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Un palacio novohispano en la corte madrileña. Tesoros virreinales de la casa ducal de Alburquerque

Montes González, Francisco

Abstract

A través del análisis de una serie de inventarios de bienes artísticos localizados en el Archivo Histórico de la Casa Ducal de Alburquerque se pone en valor la existencia de ajuares de procedencia americana recogidos entre sus pertenencias familiares. Más allá del gusto predominante en la época moderna por la acumulación de estas piezas exóticas, la principal razón residirá en el cargo que ostentaron dos miembros del linaje como virreyes de la Nueva España a mediados del siglo XVII y comienzos de la siguiente centuria. Este hecho supuso la circulación de cuantiosos objetos de diferente tipología para la decoración de sus casas principales en la Corte madrileña, que según los testimonios aportados debieron plasmar a la perfección la apariencia de los suntuosos palacios novohispanos.

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Francisco Montes González Librosdelacorte.es, MONOGRÁFICO 5, año 9 (2017). ISSN 1989-6425 UN PALACIO NOVOHISPANO EN LA CORTE MADRILEÑA. TESOROS VIRREINALES DE LA CASA DUCAL DE ALBURQUERQUE 1 Los primeros testimonios documentales acerca de la existencia de ajuares de procedencia americana entre los bienes del ducado de Alburquerque se encuentran en la dote entregada por Antonia de Sandoval y Afán de Ribera, marquesa viuda de Cadereyta, con motivo del casamiento en 1645 de su hija Juana con el VIII duque Francisco Fernández de la Cueva y Enríquez de Cabrera. 2 La explicación al llamativo repertorio es perfectamente comprensible si se tiene en cuenta el cargo ostentado por el padre de la novia, Lope Díez Aux de Amendáriz, como virrey de la Nueva España entre 1635 y 1640. Al tradicional interés por la obtención de estas piezas entre la élite nobiliaria se sumarían otros factores como el fomento durante su mandato de una serie de medidas de estímulo en las relaciones comerciales con las Indias Orientales. No cabe duda de que el gobernante debió sacar partido a estas circunstancias siendo partícipe a su regreso del trasiego de las mercancías embarcadas en el Galeón de Manila. 3 Al comienzo del inventario y tasación de los bienes sobresalen dos llamativas vestimentas relacionadas con las costumbres de las mujeres indias: «un Guipil de color de chocolate bordado con las armas de México y cuajado el campo con sedas de matices y formado con plata y oro en tres mil y seiscientos reales» y «un Guipil verde de punto de media tejido con flores de oro y plata en mil reales». A simple vista no debe resultar extraña la presencia de estos atuendos tradicionales de origen prehispánico en un vestuario peninsular. Sandoval afirma que su empleo no perdió vigencia en la época virreinal sino que se potenció influenciado por elementos y patrones de confección importados de la moda europea. 4 Como se puede comprobar a través de algunas escenas de las pinturas de castas, las transformaciones afectaron incluso al modo de llevarlo recogido hacia atrás para marcar la cintura. De esta forma, las damas españolas no solo tuvieron la posibilidad de emplear una prenda popular, sobre todo en tareas cotidianas y no así en ocasiones festivas cuando sacaban a relucir las galas propias, sino de realzar sus siluetas en un juego de ostentación física. (fig.1) A estos trajes cabría añadir otros textiles procedentes de manufacturas asiáticas como «un capote de Japón noguerado y de labores» y «una alfombra fina de la India de Portugal que tiene catorce varas de largo y cinco y dos tercias de ancho tasada en mil ducados». 1 El presente texto forma parte de los contenidos recogidos en Francisco Montes González, Mecenazgo virreinal y patrocinio artístico. El ducado de Alburquerque en la Nueva España (Sevilla: Real Maestranza de Caballería, 2016), 229-245. 2 Archivo Histórico de la Casa Ducal de Alburquerque (en adelante AHCDA), Alburquerque, caja 23, exp. 12, fols. 23-47. 3 Entre la extensa bibliografía cabe destacar Salvador Bernabéu (coord.), La Nao de China, 1565-1815. Navegación, comercio e intercambios culturales (Sevilla: CSIC, 2013); y Ana Ruiz Gutiérrez, El Galeón de Manila (1565-1815). Intercambios culturales (Granada: Editorial Alhulia-Universidad de Granada, 2016). 