scieee AI-readable full text Open interactive document viewer

En recuerdo de Manolete... y de Enrique Vila Guzmán de Alfarache. Gloria y tragedia de Manolete: una biografía …al correr de la máquina [Reseña]

González Soriano, José Miguel

Full text

EN RECUERDO DE MANOLETE ... Y DE ENRIQUE VILA (“GUZMÁN DE ALFARACHE”). GLORIA Y TRAGEDIA DE MANOLETE: UNA BIOGRAFÍA «…AL CORRER DE LA MÁQUINA» l centenario de Manuel Rodríguez Manolete, nacido en Córdoba el 4 de julio de 1917,así como el 70 aniversario de su fallecimiento, producido en la madrugada del 29 de agosto de 1947 en Linares, nos ha dado la oportunidad a lo largo del presente año de volver a recordar su figura, humana y profesional, así como a repasar buena parte de la bibliografía, antigua y moderna, escrita sobre el diesRevista de Estudios Taurinos N.º 41, Sevilla, 2017, págs. 371-377 E Fig. n.º 66.- Guzmán de Alfarache (2016): Gloria y tragedia de Manolete, Madrid, Centro de Asuntos Taurinos. José Miguel González Soriano 372 tro y que, como es natural, se ha enriquecido con nuevos títulos otorgando más interés y mayor aureola aún al mito. Como primera contribución a los diversos actos conmemorativos celebrados durante 2017, el Centro de Asuntos Taurinos de la Comunidad de Madrid llevó a cabo la pasada Navidad la reedición del primer relato biográfico surgido nada más producirse su muerte, Gloria y tragedia de Manolete, a cargo del popular crítico taurino Enrique Vila (Guzmán de Alfarache) y que al salir agotaría rápidamente varias ediciones, consiguiendo un gran éxito. Desde entonces, sin embargo, y después de ser incluido como apéndice por el propio Vila en su libro Historia de la rivalidad taurina (1948), no se había vuelto a publicar, lo que acrecienta ahora –sin duda– su valor. “Manoletista” de pro, Enrique Vila Muñoz (Carrión de los Céspedes, 1905-Sevilla, 1986) fue autor de una extensa obra taurina, tanto de biografías sobre grandes figuras como Lagartijo, Rafael El Gallo, Juan Belmonte o Litri, como de un buen número de ensayos críticos, entre los que destacan El negocio de los toros (1945) y Diplomática taurina (1957). Su labor más innovadora fue la puesta en marcha del popular programa radiofónico “El Toreo”, antecedente en las ondas de muchos de los actuales espacios taurinos. Cubriendo en Madrid una Feria de San Isidro, sufriría un accidente vascular que lo apartaría de la profesión. Su semblanza de Manolete, rica en énfasis, en datos precisos y en preceptiva torera, constituía, ante todo, un homenaje de admiración del crítico y amigo a la memoria del genio lidiador. Así describía la tauromaquia exhibida por Manuel Rodríguez desde su irrupción en el escalafón superior de matadores, una vez tomada la alternativa en la capital hispalense el 2 de julio de 1939 y tras su confirmación en Las Ventas el 12 de octubre del mismo año: «De esta corrida salía Manolete convertido en primera figura del toreo. Su forma de citar a los toros y de embar- Recensiones de libros 373 carlos en la muleta, la distancia realmente impresionante a que dejara con increíble estoicismo que le pasaran los pitones y la rectitud irrompible de su figura hierática, maravillaron a la multitud […] Fueron los propios toreros los primeros admirados de una forma que, bajo los puntos de vista teóricos más elementales, parecía impracticable»1. Escribía Vila aquellas palabras rememorando al gran torero en 1947, al calor reciente del trágico suceso de su fallecimiento en Linares, cogido al entrar a matar a su segundo toro, “Islero” de nombre, de la ganadería de Miura –a la que el crítico sevillano, por cierto, había dedicado una monografía en 1941, Miuras. Cien años de gloria y de tragedia, que conocería una segunda edición aumentada en 1968–. Con la aparición