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La acuñación monetaria en el Reino Visigodo de Toledo: el funcionamiento de las cecas

Pliego Vázquez, Ruth

Abstract

En las líneas que siguen se analizarán las cecas visigodas desde distintas perspectivas, comenzando por la organización administrativa del Reino de Toledo, seguido de las cuestiones más puramente técnicas llevadas a cabo en estos talleres, la producción de las mismas y, finalmente, el papel del tremis en esta sociedad.

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117 Una de las características más destacadas de la amonedación visigoda la constituye la enorme cantidad de cecas que a lo largo y ancho de la península Ibérica, ya de manera constante o con carácter puntual, produjeron moneda durante el Reino visigodo. En total se han contabilizado casi un centenar de talleres, una cifra bastante elevada si se compara con la amonedación del periodo romano precedente con 23 cecas en activo desde fines del siglo III, que se redujeron drásticamente a 4 tras la desintegración de la parte occidental del Imperio (Grierson 1999, p. 5; Hahn 2000, p. 5), y aunque en época de Justiniano I (527-565) llegaron a 14, ya en el siglo VII los talleres en funcionamiento habían descendido a la mitad. Como es sabido, la amonedación visigoda comienza su andadura realizando imitaciones de la moneda imperial romana, desde aproximadamente mediados del siglo V, probablemente a partir del asentamiento permanente en la provincia gala de Aquitania Secunda (418) en tiempos de Walia (415-418) o más seguramente de Teodorico I (418-451). Si en un principio se acuñaron sólidos a nombre de los emperadores occidentales, comenzando por los tipos de Honorio (393-423), las circunstancias llevaron a que pronto fueran sustituidos por los orientales, en tiempos de Leo I (457-474), extendiéndose hasta época de Justino II (565-578), ya bajo el reinado de Leovigildo (568-586), cuando el tremis se convirtió en la única moneda de oro acuñada en la península Ibérica. Estas acuñaciones habrían sido realizadas en la ceca principal que debió de estar instalada en la ciudad de Tolosa, la entonces capital de los visigodos, si bien no se descarta la de Narbona para alguna emisión puntual (Reinhart 1945, p. 215; Kent 1994, p. 29). No obstante, la alusión a la ceca se limita a la inclusión de ciertas marcas, y hay que esperar hasta c. 581, también en tiempos de Leovigildo, para encontrar la mención a un taller en la amonedación visigoda. Resumen/Abstract En las líneas que siguen se analizarán las cecas visigodas desde distintas perspectivas, comenzando por la organización administrativa del Reino de Toledo, seguido de las cuestiones más puramente técnicas llevadas a cabo en estos talleres, la producción de las mismas y, finalmente, el papel del tremis en esta sociedad. Palabras clave Numismática; tremis; moneda visigoda; visigodos; cecas; técnicas; producción monetaria. In the present article we analyze the Visigoth mints from various perspectives, starting with the administrative organization of the Kingdom of Toledo, followed by the purely technical aspects of these mints, the production in them and finally the function of the tremissis in this society. Keywords Numismatic; tremis; Visigothic coin; Visigoths; mints; technicals; monetary production. LA ACUÑACIÓN MONETARIA EN EL REINO VISIGODO DE TOLEDO: EL FUNCIONAMIENTO DE LAS CECAS Ruth Pliego Vázquez Universidad de Sevilla p 89-142n 23/2/09 10:46 Página 117 118 Las cecas en la organización territorial del Reino visigodo Para abordar este asunto debemos partir del marco geográfico en el que se encuentran insertas. En este sentido, las cecas forman parte de la organización territorial de la península Ibérica originada tras la reforma administrativa acometida por Diocleciano (284-313), quien dividió el Imperio en prefecturas y éstas a su vez en diócesis. La diócesis de Hispania comprendía además de parte del norte de África y las Islas Baleares –Tingitania y las Insulae Baliares–, la península Ibérica. Las provincias que la conformaron –probablemente ya de época de Constantino– se denominaron Baetica, Lusitania, Gallaecia, Tarraconensis y Carthaginensis, según consta en la Notitia Dignitatum (III) (f. s. IV-V) y el Breuiarium de Rufo Festo (c. 369), así como en el Latérculo de Polemio Silvio (FHA, VIII, 75-76) y el Latérculo de Verona (FHA, VIII, 53). Sus capitales fueron Hispalis, Emerita,Bracara, Tarraco y Carthago Nova, respectivamente. Aunque con algunas variaciones en sus fronteras, debido a la ocupación de gran parte del occidente peninsular por el reino suevo, así como una porción de la franja costera suroriental perteneciente a la provincia bizantina de Spania, tradicionalmente, y sobre la base del testimonio de Isidoro (Etim., XIV, 4, 29), se ha considerado que, al menos nominativamente, esta división territorial se habría mantenido durante el Reino visigodo y a su conservación se habría tendido tras la sumisión de los suevos y la expulsión de los bizantinos. No se cuenta, sin embargo, con una enumeración detallada de las ciudades que conformaron las diferentes divisiones territoriales, ni de época bajoimperial ni para época posterior, por lo que la documentación eclesiástica se hace imprescindible a la hora de mostrar un panorama aproximado del elenco de las ciudades –y cecas– tardoantiguas pertenecientes a las provincias de Hispania, fundamentalmente en lo que respecta, como veremos, a la provincia de Gallaecia. La nómina de los talleres conocidos se ha visto acrecentada desde los tiempos de Miles (1952) (ver CNV 2006; Pliego & Correa 2006; Pliego e. p.) a la cifra de 94 (ver fig. 1.1-1.2). Tradicionalmente se ha mantenido que el funcionamiento de las cecas visigodas, así como su producción, habría sido muy desigual a lo largo del periodo. No obstante, debemos hacer hincapié en el hecho de que en la etapa visigoda, probablemente más que en ninguna otra, la interpretación numismática está en un alto grado supeditada a factores de distinto tipo: por un lado, la propia naturaleza de la moneda en el contexto social y económico para el que fue producida, y por otro, al azar, que lleva a encontrar unos tesoros y no otros. En este sentido, y como explicaremos algo más adelante, muy probablemente la fundición jugó un papel muy importante en el proceso de acuñación de esta sociedad, debido en alto grado a la escasez de fuentes de aprovisionamiento de metal, pero sobre todo a la estructura socioeconómica del regnum. Aunque esto