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El contenido médico en el Lapidario alfonsí

Amasuno, Marcelino V.

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139 V SEMANA DE ESTUDIOS ALfONSÍES El contenido médico en el Lapidario alfonsí Marcelino V. Amasuno McGill University, Montreal, Canadá El hecho de que los lapidarios hayan sido tan populares en la Edad Media queda atestiguado por la simple razón de que un gran número de ellos ha llegado a nosotros en diversas versiones y variadas lenguas. En general, son compendios de distintas categorías en los que se describen, entre otras características, las cualidades físicas de sus componentes y los lugares donde se hallan, junto a otras muy variadas como son la mágica, la curativa, la profiláctica y, en algunas ocasiones, la vinculada con la influencia que los planetas y signos del Zodíaco ejercen sobre sus variados componentes. A este respecto, son dignos de mención, entre otros muchos, el Liber XVI De lapidibus et metallis de las Etimologías de Isidro de Sevilla (s. VII), que trata especialmente de la descripción de las cualidades físicas de las piedras preciosas y de los lugares donde se encuentran, aunque prestando más escasa atención a sus propiedades mágicas y curativas, que no rehuye. Esta especie de lapidario, que consta de 24 capítulos, debe mucho a un posible resumen de la Historia natural de Plinio, con los aditamentos –de origen incierto– de aquellos aspectos mencionados, es decir, el mágico y el curativo1. Tras un periodo de oscuridad que abarca los siglos VIII-XI, encontramos un breve compendio, escrito en vernáculo anglosajón a finales de dicho siglo, que, basado en Beda el Venerable y el Hispalense, amás de reducidas adiciones 1 Etimologías, ed. de J. Oroz Reta y M.-A. Marcos Casquero, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 433 y 434, 1982, II, pp. 262-312. Ver la excelente Introducción general (7-257) de M.C. Díaz y Díaz, donde estudia algunas de sus fuentes clásicas, haciendo alusión a la conexión existente entre el hispalense y el latino en 191. Alcanate V [2006-2007], [139 - 161] 140 Marcelino v. aMasuno Alcanate V [2006-2007], [139 - 161] V SEMANA DE ESTUDIOS ALfONSÍES procedentes de Plinio, versa sobre las doce piedras apocalípticas. Muy poco después, hacia 1090, irrumpe en el panorama latinocristiano europeo el Liber lapidum de Marbode, obispo de Rennes entre 1067 y 1081. Basado en el Lapidarium de Evax y en el De lapidibus de Damigeron, este tratado, redactado en hexámetros latinos, es, sin lugar a dudas, el lapidario más conocido de la Edad Media, siendo traducido durante la baja Edad Media al francés, provenzal, italiano, irlandés, danés, hebreo y, finalmente, al castellano2. Compendio de diversas tradiciones, combina la ciencia mineralógica propiamente dicha con ciertas creencias relativas a la ars medica y la magica. El hecho de que este Liber lapidum se halle en varios manuscritos en unión del De herbis de Macer y/o con tratados médicos de Hipócrates (¿460-377? a. C.), Dioscórides, Galeno (131-210?), Avicena (980-1037) y Constantino Africano (1010-1087), muestra con suficiencia que fue considerado como texto afín al arte de curar3. Más cercano a esta disciplina, todavía no institucionalizada con el rigor que adoptaría posteriormente, se encuentra el breve Liber lapidum, cuarto tratado del Liber subtilitatum diversarum naturarum creaturarum, de la abadesa y mística teutónica Hildegard von Bingen (1098-1179)4. Es a partir del siglo XII cuando empiezan a difundirse por la Europa occidental los lapidarios cristianos, de profunda raigambre simbólica y credencial, que versan sobre las doce piedras del racional de Aarón (Éxodo, 28:17-20 y 39:10-13) y las preciosas del Apocalipsis (Juan, 21:9-21), con un claro origen en la tradición que arranca de Epifanio (s. IV), obispo chipriota de Salamis, y se continúa con Beda el Venerable y Rhabanus Maurus y su De universo (s. IX). Cuando llegamos a la segunda mitad del siglo XIII, nos encontramos con el 2 Ver J. Evans, Magical Jewels of the Middle Ages and the Renaissance particularly in England, London, Clarendon Press, 1922, nota 2, 33-34, donde se recoge una escueta noticia sobre algunos de ellos. Este famoso lapidario ha sido publicado por J.M. Riddle, Marbode of Rennes’s (1035-1123); De Lapidibus. Considered as a Medical Treatise, Wiesbaden, Sudhoffs Archiv, Zeitschrift für Wissenschaftgeschichte, Heft 20, Franz Steiner Verlag, 1977. En su relación con otros tan populares como él, v. R. Halleux, «Damigéron, Evax et Marbode. L’héritage alexandrin dans les lapidaires médiévaux», Studi Medievali, XV (1974), 327-329. La traducción castellana data del siglo XV y se halla en el Ms. del British Museum, Add. 21245, en los fols. 85r-97r (Liber lapidum Lapidario), y fue editado por K. Vollmöller, Marbodius Redonensis. Ein spanisches Steinbuch, Heilbronn, Gebr[üger] Henninger, 1880. Gozó también de cierta popularidad el Περ`ί λίθων, anónimo del siglo segundo a. C. asignado a Orfeo, que describe las cualidades, poderes y virtudes (entre ellas la de curar) de 28 piedras (ver Lapidario Órfico. Traducción, Introducción y Notas por C. Calvo Delcán, Madrid, Biblioteca Clásica Gredos 134, Editorial Gredos, 1990). 3 Cf. J.M. Riddle, Marbode of Rennes’s De Lapidibus, 8 y 131-132. 4 Puede leerse en Sanctæ Hildegardis abbatissæ Opera Omnia, en Patrologiæ cursus completus, series Latina, J.P. Migne, ed., Paris, Garnier Fratres, 1844-1864, tomo 197 (de 221), col. 1247-1266. 141 El contenido médico en el Lapidario alfonsí Alcanate V [2006-2007], [139 - 161] V SEMANA DE ESTUDIOS ALfONSÍES contemporáneo de Alfonso X el Sabio, antiguo profesor de la Universidad de París y convencido aristotélico, Alberto Magno. No escapó a su atención el ya establecido poder mágico-medicinal de las piedras preciosas, como acredita en el Tractatus II del Liber secundus de su Mineralia, donde “aut per experimentum, aut ex scripturis Auctorum” va describiéndolas “eo modo quo mos est Medicis describere simplices medicinas” y ateniéndose, pues, a un rigor académico propio del paradigma hipocrático-galénico imperante ya en este momento histórico en Europa. Lo cual no fue óbice para que fuera ferviente convencido de la existencia de una “virtus lapidum occulta”, aun cuando ésta apareciera como inexplicable; postura científica que le valió ser visto por muchos de sus contemporáneos como mago, y por tanto, como sospechoso de impiedad su racionalismo aplicado al estudio de la naturaleza5. En Castilla los siglos XII y XIII significan un periodo de actividad traductora intensísima, en el cual gran número de textos árabes o en árabe se vierten no sólo al latín, sino también al castellano. Este contacto y vinculación directa con la cultura