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La crisis de identidad del periodista y la ética profesional

Suárez Villegas, Juan Carlos

Abstract

La crisis de una ética profesional del periodismo es una de las raíces de los males endémicos del periodismo en nuestro país. El perjuicio no supone sólo una merma en la credibilidad del periodismo, sino también una dificultad enorme para defender las señas de identidad del informador y sus derechos frente a los presiones de los propios medios. Por eso, repensar el sentido de la ética periodismo constituye un modo de fortalecer la identidad de los profesionales.

Full text

The crisis of professional ethics of journalism is one of the roots of the endemic ills of journalism in our country. The injury is not only a decline in the credibility of journalism, but also a huge challenge to defend the identity of the journalist and his rights against the pressures of the media. Therefore, rethinking the meaning of ethical journalism is a way of strengthening the identity of the professionals. Keywords: Ethics, professionalism, conscience, rights, liberty 119 Estudios sobre el Mensaje Periodístico 2009, 15 119-134 ISSN: 1134-1629 ABSTRACT SUMARIO: 1. La ética profesional como referencia de identidad. 2. Conciencia, ética individual y profesionalidad. 3. Fundamentando la conciencia profesional. 4. La conciencia ética en el ejercicio del periodismo. 5. Conclusión. 6. Referencias bibliográficas. La crisis de una ética profesional del periodismo es una de las raíces de los males endémicos del periodismo en nuestro país. El perjuicio no supone sólo una merma en la credibilidad del periodismo, sino también una dificultad enorme para defender las señas de identidad del informador y sus derechos frente a los presiones de los propios medios. Por eso, repensar el sentido de la ética periodismo constituye un modo de fortalecer la identidad de los profesionales. Palabras clave: Ética, profesionalidad, conciencia, derechos, libertad RESUMEN La crisis de identidad del periodista y la ética profesional1 JUAN CARLOS SUÁREZ VILLEGAS [email protected] Universidad de Sevilla Recibido: 15 de marzo de 2009 Aceptado: 24 de julio de 2009 The Identity Crisis of the Journalist and Professional Ethics 1Este articulo se ha realizado dentro del marco del Proyecto de I+D+I del MEC, convocatoria del 2006, titulado Ética y excelencia informativa. La deontología periodística frente a las expectativas de los ciudadanos (nº de referencia: SEJ2006-05631-C). En dicho proyecto participaron cuatro Universidades Españolas: Universidad Carlos III, Universidad del País Vasco, Universidad Pompeu Fabra y Universidad de Sevilla. 3-06 Suarez.qxd 20/09/2009 21:45 PÆgina 119 1. La ética profesional como referencia de identidad. El ejercicio de cualquier actividad requiere por parte del profesional que la realiza una identificación con sus fines internos. Profesiones como la medicina, la abogacía o el periodismo desempeñan una importante función social a través de la cual se administran bienes humanos que pueden ser desarrollados a través de prácticas sociales que exigen dedicación y compromiso. Por tanto, una profesión no es una actividad casual que se realiza con cierta reiteración y en la que priman los intereses subjetivos de quien la ejerce. Una profesión es una práctica social institucionalizada que asume una función especial en la defensa y promoción de bienes fundamentales de la persona y que, por tanto, exige una responsabilidad cualificada que avale el compromiso de quienes deciden dedicarse a ella. El valor interno de la profesión concierne al bien humano al que sirve, mientras que otras cuestiones como el prestigio social o el enriquecimiento personal son bienes externos que no deberían anteponerse a los primeros. A este respecto, Adela CORTINA ha indicado lo siguiente: “Obviamente, no existe ningún problema en que un profesional, además de intentar alcanzar los bienes internos de su profesión, perciba a través de ella unos ingresos, logre un poder social y se gane un prestigio si es excelente. Lo que, en cambio, desvirtúa cualquier profesión es el hecho de que quienes la ejercen cambien los bienes internos por los externos: olviden la meta por la que la profesión cobra sentido y legitimidad social, y busquen