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Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 25, nº 52. Primer cuatrimestre de 2023. Pp. 419-441. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2023.i52.19 Teoría de la guerra y relato. La zona gris Theory of war and story. The gray zone Federico Aznar Fernández-Montesinos1 Instituto Español de Estudios Estratégicos (España) Recibido: 21-08-2022 Aceptado: 26-09-2022 Resumen La guerra no es una actividad necesariamente sangrienta, pero sí necesariamente política. Esta, en tanto que actividad del espíritu y sentimiento, anida en las mentes de quienes toman parte en ella. En el mundo del siglo XXI el incremento de relaciones e intereses compartidos hace difícil que las guerras puedan ser totales; lo que existe es una zona gris en la que se plasma la rivalidad de los diferentes actores en planos concretos. Narrativas e imágenes son fundamentales como herramientas de persuasión política. En este sentido también son elementos del Soft Power, entre ellas la Historia, que puede ser instrumentada como la mejor de las narrativas. Estas permiten controlar la agenda informativa y, a su vez, la realidad, así como crear los sobreentendidos que sirven a las Relaciones Internacionales y ayudan a la implementación de las políticas. El dominio cultural y, sobre todo, la cinematografía son elementos claves en tal propósito, porque no importan los hechos tanto como su percepción, su memoria y recuerdo. Palabras-clave: guerra, narrativa, relato, zona gris, agenda informativa, soft power, Historia, cine. Abstract War is not necessarily a bloody activity, but it is necessarily political. This, as an activity of the spirit and feeling, nests in the minds of those who take part in it. In the world of the 21st century, the increase in relationships and shared interests makes it difficult for wars to be total; what exists is a gray area in 1 ([email protected]). Militar y profesor del Centro Superior de Estudios de la Defensa Nacional (CESEDEN). Es doctor en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid y Licenciado en Ciencias Políticas por la UNED. Es autor de cuatro libros: Entender la guerra en el siglo XXI, La ecuación de la guerra, El papel de las Fuerzas Armadas marroquíes en la vida política del Reino y Repensando el liderazgo estratégico, además de editor de otros dos: La guerra contra la violencia y Vulnerabilidad y Democracia en Iberoamérica. Es también autor de más de 200 artículos y documentos de investigación.
420 Federico Aznar Fernández-Montesinos Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 25, nº 52. Primer cuatrimestre de 2023. Pp. 419-441. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2023.i52.19 which the rivalry of the different actors is reflected in specific shots. Narratives and images are fundamental as tools of political persuasion. In this sense, they are also elements of Soft Power, including History, which can be implemented as the best of narratives. These allow control of the information agenda which, in turn, allows control of reality, as well as creating assumptions that serve International Relations and help implement policies. The cultural domain and, above all, cinematography are key elements in such a purpose, because the facts do not matter as much as their perception, their memory and recall. Keywords: war, narrative, story, gray area, informative agenda, soft power, History, cinema Un autor paradójico nunca debe exponer su idea, sino siempre sus pruebas: debe penetrar en el alma del lector furtivamente, no por la fuerza bruta. Diderot 1. Introducción Es habitual definir los fenómenos por aquello que resulta más visible y notorio, restando importancia e incluso desatendiendo lo que permanece oculto. En el caso que nos ocupa, la guerra, la convierte en un fenómeno material y sustancialmente violento. Sin embargo, esta excede con mucho de tal parámetro. Tan es así que no hay acuerdo sobre su definición, siendo su naturaleza organizada y política el elemento sustancial y no tanto su carácter sangriento. Un ejemplo lo tenemos en la Guerra Fría; en los términos de Sun Tsu, la Caída del Muro fue la mayor victoria que pudo obtenerse al conseguirse sin violencia física. Y es que, para este, la guerra no es una actividad necesariamente violenta, pero sí una actividad necesariamente política. Así, los conflictos suelen plantearse en términos militares, como una sucesión de batallas: quien las gane todas, gana la guerra. No obstante, las experiencias de Francia en Argelia o de Estados Unidos en Vietnam y Afganistán, prueban que este no es siempre el plano de análisis correcto, que la victoria –la resolución militar del problema– no tiene que encontrarse en relación directa con la paz –su resolución política– por más que el bando ganador trate de partir de tal situación para fijar sus términos. Y es que la guerra es algo más complejo que una simple actividad violenta, pues en cuanto fenómeno humano escapa de la dimensión física en la que se
