Mando en Cuba del Teniente General D. Camilo G. Polavieja : copia de la memoria dirigida al Excmo. Sr. Ministro de Ultramar en 22 de Diciembre de 1892
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MANDO EN CUBA DEL TENIENTE GENERAL D. CAMILO G. POLAVIEJA sos - COPIA DE LA MEMORIA DIRIGIDA AL Excmo. Sr. MINISTRO DE ULTRAMAR EN 22 DE DICIEMBRE DE 1892 í MADRID EST. TIP. DE LOS «SUCESORES DE RIVADENEYRA» IMPRESORES DE LA REAL CASA Paseo de San Vicente, núm. 20 1896
MANDO EN CUBA DEL TENIENTE GENERAL D. CAMILO G. POLAVIEJA 3&¡¿ COPIA DE LA MEMORIA DIRIGIDA AL Excmo. Sr. MINISTRO DE ULTRAMAR EN 22 DE DICIEMBRE DE 1892 MADRID EST. TIP. DE LOS «SUCESORES DE RIVADENEYRA» IMPRESORES DE LA REAL CASA Paseo de San Vicente, núm. 20 1896
Excmo. Sr. MINISTRO DE ULTRAMAR Excmo. Señor: La dolencia física que me aquejaba durante el último período de mi estancia en la Habana me impidió dar cumplimiento ála disposición soberana en cuya virtud los Gobernadores generales de las provincias españolas situadas en el Mar de las Antillas óen el Pacífico deben, al cesar en el desempeño de su alto cargo, redactar, con destino ásu sucesor yremisión áese Ministerio, una Memoria que contenga la reseña de su gestión política yeconómica en el lapso de tiempo que hubiesen servido dicho empleo. Aunque mi digno antecesor en el Gobierno general de la Isla de Cuba omitió la observancia de la disposición de que queda hecho mérito, yo me proponía cumplirla puntualmente; yasí lo hubiera hecho áno impedírmelo la circunstancia expuesta, independiente de mi voluntad ysuperior áella. Una vez desaparecido tal inconveniente, como desapareció ápoco de mi llegada ála Península, parecióme pasada la ocasión de cumplir, en lo que ála primera parte del mismo respecta, el precepto mencionado;
4 pero me propuse atemperarme áél en el punto referente ádar cuenta áV. E. del resultado de mi gestión en el Gobierno superior de la citada Isla de CubaCumpliendo tales propósitos yobligaciones, tengo la honra de ofrecer áV. E. estas páginas, que contienen una relación sintética de las cuestiones de mayor importancia, que se han ofrecido en los veintidós meses en que, inmerecidamente, he desempeñado el puesto de Gobernador general de la Isla de Cuba; de la solución que he dado áunas yprocurado dar áotras, yde los resultados que me cupo la fortuna de alcanzar así en el orden político yen el de seguridad pública, que se reflejaron por modo evidente yde todos reconocido en el acrecentamiento de la riqueza general del país, como en la normalidad ymoralidad de la Administración pública, objeto de tan severas censuras ypiedra de escándalo antes de mi llegada ála Isla. De intento he demorado el cumplimiento del deber que lleno hoyTan seguro estaba de la serenidad de mi espíritu yde que mi juicio se hallaba exento de apasionamientos el día en que, de regreso de Cuba, arribé á las playas de la Península, como puedo estarlo hoy, en que es fuerza que el tiempo, ejerciendo su natural acción destructora, haya apartado de mi ánimo cuanta parcialidad pudiese haber en el mismo. Yo sé bien que no he tenido un momento de pasión, como no sea por el mejor servicio de la Patria ydel Rey; pero no basta que yo abrigue esta creencia; es preciso que los demás la tengan también yque ni por acaso vean en cuanto voy átener la honra de exponer áV. E. más que un trasunto rigurosamente exacto de la verdad. Aunque esta mi afirmación baste para que por nadie se dude de lo que asevero, V. E. tiene, con contentamiento mío, medio eficaz yconcluyente de comprobarlo.—Ahí, en ese Ministerio encomendado álos altos
talentos de V. E., deben existir, además de múltiples comunicaciones oficiales en que traté asuntos de este orden, las extensas Revistas políticas que todas las decenas elevé álos dignos Sres. Ministros que lo fueron durante mi permanencia en la Isla de Cuba, dándoles cuenta detallada del estado político, social yeconómico del país cuyo gobierno me estaba encomendado, ylas cartas políticas que en más de una ocasión, por entender que convenía que el Gobierno de S. M. conociese sin demora determinados asuntos, escribí, aprovechando los correos que por vía extranjera vienen áEuropa. En tales escritos, yen los documentos que ámuchos de ellos acompañé, hallará V. E., si estima oportuno examinarlos, comprobada la exactitud de cuanto me permito hoy someter ásu consideración. Orden público ybandolerismo. Dos cuestiones de importancia excepcional yde naturaleza urgente encontré planteadas ámi llegada ála Isla de Cuba: la de orden público en el terreno político, yla del bandolerismo, cuyo crecimiento, influencia y audacias repetidas afectaban hondamente ála seguridad de las personas yvías de comunicación éimpedían el desenvolvimiento de la riqueza del país. Las examinaré conjuntamente por la íntima relación que tienen entre sí. Ni la paz del Zanjón, ni el modo como se puso término ála segunda guerra separatista, en la cual me cupo la honra de mandar en Jefe las fuerzas de mar ytierra del departamento Oriental, territorio en que casi exclusivamente se desenvolvió la segunda insurrección, fueron parte para que los enemigos de España desistiesen
6 de sus propósitos de emanciparse de la madre Patria. — La deposición de las armas yla derrota fueron seguidas inmediatamente del inicio de una conspiración que subsiste aún yen cuyo término no hay que confiar, porque la tendencia separatista forma parte integrante yprincipal, por decirlo así, de la naturaleza de la casi totalidad de los criollos de la Isla de Cuba, sin excluir álos hijos de los peninsulares residentes en ella, pues, por punto general, éstos no ceden en su enemiga áEspaña álos descendientes de las más antiguas familias del país. Vencidos, pero no resignados, yacariciando siempre la aspiración ála independencia del territorio que España descubrió, conquistó ycolonizó, no cejan jamás en su labor de destruir por cuantos medios les proporcionan las leyes democráticas de imprenta, reunión y asociación, óles sugieren su proverbial astucia, aguzada por la pasión política, los cimientos de la soberanía española, sin renunciar por esto al deseo firmísimo, digan lo que quieran los que no conocen el país ólos que no lo conocen más que superficialmente, de conquistar, si es preciso, por las armas el triunfo de sus ideales. Ala implacable guerra que nos hacen en el libro, en la prensa periódica, en los establecimientos de enseñanza, en los centros de reunión, en el doméstico hogar ydonde quiera que un criollo puede, con cualquier motivo, manifestar sus sentimientos, únense las tendencias ylos actos de aquellos que por su historia yantecedentes, ópor su manera especial de ser, rechazan los medios pacíficos yproclaman, como único temperamento apropiado yeficaz para conseguir la independencia, la apelación ála guerra. Atales agitadores, que tienen muchos partidarios en la Isla, ysingularmente en la despoblada yfragosa provincia de Santiago de Cuba, en la cual, como V. E. sabe bien, prepondera la raza de color, que hemos dejado
—7— que nos sea arrebatada por nuestros enemigos, se debe en primer término la constante conspiración que mantienen de acuerdo con el no escaso número de cubanos refugiados en los Estados Unidos, Santo Domingo, Haití yJamaica, yla persistencia con que todos ellos procuran allegar recursos para verificar desembarcos filibusteros—más de una vez realizados—con los cuales alzar la bandera insurreccional en los campos de Cuba. Consecuencia inmediata, manifestación más bien de los trabajos revolucionarios, es la existencia del bandolerismo yla casi evidenciada imposibilidad de extinguirlo por completo. Si los que hasta ahora se han lanzado al campo hubiesen observado la conducta que comúnmente siguen aquellos que se arrojan águerrear con la sociedad, ósea, si hubieran hecho blanco de sus depredaciones yvejámenes ácuantos no hubiesen estado en condiciones de resistirles, es seguro que, no obstante que la topografía del terreno favorece en extremo la ocultación de individuos yhasta la de grupos considerables de hombres, yque la feracidad del suelo yla benignidad del clima permiten vivir largo tiempo en los bosques, los bandoleros no hubieran podido permanecer años yaños burlando la persecución de las autoridades. Pero es de pública notariedad que, salvo rarísimas excepciones, los bandidos no han dirigido nunca su acción contra los criollos, ymenos aún contra aquellos que habitan en los pequeños poblados ótienen sus viviendas aisladas en los campos.—En vez de molestar á los guajiros,han puesto siempre especial cuidado en mantener con ellos buenas relaciones, ácuyo efecto apelan ácuantos medios están ásu alcance, ora favoreciéndolos en sus apuros pecuniarios, ora recompensando con largueza los servicios que les prestan, todo lo cual pueden realizar contando, como cuentan, con el producto de lo que obtienen de los propietarios de fincas de im-