de Manolete había surgido un diestro de indiscutible personalidad, gran valor y estilo propio, que cambiaría por completo el concepto del espectáculo cuando más necesitada estaba la Fiesta de un revulsivo, desparecidas varias de las figuras tras la Guerra Civil y sensiblemente diezmadas las camadas de ganado bravo por mor de la contienda. El mismo día de la muerte del espada cordobés, recibía Enrique Vila el encargo, por parte de la sevillana Editorial Católica donde colaboraba, radicada en la calle San Jacinto y editora de El Correo de Andalucía, de escribir un reportaje sobre su vida: «La noticia –explicaría– había hecho en nuestro ánimo una impresión penosísima y nos resistimos de todo punto a cumplir la honrosa misión. Un poco después, pasado el primer instante de amargura, pensé que el trabajo que se nos encomendaba podía ser mi homenaje a la memoria del coloso de nuestra época, cuya carrera había seguido con tan entusiasta afecto». Lo confesaba así dentro de su obra Historia de la 1Guzmán de Alfarache (1947): , Gloria y tragedia de Manolete, Sevilla, Edit. Católica Española, págs. 40-41. José Miguel González Soriano 374 rivalidad taurina (1777-1947), publicada al año siguiente y donde incluiría aquel opúsculo que, escrito en apenas 48 horas, a las 72 del percance irremediable aparecía ya a la venta en los quioscos, con el seudónimo periodístico de Guzmán de Alfarache que Vila solía emplear y bajo el título Gloria y tragedia de Manolete: «Como era fruto sazonado de un afecto sincero, salió, al correr de la máquina, sin correcciones ni tachaduras. Puede que plagado de defectos literarios. Pero no quisimos releerlo para que se publicara tal como fue escrito, bajo la impresión penosa del recuerdo del amigo»2. Naturalmente apasionado dadas las circunstancias, con la conmoción y el estilo que corresponden a la excepcionalidad del biografiado y al hondo espíritu religioso mostrado por el autor, el retrato de Manolete efectuado por Enrique Vila resulta de una sola pieza, sin apenas matices, hasta el epílogo terrible. Bajo un tono general de exaltación a la figura desaparecida, y con un aspecto del que no podía prescindir el crítico, su propia posición ante el torero, el texto se nos muestra asimismo preciso y bien documentado, refiriendo los principales acontecimientos en la trayectoria del diestro y la razón de sus triunfos. La parte más íntimamente personal la encontraremos en el relato de su niñez: su nacimiento en el muy taurino barrio cordobés de la Merced; la temprana ausencia del padre, matador de igual nombre y apodo, que dejó en el pequeño Manuel «una huella profunda de dolor y de pena, que, como en el caso de Belmonte, había de tener una traducción muy patente en toda su vida de hombre y de torero»3; la actitud abnegada de la madre, en su papel «sufriente» –tal vez estereotipado– por evitar la vocación, sin duda predestinada, de su hijo... 2Vila, Enrique (1948): Historia de la rivalidad taurina (1777-1947), Madrid, Graf. Tejario, págs. 329-331. 3Guzmán de Alfarache:Gloria y tragedia de “Manolete”, pág. 12. A partir de aquí, Vila irá desglosando en pocas líneas los inicios taurinos manoletistas hasta alcanzar la gloria: su primera vez delante de un becerro, a los doce años, y la emoción íntima al escuchar los primeros aplausos; su bautismo de sangre, que encajaría con asombrosa impavidez; su temor a los posibles comentarios del siempre cáustico Guerrita y el escapulario que, sin embargo, aquel le regaló a su padre y que Manolete llevaría consigo hasta la última tarde; su primera actuación en público, en Montilla, y las primeras pesetas que logró aquel día… El resto ya es historia, desde su debut con caballos en 1933, su presentación en la madrileña plaza de Tetuán de las