La iconografía de la crucifixión en un tratado escrito en latín en el s. XIII por Lucas de Tuy
Abstract
Este artículo se ocupa de la iconografía de la crucifixión sobre la que trata una obra escrita en latín por Lucas de Tuy (s. XIII). La autora ofrece la primera traducción del capítulo de dicha obra (De altera uita).
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La iconografía de la crucifixión en un tratado escrito en latín en el s. XIII por Lucas de Tuy 19 LABORATORIO DE ARTE 23 (2011), pp. 19-32, ISSN 1130-5762 LA ICONOGRAFÍA DE LA CRUCIFIXIÓN EN UN TRATADO ESCRITO EN LATÍN EN EL S. XIII POR LUCAS DE TUY THE ICONOGRAPHY OF THE CRUCIFIXION IN A WORK WRITTEN IN LATIN BY LUCAS OF TUY (S. XIII) Por emma Falque Universidad de Sevilla, España Este artículo se ocupa de la iconografía de la crucifixión sobre la que trata una obra escrita en latín por Lucas de Tuy (s. XIII). La autora ofrece la primera traducción del capítulo de dicha obra (De altera uita). palabras clave: Latín Medieval: Lucas de Tuy. Arte Medieval: iconografía de la crucifixión. This article is concerned with the iconography of the crucifixion in a a work written in Latin by Lucas of Tuy (s. XIII). The author presents the first translation of the chapter of this work related to this subject. Keywords: Medieval Latin: Lucas of Tuy. Medieval Art: Iconography of the crucifixion. Recientemente he publicado la edición de una de las obras de Lucas de Tuy1, obispo de esta sede (1239-1249), más conocido quizás por su faceta historiográfica pues fue el autor de una de las crónicas hispanolatinas de mayor difusión: el Chronicon mundi. Pero Don Lucas además de esta crónica escribió, al menos, dos obras más, una de corte hagiográfico, De miraculis sancti Isidori, y la otra, a la que vamos a referirnos en este trabajo, un tratado teológico, que lleva en los manuscritos que nos la han transmitido, el título de De altera uita, y fue publicada por su primer editor, Juan de Mariana, con el de De altera uita fideique controuersiis aduersus Albigensium errores libri III2, por lo que también es conocida como Contra Albigenses. Nos encontramos, pues, ante otro Lucas de Tuy, no ya el cronista autor de una de las obras que más influyeron en la 1 Lucas Tudensis, De altera uita, cura et studio E. FALqUE REY (CCCM 74A), Turnhout, 2009. 2 La editio princeps es la de Mariana: De altera uita fideique controuersiis aduersus Albigensium errores libri III, Ingolstadt, 1612, y fue reeditata en el mismo siglo en dos ocasiones: Magna bibliotheca veterum patrum et antiquorum scriptorum ecclesiasticorum, ed. M. LA BIGNE, XIII, Colonia, 1618, pp. 234-87 y Maxima bibliotheca veterum patrum, ed. A. GALLAND, XXV, Lyon, 1677, pp. 194-251.
