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La formación de la conciencia andaluza y el ser andaluz en los manuales escolares

Rubio Mayoral, Juan Luis; Trigueros Gordillo, María Guadalupe

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- 145 - la formaCión de la ConCienCia andaluza y el ser andaluz en los manuales esColares Juan Luis Rubio Mayoral Guadalupe Trigueros Gordillo Universidad de Sevilla La identidad de las sociedades se encuentra en la semejanza. Permite al individuo compartir algo de su cultura con el resto de congéneres. La complejidad de las sociedades desde este prisma sería proporcional a cada una de las posibles combinaciones de identidades. Esta condición implica que todas las sociedades son complejas y que su complejidad aumenta tanto en relación al posible número de combinaciones reales de identidades como a su permanencia y evolución temporal, siempre que la propia sociedad sea capaz de mantener la convivencia de diferentes identidades y evitar el conflicto y el enfrentamiento, incluido cualquier otro proceso de segregación o exclusión. Caracteres que son constatables en las sociedades donde la riqueza identitaria histórica es resultado de procesos de integración compatibles con una noción homogénea de identidad nacional y dentro de un modelo político capaz de asumir esa realidad como uno más de sus rasgos identitarios, para transformarlos en valores de cohesión social. Además ninguna de estas realidades ha quedado exenta en el plano temporal de conflictos de distinto orden e intensidad que forman parte de su propia historia. Investigar desde estos supuestos las bases de identidad de cualquier sociedad plantea dificultades, sobre todo si tenemos en cuenta que las identidades menos “inclusivas” –por no definirlas como exclusivas o excluyentes– y por tanto no complejas son en realidad tramas enmarañadas de identidades generadas a lo largo de procesos históricos. Para reducir la complejidad de la investigación habría que comenzar por la determinación de las diferencias existentes entre cada una de las identidades reales. De ello, la Sociología, al reinterpretar a Max Weber trataba de dar cuenta por medio de la investig ación sobre el conflicto y la estratificación social en relación a las culturas de estatus (Weber, 1964; Giddens, 1996; Collins, 1975; 1986; y 1989). Tomando parte de sus aportaciones, también sabemos que las sociedades complejas, si son inclusivas, se caracterizan por cierto nivel de respeto, tolerancia y consideración entre grupos y culturas compartidas; que para evitar conflictos, esas mismas sociedades, regulan Ciudadanías e identidades en los manuales esColares (1970-2012) - 146 - la distribución de poder con modelos democráticos en los que la identidad está asegurada en función de la óptima distribución del poder político, económico y del prestigio social entre los grupos e individuos que comparten las identidades. Las libertades individuales son la base del sistema. Lo contrario conduciría hacia alguna variedad de poder político organizado al dictado de una autoridad no democrática, impuesta y las más de las veces totalitaria, o de aquélla que por medios legítimos hace del ejercicio del poder un elemento de discordia y enfrentamiento, capaz de generar un sistema de exclusión y conflicto. Libertad, justicia, bienestar son algunos de los ideales que guían a los Estados donde las identidades complejas son rasgo destacado de sus sociedades. Estos elementos son accesibles a la investigación social y sus resultados son capaces de contribuir a definir las bases de la convivencia y por tanto un Estado moderno, al generar algún tipo de «lealtad impersonal con la comunidad política que es la nación» (Puelles; Somoza; Badanelli, s.f., pp.10-11)1. Aunque el recurso al pasado, ha de servir para no olvidar que el mayor conflicto que ha conocido la civilización occidental, surgió «de una pugna de ideas dentro de lo que no hace aún mucho – afirmaba– era una civilización europea común, y que las tendencias culminantes en la