421 Teoría de la guerra y relato. La zona gris Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 25, nº 52. Primer cuatrimestre de 2023. Pp. 419-441. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2023.i52.19 desarrolla y se desplaza al plano emocional. Es más, nos encontramos ante un acto de comunicación, en el que lo físico, la violencia, no es necesariamente esencial y cuenta con otros parámetros de medida diferentes a los ordinarios, de lo que se puede deducir que los efectos conjuntos son diferentes de la suma de actos individuales. La guerra es ante todo un enfrentamiento de poderes, un choque en todas sus dimensiones. Y no es un acto ni ético, ni justo, ni económico, ni médico (puede definirse en tales términos como una epidemia de politraumatismos)… ni siquiera militar. Es un acto político, de gestión de poder, de modo que cualquier análisis que se realice sin tener en cuenta este hecho, esto es, referido sólo a uno de los planos, es incompleto, y por ello falso y profundamente erróneo. La guerra es una función, un instrumento de la política. Pero, al mismo tiempo, tampoco podemos olvidar que nos encontramos ante un hecho social y cultural: no es la misma la guerra que emprende un pueblo pastor que la que lleva acabo otro agricultor. La cultura marca sus formas. Sin entender un conflicto, sin comprenderlo y acotarlo, no hay modo de ganarlo. Por eso los primeros debates son, o deben ser, metacognitivos; definir el marco en que se dan y su naturaleza, algo a veces no tan evidente. Cada tiempo y cultura tiene su propia teoría de la guerra. 2. Voluntad y poder Estamos ante una forma de relación entre grupos humanos, que posee su propia gramática, pero cuyo cerebro es, según hemos visto, la política; de hecho, genera una conducta específicamente política (Schmitt 1991: 64). Es, además, un proceso interactivo; al decir del General Foch, “una dialéctica de voluntades hostiles que emplean la fuerza para resolver el conflicto” (Contreras 2008:117). La clave deja de ser la violencia, que se transforma –a lo más– en un medio, para ser la voluntad puesta al servicio de una concreta finalidad. A fin de cuentas, y parafraseando a Clausewitz, se trata de imponer la propia ley sobre el contrario. La guerra es “una actividad del espíritu” (Glucksmann 1969: 32), en la que el elemento decisivo es la voluntad, la sugestión. Está en guerra quien así se siente; y vencido quien ha sido convencido sobre la inutilidad de continuar con la lucha. Si tomamos la verdad no como una realidad autónoma, sino como el resultado de un consenso social, ganar o perder vienen a ser una suerte de sentimiento, como bien demuestran las fotos sonrientes de quienes van a ejercer en breve de terroristas suicidas. En este sentido relativista también subraya Glucksmann utilizando a De Maistre: “¿qué es una batalla perdida?...es una batalla que uno cree haber perdido…las batallas no se ganan ni se pierden
422 Federico Aznar Fernández-Montesinos Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 25, nº 52. Primer cuatrimestre de 2023. Pp. 419-441. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2023.i52.19 físicamente” (Glucksmann 1969: 81). Como reza el célebre título de la obra de Luigi Pirandello Así es, si así os parece. La teoría de la guerra de Clausewitz es una suerte de psicología sangrienta centrada en la batalla decisiva. Esta lo es no tanto por sus efectos materiales como por el impacto psicológico que provoca y que trasciende con creces a estos. La realidad se hace variable y los conflictos, además de ser un choque de fuerzas, se transforman en un choque no solo de voluntades –la definición de Clausewitz de guerra que cifra su resolución en el choque de estas en el campo de batalla–, sino también de percepciones y de realidades. Se trata de quebrar la voluntad del contrario, provocar que pierda la iniciativa, privarle de su libertad de acción y adueñarse de su voluntad aunque sea transfigurando la percepción de la realidad de la pugna; se trata de impedir que se adapte, “acóplate al enemigo y alcanzarás la gloria” (Sun Tsu 2000: 23). Mahoma sostiene que la guerra es trampa y engaño al enemigo: “Alá es el mejor de los intrigantes” (Corán 3,54). La clave es la voluntad, pero esta se encuentra afectada por la percepción del entorno. Y es que el campo de batalla únicamente existe en la mente del combatiente. Se trata de convencer, esto es de “vencer con”, de trasladar la realidad al espacio anímico; y si no, y todavía mejor, de crearla directamente en este. Se está derrotado cuando se acepta tal cosa y nunca antes. Vencer es convencer al otro sobre la inutilidad de la lucha y hacerle abandonar cualquier expectativa. Es la dislocación del enemigo tan del gusto de autores como B.H. Liddell Hart. Este autor británico propugna lo que llama una estrategia de aproximación indirecta, con la que, en la mejor tradición anglosajona, se intenta deshacer el equilibrio enemigo –ya sea psicológica (quebrando su voluntad) como físicamente (cortando sus líneas de apoyo y suministros)– para provocar su derrota evitando un sangriento enfrentamiento directo. Esta idea también se puede utilizar para debilitar el poder de las naciones. Se podría definir conceptualmente a Sun Tsu en su sentido irrestricto como la suma de Clausewitz (que apuesta por una pedagogía sangrienta e ir de lo fuerte a lo fuerte a través del impacto psicológico de la batalla decisiva) y de Lidell Hart (que apuesta, como se ha visto, por ir de lo fuerte a lo débil, la línea de menor esfuerzo, y la economía de la sangre), aunque manifieste claramente su preferencia por el segundo y la dislocación estratégica. Así, en el siglo XX y con los medios de comunicación de masas la opinión pública entró definitivamente en el campo de batalla. En tal sentido, Verstrynge constata “el notable giro de 1917: hasta entonces sólo se había hablado de la importancia de la guerra psicológica como arma desmoralizadora del soldado enemigo; el frente interior se mantenía por sí solo y, se suponía con éxito.