Emma Falque 20 LABORATORIO DE ARTE 23 (2011), pp. 19-32, ISSN 1130-5762 historiografía castellana posterior, ni el hagiógrafo que nos transmite los milagros de San Isidoro, sino el teólogo, cuya preocupación por la herejía queda reflejada en este tratado, que tiene la condición nada desdeñable de ser el primer tratado antiherético de la España medieval3. Este tratado doctrinal, cuenta entre otras cosas un caso de herejía sucedido en León en los años 1232-1234, en el que parece que intervino Lucas personalmente, aunque nunca se nombra de manera expresa, sino que se refiere a quidam diaconus. La mayoría de los autores que se han acercado a la obra, desde el Padre Flórez4, pasando por Menéndez Pelayo5, hasta los últimos, Fernández Conde6 y Martínez Casado7, consideran que el diácono perseguidor que actúa contra los herejes es el propio don Lucas, quien escribiría De altera uita antes de ser nombrado obispo de la diócesis de Tuy8. La obra puede fecharse entre 1235 y 1237, estrechando un poco el margen más amplio de “entre 1230 y 1240” propuesto por F. J. Fernández Conde9 y retrasando un poco las fechas que defiende Enrique Flórez10. Ambos límites cronológicos vienen dados por la mención de don Arnaldo como obispo de León y por una precisión que se hace en el propio texto sobre la actuación de los herejes. Probablemente Lucas de Tuy la escribiría –o terminaría– después de agosto de 123511, quizás poco después, en 123612. El tratado está dividido en tres libros, tanto en la editio princeps (Ingolstadt, 1612) y sus reediciones, publicadas en Colonia (1618) y Lyon (1677), como en la que he publicado recientemente en el Corpus Christianorum (Turnhout, 2009), pero conviene señalar que la división en libros es del propio Padre Mariana, para facilitar, según afirma en el prólogo de la edición, su lectura. Dividió para ello la obra en tres libros, puesto que el texto tenía tres partes bastante diferenciadas, que iban precedidas de un 3 Sobre los puntos de contacto de las tres obras de don Lucas, véase P. HENRIET, “Sanctissima patria. Points et thèmes communs aux trois oeuvres de Lucas de Tuy”, Cahiers de linguistique et de civilisation hispaniques médiévales, 24 (2001), pp. 248-277; p. 277. 4 E. FLÓREZ. España Sagrada, XXII, Madrid, 1767, pp. 121-122. 5 M. MENÉNDEZ PELAYO, Historia de los heterodoxos españoles, I, Madrid, 1975, p. 530. 6 F. J. FERNÁNDEZ CONDE, “Albigenses en León y Castilla a comienzos del siglo XIII”, en León medieval. Doce estudios, León, 1978, pp. 96-114; pp. 101-102. 7 A. MARTÍNEZ CASADO, “Cátaros en León. Testimonio de Lucas de Tuy”, Archivos Leoneses, 37 (1983), pp. 263-311; p. 274, n. 47. 8 Sede que presidió desde 1239 hasta su muerte en 1249, aunque antes había vivido en León gran parte de su vida y allí había escrito sus obras, tras haber realizado viajes a diversos lugares como Roma, París y Jerusalén. Véase LUCAS TUDENSIS, Chronicon mundi, cura et studio E. FALqUE (CCCM 74), Turnhout 2003, Introducción, vii-xii. 9 F.J. FERNÁNDEZ CONDE, art. cit., p. 97. 10 E. FLÓREZ, España Sagrada, XXII, Madrid, 1767, pp. 121-2. Consideraba Flórez que había que fijar la composición de la obra entre 1234 y 1235. 11 P. HENRIET, art. cit., p. 253. 12 A. MARTÍNEZ CASADO, art. cit., pp. 271-272.
La iconografía de la crucifixión en un tratado escrito en latín en el s. XIII por Lucas de Tuy 21 LABORATORIO DE ARTE 23 (2011), pp. 19-32, ISSN 1130-5762 prólogo del autor, que Mariana mantiene como tal encabezando el texto13. Por mi parte, he mantenido esta división en libros pues el editor no añade título alguno a cada libro y puede sernos útil a la hora de leer y citar el De altera uita, ya que este tratado se cita desde el s. XVII siguiendo esta división hecha por Mariana14. En el libro primero se incluyen todas las cuestiones relacionadas con la otra vida, que es la que da nombre al tratado, así como las relaciones entre vivos y difuntos, los castigos y recompensas, la existencia de un mundo ultraterrenal, etc. Va tomando el autor argumentos de los Diálogos de San Gregorio, de