requiere un análisis más pormenorizado, básicamente la moneda habría sido reciclada continuamente, por lo que la conservada es una muestra, atesorada, escondida y no recuperada no sólo de lo que en realidad se acuñó, sino de lo que no llegó antes al crisol de fundición. Teniendo en cuenta que los mayores tesoros, tanto el de La Capilla (Carmona) como el de Fuentes de Andalucía, proceden de Sevilla, es fácil comprender por qué las piezas de cecas andaluzas predominan en el corpus numismático visigodo. En definitiva, no es posible hablar en términos absolutos sobre el número total de talleres monetales en funcionamiento, y debe tenerse especial cuidado al realizar interpretaciones basadas en la muestra conservada, ya que el futuro puede seguir deparando sorpresas en este sentido. Aun así, es posible extraer conclusiones que muestran ciertas pautas de comportamiento. La acuñación monetaria en el Reino visigodo de Toledo: el funcionamiento de las cecas p 89-142n 23/2/09 10:46 Página 118 119 En este sentido, es evidente la jerarquía entre las distintas cecas, y se puede distinguir en primer lugar un grupo que estaría conformado por aquellas grandes ciudades antiguas que van a mantener su preponderancia en época tardía. Son éstas las capitales de las distintas circunscripciones de la Diocesis Hispaniarum, a excepción de Toleto, que además de ser la capital del Reino vino a sustituir a Carthago Nova, la antigua metrópoli cartaginense, entonces en manos bizantinas. Se trata de comunidades estratégicamente localizadas. Muchas de ellas son núcleos destacados de las principales arterias de comunicación, y básicamente serían, aparte de Toleto, las ciudades de Emerita, Ispali, Tarracona y Bracara, a las que se añadiría las de Cordoba y Cesaragusta, que presentan rasgos de cocapitalidad con Tarracona e Ispali, respectivamente, e incluso en relación con las ocasiones en las que acuña. Por otro lado, todas las ciudades incluidas en este grupo fueron además, a excepción de Toleto, destacadas sedes episcopales desde antiguo. A un nivel inferior, aunque compartiendo prácticamente todas las cualidades que caracterizan las poblaciones mencionadas más arriba, cabría distinguir una serie de ciudades igualmente de larga tradición desde época romana, algunas de las cuales fueron también residencia episcopal destacada desde tiempo atrás, y al igual que aquéllas se encuentran ubicadas en las principales vías de comunicación. Son éstas las de Eliberri y Tucci en lo que a la Bética respecta, Mentesa y Acci, en la Cartaginense, en la Tarraconense los talleres de Barcinona y Gerunda –que muestran una amonedación similar en cierta medida complementaria–, además de Tirasona,Rodas y Sagunto. Existen otras comunidades de escasa importancia en época bajoimperial, ahora revitalizadas, como Egitania, Elvora y Eminio en Lusitania, así como Tude en la Gallaecia, que sobresale frente a Luco y Asturica, éstas sí de reconocido prestigio en época anterior. Otro grupo de cecas presentan unas peculiaridades diferentes, propias de las circunstancias políticas iniciadas en época tardorromana, que supusieron un proceso generalizado de desurbanización de numerosos enclaves y la consiguiente concentración en otros que desde esos momentos se amurallan. En el norte la mayoría responden a la definición de castrum o castellum y están localizadas en territorios fronterizos, como es el caso de Saldania y Mave, pertenecientes a la Cartaginense, aunque situadas en la línea divisoria con la Gallaecia y la Tarraconensis, a las que habría que añadir tal vez Vallegia, que si se acepta esa lectura, así como su identificación con Veleia (Iruña, Álava) (Pliego e. p.), se trataría de un centro con una clara función como castro defensivo de la vía annoraria que uniría Asturica con la Galia (Fernández & Morillo 1997, p. 739) –y que se encuentra en la misma zona de donde podría estar localizada, con numerosas dudas, Tulluco (Pliego & Correa 2006, núm. 9)–. Gallaecia cuenta con los talleres de Georres, Bergio, Pesicos, Petra y Legione, y con respecto al territorio ocupado por los imperiales en el litoral bizantino, y cuyas emisiones muestran el empuje visigodo hasta la definitiva expulsión bizantina en tiempos de Suintila, estarían los de Valentia, Iliocri y Aurariola en la Cartaginense, y Asidona, Barbi y Malaka en la Bética. Por otro lado, existe un grupo de ciudades que presentan unas emisiones puntuales que debieron responder a la coyuntura política del momento y que en el caso de Italica y Roda en la Baetica probablemente conmemorarían las victorias de Leovigildo sobre Hermenegildo. Se desconoce el motivo que llevó a Ervigio a acuñar en Karmona y a Egica y Witiza en Egabro. En la Cartaginense algo similar ocurre con respecto a Castilona, destacada ciudad desde época prerromana y romana, aunque en claro declive desde el siglo III –hasta el punto que su sede episcopal fue transferida a la cercana Beatia–, o Lebea y Tulluco (?) en la Tarraconense, todas las aquí enumeradas con emisiones muy puntuales. Una categoría diferente la conformarían unas pequeñas poblaciones, los denominados pagi, que funcionarían como centros administrativos de un distrito rural y que en algunos casos respondería a lo que García Moreno (1998, p. 108-109) definió como civitates episcopales. Si bien este fenómeno se ve más claramente en el caso lusitano y galaico –gracias al Parroquial suevo–, existe un interesante testimonio La acuñación monetaria en el Reino visigodo de Toledo: el funcionamiento de las cecas p 89-142n 23/2/09 10:46 Página 119 120 literario referente al Alto Aragón, en territorio de la actual provincia de Huesca. En éste se hace referencia al documento que recoge el testamento del Obispo Vicente, en el que se establecen una «serie de propiedades legadas por el prelado» ubicadas «en la terra de una determinada localidad de cierta importancia». Entre éstas se encuentran citadas las correspondientes a los talleres situados en las estribaciones pirenaicas de Volotania –terra Boletano– y Labeclosa (Pliego & Correa 2006, núm. 8) –terra Labeclosano–, que habría que equiparar con toda probabilidad con la dudosa y polémica ceca de Cestavi. Diferente es el caso en el territorio que constituyó el reino suevo, es decir, la provincia galaica y el norte de Lusitania, para cuyo trazado es fundamental el ya mencionado Parroquial suevo (David 1947). La muestra monetaria procedente de esta zona es completamente distinta a la de las otras provincias, únicamente equiparables a los pagi recién