Dos cartas sobre el dogma: “Extra ecclesiam nulla salus”
Abstract
Frente a dos opiniones contrapuestas sobre la validez del dogma “Extra Ecclesiam nulla salus” después del Concilio Vaticano II, este escrito establece, en la forma de sendas cartas dirigidas a distintos interlocutores, la doctrina del Magisterio de la Iglesia en torno a la compatibilidad entre la necesidad de pertenecer a la Iglesia para salvarse y la posesión de ciertas verdades y gracias por parte de personas no integradas «materialmente» en ella, señalando sus apoyos en la tradición, en las Escrituras y en la razón iluminada por la fe.
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1 Cfr. Concilio Vaticano I, Denzinger-Schönmetzger (DS), Barcelona, 341967, 3011 2 DS 3058. THÉMATA. REVISTA DE FILOSOFÍA. Núm. 40, 2008. DOS CARTAS SOBRE EL DOGMA “EXTRA ECCLESIAM NULLA SALUS” Ignacio Falgueras Salinas. Universidad de Málaga Resumen: Frente a dos opiniones contrapuestas sobre la validez del dogma “Extra Ecclesiam nulla salus” después del Concilio Vaticano II, este escrito establece, en la forma de sendas cartas dirigidas a distintos interlocutores, la doctrina del Magisterio de la Iglesia en torno a la compatibilidad entre la necesidad de pertenecer a la Iglesia para salvarse y la posesión de ciertas verdades y gracias por parte de personas no integradas «materialmente» en ella, señalando sus apoyos en la tradición, en las Escrituras y en la razón iluminada por la fe. Abstract: In front of two opinions opposed about the validity of the dogma "Extra Ecclesiam nulla salus" after the Council Vatican II, this writing settles down, in the form of paths letters directed to different speakers, the doctrine of the Teaching of the Church around the compatibility among the necessity of belonging to the Church to survive and the possession of certain truths on the part of people not integrated "materially" in her, pointing out its supports in the tradition, in the Writings and in the reason illuminated by the faith. Primera carta: Carta a un cristiano en grave tentación de fe Muy estimado Sr.: Días atrás he leído sus graves acusaciones contra el Concilio Vaticano II y el Papa Juan Pablo II en lo que concierne al principio «Extra Ecclesiam nulla salus», que según Vd. no habrían respetado en sus enseñanzas, y entiendo que, más que un ataque a la fe católica, su escrito revela un drama interior, una tentación contra la fe de la Iglesia en la que su espíritu se debate. En efecto, creo que Vd. se encuentra en una situación espiritualmente confusa, pues ¿qué sentido puede tener ponerse fuera de la Iglesia para quien cree firmemente que fuera de la Iglesia no existe la salvación? Vd. sabe perfectamente que no sólo los concilios ecuménicos en comunión con el Papa y la doctrina ex cathedra del Sumo Pontífice, sino incluso su magisterio ordinario y universal, están protegidos por el Espíritu Santo1, de manera que en una disensión grave no es el Papa ni el Concilio quienes quedan fuera de la Iglesia, sino quien no reconoce su autoridad o sucesión apostólica2, cosa que va implícita en la situación de «sede vacante» en la que Vd. sostiene se encontró la Iglesia al menos durante el pontificado de Juan Pablo II. ¿No sería más razonable aguzar la inteligencia para encontrar la verdad que contradecir su catolicidad tan directamente, descalificando a un Concilio ecuménico y al magisterio de un Papa? Sin duda, Vd. es una persona profundamente cristiana, pero sometida a grave tentación en la fe. Posiblemente conocerá Vd. a su alrededor muchos casos de auténtica defección en la fe por parte de clérigos y teólogos, autodenominados católicos, que merezcan ser reprobados, pero no reconocer el magisterio de un Concilio ecuménico y de un Papa es ya haber perdido la fe
366 Thémata. Revista de Filosofía, 40, 2008 en la Iglesia: es, justamente, haber olvidado que Cristo prometió acompañarla hasta el final de los tiempos, y que Él aseguró a s. Pedro que las puertas del infierno no prevalecerían contra ella. Es por completo incoherente pretender que se cree y se ama a la Iglesia precisamente por haber sido fundada por Cristo y, al mismo tiempo, acusarla de infidelidad tan grave. No nos toca a los particulares definir cuál es la doctrina de la Iglesia ni establecer la continuidad apostólica de los sucesores de s. Pedro y del Colegio apostólico, quienes hacen eso dejan de ser católicos, que es precisamente lo que Vd. no querría dejar de ser, ni yo tampoco. ¿No sería mucho más prudente por parte de un fiel creyente esforzarse por entender a fondo lo que el Concilio y el Papa han enseñado y hecho, o sea, aumentar su inteligencia y su fe, en vez de volverse contra sus propios principios? Porque si la Iglesia reunida en concilio ecuménico y dirigida por el Papa no fuera fiel a Cristo, entonces sería que Cristo y su Espíritu no habrían sido capaces de sostenerla, y eso significaría que ninguno de ellos es Dios. Si, por el contrario, como sabemos por la fe, Cristo tiene palabras de vida eterna y su Espíritu hace vivir a la Iglesia, a la que guía, entonces hemos de afrontar las dificultades procurando aguzar nuestra inteligencia y haciendo crecer nuestra fe, que es a lo que le animo como a un esforzado creyente que es Vd. Desde luego, estoy en las antípodas de defender los abusos y tergiversaciones que muchos católicos (especialmente miembros del clero) han hecho del Vaticano II, pero no veo en la doctrina del Vaticano II ni en la doctrina y actuaciones del Papa Juan Pablo II otra cosa que lo que la Iglesia siempre me ha enseñado: la verdad clara de que el Espíritu Santo la guía. Pero veamos sus dificultades. Su objeción nuclear, o sea, lo que no llega a ver, afecta a la compatibilidad entre el dogma «Extra Ecclesiam nulla salus» y el reconocimiento por parte del Concilio y del Papa Juan Pablo II de la posesión de ciertas verdades por las religiones no católicas. 1.-Empecemos por considerar el principio «Extra Ecclesiam nulla salus». En el año 1949 (Pío XII) el Santo Oficio en una aclaración al Obispo de Boston dice: “Entre aquellas cosas, con todo, que siempre la Iglesia predicó y no dejará de predicar nunca se contiene también aquel infalible dicho por el que se nos enseña que “fuera de la Iglesia no hay salvación alguna”. Pero añade de inmediato: “Este dogma, sin embargo, ha de ser entendido en aquel sentido en que lo entiende la propia Iglesia. Pues no encargó Nuestro Salvador a los juicios privados explicar aquellas cosas que se contienen en el depósito de la fe, sino al magisterio eclesiástico” (DS 3866). He ahí, pues, la primera indicación a tener en cuenta: no somos Vd. o yo quienes hemos de interpretar ese dogma, sino la propia Santa Iglesia. Y ningún católico duda de que los concilios ecuménicos y el Papado son las instituciones y personas máximamente autorizadas para enseñar e interpretar la doctrina de la Iglesia. ¿Y qué dice el referido documento respecto al «extra Ecclesiam nulla salus»? –Pues que no hace falta ser miembro formal de la Iglesia visible para formar parte de ella, basta con que las personas que tengan ignorancia invencible para conocer a Cristo y a su Iglesia tengan la voluntad de hacer la voluntad de Dios para que también pertenezcan a ella, aunque de forma no visible. “Puesto que no siempre se exige, para que alguien obtenga la salvación, que se incorpore efectivamente a la Iglesia como miembro, sino que se requiere por lo menos que se adhiera a ella con voto y deseo. Sin embargo, este voto no es siempre necesario que sea explícito, sino que cuando
367 Thémata. Revista de Filosofía, 39, 2007 3 Cfr. DS 3871. La Mystici Corporis enseña que la Iglesia, lo mismo que Cristo tiene una naturaleza humana y otra divina, tiene ella una vida visible y otra invisible (“questa, secondo tutto il suo modo di vivere, quello visibile e quello invisibile, presenta una perfettissima immagine di Cristo”, Mystici Corporis, I). 4 Paralelamente, el documento del Santo Oficio distingue entre una necesidad de precepto (para los que la conocen) y una necesidad intrínseca (para todos) de pertenecer a la Iglesia, consistiendo esta última en la necesidad de la fe, de la esperanza y del amor nacidos de Cristo (cfr. Comisión teológica internacional, El cristianismo y las religiones, 1996, nº 66). 5 DS 3872. 6 DS 2005-2006. 7 DS 2429. el hombre está afectado por una ignorancia invencible, Dios acepta también el voto implícito, así llamado porque se contiene en aquella buena disposición del alma por la que el hombre quiere que su voluntad sea conforme con la voluntad de Dios” (DS 3870). Esta doctrina se corresponde con la enseñanza de la Encíclica Mystici corporis de Pío XII, y distingue nítidamente entre los miembros visibles de la Iglesia y los miembros no visibles de ella, los cuales sólo forman parte de ella por su implícito deseo3, nacido de la fe sobrenatural e informada por la caridad. Y puesto que ese deseo implícito sólo puede ser obtenido como don de la gracia de Cristo, es preciso deducir que la gracia del único Salvador y Redentor se da también fuera de la Iglesia4 . Los documentos referidos son anteriores al Concilio Vaticano II y, sin embargo, nos enseñan que el «Extra Ecclesiam nulla salus» debe ser entendido cum mica salis, a saber: no aplicándolo a la sola Iglesia visible, sino a la Iglesia total, visible e invisible. Tan condenado está el sostener que los miembros no visibles de la Iglesia (por su deseo implícito) no se salvan, como el sostener que para salvarse basta cualquier religión5. «Fuera de la Iglesia no hay salvación» sólo tiene sentido absoluto para la Iglesia total, el Cuerpo místico de Cristo, pero no para la mera Iglesia visible, en la cual se dan el trigo y la cizaña, pues en ésta ni se salvan necesariamente todos los que visiblemente están ni están visiblemente todos los que se salvarán, de manera que, entendido en referencia a la Iglesia visible, el principio sólo les es aplicable en sentido relativo a los que no quieren pertenecer a ella, aun sabiendo que es necesaria para la salvación. 2.- Veamos ahora la doctrina de la Iglesia sobre la existencia de gracias y verdades fuera del catolicismo. Al respecto, la Iglesia ya había condenado (en 1653) el considerar herejes (semipelagianos) a los que dicen que Cristo ha muerto o derramado su sangre por absolutamente todos los hombres6, y, más en concreto, había condenado (en 1713) a los que niegan que se concedan gracias fuera de la Iglesia7. Creo que es muy ilustrativo el ejemplo de Cristo. Nuestro Señor corrigió a los discípulos que se le quejaban porque otros, que no eran de ellos, predicaban y obraban milagros en su nombre, y Él les dijo: “quien no está contra nosotros con nosotros está” (Mc 9, 40). No era, pues, necesario pertenecer al grupo de los discípulos de Cristo para que su gracia obrara efecto a través de otros que creían en Él. Además, tampoco puso nuestro Señor ningún inconveniente a la fe de los paganos que se le acercaron, aun cuando Él no había venido en su primera venida más que para anunciar el evangelio al pueblo de Israel, sino que les concedió lo que pedían, porque lo pedían bien. ¿Hemos de atribuirles ese mérito a ello mismos, o no más bien al Espíritu de Cristo, que los inspiraba por dentro? Luego, siendo paganos que no pertenecían a Israel, recibieron, no obstante, la inspiración del Espíritu Santo y la atracción del Padre hacia Cristo, y Éste no sólo los atendió en sus
