Etnicidad y desarrollo en el Altiplano las organizaciones mayas de desarrollo de Guatemala
Abstract
El presente trabajo de tesis doctoral se ocupa del análisis del modelo de desarrollo puesto en práctica por una serie de organizaciones indígenas ubicadas en el occidente de Guatemala. El estudio de dicho modelo (que hemos calificado como de etnodesarroll
Full text
Mari o Jordi Sánchez
Departamento d e Antropología Social de la Universidad de Sevilla
Director: Pablo Palenzuela Chamorro
Etnici dad y desar rollo en el Altiplano
Las organizaciones may as de desarrollo en Guatemala
TESIS DOC TORAL
INDICE DE CUADROS, ESQUEMAS, MAPAS Y GRÁF ICOS
Contenido
Pág.
Cuadro 2.1.- Porcenta je de poblaci ón indígena/no in dígena por departamentos
147
Cuadro 2.2.- Distri bución pobla cional de los grupos étni cos por depar tamentos
148
Mapa 2.1.- Ubicaci ón de los de partamentos de T otonicapá n y Sololá y de sus
respect ivos m unicipi os
144
Mapa 2.2.- Distr ibución t erri toria l aproxi m ada de grupos étni cos en el e stado
guatem alte co
149
Cuadro 2.3.- Renta per c ápita. Divisi ón por depart amentos
153
Cuadro 2.4.- Presupuest o Nacional de Guatemala por regiones. Año 1999
154
Cuadro 2.5.- Desglose de la ayuda inte rnaciona l en Guatemala. Cuantía y procedenci a
de los ofr ecimientos re alizados tr as los Acuerd os de Paz. Período 1997-
2000
200
Cuadro 2.6.- Dist ribuci ón por á reas de inte rés de la s organizaciones de desarrollo en
Guatemala
208
Cuadro 3.1.- Origen por comunidades de los i ntegrantes de l a J unta Direct iva de
COI NDI . A ño 1998
282
Cuadro 3.2.- Com unidades i ncluida s en la cobe rtura geográfica de COI ND I. D esglose
por áreas y m unicipios
302
Cuadro 3.3.- Com unidades a sociadas a CDRO en el de partamento de Tot onicapán,
según m unicipi os y g rupo a los que pertene cen
311
Cuadro 3.4. - Proyectos incl uidos dentr o del Programa de Organiz ación y
Capacitaci ón de COI NDI
335
Cuadro 3.5. - Proyectos incl uidos dentr o del Programa Agropecuar io de COI NDI
337
Cuadro 3.6. - Proyectos incl uidos dentr o del Programa de Comercial izaci ón y
Consumo Comunal de COI ND I
338
Cuadro 3.7. - Proyectos incl uidos dentr o del Programa de Sal ud Comunal de COI NDI
339
Cuadro 3.8. - Proyectos incl uidos dentr o del Programa de l a Mujer de COI ND I
341
Cuadro 3.9.- Proyectos de COI NDI en los que se of recen cr éditos . Desglose por
benefic iarios según sexo, m ontant es y área terr itori al
344
Cuadro 3.10.- Benefici arios d irect os e indir ectos de la asoci ación COI NDI . Desg lose
por área t erri toria l y relación con la pobla ción total de cada ár ea
346
Cuadro 3.11.- Distri bución de as istent es a la s capacit aciones realizadas en COIN DI .
Desglose por comunidades y sexo
347
Cuadro 3.12.- Descripci ón de las actividades i ncluida s en los Programas de CDRO
380
Cuadro 3.13.- Distri bución porc entual por acti vidades del montante total de crédi tos
concedidos por el Banco Pop de CDRO
408
Cuadro 3.14.- Situaci ón financ iera de l as sucur sales y agencias del Banco Pop.
Capital es reci bidos y reinvertidos
411
Cuadro 3.15.- Relación de órganos de repres entaci ón inclui dos dentro del Banco Pop
y com posición de l os mism os
420
Cuadro 3.16.- Obje tivos generales de l as secci ones que int egran el Banco Pop
417
Gráfi co 3.1.- Comunidades con may or número de benefici arios. Asoci ación COI NDI
267
Gráfi co 3.2.- Desglose de act ividades fi nanciadas por CDRO
379
Esquema 3.1.- Ej emplo de organización por comisiones en dos c om unidades ( A y B ).
Asociación COI ND I
273
Esquema 3.2.- Ej emplo de formación de Com isi ones Generale s y Consejos de
Desarrol lo para dos com unidades . Asociación COIND I .
275
Esquema 3.3.- Sist ema de organiz ación po r áreas t erri toria les en COI NDI
284
Esquema 3.4.- Organigram a act ual de la asociaci ón COI NDI
286
Esquema 3.5.- Propues ta de organigrama futuro de la asociaci ón COI NDI
287
Esquema 3.6.- Ej emplo de formación de Consej os T radici onales y Consej os
Avanz ados en CDRO
295
Esquema 3.7.- Repres entació n del Organigram a Ri Pop Wokoj
299
Esquema 3.8.- Mapa de cobertur a geográfica de la a sociaci ón COI NDI
304
Esquema 3.9.- Mapa de cobertur a geográfica de la a sociaci ón CDRO en el
departa m ento de T otonic apán
312
Esquema 3.9b.- Mapa de cobertur a geog ráfi ca de la asociaci ón CDRO en el Alt iplan o
Occidental
319
Cuadro 4.1.- Cuadro de res ultados de l diagnóstic o com unal de Pa rracaná. T ema:
“Toma de decisi ones”
471
Cuadro 4.2.- Cuadro de result ados del diagnóstico comunal de Sipal á. Tema: “Calida d
de vida”
472
Esquema 4.1.- Esquema general de la es trat egia desarrol list a
572
Esquema 4.2.- Estr ategias de cont rol y procesos a sociados a los dist intos r ecursos
573
Cuadro 5.1.- Relac ión de asistentes por comunidad y g rupo de refe rencia a los
autodiagnósticos rea lizados por COIN DI en 1996
602
Cuadro 5.2.- Cuadro de resultados del diag nóstico c omunal de Sipalá. Tema:
“Toma de dec isiones en la comunidad”
605
Cuadro 5 .3.- Listado de necesida des presenta do por los benef iciari os e n la Asam blea
General de San J or ge La Lag una
614
Cuadro 5.4 .- Est rategias a doptadas por benefi ciari os y organización en los
diagnósticos
655
Cuadros 5.5, 5.6 y 5.7.- Grupos produc tivos y grupos sociale s de la comunidad de
Chuanoj . Desglose por número de m iembros, sexo y actividad
661
Cuadro 6.1.- Esquema de actitudes , comportam ientos y estrategias de benef iciar ios y
organización ante l os confli ctos generados e n el seno del Banco Pop
880
INDICE
Contenido
Pág.
Introducción
- Justificación
- Hipótesis y objetivos
1
10
CAPÍTULO 1: Estado de la cuestión y marco teórico e l egido
30
1.1.- La cultura en el desarrollo hegemónico. Práctica y discurso 31
1.1.1.- La aportación de la antropología al estudio del desarrollo 31
1.1.2.- Desarrollo hegemónico: práctica y discurs o 34
1.1.3.- La huella del evolucionis mo 37
1.1.4.- La modernización como meta. Ciencia occi dental y ciencia económica. 40
1.1.5.- El desarrollo como crecimiento económico 48
1.1.6.- La visión marginalist a: contestaciones desde la antropología 54
1.2.- Alternativas al desarrollo hege mónico y sus insuficiencias 62
1.2.1.- Las corrientes críticas de los años 60 62
1.2.2.- La “crisis” del desarrollo: los lím ites del crec imiento 64
1.2.3.- Globalización y desarrollo: desarrollo glocal 71
1.2.4.- Los “otros desarrollos”. El post desarrollo 79
1.2.5.- “Confluencia” de paradigmas hegemónicos y a lternativos 89
1.3.- Desarrollo e identidad social. El uso estratégico de la et nicidad 93
1.3.1.- Cultura y Desarrollo: alguna s aprox imaciones desde la antropología 93
1.3.2.- Desarrollo y uso estraté gico de la etni cidad 99
1.3.3.- El etnodesarrollo 107
1.3.4.- Desarrollo e identidad social. La pr opu esta de la matriz identitaria 127
1.3.5. Consideraciones finales a este capítulo. El desarrollo como un escena rio de
coexistencia de lógicas
132
CAPÍTULO 2.- De la re sistencia al proyecto: incardin ación sociohistórica del
etnodesarrollo en el seno d el m ovi miento maya de Guatemala
141
2.1.- Los lugares del etnodesarrollo. Los d epartamentos de Totonicapán y Sololá
como espacios de exclusión de la población maya
142
2.1.1.- El Altiplano: generalidades. El mapa étnico guatemalteco 142
2.1.2. Los “beneficiarios” del etnodesarrollo en Guatemala: la población m aya.
Principales rasgos socioeconómicos
150
2.1.3.- Las raíces históricas de la exclusión 156
2.1.4.- De la resistencia a la acción 162
2.2.- El Proyecto: Movimiento Maya y organiz aciones de desarrollo 165
2.2.1.- Precedentes. Indigenismo y decenio revolucionario 165
2.2.2.- Conflicto armado y reivindicaciones étnicas 170
2.2.3.- El surgimiento de “lo maya” como categoría etnopolítica 177
2.2.4.- Movimiento Ma ya y Acuerdos de Paz 185
2.2.4.1.- La s fronter as abiertas t ras los Acuer do s de P az. Los primeros
obstáculos
185
2.2.4.2.- Acuerdos de Paz: “terce ra vía” y de sarro llo hege mónico 193
2.2.4.3.- La “cuantificación” de la Paz 199
2.2.5.- Organizaciones ma y as en Guatemal a. Ti pología. Las organizaciones de
desarrollo
202
2.2.5.1.- Principales organizaciones del Movimiento Ma y a 210
2.2.5.2.- Las organizaciones mayas de desarrollo 222
2.3.- Los orígenes de dos organizaciones mayas de desarrollo. CDRO y COINDI:
terror, asistencialismo y co munidad
227
2.3.1.- P rimeras activida des: d e las uniones intercomunitarias a la acción de los
líderes “urbanos”
227
2.3.1.1- Organización comunitaria y comités de desarrollo. “El servir” 227
2.3.1.2.- El salto al ámbito intercomunitario. “Líderes c arismáticos” y
“líderes urbanos”
232
2.3.2- La s labores de promoción en l a comunidad. Asis tencialismo y
fortalecimiento organizativo comunal
236
2.3.3.- El surgimiento c omo organización legali zada. El t error en las acciones
cotidianas: apariencia y secretismos
245
2.3.3.1- El carácter constrictivo del terror: la ruptura de las pasividades 245
2.3.3.2. - De los Derechos Humanos al desarrollo 255
2.3.3.3.- Formalización jurídica y rotación de líderes 259
CAPÍTULO 3.- CDRO Y COINDI: Situa ción actual
263
3.1.- Estructura Organizativa 264
3.1.1.- Un primer esbozo del “protagonismo” de l a comunidad: socios
fundadores y comunidades fundadoras
264
3.1.2.-Estructura organizativa de COIND I 269
3.1.2.1.- Organización c omunitaria y sistema de comisiones: el Chi Na
Mit
269
3.1.2.2.- Los sistemas de a grupación intercomuni taria: las A grupaciones
Comunales
279
3.1.2.3.- L os ór ganos decisores: Asamblea General y Junta Directiva
Central
281
3.1.2.4.- Los órganos operativos: la dirección ejecutiva y el personal 284
3.1.3.-Estructura organizativa de CDRO 292
3.1.3.1.- Or ganización comuni taria y des centralización: de l os “consejos
tradicionales” a las “instituciones de desarrollo”
292
3.1.3.2.- El sistema organiz ativo Ri Pop W okoj 298
3.2.- Ambito territorial 302
3.2.1.- Las áreas territoriales de CO INDI 302
3.2.2.- CDRO: Ambito territorial 311
3.2.3.- El pro y ecto de regionaliz ación en CDRO 314
3.3.- Las actividades de CDRO y COINDI 326
3.3.1.- Algunas consideraciones previas sobre los proyectos 326
3.3.2.- Proyectos y Programas en CO INDI 332
3.3.2.1.- La familia T am brís: el lugar de CO INDI en la comunidad d e
Paxim bal
355
3.3.4.- El ciclo de vid a de los pro yectos en CO INDI : los escenarios de
participación de la comunidad
363
3.3.5.- CDRO: Programas y Departamentos 376
3.4.- Personal 391
3.4.1.- CDRO: L a importancia de la formación y del personal local 391
3.4.2.- El personal en COINDI 400
3.5.- Relaciones institucion ales. Financiación 404
3.5.1.- Las “Agencias Donantes” y la creditización de las comunidades 404
3.5.2.- El Banco Pop de CDRO 407
3.5.3.- Relaciones institucionales en CDRO: equil ibrio y diversificación 420
3.5.4.- Estrategias de adaptación a la crisis financiera en CO INDI 425
3.6.- Los “principi os filosóficos” y su documentación 430
3.6.1.- Los “principios filosóficos”: una aprox imación al ideal etnodesarrollista 430
3.6.2.- Los “principios filosóficos” y su documentación. 433
3.6.2.1.- El U Kux Wuj . Una primera selección de marcadores en CDRO 433
3.6.2.2.- El contenido de los principi os filosóficos 443
CAPÍTULO 4.- Estrategias de control de los re cursos
453
4.1.- Referentes “cercanos” de ge stión cole ctiva: primeros esbozos de la lógica
etnodesarrollista
456
4.2.- La ponderación de los recursos propios entre los beneficia rios 468
4.3.- La gestión colectiva de los recursos financier os 481
4.4.- Recursos naturales e innovación 494
4.5.- El recurso de las relaciones institucionales 502
4.5.1.- Discrecionalidad, diversificación y posicionami ento político 502
4.5.2.- “Modas del desarrollo”: influencias “int ernas” y r equerimientos
“externos” en el Programa de la Mujer de CDRO
512
4.6.- Algunos lí mites a la estrateg ia de acumulación: selec ción y ac umul ación de
recursos ajenos. Conoci mientos técnicos, t écnicos inst rumentalizados y nuevas
tecnologías .