4 Martha Sandoval Villegas, “El huipil precortesiano y novohispano. Transmutaciones simbólicas y estilísticas de una prenda indígena,” en Actas del Congreso Internacional Imagen y apariencia (Murcia: Universidad, 2009), s. p. Francisco Montes González Librosdelacorte.es, MONOGRÁFICO 5, año 9 (2017). ISSN 1989-6425 El mobiliario se convirtió en la principal demanda debido a la riqueza material de sus componentes, ya fuesen maderas exóticas, como el palosanto, la caoba o el granadillo, y otros elementos ornamentales en nácar, hueso o plata, o a la sofisticación de elaboradas técnicas como el enconchado, las lacas y cualquier género de incrustaciones, sin obviar sus llamativos programas iconográficos. 5 A estos bienes se dedicará el apartado más amplio, en concreto, a la tipología del escritorio, que aparece clasificado con rigor a partir de sus características formales. Tal y como lo define el Diccionario de autoridades se trataba de «una alhaja hecha de madera, y adornada y embutida de marfil, ébano, concha y otras preciosas materias: la cual tiene distintos cajoncillos y gavetas con sus llaves, para guardar lo que se quisiere, y de ordinario sirve para el adorno de las salas y casas». 6 El lote se componía de cinco ejemplares decorados con gran profusión: «dos escritorios y contador de nácar, oro y barniz del Japón tasado en mil y quinientos reales cada pieza», «dos escritorios de a vara de largo de maderas extraordinarias que tienen alrededor de las escuadras una cadeneta hechos en las Indias a mil y trescientos reales cada uno» y «un escritorio de ébano y marfil y otras maderas hecho en las Indias de vara y ochava el largo y media de alto con unos óvalos de concha de tortuga en la tapa relevados en doscientos ducados». La extensa variedad de cajas también formaron parte del grueso de esta selección, apareciendo sobre todo numerosos baúles de diferentes tamaños y composiciones. López apunta que se consideraron indispensables para la vida del virreinato, pues hacían posible la clasificación, protección y transporte de todos los bienes. Podían ser destinadas tanto a joyeros, roperos o almacenes de materias primas, e incluso servir improvisadamente de bancas, mesas e incluso de camas. 7 El uso polivalente de estos muebles propició una amplia diversidad en tamaños como en formas y aplicaciones decorativas. Así pues, entre los bienes de la marquesa se podían contabilizar: «un baúl de las Indias de cinco cuartas de largo con un friso de palo santo en doscientos ducados», «otro baúl de la misma manera que es compañero del de arriba en otros doscientos ducados», «un baulillo de tres cuartas de largo de la China de nácar y oro en mil reales» y «un baúl del Japón en dos mil reales». Algunas de estas piezas venían a juego con su correspondiente mesa o bufetillo: «un bufetillo bajo del Japón con cuatro cantoneras plateadas y los pies de los mismo en seiscientos y sesenta reales» y «otro bufete bajo del estrado con los pies del Japón con cantoneras doradas y galón de oro al canto en trescientos reales». 5 María Paz Aguiló Alonso, “Aproximaciones al estudio del mueble novohispano en España,” El mueble del siglo XVIII. Nuevas aportaciones a su estudio, (Barcelona: Institut de Cultura de Barcelona, 2009), 19-31. 6 En otra acepción se lee: «Caxón hecho de madera con distintos apartadijos y divisiones, para guardar papeles y escrituras, que también se llama Papelera». Diccionario de Autoridades. Tomo III. Letra E. 1729-1736 (Madrid: Real Academia Española, ed. Facsímil, 1984). 7 María del Pilar López Pérez, En torno al estrado. Cajas de uso cotidiano en Santa Fe de Bogotá, siglos XVI al XVIII (Bogotá: Museo Nacional de Colombia, 1996), 3. Francisco Montes González Librosdelacorte.es, MONOGRÁFICO 5, año 9 (2017). ISSN 1989-6425 Un género de muebles de menor tamaño repletos de compartimentos, en el caso de los contadores y las escribanías, tuvieron una gran utilidad tanto en los despachos de los caballeros como en los estrados y los tocadores de las damas a modo de joyeros, costureros o recipientes para sus pasatiempos. De la valiosa muestra ofrecida por la novia aparecen: «una escribanía de carey con dos tapas de frisos de ébano