—i4— suelo feracísimo, se halla la provincia de Santiago de Cuba con aquella República, refugio también de cubanos expatriados, obliga áuna vigilancia extraordinaria. La que se ejerce resulta deficiente porque no tenemos las fuerzas de tierra ni los barcos necesarios para evitar que los mencionados buques introduzcan armas—que los campesinos ocultan cuidadosamente—yque por el mismo medio se mantenga una viva correspondencia entre los revolucionarios de fuera yde dentro de la Isla, si no es que, cuando les conviene, vayan yvengan emisarios que causan, por lo menos, el grave mal de mantener vivas las esperanzas revolucionarias. Apesar de la carencia de recursos; ápesar de que, por razón de aminorar en una cantidad insignificante los gastos públicos—aminoración que habremos de pagar bien cara algún día—fué en dos ocasiones reducido el ya insuficiente personal de policía, pude, áfuerza de desvelos yde sacrificios pecuniarios, hechos con destino al pago de confidencias yde agentes especiales que sostenía dentro yfuera de la Isla; pude, repito, estar al tanto de los proyectos de los enemigos de España y desbaratarlos antes de que los pudiesen llevar áejecución. En el mes de Octubre del año último, instigados por Maceo, Crombet yCastillo, yesperanzados con la importancia de los recursos materiales que, por los medios antes indicados, habían logrado reunir, se decidieron á lanzar al campo en la provincia de Santiago de Cuba numerosas partidas; mas, avisado oportunamente, pude también esta vez destruir tales planes, aunque para ello fué preciso, porque la intentona era de importancia, enviar rápidamente buques de guerra con objeto de que con su vigilancia en las costas impidiesen los desembarcos preparados, ybastantes fuerzas de infantería ycaballería que desde diversos puntos de la Isla
fueron ásituarse en los puntos más peligrosos, dispuestos ácaer sin pérdida de un momento sobre las partidas que se levantasen. Sorprendidos los revolucionarios por la prontitud con que acudió la fuerza pública, desistieron de sus propósitos, no sin que algunas tropas yla Guardia civil tuviesen encuentros con grupos armados, yno sin que hubiese que perseguir áéstos hasta que, protegidos por la espesura de los bosques, lograron dispersarse. También en esta ocasión me vi precisado ádisponer que saliese de la Isla Ángel Guerra, conocido revolucionario que, en nombre ycon la representación de Maceo, había preparado la intentona. La situación creada por el bandolerismo era, aunque en otro concepto, no menos grave que la que ofrecían los proyectos revolucionarios en punto áorden público, pues, alentados los bandidos por la impunidad en que vivían, realizaban constantemente actos de inaudito atrevimiento, que, ála par que aumentaban su prestigio entre la gente del campo yacrecían el temor que inspiraban, hacía imposible la vida agrícola éindustrial del país, pues los hacendados que no les pagaban los crecidos tributos que les exigían no podían visitar ni explotar sus fincas. Según queda dicho, era muy expuesto viajar hasta en ferrocarril, yes de pública notoriedad que, en más de una ocasión, los robos yasesinatos se verificaron ála luz del día en poblados de importancia, yque, no una vez sola, los habitantes de los arrabales de la Habana tuvieron que huir de sus viviendas porque hasta ellas tenían la osadía de llegar los individuos de la partida de Manuel García. La Isla entera, excepción hecha de la provincia de Puerto Príncipe, se hallaba infestada de bandoleros á cual más atrevidos, contribuyendo por modo poderoso
—i6 — al mantenimiento de esta situación verdaderamente intolerable la falta de unidad de pensamiento para la persecución ylas rivalidades entre los Gobernadores militares ylos civiles, que se reflejaban en sus disposiciones encaminadas ádicho objeto, yaun entre las fuerzas que operaban contra los malhechores. Decidido áponer término al bandolerismo hasta donde fuese posible, yáconcluir inmediatamente con las causas que contribuían áque fuese ineficaz la persecución, establecí, bajo mi dirección inmediata, un Centro encargado de entender exclusivamente en todo lo relativo áaquella plaga.—No tengo sino motivos para felicitarme de semejante acuerdo, que mereció ser aprobado por S. M. según Real orden que me fué comunicada por el Ministerio de la Guerra, pues desde el momento en que comenzó áfuncionar tal organismo; desde que hubo unidad de pensamiento en la persecución ;desde que hubieron de cesar necesariamente competencias, que redundaban en daño del servicio, ydesde que se emplearon contra los bandoleros los medios ylos recursos apropiados álas condiciones del país, mi plan comenzó ádar el fruto que yo esperaba y las cosas cambiaron radicalmente de aspecto. Apoco de iniciada por mí la persecución, renació la confianza pública; los propietarios que hacía años que, por temor álos bandidos, no visitaban sus fincas, pudieron hacerlo tranquilamente ydirigir las operaciones de la siembra yde la zafra sin que nadie los molestase; sin recelo alguno ha viajado el que ha querido por donde yen la forma que ha estimado conveniente; y esta confianza que desde el principio logré inspirar, y que he tenido la fortuna de no defraudar, ha hecho que la riqueza pública se haya desarrollado considerablemente, como lo prueban los extensos terrenos antes cubiertos de monte yhoy dedicados al cultivo, el
17 — montaje de nuevas fábricas, el fomento de muchos ingenios, la construcción de otros que estaban abandonados, el resultado de las dos últimas zafras, que son las mayores que se han conocido jamás en la Isla, yla enorme suma que representa la maquinaria adquirida por los propietarios con el fin de poder moler más caña ymejorar las condiciones del azúcar yde los demás productos que obtienen de aquella planta. La zafra del año 1890 llegó á751.832 toneladas de azúcar, yla de 1891, que terminó poco antes de mi salida de la Isla, á915.000, ósean 163.168 más que el año anterior, ápesar de que el fuerte temporal de aguas que se presentó durante la primavera causó una baja que se calculó en más de 60.000 toneladas. La maquinaria pedida al Extranjero con destino álos ingenios, fué por valor de 4*/#millones de pesos. El tabaco se recogió yterció también sin novedad, ápesar de las amenazas que formulaban los bandidos, y que llegaron hasta mí. Como existen en ese Ministerio copias de las comunicaciones que cada decena he dirigido al de la Guerra dándole cuenta de los resultados que se iban alcanzando en la persecución del bandolerismo, no debo molestar áV. E. extendiéndome más respecto al particular; pero con objeto de que esta parte de la Memoria no quede incompleta, permítame que apunte las cifras que demuestran los resultados obtenidos. Desde que entró en funciones el «Gabinete Particular» yse organizó debidamente la persecución del bandolerismo hasta mi salida de la Habana, fueron capturados 164 individuos acusados de delitos comprendidos en la ley de 25 de Junio de 1888, complementaria de la de Secuestros; la fuerza pública ha dado muerte á 43 bandidos, yhan sufrido la última pena, en virtud de sentencia de los Tribunales, veinte.