517
4.7.- El i mpacto d e los i nformes ext ernos en l a percepción de l os recursos propios: el
caso del taller de carpintería
527
4.8.- Estrategias y retos en el control d e los “ recursos humanos ”. La formación de
mujeres indígenas como líderes.
550
4.9.- Criterios de aceptación y rechazo del personal externo 562
4.10.- Consideraciones finales a este capítulo
571
CAPÍTULO 5.- Estrategias d e decisión y representación. El control decision al
desde la comunidad
588
5.1.- La comunidad como referente de pureza y núcleo de referencia 590
5.2.- La detección de necesidades en la comunida d. Diagnó sticos y autodiagnósticos 597
5.2.1.- Primeros pasos de acerc amiento a la co munidad: “diagnósticos rápidos
participativos” de COIND I
600
5.2.2.- S obre el carácter “excepcional” de lo s proy ectos y el surgimiento
“extraordinario” de la necesidad
613
5.2.3.- Los autodiagnósticos en CDRO: capacitación e identidad 626
5.2.4.- “Demasiado desarrollo”, “poco desarrollo”: Conflictualidad y dem andas
de capacitación frente a aconflictualidad y de mandas de sobrevivencia.
634
5.2.5.- El diagnóstico como primer paso de los requisitos burocráticos y como
fuente de contradicción entre discursos y prác ticas de desarrollo en
COINDI
646
5.3. - Estructura organizativa comunal: referentes y aplicacione s 656
5.3.1.- El rescate de las formas organizativas com unales 656
5.3.2. - El impulso de la comunidad: constru y endo organización desde dentro 663
5.3.3.- La s apli caciones: posibilidades y retos. Relaciones con ot ras ins tancias
comunales en Nimasac, Vásquez y Chuanoj
665
5.3.4. - Procesos asocia dos al crecimi ento y expansión de los consejos
comunales. Descentralización, coordinación interinstitucional y énf asis
capacitador
675
- Cuando la comunidad crece : descentralización y d ependencia en
Nimasac
675
- La coordinación institucional a escala de comun idad en COINDI 689
- Externalizacion capacitadora en Santa Catarina Ixtahuacán 694
5.4.- La particip ación de la comunidad en las decisiones de C DRO y C OI ND I: sus
implicaciones en la distancia socio-organiz ación
702
5.4.1- Acerca del poder de las comunidades dentro de CDRO y COINDI 702
- El control de la pres encia de famili ares en el orga nigrama y d e las
decisiones técnicas
702
- El aval comunitario 708
5.4.2. - Po der de decisión y pod er d e repres entación: cuando la comunidad l e
pide cuentas al personal
714
5.5.- Estructura o r ga nizati va comunitaria y li derazgos comunales: la ex tensión de
CDRO y COINDI en la comuni dad
718
5.5.1.- A modo de introducción. La importancia del “control” de los líderes 718
5.5.2. - El l íder comunal como juez y como mediador: l a fi gura del coordinador
local
720
5.5.3. - “ Las decisiones son del Consejo”. El papel de los liderazgos de
conocimiento
725
5.5.4. - ¿ Liderazgos de género en l as comunid ades? De la se gmentación al
problema de los límites cumplidos.
740
5.6.- La elaboración de normativas int ra-c omunita rias 750
5.6.1. - Un ejemplo de i mpl antación de si stemas normativos a escala comunal: el
grupo Tzij Bal Chaj
759
5.6.2. - Las “otras norma tivas”. El problema de la inasistencia y l a dinámica de
control interno de un grupo comunal
768
5.6.3. - Sistemas normativos y control comunal 773
5.7.- El papel de los “líderes urbanos” en el proceso de control cultural. 776
5.7.1. - Mediadores y “r escate cultural”. Ecos, ampl iaciones y distorsiones de “las
voces” de la comunidad en la figura de don Mincho
777
5.7.2. - P oder real, poder simbólico, poder inventado: El U K ux W uj y el lug ar de
los líderes en el organigrama
784
5.7.3. - P apel del líder en los momentos cr íticos: par ticipaciones lejanas ,
participaciones cercanas
787
5.7.4. - Manifestaciones de li derazgo en los rituales colecti vos, presencia
extraorganizacional e internacional
794
5.7.5. - Otros líderes: don Gregorio, don Hilario. Liderazg os de género 799
5.8.- Consideraciones finales a este capítulo 805
CAPÍTULO 6.- Circulación de valores, identificac ión y desarrollo. Coexistencia y
confrontación d e lógicas
825
6.1.- L a r elativización de la solución normativ a: El apoyo mutuo redefinido en el
Banco Pop
828
6.1.1.- Un primer ejemplo de sustit ución de la solución normativa por otras
“soluciones”: La “cadena de presiones”.
830
6.1.2.- El apoyo mutuo como responsabilidad co mpartida a esc ala organiz acional
frente a las prácticas rentabilistas
841
6.1.3. - Créditos individuales: rentabilismo y control de los “lím ites del
desarrollo”
854
6.1.4. - El sistema de garantí as 861
6.1.5.- Consideraciones finales a este apartado 871
6.2.- La circulación de valores a través del uso de l os recursos formativos 884
6.2.1 - La capacitación : algunos apuntes etnográfi cos 886
6.2.2. - Otro de los sentidos de la capacitación: “crear o rganización” a escala
comunal y supracomunal
899
6.2.3. - Las capacitaciones a los líderes y al perso nal: el control de las lógicas de
autopromoción
903
6.2.4.- Urgencia capacitadora en Santa Catarina I xt ahuacán 920
6.3.- El taller de carpintería: conflicto y tratamiento de las contradicciones entre
discursos y prácticas en CDRO
960
6.3.1. - Un modelo empresarial dentro de CDRO. El conflicto redimension ado 960
a) Autodeslegitimación: especialización y atribución de
desconocimiento
966
b) Administración individualiz ada 970
6.3.2.- Conflicto entre lógicas y fracaso en el proceso de circulación de v alores 974
6.4.- Rituali dad y reforzami ento del poder d e la comunidad . Asamble as Generales y
actos de nombramiento de los cargos de representación
981
6.5.- Etnodesarrollo y relaciones de s exo-género: sembrando semillas. 996
6.6.- La conformación de una identidad étnica d esde el desarrollo 1006
6.6.1.- Hacia una construcción dinámica de l a etni cidad. Conciencia de etni cidad
entre líderes y beneficiarios
1006
6.6.2. - L os esfuerzos de potenciación de la conciencia d e etni cidad:
esencialismo y estrategias de lar go plazo
1012
6
logrando así cierta empatía con los informantes, de utilidades, como puede imaginarse,
no sólo estrictamente profesionales. Como puede deducirse , el obj etivo científico de la
“neutralidad” o de la “objetividad” encuentra dificultades para poder satisfacerse en la
medida en que nuestra presencia ha impl icado t ales participaciones en favor de los
propios colectivos estudiados, a lo cual podría acompañarse la propia decantación
ideológica presente en nuestros propios análisis y deducciones. No obstante, y pese a
todo lo anterior, consideramos que nuestras int erve nciones o participaciones no han
llegado a alterar sensiblemente el rumbo de la realidad que estába mos analizando, hasta
el punto de crear interacciones de relevancia entre dicha realidad y nuestros propios
objetivos de investigación.
L as anteriores refle x iones conec tan con otras, realizadas en primera persona, con
respecto a las impli caciones con este trabajo del investigador que lo firma. Así, en
cuanto a mi s motivaciones personales, con esta investigación s e m e presentaba una
ocasión privilegiada de aprox imarme al conocimiento de una realidad tan lejana y
extraña como la de las poblaciones may as guatemaltecas. S in que necesariamente
extrañeza o lejanía sean aspectos que dependan exclusivamente de una distancia física,
tuve l a oportunidad de presenciar durante un tiempo suficiente la marcha cotidiana de
los proy ectos de desarrollo en los “lejanos lugare s” en los en que estos a veces s e
ejecutan, y el m odo en que afectan a la población local. Un mundo y a tan familiar en
Occidente, y a la vez tan sometido a estereotipos, como el de las org anizaciones de
desarrollo de los comúnm ente l lamados “países del sur”, adquiría una gran riquez a de
carac terísticas y matices a la hora de su observación directa realizada a miles de
kilómetros de distancia de tierras andaluzas, desvelando un complejo entramado de
estrateg ias y acciones, de proce sos y de dinámicas de carácte r diverso. Entiendo que la
constatación de esta lejanía (no sólo física, sin o también de entendimiento y de
comprensión) resulta ineludible para comprender mejor el acercamiento ficticio e
interesado que crea y recrea la dinámica de la mal llamada Coo peración Internacional
con respecto a los c olectivos locales, una dinámica, en todo caso, afec tada por proce sos
de control y descontrol g eopolítico. Tras el tiempo dedicado al traba jo de campo y a l
procesamiento y análisis de la información, el conocimiento de esta compleja realidad
7
dispara las ince rtidumbres, y acaso revela escasas certe zas. En este caso, y con el fin de
alentar ot ros trabajos de investigac ión dirigidos en esta línea, me encuentro en
disposición de afirmar que la necesidad de una comprensión de los efec tos del
desarrollo en dichas poblaciones loca les se hace ahora, si cabe, aún más impresc indible.
Ello se debe, precisamente, a la referida ilusión de cercanía que a través de algunos
artilugios presuntamente globalizatorios (medios de comunicac ión, internet, etc.) se
plantea ante los ojos de Occidente, de modo que el conocimiento de otras realidades
socioculturales y , sobre todo, de los efectos del desarrollo en éstas, se somete a
estereotipos, prejuicios y preconcepcione s de partida.
Considero que lo s efectos de este acercamiento se ha n materializado en un indudable
enriquecimiento personal. El contacto continuado con la cruda realidad de l as
poblaciones may as de Guatemala, suficiente para log rar cierta empatía, despertó
sensibilidades y alimentó conocimientos que no suele n enc ontrarse bajo la comodidad y
protección en que se desenvuelve la vida de n uestro “primer mundo”. El esfuerzo de
acerc amiento a un universo tan complejo y a la vez tan im pactante deja importantes
huellas. Al guna s de estas huellas han sido dolorosas, sobre todo aque llas que t ienen que
ver precisamente con la referida lejanía, concretad as en el forz oso alejamiento de los
seres queridos, o el propio desconocimiento del entorno, el cual dificulta la ponde ración
de algunos riesgos. No m enos gr avosa resulta l a i ndignac ión y la impotencia ante la
constatación directa de situaciones de pobreza, marginac ión y exclusión impensables
dentro de los m uros de nuestras sociedades de opulencia , a no ser que abramos nuestros
ojos a l as realidades de aquellos que, ubi cados en nuestra s periferia s, suelen llamarse
como cuarto mundo, y para el que se levantan no menos g ruesos muros.
Paralelamente, entiendo que ot ras huellas adquieren un sentido positivo , en cuanto que
refiere n a un mejor conocimiento de las claves cultur ales pr opias, producto del esf uerzo
de int entar entender y decodificar las ajenas. Por ello, si n caer en el tópico de
recomendar ciegamente a otros investigadores un “bautizo de exotism o” como nece sario
rito de paso en sus inicios, cabe esperar de este tipo de estudios un a gana ncia en l a
capac idad de investigar dentro de las fronteras propias, allí donde los g uiños se
8
sobreentienden, las prácticas desconciertan menos o es más fácil desentrañar los códigos
de comunicación verbal y no verbal. Pese a la “sorpresa” del investigador social
habituado a la búsqueda de diferencia s, entre las enseñanzas obtenidas se encuentra l a
constatación de simil itudes y complicidades con el “otro extraño”, a veces extrañas y
rechazables, a me nudo enriquecedora s.
L a constatación de este enriquecimiento hace ineludible el reconocimiento de aquellas
aportaciones de personas y entidades que, di recta o i ndirectamente, han influi do en el
resultado final de este traba jo, y que hac en de él, en c ierta forma, una obra colectiva.
Entre las instituciones, la Consejería de Presidencia de la J unta de Andalucía y la
Age ncia Española de Cooperac ión I nternacional ( AECI ) financiaron conjunt amente este
estudio, concr etamente la primera fase de recogida de datos. L a propia oficina de la
AECI en Quetz altenang o colaboró pre stando su apoy o logístico y mater ial en algunos
momentos de la investigación. I gua lmente, durante la fase de redac ción, pude contar con
el consejo y el apoy o, así como el acceso al uso de ciertos m ateriales, del grupo d e
investigación a l que pertenezco, el Grupo para el Estudio de las I dentidades Sociales en
Andalucía (G EI SA), dirigido por I sidoro M oreno Navarro. Es ig ualmente el momento
de resaltar la acogida pos itiva a nuestra investiga ción tanto en CDRO, como en
COI NDI , así como en otras orga nizaciones del entorno, algunas de ellas y a refe ridas,
como Agua del Pueblo, CADI SOGUA, CEF, SER, SERJ US, TZUKKI M P OP y UAM.
Entre las personas, las i ncontables horas de trabajo y dedicación de mi t utor y director
de este trabajo de investigación, Pablo Palenzuela Chamorro, unid as a las m últiples
enseñanzas recibidas tanto en horar ios y lugares acadé micos como en el propio terreno,
compartiendo parte de l trabajo de ca mpo, son a quí objeto de mi re conocimiento y
agr adecimiento. También estoy en deuda con Miguel Tzunún Pretzantín, del que
reconozco t anto su valiosa aportación en la traducc ión de los t estimonios del idiom a
k´iche ' como el haber recibido el privilegio de su amist ad. I gualmente, he t enido la
fortuna de haber enriquecido mis conocimientos con el profesor guatemalteco Carlos
Guzmán Böckler, pudiendo haber mantenido con él alg unas provechosas
conversac iones. En Quetzaltenango, Fe rnando J uárez, Los K enchas y la familia Pére z
9
me ofrecieron mucho más que una acogida desinteresa da. Tanto en CDR O como en
COI NDI dejé amigos que no olvido, más que informantes y entrevistados: Benjamín
Son, Leonicia P ocop, Hilario García, Santos Norato, Greg orio Tzoc, J osefina Tuy ,
Rolando Menchú y el resto de traba jadores del taller de carpintería, entre muchos otros
sin los cuales este trabajo no habría sido posible. En ti erra s andaluzas escasea ron los
recursos económicos, pero no el apoy o de famili a y amigos, que siguió siendo tan
especial como l o era antes de mi “extraño viaje”. Antonia y Emilio ay udaron en más de
lo que pudieron, e Inma, Iván y especialmente Curro, entre otros amigos, cubrieron de
algodones el aterrizaje en Sevil la. Finalmente, no puedo olvidar el apoy o de m is padres
y de m is hermanos, que me animaron de modo incansable, así como a mi compañera,
Raquel, a la que dedico c on cariño y gratitud este traba jo.
