scieee AI-readable full text Open interactive document viewer

La calle de la Cabeza : romance tradicional

Full text

ROMANCE TRADICIONAL. <r C NUMERO 2. I. Confuso tropel de gentes de una habitación modesta, como viviente hormiguero, la humilde entrada rodea. Aun mismo tiempo hablan todos, todos un crimen comentan, yvuelan los pensamientos en conjeturas diversas. Quién dice, que ámedia noche pasos sintió en la escalera, yal mismo tiempo el sonido de un cuerpo que forcejea; Que oyó enormes cuchilladas, abrir ycerrar las puertas, yhasta una legión de brujas aullando como las ñeras. Quién asegura, que solo de un sacerdote las penas, dieron origen al caso tan triste que se lamenta. Tquién, juzgando herejía tamaña opinión, condena áun criado de confianza que se largó con su hacienda. Ycomo nunca de chuscos la muchedumbre escasea, que siempre arrastran los vientos ! semillas malas ybuenas, Entre los que así discurren no falta quien, por su cuenta, saque unos catorce muertos, sin incluir áuna muerta. Porque para él las mujeres que álos cincuenta se acercan, no son personas mayores, que son solamente viejas. Pero, dejando que piense cada cual ásu manera, subamos al aposento con el alcalde, que llega. Y, pues, ansioso te miro de adivinar la ocurrencia, yeres, lector, mas curioso que dama de una comedia, Mientras entiende el juzgado en tan confusa materia, ybúscase al delincuente, yel delincuente se aleja, Yhabla Madrid unos dias de la aventura funesta, ydel proceso resulta la oscuridad mas completa, Oye el relato, que, luego por el misterio que encierra, dio nombre ála que boy se llama la Calle de la Cabeza. II. Delante de un crucifijo, de la religión enseña, con ambos ojos en él, ytimbas rodillas en tierra, Rezando está un sacerdote sus oraciones postreras para entregarse al descanso de cuotidianas tareas. Yaunque su trage es sencillo, ysencilla su vivienda, guarda un caudal de virtudes, yotro caudal de monedas. Ydiz que un sirviente suyo, según las crónicas cuentan, entre ambiciones bastardas, alimentaba una idea. Mas nunca el labio imprudente dejó escapaT ni una queja, que demostrara los sueños de su mezquina existencia. Así el sacerdote humilde, con espresiones sinceras, le guarda siempre un elogio por su conducta ysus prendas. Y, como flor que su aroma al blando céfiro presta, prestó sus hondos secretos ála fingida inocencia. Distintas veces el oro miró el sirviente de cerca, ytanto el brillo cególe, que le obligó áandar áciegas. Por eso tras la cortina, que aquel aposento cierra, del sacerdote piadoso los movimientos observa. ¡Ya le ve alzarse!.... Háeia el lecho dirige su planta trémula, la blanda paz del espíritu llevando en su rostro impresa. Yen tanto que sus miradas con las del sueño se encuentran, el corazón del malvado llamando está ásu conciencia. ¡Mas qué importa! Si aun es tiempo de retroceder, es mengua que el que una empresa concibe, jamás termine su empresa. Ya el sueño tendió sus alas; ya todo en silencio queda; un paso mas.... Nadie mira... nadie sus planes acecha. El porvenir será suyo, ypronto en estrana tierra .» podrá gozar del tesoro que su delirio alimenta. Así creciendo su audacia con encontradas ideas, alza la cortina: en torno del lecho sus ojos ruedan.... ¡Duerme!... la acerada punta entre sus dedos aprieta, yácada paso que avanza, vuelve hacia atrás la cabeza. Llega por fin; breve instante al sacerdote contempla; mas de repente abrumado por la ambición que le aqueja, Con un movimiento brusco sacude atrás la melena, se arroja sobre su víctima, la voz en sus labios sella, Y, como flor deshojada por la furiosa tormenta, del cuerpo cae desprendida la venerable cabeza. Llega al arca; presuroso recoje el dinero; cierra; yal alejarse, en su huida, vuelve la vista ycontempla, Que ácada paso que avanza le van siguiendo sus huellas los ojos del crucifijo, yel grito de su conciencia. III. Corrieron algunos años yen brazos de la pereza, después de muchas hablillas, quedó la triste ocurrencia. Tal comprendió el asesino, cuando ála córte de vuelta, dejando el estraño suelo de Portugal, se presenta. Yde señor disfrazado, sin aparente cautela, el héroe de nuestra historia gozaba de la opulencia. Mas como la mona es mona aunque se vista de seda, ysuele saltar la liebre en donde menos se piensa, En pleno Rastro una tarde compró la humilde cabeza de un carnerillo, olvidando su nuevo trage yesfera. Prestóle abrigo su capa para ocultarla con ella, ysin escrúpulo alguno se encaminó ásu vivienda. Nadie al mirarle el semblante áun asesino advirtiera, que áveces mienten los ojos con mas valor que la lengua. Ytanto de aquellos sitios la animación le recrea, que no repara en la sangre, que va vertiendo en la tierra. Solo un alguacil lo mira, le corta el paso, yse acerca, yentre los dos de esta suerte un diálogo se atraviesa. —¿Qué bulto es ese? —¿Qué bulto? —El que ocultáis. —Por mi abuela que la pregunta es donosa, ybien merece respuesta. Ydescubriendo el embozo con magestad madrileña, estiende el brazo; mas luego, su mano ála frente lleva — —¡Castigo del délo! eselama, ycon satánica fuerza arroja al suelo de un hombre la ensangrentada cabeza. ¡Soy un asesino! grita. ¡Justicia de Dios es esta! ¡Mis propias manos me venden! ¡Clemencia, Señor, clemencia! Yen medio ála muchedumbre, que furibunda le asedia, la eterna mansión del crimen de nuevo se le presenta. Yen vano quiere ocultarse de dos testigos que hielan: los ojos de un crucifijo, yel grito de su conciencia IV. En derredor de un tablado, donde una víctima espera, con resignación sagrada, de la justicia la fuerza. yel santo arrepentimiento le abrió del cielo las puertas. El rey mandó que labraran en el lugar de la escena una cabeza, que fuese de la tradición emblema. Yla que al mundo mostrara del criminal la honda huella; volvió ásu antigua figura cumplida al fin la sentencia. Dejando el triste suceso, por el misterio que encierra, el nombre ála que hoy se llama la Galle de la Cabeza. A. B. yC. ES PROPIEDAD. Un pueblo agolpado bulle , como una hirviente marea, yel desenlace sangriento aguarda con impaciencia. De pronto cesa el bullicio; se ve al verdugo... se acerca; con un sacerdote anciano la humilde víctima reza, Yluego un nuevo murmullo, que vuelve áescucharse, muestra que ya la justicia humana quedó cumplida en la tierra. Si un crimen formó un culpable lavó un cadalso su afrenta, DEPÓSITO CENTRAL, LIBRERÍA DE LA VIUDA ÉHIJOS DE D. J. CüESTA, Carretas, 9. MADRID: 1870. ESTABLECIMIENTO TIPOGRÁFICO DE EDUARDO CüESTA Rollo, 6, bajo.