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Las Letters de John Talbot Dillon (1781) Y El Essai Sur la littétature espagnole (1810) en los inicios de la histografía literaria española

Contreras Jiménez, Manuel

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1 LAS LETTERS DE JOHN TALBOT DILLON (1781) Y EL ESSAI SUR LA LITTÉRATURE ESPAGNOLE (1810) EN LOS INICIOS DE LA HISTORIOGRAFÍA LITERARIA ESPAÑOLA 2 Índice Introducción .................................................................................................................................. 3 La historiografía literaria española en el siglo XVIII .................................................................... 4 Los viajeros ingleses en la difusión europea de la literatura española .......................................... 8 John Talbot Dillon: Letters from an English traveller in Spain, in 1778, on the origin and progress of poetry in that kingdom (1781) .................................................................................. 16 El Essai sur la littérature espagnole de 1810 ............................................................................. 26 Las Letters de Dillon en el Essai ................................................................................................. 30 Conclusiones ............................................................................................................................... 39 Bibliografía ................................................................................................................................. 44 3 Introducción Aunque el estudio de la historiografía literaria española puede remontarse a mediados del pasado siglo, cuando se publica la Historia General de las Literaturas Hispánicas (1949-1967) dirigida por Guillermo Díaz-Plaja, empieza a despertar mayor interés entre los investigadores desde que se reconoce su papel fundamental en el proceso de creación del canon nacional, asunto al que ya hacía referencia Claudio Guillén (1978). En los años noventa contamos con las primeras monografías de historias literarias (Baasner 1995; José Cebrián 1996), y desde entonces los estudios dedicados a este campo han contado con muchas y muy diversas aportaciones. 1 Pretendemos contribuir modestamente al mismo estudiando dos historias de la literatura española que corresponden cronológicamente a los comienzos del género (de ahí en gran medida su importancia e interés): las Letters from an English traveller in Spain, in 1778, on the origin and progress of poetry in that kingdom (1781) de John Talbot Dillon, y el anónimo Essai sur la littérature espagnole (1810). La principal motivación de este trabajo surge de la relación textual que vincula estos textos, señalada en 1823 por Thomasina Ross como un caso de “gross plagiarism” del francés respecto del inglés. Sin embargo, no se ha concedido a este asunto la merecida atención, de modo que aún no sabemos el alcance que pudo tener el supuesto plagio. Es nuestra intención indagar en ello en lo que sigue, así como dibujar el contexto de emergencia de las historias de las literaturas nacionales, y el papel de estos dos textos en el desarrollo del nuevo género. El análisis que haremos de las Letters, el Essai y sus fuentes nos dará una idea de cómo se construyeron las primeras historias de nuestra literatura, y del amplio y complejo diálogo que se establece entre autores nacionales y extranjeros en la segunda mitad del siglo XVIII respecto al legado literario español. Todo esto en momentos en que la visión europea de España, dominada por la leyenda negra, empieza a oscilar hacia el exotismo con el que nos imaginaron los románticos. 1 Romero Tobar, Pozuelo Yvancos, Mainer, Álvarez Barrientos, Checa Beltrán, Urzainqui, Lara Garrido, Durán, Pérez Isasi, Reyes Gómez o Álvarez Rubio, entre otros. 4 1. La historiografía literaria española en el siglo XVIII El siglo XVIII, y en concreto su segunda mitad, es el momento de aparición de las primeras historias de las literaturas nacionales, un género que contaba entonces con escasos precedentes en los trabajos bibliográficos, como fue la Biblioteca Hispana (16721696) de Nicolás Antonio en el caso español. No obstante, los primeros modelos se alejan bastante de lo que podemos entender hoy por una historia de la literatura de cualquier lengua, ya que el género alcanza su configuración típica en el siglo XIX, cuando los conceptos de nación y literatura han transitado a través del Romanticismo. Sin embargo, los ensayos dieciochescos tienen la importancia de ser los primeros e iniciadores, lo que quiere decir que la historia literaria nacional surge al amparo de un sistema ideológico y epistemológico ilustrado, en el marco de sus propios valores y métodos. Por esto ya desde los primeros trabajos canónicos (Díaz-Plaja 1949, Baasner 1995, Cebrián 1996) y en la actualidad (Urzainqui, Álvarez Barrientos, Aguilar Piñal o Checa Beltrán) se reconoce la relevancia del marco dieciochesco para estudiar los orígenes de la historización de la literatura. La fe en el progreso de la humanidad, entendido en términos materiales pero también intelectuales, había llevado a los ilustrados a concebir la empresa de alcanzar un saber universal. La Encyclopédie (1751-1772) de Diderot y D’Alembert es un ejemplo de estas ambiciones, que en muchos casos emplearán el molde de la historia en su voluntad de categorizar el saber. Es por esto y otras cosas que se ha señalado la importancia del historicismo del siglo XVIII (Maravall 1972), al que remite la génesis de las historias de la literatura. En efecto, la historia literaria se concibe normalmente como una parte más de la historiografía general dieciochesca, y en concreto de la historia de la cultura, de donde aprehende los métodos y a cuyas motivaciones responde. 2 El mismo historicismo se refleja en una clara voluntad de aquellas incipientes historias literarias por rescatar textos antiguos y conocer sus soportes, tanto que en ocasiones la labor del historiador acaba resultando un catálogo de autores y obras. 2 “Esta consideración de la historia de la literatura como parte de la historia de la cultura, general en todo el siglo, es de suma importancia para el tema que nos ocupa porque ella es la que le va a suministrar su andamiaje cognoscitivo y sus planteamientos metodológicos básicos. De manera que los presupuestos teóricos de la historia cultural son los que en términos generales sirven también para los de la historia literaria”. Urzainqui (2004: 215-216). 5 Además de la presentación en forma de historia, el objeto de estudio se aborda en relación con otro concepto nuevo: el de nación. En efecto, el siglo XVIII es de suma importancia en la construcción de la identidad española (Aguilar Piñal 2016: 411 y ss.) y como mínimo se puede hablar ya de una “identidad prenacional” en el último tercio de siglo (Pérez Isasi 2006: 530). Con la constancia de la diferencia entre las distintas naciones de Europa, los ilustrados de los distintos estados europeos entienden que deben defender el legado histórico y cultural de su país y su posición en una particular carrera del saber. 3 Esto justifica que también las historias de la cultura y de la literatura se conciban en los límites de lo nacional, lo cual plantea sin duda una serie de problemas metodológicos, ya que para hablar de su literatura se debe definir antes lo español. 4 En tal sentido, hay quien opta por tratar en exclusiva la literatura “castellana”, 5 lo que resuelve en parte el problema. Sin embargo, al considerar la literatura española no era raro incluir la portuguesa, aunque sí lo era algo más incluir la literatura hispanoamericana. Otra disyuntiva se planteaba en el eje temporal: lo español podía abarcar desde los hispanorromanos hasta la actualidad, o comenzar con la aparición de las lenguas romances en la Edad Media. Por otro lado, junto con el recorrido histórico y el concepto de nación, literatura es el tercer vértice del sintagma que nos interesa (historias de las literaturas nacionales). En el XVIII este vocablo designaba todo el saber escrito, tanto las ciencias como las “buenas letras” o “letras humanas” (algo más o menos equivalente a nuestra idea de humanidades). Solo en el siglo XIX, y tras ocupar previamente el espacio semántico de estas “buenas letras”, el vocablo sufre el cambio semasiológico que da lugar a nuestra idea de literatura y lo literario. Para el concepto de lo literario se empleaba entonces el término “poesía”, donde se reúnen todos los géneros que tiene en cuenta la preceptiva clásica, mientras que elocuencia comprende los escritos en prosa con un reconocible carácter estético. Es la suma de estas dos categorías lo que se entiende también a menudo como “bellas letras”, quizá la expresión más cercana a nuestro concepto de literatura, y que a su vez entra dentro del más amplio concepto de “bellas artes”. 6 Es en la Geschichte 3 “Este sentimiento patriótico se forjó también por enfrentamiento, pues durante el siglo XVIII España sufrió una serie de acosos, tanto bélicos (que le hacen perder importantes zonas de su imperio), como propagandísticos (leyenda negra, Inquisición, conquista de América, banalidad de la cultura nacional), que obligaron a los gobernantes a trazar un programa para contrarrestar esos ataques.” Álvarez Barrientos (2004: 102). 4 Problemas que tampoco están resueltos a principios del XIX: Pérez Isasi (2013). 5 Velázquez, Tomás Antonio Sánchez, Conti y otros más, como veremos. 6 Vid. Inke Gunia (2008: 89-135). 