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La imagen de España

Payne, Stanley G.

Abstract

La imagen de cualquier país tiene dos vertientes, la formada por los nativos y la creada y cultivada por los extranjeros. En este ensayo se estudian las diferentes visiones que han existido de España desde la Edad Media a la actualidad.

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Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 23, nº 47. Segundo cuatrimestre de 2021. Pp. 9-20. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2021.i47.01 La imagen de España The Image of Spain Stanley G. Payne1 Universidad de Wisconsin-Madison (Estados Unidos) Recibido: 19-04-2021 Aceptado: 08-05-2021 Resumen La imagen de cualquier país tiene dos vertientes, la formada por los nativos y la creada y cultivada por los extranjeros. En este ensayo se estudian las diferentes visiones que han existido de España desde la Edad Media a la actualidad. Palabras-clave: España, Leyenda Negra, Nación, Reconquista, Siglo de Oro. Abstract The image of any country is twofold, the one formed by the natives and the one created and cultivated by foreigners. This essay studies the different visions that have existed of Spain from the Middle Ages to the present day. Keywords: Spain, Black Legend, Nation, Reconquest, Golden Age. La imagen de cualquier país tiene dos vertientes, la formada por los nativos y la creada y cultivada por los extranjeros. La Unión Soviética invirtió un gran esfuerzo en cultivar en otros países una imagen específica del imperio soviético, a veces con cierto éxito, mientras el mejor ejemplo de una empresa igual en el siglo XXI sería el extenso programa de China destinado a proyectar 1 Catedrático emérito de Historia Contemporánea en la Universidad de Wisconsin-Madison, codirector del Journal of Contemporary History, miembro de la American Academy of Arts and Sciences y académico correspondiente de la Real Academia de la Historia; es autor, entre otras obras, de Falange. Historia del fascismo español (París: Ruedo Ibérico, 1965), Los militares y la política en la España contemporánea (París: Ruedo Ibérico, 1968), Historia del fascismo, 1941-1945 (Barcelona: Planeta, 1995), La primera democracia española: la Segunda República, 1931-1936 (Barcelona: Paidós Ibérica. 1995), El camino al 18 de julio: la erosión de la democracia en España (Madrid: Espasa Libros. 2016) o En defensa de España: desmontando mitos y leyendas negras (Madrid: Espasa, 2017). 10 Stanley G. Payne Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 23, nº 47. Segundo cuatrimestre de 2021. Pp. 9-20. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2021.i47.01 una imagen determinada en el mundo, que ha tenido igual o mayor éxito. Estos fenómenos de la época contemporánea no tuvieron muchos paralelos en la historia, cuando las imágenes de pueblos o naciones estaban retratadas por visitantes o escritores individuales en vez de por programas oficiales. Las historias de España más pormenorizadas con frecuencia señalan que la primera imagen escrita del conjunto de la Península que tenemos es la muy conocida “Alabanza de España” por San Isidoro de Sevilla en el siglo VII. Después de la destrucción del reino visigótico no hubo nada parecido durante mucho tiempo. La idea de la península que tenían los francos de la época carolingia era de una zona de conflicto, tierra de partida de invasores árabes, y por unos años un peligro para la misma Francia. Por una parte, se trataba de un territorio cada vez más islamizado, aunque poblado en gran parte por cristianos subyugados, una parte de los cuales, al menos, se resistía. Para los vecinos al norte, era una tierra de lucha, de resistencia y de reconquista potencial, sobre todo durante el reinado de Carlomagno. Pero no está muy claro cómo era la imagen de los “hispanos”, más allá de su identidad cristiana, unas gentes que, por su religión, pertenecían a la común cultura católica. La diferencia brotaba especialmente de la presencia amenazante de una potencia y cultura hostiles. Las imágenes tienen mucho que ver con las identidades, y en los primeros siglos de lo que después se llamaría Occidente, las identidades tenían dos dimensiones, la primera, la individual y directa, y la segunda, más general. La primera era geográfica, a veces étnica y también de una entidad política o estatal concreta; la segunda se vinculaba con la cristiandad latina de la Iglesia católica. La voz Hispania había sido originalmente una designación geográfica romana, pero no está claro que en los primeros siglos medievales hubiese una idea de “España” como conjunto al otro lado de los