OPHIUSSA. Revista do Centro de Arqueologia da Universidade de Lisboa ISSN 1645-653X / E-ISSN 2184-173X Publicação anual Volume 2 – 2018 Direcção e Coordenação Editorial: Ana Catarina Sousa Elisa Sousa Conselho Científico: André Teixeira (Universidade Nova de Lisboa) Carlos Fabião (Universidade de Lisboa) Catarina Viegas (Universidade de Lisboa) Gloria Mora (Universidad Autónoma de Madrid) Grégor Marchand (Centre National de la Recherche Scientifique) João Pedro Bernardes (Universidade do Algarve) José Remesal (Universidade de Barcelona) Leonor Rocha (Universidade de Évora) Manuela Martins (Universidade do Minho) Maria Barroso Gonçalves (Instituto Superior de Ciências do Trabalho e da Empresa) Mariana Diniz (Universidade de Lisboa) Raquel Vilaça (Universidade de Coimbra) Xavier Terradas Battle (Consejo Superior de Investigaciones Científicas) Secretariado: André Pereira Capa: André Pereira sobre vaso cerâmico de Camposoto (desenho de António Sáez Romero / Joan Ramon Torres). Paginação: Elisa Sousa Impressão: Europress Data de impressão: Dezembro de 2018 Edição impressa (preto e branco): 300 exemplares Edição digital (a cores): www.ophiussa.letras.ulisboa.pt ISSN: 1645-653X / E-ISSN 2184-173X Depósito legal: 190404/03 Copyright © 2018, os autores Edição: UNIARQ – Centro de Arqueologia da Universidade de Lisboa, Faculdade de Letras de Lisboa, 1600-214 – Lisboa. www.uniarq.net - www.ophiussa.letras.ulisboa.pt -
[email protected] Revista fundada por Victor S. Gonçalves (1996). O cumprimento do acordo ortográfico de 1990 foi opção de cada autor. Esta publicação é financiada por fundos nacionais através da FCT - Fundação para a Ciência e a Tecnologia, I.P., no âmbito do projecto UID/ARQ/00698/2013.
Presentamos dos enterramientos de cremación inéditos correspondientes a la fase más antigua de la necrópolis de la Cruz del Negro (Carmona, Sevilla), procedentes de las excavaciones llevadas a cabo a inicios de los años noventa. La excepcionalidad de estos dos enterramientos responde no tanto a las peculiaridades de su ajuar, en relativa sintonía con otros contextos coetáneos exhumados en la misma necrópolis y en otros yacimientos del valle del Guadalquivir, como, sobre todo, a la procedencia y función de los contenedores cinerarios. Se trata de dos ánforas de origen sirio-palestino de pequeño formato y destinadas al transporte de aceite o más probablemente de vino. La primera corresponde al tipo 2 de Sagona, cuya distribución en el Mediterráneo Occidental se generaliza a partir de mediados del siglo VIII, mientras que la segunda podría adscribirse al tipo 282283 de Cintas, con una cronología de finales del siglo VIII o inicios del VII a.C. Aunque constituyen dos formas muy habituales en el Mediterráneo Oriental (especialmente en la costa siria-palestina y Chipre), su presencia en la Península Ibérica puede considerarse minoritaria, siendo excepcionales las ocasiones en las que, como ocurre en este caso, los ejemplares aparecen completos y bien conservados. El hecho de que ambas tuvieran un uso secundario como urnas cinerarias –una de ellas conserva incluso huellas de haber sido reparada– nos permitirá reflexionar sobre el papel de su contenido original en el ritual funerario. Palabras clabe: Tarteso; periodo orientalizante; necrópolis; ánforas fenicias; Carmona; Cruz del Negro. 1 - Departamento de Prehistoria y Arqueología, Facultad de Geografía e Historia, Universidad de Sevilla. [email protected] 2 - Departamento de Prehistoria y Arqueología, Facultad de Geografía e Historia, Universidad de Sevilla.
[email protected] 3 - Departamento de Prehistoria y Arqueología, Facultad de Geografía e Historia, Universidad de Sevilla. Grupo Historiografía y Patrimonio Andaluz, HUM-4.
[email protected] 4 - Departamento de Prehistoria y Arqueología, Facultad de Geografía e Historia, Universidad de Sevilla. Grupo Religio Antiqua, HUM-650. [email protected] FRANCISCO JOSÉ GARCÍA FERNÁNDEZ1 FERNANDO AMORES CARREDANO2 ROCÍO IZQUIERDO DE MONTES3 ANA MARÍA JIMÉNEZ FLORES4 RESUMEN ABSTRACT OPHIUSSA DOS ENTERRAMIENTOS SINGULARES DE LA NECRÓPOLIS DE LA CRUZ DEL NEGRO (CARMONA, SEVILLA) TWO EXCEPTIONAL BURIALS IN THE NECROPOLIS CRUZ DEL NEGRO (CARMONA, SEVILLE) The current article presents two cremation burials dated to the earliest phase of the necropolis of Cruz del Negro (Carmona, Seville), which was excavated in the 1990s. These two burials are exceptional, not so much because of the characteristic of the burial offerings, which are similar to other coeval tombs in the same necropolis and other cemeteries in the Guadalquivir Valley, but because of the provenance and function of the ash urns: two small amphorae of Syrian-Palestine origin, originally used for the storage of oil or, more likely, wine. One corresponds to the Sagona 2 type, which becomes widespread in the Western Mediterranean in the mid-7th century, and the second could be identified as a Cintas 282-283 type, dated to the late 8th or the early 7th centuries. Although both shapes are easily found in the Eastern Mediterranean (especially in the Syrian coast), they are rather uncommon in the Iberian Peninsula, especially when it comes to whole, well-preserved specimens, such as the ones found in Cruz del Negro. The fact that both were used as ash urns – one of them shows marks of repair – also raises questions about the use of their original content in the funerary ritual. Keywords: Tartessos; orientalizing period; necropolis; phoenician jars; Carmona; Cruz del Negro. VOLUME 2, 2018, PÁGINAS 75-100. SUBMETIDO A 28.02.2018. ACEITE A 18.06.2018.