y el saber del mundo árabe es el factor determinante de que tanto las cancillerías episcopales como la corte real, sobre todo a partir del segundo cuarto del siglo XIII, se instauren como focos de atracción de gran número de eruditos europeos de distinta procedencia, que se dirigen a Castilla atraídos por la superioridad de la ciencia musulmana. Esta afluencia de viajeros transpirenaicos ya se había iniciado por lo menos en el siglo X y tenía como meta la Córdoba califal; a principios del siglo XII ya se realizaban traducciones de libros científicos árabes en varias ciudades cristianas de la Península y sabemos que Micael (1119-1152), obispo de la recién conquistada Tarazona, favoreció alguna de ellas6. Pero ha de ser Toledo, capital del antiguo reino visigodo y después de uno de los más importantes reinos de Taifas, conquistada por Alfonso VI de León, 5 Libri III Mineralium, en Opera Omnia, Paris, apud Ludovicum Vivès, Bibliopolam Editorem, 1890, V, I, ii, p. 30 (Hay traducción inglesa: Albertus Magnus, Book of Minerals. Transl. by D. Wyckoff, Oxford, Clarendon Press, 1967). Váyase a L. Thorndike, A History of Magic and Experimental Science During the First Thirteen Centuries of Our Era, New York, Columbia University Press, 1932, I, 550-591, donde el gran historiador norteamericano estudia la favorable actitud del germano hacia la magia. Por otra parte, Roger Bacon (ca.1215-1294), otra luminaria intelectual de dicho siglo, aceptaba la existencia de fuerzas milagrosas tanto en las piedras y metales como en otras muchas cosas, dando legitimidad científica a las magicæ scientiæ, de suerte que “si Ecclesia de studio (earum) ordinaret, possent homines boni et sancti laborare in hujusmodi scientiis magicis auctoritate summi pontificis speciali” (Opus Maius, J.H. Bridges, ed., Oxford, Clarendon Press, 1897, II, 208). 6 Váyase a R. Menéndez Pidal, «España y la introducción de la ciencia árabe en Occidente», en España y su historia, Madrid, Ediciones Minotauro, 1957, 725-752. 142 Marcelino v. aMasuno Alcanate V [2006-2007], [139 - 161] V SEMANA DE ESTUDIOS ALfONSÍES la gran ciudad musulmana que a partir del año 1085 se ha de transformar en el gran centro de transmisión de conocimiento árabe. Apoyada años más tarde por el arzobispo Raimundo (1126-1152), comienza sus actividades la llamada escuela de estudios latino-árabes, con estrecha colaboración hispano-hebrea. Su actividad se continúa durante el siglo XIII con gran intensidad, contando con la colaboración de personalidades tan acusadas como Alfredo de Sareshel, traductor, posiblemente en los primeros años de dicha centuria, de una obra pseudoaristotélica, el Liber vegetalium; Miguel Escoto, que fecha en 1217 y en Toledo una traducción latina del De Sphaera de Alpetragio; el clérigo y después canónigo de Toledo, Marcos, que bajo la protección del arzobispo Jiménez de Rada y antes de 1234, traduce varias obras de Galeno. No es menos importante la labor anterior de Gerardo de Cremona, que inicia el proceso de traducción al latín de Galeno, y también lo hace con el que sufre el Canon medicinæ de Avicena. Finalmente, y para no extender más esta enumeración, se ha de mencionar a Herman Alemán (Hermannus Alemanus), quien termina en 1256 el Comentario medio de Averroes a la Retórica de Aristóteles. El alemán estuvo posteriormente adscrito al grupo de traductores en lengua vulgar que impulsada por Alfonso el Sabio había de suplantar y hacer languidecer a la latina7. El protagonismo que despliega el romance castellano en la corte de su rey Alfonso refleja por ende un deseo real de secularización de las actividades intelectuales, que comienza a germinar en la primera mitad del siglo durante el reinado de su padre. En efecto, Alfonso no hace más que continuar e intensificar el ritmo secularizador de la cultura de su tiempo. La toma de conciencia lingüística y cultural que se produce tanto en la confederación catalano-aragonesa como en Castilla-León es secuela irreversible de un fenómeno paralelo y simultáneo, la protección conferida a sabios y poetas en los distintos reinos de Taifas peninsulares, que competían entre sí en esta ejercitación socio-cultural8. 7 Ante el mar bibliográfico que supone tal ámbito intelectual en la Castilla pre y postalfonsina, me limito a mencionar los apartados 8 (El mundo de las traducciones) y 18 (La escuela de traductores, una vez más) de la obra de F. Márquez Villanueva, El concepto cultural alfonsí, Barcelona, Edicions Bellaterra, Serie General Universitaria 35, 2004, 79-87 y 179-190 respectivamente, con la correspondiente bibliografía. 8 Para las traducciones médicas, ver J. Vernet, La cultura hispanoárabe en Oriente y Occidente, Barcelona/Caracas/México, Ariel Historia, Editorial Ariel, 1978, 159-160, y 170-171, y de manera especial D. Jacquart, «Les traductions médicales de Gérard de Crémone», en Gerardo da Cremona, P. Pizzamiglio, ed., Cremona, Annali della Biblioteca Statale e Libreria Civica di Cremona, XLI (1992), 57-70; F. Salmón, «La medicina y las traducciones toledanas del siglo XII», en Historia de la ciencia y de la técnica en la Corona de Castilla. I. Edad Media, L. García Ballester, dir., Salamanca, Consejería de Educación y Cultura, Junta de Castilla y León, 2002, 631-646, con excelente bibliografía. Señala J. M. Millás Vallicrosa: “El período de los taifas marca el cénit de la cultura 143 El contenido médico en el Lapidario alfonsí Alcanate V [2006-2007], [139 - 161] V SEMANA DE ESTUDIOS ALfONSÍES Para comprender, pues, todo el alcance e importancia de la labor traductora realizada por la escuela toledana, es necesario tener en cuenta todo lo que había sido y representaba Toledo, desde su conquista hasta el momento en que sube al trono castellano el futuro rey sabio. Al profundo mozarabismo inicial de la conquista había seguido una amplia corriente de carácter romanizante, impuesta por los cluniacenses. Aun así, permanece fuertemente trazado su matiz mudéjar, alimentado por las estrechas relaciones de todo tipo con el sur peninsular, de suerte que tal vez al feliz encuentro de los intereses de ambos grupos se deba el gran florecimiento de las traducciones toledanas. Lo hacían posible, de un lado, los mozárabes y judíos toledanos, bilingües y conocedores de la ciencia árabe; del otro, algunos clérigos, de neta formación extranjera, pero ávidos de adquirirla9. Así pues, en 1251 y cuando no era todavía más que infante, Alfonso ordena la traducción del Calila e Dimna, la primera que de esta obra se hacía en una lengua occidental; dos años más tarde su hermano, el infante don Fadrique, hacía traducir El Sendebar (Sindibād) bajo el nombre de Libro de los engaños de las mujeres, traducción preciosa, ya que se ha perdido el original árabe de donde