Pirineos, ni tampoco en la península. Para los musulmanes, la mayor parte de este territorio era islámico, una parte del Dar al-Islam, una realidad que todos tenían que reconocer. Hasta había unos pocos manuscritos en los reinos hispanos cristianos que se referían a “España, tierra de moros”. Estos primeros reinos no proyectaron una visión de conjunto muy clara hasta el siglo IX, cuando surgieron los primeros atisbos de reconquista directa y general en el reino de Asturias. De ahí en adelante se formuló la idea de la recuperación de todo el reino visigótico, asociándolo con la formación de algún concepto general, por vago que fuera, de una España en conjunto, expresada de modos diversos, pero creando las formas y expresiones múltiples de lo que José Antonio Maravall llamó El concepto de España en la Edad Media (1954). En años más recientes este concepto ha sido envuelto en un sinfín de controversias, que alegan que tal idea realmente no existió fuera de algunos pequeños círculos de élite, quienes de ningún modo estaban de acuerdo exactamente entre sí, que no se puede hablar de Reconquista en mayúscula o 11 La imagen de España Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 23, nº 47. Segundo cuatrimestre de 2021. Pp. 9-20. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2021.i47.01 de cualquier proyecto importante en común, que los reyes hispanos siempre estaban enfrentados entre sí, que a veces formaban alianzas con Estados musulmanes contra otros reinos cristianos, que estaban muy satisfechos con el Islam para conformar grandes estructuras de “convivencia” interreligiosa, y que no revelaban ningún proyecto de conjunto de mucha amplitud o tenacidad. Muchas de estas críticas o matizaciones parecen a lo menos parcialmente correctas, porque se trató de un proceso extremadamente largo, con muchos altibajos, avances y retrocesos muy complicados y contradictorios. “España” empezó con los romanos como concepto geográfico, y la imagen de España que tenían los mismos líderes y escritores medievales (porque solamente conocemos las actitudes de élites) era también originalmente geográfica, pero poco a poco pasó más y más a ser una referencia cultural, lingüística y política. Nunca hubo en la Edad Media una España política, pero más y más emergían el concepto y la imagen de “las Españas”, de los múltiples reinos de los cristianos autóctonos, unidos por su religión, su geografía peninsular, sus muchos lazos inter dinásticos y su común empeño en lo que a largo plazo se definía como “la guerra divinal”, empresa hispana antes de oficializarse como empresa europea, aunque en la Península durante mucho tiempo no fue definida exactamente en los mismos términos. En nuestra época de deconstrucción, se ha puesto bastante énfasis en el hecho de que la Reconquista nunca se definió exactamente como tal en la Edad Media, sino que fue tildada de recuperación o restauración. Es cierto que “Reconquista” es un término moderno, pero es típico que grandes procesos históricos no reciban su título común hasta años después, como, por ejemplo, no se llamaba a la Guerra de Cien Años así durante el curso de la guerra misma. El elenco de ejemplos que se podría citar es casi infinito. Por lo general, los grandes acontecimientos históricos no son sucesos individuales, sino procesos fundamentales. ¿Cuándo exactamente, por ejemplo, “cayó Roma”? No exclusivamente en el año 476. Lo que es innegable fue que la Reconquista de España resultó un proceso realmente único en la historia mundial, como ya he comentado en otras obras. Que se llame “la Reconquista” en sí misma o “el proceso largo de la Reconquista” es otra cosa. Como casi todo en la historia, tuvo una larga evolución, pasando por múltiples fases y matizaciones o cambios de énfasis, pero lo que resulta innegable es que lo que se llama Reconquista o “guerra divinal” (frase de la última parte de la Edad Media) llegó a ser fundamental en la imagen que las élites –y también en los siglos XV y XVI mucha gente común– tenían de España, que luego se convirtió en misión milenaria por un par de siglos, cuando el país parecía estar en posición de dominar la historia. Y algo de esa trascendencia siempre deja muchas huellas después, cuando la moda en sí ha desparecido. 12 Stanley G. Payne Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 23, nº 47. Segundo cuatrimestre de 2021. Pp. 9-20. