Diacronía y diacronía del español (I)
Abstract
Este artículo interpreta las lenguas como complejidad dialectal y como un continuo en el que se producen discontinuidades, de donde se deducen las periodizaciones media y larga que se pueden distinguir en ellas. Algunas ilustraciones están referidas al idioma castellano de los primeros siglos.
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7 DIACRONÍA Y DIACRONÍA DEL ESPAÑOL (I) FRANCISCO ABAD UNED, España RESUMEN Este artículo interpreta las lenguas como complejidad dialectal y como un continuo en el que se producen discontinuidades, de donde se deducen las periodizaciones media y larga que se pueden distinguir en ellas. Algunas ilustraciones están referidas al idioma castellano de los primeros siglos. PALABRAS CLAVE Historia de la lengua; complejo dialectal; periodización lingüística. ABSTRACT This paper interprets languages as a dialectal complexity and as a continuous process in which discontinuities are produced, and from that we deduce that there are long and medium perioditations, which could be distinguished. Some pictures are related to the Castilian language from the fi rst centuries. KEY WORDS History of language; dialectal complex; linguistic perioditation. RESUME Cet article interprète les langues en tant que complexité dialectale et comme une ligne continue dans laquelle se produisent les discontinuités, et d’où l’on déduit des périodisations moyennes et longues qui peuvent s’y manifester. Certaines illustrations renvoient à la langue castillane des premiers siècles. MOTS-CLES Histoire de la langue; complexe dialectal; périodisation linguistique. CONTINUIDAD Y DISCONTINUIDADES EN LA LENGUA Tener en cuenta la evolución lingüística y lo dialectal supone hacerse cargo de un atributo del lenguaje: la lengua es continuidad, una tradición muy densa, en cuanto se halla arraigada y distribuida por toda la comunidad; sin embargo en tal continuidad se dan discontinuidades, y asistimos así a la variedad de tal historia y a sus rupturas parciales, las CAUCE, Revista de Filología y su Didáctica, nº 27, 2004 / págs. 7-26. Recibidio: Mar. 2003. Aceptado: Oct. 2003
8 fracturas de que debe hacerse cargo el estudioso y que dan lugar a la disciplina académica “Historia de la lengua”. Según decimos lo idiomático, al igual que todo lo histórico, consiste en una continuidad en la que se producen discontinuidades: constituye la tarea del estudioso la de analizar, discriminar y establecer ese entretejido de continuidades y rupturas. De ahí la importancia de la periodización, de una periodización que resulte desde luego adecuada a los hechos; según ha dicho alguna vez el hispanista francés Jean Vilar refi riéndose de manera general a las humanidades, la abundancia de la producción intelectual y su diversifi cación impresionante [...] obliga al investigador a la periodización cuidadosa y constante. Hay discontinuidades que se producen en los componentes del hablar común; así Amado Alonso, hacia el fi nal de su vida, llegó a la conclusión de que cabía referirse por ej. a la gran revolución fonética ocurrida en nuestra lengua entre 1560 y 1630, y a esta cronología se sumó Lapesa en las últimas ediciones de su Historia de la lengua española1. Tenemos por tanto una discontinuidad en la historia de la pronunciación castellana, como para lo gramatical se dio una discontinuidad desde hacia 1351 hasta hacia las décadas fi nales del Seiscientos. Otras discontinuidades se deben a la impronta de los grandes creadores de lengua en el idioma artístico: caso fácil de recordar es el de Góngora, quien dio lugar a una ruptura elocutiva que a su vez fue luego seguida por escritores con los que mantuvo incluso enemistad literaria. El hablar común más el registro literario suponen claramente quiebras y rupturas en la continuidad tradicional del idioma: la lengua es muy tradicional según argumentó con certeza Menéndez Pidal, pero lleva en ella misma motivos de ruptura y de discontinuidad. La lengua –según se ha dicho asimismo– es un conjunto de modos lingüísticos tradicionales y que por tanto se transmiten, aunque