10
2.- Hipótesis, metodología y técnicas
L as hip ótesis que se pretenden verificar en el presente trabajo, encaminadas a cumplir
una función orientadora del esfuerzo investigador, se concretan e n los siguientes puntos:
1) Ante el modelo de ex clusión social, polí tica y económica a que se ve sometida
la población may a guatemalteca , las organizaciones may as de desarrollo del
altiplano occidental realizan una serie de ac ciones estratégic as enmarcadas en el
seno del Movimiento May a, y dirigidas a la superación de dicho modelo de
exclusión, hist óricamente mantenido.
2) L as propuestas de estas organizaciones van enca minadas a la puesta en valor
de u na serie de recursos (humanos, materiales, t écnicos, orga nizativos y de
conocimiento) necesa rios para la im plementación de los proy ectos pl anteados.
Siendo la identidad étnica, en su estrecha im bricac ión con las identidades de
géne ro y socio-profesionales, el eje vertebrador de los distintos discursos y
prácticas asociados a la concreción del modelo de desarrollo planteado,
calificamos a este modelo de etnodesarrollo .
3) Uno de l os motores básicos de la resignificación identitaria contenida en la
aplicación práctica de este modelo de etnodesarrollo es la puesta en circulación
desde estas organizaciones de una serie de conocimientos, valores y
percepc iones. De for ma par alela a esta circulación se prese nta una confrontación
entre las lógicas que definen los perfiles básicos del modelo de etnodesarrollo y
las lógicas inher entes al modelo de desarrollo heg emónico.
Hemos sit uado el eje central del análisis en un conjunto de dis cursos y de prácticas
refer entes a los proy ectos de desar rollo puestos en marc ha por las organizaciones may as
de desarrollo que operan en el Altiplano Occidental de Guatemala. El marco de la
investigación se centra en los variados aspec tos relativos a la identidad étnica que s e
dan cita en el seno de dichos proy ectos, por lo que s e hac e nece sario ubicar a dichas
11
orga nizaciones en relac ión con el estado guatemalteco y con el M ovimiento May a en la
actualidad, señalando l as líneas maestras del contexto sociohistórico en el que ha
cristalizado dicho movimiento. En este sentido, tenie ndo en cuenta las acotaciones de
este estudio, se ha intentado t ener presente la selec ción de hec hos que, en l as fuentes
empleadas, son escogidos para atender a la reconstrucción hi stórica del pasado que l es
afecta , intentando delimit ar las dimensiones emic y etic a la hora de mostrar d icha
reconstrucc ión. L a historiografía of icial guatemalte ca (en la que los silencios y las
invisibili zaciones referidas a la may oría de población i ndígena se suceden) es, en esta
línea, un vivo r eflejo de unas determinadas relaciones de pod er, con un protagonismo de
los rescates del pasado desde l a óptica ladi na , con s esgos etnocéntricos y
androcéntric os, o bien con una presencia continuada de los llamados estudi os d e
comunidad
4
.
De este modo, la incardinación de las organizaciones de desarrollo guatema ltecas dentro
de las redes de un capitalismo periférico y su desenvolvimiento dentro de un sistema
económico hegemónico mundial de corte n eoliberal (no puesto en duda, en términos
gene rales, por la llamada “Ay uda I nternac ional”) son aspectos que no s i nducen a tener
presentes las redes de conex ión con los recursos que pr ovienen de instancias estata les y
supraestatales. Esto conlleva considerar los f lujos financieros y las relaciones pol íticas e
institucionales de dichas organizaciones con el estado y las ag encias de coopera ción
internacional, así como con otras i nstancias nacionales e i nternacionales, entidades
locales, partidos políticos y gr upos religiosos, entre otros.
El escenario escog ido para el estudio de estas relaciones se centra en los proy ectos y
actividades im plementados por las organizaciones de desarrollo y a referidas, CDRO
(Centro de Desarrollo Regional de Occidente) y COIN DI (C ooperac ión Indíg ena de
4
P or ladinos o mestizos en tendemos, como tendremos oca sión de d esarro llar, al grupo étnico hegem ónico
en Guatemala. Con respecto a d ichos estudios de co m unidad, estos co ntribuy eron a co nstruir una im agen
folklorizada, e sencialista y d escontextualizada de m uchos co lectivos lo cales en Am érica Latina,
principalmente a través de l estudio d e comun idad es indígenas o campesinas. Sin hab erse superad o
plenamen te esta fase, la equiparación de unidades de análisis con unidade s d e o bservación, o la b úsqueda
de explicacio nes a fenóm enos locales en un ámbito reducido son algunos aspectos en los q ue se man ifiesta
aún cierta influencia de esta trad ición de e studios.
12
Desarrollo Integ ral), s iendo dichos proy ectos y actividades las uni dades de
observación sobre las que se sustenta este estudio. Hemos considerado que ambas
orga nizaciones, radicadas en el Alt iplano Occidenta l guatemaltec o, son dos claros
exponentes de un m odelo autodenominado como de “desarrollo may a” (que nosotros
calificare mos de etnodesarrol lo ), y nos centrare mos en el estudio de las acciones que
llevan a efecto en los depa rtamentos de Sololá y Totoni capán desde su constitución a
principios de los ochenta hasta n uestra estancia en Guatemala, durante 1997 y 1998.
Entendemos que la posibilidad de establecer un eje comparativo entre ambas
orga nizaciones nos permite visualizar las caracter ísticas diferenciales que tiene la
concrec ión del m odelo de etnodesarrollo en CDRO y en COI NDI y el diferente
resultado y alcance de sus propue stas estratégica s.
5
Esta met odología com parativa se extiende a la confrontación ana lítica entre discursos
y prácticas, la cual consideramos que contribuy e a desvelar la diversidad de
orientaciones y propuestas que implica la puesta en práctica del m odelo de
etnodesarrollo, sus contradicc iones y alg unas de las intencionalidades y lógicas
suby acentes. Entendemos que los lugares en l os cuales se o bservan tales discursos y
prácticas no se encuentran circ unscritos al ámbito organizacional en sentido estricto, ni
a los tiempos y periodos habitualmente calificados “de actividad orga nizacional”. En
este sentido, la convivencia con los representantes y el persona l de ambas
orga nizaciones, o d e los beneficiarios de las comunidades de la zo na, en sus trabajos o
en sus tiempos de ocio, ha resultado imprescindible para poder logra r una mejor
comprensión de las variadas relaciones sociales que se producen en el seno de los
proy ectos de desarrollo.
5
Hay que advertir que esta selecció n de las unidades de o bservación nos ha llevado ir remediablement e a
privilegiar (sob re tod o en términos cuantitativos) las informaciones obtenidas de la or ganización CDRO
sobre las d e COIND I, lo que entendemos que no invali da el r eferido ej e comparativo estable cido co n
carácter general entre am bas or ganizaciones. Este privilegio se circunscribe a algunos de los ejemplos
etnográficos ap ortad os y su causa estriba no sólo en el menor volum en de actividad es de la o rganización
de So lolá (reducido al m ínim o a partir de 199 8), sin o tam bién en el m ayor hermetism o presentado p or sus
repr esentantes ante nu estros re querimientos de inform ación.
13
A las dim ensiones del análisis de la realidad en términos materia les e ideáticos,
entendidos en relación dialéctica, se añade, un doble frente de estudio en cuanto a la
perspectiva temporal desde la que se observan los hechos. P or un lado, haciendo
refer encia al an álisis sin crónico de los discursos y prácticas, en tanto éstos se han
seguido directamente y sobre el terreno a medida que iban aconteciendo. Por otro lado,
utiliz ando el anális is d iacrónico , a través de la información obtenida de los relatos
históricos contenidos en l as entrevistas o en la propia revisión y análisis de otras fuentes
documentales.
En otros órdenes, entendemos que l a opción por u n análisi s conf lictual contribuy e a
aprecia r mejor un conjunto de proce sos y dinámicas que en momentos de consenso sól o
se m uestran de forma velada. Opción que, en cualquier caso no im pedirá que, en los
casos en que se considere necesario, sean estudiados los factores que confluy en a la
creac ión o recrea ción de tal consenso o acomodamiento.
Esta metodología se ha aplicado a la consecución de unos objetivos básicos d e
investigación , los cuales se concretan en una serie de puntos que ag rupamos a
continuación en forma de esquemas. Estos se acompañan de algunos detalles
explicativos que amplían la información contenida e n ellos, fundamentalmente con
respecto al enfoque metodológico adoptado, a lo que se añaden algunas connotaciones
teóricas, que ser án desarrolladas e n el capítulo correspondiente a l marco teórico.
14
OBJETIVO DE INVESTIG ACIÓN:
I.- Incardi nación sociohi stóric a del modelo de etnodesarrol lo practi cado por las
organizaciones mayas de desarroll o guatemal tecas
Contenido Estudio de l os orígenes de l as organizaciones mayas de desarroll o en el
seno del M ovim iento Maya guatemalteco. Contextua lización de sus
actividades en el alt iplan o occident al como espacio de exclus ión.
Ambitos concr etos
de investi gación
- Caracte rización general de l alt iplano occ idental de Guatemala y,
dentro de é ste, de l os depart am entos de Totoni capán y Sololá, como
espacios de exclusi ón en el se no del est ado guatem alte co y por encima
de éste.
- Estudio de las raí ces his tóric as del si stema de exclusión ( económica,
políti ca, soci al…) con é nfasis en su vertient e étnica.
- Análisi s del Mov imiento M aya de Guatemala como concreción del
tránsi to de una es trat egia social de resist encia a una estrat egia social de
acción.
- Seguim iento de los orí genes de CDRO y CO IN DI como
organizaciones may as de desa rroll o en el seno de l Movim ient o Maya.
A travé s de un análisis sociopolít ico pretendemos situar el orig en de l as organizaciones
CDRO y COIN DI en el seno del Movim iento May a guatemalteco. S ondearemos l as
diversas formas y configuracione s que alcanza dicho Movimiento hasta la actualidad,
así como sus pr incipales acciones y su int erre lación con otros agentes del cambio social,
entre ellos un nutrido grupo de refere ntes organizacionales. L a especial c onfigurac ión
como espacio de exclusión del ámbito territorial en el que intervienen dicha s
orga nizaciones de forma preferente (el Alt iplano Occide ntal guatemalteco) , nos lleva a
considerar los perfiles genera les que alcanza di cha ex clusión a través de la historia,
desde los tiempos de la conquista hasta los últimos años de conflicto armado. Al final de
este recorr ido sociohis tórico, se calibra el im pacto de la llegada de las organizaciones de
desarrollo que se incr ementa exponencialmente tras la firma de los Acuerdos de Paz.
15
OBJETIVO DE INVESTIG ACIÓN:
II.- Descri pción del modelo de e tnodesarroll o puesto en práctic a por ambas
organizaciones
Contenido - Descripc ión del modelo de desar rollo pl anteado por las
organizaciones en est udio, con énf asis en a quellas actividades
contenid as en los l lamados proyectos de de sarroll o .
- Detall e de los r ecursos co m prometidos para l a reali zación de dichas
actividades , en senti do amplio (hum anos, material es, técni cos,
organizativos, etc.), del escenar io en el que se aplica n, así como de las
relac iones que i m plica n con otros a gentes e inst ancias ext ernas a l a
organización.
- Recorri do histór ico comparado de las do s organizaciones de
desarr ollo.
Ambitos concr etos
de investi gación
- Estruct ura organizativa: pre sencia de la comunidad en los sistemas de
decisi ón y representac ión. Líneas d e autori dad y poder. Sistemas de
rotaci ón de cargos y m ovilidad. Evolución de los perfil es organizativos:
descentr alización. Uso de refere ntes organizativos mayas .
- Benefici arios . Com posición é tnica, por sexo, cla se y edad. Modos de
relac ión/vinculaci ón con la or ganización: sist emas de acceso y g rado de
parti cipació n en los órganos de poder y representaci ón.
- Ter ritor io de acc ión. Defini ción, ref erente s de adscri pción, est rategias
de demarcación y de expansión.
- Personal técnic o. Com posició n. I dentif icaci ón étnica. Ori gen y
selecc ión. Movilidad. For m ación.
- Actividades y proyectos. División oper ativa. Planif icaci ón y
temporalización. Acti vidades ordinar ias y ritual es. Parti cipaci ón de los
benefic iarios .
- Financi ación. Origen. Aplica ción. Control y div ersi ficaci ón.
- Princi pios y normas de acción. Anális is de la s elaborac iones
discurs ivas (soporte s, difusor es y destinat arios) orient adas a
normativizar las práct icas desa rroll adas en el seno de la or ganización,
con énfasi s en su dimensión de i dentif icación é tnica.
- Relacio nes polít icas e i nsti tucional es con: Est ado, agencias de
cooperaci ón inter nacional , ONGs nacionales e i nternaci onales,
entidade s local es, empresas, enti dades fina nciera s, partidos polít icos y
grupos religiosos, c onstatan do las lí neas de af inidad y confront ación
establ ecidas.
Este objetivo ex ige, en primera instancia la reconstrucc ión del modelo de desarrollo
planteado por ambas organizaciones, con base en una etnograf ía que abarque aspectos
tales como su estructura org anizativa, el territorio de acción, su personal, los sistemas de
decisión y representación o las líneas de autoridad y poder que se def inen en base a estos
22
OBJETIVO DE INVESTIG ACIÓN:
V.- Análisis de los me canismos de transmis ión y circul ación de valores rel ativos al
desarroll o. Estudio de la confr ontación y coexistencia de lógicas en el seno de l os
proyectos de des arrollo.