Victorias y sus clamorosos triunfos como novillero en Córdoba y Sevilla hasta su alternativa en 1939 y su apoderamiento por parte de Camará, pieza clave en su gestión durante las temporadas en que Manolete vivió la soledad de su éxito y ningún otro torero consiguió rivalizar con él. Manolete fue así el diestro más popular de su tiempo, caracterizado por su personalísimo estilo, basado en la verticalidad y la quietud frente al toro, con la muleta –pese a ser un buen capotero– como parte fundamental de la faena, que solía situar detrás de la cadera mientras citaba a la res de perfil, retardando de ese modo el momento del embroque y dotando a su toreo de una indudable emoción. Una tauromaquia a la que tampoco le faltaron detractores, que acusarían al diestro de «codilleo» y de falta de gracia («como si el toreo fuera cosa de comedias», apostilla Vila4) entre otras refutaciones, lo cual no dejaba de ser, en el fondo, el precio obligado a pagar por su condición de figura excepcional. «Para ser redondo, no le faltaban ni enemigos», aseveraba su entusiasta biógrafo5, que acierta al resaltar un aspecto de su toreo al que no se le hizo toda la justicia que mereRecensiones de libros 375 4(Ibidem: 28). 5(Ibidem: 54). José Miguel González Soriano 376 cía, su capacidad como estoqueador, uno de los más puros y auténticos a la hora de ejecutar dicha suerte y que nunca dejó de llevar a cabo con la misma eficacia y pulcritud hasta su última corrida en Linares. En aquella temporada del final, narra Vila, «no hay que decir que Manolete cada tarde, al hacer el paseíllo, empezaba su vida profesional y tenía que arrimarse a lo que saliera por los chiqueros, fuera bravo o manso, fácil o difícil. Como si tuviera que ganar todo lo que ya tenía –fortuna, historia, popularidad–, Manuel Rodríguez iba por todas las rutas españolas en una pelea agotadora»6. Han transcurrido ya setenta años desde la tarde de su muerte y su estilo permanece vigente, así como el sentido recto de su profesión, la idea firme de que hay que estar bien todas las tardes y con casi todos los toros. Una abundante bibliografía sobre el gran torero surgiría a continuación tras el opúsculo de Enrique Vila. Mucho quedaba aún por escribir sobre Manolete. Nuevos libros fueron apareciendo con el tiempo, de juicio y dictamen retrospectivos, con mayor serenidad y otro modo –tal vez– de enfocar el mito que la del crítico sevillano, ante cuyo relato el lector actual habrá de poner, mentalmente, lo que pudiera faltar de imparcialidad o de análisis objetivo. El mismo Vila, años atrás, en su ensayo Las figuras del toreo contemporáneo (1943), no había dejado de expresar determinadas objeciones al toreo manoletista, la comodidad del ganado que solía lidiar o la escasa variedad de su repertorio7. Al cumplirse, sin embargo, el primer centenario del nacimiento del diestro, nada más apropiado para rendirle homenaje que devolver a la actualidad aquel otro texto de Guzmán de Alfarache, el primero escrito tras la tragedia, con toda su palpitante emoción histórica 6(Ibidem: 64-65). 7Vila, Enrique (1943): Las figuras del toreo contemporáneo (ensayos críticos), Sevilla, Edit. Católica, págs. 63-89. y la aportación testimonial de un momento rigurosamente contemporáneo. Un relato «caliente» de los hechos donde se acredita la arrebatadora personalidad del diestro cordobés, la más grande, quizá, que haya exhibido torero alguno en el ruedo. El tiempo no ha hecho sino acrecentar la gran figura que fue, para siempre, Manolete, y hasta los más escépticos acabaron por reconocer su formidable categoría, que llenó de brillantez una época de transición para la Fiesta. José Miguel González Soriano (UCM) Biblioteca “José María de Cossío” (Las Ventas) Recensiones de libros 377