—i8 — Durante la misma época sólo ha habido dos secuestros, algunos robos de escasa monta ymuy pocos incendios; pues si bien éstos en la zafra de 1891 llegaron al número de 461, hay que descontar 416 que fueron casuales, ytener en cuenta que entre los que figuran como intencionales hubo varios producidos por los dueños de las colonias. —No hay en Cuba quien ignore que á este medio suelen apelar los colonos qué siembran caña por su cuenta para obligar al dueño del ingenio, áquien se la tienen vendida, áque la corte y muela sin demora. También los propietarios de los ingenios acostumbran áprender fuego para destruir la mucha hierba qué, creciendo al mismo tiempo que la caña, dificulta el corté de ésta, áfin de abonar con las cenizas el terreno yrenovar los pastos que se crían en las llanuras. La caña quemada ascendió, es cierto, ámillones de arrobas; pero, ápesar de esto, las pérdidas fueron insignificantes porque fué molida la mayor parte, según se demuestra en la relación que tengo la honra de acompañar con el núm. 1. El día de mi embarque para la Península, en vez del enjambre de bandidos esparcidos por todo el territorio, que encontré al hacerme cargo del Gobierno general de la Isla, sólo quedaban en el campo, ocultos en las madrigueras que tienen en los bosques, óacaso guardados por quienes menos debían dispensarles protección, los bandoleros siguientes: En la provincia de la Habana: Manuel García, su hermano Vicente, Gallo Sosa, Plasencia yAlfonso. En la provincia de Matanzas: Matagás yel Tuerto Matos; y En la provincia de Santa Clara: Indalecio Rodríguez yel Tuerto Rodríguez. Abrigo el convencimiento profundo de que, si no hu-
i9 biesen favorecido álos bandidos, como les ayudaron por modo decisivo en mi tiempo yles ayudarán siempre, las circunstancias verdaderamente importantes de las simpatías que inspiran ála masa de los campesinos por el carácter político con que se presentan, lo cual se traduce en una protección resuelta, ydel apoyo que por temor, ópor otras causas que no expongo, porque aun cuando están en la conciencia pública no se puede probar, encuentran los malhechores en personas de alta posición social, la campaña que contra el bandolerismo inicié ydesenvolví hubiera dado en pocos meses el resultado de exterminar hasta el último de los bandidos, proporcionándome la satisfacción de poder decir al Gobierno que me honró con su confianza que la Isla de Cuba se hallaba como no había estado nunca :libre de bandoleros. Aunque se infiere bien de lo que expuesto queda, creo del caso consignar una vez más lo que repetidamente dije desde la Habana áese Ministerio yal de la Guerra: la Isla de Cuba no tiene los medios de represión yde defensa que requieren su estado político y social; los elementos de perturbación que representan las aspiraciones revolucionarias; su situación geográfica, que hace que su posesión sea muy codiciada; las pretensiones de extender cierto territorio nacional que, por la fecha de que arrancan yla tenacidad con que se mantienen', se pueden calificar de históricas; y, por último, la previsión de que en un porvenir acaso no lejano las conveniencias de alguna política opuesta ánuestros intereses se decida áprovocar yfavorecer, aunque no sea ostensiblemente, con recursos de valía disturbios interiores que colocarían las cosas en un estado cuya gravedad no necesito encarecer, porque no es posible que se oculten ála alta éilustrada penetración de V. E. Convencido de que la situación apurada del Erario
20 « público por una parte, ypor otra ciertas tendencias que parecen prevalecer en la política, impedían el aumento del Ejército hasta el número de hombres que, respondiendo áuna mediana previsión, debiera componer el de la Isla de Cuba, traté, en cumplimiento de los deberes que de consuno me imponían el patriotismo y el alto cargo que desempeñaba, de buscar, partiendo de los escasos recursos de que disponía, un temperamento mediante el cual sin aumentar, yaun reduciendo, si fuese posible, la cifra del presupuesto de Guerra, permitiese á España contar con mayor número de combatientes decididos, aptos para la lucha yaclimatados el día en que, por desgracia, los necesitase. El medio que buscaba lo hallé en el establecimiento de colonias militares en los vastos terrenos que posee el Estado, algunos de los cuales ocupan, por fortuna, puntos estratégicos. No molestaré áV. E. detallando ahora las bases que establecí para la creación de tales colonias, ni las reglas que dicté para su desenvolvimiento ypara que respondiesen átodos los objetivos de mi pensamiento.—Todo esto consta extensamente explicado en las comunicaciones oficiales ysemioficiales que en su oportunidad elevé áese Ministerio yal de la Guerra. Desgraciadamente, las ventajas que han de reportar las colonias militares no pueden coincidir con su creación, sino que se necesitan algunos años para queda producción de las mismas cubra los gastos que ocasionan y baste para satisfacer los haberes de los jefes yoficiales afectos áellas yla ganancia que se asigna álos soldados-colonos. Ami salida de la Isla de Cuba dejé instaladas, aprovisionadas de aperos éinstrumentos de labranza yde semillas, funcionando—en una palabra—dos colonias. Si se establecen las demás que yo me proponía crear, y
21 si se las atiende como es debido ysu importancia reclama, entiendo que, ámenos de ocurrir algo que por su índole se escapa ála humana previsión, dentro de algún tiempo se podrá sostener con fundamento que, si no hemos asegurado el porvenir, quedan destruidos no escaso número de los muchos factores que hacen que aquél se ofrezca actualmente preñado de peligros, pues contaremos, sin que nada cueste al Tesoro, con un ejército considerable en las mejores condiciones de luchar por el mantenimiento de la integridad del territorio nacional, puesto que, al hacerlo, además de cumplir con su deber, defenderá sus intereses particulares; tendremos quienes, sin esfuerzo ysin distraerse de sus labores agrícolas, vigilen las costas, haciendo imposibles los desembarcos de los filibusteros, yquienes infieran golpe acaso decisivo al bandolerismo; porque como éste no encontrará amparo en las zonas en que se hallen las colonias, habrá de refugiarse en puntos determinados, en los cuales será más fácil exterminarlo; aumentaremos la riqueza pública con la explotación de terrenos que hoy permanecen incultos, ypor ende los recursos del Tesoro, y, por último, habrá en Cuba la savia yel espíritu españoles de que necesita indispensablemente si no queremos que antes de mucho se vean realizadas las esperanzas de los enemigos de la Patria. Política. En el orden político, con relación álos partidos militantes reconocidos como legales, no era el estado de la Isla de Cuba más satisfactorio que en punto áorden público yáseguridad personal cuando me hice cargo del Gobierno superior de aquélla.
Viva, latente, enconada la lucha que en mal hora dividiera años atrás al partido conservador en derechistas éizquierdistas, hacía que esta agrupación, un día valioso ypotente baluarte en que se apoyaban la nobilísima idea de la integridad del territorio patrio yla acción de la autoridad, hubiese pasado á ser obstáculo, áveces infranqueable, para el desenvolvimiento de los propósitos de ésta; áno dedicar, como en anteriores ymás bonancibles tiempos, los poderosos medios de que disponía á la defensa de la aspiración que le dió vida ylos altos prestigios que alcanzara, yáemplear todos sus esfuerzos en combatirse entre sí con ardorosa saña los que, en época no lejana, vivieron como hermanos, unidos en el vivo anhelo de hacer invencible la más hermosa ymás santa de todas las causas.—Los ideales del partido conservador se hallaban reducidos áconseguir que la influencia del Conde de Casa-Moré, jefe de la derecha, preponderase sobre la del Conde de Galarza, jefe de la izquierda, yviceversa.—Esto era lo único que los tenía divididos yen pelear incesante, no, como se suponía, para que sirviese de tema de discusión en reuniones y en la prensa, la divergencia de principios políticos y económicos. Esto en cuanto álos que se apellidaban «españoles incondicionales». Respecto álos autonomistas, demás parece decir que la Autoridad no podía prometerse de ellos más que una guerra sin cuartel, inconsiderada, sin perjuicio de que, ostentando su carácter de partido que luchaba dentro de la legalidad, procurasen obtener mercedes que redundaban en bien de particulares óde la colectividad política. Antes de pasar adelante creo oportuno hacer un poco de historia acerca del partido autonomista, para que se puedan apreciar con conocimiento de causa, así su sig-
—23 — nificación, como su conducta de vida yla finalidad de su política. Este partido no nació respondiendo áun estado de la pública opinión, sino ála necesidad de crear en el orden político un organismo intermedio entre los radicalismos representados por las tendencias separatista éintegrista; una agrupación que, sin herir de una manera profunda en lo esencial la doctrina de este partido, ósea en el punto del mantenimiento de la integridad del territorio, alentase la esperanza de los separatistas haciéndoles confiar en que lograrían por la evolución lo que no habían podido conseguir por la revolución. Hay que reconocer que hubiera sido expuesto, ysobre todo impolítico, pretender matar de una vez las esperanzas de los que durante largos años habían luchado en el campo por la independencia, éimponer áaquellos que tantos esfuerzos hicieran en defensa de España el duro sacrificio de ver ondear en plena paz la bandera separatista que tan tenaz ypatrióticamente habían combatido. La aspiración al sistema autonómico, que constituye el programa del llamado partido liberal de la Isla de Cuba, no había tenido jamás apóstoles y, por ende, tampoco adeptos en el país. Nuestra raza es refractaria ála aceptación de sistemas que tienen en sí mucho de filosóficos; la impresionabilidad de su carácter, que la lleva ápensar más con el corazón que con el cerebro, hace no se conforme fácilmente con aquello que no se presenta claro ysencillo ásu razón desde el primer momento, ypor esto, cuando por impresión ópor convencimiento se pone enfrente de un sistema dado, no suele pasar áotro que lo modifique en mayor ómenor escala, sino al que le es radicalmente opuesto, con tal de que lo informen ideas también radicales. Que esto es exacto ,lo comprueba la historia de todas nuestras antiguas posesiones de América.