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2021.i47.01 ¿Qué papel tenía al-Ándalus en esta dinámica? Su lugar fue importante, aunque ambiguo, confuso, con frecuencia exagerado, y casi siempre mal entendido, algo casi inevitable por la enorme complejidad del tema. No tiene el menor paralelismo con ninguna otra parte de Occidente y es comparable, probablemente, con el problema de la influencia del “yugo tártaro” en la historia rusa. El tema es tan complicado que casi resulta imposible resumirlo brevemente. Figura de algún modo importante en la imagen europea de España desde el siglo VIII y, si ha cambiado ahora, solo ha sido en las dos o tres últimas generaciones de la historia contemporánea. Pasa lo mismo con la mal llamada “convivencia de las Tres Religiones”, un invento conceptual/interpretativo del siglo XX. Si existió alguna vez – ciertamente no en los términos idílicos concebidos– no fue estable en ninguna parte de la península durante mucho más tiempo que una sola generación. Pero una versión, aunque de ningún modo idílica, llegó a existir en Castilla y Aragón por algún tiempo. No se puede decir que el concepto que las élites tenían de los reinos hispánicos fuera religioso y culturalmente exclusivista, a pesar de la importancia de la guerra divinal, sino que incluía mayor “diversidad” que cualquier otra parte de Occidente. En la Edad Media eso formaba parte de la imagen de España en Europa, aunque no fuera considerado un aspecto muy deseable. Allá por los siglos XIII y XIV en Inglaterra y Francia se consideraba el exclusivismo –expulsando a los judíos– como lo “moderno”. Por contraste, la Península era más “arcaica”, porque adoptó la “nueva” política solamente dos siglos después. El concepto de “nación”, como se sabe, entonces tenía acepciones muy diferentes, y la idea de España como la “primera nación moderna” es una distorsión de ciertos panegiristas hispanófonos modernos. Tradicionalmente, la voz “nación” se refería a los habitantes de una región o territorio, de un Estado u otra entidad, o a los que hablaban la misma lengua. Era elástica y podía abarcar múltiples dimensiones de gentes del mismo grupo, según el concepto. En una ciudad de Flandes, por ejemplo, la “nación vizcaína” podía referirse a mercaderes de Bilbao y otros sitios de Vizcaya, y también de otras partes del norte de Castilla, y, en comparación con ingleses o alemanes, todos aquellos podían formar parte de la “nación española”, término general para referirse a todos los peninsulares, sin exceptuar a portugueses. No hay duda de que existía el concepto y la imagen de una “nación histórica española”, aunque de un modo muy general y diverso, y sin contenido político específico. En los últimos siglos medievales formaba parte del imaginario común europeo, muy presente en las relaciones entre reinos y regiones europeos, no obstante la inexistencia de un “Estado español”. En Castilla, sobre todo, el concepto que existía del reino visigótico se invocaba de un modo u otro durante siglos, aunque la expansión castellana, 13 La imagen de España Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 23, nº 47. Segundo cuatrimestre de 2021. Pp. 9-20. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2021.i47.01 siempre sujeta a los vaivenes de la historia, no dependía exclusivamente de esa idea. Cuando finalmente tuvo lugar la unión de las Coronas de Aragón y Castilla, la imagen en el extranjero se concretó en un reino de “España”, que de ahí en adelante parecía una absoluta realidad en las relaciones internacionales, y así se llamaba sin la más mínima reticencia durante toda la época habsbúrgica. Además, fue adoptado y asumido por muchos comentaristas españoles. Era la época en que, sobre todo en el extranjero, el castellano llegaba a ser entendido como “el español”. En cambio, cada lector atento de la historia sabe que en términos políticos y exactos esta “España”, que pronto llegó a ser impresionante y hasta temible en el imaginario europeo, realmente no existía como una sola entidad política unida. Después de la muerte de Isabel, el mismo Fernando el Católico hizo lo posible para dividir los reinos otra vez, tragando desesperadamente y cada vez con mayor dificultad su caldo diario de testículos de toro en su lucha infructuosa para engendrar otro heredero (“aragonés” y no “español”) con su segunda esposa francesa. Bajo la dinastía sucesora, lo que en el extranjero se llamaba sin la menor vacilación “España” fue en realidad oficialmente “la Monarquía hispánica”, sin que existieran intentos (salvo por el totalmente fracasado Olivares) de constituir una monarquía o nación unitaria. Ahora se entiende mejor que hace tiempo, que la Habsbúrgica fue una de las típicas “monarquías compuestas” de múltiples Estados o, si se quiere, de varias “naciones históricas” especificas, como era típico en este periodo del Antiguo Régimen. “Nacional” fue un término detestado por Olivares