6 der Spanischen Poesie und Beredsamkeit de Bouterwek (1804, trad. de 1829) donde vemos por primera vez el término “literatura” empleado en el sentido actual. Antes de esto, en el siglo XVIII, los autores toman generalmente dos caminos: acotar más su objeto de estudio haciendo una historia de la poesía, o tratar de forma más amplia la cultura nacional con una historia de la literatura. Las primeras destacan por tratar de forma pionera la materia literaria en sí misma, las segundas lo hacen solo como un capítulo más dentro del saber que ha producido la nación, y por tanto se entienden, más previsiblemente, dentro de ese afán enciclopédico y erudito de la mentalidad ilustrada. Al primer tipo pertenecen las Memorias para la historia de la poesía y poetas españoles del padre Martín Sarmiento, escritas en 1745, pero publicadas en 1775. Este esfuerzo por recopilar autores, obras y fuentes textuales, por encargo del cardenal italiano Valenti Gonzaga, quizá merezca ser considerado como el primer paso de la historiografía literaria española del siglo XVIII, aunque la carencia de una ordenación narrativa de la información hace que no la podamos calificar como una historia literaria propiamente dicha. Ocurre lo contrario con los Orígenes de la poesía castellana (1754) de Luis José de Velázquez, considerada ampliamente como la primera historia de la literatura española 7 . Es él quien consolida la expresión “Siglo de Oro” para la poesía del siglo XVI, y propone una periodización de la tradición española en cuatro edades que se corresponden con el ciclo vital de un organismo: infancia, juventud, madurez y vejez, como ya había hecho Aristóteles para la tragedia, y como luego había adaptado Vasari en el Renacimiento (Urzainqui 2007: 654). Es una obra de marcado carácter neoclásico, como lo demuestra el que considere una época de vejez y decadencia el Barroco español, un “depravado gusto” del que culpa a la influencia italiana de Marini. El caso de Velázquez era excepcional; era más frecuente escribir historias de la literatura, como decíamos, y abarcar en general la cultura española. Es lo que se proponían los hermanos Pedro y Rafael Rodríguez Mohedano con su Historia literaria de España desde su primera población hasta nuestros días (1766-1791), pero “su desaforada erudición, poblada de conjeturas y digresiones de todo tipo, hará que la obra se trunque en el siglo I de nuestra era con la obra de Lucano” (Urzainqui 2007: 660). No obstante, pudieron incluir ciertas apreciaciones sobre la literatura española moderna, y sus reflexiones teóricas sobre cómo se construye una historia de la cultura nacional 7 De hecho estos Orígenes de Velázquez son la fecha de partida del repertorio bibliográfico de Fermín de los Reyes Gómez (2010). Véase también Philip Deacon (1978). 7 merecen ser notadas. También se lo propuso, con más éxito, el jesuita exiliado Juan Andrés en su titánico Dell’origine, progressi e stato attuale d’ogni letteratura (17821799), traducido al español enseguida por su hermano: Origen, progresos y estado actual de toda la literatura (1784-1806). Aquí no solo se revisa la cultura nacional, sino que más bien se presenta como una historia de la cultura universal, concibiendo dos grandes apartados que la dividen entre “Buenas Letras” y “Ciencias”. Esta obra, que contó con numerosas traducciones, ha hecho que se hable de Juan Andrés como un pionero de los estudios de literatura comparada (Aullón de Haro et al 2002). Y también en esta línea se sitúa un compañero de orden y exilio, Francisco Masdeu, con su Storia critica della cultura spagnuola (1781-1787) traducida poco después al español en 1783-1805. Sin embargo, la reflexión sobre la tradición literaria española en el siglo XVIII no se reduce a estos títulos ni mucho menos. En realidad, ya en la Poética de Luzán (1737) y en otros textos teóricos 8 , se trata necesariamente este asunto de forma tangencial, igual que ocurre en otros que se ocupan de la historia de la lengua, como los Orígenes de la lengua española (1737) de Mayans. También relevantes en este sentido son las colecciones, ediciones y antologías de autores españoles de la Edad Media y Siglos de Oro que aparecen en la segunda mitad de siglo y que, además de hacer observaciones críticas en sus introducciones y comentarios, abonan el campo de la historiografía literaria posterior al divulgar textos que a veces son desconocidos. Así, Tomás Antonio Sánchez rescata el Poema del Cid en su Colección de poesías castellanas anteriores al siglo XV (1779-1790), dando una nueva dimensión a la literatura medieval española. Giovan Battista Conti en cierto modo continuó esta empresa con su bilingüe Colección de poesías castellanas traducidas en verso toscano (1782-1790), incluyendo autores del siglo XV y XVI, y anterior es el Parnaso español de López de Sedano (1768-1778), antología de la que Masdeu toma algunos poemas para traducirlos al italiano junto con otros más, en sus Poesie di ventidue autori spagnuoli del Cinquecento (1786). Una mención aparte merece la obra de otro jesuita exiliado en Italia, Francisco Javier Lampillas. Su Saggio storicoapologetico della letteratura spagnuola contro le pregiudicate opinioni di alcuni moderni scrittori italiani (1778-1781) 9 no es tampoco una historia literaria, sino, como su título 8 Pensamos, por ejemplo, en las versiones españolas de Batteaux (García de Arrieta, Principios filosóficos de literatura, 1797-1805) y Blair (Munárriz, Lecciones de poética y retórica, 1798-1801), ya a finales de siglo. 9 Traducción al español de Josefa Amar y Borbón (1782-1786), Ensayo histórico apologético de la literatura española contra las opiniones preocupadas de algunos escritores modernos italianos, Zaragoza, Oficina de Blas Miedes. 8 indica, un trabajo apologético con el que pretende defender la cultura y letras españolas frente a los ataques de críticos italianos como Tiraboschi y Bettinelli, discusión en la que también se enmarcan Juan Andrés o Masdeu. No obstante, su repaso de la historia literaria española es muy completo, y su contribución a la historiografía literaria decisiva. Manuel José Quintana y su antología de Poesías escogidas (1796) ya marcan un cambio de tendencia en los trabajos sobre historia literaria española al hacerse eco de la importancia del romancero (Navas Ruíz 2002: 299). Pero es la historia de Bouterwek (1804) la que dota de un modelo sólido a la historiografía literaria española, junto con la posterior de Sismondi (1813), traduciéndose aquel al español en 1829. Años después, el Manual de Literatura de Gil de Zárate (1842-1844) confirma que la materia históricoliteraria se ha hecho ya un hueco en los planes de estudio del XIX, aunque “no se publica obra de fundamento sólido hasta que el año 1861 José Amador de los Ríos inició la edición de su Historia crítica de la literatura española” (Romero Tobar 2010: 472). 2. Los viajeros ingleses en la difusión europea de la literatura española Otro aspecto importante en la elaboración de las primeras historias de la literatura es el elemento extranjero. También en la segunda mitad del XVIII, y especialmente en las últimas tres décadas, la diversa recepción que franceses, italianos, ingleses y alemanes hacen de la tradición literaria española entra en diálogo con los autores nacionales, dando lugar a un debate en torno a su valor que presentó innumerables y complejas aristas. Este debate se enmarca además en otro mayor sobre el legado cultural español en la Europa moderna, que principalmente los franceses habían puesto en duda, y que conectaba con la pervivencia ilustrada de la leyenda negra. Sin embargo es también en las últimas décadas del XVIII cuando esta visión empieza a cambiar, con la ayuda de ingleses y alemanes, hacia una más simpática pero no menos contaminada de tópicos. Hablamos de la España orientalizada de los románticos, visión que tras Wilhelm von Humboldt reprodujeron en el XIX Lord Byron, Washington Irving, Victor Hugo o Théophile Gautier. 10 10 Vid. Xavier Andreu Miralles (2016). 9 En este contexto, nos interesan en especial los viajeros ingleses que en la década de los setenta comenzaron a dejar escritos sobre su estancia en España. Hönsch ha señalado la importancia de sus escritos, que supondría una superación de los modelos franceses y un anticipo de los alemanes en la evolución de la imagen de España. Algunos de ellos, además, se ocuparon de la literatura española, en menor o mayor medida, y se encargaron de difundir sus conocimientos entre un público numeroso, iniciando en sus libros de viajes el primer hispanismo inglés, que junto con el alemán ocupa los puestos de vanguardia en Europa. 2.1. Leyenda negra y legado cultural: España en la periferia de Europa En torno a la pertinencia del término leyenda negra y lo que significa, los historiadores no se han puesto aún de acuerdo, 11 pero en cualquier caso, es sumamente conocido que durante la hegemonía política del imperio español en los siglos XVI y XVII, se construyó un relato propagandístico según el cual los españoles eran bárbaros, crueles y avariciosos, basándose en historias, muchas veces exageradas, sobre la conquista de América y los castigos de la temida Inquisición española. El resto de potencias que disputaban esa hegemonía, como Francia y Reino Unido, tenían lógicamente un interés en divulgar ese discurso, que en buena medida se había originado en los Países Bajos ocupados por España, como ya señaló Pierre Chaunu (1976). Sin embargo, desde la decaída del poder de los Austrias, y sobre todo comenzado ya el siglo XVIII, esa visión de lo español que repiten intelectuales de distintos países, cambia ligeramente. Ya no se destacan tanto esos personajes que representan la violencia desmedida y hasta sadismo de los españoles –el conquistador, el inquisidor o el mismo Felipe II, demonizado por historias truculentas–, sino que se habla de su atraso cultural respecto a Europa, atraso que se identifica con la intolerancia religiosa y la cerrazón al progreso de las ciencias. 