procede. Es a partir de 1256 cuando comienza Alfonso una serie de traducciones científicas que dura cuatro años, y entre otros se traduce el Libro de la Açafeha de Azarquiel (Az-Zarqāli, el célebre astrónomo cordobés que trabajó en Toledo entre 1061 y 1084), el Libro de la ochava esfera, el Libro de la Alcora, de Kōsta ben Lūqa, cristiano ortodoxo de Siria, y el Libro de las cruces, fechado en 1259. Por lo que respecta a este último y al Libro de las piedras o Lapidario, es interesante constatar la coincidencia de las estancias reales en diversas localidades con las fechas de terminación de las obras o traducciones encomendadas a los colaboradores del rey. Pues bien, ambas obras se acaban de ejecutar, mediando entre ellas veinte años, durante las estancias más prolongadas del monarca en Toledo, es decir, para el primero desde enero de 1259 hasta febrero de 1260; y para el Lapidario, finalizado en 1279, desde octubre de 1278 hasta abril o mayo del año siguiente10. hispanoarábiga, tanto en letras como en ciencias”, Nuevas aportaciones para el estudio de la transmisión de la ciencia a Europa a través de España, Barcelona, Real Academia de Buenas Letras, 1943, 15. Ver también las pp. 38-59 (Los reyes de Taifas y las invasiones africanas]. Para el espíritu de emulación que movía a Alfonso en la creación de los Estudios hispalenses, ver F. Márquez Villanueva, El concepto cultural, 175-178. 9 Acúdase a Á. González Palencia, Los mozárabes de Toledo en los siglos XII y XIII, Madrid, Instituto de Valencia de Don Juan, 1926-1930. Ver también en dicha obra el apéndice ofrecido por J.M. Millás Vallicrosa, «Escrituras mozárabes de judíos toledanos» (vol. III, 563-595). 10 Estas fechas vienen señaladas por J.A. Sánchez Pérez en la Nota Preliminar que antecede la edición del Libro de las cruces (A. Kasten y L.B. Kiddle, eds., Madrid, C.S.I.C., 1961), donde también se señala la posible autoría e identificación propuesta por G. Sarton, Introduction to the History of Science, Baltimore, Carnegie Institute of Washington, 1927-1948, I, 730; II, 442. Este historiador sos- 144 Marcelino v. aMasuno Alcanate V [2006-2007], [139 - 161] V SEMANA DE ESTUDIOS ALfONSÍES II Así es como se produce la irrupción e integración en la cultura del Occidente medieval del que, a juicio de Joan Evans, es sin duda el tratado mineralógico más importante de su época11. Es más, el Lapidario de Alfonso X ha de ser tenido como paradigma de carácter no sólo científico (en el sentido actual del término), sino también mágico y astrológico. Consta de un Prólogo y de cuatro lapidarios o tratados mineralógicos, de los cuales es el primero el más importante y sugerente. El traductor –no el autor– de este tratado es el misterioso Abolais. Es en este primer tratado, el más extenso de todos ellos, donde puede constatarse meridianamente la presencia de un galenismo a ultranza12. El Lapidario es, pues, uno más de una serie de tratados sobre las piedras que se inicia, dentro del orbe islámico, con el Libro de las piedras de Ğābir ben Hayyān (s. VIII). A éste habría que añadir otro que, junto al tratado del PseudoAristóteles, el Kitāb al-ahjār li-Aristātālīs en la traducción del siríaco al árabe debida a la mano de Lūqā ibn Asrāfiyūn (Bar Serapion, s. VIII o IX), es, sin discusión, el conjunto mineralógico más importante del siglo IX. Falsamente pecha que el autor “Obeidala” debe ser Abu Said Ubaid-Allah, astrólogo árabe que muere en 1058. El señor Sánchez acepta con reservas la hipótesis propuesta por Sarton (p. x). Para otras fechas, A.J. Cárdenas Rotunno, «El ‘Lapidario’ alfonsí: la fecha problemática del códice escurialense h.I.15», Actas del XIII Congreso de la Asociación Internacional de Hispanistas. Madrid, 6-11 de julio de 1998, F. Sevilla y C. Alvar, eds., Madrid, Castalia, 2000, I, 81-87. Ver, para estas traducciones, el estudio de J.S. GIL, La Escuela de Traductores de Toledo y sus colaboradores judíos, Toledo, Instituto Provincial de Investigaciones y Estudios Toledanos, Diputación Provincial, 1985, 57-87 (Época alfonsina). 11 «The ‘Lapidary’ of Alfonso the Learned», Modern Language Review, XV (1919), 424-426. La autora inglesa, en la brevísima descripción que hace del Lapidario, incurre en el error de creer que el primer tratado de los cuatro de que éste consta, es también el texto del índice que aparece en primer lugar en el Libro de las formas e ymagenes, error que convenientemente ha sido señalado por R.C. Diman y L.W. Winget en la Introducción de su edición (Lapidario and Libro de las formas & imágenes, Madison, WI, University of Wisconsin, Hispanic Seminary of Medieval Studies, 1980), iv, nota 10, remitida a su vez a la xxvii. 12 No me extiendo en la completa descripción del Lapidario, que puede leerse en mi La materia médica de Dioscórides (ver nota 17, infra), pp. 37-41 (IV. Estructura del Lapidario alfonsí), así como en F. Gómez Redondo, Historia de la prosa medieval castellana. Tomo I: La creación del discurso prosístico, el entramado cortesano, Madrid, Cátedra, 1998, pp. 365-387, mucho más in extenso. Para la posible (si no imposible) identificación del traductor del siríaco al árabe, J.H. Nunemaker, «Note on Abolays», Hispanic Review, II (1934), 242-246; «In pursuit of the Sources of the Alfonsine Lapidaries», Speculum, XIV (1939), 483-489; G.O.S. Darby, «The Mysterious Abolays», Osiris, 1 (1936), 251-259; del mismo, «’Ibn Wahshīya in Mediaeval Spanish Literature», Isis, XXXIII (1941-1942), 433-438; S. Rodríguez M. Montalvo, en 14 y 15 de la Introducción a su edición (v. nota 19); finalmente, A. García Avilés, «Two Astromagical Manuscripts of Alfonso X», Journal of the Warburg and Courtauld Institutes, 59 (1996), 14-23, en nota 16, 16-17. 145 El contenido médico en el Lapidario alfonsí Alcanate V [2006-2007], [139 - 161] V SEMANA DE ESTUDIOS ALfONSÍES asignado a Aristóteles, su autoría queda aún en nuestros días por dilucidar, aunque no es nada descabellado asignársela a Hunayn ibn Ishāq (809/10-873). Este lapidario constituye el producto de una compleja síntesis de elementos persas y griegos, entre los cuales cabe destacar la presencia continuada y sistemática de la graduación farmacológica característica del galenismo, corriente médico-naturalista a la que nos referiremos más adelante13. Posteriormente, desde el punto de vista científico y teniendo en cuenta que tanto los más importantes lapidarios árabes como los traducidos del árabe o escritos bajo su influencia ofrecen la influencia y confluencia de la medicina y la astrología, el más descollante es el de Muhammad ibn Mansūr, quien en el siglo XII escribió un tratado de mineralogía minuciosamente sistematizado. Dedicado al sultán de Persia, en él quedan descritas las propiedades, variedades y lugar de procedencia de las piedras preciosas que el autor, con gran precisión, clasifica según su peso y dureza14. Otro importante lapidario árabe del siglo XIII es el de Tifašī, que está dividido en 24 capítulos, ofreciendo en primer lugar la generación de cada piedra según los dictados de Aristóteles y ‘Belinas’; a continuación describe las diferentes variedades y sus precios, así como sus cualidades para, finalmente, advertir los defectos e imperfecciones que pueden sufrir15. A estos autores habría que añadir, aunque no constituye en sí un verdadero lapidario, la parte interesada en mineralogía que ofrece la obra de Ibn El-Baitār. Sus descripciones de las piedras preciosas y no preciosas, como de los diferentes metales, están diseminadas a lo largo de su trabajo, que está ordenado alfabéticamente según las exigencias del alifato, abarcando 2.324 artículos de materia medica. Es inexcusable señalar la gran coincidencia, nada casual, de esta gran obra en su aspecto mineralógico con el Lapidario alfonsí16. 