por referirse exclusivamente a los principados individuales bajo los Habsburgo, en cuya época final Cataluña vivía los últimos tiempos dorados de sus instituciones históricas inalteradas. De ahí su resistencia tan denodada, durante la Guerra de Sucesión (1701-1713), a los Borbones. Es verdad que esto no tenía mucha importancia en la imagen de España en el extranjero, por varias generaciones tan temible y hasta amenazante hasta convertirse, en la segunda mitad del siglo XVII, en una impresión más y más de desprecio. Todo lo cual, sin embargo, no fue obstáculo a que se hablara más y más dentro del país en los siglos XVI y XVII de España en términos generales y hasta en sentido –a lo menos– parcialmente único. Las guerras casi constantes contra enemigos extra peninsulares fueron sin duda importantes en la plasmación del comienzo de una mayor consciencia colectiva, aunque de ningún modo totalmente dominante, hasta en Castilla. Los primeros pasos dirigidos a la creación de Estados unitarios en las grandes monarquías compuestas tuvieron lugar en Francia en el siglo XVII, y luego bajo la corona inglesa en la unión con Escocia en 1707. Actualmente existe un consenso entre historiadores que los primeros pasos en la construcción de una monarquía más directamente unida tuvieron lugar en España con la 14 Stanley G. Payne Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 23, nº 47. Segundo cuatrimestre de 2021. Pp. 9-20. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2021.i47.01 llegada de los Borbones. Así, no se puede hablar de ningún gran “atraso” español en los inicios de este proceso, aunque sí más de obstáculos, dilaciones y fracasos en llevarlo completamente a cabo. Igualmente se podría decir que el primer paso hacia la construcción de una nación moderna con la Constitución de Cádiz fue relativamente precoz, en comparación con la gran mayoría de los países europeos. Paralelamente, cambiaba también el concepto que los españoles tenían de sí mismos, que empezaba a dividirse en el siglo XVIII entre los reformadores o modernizantes y los tradicionalistas. Ya se vislumbraba esta dinámica en el siglo anterior, pero llegó a ser más acusada aún antes de la Revolución francesa. Surgía también una división nueva (“moderna”) en la cultura, con la autoconciencia de una manifestación “castiza” de raíz popular, pero que era también bastante atractiva para algunos sectores de la aristocracia. El “majismo” sociocultural fue la primera expresión autóctona de lo que Xavier Miralles llamó, con respecto al siglo XIX, el “autoexotismo” español y también una anticipación –o en parte el origen– de la percepción posterior de una “España romántica” por los extranjeros. Hay que preguntarse cuánto de lo que se considera “lo tradicional” –tanto dentro como fuera de España– fue una creación relativamente nueva del siglo XVIII. En todo caso, esta dinámica provocó un cierto desplazamiento de la imagen de España desde Castilla –austera, arrogante y aristocrática– a Andalucía –alegre, popular y plebeya–, tanto para autóctonos como para visitantes y comentaristas. José Álvarez Junco es el historiador que ha hecho más para definir y asentar los diferentes tipos de imagen de España que predominaron en la época moderna. En otra obra he resumido la sucesión de imágenes o estereotipos bajo cuatro categorías: • El clásico tópico de la Leyenda Negra de los siglos XVI y XVII, que bajo varias formas ha continuado. • La crítica “ilustrada” que empezó en cierta forma en el siglo XVII, continuó de una manera algo diferente en el siglo XVIII y con varios matices ha persistido mucho tiempo. • El mito de la “España romántica” de la primera mitad del siglo XIX, que también ha continuado por bastante tiempo en formas atenuadas. • La composición variada de múltiples estereotipos de finales del siglo XIX y del siglo XX, que retomaron aspectos de las versiones anteriores, incorporando en ocasiones elementos de la política o la cultura del momento, que, a su vez, a menudo creaban aún nuevos mitos y estereotipos. Aunque las expresiones más completas y extremas de los estereotipos han sido escritas por extranjeros, sería completamente erróneo no reconocer 15 La imagen de España Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 23, nº 47. Segundo cuatrimestre de 2021. Pp. 9-20. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2021.i47.01 que los españoles mismos han participado activamente en el proceso. El ejemplo clásico fue la fuente original más importante de datos para la Leyenda Negra, la obra de magníficas intenciones humanitarias pero muy exageradas afirmaciones y estadísticas de fray Bartolomé de las Casas. Constituyó el comienzo histórico de lo que a largo plazo llegó a ser una inmensa escuela de comentaristas y críticos españoles no del “loor a España”, sino de la “denuncia de España,’ que realmente por su gran longitud, amplitud e intensidad no tiene igual en la historia de ningún otro país europeo hasta nuestra época actual. Ahora vivimos en un tiempo de preferencia exclusiva por la alteridad y de una literal “oikofobia” (autoodio doméstico, en la voz acuñada por el filósofo inglés Roger Scruton), que ha creado su propia leyenda negra en todos los países de Occidente. Pero el fenómeno actual es más difuso, sin la misma concentración específica de odio dirigido a un solo país. En su plena definición formal esta leyenda fue obra de escritores protestantes del noroeste, sobre todo ingleses, pero también holandeses e individuos de otros países, comenzando no en el norte sino con algunos comentaristas italianos del siglo XV. Completamente formada, la Leyenda Negra fue una reacción a España como gran potencia en la época de su mayor poder e influencia, muy vinculada también con las tensiones religiosas de la Reforma. Aunque el texto fundacional fue la obra de Las Casas, el gran símbolo duradero de este estereotipo del español como sádico, cruel y tiránico fue la Inquisición, sin duda la imagen individual más negativa de cualquier país europeo antes del siglo XX. Otro factor básico fue la extraordinaria duración de las campañas en Flandes, seguida por la larga e increíblemente destructiva guerra en Alemania. Por la mayor parte, esta última no fue obra de españoles, sino que constituía el colmo de los odios religiosos, raíz central, aunque de ningún modo la única del tópico. El declive de España trajo consigo el cambio del estereotipo. La Leyenda Negra no desapareció totalmente, porque ese proceso tardaría siglos, sino que el miedo y la denuncia virulenta pasaron a ser sustituidos por el desprecio desdeñoso. Los españoles ya no se destacaron por ser una amenaza y por su sadismo sino por su ignorancia, indolencia y atraso productivo, dominados por una percibida vacua vanidad e incultura. Ya no era necesario odiarlos ni temerlos, sino compadecerles y despreciarlos. El cambio empezó después de mediados del siglo XVII y estuvo en auge por un siglo y medio, alcanzando su clímax en la época de la Ilustración. No se manifestaba únicamente en países protestantes, sino que dominaba también en Francia (aunque a veces con alguna matización) en la época en que la cultura de esta nación dominaba Europa. Es verdad que unos pocos historiadores franceses y británicos trataron de formar un criterio más objetivo, pero la primera reevaluación seria se encontró en la Aufklärung (“Ilustración”) alemana, que pronto tomó las primeras formas 16 Stanley G. Payne Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 23, nº 47. Segundo cuatrimestre de 2021. Pp. 9-20. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2021.i47.01 del Romanticismo. Algunos de los principales pensadores alemanes ofrecieron una interpretación diferente de la cultura de lo que se llamaría poco después el Siglo de Oro, ensalzando sobre todo a los grandes escritores españoles y destacando valores culturales y espirituales muy positivos. Pero en el siglo XXI los estudiosos han llamado la atención sobre todo en el cambio de paradigma en la imagen del país que brotó de la Guerra de Independencia, dinámica que provocó el asombro de Europa. Por vez primera, la mentalidad de los observadores europeos experimentaba una inversión parcial en la valorización de las cualidades morales y espirituales de los españoles. El nuevo paradigma no abandonó estereotipos, sino que los modificó o cambió por tópicos nuevos que reflejaron una apreciación más positiva de una singular cultura que parecía preindustrial y premoderna (según las normas de aquellos años), dotada de rasgos que eran dignos de consideración o estima. Cuando los españoles recurrían a la violencia, ya no eran monstruos crueles sino héroes que combatían con un coraje y una temeridad inusuales, dispuesto a sacrificarse para conservar su independencia y su forma de vida. En lugar de ser fanáticos religiosos, contemplaban la vida y la cultura desde un punto de vista espiritual que ponía en tela de juicio el tosco materialismo del mundo moderno. En lugar de ser personas perezosas e inútiles, los españoles exhibían unos valores humanos y sociales que se negaban a sacrificar en el altar de la industrialización y el lucro. Lo que se había llamado ignorancia, ahora se consideraba sentido del honor, una cualidad que parecía en peligro de desaparecer en otras latitudes más modernas. En