únicamente dinero, prestigio o poder. En ese caso las profesiones se corrompen de forma inevitable” (CORTINA, 1997: 158). Aplicando al periodismo estas primeras consideraciones, podríamos decir que no es periodista quien informa, sino quien asume la conciencia de realizar una tarea en la que es responsable ante aquellas personas a las que está informando. Y lo es de un modo especial, no como un mero ciudadano que ejerce un derecho privado a informar, que también es otra de las modalidades de este derecho. Es alguien que ocupa y participa de una posición privilegiada socialmente, por la que se genera una expectativa en el destinatario distinta en relación con el valor de dicha información. En virtud de esta consideración, el receptor considerará que tiene derecho a ser informado y que existen una serie de deberes o condiciones que tiene que cumplir la persona que va a informarle. Por lo tanto, el periodismo es una práctica social que debería realizarse con una conciencia benefactora que represente a los ciudadanos (CORTINA, 1997: 154-161). Por esta razón, quien decida ser periodista ha de saber que no es su libertad personal la que ha de prevalecer en su tarea, sino la libertad profesional que incluye un fuerte sentido de la responsabilidad. Precisamente, por ser el periodismo una de las profesiones que dan cuerpo a las prácticas sociales, resulta preciso definir un marco deontológico, que no es más que una ética pública derivada de su función social. Los futuros profesionales reciben una formación cualificada para ejercer la actividad. Además del conocimiento, al profesional se le presuponen unas intenciones correspondientes a su trabajo, que Juan Carlos Suárez Villegas La crisis de identidad del periodista y la ética... 120 Estudios sobre el Mensaje Periodístico 2009, 15 119-134 3-06 Suarez.qxd 20/09/2009 21:45 PÆgina 120 deben actuar como referencia axiológica sobre su grado de diligencia y buena fe en el ejercicio de la profesión. Las propias instancias profesionales han de establecer un marco de actuación que garantice el buen hacer de la profesión frente a la posibles negligencias de otros profesionales desaprensivos. Así como en la medicina existen criterios de orto praxis médica de acuerdo con la preparación cualificada de dicho profesional, se debe optar por aplicar criterios deontológicos que sirvan para valorar el grado de diligencia de los periodistas. De este modo se podrán administrar bienes que garanticen la supervivencia de la sociedad democrática en la que estamos inmersos. La deontología constituye un criterio de diligencia y, llegado el caso, se convierte en un concepto de hermenéutica jurídica que permite objetivar la intención del profesional de acuerdo con las pautas que le eran exigibles en la función que desempeña. Por tanto la responsabilidad del experto incluye no sólo las consecuencias que se deriven de sus actos sino también aquellas otras que se puedan producir por no haber practicado las acciones necesarias que condujeran a una certera verificación de los indicios razonables del caso. Con frecuencia se suscita el debate sobre si la deontología sería una disciplina auxiliar de la legislación jurídica, una especie de “soft law”; o si más bien sería una ética aplicada que se sustenta en el compromiso de los sujetos afectados, lo que podría calificarse como una “ética positiva (da)”. Anuestro juicio, se trataría de una disciplina a caballo entre ambas esferas, la jurídica y la ética, entendiendo por la primera aquella en la que la obligatoriedad de un comportamiento normativo viene acompañada de una sanción, y la segunda, la que se caracteriza por la voluntariedad del agente a la hora de realizar su función. La deontología no puede ser una norma jurídica, ya que podría producir una atrofia en el carácter espontáneo que caracteriza al ejercicio profesional. Además, la deontología está formada por deberes en abierta discusión con el sentido de la oportunidad y la pertinencia que establece cada contexto. Aeste respecto, resulta oportuno señalar esta complementariedad entre la ética profesional, que se ocupa del bien de la actividad, y la deontología, que tendría por objeto, los deberes exigibles para hacer efectiva su realización, tal y como ha indicado el profesor Augusto HORTAL: “El bien