desde luego no siempre invariadamente. Debido a las quiebras en su tradicionalidad, la lengua se parte y periodiza de modo natural en épocas que en realidad hay que apreciar1 No deja de llamar la atención que se haya dicho por José Mondéjar –y sin precisiones aclaratorias– que la más profunda crisis de nuestra lengua ocurrió durante la primera mitad del siglo XVI (Mondéjar, 2002, p. 127): lo fónico parece que cambia con posterioridad, y lo gramatical ya venía cambiando desde antes. Por lo demás el afán de citar bibliografía y de poner al día esa bibliografía aparentemente no vista siempre, ha llevado en este libro a menciones a veces innecesarias o a otras formalmente equivocadas. FRANCISCO ABAD
9 las según una duración media, aunque en ella se dan asimismo largas duraciones (la multisecularidad en la propagación de los cambios que ilustraba don Ramón). Propiamente los idiomas no evolucionan (pues no constituyen realidades naturales), sino que se desarrollan: los objetos culturales –tal como ha recordado Coseriu– tienen desarrollo histórico (Coseriu, 1978, p. 181). LARGA Y MEDIA DURACIÓN La necesidad de las periodizaciones medias, atentas a la verdadera articulación de la historia empírica, quedó argumentada en el artículo de Menéndez Pidal “El lenguaje del siglo XVI”. Don Ramón propuso entonces algo que creemos en efecto necesario, y es la periodización que él llamaba corta de la diacronía idiomática: se trata de delimitar temporalmente espacios o porciones cuajadas por sí mismas, mejor que unidas por el caer de las centenas en el calendario (Menéndez Pidal, 1933, p. 9). Las fechas de las centurias no se corresponden de manera exactamente temporal con lo histórico, y además la realidad empírica no se corresponde tampoco con tan larga duración: los historiadores y fi lósofos suelen postular que la dimensión de cada momento del pasado es de unos treinta años; a algún historiador de relieve le tenemos oído en clase cómo cada treinta años o así cambia la vida. Según es sabido y por otra parte, Fernand Braudel ha meditado sobre las distintas dimensiones que tiene la duración en la historia, o sea, sobre las realidades cronológicas del pasado. Trayendo a lo idiomático algunas de sus sugerencias, puede decirse que se dan en la diacronía lingüística una historia de los acontecimientos (por ej., la difusión de los poemas gongorinos mayores, o incluso la instantánea que nos presenta un atlas lingüístico); una realidad y una historia del pasado según secciones de decenas de años (las épocas de hacia un tercio de siglo); y se dan en fi n las tendencias seculares o largas duraciones (tal como –según queda dicho– analizó e ilustró Menéndez Pidal en sus Orígenes del español a propósito de la duración en la propagación de los cambios). Hay hechos idiomáticos que aun siendo coyunturales perduran luego, por ej. la innovación léxica de la palabra golfo ‘sinvergüenza’ hacia fi nes del Ochocientos; otra realidad cronológica del pasado es la de las duraciones medias, y a esta duración de varios decenios responden –es lo que proponemos– las épocas del pasado de la lengua. La dimensión multisecular fue la argumentada por don Ramón. DIACRONÍA Y DIACRONÍA DEL ESPAÑOL (I)
10 Subrayaba Braudel además que la Historia es la suma de todas las historias posibles, y cómo esa ciencia histórica está abocada, por naturaleza, a prestar una atención privilegiada a la duración, a todos los movimientos en los que ésta puede descomponerse (Braudel, 1968); creemos conforme a esto que la Historia de la lengua ha de constar de delimitaciones lo más adecuadas posible respecto de las dimensiones cronológicas del pasado, y que debe como tal Historia integrar las Historias respectivas de la larga, la media y la corta duración. La diacronía idiomática deberá hacerse cargo de los diferentes movimientos que caracterizan a cada duración, y conjugarlos armónicamente en sus explicaciones2. En todo caso y volviendo al planteamiento pidalino de 1933, no cabe distinguir solo la centuria, el siglo, sino que el buen positivismo analítico ha de discriminar tramos menores en los cien años