368 Thémata. Revista de Filosofía, 40, 2008 8 Ante todo, porque Cristo da sus gracias completas, no concede sólo la salud del cuerpo, sino la de todo el hombre, como nos enseña en Jn 7, 23; y, en segundo lugar, porque el milagro no pudo dejarlos indiferentes, dadas la fe y el intenso deseo que tenían de obtener lo que pedían. 9 Jn 3, 8. 10 Rom 5, 8. 11 Lumen gentium 2, n. 14. 12 Lumen gentium 2, n. 13. 13 Trad. español, B.A.C., Madrid, 21966, 640-641. Si se tiene en cuenta que todos los hombres o pertenecen o están ordenados a pertenecer, aunque de distintos modos, al pueblo de Dios (Lumen gentium, n. 13), no parece congruente decir que el Concilio limite la validez del «Extra Ecclesiam nulla salus» sólo a los que conocen la necesidad de precepto de pertenecer a la Iglesia, de manera que ese dogma, en vez de un valor de principio, viniera a tener un valor meramente parenético o de exhortación, demandas, sino que los movió a conversión8. «Extra Israhelem nulla salus» podría objetarle Vd. a Cristo, y Cristo sin embargo los seguiría salvando. ¿Podría atribuirse al centurión su buena disposición para creer en Cristo? ¿Será mérito suyo exclusivamente? Es obvio que no, sino don de Dios que le había sido dado sin haberse hecho israelita, pero por haberle sido concedido por el Espíritu Santo, que sopla adonde quiere9. Por otro lado, no puede ser de otra manera: todos los que se convierten al cristianismo, antes de ser bautizados, reciben el auxilio del Espíritu de Cristo y las gracias que emanan de la cruz, y sólo así llegan a creer y bautizarse; incluso todos los que somos cristianos hemos sido antes pecadores; más aún, Dios nos ha amado a todos cuando éramos aún pecadores10, para que dejáramos de serlo, y ese amor de Dios es siempre gracia y verdad que antecede a nuestra incorporación a la vida de la Iglesia. ¿Cómo no va a haber gracias fuera de la Iglesia visible? Sin ellas no serían posibles ni la conversión ni la eficacia del anuncio del evangelio, pues es Dios el que convierte los corazones de los hombres para que entren en su reino o Iglesia. ¿Qué tradición escrita u oral podría alegarse en contra de la tesis de que también fuera de la Iglesia existe la verdad y el bien, aunque sea de modo germinal e incompleto? Sólo cabría hacerlo, si, tergiversando la tradición, se sostuviera que el hombre está corrompido en su naturaleza por el pecado de origen, o bien que la gracia de Cristo no alcanza a ofrecerse a todos los hombres, pero ésa no es la doctrina católica. El reino de Dios es fermento y sal de la tierra, no excluye, por tanto, que la masa y lo salable preexistan y coexistan con él, antes bien los supone y aprovecha. 3. Y veamos, ahora, qué dicen el Concilio Vaticano II y Juan Pablo II. No sólo no he encontrado ningún pasaje que niegue el principio «extra Ecclesiam nulla salus», sino todo lo contrario. Para empezar, el Concilio enseña la necesidad de pertenecer a la Iglesia hasta el punto de que no pueden salvarse quienes no ignorando que la Iglesia ha sido creada por Cristo como necesaria para la salvación, no quieran entrar o permanecer en ella11. Por esta necesaria pertenencia, todos los hombres están llamados a formar parte de ella, y ella está constituida por personas de todo pueblo, raza y nación, como reino no terreno, sino celestial. Y como el reino de Cristo no es de este mundo, la Iglesia no arrebata a ningún pueblo bien temporal alguno, antes bien favorece todo lo que de bueno tienen todos los pueblos12. Esta doctrina se repite a lo largo de todo el concilio. Así, por ejemplo, en el Decreto sobre el ecumenismo se puede leer: “Porque únicamente por medio de la Iglesia católica de Cristo, que es el auxilio general de salvación, puede alcanzarse la total plenitud de los medios de salvación. Creemos que el señor encomendó todos los bienes de la Nueva Alianza a un único colegio apostólico, al que Pedro preside, para constituir el único cuerpo de Cristo en la tierra, al cual es necesario que se incorporen completamente todos aquellos que de algún modo pertenecen ya al pueblo de Dios” (c.1, n. 313).
369 Thémata. Revista de Filosofía, 39, 2007 como podría parecer que sugiere el escrito de la Comisión teológica internacional “El cristianismo y las religiones”, nº 67. Sin embargo, dicha Comisión trata sólo de evitar el entrar en contradicción con la llamada universal a la salvación (nº 70), para incurrir en la cual haría falta confundir la «Iglesia» con la «Iglesia visible» y la «salvación» con la «llamada a la salvación». De todos es sabido que “muchos son los llamados, pero pocos los escogidos” (Mt 20, 16; 22, 14). Esa contradicción, desde luego, no existe con la Iglesia Cuerpo de Cristo, porque si todos los hombres están llamados a la salvación, todos estarán llamados a formar parte del Cuerpo de Cristo, o sea, de la Iglesia total, y, por tanto, los que (libremente) no ingresen en ella no podrán salvarse. Distinguir entre «Extra Ecclesiam nulla salus» y «Extra Christum nulla salus» no tiene sentido alguno si por Iglesia se entiende el Cuerpo Místico de Cristo, por lo que esa distinción se ha de referir a la distinción entre la Iglesia visible –en la que todavía hay mezcla de trigo y de cizaña– y la Iglesia total, así como a la distinción entre la salvación incoada y la salvación final. Después de las enseñanzas de la Mystici Corporis, no existe ninguna necesidad teológica ni racional de interpretar por «Iglesia» exclusivamente la Iglesia visible, peregrina o militante, ni tampoco la de confundir la salvación con la buena disposición o incluso con las buenas obras de los hombres, de manera que una reducción del alcance dogmático del «Extra Ecclesiam nulla salus» sólo se fundaría en una alicorta interpretación del mismo. Sin duda, de su valor de principio dogmático deriva un valor de precepto (al que alude la Comisión), que obliga a quienes lo conocen no sólo a entrar y a permanecer en la Iglesia, sino a predicar y bautizar a los que no la conocen para que lleguen a creer en ella como única tabla de salvación. Por eso, es acertado decir que la pertenencia a la Iglesia obliga gravemente en conciencia a quienes la conocen debidamente, pero no lo sería reducir el contenido del dogma a un mero precepto práctico, pues fuera del Cuerpo de Cristo no es posible salvación alguna: salvarse no perteneciendo a la Iglesia Cuerpo de Cristo equivaldría a salvarse sin Cristo, el único mediador. 14 Cfr. DS 3870. Y Juan Pablo II en la Encíclica Redemptoris missio dice: “La Iglesia profesa que Dios ha constituido a Cristo como único mediador y que ella misma ha sido constituida como sacramento universal de salvación…Es necesario, pues, mantener unidas estas dos verdades, o sea, la posibilidad real de la salvación en Cristo para todos los hombres y la necesidad de la Iglesia en orden a esta misma salvación” (c. 1, n. 9). No se pueden, por consiguiente, separar ambas verdades ni atribuir al Papa la eliminación de una de ellas. Junto a la afirmación de la necesidad de pertenecer a la Iglesia, el Concilio recoge lo que había enseñado Pío XII, siguiendo la tradición de la Iglesia: “Pues los que inculpablemente desconocen el evangelio de Cristo y su Iglesia, pero buscan con sincero corazón a Dios, y se esfuerzan bajo el influjo de la gracia en cumplir con las obras Su voluntad, conocida por el dictamen de la conciencia, pueden conseguir la salvación eterna. Y la divina providencia no niega los auxilios necesarios para la salvación a aquellos que sin culpa no llegaron a un conocimiento expreso de Dios y se esfuerzan, no sin la gracia divina, en alcanzar una vida recta. Cuanto de verdadero y de bueno se encuentra en ellos es estimado por la Iglesia como una preparación evangélica, y como dado por aquel que ilumina a todo hombre, para que finalmente tenga la vida” (Lumen gentium, c. 2, n. 16). (Cfr. Redemptoris missio, c. 1, n.10). La doctrina no puede ser más fiel a la tradición: sólo la Iglesia Católica, que es el auxilio de salvación general14, dispone de la plenitud de todos los medios de salvación, y sólo por medio de ella se puede alcanzar tal plenitud de medios requerida para salvarse. Pero no se niega que quienes han nacido y han sido educados, sin culpa propia, en una fe cristiana defectuosa tengan también un conocimiento beneficioso de alguna parte de la revelación, y que entre ellos sea más fácil que se dé ese voto implícito sobre el que nos instruyó Pío XII. Tampoco se excluye que entre miembros de otras religiones se pueda dar la gracia de Cristo sin que ellos lo sepan conscientemente, y que pertenezcan “aliquo modo” a la Iglesia, aunque todo cuanto de bueno y verdadero se halle en ellos no pasa de ser una preparación para el evangelio, y, por tanto, una preparación para ingresar en la única Iglesia de Cristo. Y no tendría sentido alguno que el Concilio encomiara la necesidad para todos de pertenecer al único Cuerpo de Cristo en la tierra, encomendado sólo a s.