13 Para una bibliografía más que suficiente sobre estos lapidarios, M. Steinschneider, «Arabische Lapidarien», Zeitschrift der deutschen Morgenländischen Gesellschaft, 49 (1895), 244-278. En cuanto al pseudoaristotélico, ver mi «En torno a las fuentes de la literatura científica del siglo XIII: presencia del Lapidario de Aristóteles en el alfonsí», Revista Canadiense de Estudios Hispánicos, IX (1985), 299-328. 14 Consúltese el olvidado trabajo de C.W. King, The natural history, ancient and modern, of Precious Stones and Gems, and of the precious Metals, London, Bell and Daldy, 1865, p. 8. Para otros lapidarios persas, H. Ritter, J. Ruska, F. Sarre y R. Winderlich, Orientalische Steinbücher und persische Fayencetechnik, Istanbul, Archeologische Institut, 1935, 1-15 (de carácter bibliográfico). 15 J. Evans identifica a este ‘Belinas’ con Plinio, en contra de la opinión general, que tiende a identificarlo con Apolonio de Tyana. Tengo que señalar que el Ms. de la Bibliothèque Nationale de París (Supp. Ar. 878) que contiene este tratado, incluye también uno adscrito a Hunayn ibn Ishāq, llamado el Sabio, que versa sobre el uso mágico y talismánico de las gemas, con grandes afinidades con el de nuestro rey Alfonso; a ellos hay que añadir otros dos: uno, semejante al anterior y cuyo autor es Utarid ibn Muhammad al-Kātib, y otro atribuido a Avicena (Cf. J. Evans, Magical Jewels, 41). 16 La monografía fundamental continúa siendo la de L. Leclerc, en tres volúmenes (23, 25 y 26), Traité des Simples par Ibn El-beithar, en Notices et Extraits des Manuscrits de la Bibliothèque Nationale, Paris, Imprimerie nationale, 1877, 1881 y 1883. 146 Marcelino v. aMasuno Alcanate V [2006-2007], [139 - 161] V SEMANA DE ESTUDIOS ALfONSÍES Si el contenido mineralógico de la obra del malakī puede ser considerado como ejemplo justo de lapidario árabe científico, el del rey Alfonso debe ser tenido como paradigma de lapidario que, sin dejar de serlo, abarca otros aspectos también de este orden, como son el terapéutico, el mágico y el astrológico. En este sentido, así se ha hecho constar muy recientemente: “Su ciencia de las piedras o minerales mezcla la observación de sus propiedades físicas y terapéuticas en otras que hoy se pondrían bajo una etiqueta de magia, pero que para el saber de entonces eran igual de reales por lo que todas tenían de secretas o incomprensibles. La magia suscribía el principio de relación de continuidad de toda la Natura, de donde el vínculo esperable entre el hombre y las estrellas”17. Todo lo cual no hace más que confirmar con mayor fuerza la importancia que se confiere al aspecto médico en el Lapidario alfonsí. III En otra ocasión he tenido la oportunidad de mostrar la deuda contraída por nuestro Lapidario respecto al más famoso de todos, el ya mencionado Libro de las piedras del (Pseudo) Aristóteles, tan extendido y manejado en el Occidente latino cristiano bajomedieval18. Si en gran medida esta deuda se evidencia en los aspectos mágico y astrológico, hemos de aspirar a localizar el punto de origen de donde arranca y se concreta el aspecto terapéutico-mineralógico que evidentemente posee el alfonsí. Hace ya más de sesenta años, el hispanista norteamericano John Horace Nunemaker había llamado la atención sobre este aspecto del Lapidario, pese al clima negativo reinante en la bibliografía alfonsí del siglo XIX e incluso del XX. El carácter zodiacal, astrológico, alquímico y mágico se constituían como barrera infranqueable que permitiera una visión imparcial por parte de los historiadores de la medicina, privando a la obra del valor y consideración que justamente merece19. Pese a ello, el carácter 17 F. Márquez Villanueva, El concepto cultural, p. 206. Para los distintos tipos de lapidarios, tanto orientales como occidentales, ver mi La materia médica de Dioscórides en el Lapidario de Alfonso X el Sabio. Literatura y ciencia en la Castilla del siglo XIII, Madrid, C.S.I.C., Centro de Estudios Históricos, Cuadernos Galileo de Historia de la Ciencia 9, 1987, 23-26, con la bibliografía correspondiente. 18 Este importante texto fue editado, con una traducción al alemán del mismo editor, con el siguiente título: Das Steinbuch des Aristoteles, mit literargeschichtlichen Untersuchungen nach der arabischen Handschrift der Bibliothèque nationale, herausgegeben und übersetzt von Dr. Julius Ruska, Heidelberg, C. Winter, 1912. Remito a mi artículo «En torno a las fuentes de la literatura científica del siglo XIII», donde se hallarán datos bibliográficos de capital interés para ahondar en esta cuestión. 19 Así se decanta la entonces autorizada opinión de N. Mariscal García en su rimbombante Don Alfonso X el Sabio, y su influencia en el desarrollo de las ciencias médicas en España: discurso leído ante 147 El contenido médico en el Lapidario alfonsí Alcanate V [2006-2007], [139 - 161] V SEMANA DE ESTUDIOS ALfONSÍES profundamente médico del Lapidario viene dado por el mismo Prólogo, fuere quien fuere su autor: Et este libro es muy noble et muy preciado et qui del se quisiere aprouechar conuiene que pare mientes en tres cosas. [...] La tercera cosa es que sea sabidor dela arte de fisica que iaze mucho della encerrada enla uertud delas piedras segund en este libro se muestra et que sepa dellas obrar assi como en el manda et que sea de bon seso por que se sepa ayudar delas cosas que fazen pro et se gua[r]dar delas que tienen danno. Et obrando desta guisa llegara alo que quisiere fazer por ellas et uera cosas marauillosas dela su uertud que recibe de Dios por que aura a loar et bendezir el su nombre que sea benido por siempre iamas amen20. Esta insoslayable y directa conexión entre las dos esferas del conocimiento científico, la mineralogía y la ars medica, la primera