DOS ENTERRAMIENTOS SINGULARES DE LA NECRÓPOLIS DE LA CRUZ DEL NEGRO * FRANCISCO JOSÉ GARCÍA FERNÁNDEZ ET AL. OPHIUSSA, 2 (2018) 76 1. INTRODUCCIÓN La necrópolis de la Cruz del Negro se sitúa en una suave loma a tan solo 1 km al noroeste del núcleo urbano de Carmona (Sevilla), junto a las vías que conducen a las vecinas localidades de Lora del Río y Guadajoz, y muy próxima a las necrópolis tumulares de Alcantarilla y Cañada de las Cabras. Desde que G. Bonsor realizara las primeras excavaciones sistemáticas, entre 1897 y 1905, este yacimiento se ha convertido en un referente para el estudio del mundo funerario en el ámbito de la llamada cultura orientalizante tartésica. Aunque Bonsor en un principio interpretó los enterramientos como una evidencia de la presencia en el interior del valle del Guadalquivir de colonos venidos de África (aunque de probable origen asiático) a inicios de la Edad del Hierro (Bonsor 1899: 130), pronto se impuso la tesis autoctonista (Álvarez Martí-Aguilar 2005: 146 ss) –en parte debido a la poderosa influencia de A. Schulten– y los investigadores comenzaron a concebir este tipo de necrópolis como un ejemplo más del proceso de orientalización de las gentes tartésicas a través del contacto con los fenicios de la costa. A partir de los años sesenta de la pasada centuria han sido numerosos los estudios y revisiones tanto de los ajuares exhumados como de la documentación conservada por G. Bonsor en su castillo de Mairena del Alcor (por ejemplo, Jiménez Barrientos 1990)5. Los materiales más significativos, adquiridos poco después de su extracción por la Hispanic Society de Nueva York, fueron también objeto de trabajos monográficos, aunque apenas incluyen información relativa al contexto original en el que se insertaban estas piezas, como tampoco del tipo de tumba, la ubicación o disposición de los enterramientos dentro de la necrópolis, el sexo y edad de los individuos, datos que en muchos casos Bonsor no pudo o no llegó a registrar durante el proceso de excavación (Blanco 1960; Aubet 1976-78; 1978, entre otros). Años más tarde J. Maier ha logrado ordenar y sistematizar toda la documentación disponible, incluyendo dibujos de campo y láminas del propio Bonsor, así como algunos materiales inéditos y otros publicados con anterioridad (Maier 1992; 1999). A mediados de los años setenta C.R. Whittaker propuso con poco éxito la posibilidad de que tanto la necrópolis de la Cruz del Negro como la tumba excavada también por Bonsor en el Alcázar de Carmona pertenecieran en realidad a poblaciones fenicias asentadas en el interior de Andalucía (Whittaker 1974: 61). Esta tesis fue retomada una década después por C. González Wagner y J. Alvar, quienes las ponen en relación con las necrópolis de Frigiliana (Málaga) y Rachgoun (Orán), así como con los niveles funerarios arcaicos de Mozia (Sicilia), Cartago y con la necrópolis oriental de Khaldé (González Wagner – Alvar 1989: 93-97). Tanto el ritual funerario predominante –la cremación en urna, depositada en un hoyo excavado en el suelo–, como los propios contenedores cinerarios –las urnas tipo “Cruz del Negro”– y otros elementos del ajuar –lucernas, marfiles, etc.– permitirían singularizar esta necrópolis de los restantes enterramientos registrados en la comarca de Los Alcores, mucho más “hibridados”, pero también de las necrópolis fenicias de la costa, lo que, en su opinión, lejos de parecer una anomalía podría sugerir, “aún dentro de un ambiente fenicio”, una procedencia diferente para las poblaciones aquí enterradas (González Wagner – Alvar 1989: 93). Por esos años se estaba excavando el yacimiento de Montemolín, que venía a demostrar la presencia de artesanos y comerciantes orientales en las campiñas interiores del Guadalquivir (Chaves – Bandera 1991; 1993). Poco después, el hallazgo y excavación en Carmona de lo que parecía ser un santuario de carácter urbano (Belén et al. 1997; Belén – Escacena 1997) confirmó la existencia de una comunidad oriental en esta ciudad durante los primeros siglos de la Edad del Hierro. Ello permitió a su vez fundamentar aún más la hipótesis de que la Cruz del Negro fuera, al menos en parte, una necrópolis fenicia o, en cualquier caso, oriental, admitiendo obviamente la diversidad y complejidad del componente étnico desplazado a la Península durante el proceso de colonización (Blázquez 1986: 56; 2011: passim; González Wagner – Alvar 1989: 95; Chaves – Bandera 1993: 73; Belén 2001: 61, 67-68). A finales del año 1989, el desmonte del cerro de la Cruz del Negro para la extracción de grava supuso la destrucción total de una parte considerable de la necrópolis, obligando a excavar con carácter de urgencia el sector menos dañado, donde aún quedaban in situ algunos enterramientos parcialmente afectados por las remociones de tierra. Esta desafortunada circunstancia permitió, no obstante, reabrir la investigación sobre la necrópolis con una metodología más depurada e interpretar los contextos exhumados a la luz de los nuevos hallazgos que por aquel entonces se estaban realizando tanto en la propia Carmona como en otros centros del entorno, como Coria del Río (Escacena – Izquierdo 1999; 2001) o El Carambolo (Belén – Escacena 1997). Las intervenciones se prolongaron de forma
DOS ENTERRAMIENTOS SINGULARES DE LA NECRÓPOLIS DE LA CRUZ DEL NEGRO * FRANCISCO JOSÉ GARCÍA FERNÁNDEZ ET AL. OPHIUSSA, 2 (2018) 77 Fig. 1 - Necrópolis de la Cruz del Negro (sector excavado entre 1989 y 1997). Área noreste, en blanco, circunscrita en líneas ortogonales: zona destruida parcialmente en 1989, explorada en su totalidad en 1990-1997. Área sur con trama de triángulos invertidos: zona destruida en su totalidad en 1989. Área con trama de hierba: sector occidental de la necrópolis, sin excavar, o con áreas excavadas en época de J. Bonsor. Área central del yacimiento: trinchera diagonal realizada a fines del siglo XIX y comienzos del XX para construcción del ferrocarril –hoy desmanteladoy carretera anexa Carmona-Guadajoz, SE-1220. El círculo sombreado marca el área donde se localizaron las estructuras 25 y 45.2.
DOS ENTERRAMIENTOS SINGULARES DE LA NECRÓPOLIS DE LA CRUZ DEL NEGRO * FRANCISCO JOSÉ GARCÍA FERNÁNDEZ ET AL. OPHIUSSA, 2 (2018) 78 intermitente durante los años 1993, 1995 y 1997, ya en el marco de un proyecto general de investigación, alternando la excavación del área afectada con el estudio de materiales y la documentación de las secciones dejadas en el sector occidental del yacimiento por las obras de rebaje y saneamiento de las cunetas llevadas a cabo en la cercana carretera de Carmona a Guadajoz. Los resultados preliminares de dichas intervenciones se presentaron regularmente en el Anuario Arqueológico de Andalucía (Gil de los Reyes et al. 1991; Amores et al. 1997; 1999; 2001; también Gil de los Reyes – Puya 1995). Una síntesis de los mismos apareció posteriormente en el catálogo de la exposición “Argantonio, rey de Tartessos” (Amores – Fernández 2000); no obstante, la memoria final no ha visto aún la luz. A lo largo de las cuatro campañas de excavación se han registrado un total de 179 estructuras funerarias, dentro de las cuales fueron identificadas 112 unidades deposicionales con restos óseos humanos, mientras que las 67 estructuras restantes parecen responder a distintas fases del ritual funerario: quemaderos, hogares o depósitos de ofrendas. Nuestra aportación en esta ocasión se va a centrar en dos enterramientos que consideramos singulares dentro del conjunto de la necrópolis, tanto por su temprana cronología como por la composición y características del ajuar. Ello nos permitirá reflexionar sobre los inicios de la presencia oriental en las campiñas interiores del Guadalquivir, así como sobre la identidad de los individuos enterrados, no solo en lo que se refiere a su posible origen, sino también al surgimiento de nuevas realidades étnicas y sociales como resultado del traslado e integración de poblaciones de origen oriental en las comunidades que habitaban por aquel entonces la Baja Andalucía. Ambas fueron exhumadas durante la campaña de 1989-1990 y se sitúan en el sector suroccidental del área de excavación, probablemente la zona más antigua de la necrópolis (fig. 1). 2. LA ESTRUCTURA 25 Se trata de un hoyo circular de sección simple, de unos 20 cm de diámetro, donde apareció una cremación en ánfora (fig. 2). Ésta se situó de pie, aunque se desconoce si estaba cubierto con algún elemento, ya que el rebaje practicado por las máquinas había alterado los niveles superiores del enterramiento. El individuo, de sexo y edad indeterminada, estaba acompañado únicamente por un amuleto de marfil como ajuar6. No se hallaron restos de ceniza o carbón en el interior de la tumba, como tampoco restos de ofrendas de animales, aunque dada la alteración a la que se han visto sometidos los niveles superficiales, tampoco puede descartarse esta práctica en ninguno de los dos casos. 2.1. CONTENEDOR ANFÓRICO Su morfología permite asociarlo al tipo 2 de Sagona (1982) o las formas 383, 385-387 de Lehmann (1996), aunque por su tamaño –47,7 cm de altura– podría corresponder a la variante pequeña (forma 387 de Lehmann), mucho menos frecuente, especialmente en el occidente mediterráneo (Sagona 1982: 75)7. Presenta un cuerpo alargado, de tendencia cilíndrica y fondo apuntado, con un ligero estrechamiento en el tercio superior, lo que le confiere el perfil sinuoso que caracteriza a estas producciones (fig. 3). La carena, muy marcada, separa el cuerpo de unos hombros levemente inclinados que adquieren en este ejemplar una tendencia ligeramente convexa. Las asas, de pequeño tamaño, arrancan directamente de la carena para apoyarse en la parte superior del cuerpo. Su sección, generalmente circular, adopta en este caso una semicircular alongada, como es habitual en los ejemplares más tardíos registrados en Oriente (Sagona 1982: 75). El borde es alto y presenta, en cambio, un perfil plano, de tendencia vertical y ligeramente cóncavo, como parece frecuente en las producciones más antiguas8. Por lo que respecta a su procedencia, tanto la coloración crema-anaranjado y la textura arenosa de la pasta, como el revestimiento y la pátina superficial nos remiten presumiblemente a los alfares de la costa fenicia y en todo caso a la región sirio-palestina, lugar de producción habitual de estas ánforas, no se han publicado de momento análisis Fig. 2 - Estructura 25.
