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Cervantes y la locura lúcida: los cuentecillos de locos en el segundo Quijote

Reyes Cano, Rogelio

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242 CERVANTES Y LA LOCURA LÚCIDA: loS cuentecilloS de locoS en el SeGundo QUIJOTE RoGelio ReyeS Cano Las conexiones de la obra de Cervantes con la llamada “literatura del loco” y en particular con el Elogio de la locura de Erasmo es ya hoy una idea totalmente aceptada en el mundo de la crítica académica, que con el paso del tiempo terminó haciendo suyas las palabras que en 1925 escribiera Américo Castro a cuenta del cristianismo crítico y espiritualista de nuestro gran escritor: “Sin Erasmo –dijo– Cervantes no habría sido como fue”. Don Américo se refería entonces a lo que la obra de Erasmo había contribuido a la forja ideológica y religiosa de Cervantes, y no tanto a la posible presencia directa de su Elogio de la locura en la conformación del Quijote, que todavía en 1937 ponía en duda el propio Marcel Bataillon en la primera edición de su Erasmo y España al considerar la falta de traducciones castellanas de la Stultitiae Laus y la escasa probabilidad de que Cervantes la hubiese podido leer en su versión original latina. Pero el propio hispanista francés, en un trabajo de 1971, matizó sensiblemente estos iniciales recelos reconociendo que “si pensamos en la virtud regocijante que Erasmo atribuye a las manifestaciones de la stultitia y de la insania, parece que es sobre todo en la segunda parte del Quijote cuando Cervantes se muestra discípulo a la vez fiel y genial del espíritu de la Moria”. Fue, en efecto, Erasmo quien con su gran prestigio intelectual vino a subrayar lo positivo de ciertos desvaríos y a legitimar y otorgar verdadera auctoritas cultural a la stultitia, haciéndola hablar en primera persona y convirtiéndola en un instrumento válido para juzgar el mundo. Un buen precedente, sin duda, de la audacia con que poco después el pobre diablo Lázaro de Tormes tendría la desfachatez de contar su vida y opinar sobre las ajenas y de otorgarse a sí mismo la condición de héroe y protagonista de la narración. Lo mismo habría que decir, claro está, de la iniciativa de Cervantes, en la que un loco y un necio se permiten pontificar -a veces con muy buen sentidosobre todo 242 HomenaJe a miGuel de ceRvanteS en el iv centenaRio... 243 lo divino y lo humano y poner en práctica aquellas rarezas que en el prólogo de la segunda parte de la obra el autor define muy comprensivamente como “discretas locuras”. En Cervantes y en otros muchos escritores de su tiempo la atención a estos que podríamos llamar –para entendernos– “locos literarios” aparece vinculada también al mundo del folklore, y en particular a la transmisión oral de los llamados “cuentos de locos”. Como ha probado Maxime Chevalier, la gran literatura culta de la época hay que entenderla en estrecha relación con un acervo popular que la alimenta y la estimula en alto grado y que los escritores no necesitaban oír directamente en boca de la gente, ya que había en el mercado recopilaciones de cuentos y libros misceláneos de “entretenimiento” que suministraban material en abundancia. Dentro de ese material, los cuentecillos y sucedidos de locos constituían un apartado muy particular que yo mismo he tenido ocasión de tratar en mis trabajos sobre los llamados “locos predicadores”, “predicadores locos” y “ locos agudos”, tres paradigmas de la rica tipología de esos locos literarios que tanto juego dieron en los textos de la época. De esos tres tipos es el tercero –el loco que en medio de sus disparates suelta razonables discursos cuando no sutiles agudezas– el que sirvió obviamente de modelo a Cervantes, quien no sólo pudo leerlos en las recopilaciones impresas sino también recoger de esa otra tradición oral y folklórica que había poblado de chistes y cuentecillos de dementes lúcidos las conversaciones y divertimentos de los españoles de los siglos XVI y XVII. En el Quijote –dejando aparte a su protagonista– encontraremos varios casos muy reveladores de su natural simpatía por la demencia lúcida. Éste es el caso de los dos cuentecillos de locos que insertó en el prólogo de la segunda parte del Quijote, uno referido el loco hinchaperros de Sevilla y el otro al loco aplastaperros de Córdoba. La crítica se ha ocupado de averiguar las posibles fuentes de estos dos cuentos, en las que no me voy a detener. Lo que más me importa no es el origen sino la función que les asigna Cervantes, nada menos que la de responder y ridiculizar a Avellaneda. Son la pantalla donde se reflejan su inanidad y su torpeza literaria; un modo oblicuo, muy cervantino, de ridiculizar a su antagonista con el arma que él mejor maneja: la ironía. Y a la vez una voluntad muy decidida 243HomenaJe a miGuel de ceRvanteS en el iv centenaRio... 244 de otorgar dignidad literaria a esas dos breves piezas populares que tan al pelo le venían en tan comprometida ocasión. No satisfecho, sin embargo, con esos dos cuentecillos de locos del prólogo, Cervantes nos conducirá a leer un tercero en el primer capítulo de esa misma Segunda Parte, éste más extenso, mucho más sutil y trascendental que los dos anteriores: el del clérigo loco recluido en el Hospital de los Inocentes de Sevilla que tras su aparente sanación acaba por perseverar en su demencia, una verdadera pieza maestra en el arte de integrar inteligentemente diferentes patrones y paradigmas de la “ literatura del loco” tal como la tradición y los modelos literarios coetáneos los habían puesto a su alcance: la locura lúcida, el hospital de locos, la técnica del autoencumbramiento del personaje, etc. , tras los que asoma una verdadera parábola de la figura de don Alonso Quijano. Estos tres cuentecillos de locos ilustran muy bien cómo para Cervantes un género menor, trascendido en su humildad retórica y puesto al servicio de la intención general de la obra, pasará a convertirse, en mi opinión, en una de las claves para entender un libro tan complejo y tan lleno de guiños al lector como es el Quijote. 244 HomenaJe a miGuel de ceRvanteS en el iv centenaRio...