solapada bajo la veste de materia medica, nos introduce por necesidad en el seno de una fuente SS. MM. y AA. RR. en la solemne sesión que las reales academias celebraron en el salón de actos de la española el 23 de noviembre de 1921 para conmemorar el VII centenario del nacimiento de dicho rey, Madrid, Imp[renta] de Julio Cosano, 1922, 24. En cuanto a Nunemaker, primer estudioso serio de esta obra alfonsí y de la identificación de sus piedras (proyecto aún no acabado), remito a su temprana investigación Index of the Stones in the Lapidary of Alfonso X with Identifications in other Lapidaries. A thesis submitted to the Graduate School of the University of Wisconsin in partial fulfillment to the requirements for the degree of Doctor of Philosophy. Date [...] April 23, 1928 (135 pp.), por desgracia no publicada. Posteriormente dio a la luz los siguientes artículos: «The Chaldean Stones in the Lapidary of Alfonso X», Publications of the Modern Language Association, XLV (1930), 444-453; «Noticias sobre la alquimia en el Lapidario de Alfonso X», Revista de Filología Española, XVI (1929), 161-168, y XVIII (1931), 261-262; «An Additional Chapter on Magic in Mediaeval Spanish Literature», Speculum, VII (1932), 556-564. 20 Ms. Escorial, h-I-15, fol. 1c-d. El texto ofrecido en este ensayo es el resultado de mi propia transcripción de este manuscrito. Pueden consultarse las siguientes ediciones además de la mencionada de Diman & Winget, que es la más acertada: Lapidario del rey D. Alfonso X, códice original, ed. fotocromolitográfica de J. Fernández Montaña, H. Rodríguez y Sagasta, y A. Selfa, Madrid, Imprenta de la Iberia, á cargo de J. Blasco, 1881; Lapidario. Texto íntegro en versión de M. Brey Mariño, Madrid, Editorial Castalia, 1968; Alfonso X[.] “Lapidario” (según el manuscrito escurialense H:I:15), Introducción, edición, notas y vocabulario de S. Rodríguez M. Montalvo. Prólogo de R. Lapesa, Madrid, Biblioteca Románica Hispánica, IV. Textos 14, Editorial Gredos, 1981; Primer lapidario del rey Alfonso X el Sabio. Edición facsímil del códice h.I.15 de la Biblioteca de San Lorenzo el Real de El Escorial, Madrid, Códices artísticos, Serie B, 5, Edilán, 1982, 2 vols. En el segundo tomo (labor conjunta de M. Brey Mariño, J.L. Amorós Portolés y A. Domínguez Rodríguez) hay un trabajo del segundo, «Ciencia en el Lapidario», que antes había presentado en este artículo: «El lapidario de Alfonso X el Sabio», Boletín de la Real Sociedad Española de Historia Natural, 59 (1961), 131-155. Llamo la atención sobre una traducción al inglés muy reciente: I. Bahler & K. Gyekenyesi Gatto, eds., The Lapidary of King Alfonso X the Learned. English Edition. Forward by J.E. Keller, New Orleans, LO, University Press of the South, 1997. 154 Marcelino v. aMasuno Alcanate V [2006-2007], [139 - 161] V SEMANA DE ESTUDIOS ALfONSÍES Esta somera incursión en el contenido del Lapidario alfonsino no hace más que mostrar que esta obra, inspirada por un profundo sentido de realización científica, se abre a la herencia médica que procede principalmente de los modelos literarios proporcionados por la antigua Grecia. Galeno, al establecer los grados de intensidad y asignarlos a un puñado de medicamentos simples, abría las puertas a todo tipo de elucubración respecto a los compuestos que tan intensamente desplegaran los médicos árabes. Y así por ejemplo Ğābir (s. VIII), alKindī, Mesué (Johannes Damascenus, s. IX), al-Rāzī (856-923), al-Mağūsī (‘Alī ‘Abbās, muerto en 994) y Avicena (980-1037), por no mencionar más que unos pocos, no hicieron más que conferir a la terapéutica basada en los medicamentos compuestos una apariencia de ciencia rigurosamente exacta. Con respecto a los primeros, el Lapidario alfonsí, en su calidad de texto terapéutico, constituye una valiosa manifestación de esta tradición grecoarábiga, un tanto insospechada hasta hace muy poco tiempo. A su través, es posible constatar meridianamente la presencia e importancia de Galeno y el galenismo, así como de la materia medica del mayor y más señalado de los farmacólogos clásicos, Dioscórides, quien escribió su obra en griego durante los últimos años de la primera centuria cristiana, siendo copiado profusamente su texto durante la época bizantina30. de acuerdo con las que apunta, en términos generales, Galeno en su De simplicium medicamentorum temperamentis ac facultatibus, libro 5, cap. 26 (II, 704-775). 30 Son escasos los trabajos parciales que sobre la terapéutica del Lapidario se han realizado; valga la mención de dos de ellos: J.H. Nunemaker, «Obstetrical and Genito-Urinary Remedies of Thirteenth-Century Spain», Bulletin of the History of Medicine, XV (1944), 162-179; G. Mitchell, «Cures from the ‘Lapidario’», Estudios alfonsinos y otros escritos en homenaje a John Esten Keller y a Anibal (sic) A. Biglieri, N. Toscano Liria, ed., New York, National Hispanic Foundation for the Humanities, National Endowment for the Humanities, 1991, 154-164. De especial interés, por su conexión con la interesante quæstio disputata bajomedieval en torno a la ægritudo amoris y sus secuelas, es el sugerente artículo de F. Márquez Villanueva, «La magia erótica del ‘Lapidario’ alfonsí», Anuario de Letras, XXXV (México, 1997), 349-369. Para los usos litoterapéuticos en el Medioevo, H. Fühner, Lithotherapie; historische Studien über die medizinische Verwendung der Edelsteine, Strasbourg, C.& J. Goeller, 1922; A. Pazzini, Le pietre preziose nella storia della medicina e della leggenda, Roma, Edizione Mediterranea, 1939; para toda clase de piedras (minerales, vegetales y animales, incluidas las humanas), J.M. Riddle, «Lithotherapy in the Middle Ages. Lapidaries Considered as Medical Texts», Pharmacy in History, 12 (1970), 39-50; y, finalmente, D. Goltz, Studien zur Geschichte der Mineralnamen in Pharmazie, Chemie und Medizin von der Anfängen bis Paracelsus, Wiesbaden, Franz Steiner Verlag, 1972; J. Hirschberg, The History of Ophthalmology, Bonn, J.P. Wayenborgh, 1982, I, 198-206; A. Viñayo González, «Piedras y metales sanadores: el lapidario del Hortus Sanitatis», Actas de las I Jornadas sobre Minería y Tecnología en la Edad Media Peninsular, León, Fundación Hullera Vasco-Leonesa, 1995, 615-621; y M.E. De Antonio, «La oculística en los viejos «Lapidarios». Apuntes históricos», Anales de la Sociedad Ergoftalmológica Española, 1-2 (1999), 13pp. [-n:http://www.oftalmo.com/ergo/ergo1999/09.litm. Fecha última de consulta: 10/IV/2006], donde rescata fragmentos descriptivos de 45 piedras (40 del primero, 1 del tercero 155 El contenido médico en el Lapidario alfonsí Alcanate V [2006-2007], [139 - 161] V SEMANA DE ESTUDIOS ALfONSÍES IV Al ser la obra alfonsina el resultado de todo un complejo proceso de compilación a partir de una cantidad