423 Teoría de la guerra y relato. La zona gris Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 25, nº 52. Primer cuatrimestre de 2023. Pp. 419-441. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2023.i52.19 Sin embargo, posteriormente a 1916, el casi hundimiento de los contendientes demostró que se necesitaba también ‘proteger’ psicológicamente a la población propia” (Verstrynge 1979:368). León Trotsky expresaba gráficamente el resultado de tal dislocación con la poco delicada figura del “puñetazo al paralítico”( Frías O´Valle 1985: 87); en este sentido, Hitler decía que “todas nuestras verdaderas guerras se entablaron antes de que comenzaran las operaciones militares” (Liddell Hart 1989: 208209) –el Anchluss de Austria es un buen ejemplo–, apuntando a que “nuestra estrategia consiste en destruir al enemigo desde dentro”, mientras Lenin insistía en “retrasar las operaciones hasta que la desintegración moral del enemigo haga a la vez posible y fácil asestar el golpe definitivo” (Liddell Hart 1989: 153). Pero todo ello ya fue subrayado por Sun Tsu que recomendaba promover el desorden del contrario, al igual que sigue hoy haciendo el pensamiento estratégico chino2. Las operaciones, desde esta perspectiva, ya no se trazan a partir de la colonización militar para controlar un territorio, sino buscando la colonización mental de un concreto grupo o sector. Son precisamente estos efectos psicológicos los pretendidos por el terrorismo a través de la asociación de violencia y presión mediática; para ello se sirve de pulsos discontinuos de terror que se prolongan en el tiempo (Münkler 2002: 143). Y es que el terrorismo es teatro. Utiliza dosis homeopáticas de violencia que aplicadas sobre ciertos nodos sociales en un escenario construido a medida y amplificadas por los medios de comunicación de masas, ayudan al grupo a instalarse en las mentes de la población objetivo, planteando un problema y ofreciendo al mismo tiempo su solución. Además, y con la repetición de sus actos, descarta cualquier opción distinta de la que propone, al tiempo que hacen pedagogía de su causa. 3. La zona gris La guerra y el terrorismo mantienen una relación. La guerra es un choque de poderes. El terrorismo, por su parte, es ficción de guerra en la medida en que es también ficción de poder. Desde esta perspectiva, podemos plantear el terrorismo como una forma de posverdad (ficción) cuyo desarrollo moderno ha ido en paralelo a los medios de comunicación con los que mantiene una relación cuasi simbiótica: el terrorismo quiere ser noticia, y los medios necesitan noticias. Así, cuando estos se hicieron globales, el terrorismo también. 2 Podría referirse en este sentido el trabajo de Qiao Liang y Wang Xiangsui. Unrestricted warfare. PLA Literature and Art Publishing House 1999.
424 Federico Aznar Fernández-Montesinos Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 25, nº 52. Primer cuatrimestre de 2023. Pp. 419-441. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2023.i52.19 No obstante, esta estrategia ha existido desde los albores de la humanidad, y desde luego, mucho antes de que se formulase como concepto. Terror es el nombre latino de Deimos, uno de los dioses menores hijo de Afrodita (Venus) y Ares (Marte). El Terror, no por casualidad, se nos presenta como un hijo de la Belleza y de la Violencia; y además es hermano gemelo de Phobos, el Miedo. La combinación no es ni extraña ni casual. Estamos ante un poderoso factor de atracción mediático que le otorga la vistosidad que acompaña al Hard Power, exactamente lo que no es pero aspira a ser. La simplicidad de su discurso asociada al uso de técnicas de plástica publicista asegura la repercusión. La efectividad del terrorismo no se mide por los daños que provoca, sino por su impacto psicológico. Este no está en relación directa con la realidad física de aquellos. Así, decía André Glucksmann que el maquiavelismo de la estrategia confunde fuerza con poder (Glucksmann 1969: 70). Esta visión simplista y simplificadora ignora el hecho de que el poder incorpora múltiples dimensiones para conformarse fundamentalmente con su manifestación y confundirse con ella. Lo que resulta visible hace prever que existe mucho más detrás cuando, no pocas veces, lo que se exhibe en un atentado es todo lo que hay. Con ello, el todo es presentado como una parte y amplificado por los Medios de Comunicación Social. Además, el poder duro es una forma de poder, la más visible, pero la acompañan otras variantes que posibilitan el fin pretendido, a veces de un modo más efectivo y menos aparente. El poder es el conjunto; no es destrucción, sino todo lo contrario: capacidad de creación. No es acto sino potencia; y su secreto es que se utiliza poco, pues el uso de sus formas duras lo desgastan; además estas incorporan peajes en términos de legitimidad. Por eso la ficción o la imagen de poder también es Poder, pues este no precisa ejercitarse ni concretarse, siendo como todas sus formas blandas un halo, un modo de influir y, por tanto, un signo que no incorpora las cargas de su naturaleza dura. Como ya subrayaba Hobbes, “la reputación de poder es Poder” (Hobbes 2003: 121). Los modos blandos vienen a ser, por su componente antiformalista, más relevantes incluso que las formas consideradas duras. El silencio es, por ejemplo, una manifestación típica del poder (el general De Gaulle decía que el silencio era el lenguaje del poder) que se hace capaz de controlar las agendas informativas y se impone de un modo efectivo. Joseph Goebbels, Ministro para la Ilustración Pública y la Propaganda, viendo que pese a su esfuerzo y éxitos no consiguió crear un aparato equivalente –aun contando con directoras de la calidad de Leni Riefenstahl–, decía que no se podía derrotar a Estados Unidos porque ellos disponían de los medios de Hollywood; su capacidad para homogeneizar el pensamiento de la población, modificar conciencias, crear estereotipos, identificar conductas y transformar la