Contenido - Identificaci ón de las di ferent es lógicas de d esarroll o present es en los
proyectos de desar roll o.
- Análisi s de los pr ocesos de con frontac ión y coexistenci a de lógicas.
Ambitos concr etos
de investi gación
- Estudio de la redef inici ón de valores aso ciados a la colect ivización de
los rec ursos fi nancier os. El apoyo mutuo como corresponsa bilida d
benefic iarios - organización.
- Val oración de l uso est ratégico de l as capaci taciones en sus diversas
dimensiones. Estra tegias de simulación y repres entación.
- Ponderaci ón del uso de pr incipi os y norm as de acci ón a escal a
organizacional: e laboraci ón, difus ión y uso estrat égico.
- Estudio de las int encional idades e tnopolít icas pre sentes e n los sis temas
de trans m isió n de valores. Anális is de la circul ación de valores en
procesos r itual es: asa m bleas y preasa m bleas.
- Análisi s de la con frontac ión de dist intas lógicas: uti lit arist as,
rentabi list as, etni cist as y colectivist as. Agenciam ientos y
patri m oniali zaciones res ultant es. Vi sualización de l control de las l ógicas
de autopromoción o carre ristas .
Exposición de procesos y dinámicas
asociada s a la expa nsión del modelo de desar roll o hegem ónico:
burocrat ización, inst ituci onalización , capital ización e indi vidualización.
L a considerac ión de l as conexiones economico-financ ieras y polít icas de ambas
orga nizaciones se complementará con un análisis de l os procesos d e resistencia o
acomodamiento respecto a los impulsos y dinámicas globalizadoras, así como de la
confrontación entre distintas raciona lidades ec onómicas, en términos de apr opiación o
de redefinición de las producciones de si gnifica do procedentes del im pulso
modernizador o globalizador .
Así, tras un esfue rzo descriptivo de las principale s lóg icas presentes en los proy ectos de
desarrollo, se pretende n analizar los variados procesos de confrontación de dichas
lógicas, abarcando aspectos como los usos di ferenc iados d e la dimensión temporal, l as
23
concepcione s sobre el ahorr o y la rentabilidad o el alcanc e de los procesos de
burocratización, afe ctados por variados sistemas de pre laciones y de valores asociados.
Entendemos que un posible escenario en el que se ejemplifica la confrontac ión y
coexistencia entre diferentes lógicas nos lo proporcionan los mecanismos de transmisión
de valores utiliz ados en estas organizaciones de desarrollo. Esta t ransmisión, vinculada
a procesos de control de los recursos cult urales, y que deviene en ocasiones en su
ausencia a través de la construcción de hermetismos, pretende sondearse en m omentos y
circunstancias diversas, desde los contactos con las agencias donantes a la puesta en
marcha, dentro de la organización, de proy ectos de formación y capacitación. Frente a
estos, pr etendemos registrar las r espuestas estratég icas que se produzcan, en tanto que
dicha transmisión de valores ( materializada por eje mplo, en las capa citaciones) pueda
gene rar una identificación con los valores y normas de comportamiento propuestos o
caer en una s imple representac ión o sim ulación, en l a cual, tras un apa rente
identificación, pueda esc onderse un profundo desa cuerdo.
Junt o a las capa citaciones, centraremos nuestra atención en la elaboración de principios
y normas de ac ción que se elaboran en estas org anizaciones y que son difundidos entre
sus m iembros, así como en el modo en que estos principios son mostrados al ex terior, y a
como parte de la imagen que se pretende ofrecer de la organización, como moneda de
cambio para la obtención de rec ursos o como mecanismo de refor zamiento de las
estructuras de identifica ción intraorga nizacionales.
Nos in teresa comprobar especialmente cómo, dentro de los variados mecanismos de
transmisión de principios y valores, se i ncorporan también una serie de
intencionalidades etnopolít icas, dentro de una estrategia de reforzamiento de la
conciencia de etnicidad. En este sentido, se trata de constatar el uso de una selec ción de
marcadore s de etnicidad como recurso a aplicar en el seno de los proy ectos de
desarrollo, y entre estos últimos, de forma ejemplificada , en aquellos que llevan
incorporados una ver tiente formativa “ capac itadora ".
24
L o anter ior conlleva analizar la rede finición de contenidos de los m arcador es de
etnicidad relativos a l a propiedad y la decisión, como por ejemplo, en aquellos que
tienen que ver con las di versas concepciones sobre l a i dea de ind ividuo o comunidad,
sobre el gra do de control colectivo de los l iderazg os o sobre los procesos de
acumulación de las experiencias. De otra parte, se pretende ver el impacto de aquellos
móviles de la organización orientados a la supervivencia de ésta como tal, a través del
establecimiento de estructuras burocratizadas. Estos son algunos de los elementos a
tener en cuenta en el análisis de los discursos y prácticas del modelo de desarrollo
resultante, el cual pretende ser estudiado en tanto en cuanto se encuentra carac terizado,
en el discurso y /o en la práctica, por una serie de elementos diferenciadores que
construy en un no sotros cargado de connotaciones étnicas. En este senti do, la
observación y análisis de l as prácticas rituales cobra especial importancia en cuanto a su
configur ación como espac ios de reproducc ión de identidad, de asignac ión de posiciones
de poder, de emerg encia o depuración de conflictos y de propagac ión de valores,
cognic iones, etc.
L os conflictos y consensos genera dos en el seno d e la confrontación de lógicas y de
intereses que l es afe ctan, ex presados a través de a genc iamientos y patrimonializaciones,
nos conducirán, por tanto, al estudio de las acciones estratégic as emprendidas en dicha
confrontación. Dicho estudi o s e realizará en su triple dimensión polít ica, económica y
simbólica, dentro de una concepción ampliada de los mecanismos de domin ación-
resistencia, que enti ende a estos como actos creativos y diver sos, más que como si mples
reacc iones automáticas y homogéne as. Finalmente, este análisis de l ógica s suby acentes
a l a puesta en práctica de los proy ectos de desarrollo im plica considerar su presencia
y ux tapuesta, e s dec ir, tener pre sente l a no corresp ondencia o atribución uní voca de cada
lógica c on el colectivo al que en primera instancia cabría c orresponderle.
25
OBJETIVO DE INVESTIG ACIÓN:
VI.- Valoración de l as potencial idades y lí mit es del model o de desarroll o result ante
Contenido - Ponder ación de las consecuencias de l m odelo de desar rollo
plantea do.
- Análisis del proyecto etnopolíti co asociado al m odelo de
etnodesar roll o.
- Síntesis de las potenciali dades y límites de dicho modelo en
términos de cont rol cult ural y de su expresi ón en el seno de l esta do
guatem alte co.
Ambitos concr etos de
investi gación
- Estudio de las rel aciones insti tucional es ori entadas a l a
consecuci ón de obj etivos etno-políti cos en el s eno del Movimiento
Maya.
- Caracte rización de l as deli m itac iones est ratégicas del espaci o
reali zadas a través del e stable cimiento de “ter ritori os étni cos”.
- Análisi s del pro ceso de res ignificaci ón identi tari a result ante: el
tripl e impacto: etni a-clase- género. Considerac ión del modelo en el
que se est ructur an las re lacione s intr a e inter étnicas en términos de
imbricación de l as ident idades éni cas con l as identi dades de sexo -
género y socio- profesi onales.
- Potenci alidades y lím ite s del etn odesarrol lo de CDRO y COI NDI .
A la hora de sopesar las potencialidades y límites del modelo de desarrollo objeto de
estudio, se hace necesario adentrarse en el análisis de las consecuencias que genera la
presencia de estas organizaciones en el tejid o social de las comunidades indígenas del
altiplano. Así, nos centraremos en exami nar los perfiles del proc eso hist órico de
conformación de una identidad étnica propia, en su interrelac ión con las identidades de
géne ro y socioprofesionales, prestando especial atención al proceso sociopol ítico
asociado. En este sentido, se analizará el rumbo de esta confrontac ión de lógicas en la
arena del desarrollo, calibrando la relevancia de las delimitaciones del espacio dentro de
dichas reivindicaciones, es decir, del papel que juegan las org anizaciones de desarrollo
26
en la definición de dicho espacio (o terri torialización ), especialmente a través de la
demarca ción de “territorios étnicos”.
7
I g ualmente, ocupa rá un lugar privileg iado e l estudio de la tray ectoria y funcionalidad de
las r elaciones inst itucionales, e ntre l as que destaca remos aquellas relaciones m antenidas
con el estado gua temalteco y con i nstancias ext raesta tales d esde los espacios que se
abren con la irrupción del Movim iento May a. En la medida en que estas relaciones se
encuentre n afectadas por una mutua definición de posiciones y de sig nificados, se hace
preciso sopesar, para las organizaciones de nuestro estudio, las resistencias o
acomodamientos que plantean las calificaciones y normativizaciones que se realizan
desde tales instancias estatales y e xt raestatales, estableciendo l os matices diferenciales
observados en ca da caso.
Este esfuerzo analítico pretende, finalmente, conside rar el modo e n que se estructuran
las relaciones intraétnicas e interétnicas para la consecución de los objetivos
etnopolíticos, así c omo la imbrica ción de la di mensión étnica con las correspondientes a
la clase social y al género, teniendo en cuenta la di mensión histórica de las
configur aciones identitarias de los colectivos e studiados. Terminaremos considerando el
alcance de l a estrateg ia polí tica global llevada a efecto por estas organizaciones, su
papel ca talizador dentro del Movimiento May a y su capac idad para cuestionar, en los
discursos y en las prácticas, l os pl anteamientos e i nstituciones del desarrollo
hege mónico.
En cuanto al i nstrume ntal técnico empleado , dada la acotación de objetivos antes
establecida, es preciso aclara r que e l predominio de técnicas de investigac ión
cualitativas no ha significado el abandono de l os aspectos cuantitativos, obt enidos, no
exclusivamente, a través de fuentes estadísticas y documentales diversas, así como a
través de testimoni os personales. En resumen, la obtención de la información precisa
7
La consideración de tales “territorios étnicos” se realiza rá con base en e l hecho de que a m bas
organizaciones sitú an su c am po d e ac ción fundamen tal en dos e spacios terr itoriales d istintos, que poseen
una distribución é tnica diferenciada , cuyas implicaciones en e l modelo d e intervención resultante
pretende m os analizar.
27
para este trabajo, desti nada a su posterior análisis y ordenación
8
, obliga a l a realización
de un trabajo etnogr áfico y de revisión de fuentes documentales y estadísticas,
concreta do en los siguientes puntos:
1.- Observación participan te o interactuante , mediante la referida estancia continuada
en los departamentos de Tot onicapán y Sololá, fundamentalmente, concretada en la
presencia en los lugares en los que se ejecutan los proy ectos y actividades
fundamentales de ambas organizaciones, realiz ando un seguimiento en sus diferentes
fases: diagnóstico, planifica ción, e jecución y evaluación. Esto impli ca l a observación de
discursos y de práctica s dentro y fuera de las dependenc ias de la organización: en las
oficinas o sedes centrales, en las propias comunidades, en centros de capac itación y en
otros lugare s diversos, no necesariamente vinculados con la orga nización de modo
estricto, y que corr esponden a otros ámbi tos de la vida de los i ndividuos y c olectivos
implicados en ambas organizaciones, como el ámbito familiar, el religioso, el ritual, el
festivo, etc.
2.- Entrevistas indi viduales a diversos informantes privilegiados.
9
S e han realizado, un
total de 102 entre vistas individuales repartidas e ntre ambas org anizaciones, al marg en
de otra s 8 entrevistas a líderes de opinión que no formaban parte de CDRO o de
COI NDI , así como la elaboración de tres hi storias de vida, dos de ellas en forma de
relato autobiográfico. En unos casos se han aplicado cuestionarios fijos, en formato de
encuesta, y en otros se ha hecho uso de guiones de entre vista, dirigiendo, en la medida
de lo pos ible, el contenido de éstas a un conjunto de puntos preseleccionados. Aunque
no ha sido la norma general, ambos instrumentos (g uiones y cuestionarios), no han sido
8
B uena par te de lo s datos ob tenidos han sido plasmados en cuadernos d e campo que poster iormente han
sido grabado s en formato electró nico pa ra su po sterior ordenación y tratamiento. Los resultados d e lo s
trabaj os d e análisis y p rocesamiento de d atos se han concretado , por ejemplo, en la elabo ración m anual o
automatizada de mapas de cob ertura de ambas organizaciones, de diagramas de relacio nes institucionales
y de elabor ación de secuencias históricas referidas a parcela s o a hechos co ncretos.
9
Hemos intentado r espetar la integralidad de los testimonios orale s, ada ptando sólo de f orma e xcepcional
algunos giros lo cales y r epeticio nes q ue hem os co nsiderado s innecesarios. Esto nos ha llevado a
abstenernos d e resum ir algunos testim onios para, p or ej emplo, evidenciar el énfasis concedido p or los
inform antes a algunos aspecto s po r encim a d e o tros, resaltado e n la construcción cir cular d e algun os
discursos. P or otr a parte , en aquellas entrevistas que se realizaro n en k´ iche' hem os contad o con la ayuda
de nuestro compañero de investigación M iguel T zunún P retzantín, quién realizó lo que co nsideramos un
im pecab le trab ajo de traducción.
28
necesar ios en aquellas ocasiones en las que la propia dinámi ca de la conversación, las
reticencias del propio entrevistado o el reg istro de un hecho o acontecimiento fortuito,
entre otras ra zones, han obligado a re conducir la entrevista hacia contenidos no previsto
con anterioridad.