indeterminada todavía de diferentes tratados sobre las piedras (Πε∙ί λίθων) de origen muy diverso, nos remite obligadamente a uno muy especial, la obra de Dioscórides llamada la Materia Médica (Πε∙ί Ûλης „ατρικής). Si consideramos que la mayor parte de su 5º libro es un verdadero lapidario, cabe señalar la capital importancia que supone toda la información de carácter mineralógico que encierra su contenido. La penetración académica que experimenta es una consecuencia de la enorme expansión que sufre en su devenir histórico hace blanco durante la Edad Media en focos culturales latino-cristianos muy diversos, como puede ser el que representa la Escuela de medicina de Salerno, en la que concurren tradiciones griegas, latinas y árabes y encuentra acomodo la obra del Anabarzeo. Esta famosa institución es el primer centro laico que pretende rescatar y establecer los fundamentos y postulados científicos de la profesión médica a partir de la segunda mitad del siglo X. Gracias a su gigantesca gestión intelectual, la Escuela de Salerno inicia en la Europa latinocristiana la descomunal tarea de situar a la ars medica en el ámbito que habría de corresponderle en el orbe académico de la baja Edad Media, en un esfuerzo conjunto con el monasterio benedictino de Montecassino, marcado ya por la gestión gigantesca de Constantino Africano (fl. 1075). Consecuentemente, constituye preclaro ejemplo que confirma la incuestionable afirmación de que, como en todos los hechos culturales, la transmisión de Dioscórides en al-Andalús y en Castilla no se puede considerar a base de elementos separados, sino interferentes31. Así pues, su presencia se constata, sin ningún género de dudas, en el primer tratado del Lapidario como una prueba más de su vinculación al proceso de su traducción, transmisión y supervivencia a que antes hacíamos referencia. En efecto, es a partir del siglo IV cuando, tanto en Siria como en Mesopotamia, y 4 del cuarto lapidario) que hacen alusión a la oftalmología (III. La oculística en los lapidarios y, en especial, el de Alfonso X el Sabio). 31 Para Salerno sólo dos títulos: P.O. Kristeller, «The School of Salerno: Its Development and its Contribution to the History of Learning», Bulletin of the History of Medicine, 17 (1945), 138194; G. Baader, «Die Schule von Salerno», Medizinhistorisches Journal, 13 (1978), 124-145. Para un estudio más amplio sobre su presencia en el Lapidario, remito a mi La materia médica de Dioscórides, especialmente 45-62, que tratan brevemente de la transmisión y supervivencia de la obra del griego, así como el proceso seguido en sus distintas traducciones en pp. 65-69 (VI La materia médica de Dioscórides y sus traducciones). Ver también el importante trabajo de J.M. Riddle, Dioscorides on Pharmacy and Medicine, Austin, TX, History of Science Series, No. 3, University of Texas Press, 1985. 156 Marcelino v. aMasuno Alcanate V [2006-2007], [139 - 161] V SEMANA DE ESTUDIOS ALfONSÍES se comienza a traducir textos griegos de filosofía, medicina y ciencias naturales en lengua siríaca, que era la hablada por la población aramea de estas regiones32. Su ritmo se aceleró durante el periodo abbasí (750-ca.900), de forma que tanto el siríaco como el árabe se constituyen como las nuevas lenguas de la ciencia, siendo esta última la que, al llegar a finales del siglo IX, se instaura como la única, excluyendo a la primera. En efecto, se revisaron y corrigieron las antiguas traducciones del griego al siríaco y nuevas traducciones del siríaco al árabe completaron la transmisión de la ciencia griega al Islam, al tiempo que los sabios persas introducían en el mundo árabe la ciencia irania e indí33, registrándose el momento de mayor y mejor actividad con Hunayn ibn Ishāq, ya mencionado anteriormente. Éste llevó a término la traducción final de la obra de Dioscórides en Bagdad durante el reinado del califa al-Mutawakkil, divulgándose por todos los centros docentes del mundo islámico. Esta versión árabe llegó también a tierras de al-Andalús en época muy incierta, aunque anterior al siglo XII y de sus copias posteriores sacaron partido gran cantidad de médicos y farmacógrafos andalusíes, en cuyas obras se puede comprobar el alcance y extensión del contenido científico dioscoridano, haciendo de él el libro de texto médico-farmacéutico más importante, rebasado ya el siglo XIII34. De capital importancia para establecer el lazo pluridimensional que une la obra de Dioscórides con nuestro Lapidario es la tradición siríaca, hecho que no recoge en absoluto el mismo Prólogo redactado en el scriptorium alfonsí, muy parco en información. Si lo hace, es de una forma vaga y oblicua. He aquí un segmento que así lo confirma: Et entre todos los sabios que se mas desto trabaiaron (el estudio de las piedras) fue uno que ouo nombre Abolays. Et como quier que el tenie la ley 32 Recalar en la ya clásica monografía de A. Baumstark, Geschichte der syrischen Literatur, Bonn, A. Marcus und E. Webers Verlag, 1922, así como en D.L. O’Leary, How Greek Science passed to the Arabs, London, Routledge & Kegan, 1951 y A.O. Whipple, The Role of Nestorians and Moslems in the History of Medicine, Princeton, NJ, Princeton University Press, 1967. 33 D.L. O’Leary, How Greek Science, pp. 105-110, 152-153 y 157-158; ver también A. Mieli, La science arabe et son rôle dans l’évolution scientifique mondiale, Leiden, E.J. Brill, 1966, 69 y las notas 5 y 5 bis de la 70. 34 Ver C.É. Dubler, La ‘Materia Médica’ de Dioscórides. Transmisión medieval y renacentista, Barcelona: s. e. [del mismo autor, Tipografía Emporium], 1953, I, 59 y 77-78. Para la llegada a Córdoba de un espléndido códice griego, regalo del emperador bizantino Constantino VII Porfirogeneta a Abderramán III (912-961), v. É. Lévi-provençal, «Un échange d’ambassades entre Cordoue et Byzance», Bizantino, XII.1-2 (1937), 1-24. Ver además, para la vigencia del texto dioscoridano hasta el siglo XIII, mi La materia médica, pp. 73-82 (VII Su influencia en la medicina árabe: la conexión siríaca). 