DOS ENTERRAMIENTOS SINGULARES DE LA NECRÓPOLIS DE LA CRUZ DEL NEGRO * FRANCISCO JOSÉ GARCÍA FERNÁNDEZ ET AL. OPHIUSSA, 2 (2018) 79 arqueométricos de los ejemplares peninsulares que permitan asociarlos a procedencias concretas9. El tipo 2 de Sagona se encuentra poco representado en el Mediterráneo Occidental, y mucho menos en contextos funerarios, siendo sin duda nuestro ejemplar el único completo de los conocidos hasta el momento en la Península Ibérica. Los primeros restos de este tipo de ánfora se hallaron en Morro de Mezquitilla, donde pudo documentarse un borde del tipo moldurado, muy alargado y de hombros convexos, que sus excavadores fecharon en la segunda mitad del siglo VIII a.C. (Maass-Lindemann 1995: Abb. 1,4)10. Años después aparecieron restos de un espécimen asimilable a esta forma en la necrópolis de Lagos, asociado a restos óseos y a un material que puede encuadrarse fácilmente en la segunda mitad del siglo VIII a.C. (Aubet et al. 1991: 42, fig. 48; Aubet 1995: 35-36, fig. 11). Contamos también con varios fragmentos de la misma variante en Castillo de Doña Blanca, en la bahía de Cádiz (Ruiz Mata 1993: 54, fig. 7, 8-9 y 8, 7). Según su excavador, la gran mayoría procedería de los niveles del siglo VIII, aunque algunos podrían adentrarse en el siglo VII a.C. La misma cronología se atribuyó a un ejemplar aparecido en la propia ciudad de Cádiz, en los contextos domésticos exhumados en la calle Concepción Arenal (Muñoz 1995-1996: 80, fig. 4, 7). Años más tarde, la excavación de un solar en la calle Cánovas del Castillo ofreció dos fragmentos correspondientes al borde y hombro de un ánfora y al borde de otra, entre otros restos amorfos pertenecientes posiblemente al mismo tipo de recipiente (Ruiz Mata – Córdoba 2005: 1297, fig. 13, 1-2). En este caso su cronología, relacionada con el nivel de abandono de este sector del primitivo asentamiento, se situó en la primera mitad del siglo VIII a.C. (Ruiz Mata – Córdoba 2005: 1314). También se viene asignando a esta forma un ejemplar hallado recientemente en los niveles del Periodo II (Fenicio Fig. 3 - Estructura 25, contenedor cinerario.
DOS ENTERRAMIENTOS SINGULARES DE LA NECRÓPOLIS DE LA CRUZ DEL NEGRO * FRANCISCO JOSÉ GARCÍA FERNÁNDEZ ET AL. OPHIUSSA, 2 (2018) 80 A) del Teatro Cómico de Cádiz con una cronología similar o ligeramente anterior (Gener et al. 2012: 155156, fig. 9a; Torres et al. 2014: 53, fig. 2g). Tampoco podemos descartar la posibilidad de que algunos de los bordes de ánfora documentados en la Plaza de las Monjas/calle Méndez Núñez de Huelva, y clasificados dentro del tipo 9 de Tiro, pudieran corresponder a esta forma (González de Canales – Serrano – Llompart 2004: láms. XIII, 12-25 y LI, 12-35). Más reservas plantea, sin embargo, un fragmento de hombro identificado como oriental entre las ánforas de la fase I de La Fonteta, así como dos bordes y un fondo de la fase II que se han atribuido genéricamente a los tipos 2 y 3 de Sagona (González Prats 2011: 299, fig. 1, 40717, fig. 3, 35943 y 39282, fig. 4, 35711). Un último ejemplar, análogo al hallado en la Estructura 25, ha sido registrado por nosotros recientemente entre los materiales procedentes de la Cruz del Negro depositados en la colección Bonsor de Mairena del Alcor (fig. 4). Fue encontrado, según reza en una nota inscrita en la propia arcilla, en la campaña llevada a cabo en 1902. Aunque carece de contexto seguro, se trata de nuevo de una variante de pequeño formato, de labios planos y verticales, hombros pronunciados, con pasta anaranjada y engobe crema, lo que invita a suponerle la misma procedencia. En el Mediterráneo Central se han documentado varios ejemplares en los niveles arcaicos de la ciudad de Cartago, por lo general, bordes de similares características a los hallados en la Península Ibérica (Vegas 1998: 145, fig. 5, 47-48). Destacan por su número –más de treinta– los recipientes exhumados en una vivienda del Cardo XIII, dentro de un contexto que pudo fecharse con facilidad en la primera mitad del siglo VII a.C. (Vegas 1999: 430, Abb. 21, 195-199)11. Sin embargo, es el ejemplar hallado en la necrópolis de San Montano, en Ischia, el paralelo más próximo al espécimen de la Cruz del Negro, no solo por sus similitudes formales, correspondiendo en ambos casos a la variante pequeña del tipo Sagona 2, sino por haber sido supuestamente amortizada en un contexto funerario, fechado a finales del siglo VIII a.C. (Buchner 1982: 283, Abb. 4d). En el Mediterráneo Oriental solo se conocen algunos ejemplares en Chipre (Gjerstad 1948: fig. XLIV, 11) y en Creta (Shaw 1989: 181-182; 2000: 1100, fig. 8). En la primera, al margen de los ya recogidos por el propio Sagona (1982: 95), los únicos especímenes completos o casi completos con contexto seguro aparecieron en el nivel 3 de Kition, entre el 800 y el 640 a.C. (Bikai 1987: 45, pl. XXIII, 588), y en la fase 5 del santuario de Ayia Irini, fechada por los excavadores en el siglo VI a.C. (Gjerstad et al. 1935: pl. CLXXXVII). Se ha publicado recientemente una pieza completa hallada en el interior de una tumba hipogea de la necrópolis de Agios Georgios, cerca también de Kition, formando parte de un extraordinario ajuar que, en su conjunto, ofrece una datación más precisa en la segunda mitad del siglo VIII a.C. (Hadjisavvas 2012: 232-235, fig. 136,1). Por lo demás, contamos con un ejemplar incompleto procedente de la necrópolis de Amathus y otro hallado en la Tumba 10 de Marion, ambos con una cronología que se situaría a finales del Chipriota Arcaico I (Gjerstad et al. 1935: pl. XXVIII y XL). La mayor parte de estas ánforas se localiza, naturalmente, en la costa sirio-palestina, destacando los conjuntos de Hazor, Sarepta, Meggido, Tiro, Gezer, Fig. 4 - Ánfora del tipo 2 de Sagona procedente de la campaña de 1902 y conservada en los fondos de la CasaMuseo Bonsor de Mairena del Alcor.