que tanto se emplean al tratar de la historia general (en la que solemos hablar del siglo XIII, o del XIX, etc.); la Historia –la historiografía– acostumbra a decir (tal como queda apuntado) que en unos treinta años cambia la faz de las cosas, y por ello creemos que la periodización diacrónico-lingüística ha de responder asimismo a esta medida natural de hacia un tercio de siglo. Por supuesto hay evoluciones idiomáticas cuya difusión se prolonga por mucho tiempo, pero lo que ocurre es que ocupan varios períodos sucesivos, no que en la lengua no haya sino períodos evolutivos de larga duración. Largas duraciones y duraciones cortas o medias, de unos treinta años, se conjugan en el transcurrir idiomático, y así deben quedar establecidas. Efectivamente la Historiografía y la Sociología estiman que en el entorno de unos treinta años la vida histórica se renueva, cambia el cariz de la vida –según la expresión literal de Ortega y Gasset–, y nosotros creemos que resulta posible y necesario asimismo establecer períodos de más o menos un tercio de siglo en la diacronía del idioma patrimonial español. Para el caso de la lengua hemos visto cómo Menéndez Pidal habla de porciones cuajadas por sí mismas, es decir, de períodos internamente trabados y caracterizados, y respecto de cada uno de ellos añadía además: en cada período actúan muchas generaciones conviventes, [...] 2 Sin duda las propuestas braudelianas no deben quedar inadvertidas, y merecen atenderse más. FRANCISCO ABAD
11 y [...] debemos atender a la convivencia de varias y a la resultante de las corrientes que promueven, siempre sometidas a la inducción de las unas por las otras (Menéndez Pidal, 1933, p. 10). Sucede pues en defi - nitiva que la lengua se halla diversifi cada, que según la estratifi cación social, las edades, etc., se escinde y dialectaliza interiormente, y esta escisión puede dar lugar a un cambio idiomático que se generalice y cobre vigencia en toda la comunidad hablante; el buen análisis será el que periodice la historia idiomática, y establezca en cada época la realidad empírica más rica posible que presente el hablar tanto común como literario. Que además del idioma común en la diacronía idiomática han de tenerse presentes los autores y estilos literarios lo observó Guillermo Díaz-Plaja en un pequeño volumen en el que postulaba la necesidad de una historia de la lengua en función directa de la historia de la literatura. [...] Importa agrupar –continuaba– el estudio de la evolución lingüística junto a la evolución literaria y precisamente como una parte de la misma. [...] Importa mucho completar los campos de la fi lología, tradicionalmente orientados a la lengua medieval, con el estudio de las etapas de la lengua moderna y contemporánea (Díaz Plaja, 1963, pp. 45-47). El crítico catalán mantenía que la historia literaria informa la historia lingüística, deja su impronta en ella y en parte la ordena, y así es en efecto; los grandes creadores de estilo inciden en la fi sonomía del idioma, crean “series” idiomáticas tras ellos. No obstante no puede reducirse lo diacrónico idiomático a lo literario, según parece manifestar nuestro autor: lo lingüístico posee antes de su acuñación artística –que no es sino un segundo cifrado– una realidad que se distingue por su propia cronología particular, e. gr., el aludido reajuste gramatical de unos tres siglos que se inicia en la segunda mitad del Trescientos. Además Díaz-Plaja pide que no se atienda sobre todo a la lengua medieval: ciertamente es acaso la más estudiada; el idioma general desde la época de los novadores en 1680 se halla falto de un panorama bien articulado de conjunto. Por supuesto el deseo de que los análisis que hace la Historia de la lengua se prolonguen desde mitad del siglo XVII hasta nuestros días no signifi ca ignorar algo que el propio idioma castellano presenta por sí mismo: una vez constituida la lengua medieval, la lengua moderna se origina en buena parte de mitad del siglo XIV a mitad del XVII –según hemos apuntado ya–, y por tanto el centro de gravedad empírico de la Historia idiomática del castellano se halla en las centurias que van desde los llamados orígenes próximos de la lengua hasta tal mitad del Seiscientos. DIACRONÍA Y DIACRONÍA DEL ESPAÑOL (I)