manera que todo este tratado sobre el más allá se convierte en un resumen de la doctrina escatológica de este santo, con algunas citas de otros padres. El libro segundo está integrado por una serie de tratados independientes, de amplitud desigual, en los que reflexiona el autor sobre los sacramentos y sacramentales y termina exhortando a los clérigos a llevar una vida ejemplar. El libro tercero tiene como objetivo desenmascarar las tácticas clandestinas de proselitismo de los herejes. Muchas de estas referencias carecen de ubicación, tanto en el espacio como en el tiempo; otras ocurrieron más allá de los Pirineos y varias están situadas en la ciudad de León. Éstas últimas son las que han recibido más atención por parte de los estudiosos actuales, pues se encuentran en ellas los datos de que disponemos para el estudio de este movimiento herético leonés. De este tratado he entresacado el capítulo XI del libro segundo, muy interesante para el estudio de la iconografía de la crucifixión en la Edad Media, pues en él trata de demostrar Lucas de Tuy que fueron cuatro los clavos con los que Cristo fue clavado en la cruz, atacando a los que ya en su tiempo sostenían que sólo fueron tres y así lo representaban. La importancia que para el autor de la obra tiene esta cuestión viene demostrada por el hecho de que la incluya en este tratado. El hecho de que Lucas de Tuy dedique todo un capítulo a intentar demostrar que fueron cuatro los clavos en la crucifixión, nos indica que ya en su tiempo empezaban a aparecer imágenes en las que Cristo estaba clavado en la cruz sólo con tres y él mismo admite que había discusión “entre muchos sobre el número de clavos que fueron hundidos en el cuerpo del Señor”. Efectivamente, han sido señaladas ya hace tiempo las características del crucifijo del s. XII y del XIII15, que presentan diferencias que atañen a distintos elementos (la cruz, el titulus, el perizonium, el suppedaneum…) y al propio Cristo (colocación del cuerpo, los brazos, la cabeza, y, por supuesto, la posición 13 Lucae Tudensis episcopi, De altera uita, aduersus Albigensius errores. Auctoris Praefatio. 14 Mayor dificultad plantea la división en capítulos, así como los títulos de los mismos, dificultad que ya fue puesta de relieve por A. Martínez Casado (art. cit., p. 272), pues el Padre Mariana como editor no sólo divide el texto en capítulos, sino que incluso les da título en latín a muchos. Estos títulos se refieren al contenido de los mismos y podrían ser útiles para que el lector se oriente por las informaciones que puede encontrar en la obra, pero en ocasiones rompen el hilo del discurso. 15 Sigue vigente el detallado estudio iconográfico sobre el crucifijo de P. THOBY, Le Crucifix, des Origines au Concile de Trente, 2 vols., Nantes, 1959, de donde tomo estos datos, véanse: pp. 123-126 (Caractères du Crucifix du XIIe siècle) y pp. 155-157 (Caractères du Crucifix du XIIIe siècle).
Emma Falque 22 LABORATORIO DE ARTE 23 (2011), pp. 19-32, ISSN 1130-5762 de los pies y número de clavos). Con respecto a esto último, hay que recordar que en el s. XII los pies que estaban en rotación externa, se aproximan y se hacen paralelos, especialmente en los crucifijos de bronce, madera y marfil, pues los miniaturistas conservan la rotación externa hasta el s. XIII. Por el contrario, en el s. XIII –dejando a un lado los cambios que también se producen en los restantes elementos—los pies de Cristo se cruzan, posición impuesta por el estrechamiento de la madera de la cruz ya que la superficie era demasiado angosta para albergar dos clavos de los pies en rotación externa y hacia final del siglo los pies se cruzarán sin rotación. Para demostrar su tesis alude don Lucas en primer lugar al Papa Inocencio III, a quien se refiere como “gran vicario de Dios, doctor de la Iglesia y perseguidor de herejes”, cualidad esta última muy digna de resaltar en un tratado antiherético y a quien cita como autoridad que avala la tesis de los cuatro clavos: Aquel gran vicario de Dios, doctor de la Iglesia y