creación de los sistemas totalitarios no estaban confinadas en los países que a ellos sucumbieron» (Hayek, 1944). También hemos de pensar en la utilidad del pluralismo radical de Isaiah Berlin, en la génesis de esas lealtades. Su defensa de aquella idea lo era entre dos conceptos encontrados de libertad; la negativa de no estar limitado por restricciones externas y la positiva capaz de elegir con cierta autonomía entre opciones contrapuestas. Más allá de exponer ideas sobre la libertad y teorías del Estado alejadas del objeto de estas páginas, parece oportuno retomar la evolución de la identidad, y por lo tanto de la conciencia y cultura andaluza, y la forma en que los manuales escolares la tratan. naCionalismo - regionalismo Al concepto de identidad se une el de cultura vinculado en el plano político al de nación, pueblo o región, y cuyo análisis e investigación ha generado parte de la literatura científica que conforma las Ciencias Sociales y Políticas. Esta reali1 En el documento base del proyecto Manes / Ciudadanía, se utiliza la taxonomía histórica de T. H. Marsahall para establecer las diferencias entre ciudadanía civil –derechos o libertades civiles– en el siglo XVII, ciudadanía política –derechos o libertades políticas en el XIX–, ciudadanía social en el XX –derechos sociales–. [Marsahall, T.H.; Bottomore, T. (1998). Ciudadanía y clases sociales. Madrid: Alianza Editorial]. Los autores argumentan que «clarifica más el concepto es la contraposición súbdito-ciudadano, el otorgamiento de una identidad política ligada a la nación (lo que plantea hoy el problema entre Derechos Humanos y derechos del ciudadano) y la condición de sujeto titular de derechos. v v la formaCión de la ConCienCia andaluza y el ser andaluz en los manuales esColares Juan L. Rubio y Guadalupe Trigueros - 147 - dad dicta que para el estudio de las identidades debamos partir del contenido de las definiciones para relacionarlas como parte integrante del propio proceso de investigación. Sin olvidar el estudio individual, es de especial importancia identificar las diferencias entre los conceptos de nacionalismo y regionalismo. Sus orígenes son determinantes, pues el primero hace referencia al estado-nación surgido en la modernidad, en tanto que el segundo se asocia en España al proceso de descentralización administrativa. Partimos de la base de que el concepto de nacionalismo no tiene sólo orígenes políticos sino también culturales. Juan Pablo Fusi (2000) afirma que el nacionalismo, ya sea la idea o el sentimiento, no es anterior al siglo XVIII. En Europa surge con alguna antelación a España y contrariamente a lo que muchos piensan, no está ligado a una ideología política sino a un sentimiento. Por su parte, los regionalismos llegarán a España a finales del siglo XIX, entre otras causas debido a la crisis del centralismo (Lacomba, 1981). Y aunque la diferencia entre ellos es considerable, tienen una serie de rasgos comunes: En primer lugar, derivan de una serie de movimientos culturales; por lo general defienden el valor de la lengua vernácula, que tienen su proyección en la proliferación de este tipo de literatura o en la celebración de los Juegos Florales en los que se trata de recuperar la propia cultura y folklore. En segundo lugar, su base social burguesa es la que los impulsa. Reaccionan frente al centralismo político. Es a partir de a crisis de 1898 cuando los regionalismos se convierten en movimientos políticos. De ahí surge el deseo de buscar la autonomía, la descentralización y por ende, dan un giro hacia la política, pero nunca buscan la independencia. Sus bases ideológicas se desarrollan en torno a los ideales del liberalismo en los años del Sexenio democrático. La nación, en opinión de Anderson (2006), es una comunidad política imaginada, limitada y sobrenatural. Cuando hablamos de la “conciencia de un pueblo”, identidad y cultura se transforman en dos conceptos que no pueden desligarse. Existen dos maneras de entender la identidad. Por un lado, de una forma esencialista y