontrar en él una acción definida, capaz de darme ese sentimiento de la vida y de la muerte que yo .buscaba con tanto ahínco» (Hemingway, 1977: 9). A partir de este momento los toros se convirtieron para el joven norteamericano en uno de los ejes de su existencia. Nuevamente por recomendación de su mentora, volvió ese mismo año a España para asistir a los sanfermines. Las experiencias de los diferentes sanfermines en los que participó en esos años culminarían no ya en artículos o relatos cortos, sino en una novela The sun also rises ( 1926), popularizada con el título de Fiesta. Hemingway encontró en aquellas fiestas del norte lo que buscaba con tanto afán: el espacio que necesitaba su exuberante vitalidad. Era entonces un joven con cierto aire de Ordóñez en Hemingway 19 galán de cine, deportista aficionado al boxeo, al béisbol, a la caza y a la pesca, un viajero ávido de aventuras y riesgos, un ex combatiente heriqo en la Gran Guerra, un vitalista ebrio de nuevas sensaciones y de alcohol, pero, por encima de todo, era un escritor con una gran vocación y un estilo personal, forjado en el periodismo y en los círculos americanos de París, vigoroso e incisivo, que pretendía despojar al inglés de elementos innecesarios. Hemingway emplea esta renovadora técnica en Fiesta, que no es propiamente una novela taurina, sino una sucesión de escenas rápidas y de diálogos aparentemente triviales que reflejan con desnudo realismo la existencia cotidiana de unos personajes que quieren vivir la vida en plenitud. Pero como se afirma en uno de los primeros diálogos: «Nadie vive jamás la vida en toda su intensidad, excepto los toreros» (Hemingway, 1962: II, 12). De la bohemia parisina, escenario de todo el libro primero, se traslada la acción a España, primero al marco natural de un río truchero; · después a Pamplona, para terminar en el libro tercero, muy breve en relación con los otros, en Madrid. Pamplona en fiestas es el núcleo de la narración. Los . toros adquieren protagonismo en las escenas de desencajonamiento, encierros y corridas, pero el ambiente, la explosión bullanguera, el goce colectivo, los contrastes entre bacanal y tragedia son, más aún que los toros, los verdaderos protagonistas. «Al mediodía del sábado seís de julio, la fiesta estalló. No hay otra manera de expresarlo» (Hemingway, 1962: 128). Con esta escueta afirmación comienza ya hacia el final de la novela, concretamente en el capítulo XV, del total de los XIX de que consta, la descripción de los sanfermines. El narrador no se limita a ser mero testigo de la fiesta, sino que se pre- 20 Jacobo Cortines Torres senta ante los lectores, encarnado en el personaje de Jake Barnes, como activo participante, bien corriendo como uno más en los encierros o lidiando toros embolados, y por supuesto bebiendo más que muchos juntos. En este festivo ambiente, mezclado con amores, celos y frustraciones, surge la figura del torero con muchas de las características del héroe literario, según la tradición novelística. Ese torero que en la ficción se llama igual que el mítico torero de Ronda, Pedro Romero, no es otro que el rondeño Cayetano Ordóñez, el Niño de la Palma, padre del futuro y definitivo héroe del Hemingway de El verano peligroso: Antonio Ordóñez. A Cayetano Ordóñez, que contaba por aquel entonces con 19 años, se le esperó por su toreo elegante y clásico como al sucesor de Joselito. Por una crónica del influyente Gregario Corróchano, la titulada "Es de Rónda y se llama Cayetano", levantó «un. clamoroso huracán de esperanzas». La expresión es de _su biógrafo, Antonio Abad Ojuel, que ve en el título de la crónica, y no en el contenido de la misma, el misterio de tal alcance. El Niño de la Palma había tomado la alternativa el 11 de junio en Sevilla y se presentaba, pues, en Pamplona como matador. A Hemingway le interesó más que los otros con los que alternaba -Belmonte, que reaparecía, El Algabeño, Maeray, lo escogió como héroe para su novela. Así lo describe con precisión fotográfica Jake Barnes el día en el que lo vio por primera vez: «El muchacho hallábase de pie, muy erguido y sin sonreír, vestido con su traje para la corrida. La chaqueta estaba colgada sobre el respaldo de una silla, terminaba justamente de enrollarse la faja. Sus negros cabellos brillaban bajo la luz eléctrica. Tenía una camisa de lienzo