y perfiles de marfil con tres cajones y sus repartimientos con aldabones bisagras y cerraduras de plata en sesenta ducados», «un escritorillo pequeño con tapa cubierto con concha ébano y marfil y por dentro las navetas de nácar y otras maderas con cerradura dorada tasado en trescientos ducados», «otro escritorillo pequeño con tapa de concha y frisos de ébano y marfil con cantoneras y aldabones de plata y cerraduras y bolas con tres cajoncillos dentro tasado en veinte ducados». Llegados a este punto cabe indicar que ninguna de las piezas enumeradas a lo largo de este apartado han sido localizadas entre los actuales descendientes de la familia ducal. Tanto los cambios de moda como los avatares del tiempo provocaron su paulatina desaparición de los ámbitos domésticos. En este sentido, los escasos ejemplares conservados forman parte de instituciones museográficas o coleccionistas privados. Procedente de uno de estos anticuarios mexicanos fue exhibida hace unas décadas una llamativa escribanía cubierta con placas de nácar y perfiles de carey. Lo más curioso se hallaba en el reverso de la tapa, decorado de color rojo con motivos chinescos, donde sobresalía un escudo nobiliario. Los autores de la ficha catalográfica relacionaron con acierto la heráldica con la figura de Juana Díez Aux de Armendáriz, de ahí que «además de convenir a tan distinguida dama, por su excepcional calidad, también puede ponerse en relación con la política desplegada por su esposo a favor de comercio con Filipinas, Siam y Cochinchina», alcanzando así un valor paradigmático. 8 Al coincidir la heráldica del marquesado, puede tratarse también de un encargo de su padre, el virrey marqués de Cadereyta, que posteriormente pasara a manos de ella si se tienen en cuenta las coincidencias con la descripción de algunas de las piezas enumeradas en la sección anterior. (fig.2) Finalmente, para la decoración del dormitorio entregaría «un tocador grande labrado en las Indias guarnecido de palo santo y cedro en seiscientos ducados», «una cama de palo santo guarnecida de bronce en tres mil reales» y «otra cama que se compone de cuatro pilares y una cabecera sin lecho hecha en el Japón folleteada de taller dorada sobre verde en mil y quinientos reales». A estas se añadirían diversas piezas que completarían el exorno de la estancia, como «un estante de caoba con frisos de palo santo y su corredor en doscientos reales», «dos colchas de la India pespuntadas de seda amarilla sobre lienzo a mil quinientos reales cada una», «un contador de carey con un friso folleteado de marfil con los cajones de cedro y seis cantoneras, aldabones y escudos de plata en doscientos ducados de vellón», «dos alfombras la una de cañamazo de cuatro varas y la otra turca ambas tasadas en quinientos ducados», «un catre de la India en cuatro mil y cuatrocientos reales» y «un biombo de la India en dos mil reales». Del extenso joyero aportado por la hija de la marquesa sobresalían «tres 8 Marina Alfonso Mola y Carlos Martínez Shaw, “Caja de madera, nácar y carey,” en El Galeón de Manila, catálogo de exposición (Madrid: Ministerio de Educación Cultura y Deporte, 2000), 206-207, cat. 82. Francisco Montes González Librosdelacorte.es, MONOGRÁFICO 5, año 9 (2017). ISSN 1989-6425 vueltecillas de cadena de la India y once vueltas de cadena de la China que son unas cuentecitas muy pequeñas ensartadas que pesan novecientos y veintidós reales». La segunda de las pruebas documentales inéditas atestigua el valor material que la sociedad de esta época le dio a los objetos procedentes de ultramar. A través de la Memoria de las alhajas que se enviaron a Cuéllar para que se guarden en la fortaleza de ella durante el tiempo de la ausencia de su excelencia en el virreinato de México se observa cómo los muebles de maderas nobles y suntuosa ornamentación fueron a parar a una especie de cámara reservada en el castillo segoviano durante la ausencia de los duques. 