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Felipe II, San Hermenegildo y la imagen de la "Sacra Monarquía"

Cornejo-Vega, Francisco J.

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FRANCISCO J. CORNEJOFelipe II, San Hermenegildo y la imagen de la «Sacra Monarquía» ...feliz Reynado de aquel gran Monarca D. Phelipe II. que sin embarazarse con el gobierno de dos Mundos; sin ocuparle la dirección de unas continuas Guerras; cuando más le llamaban las conquistas de Oriente y Occidente; de tal suerte velaba en las cosas al parecer pequeñas de su Reyno, como si no le pertenecieran las supremas. Era hombre nacido para todo. La Religión, el Culto, la Justicia, las materias de Estado, el decoro de la Magestad, que llevaban su principal vigilancia, daban lugar en aquel gran corazón para promover Hospitales, fomentar letras, hacer impresiones, y andar recogiendo libros, como si en el Theatro del mundo no hubiera de hacer papel más que por ellos. Ciertamente que asombra ver a un Príncipe cercado de las mayores atenciones del Estado, velar sobre el modo con que las Iglesias guardaban las Reliquias de los Santos, los cuerpos de las personas Reales, los Libros de las Bibliothecas, y después tener la dignación de llamar a su Gabinete al que encomendó la empresa, para oír la relación de su Viaje.1 C uando, a mediados del siglo XVIII, el P. Flórez realiza este certero retrato del segundo de los Austrias hispanos, la imagen de la monarquía española se encontraba perfectamente codificada, difundida y asimilada desde hacía ya mucho tiempo, tanto en sus manifestaciones visuales como en las literarias. Y en buena parte ello se debe a la importante labor que, directa o indirectamente, realizara el propio rey Felipe II. Entre las principales preocupaciones del monarca cita este fraile agustino su interés por «el decoro de la Magestad». En este sentido, el rey se encontró con una gran tarea Francisco]. Cornejo que realizar. Toda una serie de circunstancias hacían necesaria una puesta a punto de la idea y de la representación de la realeza española. Por un lado, la nueva realidad política de la Corona: hasta fines del siglo XV existía un rey por cada una de las diferentes coronas de la península —Castilla, Aragón, Portugal, Navarra y Granada—, pero en cuestión de muy pocos años se pasó a una situación en la que un único monarca lo era de todos los reinos peninsulares, además de buena parte de los europeos y un casi inabarcable número de territorios ultramarinos. Por otra parte, una serie de avatares relacionados con la sucesión de los últimos monarcas había creado graves problemas y puesto en crisis el mecanismo que tradicionalmente garantizaba la continuidad dinástica (regencia castellana de Fernando de Aragón, «locura» de Juana de Castilla, rebelión de las Comunidades). Finalmente, la propia identidad simbólica de la monarquía se había difuminado como consecuencia de la unión de la rama hispana con la austríaca y, sobre todo bajo el reinado Carlos V, con la fusión de la titularidad de la monarquía española a la del Sacro Imperio, así como por la ausencia de una referencia espacial estable que la corte itinerante del emperador no pudo dar. Si a esto unimos la dispersión en la que se encontraba un elemento simbólico tan importante para la imagen de la monarquía como pueda ser el de los panteones reales y la propia ausencia de una capitalidad estable del reino, comprenderemos la necesidad de volver a forjar los rasgos esenciales de la imagen simbólica de la realeza con una rotundidad acorde a la importancia política de la España del momento. Felipe II fue consciente de esta necesidad y a lo largo de su reinado asumió personalmente la tarea de redefinición de la imagen simbólica de la monarquía hispana. La elección de Madrid como lugar de residencia permanente de la corte y la construcción del monasterio