perseguidor de herejes, el Papa Inocencio III, asegura que fueron hundidos en el cuerpo del Señor precisamente cuatro clavos diciendo: “Fueron cuatro los clavos en la pasión del Señor –dice– con los que fueron traspasados las manos y los pies”. Y poco después: “Dos pies y dos manos, cuatro clavos debe utilizar el cristiano”. Pero si el recurso a la autoridad de este Papa es prueba decisiva y no deja resquicio alguno para la discusión (“¿qué hay más claro que esta autoridad? ¿qué hay más verdadero que estas palabras que salieron del trono de Dios, es decir, de la Iglesia Romana por medio de la sagrada voz del padre de todos, Inocencio?”, añade nuestro autor), no obstante, la figura central en este capítulo no es el Papa Inocencio III, sino San Francisco de Asís, que don Lucas incluye por la relación del santo y sus estigmas con la crucifixión, demostrando además que conocía ya la Vita beati Francisci de Tomás de Celano16, pues inserta párrafos de ella en este capítulo17. Si tenemos en cuenta que la redacción de la Vita beati Francisci suele fecharse en 1228/1230, tendríamos que Lucas de Tuy muy pronto conoció la obra de Celano y manejó una copia de ella, que quizás pudo conseguir durante la estancia en Italia de la que él mismo habla en De altera uita, pues nos cuenta el propio don Lucas que en Roma tuvo ocasión de recibir la bendición del Papa Gregorio IX el día de Jueves Santo (in festo coenae Dominicae)18. 16 Como es sabido, Tomás de Celano es el primer hagiógrafo de San Francisco y la Vita beati Francisci (Vita prima: 1228/30) es la primera de las obras que dedicó al santo de Asís, de la que hizo un epítome poco después, la Legenda ad usum chori (1230). A ambas siguieron más tarde el Memoriale in desiderio animae (Vita secunda: 1245/47) y un Tractatus de miraculis (1250/1253). De estas dos redacciones, conocidas como Vita prima y Vita secunda, la primera, escrita por encargo de Gregorio IX, es la utilizada para el tratado escrito por Lucas de Tuy. 17 Para la relación entre ambas obras, véase mi artículo: E. FALqUE, “Huellas franciscanas en De altera uita de Lucas de Tuy”, Archiuum Franciscanum Historicum, 103 (2010), pp. 239-250. 18 Esta reflexión, por supuesto, no excluye la posibilidad de que Lucas de Tuy hubiera podido tener acceso a la Vita beati Francisci más tarde en España, en algún convento franciscano o en otro lugar de tipo religioso, puesto que la obra de Celano fue la vida de San Francisco que probablemente
La iconografía de la crucifixión en un tratado escrito en latín en el s. XIII por Lucas de Tuy 23 LABORATORIO DE ARTE 23 (2011), pp. 19-32, ISSN 1130-5762 El Tudense interpreta las cuatro señales de los clavos en las manos y pies del santo como prueba de que efectivamente fueron cuatro los clavos en la crucifixión: “…como se encuentra en la sagrada Legenda del santo y asegura el piadoso testimonio de muchos religiosos, clérigos, laicos y seculares, que merecieron tocarlas con sus manos o contemplarlas con sus ojos terrenales hace cinco años, en las manos y pies de San Francisco aparecieron cuatro señales de los clavos, demostrando la victoria conseguida por el soldado de Cristo en la lucha contra el mundo y el seguimiento de su Rey, Jesucristo, con la señal de los cuatro clavos de la pasión del Señor”. A ello añade que él personalmente ha podido ver los cuatro clavos de la cruz conservados en distintas partes del mundo: “uno en el monasterio de los santos Dionisio, Rústico y Eleuterio19, en el reino de Francia, otro dejado por Constantino en la iglesia de Santa María de Nazareth en las regiones de ultramar, el tercero en Tarso de Cilicia y el cuarto en Constantinopla. Yo mismo he visto estos clavos en los lugares mencionados y los he venerado suplicante”. (De altera uita, II, 11). Este comentario que nos lleva al culto a las reliquias, tan característico y tan importante en la Edad Media, enlaza por otra parte con una cuestión que ya he puesto de relieve en otro lugar, que la obra de la que nos estamos ocupando, De altera uita, nos proporciona