9 El 17 de mayo de 1653 se procedía a la redacción del inventario con los objetos enviados desde la residencia madrileña bajo la supervisión del secretario ducal Mateo Flores. Aunque las descripciones aportadas son breves, en la relación pueden verse las piezas más valiosas, incluso algunas de ellas con algún matiz sentimental, que formaban parte de la decoración hogareña. De nuevo aparecerá reseñado parte del contenido americano de la dote aportada por la marquesa hacía ocho años. Enumerados del uno al cinco iban marcados los cajones que guardaban unos escritorios de ébano ricamente ornamentados con historias y labrados con marfiles, jaspes y bronces. Entre estos sobresalían dos ternos con sus bufetes a juego, «que es donde se ponen las figuras doradas de emperadores», y aparte otros dos escritorios pequeños a modo de escribanía con sus bufetes completando el conjunto. El sexto cajón contenía el tocador grande de madera de palo santo guarnecido de plata, «al que le faltaba la cerradura», más dos escritorillos con una escribanía de ébano de Portugal. Los lotes séptimo y octavo estaban compuestos por dos armarios «hermanos» de ébano y marfil con sus corredores y asas del mismo material, y se aclaraba que dentro del primero iban guardados «siete medios cuerpos de los emperadores y una figurilla de hombre y otras dos crucecillas de bronce de remate todas de bronce». A continuación se volvían a mencionar en otra carga una serie de escritorios de ébano con sus escribanías a juego, más otro de laca del Japón, que a pesar de presentar algunas lagunas reportaba al lugar donde se guardaban estos trozos, y finalmente en el señalado con el número once otro idéntico al anterior. Después iban dos baulillos de ébano de Portugal guarnecidos de plata y por dentro acolchados de tafetán azul y colores con asas de plata. En el interior del primero de estos se guardaba «un Santo Cristo crucificado, la cruz y peana de ébano con guarnición sobredorada, además de Nuestra Señora y san Juan» y dos manojos de llaves pequeñas correspondientes a los escritorios de la duquesa. Cuatro fardos cubrían sendos escritorios de ébano de Portugal envueltos en cobertores de color azul y mantas blancas. Los tejidos también ocupaban un espacio relevante en esta particular mudanza. Así se recogen cuatro paños de terciopelo verde, dos camas de paño, una azul y otra verde, cuatro cobertores azules y un «baúl de la India» con cinco paños de cuarta de largo que tenía dentro una talla de Cristo atado 9 AHCDA, Alburquerque, caja 39, exp. 17, fols. 1-7. Francisco Montes González Librosdelacorte.es, MONOGRÁFICO 5, año 9 (2017). ISSN 1989-6425 a la columna, una cama de paño verde, una sobremesa de damasco azul vieja y tres pedazos de cenefa de dosel de saya entrapada. En otro baúl compañero iban dos pedazos de dosel de saya entrapada y manta blanca, una colgadura de felpa azul guarnecida de puntas de plata perteneciente a la cuna de niña Ana de la Cueva. Respecto al mueble infantil, se especificaba al margen que «la madera no se ha llevado está en México», es decir que la cama se había embarcado junto a los otros enseres personales de los virreyes. Junto a estos dos baúles fueron otros tres de pequeño formato «atumbados». El primero con una caída de dosel y una cama azul y los otros dos en «un lío abultado de manta blanca», uno dentro de otro, el de dentro de nácar y oro y el mayor de la India también con diferentes ropas de cama. En otro fue un reloj de león de bronce desbaratado y una imagen de Nuestra Señora de la Concepción de bulto redondo con su peana. Como en relaciones anteriores, el mobiliario para el dormitorio principal se reservaba para el final del inventario. Dentro de un baúl colorado figuraba una escribanía o tocador de ébano con cuatro pies de león y asas de plata. Junto a este se cargaron cinco bufetillos bajos, tres de cañamazos con los pies de nogal torneados y dos braseros de cobre y otros dos ordinarios con los bufetes de los escritorios de los ternos. Una última carga llevaba dos bufetes iguales que correspondían a los ternos enumerados en los lotes tres y cuatro, más la madera «en que se arma la cama de plata». Para la armería conservada en el castillo también irían destinados algunos objetos como dos pistolas de rueda en sus cajas, cinco cañones de bronce pedreros —«el uno de ellos sin su másculo y los otros sin él porque van aparte»—, citándose a continuación en tres cajas «carretones de los dichos pedreros, más un serón con un lío donde iban los másculos faltantes y dos morteros de bombas y finalmente diez cucharas y rascados