370 Thémata. Revista de Filosofía, 40, 2008 15 B.A.C., 728-729. (Cfr. Cruzando el umbral de la esperanza, c.13, donde el Papa Juan Pablo II comenta estos textos). 16 Apologia I, 44, 10 (Cfr. Padres apologistas griegos, D. Ruiz Bueno, B.A.C., Madrid, 1954, 230). 17 Stromata I, 5, 28. Pedro y al Colegio apostólico, si la Iglesia no fuera la única tabla de salvación, a la que, antes o después, todos han de aferrarse si quieren ser salvos. En esos términos deben ser entendidas las enseñanzas e iniciativas de Juan Pablo II: “El Espíritu se manifiesta de modo particular en la Iglesia y en sus miembros; sin embargo, su presencia y acción son universales, sin límite alguno ni de espacio ni de tiempo…Así el Espíritu, que «sopla donde quiere» (Jn 3, 8) y «obraba ya en el mundo antes de que Cristo fuera glorificado»…, nos lleva a abrir más nuestra mirada para considerar su acción presente en todo tiempo y lugar…La relación de la Iglesia con las demás religiones está guiada por un doble respeto: «Respeto por el hombre… y respeto por la acción del Espíritu en el hombre». El encuentro interreligioso de Asís, excluida toda interpretación equívoca, ha querido reafirmar mi convicción de que «toda auténtica plegaria está movida por el Espíritu Santo, que está presente misteriosamente en el corazón de toda persona»…Todo lo que el Espíritu obra en los hombres y en la historia de los pueblos, así como en las culturas y religiones, tiene un papel de preparación evangélica, y no puede menos de referirse a Cristo…” (Redemptoris missio, c. 3, n. 28). En consecuencia la operación del Espíritu Santo fuera de la Iglesia tiene sólo el cometido de preparar los corazones para entrar en la Iglesia, no para prescindir de ella. Para mayor abundancia, recogeré lo que el Concilio dijo en la Declaración Nostra aetate (sobre las relaciones con las religiones no cristianas): “La Iglesia católica nada rechaza de lo que en estas religiones hay de verdadero y santo. Considera con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas, que, aunque discrepen en muchas cosas de lo que ella profesa y enseña, no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres. Anuncia y tiene la obligación de anunciar constantemente a Cristo, que es el camino, la verdad y la vida (Jn 14, 6) en quien los hombres encuentran la plenitud de la vida religiosa y en quien Dios reconcilió consigo todas las cosas. / Por consiguiente exhorta a sus hijos a que con prudencia y caridad, mediante el diálogo y la colaboración con los adeptos de otras religiones, dando testimonio de la fe y de la vida cristiana, guarden y promuevan aquellos bienes espirituales y morales, así como los valores socio-culturales, que en ellos existen” (n. 215). Este texto, en unión con los anteriores, deja claro que el anuncio del evangelio en nuestras vidas es irrenunciable, pero que es compatible y debe serlo con el reconocimiento de cuanto de verdadero y bueno haya en las religiones humanas, no tanto por ser obra de hombres, cuanto por ser obra del Espíritu Santo y preparación evangélica. Vd. cree entender que en el reconocimiento de la porción de verdad que se contiene en comunidades eclesiales cristianas, en las Iglesias separadas y en las religiones se encierra una renuncia por parte de la Iglesia a su condición de depositaria única de la salvación, pero eso no lo dicen el Concilio ni el Papa, sino todo lo contrario, pues eso iría contra la tradición. 4. La raíz de la doctrina del Concilio en la tradición. En efecto, como adelantaron s. Justino16, Clemente Alejandrino17 y otros, en los saberes de los paganos se contienen semillas de la Palabra, es decir, verdades en germen, por desarrollar y nutrir desde la revelación del Verbo
371 Thémata. Revista de Filosofía, 39, 2007 18 PL 34, 49. encarnado. También lo enseña magistralmente s. Agustín: “todo buen y verdadero cristiano entienda que la verdad, dondequiera que la encontrare, pertenece a su Señor” (De doctrina cristiana, II, c.18, n. 2818). Es éste el principio de la catolicidad: si Cristo es el camino, la verdad y la vida, todo cuanto de verdadero, de bueno, de loable y justo se halla en la humanidad a Él le pertenece y mediante Él a su Iglesia. S. Pablo, inspirado por el Espíritu Santo, lo había sugerido antes: “Finalmente, hermanos, todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito, tenedlo en cuenta” (Fil 4,8). Y eso mismo es lo que nos enseña el Vaticano II: “Con su obra [la Iglesia] hace que todo lo bueno que hay ya sembrado en la mente y en el corazón de los hombres, en los ritos y en las culturas de estos pueblos, no solamente no se pierda, sino que sea sanado y se eleve y quede consumado para gloria de Dios, confusión del demonio y felicidad del hombre” (Lumen gentium, c. 2, n. 17). E igualmente lo enseñaba así Pablo VI en la exhortación apostólica Evangelii nuntiandi: “ellas mismas (las religiones no cristianas) están llenas de innumerables «semillas del Verbo» y constituyen una auténtica «preparación evangélica», por citar una feliz expresión del Concilio Vaticano II tomada de Eusebio de Cesarea” (c. 5, n. 53). Y Juan Pablo II lo recoge innumerables veces. Pondré un ejemplo: “El diálogo [con los hermanos de otras religiones] no nace de una táctica o de un interés, sino que es una actividad con motivaciones, exigencias y dignidad propias: es exigido por el profundo respeto a todo lo que en el hombre ha obrado el Espíritu, que «sopla donde quiere» (Jn 3, 8). Con ello la Iglesia trata de descubrir las «semillas de la Palabra», el «destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres», semillas y destellos que se encuentran en las personas y en las tradiciones religiosas de la humanidad” (Redemptoris missio, c. 5, n. 56). Sin embargo, “el hecho de que los seguidores de otras religiones puedan recibir la gracia de Dios y ser salvados por Cristo, independientemente de los medios ordinarios que él ha establecido, no quita la llamada a la fe y al bautismo que Dios quiere para todos los pueblos” (Ibid., n. 55). “Todo ello ha sido subrayado ampliamente por el Concilio Vaticano II y por el Magisterio posterior, defendiendo siempre que la salvación viene de Cristo, y que el diálogo no dispensa de la evangelización” (Ibid.). De manera que el diálogo ha de ser realizado cumpliendo las siguientes condiciones esenciales: “El diálogo debe ser conducido y llevado a término con la convicción de que la Iglesia es el camino ordinario de la salvación y que sólo ella posee la plenitud de los medios de salvación” (Ibid.). Además, “El anuncio tiene la prioridad permanente en la misión: la Iglesia no puede sustraerse al mandato explícito de Cristo, no puede privar a los hombres de la «Buena Nueva» de que son amados y salvados por Dios” (Ibid., n. 44). Como puede verse, no se cede ni un palmo en las obligaciones de la Iglesia ni en la necesidad de pertenecer a ella. “Ante todo, queremos poner ahora de relieve que ni el respeto ni la estima hacia estas religiones, ni la complejidad de las cuestiones planteadas implica para la Iglesia una invitación a silenciar ante los no cristianos el anuncio de Jesucristo” (Pablo VI, Evangelii nuntiandi, c. 5, n. 53). “A la luz de la economía de la salvación, la Iglesia no ve un contraste entre el anuncio de Cristo y el diálogo interreligioso; antes bien siente la necesidad de compaginarlos en el ámbito de la misión ‘ad gentes’. En efecto, conviene que estos dos elementos mantengan su vincula-
372 Thémata. Revista de Filosofía, 40, 2008 19 Isa 55, 8-9. ción íntima, y, al mismo tiempo, su distinción, por lo cual no deben ser confundidos ni instrumentalizados, ni tampoco considerados equivalentes, como si fueran intercambiables” (Juan Pablo II, Redemptoris missio, c. 5, n. 55).Es cierto que el Concilio y el Papa amplían la tradición recibida, pero manteniendo su espíritu y alargando su sentido. La ampliación consiste en que ellos no sólo reconocen que cuanto hay de verdadero y de bueno fuera de la Iglesia ha de ser atribuido en propio a Cristo, que es camino, verdad y vida, sino que, además, sacan la consecuencia de que, si lo reconocen así, han de respetarlo allí donde lo encuentren, no para dejar de anunciar el evangelio, sino para anunciarlo aprovechando lo que la gracia de Dios ya ha hecho en los hombres. A mi entender, esta enseñanza es una nueva forma de evangelizar, que no suprime, sino sólo prepara el camino a la tradicional: es mostrar la innegable superioridad del cristianismo, que nace de la Encarnación del Verbo y no es obra meramente humana. “Encontramos aquí el punto esencial por el que el cristianismo se diferencia de las otras religiones, en las que desde el principio se ha expresado la búsqueda de Dios por parte del hombre. El cristianismo comienza con la Encarnación de Verbo. Aquí no es sólo el hombre quien busca a Dios, sino que es Dios quien viene en persona a hablar de sí al hombre y a mostrarle el camino por el cual es posible alcanzarlo” (Juan Pablo II, Tertio millennio adveniente, n. 6). Sólo el cristianismo, que no es una mera religión, puede reconocer lo que haya de verdad en las meras religiones, en todas y cada una de ellas, porque Dios y su revelación en Cristo están por encima de las posibilidades humanas. Sólo la Iglesia Católica puede valorar justamente lo que de bueno y verdadero tienen las iniciativas humanas que buscan a Dios (religiones), porque únicamente la Iglesia Católica no ha nacido de una iniciativa humana, sino del Verbo que se ha hecho carne y ha venido a redimirnos. Mientras que las religiones entran en competencia entre sí, el reino de Dios no entra en competencia con las religiones, porque las supera tanto como los planes de Dios superan a los planes humanos19. Pero el plan de Dios no ha sido suprimir al hombre caído, sino redimirlo del pecado y del error, e incluirlo en sus designios misericordiosos. Reconocer que existen verdades y valores en las religiones es aplicar los planes divinos: es reconocer que son redimibles, no simplemente desechables. Vd. estima que al reconocer los dones de Dios creador y elevador e incluso la acción del Espíritu Santo en las religiones meramente humanas la Iglesia pierde su condición de revelada, pero no es así: sólo actúa en congruencia con los designios salvíficos de Dios. Más aún, no hace otra cosa que imitar, continuándola, la redención divina: pues Dios nos ha amado cuando éramos aún pecadores, es decir, cuando estábamos en el pecado y en la ignorancia de su voluntad, llenos de defectos y de errores, y en vez de desecharnos por nuestros errores y nuestros defectos ha querido aprovechar lo bueno que Él había puesto en nosotros, para darnos la oportunidad de convertirnos, de perdonar y ser perdonados. Parece obvio que lo que ha inculcado el Concilio es un nuevo modo de iniciar el anuncio del Evangelio sin necesidad de condenar a los que todavía no creen, sólo haciendo vida propia la superioridad de la Buena Nueva, dialogando con ellos. Para dialogar hace falta magnanimidad, y para dialogar como cristiano con los no cristianos esa magnanimidad ha de nacer de