425 Teoría de la guerra y relato. La zona gris Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 25, nº 52. Primer cuatrimestre de 2023. Pp. 419-441. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2023.i52.19 realidad es notorio3. Es el contrapunto del silencio como modo del poder; y más importante porque es creación. En este sentido, y a consecuencia en parte de su producción cinematográfica, por ejemplo, hay estudios que señalan como se modificó la percepción de la contribución de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial en detrimento de la URSS cuyos logros, pese a su relevancia, no se presentaban al público por razones geopolíticas. En este sentido, para los franceses la contribución a la victoria de Estados Unidos y la URSS se invirtió pasando a ser del 20% y 58% respectivamente en 1945 a serlo del 58% y el 23% en 2001 (Arancón 2016: 1-5); al final, es sólo la percepción lo que cuenta tanto en la memoria como en el poder; así se reescribe la Historia. Y es que no era preciso ganar la guerra de Vietnam si a posteriori se pueden crear personajes como Rambo, con tal fuerza dramática que pueden capturar o transformar la realidad misma. Las superproducciones difícilmente admiten rival físico o dramático equiparable4. Es la batalla por el recuerdo y la memoria, por la referencia correcta de las cosas. Como apuntaba Valle-Inclán, lo importante no son tanto los hechos como su recuerdo5. Por eso, siendo la guerra una actividad del espíritu, no es posible ceder ese patrimonio inmaterial sin que su resultado se resienta, aun después de librarse. Es allí, y no en la realidad, donde anida la derrota. Sin ganar tal batalla, la victoria militar adolece de sentido. De este modo, la población, en tanto que creadora de consensos y de verdad, es el objeto y objetivo, de una lucha que se dirime en sus imaginarios y que, por ello y por abstracta, no resulta fácil ganar. En cualquier caso, retomar ciertos temas –o no hacerlo– desde una perspectiva cinematográfica o la lectura que se hace de ellos, sirve para apoyar la acción política, no en vano se está actuando sobre el subconsciente colectivo de poblaciones objetivos. La agenda cinematográfica se transforma en agenda política. Por ejemplo la película Sol naciente protagonizada por Sean Connery apareció en un tiempo de crisis de las relaciones entre Estados Unidos y Japón; no pocas películas sobre Churchill y el papel del Reino Unido en las Guerras Mundiales surgieron durante el Brexit y sus prolegómenos; la película 300 se inscribe en la problemática de las relaciones entre Estados Unidos e Irán. De hecho, basta con ver la filmografía del agente 007 para tener una idea de la evolución geopolítica del mundo desde una perspectiva anglosajona, mientras se dota de poder y relevancia a la acción política del Reino Unido, se afianza 3 Así, la frase “Cuando China despierte, el mundo temblará” atribuida a Napoleón en la película 55 días en Pekín, parece ser que solo es debida a la imaginación de uno de sus guionistas. Fue popularizada por el Ministro de Asuntos Exteriores francés, Alain Peyrefitte, cuando la utilizó para dar título a un libro que relataba su viaje a la China de Mao. https://blog.realinstitutoelcano.org/napoleon-para-analistas-internacionales/ 4 Para desarrollar las ideas interiores resulta interesante el libro de Frances Stonor Saunders, ¿Quién pagó al flautista? La CIA y la guerra fría cultural, ed. Debate, Madrid, 2001. 5 “Nada es como es, sino como se recuerda”.
426 Federico Aznar Fernández-Montesinos Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 25, nº 52. Primer cuatrimestre de 2023. Pp. 419-441. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2023.i52.19 su “relación especial” y cuasi paritaria con Estados Unidos y se fijan conceptos clave de las Relaciones Internacionales. En esta lógica hoy todos los países que aspiran a ocupar una posición de poder en las Relaciones internacionales (Turquía, Malasia, China, India…) hacen películas tipo G.I. Joe mientras se preocupan de difundir su Historia y su vida social, según su propio y particular punto de vista, en la gran pantalla. Esto mismo sucede también en el terreno de las ideas. Algunos Think Tank norteamericanos tienen un presupuesto similar al propio de la Organización Mundial del Comercio (OMC). Estos, además, orientados hacia los dos partidos preponderantes, actúan a modo de puertas giratorias: nutren de cuadros formados a la Administración y cuando se produce un cambio de ciclo político los acogen de nuevo, permitiendo que trasladen al mundo del pensamiento su experiencia, con todos los beneficios que ello comporta. De esta manera, el conglomerado por un lado se dota doblemente de solidez y, por otro, se da continuidad a las políticas públicas. Estamos ante una superproducción llevada al terreno del pensamiento (Odina 2005: 127 y ss.). Al mismo tiempo, un sistema de distribución de ideas parangonable al propio de Hollywood garantiza la preponderancia de un pensamiento y unas referencias que, siendo de por sí sólidas, por comunes, resultan incuestionables y sitúan a otras poco menos que en el territorio de la herejía. Estas, no se prohíben; simplemente, no se difunden o lo hacen poco y se plantean, a lo más, como “alternativas” al pensamiento vigente (Odina 2005: 127 y ss.). El inglés se trasforma en el lenguaje de la ciencia y sus instituciones también en un tribunal que otorga el marchamo académico; la calidad con la que se habla esta lengua define, de alguna forma, la del investigador. Y puesto que tiene que haber un modelo alternativo (como el de Noam Chomsky), también se ocupan de su producción. De esta manera, se desincentiva el pensamiento de signo nacional, colonizándose a los países intelectualmente y se estimula la emigración de los mejores, lo que contribuye al mantenimiento del sistema. Estamos ante una suerte de monolitismo cultural a la búlgara. En fin, Dominique Moïsi, en su obra Geopolítica de las emociones6, analiza las entidades colectivas a través de la psicología. Y es que la globalización sólo puede entenderse a través de las emociones de sus ciudadanos, sus aspiraciones y frustraciones más íntimas; lo irracional se haya presente en todo, no es posible obviarlo. El caos de la globalización trae de vuelta el concepto de identidad. De este modo, las fronteras emocionales pesan más que las de cualquier otra índole. Y la fragmentación, a su vez, hace más fácil la dominación mediática. Moïsi concentra su trabajo en tres emociones sobre la base de su relación con la confianza: miedo (ausencia de confianza), esperanza (la expresión de la confianza) y humillación (la confianza herida), y con ellas articula el discurso. 6 Dominique Moïsi, Geopolítica de las emociones. Norma S A Editorial, 2010.