3.- Al marge n de la rica información registrada en los cuade rnos de campo y obtenida de
la interacción entre los di stintos grupos y colectivos implicados, he mos optado por la
realización de un conjunto de entrevistas en grupo, 12 en total. Consideramos que
estas suman a los habituales contenidos de las entrevistas indivi duales una clara
expresión de aspectos tales como l os posicionamientos ante los conflictos o l as
estructura de r eparto de roles entre diversos individuos. Entre otros, los colec tivos
objeto de estas reuniones han sido, entre otros, grupos de socios o “ beneficiarios ” (en
las comunidades de Santa Catarina I xt ahuacá n, Nimasac y Xolsacmaljá), de integrantes
del personal directivo de COI NDI , del Departa mento Financiero o Banco Pop y del
Progra ma de Artesanías de la asociación CDRO, así como grupos de representantes
comunales de ambas org anizaciones.
4.- B ajo la modalidad de diagnóstico participativo, re alizamos e n la comunidad de
Nimasac una encuesta que contó con el apoy o de líderes de la propia comunidad. Se
escog ió una mu estra de 39 personas sobre la población total (3.900 habitantes), para la
obtención de datos diversos, relativos a aspectos socioeconómicos y de participación en
grupos organizados dentro de la comunidad. La s dificultades en la obtención de la
información mediante este procedimiento, derivadas fundamentalmente de l as
limitaciones de tiempo y de recursos, han r epercutido en la f iabilidad y repre sentatividad
de los datos obtenidos y nos ha n llevado a usar sólo una peque ña par te de éstos,
procediendo a su inclusión en este estudio en la medida en que se ha comprobado su
fiabilidad previa t riangula ción con otras fuentes, fundamentalmente con los diagnósticos
y autodiagnósticos comunales realizados por la org anización CDRO para esta zona.
29
5.- La asistencia y/o p articipación en actos diversos (asambleas, prea sambleas,
reuniones de trabajo, etc.), dentro del ámbito de las organizaciones de nuestro estudio,
resulta especialmente valiosa como espacios en l os que s e visibil izan l as disti ntas
escalas de poder y represe ntación, y se hace más densa la informac ión obtenida. Ello nos
ha llevado a asist ir, entre las dos organizaciones, a un tot al de 14 asambleas, tanto
ordinarias como extraordinarias, tres de ellas gener ales, otras tres con carácter de pre-
asamblea, seis rea liz adas a escala de comunidad y el resto a nivel de Programas o
Departamentos. A e stas asistencia s se añaden aquellas otras que, bajo formas diversas
(cong resos, talleres, encuentros, etc.), implicaban directa o indirectamente a alg unas de
las organizaciones de este estud io, contando alguna s de ellas con nuestra participación
activa. Entre ot ros: el Taller sobre Coor dinación Regional , el Encuentro Paz y
Reconciliación , la presentación de la Agenda C ONSOC , el Encuentro Regional de
ONG´s y el T aller sobre Etn odesarrollo , celebra dos todos ellos en la ciudad de
Quetzaltenango.
6.- Finalmente, l a consulta de fu entes documentales y estadísticas comprende la
consulta de bibliografía y ot ras fuentes (registrad as en el anexo correspondiente) , así
como de otros documentos ubicados en el I nstituto Nacional de Estadística de
Guatemala (concretamente los dos ú ltimos censos de P oblación registrados) y , sobre
todo, en los archivos y centros de documentación de a mbas organizaciones.
10
En estas se
revisaron un t otal de 76 documentos, la may oría de ellos de difusión interna, entre otros:
actas, diagnósticos y autodiag nósticos comuni tarios, boletines, crónicas personales,
encuestas i nternas, i nformes internos y ext ernos, materiales de capac itación, m apas,
memorias, planos, proy ectos, reglamentos, balances y tablas de rentabilidad. Cobran
especial relevancia en este punto la revisión de las actas de las r euniones mantenidas por
los g rupos de las comunidades, en las cuales s e expresa, entre otras valiosas
informaciones, la confrontac ión entre dinámicas e impulsos procedentes de la
orga nización y de l a propia comuni dad. En este sentido, tuvimos el privilegio de acc eder
10
La biblioteca de CDRO y el Cen tro d e Capacitación y for m ación de COINDI (CEDOC) f ueron en este
sentido de una gran ayu da. De no menos utilidad fue la consulta a las actas red actadas en las asambleas de
los consej os comunales, de un interés y valor d ocumen tal insospechado s en primera instancia.
30
a las actas del grupo de base Tzi j Bal Chaj de Santa Catarina I x tahuacán, desde su
constitución en 1995 hasta su transformación en c oordinadora comunal.
30
CAP ÍTULO 1: E STADO DE LA CUEST IÓN Y MARCO TEÓRICO EL EGIDO
1.1.- La cultura en el desarrollo hegemónico. P ráctica y discurso
1.1.1.- L a aporta ción de la antropología a l estudio del desarrollo
1.1.2.- Desarr ollo hegemónico: práctica y d iscurso
1.1.3.- L a huella del evolucionismo
1.1.4.- L a modernización como meta. Ciencia occ idental y ciencia económica.
1.1.5.- El desarrollo como cre cimiento económico
1.1.6.- L a visión margina lista: contestaciones desde la antropolog ía
1.2.- Alternativas al desarrollo hegem ónico y sus in sufi ciencias
1.2.1.- L as corr ientes críticas de los años 60
1.2.2.- L a “c risis” del desarrollo: los límit es del cre cimiento
1.2.3.- Globalización y desarrollo: desarrollo glocal
1.2.4.- L os “otros desarr ollos”. El postdesarroll o
1.2.5.- “Confluencia” de paradig mas hegemónicos y alternativos
1.3.- Desarrollo e identidad social. El u so estratégico de la et nicidad
1.3.1.- Cultura y Desarrollo: algunas aproximaciones desde la a ntropología
1.3.2.- Desarr ollo y uso estratég ico de la etnicidad
1.3.3.- El etnodesarrollo
1.3.4.- Desarr ollo e identidad social. L a propuesta de la matriz identitaria
1.3.5. Consideraciones finales a e ste capítulo. El desarrollo como un escena rio de
coexistencia de lógica s
37
Una de las premisas básicas sobre las que se construy e el desarrollo proviene de su
asociación al proc eso según el cual crece n, m aduran o evolucionan l os seres v ivos. En las
teorías sobre la evolución de las espec ies plantea das a principios del s. XI X, este proceso
se entiende como un camino orientado a formas cada vez m ás complejas y prepa radas
para adaptarse al m edio, de m anera que, en base a esta diversidad de formas, puedan
diferencia rse los estadios evolut ivos seguidos por los seres vivos. Con la traslación
automática desde una dinámica de cambio biológico a una dinámica de cambio socio-
cultural, el desarrollo surge como algo positiv o en sí mism o, dirigido a una orientación
deseable, y de ahí su plena justificación como motor del ca mbio social.
Por t anto, para desgranar el sentido de las concepciones dominantes del desarrollo,
conviene apreciar el profundo i mpacto que en éstas han tenido las teorías evolucionistas,
fundamentalmente a t ravés de l a construcción de la idea de la lucha de individuos o
colectivos (clase s sociales) como mecanismo impul sor de dicho desarrollo. Est e es así
entendido en términos de m ejora, de avance o de adaptación, quedando ligado a un orde n
natural en el que impera la ley del más fuerte, ex presada en términos económicos y
políticos en la “libre competencia” entre individuos (versión l iberal) o en la “lucha de
clases” (versión marxi sta). Como sugiere More no (1997), en ambos casos se plantea n una
serie de m ecanismos concre tos para la difusión del desarrollo en la sociedad. Para el
primer caso (tendencia liberal-burguesa ), el desarrollo llegar á a la población a travé s de la
liberalización de los mercados y la libre competencia partiendo del individuo el mot or del
cambio social; en el segundo caso (tendenc ia marxista), dicho mot or se sitúa en la clase
38
social , s iendo las fuerzas redistributivas del estado las ga rantes de la equidad y
solidaridad en el desarr ollo para cada uno de los ciudadanos.
18
Estas interpretaciones l levan a asum ir que el desarr ollo describe una única línea
evolutiva, dirigida hacia un progreso genera liz ado de la raza humana, que se encamina
hacia un futu ro valorado mucho mejor que el pasado. En este s entido, no se trata
solamente de comprobar la aplicación de l as t eorías de la s elecc ión natural de las
especies animales y ve getales a la concepción del de sarrollo e n las ciencias sociales, sino
de constatar el impacto que toda una línea de pensa miento asoc iada al evolucioni smo ha
causado y sigue causando en la manera de pensar y concebir el desarrollo. L a asimilación
que se produce entre desar rollo y evolucionismo unilineal, a pesa r de su apa riencia
desfasada , mantiene aún una importante resonancia en l a actualidad, pero ésta no es fruto
de la casualidad, sino que se encuentra íntimamente asocia da a una serie de implicaciones
políticas, económicas y sociales que es preciso re saltar.
Así, una de las objeciones que se plantea a esta visión del desarrollo hege mónico que se
consolida tra s la segunda Guerra Mundial viene de su carác ter ne tamente e tnocéntrico: el
desarrollo surge de Occidente con pretensiones de validez universal, y a qu e su objeto es
la especie humana sin distinción de etnias, pueblos o nac iones. Se piensa que el mundo,
considerado como un todo, avanza en un único sentido, pero en la práctica este car ácter
totalizante contrasta con los procesos evolutivos multidireccionales que se producen en
diferentes socieda des. Desde la primera antropología se “ descubren” modos de vida
diferentes al occidental y t endencias evoluti vas no encuadra das dentro un esquema
evolutivo prefijado, con lo cual se evidenc ia la inoper ancia del paradigma evolucionista-
18
Alg unos autores, afin es a esta tradición marxis ta, afirman que el desarro llo hegem ónico no e s otr a co sa
que “un a fase m ás” de la expansión capitalista. En este sentido, si bien convenim os en la necesidad de
aplicar para este ca so a lgun as d e las ap ortacio nes del materialism o histórico, creemos necesar io albergar
algunas precauciones al resp ecto, como la de no lim itar el análisis del pr oceso histórico en el que germin a
este desar rollo a la dimensi ón material, o la de evitar caer en el r epetido error d e obviar el carácter
m ultidireccio nal de los p roceso s evolutivos. D e este m odo , subra y ar sin m ás la continuidad d e u n p roceso
histórico (la expansión c apitalista) pued e suponer soslayar el giro que se pro duce en e l pr otagonism o d el
control de los m edios de producció n, c omo vere m os, mediante la creciente pér dida de po der de los e stados
y la consiguien te desterr itorializació n d el c apital, que alteran el sentido d e aquella e xpansión. Por otro lado,
la rec uperación d el “Marx tard ío”, que realizan Rosa Luxem burgo (19 79) y otro s, d esmien te las taj antes
atribuciones de evolucionismo unilineal atribuidas a la corriente marxista- estalinista. A esto se añade q ue,
como re fiere Alcina (199 9), la ide a de un evolucionism o multilin eal ya estaba pr esente en las tesis de Mar x,
así como en lo s pr im eros ada ptado res del marxis mo a la antropo logía económica, c omo V.Go rdo n Childe o
39
orga nicista. Como afirma Maurice Godelier, “ no existe evolución ‘en general’, ni una
verdadera ‘evolución general’ de la humanidad. La humanida d no es un sujeto, como no
lo son las sociedades o sus respectivas historias. La Hist oria propiamente dicha no es la
evolución de un solo germen, ni de un solo organismo ” (Godelier ,1981:60).
Por otro lado, l as sociedades menos “desarrolladas” se encue ntran, siguiendo el referido
paradig ma, en un estadio evolutivo inferior y su incorporac ión deficiente a la senda del
desarrollo se basa en su “atraso” . La existencia de este “atra so” es objeto de
explicaciones de diversos órdenes, y a s ea por causas materiales (insuficiencia de
“recur sos” o de tecnología, entendidos ambos en t érminos etnocéntricos y
sobresimplificados) o por causas pseudo-culturales de dudosa raíz psicológica, a t ravés,
por ejemplo, de la exist encia de una llamada “cultura de la pobreza” aplicada a colectivos
diversos.
19
L a incorporación a estas interpretaciones de un ax ioma de incuestionabili dad
supone considerar el subdesarrollo como producto de la insuficiente aplicación del
desarrollo, es decir, por el aislamiento, la resistencia o l a carencia de contactos di rectos
con el proceso de sarrollista.
Así, el “subdesarrollo” s e propone como una etapa previa del desarrollo, y no c omo su
consecuenc ia o reverso. L a calificac ión de áreas, territorios, pa íses o regiones como
subdesarrollados se basa en aplicar a estos el ideal desarrollista, homogeneizándose así
cualquier difer encia que no sea la proveniente de dicha calificación. Esta, además resulta
establecida en torno a un símil organicista que naturaliza l as diferencias entre l o
desarrollado y lo subdesarrollado .
Pero cuando esta delimitación entre entornos societarios distintos seg ún su grado de
desarrollo se aplica a escala de estados-nación, supone y a en este prim er mom ento la
Leslie A. W hite, aunque no fuera hasta las apor taciones d e Julian Stew ard cuando estas se hacen visibles de
un m odo evidente.
19
En el ap artado 1.3 .1 r ealizamos un a re visión de esta apo rtación culturalista.
40
aparición de un T ercer Mundo
20
. Una aparición asociada, no de modo fortuito, al
comienzo de las primera s acc iones de cooperac ión, basada s en un paternalismo que
subray a l a diferencia a través de la “ay ud a” o la “caridad” . Acciones que, frecue ntemente,
encubren móviles de intervencionismo imperialista, como y a señalamos con r especto a
las conexi ones directas entre reconstrucción postbélica y cooperación. De este modo, el
desarrollismo surge como proceso impulsado desde los dos “primeros mundos” (sobre
todo desde el “primero”, y dentro de este, d esde los Es tados Unidos de América) hacia un
“terce ro” menos desarrollado, evoluti vamente inferior. En este sentido, al igual que
ocurrió con el periodo colonial, las argumentacione s y apoy os en una moral y un ethos
civilizador (sucesor del “espíritu conquistador”) también están presentes en el discur so
del periodo desarrollista. De esta manera, una s erie de normas de pensamiento y acción
asocian el desarrollo con otros procesos paralelos, como el de l a modernización, al cual
haremos breve refere ncia a continuación, por sus implicaciones en la config uración de los
llamados estudios d e comunidad , cuy os ecos en las produc ciones de la Antropología del
Desarrollo lleg an hasta el prese nte.