con seis petos de hierro». Si en el punto anterior se mencionaba todo lo referente al depósito del duque, también se reservará otro apartado sobre «las alhajas que ha tomado mi señora la mayor». Entre estas destacan «dos bufetes de ébano y marfil que servían en los dos escritorios grandes que su excelencia dio al duque mi señor cuando se casó», «un cuadro de san Pedro con marco dorado original de Bartolomé», «otro cuadro de la Visitación de Nuestra Señora y santa Ana con marco negro de vara y tercia de alto y una de ancho», «un cuadro de santo Antonio sin niño con un libro y ramo de azucenas con marco negro», «más seis pies de nogal de los escritorios», «un biombo grande», «la tapicería del mayorazgo de la casa» y «las cinco sillas bordadas de cañamazo sobre lama». El tercer aporte documental clave para entender la relevancia de la colección de objetos virreinales en el ducado de Alburquerque será la Tasación e inventario de los bienes y haciendas que dejó a su muerte Ana Rosalía de la Cueva en el mes de enero de 1717. 10 Esta noble dama atesoraba numerosos bienes artísticos en su residencia madrileña de la 10 AHCDA, Alburquerque, legajo 29, exp. 29, s.p. Véase otra contextualización del mismo documento en Francisco Montes González, “Una aproximación a las fuentes documentales para el estudio del coleccionismo americano en España,” Artigrama. Revista del Departamento de Historia del Arte de la Universidad de Zaragoza 24 (2009): 205-223. Francisco Montes González Librosdelacorte.es, MONOGRÁFICO 5, año 9 (2017). ISSN 1989-6425 plazuela de la Encarnación procedentes de una doble vía: aquellos recibidos en herencia de sus padres, el VIII duque de Alburquerque y la marquesa de Cadereyta, como hija única, y los entregados a su vez como obsequio de su primogénito, el X duque Francisco Fernández de la Cueva, también virrey de la Nueva España entre los años 1702 y 1710. 11 (fig.3) Una constancia de esta dinámica se desprende del expediente formado a partir de la entrada el mes de septiembre de 1703 en Sanlúcar de Barrameda de una pequeña embarcación nombrada San Esteban que llegó de aviso con pliegos de la Nueva España a cargo de Francisco de Azorena. De este modo, en el informe acerca de la rendición de tributos efectuada por los funcionarios de la Casa de la Contratación de las Indias sobre las mercancías transportadas aparecerán «treinta cajones de regalos que remite el señor duque de Alburquerque». El vasto repertorio empieza con una descripción de la galería de pinturas donde se colgaba «un lienzo de una vara y media de largo y dos y media de alto y en el pintado el Castillo de San Juan de Ulúa Puerto de la Veracruz con su marco de pino», posible recuerdo realizado in situ antes de partir de regreso a la metrópoli. Entre los numerosos retratos familiares, vistas de ciudades, escenas de batallas y otras iconografías religiosas destacaban dos efigies de san Francisco Javier, una de media vara hecha de plumas, y la otra en piedra con pequeño marco de conchas. A propósito de la primera de ellas se ha localizado en el acervo del Museo de América de Madrid un ejemplar con similares características que bien podría ser el comentado en este caso. (fig.4) El dato más sorprendente será la cantidad de lienzos de la Virgen de Guadalupe, comprensible en un momento en que la devoción había alcanzado un importante auge en la Península, sobre todo en la Corte madrileña donde desde mediados del siglo XVII contaba con una capilla particular en el colegio agustino de Doña María de Aragón. 12 A ello se unirá el fuerte vínculo familiar con el icono mariano a través del profundo fervor del primero de los virreyes y de la dedicación del nuevo santuario del Tepeyac protagonizada por el segundo de estos en el año 1709. De este solemne acto quedó constancia gracias al lienzo con el traslado del icono encargado por el gobernante al pintor Manuel de Arellano. 