DOS ENTERRAMIENTOS SINGULARES DE LA NECRÓPOLIS DE LA CRUZ DEL NEGRO * FRANCISCO JOSÉ GARCÍA FERNÁNDEZ ET AL. OPHIUSSA, 2 (2018) 81 Samaria, Ashdod o Taanach, entre otros (Zemmer 1978: 14; Sagona 1982: 92-95; Lehmann 1996: 433435; Aznar 2005: passim). En Hazor, Tiro y Meggido, de donde proceden la mayoría de los ejemplares, estos recipientes tienden a fecharse en la primera mitad del siglo VIII, teniendo su floruit en torno al 732 a.C. (Bikai 1978a: 48), si bien ello no es óbice para que algunos autores bajen la cronología de estos contextos levantinos a finales del siglo VIII y primera mitad del VII a.C. (véase este debate en Levy – Higham 2005). El estudio de conjunto llevado a cabo por Lehmann sobre los repertorios cerámicos de distintos yacimientos de Siria y el Líbano centra de nuevo la dispersión de esta forma entre el 750 y principios del siglo VII a.C. (Lehmann 1998: 9-15)12. Es probable, por tanto, que la formalización del ánfora Sagona 2 tuviera lugar en realidad algunos años antes, a finales del siglo IX a.C. aunque su generalización se produjera ya en la siguiente centuria (Pedrazzi 2005: 293), convirtiéndose en el envase comercial más abundante, estandarizado y también más extendido dentro y fuera de las costas de Levante en estos momentos (Regev 2004: 340-341; Knapp – Demesticha 2017: 121 ss). Como ya se ha comentado, Sagona sostiene que la variante con el borde vertical y plano comparece con mayor frecuencia en los niveles más antiguos, siendo paulatinamente sustituida por la variante de borde engrosado o con molduras a partir de mediados del siglo VIII a.C. (Sagona 1982: 76-77). En su opinión, las principales evidencias se extraerían de las excavaciones de Sarepta (Pritchard 1975: passim): en el horno E-F del sondeo X, fechado entre finales del siglo IX y mediados del VIII, el borde vertical y plano parece el más frecuente, mientras que en el sondeo Y, dividido en dos fases, ambas variantes serían contemporáneas a lo largo de toda la Edad del Hierro. En Tiro y Hazor, por su parte, la variante con el borde recto va disminuyendo en proporción con respecto a la de borde desarrollado desde mediados del siglo VIII a.C., coincidiendo con el momento de mayor auge de la producción (Sagona 1982: 76). Otra prueba a favor de esta teoría podría proceder de los dos pecios –el Tanit y el Elissa– hallados en aguas de Askelon (Israel). Se ha pensado que estas embarcaciones, provenientes de la costa libanesa, se dirigirían a la recientemente fundada colonia de Cartago antes de su naufragio, que pudo haber ocurrido a mediados del siglo VIII a.C. (Ballard et al. 2002: 158-159), o más probablemente a Egipto, como posteriormente se ha propuesto (Finkelstein et al. 2011: 257-258). En ambos casos el cargamento estaba formado predominantemente por ánforas del tipo 2 de Sagona, con 385 ejemplares visibles en la primera embarcación y 396 en la segunda, aunque cabe la posibilidad de que debajo de estas capas superiores se conserven más ejemplares que no han sido aún detectados. Si bien solo se ha extraído una pequeña muestra del total, la gran mayoría de las ánforas registradas presenta un alto grado de estandarización, con el borde alto y moldurado o engrosado al exterior (Ballard et al. 2002: fig. 7 y 9). La única excepción parece constituirla hasta el momento un espécimen de pequeño tamaño que curiosamente guarda una asombrosa similitud con nuestro ejemplar de la Cruz del Negro (Ballard et al. 2002: fig. 9, 4). Este ánfora garantizaría la convivencia de ambas variantes a mediados del siglo VIII a.C. si no fuera porque se trata de un caso único que apareció separado del resto de la carga. Sus descubridores lo interpretan como un recipiente de vino sagrado destinado a las libaciones que podrían llevar a cabo el capitán o la tripulación en el momento de la salida o después de la llegada a puerto (Ballard et al. 2002: 163). Especímenes de menor tamaño, pero con el borde engrosado, aparecen también en el Almacén 148 de Hazor (Yadin – Aharoni – Amiran 1960: pl. XC, 5-7), que posteriormente Bikai asigna al estrato Va, con una cronología que se sitúa entre el 760 y la destrucción de Tiglatpileser III del 732 a.C. (Bikai 1978a: 49). Lehmann se apoya precisamente en esta última fecha para proponer un intervalo entre la segunda mitad del siglo VIII y la primera mitad del VII a.C. para las variantes pequeñas, correspondientes a su forma 387 (Lehmann 1996: 435). No obstante, las revisiones llevadas a cabo en las últimas décadas tienden a rebajar la cronología de esta fase, especialmente los estratos VI-V de Hazor (Gal 1992: 73-74; véase James 2008) y el estrato II de Tiro (Núñez 2013: 36, Tab. 1) a fines del siglo VIII o en la primera mitad del VII a.C. En cualquier caso, al margen de que en los principales yacimientos sirio-palestinos las ánforas con el labio plano y recto sean más frecuentes en los niveles inferiores, este rasgo morfológico no parece ser especialmente relevante a efectos cronológicos, al menos no en los modelos de pequeño formato. Si aceptáramos la propuesta alta de Sagona, el ejemplar procedente de la Cruz del Negro debería ser más antiguo que los documentados en Morro de Mezquitilla, Castillo de Doña Blanca y Cádiz. Sin embargo, conviene recordar que en las colonias fenicias de la costa estas ánforas –con el borde desarrollado– no suelen aparecer en contextos anteriores a mediados del siglo VIII a.C. El caso de
DOS ENTERRAMIENTOS SINGULARES DE LA NECRÓPOLIS DE LA CRUZ DEL NEGRO * FRANCISCO JOSÉ GARCÍA FERNÁNDEZ ET AL. OPHIUSSA, 2 (2018) 88 como se ha dicho más arriba, una pequeña cuenta de oro, realizada a partir de una lámina recortada y batida en forma de media caña (fig. 10), y un fragmento de cristal de roca. 4. CARACTERIZACIÓN CULTURAL Y SOCIAL DE LOS INDIVIDUOS Una vez presentados en detalle los datos correspondientes al contexto y los elementos vinculados a ambas estructuras funerarias, así como sus principales paralelos, es forzoso preguntarse por la identidad de los individuos enterrados. Usualmente la atención de los investigadores se ha centrado en el estudio de la ascendencia étnica o cultural, sin embargo creemos que ésta no puede separarse de otras formas de identidad con la que estaría relacionada (Delgado – Ferrer 2007; MarínAguilera 2015). Así pues, como ya se ha expuesto en varias ocasiones, en un mismo individuo pueden converger diferentes esferas de adscripción del yo social que se activan dependiendo del contexto y de los interlocutores (Eriksen 1993: 153; James 1999: 70). Entre ellas sobresale la etnicidad, por supuesto, pero también la identidad de clase (estatus), de género y de edad, que en algunos casos pueden estar asociadas (Díaz-Andreu 1998: 205-206). Por lo que respecta a la identidad étnica, ésta debe analizarse desde una doble perspectiva que contemple los enfoques emic y etic (Fernández Götz 2008: 125-126), entendiendo que un individuo es capaz de dotar a determinados objetos de significados concretos y exclusivos, que le permiten exteriorizar su autoadscripción a un grupo, pero asumiendo también que esos objetos son seleccionados de un repertorio relativamente limitado, relacionado con un contexto y con unas formas de vida determinadas –la práctica social que les confiere significado–, por lo que pueden ser apreciados desde fuera del sistema cultural. Asimismo, hay que tener en cuenta el enorme dinamismo que soportan los grupos étnicos, tanto en el tiempo como en el espacio (Gosselain 2000: 188; Ramírez Goicoechea 2011: 240), adaptándose a nuevos entornos sociales, reforzando los vínculos en caso de conflicto o competencia, o incorporando elementos externos, lo que da lugar a fenómenos de hibridación o mestizaje y, por lo tanto, a nuevos procesos etnogenéticos (Van Dommelen 2006: 138139; García Fernández 2007: 122). A estos procesos no es ajena la realidad resultante de la colonización fenicia, que puso en contacto culturas y sistemas sociales totalmente distintos. Un escenario en el que concurren no solo el componente local –que en ningún caso puede entenderse como un todo homogéneo– y los comerciantes orientales, sino todo un conjunto de poblaciones de distinto origen que se trasladarían a la Península atraídas por las nuevas posibilidades Fig. 10 - Estructura 45.2, cuenta de oro.