1.1.4.- La modernización com o m eta. Ciencia occidental y ciencia económ ica
Paralelamente a su fuerte raíz evolucionista, la construcción del concepto de desarrollo se
ha nutrido, en sus basa mentos teóricos, de un conjunto sig nificativo de ideas y re ferentes
asociados a la l lamada Teoría d e la Modernización . En dicha teoría se alude , en ge neral,
a una concepción de “lo moderno” usada como ideal de presente y , al mismo tiempo,
apoy ada en una reconstrucción del pasado propuesta con cará cter definitivo y esencial,
20
Aun que esta expresió n, como se sab e, pr oviene del publicista francés Andrés Sauvy , (q uien lo usó por
primera vez en 19 52, aludie ndo al “tercer estad o” francés pr evio a la Revolución d e 178 9), su ad opció n
dentro del vocab ulario prop io del desarro llo tiene los mism os sesgos que la sep aració n entre pa íses
desarro llado s y subdesarro llados: una pretendid a hom ogeneización de la d iversidad d e países y culturas
agrupados de esta f orma, así como un confin amien to del prob lem a en un tercer mun do que q ueda así f uera
de la co nfrontación id eológica-política po r no p ertenecer a ningu no d e los d os blo ques hegem ónicos.
Décadas más tarde, la caíd a d el m uro que separab a a ambos r egím enes puso aún más de manif iesto este
confinam iento po rque, a p esar d e no exis tir ya los dos “primeros mu ndos”, s e siguió aludie ndo a un te rcero
retrasado en la carrera d esarrollista. P or una vez, esta división mostraba p arte de la realida d: a l no existir
y a un “segu ndo mun do” , se subrayaba la b recha que sep araba al primero d el tercer o.
41
pese a que es realizada en disti ntas sociedade s y en diferentes mom entos del tiempo.
21
Por ello, no extraña que los teóricos de l a modernización u biquen como re ferente a su
propio mar co h istórico-societario, es dec ir, a lo que entienden como su pr opia sociedad y
su propio presente. Como refieren Com as y Contrer as: “ …ni ‘lo tradicional’, ni ‘lo
urbano’, ni ‘lo moderno’, son términos absolutos, o con un contenido mínimamente
preciso, sino que de penden de aquell o que se tome como refe rente. Y si an alizamos el
uso que se l es ha atribuido, convendre mos que el r eferente que los distintos
investigadores utilizan en última instancia es el de su propia sociedad y el de su propio
presente. ”
22
Siendo el origen del t érmino “moderno” tan impreciso como el de “desarrollo”, nos
interesa aquí fijar su uso dentro de un contex to sociohistórico concreto.
23
Así, en el
contexto de la posguerra europea, la Teoría de la Modernización propone u na imagen
reinventada de l o moderno como g ermen del desarrollo, que pretende aplicarse a
cualquier entorno sociocultural partiendo del pensamiento ra cionalista occidental. Con la
huella del evolucionismo y la modernidad como meta, la evolución de las sociedades
humanas se entiende como un tránsito de l o “arcaico” a lo “moderno”, de la “ comunidad”
a la “sociedad” . De este modo, tal y como señalan algunos autores, la Teoría de la
Modernización invierte los planteamientos we berianos que sitúan el centro del problema
en el paso de la “c omunidad” ( Gem einschaft ) a la “sociedad” ( Gese llschaft )
24
, hasta e l
punto que, como afirma Eric Wolf: “ el pol o negativo de la polaridad se situó en la
21
El hecho d e que este p resente se c onsidere “superad or” d e un pasa do (de finido a p artir de una
reconstrucción intencionada ) es lo que lle va a asociar a e stas ideas co n las tesis evolucionistas. P or otr a
parte, es preciso añad ir que algunos autore s encuentran usos del concepto m ode rnidad anteriores y
posterio res al renacimien to. Así, Hab ermas (1 998) constata q ue “ el término ‘ modern o’ a parecía y
reapa recía exacta mente en a quello s p eríodo s en E uropa e n los q ue se fo rmaba la co ncien cia de una nu eva
époc a por med io de u na relación renova da c on lo s a ntigu os, así co mo siempre q ue se co nsiderab a a la
Antigü eda d com o un mod elo a recupera r a través d e alg una forma d e imitac ión ” ( 199 8:88 ).
22
Comas y Contreras (1 990 ).
23
J . Haber m as se b asa e n las investig aciones de H. R. J auss par a precisar el o rigen de su uso en la
civilización r omana, de m anera q ue “en su for m a latin a modernus se empleó por prim era vez a finales del
siglo V p ara distinguir el presente, que se había convertido o ficialm ente en cristiano, del p asado r om ano y
pagano” (19 98:8 7). Con respecto al concep to de desarro llo, Nisbet (19 96) ya ad vierte su uso por los
clásicos de la antigua Grec ia. En nuestra o pinión, más allá de centrarse en p erfilar sus difusos orígenes,
parec e ineludible resaltar las evidentes conexiones que tanto el desarr ollo como la m oder nidad mantien en
con la co nstrucción d el e thos civilizatorio occidental. En e ste sentido sí conviene subrayar los ec os que
tanto d esde los clásicos griegos como desde el pensami ento ilustrado europeo d el siglo XVIII llegan hasta
la idea de modernidad que forma parte del d esarrollo tal y com o se co ncibe en la a ctualidad.
24
Expresiones ambas to m adas po r Web er de F. T önnies. Para un desarrollo de esta cuestión puede verse,
por ejemplo: Diamond y Belasco ( 198 2).
42
‘sociedad tradi cional’, de cambio lento, inflexible y carente de impulso psíquico ha cia el
logro racional y secular ” (Wolf,1994:26).
De este m odo, los teóricos de esta corriente que de semboca en el func ionalismo se
apoy an en una vaga reconstruc ción de “lo m oderno” par a justificar el giro interpreta tivo
de las teorías weberianas, y a la vez proporcionar un soporte teórico e ideológico a las
acciones desarrollistas emprendidas en el “Terc er Mundo”.
25
En definitiva, el desarrollo
hege mónico surge con pretensiones totaliz adoras, pero su apli cación ex cluy ente y sus
presupuestos etnocéntricos ace leran su contradicción: más que una mejora de la
condición humana a escala planetaria, e l proc eso de sarrollista-modernizador se basa en
una modernización pensa da desde y para Occidente , y además conectada con int ereses
concretos de colectivos privi legia dos dentro de Occidente. Lo “moderno” hace continua
refer encia a un pasado que es mejorado por el presente, pero negando todo aquellos
“pasados” que no sean los de la int erpre tación hegemónica . Es decir, dejando al margen
la historia de ot ros pueblos, consid erados sub desarrollados (y más aún la historia
construida por ellos) , pueblos en l os cuales se iguala carenc ia de desarrollo con
tradición .
Dentro de esta lógica, “lo t radicional”, sinónimo de “atrasado”, desapare ce ante el avance
del proceso m odernizador. Se trata este de un razonamiento que pretende carg arse de
fuerza cua ndo se atribuy e a espacios geog ráficos d eterminados, c omo es el ca so de las
comunidades rurales: “ A menudo el mundo rural es visto como un universo consti tuido
por unidades poblacionales aisl adas culturalmente que, a medida que se modernizan,
van perdiendo sus valores autóctonos y su propia identidad local. (…) De esta manera,
la comunidad rural se convierte en la unidad de análisi s ideal para este enfoque general,
especialmente si s e trata de comunidades de montaña, ya que, en este caso, el atributo de
aislamiento cultural posee una coartada geográfica ” (Comas y Contreras, op. c it., p.15).
25
El resultado es una manipulación y super ficialización de los referentes de lo tradicional y lo moderno, en
aras del control g eopo lítico. Siguien do al prop io Wo lf: “ La teoría d e la modernización exclu yó to da
compren sión de es e mundo ( el “Tercer Mun do”) q ue n o estuv iera sob recargad a; empleó la p alab ra
modern o pero co n ella significó lo s E stados Unid os, o más bien u nos Estad os Unido s seculares q ue fu eran
ideales en cu anto a democ racia, plu ralismo y racion alida d. Por tradic ional sign ificó todo s a que llos países
que debía n ad opta r ese idea l pa ra pod er aspira r a la a yud a” (ib ., p.2 7).
43
En esta línea, los llamados estudios de comunidad (traducidos, muchos de ellos, en
estudios de im pacto del desarrollo heg emónico en las comunidades consideradas
“rurales” ), son un eje mplo de interpr etación de los fenómenos c ulturales a l marg en del
contexto político y social en el que se insertan, lleg ando en la m ay oría de los casos a ser
perfec tamente funcionales con un modo de desarrollo del que s e obvi aban sus efectos
estructurales a una escala más amplia. Así, considera das de un modo aislado o conectadas
orgá nicamente con su entorno, las comunidades focalizaron durante un buen t iempo los
análisis del desarrollo desde la antropología y fueron un vivo ejemplo de aplicación de la
teoría de la modernización.
L a amplia colecc ión de estudios de comunidad rea lizados en te rritorio guatemalteco
refleja fielmente estas connotaciones, de t al m aner a que la mirada se centraba en lo que
se concebía como “lo cercano”, a lo que se le aplicaba n las influencias del entorno
provenientes de un marco de fluj os orgánicos, pero que podían quedar reducidos a
estereotipos o a vagas indeterminaciones. Esto lleva ba a hablar de “lógicas económicas
locales” convertidas en una mimetiz ación de l os constructos pol ítico-ideológicos de
Occidente. Tal es el caso, por ejemplo, del llamado capitalismo del centavo , descubierto
por Sol Tax en una población ribereña del lago Atitlán (Panajache l), en forma de
comportamientos que resultan limitados y artificiosos, y a que apare cen reproducidos a
partir de expectativas teóricas prediseñadas por el investi ga dor. El único esfuerzo de
contextualiz ación se reduc e a las conexiones org ánicas que “la célula” m antiene con el
“org anismo”, pero dicho esfuer zo se pospone al conocimiento de este último en su
integridad, como refiere el propio a utor: “ He estudi ado una célula en un organismo, lo
cual constit uye un ejemplo de muchas células en compleja interrelación, de modo que los
estudios del conjunto más amplio son imprescindibles para planificar la solución ” (Tax,
1964, 22).
Es preciso permanecer vigilantes ante el error que supone asociar de modo exclusivo
alguna s de estas perspec tivas particularistas o localistas a una determinada época,
tradición o línea de pensamiento y a abandonada, desdeñando el m odo en el que
sobreviven en la actualidad en los e studios de colectivos y c omunidades diversa s, bajo
44
variadas mezclas de funcionalismo y evolucionismo.
26
De este modo, como parte del
discurso he gemónico del desar rollo, la comunidad subsiste ha sta la actualidad como
locus ideal d e aplicación de un desarrollo parcia liz ado, y a la que, no pocas veces, se
responsabiliza de su “conexión” o “desconexi ón” con el proceso desarrollista, obviando
la segr ega ción que este proceso ha gener ado en la consec ución de su propio bienestar.
Por otro lado, respecto a la i nfluencias biol ogicistas en esta concepción heg emónica, el
orga nicismo en las conex iones establecidas entre las sociedades locales debe ser puesto
en entredicho. Utilizando un juego de palabra s, son otras conexiones y desconexiones las
que es preciso saca r a la luz, como l as que las propias interpretac iones teóricas
funcionalistas t enían y t ienen con las posiciones de poder he gemónicas, o la desconexión
que las ex plicaciones marxistas presentan respec to de ot ras dimensiones del poder. De
esta manera, el funcionalismo es insuficiente como i nterpretac ión de l a re alidad, pero se
muestra perfectame nte funcional con las posiciones desar rollistas heg emónicas, mientras
el marxismo, centrado en visualiz ar l a carg a conflictual de la l ucha de clases, obviaba
otros modos de exclusión g enerados históricamente, de manera que termina si n
cuestionarlos.
27
Es por esto que, con miras a resaltar un consenso que sobrepasa no sólo
distintas lí neas teóricas, si no diferentes demarc aciones temporales (por mantenerse
intacto e n alg unos de sus paradig mas, hasta la actualidad) se hace preciso desvelar cuáles
son los principales argumentos teóricos so bre l os que descansan estas posiciones
desarrollistas hegemónicas, y sus i nterpretac iones desde las ciencias occidentales, en las
que el concepto de comunidad (cuy o supuesto cará cter local parece ser especialidad del
antropólogo) e s uno más de los instrumentos t eóricos de los que se sirve .
Recuperamos para este m enester un frag mento de la obra del mencionado autor (Sol
Tax), en el que este ofrece su particular visión sobre el papel de la antropolog ía. Dentro
de esta especialización en el estudio del ór gano por encima del cuerpo social , la
limitación de su dis ciplina a “lo local” limita sus posibili dades de análisis sobre ese
“complejo orga nismo”. S e otorgan por ello estas posibilidades a otras disciplin as que,
26
P ara este últim o ca so, los p rob lem as asociad os al tra tam iento de la comunidad en el ámbito del d esarrollo
son un expr esivo ej emplo. Com o r efieren Gim eno y Monreal (200 0) la concepción de la c omu nidad co mo
un ente natural, p asivo, ahistórico y homogén eo es, en parte, pr oducto de la a plicación d e las te sis
fun cionalistas y en parte hereder a de una trad ición marxista p reocupad a m ás por la articulación entre
diferentes modos de p rod ucción que po r el o rigen histórico de las comun idad es anteriores a l capitalismo.
45
como la economía, disponen de un instrumental suficiente, de t al modo que “(un
economista) no hubiese invertido varios años en una comunidad de 800 habitantes, que
carece de regist ros de precios y cosas semejantes. Panajachel es lugar para las
habilidades de un antropólogo, por ejemplo, n o de un economista. Y , visto desde el
ángulo contrario, un ant ropólogo no está entrenado para enfr entarse a los problemas de
una nación en la comunidad mundial ” (:23).