12 Volviendo otra vez al artículo de don Ramón acerca de la lengua del Quinientos, en defi nitiva cabe decir de él que señala un momento nuevo en la manera de hacer Historia de la lengua, y su propuesta de una periodización media (o también llamada “corta”) de la diacronía la tenemos por defi nitiva; por nuestra parte creemos que tal periodización ha de distinguir cada vez en torno a un tercio de siglo, de acuerdo así con la periodización general de los asuntos humanos. Periodización media del idioma medieval –aunque no la creamos siempre adecuada– es la que se hace en la Crestomatía... del propio Menéndez Pidal y sus discípulos. En realidad para esta periodización según etapas de unos treinta años contamos con un criterio a partir del siglo XVIII español: el de las sucesivas acciones reformadoras y normativas que suponen la Ortografía, la Gramática y el Diccionario de la Academia. Desde 1726 (fecha del primer tomo de Autoridades), las publicaciones académicas signifi - can sendas incidencias en la marcha del idioma, en cuanto proponen modelos normativos de ortografía, de gramática y de vocabulario. Así la periodización de la lengua habrá de ajustarse desde 1713/1726 a la acción de la Real Academia Española, según decimos3. Por otra parte es costumbre subrayar cómo la historia lingüística debe atender conjugada e integradamente a lo interno al sistema y a lo externo, y debe medir su alcance respectivo. En efecto la historiografía general ha insistido desde hace tiempo en que toda Historia debe ser integral: por poner un solo testimonio recordemos a Luis Suárez proclamar a primeros de los años sesenta que al mismo tiempo que una pintura o una música románticas, hay una política romántica [...], porque el espíritu del hombre se desenvuelve en unidad (Luis Suárez Fernández, 1963, p. 73). Juan Reglá o José María Jover para lo histórico en general, don Ramón Menéndez Pidal, Coseriu y Lapesa para la historia idiomática, ..., han insistido en el carácter integrador de hechos pertinentes que deben presentar las historias sectoriales; en nuestro caso cada parcela del pasado a la que atendamos debe quedar enfocada según sus circunstancias generales, según la producción literaria del momento, etc. Por ej. 1616 (fi n del periodo cervantino)-1644 (fecha de la última obra de Quevedo) es la época de nuestra lengua en que culmina y se generaliza el reajuste 3 La trayectoria de la Academia ofrece etapas de gran laboriosidad o relieve de sus miembros, y otras mucho más desmayadas. La desigualdad de mérito entre unos y otros académicos resulta en ocasiones muy notoria, más allá de las apariencias. FRANCISCO ABAD
13 consonántico que da lugar a la pronunciación moderna, pero es asimismo la época de la polémica de las Soledades, la época del segundo Lope y del primer y más relevante Calderón, y así sucesivamente. COMPLEJIDAD DIACRÓNICA Y DIALECTAL DE LAS SITUACIONES LINGÜÍSTICAS La realidad idiomática en cualquier momento dado es la de la complejidad interior, la de la dialectalización interna. Este hecho no se le escapó a Saussure, quien en el cap. I de la Segunda Parte de su Curso... manifestaba a la letra: Un estado absoluto se defi ne por la ausencia de cambios, y como a pesar de todo la lengua se transforma por poco que sea, estudiar un estado de lengua viene a ser prácticamente desdeñar los cambios poco importantes [...] La noción de estado de lengua no puede ser más que aproximada. Los estados lingüísticos –viene a reconocer el maestro de Ginebra– no son absolutos, siempre hay variación en ellos, diversifi cación geográfi ca, social o temporal; hablar de un estado de lo idiomático –según decía asimismo seguidamente– supone una simplifi cación convencional de los datos. No hay pues estados absolutos de la lengua, que por su propia naturaleza lleva en sí diversifi caciones que responden a su implantación histórico-geográfi ca, social y cultural. Las épocas que delimitemos en la trayectoria de un idioma