DOS ENTERRAMIENTOS SINGULARES DE LA NECRÓPOLIS DE LA CRUZ DEL NEGRO * FRANCISCO JOSÉ GARCÍA FERNÁNDEZ ET AL. OPHIUSSA, 2 (2018) 89 que ofrecía la empresa colonial (González Wagner – Alvar 1989: 95; Chaves – Bandera 1993: 73 ss). Así pues, contamos con varias posibilidades a la hora de abordar la cuestión del origen y adscripción cultural de los individuos enterrados: a) puede tratarse de indígenas, que incorporan importaciones orientales a su ajuar como símbolo de estatus; b) de elites locales más o menos aculturadas que emulan prácticas y rituales de origen oriental, integrando parte de sus enseres; c) de población mestiza, con diferente grado de asimilación –y comprensión– de las creencias y tradiciones aportadas por el contingente oriental; d) de miembros de las comunidades indígenas estrechamente vinculados a los colonos orientales (¿esposas?); e) de la población oriental asentada en Carmona; f) de los descendientes de esos colonos orientales, ya sea en segunda, tercera o en n generaciones. Tanto el ritual como el tipo de enterramiento utilizado nos invitan a pensar en gentes orientales o indígenas profundamente aculturados (¿mestizos?), si bien es el ajuar el que permite destacar la enorme singularidad de estas dos tumbas –y, en general, de la propia necrópolis de la Cruz del Negro–, ya sea en relación con las necrópolis fenicias de la costa ya con el resto de las denominadas “necrópolis tartésicas”. Parafraseando a M. Belén, no se puede asegurar que haya enterramientos fenicios en la Cruz del Negro o en cualquier otro cementerio de época tartésica, pero resulta muy probable; el problema –según ella– “sería saber quién es quién en un ambiente de fuerte interacción cultural que debió afectar al sustrato cultural de unos y otros” (Belén 2001: 61). Por lo que respecta a las ánforas utilizadas como urnas cinerarias, es evidente que nos encontramos ante dos elementos excepcionales dentro del tráfico de productos fenicios en Occidente. Su singularidad viene además apoyada por el hecho de que corresponden ya a la fase productora de las poblaciones fenicias extremo-occidentales (Ramón 2010), es decir, que conviven con otras manufacturas anfóricas regionales, de manera que su selección intencionada parece fuera de toda duda. La aparición de esas ánforas, tanto en hábitats como en necrópolis, se ha relacionado verosímilmente con la importación de vino por parte de los colonos establecidos en la Península Ibérica21. De hecho constituye, junto con algunos recipientes de alabastro de origen egipcio (véase Padró 1986 y, con matices, López Castro 2006: 81-82), una de las pocas evidencias seguras con las que contamos para hablar de la circulación comercial de vino oriental en el Occidente mediterráneo en época arcaica (Guerrero 1989: 147). Sin embargo, los escasos ejemplares aislados documentados hasta la fecha no permitirían hablar de un comercio a gran escala, y mucho menos en un abastecimiento regular (Guerrero 1989: 157). La única excepción la constituyen, como hemos visto, Doña Blanca y la propia ciudad de Cádiz, que ofrecen conjuntos más amplios y bien contextualizados. En este último caso destacan los ejemplares hallados en la calle Cánovas del Castillo: todos corresponden a la misma variante del tipo 2 de Sagona y aparecieron en un único contexto muy bien definido, con una cronología no posterior a la primera mitad del siglo VIII a.C. En consecuencia, es poco probable, o al menos cuestionable, que llegaran directamente a la Península Ibérica cargamentos completos de ánforas orientales, sino que pudo tratarse más bien de lotes que formarían parte de una mercancía mucho más heterogénea, junto a otros productos de origen foráneo, como podría ser la vajilla de lujo griega, perfumes o telas (véase Martín Ruiz 2010). La muestra dibuja, en cualquier caso, una distribución eminentemente litoral. Esta afirmación es válida también para los contenedores hallados en la Cruz del Negro, pues no hay que olvidar que tanto Carmona como el resto de los asentamientos de los Alcores se situaban a menos de un día de camino a pie de la antigua desembocadura del Guadalquivir. Los centros de arribada serían, en todos los casos, colonias fenicias o comunidades profundamente semitizadas, como ocurre con la propia Carmona, donde hay suficientes evidencias para pensar en la presencia estable de población de origen oriental al menos desde el siglo VII a.C. (Belén – Escacena 1997: 105)22. Todo parece apuntar, por tanto, a que la circulación de caldos orientales se encontraba restringida al ámbito colonial, donde su consumo jugaría un importante papel como elemento de prestigio entre las elites fenicias (Guerrero 1995: 9192). En ningún momento creemos que constituya un bien de intercambio habitual con el mundo indígena, al que estarían destinadas las producciones locales, de menor calidad, envasadas las ánforas occidentales, especialmente las Ramon T-10.1.1.1 y T-10.1.2.1 (Jiménez – García – Camacho 2005: 685). Por otro lado, la escasez de envases importados en los
DOS ENTERRAMIENTOS SINGULARES DE LA NECRÓPOLIS DE LA CRUZ DEL NEGRO * FRANCISCO JOSÉ GARCÍA FERNÁNDEZ ET AL. OPHIUSSA, 2 (2018) 90 asentamientos fenicios permite suponer que buena parte de la demanda colonial quedaría también satisfecha a partir del vino autóctono producido en el hinterland costero (Guerrero 1989: 160)23. Este carácter exclusivo de los caldos orientales se debe a los diversos valores que adquiere el vino en el mundo fenicio, no solo como alimento, sino también como elemento de distinción social y como bebida ritual, cargada de connotaciones simbólicas. El vino, como objeto de prestigio, está cargado de significación social, de ahí que su consumo público sea habitual tanto en la vida, dentro de un contexto sacro o aristocrático, que tiende a traspasar con frecuencia las fronteras del mundo colonial, como en la muerte, ya sea a modo de ofrenda o a través de banquetes funerarios24. Al mismo tiempo, el vino adquiere un valor excepcional desde el punto de vista ritual. Al igual que la leche, el agua o la sangre, el vino es para las culturas orientales un líquido sacrificial, mágico (Toussaint-Samat 1991: 87 ss). Por su color y textura el vino –tinto– se asemeja a la sangre pero, a diferencia de ésta, que es producto de un sacrificio, el vino es fruto de la naturaleza, surge de la vida (Jiménez – García – Camacho 2005: 686), por lo que se convierte, junto con el agua –símbolo de pureza y de vitalidad– en una ofrenda excepcional en el servicio funerario, así como también en otros ritos de paso (nacimientos, matrimonios, etc.). Por otra parte, su producción estacional y la necesidad de consumirlo dentro de un plazo temporal determinado tienden a incrementar sus valores ideológicos en el marco de una economía de prestigio (Jiménez – García – Camacho 2005: 686). Dentro del concepto más amplio de ofrenda habría que distinguir diferentes procedimientos rituales, relacionados con distintos tipos de ceremonias pero realizados con instrumentos similares: la ofrenda propiamente dicha de comida y bebida, depositada en recipientes a tal efecto como parte del ajuar funerario; la libación de líquidos (vino, agua, aceite, etc.) sobre los restos incinerados, sobre la propia tumba o sobre un altar; y el banquete funerario en honor del difunto, en el que lógicamente participan también los asistentes al sepelio (véase Jiménez Flores 1995; Bernardini 2008). Las ánforas orientales (y locales) halladas en las necrópolis de Trayamar o Puente Noy, así como los numerosos casos documentados en otros lugares del Mediterráneo Central y Oriental, como las necrópolis de Cartago, Salamis o Akhziv, por poner solo algunos ejemplos, podrían haber formado parte tanto de las ofrendas de alimentos depositadas en la tumba como del ágape realizado durante el entierro, acompañadas siempre de la vajilla apropiada para su servicio y consumo (Jiménez Flores 1995: 133-136; Delgado – Ferrer 2007). Sin embargo, puede ocurrir, como se advierte en algunas de las tumbas exhumadas en la Cruz del Negro, pero también en grandes centros coloniales, como Cartago o Mozia, que los recipientes vinarios se empleen además como urnas cinerarias. Algo que no resulta extraño en el ámbito fenicio metropolitano, pues se han registrado ánforas con la misma función en la necrópolis de Tiro al-Bass (Núñez 2014: passim; 2015: 238, fig. 4f)25 cuyo set cerámico funerario, dicho sea de paso, guarda estrechos paralelismos con los de las necrópolis fenicias de la Península Ibérica (Núñez 2013). En estos casos, los valores simbólicos del vino trascienden al recipiente: el contenedor se convierte entonces en signo de prestigio y receptáculo del principio vital, como puede extraerse igualmente del engobe rojo que en ocasiones se utiliza como revestimiento (Jiménez – García – Camacho 2005: 686). Lo mismo sucede con las cráteras (Puech 1994) y los vasos de alabastro de origen egipcio –donde, por otra parte, se ha reconocido la posible inspiración de formas cerámicas de tradición fenicia, (Núñez 2013: 40-47)– asociados de igual modo al vino de calidad y reutilizados con frecuencia como contenedores cinerarios no solo en las necrópolis fenicias de la Península Ibérica (Padró 1986), sino también en Cartago (Redissi 1997). Estos valores simbólicos asociados a las ánforas de vino no parecen ser asumidos, en cambio, por el mundo indígena, donde las ánforas (en ningún caso de origen oriental) y los vasos de alabastro se destinan de forma casi exclusiva a las ofrendas funerarias, ya sea por su contenido o por su valor intrínseco como bien de prestigio (López Castro 2006: 82). Salvo en el caso de la Tumba 9 de La Joya (Garrido 1970: 7172), donde se elige por su especial tratamiento y decoración, y de los ejemplares documentados en la Tumba 19 de la misma necrópolis (Garrido – Orta 1978: 160-163), las ánforas no suelen emplearse como recipientes cinerarios en las necrópolis “tartésicas”; utilizándose para tal fin preferentemente las urnas globulares con decoración geométrica, por ejemplo pithoi y urnas del tipo “Cruz del Negro”, o bien formas abiertas hechas a mano o a torno, como ocurre con los vasos “a chardòn” (Jiménez Flores 2002: 99-100). De cualquier manera, la reutilización de ánforas como contenedores funerarios tampoco es muy habitual en el Mediterráneo Occidental y solo se documenta en necrópolis como Cortijo de San Isidro, en la costa de Málaga (Juzgado – Sánchez – Galindo