algunos datos de la biografía de Lucas, obispo de Tuy20. Por último, no puedo terminar la presentación de la traducción de este capítulo de De altera uita sin referirme a la obra de Francisco Pacheco, editada de forma magistral por Bonaventura Bassegoda i Hugas21, pues termina aquél precisamente con dos capítulos dedicados a esta cuestión: A favor de la pintura de los cuatro clavos con que fue crucificado Cristo nuestro Redentor (Cap. XV), y otro en el que se incluyen las aprobaciones, En que se refiere el sentimiento y aprobación destas dos cartas por hombres doctos que las censuraron (Cap. XVI). En el primero se reproducen dos escritos antiguos, una carta de Francisco de Rioja y la respuesta del propio Pacheco a tuvo mayor difusión en todas las provincias franciscanas. El Prof. Linehan considera que podría fecharse la estancia de don Lucas en Roma en la Semana Santa de 1230 o 1231, descartando otros años del pontificado de Gregorio IX (1227-1241), véase P. LINEHAN, “Dates and doubts about D. Lucas”, Cahiers de linguistique et de civilisation hispaniques médiévales 24 (2001) pp. 201-17; sobre las fechas de la estancia de don Lucas en Roma: pp. 202-4 [= Fechas y sospechas sobre Lucas de Tuy, en Anuario de Estudios Medievales 32 (2002) 19-38: 21-3]. 19 Es decir, Saint-Denis, cerca de París. 20 Le dediqué un apartado a este aspecto en la introducción de mi edición (2. De altera uita, fuente de información sobre don Lucas), LVCAS TVDENSIS, De altera uita, cura et studio E. FALqUE REY (CCCM 74A), Turnhout, 2009, pp. xi-xiv. Evidentemente, sabemos por este pasaje que Lucas de Tuy estuvo en los lugares, en los que se veneraban en aquella época los cuatro clavos. 21 F. PACHECO, Arte de la pintura, ed., introd. y notas de B. Bassegoda i Hugas, Madrid, Cátedra, 1990.
Emma Falque 24 LABORATORIO DE ARTE 23 (2011), pp. 19-32, ISSN 1130-5762 Rioja, fechadas en 1619 y 1620 respectivamente, en las que se ofrecen argumentos a favor de los cuatro clavos con gran aparato erudito, citas de diferentes autores, haciendo especial referencia al “libro de Angelo Rocca, publicado en 1609, que contiene uno de los alegatos más directos y completos a favor de los cuatro clavos”22; en el segundo se aportan siete Aprobaciones, que respaldan la propuesta iconográfica del Crucificado con cuatro clavos, presentadas –como bien señala Bonaventura Bassegoda i Hugas– por todas las fuerzas vivas de la Iglesia sevillana de aquel momento23. Entre los distintos autores a los que se refiere Francisco de Rioja en la carta que dirige a Francisco Pacheco, que van desde Plauto y San Cipriano, pasando por San Ambrosio y Gregorio de Tours, hasta el Papa Inocencio III y Nono Panopolitano, alude también al obispo Lucas de Tuy y al capítulo del tratado De altera uita (II, 11)24, del que inserta un párrafo recordando el relato que hace don Lucas de los estigmas de San Francisco de Asís para probar que fueron cuatro los clavos de Cristo, así como la referencia hecha, también en De altera uita (II, 9), a la cruz de los herejes con tres clavos25. Y más adelante, tras copiar otro párrafo del mismo tratado del Tudense26, dice: Todo este lugar he querido poner entero por la novedad que tiene y porque enseña que las imágenes de Cristo crucificado con tres clavos fueron error y malicia de los herejes albigenses. Y no parece que se confirma levemente lo que dice de ser tradición la pintura de las otras imágenes con lo que se puede hoy rastrear de la antigüedad, pues ninguna imagen vemos de las muy antiguas que no tengan cuatro clavos27… Francisco Pacheco en su respuesta añade algunos datos eruditos y trae también a colación el mismo tratado del Tudense y el pasaje dedicado a los pies y manos de San Francisco, citado además por el jesuita Juan de Pineda28. Más adelante, tras numerosos 22 Op. cit., p. 713. Carta de Don Francisco de Rioja a Francisco Pacheco en pp. 713-719 y Respuesta de Francisco Pacheco a Francisco de Rioja en pp. 720-734. 