427 Teoría de la guerra y relato. La zona gris Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 25, nº 52. Primer cuatrimestre de 2023. Pp. 419-441. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2023.i52.19 Estas emociones, que dan acceso al subconsciente, van a servir para vehicular los mensajes. Así, por ejemplo, y en relación a la humillación, merece destacarse el sentido del humor y su contribución a la visualización de la superioridad. La CIA, durante la Guerra Fría, se dotó de un equipo dedicado expresamente a confeccionar “chistes de rusos”. Es más, el presidente norteamericano Ronald Reagan era conocido por sus chistes, cuya puesta en escena se beneficiaba de su condición de actor profesional. De hecho, también disponía un equipo dedicado específicamente a prepararlos. Las consecuencias geopolíticas de todo este proceder fueron más que evidentes. En sentido contrario, el Profeta Mahoma ordenó la muerte de personajes, como Asma Bint Marwan, mujer de la tribu omeya, o el poeta judío Abú Afaq, entre otros, por escribir versos contra él o burlarse. El poder no puede tolerar la risa en tanto que desafío. En fin, la necesidad de comprensión de un escenario de una complejidad como el que la globalización plantea explica el retorno de la geopolítica tras el fin de la Guerra Fría. Esta, asociada al empleo del poder sobre el plano y al arte de su creación, respondió proporcionando conceptos nuevos y útiles para esta etapa de confusión. El Soft Power es la atracción por el sistema político y la cultura, mientras el Hard Power lo es por la acción coercitiva de lo militar y lo económico. El Soft Power es central en las relaciones cooperativas mientras el Hard lo es en las de competición. El propio Joseph Nye7, creador de ambos conceptos, decía que el Hard Power también era útil y que el Soft Power no lo era siempre. Para este autor el Soft Power se transforma en Smart cuando se entremezcla diplomacia, seguridad y fuerza como elementos de una estrategia. La lógica de la guerra clásica requiere, para que se produzca, que todas las relaciones que mantienen dos países se agrupen únicamente en la contraposición básica: amigo-enemigo. Al decir de Carl Schmitt: “los enfrentamientos religiosos, morales y de otro tipo se transforman en enfrentamientos políticos y pueden originar el reagrupamiento de lucha decisivo con base en la distinción amigo-enemigo. Pero si llega a esto, entonces el enfrentamiento decisivo no es ya religioso, moral o económico, sino el político” (Schmitt 1991: 33). La globalización ha supuesto un incremento de las relaciones favoreciendo la expansión de los intereses de los países que se ven además atravesados por flujos que los superan y desbordan. La definición de Schmitt requiere agendas –agrupaciones de intereses– radicalmente incompatibles, algo que, lógicamente y como se ha visto, con el crecimiento de las relaciones, y con ello de los intereses, resulta cada vez más dificultoso. 7 Para profundizar en el tema puede consultarse Joseph Nye. Soft Power: The Means to Success In World Politics. Ed. PublicAffairs, 2005.
434 Federico Aznar Fernández-Montesinos Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 25, nº 52. Primer cuatrimestre de 2023. Pp. 419-441. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2023.i52.19 aunque no solo ellas, son también disciplinas estratégicas, es decir, están orientadas a la acción y no solo a la disquisición, al saber por el saber (Odina 2005: 130). Como refiere Glucksmann, “el discurso sobre la guerra reencuentra el poder de la política y de la Historia” (Glucksmann 1969: 70). Así, el nacionalismo, “la ramita torcida” de Schiller, para Ignatieff sirve a la movilización de grandes grupos, por cuanto “toma los hechos neutrales de un pueblo –la lengua, territorio, cultura, tradición e historia– y los convierte en una narración… toma las “diferencias menores”, en sí mismas irrelevantes, y las transforma en grandes distinciones… la característica más acusada de la mirada narcisista es que sólo contempla al Otro para confirmar su diferencia” (Ignatieff 1999: 54-55). O también recordando el célebre comienzo del Manifiesto Comunista: “la historia de todas las sociedades hasta el día de hoy es historia de la lucha de clases” (Marx 2001: 39). La Historia es, no obstante, un dominio del pensamiento científico que incorpora una terminología, un sistema de postulados y una metodología con la que afrontar el análisis del pasado. La Historia, no pocas veces, es útil en el presente por su valor explicativo y, a veces, hasta se convierte en una suerte de conciencia del Estado cuyos objetivos y comportamientos señala o limita. Además esta, ya convertida en relato, se transforma en una suerte de tribunal que pondera el papel y aportación de las naciones a la sociedad internacional y las dota de una posición en el mundo justificando su proceder. La metodología es así fundamental, pues es la que determina que unas disciplinas o autores sean considerados o tenidos en cuenta y otros, más o menos, ignorados (como la Escuela de Salamanca, por ejemplo, que en relación con la creación del Derecho internacional o el pensamiento económico, entre otros muchos aspectos, no es debidamente valorada). Quien establece la metodología domina el mundo, pues tiene el poder para decidir qué es saber y qué no lo es; o más sutil, que es importante y que no. Se intuye así, y por su carácter presuntamente científico, que estamos ante una poderosa arma por su capacidad para iluminar las relaciones internacionales mientras contribuye a situar a los países en el mundo, hacer visible su prelación y promover o vetar su papel. La Historia es, vista de este modo, una forma de poder y, por su apoyatura académica, además, como el mejor de los relatos. Al final, y llevado al extremo, escribir la Historia viene a ser casi como gobernar el mundo. No obstante, esta, como Ciencia Social que es, no pretende juzgar o justificar, sino entender y contextualizar. En esta línea Hegel ya apuntaba que no es tanto el juicio de Dios como el juicio de la política que hace del “espíritu universal, el espíritu del mundo, que es al mismo tiempo quien ejerce sobre ellos su derecho – y su derecho es el derecho supremo– en la historia universal, erigida en tribunal de la historia” (Hegel 2001: 420).