DOS ENTERRAMIENTOS SINGULARES DE LA NECRÓPOLIS DE LA CRUZ DEL NEGRO * FRANCISCO JOSÉ GARCÍA FERNÁNDEZ ET AL. OPHIUSSA, 2 (2018) 91 2016: 107), Rachgoun, cerca de Orán (Vuillemot 1955: 16-17), o la propia Cruz del Negro (Maier 1992: 109), precisamente lugares donde la presencia de contingentes de origen semita parece más evidente. En estos casos, la frecuente aparición junto a las tumbas de servicios completos –jarras, copas y páteras– o parciales estaría indicando un consumo a la oriental de las ofrendas alimenticias (Jiménez Flores 2002: 137-139)26, entre las que se encontraba lógicamente el vino; algo que no ocurre en las necrópolis “tartésicas”, donde no se adopta todo el repertorio cerámico fenicio ni aparece el servicio de vino asociado a la manera habitual (Jiménez Flores 2002: 196-197). Por un lado se depositan los recipientes más notables, realizados en metal o alabastro, de forma aislada en un lado de la tumba; mientras que, para la ofrenda de alimentos propiamente dicha, se incorporan algunas formas de la cerámica pintada y común junto a producciones de tradición indígena (copas bruñidas, cerámicas grises, etc.). Lo más llamativo, no obstante, es la total ausencia en estas necrópolis de vasos de servicio (enócoes de boca tribobulada y otros tipos de jarras), que suelen considerarse esenciales para los ritos de libaciones y ofrendas funerarias de líquidos en un ambiente semita (Debergh 1983: 757). Podría señalarse como excepción el Túmulo 1 de la necrópolis de Las Cumbres (El Puerto de Santa María), aunque en este caso su interpretación como un enterramiento netamente indígena presenta serias dudas, tanto por su vinculación a Castillo de Doña Blanca y, en general, al ámbito fenicio-púnico de la bahía gaditana, como por la composición de algunos ajuares, similares a los que podemos encontrar en las necrópolis consideradas fenicias (Ruiz Mata – Pérez 1995: 119120; véase Belén 2001: passim). Por otra parte, no podemos dejar de advertir los claros paralelismos entre la estructura, organización y contenido entre el Túmulo 1 de Las Cumbres y los túmulos o círculos funerarios descritos en las necrópolis de Los Alcores y especialmente en la propia Cruz del Negro (Amores – Fernández 2000: 158). Quedaría por preguntarse a qué responde esta diferencia entre las necrópolis del litoral malagueño (Trayamar, Puente Noy, Laurita, etc.), donde las ánforas, locales o de importación, se emplean casi siempre como ofrenda, y necrópolis como Rachgoun o la Cruz del Negro, para el Mediterráneo Occidental, donde estos recipientes se reutilizan fundamentalmente como contenedores cinerarios. Quizá este fenómeno pueda estar relacionado con la extracción social o el origen de la población inmigrante (González Wagner – Alvar 1989: 93; Belén – Escacena 1995: 91; Delgado – Ferrer 2007: 46; con matices, Marín-Aguilera 2015: 194-197). Mientras que en los asentamientos coloniales nos encontramos con la rica clase comercial tiria (Pellicer 2007: 38), en cuyas manos se concentraba no solo el control de las importaciones y exportaciones sino también la producción de vino en el hinterland costero (Guerrero 1995: 93), las poblaciones asentadas inmediatamente al interior de Tarteso estarían formadas mayoritariamente por pequeños comerciantes, artesanos y campesinos de procedencia diversa, con un menor poder adquisitivo, como queda reflejado en la sobriedad de los ajuares. Ello explicaría también la frecuente aparición, en las proximidades de los establecimientos coloniales de la costa, de tumbas de cámara y tumbas de pozo, que son prácticamente inexistentes en el valle del Guadalquivir (Jiménez Flores 2002: 107 ss), si exceptuamos el supuesto hipogeo hallado cerca de Marchena, hoy desaparecido (Ferrer 1999: fig. 1), o los enterramientos excavados por Bonsor en el Alcázar de Arriba de Carmona (Bonsor 1899: 138, fig. 134), en ambos casos con cronologías claramente posteriores. En aquellas se observa una clara preferencia por los vasos de alabastro de origen egipcio como urna cineraria, dado su valor intrínseco y su función social, de elemento de prestigio e indicador de estatus (Pellicer 2002: 153-155), mientras que el resto del ajuar reproduce en esencia los patrones descritos en las necrópolis metropolitanas (Núñez 2013). Por el contrario, en Los Alcores y en la campiña de Sevilla, donde el tipo predominante de tumba es la fosa simple o el hoyo y cuyo ajuar no presenta la misma coherencia, la función de contenedor corresponde siempre a un recipiente cerámico, estableciéndose entonces la distinción a partir de la procedencia –local o importada– o la cualidad de su contenido, cuyo valor (real o simbólico) es asumido. En este sentido, el lañado del ánfora hallada en la Estructura 45.2 indica claramente que se trata de un bien singular, no de un producto habitual, que merece ser conservado y que es idóneo para ser reutilizado como destino final de los restos del difunto. En la misma dirección parece apuntar el amuleto egiptizante hallado en la estructura 25, ya que lejos de interpretarse como un signo de prestigio –es aparentemente el único objeto que compone el ajuar– adquiere un gran sentido simbólico al aparecer asociado a un ánfora de procedencia oriental, donde había sido introducido intencionadamente junto con los restos del individuo. Ambos elementos, urna y colgante-amuleto, no fueron elegidos de forma
DOS ENTERRAMIENTOS SINGULARES DE LA NECRÓPOLIS DE LA CRUZ DEL NEGRO * FRANCISCO JOSÉ GARCÍA FERNÁNDEZ ET AL. OPHIUSSA, 2 (2018) 92 arbitraria por sus poseedores sino que constituirían producciones excepcionales cargadas de un enorme significado religioso, relacionados respectivamente con la vida y la protección en el más allá. Ello solo podría ser completamente comprensible para una persona educada en la matriz cultural oriental o muy vinculada a las poblaciones fenicias27 a través, por ejemplo, de matrimonios mixtos. Esta última posibilidad resulta aún más plausible si tenemos en cuenta, como hemos podido ver, que los amuletos suelen estar vinculados preferentemente a enterramientos infantiles o a mujeres adultas. Su presencia en los ajuares plantea la cuestión de un posible significado étnico, para lo que no hay aún respuesta ante el escaso porcentaje de sepulturas de este periodo conocidas en territorio levantino, aunque es obvio que, en contexto fenicio, cumplen una función apotropaica esencial, asociada al mundo femenino y la infancia (Dixon 2013: 533-534 y 544545). Mas compleja es, a nuestro entender, la interpretación de los dos broches de cinturón hallados en la estructura 45.2. Estos objetos de bronce parecen desentonar con un contexto ritual y con un ajuar –ánfora de importación, plato de barniz rojo y cuenta de collar– que nos remite directamente a prácticas orientales. Y decimos parece porque, en realidad, no se ha demostrado que se trate de un atributo exclusivo de las poblaciones indígenas y ni siquiera está claro que su origen sea local. Hace algunos años Jiménez Ávila advirtió del hallazgo de placas de similares características –tanto desde el punto de vista técnico como decorativo– en el Hereo de Argos, que pueden fecharse verosímilmente en época geométrica (Jiménez Ávila 2002: 315). Estos paralelos vendrían a demostrar, una vez más, la conexión comercial de la Península Ibérica con el Egeo en el siglo VIII a.C. y la introducción de técnicas y tipos mediterráneos en los talleres metalúrgicos atlánticos. Pero ello no responde, como a veces se ha pensado, a una etapa geométrica previa o contemporánea a los inicios de la colonización fenicia en Occidente (Bendala 1986: 531), sobre todo cuando los últimos descubrimientos arqueológicos llevados a cabo en Huelva, Cádiz o El Carambolo confirman la presencia estable de comunidades orientales en el sur de