—3o — indicaciones, ydeseoso de evitar disgustos, halló el medio de satisfacer aquella aspiración autorizando á dichas Cámaras para que en un plazo perentorio por no consentir otra cosa la proximidad de la fecha en la cual debían estar publicados losnuevos Aranceles, redactasen un informe comprensivo de las pretensiones del Comercio en la materia, ypara que, una vez oído el parecer de la Junta de Aranceles, le fuese aquél enviado, prometiendo atender, en cuanto cupiese, los deseos que tales Corporaciones expresasen. Con esto debieran haberse acallado los clamores que dieron origen ála resolución ministerial, porque, en rigor, ésta satisfacía cumplidamente la aspiración manifestada; pero, por desgracia, no fué así.—Los autonomistas, con gran perspicacia, comprendieron que podían obtener no escaso provecho para su causa de la actitud en que los comerciantes, que son peninsulares en su totalidad, se colocaban, ydesde el primer momento, invocando los intereses materiales, se erigieron en ardientes defensores de éstos; halagaron hábilmente al Comercio, sosteniendo que los poderes públicos tenían necesariamente que atender las peticiones unánimes de un pueblo ,sobre todo cuando, como las de que se trataba, eran tan justas cual las que, por primera vez en la historia, unían ápeninsulares ycriollos. La idea de no pagar tributos, que era la que constituía la finalidad de tal campaña considerada en su aspecto económico, fué, como era natural, acogida con tan gran entusiasmo, que álos pocos días de iniciada era escaso el número de industriales, comerciantes importadores yexportadores yproductores en general que no concurrían áella más ómenos ostensiblemente, no limitando ya su pretensión al punto de los Aranceles, sino extendiéndola áotros muchos particulares, que envol-
vían una reforma completa en el orden económico y en el sistema tributario. Ála sazón se conociéronlos términos de la proposición de ley que, luego de aprobada por las Cámaras norteamericanas, sedenominó «bilí Mac-Kinley», yla opinión pública, excitada de mil maneras por los autores de la agitación económica, se pronunció irreflexiva, pero decidida* unánime, irresistible, en favor de la celebración de un convenio comercial con la gran República americana. Las reclamaciones de los agitadores yde los que los seguían consciente óinconscientemente fueron tan vivas, ylas gestiones que cerca del Gobierno de S. M. hicieron aquéllos ysus representantes en esta corte tan eficaces, que éste, dando un nuevo testimonio del gran interés con que atiende cuanto ála Isla de Cuba atañe, estimó oportuno oir por sí mismo las razones en que se fundaba la ruda impugnación contra unos Aranceles todavía no publicados—porque importa consignar que, aun cuando en Cuba se discutían diversos particulares económicos, el único verdaderamente concretado era el relativo álos Aranceles. —Al efecto se me ordeñó que invitase átodas las Corporaciones de carácter económico ánombrar personas que las representasen en la información que se iba áabrir ante el Sr. Ministro de Ultramar. Agradó la determinación álas Corporaciones interesadas, ysingularmente álos promovedores de la agitación, que comprendieron en el acto las ventajas que podrían obtener de lá actitud en que el Gobierno se colocaba. —Su intención quedó bien demostrada coñ el hecho de que, áraíz del nombramiento de los delegados, los que desde la Isla tenían que venir aquí argüyeron que creían inútil su presencia en la corte si la información se había de reducir átratar de^ los
Aranceles, yque las Corporaciones que representaban entendían ser indispensables que fuesen discutidas y que se tomase acuerdo respecto átodas las cuestiones de orden económico que se relacionaban con la situación de la Isla ycon el presente yel porvenir de su riqueza agrícola, comercio éindustria. Las atendibles consideraciones del mal efecto que hubieran causado en la opinión, ydel partido que habrían sacado los enemigos de España ylos adversarios del Gobierno si después de la publicidad dada ála invitación yal nombramiento de los Delegados, éstos no hubiesen concurrido ála información, debieron inducir al digno ministro Sr. Fabié áacceder, en cierto modo, álas nuevas pretensiones. Me abstengo de hablar de la significación política de tales delegados; de las peticiones que aquí formularon; del modo que lo hicieron yde la campaña que abrieron en la prensa de esta corte, por no ser semejantes particulares propios de esta Memoria; pero sí llamo la atención acerca de ellos porque constituyen una prueba indubitable de mi afirmación de que la agitación llamada económica no lo era más que en el nombre. Verificáronse las elecciones de diputados áCortes y senadores, en las que, dado el retraimiento de los autonomistas como partido, no hubo más que candidatos conservadores, yalgunos, que se llamaron económicos, presentados por los que estaban ála cabeza de la agitación económica, yapoyados, como era natural, por cuantos ayudaban áesta tendencia. Se sostenía públicamente en las reuniones de los económicos yen la prensa que los defendía que tales candidaturas carecían de significación política, puesto que la misión de los que triunfasen se había de reducir ádefender en el Parlamento las soluciones económicas que el estado de la Isla demandaba; pero en el fondo
—33 — latía, no solamente el deseo de los autonomistas, de fortificar los lazos con que tenían sujetos álos conservadores, que, sin meditar lo peligroso del abismo abierto ásus pies, recorrían la pendiente por aquéllos preparada, sino también la tentativa imaginada por algunas individualidades pertenecientes ála izquierda del partido conservador, de ver si este medio les conducía ála realización de un ideal que hace largo tiempo vienen persiguiendo: la formación de un tercer partido, que corresponda en la Isla de Cuba al liberal de la Península. Mediante grandes esfuerzos, que por ser míos no he de enumerar, pues no trato en esta Memoria de hacer una exposición de méritos, caso de que los haya contraído durante mi permanencia en la Isla de Cuba, pude conseguir, sin traspasar ni en un punto los linderos de la más estricta legalidad; pude conseguir, repito, que no se presentasen candidatos económicos más que en la Habana, yque la importantísima Asociación de detallistas, que representa muchos miles de votos, desistiendo de su propósito de retraerse, decidiese apoyar álos candidatos del partido conservador.—No rendiría culto ála verdad si no consignase aquí que el Sr. Ministro Don Antonio María Fabié me ayudó poderosamente á vencer la resistencia de los detallistas mediante su promesa—que cumplió puntual ycaballerosamente tan pronto como las circunstancias se lo permitieron—de decretar la recogida de los billetes llamados de guerra, emitidos por el Banco Español de la Isla de Cuba por cuenta del Tesoro. No obstante el malestar que por efecto de la agitación económica se sentía, las elecciones se verificaron con tranquilidad en la Isla toda, no habiendo más incidente que uno sin importancia, acaecido en uno de los colegios electorales de la Habana, pero al cual la pa3
-34 — sión política consiguió dar más proporciones que jamás podrán reconocerle aquellos que, por conocedores de los hechos, saben que lo ocurrido en el colegio nominado de la «La Punta yColón» obedeció al despecho que ocasionaba álos económicos el convencimiento de que no triunfaban todos sus candidatos. La vuelta áCuba de los delegados que estuvieron en esta corte determinó un recrudecimiento tan extraordinario en la campaña económica, que para explicarlo con exactitud es preciso apelar ála conocida frase de: «lo llenaba todo».—Asiera, en efecto; se celebraban meetings ybanquetes; las corporaciones todas yla prensa, sin excepción de matices políticos, no discutían otro asunto ni se ocupaban de otro tema que el denominado «Conclusiones de los Comisionados» ;se formó en la Habana un numeroso comité central titulado de propaganda económica, presidido—por indicación de los autonomistas—por un español, opulento fabricante de tabacos, ydel que formaban parte los comisionados y otras muchas personas afiliadas las más al partido integrista, ylas otras al autonomismo. Se nombró un subcomité, compuesto de Senadores yDiputados residentes en esta corte, para que, en nombre del comité central, mantuviese cerca del Gobierno de S. M. las pretensiones de aquél. Obtuvieron también los económicos el apoyo de personas significadas en política, entre las cuales figuraba el Sr. Conde de Galarza, jefe del partido conservador. Envalentonados con las noticias que recibían de aquí ycon el eco que en la opinión general de la Isla hallaba el programa de «no pagar», que en esencia era el de los económicos,pudieron éstos creerse dueños del campo ylos autonomistas—sus mentores—seguro el objetivo que perseguían. Vanos fueron mis esfuerzos—yaseguro áV. E. que los hice grandes ycontinuados—con el fin de lograr