deben ser tenidas en tanto épocas en que la lengua presenta tradiciones e innovaciones, continuidades y rupturas: la moderna Sociolingüística se hace cargo así de la inestabilidad que presentan los códigos idiomáticos a que responden los hablantes encuestados. El gran Amado Alonso –fi lólogo completo cual casi ningún otro ha habido entre nosotros, pese a la interrupción temprana de su obra por la muerte–, glosaba según es bien sabido algunos planteamientos saussureanos en el Prólogo que puso al Curso de lingüística general; Amado sabía que las innovaciones idiomáticas se derivan directamente de la libertad expresiva (por acción o por dejación trivial) de algunos hablantes que luego tienen fortuna y ven aceptadas sus novedades, y en este sentido proclamaba: Si todo cambio se origina en un hablante individual y se cumple mediante su adopción por la colectividad hablante ¿cómo podrán los cambios ser ciegos, inconscientes e involuntarios, qué sino la voluntad expresiva, qué sino la conciencia idiomática, quién sino el espíritu –con iniciativa ejemplar o por abandono– los ha podido iniciar, empujar y cumplir?. DIACRONÍA Y DIACRONÍA DEL ESPAÑOL (I)
14 En realidad Amado Alonso reaccionaba en estas palabras contra el positivismo, y de ahí su proclama en favor de la acción consciente o inconsciente del hablante, de su esfuerzo o abandono expresivos que se hallan en el origen de las diferenciaciones y los cambios idiomáticos. Pero de lo que se trata en último término es de que toda situación lingüística es compleja e inestable, de que en cada época del idioma pueden cumplirse defi nitivamente cambios generales, o iniciarse otros, o manifestarse innovaciones elocutivas de los literatos que son grandes creadores de lengua, etc. Lo espiritual, la voluntad, etc., de los hablantes se halla en el origen de los cambios idiomáticos, y no ninguna tendencia inexorable y ciega; la complejidad de las situaciones idiomáticas deriva en defi nitiva de la intervención de los hablantes. La diacronía de la lengua ha de hallarse atenta a lo histórico, estético y sociocultural de cada momento que distinga en el pasado; en cada uno de esos momentos respectivos pueden surgir las tradiciones que acabarán por estandarizarse en tanto hechos de sistema y de “lengua”4. Cabe ilustrar cómo de su parte y a casi a los noventa años, Menéndez Pidal insistió en antiguas ideas suyas que postulaban el papel de lo individual en la innovación lingüística. Hay un párrafo precioso que debemos traer a colación: dice el maestro que la constitución y evolución del lenguaje no es acto extraño a la voluntad e inteligencia del individuo; el más pequeño cambio evolutivo del lenguaje procede siempre de la voluntad consciente o semiconsciente de un individuo innovador, de la inteligencia acertada o errónea, de la sensibilidad o imaginación de un individuo [...]. Pero sucede que todas o casi todas las innovaciones que cada hablante introduce se extinguen rechazadas por la mayoría que acata el patrón del lenguaje [...] y así la lengua común [...] tiende a permanecer invariable en su esencia, siendo sus mudanzas pocas, leves y lentas (Menéndez Pidal, 1957, p. 366). El origen de las innovaciones idiomáticas resulta así que siempre es individual, y la Historia lingüística debe referirse a estas innovaciones en la medida en que a veces puedan fi liarse (en la lengua literaria) o 4 Eugenio Coseriu, tras advertir del hecho bien sabido de que un cambio idiomático se cumple por la difusión o generalización de una innovación, escribe con feliz acierto que el cambio lingüístico no es sino la manifestación de la creatividad del lenguaje en la historia de las lenguas. Por ello estudiar los cambios no signifi ca estudiar «alteraciones» o «desviaciones» [...], sino al contrario, estudiar el consolidarse de tradiciones lingüísticas (Coseriu, 1978, p. 108). FRANCISCO ABAD