¿Cuáles son aquellas “habilidades” específica s que caracterizan a los antropólogos?, ¿se
encuentra n éstos confinados a estudiar el papel de la cultura en el desarrollo como algo
acce sorio a éste? o di cho de otro modo, ¿dispone r ealmente la antropolog ía de una
metodología impropia para el estudio de l os problemas económicos referidos al
desarrollo en los que se vincula l o micro con lo macro , lo local con l o gl obal ? L as
respuestas a estos int errog antes nos conduce n a otros terrenos, como el de la propia
evolución de las ciencias sociales y , dentro de éste, al de los repa rtos metodológicos (de
conocimiento, y tambi én de poder) entre distintas disciplinas dentro de tales ciencias.
Aunque no es nuestro fin desarrollar con profusión estos aspectos, sí conviene trazar
algunos líneas generale s con respecto a l a relación ciencia- desarrollo, que sintetizamos en
los siguientes puntos:
1.- Afectada por el pensamiento i lustrado del siglo XVI I I , l a ciencia occidental
surge de la equiparación de racionali zación, entre otros vectores, con
institucionali zación y especialización .
28
Así, la s epara ción como campos
autónomos de distintas parc elas de la realidad social, como la propia ciencia, la
moral o el arte, convertidas en i nstituciones autónomas, es uno de los resultados
de este proce so de racionalización. A esto se suma una ponderación progresiva de
la ciencia (y de sus ge stores), quedando así legitimada como productora de
27
Par a el caso guatem alteco, véase: Martínez P eláez (1 994 ).
28
Esta equipar ación no es fortuita, ya que se sitúa en la b ase d el de sarrollo cap italista. Las cor relaciones
entre ca pitalism o y r acionalizació n ya fueron enunciadas po r M ax Weber hace medio siglo: “ lo que en
última instanc ia creó el capitalismo es la emp resa racion al duradera, la con tabilid ad racional, el derecho
racion al, pero tampoc o ellos exclu sivamente; tuvo q ue añ adirse a tod o esto la mentalid ad raciona l, la
racion alización d e la con ducció n de la vid a, el ethos e conó mico rac iona l” (Web er, 1 998 , p. 323. Resaltado
en e l original). Este etho s racionalista, que pr oced e del pe nsam iento ilustrado (francés y alemán ,
fun damentalm ente) se pre senta como el único po sible (a p esar d e tratarse de un modo concreto d e
racionalida d), para lo cual se basa en una serie de caracter es distintivos, entre los que destacan la
instauración de una metodología mecanicista y experimental com o b ase del c onocimiento.
46
conocimiento y al mismo ti empo sacralizada como “portadora de verdad”, por
encima de otras fue ntes y ex plicaciones.
2.- Como producto de la racionalización progresiva de la conducta, sinónimo de
progr eso, la evolución de la ciencia se concibe también en t érminos de mejora
crecie nte, por lo que describe un ca mino para lelo al desa rrollo. En este sentido la
ciencia y la técnic a no sólo le gitiman al desarrollo, si no que son desarrollo .
Presentado de esta manera, el avan ce científico es bueno en sí mismo, pues es
producto del crec imiento ascendente del in ge nio y la creatividad humanas,
ignorándose (no y a sólo las producciones de conocimiento consideradas “no
científicas”), sino la multipl icidad de usos y apropiaciones de la ciencia. Se trata
de un intento de presentar a dicha c iencia de un modo uniforme y despolitiz ado, lo
que, no obstante, presenta una fuerte carg a política, ca racterizada po r unas claras
pretensiones de autolegitimación. Se pasa por alto que lo que se entiende como tal
avance o “prog reso científico” está en realidad asoc iado a la hegemonía de una
serie de paradigmas y de técnicas sobre o tros, y al modo en que prosperan las
llamadas “revoluciones científica s”, no precisamente orientado
teleológica mente.
29
L as sucesivas crisis de para digmas científicos ofrecen cier ta
medida del “avance” de una ciencia, pe ro este a vance está afectado, entre otros
aspectos, por luchas interdiscipli narias, iny ecc iones-privaciones de recursos,
ciclos estéticos y de consumo, por lo que no pueden entenderse de forma
descontextualiz ada. Es decir, es preciso advertir las implicaciones económicas,
sociales, políticas y cult urales de carácter coy untural o estructural que l a ciencia
mantiene con el entorno donde se desarrolla. En este senti do, la falta de ate nción a
otras fuentes de conocimiento no instit ucionalizadas ni acade miz adas, productora s
29
Como argumen ta Khun (19 75) , el c am ino descrito p or las revoluciones científicas está afectado po r otro s
campos d e fuerza, cuya resultante no tiene p or q ué ser necesariamente un pro greso ascende nte. Otro autor es
han d enunciado las co nexiones entre la ciencia y los intereses a lo s q ue sirve, bastante a lejad os d e la
generalidad de la “especie hu m ana”, de m anera que, co m o re fiere Chom sky (197 5) esto forma parte de un
proc eso po r el c ual los “ representa ntes d e la intelige ncia legitiman , c on el au ra d e la ciencia , el con trol
auto ritario de la rique za y la s in stitucione s ” (e n: Oltmans , 197 5:33 1). V. Shiva, por su parte, c ompleta este
razonamiento al afirmar q ue “ope ra una trip le e xclus ión de las o tras trad iciones de conocimiento:
onto lógica , por que hay ciertas pro pied ades que sencillamen te no son tenidas en cuenta; e pistemológ ica ,
porq ue hay f ormas de perc ibir y conocer que no son reco nocidas, y sociológica , po rque a los no
especialistas y no exp ertos se les p riva d el derec ho a tener acce so a l co nocimien to y juzgar las afirmaciones
que se hacen invocándolo ” (Shiva,199 8, p .66. Cursivas en el original).
53
económicas preexistentes. Algunos de estos términos serán probados desde la l lamada
“corriente crítica”, que y a e videncia el carácter ilusorio de l a pretensión de un “desarr ollo
a escala planetaria” bajo las premisas sobre las que éste se construy e, por lo cual dicha
pretensión se confor ma como uno de los mitos d el desarr ollismo.
54
1.1.6.- La visión marginalista: contestaciones desde la antropología
Buena parte de los lineamientos g enerales que han seguido las prácticas de desarrollo de
los dist intos gobier nos estatales a partir de la Segunda Guerra Mundial están basados en
una centralidad de la economía que, como refiere Esteva, supone “ una instalación de
dicha esfera (la económica) en el centro de la ética y de la política. ”
43
P ero, dentro de las
corrientes teóricas de la economía es el llamado “enfoque marg inalista” el que, a partir de
este momento, toma el mando de las expl icaciones hegemónica s sobre el desarrollo.
Dicho enfoque procede, en líneas ge nerales, de aplicar el llamado “principio de escasez
de m edios y de ex pectativas i limitadas” al comportamiento de t odo ser humano. Un
principio que refiere, fundamentalmente, a la idea de que los recursos económicos son
limitados y las necesidades a los que estos se aplican son infinitas, funcionando como
paradig ma de interpretac ión de todo hecho económico.
44
Esta expl icación de lo económico se ha venido en llamar “margina lista”, puesto que
refiere a la presencia de una supuestamente i nevitable búsqueda de beneficio o marge n en
todo hecho ec onómico, encontrándose tambi én prese nte en la llamada corriente
formalista de la antropolog ía: Robbins (1932), Herskovits (1964), Firth (1967), L eclair
(1968). Bajo esta óptica, se entiende la economía como e l estudio del comportamiento
humano en relación con la asignación de usos alterna tivos a bienes escasos, de tal modo
que el análisis de los h echos económicos debe refer irse exclusivamente al proceso de
toma de decisiones de los individuos caracter izado por una aplicación de medios a fines.
43
E steva (1 999 :88) . El autor se r efiere a la ob ra citad a de K. Po lany i (1 989 ) en la que e ste sitúa “ l a h istoria
econ ómica d e Euro pa co mo la h istoria de la creació n de la econo mía en tanto que esfera a utón oma ,
separad a d el resto de la socied ad ” (ib.:9 1).
44
Se suele m ostrar este principio como ley inexcusable, afectando a cualquier comportamiento eco nóm ico,
que se co nsidera siempre suje to a p recio y pago. Esta visión r educida de lo econó m ico relacio na
m ecánicamente la escasez con su valor de ca m bio, simbolizado p or el pre cio: cuando las cosas escasean los
precio s se elevan, y esta elevación de lo s precio s p rod uce un aj uste de la demanda, que dism inuy e; al
m ism o tiempo, se reclaman nuevos pr oductos que sustituy an al que escasea, por lo cual se traslada el
pro blema de la escasez a un n uevo prod ucto, etc. Esta máx ima estab a y a presente en las explicaciones de
los pr im eros te órico s de la econom ía, p ara lo s cuales las presio nes dadas p or esta escasez ( que se
m anifestaban a través de la Ley de lo s Rendimiento s De crecientes en el caso de D avid R icard o o en el
m encionado “Estado Estacionario” de Stu art Mill) se podían resolver mediante medidas liberales:
promoción de l consum o y del contro l demográfico entre las clases tra baj ador as.
55
Pero hay que tener en cuenta que el problema de la escasez ocupa el luga r central en l as
interpretaciones de los hechos económicos de una g ran variedad de enfoques. Por
ejemplo, un economista t radicionalmente beligerante con el si stema capitalista como J .K.
Galbraith escribía así, en 1972: “ En una sociedad pobre, las consideraciones económic as
no sól o dominan las actitudes sociales, sino que determinan rígidamente los problemas a
los que habrá que otorgar priorida d. En condiciones de escase z y de privación humana,
existe l a evidente necesidad de obtener l o más posible de lo s recursos de producción
disponibles, y emplear con la máxima eficiencia el trabajo, e l c apital, los recursos
naturales y la inteligencia de la comunidad. Este esfuerzo incrementa el abastecimiento
de artículos y, de este modo, mitiga el problem a m ás acuciante de l a sociedad, que es la
escasez de cosas nec esarias ” (1972:14).
Varias críticas contundentes se han realizado desde diferentes enfoques a la corriente
formalista, las cuales, como decimos, podemos ext ender a la corriente m arg inalista
presente en la Antropología Económica, con el que comparte las argumentaciones de
fondo.
45
Por un lado, la af irmación de que todo c omportamiento económico es resultado
de la asignación a fines alternativos de medios esc asos implicaría, bajo la presunción de
una escasez de m edios “universal”, que todo comportamiento social es económico, en
una totaliz ación de l os hechos económicos que deviene en su propia indefinición.
46
Por
otro lado, una segunda crítica hace referencia a la limi tación de su objeto de estudio al
comportamiento indi vidual, prescindiendo del modo en que se org anizan y estructuran las
relaciones sociales en las que se incardina dicho comportamiento, más allá de un a
automática ag reg ación de individualidades. Otra importante objeción proviene de
constatar las limitaciones de este aná lisis a la esfera intencional de los hechos
45
E stas cr íticas proced en, en buena parte, de la llam ada corriente su bstantivista de la Antropología
Económica. No e s nuestra p retensión hacer un r ecorrid o exhau stivo p or esta tendencia o p or muchas otras
que cuestionaro n la explica ción marginalis ta. R esaltamos sus d ebilidad es explicativas, desde varios f rentes,
con el fin de servir al obj eto ce ntral de este apartad o que e s el de d esvelar la p articipació n del marginalis mo
en la construcción (teó rica y práctica ) del desarro llo hegem ónico a ctual.
56
económicos, en una mirada incompleta del proceso decisional. Pero en el análisis de los
comportamientos económicos no se trata sólo de d esvelar las racionalidades
intencionales, como afirma Godelier: “ la r acionalidad int encional de comportamientos
con una final idad adscrita de los grupos y de los individuos en el seno de una sociedad
determinada, remite a una racionali dad no intencional y objetiva cuyo descubrimiento
constituye el objetivo primero del conocimiento cie ntífico ” (1974a:65).
Con refere ncia al principio de escasez, s u apli cación de forma etnocéntrica fue debatida
ampliamente por S ahlins (1972). Este, basándose en difere ntes estudios de ecología
cultural observó que era mínimo el tiempo dedicado a las labores de “sobrevivencia” en
determinadas socieda des (si tuadas en el ex tremo más cerc ano a una “economía n atural”),
por lo cual relativizó la idea de escase z en estos entornos (es decir, podían existir
diferentes construcciones sociales y culturales de dicha escasez) y calificó a dichas
sociedades como “opulentas primiti vas”, en oposición a la opulencia de las sociedades
contemporánea s. Al mis mo t iempo, el análisis de la presencia de una lógica de
acumulación de l os l lamados “bienes cer emoniales” o “bienes de prestigio”,
(equivalentes, en términos gener ales, a los “f ondos cere moniales” de E. Wolf
47
),
cuestionaba ig ualmente los postulados marginalistas, y a que dichos bienes se destinaban,
entre otros fines sociales, a ampliar y consolidar relac iones sociales o a atender a l as
obligaciones con “ estructuras superiores ”, consiguiendo “ aumentar la sociedad como
tal ” (Sahlins:1991,8).
Quedaba así frontalmente contestada la atribución automática a las llamadas “economías
de subsistencia” de una ba ja “c alidad de vida”, que j ustificaba la eliminación de la
pobreza e incluso hasta de l os pobres. S in embarg o, este cuestionamiento de una idea
universal de la escasez y la denuncia del occidenta lcentrismo que encubría, no llevaba
46
La parado ja “econom ía es todo , luego economía es nada” ha sido contestada d esde distintos frentes con
una relativizació n de l tér m ino escasez, a través de la d ivisión de lo s medios entre variab les flujo o corriente
(renovables, inagotables…) y variab les stocks o fondo ( no re novables, agotables…), siendo estas últim as
las afectad as p or la escasez. P ero el co ntinu o tránsito de una a otr a variable (sobr e tod o cuando lo s recursos
renovables pa san a ser no renovables), la e xistencia de relacio nes co ncomitan tes entre d ichas var iables, así
como la univ ersalizació n forzada d el patró n escasez son aspectos que de jan aún m uchas preguntas po r
resolver. Para un co m pendio de las cr íticas realizadas a los planteam ientos m arginalistas, p uede
consultarse: God elier ( 197 4a, pp. 59 y ss.). Un intento de hacer pasar po r el tam iz m arginalista, afectando
por la escasez ele m entos difícilmen te cuantificables (de manera que la e conomía pueda extender m ás aún su
pod er interpr etativo) lo pod emos ver en Boulding (197 2) o Samuels on (1 973 ).