12 Para los ilustrados europeos, España, ese vasto imperio inmóvil, es el símbolo de que las sociedades que no se ilustran están destinadas al fracaso 11 Así, para Pérez Magallón (2012: 13), el término se usa “de modo automático e indiscriminado para referirse a todo aquello que critica o censura a España”, y Checa Beltrán (2012), en el mismo volumen, apunta que también existe una “leyenda rosa” sobre España en la Europa dieciochesca. Por otro lado, los trabajos que se reúnen en el más reciente La sombra de la leyenda negra (Villaverde Rico y Castilla Urbano, 2016) sí adoptan con comodidad el término. 12 Pérez Magallón (íd.), que rastrea ese prejuicio sobre la “ignorancia” de los españoles, indica que este no aparece antes del siglo XVIII, época en la que esa idea se incorpora al imaginario de lo español o leyenda negra. 16 precedentes en el extranjero, y que contribuyó de forma decisiva a la difusión de estos conocimientos en la Europa del setecientos. 3. John Talbot Dillon: Letters from an English traveller in Spain, in 1778, on the origin and progress of poetry in that kingdom (1781) En este contexto deben analizarse las aportaciones que Sir John Talbot Dillon (1734-1806) hizo a la difusión de la historia literaria española en Europa. Fue hijo del irlandés Francis Dillon, barón del Sacro Imperio Romano Germánico, y de Mary, hija de Sir Mervyn Wingfield, sexto y último barón de Letheringham. A pesar de su ascendencia irlandesa y su condición de católico, vivió la mayor parte de su vida en Inglaterra y se identificó como Englishman. A temprana edad entró en el Colegio de Westminster, donde recibió su primera educación. Allí permaneció hasta 1747, cuando entró en la Armada Real. Sin embargo, una desavenencia con sus superiores le hizo abandonarla apenas dos años más tarde. A partir de aquí comienzan una serie de viajes que llevan a Dillon por España, Bélgica, Austria y Francia, donde al parecer tenía amistades y parientes. Vivió una larga temporada en España y probablemente en ese tiempo aprendió la lengua con el dominio que le reconocieron sus contemporáneos, 28 y que le hizo destacar entre sus compatriotas en el campo de los estudios hispánicos. Posiblemente viajó de nuevo a la península a finales de los sesenta o principios de los setenta, para volver una vez más en 1778. De esta última visita es de la que dejó rastro como escritor de libros de viajes, como vemos ahora. Tras estas experiencias como viajero, que le reportaron un amplio conocimiento de varias lenguas, 29 Dillon produjo una serie de obras en las que dejó ver su especial interés, entre otros temas, por la historia y la literatura españolas. En 1781 aparecieron sus Travels through Spain, with a view to illustrate the natural history and physical geography of that kingdom, in a series of letters. Como Dillon advierte en el prefacio, en 28 Giuseppe Baretti (1786) da cuenta de ello cuando critica la edición del Quijote de John Bowle (1781) por sus pobres conocimientos del español. El italiano le recomienda consultar a su amigo Dillon, al que le reconoce amplios conocimientos de la obra de Cervantes, además del dominio del idioma: “he speaks Spanish fluently” (231). 29 En una carta en la que se refiere a su encuentro con Dillon, Mayans se asombra de su erudición, reconociendo sus habilidades para el alemán, italiano, francés y portugués, además del español (Epistolario 15: 671), apud Marino (2014: 190) 17 la base de su texto está la obra de William Bowles An Introduction of the Natural History and Physical Geography of Spain (1775), a la que dio una estructura a su juicio más ordenada, añadiendo comentarios propios y sirviéndose del Viage de España (1775) de Antonio Ponz para ofrecer al público inglés una imagen del país mejor cuidada y más actualizada que la de su colega 30 . Poco después volvió a aplicar sus conocimientos de la lengua española al traducir al inglés las reflexiones teóricas de Antonio Rafael Mengs en Sketches on the Art of Painting (1782), y un año después publicó A Political Survey of the Roman Empire. Más tarde llegan dos obras que se añaden a la producción hispanista de Dillon: The History of the Reign of Peter the Cruel, King of Castile and Leon (1788), que cuenta con una traducción francesa de 1790, y Alphonso and Eleonora, or, The Triumphs of Valour and Virtue (1800), dos ensayos históricos sobre Pedro el Cruel y Alfonso VIII respectivamente, en los que Dillon quiere limpiar la imagen de ambos monarcas (en el caso de Alphonse and Eleonora con un tratamiento más novelesco, quizá buscando atraer a un mayor público). La única obra en la que Dillon trató directamente la historia literaria española fueron las Letters from an English traveller in Spain, in 1778, on the origin and progress of poetry in that kingdom, publicadas en Londres en 1781. Se trata de unas cartas dirigidas a un supuesto amigo al que dejó en Italia, en las que le comenta su viaje a España mientras le va exponiendo, en un ordenado relato histórico, el “origen y progreso” de su literatura. Estamos por tanto ante un libro de viajes, pero que por primera vez tiene por objeto la tradición literaria española en su conjunto, y de forma exclusiva. Los comentarios sobre el carácter de los españoles o sobre los avatares de su viaje en realidad funcionan como un marco, y lo que de verdad interesa es ofrecer un sketch de nuestra historia literaria. A la hora de tratar la literatura española, Dillon presenta una estructura basada en el itinerario de su viaje: Barcelona, Valencia, Madrid, Toledo, Madrid, el Escorial, Madrid, Burgos y Bilbao, de donde parte hacia el Reino Unido. Sus experiencias en uno u otro destino parecen motivar su explicación historiográfica, aunque podemos observar que los temas están previamente escogidos para contextualizar su objeto de estudio: la literatura española. Así, en la primera carta se describe la lengua castellana y en las 30 “The resulting work offered one of the most complete pictures of Spain then available to the British reading public and it was favourably reviewed, although its focus on natural history and antiquity made it old-fashioned at a time when travelogues were increasingly concerned with politics and cultural anthropology” (Katherine Turner, Oxford Dictionary of National Biography: http://www.oxforddnb.com.us.debiblio.com/view/10.1093/ref:odnb/9780198614128.001.0001/odnb9780198614128-e-7658?rskey=2tgS1n&result=1 [consultado el 12/05/2018]. 18 siguientes (de la II a la VII) se tratan las literaturas romana y árabe para explicar el origen de la castellana, junto con otras literaturas ibéricas (provenzal y gallego-portuguesa). A continuación las cartas VIII-XII se centran en la literatura castellana, dividida en cuatro periodos. El resto de cartas dejan de seguir cualquier orden histórico, y se suceden una sobre el teatro español, la biblioteca del Escorial, la vida de Lope de Vega, y también las distintas órdenes de nobleza en España o la poesía vasca. 31 La forma en que se ocupa de la tradición literaria española, con una narración cronológica que la divide en periodos, hace que las Letters sean merecedoras de ser consideradas como una historia de la literatura española (Bacigalupo 1978: 132), y muy probablemente la primera escrita en inglés (Marino: 194). Para crear su historia literaria Dillon resuelve los problemas metodológicos de la historiografía literaria dieciochesca en cuanto a la delimitación de su objeto de estudio, planteando una historia de la poesía castellana, a la manera de Velázquez. De esta forma, el resto de literaturas ibéricas se tienen en cuenta por su influencia a la castellana, y la Hispania romana y la árabe se disponen como antecedentes del objeto de estudio. También Dillon comparte el interés de los historiógrafos del XVIII en rescatar textos antiguos, y dedica muchos de sus comentarios a dejar constancia de las distintas ediciones, así como la localización de los manuscritos que nombra (por ejemplo el del Libro del buen amor). Además, su texto tiene el valor de proporcionar una información extremadamente actualizada, pues entre sus fuentes están, como él mismo señala, Velázquez (1754), López de Sedano (1768) y las Memorias de Sarmiento (1775), es decir, prácticamente los únicos trabajos de materia historiográfica literaria que habían compuesto autores españoles hasta la fecha, a espera de lo que los Lampillas, Juan Andrés, Sánchez o Masdeu darán a luz en las últimas dos décadas del siglo. Por otro lado, la forma en que se presenta la historia literaria española –en un libro de viajes, con todo lo que supone, y no como un tratado o ensayo científico–, ha hecho que las Letters no se encuentren entre los repertorios de historias de la literatura española. 32 En efecto, Dillon aparece casi exclusivamente en estudios sobre viajeros ingleses en España (Bolufer, Guerrero, Ortas Durand, Robertson, Hönsch o Bacigalupo), y las aportaciones al estudio de su figura de hispanista han sido breves y superficiales en 31 Véase el índice en el “Anexo” de este trabajo. 32 No aparece, efectivamente, en el completo y reciente repertorio de Fermín de los Reyes (2010), ni en Baasner (1995). 