373 Thémata. Revista de Filosofía, 39, 2007 20 Evangelii nuntiandi, c. 5, nn. 51-53. 21 Cfr. Redemptoris missio, c. 5, n. 55. 22 Ibid. n. 57. la fe de la Iglesia, no de los propios complejos. Este nuevo modo de iniciar la evangelización es muy apropiado para el tipo de convivencia entre religiones en que estamos entrando. La vecindad de los católicos con los otros cristianos, con los judíos, los mahometanos, budistas, etc. dentro de los límites de unas mismas naciones y ciudades nos obliga a anunciar el evangelio de un nuevo modo, que no puede ser obviamente la confrontación constante –que ciertamente tendremos que sufrir los cristianos–, y que, además, no tenemos por qué presentarla como confrontación, puesto que la divinidad de Jesucristo nos pone en un lugar tan superior respecto de los demás que sólo hemos de dejar que ella se muestre en nuestras vidas. ¿No le parece claro que ninguna religión puede admitir que las demás tengan algo de verdadero, y por ello todas están condenadas a oponerse entre sí? Sólo la Iglesia Católica está en condiciones de convocarlas para orar juntas, para hacer el bien juntas, porque sólo ella puede ofrecer a todas el amparo de la Verdad y el cumplimiento de lo que ellas anhelan. De esa manera, sin omitir el enviar misioneros a tierras extrañas y el proseguir la labor evangelizadora ordinaria de la Iglesia, y sin dejar de predicar a Cristo con la palabra y las obras al que quiera escucharnos o mirarnos, cada uno en su propia tierra ha de dar testimonio de su fe y ayudar a los que viven cerca de Él para que puedan vislumbrar la auténtica revelación divina, Cristo hecho hombre. En este caso no se trata de convencer con argumentos, pero sí con la forma de vida. ¿Es eso renunciar a la verdad católica? De ninguna manera, es un primer modo de dar testimonio de la fe20. ¿Se convierte la Iglesia en una religión más por ello? Todo lo contrario, da muestras de que no es una mera religión, de que no es cosa de hombres, sino de que en ella opera el Camino, la Verdad y la Vida. Quizás piense Vd. que anunciar así el evangelio sea reducir su mensaje, eliminando el «convertíos y creed en el evangelio» (Mc 1, 15). Eso sería verdad si el anuncio del evangelio se redujera al diálogo interreligioso, pero éste no es en realidad más que una parte o medio, e introductorio, de la evangelización21. Es verdad que la insistencia en dicho diálogo puede parecer, dada su dificultad, un retraso de la predicación del evangelio, pero en ocasiones es el único modo de dar sincero testimonio de Cristo y de servir al hombre22. Pues no está dicho que en el diálogo con las otras religiones, aunque se haga pie en lo bueno y verdadero que tengan en común con nosotros, no haya de indicarse lo falto y lo erróneo de las mismas; antes bien, al subrayar sólo lo bueno y verdadero, ya se hace cierta selección indicativa de lo que está mal o es erróneo. Precisamente por eso, el diálogo es ya un camino hacia el anuncio del evangelio, el cual requiere el conocimiento de muchas otras verdades previas para ser asimilado, como la inmortalidad del alma, el monoteísmo, el premio o castigo tras la muerte, la omnipotencia de Dios, etc. No se trata de no anunciar el evangelio, sino de que, antes de poder decir «convertíos», es preciso que los destinatarios sepan a quién, de qué y por qué convertirse. Incluso sin decirlo, cuando dialoga, la Iglesia está gritando «convertíos», al dar ejemplo vivo de conversión y de fe en el evangelio, y al unirse en nombre de Cristo a los que han de convertirse para que oren bien y hagan el bien, de manera que crezca en su interior la «preparatio evangelica» y lleguen a descubrir a Cristo. En definitiva, ni el Concilio Vaticano II, ni el Papa Pablo VI que lo
380 Thémata. Revista de Filosofía, 40, 2008 39 “Porque el ateísmo, considerado en su integridad, no es algo originario, sino que más bien se origina de varias causas, entre las que se cuentan también la reacción crítica contra las religiones…” (Gaudium et spes, n.19, trad. esp., B.A.C., 233). 40 Ibid. n.21 41 Trad. esp., B.A.C., 36. 42 Mt 10, 24-25. 43 Rom 9, 32-33; Lc 2, 34. 44 Mt 10, 34-35. 45 Jn 13, 16; 15, 20: “no es el siervo mayor que su señor, si me han perseguido a mí, también a vosotros os perseguirán”. 46 Mt 23, 1 ss. 47 1 Jn 1, 10. nes ni lo abominable que se profesen o cometan en ellas. ¿Qué respeto pueden merecer el canibalismo, los sacrificios humanos, las supersticiones o la poligamia, etc., por muy religiosamente que se los practique? Precisamente los errores y desviaciones morales de las religiones suelen servir de razón justificante para el ateísmo, fenómeno que no es originario, sino derivado39, y que la Iglesia reprueba expresamente40, por lo que debe entenderse que reprueba también sus causas, entre las que, como digo, se cuentan los defectos de las religiones. Así mismo en la Lumen gentium se declara: “La Iglesia aprecia todo lo bueno y verdadero que entre ellos (los que sin culpa buscan a Dios y se esfuerzan por vivir con honradez) hay, como una preparación evangélica, y dado por quien ilumina a todos los hombres para que al fin tengan la vida” (n. 1641). Sin embargo, inmediatamente después de esta declaración de aprecio, el Concilio señala que los hombres se extravían muchas veces, por engaño del Maligno y por sus falsos pensamientos, sirviendo a las criaturas en vez de al creador. Además, esa valoración de lo bueno que se halle en todas las religiones no la hace el Concilio por igual, pues se refiere por separado al judaísmo, al islamismo y a las religiones politeístas, animistas, etc. Es cierto que las respeta a todas, pero es obvio que no las puede valorar a todas del mismo modo. Por lo demás, el Concilio no se pronuncia sobre las sectas destructivas, cuya proliferación es un fenómeno posterior, pero que tienen, en la conciencia de muchos de los que se adhieren a ellas, una motivación religiosa, ¿acaso habría que valorarlas positivamente? ¿Y los cultos satánicos? –El respeto de la Iglesia por las religiones no puede ser mayor que el que ella tiene por la conciencia de cada persona, el cual se reduce a no violentarla por coacción externa, pero no consiste en aprobar como bueno todo lo que en conciencia se haga y se diga. Sólo es aprobable lo que hagan los hombres con buena conciencia, cuando esa conciencia esté bien formada, pero no lo que hagan con pecado y maldad material, aunque sea hecho sin mala conciencia. Es más, la Iglesia no puede dejar de anunciar la verdad y de denunciar los errores y maldades humanos, incluso los que se contienen en las conciencias erróneamente buenas, y aun a riesgo de que se conviertan en conciencias formalmente malas, porque la Iglesia, lo mismo que el discípulo42, no puede ser más que su maestro: si Cristo es piedra de escándalo43 y motivo de ruptura entre los hombres44, ella no puede pretender contentar a todos, sino que ha de ser también signo de contradicción45. El «convertíos y creed en el evangelio» implica la acusación de pecado, que es lo que no querían admitir los escribas y fariseos, cuya dureza de cerviz atacó Cristo tan severamente46, de manera que quienes no reconocen sus pecados hacen mentiroso a nuestro Señor47. Es una tentación satánica, de la más subida soberbia, creernos mejores que Dios, más listos y más respetuosos que Jesucristo, su Hijo, o sea, creer que hacemos mejor silenciando el evangelio
381 Thémata. Revista de Filosofía, 39, 2007 48 Trad. esp., B.A.C, 702-703. 49 La coacción puede, y a veces debe, ser usada, pero nunca sobre la conciencia; tan solo deberá ser usada, con la debida prudencia, para impedir la ejecución práctica del mal, sobre todo cuando lleva consigo grave daño propio (v.gr.: suicidio, mutilación, drogadicción, etc.) o de otros (v.gr.: aborto, eutanasia, violaciones, pederastia, etc.). Sin embargo, salvo excepciones (Jn 2, 14-17), no toca a la Iglesia ejercerla, sino al justo poder del César o brazo secular. 