—35 ~ que, siquiera mientras durasen las negociaciones abiertas con el Gobierno de los Estados Unidos para concertar un tratado de reciprocidad, fuese menos viva la campaña económica, óal menos para que en ésta no se empleasen argumentos, datos estadísticos yotros elementos con los cuales por modo manifiesto se proporcionaban ádicha nación medios óargumentos para resistir álas pretensiones de nuestro Gobierno ypara aumentar las suyas ysostenerlas con decisión.—Ni mis reflexiones, inspiradas en la razón, en el más puro patriotismo yen la defensa de los intereses materiales de la Isla; ni la presencia en ésta, primero de dos Secretarios del Ministro de Negocios extranjeros de la Unión americana, Mr. Blaine, que pasaron muchos días enterándose del estado de la opinión, yrecogiendo datos acerca de la riqueza yde la importación yexportación; ni la visita que luego, con el mismo objeto, hizo ála Habana Mr. Forster, nombrado plenipotenciario para la negociación del convenio, bastaron ácontener álos autonomistas en su camino, ni para que los llamados integristas se hiciesen cargo—quiero creerlo así porque es más consolador—del abismo áque los primeros los conducían. Alas imprudencias yálas faltas de patriotismo de los económicos se debe que el Gobierno de S. M. hubiese de tratar con el de los Estados Unidos en las condiciones desventajosas en que lo verificó, y, por tanto, que no obtuviese en favor de la Isla de Cuba los beneficios que, en otras circunstancias, habría seguramente alcanzado; porque no hay que olvidar que lo que más importaba en aquellos momentos al Gobierno de la Unión era que no fracase la política comercial que el bilí MacKinley iniciaba, una vez que esperaba que había de influir por modo poderoso en el porvenir del partido político áque el mismo Gobierno pertenecía.—Una ac-
—36— titud menos apasionada por parte de los económicos hubiera permitido al Gobierno de S. M. hacer mucho en beneficio de la Isla de Cuba, éincuestionable es que los Estados Unidos habrían accedido ánuestras pretensiones con tal de que su política económica no fracasase en el acto de plantearla. Desde el momento en que surgió la agitación económica yvi quiénes eran sus promovedores, le di excepcional importancia, comprendiendo el alcance de la nueva maquinación de los tenaces adversarios de España. El fin que éstos se proponían era por demás evidente: agitar la opinión hasta el extremo de que el Gobierno, en evitación de trastornos de importancia, se decidiese á acceder áalgunas, si no al conjunto, de las pretensiones de los económicos.Esto bastaba para que el presupuesto quedase indotado, lo cual había de traer como consecuencia inevitable reducir los gastos de soberanía ylos servicios públicos hasta un punto que resultase ilusoria la acción de aquélla éimposible la realización de los últimos, óque el Tesoro de la Península destinase anualmente una fuerte suma al levantamiento de las cargas públicas de la Isla. Que lo último no cabe en lo posible, es tan evidente que no necesita demostración; como tampoco es preciso entrar en largas consideraciones para demostrar que lo primero crearía una situación insostenible por lo deleznable ypoco conforme con las exigencias de la vida de los pueblos. En cualquiera de ambas contingencias, el resultado habría de ser favorable álas aspiraciones de los que pretenden emanciparse de España, porque, en la disyuntiva de levantar una carga pública superior álas fuerzas contributivas del país óde abandonar la causa que la determina, aunque lo lamentase profundamente
—37 — el amor propio nacional, la opinión, rindiéndose ála durísima ley de la necesidad, no había de tardar en pronunciarse en el sentido de que España retirase su pabellón de un territorio que imponía sacrificios imposibles de realizar ycuya conservación no puede influir en los futuros destinos de la patria, puesto que el porvenir y la grandeza de ésta no se hallan ciertamente en América. Calculando la gravedad que envolvería no oponerse á que las cosas se fueran poniendo de modo que en su día hubiesen de surgir tales contingencias; pensando que importaba mucho alejar todo lo posible un suceso que la ley histórica parece hacer inevitable, pero que, de venir impensadamente ósin hallarnos bien preparados para que no sean demasiado sensibles sus efectos, nos causaría daños de mucha monta, así en lo que se relaciona con el prestigio nacional, como en el orden económico áconsecuencia de las obligaciones de Cuba que se hallan garantidas por la nación, yde la masa de jefes yoficiales del ejército en activo, empleados civiles y clases pasivas, cuyos sueldos ypensiones tendrían necesariamente que pesar sobre el Estado ;ycreyendo que los principios de buena política aconsejan que en caso de reconocerse por quien está llamado áhacerlo, que no hay manera de evitar el cumplimiento de la ley histórica (á que antes he aludido), sea España la que, previa una meditada preparación, señale el momento en que aquel suceso haya de acaecer, demostrando que lo verifica por un acto de su voluntad, no cediendo áimposiciones de dentro ni de fuera; pensando en todo esto, vuelvo ádecir, me resolví, desde que la agitación económica se inició, áemplear todos los medios que me proporcionasen mi posición oficial ymis relaciones particulares, sin olvidar, por supuesto, los respetos ymiramientos que aquélla me obligaba águardar, para
-38 - conseguir que tal agitación no adquiriese mayores proporciones ypara concluir con ella en cuanto se ofreciese ocasión propicia. Ala incesante ytenaz propaganda de los económicos, encaminada áatraerse la opinión del país yáorganizar sus medios de acción sumando nuevos elementos yorganizando comités provinciales ylocales, respondía yo procurando, con igual perseverancia, que no consiguiesen tales propósitos. En la lucha así entablada estaban de parte de los económicos todas las ventajas, porque, además de servir la pasión política de unos yde halagar álos otros, haciéndoles creer que los eximirían del pago de impuestos ó que se reduciría considerablemente la cuantía de los que se señalasen, tenían en su favor los grandes recursos que para la propaganda ofrecen las leyes de imprenta yde reunión,—Yo no contaba con la prensa, porque ésta, ó era económica,óno quería combatir resueltamente tal tendencia por no ponerse enfrente de la corriente de la opinión, ni podía dar publicidad ámis trabajos, ni, por último, me era dado halagar pasión alguna, puesto que mis argumentos tenían que ceñirse áinvocaciones al patriotismo yála defensa de los altos intereses de España—sentimientos que, por punto general, encuentran escaso eco en el corazón de los habitantes de Cuba— y ádemostrar los peligros áque un presupuesto indotado expondría los intereses materiales que el llamado movimiento económico pretendía salvar con sus soluciones. Apesar de esta inferioridad de recursos yde ser frecuente que algunos hombres, después de prometerme su cooperación en mi patriótica empresa, se dejasen arrastrar por sentimientos de amistad particular, por falta de carácter para oponerse ála corriente de opinión malsana abierta por los económicos,óporque confiasen en el triunfo de éstos, entiendo que, no obstante la magnitud
—39 — de las dificultades que se me ofrecían, áno mediar elementos extraños hubiera atajado prontamente el movimiento económico yconseguido que su vida fuese más efímera y, por consiguiente, menos perjudicial áEspaña. Pero, si yo podía luchar con alguna ventaja con los elementos de la Isla, era impotente para vencer álos de afuera, ósea con los auxilios morales que de la corte recibían constantemente los económicos. Los artículos que la prensa de aquí publicaba en defensa de las «Conclusiones de los Comisionados» ;las cartas del señor Conde de Galarza mostrando las simpatías que el movimiento económico le inspiraba; las halagadoras promesas de los señores que componían el subcomité establecido en Madrid; las deferencias que, por imponerlo las leyes de la cortesía, dispensaba el Gobierno áestos señores y algunas concesiones que les fueron otorgadas, constituían fuerzas que, hábilmente explotadas yagrandadas por los directores del movimiento económico,enardecían los ánimos y, haciéndoles confiar en un triunfo seguro, les inducía álos que simpatizaban con aquél áseguir apoyando lo que entendían había de ser ventajoso para aumentar rápidamente su fortuna ópara crearla en menos tiempo ycon menores esfuerzos. La lucha iba haciéndose tan larga yfatigosa, ytomaba caracteres tales, que comprendí ser de absoluta yurgente necesidad dar un golpe decisivo, porque, de lo contrario, se corría el riesgo de que los económicos creasen una situación imposible de contrarrestar. Acudí álas personas significadas del partido conservador residentes en la Habana para que, en nombre de la Patria, de los intereses ydel porvenir de Cuba, iniciasen una reacción salvadora; pero mis gestiones no obtuvieron éxito.—Nadie se decidió áacometer la empresa; mas, como era preciso realizarla, me decidí áhacerlo por mí mismo, no desconociendo lo mucho que exponía ysa-
—46— jaba tras de sí organismo alguno, aparte de los comités provinciales ylocales, en razón áque, conforme queda dicho, la Junta Directiva había dimitido. Los señores que habían compuesto esta entidad se negaron en absoluto ácontinuar ejerciendo funciones para las cuales no se consideraban autorizados; el pesimismo se apoderó de las personas más significadas de la Habana yde las provincias; los izquierdistas, aunque disgustados del proceder de su antiguo jefe, tronaban contra todo, haciendo los más tristes augurios, ylos directores del movimiento económico ,comprendiendo lo propicio de la ocasión, reavivaron su campaña con el fin de allegarse, como se allegaron, nuevos elementos. Aunque la situación era poco halagüeña ydifícil el resultado, no vacilé, porque no conozco la vacilación cuando del cumplimiento del deber se trata, en acometer por mí la empresa que todos los que hubieran podido hacerlo se negaban áiniciar: de conseguir la reorganización del partido conservador yevitar el crecimiento de los económicos. Después de insistentes gestiones cerca de gran número de personas de las dos fracciones en que el partido se hallaba yse halla aún dividido, ydespués de obtenida la promesa de los principales elementos de las provincias de que secundarían mi levantada iniciativa, obtuve del patriotismo del Sr. Marqués de Pinar del Río que, invocando su carácter de senador, convocase á una reunión álos senadores ydiputados áCortes residentes en la Isla yálas demás personas de nota, para exponerles la situación de las cosas éinvitarles áque, en la forma que juzgasen oportuna, fuese convocada una asamblea del partido con objeto de que determinase acerca de la organización de éste yeligiese la persona que había de desempeñar la jefatura. Larga fué la gestión ;muchas las asperezas que hubo