a-histórica; por otra, dialéctica e histórica, como proceso de la propia historia, resultante de su propia experiencia. Por ello, identidad y memoria cultural [�ulturelles Ged�cht-[�ulturelles Ged�chtnis] están íntimamente unidas2. La base identitaria no es otra que el «conjunto de elementos, situaciones y actitudes compartidas de manera diversa por los miembros del colectivo, como resultado de los procesos histórico-temporales» (Lacomba, 2008). Esta base es útil para analizar la situación creada a partir de la aprobación de la Constitución de 1978 y el desarrollo del denominado Estado de las Autonomías (Cabrera, 2010). La cultura se caracteriza por ser un 2 Jan Assmann (1992). Das kulturelle Gedächtnis. Schrift, Erinnerung und politische Identität in frühen Hochkulturen, C. H. Beck, München. Ciudadanías e identidades en los manuales esColares (1970-2012) - 148 - sistema abierto, capaz de convivir y dialogar con otras culturas y en la que está presente la diversidad. Por otro lado posee un sistema de valores y actitudes. La identidad de un pueblo se manifiesta por sus “marcadores” concretos. El pueblo, es entendido como colectividad compleja que ha cristalizado en sociedad a través de un proceso histórico compartido. Articulado sobre bases territoriales y económicas que le dotan de especificidad y que posee una cultura básicamente común, modelada a lo largo de dicho proceso histórico que la define y diferencia de otras sociedades, de otros pueblos (Lacomba, 2008). Para España se plantean tres fases generales para la eclosión de los regionalismos. La primera es calificada como regionalista, burguesa y con objetivos de regeneración propios del modernismo. Su tiempo se sitúa entre los años finales del siglo XIX y la Primera Guerra Mundial. La segunda es definida como nacionalista emergente y se desarrolla entre 1918 y 1930. Reivindica la personalidad histórica y cultural de las regiones, haciendo especial énfasis en los rasgos específicos de cada una de ellas. La tercera, conocida como autonomista queda vinculada a la Segunda República y sus protagonistas serán los nacionalismos vasco y catalán, principalmente. andaluCía Como identidad Es posible perfilar los rasgos fundamentales del carácter sociocultural andaluz a partir de los que autores como Acosta Sánchez (1982) le han atribuido, junto a los propios de cualquier identidad, como son el factor territorial, la continuidad histórica, el lenguaje y la cultura. En primer lugar, la visión universal que se le ha dado a la región al servir históricamente de puente entre distintas civilizaciones. De ello se deriva la elaboración de una síntesis propia, marcadamente abierta, internacionalista y humanista. En segundo lugar, el papel protagonista de una serie de hechos históricos, puestos de manifiesto en explosiones colectivas, a lo largo de su historia, y acrecentado desde el siglo pasado por las ideologías sociales contemporáneas. En tercer lugar, en contraste con esto último, un acusado escepticismo político, que lleva muchas veces al pueblo a la pasividad, al pesimismo ante los pequeños logros de la política cotidiana y que sólo en grandes momentos se moviliza de forma radical. En cuarto lugar, la escasa europeidad, originada por el hecho de encontrarse Andalucía en una encrucijada y con una carga orientalizante, acumulada desde su nacimiento histórico; y finalmente, el predominio del realismo y la sensualidad sobre el misticismo, como puede advertirse en la vida andaluza y en su estética (Gómez, 1982). Podemos afirmar que Andalucía es uno de los complejos identitarios que conforman el conjunto español y que ha contribuido a ir configurando y diferenciando cada uno de sus pueblos. v v la formaCión de la ConCienCia andaluza y el ser andaluz en los manuales esColares Juan L. Rubio y Guadalupe Trigueros - 149 - La segunda cuestión a plantear es la dificultad para poder identificar a Andalucía como nación. A ello contribuye, en palabras de Lacomba, la larga ocultación de su historia. Además, la gran extensión de la región y las