50 Mt 12, 3-9, 18-23, 24-30, 31-32. Cfr. Vaticano II, Ad gentes n. 22. en sus partes más duras e impopulares, según el momento histórico, para poder atraer así a los hombres. La fuerza del evangelio, Palabra de Dios, está en la manifestación de la verdad revelada íntegra, no en el silenciamiento u omisión de algunos de sus contenidos. Así lo confirma otro documento del Vaticano II: “Esfuércense, además, los cristianos, caminando con sabiduría, por difundir ante los de fuera en el Espíritu Santo, en caridad no fingida, en palabras de verdad (2 Co 6, 6-7), la luz de la vida con toda confianza y fortaleza, incluso hasta el derramamiento de sangre. / Porque el discípulo tiene la obligación grave para con Cristo Maestro de conocer cada día más la verdad que de Él ha recibido, de anunciarla fielmente y de defenderla con valentía, excluidos los medios contrarios al espíritu evangélico. A la vez, empero, la caridad de Cristo le acucia para que trate con amor, prudencia y paciencia a los hombres que viven en el error o en la ignorancia de la fe. Deben, pues tenerse en cuenta tanto los deberes para con Cristo, Verbo vivificante, que hay que predicar, como los derechos de la persona humana y la medida de la gracia que Dios, por Cristo, ha concedido al hombre, que es invitado a recibir y profesar voluntariamente” (Dignitatis humanae, 1448). Si hay que predicar el evangelio con fortaleza y hasta el derramamiento de la sangre, será porque hemos de llevar la contraria a los errores y maldades de los hombres y de sus religiones, de lo contrario, si les adulamos alabando sus yerros y malicias, ¿qué peligro podría haber?; si hemos de anunciar fielmente la verdad y de defenderla con valentía, será porque hemos de denunciar lo que la Verdad (Cristo) nos enseña que es erróneo o malo. El equilibrio entre el anuncio de la verdad y el respeto por las religiones, así como de la conciencia ajena, no lleva consigo el silencio ante el error y el consentimiento en el mal moral, sino la denuncia de ambos sin el empleo de la coacción49. Además, según ya he dicho, el Concilio sólo valora positivamente en las religiones lo que es fruto de la acción del Espíritu Santo, la cual no es en ellos una revelación directa, sino una semilla de la Palabra que pertenece a la Iglesia. Desde luego, como el Espíritu sopla adonde y como quiere, esas semillas son dispares y dispersas, por lo que no existe ninguna religión meramente humana que tenga todas las semillas, sino sólo existe una dispersión de semillas de la Palabra entre las diversas religiones. Pero si admitiéramos, no obstante, que, por hipótesis fingida, hubiere alguna religión meramente humana que poseyera todas las semillas de la verdad, en realidad esa religión no poseería otra cosa que «semillas», o sea, verdades y gracias en germen o por desarrollar con la doctrina y los dones de Cristo. Conviene prestar atención, pues, al símbolo de la semilla. Y precisamente, en el símbolo de la semilla, tan evangélico50, se contiene que, si no cae en tierra buena, y no recibe las labores debidas ni el beneficio de lluvia, no crecerá ni se hará árbol; es decir, en el símbolo está implícito que las semillas por sí solas no dan frutos de vida eterna. Al estar rodeadas de elementos adversos, errores, pecados y malas costumbres, se secarían y desaparecerían, salvo que la propia gracia de Cristo las rescatase y redimie-
382 Thémata. Revista de Filosofía, 40, 2008 51 Ad Gentes n. 11, trad. esp., B.A.C., 584: “(Para que los mismos fieles puedan dar fructuosamente este testimonio de Cristo) familiarícense con sus tradiciones nacionales y religiosas; descubran con gozo y respeto las semillas de la Palabra que en ellas se contienen”. Ibid. n. 18, trad. esp., B.A.C., 598: “Consideren (los Institutos religiosos, que trabajan en la implantación de la Iglesia) atentamente el modo de incorporar a la vida religiosa cristiana las tradiciones ascéticas y contemplativas, cuya semilla había esparcido Dios con frecuencia en las antiguas culturas antes de la proclamación del Evangelio”. 52 Trad. esp. B.A.C., 568. 53 Los hombres de buena voluntad que quieren hacer la voluntad de Dios se ordenan sin saberlo por su deseo y voto al Cuerpo místico (Pío XII, Mystici corporis, DS 3821), porque para hacer la voluntad de Dios y salvarse es necesario pertenecer a la Iglesia. 54 Cfr. El cristianismo y las religiones, Texto del documento aprobado «in forma specifica» por la Comisión teológica internacional (1996), n.43 y 85. 55 DS 1602. 56 DS 1348. se. Las semillas de la Palabra y de la gracia no son ni la verdad ni la redención completas, sino que todo su valor estriba en ser preparación para el evangelio, es decir, en disponer a los hombres para recibir la buena noticia, pero ellas ni son todavía la buena noticia ni tampoco son suficientes para la salvación. Según el Concilio, las semillas de la Palabra están insertas en las culturas y tradiciones humanas51, de manera que, aunque hayan nacido de dones divinos otorgados a algunas personas, pueden beneficiar también a aquellos que tomándolas de su cultura las hacen personalmente suyas. No son, por tanto, como los sacramentos, que confieren la gracia ex opere operato, ni como la proclamación del evangelio, que mueve personalmente a la fe, sino que son sólo indicios para que los hombres puedan desear y reconocer la verdadera revelación. En esa medida cabe decir que ellas sensibilizan al hombre para poder recibir el anuncio del Evangelio, que les está dirigido, y para desear la salvación, a la que están llamados, pero no pasan de ser más que cierta predisposición favorable, porque las meras semillas no son ellas mismas tal anuncio ni salvación. Así lo expone el Vaticano II: “porque estos esfuerzos (con los que los hombres buscan de muchas maneras a Dios, para ver si a tientas le pueden encontrar) necesitan ser iluminados y sanados, aunque, por benigna determinación del Dios providente, pueden tenerse alguna vez como pedagogía hacia el Dios verdadero o como preparación para el Evangelio” (Ad gentes, n. 352). El esfuerzo humano de búsqueda para encontrar a Dios es la esencia misma de la religión. En ese esfuerzo las semillas de la Palabra representan una «pedagogía hacia el Dios verdadero» y una «preparación evangélica» puestas en marcha por el Dios providente, pero no son la meta, sino hitos en el camino que orientan hacia Cristo y que requieren aún ser acompañadas por su luz y su gracia, para que crezcan y den fruto53. Y, aun siendo pedagogía divina y preparación evangélicas, no se pueden equiparar a la plena preparación del Evangelio, que es el Primer Testamento54. El Primer Testamento contiene no semillas de la Palabra, sino la Palabra de Dios, y sus ritos (circuncisión, presentación, etc.) conferían la gracia no ex opere operato, sino en virtud del Mesías prometido55, lo que tras su venida han dejado de hacer56. Pero si el Primer Testamento, aún siendo la preparación elegida y directa del Evangelio, hubo de ser llevado a cumplimiento y perfección por el Segundo, ¡cuánto más no habrán de ser corregidas y completadas las semillas de la Palabra, dispersas y rodeadas de errores en las religiones! No se olvide, además, que todos nacemos con el pecado de origen, de manera que ni tenemos un conocimiento adecuado de Dios ni agradamos a Dios con las obras buenas que hacemos por ser humanamente buenas, sino cuando son hechas con la fe y la caridad que otorga la gracia salvadora de
383 Thémata. Revista de Filosofía, 39, 2007 57 Ni tampoco debe pensarse que cualquier voluntad implícita de ingresar en la Iglesia sea suficiente para salvarse. Se requiere que el voto con el que se ordene uno a la Iglesia esté informado por una caridad perfecta y por una fe sobrenatural, para que surta el efecto implícitamente deseado (DS 3872). 58 Trad. esp., Asociación de editores del Catecismo, Madrid, 1992, p. 436-437. 59 Trad. esp., B.A.C. 590. Cristo57. Como consecuencia del pecado original, “Los preceptos de la ley natural no son percibidos por todos de una manera clara e inmediata. En la situación actual, la gracia y la revelación son necesarias al hombre pecador para que las verdades religiosas y morales puedan ser conocidas "de todos y sin dificultad, con una firme certeza y sin mezcla de error" (Pío XII, Enc. "Humani generis": DS 3876). La ley natural proporciona a la Ley revelada y a la gracia un cimiento preparado por Dios y otorgado a la obra del Espíritu” (Catecismo de la Iglesia católica, n. 196058). Para que den fruto, las semillas de la Palabra han de ir acompañadas del cumplimiento íntegro de la ley natural, que sólo la revelación y la gracia cristianas otorgan de modo pleno. Ni tampoco se olvide que, por muchas buenas obras que hagamos incluso los creyentes en Cristo, sin la fe viva en el salvador no seremos salvados por las obras, lo mismo que no nos salvará la sola fe sin las obras: se requiere la unidad de vida que sólo el don de Dios hecho hombre comunica a los humildes y penitentes. No somos los hombres los que nos salvamos a nosotros mismos, sino nuestra aceptación de la Misericordia de Dios hecha carne, en el modo y en la hora en que ella lo determine. Como dijo s. Pedro, Dios quiere que todos los hombres se conviertan: “Para el Señor un día es como mil años, y mil años como un día. El Señor no tarda en cumplir su promesa, sino que obra pacientemente con vosotros, no queriendo que perezcan algunos, sino que todos vengan a penitencia” (2 Pe 3, 8-9). Todo ser humano tiene, para salvarse, que volver a Dios, o sea, convertirse; no tengamos más prisa que Dios por salvar a los hombres, pretendiendo que lo hagan sin arrepentirse, sin ser iluminados y sanados por el Hijo de Dios. Por todo lo anterior, para engendrar la vida nueva de Cristo, sin la cual no hay salvación, el Espíritu Santo ha de obrar en nosotros más que la simple siembra de esas semillas: “El Espíritu Santo, que llama a todos los hombres a Cristo por las semillas de la Palabra y la predicación del Evangelio y suscita el homenaje de la fe en los corazones, cuando engendra para una nueva vida en el seno de la fuente bautismal a los que creen en Cristo, los congrega en el único pueblo de Dios, que es linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo de adquisición (1 Pe 2, 9)” (Ad gentes, n. 1559). Este texto reúne los cuatro pasos que recorre la llamada del Espíritu dirigida a todos los hombres para que vayan a Cristo: (i) la siembra de la semilla de la Palabra, (ii) la predicación del evangelio, (iii) la suscitación del obsequio de la fe –o sea, la aceptación libre de ella como don por parte del hombre–, tras de lo cual se está capacitado para recibir en su plenitud la gracia redentora de la cruz (sea sacramental o extrasacramentalmente), y (iv) la integración en la Iglesia. Tener, por consiguiente, semillas de la Palabra no convierte en suficientemente verdaderas ni salvíficas a las religiones, sino sólo en idóneas para ser redimidas por la verdad y la gracia de la nueva vida, cuyo lugar de asiento es la Iglesia. I.3.- Luego basta, por ejemplo, a un budista con ser un buen budista para salvarse.