es pluriforme; tiene muchas facetas. De ahí que no sea exigible a todos en todos sus aspectos. Por eso hacen falta normas. Ellas tratan de salvaguardar unos mínimos obligatorios para todos, compartidos por todos en los mismos términos y que a todos se debe aplicar con idénticos criterios. Sin normas, no hay universalidad ni igualdad en las exigencias; sin igualdad y universalidad en las cuestiones necesarias, la cooperación social consagra y legitima desigualdades y arbitrariedades. La deontología habla de lo que es vinculante para todos. De los espacios abiertos y plurales que quedan para el bien se ocupa la ética”(HORTAL, 1994: 57). Juan Carlos Suárez Villegas La crisis de identidad del periodista y la ética... 121 Estudios sobre el Mensaje Periodístico 2009, 15 119-134 3-06 Suarez.qxd 20/09/2009 21:45 PÆgina 121 Por otra parte, la deontología también puede ser vista como una expresión jurídica, pues el carácter voluntario de la acción se muestra como un referente normativo que exige el cumplimiento de las pautas profesionales como garantía de los derechos debidos a los administrados. En otras palabras, se trata de dejar al profesional libertad para ponderar cuáles son las aplicaciones más pertinentes con respecto a sus deberes profesionales. Pero no se admitiría un grado de libertad que pueda comprometer los bienes que otorgan sentido a la función social de la profesión. La ética profesional encuentra mejor acomodo dentro de la reflexión crítica característica de la filosofía moral. Los compromisos adoptados pueden recibir el refrendo de la ley, cuando las controversias profesionales exceden sus márgenes y lesionen los derechos de los administrados. Pero por su naturaleza de pautas elaboradas con la participación de los agentes implicados, destacaría más la ética profesional con un estatuto intermedio entre la moral y el Derecho. En consonancia con lo que acabamos de apuntar, la labor disciplinaria de las instancias profesionales puede ser considerada como complementaria del Derecho, nunca como sustitutiva. Sería una primera instancia dentro del ámbito profesional para resolver posibles disputas, las cuales son adoptadas con criterios deontológicos pertinentes y formada por profesionales con experiencia que gocen en mayoría con el refrendo de los Tribunales de Justicia. 2. Conciencia, ética individual y profesionalidad. Además de “la ética profesional” existe la ética “del profesional”, referida a una serie de actitudes y comportamientos previos que atañen al grado de respeto que cada persona mantiene hacia los demás. Una buena dosis de civismo sustituiría de un plumazo la mayor parte de los códigos deontológicos. Quien entienda que la educación es una manera de hacer la vida más fácil a uno mismo y a los demás (conceder a las personas el espacio que necesitan para ser iguales en sus derechos y oportunidades), tendrá gran parte de la tarea deontológica cumplimentada. La ética significa un sentido de la dignidad humana; un respeto al otro en nuestros actos, una manera de razonar y sentir desde la posición de quienes pueden ser destinatarios de nuestras acciones y lograr así razonar “con-sintiendo”. Difícilmente quien carece de ética personal podrá desarrollar una ética profesional, pues el “objeto” de esta profesión, a diferencia de otras actividades, son las personas, destinatarios que esperan que se reconozca su dignidad como tal. Confluye así una doble dimensión en la ética profesional que es como las dos caras de una moneda: una relación horizontal en la que la que el administrado espera una relación igualitaria como persona y, una dimensión vertical, en virtud de la cual el profesional ejerce una cierta función “paternalista” o de mediación entre el bien humano del que se ocupa y el administrado a quien asiste con su trabajo. Esta última dimensión comporta una relación de poder, pues el conocimiento cualificado del profesional le sitúa en una posición que puede orientar las decisiones adoptadas por el administrado. Pero poder no es más que un verbo que se refiere a la acción de “posibilitar”; de hacer posible lo que el otro Juan Carlos Suárez Villegas La crisis de identidad del periodista y la ética... 