nombrados del Alto Aragón. En el área lusitana se observan varios puntos clave, que parecen presentar tres ramales de ocupación en torno a las vías de comunicación. Por un lado, se tendría, en la parte más occidental, partiendo de Olisipona y cruzando la ya citada Eminio hacia el norte, a Veseo y Lameco –y tal vez Adonis (Pliego & Correa, núm. 1)–, ambas sedes episcopales en época sueva, que enlazan con la Gallaecia, cruzando el Duero, con Portocale. La zona central y partiendo desde Egitania, estaría conformada por los núcleos de Monecipio, Totela, Coleia y Caliabria, y por último podría distinguirse un ramal que partiría desde la capital, Emerita, y que pasando por Elvora enlazaría con Salmantica. Al otro lado del Duero, ya en Gallaecia, establecer unas pautas de comportamiento se torna mucho más complejo, sobre todo si se prescinde del factor cronológico y si se tiene en cuenta que no todas las localizaciones son fiables. Aun así, pueden ser reconocidos una serie de pagi en el entorno de Portocale y Bracara, así Cepis, Laure,Labrencio, Turico y Panonias. Enlazando con el ramal central de la Lusitania expuesto líneas arriba, se encuentran una serie de enclaves que, siguiendo la dirección de las agujas del reloj, serían Laetera, Pincia, Senabria, Calapa, Bergancia y Vallearitia, en la misma zona donde estaría Nandolas, jalonados por otros puntos de menor importancia, monetariamente hablando, como Aliobrio, Flavas y posiblemente Ewesis (Pliego & Correa 2006, núm. 7), además de Palantucio. Al este de esta última estaría la ciudad de Semure y camino de Asturica a Ventosa. Al norte del área descrita y aproximadamente tras Pincia, se encuentra la zona eminentemente minera del Bierzo y su entorno. Muchas son las comunidades de esta región que van a emitir moneda visigoda, algunas de ellas vistas ya como castellum, y en la que se encontrarían también otros centros rurales como Fraucello y Casavio, zona que está flanqueada al noroeste y en dirección a Luco por Inceio y probablemente Susarres. Por último, en la zona de la diócesis de Iria se encontrarían las poblacionescecas, conocidas por el Parroquial, de Conteno y Mertia (Pliego & Pliego 2007), además de Catora. Para completar esta visión territorial de las cecas visigodas cabría hacer otro tipo de lecturas sobre estos datos. En primer lugar, la proporción de cecas de cada provincia es bastante homogénea, si descontamos a Gallaecia y, obviamente, a Narbona. Narbonensis:1 Baetica:11 Tarraconensis: 16 Lusitania:12 Carthaginensis: 12 Gallaecia:42 No obstante, sólo un pequeño grupo de ciudades muestra una acuñación constante a lo largo de todo el periodo visigodo, y éstas serían Narbona –que acuña en 14 ocasiones–; en la Tarraconensis, serían Tarracona y Cesaragusta –en 17 y 16 ocasiones, respectivamente–; Toleto (20) y Mentesa (11) en la Carthaginensis; Ispali (19), Cordoba (17) y Eliberrri (15) en la Baetica; en Lusitania, Emerita (20), Egitania (~14) y Elvora (11); y por último en Gallaecia, las de Bracara (12), Luco (9) y Tude (9). En este sentido, aunque en esta última región se acuña en 42 poblaciones con un total de 121 «ocasiones», lo cierto es que éstas se concentran en los reinados que van de Recaredo I (586-601) La acuñación monetaria en el Reino visigodo de Toledo: el funcionamiento de las cecas p 89-142n 23/2/09 10:46 Página 120 121 a Chindasvinto (642-653), a partir del cual sólo se conocen ejemplares a nombre de Bracara, Luco y Tude. Probablemente, en esa primera fase del regnum la multiplicidad de cecas deba verse en las adhesiones que están teniendo lugar tras la sumisión del reino suevo en la zona galaica, tal como es posible detectar en la Bética, a medida que se va ganando territorio a los bizantinos a partir de Sisebuto (612-621), en la producción de Tucci (8), Barbi (7), Asidona (3) y la puntual Malaka (1). En la tabla que se incluye (fig. 2) se han dispuesto los datos más relevantes en este sentido, recogiéndose las cecas con una producción mayor sobre la base de la muestra conservada, teniendo al reinado de Chindasvinto como punto de inflexión–hasta el que se tiene 13 ocasiones para acuñar, habiendo sólo 10 en la segunda parte del periodo–. En éste se observa que mientras las cecas principales mantienen una proporción similar en ambas etapas –así, Narbona, Tarracona, Cesaragusta, Gerunda, Toleto, Ispali, Cordoba, Emerita, Egitania y en menor medida Bracara–, en el resto dicha proporción se quiebra, desapareciendo en algunos casos totalmente. En aquellas no recogidas en la tabla a partir del reinado de Chindasvinto la producción desciende de manera evidente, aunque se observan diferencias dependiendo de la provincia en que nos fijemos. En este sentido, tras dicho reinado, mientras que en Gallaecia y Lusitania la acuñación parece desaparecer sin excepción, en las otras provincias, sin embargo, es posible detectar ciertos núcleos que parecen revitalizarse a partir de Ervigio. Es el caso de Valentia, de donde se conocen acuñaciones de tiempos de Ervigio, Egica, y el reinado conjunto de Egica y Witiza. Otras poblaciones van a acuñar puntualmente, así Rodas –en los reinados independientes de Egica y de Witiza–, Recopoli –con Witiza–, Asidona y Egabro –ambas en el reinado conjunto de Egica y Witiza–, e igualmente van a encontrarse emisiones en cecas que no habían producido hasta entonces, como es el caso de Karmona en tiempos de Ervigio. En definitiva, sobre los ejemplares conservados parece haber existido cierto intento, por parte de Chindasvinto, por concentrar la producción en las ciudades más importantes de cada provincia, básicamente en las capitales de las misma –aunque a éstas habría que añadir Cordoba en la Bética y Cesaragusta y Gerunda en la Tarraconense–. Esta apreciación no es extraña, ya que los intentos de Chindasvinto por fortalecer la monarquía son evidentes también en otros aspectos (ver García Moreno 1974, p. 145 y siguientes). Por otro lado la concentración de las cecas en las ciudades principales resulta evidente a través de la muestra conservada de Wamba (672-680) (Pliego e. p.). No obstante, en tiempos de Ervigio (680-687) este intento de centralización parece descuidarse, ya que, aunque tímidamente, este monarca parece extender la acuñación a otras ciudades e incluso se han conservado ejemplares a nombre de cecas de nueva planta como Karmona. La producción monetal en la Hispania visigoda En las líneas que siguen se tratarán los distintos aspectos que afectan a la producción monetaria de época visigoda, partiendo de