19 general. En ocasiones sí se ha tenido en cuenta a Dillon por su cervantismo: Ortas Durand (2006), en un libro en el que habla de otros viajeros ingleses que leyeron el Quijote; McDonald (1960), reconoce el papel puntero de Dillon en su difusión de la crítica sobre la novela; y Truman (2003) comenta el su papel clave en la elaboración de la edición de Bowle, así como la opinión de Baretti de que Dillon y no Bowle debía hacer esa traducción. También recientemente se ha rescatado su figura de lopista (Comellas y Sánchez Jiménez, 2018), y se ha reconocido su aportación a la difusión del Libro del Buen Amor (Deyermond, 2002). Sin embargo, solo se han dedicado dos artículos exclusivamente a las Letters: Otis Green (1973) y Nancy Marino (2014). El primero en realidad no va más allá de un resumen del contenido de cada carta, sin entrar en otros detalles. Por otro lado, el de Nancy Marino es quizá el trabajo más completo hasta la fecha sobre las Letters, y el único en que son tratadas en profundidad. Entre sus fuentes destacan los Orígenes de Velázquez principalmente. De él toma una idéntica periodización de la literatura española y el concepto decisivo de decadencia sobre el que se construye su visión: tras llegar a su apogeo en el siglo XVI, la literatura española entra en una etapa de decadencia en el XVII, como es frecuente afirmar en la época. Sin embargo, esta idea evoluciona en Dillon para beneficio de los ingleses, que tomaron el relevo a los españoles en el trono de las letras: 33 We may divide it [la poesía castellana] into four periods: the first from its early dawn till the reign of king John the 2nd; the next from this king to the days of Charles the 5th; the third from the emperor down to Philip the 4th; and the last from that reign down to Charles the 2nd, the last Austrian monarch, when the genius of Homer and Virgil seems to have fled from the banks of Manzanares, and to have fixed its residence on those of the Thames (Letters, 107). 34 Por lo tanto la primera edad abarca la literatura medieval de los siglos XIII 35 y XIV, centrándose especialmente en la figura histórica de Alfonso X (también sus obras: Las siete partidas, Libro del tesoro y el candado) y en el Libro de buen amor. 36 Este 33 Es interesante ver cómo Dillon es de los primeros en participar de un pensamiento común en la visión extranjera de la literatura española que se genera a finales del XVIII y que consolida el Romanticismo: el valor del legado literario español está en su pasado, y no en el presente, dominado por las aportaciones inglesas y francesas sobre todo. 34 A partir de ahora cito los fragmentos de las Letters y el Essai por el título de la obra (y no por autor y fecha) para mayor comodidad del lector. 35 Del Cid habla más tarde, en la carta XVI. Interesa más la figura histórica y legendaria, aunque también menciona las crónicas de Alfonso X. Lo más probable es que no conociera aún el Poema, que en esos años comenzaba a divulgar Tomás Antonio Sánchez. 36 “A singular poet and satirist now occurs, who has escaped the researches of Don Nicolas Antonio, and most other biographers till discovered by Don Lewis Velazquez, knight of the order of St. James. This is 20 último aún no contaba con su primera edición, que vendrá de la mano de Sánchez en el cuarto tomo (1790) de su Colección, mientras que Velázquez se había limitado a ofrecer un resumen, y admite no haber conocido el manuscrito. 37 Dillon dice sí dice haberlo consultado en su visita a Toledo, dando cuenta de su estado (“in a very imperfect condition, with many sheets tore out, and other unintelligible”) y ofreciendo a continuación el mismo sumario que Velázquez (129). A continuación se ocupa de la literatura del siglo XV, en la que menciona a Álvaro de Luna, Juan de la Encina (Triunfo de la fama, Arte de poesía castellana y su producción dramática), o López de Ayala y sus traducciones. Se detiene más en la poesía de cancioneros, del que menciona el de Baena, y también en las Coplas de Mingo Revulgo, especulando sobre el autor de ellas (cree probable que fuera Fernán del Pulgar, valiéndose del juicio del historiador Mariana) y describiéndola como una sátira política que ataca “the vices of king Henry the fourth” (150). Aunque parecen interesarle más el Marqués de Santillana, Juan de Mena y Jorge Manrique. Del Marqués de Santillana ya había repasado su biografía en una carta anterior sobre poesía trovadoresca provenzal, y con Mena, como es frecuente en Dillon, se pierde en ediciones y publicaciones de las obras. Sintetiza la importancia de estos tres escritores diciendo que Juan de Mena introduced an elegance of expression, George Manrique and his nephew polished her style, and embellished it with more easy rhyme. The marquis of Santillana disembarrassed her from the setters of couplets, and made her acquainted with the versification of the Provenzals and Italians (Letters, 154-155). Como era de esperar, su carta más larga es la XI (43 páginas), dedicada a la literatura del siglo XVI, que Dillon llama recurrentemente “the golden age of poetry in Spain” (158 y ss.). Recuerda la influencia italiana de “the first promoters of this brilliant revolution in Spain” (159), y que “a set of men was not wanting, who looked with jealous eye on the versification of the Italians” (160). A continuación comenta la figura de Boscán y su contacto con las medidas italianas a través de Navagero, pero se detiene más en Diego Hurtado de Mendoza, a quien dedica cuatro páginas en las que se muestra fascinado por su biografía, para luego atribuirle el Lazarillo: “a little piece (…) which was soon after translated into Italian and into English: the great autor Little thought at that time, Juan Ruiz, archi-priest of Hita, whose Works are in manuscript, in the library of Toledo, and who flourished in the year 1330” (Letters, 129). 37 “Parece que se llamaba Juan Ruiz, y que era Arcipreste de Hita, que en aquel tiempo se diría Fita. Yo no he visto este código, aunque está en Toledo al presente, por lo cual no puedo dar razón de lo que acaso contenga más que el de la Librería de la Iglesia, y contrayéndome solamente a lo que en este se halla, es en resumen lo siguiente” (Orígenes, 65). 21 that his performance would ever serve to grace the stalls of Moorfields” (164). Como cabe suponer, también dedica las debidas páginas a Garcilaso, de quien opina que “has justly been filled The Prince of Spanish poets, having with his friend Boscán brought the Spanish poetry to its highest perfection” (168). Igual que ocurre en los Orígenes de Velázquez, la lista sigue con Luis de Haro, Gutierre de Cetina, Fernando de Herrera y Fray Luis de León, para luego hablar de Lope de Rueda y Juan de la Cueva. También como Velázquez opina que algunos de los últimos poetas brillantes antes de la decadencia de las letras españolas fueron Vicente Espinel, Luis de Ulloa, Pedro de Espinosa, Juan de Jáuregui, Cristóbal de Mesa y Francisco de Quevedo. En este último, cuyos Sueños parecen ser conocidos y estimados por su interlocutor, sí se detiene bastante más que Velázquez y deja patente su admiración por él. Ensalza su “masculine spirit, or the keenness of his satire” (177), su carácter irreverente y su profunda moralidad religiosa, junto con su gusto refinado (181). La cuarta edad de la poesía española para Dillon está marcada por un “false taste”, el “depravado gusto” en Velázquez, y como este, atribuye tal desafortunada evolución a un contagio del estilo de los italianos contemporáneos (202). La Agudeza y arte de ingenio de Gracián es el síntoma de esta “corrupción”. De nuevo sigue a Velázquez al considerar que son tres grupos los culpables de ella. El primero es el de los corruptores del drama: Virués, Lope de Vega, Montalbán, Calderón, Salazar, Candamo y Zamora, que “violated all the laws of drama, and introduced innumerable defects on the stage, which have never been erradicated” (203). Esta opinión típicamente neoclásica está calcada de Velázquez (es una traducción en realidad, como ocurre en muchos otros pasajes), 38 y esto explica que luego Dillon se contradiga y muestre su faceta de lopista en la carta XV, dedicada exclusivamente al Fénix (Comellas y Sánchez Jiménez 2018), y coincida con su interlocutor y con la opinión general de otros viajeros ingleses en su admiración por “the fecundity of his genius” (243). El segundo y tercer grupo son respectivamente los conceptistas y culteranos, con Góngora a la cabeza de estos últimos, quien “contributed to diffuse an universal bad taste, and discredit the muses” (205). Sin embargo, Dillon no insiste en las argumentaciones de Velázquez sobre ese mal gusto, y acaba aquí su capítulo de la literatura del XVII. Al considerar la literatura actual española, Dillon sí se distancia 38 En efecto, muchos pasajes son traducciones de Velázquez, seleccionados y ampliados con comentarios suyos: por ejemplo las pp. 40-43, que se corresponden sin muchos cambios con la “Poesía arábiga” en su fuente. No obstante, cuando se trata de una traducción literal más larga, sin ninguna participación suya, Dillon no lo oculta. Así, cuando se dispone a ofrecer el resumen de la Batalla de Don Carnal y Doña Cuaresma advierte que lo que sigue a continuación está “as given by Velázquez” (129). 