blanco y el mozo de estoques terminó de enrollar la Ordóñez en Hemingway 21 faja, se levantó y dio un paso atrás. Pedro Romero inclinó la cabeza, muy distante y digno cuando nos dio la mano. Montoya dijo que éramos grandes aficionados, que le queríamos desear buena suerte. Romero escuchó muy serio. Luego se dirigió a mí. Era el muchacho. más mozo que he visto en la vida» (Hemingway, 1962: XV, 137). Respetuoso, distante, digno y serio, además de buen mozo, son los rasgos con los que se le. caracteriza en esta descripción. Veremos más adelante en qué coincide y en qué se diferencia con el retrato del hijo que se haga casi treinta · años más tarde. Lo que en el libro se resalta es la naturalidad, la verdad y la elegancia de su toreo frente a los trucos y retorcimientos de los otros. He aquí un ejemplo significativo: «Romero no hacía contorsión alguna, siempre estaba recto, puto, natural en línea. Los otros se retorcían como sacacorchos, con los dedos levantados, y los apoyaban contra los costados del toro, después que el cuerno había pasado, para dar una falsa impresión de peligro. Luego, todo lo que era falso ·era malo y daba una sensación desagradable. El toreo de Romero tenía una emoción real, porque conservó la absoluta pureza de las líneas en los movimientos y, siempre quieto y tranquilo, dejando pasar los cuernos todo lo más cerca de él. No tuvo que poner de relieve su proximidad. Brett vio que algo era hermoso si se hacía cerca del toro, era ridículo si se hacía a una prudente dis-· tancia. Le ·conté cómo desde la muerte de Joselito, todos los toreros habían ido desarrollando una técnica que simulaba la apariencia de peligro para dar una sensación de emoción y engaño, mientras que en realidad el torero estaba seguro. Romero tenía «lo viejo»: conservar la pureza de líneas a tra- 22 Jacobo Cortines Torres vés del máximo peligro, mientras dominaba al toro haciéndole que se diera cuenta de que no lo podía alcanzar, en tanto lo preparaba para la estocada» (Hemingway, 1962: XV, 141 ). Según esta apreciación, Pedro Romero era el continuador de la mejor tradición, el , que conservaba la pureza frente a los corruptores, el artista que practicaba la verdad de la lidia que había de culminar con la muerte. del toro. No se puede hacer mayor elogio de un torero. Descrito con tales cualidades técnicas y artísticas, se le presenta además corno un hombre <<nada engreído o jactancioso» (pág. 146), que hablaba de su trabajo como de algo completamente ajeno a sí mismo. Un ser así, sencillo, valiente, artista y guapo, tenía que encender la llama amorosa entre las espectadoras, y en la novela había una de excepción: la circe del grupo, la irresistible e impulsiva Lady Brett, con la que al torero se le hará tener un apasionado romance. Años más tarde aclararía el propio Hemingway: «Todo lo que en ese libro se narra acerca de la corrida es exactamente lo que sucedió. El resto, lo que ocurre fuera de la plaza, es pura invención, Cayetano lo ·sabía y nunca se quejó de la obra» (Herningway, 1986: 3 7). El Niiio de la Palma, transmutado en Pedro Romero, era el torero que necesitaba una narración como Fiesta. Era el torero de la esperanza, el que iba a restaurar y renovar el panorama taurino, el torero con el que podían soñar los aficionados, tanto los castizos que le veían como aquel que arrojara a los mercaderes del templo de la Tauromaquia, como los nuevos que proyectaban en él una idea romántica de España, tal el caso del personaje central de la novela, el americano venido de París que descubría en el ruedo «el único lugar donde se puede ver la vida y la muerte» (Hemingway, 1977: 8). Pero para el escritor ese entusiasmo Ordóñez en Hemingway Fig. n .º 2. -Cayetano Ordóñez, Niíio de la Palma, en mayo de 1936 (apud Abad Ojuel, 1988: 68). 23 30 Ja co bo Co rtines Torres manera ordenada y razonada de llevar las tres etapas de la lidia hacia el definitivo final de la muerte del toro, y en esto aún le era superior. Más adelante continúa: «La primera vez · que vi a Antonio Ordóñez me di cuenta de que podía realizar todos los pases clásicos sin engaño, de que era capaz de matar bien si se lo proponía y de que era un genio con la capa. Comprendí que poseía las tres grandes cualidades de un matador: coraje, habilidad en su profesión y gracia ante un peligro mortal» (Hemingway, 1986: 38). Valor, técnica y belleza ante . el peligro, la trinidad esencial en el arte Fig. n .