los escasos testimonios literarios con los que contamos. Las fuentes literarias relacionadas con la acuñación visigoda Los textos que mencionan la acuñación monetal en el Reino de Toledo son muy reducidos, y a excepción de las alusiones de Isidoro acerca de la explotación minera, primordial a la hora de determinar la procedencia del metal amonedado, básicamente se limitan a simples menciones en documentos de carácter legal destinados a la penalización por la falsificación de moneda. Sobre el primero de los asuntos contamos con el interesante trabajo de Díaz, quien expuso las claves de lo que podría haber sido la actividad minero-metalúrgica de esta época. Este autor, tras analizar el citado texto de Isidoro (Etim., XVI), se cuestionó que los datos proporcionados por el hispalense, La acuñación monetaria en el Reino visigodo de Toledo: el funcionamiento de las cecas p 89-142n 23/2/09 10:46 Página 121 128 de cecas móviles. Esta hipótesis iba dirigida fundamentalmente a explicar las emisiones de las numerosas cecas del noroeste peninsular. La general falta de cuidado en la factura de muchas de estas emisiones marginales, unido a la suposición de que la circulación de moneda de oro en tan insignificantes localidades no debía ser razonable, hizo plantear que tales acuñaciones habrían sido realizadas con «cuños de viajes» (Gil Farrés 1955, p. 28). Ello implicaba la existencia de cecas móviles o, como son denominadas por Gil Farrés, «cecas momentáneas», en contraposición a las «auténticas cecas», que el autor reduce a quince, de las cuales seis se corresponderían con las capitales de provincia: Bracara, Emerita, Ispali, Narbona, Tarracona y Toleto (Gil Farrés 1955, p. 28-29). Este autor consideró que la acuñación de las cecas momentáneas podía responder «al paso de un ejército o de una expedición real por una determinada localidad» (Gil Farrés 1955, p. 32). En su excesiva fidelidad al argumento tipológico, Gil Farrés afirmó «que cada variante-tipo corresponde únicamente a una ceca determinada y nada más que a una» y que «por causas diversas las expediciones llevaban los cuños de la ciudad-ceca que más le interesaba, o tenían más próxima» (Gil Farrés 1955, p. 38-39). En este sentido, en un intento de interpretar la multiplicidad de talleres monetarios en Gallaecia, este autor propuso que las monedas de esta provincia serían acuñadas a pie de mina con el metal recibido de los impuestos. De este modo explicaba que muchas de estas acuñaciones presentaban una factura descuidada debido a que, mientras los cuños de anverso se llevarían preparados, los de reverso se realizaban en cecas itinerantes. Desde el punto de vista técnico, la propuesta de Gil Farrés presenta numerosos puntos flacos, algunos de los cuales han sido detectados por Marques en un trabajo inédito. El primero de ellos es de carácter fiscal, ya que supondría la inexistencia de un mínimo planteamiento en la recaudación de impuestos que les hacía llevar únicamente los cuños de anverso. Desde el punto de vista práctico esta tesis difícilmente encaja con la muestra numismática, ya que de producirse de ese modo no se entiende que se realizaran cuños de anverso diferentes para cada localidad, ni por qué motivo éstos deben ser de factura más descuidada, teniendo en cuenta que habrían sido realizados en talleres importantes y que solamente se abrieron in situ los de reverso. No existen evidencias del uso de los mismos cuños para varias localidades, a pesar de que en algunos casos éstos son muy similares, precisamente en zonas de la actual Andalucía –afectando a cecas de producción tan importante como Ispali y sobre todo Eliberri, Barbi yTucci, que muestra enormes semejanzas con las cartaginenses Acci y Mentesa–, en cuyos casos es posible considerar más una cuestión de estilos semejantes, por cercanía o movilidad de los operarios, que préstamos de cuños. Probablemente en la desigual factura de las emisiones de las diferentes localidades deba verse simplemente la mayor o menor destreza del orfebre encargado de la acuñación. La multiplicidad de los talleres galaicos, que en nuestra opinión únicamente respondería a la abundancia de centros poblacionales en esa área de la Península –determinada por sus particulares condiciones topográficas y cuyo patrón incluso se mantiene en la actualidad–, implicaría que muchos más operarios estarían implicados en el proceso de la acuñación monetal y evidentemente la maestría alcanzada por los orfebres de las ciudades prestigiosas difícilmente pudiera encontrarse en la totalidad de las poblaciones, mayoritariamente rurales, de Galecia, ni siquiera que hubiera artesanos orfebres en todos estos lugares. En muchos casos probablemente habría servido igualmente cualquier recinto destinado, por ejemplo, a la elaboración del instrumental necesario en una propiedad de esas características, tal como en ocasiones ha mostrado la arqueología, y en los que debían de trabajar operarios nada especializados (ver García Moreno 1989, p. 215). Por otro lado, la relación entre las cecas galaicas y las operaciones militares ha sido un tema recurrente en la investigación que sustentó durante un tiempo la hipótesis, hoy con escasa aceptación, sobre la La acuñación monetaria en el Reino visigodo de Toledo: el funcionamiento de las cecas p 89-142n 23/2/09 10:46 Página 128 129 existencia de varios limites durante el periodo visigodo (Besga 1983; ver también Quiroga & Lovelle 1994; Ripoll 1995, p. 258-259; Vallejo 1996; Gutiérrez Lloret 1999, p. 113 y siguientes). Este presupuesto pasaba por asumir una función monetaria relacionada con las necesidades militares, o bien las vinculaba a acontecimientos políticos del monarca dignos de ser reflejados propagandísticamente en las monedas. Si bien es cierto que algunas cecas del norte localizadas en lugares fronterizos como Mave y Saldania –tanto es así que no se tiene certeza de si pertenecían a la Carthaginensis, la Tarraconensis o incluso la Gallaecia–, Astorica y algunas otras, tal vez también Oliovasio (?) –como podrían ser, si es correcta su localización en la parte occidental de la Tarraconense, las de Tulluco y Vallegia–, podrían haber funcionado como núcleos destinados a frenar el avance de cántabros y vascones, también lo es que esta función no se entendería en la zona galaica y del norte de Lusitania, en concreto, en el anterior territorio suevo. Esta área está alejada de la posible zona de conflicto y no existe documentación sobre la existencia de problemas con la población tras la definitiva