22 de Velázquez –que tiene en mente una especie de restauración del buen gusto– y dice que bajo el dominio de los Borbones y los “effeminate modes of Versailles”, no solo la “Spanish gravity was put out of contenance”, sino que hasta los mismos españoles han dejado de llevar sus preciados bigotes y perillas (206). Sigue con la literatura española en la carta XIV, donde trata las “Revolutions and progress of the Spanish Drama”. También en este apéndice el texto de Dillon se corresponde con Velázquez, y se puede comprobar con facilidad que se corresponde con los apartados que este dedica a la comedia y tragedia. Sin embargo, se hace patente el ojo inglés al mencionar las traducciones inglesas que conoce de la Celestina, y cuando llegamos a Lope de Vega, como también se había apuntado en el prefacio y luego en la carta XV, su genio se compara al de Shakespeare, con quien comparte “universal admiration” (243). También habla de Lope de Rueda, Virués, Calderón (en sintonía con Velázquez, no sale muy bien parado), y al hablar de la tragedia, ahora sí ve una influencia positiva del teatro francés en el español. Además, esta “poesía castellana” dividida en cuatro edades está precedida, del mismo modo que Velázquez, de cuatro literaturas que explican el “carácter” de aquella: los autores de la Hispania romana y visigótica, los autores árabes de Al-Ándalus, la poesía trovadoresca catalano-aragonesa y por último la gallego-portuguesa. Deja descolgada la literatura vasca hasta la carta XVIII, haciéndola coincidir con su parada en Vizcaya. La influencia de Velázquez en las informaciones literarias y su estructura es entonces notable. No obstante, las fuentes de Dillon van más allá, y como señala Marino, “Dillon quoted, consulted, or specifically mentioned in his study nearly fifty books: literary texts by Spanish, Portuguese, French, and English authors; collections of verse such as cancioneros and romanceros; histories of Spanish poetry; dictionaries and grammars of the Spanish, Portuguese, and Basque languages; histories of Spain; treatises on hidalguía; and church history” (Marino 2014: 195). 39 Hay entonces todo un aparato de referencias destinadas a explicar todo lo relativo a España –su lengua, su historia, sus costumbres–, para luego insertar ahí sus informaciones sobre literatura, que en una gran mayoría sí corresponden a la lectura de Velázquez, y en menor medida a López de Sedano y Sarmiento. 40 Dillon usa a Aldrete y Mayans como referencia para su presentación de la lengua española, con la que inicia el 39 Véase el apéndice que ofrece al final de su artículo. 40 Algunos de los poemas que traduce Dillon parecen haber sido sacados del Parnaso (1768) de Sedano, y en varias ocasiones (Letters, 12, 49, 126, 267) cita las opiniones de Sarmiento (1775), con las que a menudo coincide. También habría leído los prefacios de ambas obras. 23 volumen, y también se muestra conocedor del Tesoro de Covarrubias. En sus informaciones históricas cita a Mariana y Zurita entre otros; y también conoce el Teatro crítico universal de Feijoo y las obras bibliográficas de Nicolás Antonio (Biblioteca hispana, 1672-1696), Casiri (Biblioteca Arábico-Hispana, 1770) o Pellicer (Ensayo de una biblioteca de traductores españoles, 1778). Quizá el aspecto más original de Dillon respecto a las fuentes que consulta es su cervantismo. Las referencias al Quijote son incontables, y van desde citas y recuerdos de sus pasajes preferidos, hasta la inclusión del lenguaje cervantino en el suyo propio. 41 Así, evoca el lance final con el bachiller Sansón Carrasco cuando llega a Barcelona (14), interpreta la realidad de los españoles a través de la ficción de Cervantes (78 y 79), y hasta explica por qué en la edición de Peter Motteux (1733) no se deja entender bien el sentido de los “cuartos” de Rocinante (95). También muestra respeto por las opiniones literarias del narrador en el capítulo de la biblioteca de Don Quijote, que en ocasiones esgrime como autoridad crítica. Dillon, que se llama a sí mismo “quixotic traveller” (95), fue sin duda un inteligente y apasionado lector del Quijote, 42 motivo por el que sus Letters destacan en el panorama historiográfico del momento. Como opina McDonald (1960: 34), el suyo fue “the travel book most notable for developing the motif of Quixote criticism in that genre before the Rambles [Inglis, 1840]”. Además, a lo largo del libro, Dillon da la impresión de ser un gran lector en varias lenguas: principalmente inglés, español y francés, aunque también conoce la tradición italiana. Entre los poetas que cita o alaba con recurrencia se encuentran Swift, John Milton (a quien compara con Ercilla y La Araucana), Shakespeare (comparado con Lope de Vega), Quevedo o Petrarca. También deja ver su lado bibliófilo en la carta III al hablar de una visita a la biblioteca de Mayans, a quien tuvo la oportunidad de conocer. La otra biblioteca presente, además de la de Don Quijote, es la del Escorial, que se trata en la carta XIII. Es una carta sobre todo dedicada a la los traductores españoles, donde quizá se apoya también en la cuarta parte de los Orígenes. Pero su curiosidad abarca otros terrenos muy diversos. Entre ellos destaca el histórico y el político. Dillon, que más adelante dedicará sendos libros a la historia de dos monarcas españoles, aquí se detiene en las biografías de los autores que le resultan más 41 “I now lay down my Spanish lance, as well as the golden helmet of Mambrino, and am hastening home as fast as possible, …” (Letters, 307). 42 No en vano, Baretti opinaba que hubiera sido mejor que Dillon se encargara de la edición del Quijote de Bowle, como hemos señalado (15, nota 28). 24 interesantes (Macías, Alfonso X, el Marqués de Villena o Lope de Vega), y parece atraerle la historia de España en general, y en particular las relaciones que ha tenido con Inglaterra: la carta VI está dedicada a la batalla de Almansa, en la que españoles y franceses derrotaron a los ingleses, después de que los portugueses los abandonaran en el campo de batalla. Por otro lado, también se aprecia en Dillon un hombre que está al tanto de la situación política que vivía, y hace continuamente alusiones más o menos explícitas a las tensiones de británicos con franceses, que entonces apoyaban la independencia de los EEUU, llegando a sugerir que pasó miedo en su viaje de Italia a España por si lo atacaban barcos franceses. Como es de esperar, también acompaña su sketch de la literatura española con reflexiones sobre el carácter de los españoles, sus costumbres, instituciones, y sobre todo la religión. El hecho de ser católico le permite una visión más comprensiva que la que demostraron otros viajeros anteriores (Marino: 188), y para él los españoles son un pueblo acogedor, valiente, alegre, y con dotes para la reflexión moral y teológica (algo que para Dillon ejemplifica Quevedo). Sin embargo, no piensa tan bien del gobierno y de la Inquisición. Para él sin duda el lamentable estado de las carreteras tiene que ver con una “bad policy of government” (26), y se alegra de vivir en Inglaterra, donde la propiedad privada y las libertades individuales sí son respetadas 43 . De nuevo su visión de la religión en España llama la atención por su tono moderado, en comparación con la imagen que se tiene en Europa en este momento. No obstante esto no impide que critique con decisión los procesos inquisitoriales, llegando incluso a ofrecer una traducción del auto de fe de Pablo de Olavide (1778) en la última de sus cartas. Aquí Dillon se compadece de este hombre de reconocido “conocimiento y patriotismo” (305), que “was some time ago taken up at Madrid, hurried away from his house, and confined in the dark prisons of the Inquisition, and after a long and painful imprisonment, was brought in the most humiliating manner before his judges” (306). Todos estos asuntos orbitan, a veces con más desparpajo y naturalidad que otras, sobre la cuestión central del “origen y progreso” de la literatura española. El molde genérico de los libros de viaje le permite tratarlos de una forma orgánica y sin las ataduras formales a las que obligaría un tratado. Por eso caben, sin que sea posible reprochárselo, 43 Hablando de un ataque que sufrió Mayans y su biblioteca por parte de los jesuitas: “Oh happy England! Where the property of individuals is sacred, and where the least violation of liberty, meets with a spirited and just resentment from the people” (Letters, 36). 25 todo tipo de digresiones acerca de casi cualquier cosa que tenga que ver con España o la literatura. Además, en sí mismas las Letters también son un artefacto literario y retórico (recordemos las Lettres persanes de Montesquieu). De hecho, la habilidad literaria del caballero inglés pretende hacernos creer que las informaciones sobre literatura emergen naturalmente del lugar en que se encuentra, esto es, que el recorrido histórico está determinado por el itinerario de su viaje, y no por la estructura de Velázquez. Así, se habla de la poesía provenzal trovadoresca cuando se encuentra en Valencia, nos habla de la Escuela de Traductores y el Arcipreste de Hita cuando está en Toledo, donde ha podido ver el manuscrito, y se le ocurre hablar del Siglo de Oro porque “they happened last night to speak of the golden age of poetry in Spain” (158) en una tertulia a la que asistió. El marco ficcional sirve como excusa para su análisis literario, algo que está en la misma esencia del género de viajes. En suma, las Letters de Dillon renuevan el panorama de los libros de viaje a España, interesándose por su literatura como no se había hecho antes. Son el texto en inglés que trata de forma más completa la tradición literaria española en su momento, y quizá en todo el siglo XVIII, sirviéndose para ello de una bibliografía actualizada. Pero además ocupan un lugar especial en el género por su actitud más comprensiva hacia la cultura española en general. Se puede comparar con Twiss, por ejemplo, que en sus Travels de 1776 hace un acopio de todo ese legado cultural y artístico español (aunque mucho más breve y superficial), pero desconfía de los españoles, e incluso muestra cierto desprecio. Como se apuntaba, la actitud más abierta de Dillon pueda deberse probablemente a la afinidad de credo, pero también a que no era el primer viaje que hacía a España, y a diferencia de otros de estos viajeros, Dillon conocía perfectamente la lengua. Es decir, si los viajeros ingleses intercedieron favorablemente en la imagen de lo español en Europa, como transición de los modelos franceses a los alemanes, en este aspecto destaca Dillon particularmente (Hönsch 2000: 95-99). Por lo tanto, por su divulgación incomparable de la literatura española en lengua inglesa, y por su visión tolerante de España y su cultura, las Letters fueron un texto pionero y valioso para esa construcción de la historia literaria española que se hace en el cambio de siglo XVIII a XIX, y en un diálogo entre nacionales y extranjeros. 