Cecilia Díaz Méndez (coord.): Hábitos alimentarios de los españoles. Madrid, Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente, 2013 (157 páginas) [Reseña]
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• RESEÑAS • • 187 • Fernando Collantes Cecilia Díaz Méndez (coord.): Hábitos alimentarios de los españoles. Madrid, Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente, 2013 (157 páginas). Este libro es fundamental: hacía tiempo que lo necesitábamos. Las estadísticas españolas sobre consumo alimentario son útiles en muchos sentidos, pero, como ya argumentó años atrás la propia coordinadora de este libro en un trabajo colectivo (“Análisis crítico de las fuentes estadísticas de consumo alimentario en España. Una perspectiva sociológica”, Revista Española de Investigaciones Sociológicas, n.º 110, año 2005), dejan mucho que desear desde el punto de vista de la sociología, al no permitir una caracterización suficientemente nítida de las motivaciones y actitudes de los consumidores, o de las distintas formas de organización doméstica que estructuran la compra de los alimentos y la preparación de las comidas. Para solventar estas carencias, Cecilia Díaz Méndez coordinó en 2012 la realización de una encuesta de hábitos alimentarios (ENHALI-2012) por parte del grupo de investigación en Sociología de la Alimentación de la Universidad de Oviedo, y el libro que reseñamos presenta los principales resultados de esta iniciativa. El libro consta de cuatro capítulos. En el primero, Cecilia Díaz Méndez e Isabel García Espejo describen la organización de la alimentación cotidiana: los patrones de compra de alimentos y preparación de comidas, así como las pautas horarias y de sociabilidad que rodean al acto de comer; llegan a la conclusión de que en España no cabe hablar (al menos aún) de “desestructuración alimentaria”. El segundo capítulo, de las mismas autoras, busca aclarar las motivaciones que subyacen a la alimentación fuera del hogar, llegando a la conclusión de que las obligaciones y circunstancias laborales son fundamentales en los días laborables, mientras que la sociabilidad y el ocio lo son durante los fines de semana. El tercer capítulo, de Amparo Novo, investiga las actitudes de los consumidores ante diferentes problemas del sistema alimentario, fundamentalmente las pérdidas de confianza ante la percepción de situaciones de riesgo; de este capítulo emerge la imagen ambivalente de un consumidor que, sin dejar de mostrar cierta preocupación por problemas alimentarios, no parece inclinado a una participación ciudadana activa en torno a los mismos. Finalmente, el cuarto capítulo, de Rodolfo Gutiérrez Palacios, estudia la creciente orientación hacia patrones saludables de alimentación, especialmente entre las generaciones jóvenes y los grupos con mayor nivel educativo. La imagen de conjunto que se desprende de estos cuatro capítulos es que, si bien la alimentación española no está al margen de tendencias desestructuradoras bien conocidas en otros países, persiste un núcleo duro de prácticas de consumo en torno a una alimentación predominantemente doméstica, ligada a patrones más amplios de sociabilidad, vida familiar y organización horaria. En las conclusiones, de hecho, los autores lanzan una nota de cautela en torno a una posible transformación del controvertido sistema español de horarios, teniendo en cuenta el fuerte arraigo que entre la población tiene el actual sistema de organización horaria de las comidas. Los anexos del libro ofrecen la ficha técnica de la encuesta y el cuestionario de la misma. Esto es muy útil, si bien quizá habría sido interesante para los especialistas disponer de algo más de información acerca de los criterios utilizados para componer la muestra (de 1.504 personas), así como de una defensa por parte de los autores del grado en que dicha muestra es representativa del conjunto de la sociedad espa-
Anduli • Revista Andaluza de Ciencias Sociales Nº 13 - 2014 • 188 • ñola. Las mujeres, por ejemplo, parecen un tanto sobrerrepresentadas en relación a los hombres, pero quizá haya motivos para ello. La cuestión de la representatividad es importante sobre todo cuando los autores usan modelos de regresión con los que pretenden trascender la estadística descriptiva (aunque, en realidad, tanto aquellos como esta conducen aquí en la mayor parte de casos a un mensaje bastante similar). También habría sido interesante saber más acerca de las variaciones regionales en los resultados, o las razones por las que algunas preguntas del cuestionario (tan sugerentes como las relacionadas con las imágenes de marca o tan útiles como las de peso y altura, que permitirían discriminar las actitudes y motivaciones de los consumidores con sobrepeso u obesidad) no parecen haber tenido eco en los resultados finales. Pero, más allá de estos detalles, y como podrán intuir todos los especialistas en ciencias sociales de la alimentación, la contribución de ENHALI-2012 y el grupo coordinado por Cecilia Díaz Méndez es difícil de exagerar, y puede servir de punto de partida para desarrollos posteriores. Así, por ejemplo, puede ser interesante enlazar los resultados de ENHALI-2012 con los de otras fuentes como el Panel de Consumo Alimentario en aquellas áreas en las que existen puntos de conexión, como las cuotas de mercado de los distintos tipos de establecimiento de distribución (en el capítulo 1) o el gasto alimentario realizado fuera del hogar (que podría complementar el análisis del capítulo 2, basado en si habitualmente se realiza, sí o no, consumo alimentario fuera del hogar). También podría esclarecerse si hay algún factor específico a la alimentación en el hecho de que, como documenta el capítulo 3, los ciudadanos muestren poca confianza en el gobierno (o, quizá cabría puntualizar, en el Estado) y más en los científicos, o si en realidad esto forma parte de una pauta más general de desafección ciudadana hacia las instituciones, por un lado, e idealización social de la ciencia como actividad libre de intereses creados, por el otro. Sería del mismo modo interesante profundizar en lo que significan los resultados relacionados con el nivel educativo, que en varias ocasiones aparece como una variable importante; ¿se trata de efectos que tienen que ver con el nivel educativo en sentido estricto o más bien están reflejando el papel de la clase social y el nivel de renta de los distintos consumidores? Finalmente, el interesante argumento planteado por los autores en las conclusiones acerca del patrón español de horarios quizá podría ser introducido en una discusión más amplia que incluyera también consideraciones acerca de cómo este modelo horario está desembocando en tiempos de sueño excesivamente cortos en no pocos colectivos. Nada de esto es, claro está, una crítica al libro, que en realidad realiza una contribución de primer nivel al estudio de la alimentación en España, especialmente porque proporciona una panorámica general de cuestiones y temas importantes desde la óptica sociológica pero que hasta ahora habían sido escasamente estudiados de manera sistemática para el conjunto del país. Es a todas luces conveniente que, dentro de unos años, vuelva a repetirse esta encuesta para que podamos conocer la magnitud de los cambios y permanencias que de manera tan pertinente nos han presentado Cecilia Díaz Méndez y su equipo en este importante libro.