157 El contenido médico en el Lapidario alfonsí Alcanate V [2006-2007], [139 - 161] V SEMANA DE ESTUDIOS ALfONSÍES delos moros era omne que amaua mucho los gentiles et sennalada miente los de tierra de Caldea, por que dalli fueran sus auuelos. Et por que el sauie fablar aquel lenguage et leye la su letra pago se mucho de buscar los sus libros et de estudiar por ellos por que oyera dezir que en aquella tierra fueran los mayores sabios que en otras del mundo [...] Ende quando Abolays fallo este libro fue con el muy liedo ca touo que fallara en el lo que cobdiciara fallar deste saber delas piedras. Et desque ouo por el mucho leydo et entendio lo que en el era traslado lo de lenguaie caldeo en arauigo. Et en su uida punno de prouar aquellas cosas que en el iazien et fallo las ciertas et uerdaderas ca el era sabidor dela arte de astronomia et dela natura de connosçer las piedras35. Por tanto y ya desde su inicio, el intento de establecer las bases del estudio de la conexión con Dioscórides presenta una serie de dificultades a todas luces insalvables, puesto que el material documental con que se cuenta es prácticamente inexistente. En efecto, esta parte del Prólogo no atribuye para nada a Hunayn una versión siríaca de la Materia Médica de la que, por otra parte, no resta ningún manuscrito conocido. Ello no obstante, la existencia de esta versión queda asegurada a través de algunas referencias que a ella se hacen en algunos de los manuscritos que de la traducción arábiga existen, asegurando la certeza de su paso al árabe36. No nos queda, pues, otra posible solución que recurrir a la evidencia interna que el contenido del Lapidario pueda depararnos, cosa que –espero que así sea admitido por la crítica– he tenido ocasión de realizar hace ya algunos años. En una monografía a este propósito destinada, he podido relacionar hasta 72 artículos del Lapidario con 66 (más 5 variedades de una de ellas) pertenecientes a Dioscórides, sin intentar por ello ser exhaustivo y empleando un método más bien conservador37. En la mayor parte de los casos presentados, las semejanzas son sorprendentes y en algunos, muy pocos, un tanto difusas e imprecisas, debido tal vez al hecho de que en su transmisión el texto dioscoridano va a sufrir una larga serie de constantes abreviaciones y omisiones, adiciones e interpolaciones que cambian su forma y ordenación original. Hasta tal punto que, en ciertos casos, el genuino Dioscórides podía constituir o bien 35 Fol. 1b. 36 Llega a estas conclusiones por primera vez E.J. Grube, quien ha ofrecido estos resultados en «Materialen zum Dioskurides Arabicus», Aus der Welt der islamischen Kunst. Festschrift für Ernst Kühnel zum 75. Geburtstag am 26.10.1957, R. Ettinghausen, ed., Berlin, Gebr[ügen] Mann Verlag, 1959, pp. 163-194. Ver también M. Meyerhof, «Die Materia Medica des Dioskurides bei den Arabern», Quellen und Studien zur Geschifte der Naturweissenschaften und Medizin, III.4 (1933), 72-80. 37 Ver mi La materia médica, tan inescapablemente manida en este estudio, pp. 89-91 (A.- Tabla de correspondencias); en pp. 95-174 (B.- Cotejo de textos), lo hago con todas ellas. 158 Marcelino v. aMasuno Alcanate V [2006-2007], [139 - 161] V SEMANA DE ESTUDIOS ALfONSÍES ser residuo o, en lo mejor de su fortuna, el núcleo principal. Redundante sería alargarse en el tratamiento de esta cuestión; empero, valga un solo ejemplo que permita un cierto grado de corroboración de lo ya afirmado por mí en aquella ocasión. Para ello, y a título de ejemplo, nos valdremos de dos artículos del primer tratado del Lapidario y del texto del mismo, tal como queda fijado en la traducción al castellano que realiza de Dioscórides el doctor Andrés de Laguna en el siglo XVI. De esta manera se superan cumplidamente las dificultades de orden lingüístico que salen al paso como consecuencia del desconocimiento de las dos principales lenguas en que se concreta más perfectamente la obra del Anazarbeo38. Helos aquí: 109 L.: Piedra iudega D.: Piedra Judaica D: La piedra Iudaica nace en Iudea, tiene forma de vna bellota, y es blanca, y por gentil compas figurada: porque la ciñen ciertas lineas ygualmente distantes unas de otras, y quasi hechas de aerificio en torno. Desleyda con algun liquor esta piedra, ningun sabor representa al gusto. L: Esta fallan en la tierra que dizen Falaztim39. Et es siempre fallada en forma de bellota. De color es blanca et a en ella lineas uerdes de luengo en luengo. [...] et desfaze se quando la echan en el agua. Et lo que della sale no a sabor ninguno [...]. Uso médico D: Deshecha sobre vna aguzadera como colyrio: y beuida la quantidad de vn garuanço con tres cyatos de agua caliente, es vtil a la retencion de la orina, y desmenuza las piedras de la vexiga. L: [...] Et a tal uertud que si tomaren della tanto como un garuanço et lo pulieren en aguzadera negra et dieren dello a beuer con tres tanto de si de agua dulce al que a retenimiento de orina sana luego et quebranta la uexiga en que se faze la piedra40 et presta otrossi contra la otra que es fecha en las renes. 13 L: Beruth D: Piedra Asia Muy semejante descripción, con ligeras diferencias que muestran la corrupción del texto del Lapidario. 38 Para el griego es todavía indispensable el texto ofrecido por M. Wellmann, Pedanii Dioscuridis Anazarbei ‘De Materia medica’ libri quinque, Berolini (Berlín), Weidmann, 1906-1914, 3 vols. Para la versión castellana del doctor Laguna, Pedacio Dioscorides Anazarbeo, acerca de la materia medicinal, y de los venenos mortíferos, Salamanca, Mathias Gast, 1570, empleo el texto que reproduce C.É. Dubler en el tomo tercero de su La ‘Materia Médica’ de Dioscórides. El número que presenta la piedra tomada como ejemplo es el asignado por María Brey Mariño en su edición –de fácil acceso–, procedimiento que empleo para facilitar su localización en el texto alfonsí. 39 Del ár. Filastīn, es decir, Palestina. 40 Tendría que ser: quebranta la piedra que se faze en la uexiga. 159 El contenido médico en el Lapidario alfonsí Alcanate V [2006-2007], [139 - 161] V SEMANA DE ESTUDIOS ALfONSÍES D: Entre las piedras Asias escogeremos la que en color se parece a la piedra pomez, la liuiana, la fistulosa, la que se desmenuza muy facilmente, y la que tiene ciertas venas hondas, y de color amarillo. Su flor no es otra cosa, sino aquella salumbre algun tanto roxa, que esta encima della assentada: la qual consta de partes subtiles, y se muestra en vnas piedras blanca, y en otras de color de piedra pomez, empero tirante a amarillo. Aplicada la dicha flor a la lengua, en alguna manera es mordaz. L: [...] Et los egipcianos llaman le nief de Acin41 et esto es por que a color blanca pero a en ella ya qua[n]tas uenas amariellas. Piedra es muy lyuiana et ligera de quebrantar por que se quebranta muy de rafez con que quier. Et fallan sobrella un color que semeia el poluo que esta sobre las paredes del molino [...] Et quando la quieren prouar si es buena ponen della sobre la lengua et sienten como que muerde por la agudez que a en ella. Uso médico Mucho más amplio en Dioscórides; ambos textos ofrecen coincidencias muy precisas, de forma que el texto del Lapidario parece ser un resumen parcial de aquél. He aquí las coincidencias: D: [...] La piedra Asia y su flor tienen fuerça de constreñir, y de corroer ligeramente la carne [...] empero tienese por mas efficaz la flor: la qual seca, sana las llagas antiguas, y difficiles de encorar: consume la carne superflua dellas: y encorporada con miel, purifica las