13 Entre las representaciones en propiedad de la marquesa figuraban dos pinturas de gran formato, réplicas de la tilma original, junto a otras de distinto tamaño y materiales: una imagen de «una vara con su marco de pino y un cristal por 11 Bethencourt informó que estas casas principales y las accesorias a los Caños del Peral fueron adquiridas por la dama del antiguo mayorazgo de Pedro de Tapia y de doña Clara de Alarcón y sus sucesores con real facultad a través de la escritura otorgada el 26 de agosto de 1704 ante el notario público Francisco de Larrea. Francisco Fernández de Bethencourt, Historia genealógica y heráldica de la monarquía española. Tomo X (Sevilla: Fabiola de Publicaciones, 2002), 294-295. 12 La imagen fue colocada por el visitador Pedro de Gálvez en 1654 a su regreso de la Nueva España. Sobre la aceptación política del icono mariano en la metrópoli véase Jaime Cuadriello, “La propagación de las devociones novohispanas: las Guadalupanas y otras imágenes preferentes,” en México en el mundo de las colecciones de arte, Nueva España II, (México: Azabache, 1994), 261-265. 13 La imagen ha permanecido hasta la actualidad en manos de los últimos descendientes del linaje. Rogelio Ruiz Gomar, “Transfer of the Image and Inauguration of the Sanctuary of the Virgin of Guadalupe,” en Painting a New World. Mexico Art and Life 1521-1821, Donna Pierce, Rogelio Ruiz Gomar y Clara Bargellini (Denver: Denver Art Museum, 2004), 192-193, cat. 29. Francisco Montes González Librosdelacorte.es, MONOGRÁFICO 5, año 9 (2017). ISSN 1989-6425 delante», otra de «tercia de alto con su cristal y marco de pino acharolado», «otra de nuestra señora de México de dos tercias de alto y media vara de ancho» y «otra algo más pequeña sobre tafetán». Finalmente, sin poder determinar con certeza la procedencia del contenido, aparecen enumeradas una serie de imágenes con molduras de exóticos materiales. De todas ellas sobresalen los marcos enconchados de los talleres novohispanos cuya elaborada ornamentación hizo posible la admiración de estas piezas. Ocaña refiere que si bien los marcos embutidos de concha se asociaron principalmente a pinturas «enconchadas», sobre todo pintados a modo de cenefas, hay noticias de marcos originalmente unidos a pinturas que omitieron el nácar. 14 De esta forma aparecen en el listado: una pintura de san Joaquín y santa Ana y una lámina de Nuestra Señora de Balvanera «con su marco de concha», una pintura en lienzo de santa Verónica de dos tercias de alto y media vara «con su marco de cocobolo y cantoneras de plata», un san Juan «con su marco de ébano y embutido de marfil», de la misma manera una Adoración de los Reyes, «doce láminas iguales de tercia de alto y poco menos de ancho con sus marcos de concha y peral» y por último «una lámina del arcángel san Miguel de tercia de alto con su cristal con marco de ébano y concha». 15 La segunda parte, y más copiosa, de la relación hacía referencia al mobiliario, perfectamente agrupado por tipologías y descrito con claridad en función de su composición y procedencia. Las primeras menciones aluden a las camas, entre las que había «una cama de palosanto y marfil embutida y gravada con dos cabeceras y su sobre cuerpo», «un catre de granadillo de dos cabeceras» junto a «una cama o catre de camino de palo santo bronceada que se encierra en dos arcas». Al hacer referencias a la dote de la madre de doña Ana, se planteó la importancia en la variedad de las cajas y baúles que componían los ajuares novohispanos. La funcionalidad de estos contenedores haría que se decorasen de formas exuberantes o que simplemente estuviesen forrados de algún material resistente para su uso. Por otro lado, la situación del virreinato de la Nueva España como punto de conexión con el comercio asiático permitió la llegada de numerosas mercancías procedentes de estos territorios a bordo del Galeón de Manila. Una vez arribada la nao a Acapulco se activaría un flujo comercial con destino final en la Península Ibérica. En este tránsito sobresalieron los objetos lacados del arte namban japonés, que una vez llegados a México sirvieron de fuente de inspiración a los artífices locales para la invención del 14 Sonia I. Ocaña Ruiz, “Marcos enconchados: autonomía y apropiación de formas japonesas en la pintura novohispana,” Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas 92 (2008):138. 