23 En primer lugar el canónigo de mayor jerarquía, don Manuel Sarmiento de Mendoza, y los más prestigiosos maestros y predicadores de las órdenes religiosas: un agustino, fray Luis Moreno; un jesuita, el padre Diego Meléndez; un mínimo, fray Francisco Freire; un mercedario, fray Fernando de Ribera; un dominico, fray Vicente Durango; y un franciscano, fray Damián Lugones. En opinión de Bonaventura Bassegoda i Hugas, con esta selección de autores Pacheco intenta vender una imagen de unanimidad. F. PACHECO, op. cit., p. 734. 24 Dándole el título con el que Mariana editó el texto por primera vez, Contra Albigenses. 25 El párrafo insertado por Francisco de Rioja corresponde a II, 11, 35-42, p. 128 y II, 11, 46-53, p. 129 de mi edición (CC CM, 74A). Como colofón de la cita añade: “Así dice esto Lucas Tudense, que también le parece que es tradición de los Padres antiguos el uso de los cuatro clavos en las imágenes. Y no sólo dice que es tradición, pero que las de tres clavos las introduxeron los herejes albigenses por burla, […]”. F. PACHECO, op. cit., p. 718. 26 De altera uita, II, 9, 130-163, p. 121 también de mi edición (CC CM, 74A). 27 F. PACHECO, op. cit., p. 718. 28 Este jesuita en uno de sus sermones recuerda un texto de San Buenaventura muy parecido al de Lucas de Tuy, semejanza que no debe sorprendernos ya que, como ya he señalado, una de las fuentes que utiliza el Tudense, es precisamente la Vita beati Francisci de Tomás de Celano (Vita
La iconografía de la crucifixión en un tratado escrito en latín en el s. XIII por Lucas de Tuy 25 LABORATORIO DE ARTE 23 (2011), pp. 19-32, ISSN 1130-5762 y eruditos ejemplos, vuelve a referirse a Lucas de Tuy, pues recuerda que la imagen de Cristo crucificado con tres clavos, “vemos que se comenzó a executar en el tiempo de Lucas Tudense y del bienaventurado San Francisco, que floreció por los años 1200 […] Y esta de cuatro clavos comenzó con la Iglesia y la executaron primero los discípulos de Cristo, teniendo fresca la memoria de su sagrada pasión, y presentes tantos testigos de vista”29. Por último, entre las Aprobaciones, la más extensa y la que se refiere, una y otra vez, a los estigmas de San Francisco es, lógicamente, la del franciscano fray Damián de Lugones, quien inserta también en latín una parte del capítulo II, 11 de De altera uita de Lucas de Tuy30. Todo ello nos demuestra que este texto escrito en el s. XIII por el obispo de Tuy ha sido objeto de atención en diversas ocasiones por parte de quienes se han ocupado de la iconografía de Cristo crucificado. Puesto que la obra del Tudense no ha sido traducida a ninguna lengua moderna, ofrezco la primera traducción de este capítulo, que puede interesar tanto a los medievalistas y a los estudiosos de la Historia del Arte, como a aquellos interesados en aspectos teológicos y doctrinales. Por mi parte, como latinista, me limito con esta traducción a facilitar la lectura de este texto medieval, interesante desde muchos puntos de vista y poco accesible hasta ahora. XI31 Contra los que dicen que sólo tres clavos fueron hundidos en las manos y pies del Salvador Puesto que hay discusión entre muchos sobre el número de clavos que fueron hundidos en el cuerpo del Señor, ya que algunos aseguran siguiendo sus propias ideas que sólo fueron tres clavos, por lo que muchos ignorantes se escandalizan, porque la tradición de los santos padres acostumbró a clavar cuatro en las imágenes de la cruz, para disipar el escrúpulo de la duda y reforzar las proclamas de la verdad deseamos en la medida de nuestra pequeñez alzar el trofeo de la gloriosísima pasión de nuestro Rey y difundir entre los fieles el conocimiento de este asunto. Aquel gran vicario de Dios, doctor de la Iglesia y perseguidor de herejes, el Papa Inocencio III32, asegura que fueron hundidos en el cuerpo del Señor precisamente cuatro prima), obra que, a su vez, conocería y utilizaría San Buenaventura más tarde, cf. E. FALqUE, art. cit., pp. 239-244. 29 F. PACHECO, op. cit., pp. 732-733. 30 Aprobación sétima de Fray Damián de Lugones, firmada en Sevilla en 1629. Incluye el texto desde O quam laudabilis… hasta lancea uulneratum, es decir, II, 11, 58-92, pp. 129-130 de mi edición (CC CM, 74A). F. PACHECO, op. cit., pp. 742-747. 31 La Dra. Pérez Vega ha tenido la amabilidad de leer esta traducción. Debo agradecerle sus correcciones y sugerencias. 32 No pasa tampoco desapercibida la autoridad del Papa Inocencio III a Francisco de Rioja, quien toma la referencia del texto del Tudense: “El sentimiento, pues, de Inocencio Papa III no se