—47 — que suavizar, yno menos las dificultades que fué preciso vencer; pero al fin se llegó ála convocatoria de la asamblea, que era lo que yo anhelaba vivamente para que se constituyese una legalidad dentro del partido conservador yéste se hallase en condiciones de realizar su misión importantísima. Apoco de haber comenzado áfuncionar la Junta organizadora de que queda hecho mérito, surgió la candidatura del opulento naviero D. Ramón de Herrera, conde de la Moriera, para presidente del partido, siendo su nombre bien acogido por ser el Sr. Herrera persona estimada por sus buenas condiciones de carácter yporque no se había significado en las largas yempeñadas luchas mantenidas entre derechistas éizquierdistas. Yo veía con agrado esta candidatura, porque, aparte del aprecio personal que el Sr. Herrera me merecía, entendía ser la más conveniente para el partido por ser la que concillaba más. Pero, con gran asombro mío yde los muchos que conmigo estimaban seguro el triunfo del Sr. Herrera, poco antes de la fecha en que debía reunirse la asamblea se presentó la candidatura del rico hacendado de la provincia de Santa Clara, Sr. Marqués de Apezteguía, senador del Reino, apoyada con decisión por la totalidad de dicha provincia ylas de Santiago de Cuba yMatanzas, ypor parte considerable de las de Habana yPinar del Río. Los mantenedores de una yotra candidatura acudieron ámí pretendiendo que coadyuvase ásu triunfo respectivo, álo cual me negué resueltamente, porque ni mi posición ni el alto objetivo que perseguía me permitían mostrar preferencias personales. Durante varios días realicé esfuerzos, cuya narración omito por no hacer interminable esta Memoria, con el fin de que las dos fracciones llegasen áuna avenencia
-48que había de redundar en bien del partido yde los intereses generales; pero los resentimientos personales pollina parte, la pasión política por otra, y, últimamente, ingerencias oficiosas yconceptos poco meditados, encendieron los ánimos de modo que fué imposible el acuerdo que yo perseguía.—Con honda pena vi álos concurrentes ála asamblea ir áuna lucha que iba ádividirlos, quién sabe si para siempre, en vez de asociarse para la unión que la Patria demandaba, ycon no menos dolor contemplé cómo se esterilizaban una vez más mis sacrificios ymis esfuerzos por resconstituir el partido conservador. En la asamblea triunfó por pocos votos la candidatura del Sr. Marqués de Apezteguía, que obtuvo el apoyo de la antigua derecha yde algunos elementos de la izquierda. Los hombres de esta fracción que apoyaron al señor Herrera se mantuvieron en su actitud disidente, combatiendo con ardor al nuevo jefe yála fracción triunfante, con lo cual, por una cuestión de personas, quedaba de nuevo el partido conservador sin la organización ysin la unidad debidas, yque con tanto afán había yo procurado darle. Aunque el nuevo desengaño era rudo ycapaz de desilusionar al más optimista, entendiendo llenar un deber de patriotismo, mientras permanecí en la Habana procuré que los que habían combatido al Sr. Marqués de Apezteguía óestaban alejados de él le prestasen su apoyo, óal menos su benevolencia, puesto que representaba la legalidad dentro del partido. Algo conseguí yalgo más hubiera logrado en este sentido si la creación de determinados organismos administrativos que el Gobierno de S. M. estimó conveniente establecer al cambiar el régimen existente no hubiesen mermado la autoridad que alcanzaba yla in-
—49 — fluencia que por ella antes tenía el Gobernador general; Las consecuencias del cambio áque me acabo de referir se reflejaron singularmente en el llamado «movimiento económico»; pues aun cuando, gracias ámis desvelos, éste no recuperó jamás la importancia que había logrado alcanzar en la época en que me decidí áhacer el viaje áSanta Clara yMatanzas, después del establecimiento de las regiones consiguieron los económicos la fundación de comités en algunas capitales yen bastantes poblaciones de segundo ytercer orden. No obstante esta contrariedad, ámi salida de la Isla el «movimiento económico»se hallaba desacreditado y en el último período de su existencia; mas, ya que tanto hice por evitar el desarrollo del mal ysus perniciosas consecuencias, hubiera sido para mí grato alcanzar la recompensa de que, antes de cesar en mi cargo, hubiesen desaparecido todos los organismos creados para llevar adelante el funesto plan de los enemigos de España. Al dar por terminada esta larguísima parte de la Memoria—que no he podido reducir ámás estrechos límites porque entiendo que conviene que se conozca bien el estado político de la isla de Cuba,—impórtame: establecer que no ignoro que mi gestión política ha sido censurada por sus resultados, yque se ha censurado igualmente que me ingiriese en los asuntos internos— por decirlo así—del partido conservador. En cuanto álas censuras por el primero de estos motivos reconozco que son fundadas, pues, desgraciadamente, la Naturaleza no me ha concedido las dotes de inteligencia que resplandecen en otros. Por esta razón he de declarar también que cualquiera en mi situación hubiera practicado con mayor suma de entendimiento, ycon mucha más habilidad que yo, las gestiones .que creí indispensables.llevar ácabo .para, conseguir la reor4
ÍO — ganización del partido conservador, yque, por tanto, es posible que hubiese obtenido lo que yo no tuve la fortuna de alcanzar. Reconozco del mismo modo que cualquier otro Gobernador general hubiera dirigido con mayor acieito yentendimiento la campaña contra los económicos; pero aun aquellos que con más dureza juzguen mis actos y mi conducta en este particular, habrán de convenir en que los medios por mí empleados para atajar el «movimiento económico'» ypara destruirlo dieron el resultado apetecido, yespero que me concederán igualmente que con ello presté un buen servicio al país; pues quien sea español yconozca las cuestiones cubanas, no podrá menos de reconocer que el llamado «movimiento económico» es el hecho más grave ytrascendental que, desde el grito de Yara, se ha realizado en Cuba contra la soberanía de España. No puedo aceptar el juicio de mis censores en cuanto áque no debí inmiscuirme en las cuestiones interiores del partido conservador.—Mi carrera militar me ha alejado de la política, ymis aficiones no me llevan ciertamente áella ni álas luchas de los partidos, por cuya razón hubiera sido, además de grato, cómodo para mí permanecer completamente ajeno ála situación del partido conservador yásus divisiones, yocuparme tan sólo en estudiar reformas que pudieran ser beneficiosas para ios intereses morales ymateriales del país yen el despacho de los negocios oficiales. Pero hay que tener en cuenta que el Gobernador general de la Isla de Cuba no es un funcionario de elevada jerarquía con las únicas misiones de velar por la seguridad del territorio ypor el mantenimiento del orden público, yde ejercer las funciones que le corresponden como Jefe superior de la Administración pública, sino que además de todo esto, ypor encima de todo esto,
es el representante ydelegado del Gobierno en lo político, en cuyo concepto tiene el deber inexcusable de procurar que los elementos que en el terreno político mantienen en Cuba el ideal del sostenimiento de la soberanía de España se hallen en condiciones de realizar tan alta misión, ya que dentro del régimen constitucional vigente los partidos políticos son factores importantes de gobierno. Claro es que los Gobernadores generales no se deben inmiscuir en los asuntos que no se relacionan más que con el régimen interior de los partidos, porque la manera como se resuelvan aquéllos no afecta álos intereses generales; pero cuando las cuestiones estén íntimamente ligadas con éstos, entiendo que dichas Autoridades no pueden excusarse de mediar, no en favor de alguna de las tendencias, si las hubiere, sino para conseguir que queden ásalvo aquellos intereses. ¿Puede en justicia ser objeto de censuras que me esforzase, aunque inútilmente por desgracia, en disuadir álos autonomistas de adoptar el retraimiento electoral? Entiendo que no, pues bien se alcanza que con ello no perseguía ni podía perseguir otro objetivo que el provechoso para la Patria de evitar que un partido reconocido como legal se apartase de las luchas de este orden, con la exposición consiguiente de que emprendiese derroteros peligrosos para la paz pública. ¿Cabe en razón yen justicia censurar mi determinación de combatir sin tregua el «movimiento económico», ytrabajar por conseguir que el partido conservador se organizase debidamente?—Como he apuntado antes, admito que se censuren los resultados que obtuve, porque cualquiera otro, con mayor inteligencia que yo, los habría alcanzado más lisonjeros; pero no puedo pasar porque se sostenga que no debí inmiscuirme en modo alguno en tales asuntos.