diferencias que dentro de ella se producen, dan lugar a la proliferación de localismos y provincianismos. Finalmente la falta de un impulso decisivo por parte de los poderes públicos. Sin embargo, estos rasgos de identidad y estas características culturales necesitan ser plasmados en el proceso que ha conllevado su toma de conciencia por los habitantes de Andalucía. Por tanto debemos preguntarnos ¿qué significa ser o sentirse andaluz? El estudio de la identidad andaluza no puede hacerse de manera aislada si no es teniendo en cuenta el resto de las identidades españolas. Y al contrario de lo ocurrido con las nacionalidades históricas, «cultura y política aquí son independientes del discurso nacionalista; la cultura andaluza no está necesariamente al servicio de la ideología andalucista, sino que es más incluyente» (Cabrera, 2010). Para comprender este hecho es especialmente útil el texto de la Revista Bética en el que se declaraba regionalista por tener como principal misión la de dar a conocer en sus páginas el arte y la literatura andaluzas, advirtiendo que ese regionalismo era sano por ser patriótico. También porque su fin, tal y como afirmaba en 1914 la revista Bética, era «realzar las glorias regionales, ensalzar a la Patria, a nuestra amada España». Andalucía era identificada como «una de sus hijas amantísimas y predilectas» debido a que tanto su naturaleza pródiga en riquezas, como su historia en tesoros artísticos, contribuiría no sólo a «dar a conocer cuanto de bello y de verdadero mérito encierra España» también para que los españoles, más allá de «pensar en europeizarse, piensen en españolizarse por completo, al conocer o recordar que es su Patria la que durante muchos siglos fue a la cabeza de la civilización del mundo (sic)». Sobre la existencia de la identidad andaluza hay muy diversas opiniones. En el “Preámbulo” del actual Estatuto de Autonomía se afirma que a lo largo de su historia, Andalucía ha formado una «robusta y sólida identidad» capaz de conferirle «un carácter singular como pueblo, asentado desde épocas milenarias en un ámbito geográfico diferenciado, espacio de encuentro y diálogo entre civilizaciones diversas». Pero sobre estas ideas no existe un acuerdo pleno como se puede constatar en algunos postulados que mantienen que una identidad nacional, al estilo de la plasmada en el Preámbulo nunca ha existido en Andalucía (Aguilar y Espinosa de los Monteros, 2001). El contenido de la literatura que analiza la formación de la conciencia andaluza permite presentar un esquema general. No sin advertir sobre la existencia de algunas diferencias de matiz entre ellos en los que no procede profundizar ahora. Además, la emergencia de estos movimientos aunque se produce en relación al resto de España y Europa, lo hace con unos caracteres específicos que le dotan de rasgos distintivos. En primer lugar podemos afirmar que esta conciencia es una forma de identidad social que cobra forma y es modelada a Ciudadanías e identidades en los manuales esColares (1970-2012) - 150 - través de la cultura (Aguilar et al., 2010). También, que la Revolución de 1869 facilita las condiciones para que no sólo en Andalucía, sino también en el resto del país comiencen a desarrollarse corrientes científicas que hasta el momento habían estado censuradas. Aunque el Sexenio democrático sólo dura hasta 1874, podemos proyectar hasta 1890 la primera de las etapas desarrolladas para el estudio de los caracteres andaluces. En estos años destaca el papel de los primeros antropólogos y folkloristas de la región. Este grupo consolidó la identidad andaluza al proceder a investigarla con métodos científicos. No consiguió concienciar al pueblo, pero no se puede minusvalorar por ello el intento de dar una base científica a sus estudios. Es un movimiento cultural andalucista que desarrolló un importante papel en los años del Sexenio, y que tuvo en la Universidad de Sevilla un significativo grupo de estudiantes y profesores impulsores de esta inquietud. Uno de los problemas que ahora