32 classics, and italian authors”. Finalmente, la identidad se hace notar en la redacción desde las primeras páginas, dedicadas a presentar la lengua castellana: en la tercera página del Essai comienza una traducción al francés de las Letters, que se corta, se amplia y se reescribe a lo largo de toda la obra: La langue commune, en Espagne, s’appelle Langue Castillane ou Romance. C’est elle que l’on parle sur les théâtres et dans les universités. La ville de Tolède étoit regardée comme le lieu où on la parloit le plus purement, lorsque les monarques y faisoient leur résidence ; mais, aujourd’hui, Madrid luis a enlevé ces avantages. Elle est généralement répandue dans les deux Castilles, les provinces de Léon, d’Aragon, d’Estremadure, d’Andalousie, de Navarre, de Rioja, et dans les montagnes de Burgos (…) (Essai, 3). The common language of Spain is called Castilian, or Romance. This is what is printed in books, spoken at court, in the universities, and generally in all polite circles. Toledo was the standard, when the residence of the monarchs; but now Madrid undoubtedly bears the palm. This is the language that prevails in the two Castiles, Leon, Aragon, Estremadura, Andalusia, Navarre, Rioja and the mountains of Burgos (…) (Letters, 6). Una sencilla comparación de los textos demuestra que la traducción no se limita a ciertos lugares que podríamos mostrar aquí, sino que es general y su rastro fácil de seguir. 62 Sin embargo podríamos pensar que la similitud en las fuentes usadas podría explicar este parecido. Esto es, si Dillon usa la misma estructura que Velázquez e incluso lo traduce y parafrasea, tal vez el autor del Essai hace lo mismo, y lógicamente todo el aparato literario del libro de viaje que añade el inglés quedaría fuera. Este planteamiento no resulta probable porque toda la información relativa a la lengua en las Letters no proviene de Velázquez, sino de Mayans y Aldrete, y sin embargo aparece idéntica en el ensayo francés. 63 Tendríamos que suponer que ambos autores han consultado las mismas fuentes, han seleccionado exactamente la misma información, y le han dado una misma redacción. Pero debemos añadir una serie de lecturas comunes en las Letters y el Essai que no aparecen en Velázquez, y que terminan por descartar esta hipótesis. Por ejemplo en el Essai leemos: On attribue encore à Alfonse, l’introduction du papier dans l’Espagne chrétienne; mais il paroît que les Mahométans en connoissoient l’usage antérieurement, car Sarmiento assure qu’il a vu un papier manuscrit à la date de 1261. Je ne m’étendrai point davantage sur l’Histoire littéraire d’Alfonse (Essai, 49-50). De la misma forma se expresa Dillon: Alphonso is thought to have first introduced paper in Spain, at least amongst the Christians, supposing its use to have been known amongst the Mahometans: for 62 Vid., por ejemplo, Letters (19-25, 54-65) y Essai (7-10, 14-22). 63 Vid. Essai (3-6) y Letters (6-11). 33 Sarmiento mentions having seen a paper manuscript in 1261. I shall not, however, enter into further details relating to the works of this monarch (Letters, 126). En Velázquez no hay referencias a esta supuesta introducción del papel en España por Alfonso X, y además la referencia a Sarmiento es cosecha de Dillon. Poco después el viajero irlandés presenta al Arcipreste de Hita y su manuscrito, para luego mencionar a Velázquez, de quien dice que ha sacado el resumen que ofrece a continuación: “therefore I shall confine myself to a specimen of a satyrical piece, as given by Velasquez” (129). En el Essai nos encontramos exactamente con lo mismo: “j’essayerai cependant d’en faire connoître un fragment tel que Velasquez l’a publie” (51), seguido del resumen de Velázquez. Estos y otros pasajes indican entonces que la fuente primaria del Essai son las Letters, y solo a través de ellas se sirve de los Orígenes. Aunque estos ejemplos acaban por confirmar que el texto francés está en importante medida tomado de las Letters, no podemos decir que todo el Essai sur la littérature espagnole sea una traducción verbatim (Marino: 203, nota 23), o que simplemente se elimine la parte epistolar de Dillon (Ross). Con el Essai se persigue el objetivo de dar a luz un trabajo –aunque con las limitaciones que tiene un estudio divulgativo– de corte científico, y para eso debe prescindir de todo el elemento literario del género de viajes, de las constantes digresiones sobre historia o carácter de los españoles, y recoger exclusivamente lo que tenga que ver con la historia literaria española. Pero también se deben reordenar esos materiales que en Dillon están dispersos, y por supuesto añadir otras informaciones cuando se crea oportuno. En este sentido, la “Introduction” de treinta páginas del Essai se corresponde con las cartas I-VII de Dillon, salvo la VI sobre la batalla de Almansa. Por tanto se nos presenta la lengua castellana en el contexto lingüístico peninsular, se habla de los autores hispanorromanos, de las invasiones goda y árabe, de autores árabes y judíos en Al-Ándalus, y para acabar la poesía “lemosina” y la gallego-portuguesa. Mientras en las Letters estas informaciones parecen coincidir con sus viajes, en el texto francés sirven más claramente al propósito que tuvo Velázquez de trazar el mapa de las literaturas que han estado en contacto con la castellana y que la han influido. Pero además se añaden algunas informaciones: un párrafo sobre la literatura de los judíos (12), y sobre todo una reseña biográfica de “El enamorado Macías” (23-27), tomada al parecer de Sarmiento. En realidad las páginas de esta introducción son sin duda las que más se ajustan a Dillon, y sí se pueden considerar prácticamente una traducción literal. Sin embargo, a 34 medida que se va avanzando en la historia literaria española, los añadidos son más copiosos y frecuentes. Por eso la “Premier époque de la littérature espagnole” del segundo capítulo del Essai es bastante más completa que en Dillon. De la literatura medieval de los siglos XII y XIII el inglés prácticamente solo presta atención a Alfonso X y el Arcipreste de Hita, además de mencionar los Milagros de Nuestra Señora de Berceo, y en una carta posterior hablar del Cid solo en su dimensión histórica y legendaria. Es aquí donde se acusa la lectura de Tomás Antonio Sánchez en el Essai –cuya Colección no se menciona en las Letters–, lo que le permite iniciar el capítulo con el Poema del Cid, del que destaca su “touchante naïveté” (37) 64 y del que ofrece además un fragmento de su entrada en Burgos en español y en francés (35-37). Al llegar a Gonzalo de Berceo, cree necesario hacer un inciso para explicar el verso alejandrino y en general la métrica española con el objetivo de “rendre familières quelques expressions que l’on pourra rencontrer dans la suite de l’ouvrage” (46). Esta explicación de la métrica (39-46) es mucho más extensa que la que hace Dillon, e incluye informaciones de Sánchez y Bourgoing, del que cita un fragmento de su Tableau de l’Espagne moderne (1797) en el que se sorprende de la dificultad que tiene un extranjero en reconocer las rimas asonantes españolas. 65 Al llegar a Alfonso X, también añade un extraño párrafo al respecto del Tesoro (49): especula con la posibilidad de que la piedra filosofal fuera una alegoría de un poder sobrenatural del que gozó el monarca para gobernar 66 . También incorpora un párrafo sobre Don Juan Manuel, ausente en las Letters, del que dice que “[l]es poesies de ce prince sont en général, plus correctes que celle [sic.] de D. Alfonse” (51), y cita una de las moralejas de El conde Lucanor que confiesa no haber visto en ninguna otra obra 67 . Por último, incluye aquí a Pedro López de Ayala y no en la segunda época (siglo XV) como hace Dillon, por considerar que produjo su obra a finales del XIV, y añade una reflexión sobre el desconocimiento que hay en Francia de la historia de España, según le da pie la “partialité condamnable” (56) de la Crónica de Pedro el Cruel de Ayala. A esto sigue un repaso de lo que ha tratado hasta el momento y las fuentes que ha usado (56-58), 64 Esta idea sobre lo naïf del Poema del Cid, que no se suele mencionar en los comentarios de otros poemas épicos medievales europeos, se repite entre los críticos extranjeros de la época, algo que sería interesante estudiar en posteriores trabajos. 65 También se centra en aspectos más generales y no entra en nombres de versos y estrofas particulares de las que luego no tiene que hablar, como sí hace Dillon (Letters, 116-118), comparándolas con sus equivalentes de la métrica latina. 66 Véase el fragmento (1) del anexo. Este párrafo lo cita Puibusque (1843: 385 y 386), y lo compara con la opinión menos ingenua de Maury, que piensa que se trata solo de un juego retórico. 67 “Non aventures mucho tu riqueza/ per consejo del home que a pobreza” (50). 