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'Berlín, hora cero CarlosGarcíaVázquez Ninguna otra ciudad del mundo experimentó como Berlin la carga destructiva que se ocultaba tras el proceso de racionalización moderno, quizá porque en ninguna otra ciudad del mundo este pro— ceso fue implantado de forma tan estricta como aqui en el periodo de la República de Weimar. Berlin, un lugar que Alfred Db'blin llegó adefinir por sus coordenadas geográficas, como un punto del globo dedicado aproducir. Cuando el huracán racionalizadorpasó, dejó tras de si una impresionante estela de destrucción: 75 millones de metros cúbicos de escombros; 75.000 edificios destruidos; las infraestructuras de transporte, agua, gas yelectricidad, borradasdel mapa; y los 4,3 millones de habitantes de 1939 reducidos a dos millones. En 1945 Berlin era una ciudad perple— ja, una ciudad que en pocos meses habia pasado del sueño de ser la capital del ”Reich de los mil años", a convertirse en un inmenso campo de ruinas. El estremecimiento ante tanta barbarie ydestruc— ción, yel sentimiento de culpabilidad por su evidente complicidad con el terror nazi, dejarían una profunda huella en el Berlin de posguerra. El debate sobre la reconstrucción de la ciudad quedó definitivamente envenenado por la infinidad de fantasmas que planeaban sobre la metrópoli simbolo del nacionalsocialismo.Berlin desconfiaba de si misma, yello derivó, en el periodo que va de 1945 a1979, en un profundo autodesprecio. En estas circunstancias, angustiada por una permanente duda esencial sobre su propia identidad, el destino de Berlin tan sólo podia ser uno: el de la ciudad existencial. El primer indicio de la voluntad de reconstruirla ciu— dad fue el denominadoPlan Colectivo, una propuesta dirigida por Hans Scharoun en 1946. Este plan resu— me la maraña de sentimientos que atenazaban al Berlín de esos años, ala vez que nos aporta una pri— mera pista sobre el papel que iba adesempeñar la naturaleza en la ciudad existencialista de posguerra. La propuesta partía del principio Stunde Null (hora cero), es decir, del deseo de refundar la ciudad neganDíbuja del Plan Colectiva de Hans Scharoun, 1946. La organización ejempliñca la ordenaciónformal sobre la base de las rela— ciones de convivena'a. Pmpanía un desarrolloalo largo del río Spree colocandobandas paralelas previstas para transporte, trabajo, vivienda, descansoyagricultura local, optando por el autaabastecimiento. Esta disposiciónmantenía una mínimaparte del casco antiguo, rodeado de áreas verdes 2ignoraba radicalmente tanto la estructura preexistente como la situación política de la ciudad, divididaentre las potencias ganadoras en la guerra. do cualquiervestigio de lo que ésta fue antes de su "gran pecado capital". Es por ello que Scharoun pro— puso anular la tradicional trama concéntrico-radial de Berlin ysustituirla por una malla ortogonal orgánica que reducía la ciudad acuatro bandas funciona— les: negocios, cultura, vivienda ytrabajo. Apesar de esta zonificación, nadie deberia caer en la tentación de identificar este plan con una mera aplicación de los principiosde la Carta de Atenas, unos principios que por fin encontraban, en una ciudad totalmente destruida, la tan deseada fabula rasa de la moderni— dad. Una connotación esenciat separaba el proyecto de Scharoun de los cánones del urbanismomoderno: cada una de esas bandas funcionales respondíaalas caracteristicas topográficas del valle glacial del Spree, el rio que cruza Berlin yel único elemento natural al que podia atenerse la ex—metrópoli en su refundación desde cero. Tras el concepto de Stadtlandschaft () paisaje urba— no, que Scharoun inaugura con este plan, se escondía el proyecto existencialista del Berlín de posgue— rra, un proyecto donde el retorno ala naturaleza era esencial. El Stadtlana'5chaftpretendia validarfisicamente las ideas de Martin Heidegger, es decir, llenar la ciudad de honestidad yhumanidad, yaprender a habitarla poéticamente. Pero para alcanzar estos propósitos, en un lugartan envilecido como Berlin, era preciso, en primer lugar, negar su historia reciente. En esta tarea Scharoun fue radical ydeci— dió remontarse varios millones de años atrás, al tiempo en que Berlin no era Berlin, sino un inmaculado valle glacial. Con la vuelta alas esencias más primitivas Scharoun le negaba ala metrópoli el ”lugar" que una vez ocupó, para devolvérselo ala naturaleza en su estado primigenio. El Stadtlandschaft reclamaba asi la construcción de lugares heideggeríanos, la ciudad debia ser una réplica de la naturaleza pero construida poéticamente por las acciones del hombre, un entorno conformado apartir de fenómenos de experiencia inmediata, de objetos capaces de purificar la realidad ñsica… como la Philarmonie. CIUDAD —MEMORANDO 111