Emma Falque 26 LABORATORIO DE ARTE 23 (2011), pp. 19-32, ISSN 1130-5762 clavos diciendo: “Fueron cuatro los clavos en la pasión del Señor –dice– con los que fueron traspasados las manos y los pies”. Y poco después: “Dos pies y dos manos, cuatro clavos debe utilizar el cristiano”. ¿qué hay más claro que esta autoridad? ¿qué hay más verdadero que estas palabras que salieron del trono de Dios, es decir, de la Iglesia Romana por medio de la sagrada voz del padre de todos, Inocencio? No hay razón por la que deba contradecir esto el católico, no hay motivo para que deba creer lo contrario el cristiano. Pues todas las cosas que son dichas por el Romano Pontífice ante el mundo han de ser observadas por los fieles como preceptos divinos. Todos deben creer en aquél, siempre que la autoridad manifiesta no se oponga a la Sagrada Escritura; cualquiera que temerariamente le contradice, es condenado como reo de blasfemia, porque se confirma que quien puso al Papa al frente de todos los hombres e incluso lo nombró juez de las almas eleva las palabras del Pontífice hasta el cielo; pues él es la llave y la regla de los fieles, por la que en esta vida se rigen los santos, para poder entrar en la corte celestial. Para apoyar el testimonio de la verdad expondremos especialmente el caso del beatísimo padre Francisco33, con cuya humildad y santísima sencillez Dios aplastó la soberbia y rechazó la ciencia en nuestros tiempos, el cual llevó en su propio cuerpo los estigmas de Jesucristo, para que resplandezca la verdad claramente y se eclipse la falsedad. Pues, como se encuentra en la sagrada Legenda del santo y asegura el piadoso testimonio de muchos religiosos, clérigos, laicos y seculares, que merecieron tocarlas con sus manos o contemplarlas con sus ojos terrenales hace cinco años, en las manos y pies de San Francisco aparecieron cuatro señales de los clavos, demostrando la victoria, conseguida por el soldado de Cristo en la lucha contra el mundo, y el seguimiento de su Rey, Jesucristo, con la señal de los cuatro clavos de la pasión del Señor. Efectivamente está escrito en la Legenda del santo que después de la beatífica visión de un serafín crucificado aparecieron en sus manos y pies las señales de los clavos, tal como poco antes había visto a aquel hombre crucificado que estaba en lo alto. Sus manos y sus pies estaban traspasados justo en el centro por los clavos, la parte superior de éstos aparecía en la parte interior de las manos y en la superior de los pies mientras que la punta de éstos estaba por la parte contraria. Aquellas señales eran redondas en el interior de las manos y en el exterior alargadas; aparecía algo de carne, como si fuera la parte superior de los clavos retorcida y golpeada, que sobresalía debe pasar en silencio, que en el sermón 1º de un mártir lo dice, expresamente: Fuerunt et claui quatuor quibus manus confixae sunt et pedes affixi sint. Y, más abaxo, dice: “En estos dos leños debe clavar el cristiano dos pies y dos manos con cuatro clavos”: In his duobus lignis duos pedes et duas manus quatuor clavis debet configere christianus. F. PACHECO, op. cit., p. 715. 33 Para demostrar la existencia de los cuatro clavos en la crucifixión de Cristo alude Lucas de Tuy a los estigmas de San Francisco de Asís e incluye en este capítulo algunos pasajes tomados de la Vita beati Francisci (Vita prima) de Tomás de Celano, obra escrita hacia 1228/1230, lo que demuestra –como ya he señalado más arriba– que el Tudense muy pronto conoció la obra de Celano y pudo manejar una copia de ella, pues hay que recordar que De altera uita podría fecharse hacia 1236.