122 Estudios sobre el Mensaje Periodístico 2009, 15 119-134 3-06 Suarez.qxd 20/09/2009 21:45 PÆgina 122 pretende, y no de dominio o capacidad de fijar una relación de dependencia de un superior con respeto a un inferior. El profesional, sabedor de su conocimiento en la materia, puede orientar al administrado y hacer que su “poder” sirva para corresponder a los intereses del sujeto paciente. Ha señalado Diego GRACIA, que “la dominación es la característica formal definitoria de las verdaderas profesiones, a diferencia de las meras “ocupaciones” u “oficios”. Cuando se recurre a un profesional, se confía en que pueda ayudarnos en la realización de un bien básico y creemos que su intervención es un medio necesario para lograrlo. Esta función del profesional con respecto al administrado es calificada por este autor como “rol sacerdotal” o “rol paternalista”, pues es un auténtico mediador entre la situación de partida y la aspiración que se pretende. Esta actitud paternalista es definida en los siguientes términos: “El paternalismo es una mezcla de beneficencia y poder, que parece “prima facie” correcta, ya que pretende beneficiar a un ser humano, pero que, al menos en ciertos casos, puede resultar “prima facie” incorrecta, ya que se niega a aceptar los deseos, opciones y acciones de esa persona. Que sea o no incorrecta dependerá del sentido que se dé y el modo como se ponderen diferentes principios morales, especialmente los de beneficencias y respeto por las personas” (GRACIA, 1989: 100). Esta “verticalidad afectiva” en la relación le confiere al profesional un patrimonio moral que le hace responsable del otro, tanto de atender sus derechos, como de las expectativas que le acompañan. Por eso, el carácter social de la profesión supone para el profesional la exigencia de mantener sus deberes aun cuando no le resultasen rentables en algunos casos. “Del profesional se espera que actúe de modo altruista y no por dinero, a diferencia de lo que hace quien tiene un oficio; nadie espera que un comerciante mantenga indefinidamente abierto un establecimiento que pierde dinero, pero sí se espera que el sacerdote, el juez y el médico actúen teniendo sólo en cuenta el beneficio de la colectividad, no las ganancias económicas” (GRACIA, 1989: 99) Sería esta característica, como continúa diciendo el profesor Gracias, la que confiere una importante autoridad moral o “dominio” a los profesionales. El reto de la profesionalidad consiste en el hecho de que se asuma dicha condición o se estaría fallando en su realización, tal y como sugiere cuando indica que: “El problema que hoy tenemos planteado no es el de si hay paternalismo en las profesiones, sino si son posibles las profesiones sin paternalismo, es decir, si acabar con el paternalismo no supone poner fin al rol profesional” (GRACIA, 1989: 101) Ahora bien, la ética en su dimensión individual es una condición necesaria pero no suficiente para garantizar una ética del profesional, quien a su educación ha de añadir una formación específica que requiere también actitudes y conductas profesionales que le son exigibles en función de la actividad que realiza. Podemos reconocer en un profesional una excelente actitud ética personal, pero esto por sí sólo no le hace un Juan Carlos Suárez Villegas La crisis de identidad del periodista y la ética... 123 Estudios sobre el Mensaje Periodístico 2009, 15 119-134 3-06 Suarez.qxd 20/09/2009 21:45 PÆgina 123 buen profesional. Esta última condición requiere asumir un compromiso con los bienes de la actividad y respetar deberes que garanticen su ejercicio correcto. Sería erróneo confundir la bondad humana con la competencia profesional. De manera razonable, quien a nivel personal tenga un sentido ético, aspirará a ser también un buen profesional, pues dicha actividad constituye el modo de servir a los demás y, por tanto, aspirará a ser más y mejor en aquello que desea ser. Sin embargo, son dos dimensiones distintas y en ocasiones no siempre van unidas. Una vez explicadas estas dos dimensiones implícitas en el ejercicio de la ética profesional, se podría establecer otro diseño de la misma basada en una serie de principios que vendrían a configurar distintos ejes de la racionalidad profesional (SUÁREZ, 2001): 1. El principio de honestidad, referido al respeto que el profesional debe prestar al administrado por su condición igualitaria como persona. 