15 puedan detectarse su origen o primeros testimonios por lo que se refi ere al hablar común. Esta heterogeneidad y complejidad de las situaciones idiomáticas reales ha sido aprehendida por algunos autores con el concepto de “diasistema” u otras fórmulas análogas. Coseriu por ej. subrayó con brillantez cómo una lengua histórica puede abarcar no sólo varias normas sino también varios sistemas. [...] El «español» es por lo tanto un «archisistema» dentro del cual quedan comprendidos varios sistemas funcionales (Coseriu, 1978, p. 56); de manera muy gráfi ca, este mismo autor razonó que la aparente falta de cumplimiento de una ley fonética no quiere decir muchas veces sino que en un idioma se da una mezcla de maneras de hablar alguna de las cuales puede no tener tal ley fonética: es la concepción sobre la que insistió en particular García de Diego5. Esta heterogeneidad de los estados llamados sincrónicos de lengua es desde luego la que en defi nitiva permite mantener que la historia de la lengua no se halla en contradicción con la sincronía (Coseriu, 1978, p. 281). SOCIOLINGÜÍSTICA Y SITUACIONES IDIOMÁTICAS En la época de 1939-1973 en la historia del castellano la implantación de los estudios sociolingüísticos nos permite poder atender a la dialectalización sociocultural de las subcomunidades hablantes. Un informe de Manuel Alvar en el que se refería al ALEA entonces en marcha indicaba que en efecto se había podido observar en diferentes casos la diferencia articulatoria entre gentes de sexo distinto, y sobre todo el arcaísmo femenino en ciertas zonas (Alvar, 1960, p. 55); además en tal Atlas –decía el autor– hemos interrogado cuando menos a dos personas universitarias (hombre y mujer) y a otras dos (también de sexo distinto) de barrios diferentes. [...] De este modo creo haber mostrado [...] algunos hechos de sociología lingüística (Alvar, 1960, p. 56). Como decimos se trata de poder apreciar –y con cuantos procedimientos tengamos a nuestro alcance– las complejidades que presentan 5 Escribe literalmente y al propósito Coseriu: Las palabras que no obedecen a tal o cual «ley fonética» proceden de hablares en los que los cambios correspondientes no ocurrían. En otros términos, esas «excepciones» aparecen como tales sólo si se pretende considerar la lengua como una sola tradición homogénea, pero se vuelven formas «regulares» si se tiene en cuenta que una lengua histórica es resultado de la interacción entre varias tradiciones lingüísticas (Coseriu, 1978, p. 103). DIACRONÍA Y DIACRONÍA DEL ESPAÑOL (I)
22 pre desafortunada, a lo menos en la parte de vocabulario (Menéndez Pelayo, 1944, p. 343). Nuestro autor percibe con agudeza que se da en efecto en el Cuatrocientos una experimentación con el léxico y la lengua artística, y en particular en la búsqueda del ritmo de la prosa; desde luego se trató de un ritmo logrado a su vez con otros procedimientos en el siglo siguiente. Tenemos pues la oposición en el transcurrir de la serie lingüísticoliteraria castellana, de poéticas diferentes en lo que se refi ere a la prosa: la del Cuatrocientos se opone a la del Doscientos y Tescientos, y la del Quinientos a la del Cuatrocientos. Menéndez Pelayo vio bien cómo los autores del siglo XV intentaban el logro de un ritmo prosístico mediante una retórica latinizante12. Los nuevos rumbos idiomáticos de hacia comienzos de la Edad Moderna fueron advertidos además con perspicacia por don Marcelino. Respecto al verso él decía que una revolución total en las formas de la poesía lírica no es materia de poca consideración en la historia literaria de un pueblo, y avaloraba al efecto el mérito como precursor de Juan Boscán (Menéndez Pelayo, 1945, p. 69): en efecto se trató de una revolución total, es decir, de la ruptura de un paradigma métrico (y asimismo de contenidos) y de su sustitución por otro. La lengua ya moderna de la lírica castellana es la de la revolución llevada a su mejor grado por Garcilaso. También en la prosa avaloraba don Marcelino el papel de Boscán, y estampa entonces palabras así, en referencia a la traducción de “El Cortesano”: Por este solo libro merece ser contado Boscán entre los grandes artífi ces innovadores de la prosa castellana en tiempo de Carlos V. Todo lo anterior, excepto la “Celestina”, parece arcaico y está adherido aún al tronco de la Edad Media: [...] todo lo que se escribió en tiempo de los Reyes Católicos lo patentiza [...] Sólo en tiempo del Emperador comienzan a aparecer prosistas de carácter enteramente moderno [...] “El Cortesano”, prescindiendo de su origen, es el mejor libro en prosa escrito en España durante el reinado de Carlos V (Menéndez Pelayo, 1945, pp. 101-102). 