35 destacando a Sarmiento y Sánchez, en un intento por dotar a su texto de una mayor coherencia que Dillon. También hay innovaciones en las páginas dedicadas a literatura del siglo XV. En primer lugar, se prescinde de algunos datos histórico-biográficos de autores y monarcas, así como de información sobre publicaciones y ediciones de las obras, y aunque no se añaden autores nuevos, sí que se amplían los ya existentes en Dillon. Así, cuando llega al Marqués de Santillana, el Essai incluye tres estrofas de sus Proverbios y cita dos poemas nuevos: “Un poëme sur la création du monde, (…) [et] un autre sur le combat naval qui se donna entre les Gênois d’une part, et les flottes combinées d’Aragon et de Navarre” (63). También escribe más detenidamente que Dillon sobre la Carta Prohemio (63) y sus indicaciones históricas sobre literatura, y finalmente sitúa al marqués en una escuela de “dantistas” que identifica con los primeros poetas españoles del siglo XV influidos por la lírica italiana. Es Juan de Mena sobre quien más profundiza respecto a Dillon, en concreto una página sobre su Laberinto, “un des monuments principaux de la vieille poesie”. Por último, la información sobre Jorge Manrique está más clara en el Essai y algo ampliada. Sin duda el capítulo sobre la literatura del siglo XVI, la “Troisième époque de la littérature espagnole”, es el más extenso y cuidado (72-122), e incorpora una cantidad considerable de nuevo material, junto con fragmentos de Boscán, Garcilaso, Hurtado de Mendoza, Fray Luis de León o Ercilla, que lo hace notablemente más completo que el de Dillon. Como en las Letters, Boscán, Garcilaso y Hurtado de Mendoza forman la tríada de la primera poesía de “l’âge d’or” español, pero en aquí aparecen en un orden más lógico (Boscán, Garcilaso, Mendoza) que en el irlandés (Boscán, Mendoza, Garcilaso). En su explicación sobre la penetración de las formas italianas en la poesía española bajo la iniciativa de Boscán, se apoya en su Carta a la duquesa de Soma, donde se relata la famosa conversación con Navagero, y no lo compara con Petrarca como Dillon (161), sino con Horacio por “une profondeur de pensé, une justesse d’expression, un art de mêler ensemble le grave et le doux, de satisfaire à la fois l’esprit et la raison” (75). A continuación trata de Garcilaso, deteniéndose en sus églogas “remplies d’intérêt” (77), y ofreciendo varios fragmentos de la Égloga I que reviste de comentarios con los que pretende subrayar su valor. 68 Sigue con Hurtado de Mendoza, de quien añade un largo fragmento de su Guerra de Granada para ilustrar que en su faceta de historiador estaba a 68 Por ejemplo, considera ingeniosa y nueva la imagen fluvial con que se pretende reflejar la inconstancia de Galatea (Essai, 79), y opina que la estancia final sería del gusto de Virgilio. 36 la altura de Tácito y Salustio (89), y continúa con Herrera y luego Cristóbal de Castillejo en los mismos términos que Dillon. Sí que aporta bastante más al llegar a “Louis Ponce de León”, en realidad haciendo referencia a Fray Luis de León. Como a Dillon, al autor del Essai le interesa que fuera “inhumainement persécuté par le Saint-Office” (92), pero además comenta la anécdota del “decíamos ayer” a la que tiene acceso por un biógrafo (Mayans probablemente; Álvarez Rubio: 111), y que le sirve para mostrar la “gravité flegmatique des espagnols de cet âge”, para a continuación traducir fragmentos de la oda al Tajo. Después de Esteban de Villegas, Barahona de Soto, los hermanos Argensola y otros poetas que también están en las Letters, dedica varias páginas a la Araucana de Ercilla, distanciándose tanto de Dillon como de Velázquez, donde esta información aparece desplazada en otros capítulos. 69 Recoge la opinión de Voltaire sobre el poema, igual que sus fuentes, pero muestra un análisis más sesudo y añade varios pasajes que comenta. En general, aunque coincide en algunos de los defectos que le ve su compatriota, opina que hay más cosas buenas que malas, y alaba el genio e imaginación de Ercilla, así como la elegancia en la mayoría de los versos. A continuación el autor se asombra de que los autores españoles hayan destacado en gran parte también por su distinguido linaje, entre los cuales nombra al Marqués de Villena, Jorge Manrique, Garcilaso de la Vega y Hurtado de Mendoza. En su lista de poetas célebres quiere terminar con el Viaje al Parnaso de Cervantes siguiendo a Dillon, pero luego añade a Fray Luis de Granada y un fragmento de su Introducción a la fe para mostrar la literatura moral del siglo XVI, y habla de Mariana y Zurita para hacer lo mismo con la historiografía. También innova al detenerse en la persecución de Mariana y atacar la Inquisición con mayor ferocidad que Dillon: para el autor la censura excesiva embrutece el espíritu humano (120), y justifica su preocupación por este asunto porque dice haber escuchado recientemente justificaciones sobre la Inquisición. 70 Concluye de nuevo sintetizando y cohesionando su texto, y añadiendo que en este siglo las lenguas española e italiana se podían ver “dans toute leur pureté, tandis que les langues anglaise et française étoient, pour ainsi dire, encore dans la barbarie” (122). El capítulo cinco sobre el último periodo de la literatura española (siglos XVII y XVIII) es enteramente nuevo. De las veintitrés páginas que tiene, tan solo las dos primeras pertenecen a Dillon, en las que se achaca el “faux goût” del Barroco a la influencia 69 Dillon lo incluye en su capítulo sobre la biblioteca del Escorial, mientras que Velázquez lo hace en su epígrafe sobre la epopeya española. 70 Véase el fragmento (4) del anexo. 37 italiana, y cuyos difusores españoles se reparten entre los que desvirtúan el teatro, los conceptistas y los culteranos. El autor del Essai va más allá en la crítica a Góngora, y muestra el primer cuarteto de “Con diferencia tal, con gracia tanta” junto con un fragmento de su romance del Manzanares como demostración de su lenguaje afectado. Góngora, a su juicio, encabezaba una “misérable espèce [de poetas] qui, dans le siècle précédent, n’eût été payée que du plus profond mépris” (126). Además, la información sobre literatura española del XVIII es totalmente ajena a Dillon. Aquí hay una previsible diferencia de opinión respecto a este siglo, para el inglés dominado por las “modas afeminadas de Versalles”, y en el Essai presentado como una restauración del buen gusto gracias a la penetración de las luces de Europa. 71 Este nuevo esplendor comenzaría con Mayans, de quien destaca especialmente su biografía de Cervantes. En un nivel parecido de admiración se encuentra Feijoo por su “saber universal” y su lucha contra los “erreurs populaires”, y añade un fragmento de la “Voz del pueblo”, además alabar su Teatro crítico universal por su erudición y “zéle infatigable à poursuivre la vérité” (133). También ofrece un fragmento de Fray Gerundio, del Padre Isla, al que sitúa en una misma tradición que a Quevedo (134). Más tarde da muestras de un conocimiento de una literatura más reciente al tratar del jesuita expulso Montengón, y con más esmero al hacerlo de Tomás de Iriarte y Meléndez Valdés, llamado el Anacreonte de España, pero a quien supera en “elevación” el padre Montengón (144). No puede dejar pasar el siglo XVIII sin alabar la poética de Luzán, y proponer la lectura complementaria del Parnaso español de Sedano para aplicar sus reglas a la que cree una buena colección de poemas en castellano (144). Por último, el autor destaca que en este siglo se han producido una multitud de “histoires littéraires de l’Espagne”, entre los que cita a los hermanos Mohedano, Juan Andrés, Sempere y Guarinos y Lampillas, y donde no se mencionan sus propias fuentes. Toda esta información sobre el siglo XVIII proviene seguramente del Itinéraire descriptif de l’Espagne (1808: 212-251) de Laborde, donde se nombra a estos autores. Otro punto en el que vemos esa distinta ordenación de las informaciones en el Essai respecto a su fuente es en el capítulo sobre el teatro español. Aquí recaen todos los autores de drama que en Dillon estaban dispersos en los diversos periodos de la literatura española. Esto ocurre, por ejemplo, con Lope, cuyas noticias en las Letters se encontraban 71 “Le bon goût a repris ses droits, et l’on s’apperçoit que quelques rayons de la lumière répandue dans le reste de l’Europe, ont percé à travers les Pyrénées”. (Essai, 127). 38 repartidas en varias cartas: la XI y la XII (tercer y cuarto periodo) por cronología, la XIV sobre el teatro español, y la XV, en la que incluye una reseña biográfica del Fénix. En el Essai, sin embargo, Lope de Vega y otros dramaturgos (Lope de Rueda, Calderón o Moratín) que se habían ignorado en sus respectivos periodos cronológicos, aparecen directamente en el capítulo sexto “Sur le Théâtre espagnol”, evitando así caer en repeticiones. Vemos, entonces, que el autor del Essai construye una versión de las Letters de Dillon más ampliada y organizada. Para ampliarla el autor recurre a una cantidad considerable de materiales procedentes de diversas fuentes, entre las que destaca Tomás Antonio Sánchez y su Colección (1779-1790), a la que parece recurrir especialmente en los capítulos dos y tres, sobre literatura medieval –junto con Sarmiento. Sin embargo, una buena parte de las explicaciones de Sánchez seguramente están tomadas a través de otra fuente que oculta intencionadamente: la Colección de Giovan Battista Conti (1782-1790). Ya el hecho de que se le cite a la italiana (Tommaso-Antonio Sanchez; Essai: 57, 71) nos sugiere hay una fuente italiana que media en el conocimiento de Sánchez, pero el parecido entre estos fragmentos del texto francés con la introducción de la obra de Conti acaban por demostrar esta influencia. 