de El Escorial (centro religioso, cultural, residencia regia y panteón real), con toda la carga simbólica que ambas decisiones conllevaron, vinieron a significar la piedra angular de la nueva imagen de los reyes de España. Las bases ideológicas sobre las que se fundaba esta nueva forma de propaganda monárquica no eran otras, en realidad, que las vinculadas con la tradicional concepción del origen divino de la monarquía o teoría «descendente» del poder, presente en la cultura occidental desde la Alta Edad Media. Esa concepción teológica de la monarquía se prolongó, con plena vigencia, tanto por parte de la rama de los Habsburgo como por las de los reinos peninsulares, hasta el reinado de Felipe II. La novedad residía en cómo fue reavivada esta vieja teoría al calor del extraordinario momento que se vivía en la España del siglo XVI y en el que, de acuerdo con la inmen1 Felipe II como defensor de la Religión, estampa grabada por Pedro Perret, en L. Cabrera de Córdoba, Filipe Segundo Rey de España (Madrid, 1619). 2h Felipe II, San Hermenegildo y la imagen de la «Sacra Monarquía» 2 Arco que los orífices y lapidarios de Lisboa levantaron con motivo del viaje de Felipe III a Portugal, estampa grabada por Juan Schorquens, en J.B. Lavanha, Viage de la Cattolica Real Uagestad del Rei Filipe III N. S. al Reino de Portugal... (Madrid, 1622), fol. 47v. sa cantidad de poder que acumulaba el rey de España, podía creerse sin dificultad que éste era un auténtico «Dios en la tierra». Un aspecto fundamental al que el rey dedicó buena parte de sus energías fue a destacar el carácter de «dinastía elegida» por el Todopoderoso para reinar sobre los mortales y defender en la tierra los intereses de su religión2. De la misma manera que Dios nombraba a los reyes del Antiguo Testamento para que gobernasen a su pueblo, así España —nuevo «pueblo elegido»— es regida por sus reyes que son, a su vez, los defensores y valedores del catolicismo frente a sus enemigos3. Otro de los aspectos importantes que el rey Felipe se preocupó de destacar fue el del carácter «sacro» de la monarquía —recordemos la fórmula que se empleaba habitualmente bajo el reinado de los Austrias para dirigirse al rey: «Sacra, Católica y Real Majestad»4. Carácter sagrado que se le atribuía al monarca en la medida en que éste era vicario de Dios en la tierra, lo que permitía que su iconografía fuera presentada de manera similar a como se hacía con los santos e, incluso, con los dioses. Buenos ejemplos de ello encontramos en El Escorial. Los grupos escultóricos orantes del emperador Carlos y del propio Felipe II con sus respectivas familias se encuentran situados al mismo nivel que las figuras de los santos que flanquean el tabernáculo central. Como ellos dorados y entre columnas de jaspe, los personajes reales se encuentran perfectamente integrados en un espacio cargado de simbolismo celestial. También en las simbólicas alturas celestiales estaban previstos los espacios para colocar las imágenes de los futuros reyes de España: en los dieciséis altares elevados de los pilares de la iglesia y sus fronteros5. La situación del Panteón Real bajo el altar mayor y la naturaleza del monasterio como depósito de reliquias muestran otros aspectos de la voluntad real de reforzar los vínculos entre lo sagrado y la dinastía reinante6. El propio monarca sería representado a lo largo de su vida formando parte del reino celestial junto a diversos santos y personajes del Antiguo Testamento. Así sucede en la Gloria de Tiziano o en el Entierro del Conde de Orgaz de El Greco. También existen imágenes que lo representan a la manera de los santos, con elementos iconográficos propios de éstos: coronado por ángeles y pisando al dragón, o sobre pedestal, como si de un santo de retablo se tratase7. Precisamente en la confluencia de estos dos intereses del rey Felipe II —la