La iconografía de la crucifixión en un tratado escrito en latín en el s. XIII por Lucas de Tuy 27 LABORATORIO DE ARTE 23 (2011), pp. 19-32, ISSN 1130-5762 sobre el resto. Así también se habían marcado las señales de los clavos en los pies y habían sobresalido del resto de la carne. Se muestra también terminada la señal de la pasión del Señor con perfección en el santísimo padre Francisco, cuando se dice lo siguiente: “El costado derecho, con una herida como si hubiera sido traspasado por una lanza, era el que a menudo chorreaba sangre, de tal manera que su túnica y sus calzas se manchaban muchas veces con la sagrada sangre”. Oh, cuán digno de alabanza este beatísimo santo, en el que tantos bienes celestiales abundaron, de manera que de la plenitud espiritual con la terrena sabiduría de un hombre casi simple e indocto todo el orbe se alegre de estar lleno de la abundancia de bienes espirituales, como con un desbordamiento de gran cantidad de agua. En todas partes brilla la verdad del Evangelio, la tierra se llena con la inundación de las santas Escrituras y desaparece la astucia de la falsedad. Como conviene y de hermosa manera es alabado por toda criatura aquel a quien el Creador honró en nuestros tiempos con tan gran excelencia; elevado por antonomasia por encima de otros santos con las señales de la pasión del que fue Dios y hombre, como el sol del mediodía, encendió los fríos corazones de los hombres con el calor de la fe. Mostró los signos de la pasión de Cristo con una fe que se percibe con los sentidos, para que los estigmas de la redención no se borraran de las mentes de los fieles con el paso del tiempo. Pues ya muchos retrocedían, pensando cosas contrarias a la verdad, dudaban muchos, que parecían incluso doctores, y como en sueños se convertían a las fábulas y a las novedades superfluas. Pero el Señor en su misericordia hizo surgir a los beatísimos Francisco y Domingo, fundador de la santísima Orden de predicadores, por medio de los cuales resplandeció la luz de la verdad para gran parte del mundo en medio de las tinieblas de los errores y de la ambigüedad, la clemencia del Redentor limpió las manchas de los pecados de los corazones de cada uno y cerró los tortuosos caminos de la falsedad. Ciertamente la mayor parte del mundo se dirigía hacia cosas falsas o dudosas. Unos, embrollados en diversos errores, sostenían con desvergüenza que Cristo no había sufrido en su verdadera carne, otros, sin el apoyo de ninguna autoridad, aseguraban que había sido colgado en la cruz sólo con tres clavos y que no había sido traspasado con la lanza el costado derecho, sino el izquierdo. Pero Dios omnipotente, quien eligió al débil del mundo para confundir al fuerte34, por medio de su siervo Francisco, un hombre casi iletrado, tras hacer visible su fe, de tal manera aplastó los falaces argumentos de aquéllos, que aunque de mala gana deben ceder ante la muy manifiesta verdad. Pero si alguien por casualidad se atreviera a decir que todas estas cosas fueron hechas en San Francisco de manera milagrosa y no a la manera de la pasión de Cristo, oiga lo que se lee de forma clara sobre su muerte: “Aparecía en él realmente la forma de la cruz y de la pasión del Cordero inmaculado, que lava los pecados del mundo, puesto que parecía descolgado recientemente de la cruz y tenía las manos y los pies traspasados por los clavos y el costado derecho atravesado por una lanza”. Y también allí mismo: “Era admirable ver en medio de sus manos y sus 34 I Cor. 1, 27.