15 Esta relación también apareció recogida en la «Quenta y Partizion de los Vienes» que quedaron a la muerte de la dama publicada por Burke y Cherry. La sección de pintura fue tasada por el pintor Baltasar Gambazo, destacando los investigadores el alto porcentaje de lienzos dedicados a la Virgen y una única atribución al Bassano. A pesar de ser esta la colección donde aparezcan más imágenes de la guadalupana, habrá otras galerías de nobles madrileños relacionados con la Nueva España que posean algunos ejemplares, como las de la duquesa de Atlixco o don Francisco de Meneses y Bravo. Marcus Burke y Peter Cherry, Collections of Paintings in Madrid, 1601-1755. Spanish inventories 1 (Los Ángeles: The J. Paul Getty Trust, 1997), 990-1001. Francisco Montes González Librosdelacorte.es, MONOGRÁFICO 5, año 9 (2017). ISSN 1989-6425 género del enconchado. 16 De este modo se verán diferenciados en los inventarios las piezas de «charol lexítimo» frente a las citadas como «embutido de nácar». Estas transferencias en el marco de las habilidades artesanales abrieron las puertas para que muchos de los emigrantes indianos viajaran con sus propios ajuares y los intercambiaran por manufacturas autóctonas, sirviendo al mismo tiempo de referente europeo para los maestros locales tanto en Asia como en América. Así pues en la citada relación se enumerarán: «dos arquitas de charol de tres cuartas de largo y media vara de ancho», «dos cofres de ébano y nácar de vara y tres cuartas de largo con adornos de bronce dorado demolido», «otro cofre de concha de vara de largo cinco aldabones de chapas y otras guarniciones todo de plata», «dos arcas de caoba, ébano y marfil de a vara de largo con aldabones y cantoneras de filigrana de plata», «otra arca también de caoba, ébano y marfil de vara y cuarta de largo con su herraje de hierro». Llama la atención algunos conjuntos especiales para despacho y tocador como «una escribanía de concha de tercia de largo y una cuarta de ancho con cantoneras pies y otras piezas de plata y bronces dorados de molido y dentro de ello un tintero, salvadera, cuchillos, tijeras y otros recados de escribanía todo de plata en una caja cubierta de vadana», o «una frasquera de ébano de una tercia de largo con seis frascos». La relación de piezas es sobresaliente en cuanto a la variedad. Así se presentan «seis arquillas de tercia de diferentes maderas con sus herrajes de hierro», «un cofre de charol de tres cuartas de largo con herraje de hierro dorado» y «otro de lo mismo con dos tercias de largo con bronce». La presencia de pequeñas cajas lacadas y embutidas procedente de talleres japoneses será constante en inventarios nobiliarios de la época, poseyendo la colección de la marquesa «cuarentas cofrecitos arquitas y cajas todos de charol de una cuarta de largo poco más o menos y algunos con diferentes guarniciones de plata», más «otras cuarenta piezas de charol que se componen de jícaras, platillos, escudillas, bandejitas y cajas». (fig.5). Por último, resalta de forma significativa «una petaca tejida de junco de la India de vara y cuarta de largo y tres cuartas de alto con su cerradura y llave». A lo largo de todo el inventario, el escritorio, también en su versión de papelera, será el mueble que se repita en mayor número de ocasiones. De la selección hecha en toda la tasación sobresalen: «un escritorio de charol de media vara de largo y otro tanto de ancho con sus puertas y herraje dorado», «una papelera embutida de palo santo y ciprés de vara de largo y su tapa y doce navetas dentro con tiradores de plata y su bufete de pino dado de color», «dos escritorios de granadillo y marfil de vara y media de largo con tres portadas cada uno y diferentes navetas y secretos y sus bufetes de granadillo con pies salomónicos y travesaños de hierro», «otros dos de ébano y granadillo con sus portadas en medio de vara y tercia de largo y seis navetas a los lados y en cada una un vidrio pintado dos fabulas con sus bufetes también de granadillo y todo ello adornado de bronces dorado de molido», «otros dos escritorios de ébano y granadillo de media vara de largo y una cuarta de alto con tres navetas cada uno y en ellas vidrios pintados», «otro de 16 A pesar de la existencia de una amplia bibliografía sobre este período artístico, resulta de interés el catálogo de la exposición Lacas Namban. Huellas de Japón en España. IV Centenario de la Embajada Keichô (Madrid: Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, 2013). Francisco Montes González