exaltación de su linaje y la sacralidad de la institución monárquica— se sitúa la figura histórica de San Hermenegildo. Éste era hijo del rey godo Leovigildo, el cual le otorgó el gobierno de la Bética, región de la que Hermenegildo se proclamó rey al rebelarse contra su padre aduciendo motivos religiosos —Leovigildo era arriano y su hijo seguidor de la ortodoxia romana; 27 Francisco]. Cornejo finalmente fue derrotado, puesto en prisión y ejecutado en el año 5858. La versión que de la historia y muerte de Hermenegildo realizara el papa San Gregorio Magno, presentándolo como mártir de la fe, fue recogida por diversos martirologios y trajo consigo su consideración como santo9. En la España medieval se le rendía culto regularmente en ciudades como el Toledo preislámico, Sevilla, Zaragoza, Santiago, Ávila, Salamanca, Plasencia y otras10. No creemos que sea casual el interés que Felipe II se tomó por tan ilustre, aunque remoto, pariente. En primer lugar, porque San Hermenegildo constituía el importante hito de ser el «Primer Blasón Católico» de la monarquía española, ya que su martirio en defensa del catolicismo fue considerado como la causa que movió a su hermano Recaredo a renegar del arrianismo, convirtiéndolo así en «dignísimo principio, y cabeza del linaje Real de España, por haber sido tan Cathólico y Religioso restaurador de la Fe Cathólica en sus Godos»11. El santo príncipe Hermenegildo, por tanto, con su conversión y posterior sacrificio, fue el iniciador del carácter «católico» de la monarquía española, la cual «ha permanecido en la Fe de la Iglesia de España, sin haber faltado un punto en ella y en sus reyes, desde la general conversión de los Godos, ni en la obediencia que se debe a la santa Iglesia Romana...»12. Por todo ello, las actividades que Felipe II emprendiese para la difusión del propio santo habían de repercutir directamente en la glorificación de su propia dinastía y, por supuesto, en su propia imagen de Rey Católico. Otro aspecto por el que convenía vincular la monarquía filipina con el santo príncipe godo era el relacionado con el topos de la unidad gótica de España. Al aparato de poder monárquico le interesaba especialmente presentar a la recién conseguida unidad política peninsular como heredera directa y natural de aquella otra que se diera bajo el reinado de los godos. De ahí el interés por reavivar todo aquello que tuviese relación con el precedente histórico de la Hispania visigótica. Fruto de este interés fue la contribución del cronista real Ambrosio de Morales a la Crónica General de España, iniciada por Florián de Ocampo, con sus estudios correspondientes al periodo visigótico. Otros historiadores contemporáneos como Antonio de Herrera y Tordesillas también dedicaron sus esfuerzos a la difusión de este momento de la historia peninsular13. Estos trabajos sentaron las bases para la interpretación histórica de esta época, incluido el episodio entre Leovigildo y su hijo Hermenegildo, y tuvieron su reflejo en diversas manifestaciones artísticas que hasta finales del siglo XVII difundieron la idea de una «España visigoda» precursora de la unidad territorial peninsular conseguida bajo la monarquía de los Austrias14. 2S Felipe II, San Hermenegildo y la imagen de la «Sacra Monarquía» i Ambrosio de Morales, en Viaje de Ambrosio de Morales.. (Ia ed., por el P. Flórez, Madrid, 1765). El rey Felipe fue responsable directo del auge propagandístico que durante la segunda mitad del siglo XVI alcanzó la figura de San Hermenegildo; para ello contó con la inestimable colaboración del auténtico creador intelectual de la nueva imagen del santo: Ambrosio de Morales (1513-1591), su cronista, delegado y asesor en temas tan próximos al asunto que nos ocupa como el de los enterramientos reales o las reliquias de los santos15. Este interesante personaje se confiesa devoto de San Hermenegildo