encontramos es la difusión y extensión de las ideas de estos intelectuales. Es posible que no llegaran a arraigar en las clases trabajadoras, aunque también hay que ser cautos para poder comprobar esta hipótesis. La razón principal reside en la evidencia de que durante los años del Sexenio, la Universidad hispalense abrió sus puertas a la sociedad de diversas maneras. Una importante fuente de estudio para ello es la Revista mensual de Filosofía, Literatura y Ciencias de Sevilla, puesta en marcha por el krausista Federico de Castro y Fernández y el darwinista Antonio Machado y Núñez, padre de Antonio Machado y Álvarez y abuelo de los poetas Antonio y Manuel Machado, cuyo primer número vio la luz en 1869 y el último en 1874. La segunda etapa de concienciación de la identidad andaluza se sitúa entre 1910 y 1936. Este movimiento es cultural y político y de signo regionalista. Ahora el regionalismo andaluz, el sentimiento regionalista, no es partidario de romper con la nación, con el sentido de la patria. Por el contrario, su idea es transformarlo en uno más de sus elementos integrantes dotado de notable capacidad para fortalecerla. No se puede considerar ni identificar como un movimiento político, sino como un intento de recuperar la región desde todos los ámbitos. Además no se trata de una prolongación en continuidad de la anterior etapa. Especialmente se desarrolla entre 1916 y 1936. Tiene como objetivo dar a los andaluces un “ideal”. Cabe destacar el papel de Blas Infante, la centralidad del movimiento en Sevilla y las influencias del regeneracionismo de Joaquín Costa. Especial papel jugó la revista Bética, creada en 1913 por un grupo de ateneístas sevillanos con el objetivo de ser la expresión de «la verdadera vida andaluza». Es por esta época cuando el regionalismo andaluz comienza a matizarse. Se mantiene la corriente sentimentalista propia del grupo intelectual y se perfila un grupo andalucista que empieza a tener conciencia de la realidad social. Este grupo, junto a la creación de los Centros Andaluces, pone en marcha el denominado “andalucismo histórico”, liderado por Blas Infante. Es interesante mostrar que v v la formaCión de la ConCienCia andaluza y el ser andaluz en los manuales esColares Juan L. Rubio y Guadalupe Trigueros - 151 - en este periodo se produce un fuerte debate en torno a la autonomía catalana, en el que también colabora la intelectualidad sevillana3. Desde ese foro se defenderá que Andalucía tiene los elementos necesarios para constituir una región, aunque «no puede sostenerse que la historia demuestre la existencia de Andalucía como una personalidad histórica» (Calvo, 1987, p.95). De este modo, el regionalismo de cariz intelectual y apolítico tiene como referencias, a nuestro entender, tres puntales básicos: el Ateneo (centro de reunión), los Juegos Florales y los Centros Andaluces, además de sus medios de expresión escrita. Los Juegos Florales de Sevilla4, se inician a imitación, en opinión del profesor Lacomba, de los catalanes, aunque el sentimiento regional andaluz ha sido calificado por distintos estudiosos como de fraterno, solidario y no separatista. Como expresaba el propio Méndez Bejarano, denominado padre de la patria andaluza en uno de los medios de expresión de la época, «somos (…) los andaluces (…) los que mejor podemos hablar, sin despertar recelos de regionalismo, porque a nadie envidamos, ni somos egoístas, ni fundamos en insensatas emulaciones, ni en odios, la exaltación de la personalidad» (Méndez, 1909). El regionalismo de esta etapa cabe calificarlo, como apunta Juan Antonio Lacomba, de contradictorio. En 1917 desparecía la revista Bética y un año antes nacía La Andalucía, órgano de expresión política de los andalucistas. En él se comprueba el cambio que comienza a producirse en la conciencia andaluza, tendiendo a probar la existencia de rasgos andaluces como antecesores, incluso de algunos acontecimientos de trascendencia no sólo nacional sino también europea. Así, en uno de los primeros números podemos leer: “ (…), antes