2. El principio de responsabilidad social, referido a la prioridad de los bienes humanos administrados como fundamentos del ejercicio profesional. 3. El principio de diligencia, referido a la cualidad de la actuación profesional, conforme a criterios garantes de los bienes de los administrados. Los deberes profesionales encuentran su justificación en los derechos de los administrados. En este sentido, la responsabilidad social constituye un principio prioritario en el orden de definición de un modelo deontológico, pues son las funciones de la actividad las que permiten entender y definir los deberes de los profesionales. En el caso del periodismo, el principio de diligencia se concreta en dos deberes fundamentales que por su identidad podrían ser considerados como principios: a) El principio de veracidad, pues el bien que se administra debe ser una información veraz, en el sentido de que debe ser debidamente contrastada, atendiendo a la pluralidad de versiones de los actores implicados. b) El principio de independencia; la información no debe atender a intereses comerciales o partiditas que alteren su condición de bien esencial de la ciudadanía, garante de la libertad pública. En virtud de la autonomía teórica de la ética profesional decimos que no debe ser confundida con la ética de los profesionales, como disposición actual y fáctica que se pueda adoptar de manera personal o colectiva. En ocasiones el ser humano se puede adecuar a situaciones viciadas y otorgar carta de legitimidad a ciertos comportamientos por el hecho de ser usuales o “normales”. Pero una conducta que en este sentido sociológico pueda ser considerada “normal” no significa que sea normativa, pues su justificación se agarra en sus propias barbas, sin encontrar ninguna objeción en el caso de que fuese la conducta opuesta la admitida. Resumiendo estos primeros epígrafes, podemos decir que la ética profesional incluye diferentes esferas concéntricas insertas unas dentro de otras. El núcleo de Juan Carlos Suárez Villegas La crisis de identidad del periodista y la ética... 124 Estudios sobre el Mensaje Periodístico 2009, 15 119-134 3-06 Suarez.qxd 20/09/2009 21:45 PÆgina 124 cualquier ética se halla en el propio sujeto, en la honestidad personal, pues finalmente quien es ética o no, es la persona. Después podríamos establecer la esfera de la actividad profesional, como una decisión que marcará deberes particulares, que derivan tanto de los bienes humanos que se administran, como de los compromisos con otros profesionales para reforzar su dignidad social. Finalmente, existe una esfera de compromiso de la propia actividad con el resto de la sociedad que estaría regida por el principio de legalidad. Se conforma así un conjunto de esferas que nos permiten diferenciar entre la ética personal, la ética profesional, la deontología y el Derecho. La ética profesional concierne al conjunto de reflexiones sobre los bienes de la actividad, mientras que la deontología pública se concreta en deberes positivados que exige la profesión a quienes se proponen cumplir dicha tarea social. 3. Fundamentando la conciencia profesional. Vivimos en un siglo heredero de tradición científica que había postergado cualquier disciplina práctica al ámbito de la mera subjetividad. No existe posibilidad de fundamentar la verdad de los juicios normativos, excepto comprobando que el mandato de alguien es similar a una expresión de deseo emotivo en relación con el comportamiento de un tercero. Hablar de conciencia ética sería como preguntarse si el color del grillo que cada uno guarda en una caja oscura es igual que el de otra persona. Podemos conocer por la expresión de todas las personas, que existen juicios sobre las actuaciones de los demás, pero llegar a desenmarañar qué se entiende con ellos no es posible. No existe un referente objetivo de los valores y lo más que podemos advertir son convenciones sociales dentro de las cuales comprendemos de manera aproximada lo que un determinado sujeto podría sentir o querer cuando expresa o actúa de un determinado modo. De modo que llegar a establecer qué se puede entender por “conciencia” se antoja una tarea ardua y en la que podría suscitarse una profunda discusión y disensión sobre sus propuestas. Por nuestra parte estimamos que existe una posibilidad