la Península a finales del siglo IX a.C., coincidiendo con el horizonte Ría de Huelva (Escacena 2008: 311). Los broches de cinturón “tartésicos” son el resultado del cruce de influencias atlánticas y mediterráneas surgidas al calor del proceso colonial y no un producto genuinamente indígena. No obstante, su presencia en el Suroeste y el desarrollo de variantes propias que se extienden a su vez hacia la Meseta y Portugal sí lo convierten en un elemento característico de la cultura tartésica, entendida ésta como el fruto de una convergencia de influjos distintos y no exclusivamente como el componente étnico local más o menos aculturado. Como señalan Ferrer y Bandera (2014: 409-410), “se trataría de producciones originales del Suroeste, surgidas a expensas de la conjunción de diversas tradiciones, básicamente la fenicia y la atlántica, que atienden a una amplia demanda que podríamos denominar pluriétnica: no solo satisfacen las expectativas de ostentación de las aristocracias locales, los principales destinatarios de la producción, sino que también se constituyen en bienes preciados que pueden ser utilizados como regalos o como objetos de intercambio por los comerciantes semitas en áreas alejadas de Tarteso (Portugal, Extremadura, Meseta, Levante); e incluso podrían acompañar a sus portadoras si, como se ha propuesto en diversas ocasiones, fuera una costumbre consuetudinaria el intercambio de mujeres entre diversas comunidades”. Esto último nos permite abordar una cuestión no menos importante, como es el género y estatus de los individuos enterrados. Como señalamos anteriormente, los broches de cinturón aparecen generalmente vinculados a enterramientos femeninos, y en muchos casos ni siquiera encontramos el broche completo, sino solo una de las dos piezas; además, cuando se asocian a inhumaciones, éstos no suelen hallarse junto a la cintura del cadáver, como cabría esperar, sino en distintos puntos de la fosa, con el resto del ajuar. Todo ello nos estaría sugiriendo un valor intrínseco, simbólico o identitario, más allá de su función práctica como parte de la vestimenta o como objeto de lujo (Ferrer – Bandera 2014: 408). El broche de cinturón parece convertirse, pues, en un símbolo de la mujer y, como tal, pudo ser seleccionado para formar parte de los enseres que la persona enterrada llevaría consigo “a la otra vida”. Sin embargo este significado, asociado al género, no puede separarse de otros valores, como es el rango o condición del individuo. En efecto, las últimas investigaciones vienen a coincidir en que la adopción del cinturón pudo estar relacionada con ritos de paso o con el acceso a un determinado estatus social, como es el matrimonio. La edad media de los individuos junto a los cuales se amortizan así parece confirmarlo, como también su ausencia en otros enterramientos femeninos de la misma época o incluso en las mismas necrópolis (Ferrer – Bandera 2014: 408). Por todo ello, consideramos que quizá nos
DOS ENTERRAMIENTOS SINGULARES DE LA NECRÓPOLIS DE LA CRUZ DEL NEGRO * FRANCISCO JOSÉ GARCÍA FERNÁNDEZ ET AL. OPHIUSSA, 2 (2018) 93 encontramos ante las tumbas de colonas orientales que formaron parte de la primitiva comunidad asentada en Carmona, o más probablemente de mujeres indígenas que fueron asimiladas a través de matrimonios mixtos. La coherencia del ajuar indicaría la integración ideológica de estos nuevos elementos en la sociedad receptora, mientras que sus divergencias con las necrópolis fenicias conocidas de la costa andaluza serían el resultado lógico de un proceso de hibridación cuyas peculiaridades solo pueden comprenderse observando el fenómeno a escala local (Van Dommelen 2006: 136-138; Aranegui – Vives-Ferrándiz 2006: 90-02). Paralelamente, nuevas evidencias sobre la necrópolis arcaica de Cádiz y, sobre todo, la aparición de un contexto funerario coetáneo al de la Cruz del Negro, ha puesto de relieve esta problemática desde la otra óptica, la fenicia (Sáez – Belizón 2015). Su mayor proximidad, en lo que se refiere a tipo de enterramiento, rituales realizados y composición del ajuar, con algunas necrópolis consideradas indígenas, como el Túmulo 1 de Las Cumbres o los busta de la propia Cruz del Negro –y, en consecuencia, su mayor lejanía respecto a lo que hasta hace poco se tenía por “ortodoxo” entre las prácticas funerarias fenicias (Torres 1999)–, frente a lo que cabría esperar de las primeras generaciones de colonos de supuesta ascendencia tiria, revela la relativa variabilidad de las prácticas que se despliegan en momentos tempranos de la colonización, especialmente en áreas de intensa interacción cultural como probablemente fue la bahía de Cádiz, reabriendo con nuevos matices el debate sobre la introducción de las costumbres funerarias orientales en el interior de Tarteso. Notas 5 - Hoy Casa-Museo Bonsor, si bien buena parte del legado documental y fotográfico se encuentra actualmente depositado en el Archivo General de Andalucía. 6 - Los análisis de las cremaciones fueron realizados en su momento por A. Czarnetzki, de la Universidad de Tübingen, y se mantienen aún inéditos. 7 - S. Geva propuso por esa misma época la existencia de dos estándares de tamaño y capacidad entre las ánforas de este tipo: una variante grande, de 24 litros, y una pequeña –o más bien estrecha– de unos 16 litros (Geva 1982: 71-72). Un estudio llevado a cabo recientemente a un amplio conjunto de ejemplares a partir de cálculos de capacidad, análisis volumétricos y reconstrucciones 3D ha determinado que una gran parte de ellas conformaban un grupo muy compacto con una capacidad estándar de 19.2 litros, equivalente a 4 hekats egipcios, la unidad comercial más utilizada para líquidos en ese momento (Finkelstein et al. 2011: 256-258). Sin embargo nuestro ejemplar, al igual que los especímenes descritos para la forma 387 de Lehmann parecen corresponder a una variante aún menor, de unos 12 litros, como se ha podido comprobar recientemente (Guillén 2014). 8 - En general, pueden diferenciarse dos variantes en función del borde: la más frecuente presenta el labio engrosado al exterior, con un estrangulamiento que lo separa claramente de los hombros, o bien un perfil moldurado más o menos elaborado; mientras que en la segunda variante el labio es totalmente plano y de tendencia vertical, arrancando directamente de los hombros. Según Sagona (1982: 76-78), esta segunda variante suele aparecer en las ciudades costeras de Siria-Palestina con mayor frecuencia en los niveles correspondientes a la primera mitad del siglo VIII a.C., mientras que la variante con el labio desarrollado se extiende sobre todo a partir de mediados de esta centuria, siendo especialmente común en las últimas décadas. Gilboa (1995: 10-12), por su parte, distingue al menos cinco variantes a partir de la forma de resolver el borde; sin embargo, no parece que para Lehmann (1996: 433-435) este rasgo sea muy significativo, como sí lo es en cambio la tendencia de las paredes, que dejan de estrecharse en su tercio medio para dar paso a perfiles más acilindrados conforme avanza el siglo VIII a.C. 9 - Tampoco en Oriente se ha estudiado sistemáticamente la procedencia de estas vasijas, a lo que hay que sumar la escasez de contextos de producción seguros. En efecto, a excepción de Sarepta (Pritchard 1975; Anderson 1987), apenas se han documentado ejemplares asociados a instalaciones alfareras. Los análisis petrográficos realizados por C. Aznar a un amplio conjunto de muestras de distintos yacimientos (Horvat Rosh Zayit, Hazor, Meggido, Gezer, Akhziv o Ashkelon) apuntan a su fabricación en la costa libanesa, salvo algunas excepciones que podrían responder a imitaciones locales de la zona de Israel (Aznar 2005: 157-159); por su parte, los análisis llevados a cabo sobre los ejemplares extraídos de los pecios Tanit y Elissa (vid. infra) no parecen dejar lugar a dudas de su origen fenicio (Ballard et al. 2002: 160). Esta hipótesis se ha visto completada recientemente por los resultados obtenidos de las ánforas de Beersheba y Lachish, donde se vuelve a poner de manifiesto la existencia de especímenes de borde moldurado realizados con arcillas propias de la costa de Israel (Singer-Avitz 2010: 189-190). 10 - Un ejemplar de las mismas características procedente también de Morro de Mezquitilla, aunque mucho más completo, fue publicado posteriormente por Maass-Lindemann (1998: Abb. 1,1), si bien no se señala exactamente el contexto de aparición. 11 - Aunque sus excavadores asocian esta forma al Tipo 5 de Byrsa (Lancel 1982: fig. 601), que se correspondería con el ánfora Cintas 280, por la forma del borde y sus paralelos pensamos que debe tratarse más bien de una variante clásica del Tipo 2 de Sagona. 12 - C. Aznar (2005: 56), asumiendo la propuesta de Gal y Alexandre (2000: 49-50) sobre los ejemplares de Horbat Rosh Zayit, sitúa el origen de este tipo en el ánfora cilíndrica ancha (correspondiente al tipo 1 de Sagona), producida en la costa sirio-palestina durante el siglo X a.C. Una secuencia similar, aunque con matices, dibuja Pedrazzi (2005: passim), sobre todo a partir de los ejemplares de Hazor.