—52 — Ya he dicho que no lo hice de buen agrado; que rae hubiera satisfecho mucho que las circunstancias me permitiesen estar alejado de las cuestiones de partido, y que únicamente lo excepcional de aquéllas me obligó á mezclarme en éstas. ¡¡Grande, inmensa, hubiera sido mi responsabilidad ante la Patria, ante el Gobierno yante mi propia conciencia si, por el deseo egoísta de evitarme molestias personales, ópor el temor áadquirir enemistades óá fracasar en la empresa, hubiese consentido que el «movimiento económico»lo invadiera todo, creando una situación gravísima, imposible de contrarrestar yde funestas consecuencias para el porvenir de España en Cuba!! Otro tanto digo de mi intervención para que el partido conservador se reorganizase, dado el lema que éste tiene escrito en su bandera. Puesto que ninguna de las personas llamadas áhacerlo quería acometer la empresa de la reorganización; y puesto que ésta era conveniente, necesaria, indispensable para garantir los intereses de la Patria, yo, el representante del Gobierno, no debía hallar excusa en iniciar tamaña obra ni realizar todos los esfuerzos que fuesen precisos para terminarla. —Tremenda, por grave yfundada, sería la acusación que seguramente se me dirigiría si, pudiendo evitarlo, hubiera consentido que el partido conservador, en vez de organizarse, aunque sea incompletamente, como lo está, se hubiese ido disgregando de día en día, dividido en organismos sin relación entre sí, ypor tanto estériles para el bien común, óhubiese llevado parte del contingente de sus fuerzas al campo de nuestros adversarios, álo cual habrían ayudado poderosamente las seductoras excitaciones de los económicos. \Qué se hubiera dicho de. mí cuando se hubiesen tocado estas consecuencias ylas del predominio del
—53 — «movimiento económico» !—Los cargos que entonces se habrían fulminado serían razonables, yante ellos tendría que bajar la frente, mientras que los que se me han dirigido halagan mi espíritu en vez de mortificarlo, porque abrigo el convencimiento profundo de haber hecho todo lo posible por dejar cumplido mi deber. Administración pública. Aunque esta tercera yúltima parte de la Memoria que tengo la honra de presentar áV. E. no es menos importante que las dos que anteceden, poco habré de molestar la atención ai exponer los resultados que me cupo la fortuna de alcanzar durante el tiempo que permanecí al frente del Gobierno general de la Isla de Cuba, ymuy singularmente en la época comprendida entre la fecha en que tomé posesión del alto cargo con que el Gobierno de S. M. se dignó honrarme yaquella en que el antecesor de V. E. en ese Departamento ministerial estimó oportuno cambiar radicalmente el régimen administrativo de la Isla, convirtiendo, de eficaz que era, en nominal éilusoria la autoridad del Gobernador general, yen nominal éilusoria también su intervención en los negocios de la Administración; pues si bien en las reformas se le confirma en su antigua denominación de Jefe superior de la misma yse le encomienda la alta inspección de todos los servicios, ambos títulos no pasan, en rigor, de honorarios, pues ni se le dan los recursos necesarios para ejercitar tales funciones, ni, si hubiese yo tratado de hacerlo, lo habría podido llevar áefecto sin ponerme en pugna con las disposiciones que determinan las facultades de los Gobernadores de región yde los de provincia, acaso
-54 — más que por el texto ydisposiciones mismas, por la interpretación latísima que se les daba. El Gobernador general no podía ni debía, por muchas razones, descender áuna lucha con sus inferiores jerárquicos acerca de la amplitud órestricción de facultades administrativas, sobre todo cuando era por todos bien conocido el criterio predominante en ese Ministerio. Dígase lo que se quiera, merced álas trascendentales reformas implantadas por el Real decreto de 31 de Diciembre de 1891 ypor disposiciones sucesivas, al Gobernador general le alcanzan legalmente, en el orden administrativo, las mismas responsabilidades que cuando era en realidad Jefe de la Administración de la Isla, aunque carece de los recursos morales ymateriales para intervenir eficazmente en los servicios públicos y hacer sentir su acción.—La pública opinión, sin embargo —hay que reconocerlo,—se hizo en seguida exacto cargo de la importancia yde la finalidad de las reformas, ypor ello, desde que éstas comenzaron áregir, cuando encuentra algo censurable en la Administración no se vuelve, como antes, contra el Gobernador general, sino contra los nuevos organismos, porque comprende que éstos, yno aquél, son ahora los que pueden, por tener medios apropiados al efecto, obligar áque las leyes se cumplan, áque los servicios se realicen yá que impere la moralidad en la gestión de los funcionarios. Cierto es que, por consignarse en varias de las disposiciones áque me he referido, el Gobernador general continúa siendo el Jefe superior de Administración yque todos los funcionarios le están subordinados; ypor declararse, ámodo de inciso, en la Real orden de 8de Febrero del ano último, que aquél conserva en toda su integridad las facultades que le atri-
—55 — buyó el Real decreto de 9de Junio de 1878—declaración que resulta punto menos que baldía en la práctica, puesto que viene áquedar ineficaz en virtud de las atribuciones que de manera precisa, taxativa, se otorgan álos Gobernadores de región yde provincia. La razón de esto es obvia :antes los Gobernadores civiles eran delegados del Gobernador general, yen este concepto ejercían las funciones asignadas ásu cargo; ylos Directores generales de Hacienda yde Administración civil, aunque tenían determinadas facultades propias, en todo lo importante obraban bajo la dependencia de la primera Autoridad de la Isla, quien, por consiguiente, disponía de medios eficaces, positivos, para conocer bien el estado de la Administración así en lo gubernativo como en lo económico, para marcarle el rumbo que estimase más conveniente álos intereses generales, ypara evitar los abusos que pudieran intentarse ócorregir los que se cometieren. Pero en la actualidad las dos Direcciones han sido sustituidas por dos Secciones llamadas centrales, cuya misión queda reducida áconcentrar fondos para el pago de las obligaciones generales, yá preparar la resolución de los negocios que por su naturaleza no han podido encomendarse álos Gobernadores, yde las apelaciones que se promueven contra las providencias de éstos; las nuevas Autoridades regionales yprovinciales ejercen todas sus funciones gubernativas yeconómicas en uso de facultades propias, según lo declara por modo expreso el Real decreto de 31 de Diciembre de 1891, que viene áser, por decirlo así, la ley sustantiva del nuevo régimen, ylos Gobernadores de región se entienden directamente con ese Ministerio, así para darle cuenta del estado de los negocios en las provincias que constituyen aquéllas, como para proponer las reformas que estimen conveniente.