º 4.- Hemingway en el callejón (apud Abad Ojuel, 198 8: 17 5) . de torear. Ordóñez, pues; está caracterizado desde el principio, antes aun de que comience la acción . del Verano, como un héroe sin carencias. Detrás de él está sin duda la sombra del padre, la herencia clásica que lo entronca con la mejor tradición de la supuesta escuela rondeña, pero Ordóñez en Hemin gw ay 31 . v.t~:'O · - ~ . J.~ .. ~.z 11~ t i . . '· , ' ' " . . . . -- . - .. - . . .___. l Fig. n.º 5. -Antonio Ordóñez al natural (apud Abad Ojuel, 1988: 183). 32 Jacobo Cortines Torres ya no hay temor a la desilusión. El propósito del escritor de no iniciar nuevas amistades con toreros por fortuna se ha desvanecido. El es el primero en no seguir los buenos consejos que se dio a sí mismo o que le inspiraran sus temores. Tras haberlo visto torear de la manera descrita, tiene lugar el primer encuentro personal. Hay en esa deseripción circunstancias que recuerdan a las del encuentro con el padre, por ejemplo el mismo escenario: la habitación del hotel, y ante el mismo testigo: en Fiesta Montoyá y aquí Juanito Quintana , acompañado de Jesús Córdoba, pero existen también sustanciales· diferencias. Antes de entrar en ellas, veamos cómo se desarrolla la escena: «Antonio yacía desnudo en la cama excepto por una toalla colocada a manera de hoja de parra. Lo primero que advertí fueron sus ojos: los ojos más negros, brillantes y alegres de cuantos ·se han visto, junto con una maliciosa sonrisa de pillete, y no pude evitar advertir los costurones qµe tenía en el muslo derecho. Antonio me tendió la mano izquierda, pues se había hecho un feo corte en la derecha con el estoque al matar al toro, e invitó: »- Siéntese en la cama. Dígame, ¿soy tan bueno como mi padre? »Así que, contemplando aquellos ojos extraños, desaparecida su sonrisa junto con cualquier duda acerca de si seríamos amigos, le aseguré que era mejor que su padre y le expliqué lo bueno que éste había sido. Luego, hablamos de su mano. Afirmó que volvería a torear al cabo de dos .días. El corte era profundo pero no había afectado los tendones ni los ligamentos. Le anunciaron la conferencia que había puesto a su novia, Carmen, hija de Dominguín, su apoderado, y hermana del matador Luis Miguel, por lo que salí de la habitación para alejarme del teléfono. Cuando concluyeron me des- Ordóñez en Hemingway Fig. n .º 6. -Cayetano y Antonio Ordóñez en 1958 (apud Abad Ojuel, 1988: 203). 33 34 Ja co bo Co rtines Torres pedí. Acordamos vernos con Mary en El Rey Noble y desde entonces hemos sido amigos» (Hemingway, 19 .86: 39). Allí, en Fiesta, el diestro aparecía erguido, de pie, vestido o revestido con sus sagrados ornamentos, antes de torear. Aquí, en El Verano, al hijo se le presenta echado en la cama, casi desnudo, después de haber estado en la plaza. En uno, en Pedro Romero, le llamó la atención la negrura del pelo brillando bajo la luz eléctrica; en el otro, Antonio, el negro de los ojos, brillantes y alegres, pero además las cicatrices del muslo. Uno está serio, el otro sonríe maliciosamente como un pillete. Uno inclina la cabeza al darle la mano y se muestra distante, el otro le tiende la izquierda a causa de la herida en la derecha y le invita cómplicemente a sentarse en su cama. Aquél le hace una pregunta intrascendente en inglés (si asistirá a la corrida), éste una en español que revela las dudas o las ansias de que se le confirmen sus deseos más íntimos (¿soy tan bueno como mi padre?). La respuesta del escritor no sólo es afirmativa, sino que gana en relieve al reivindicar la bondad del progenitor. En Fiesta no había más diálogo con el torero; aquí hablan sobre la mano herida. Pedro Romero aparecía como un ser solitario, sin más compañía que su mozo de estoques y los tres satélites; Antonio, rodeado de cariño, con el aviso de la conferencia de la novia. Entre Romero y Barnes no hubo nada -aparte de admiracióntras el encuentro, en todo caso celos a causa de la competencia por Brett; entre Antonio y Ernesto, una amistad creciente que durará hasta la muerte. Dos encuentros, en consecuencia, muy distintos y reveladores de dos etapas diferentes: la de aquella juventud turbulenta y frágil en las ilusiones, y la de la madurez, más serena, aunque no menos vitalista, y sustenta- Ordóiiez en Hemingway 35 da en una apuesta más sólida. En la primera el punto de vista del escritor era el del recién iniciado en los misterios que se deslumbraba con los brillos; en la segunda, el de quien retorna con ojo crítico y no se deja engañar por espejismos. Fig. n.