desde que en su juventud, y gracias a la que consideró intercesión del santo, se salvó de morir ahogado en el mar. A partir de este momento el historiador cordobés dedicaría buena parte de sus esfuerzos, e incluso de su dinero, a difundir e intentar perpetuar el culto al santo mártir. liemos de suponer, en consecuencia, que la devoción regia se vio complementada con el profundo conocimiento histórico que su cronista pudo aportarle sobre la figura del santo, pero también, que en el fervor de Morales por el santo mártir participase el deseo de satisfacer a su rey propagando el concepto de «Sacra Monarquía». Ya en 1569, Ambrosio de Morales confiesa que está escribiendo el martirio de San Hermenegildo, un poema latino en «verso heroyco» compuesto por más de setecientos versos hexámetros, obra que finalizó en 1576 y que ya estaba impresa en abril de 1577. Sobre los hechos históricos relativos al santo trató detalladamente en la Crónica General de España (tomo II, libro XI), publicada en 1574. En esta magna obra se ocupó, precisamente, de la época de la «España» goda. Aunque, eso sí, sin recoger las visiones críticas de los cronistas contemporáneos al rey godo: San Isidoro de Sevilla, Juan de Bíclaro o Gregorio de Tours, que condenan abiertamente su rebelión contra Leovigildo. Junto a esta importante tarea de difusión literaria de la historia —depurada— del santo-rey, el cronista de su majestad desempeñó un destacado papel en el reavivamiento de su culto. En 1569, un año antes de la visita de Felipe II a Sevilla, promueve el adecentamiento de la torre de las murallas —islámicas— sevillanas en la que la tradición situaba el lugar del cautiverio y martirio de San Hermenegildo16. Y en 1583 pagará de su propio bolsillo el adorno de dicho lugar, tal como se recoge en la documentación conservada17. Podemos adivinar también su influencia en el intento de crear una «nueva Cofradía caballerosa» de San Hermenegildo que en 1573 protagonizó su amigo el erudito D. Gonzalo Argote de Molina —al que Morales hizo en vida heredero de sus papeles y libros— junto a un importante grupo de nobles sevillanos18. Cuando en 1570 Felipe II visitó Sevilla pudo comprobar hasta qué punto la ciudad rendía culto a su santo patrón San Hermenegildo. Ya en su es2') Francisco J. Cornejo tanda de tres días en la Cartuja de Santa María de las Cuevas tendría la ocasión de contemplar las pinturas murales que presidían la hoy llamada capilla de la Magdalena, en las que el santo rey aparecía flanqueado por San Isidoro y San Leandro19. En el segundo arco triunfal levantado por la ciudad en la Puerta de Goles, según programa iconográfico de Juan de Mal Lara, pudo ver lo siguiente: En las enjutas del arco hacia el campo, había dos figuras de bronzo, la una el Santo Hermemegildo Mártir, Rey de España, con la cabeza partida con un hacha y sus rayos de la gloria que tenía, puestas las manos hacia el cielo, y una palabra que decía: PERFICE. De la otra banda estaba el rey católico Recaredo, su hermano, mirando atentamente con mucha piedad, y otra palabra que decía: AUDIO. Significan ambas el principio que dio el santo hermano mártir contra los arríanos, y le dice «Acábalo», y el fin que dio Recaredo a la mala secta, respondiendo «óyolo».20 En la catedral sevillana, de entre las abundantes representaciones del santo en retablos, esculturas y vidrieras, pudo admirar aquella representación de la escena de su martirio que Luis de Vargas pintara en la fachada norte de la Giralda pocos años antes (1565-1566) y que tanta influencia tuvo en la posterior iconografía de dicha escena21. Pero además en la ciudad existían en esta época otras instituciones dedicadas al culto o bajo la advocación de San Hermenegildo. Aparte de la hermandad o cofradía que, desde la conquista de Sevilla en 1248, tenía su sede en la pequeña capilla de la torre de la Puerta de