12 Críticos de nuestros días recuerdan cómo la poesía castellana del Cuatrocientos posee vigencia desde pasado 1400 hasta transcurrido un centenar largo de años, y que por otra parte así como el verso de arte mayor desplaza al alejandrino, en el XVI Castillejo y otros autores se guardarán muy mucho de utilizar la copla de arte mayor y menos todavía [...] su extraña lengua poética (Blecua, 1975). Escribir artísticamente es siempre un “escribir contra”. FRANCISCO ABAD
23 Prosistas de carácter moderno –además de Boscán– estimaba Menéndez Pelayo que eran Villalobos, Guevara, Hernán Pérez de Oliva, ...; cabe así ciertamente tener a la época de 1519-1554 como una en verdad innovadora en la lengua artística castellana, y como vemos no sólo en el verso sino por igual en la prosa. NO HUBO UN “ESPAÑOL PRECLÁSICO” Rafael Lapesa –y luego la práctica totalidad de sus alumnos con él– habla en la Historia de la lengua española de “el español clásico” o “español del Siglo de Oro”, y asimismo dedica un epígrafe a “el español preclásico (1474-1525)”, el inmediatamente anterior a que Garcilaso se ponga a escribir y que coincide más o menos con el reinado de los Reyes Católicos. No obstante creemos más adecuado que estas denominaciones se sustituyan por otras designaciones nudamente cronológicas que por ej. aludan al siglo XIV, al XV, al XVI, al XVII, al XIX, etc., pues la lengua considerada en atención al idioma general común no es clásica nunca: sólo lo es el lenguaje artístico; los hablantes no son unos preclásicos, otros clásicos, otros neoclásicos, otros vanguardistas en la elocución, ... La presente idea fue apuntada por Amado Alonso en un escrito suyo último al menos, y no debe pasar inadvertida; alude el maestro navarro a la confusión entre “lengua” y “lengua literaria” y entonces expresa: Lengua clásica es solamente la de las obras literarias que tengamos por clásicas la cual, como todo lenguaje literario, es especial, una elevación del idioma por elaboración artística. El idioma hablado por la gente, por los aguadores y los obispos, por los oidores y los soldados, por los catedráticos y los bedeles, no es ni puede ser nunca clásico, y por lo tanto nunca puede ser anteclásico o posclásico (Amado Alonso, 1967, p. 10). Hablemos por tanto –proponemos– del español del siglo XVII o del Seiscientos, etc.; de hecho ya don Ramón se refería a los “siglos de oro” en plural, es decir, que delimitaba con buen y escrupuloso positivismo analítico una centuria de la otra. Análogamente cabría decir que los hablantes comunes del XVI y del XVII no son de “oro”, o los de 1902 de “plata”: la trayectoria del idioma general es la de un continuo (con discontinuidades) en el que unos períodos no son más áureos que otros; cosa distinta es desde luego el registro artístico. Cabe asimismo decir que la alusión al “siglo de oro” lleva en sí connotaciones de una historiografía desfasada y a veces incluso un tanto DIACRONÍA Y DIACRONÍA DEL ESPAÑOL (I)
24 patriotera; nada mejor –nos parece– que llamar “siglo XVII” a esa centuria, y no edad de oro, edad confl ictiva, etc. El pasado se compone de estructuras de lo histórico (como bien vieron Braudel o entre nosotros José Antonio Maravall), y el análisis ha de hacerse de tales estructuras, y sin estimaciones adheridas y quizá inadecuadas. En el contexto del párrafo que hemos citado del lingüista navarro se inclina él además por considerar clásico el tiempo que arranca de hacia 1474 y va hasta hacia 1600, mejor que el siglo XVII (clásico en cuanto a los autores literarios y su elocución, claro); estamos en el Quinientos ante un idioma artístico cercano –advierte Amado– a nuestro sentimiento lingüístico: Con el idioma español que hablaban los súbditos de los Reyes Católicos, un Jorge Manrique compone sus Coplas a la