lugar de estar cerrados a la ciencia y la ilustración, los españoles compartían una cultura popular que privilegiaba el canto y la danza, expresando una vitalidad artística que la sociedad allende los Pirineos había perdido. En la ordinariez y el igualitarismo de las clases bajas ya no se veía la zafiedad sino la pervivencia de una autenticidad y una personalidad vitales. Siempre había existido cierto respeto por la literatura de la Edad de Oro, pero en el siglo XIX se descubría también el arte y la arquitectura españolas, que llegó al borde de crear una moda. Este cambio de paradigma no se efectuó de la noche a la mañana, y nunca fue total y completo, sino que pasó al mundo de la cultura europea en su plenitud durante el segundo cuarto del siglo XIX, formando el segundo de los dos mitos más importantes, el de la “España romántica”. Aunque los libros individuales más duraderos fueron escritos por angloamericanos (George Borrow, Richard Ford y Washington Irving), fue sobre todo Francia, con su proximidad y sus muchos viajeros y visitantes, quien se situó en el centro de este culto. Ya antes, la actitud francesa del siglo XVII había sido más compleja y más positiva que la de Inglaterra, pero ese segundo cuarto del siglo XIX fue la “hora española” de Francia. Durante la primera mitad de la centuria, entre traducciones, libros de viajes, ensayos y obras de ficción, se publicaron en el país galo nada menos 17 La imagen de España Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 23, nº 47. Segundo cuatrimestre de 2021. Pp. 9-20. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2021.i47.01 que ochocientas obras sobre España. Como señala Rafael Núñez Florencio, “la influencia española en Francia alcanza a la vida diaria y se manifiesta en primer lugar en el prestigio del viaje a la Península, al que pocos de los grandes autores de la época se sustraen”. “Se produce, por ejemplo, una invasión sin precedentes de términos españoles. Se pone de moda en determinadas élites la indumentaria tradicional hispana. Se valoran más que nunca el vino y el tabaco españoles”. A veces se cree erróneamente que el culto a la España romántica ha reemplazado tópicos negativos con un estereotipo positivo, pero no fue exactamente así. La nueva imagen fue mucho más atractiva, fascinante por su diferencia y aparente exoticismo, pintoresca especialmente por tratarse de un país tan cercano, pero tan distinto por su atraso y hasta por ser tan “oriental”. De ningún modo se había abandonado totalmente el prejuicio de los Ilustrados que África empezaba en los Pirineos. El reinado de Fernando VII parecía demostrar que la tiranía persistía, y la violencia era todavía muy evidente en la tendencia a la guerra civil en una tierra tal vez más moruna que europea. En cambio, cuando España lograba cierta estabilidad y mayor modernización a mediados del siglo, escritores franceses lamentaban que perdía su originalidad y espontaneidad, tan asociadas con el atraso. En la segunda mitad del siglo XIX esta imagen perdía parte de su intensidad y llegaba a ser más complicada, con mezclas variables de los principales estereotipos anteriores. Emergía en esta época el fenómeno del “hispanismo”, de estudiosos extranjeros dedicados a la investigación de España, ya esbozado superficialmente en Francia y Gran Bretaña en el siglo anterior, que luego llegó a ser notable en Estados Unidos, con figuras tan distinguidas como William Hickling Prescott y George Ticknor, de indudable importancia. Prescott fue el primer gran historiador norteamericano de un país europeo, autor de las primeras obras realmente profesionales y críticas, mientras Ticknor, profesor en Harvard, produjo la primera historia moderna completa de la literatura española, en tres tomos, que estimuló la historia literaria en España misma. La History of Ferdinand and Isabella the Catholic (ambos con nombres italianos) fue, en términos proporcionales, el mayor bestseller en la historia conocida del hispanismo, con una edición nueva casi cada año durante seis décadas. Prescott fue un verdadero héroe de la cultura, por su lucha contra las limitaciones físicas, pero su interpretación de España fue muy matizada. Admiraba los logros de los siglos XV y XVI y las grandes personalidades de esa época, pero creía firmemente en lo que llamaba el “carácter nacional español”, que parecía ser esencialista e inalterable, caracterizado sobre todo por “el espíritu caballeresco”, el sentido del honor y la prioridad de la religión. En la interpretación del historiador americano, Richard Kagan ha identificado lo que llama el “paradigma de Prescott” –probablemente la imagen más común