dominación del reino suevo por parte de Leovigildo (Marques i.). Muy probablemente la mencionada multiplicidad, aparte de las ya citadas características geográficas de la zona, esté más relacionada con la extensión de concesiones a medida que el poder central lograba adhesiones, de ahí que la mayor producción a la vista de los ejemplares conservados sea de los reinados que van de Recaredo I a Suintila. Por el contrario, con respecto a las localidades fronterizas con la provincia bizantina, no es posible negar la relación de algunas emisiones con determinadas campañas. En este sentido, el mapa de las cecas cartaginenses y béticas se fue incrementando a medida que avanzaba la conquista. Así, se cuenta con acuñaciones más o menos constantes a partir del mandato de Sisebuto en Acci, y Tucci, y esporádicos en Valentia, Iliocri y Aurariola, en la Carthaginensis, y de Asidona, Barbi y Malaka, en la Bética. A efectos prácticos, a medida que se va ganando territorio a la provincia de Spania, los visigodos pudieron encontrarse con la necesidad de fundir las monedas de oro bizantinas, que obviamente tendría que haber en ese territorio. Tal como se vio líneas atrás, son precisamente las acuñaciones de los monarcas Sisebuto, Suintila y Sisenando las que muestran una mayor precipitación en su factura, y en las que es posible detectar ciertas huellas que hablarían de esa premura en la producción (ver supra). Sobre el volumen de la acuñación visigoda Uno de los temas que más interés ha suscitado en la investigación numismática ha sido el de intentar determinar la cantidad de monedas que pudo producir un cuño por término medio, con el objetivo de calcular la producción total de una determinada emisión. Como es sabido, un primer paso de este método es realizar la «caracteroscopía», que consiste en analizar todos los cuños tanto de anverso como de reverso de una amplia muestra de monedas (por ejemplo Colbert de Beaulieu 1973). Uno de los principios básicos de este tratado asume que hay más cantidad de cuños de reverso puesto que al ser éste el que golpea al de anverso, que por el contrario permanece fijo embutido en un yunque, se rompe con mayor frecuencia (ver supra). Esta distinta «vida» del troquel de reverso con respecto al de anverso proporcionaría los enlaces de cuños, ya que la sustitución de alguno de ellos –obviamente, el de anverso también terminaría por fracturarse– quedaría reflejado en la muestra, de modo que se encontrarían ejemplares con el mismo anverso y distinto reverso, y viceversa, obteniéndose así una secuencia cronológica de la producción. A partir de esta seriación se obtendría el número de cuños de anverso y reverso utilizados para la emisión de una determinada serie y sobre éstos se realiza una estimación de la productividad, en términos de La acuñación monetaria en el Reino visigodo de Toledo: el funcionamiento de las cecas p 89-142n 23/2/09 10:46 Página 129 130 números de piezas acuñadas con cada uno de ellos, con el objetivo de calcular el volumen total de la producción. Para ello se ha utilizado la estadística y son varias las fórmulas usadas con estos fines, siendo las más aceptadas las de Carter (1983), Esty (1984) y Good (1953) (ver Esty 1986 y 2006). En 1963 Selwood, basándose en la propia experiencia, llegó a acuñar de 10.000 a 16.000 monedas –en concreto tetradracmas– usando cospeles calientes, mientras que en frío sólo consiguió unas 5.000 u 8.000 piezas. Sobre la base de éste y otros estudios, en la actualidad se admite que la producción media de un cuño debió de estar entre las 15.000 o 20.000 monedas (por ejemplo Ripollés & Llorens 2002, p. 181). Si ello a priori resulta no ser más que una estimación aproximada sin mayores consecuencias, los distintos métodos estadísticos desarrollados a partir de esos cálculos con el objetivo de conocer el volumen total de acuñación, y el excesivo uso y credibilidad de los mismos, han provocado un duro enfrentamiento entre las posiciones a favor y en contra de dichos procedimientos. En este sentido, y a pesar de que este tipo de análisis no suele faltar en cualquier estudio de numismática que se precie, lo cierto es que fue contestado muy pronto desde varios trabajos, así por Howgego (1992, ver en particular 2-4) y sobre todo por Buttrey, en dos artículos publicados en 1993 y 1994, respectivamente. Las estimaciones derivan de supuestos matemáticos, pero ello implica que la exactitud de cualquiera de éstos, aplicado a una serie de datos, dependerá no sólo de la fidelidad teórica del que lleva a cabo la estimación, sino sobre todo del modo en el que dicho supuesto refleje la realidad (Esty 1986, p. 187). Es decir, se parte de la base de que cualquier moneda tiene las mismas probabilidades para haber entrado a formar parte de la muestra de estudio, con lo que se estaría analizando un conjunto que reflejaría la situación real. Si esta premisa es difícil de asumir, el segundo supuesto sobre que todos los cuños produjeron el mismo número de monedas (Esty 1986, p. 187) ha recibido las más duras críticas de la mano de Buttrey (1993-1994), matizadas posteriormente por Callataÿ (1995), ya que, aunque este tipo de estimación toma en consideración aspectos como el grado de desgaste, en opinión de ese autor existiría un número interminable de factores que influyen en la diferente durabilidad de un troquel. Entre ellos la naturaleza del cospel, ya sea en lo que respecta a su diámetro, como a la aleación del metal con el que está hecho, así como si la acuñación se realiza en frío o en caliente, entre muchas otras eventualidades. Tal como afirma este autor, la calidad metalúrgica de un cuño sería más importante en la producción que la cantidad de los mismos (Buttrey 1994, p. 342-344). En lo que respecta a la moneda visigoda, uno de los hándicaps que presenta su estudio es la enorme cantidad de cuños conocidos con relación al corpus de monedas conservadas. Entre los escasos trabajos dedicados a la estimación de la producción contamos con el reciente de Benages (2007) para la ceca de Tarracona, en el que se estima una producción de 30.000 monedas por cuño a pesar de que el total de monedas conocidas no llega a 200. Por su parte, Bartlett lleva años embarcado en un ambicioso proyecto de estudio de cuños, cuyos parciales resultados parecen más ajustados. En una reciente publicación se planteó que probablemente en el caso de Ispali los cuños no llegaran a agotarse totalmente, puesto que lo que se interpreta como marcas de control del taller explicarían que esas