º 7. -Hemingway dispara sobre un ·cigarrillo que sostiene Antonio Ordóñez con su boca (apud Hemingway, 1986: 125). Todo este primer encuentro del escritor con el torero va encaminado a presentar a los lectores el personaje que protagonizará la narración, porque El verano peligroso es reportaje periodístico, y· del ·mejor, pero es al mismo tiempo un apasionante relato, con el empleo de leyes y recursos propios del género narrativo. Por eso no hay que buscar en la obra una realidad ni más allá ni más acá de la literaria, aunque esto no suponga que sea pura ficción y que no haya 36 Jacobo Cortines Torres conexión entre vida y literatura. Digámos, ante todo, que tal y como nos ha llegado a los lectores españoles El verano peligroso esa relación se hace más dificil de establecer en cuanto lo que tenemos entre las manos no es el texto original del escritor, sino la fraducción de una síntesis elaborada por sus editores. Sabido es que tras el éxito de El viejo y el mar, publicado por entregas en la revista Lije, le encargaron · a Hemingway un reportaje taurino de 10.000 palabras para ~l mismo semanario. El Nobel se entusiasmó con la propuesta, acotó personajes, tiempo y espacio -la rivalidad entre Antonio Ordóñez y su cuñado Luis Miguel Dominguín durante el verano de 1959y se lanzó a escribir superando con mucho el encargo. Elaboró un texto de 120.000 palabras que los editores se negaron a reproducir en su totalidad, para lo cual encargaron a A. E. Hotchner, amigo de Hemingway y compañero de aquel viaje, que lo redujera a 70.000, que . fue el que apareció en la revista y que póstumamente se compendió en las 45.000 de la versión del libro publicado en 1984. En este texto, reducido a lo esencial del voluminoso manuscrito, es en el que me baso para trazar estas observaciones, provisionales y limitadas, hasta tanto no puedan constatarse con el inaccesible original. El libro, en la edición española de la editorial Planeta, aparece dividido en XIII capítulos, precedido de un prólogo firmado por James A. Michener, donde se informa de los avatares del manuscrito. Los dos primeros capítulos, en los que se presentan a los dos rivales, recogen las estancias del escritor en España en los años de 1954 y 1956. Funcionan como una introducción a la historia que comienza propiamente en el capítulo III con la llegada del escritor y su séquito, a princi- Ordóí 'iez en Hemingway 37 pios del verano de 1959, para asistir al duelo entre los toreros. Luis Miguel había decidido retornar a los ruedos en 1953 y se encontraba entonces en la plenitud de sus formas. Apoderados y empresarios, conscientes del buen momento por el que atravesaban los dos diestros, decidieron en la temporada de 1959 organizar una serie de festejos en los que intervinieran juntos . Fig. n.º 8.- Luis Mi guel Dominguín en un pase natural (apud Hemingway, 1986: 169). La rivalidad siempre había· sido uno de los ingredientes de la fiesta desde los tiempos de Frascuelo y Lagartijo, Guerra y Bombita, o Joselito y Belmonte, pero esas competencias eran muchas veces más ficticias que reales, más movidas por inte- 38 Jacobo Corlines Torres reses económicos que por rivalidades personales. También en esta ocasión parece ser así, pero Hemingway aprovechó la circunstancia para establecer en su reportaje un verdadero duelo a muerte entre los dos toreros, una rivalidad con resonancias internacionales, un enfrentamiento personal que anunciaba iba a ser dramático, peligroso y que podría resultar mortal. El reportaje, dirigido a un amplísimo público con mayoría internacional de no aficionados, buscaba interesar con el suspense de una competencia inventada la continuidad y el éxito de las sucesivas entregas. Para esto era necesario, una vez presentado en las primeras páginas el protagonista, Antonio Ordóñez, como el héroe sin tacha, buscarle inmediatamente un rival digno de su categoría, y este papel de antagonista fue el elegido para Luis Miguel Dominguín, autoproclamado como el número uno, que a su vez era su cuñado. Consciente