384 Thémata. Revista de Filosofía, 40, 2008 60 Trad. esp. Políglota Vaticana, PPC, Madrid, 11ª edición, 1984, 78. 61 Que no sea verdad lo enseña el magisterio eclesiástico, cfr. DS 3872: “Con cuyas palabras previsoras … reprueba a aquellos ….que afirman falsamente que los hombres pueden salvarse igualmente en toda religión”. 62 Recordemos la contundencia de los razonamientos de s. Pablo contra los que creen que la justicia de la Ley los salva (Rom 3, 19-31; Gal 2, 16-21, etc.). Y si la Ley dada por Dios no salva sin la gracia de Cristo, ¿cómo podrían salvar las religiones desarrolladas por los hombres? Cualquiera puede ver que esta conclusión no se sigue, en modo alguno, de la doctrina del Concilio. Lo más que cabe concluir de él es que un buen budista puede ser también salvado por Cristo, cuando se convierta en su corazón y crea que Él es el Hijo de Dios, hecho hombre para salvarnos. Es más, parece que eso mismo se ha de decir de un mal budista, sobre todo habida cuenta de la enseñanza evangélica según la cual los publicanos y las meretrices precederán a muchos en el reino de los cielos (Mt 21, 31-32): están mejor dispuestos para la redención quienes se saben pecadores que quienes se creen justos. Por lo que las semillas de la Palabra han de suscitar el deseo, si quiera sea implícito –como nos enseñó Pío XII– de la salvación, y por tanto el reconocimiento de nuestra condición de pecadores, para que sean verdaderamente orientadoras hacia Cristo, el cual no vino a llamar a los justos, sino a los pecadores (Mt 9, 13). Lo que quiere decir que nadie se puede quedar tranquilamente en su religiosidad para salvarse, sino que, por lo menos, ha de desear convertirse a Dios y ser aceptado por Él. Como la referencia al budismo se hace a título de ejemplo, en el fondo lo que se afirma en la tesis arriba enunciada es que toda buena persona se salva. Contra los que deducen eso del Concilio alzó su voz Pablo VI con estas palabras: “Con demasiada frecuencia y bajo formas diversas se oye decir que imponer una verdad, por ejemplo, la del Evangelio, que imponer una vía, aunque sea la de la salvación, no es sino una violencia cometida contra la libertad religiosa. Además, se añade, ¿para qué anunciar el Evangelio, ya que todo hombre se salva por la rectitud del corazón? Por otra parte, es bien sabido que el mundo y la historia están llenos de «semillas del Verbo». ¿No es, pues, una ilusión pretender llevar el Evangelio donde ya está presente a través de esas semillas que el mismo Señor ha esparcido? / Cualquiera que haga un esfuerzo por examinar a fondo, a la luz de los documentos conciliares, las cuestiones que tales y tan superficiales razonamientos plantean, encontrarán una bien distinta visión de la realidad” (Evangelii Nuntiandi, n.8060). Si fuera verdad61 que a todo hombre le bastara para salvarse con ser un buen hombre, o con seguir fielmente su religión, el anuncio del evangelio no sería más que un obstáculo o complicación para la salvación de los no creyentes. Ante todo, porque en tal caso el anuncio debería reducirse a decirles: no os preocupéis, con lo que ya hacéis y sabéis os salváis; o sea, el anuncio del evangelio equivaldría a la confesión de la superfluidad de ese mismo anuncio. A lo que podrían responder ellos: ¿y para qué os molestáis en anunciarnos lo que ya creemos? ¿Es eso todo lo que os ha enseñado Cristo: que cada cual se quede en sus creencias y en sus religiones? Pero no sólo sería superfluo tal mensaje, sino verdaderamente dañino, pues en el fondo lo que se estaría diciendo es: no hace falta que busquéis más a Dios, ni la verdad, ni que os convirtáis, pues la salvación ya la tenéis en vuestras religiones, cumplid sus preceptos y os salvaréis62. Mas eso sería engañarlos, pues el hombre ha sido puesto en el mundo para buscar a Dios (Hech 17, 27), y Cristo ha venido para enseñar el Camino, la Verdad y la Vida a los
385 Thémata. Revista de Filosofía, 39, 2007 63 Condenado expresamente por León XII (DS 2720), Gregorio XVI (DS 2730-2732) y Pío IX, (DS 28652867). 64 “Quienes sin la Ley pecaron, también sin la Ley perecerán” (Rom 2, 12). 65 “…proponer a la conciencia la verdad evangélica y la salvación ofrecida por Jesucristo…lejos de ser un atentado contra la libertad religiosa es un homenaje a esa libertad” (Evangelii nuntiandi, 80, trad. esp., 78). que los buscan. Ahora bien, si el Camino enseñado por Él fuera cualquier camino, la Verdad fuera cualquier creencia y la Vida fuera cualquier modo humanamente honesto de vivir, no nos habría enseñado otra cosa que el indiferentismo63. Si dijéramos, pues, que basta para salvarse con seguir cualquier religión, entonces evacuaríamos el mensaje evangélico, cuyo anuncio es “convertíos y creed en el evangelio” (Mc 1, 15). Toda la labor misionera, puesta en marcha por el mandato de Cristo: “id al mundo universo y predicad el evangelio a toda criatura, el que creyere y fuere bautizado se salvará, el que no creyere, se condenará” (Mc 16, 15-16), quedaría abortada. Las misiones se reducirían a tareas humanitarias que se harían desde los países (que se creen a sí mismos) más cultos y ricos a los (que creen) más incultos y pobres, es decir, podrían ser substituidas sencillamente por las ONG. El mensaje salvífico habría sido erradicado de la actividad de la Iglesia, o, lo que es igual, dejaríamos a los hombres abandonados a sus errores, terrores y pecados. No debemos, pues, confundir el respeto a la conciencia ajena, que la Iglesia nos manda tener, con la tesis de que la mera buena conciencia salva a los hombres. S. Pablo lo dice abiertamente: “Me importa poco ser juzgado por vosotros o por juicio humano. Pero tampoco me juzgo a mí mismo, pues aunque no me pesa nada en la conciencia, eso, con todo, no me hace justo, antes bien quien me juzga es Dios” (1 Co 4, 3-4). Es preciso obrar con buena conciencia, pero la buena conciencia no es suficiente para complacer a Dios: sin la gracia de Cristo, todos somos pecadores ante Él, desde los infantes hasta los más honrados. El fariseo que subió a orar al templo tenía buena conciencia, cumplía la ley y todos los preceptos religiosos, pero oraba mal, no se reconocía pecador, y no fue justificado por su oración (Lc 18, 10-12); tampoco los escribas tenían problemas de conciencia, sino que se creían buenos hijos de Abrahán, hombres perfectamente religiosos, pero Cristo sacudió sus conciencias con toda dureza para que se convirtieran (Mt 23, 235). S. Pablo lo supo por sí mismo, pues cuando todavía era Saulo perseguía en conciencia a los cristianos hasta que Cristo lo descabalgó de su buena conciencia errónea. Y si la buena conciencia sola no salva a los que conocen la Palabra de Dios, judíos y cristianos, tampoco a los no cristianos64. En consecuencia, una cosa son el respeto por las religiones, el diálogo interreligioso y el respeto por la conciencia ajena65, pero otra muy diferente es que cualquier mera religión salve a los hombres, pues –no tengo más remedio que repetirlo– fuera de Jesucristo Nazareno no hay salvación: “y no hay salvación en ningún otro, pues no ha sido dado a los hombres ningún otro nombre bajo el cielo en el cual debamos salvarnos” (Hech 4, 12). Cuando se pretende que los hombres se salven por su sola y propia bondad, se cree uno más amigo de los hombres que Cristo, que dio su vida por nosotros, y más misericordioso que el Padre, que entregó a su propio Hijo para que todo el que crea en Él se salve: se cae en un gravísimo pecado de soberbia que ahoga toda posible redención. I.4.- Por lo cual la Iglesia sería sólo un medio alternativo, que nos sirve a los que creemos en ella, pero no la única tabla de salvación. Si se admitiera el punto I.3, habría que concluir que la Iglesia sería una
386 Thémata. Revista de Filosofía, 40, 2008 66 Trad. esp., B.A.C., 32. Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica n. 846. 67 Gaudium et spes, 40: “Nacida del amor del Padre eterno, fundada en el tiempo por Cristo redentor, reunida en el Espíritu Santo, la Iglesia tiene una finalidad escatológica y de salvación, que sólo en el siglo futuro podrá alcanzar plenamente. Está presente ya aquí en la tierra, formada por hombres, es decir, por miembros de la ciudad terrena que tienen la vocación de formar en la propia historia del género humano la familia de los hijos de Dios… Unida ciertamente por razón de los bienes eternos y enriquecida por ellos, esta familia ha sido «constituida y organizada por Cristo como sociedad en este mundo» y está dotada de «los medios adecuados propios de una unión visible y social». De esta forma, la Iglesia, «entidad social visible y comunidad espiritual»...(B.A.C., 262-263). 68 Esta Encíclica señala la distinción entre el lado invisible o carismático y el visible o jurídico de la iglesia, pero como complementarios entre sí, al igual que el alma y el cuerpo en el hombre: “Dunque, nessuna vera opposizione o ripugnanza può esistere tra la missione invisibile dello Spirito Santo e l’ufficio giuridico che i Pastori e i Dottori hanno ricevuto da Cristo”, Mystici Corporis I. Y a esa distinción de dimensiones de la Iglesia corresponde también la distinción entre miembros visibles y no visibles de la misma, que quedó recogida más arriba en la Carta a un cristiano en grave tentación de fe. religión más, o, como mucho, un medio alternativo instituido por Dios para ayudar a algunos hombres, pero no una misión divina necesaria para la salvación de todos los hombres. Ahora bien, eso no es lo que enseña el Concilio: “Enseña (el sagrado concilio), fundado en la Escritura y en la tradición de la Iglesia, que esta Iglesia peregrina es necesaria para la salvación. Pues sólo Cristo es el mediador y el camino de salvación, presente a nosotros en su Cuerpo, que es la Iglesia; y Él, inculcando con palabras expresas la necesidad de la fe y del bautismo (Mc 16,16; Io 3, 5), confirmó a un tiempo la necesidad de la Iglesia, en la que los hombres entran por el bautismo como puerta obligada. Por lo cual no podrían salvarse quienes sabiendo que la Iglesia católica fue instituida por Dios por medio de Jesucristo como necesaria, desdeñaran entrar en ella o no quisieran permanecer en ella” (Lumen gentium, n. 1466). Este texto recoge la doble necesidad de la Iglesia, la absoluta y la relativa. La Iglesia, como Cuerpo de Cristo, es incondicionalmente necesaria para la salvación porque sólo Cristo es el mediador y el camino de salvación, de manera que fuera de su Cuerpo no cabe la salvación. Y la Iglesia, como institución visible, es necesaria porque Cristo la envió al mundo universo a predicar el evangelio y a bautizar a los que creyeran en su palabra, y puso como condición para entrar en su reino el renacer del agua y del Espíritu, de modo que quienes conociendo su anuncio no quisieran entrar o permanecer en ella no pueden salvarse. Esa doble necesidad se corresponde con la doble dimensión de la Iglesia: una como entidad social visible sobre la tierra, y otra como comunidad espiritual dotada de bienes celestiales, y por tanto invisible67. Continuando la doctrina de la Mystici Corporis68, ambas dimensiones son propuestas por el Concilio como integrantes de la única Iglesia de Cristo, aunque fuera de su dimensión social terrena se encuentren muchos elementos de santificación y de verdad, los cuales, sin embargo, pertenecen como dones propios a la Iglesia de Cristo e impulsan hacia la unidad católica: “Pero la sociedad dotada de órganos jerárquicos y el Cuerpo místico de Cristo, la sociedad visible y la comunidad espiritual, la Iglesia terrestre y la Iglesia dotada de bienes celestiales, no han de considerarse como dos cosas distintas, porque forman una realidad compleja, constituida por un elemento humano y otro divino. Por esta profunda analogía se asimila al Misterio del Verbo encarnado… Ésta es la única Iglesia de Cristo… Esta Iglesia, constituida y ordenada en este mundo como sociedad, permanece en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los obispos en comunión con él, aunque se encuentren fuera de ella muchos elementos de