emisiones fueran realizadas para cubrir una serie de gastos predeterminados (Bartlett et al. 2005, p. 1129). En consecuencia, Bartlett, en el caso de Ispali, estima una producción de 5.000 monedas por cuño, aunque esta cifra sería mayor en aquellas cecas que como Toleto no muestran marcas de control. Recientemente tuvimos la oportunidad de abordar el análisis de una pequeña muestra visigoda, en concreto la amonedación de Sisebuto (612-621) en la ciudad de Ispali (Pliego e. p.). A pesar de La acuñación monetaria en el Reino visigodo de Toledo: el funcionamiento de las cecas p 89-142n 23/2/09 10:46 Página 130 131 que en la elección de ese periodo cronológico, así como del taller emisor, primó fundamentalmente el ser de los pocos que muestran un repertorio lo suficientemente amplio, lo cierto es que el hecho de que la mayoría de las monedas de este reinado y ceca provengan mayoritariamente de dos únicos hallazgos atenta contra la primera de las premisas que debe cumplir una muestra, ya que el conjunto no refleja una situación real. Aunque no vamos a traer aquí ese trabajo completo, sí interesa extraer varios aspectos. De un total de 169 monedas se reconocieron 62 cuños de anverso y 97 de reverso, y, a pesar de lo dicho sobre la naturaleza de la muestra en lo que respecta al número de piezas, la primera característica destacable es que los cuños enlazados presentan una proporción muy baja, produciéndose constantes cortes en la cadena. El establecimiento de una secuencia cronológica, por tanto, carece en última instancia de valor probatorio, ya que no se está ante una secuencia cronológica real. A efectos prácticos esto se traduce en que en la mayoría de los casos los cuños colocados en el principio de la seriación pueden ser situados igualmente al final de la misma. Más aún, los cuños utilizados no parecen seguir ningún orden establecido, y aunque se observa la mano de varios signatores trabajando al mismo tiempo, los cuños por ellos realizados parecen entremezclarse indiscriminadamente en cada jornada laboral. En la siguiente estimación se ha seguido la fórmula simplificada de Carter (1983) modificada por Esty (2006), y para llevarla a cabo ha sido fundamental la contribución de Peter Bartlett, a quien agradecemos su valiosa ayuda. Número de monedas Número de cuños Cobertura (int. conf. 95%) Cuños estimados (int. conf. 95%) 169 97 63% (53.3%-73.3%) 202 (160-260) Según los datos expuestos arriba, la ceca de Ispali durante el reinado de Sisebuto habría utilizado unos 200 cuños de reverso con un intervalo de confianza del 95% –es decir, entre 160 y 260 cuños originales–. Si como ya se ha mencionado se considera que las cifras más aceptadas para la producción de un cuño son entre 15.000 a 20.000 monedas, se tendría un resultado aproximado de entre 3.000.000 y 4.000.000 de monedas. Por tanto, para la estimación más baja se habría necesitado unos 4.500 kilos de oro, sólo para la acuñación de Sisebuto en la ceca de Ispali. Si consideramos que para Bartlett los cuños de la ceca de Ispali con marcas de valor no habrían agotado su uso y que, en este caso, cada cuño pudo producir unas 5.000, tendríamos el resultado algo más bajo de 1.000.000 para esta ceca y reinado, que habría requerido 1.500 kilos de oro. En nuestra opinión, barajar esa cantidad de metal para la emisión de una única ceca durante un sólo reinado parece desorbitada, aun considerando el descenso de peso y ley del tremis de esta época, si se tiene en cuenta algunas cifras conservadas en los testimonios de la época. En este sentido, el pago que debió hacer Leovigildo a los bizantinos para que retirasen el apoyo al rebelde Hermenegildo fue de 30.000 sólidos (Greg. de Tur., Hist. Franc. V, 38), es decir unos 137 kilos de oro. Años más tarde, Sisenando prometió al franco Dagoberto una bandeja de oro –missorium aureum– de 500 libras de peso (Fredeg., Chronn., IV, 73), es decir, unos 163,5 kilos de oro, a cambio de recibir ayuda para destronar a Suintila. No obstante el precio final ascendió a 200.000 sólidos, es decir, según el peso teórico sería algo más de 900 kilos de oro, pero teniendo en cuenta que el peso del tremis en época de Sisenando rondó 1,40 g, así como que la ley había descendido aproximadamente al 65% (Marques et al. 1995, p. 126; Pliego e. p.), la cantidad de oro entregada al rey de Neustria debió de ser mucho menor, no alcanzando con toda probabilidad los 500 kilos, y esta cifra habría supuesto con toda probabilidad un enorme esfuerzo por parte de la corona. La acuñación monetaria en el Reino visigodo de Toledo: el funcionamiento de las cecas p 89-142n 23/2/09 10:46 Página 131 132 En nuestra opinión, la estimación de los cuños originales aquí considerados en la tabla anterior está basada en datos inciertos, no tanto por nuestro mayor o menor desacuerdo con las tesis expuestas anteriormente, sino porque este tipo de análisis parte de una premisa, a nuestro parecer, secundaria. El volumen de una emisión va a responder siempre a la voluntad de quien la encarga –movida con toda seguridad por las necesidades del momento y limitada por la cantidad de metal disponible (ver Buttrey 1994, p. 345)– y no a la capacidad del instrumento que las realiza, el cuño, que en definitiva es la base de todas las formulaciones propuestas. Para extraer unas conclusiones fidedignas, aplicando las fórmulas citadas la acuñación habría tenido que realizarse de manera invariablemente lineal, en la que existiría un sólo set de anverso y reverso que se habría ido sustituyendo a medida que éstos se hubieran fracturado, agotándose su capacidad productora, y aun así quedaría un margen de error debido a que la durabilidad de los mismos está sujeta a numerosas vicisitudes imposibles de ponderar. Ahora bien, es posible imaginar que en la acuñación de algunas series se impondría como límite no ya la cantidad de metal como primer condicionante, sino por ejemplo, el tiempo, es decir la necesidad imperiosa de conseguir moneda en un corto periodo. Nada impide plantear que ante esa circunstancia la destreza de los operarios pasara a un segundo término y que para una determinada emisión se ordenara trabajar a varios operarios al mismo tiempo, cada uno con sus cuños correspondientes. Es decir, la muestra reflejaría la existencia de una enorme cantidad de cuños, aunque no necesariamente éstos hubieran agotado su uso. Pero además la misma celeridad podría haber provocado la ruptura de numerosos troqueles. Ésta pudo haber sido la situación ocurrida durante la conquista de la provincia