o inconscientemente, Hemingway seguía la recomendación aristotélica del parentesco, formulada en la Poética, para potenciar los efectos dramáticos de la tragedia, pues no olvidemos que años antes había definido las corridas como verdaderas tragedias en el sentido clásico del término. Las simpatías del escritor estaban claras desde el principio; no engañaba con ello a sus lectores. Hemingway opta por Ordóñez y le somete a un duro camino de perfección enfrentándole a un peligroso rival: El precio será su sangre y · el galardón final la victoria sobre el contrincante, que también saboreará otros triunfos y dejará teñida de rojo la arena de los ruedos. La crónica de esta rivalidad está escrita con el estilo vigoroso, preciso y sugerente que caracteriza la prosa del Nobel. Es como una gran película en la que se van dosificando las escenas de dolor y triunfo en ese cambiante esce- Ordóñez en Hemingway 39 nario de la variada geografía de España. Atento siempre a cuanto veía dentro y fuera del ruedo, a las imágenes exterioFig. n.º 9. -Antonio Ordóñez es sacado de la plaza tras recibir una cornada el 30 de mayo de 1959 en Aranjuez (apud Hemingway, 1986: 108). res, pero también a sus imágenes interiores, sus recuerdos, sueños y deseos, el escritor fue modelando la imagen de su persona Je. Antonio Ordóñez es alguien que cada vez tiene más confianza en sí . . mismo y se siente más seguro, un león que se supera con las heridas recibidas; un to:. rero maduro, un hombre valiente y alegre al que le gusta mofarse de los asuntos más serios (Hemingway, 1986: 64), capaz de enfrentarse a todo lo que saliera de un toril (ibíd. pág. 72), que lidiaba bajo una mezcla de beatitud y rabia inteligente (ibíd. pág. 87), que al son de la música, resultaba tan 46 Ja cobo Co rtines Torres Hemingway volvió de nuevo a España al año siguiente, pero ya no era ni sombra del que fue. Enfermo y debilitado, sometido a inhumanos tratamientos de electric shocks, incaFig. n. º 14. -Antonio Ordóñez, con su padre el Niño de la Palma y Ernest Hemingway (apud Abad Ojuel, 1988: 203). pacitado para seguir escribiendo, decidió sacar la muerte de su bolsillo y encontrarse con ella en la eternidad. Ocurría en su casa de Ket-chum, en las vísperas de los sanfermines de 1961. Aquí, en su Obra, dejaba su visión del mundo, su visión de los toros, desde la juvenil Fiesta hasta el maduro Verano. En estos 1 ibros, dos toreros de Ronda, un padre y un hijo, Cayetano y Antonio. En este último cristalizó la acción definida que buscó con tanto ahínco, esa plenitud del senti- Ordóñez en Hemingway 47 miento de la vida y la muerte que le produjo tanta felicidad. El Antonio Ordóñez de Hemingway es un héroe literario hecho a la medida del deseo del escritor, es la culminación de Fi g. n.º 15. - El Ta jo de Ronda (apud Abad Ojuel, 1988: 13 !). un proceso que se había iniciado muchos años antes, pero ese personaje responde al mismo tiempo a la reali.,.. dad en la que se basó. Cuanto he leído de Ordóñez en Hemingway parece coincidir con lo que han dicho otros de su majestuoso y clásico toreo. Desde luego coincide plenamente con aquel Ordóñez que tuve la suerte de . presenciar en aquellas goyescas crepusculares, ·en su Ronda natal, una de las cunas del toreo y la ciudad que es toda ella un escenario romántico. Y me viene a la memoria todo lo feliz que yo fui en aquellas ocasiones entre los buenos amigos, el vino generoso, el espectáculo del Tajo, la majestad de la Serranía, la belleza de su plaza de piedra, pero sobre todo 48 Jacobo Cortines Torres gracias al sentimiento del toreo de Antonio Ordóñez, alto y hondo, como la misma Ronda. Gracias, maestro, por lo mucho que has hecho y por estar hoy entre nosotros. Ordóñez en /-/ e ming way 49 BIBLIOGRAFÍA Abad Ojuel, Antonio (1988): Estirpe y tauromaquia de Antonio Ordóñez, Madrid, Espasa-Calpe. González Troyano, Alberto (1988): El torero, héroe literario, Madrid, Espasa-Calpe. Hemingway, Ernest (1962): Fiesta, versión castellana de José Mora y John E. Hausner, Barcelona, Plaza & Janés. ___ (l 977): Muerte en la tarde, traducción de Lola Aguado, Barcelona, Planeta. ___ (1986): El verano peligroso, introducción de James M. Miche~er, traducción de León Ignacio, Barcelona, Planeta. · Iribarren, José María (1984): Hemingway y los Sanfermines, Pamplona, Editorial Gómez-Edyvel.