112 CIUDAD ""> RE196163 Efectivamente, este edificio, construido por Scharoun casi dos décadas después de su propuesta para el Plan Colectivo, era un lugar heídeggeriano por excelencia: exteriormente una montaña dorada y reflectante que, con sus angostos contornos, negaba cualquier posibilidad de reconstrucción del anti— guo orden geométrico de la metrópoli; en el interior la montaña se trasmutaba en valle yen cielo, en un valle flanqueado por colinas aterrazadas ycubierto por un cielo estrellado donde flotaban las nubes. En definitiva, un edificio que no queria ser edificio sino un paisaje virtual habitable poéticamente, con la orquesta en el centro ylos espectadores a su alrededor, como un grupo de personas que rodean a un músico callejero en una arraigada comunidad. Con el Plan Colectivo yla Philharmoníe, Scharoun repetía la máxima del urbanismo moderno de entreguerras, es decir, hacia desaparecer la metrópoli. Pero sus motivaciones eran bien distintas: mientras que Le Corbusier proponía conciliar ciu— dad ynaturaleza insertando aésta última en el pro— ceso productivo de aquélla; en el Berlin existencia— lista de Scharoun el sueño moderno de la conciliación quedaba definitivamente abolido, la ciudad productiva habia sido demonizadayel verde sanitario sustituido por un retorno triunfal de la naturale— za. No más conciliación, por tanto, pero tampoco conflicto; la aturdida modernidad europea de pos— guerra proponía la salvación existencial de la metrópoli por engullimíento, por desaparición total dentro de una inmaculada masa vegetal. Con esta actitud retornaba aoccidente un antiquísimo, y nunca extinguido, sentimiento antiurbano.
El Muro de Berlín. PotsdamerPlatz yLeípziger Platz, 1967. Este sentimiento estuvo flotando sobre Berlin des— de 1945 hasta 1979 cuando, lejanos ya los horrores de la guerra, la IBA, la Exposición Internacional de Arquitectura, propuso una nueva comprensión de la ciudad basada en su identidad previa al "gran desastre". Pero hasta entonces, ydurante treinta y tantos años, Berlin siguió suspendida en su propio tempo existencial, es decir, empeñada en autodestruirse como metrópoli. Así, la labor de los bombardeos fue retomada, en primer lugar, por el Muro, una franja de cuareta yseis kilómetros de longitud ycien metros de anchura que terminó de arrasar el tejido histórico de la ciudad; inmediatamente des— pués vendria el no menos destructivo urbanismo de los sesenta, que inundó la urbe de edificios-pastilla yautopistas elevadas. Pero, afortunadamente, esta cadena de destruccio— nes no fueron el preámbulo de un idilico Stad— t[andschaft: la naturaleza no consiguió finalmente tragarse aBerlin. Lo que ocurrió fue algo bien difeReum'ón social en una de las term/fis mguex de Berlin. rente, la ciudad se fue convirtiendo en una especie de cloaca adonde iban aparar las realidades más crudas del planeta: dos sistemas políticos, dos sistemas económicos, dos culturas, división, aisla— miento. Tanta realidad inapelable, ytan poco amor por si misma, acabaron por congelar las huellas de las sucesivas destrucciones que habian asolado Berlin... hasta que cuajó la verdadera ciudad exis— tencialista: un desmembrado paisaje urbano lleno de fragmentos ycolisiones. Nadie como Wim Wenders en su pelicula ”El Cielo sobre Berlín", supo captar la profundidad de este paisaje existencial: medianeras, solares abando— nados, callejones solitarios, patios interiores, miles de resquicios urbanos que escapaban ala mano del urbanista eiban siendo colonizados por kioscos de salchichas, carpas de circo, automóvi— les desvencijados y, sobre todo, por individuos solitarios, individuos existenciales ono, pero esencialmente metropolitanos. Wim Wenders, ymuchos otros intelectuales, se sin— tieron atraidos por el extraño magnetismo que emanaba del sector occidental de Berlin, la única metrópoli europea ajena alos formalismosyservi— dumbres de las grandes capitales de los estados vecinos. La ciudad de los terrains vagues, de los conflictos, de ta fealdad, demostró encerrar, tras su nunca superado desdén por si misma, un enorme potencial de libertad ycreatividad que acabó por convertirla, en los años sesenta ysetenta, en el epicentro de la cultura alternativa mundial. Demasiado tarde, el 9de Noviembre de 1989 caia el “Muro de la Vergiienza", todo un hito que consagraba la expansión universaldeltardocapitalismo. El perso— nalisimo ciclo existencial de Berlin concluía aqui; inmediatamente después la ciudad comenzó aplani— ficar su retorno al redil de la sacrosanta "ciudad euro— pea”, asi bendecida por Aldo Rossi. Era evidente que, para la sociedad postmoderna, la concentración de realismo del Berlin de los setenta era insoportable.