435 Teoría de la guerra y relato. La zona gris Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 25, nº 52. Primer cuatrimestre de 2023. Pp. 419-441. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2023.i52.19 La razón es la que marca el juicio después de cada período. No hay verdades atemporales, sino que se instalan en cada ciclo histórico. Así, no se puede condenar al hombre de cromañón por caníbal. En esta línea, la Inquisición pudo tener un sentido en el siglo XVI, señalando hasta modernidad, en la medida en que sirvió para encauzar una violencia que ya existía y que contribuyó a limitar, al precio, eso sí, de legitimarla; esto, en otros territorios, dio lugar a guerras religiosas, a las quemas masivas de brujas, etc. Tras la Ilustración, momento en el que surgió la libertad de pensamiento como concepto, la Inquisición estaba fuera de lugar. Empero, la Historia, al igual que hacen la mayoría de las Ciencias Sociales, incorpora una cierta subjetividad, esto es, una lectura que está inevitablemente asociada a quien se aproxima a ella, a sus referencias; estas son muchas veces transparentes, y otras tantas, también interesadas. Es decir, y en línea con lo expuesto sobre la desinformación, quien escribe la Historia determina su agenda. Y para transformarla, no se requiere tampoco introducir ninguna falsedad, sino darle una lectura conveniente a la complejidad que porta. Tal cosa se logra resaltando un hecho, un matiz u otro. Distintas referencias aportan diferentes resultados. Los hechos son reales, pero su toma en consideración, ponderación y ordenamiento dependen del evaluador. Estos también se ven sesgados por la capacidad mediática de sus intérpretes que, ni mucho menos, es igual; peor aún, es más poderosa en quienes pretenden hacer uso de ella. Como consecuencia, por muy científicos y asépticos que sean los dictámenes históricos, estos se encuentran inevitablemente sesgados por los aparatos mediáticos, la cultura y el momento. Es lo que Gil Ibáñez denomina “sesgo cognitivo” o “sesgo ideológico” (Gil Ibáñez 2020: 61). Por poner un ejemplo, el contralmirante Alfred T. Mahan, en su relación con la Historia que utilizó para sus propuestas geopolíticas, declaradamente nunca buscó ser objetivo, ni metódico, ni riguroso. Tampoco buscó la precisión de una investigación completa. El interés del Contralmirante estaba dirigido a la reelaboración del pasado más que al propio pasado, colaborando en la producción de una imagen que se utilizará a favor de ciertos objetivos no relacionados con la investigación histórica, pero que recibirán el sello de calidad de la Historia y su marchamo científico. Así, afirmaba sin tapujos que la Historia escrita no era más que un conjunto de detalles subordinados alrededor de una idea central; que a algunos hechos no merecía la pena dedicarles demasiado esfuerzos; que la búsqueda de la certeza plena podía conducir a la falta de decisión; y que los hechos hay que tomarlos en su conjunto y siempre subordinados al objetivo pretendido (González Martin 2013:336-337). Churchill lo explicó aún más claramente cuando, tras la Segunda Guerra Mundial, decía estar preocupado por cómo le trataría la Historia, razón por la que, irónicamente, señalaba que
436 Federico Aznar Fernández-Montesinos Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 25, nº 52. Primer cuatrimestre de 2023. Pp. 419-441. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2023.i52.19 la iba a escribir él mismo. Y no solo lo hizo, sino que obtuvo un premio Nobel por ello. La producción de relatos, historias y documentales que apoyan la visión anglosajona del mundo y hacen cuajar sus referencias como compartidas y comunes es algo que resulta obvio y no es gratuito ni banal, sino que supone un relevante apoyo a sus políticas, a cuya solidez y permanencia contribuye, preparando además el entorno para su despliegue. De ahí el admirable esfuerzo que se dedica a este capítulo. Estamos ante un añejo, sinérgico y eficaz modelo de soft power. Con esta producción se hace pedagogía, se alecciona y se establecen las referencias del mundo y sus lugares comunes, lo que sin duda contribuye a implementar su agenda política, resultando altamente rentable. Por ejemplo, el profesor Huntington considera que Latinoamérica no forma parte de Occidente y lo hace, entre otros motivos –que también servirían para excluir a España, como ya excluyó a Grecia–, porque “incorpora a las culturas indígenas que no existían en Europa y que fueron eficazmente aniquiladas en Norteamérica” (Huntington 1997: 51-52). Llama la atención la sumisión a afirmaciones como esta –“eficazmente aniquiladas”– en el mundo de lo políticamente correcto, y más en nuestro país. Esto no hace otra cosa que constatar un monopolio ideológico cultural (Odina 2005: 130). Ello enlazaría con el concepto gramsciano de superestructura –entendida como los órganos e instituciones de una sociedad que, desde una ideología y política, marcan las ideas que sigue esta–, que puede aplicarse al conjunto de la sociedad internacional. Moreno Friginals9, en su trabajo de nombre esclarecedor La Historia como arma, añade la Historia a la religión y al sistema normativo como elementos de esta superestructura, de modo que la transformación de una sociedad obliga a la relectura de la Historia desde las nuevas claves. Esto explica que la hegemonía cultural anglosajona haya traído consigo una visión poco benigna con la Historia de España. Y es que esta subyace como contra modelo a su mito cuasi fundacional (Felipe II versus Isabel), aunque la tradicional rivalidad británica sea con Francia. La Historia de España quedó asociada a la Historia de Inglaterra, una potencia entonces ascendente. Esta, a finales del siglo XIX, reelaboró su propia Historia en clave imperial, mientras rellenaba vacíos e irrelevancias con mitos, como el del rey Arturo. El resultado, de alguna manera, acabó por convertir internacionalmente a la Historia de España en una suerte de comparsa de una mediática Historia de Inglaterra (de la que es heredera la norteamericana en virtud del idioma) y en su contrapunto, por cuanto que ponía en valor los clichés de nuestro Siglo de Oro. La realidad es que el Imperio español es un Imperio creado en el 9 Manuel Moreno Friginals, La Historia como arma. Ed. Crítica, 1983.