—62 Apoco de implantarse las reformas decretadas por el antecesor de V. E., gran número de periódicos yla opinión volvieron áocuparse—-cosa que no habían hecho en los veinte meses anteriores—de la Administración pública yde la falta de moralidad de ésta.—Entiendo que la campaña obedecía, más que áotra razón, al deseo de combatir tales reformas; porque, en caso de estimar que lo que se suponía tenía fundamento, ápesar de lo reducidas que mis atribuciones habían quedado yde la inteligencia que álas reformas se daba, hubiera procedido con decisión yenergía, sin reparar en las consecuencias que mis actos pudieran acarrearme ;porque por carácter, por educación ypor temperamento, en todos momentos yen todas ocasiones de mi vida— y singularmente mientras he sido Gobernador general de la Isla de Cuba—he abrigado el propósito firmísimo de que ni aun la malevolencia más refinada pudiera suponer que era capaz de transigir con la inmoralidad, cualquiera que fuese la forma en que se manifestase. Ymientras he permanecido en Cuba, mi decisión de no apartarme de este principio moral, tan arraigado en mí que puedo decir que forma parte de mi naturaleza, era más inquebrantable que nunca, por cuanto, aparte del deseo de cumplir con los dictados de mi conciencia ycon los deberes que las leyes me imponían, tenía las nobles aspiraciones de que el Gobierno queme había honrado con su confianza pudiera asegurar que, durante su época, la inmoralidad, que parecía ingénita en la administración de Cuba, había desaparecido, yla de que el mismo Gobierno yel país recogiesen los beneficios de tal cambio; pues la confianza que inspiran una administración honrada yun territorio que satisface sus obligaciones yno salda con déficit sus presupuestos, habría llamado capitales extranjeros, con los cuales se hubiera desenvuelto más ymás la riqueza de la Isla,
—63 —. ypermitido al Gobierno hacer la indispensable conversión de la Deuda en condiciones grandemente ventajosas para los intereses generales de la Isla ypara el crédito de la Nación. Este era mi anhelo más vivo yprincipal, pues ámi patriotismo le parecía poco que mi gestión se contrajera ávelar por el mantenimiento del orden, por la observancia de las leyes yporque se administrase rectamente; quería que tras de mí quedase algo que redundara de una manera tangible, manifiesta, en ventaja del País; algo que, al reducir las dificultades económicas del Tesoro de la Isla, había de ser obstáculo poderoso opuesto ála realización de lamentables aspiraciones ycolumna firmísima que mantuviese por mucho tiempo la soberanía de España en aquellas lejanas provincias. Lamento profundamente que el tiempo ylas circunstancias no me hayan consentido realizar tal deseo, ylo lamento, no por la gloria que de ello hubiera podido reportar mi modesto nombre, sino por los beneficios que en todo los órdenes habría tocado el País. Quédame, sin embargo, la tranquilidad de conciencia, porque he puesto de mi parte cuanto me ha sido dable yhan sido de todo en todo ajenas ámi voluntad las causas á que se debe atribuir que el bien que perseguía no se haya logrado.—Madrid 22 de Diciembre de 1892. — Camilo G. Polavieja. No se acompaña el estado núm. 1por habérseme extraviado su copia; pero como el original lo mandé áese Ministerio, puede sacarse una copia yponerla en lugar de esta nota. -
—64 - ESTADO total de la recaudación obtenida en todas las Aduanas de esta Isla, ápartir de! 24 de Agosto de 1890 áfin de Febrero del año actual. PESOS. CTS. Del 24 al 31 de Agosto de 1890.. • 277.617 55 Septiembre de ídem 1.402346 5i. Octubre de ídem 1.222.481 68 Noviembre de ídem 1.358.888 02 Diciembre de ídem. 1.273.265 44 Enero de i8qi ....1.313.256 09 Febrero de ídem 1.258.189 24 Marzo de ídem. 1.317.601 58 Abril de ídem 1.601.588 04 Mayo de ídem r. 390.156 46 Junio de ídem .... 1.267.149 49 Julio de ídem 1.277.416 33 Agosto de ídem 957-36 i30 Septiembre de ídem :770.228 04 ' Octubre de ídem 906.916 14 Noviembre de ídem 936.876 69 Diciembre de ídem 1-003.935 69 , Enero de 1892 1.113.924 65 Febrero de ídem 972.520 05 i Total ..Bi 99 BAJAS ARANCELARIAS. Dejado de recaudar desde i.° de Septiembre de 1891 áfin de Febrero de 1892 en virtud de la Ley de relaciones comerciales ytratado celebrado con los Estados Unidos. $4.112.614,82 i. aNota.: el dato anterior resulta deficiente por no estar incluidas las bajas ocasionadas por la Ley de reía-
clones comerciales en los meses de Julio yAgosto de 1891, ácausa de no haberse reunido este dato para las Aduanas de la Isla. 2 . aNota: se hace constar también que en la baja anterior está comprendido lo que se ha dejado de recaudar con motivo de habercleclarado el Gobierno de S. M. tu que álos productos de los países convenidos que tuvieren en sus tratados la clausula de «nación más favorecida» se les otorgasen los mismos beneficios que álos productos de los Estados! Unidos. 3. aNota: en el presupuesto de ingresos de 1890-9X5 que continúa en vigor en el presente afío económico , se calcula por total ingreso de las rentas de Aduanas 14.971.300. PESOS. « Recaudado ... .......... ... ................ 21.521. 717 GQ yy Hubiera subido la recadación sin tratado de reci-. procidad ycon la Ley de relaciones mercantiles> 4.121.614 82 como regía antes de i.° de Julio próximo pasado. Hubiera sido el total de lo recaudado. ........... 25.Ó43.332 81 Asciende lo calculado en el presupuesto de 90 á91 * yde los meses de i.° Septiembre 91 áfin de Fe22.456.450 00 brero de 1892. ......... .................... Se hubiera recaudado de más sobre lo calculado en 3186.882 I 81 presupuesto
APÉNDICE Explicado queda en la anterior Memoria cómo hallé la Isla de Cuba al tomar posesión del mando, ycómo la dejé cuando las inconsideradas reformas del Sr. Romero Robledo me obligaron ápresentar la dimisión de mi cargo. Mucho ymuy importante podría añadir álo que en el anterior documento digo; pero callo ahora porque patrióticas consideraciones me obligan al silencio. Día vendré de hablar claro para escarmiento de muchos yenseñanza de todos. Quizás no esté lejano; pero mientras llega, mejor es tener bien guardadas ciertas cosas. Permítaseme, sin embargo, insistir en que al regresar yo ála Península no había temores de próxima guerra en Cuba, yen que la situación económica de la Isla había mejorado notablemente. Hacía muchos años que los empleados cobraban con gran retraso. Aprincipios del 91 estaban todos ai corriente, ydesde entonces cobraron mensualmente sus pagas con toda puntualidad. Conseguí probar que Cuba podía pagar con toda holgura un presupuesto de 26.coo.oco de pesos, el cual era absolutamente necesario para asegurar la riqueza ytranquilidad de la Isla ydefenderla de los separatistas, que á toda costa querían hacerla pobre para vencernos fácil y prontamente. Así lo dije con tiempo bastante áquien
68 debía decirlo; pero fueron mis advertencias tan inútiles como si las dirigiera al viento. He aquí un resumen del comercio de Cuba en 1891, que por sí sólo prueba la prosperidad áque había llegado la Isla: Valores de la Exportación de i.° de Enero .031 de Diciembre de 1891 89.52^.553,67 pesos. ídem de la Importación en iguales fechas 56.265.315 * Diferencia áfavor de la Exportación ..33.260.238,67 * Nota. Hay que deducir de la Exportación 3.300.253 > en moneda acuñada. De la Importación.. .. .5.300.000 * Valores de las mercancías exportadas 86.225.300,27 > ídem de la id. importadas 50.065.315 Diferencia áfavor de la Exportación, ..35.259-985,27 lililí BGU AMont. 500709240 F11/10