de fijar elementos de conciencia moral y de conocimiento sobre lo bueno y lo malo desde el punto de vista moral. La realidad del ser humano es más que la razón; y el valor de las experiencias superan a su capacidad, sobre todo para elaborar ciertas operaciones de síntesis de las propias que sirvan de manual o guía de actuación para próximas ocasiones similares. La razón se convierte en este sentido en un instrumento de comprensión aprehendida de experiencias que permite con mayor rapidez extraer posibles elementos de juicios de manera anticipada. En una línea de corte kantiana, en la que la razón práctica establece imperativos para la acción, cabría entender la propuesta que formula el profesor José María DESANTES GUANTER cuando comenta: “Aun cuando la voluntad humana se desvíe del mandato de la conciencia, el hombre experimenta este mandato por encima de su voluntad; pero no como algo ajeno a él, sino como imposición de su misma naturaleza racional, porque la conciencia es conocimiento natural de su racionalidad. [...] De aquí que la desobediencia al imperativo de la conciencia supone, en el hombre, bien una Juan Carlos Suárez Villegas La crisis de identidad del periodista y la ética... 125 Estudios sobre el Mensaje Periodístico 2009, 15 119-134 3-06 Suarez.qxd 20/09/2009 21:45 PÆgina 125 segunda renuncia a su verdadera esencia humana, bien un sacrificio de su dignidad humana, bien un desdoblamiento, en su persona, de su razón y de su voluntad” (DESANTES, 1978: 165). Por nuestra parte, somos más partidarios de entender la moral desde los sentimientos, que vendrían a ser huellas afectivas de lo vivido, a través de los cuales experimentamos de manera directa un agrado o desagrado y, por tanto, nos aleccionan sobre el valor de manera directa. La experiencia humana es sentimental y a través de los sentimientos aprendemos (y aprehendemos) el conjunto de relaciones que nos ayudarán a ir descubriendo o conformando la estructura de nuestra conciencia moral. Diríamos que la moral es similar al lenguaje, una capacidad innata, pero que sólo surge en un entorno comunicativo por el que ejercitamos dicha capacidad. Aprendemos un lenguaje porque tenemos dicha capacidad, pero no siempre disponer de ésta significa que la competencia que adquiramos sea correcta, existen después reglas del lenguaje en el que el sentido de la expresión verbal se ordena y corrige para hacerla más comprensible. No vamos a reproducir de manera pormenorizada la teoría que defendemos sobre el conocimiento de los valores morales, pero existen formas de asimilarlos como estructuras que corresponden a formas básicas de las relaciones humanas. Así, por ejemplo, todos apreciamos una buena relación, que calificamos de amistad, de otra que es totalmente contraria y calificamos de enemistad. Todos apreciamos actitudes humanas relacionadas con el amor, el cuidado o el agradecimiento y también conocemos sus contrarios. Por supuesto, son cualidades que aprendemos a través de las experiencias humanas, pero nuestra capacidad psicológica y afectiva llega a separarlas y apreciarlas como estructuras “relacionales” (comunicativas) que nos permitirán valorar posteriores relaciones. En este proceso de aprendizaje, el valor o desvalor se aprehende de manera espontánea y existe una enseñanza moral más ligada a la vida, asimilada por la educación que recibimos más que por las enseñanzas teóricas. La ética tiene un carácter reflexivo, pues la construcción de nuestra identidad, aquello que somos, lo producimos a través de aquello que hacemos. La acción tiene un efecto intrínseco sobre nuestro carácter moral. Por eso, habituarse a actuar de manera virtuosa constituye una manera práctica de aprender los valores positivos presentes en las relaciones humanas. Aprendemos a ser “éticamente buenos”, actuando de la forma adecuada, conforme a los fines de la acción y con la disposición requerida a tal efecto. La moral, como el lenguaje, requiere de la práctica para alcanzar un grado de competencia adecuado. Conocerlo teóricamente no acredita la condición moral o lingüística del agente, pues es precisa la práctica y la buena relación o comunicación como prueba fehaciente de su nivel de competencia. El fin de la ética es práctico y no teórico. Las personas podemos a través de la comunicación y la relación con los demás desarrollar un sistema de contenidos semánticos con los que significar la realidad, a través del lenguaje, y también de un conjunto de categorías axiológicas por las que Juan Carlos Suárez Villegas La crisis de identidad del periodista y la ética... 