de la asamblea de obreros de todas las naciones celebrada en Septiembre de 1864; y mucho antes de que Marx fundase definitivamente la Internacional en el congreso de Ginebra de 1866, y de que se organizase como partido el socialismo español con motivo de la Revolución de Septiembre de 1868, ocurrieron en Andalucía dos movimientos, de los que, con atenta reflexión, podemos deducir sus caracteres y consecuencias y ver la influencia que en ellos ejercieron aquellas doctrinas» (Guichot, 1916, p.1). La tercera etapa se sitúa en la Segunda República. En ella la difusión y el papel de los regionalismos en España tendrá uno de los mayores impulsos 5. Al comenzar este periodo, renace el “andalucismo”, pero sin llegar a calar en 3 Ramón Carande, Alfonso Lasso de la Vega, Manuel Giménez Fernández, Juan Carretero, José Zurita y el propio Blas Infante, entre otros. 4 En diferentes documentos, se hace referencia a los Juegos Florales de Sevilla antes de 1907, años en que sitúan algunos autores su creación. 5 El inicio de esta política la sitúan algunos autores en el Pacto de San Sebastián (1930), momento en el que se decide la puesta en marcha de una política regionalista autonómica por parte de la futura República. Ciudadanías e identidades en los manuales esColares (1970-2012) - 152 - la conciencia popular. Este dato es lo que lo diferencia de otras regiones. En este momento cabe destacar la redacción de las Bases de un Anteproyecto de Estatuto de Autonomía para Andalucía, fruto de la Asamblea Regional de Córdoba en 1933. En él se tratan las atribuciones y funciones del poder regional y su relación con el poder central. Sin embargo, dentro del mundo intelectual, se produjeron manifestaciones contrarias no sólo a la autonomía andaluza, también se cuestionó la existencia de un sentir andaluz, de un regionalismo o del propio andalucismo. Desde esas posiciones se expresaba Carlos García Oviedo al insistir en la artificialidad del andalucismo y en la poca consistencia del regionalismo en Andalucía, que no pasaba de ser una idea sin tener hueco en el sentimiento del pueblo (Calvo, 1987). Breve es la etapa efectiva de impulso político, pues como en el resto del país, a partir de 1934 se atenúan y bloquean buena parte de las actividades regionalistas. Entre 1936 y 1981 se sitúa una cuarta y extensa etapa no exenta de iniciativas regionalistas. El comienzo de la Guerra civil marca el futuro de los nacionalismos, quebrando las esperanzas de las llamadas nacionalidades históricas6. En septiembre de 1936 estaba prevista la Asamblea para aprobar el Estatuto de Andalucía, pero tanto el comienzo de la Guerra Civil como la muerte de Blas Infante da fin a estas aspiraciones. El triunfo del bando nacional da como resultado la idea de una nación unificada con una única cultura y religión. Con la muerte de Franco, las aspiraciones nacionalistas vuelven a emerger y tienden no sólo a la instauración de un nuevo modelo político sino de una redefinición del estado, que dio como resultado el denominado Estado de las Autonomías. enseñanza, manuales e identidad El contenido de un manual escolar está mediado por una regulación normativa, acorde ahora con un sistema constitucional del que emana la legitimidad de la norma legal. No hay ningún manual en el sistema educativo que no cumpla con los principios del ordenamiento jurídico vigente. Los responsables de la edición establecen, con criterios de mercado, la estructura y los límites al contenido que el autor debe incluir en un manual. Las revisiones, los estudios de campo, y las mejoras son elemento prioritario en cualquier bien, y las empresas editoriales no son ajenas a la lógica de la producción. Por tanto, sin dejar al margen esta realidad, y siendo conscientes de ella, adentrarse en el estudio de las identidades complejas inclusivas en los manuales escolares de Ciencias Sociales y de Lengua 6 Cataluña consigue la autonomía política antes del estallido, y aunque la del País vasco consigue ser reconocida en el año 1936, es abolida un año más tarde; en Galicia, se vota el Estatuto, pero no llega a ser ratificado. v v la formaCión de la ConCienCia andaluza y el ser andaluz en los manuales esColares Juan L. Rubio y Guadalupe Trigueros - 153 - y Literatura española, es en parte, dar cuenta del tratamiento y contenido dado al concepto de identidad que hemos manejado a lo largo de la investigación. Concepto desarrollado en la guía conceptual con la que se unificaron los criterios de análisis. Se concluía allí, que en un Estado moderno la «identidad política» se funda «en la lealtad impersonal con la comunidad política que es la nación».