437 Teoría de la guerra y relato. La zona gris Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 25, nº 52. Primer cuatrimestre de 2023. Pp. 419-441. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2023.i52.19 siglo XVI y que para su época fue muy adelantado. Felipe II era, de hecho, más avanzado políticamente que Isabel de Inglaterra; no en vano dirigía una compleja organización burocrático-administrativa que, sencillamente, no tenía parangón en su época. Pero esta visión hasta acabó calando en nuestro propio país cuya Historia fue sentida como una sucesión de derrotas, mientras la producción cinematográfica nacional, lejos de dar una respuesta o poner en valor nuestra Historia, se hacía eco de tales estereotipos. Así, la lectura de la Historia de España aún se realiza desde referencias que no son adecuadas e hitos que no le son los p r o p i o s , desde narrativas, sobrentendidos y lugares comunes, un conocimiento insuficiente y los intereses y referencias propios de las naciones que en un tiempo combatieron a nuestro país, y a cuyo servicio pusieron entonces la realidad primero y la Historia después. De esta manera contribuyeron a su modulación, a definir lo importante, su ritmo y tendencia, distorsionando el conjunto hasta los límites de lo grotesco. La clave nuevamente son las referencias; lo importante, la agenda. Estamos ante un caso que se aproxima a la desinformación. Esta es la idea de “leyenda negra”, concepto lanzado por Julián Juderías en 1914 y que se refiere al ambiente creado por los relatos fantásticos sobre el proceder de nuestro país que reforzaban la legitimidad y apoyaban las armas protestantes. En este sentido, la difusión de las ilustraciones de Theodor de Bry, aprovechándose de la aparición de la imprenta, sirvió para argumentar y contribuir a la visualización plástica de las imputaciones que se hacían a España. Tales relatos comenzaron a formar parte del este orden de batalla y no de modo estático, sino hasta en tiempo real. La imagen se empezaba a configurar, así y ya entonces, como la “factoría de la Historia”. Estamos ante una hábil maniobra política. A través de los grabados de De Bry la magna empresa de extroversión y mestizaje que fue el Descubrimiento se transformó en un episodio indiscutible de sangre y expolio, y provocando un grave daño reputacional a nuestro país. Y obras como la célebre Brevísima relación de la destrucción de las indias de Bartolomé de las Casas dedicada a quien sería luego Felipe II y publicada sin censura en 1552, con la que se acreditaba la libertad del debate intelectual y político existente en la Corte carolingia y el interés en la protección de los indios, fue instrumentado por la propaganda protestante para socavar la posición política de España. De hecho, los efectos de tales sobreentendidos aún perduran en el subconsciente no solo europeo, sino también nacional; y, llegado el caso, pueden activarse, impregnando el juicio –con un sentimiento de antipatía –no solo de la opinión pública, sino de las propias élites políticas. La Historia se convierte en una suerte de déjà vu con la que se traslada el presente al pasado o a sus imaginarios, generando efectos emocionales con consecuencias relevantes en los procesos de decisión y acción política.
438 Federico Aznar Fernández-Montesinos Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 25, nº 52. Primer cuatrimestre de 2023. Pp. 419-441. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2023.i52.19 7. Conclusiones Las relaciones entre Estados han cambiado desde los tiempos de una diplomacia secreta –resultado del “limitado entendimiento de los súbditos”, y cuyo último gran paradigma será Metternich– a los de una opinión pública elevada a la categoría de dogma. Tal cosa sucede en combinación con unas políticas públicas por debajo de las cuales corren, y no siempre en la misma dirección, las políticas ordinarias (Ballesteros 1995: 180). La globalización es, sin duda, la clave de bóveda del nuevo milenio. Se fundamenta en la conectividad, esto es, en la interdependencia creciente entre las diversas partes que la componen. Estamos ante un fenómeno que se sustenta sobre el aumento exponencial de las relaciones cruzadas; ello obliga a la plena inclusión de los actores en el contexto internacional con el que idealmente llegan a confundirse, trascendiendo cualquier tipo de frontera o límite. A resultas de ello, se provoca su progresiva inmovilización; o, cuando menos, se limita el espectro de opciones disponibles y se reduce su capacidad de maniobra. Decía Mao que “la política es guerra sin derramamiento de sangre, en tanto que la guerra es política con derramamiento de sangre” (Mao 1972: 225). Guerra y política se superponen y forman un conjunto total e indiferenciado, según lo demuestran conceptos como el de zona gris. Un área en la que confluyen los países que cooperan y compiten al mismo tiempo; por ello se sirven preferentemente de las formas blandas del poder. En fin, en la sociedad posmoderna del siglo XXI las fronteras de muchos conceptos están desdibujadas o son de geometría variable. Hasta conceptos capitales como son la ciudadanía (emigrantes, sin papeles, refugiados, miembros de la UE…) o la guerra han sufrido todo un proceso de erosión y reevaluación. Y es que el lenguaje transforma la realidad y la desplaza a conveniencia, pues las palabras solo tienen su significado en su contexto social. Es más, no tiene el poder quien tiene la palabra, sino que este realmente descansa en quien decide su significado. El realmente poderoso se adueña de su definición y decide, por ejemplo, cuándo estamos hablando de guerra y cuándo de terrorismo. El ejercicio del poder consiste básicamente en la administración de los límites, en la definición de lo que está dentro y lo que está fuera, en la administración de las palabras y con ellas de la verdad. La percepción, el recuerdo y la memoria se convierten en algo más importante que los hechos. Las ideologías eran soluciones completas para los problemas de la humanidad hechas con retazos de realidad; eran atalayas desde las que era posible mirar hacia el futuro. Con su crepúsculo se han visto sustituidas por relatos en los que, más desde la emoción, se ofertan soluciones parciales e incompletas a los problemas del presente –del que es imposible escapar– y que en la práctica actúan como aquellas y son aceptadas, a pesar de conocerse su