muerte de su padre, hoy mismo milagro de lozanía idiomática. [...] El idioma de Guevara y de Garcilaso resulta más cercano a nuestro actual sentimiento lingüístico que el de Calderón, Quevedo y Góngora en el siglo siguiente. Los españoles hicieron después otras formas de estilo, pero otras formas no implican necesariamente formas mejores [...] Cambiar no es necesariamente mejorar ni empeorar (Amado Alonso, 1967, p. 9)13. Nuestro autor se manifi esta en el conjunto de su página con términos más bien impresionistas (“lozanía”, “tersura”) que técnicos, pero de todas formas proclama la que cree más alta vigencia en cuanto “clásicos” de los autores del XVI que la de los del XVII, lo que sin duda es una traza de parte de la escuela pidalina y del propio don Ramón: la llamada escuela de Madrid. En particular y al referirse al obispo Guevara encuentra Amado transparencia y artifi ciosidad, es decir, claridad de contenido y elocución muy elaborada: basta en efecto leer el Relox de príncipes para percibir el paralelismo constructivo, la articulación de la prosa según bimembraciones (lo que con diligencia se busca, con trabajo se alcança; y lo que con trabajo se alcança, con amor se possee; y lo que con amor se possee, con dolor se pierde), los retruécanos (mayores o menores, menores o mayores; no se puede llamar príncipe el que no tiene república, y no se puede llamar república la que no tiene príncipe), etc. (GUEVARA, en Blanco, ed., 1994). 13 En relación a la serie castellana, Amado apostilla asimismo que las formas no se han acabado de fi jar hasta que ha habido un organismo fi jador: la Academia, y una poderosa organización que imponga las fi jaciones: la enseñanza pública (Amado Alonso, 1967, p. 9). FRANCISCO ABAD
25 PALABRAS FINALES La lengua común resulta ser un producto con un alto grado de tradicionalidad, y así permanece en buena medida incambiada; los cambios no obstante surgen siempre en una determinada época que podemos distinguir, surgen en un hablante y una sincronía, y en cierta medida cabe detectarlos en su origen, al menos en el cuándo en el que empiezan a aparecer testimoniados. En el registro artístico las innovaciones son más fácil y directamente identifi cables, y su trayectoria se puede seguir: basta con tener en cuenta la sucesiva acumulación de testimonios o textos literarios. Con la dialectología y la sociolingüística ha podido trazarse mucho mejor asimismo la identidad idiomática de las épocas más recientes en la historia del español: 1902-1939, 1939-1973, 1973200?. Lengua es sincronía –por supuesto–, pero asimismo es siempre diacronía y diferenciación diatópica y sociolingüística. REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS ALONSO, Amado (1967), Estudios lingüísticos. Temas hispanoamericanos, tercera ed., Madrid, Gredos. ALVARA, Manuel (1960), Los nuevos atlas lingüísticos de la Romania, Granada, Universidad. ALVAR, Manuel (1968), Estudios canarios. I, Las Palmas, Cabildo Insular. ALVAR, Manuel (1972), Niveles socio-culturales en el habla de Las Palmas de Gran Canaria, Las Palmas, Cabildo Insular. BANNIARD, Michel (1992), Viva Voce, Paris, Institut des Études Augustiniennes. BLECUA, Alberto (1975), La poesía del siglo XV, Madrid, La Muralla. BRAUDEL, Fernand (1968), “La larga duración”, en La historia y las ciencias sociales, Madrid, Alianza. CARO BAROJA, Julio (1984), Paisajes y ciudades, Madrid, Taurus. COMPANY COMPANY, Concepción (1991 [pero 1992]), La frase sustantiva en el español medieval. México, UNAM. COSERIU, Eugenio (1978), Sincronía, diacronía e historia, Madrid, Gredos. DÍAZ Y DÍAZ, Manuel C[ecilio] (1998), “La transición del latín al romance en perspectiva hispana”, en HERMAN, J., ed., La transizione dal latino alle lingue romanze, Tübingen, Max Niemeyer, pp. 155-172. DÍAZ PLAJA, Guillermo (1963), El estudio de la literatura (Los métodos históricos), Barcelona, Sayma. ECHENIQUE, Mª TeresA-MARTÍNEZ ALCALDE, Mª José (2000), Diacronía y gramática histórica de la lengua española, Valencia, Tirant Lo Blanch. DIACRONÍA Y DIACRONÍA DEL ESPAÑOL (I)
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