387 Thémata. Revista de Filosofía, 39, 2007 69 B.A.C., 19-20. 70 Trad. esp., B.A.C., 32. 71 Cfr. Lumen gentium, n. 16: “Aquellos, finalmente, que no recibieron todavía el Evangelio, se ordenan en diversas medidas al Pueblo de Dios”. 72 Trad. esp., B.A.C., 93. La expresión «sacramento universal» no parece aludir sólo a que por la Iglesia Cristo distribuye todos los sacramentos, como indico más abajo en cita, sino a que ella misma es la plenitud y el complemento del redentor de todos los hombres (Mystici Corporis, DS (3813). 73 Trad. esp., B.A.C., 54. 74 B.A.C., 578. Cfr. Lumen gentium nº 16, B.A.C., 35. santificación y de verdad que, como dones propios de la Iglesia de Cristo, impulsan a la unidad católica” (Lumen gentium, n. 869). Por tanto, los dones, las semillas de la Palabra así como las gracias sacramentales y de otra índole, que Dios derrama fuera de la Iglesia visible, no sólo no están fuera de la Iglesia de Cristo, sino que por sí mismos empujan incluso hacia la Iglesia visible. Es otro modo de formular que fuera de la Iglesia de Cristo no hay salvación. En congruencia con esa necesidad de pertenecer a la Iglesia, se afirma: “Todos los hombres son admitidos a esta unidad católica del pueblo de Dios, que prefigura y promueve la paz universal y a ella pertenecen de varios modos o están ordenados tanto los fieles católicos como los otros cristianos, e incluso todos los hombres en general, llamados a la salvación por la gracia de Dios” (Lumen gentium, n. 1370). A la Iglesia, pues, o bien pertenecen o bien están ordenados71, de varios modos, todos los hombres, en la medida en que están llamados a la salvación. Si la Iglesia se redujera a su dimensión visible, no todos los hombres estarían ordenados a ella, ya que no podrían estarlo, por ejemplo, quienes vivieron antes de Cristo o los que no lo han conocido. Por tanto, si todos los hombres están ordenados a ella, será en la medida en que la Iglesia es Cuerpo de Cristo. Por esa razón la Iglesia es una y universal o católica, hasta el punto de que el Concilio sostiene que: “(Cristo) constituyó a su Cuerpo que es la Iglesia, como sacramento universal de salvación” (Lumen gentium, n. 4872). Si la Iglesia, como Cuerpo de Cristo, es sacramento universal de salvación, no cabe que haya otro medio de salvación fuera de ella. Por si lo anterior fuera poco, el Concilio recoge expresamente el aserto que Vd. cree que niega: “En toda comunidad que participa del altar, bajo el ministerio sagrado del obispo, se manifiesta el símbolo de aquella caridad y «unidad del Cuerpo místico sin la que no puede haber salvación»” (Lumen gentium n. 2673). El Cuerpo místico es la Iglesia, por lo tanto fuera de la unidad de la Iglesia no puede haber salvación (non potest esse salus). La cita referida por los Padres conciliares está tomada de la Summa Theologiae de Tomás de Aquino (III, 73, 3, in c), quiérese decir con ello que la hacen suya. Como es obvio, de nuevo se refiere a la Iglesia Cuerpo místico, no a la Iglesia visible. Lo cual no es óbice para que Dios tenga otros caminos, sólo a Él conocidos, por los que puede salvar a los que no conocen a Cristo ni a la Iglesia: “…Dios, por los caminos que Él sabe, puede traer a la fe, sin la cual es imposible complacerle, a los hombres que sin culpa propia desconocen el Evangelio” (Ad gentes, nº 774). Como vemos, se afirman a la vez los dos aparentes opuestos: la necesidad de la fe en Cristo para salvarse y la posibilidad de salvarse desconociendo el Evangelio, y, por tanto a la Iglesia visible, que lo anuncia. Doctrina que comenta así el Papa Juan Pablo II: “El hecho de que los seguidores de otras religiones puedan recibir la
388 Thémata. Revista de Filosofía, 40, 2008 75 Trad. esp., Ediciones Palabra, Madrid, 1991, 86. 76 Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 848. 77 “Pues por la que llaman misión de derecho, por la que el divino redentor envió a los apóstoles al mundo como Él había sido enviado por el Padre [cf. Io 17, 18; 20, 21], Él es quien mediante la Iglesia bautiza, enseña, dirige, desata, ata, ofrece, sacrifica” (Mystici Corporis, DS 3806). 78 Gen 28, 12. gracia de Dios y ser salvados por Cristo, independientemente de los medios ordinarios que él ha establecido, no quita la llamada a la fe y al bautismo que Dios quiere para todos los pueblos” (Redemptoris missio, n. 5575). La Iglesia visible es el camino ordinario para la salvación querido por Dios, y sólo ella posee la plenitud de los medios de salvación para todos los hombres (Redemptoris missio, l.c.). Quizás esta aclaración –unida a la afirmación de que no pueden salvarse quienes, sabiendo que la Iglesia católica fue instituida por Dios por medio de Jesucristo como necesaria, no quieran entrar o permanecer en ella– suscite en algunos la cuestión de que, si la Iglesia es el camino ordinario, entonces es que ella no es el único camino para la salvación: habría junto a ella otros caminos, los extraordinarios, válidos para los que no saben que la Iglesia es camino de salvación necesario. Pero una cosa es que Dios tenga, además de los ordinarios, medios ocultos para nosotros y extraordinarios de salvar a los hombres, y otra que eso se haga por completo fuera de la Iglesia Cuerpo de Cristo; o dicho de otro modo: una cosa es que Dios salve a muchos hombres de modo no común, y otra que todas o cualquiera de las meras religiones sean íntegramente verdaderas y salvíficas. No. Sólo hay un camino para salvarse, y ése es Cristo, cuya luz y gracia salvan a todo el que se salva. Y como Él es la cabeza de la Iglesia, nadie se salva fuera de la Iglesia, sea por los dones ordinarios o por los extraordinarios76, que a ella también le pertenecen como Cuerpo de Cristo que es. Es éste el momento de hacer expresa la índole de la Iglesia. La Iglesia es una misión histórica encomendada por Cristo a sus discípulos para que continúen entre los hombres Su misión77, la cual todavía no ha alcanzado su objetivo final, sino que está en vías de consumarse. Y puesto que la misión de Cristo fue un descenso del Verbo para que por Él podamos ascender los hombres, la Iglesia se parece a una especie de escala de Jacob78 por la que, en vez de ángeles, bajan las gracias divinas hasta la tierra y suben los hombres hasta el cielo. Por el principal de sus cabos esa escala está anclada en el cielo desde la muerte y resurrección de Cristo (su cabeza), a la cual acompaña, desde su asunción, María, la Madre del Señor, ambos corporalmente junto al Padre. El tramo de la escala inmediato al anclaje está ocupado por el conjunto (creciente) de los seres humanos cuyas almas han sido plenamente vivificadas por la muerte de Jesucristo, entre los cuales se cuentan tanto los justos que vivieron antes del Señor y esperaron en su venida, como los que habiendo vivido después de Cristo aceptaron de Él el don de la perseverancia final y contemplan espiritualmente la gloria del Resucitado. Los que están en este tramo están ya salvados y felices, aunque todavía no hayan recibido la última gracia, la de la resurrección de sus cuerpos. En el tramo inmediato están las almas que todavía no gozan de la visión espiritual plena de la gloria de Cristo, sino que, aun habiendo muerto cristianamente, purgan todavía sus pecados leves. De este tramo al segundo hay un trasiego constante, y tanto a él como al anterior se agregan sin cesar nuevos miembros, en la misma medida en que mueren en y con Cristo. Y, por último, está el tramo final, el que es visible para los habitantes de este
389 Thémata. Revista de Filosofía, 39, 2007 79 Cfr. Lumen gentium, nn. 1 y 2. mundo. Se trata del otro cabo de la escala. Recibe su firmeza y su vida del anclaje de toda la escala, la cabeza de la Iglesia, pero tiene la forma de una navecilla que se balancea según las mareas y el oleaje con que es zarandeada por la historia humana. Esta navecilla es el otro cabo de la escala, que está integrado por la comunidad de los bautizados, por la Iglesia visible, de apariencia endeble y humana, a la que se unen los hombres mediante la fe y los sacramentos para no hundirse en el piélago sin fondo del error y de la maldad. Mas esta navecilla tiene, por debajo de la línea de flotación, de manera no visible a los ojos humanos, una bodega que alberga a todos aquellos que, sin haber recibido el bautismo ni pertenecer a la Iglesia visible, viven con la gracia del crucificado, haciendo lo que entienden que Dios quiere y queriendo hacer todo cuanto Dios quiera. La Iglesia es, pues, una misión en vías de cumplimiento y que está todavía entre el tiempo y la eternidad. Aunque su fundación es para siempre y su final será la Jerusalén celeste, aún está, en la inmensa mayoría de sus miembros, «entre» su fundación y su consumación; más aún, es posible que un número grande de sus miembros todavía ni siquiera haya sido creado por Dios. Está consumada en su cabeza y su cuello –permítaseme esa manera de situar a María–, pero del resto del cuerpo parte está salvado y en espera de la resurrección, parte en crecimiento, parte en formación, e incluso parte del cuerpo está por ser creado. Con relación a nuestra capacidad de conocimiento, esa escala, o esa misión, es sólo visible en su cabo inferior y no en toda su envergadura. Con relación a su cumplimiento, los miembros de la Iglesia se sitúan en distintas fases: sólo Cristo y María, que sepamos, la han consumado; muchos otros la han terminado en su fase de prueba, pero no han llegado todavía al estado definitivo (resurrección); otros la han terminado en su fase de prueba, aunque no en la de justicia; y los que estamos en