DOS ENTERRAMIENTOS SINGULARES DE LA NECRÓPOLIS DE LA CRUZ DEL NEGRO * FRANCISCO JOSÉ GARCÍA FERNÁNDEZ ET AL. OPHIUSSA, 2 (2018) 94 13 - La muestra de C14 obtenida en los niveles fundacionales del santuario ofrece una datación con el 95,4% de posibilidades entre 1020 y 810 A.C. Dentro de esta horquilla, el segmento temporal más probable está entre 980 y 830 A.C. con el 68,2% (Fernández Flores – Rodríguez Azogue 2007: 103-104). 14 - El motivo de las plumas flanqueando otros símbolos (cnḫ, nfr) o figuras, como el halcón, se documenta en la producción chipriota y levantina desde mediados del s. VII a.C., siendo adoptada posteriormente en los talleres sardos (Hölbl 1986: 195196 y 234-235, Abb. 30-31, Taf. 136, 1 y 2 y 132, 1). 15 - Sagona distinguía dos grupos dentro de este tipo de ánforas a partir sobre todo del diámetro de los hombros, cada una con dos variantes respectivas en función de su tamaño (Sagona 1982: 83). El grupo “ancho” oscila entre los 26 y 29 cm de diámetro a la altura de la carena, con dos variantes: una más alargada y otra de cuerpo achatado. Por su parte, en los ejemplares del grupo “esbelto” los hombros no superan los 23 cm de diámetro. Este grupo cuenta también con dos variantes de acuerdo con sus dimensiones: la más alargada, que oscila entre los 45 y 48 cm de altura total, presenta un cuerpo de forma cilíndrica terminando en un fondo apuntado a partir de su tercio inferior; mientras que la variante más corta, también con cuerpo alargado y apuntado, nunca sobrepasa los 40 cm. 16 - Se encuentra en preparación un estudio monográfico con los resultados de los análisis de FRX realizados sobre estas ánforas, así como sobre el ejemplar de la campaña de 1902, con el fin de aportar nuevos datos sobre su posible procedencia y paralelos productivos. 17 - Los análisis petrográficos efectuados por C. Aznar a varios ejemplares de Tell Keisan, Tell Miqne y Ashdod remiten de nuevo al litoral libanés como origen probable del tipo Sagona 7, con una producción más especializada y localizada que las Sagona 2 (Aznar 2005: 161 y 209); sin embargo, un espécimen documentado en Tel Beersheba parece haber sido elaborado con arcillas originarias de la costa central de Israel, lo que de nuevo abre la puerta a la existencia de versiones locales (Singer-Avitz 2010: 190). 18 - Este reciente estudio, realizado a partir de un amplio repertorio de ánforas levantinas documentadas en Chipre entre la Edad del Bronce y el periodo helenístico, trata de identificar y ordenar secuencialmente los principales tipos en relación con sus contextos de amortización, avanzando algunas particularidades y patrones de uso de estos recipientes entre las comunidades insulares y proponiendo las líneas de investigación futuras, que pasan necesariamente por el estudio sistemático de todo el material inédito y la realización de análisis de pasta y de residuos orgánicos que permitan distinguir las producciones locales de las importadas, determinar su procedencia y los posibles contenidos. 19 - Tumbas 12 (Karageorghis 1970: pl. LXII, 2), 21 (Karageorghis 1970: pl. XCII, 9), 15 (Karageorghis 1970: pl. LXXIX, 15.1) y 30 (Karageorghis 1970: pl. CXIII, 5). 20 - Jiménez Ávila atribuye este significado sobre todo a los ejemplares que presentan placas de ampliación, destinados a marcar los distintos pasos o grados en el desarrollo social del individuo que lo porta (Jiménez Ávila 2002: 316). 21 - La aparición en Hazor de un almacén con más de veinte ejemplares completos correspondientes al tipo 2 de Sagona en las proximidades de una instalación destinada supuestamente al prensado de la uva, ha permitido establecer una relación directa entre este contenedor y la producción y comercialización de vino (Yarim 1960: 22-24). Esta hipótesis se ha visto recientemente confirmada gracias a los análisis efectuados sobre algunas de las ánforas extraídas del cargamento del Tanit y el Elissa, en las que se ha detectado la presencia de un ácido orgánico que se encuentra fundamentalmente en la uva o en sus derivados (Ballard et al. 2002: 160-161). 22 - De hecho, salvo el fragmento identificado –con bastantes reservas– en el poblado de San Bartolomé de Almonte, ningún envase oriental relacionado con el transporte de vino ha podido ser documentado en asentamientos indígenas (Guerrero 1995: 87). 23 - La aparición de pepitas de Vitis vinifera en los primeros niveles de ocupación de Castillo de Doña Blanca se ha asociado con la temprana introducción de la vid cultivada en el entorno de la bahía de Cádiz (Ruiz Mata 1995: 171-173), mientras que su incremento en las fases posteriores podrían confirmar la extensión de estos cultivos en la región (Chamorro 1994). De hecho, en la costa occidental de El Puerto de Santa María se han registrado una serie de huellas en la arena interpretadas como antiguos viñedos que podrían haber sido coetáneos a algunas de las factorías documentadas en sus proximidades, como es el caso de Puerto 19, en cuya Fase II (siglos V-IV a.C.) se volvieron a documentar abundantes restos de Vitis vinífera, algunos en el interior de envases anfóricos, así como dos pequeñas “hoces” catalogadas como podaderas (López – Ruiz 2007: 14-15, lám. V-VIII). Sin embargo, son las excavaciones llevadas a cabo recientemente en yacimiento de La Orden-Seminario, en la ciudad de Huelva, las que han puesto al descubierto las evidencias más antiguas relacionables con el cultivo de la vid. Se trata de una serie de sistemas de fosas y zanjas superpuestas, documentadas en una extensión de 23 hectáreas, que en su conjunto dibujan para época protohistórica una secuencia de uso que se iniciaría en torno al siglo IX a.C. y continuaría, con distintas fases, a lo largo de toda la Edad del Hierro hasta los primeros compases del siglo II a.C. (Vera – Echevarría 2013; Echevarría – Vera 2015: 60-65). 24 - Véase, en general, el reciente trabajo de P. Bernardini en relación con la institución del marzeah oriental y su perduración –o adaptación– en el mundo fenicio-púnico (Bernardini 2008). 25 - En tal caso, “The presence of jars associated to inhumations in certain metropolitan and colonial cemeteries may indicate that those vessels played a role in the ritual, which was previous to their final use as cinerary urn. Most probably, these jars carried at least part of the ingredients needed for the funerary banquet, and also were used in their preparation and consumption” (Núñez 2015: 238). 26 - Recordemos de nuevo el set cerámico básico descrito para la necrópolis tiria de al-Bass, compuesto por una o dos urnas, sus respectivos platos o tapaderas, una jarra de servicio, una jarra de boca de seta y, finalmente, un vaso o copa (Núñez 2015: 238), al que habría que añadir el resto de objetos personales.
DOS ENTERRAMIENTOS SINGULARES DE LA NECRÓPOLIS DE LA CRUZ DEL NEGRO * FRANCISCO JOSÉ GARCÍA FERNÁNDEZ ET AL. OPHIUSSA, 2 (2018) 95 27 - Los ejemplos más próximos de esta práctica en las necrópolis levantinas se detectan, en especial, en Tiro Al-Bass, donde el ritual predominante es la cremación y los amuletos fueron depositados en el interior de la urna, sobre los huesos ya cremados (Aubet 2004: 23; 2006: 40). Cuando el ritual dominante es la inhumación se disponen en lugar destacado: junto a la cabeza, como en una tumba de ‘Atlit, datada en periodo persa (Johns 1933: 48, L 23B) o sobre el pecho, en la tumba 2 de Khaldé (Saidah 1966: 59). AGRADECIMIENTOS Nos gustaría agradecer a la dirección y el personal del Museo Arqueológico de Sevilla todas las facilidades prestadas en el acceso y estudio del material depositado en sus fondos, en especial a la responsable del Departamento de Conservación e Investigación, Dña. Concepción San Martín Montilla, así como también a la directora de la Casa-Museo Bonsor de Mairena del Alcor, la Dra. Ana Gómez Díaz, cuya colaboración ha sido fundamental en la búsqueda y contextualización de los paralelos procedentes de las antiguas excavaciones realizadas en la necrópolis de la Cruz del Negro y conservados actualmente en la colección particular de G. Bonsor. Blanca del Espino Hidalgo ha llevado a cabo el montaje gráfico de las imágenes y Miriam Luciáñez Triviño nos ha facilitado las fotografías del amuleto de marfil, realizadas con ayuda de un microscopio. Por último, agradecemos a los Drs. A. Sáez Romero y E. Ferrer Albelda la lectura de este trabajo, así como sus comentarios y sugerencias constructivas. Los errores u omisiones son, en todo caso, responsabilidad de los autores. 5. REFERENCIAS ACQUARO, E. (1977) – Amuleti egiziani ed egittizanti del Museo Nazionale di Cagliari. Roma. ÁLVAREZ MARTÍ-AGUILAR, M. (2005) – Tarteso. 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