Córdoba (considerada como la de su martirio), estaba el Hospital de San Hermenegildo, vulgo del Cardenal, fundado en el siglo XV por el cardenal Cervantes, igualmente fundador de la capilla dedicada al mismo santo de la catedral sevillana. Mayor transcendencia tuvo el colegio de los jesuítas sevillanos, también bajo la advocación del santo rey y para cuyo retablo mayor pintaría Herrera el Viejo su imponente Apoteosis de San Hermenegildo (h. 1622). La recientemente creada orden religiosa centró buena parte de su actividad en la labor educativa, lo que a la postre le permitió ganar el apoyo de las personalidades e instituciones más poderosas de la ciudad. De tal manera que, en el breve espacio de algunas décadas, llegó a convertirse en una de las organizaciones religiosas más ricas e influyentes, sobre todo en lo que al ámbito cultural y artístico se refiere. Es natural que una institución como la Compañía, que se caracterizó por la utilización del teatro en sus colegios como método pedagógico (pero también como instrumento propagandístico de su ideología, puesto que las representaciones eran abiertas a la ciudad) cele4 Segundo arco triunfal para la entrada en Sevilla de Felipe II, en el Recibimiento... de Juan de Mal Lara (Sevilla, 1570). ' 30 Felipe II, San Hermenegildo y la imagen de la «Sacra Monarquía» 5 El martirio de San Hermenegildo. Detalle de la representación de la Giralda con las pinturas murales de Luis de Vargas en el lienzo has santas Justa y Rufina, de Miguel de Esquivel. Sevilla, Catedral. brara la llegada del rey Felipe II a Sevilla con una representación teatral laudatoria, In adventu Regis, escrita especialmente para la ocasión por el P. Acevedo22. Los protagonistas de esta interesante pieza son la Buena Esperanza y Deseoso, que a través de su diálogo en cinco actos muestran la victoria de un belicoso Felipe II —encarnado en las alegorías de la Némesis o venganza divina, la Majestad y el Amor— sobre la Herejía y el Mahometanismo. Destaca la celebración final con un «Triunfo» a lo romano, con su desfile musical con estandartes, portadores de haces, coronas de laurel y las alegorías reales llevando prisioneras a sus enemigas (fols. 53r-53v y 55v57r). El contenido está claramente relacionado con los acontecimientos que ocasionaron la venida del rey a Andalucía: la sublevación de los moriscos granadinos. También se recogen con detalle noticias de las últimas reliquias conseguidas para la colección real (fols. 57r-58r), así como tampoco falta la habitual comparación del rey Felipe con personajes del Antiguo Testamento (fol. 58r). El mismo año de 1570 se representó en el interior de la catedral una «Tragedia de San Hermenegildo» que parece pudo ser escrita por el ya citado Juan de Mal Lara23. Mucha mayor transcendencia tendría la representación de la Tragedia de San Hermenegildo de los jesuítas Hernando de Ávila y Melchor de la Cerda, así como del poeta sevillano D. Juan de Arguijo, que se representó en enero de 1591. El motivo de tal representación era agradecer al Cabildo Municipal el haber financiado la construcción de un nuevo edificio para el colegio de San Hermenegildo, cuya inauguración se quiso celebrar de esta lúdica manera. La categoría literaria de esta pieza teatral y, como consecuencia de ella, la gran difusión que alcanzó entre los numerosos colegios jesuítas de otras ciudades y países contribuyeron como ningún otro medio a la extensión del conocimiento y culto al santo-rey español. Si a ello unimos el hecho de que esta obra inspiró, directa o indirectamente, varias comedias de santos y autos sacramentales que se representaron con frecuencia hasta el siglo XVIII y que incluso influyó en la iconografía de algunas realizaciones pictóricas de su época, nos podremos hacer una idea de hasta qué punto los jesuítas sevillanos colaboraron con las intenciones del rey Felipe de