vida también pasamos por fases muy distintas. Como los obreros contratados por el amo a la labor de la viña, unos no han hecho más que comenzar el trabajo, otros llevan todo el día, otros llevan algo menos, muchos no han oído todavía la llamada, otros ni tan siquiera han nacido… Sin embargo, todos los que han aceptado o acepten la gracia de Cristo pertenecen a la viña, sea de modo visible, sea de modo invisible, y los que no hayan aceptado, o acepten, su llamada por lo menos al final del día no se salvarán. Esta diversidad de situaciones no rompe la unidad de la Iglesia, de manera que la Iglesia visible no está separada de la invisible, como el cabo más bajo de la escala no está separado del que se ancla en la eternidad. Pero debido a la diversidad de situaciones y a nuestra incapacidad para ver la realidad espiritual tal como es, los hombres tenemos que distinguir entre la Iglesia institución histórica, compuesta por los bautizados viadores que creen en Cristo y están en comunión con los pastores –por Él encargados de mantener su unión y su vida transnatural durante el peregrinaje por esta vida terrena–, y la Iglesia Cuerpo místico, de la que aquélla es parte y signo vivo, y en la cual se congregarán ante el Padre todos los justos desde Abel hasta el último elegido al final de los tiempos79. Es cierto que los modos extraordinarios usados por Dios para incorporar a los hombres a su reino quedan fuera del alcance de nuestro saber, pero también es cierto que esos modos han de tener todos el mismo resultado, antes o después, en la vida o en la muerte: creer, con fe informada por la caridad, que Cristo es el Hijo de Dios hecho hombre y muerto para salvar-
396 Thémata. Revista de Filosofía, 40, 2008 116 DS 2866. La muerte, por don de Cristo, da a los embriones y no nacidos la maduración requerida para creer, o no, y para aceptar, o no, sus dones. 117 Desde antiguo se admitió que el bautismo de sangre y el bautismo de deseo suplían la falta del bautismo ritual (DS 121, 741, 1524). Pero ambos bautismos son salvíficos sólo en caso de muerte, y por ello están también vinculados con la muerte de Cristo, quien al morir venció a la muerte y la convirtió en fuente de vida eterna. Si se muere con Cristo, se participa en su muerte y resurrección, que es justamente lo que adelanta la gracia del bautismo (Rom 6, 3-8). 118 Con esto no pretendo reducir todos los medios extraordinarios de Dios para salvar a los hombres a la sola muerte con Cristo, sino indicar que todos ellos se encaminan a la muerte con Cristo, como don último ofrecido a la libre aceptación del hombre. justo, reconoced que todo el que obra la justicia ha nacido de Él” (1 Jn 2, 29). Pero una cosa es nacer y otra es morir. Nadie está salvado más que aquel que persevera hasta el final, de manera que la muerte es la puerta última por la que todo el que pasa con Cristo queda definitivamente salvado, y por donde pueden entrar en la Iglesia incluso los que no han hecho la voluntad de Dios antes de ese instante, así como los que no le han conocido a Él ni a la Iglesia, incluidos los infantes y los no nacidos, porque como enseñó el Papa Pío IX nadie es condenado más que por su propia voluntad y contra la voluntad de Dios116. Si se busca un modo alternativo para los no cristianos ni católicos de ser salvados definitivamente –no digo sólo de hacer obras buenas, sino de ser salvados para siempre–, no parece que, siguiendo la tradición117, quepa otro que el de morir con Cristo118. En resumidas cuentas, el dogma «Extra Ecclesiam nulla salus» ha de ser entendido conforme a como lo entiende la Santa Madre Iglesia, no según nuestras particulares opiniones. Y según la doctrina de la Iglesia, madurada a lo largo de los siglos, pero cimentada desde el principio en la enseñanza evangélica y apostólica, tal como se resume en el credo, y tal como lo explica el Concilio Vaticano II continuando tan larga tradición, ese dogma se refiere, en sentido universal, a la Iglesia Cuerpo místico, aquella que estará integrada por los creyentes de toda tribu, pueblo y nación, quienes sólo son conocidos ahora por Dios, y en contados casos (María Santísima y los santos canonizados) también por nosotros; y sólo en sentido particular, el dogma se refiere a la necesidad, para todos los que la conozcan, de adherirse por voluntad expresa de Cristo a la Iglesia visible que peregrina en la tierra. Pero en ningún caso nadie puede formar parte de la única Iglesia de Cristo por iniciativa, mérito o conquista propia, sino por la gracia del Salvador, creada por Él para nosotros en el árbol de la cruz. Precisamente por la ilimitada grandeza del escándalo de la cruz, o sea, de la victoria de Jesucristo sobre la muerte, la Iglesia total no se reduce a la Iglesia visible, sino que incluye a todos cuantos crean en Él y le amen, aunque sea de modo no expreso durante esta vida, si buscan sinceramente la verdad y aman el bien de acuerdo con la voluntad de Dios. Con todo, no es suficiente con creer y amar durante un tiempo, es preciso que el don de nuestro Señor sea aceptado de modo especial en el momento de la muerte, y justo entonces queda uno salvado para siempre. De modo semejante, quienes no lo han conocido o no han creído en Él durante su vida pueden, si aceptan su gracia en el momento de la muerte, ser salvados por Él. Las gracias que recibimos los católicos en vida son verdaderos adelantos de la vida eterna en el tiempo, pero requieren la corona final de la muerte con Cristo. En cambio, fuera de la Iglesia católica, las gracias de Cristo recibidas son disposiciones para la conversión y la fe finales, y, en especial, las semillas de la Palabra dispersas por las religiones son sólo preparaciones que facilitan el recibir en vida, o al menos en el último instante, el anuncio del evangelio, porque el evangelio se
397 Thémata. Revista de Filosofía, 39, 2007 119 1 Pe 4, 6. 120 “Por consiguiente, el que piense que está de pie, cuide de no caer” (1 Co 10, 12). 121 S. Agustín, Ep. 167, 2, 4 ss. Hace falta tenerlas todas, pero no todas en el mismo grado de perfección. 122 Gal 2, 16; 3, 11; Ef 2, 8-10; Sant 2, 14-18. 123 Mt 13, 28-30. 124 Por eso en esta vida sólo podemos ser santos pidiendo perdón a Dios y perdonando. 125 1 Co 15, 51. anuncia también a los muertos119. Gracias al don de la muerte del Señor, aun habiendo diferencias entre los que se salven, la justicia de Dios reinará junto a su misericordia sobre la entera historia humana, pues nadie morirá sin haber recibido el anuncio del evangelio ni se condenará más que por su resistencia a la gracia divina que se le ofrece. El gran error implícito que enturbia solapadamente toda esta cuestión es el de suponer que con solo hacer buenas obras, se pertenezca o no a la Iglesia, ya está uno salvado. Aparte de que así se olvida el problema de la salvación de los concebidos no nacidos, de los que mueren en la infancia y niñez, y de los subnormales o deficientes, que no son capaces del bien ni del mal, es necesario recordar, como ya he dicho, que ni los hombres viadores que pertenecemos a la Iglesia visible ni los que no pertenecen a la Iglesia visible estamos todavía salvados o condenados120. Hasta el momento final, el de la muerte, todos estamos en vías de salvación o de condenación. Judas parecía estar en vías de salvación, pero traicionó a Cristo y se ahorcó, de manera que mejor le habría ido si no hubiera nacido; el buen ladrón estaba en vías de condenación, pero una petición, fruto de la semilla de fe sembrada oportunamente por el Espíritu Santo en su corazón, le salvó. Algunos de los que rechacen mi propuesta de que el «Extra Ecclesiam nulla salus» se cumple por completo en el momento de la muerte pueden decir que es insuficiente, porque tenemos que pensar que también los que están fuera de la Iglesia pueden ser santos en vida, y recurrir a los ejemplos de Mahatma Gandhi, Martin Luther King y de tantos y tantos otros buenos hombres que hacen el bien y aman a sus prójimos. Pero se olvidan, así, no sólo de que para que una acción sea buena debe cumplir el principio «bonum ex integra causa, malum ex quocumque defectu», y, consiguientemente, de que para ser un buen hombre no basta con tener algunas virtudes en grado superior, hace falta tenerlas todas121, sino sobre todo de que no son nuestras obras solas las que nos justifican, sino aquellas buenas obras que nacen de la gracia de la fe en Cristo122. No existen santos fuera de la Iglesia Cuerpo de Cristo, ni tampoco santos por entero antes de morir. No niego las buenas obras de los no cristianos ni tampoco que esas buenas obras sean promovidas por el Espíritu de Cristo en lo que tengan de buenas a los ojos de Dios. Pero ni los hombres buenos están salvados ni los hombres malos están condenados antes de su muerte, pretender adelantar la certeza de la salvación al estadio de viador contravendría el precepto de la vigilancia escatológica, esencial al mensaje cristiano. Si en la Iglesia militante habrá trigo y cizaña juntos hasta que llegue la hora de la siega123, también en la vida de cada uno hay virtudes y defectos hasta la hora de la muerte124. Respetemos e imitemos, pues, la paciencia que Dios tiene con nosotros para darnos tiempo a que todos nos podamos salvar. Nadie –con la excepción conocida de María (Madre de Dios y nuestra) y de los últimos125– se salva o condena antes de la muerte, sino el alma en la muerte, y el cuerpo en la resurrección final; y, desde luego, todos los que se salven, sin excepción, se salvarán por obra y gracia de la muerte y resurrección de Cristo.
398 Thémata. Revista de Filosofía, 40, 2008 Como nuestra conversación tras la misa fue muy breve y algo tensa, quiero pedirle disculpas si en la exposición anterior hubiera interpretado mal su pensamiento o le hubiera atribuido opiniones que no son suyas, y desde luego quiero manifestarle que mi total desacuerdo con sus tesis y mi manera abrupta de decirlo no significan en absoluto un aminoramiento de mi estima por Vd. Más aún, quiero dejar constancia de mi profunda gratitud a su servicio como sacerdote, por cuyo medio recibo el sustento de mi espíritu y el germen de la vida eterna para mi cuerpo. Gracias por dedicar su vida a Cristo y a la Iglesia, siendo ministro de los sacramentos y de la palabra de Dios para nosotros. Con esta carta no deseo otra cosa sino que la comunión de vida que nos une en el Cuerpo de Cristo esté fundada, como sólo puede y debe ser, en la fe de la Iglesia Católica, nuestra Madre y Esposa de Cristo. Que Dios, como reza la oración colecta del día último del año (s. Silvestre), nos conceda la gracia de ser contados entre los miembros vivos del Cuerpo de Cristo, porque sólo en él radica la salvación del mundo. Un filial y agradecido abrazo Málaga, 10 de enero de 2006 * * * Ignacio Falgueras Salina Universidad de Málaga