72 El Itinéraire (1808) de Laborde es la otra fuente que tampoco se menciona: de ella procede prácticamente toda la información referente al siglo XVIII español. Esto nos indica que el Essai se construyó sobre una traducción de las Letters de Dillon, a la que se añadió información proveniente de, al menos, las fuentes que hemos citado. Una mano hábil, la del que podemos considerar autor del Essai, organizó estos materiales de una forma coherente y con cierto éxito, 73 añadiendo especialmente el texto destinado a ensamblarlos, reescribiendo sus fuentes cuando creyó necesario, 74 pero también mostrándose conocedor de la tradición literaria española, como indica el repaso anterior. No obstante, el resultado es una historia más completa que la de Dillon, y de haber citado sus fuentes poco habría que reprocharle de su “excellent resumé” (Jarry de Mancy 1831: 24) de la tradición literaria española. 72 Véanse los fragmentos (2), (3), (5) y (6). 73 No podemos olvidar que se le pasaron algunas referencias temporales contradictorias, como veíamos antes. 74 Por ejemplo, evita las constantes referencias de Dillon a poetas ingleses (como la comparación de Lope con Shakespeare), y lógicamente se distancia de él en sus juicios negativos de la literatura española del XVIII por su influencia francesa. 39 Respecto al autor que reúne todas esas informaciones bajo la forma de un ensayo, poco podemos saber. Sí podemos especular con cómo tuvo acceso a Dillon. En su History of the reign of Peter the cruel (1788), el irlandés menciona sus Letters como un “essay on the literature of Spain” (XIII). El acceso lo pudo tener el autor francés a través de la traducción de esta obra, 75 donde las cartas de Dillon se mencionan como un “essai sur la littérature d’Espagne” (VI), de forma muy parecida al título de nuestro ensayo francés. También pudo mediar en el conocimiento de Dillon la traducción de Ortolani del Origine de Juan Andrés, donde se menciona al irlandés y su texto, como hemos visto. 76 Por lo tanto lo único que sabemos a ciencia cierta del autor es que conocía el inglés y probablemente estaba familiarizado con el italiano (dada la referencia de Conti) y el español. Pudo ser el mismo Lecouteulx o –¿por qué no?– alguien llamado Malmontais, así como cualquier otro nombre que se nos escape. Lo que sí parece estar claro es que la elección del anonimato iba encaminada a protegerse de eventuales acusaciones de plagio que el autor ya preveía. 6. Conclusiones Estas páginas nos permiten llegar a una serie de conclusiones. En primer lugar, se constata el plagio a Dillon en el Essai sur la littérature espagnole (1810), como ya había señalado Thomasina Ross (1823), y hemos visto cómo se lleva a cabo: prescindiendo de lo epistolar de las Letters, pero también con considerables añadidos de otras fuentes (a veces también ocultas) y la reordenación de los elementos en busca de un formato más actualizado de una historia de la literatura. La manera de operar del autor del Essai nos permite ver cómo a principios del siglo XIX ha cambiado el paradigma genérico de las historias literarias. Esto es, esta nueva especie no tiene en su momento de nacimiento (segunda mitad del XVIII) un modelo estable, lo que permite que Dillon pueda incluir sus informaciones sobre literatura española en un libro de viajes. En el siglo XIX, sobre todo a partir de Bouterwek (1804), el género adquiere ya la forma con que hoy lo conocemos, y el Essai, un texto al fin y al cabo de carácter divulgador, se encamina hacia esta forma definitiva al ser el más sobresaliente precursor de la historiografía literaria española en 75 Mlle. Froidure de Rezelle (trad.) (1790), Histoire de Pierre le cruel, Paris, Briand. 76 J. E. Ortolani (trad.) (1805), Histoire générale des sciences et de la littérature, Paris, Imprimerie Impériale. Traducción solo de los dos primeros tomos de la obra de Juan Andrés. 40 francés del siglo XIX, en la que luego destacan Sismondi (1813), Puibusque (1843), Baret (1875) o Demogeot (1880). También hemos podido comprobar el destacado papel de los viajeros ingleses del XVIII en la difusión europea de la cultura española, y en particular las Letters de Dillon en el conocimiento de la tradición literaria. Su moderna visión de España y su interés por su literatura deberán esperar treinta años para verse igualados en Francia, lo que nos indica el desfase existente en distintos países al respecto de tal asunto. En este sentido, alemanes e ingleses toman la iniciativa en la revisión europea de lo español y su legado cultural en el siglo XVIII, adelantando ciertos aspectos de la visión romántica. Es interesante observar cómo esta nueva visión de la literatura española se construye en gran medida a partir de textos españoles, entre los que destacan singularmente los Orígenes (1754) de Velázquez: con versión alemana de Dieze (1769), introducido por Dillon en el mundo anglosajón (1781), y en el mundo francés gracias al Essai (1810). Junto a él también Sarmiento, Sánchez y Juan Andrés, entre otros, conforman un conjunto de fuentes que se encuentran de forma constante en las visiones extranjeras de la literatura española, probando que estas se construyen en un diálogo con nuestros eruditos nacionales. Sin embargo, los autores extranjeros, aunque integran los datos y algunas apreciaciones críticas de las fuentes españolas, reinterpretan estas, elaborando así una visión propia de la literatura española que también varía en función de intereses ideológicos. En este contexto elaboran Dillon y el autor del Essai sus visiones, y aunque ambos acreditan el valor del legado literario español, le niegan un protagonismo en el presente –quizá de forma más atenuada en el ensayo– que se disputan entre Francia y Reino Unido. Lo español queda entonces relegado al pasado a través del exotismo que comienzan a introducir estos autores; por ejemplo, con una importancia sobredimensionada del componente árabe en la cultura española, como ocurre en Dillon, o aduciendo lo ingenuo o naïf de la literatura española, como veíamos en el Essai. Si el siglo XVIII expulsó el legado cultural español a la periferia de Europa, en las últimas décadas asistimos a una revalorización de este en unos términos que, sin embargo, no permite a los españoles reclamar una nueva posición en un presente que se les niega. Esta 41 es la otra cara de esa visión más amable que los románticos construyeron de España, y que generó opiniones encontradas entre los mismos españoles. 77 Por otro lado, todo esto no hace sino recordarnos que las historias literarias, herramienta importantísima para la confección de los cánones literarios nacionales, no dejan de ser elucidaciones variables de una misma realidad, y en muchos casos interesadas. Así, unos mismos datos están sujetos a múltiples interpretaciones al servicio de criterios ideológicos, haciendo también de la tradición literaria nacional un terreno de disputas políticas. 77 Vid. el capítulo “La reacción española al mito romántico” de Andreu Miralles (2016: 117-121). 48 MAINER, José Carlos (1994), “La invención de la literatura española”, en José María ENGUITA y José Carlos MAINER (eds.), Zaragoza, IFC, 23-45. — (2000), Historia, literatura, sociedad (y una coda española), Madrid, Biblioteca Nueva. — (2003). La filología en el purgatorio. Los estudios literarios en torno a 1950, Barcelona, Crítica. MARAVALL, José Antonio (1972), «Mentalidad burguesa e idea de la Historia en el siglo XVIII», Revista de Occidente, nº 107, 250-286 (reed. en Estudios de la historia del pensamiento español (siglo XVIII), ed. 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Alfonse, n’auroit-elle pas été, de la part de cet homme au-dessus de son siècle, une allegorie sous laquelle il auroit voulu persuader à ses peuples et à ses voisins, qu’il avoit un pouvoir surnaturel ? Son livre et ses chiffres magiques ne déguiseroient-ils pas de règles ou principes de gouvernement ou d’administration, plus particulièrement celle de finances, qui a été long-temps enveloppée en Europe, sous des formes mystérieuses ? Dans ce sens, le roi D. Alfonse a pu dire qu’il avoit trouvé la pierre philosophale ; et son maître, cet Egyptien d’Alexandrie, avoit pu lui donner la science d’une langue hyérogliphique connue seulement de la classe appellée [sic.] à gouverner les peuples” (Essai, 48-49). (2) “J’ai cité les productions les plus remarquables: un auteur moderne, le père D. Tommaso-Antonio Sanchez, dans le prospectus d’un ouvrage où il comptoit rassembler ceux des poètes castillans antérieures au quinzième siècle, annonce que sa collection sera composée des morceaux suivans dont j’ai indiqué la plus grand partie : le Poème du Cid Campeador, les poèmes de Gonzalo Berceo, la vie de S. Ildefonse écrite par le bénéficier d’Ubeda ; les poésies de Juan Ruys archiprêtre de Hita, du Juif D. Santo, de Pedro Lopez de Ayala, de Juan Manuel auteur du comte Lucanor ; l’histoire du comte Fernan Gonzalez ; des vers de Pedro Gomez, avec quelques autres poëmes rares qu’il cherchoit encore” (Essai, 57). (3) “Si l’on veut avoir des renseignements plus étendus sur l’origines et le progrès de la poésie castillane, j’engage les amateurs à lire l’Opuscule de Louis Velasquez sur les origines de la langue castillane, le premier tome des Œuvres posthumes du P. Martin Sarmiento, Bénédictin, ayant pour titre : Memorias para la historia de la poesia y poetas españoles, et la collection déjà citée des poésies castillanes antérieures au quinzième siècle, par le P. Tommaso Antonio Sanchez” (Essai, 7071). (4) “Cette observation explique pourquoi les préjugés ont été si communs et la superstition si puissante en Espagne ; pourquoi les sciences répandues et perfectionnées dans le reste de l’Europe ont eu tant de peine à s’y introdure. Qu’on me pardonne cette digression contre les persécuteurs des Luis de Léon, des Quevedo, des Mariana, Une indignation dont je n’ai pas été maître et quelques tentatives faites récemment, sinon pour justifier, du moins pour excuser la rigidité du St. Office, m’ont entrainé au-delà des bornes que je me suis prescrites” (Essai, 120-121).