exaltación de su doblemente «sacro» antepasado24. Ocho años después de su visita a Sevilla, Felipe II tuvo otro buen motivo para incrementar su devoción particular hacia el santo rey godo: recién pasada la medianoche del día 13 de abril de 1578 —día en que era celebrada la festividad de San Hermenegildo por considerarse que su martirio tuvo lugar en dicha fecha— nació su hijo, el futuro rey Felipe III, al que se le pondría el nombre de Felipe Hermenegildo. Este hecho casual incrementó poderosamente el interés del rey por todo lo concerniente al santo; algo ló31 Francisco]. Cornejo ex jufem cct.re acé ficilue ti \hihn.tx. ¡uu.u r.i ce -id.) CE 2olcdoccp.ilcna.iòégaii5i.i ce lib .i »rxfcmll.i occcrdcñj ce Ccndouacc :crc.iiuri.iai.t6vndi 6 Ilustración de portada del manuscrito Cédula de Felipe II sobre la jurisdición y alcabalas de varias villas de la «tierra» de Sevilla (Madrid, 4 de agosto de 1570). Sevilla, Archivo Municipal. 32 Felipe li, San Hermenegildo y la imagen de la «Sacra Monarquía» gico teniendo en cuenta la importancia que Felipe II concedía a lo astrológico, lo mágico y lo simbólico. Dos fueron las principales consecuencias de este interés: el traslado de la cabeza del santo desde el monasterio de Sigena, lugar en el que se la veneraba desde hacía siglos, a la colección de reliquias de El Escorial en el año de 1585; y, en segundo lugar, las gestiones directas que realizó ante el papa Sixto V, fruto de las cuales se autorizó la extensión del culto a San Hermenegildo a toda España2'. El presbítero Alonso de Morgado nos sintetiza los hechos en una sustanciosa narración en la que no se olvida de subrayar el interés del rey por su «ínclito linage» y por la acumulación de reliquias en el «insigne Relicario de San Lorenco el Real del Escurial»: En la jornada de las cortes de Moncon por el año pasado de mil y quinientos ochenta y cinco tuvo la Católica y real Majestad del Rey Don Phelipe nuestro señor entera noticia desta célebre Reliquia del Sancto Príncipe. Y como quiera, que San Hermenegildo es uno de los de aquel ínclito linage, y familia esclarecida, de donde su Magestad trae su Real decendencia, de tal manera fervió luego la parienta, y clarísima sangre en el religiosissimo pecho de un Príncipe tan sumamente Chathólico, que sin otra dilación procuró, aver en su poder la Sancta Cabeca por el orden, que declara esta Carta, que su Majestad escrivió al Convento de Sixena... (...) «EL REY/ Reverendo in Christo Padre Obispo de Vich del mi Consejo, muy bien vino la Cabeca del glorioso San Hermenegildo, oy la he visto, y se me ha renovado la devoción, que le tenía, y el contentamiento de que haya venido, a mi poder Reliquia de tan grande estima. Y assi por la parte, que vos habéis sido para ello, os doy de nuevo las gracias. Y fue muy bien averme embiado la arquilla, en que estava encerrada, y advertirme, lo que dezis de las Reliquias, que ay en Valencia, que en todo veo la voluntad, que tenéis a mi servicio, de que yo estoy muy satisfecho. De tortosa veynte y uno de Deziembre de mil y quinientos y ochenta y cinco. YO EL REY». Y para el Sancto Pundonor del Monasterio de Sixena, y consuelo espiritual de sus religiosas, que entrañablemente lo suplicaron, y pidieron de merced, les mandó su Magestad un poco, que se cortó de la Cabera en una Caxita de Plata entre Algodones en un Tafetán negro. (...) La Sancta cabeca puso su Cathólica Real Magestad en el insigne Relicario de San Lorenco el Real del Escurial, donde se venera con las demás notables reliquias de aquel Sacro, y Real Convento de la Orden del glorioso San Hierónymo. Impetrando luego letras Apostólicas, para que en toda España se reze en su día, a treze de Abril, con oficio doble, lo que antes se hacía en sola Sevilla, por ser Patrono suyo.26 En la relación que hace el P. Sigüenza de las reliquias del Monasterio dice lo siguiente: 33