439 Teoría de la guerra y relato. La zona gris Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 25, nº 52. Primer cuatrimestre de 2023. Pp. 419-441. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2023.i52.19 naturaleza incompleta, parcial y hasta falsa. Esa explicación, además no suele ser científica –por más que pueda presentarse de tal forma y apoyarse en el dato por la legitimidad que otorga–, pues también ha de satisfacer el componente emocional del receptor; tal cosa, desde luego, no se logra sólo con sesudos estudios. Como vaticinaba Habermas, “cuando los oasis utópicos se secan, se difunde un desierto de trivialidad y de desconcierto” (Odina 2005: 11). Las narrativas y las imágenes que forman parte se presentan como certidumbres frente a las incertidumbres y complejidades que trae consigo la globalización, un material al que asirse y hasta dar sentido a la propia vida. Estamos ante una comunicación estructurada, toda una unidad de acción con la que se apela a los sentidos y emociones mientras se aporta una verdad que orienta el conjunto. Su carga emocional capta mejor la atención que la simple información, haciendo que pueda aprehenderse el sentido que la elección de acontecimientos, reales o ficticios, importantes o no, pretende imprimir. El miedo, la humillación o la ironía reemplazan a los datos y la coherencia del conjunto facilita la penetración en una sociedad de conceptos débiles que se funden ante ellas como el hielo en un día templado (Odina 2005: 11). No es posible que exista la democracia sin una ciudadanía realmente informada. Pero, en nuestro tiempo, la verdad no queda consignada al hecho, sino también a la aceptación de este; y la globalización ha supuesto también la traslación no solo de elementos físicos, sino también emocionales. La Historia proporciona una cobertura intelectual al análisis; esto la dota de una reconocida dignidad y legitimidad científica. Tal cosa permite utilizarla como el mejor de los relatos. De ahí el esfuerzo de los países por promocionar una Historia que, en lo posible, les resulte favorable por el sentimiento al que contribuye, pero también porque permite asentar los lugares comunes, los consensos implícitos, y con ello señalar lo relevante a escala internacional. El poder es influencia. La clave para su construcción, como también la de la propia verdad, se sitúa en la agenda. El que domina la agenda controla la verdad, la historia y la política. Un instrumento que ayuda a ello no es tanto la mentira como el silencio. Y puesto que el poder es capacidad de construcción, la cinematografía y las superproducciones son claves para abordar en términos emocionales la complejidad de un momento construido sobre miríadas de variables. Goebbels tenía razón, con todo lo que ello implica.
440 Federico Aznar Fernández-Montesinos Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 25, nº 52. Primer cuatrimestre de 2023. Pp. 419-441. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2023.i52.19 Bibliografía: Arancon, Fernando, “Hollywood, el ganador de la segunda Guerra Mundial” en El Orden Mundial, 2016. Disponible en: https://elordenmundial.com/ hollywood-el-ganador-de-la-segunda-guerra-mundial/?nowprocket=1 Balllesteros, Ángel. Diplomacia y Relaciones Internacionales, Ministerio de Asuntos Exteriores, 1995. Baudrillard, Jean, El crimen perfecto, Editorial Anagrama, 2006. Contreras Polgati, Arturo, Estrategia, Mago Editores, Santiago de Chile, 2008. De Andrés, Jesús. Introducción en LENIN. El Estado y la revolución. Alianza Editorial, Madrid, 2006. Fichtentrei Fuente, Daniel, “Posverdad la ciencia y sus demonios”, Revista electrónica Intramed. 02.05.2017 Disponible en: http://www.intramed.net/contenidover.asp?contenidoID=90809. Foucault, Michael, Curso del 14 de enero de 1976” en VV.AA., Microfísica del poder, La Piqueta, Madrid, 1979. Freund, Julián, Sociología del conflicto, Ediciones Ejército, Madrid, 1995. Frías O´Valle, José, Nuestra guerra y nuestra paz, Colección Adalid, Móstoles, 1985. Gellner, Ernest, Condiciones de la libertad: la sociedad civil y sus rivales, Editorial Paidos, Barcelona, 1996. Glucksmann, André, El Discurso de la guerra, Editorial Anagrama, Barcelona, 1969. González Martín, Andrés Aznar Fernández-Montesinos, Federico (2013) “Mahan y la geopolítica”, Geopolítica(s). Revista de estudios sobre espacio y poder, vol. 4, núm. 2, 335–351. Hegel, G.W.F., Principios de filosofía del derecho, Editorial Edhasa, Barcelona, 2001. Hobbes, Thomas, Leviatán, Editorial Losada, Buenos Aires. Hoffman, Bruce, “Una forma de guerra psicológica”. Disponible en: http:// usinfo.state.gov/journals/itps/0507/ Ignatieff, Michael. El honor del guerrero. Editorial Taurus, Madrid, 1999. Liddell Hart, B.H Estrategia: la aproximación indirecta. Ministerio de Defensa, Madrid 1989. Mao Tse Tung. Escritos Militares. Editorial Rioplatense, Buenos Aires, 1972. Marx, Karl; Engels, Friedrich, Manifiesto Comunista. Alianza Editorial, Madrid 2001. Münkler, Herfried. Viejas y nuevas guerras, Siglo XXI de España Editores, Madrid 2002. Odina. Mercedes. Europa versus USA. Ed. Espasa, Madrid, 2005.
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