muy ferinas, y aquellas que tienen forma de hongos [...] Hazese tambien della vn poluo, el qual resuelue, adelgaza, y enflaquece los cuerpos gruessos, y muy carnosos, echandose en lugar de nitro en el baño sobre ellos. L: [...] Et a tal uertud que quando la muelen et ponen el poluo della sobre las postemas faze las abrir en un dia. Et si los pusieren sobre llaga en que aya carne podrida tuelle la desa guisa misma. Et faz aun otra cosa muy fuerte que si la troxiere consigo omne muy gruesso enmagrecer la (sic) ayna sin danno quel faga. Et por ende es bona pora los omes ademas gruessos que quieren enmagrecer ayna et sin trauaio. Todo lo hasta aquí expuesto me lleva a confirmar, una vez más, la indudable presencia de la materia medica del Anazarbeo en el Lapidario, que pienso se produce de una forma indirecta y a través de una compleja trama de síntesis 41 Es decir, nieve de China. Este mismo nombre se halla en Ibn al-Baitaˉr (nº 638 Hadjer assious): Es la piedra llamada baroud, que ha sido tratada en la letra ba. Según este tratadista andalusí los habitantes de Egipto le dan el nombre de nieve de China (ver el nº 72). En dicho número (Assìous = λίθος άσσιος) se ofrece la siguiente introducción: «Es la nieve de China entre los antiguos médicos de Egipto. La gente y los médicos del Maghreb le dan el nombre de bâraud» [mía es la traducción]. Es la piedra de Assos, ciudad de la Troada, que parece ser la alunita, un sulfato hidratado de potasio y aluminio. Incomprensiblemente, Sagrario Rodríguez M. Montalvo en su edición corrige Acin por Açuz (p. 28 y nota 26, en la misma página). 160 Marcelino v. aMasuno Alcanate V [2006-2007], [139 - 161] V SEMANA DE ESTUDIOS ALfONSÍES gnoseológica en la que participan tanto los saberes griegos como los persas, babilónicos, indios, hebraicos y árabes, que son los principales y los hasta ahora detectados. Lo mismo sucede con respecto a Galeno y el galenismo que impregna el saber médico inmerso en su interior42. Así pues, no podemos hablar con rigor de fuentes directas. En lo que se refiere a los dos integrantes que componen la mayor y mejor parte de su contenido de carácter médico, se integran ambos dentro de una línea de continuidad temporal que, arrancando de finales del siglo primero de nuestra época, llega tal vez a los primeros años de la segunda mitad del siglo IX, que es el momento en que, en mi opinión, se escribe la obra en siríaco. El hecho de haber establecido este límite temporal viene impulsado por un estudio todavía parcial de las fuentes de la obra alfonsí, labor todavía muy lejos de consumarse y que obliga, consecuentemente, a considerar sus conclusiones como provisionales y ávidas de futura confirmación o rechazo43. En efecto, su específico valor debe situarse en un contexto mucho más amplio y complejo, que se ve enriquecido por la contribución de otras fuentes, como son las relacionadas con la astronomía y la magia. Pese a ello, o tal vez por ello, hemos de someter su problemática gnosológica a las exigencias de un método crítico muy vario, que ha de tener siempre en cuenta una perspectiva muy concreta: la conferida por el hecho de que en este trinomio el entramado textual se ve relacionado con un medio de transmisión escrita muy peculiar, la traducción, vehículo del ideal cultural del rey Alfonso44. Este procedimiento –y al mismo tiempo proceso– genera y desencadena toda una extensa labor de academización que nos remite a su mismo origen, la Bagdad de la segunda mitad del siglo IX y la ingente labor desplegada por Hunayn ibn Ishāq y sus discípulos, y que toca muy de cerca a nuestro Lapidario. La extensa y rica compilación que es y supone, sólo fue posible en cuanto que es resultado –directo o indirecto, mediato o inmediato– de un movimiento cultural 42 Un aspecto parcial de paralelismo presencial de base hebraica entre un reducido lapidario del siglo XIII y el del rey castellano lo ofrece S. García Albiol, «Las piedras preciosas en el Ša’ar ha-Šamayim de Geršon ben Šelomoh y sus paralelismos con el Lapidario de Alfonso X el Sabio», Miscelánea de estudios árabes y hebraicos, 39.2 (1990), 85-103. 43 M. Forcada, de la Universidad de Barcelona, aduce otra posibilidad que concierne a otra obra traducida en el scriptorium alfonsí, que tomo con grandes reservas: «El Picatrix, fuente del Lapidario», en “Ochaua espera” y “Astrofísica”: textos y estudios sobre las fuentes árabes de la astronomía de Alfonso X, M. Comes, H. Mielgo y J. Samsó, eds., Barcelona, Agencia Española de Cooperación Internacional/ Instituto de Cooperación con el Mundo Arabe/ Universidad de Barcelona/ Instituto “Millás Vallicrosa” de Historia de la Ciencia Arabe, 1990, 209-220. 44 Ver, a este respecto, las apretadas páginas (79-87) de F. Márquez Villanueva en el apartado 8 (El mundo de las traducciones) de su El concepto cultural alfonsí. 161 El contenido médico en el Lapidario alfonsí Alcanate V [2006-2007], [139 - 161] V SEMANA DE ESTUDIOS ALfONSÍES más vasto y dilatado que tenía como meta un objetivo ideal, el de la más completa y rigurosa instrucción en “el arte que llaman de naturas”45. Éste queda integrado y vinculado íntimamente con la erudición árabe y musulmana, de suerte que, como afirmó con acierto César É. Dubler, “la consciente investigación médica no tropezó, bajo el dominio del Islam, con las trabas artificiales que se alzaban en la Europa medieval”46. No es de extrañar, pues, que el arte de curar tuviera entre aquéllos un cultivo ininterrumpido y se prefiera esta disciplina a otras con ella relacionadas. Nada casual es, por tanto, que su doctrina se infiltrara en textos que hasta hace muy poco no eran considerados como pertenecientes a esta ciencia. Ningún otro texto como el Lapidario alfonsí refleja este fenómeno, pese al hecho innegable de que fuera minusvalorado o incluso ignorado por la historiografía médica peninsular del siglo XX. Su importancia como texto médico me parece incuestionable, sin que otros aspectos que presenta, como son el astrológico, el alquímico y el mágico, alteren esta apreciación. Es más, todos ellos contribuyen a realzar su importancia, potenciando su específico valor en su calidad de primer tratado de literatura médica en vulgar castellano y, como tal, digno de cuidadoso estudio por parte no sólo del filólogo, sino del historiador de la medicina, tanto occidental como específicamente peninsular. 45 Así llama el dócil y perplejo alumno, en conversación con su maestro de teología, a las ciencias físicas que se impartían, todavía en 1293, en ciertas semiclandestinas escuelas de Castilla y León, como nos recuerda el Lucidario de Sancho IV, hijo y sucesor de Alfonso (R.P. Kinkade, Los ‘Lucidarios’ españoles, Madrid, Editorial Gredos, 1968, 82). 46 Cf. La ‘Materia Médica’, I, 21.