Librosdelacorte.es, MONOGRÁFICO 5, año 9 (2017). ISSN 1989-6425 concha embutido de marfil y ébano muy menudo de tres cuartas y media de largo y tres de alto con once navetas y las cantoneras, aldabones y escudos de plata», «otro escritorio de concha embutido de marfil muy menudo de media vara en cuadro con once navetas y los aldabones, cantoneras y escudos de plata», «otro escritorio de ébano, marfil, piedra ágata y lapislázuli de vara de largo con diferentes navetas y su bufete de ébano y marfil», «otro escritorio de palo santo y marfil de vara de largo», «otro de tres cuartas y otro de media vara en forma de papeleras con herrajes de hierro y bronces y sus bufetes de lo mismo con travesaños de hierro», «otros tres escritorios de la misma madera tamaño y pies que los antecedentes», «otras dos papeleras de palo santo de vara y cuarta de largo con su naveta y herraje de hierro pabenados y dos bufetes de ébano muy maltratados», «otras dos papeleras de granadillo de a dos tercias de largo con sus navetas herrajes de hierro y sus bufetes de pino», «otras dos papeleras de palo santo y ciprés con sus navetas de media vara de largo y herrajes de hierro», «un escritorio de concha y ébano y marfil de embutidos menudos y sus navetas de dos tercias de largo con herrajes de hierro» y finalmente «un escritorio de charol con dos puertas de dos tercias de largo con navetas y su herraje de bronce». Del mismo modo, se acompañaban algunos con sus correspondientes bufetes a juego, destacando «un bufete de granadillo de siete cuartas de largo y una vara de ancho con sus pies salomónicos», «unos dos bufetes de pasta de vara y tercia de largo y vara de ancho con sus pies de pino» y «otro de lo mismo también quebrado de dos varas de largo y tres cuartas de ancho con sus pies de pino muy viejo». (fig.6) Varios folios del inventario están dedicados a un lote de muebles que en una primera transcripción fueron vinculados con la región costeña de «Sinaloe», pero que sin duda alguna hacen referencia a su ejecución en la olorosa madera de “lináloe” con decorativas capas de laca. La relación total contiene: «seis cofres de lináloe embutido de palo santo de a vara de largo, dos cofres de lo mismo embutido y grabado de diferentes maderas con tres navetas cada uno dentro y tiradores de plata y sus herrajes de hierro, tres escritorios en forma de papelera de a media vara de largo de lináloe con navetas embutidas herrajes y tiradores de plata, otras dos arcas también de lináloe y palo santo de a vara de largo con sus herrajes de hierro, tres cofres de lináloe de a media vara de largo con sus herrajes de hierro, otro cofre de la misma madera y tamaño que los antecedentes, otro escritorio en forma de papelera de lináloe de media vara de largo con sus navetas, otro de lo mismo de poco más de tres cuartas de largo con sus navetas y tapas y en ella embutida las armas de Cueva con sus herrajes de plata, otro escritorio de lináloe y palo santo de vara de largo con navetas y herraje de plata y su bufete de la propia madera correspondiente, y un cofrecito de lináloe y palo santo de una cuarta de largo con bisagras cerradura y un aldabón de plata» En cuanto a pequeños muebles y otros objetos decorativos, aparecerán principalmente redondeles, destinados a soportar los braseros y hechos de maderas muy resistentes al calor despedido: «uno de palo santo de tres cuartas y media de largo y una tercia de alto con sus pies», «otro de ébano y palo santo de tercia de alto y tres cuartas y media de ancho con sus pies de lo mismo» y «uno de granadillo de tres cuartas con navetas y pies torneados de pino». Para cerrar este apartado de muebles cabe mencionar Francisco Montes González Librosdelacorte.es, MONOGRÁFICO 5, año 9 (2017). ISSN 1989-6425 Fig.5. Anónimo japonés, Cofre. Período namban (1543-1639), Colección particular Fig.6. Anónimo novohispano, Terno de escritorio. Fines del siglo XVII, Colección particular Francisco Montes González Librosdelacorte.es, MONOGRÁFICO 5, año 9 (2017). ISSN 1989-6425 Fig.7. Anónimo novohispano, Tibor. Siglo XVII, Colección particular Fig.8. Anónimo novohispano, Biombo con Vista de la plaza Mayor de la ciudad de México y del paseo de Iztacalco. Hacia 1635-1640, Ciudad de México, Colección Rivero Lake