126 Estudios sobre el Mensaje Periodístico 2009, 15 119-134 3-06 Suarez.qxd 20/09/2009 21:45 PÆgina 126 expresamos el valor humano de las relaciones. La comprensión puede ser vista como una convención cultural, pero también como la expresión de una competencia común de nuestra naturaleza humana, que pondría de manifiesto nuestra potencialidad para el desarrollo de una estructura psicológica de los sentimientos morales. Por tanto, los sentimientos morales no serían meras impresiones subjetivas, sino más bien formas de la conciencia moral por la que experimentamos de manera directa el agrado o desagrado que nos producen los comportamientos humanos. Existe una forma de conciencia moral; sentimientos de aprobación o de reprobación de nuestros actos. No se trata de un mero prejuicio o falsa conciencia. Creemos que determinadas acciones son indignas moralmente no porque tengamos el antojo de castigarnos sentimentalmente, sino porque advertimos en ellas algunos aspectos que nos indican su incorrección, su falta de respeto hacia valores aprehendidos de modo directo por nuestros sentimientos. El daño gratuito a terceras personas, la falta de reciprocidad a expectativas generadas dentro de una relación o la ingratitud, son comportamientos que, más allá de las expresiones culturales, están presentes en cualquier cultura como conductas reprobadas. Precisamente, sobre el carácter universal y permanente de ciertas actitudes y comportamiento ético, resulta ilustrativa la reflexión del profesor José Ángel AGEJAS cuando señala: “El ser humano, cuando formula un juicio de conciencia –incluso en el caso de aquellos que dicen no hacer ningún juicio sobre los demás, pues tal afirmación ya es un juicio-, está poniendo en relación su comportamiento con un cierto criterio de conducta que espera que quien le escucha descubra también como válido, y comparta. La exigencia de adecuar la propia conducta a la ley moral es una experiencia tan universal que más que la demostración lo que propiamente exige es reflexión sobre uno mismo. La ley natural forma parte del patrimonio común de la Humanidad, es y ha sido accesible a todos en todos los tiempos y lugares. Como podemos leer en la tragedia Antígona de Sófocles, en boca de una heroína que se resiste a la orden injusta del tirano Creonte, “no fue Zeus, ni la Justicia que vive con los dioses de abajo la que fijó tales leyes para los hombres. No pensaba que tus proclamas tuvieran tanto poder como para que un mortal pudiera transgredir las leyes no escritas e inquebrantables de los dioses. Ésta no son de hoy ni de ayer, sino de siempre” (AGEJAS, 2002: 31). Las personas disponemos del “conocimiento” que nos aportan las experiencias morales que por cuestiones de inteligencia práctica quedan reflejadas en “principios” de la acción. Dichos principios son sugeridos de manera mecánica por la razón, pero no porque ella los disponga de manera innata, sino porque constituyen expresiones de nuestra naturaleza en todas sus dimensiones. Este sería un primer nivel de la “conciencia moral” en el cual aprendemos los principios elementales que verifican una relación correcta y equilibrada, así como una relación justa. Relaciones que suelen ser el sustrato reflexivo en el que se fundamentan las posteriores reglas refrendadas por el Derecho. Sin embargo, estas premisas de la reflexión moral subyacen a las normas que han adquirido una expresión deontológica Juan Carlos Suárez Villegas La crisis de identidad del periodista y la ética... 127 Estudios sobre el Mensaje Periodístico 2009, 15 119-134 3-06 Suarez.qxd 20/09/2009 21:45 PÆgina 127 DERIEUX, E. 1983: Cuestiones ético-jurídicas de la información. Pamplona, Eunsa. DESANTES, José María 1973: El autocontrol de la actividad informativa. Madrid, Cuadernos para el Diálogo. 1976: La verdad en la información. Valladolid, Diputación Provincial de Valladolid. 1979: “Cláusula de conciencia, desde el ejemplo francés hasta su aplicación en España”. 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