bizantina: las monedas de los monarcas Sisebuto –en menor medida de Recaredo II–, Suintila y Sisenando, de cecas como Ispali, Eliberri, Tucci, Acci y Mentesa, entre otras, parecen responder a estas necesidades. Pero además el hecho se agrava porque la mayoría de las monedas visigodas conocidas no sólo pertenecen a este periodo sino que, como ya ha sido reiterado, proceden de tesaurizaciones. En consecuencia, realizar una estimación de la producción sobre la base de los cuños conocidos proporcionaría un resultado en gran medida distorsionado. El papel del tremis visigodo Aunque éste es un asunto muy complejo que tratamos más detenidamente en otro lugar (Pliego e. p.), no queremos cerrar este trabajo sin hacer alguna mención a la posible función de la moneda visigoda, teniendo en cuenta todo lo dicho a lo largo de estas líneas, si bien cambiando la perspectiva puramente técnica por otra que muestre el panorama de lo que podrían haber sido las relaciones socioeconómicas del Reino de Toledo. Para ello debemos remontarnos a la fase final del Imperio, y tener presente que los cambios producidos a nivel estructural en la sociedad tardorromana debieron influir decisivamente en la situación heredada por los visigodos. En primer lugar, ya desde los últimos tiempos del Imperio se observa una paulatina transformación en el sistema de relaciones sociales que se verá acrecentada en la etapa inmediatamente posterior. Fundamentalmente, y en lo que aquí nos interesa, mientras que en el Bajo Imperio el Estado conservaba el monopolio sobre la captación y distribución de los bienes, ya desde época tardoimperial parte de estas tareas fueron traspasadas a los potentes, del mismo modo que lo fue, entre otras cosas, el control de la organización militar. La acuñación monetaria en el Reino visigodo de Toledo: el funcionamiento de las cecas p 89-142n 23/2/09 10:46 Página 132 133 En el Reino de Toledo estos presupuestos estuvieron estrechamente ligados a la debilidad estructural del poder monárquico, dependiente en alto grado de una siempre disidente élite con poder suficiente para alzarse contra el estado. Si tradicionalmente y de manera mayoritaria el uso del tremis visigodo se ha puesto en relación con la recaudación de impuestos, este panorama casa difícilmente con el régimen fiscal de época bajoimperial, debido sobre todo a que los mecanismos del pasado han dejado de servir al nuevo sistema. Por ello, aun sin dudar de los intentos por continuar el sistema tributario que en épocas precedentes recaería sobre el territorio de Hispania, la evasión habría sido la nota característica del periodo (ver 1993b, p. 280, n. 67 y p. 294). Sin embargo, el sistema retributivo probablemente proporcionó las bases donde asentar la organización del Reino de Toledo, y probablemente la fiscalidad fue el principal instrumento de interrelación, amistoso u hostil, entre el rey y los potentes (ver por ejemplo Castellanos 2003, p. 202). En otras palabras, la monarquía se habría convertido en la principal fuente de riquezas en el Reino de Toledo (Retamero 1999, p. 279), y la distribución de las mismas quedaría supeditada en última instancia a las relaciones de interdependencia establecidas entre el soberano y los poderosos (García Moreno 1992, p. 36). El objetivo primordial de la producción de tremises visigodos, en consecuencia, habría sido el derivado de la redistribución estatal cuyos fines principales habrían sido los habituales en las sociedades de la época, así rescates, composiciones –como podría ser el pago efectuado por Leovigildo para que los bizantinos retirasen su apoyo a Hermenegildo–, dotes, etc., particularmente a estados extranjeros. A nivel interno entre los propios miembros del regnum, la moneda habría servido para el «pago» y el «cobro» de servicios fundamentalmente entre el rey y los nobles, creando una red de lazos de interdependencia entre ellos. Esta organización está hablando para época visigoda de la existencia de una economía de prestigio, basada en el regalo o «don» como base de dichas relaciones y que afectaría a la amonedación en oro. En definitiva, partiendo de la propuesta de Hendy (1988) para la época bajoimperial, recientemente se ha defendido que la acuñación monetaria de época visigoda habría tenido un movimiento de ida y vuelta, es decir, básicamente se trataba de una circulación entre el Estado y los nobles (Barceló 1981, p. 152 y siguientes; Retamero 1999). A efectos prácticos, el soberano podría poner en circulación una emisión monetaria que respondiera a unas necesidades concretas, y por tanto el volumen de la acuñación dependería en última instancia de las características de esas necesidades y, obviamente, de la cantidad de metal disponible. La «circulación monetaria» esperada por parte del monarca debía de ser la vuelta a sus manos de esas donaciones en forma de tributos para así conseguir engrosar el fisco. Sin embargo, el poco eficiente sistema tributario y las particularidades del reino harían que la mayoría de las entradas provinieran de las multas y, sobre todo, de las confiscaciones emprendidas contra aquellos nobles que no mantuvieran el juramento de fidelidad. Por tanto, el interés del rey por el continuo ingreso de moneda o metal en general en el patrimonium debió de tropezar con el de los poderosos, cuya circulación deseada debía ser en una única dirección, es decir, del rey hacia ellos. Lo que explicaría el generalizado atesoramiento de esta moneda destinado al aumento de las riquezas personales. En este sentido, es destacado que a pesar de la recurrente escasez de numerario visigodo la mayor parte del que conservamos procede de tesaurizaciones, lo que confirmaría en parte su limitada circulación. La acuñación monetaria en el Reino visigodo de Toledo: el funcionamiento de las cecas p 89-142n 23/2/09 10:46 Página 133 134 La acuñación monetaria en el Reino visigodo de Toledo: el funcionamiento de las cecas Conclusiones Retomando lo expuesto a lo largo de este trabajo, queremos hacer hincapié en una serie de aspectos que muestren de manera global la situación de lo que sería la relación del Reino de Toledo con la acuñación de moneda. En primer lugar, llama la atención el enorme número de talleres en funcionamiento dispersos por toda la geografía del territorio de Hispania. Aunque debió de existir cierta jerarquía entre ellos, la muestra de las monedas conservadas proporciona una visión distorsionada de la realidad, debido a que en un alto porcentaje estas piezas proceden de varios grandes