[Se deduce que en él, prima la identidad compleja]. En el «caso español» se planteaba el «problema de la convivencia de diversos grupos con potentes identidades subnacionales dentro del territorio del Estado e incluso de diversos sentimientos de nación dentro de un mismo territorio autonómico, surgiendo el problema de la identidad múltiple o su contrario, el de la identidad excluyente» (Puelles, s.f.). Por tanto si investigamos la identidad compleja inclusiva, hemos de analizar los manuales atendiendo al problema de la identidad múltiple no excluyente. Lo contrario no sería acorde a los conceptos de ciudadanía y política que priman y caracterizan nuestra realidad. Lo que presentamos a continuación lo hacemos primero en relación al tratamiento y contenido dado al concepto de identidad múltiple no excluyente a partir de los planteamientos expuestos en la primera parte de este trabajo. Al entender que la identidad andaluza debe analizarse desde una perspectiva histórica como proyecto capaz de construir el futuro colectivo en base a identidades complejas inclusivas. En el espacio delimitado por la obra desarrollamos un avance de resultados, una parte de la investigación desarrollada sobre las formas empleadas en los manuales escolares para presentar tanto las identidades complejas inclusivas como la identidad andaluza y su cultura. Para ello, dentro de los existentes, hemos extraído una muestra de textos de varios niveles y etapas educativas. Desde Quinto y Sexto de Primaria, Enseñanza Secundaria Obligatoria y Bachillerato, en los que quedan incluidos textos anteriores a la Ley de Ordenación General del Sistema Educativo y la Ley Orgánica de Educación. Agrupando el análisis de los manuales utilizados por los estudiantes andaluces, en relación a tres categorías de análisis: la primera valora el uso indiscriminado del término Andalucía. La segunda la importancia de los hechos políticos en la historia de Andalucía, y la tercera los rasgos propios andaluces. Comencemos por la primera de ellas Identidades complejas inclusivas Defendemos que las identidades excluyentes pueden y deben ser investigadas en su empleo como ejemplos de modelos de conducta no deseables o mejor indeseables. Que a tal efecto la inclusión de recursos válidos a este objetivo ha de reforzar el modelo contrario, es decir, el que nuestra sociedad considera deseable. En abril de 1966 Theodor W. Adorno al hablar sobre La educación después de Auschwitz pensaba que la primera exigencia de toda educación era que esos hechos no deseables de la realidad no se repitieran (Adorno, 1967, p. 111). Ciudadanías e identidades en los manuales esColares (1970-2012) - 160 - referenCias y fuentes Citadas Acosta, J. (1979). Andalucía: reconstrucción de una identidad y la lucha contra el centralismo. Barcelona: Anagrama. Acosta, J. (1981). Factores y desarrollo del regionalismo en el primer tercio del siglo XX. Documentación social, 45, 83-104. Adorno, T.W. (1967). La educación después de Auschwitz, Zum Bilfundgsbegriff des Gegenwart. Frankfort, págs. 111 y ss. (Conferencia realizada por la Radio de Hesse el 18 de abril de 1966). Aguiar, F.; Espinosa de los Monteros, E.: Identidad andaluza y realidad nacional. IESA Informes y documentos de trabajo. 21-junio-2001. Almansa, M. (2011). La enseñanza de la historia antigua en el nacionalismo actual de Andalucía, El Futuro del Pasado, 2, 335-352. 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