tesoros, dos de los cuales fueron hallados en el sur peninsular, unido al hecho de que la provisión de oro se obtuvo principalmente a través de la fundición de metal, práctica en la que la moneda de reinados anteriores pudo haber jugado un papel importante. Muy probablemente desproporcionada es también la relación entre la cantidad de ejemplares conocidos y el enorme número de cuños registrados. Si, tal como expusimos anteriormente, esto pudo deberse al continuo reciclaje de las monedas, teniendo como base la fundición del metal, también lo es que las emisiones en muchos casos, o al menos en lo que afecta a una gran cantidad de piezas de las conservadas, se hayan acuñado en circunstancias excepcionales, sometidas a la presión que pudo ejercer, por ejemplo, las prisas, por lo que seguramente en la mayoría de los casos la capacidad de los cuños no llegó a agotarse. Por último, para época visigoda probablemente pudiera hablarse de dos ámbitos diferentes de circulación monetaria: por un lado, una circulación de moneda de oro junto a otro tipo de bienes entre los poderosos –aunque de ningún modo restringida a ellos–, y por otra, una moneda destinada al pequeño comercio que se diferenciaría de la anterior en que se trataría de piezas de bronce, que pudieron ser acuñadas no sólo bajo distintas iniciativas, sino incluso bajo varios poderes –algo evidente en la medida en que estos bronces visigodos aparecen junto a bronces bizantinos e incluso romanos de siglos anteriores (Fernández Flores 2003)–. Por tanto, se estaría hablando de la convivencia entre una economía de prestigio limitada a las clases dirigentes y que utilizó el tremis como uno más de los objetos prestigiosos de intercambio, y una pequeña y reducida economía mercantil, que tuvo a la moneda de bronce como base de sus transacciones. De este panorama se deduciría que los conceptos de comercio y moneda no son nociones complementarias y por tanto no necesariamente van siempre unidos. En este sentido, Polanyi (1957, p. 262) describió hace años un esquema que encajaría perfectamente con la situación que se acaba de esbozar. Según Polanyi, la economía de regalo, la economía administrativa y la economía de mercado no son varios niveles de la misma actividad sino que se trata de concepciones distintas con orígenes dispares y diferentes contenidos, que tendrían también diversas funciones, y por tanto, podrían implicar diferente moneda. p 89-142n 23/2/09 10:46 Página 134 135 La acuñación monetaria en el Reino visigodo de Toledo: el funcionamiento de las cecas Figura 1. Mapa de las cecas visigodas. p 89-142n 23/2/09 10:46 Página 135 136 La acuñación monetaria en el Reino visigodo de Toledo: el funcionamiento de las cecas Ceca Localización Acci Guadix (Granada) Adonis (?) Adões (Coimbra) Aliobrio (?) Lóbrigos (Vila Real, Portugal) Amiasio (?) Amaya (Burgos) Aorariola Orihuela (Alicante) Asidona Medina Sidonia (Cádiz) Astorica Astorga (León) Asturie (?) Zona Norte de León-Asturias Aurense Orense Barbi Cerro Castillón (Antequera, Málaga) Barcinona Barcelona Beatia Baeza (Jaén) Bergancia Bragança (Portugal) Bergio Cacabelos (León) Bracara Braga (Portugal) Calagorre Calahorra (La Rioja) Calapa Calabor (Zamora) Caliabria (?) Aldeia Nova (Portugal) Casavio Casaio (Orense) Castilona Cortijo Yanguas (Linares, Jaén) Catora Catoira (Pontevedra) Cepis Castelloes de Cepeda (Porto, Portugal) Cesaraugusta Zaragoza Cestavi? (?) Gistaín (Huesca) Coleia Almofala (Portugal) Conteno Cuntis (Pontevedra) Cordoba Córdoba Dertosa Tortosa (Tarragona) Egabro Cabra (Córdoba) Egitania Idanha-a-Velha (Portugal) Eliberri Granada Elvora Talavera (Ciudad Real) Emerita Mérida Eminio Coimbra (Portugal) Ewesis (?) Área bracarense Flavas Chaves (Portugal) Fraucello Valle Frogelos (Orense) Georres A Rúa de Valdeorras (Orense) Gerunda Gerona Iliocri Lorca (Murcia) Inceio Incio (Lugo) Ispali Sevilla Italica Santiponce (Sevilla) Karmona Carmona (Sevilla) Labeclosa Puebla de Castro (Huesca) Labrencio (?) Zona Portucalense Laetera (?) Vale de Telhas (Bragança) Lameco Lamego (Portugal) Ceca Localización Laure (?) Lavra (Matosinhos, Porto, Portugal) Lebea Herramélluri (La Rioja) Legione León Luco Lugo Malaka Málaga Mave Mte. Cildá (Palencia) Mentesa La Guardia (Jaén) Mertia Merza (Pontevedra) Monecipio (?) Terlamonte (Portugal) Nandolas (?) Área entre Trás-os Montes y Alto Douro) Narbona Narbona (Francia) Oliovasio (?) Zona Palencia Olisipona/ Elisa? Lisboa (Portugal) Palantucio Palaçoulo (Bragança) Palentiaca (?) Concelho de Peñafiel (Portugal) Panonias Panóias (Braga, Portugal) Pesicos Cangas de Narcea (Asturias) Petra (?) Piedrafita (Asturias) Pincia Pinza (Orense) Portocale Porto (Portugal) Recopoli Zorita de los Canes (Guadalajara) Roda (?) La Roda de Andalucía (Sevilla) Rodas Roses (Girona) Sagunto Sagunto (Valencia) Saldania Saldaña (Palencia) Salmantica Salamanca Semure Zamora Senabria Puebla de Sanabria (Zamora) Susarres Zona de Bembibre (León) Tarracona Tarragona Tirasona Tarazona (Zaragoza) Toleto Toledo Toriviana Castro Alvarelho (Sto. Tirso, Portugal) Tornio (?) Torno, Orense Totela (?) Guarda-Sabugal (Portugal) Tucci Martos (Jaén) Tude Tui (Pontevedra) Tulluco (?) Zona de Álava Turico (?) Tierra de Lampaças (Chacim) Valentia Valencia Vallearitia Vilariça (Bragança) Vallegia (?) (?) Iruña (Álava) Vallesalsa (?) Sousa (Porto, Portugal) Ventosa Benavente Veseo Viseu (Portugal) Volotania Boltaña (Huesca) Figura 2. Identificación de los talleres visigodos con las poblaciones actuales. p 89-142n 23/2/09 10:46 Página 136 137 La acuñación monetaria en el Reino visigodo de Toledo: el funcionamiento de las cecas Ocasiones en las que acuña Provincia Ceca Hasta Chind. (653) Post. Chind. (653-711) Total Narbonensis Narbona 8/13 6/10 14 Tarraconensis Tarracona 10/13 7/10 17 Cesaragusta 10/13 6/10 16 Gerunda 4/13 6/10 10 Barcinona 6/13 3/10 9 Tirasona 9/13 - 9 Resto cecas = ó>5 Carthaginensis Toleto 12/13 8/10 20 Mentesa 8/13 3/10 11 Acci 5/13 3/10 8 Saldania 6/13 - 6 Resto cecas = ó >5 Baetica Ispali 12/13 7/10 19 Cordoba 11/13 6/10 17 Eliberri 12/13 3/10 15 Tucci 5/13 3/10 8 Barbi 7/13 - 7 Resto cecas = ó >3 Lusitania Emerita 13/13 7/10 20 Egitania 7-8/13 6/10 13 o 14 Elvora 7/13 4/10 11 Eminio 7/13 - 7 Salmantica 3/13 3/10 6 Resto cecas = ó >5 Gallaecia Bracara 8/13 4/10 12 Luco 7/13 2/10 9 Tude 6/13 3/10 9 Georres 6/13 - 6 Resto cecas = ó >5 Figura 2. Comportamiento de las cecas visigodas con relación a las «ocasiones» en las que acuñan sobre la muestra conservada. p 89-142n 23/2/09 10:46 Página 137