57
emparejado, en muchos casos, una revisión de los paradigmas del romanti cismo
naturalista, según el cual el modo de vida de estas socieda des (por la “independencia”,
“libertad” y “solidaridad” que presuntamente las caracterizaba) era idealizado y colocado
en una escala de valor por encima de la “opulencia moderna”.
48
Debe apr eciarse por tanto
que, siguiendo el ejempl o propuesto, l as “economías de subsist encia” (la economía de la
“milpa”, por ejemplo)
49
son, a la vez , un sínt oma de resistencia cultural
50
y una
constricción en el reparto económico y geopolítico. S u complementariedad con otros
sistemas económicos, como e l del comercio regional (c omo observamos en el caso del
altiplano indígena guatemalteco) muestra l a riqueza de estas estrategias de resistencia, y
la existencia paralela de e strategias de acción.
Por otra pa rte, este planteamiento marginalista no sól o presenta sól o como un esquema
ajustable a cualquier sociedad, sino que propone como refer ente idealizado un modelo
falseado de sociedad occidental. Desde el materialismo histórico reformulado por
Godelier, el pl anteamiento marginalista se manifiesta “ como la expresión de una posición
ideológica etnocéntrica que proyec ta sobre todas las sociedades humanas, para
aprehenderlas, la forma aparente de las relaciones sociales capitali stas; forma aparent e
porque en e lla se disimula la esencia misma de las relaciones sociales capital istas, es
decir, no l a relación de individuos con individuos aislados y abstractos, sino la relación
social general de la clase que po see el monopoli o del capit al y de los medios de
producción con l a clase que está desprovista de ellos ” (Godelier, op.cit, p.65, resaltado
en el orig inal).
De este modo, hay que tener en cue nta que la constatación de este carácter relativo de la
escasez no debe ría ser obstáculo para contrastar e sa “otra pobre za” que afe cta a una gra n
parte de los habitantes del planeta y que, como refiere Shi va (1998), es resultado del
47
Véase: W olf (19 71).
48
Una p rop uesta de anális is de esta distribución del tiempo, desd e el pun to de vista de los “valores de uso”
o “valores de cambio” puede verse en: Bed oya y Martínez (1 999 ).
49
La milp a es un sistem a agrícola propio del entor no m esoamericano b asado en el cultivo de m aíz, f rij ol y
calabaz a, p ropo rcionando una alimentación de subsis tencia a la poblac ión cam pesina m aya d esde tiempos
anteriores a la conquista, y s iendo p ara b astantes autores el centro de la “cosm ovisión may a”, basada en la
im por tancia de lo s ciclos agríco las para la regulación de los tiempos y espacio s sociales.
58
modo en que la economía de mercado (y las lógicas que la atraviesan) generan, entre
otros efectos, la desinteg ración de las pr opias “economías de subsistencia”.
Es así como la negación de otras lógicas o racionalidades , di stintas a aquella a la que
pretende referir (c on e scaso éx ito) esta teoría marginalista, supone una combinación de
reduccionismo y e tnocentrismo: ni todos los individuos de todas las sociedades y culturas
pretenden maxim izar su beneficio minimiz ando sus costes, ni ésta puede c onvertirse en la
condición previa fundamental de una explicación consistente de los hechos económicos.
51
L os modelos matemáticos manejados desde l a economía marg inalista (que curiosamente
se suele autodenominar “científica”, en contraposición a otra economía considerada
“política”) conllevan una serie de si mplificaciones de la realidad que, siendo necesarias
en un principio, se vuelven contra el propio modelo cuando tales si mplificaciones no se
revisan con posterioridad, confrontándose con la realidad, lo cual hace al modelo
inelástico ante realidades cambiantes. Además, en los casos en los que, consiguiendo
aislar -aplicando la condición ceteris paribus- las variables que “no intere san” (porque
hacen complejo al modelo marginalista, son di fícilmente cuantificables o “políticamente
incorrecta s” o simpl emente se desconocen) se llega n a tender explicaciones que ref ieren a
una agre gac ión de l os comportamientos ec onómicos q ue anula cualquier diferencia
interna, cuando no caen en una excesiva e interesada formalización que se aleja de la
“economía re al”.
El enfoque marg inalista pretende una c uantificación exhaustiva de las variables que
intervienen en los proce sos de desarrollo, prete ndiendo así ampliar la premisa de
50
E sta r esistencia cultural es entendida po r Carlo s Guzm án Bö ckler en tér m inos de un a “ estrategia
colectiva de resis tencia q ue, no só lo subtiend e el a fán de sobreviv encia física, sino a fianza los lazos de
una organ ización fa miliar y socia l q ue protege a sus miembros de la s eve ntua les pe rturbacio nes sociales
proven ientes de fuera ” (Guzm án Bö ckler,19 95:3 0).
51
El sentido asign ado a la lógica , emparej ado con el de ra cionalidad , se corre sponde precisamen te con el
de la racionalidad im plícita de un fenómen o, acción o comportamiento social, gu iando el fun cionamient o o
gobernando algun as de sus claves fundam entales. Nos serviremos de aquí en delante de e ste concepto para
analizar el sentido implícito de los discursos y las prá cticas de lo s d istintos co lectivos im plicados en el
desarro llo. Se trata , p or tanto, d e un c onstructo teó rico con intenciones generalizado ras, ya que la práctica
social de dichos colectivos admite la co existencia d e varia s lógicas a la vez, que pueden ser co ncluy entes o
contradic torias. No existe, por tanto, ni es pe nsable en té rmi nos d e necesar iedad, una univocidad en la
relación ló gicas-colectivo social.
59
desarrollo igual a crecimiento económico al i ncluir una serie de variables, relacionadas
de un modo artificioso. Surg en así “medidas del desarrollo” tales como Producto
Nacional Bruto, Renta Nacional Disponible, Consum o de las famili as, etc., que suelen
orientar de forma pree minente las políticas económicas de los diferente s gobiernos
52
. Al
PNB siguió el P NB per cápita y a éste, en un intento de aplicarle “tintes socia les”, el
llamado BEN ( Bienestar Económico Neto ), resultante de restar al PNB determinados
costes sociales y ambientales de difícil cuantifica ción, como los que son producto de la
urbanización o la i ndustrialización, ahora en un intento de sumarle tintes “ec ológicos”.
Por demás, desde 1990 se vi enen aplicando por el PNUD los llamados “Indice de
Desarrollo Humano” (I DH) o “I ndice de Ex clusión del Desar rollo Social” (I EDS). Estos
indicadores, basados en la medición de t res aspectos básicos (renta, educación y salud), si
bien suelen presentarse como un avance con respecto al reduccionismo cuantitativi sta
(Sachs,1995), pueden sumar a los males de sus predece sores su exceso de pretensión.
Esto ocurre en los casos (no poco frecuentes) en l os que, sin aparecer arropados por las
correspondientes interpretacione s hi stóricas, sociales o culturales, se presentan como
instrumentos con pompos as denominaciones destinados a medir el desarrollo o la
“calidad de vida” de una forma “integ ral”.
En este sentido, de sde el enfoque marg inalista se propone un desarr ollo que privilegia,
bajo interpretac iones parciales y reducc ionistas, el crec imiento económico por encima de
cualquier otro aspecto, entendiéndose además este crecimiento económico de forma
reducida e interesada, no or ientándose, tal y como anuncian a quellos pará metros a rriba
expresados (consumo, in versión, renta…), a un contexto “nacional” (e ntiéndase estatal),
sino que se dirig en hacia los sec tores heg emónicos dentro de la economía de los estados.
Es decir, excluy endo (“sumerg iendo”) de l as estimaciones numéricas y de l as
52
Es ya demasiado evidente que el P NB es un indicado r sesg ado del desarrollo o d e la “calidad d e vida” ,
por no calib rar el modo en q ue se distrib uy en las rentas entre la p oblac ión, a specto esencial en lo s llamados
“países subd esarro llados”, o incluir partidas co mo lo s crecie ntes gastos militares. El hecho de que este
indicador no sea desechad o del to do tiene que ver en parte con su us o como vehículo de representació n en
las p olíticas de desarr ollo. En este sentido , e s pr eciso recor dar que es e l índice que delimita el grado d e
particip ación en el Fondo Monetario Internacional (FMI) , d e manera que e s también un inst rumen to para
alcanzar un po rcentaj e de po der en este órgano que gestiona un gran volum en d e préstamos y ayu das al
desarro llo a escala mundial. Las inten ciones de determin ados países de la OCDE de neutralizar el pap el de
organism os como Nac iones Unidas (r egidos por el sistema de un voto p or Estad o), en favor del p rop io FMI
o d el B anco Mundial (de co m posició n este último aún menos igualitaria) co nfirm an esta línea y el aumen to
del protagonismo d e países c omo E EUU (sobre todo tras la caída del “telón de acero”) dentro d e Nac iones
Unidas, como se puso d e manif iesto durante la Guerra co ntra Irak.
60
valoraciones que les corresponde a una buena parte de dicha economía, cargada de una
“informalidad” con t intes de una universalidad etnocéntrica y androcéntrica (por la
exclusión del t rabajo doméstico, por ejemplo). En palabr as de P. Sweezy : “ no se prete nde
entender un determinado aspecto de la realidad, s ino más bien in ventar formas y medios
de mani pular las instituciones y las variables existent es para alcanzar resultados que
por una u otra razón se consideran deseables ¿C ómo debe asigna r sus recursos una
empresa para obtener beneficios máximos? ¿En qué forma debe comparar un
determinado departamento gubernamental los costos y los beneficios con el fin de tomar
sus decisiones? ¿C ómo puede una sociedad que ha planif icado su economía
centralmente lograr una di stribución de bienes y servicios a una t asa de crecimiento
acorde con las directivas de sus actuales pol íticas? ” (Sweezy , 1972, resaltado en el
original).
53
El acto de fe en el crecimiento económico como base del desarrollo sitúa a la corriente
margina lista en una posición ideológica e ncaminada a la legitimación de un deter minado
orden social: el capitalista. Este car ácter de ideología apologética, se fundamenta en el
hecho de considerar las desigualdades sociales como algo accesorio al modelo teórico
expuesto, e n una interpretación d e los hechos económicos que no sól o sim plifica la
realidad, sino que también pretende limar las aristas que perfilan las pos iciones
estructurales de poder. Bajo este enfoque, la economía se convierte en una ciencia
descriptiva y protectora de las institu ciones hegemónicas que la amparan, de tal manera
que “ el enfoque marginalista es út il sólo si se aceptan las instit uciones bási cas del
capitalismo, es decir, s i se trata básicamente de su admi nistración. Pero si cuestionamos
las virtudes del capitalismo com o sistema, e ntonces hay que someter a análisis las
propias instit uciones y relaciones sociales del sistema ” ( Edwards y McEwan, 1972:135).
L a vi sión de los hechos económicos de un m odo sistémico y holístico, no só lo permite
resaltar l os perfiles de dichas relaciones de poder insertas en los procesos ec onómicos,
sino que contribuy e a un análisis de estos procesos que supere los reduccionismos de
61
corte marg inalista, orientados a la búsqueda d e explicaciones limitadas a aspe ctos
formales (de ntro de una visión restring ida e int ere sada de la formalidad), pre definidos de
forma acontextual y ahist órica, y restringidos al ámbito i ndividual de l as decisiones. De
esta manera, consideramos que pueden incorpora rse al aná lisis de los hechos ec onómicos,
como refiere Godelier (1981), una serie de aspec tos habitualmente desdeñados, tales
como la religión, los mitos o el parentesco, con fuerte protag onismo en s ociedades y en
momentos de tiempo concretos. Este autor, por ejemplo, encuentra en el úl timo de estos
elementos (el parentesco) un funcionamiento a modo de “relación social de producc ión”
que j ustifica su estudio dentro de los hechos económicos. Lo anterior no significa que
este estudio de lo económico se lim ite a indi viduos y sociedades concretas y aisladas, a
pueblos ex óticos y grupos étnicos apartados, sino que puede considerarse de plena
vigenc ia para el análisis de los hechos económicos que se producen en las sociedades
contemporánea s.
En definitiva, bajo la interpretación marginalista, los hechos económicos aparecen tan
automatizados como el modelo matemático que los re presenta, en el cual se subray a el
aparato tecnocrático hasta convertirse éste en el pr otagonista de la interpretación, pues no
hay que soslay ar que aqué l que interpreta los hechos económicos forma par te de dicho
aparato, es decir: “ La economía acaba reduciéndose a una t écnica que se ocupa del
comportamiento de ciertas variables, o agregados mone tarios que se desenvuelven en u n
nivel me ramente m ecánico, aislado de lo social y de lo natural” (Delg ado Cabeza:
1998:30).
L a considerac ión ext endida del desarrollo como patrimonio exclusivo de la economía
agr ava aún m ás este hecho, por el deficiente tratamiento que desde esta dis ciplina se le ha
concedido al término desarrollo, lo cual, afortunadamente, no es un mal ex tensible a
todos los economistas, ni a toda l a economía, pues las ex plicaciones reduccionistas de los
hechos económicos abundan en todas l as ciencias sociales, i ncluida la Antropología. Pero
esto también nos re cuerda el nec esario diálogo entre las ciencias sociales, cuy a
53
P. Sweezy hace estas reflex iones p ara e l caso de lo que él califica c omo “economía o rtod oxa”, p rop uesta
de forma a ntagónica a u na “econom ía m arxista” de la cual reconoce sus lim itaciones (a tribuidas en buena
parte a su m arginación en el ter reno acad émico), al tiempo que sus virtudes, centradas en resaltar lo s
aspectos co nflictuales del d esarro llo, c omo es “ la exp licación d e la creciente brech a e ntre u n p uñad o de
países ca pitalistas a vanza dos y e l llamad o Tercer Mun do ” (Sw eezy, op.c it., p.3 0).
62
intercomunicación se hace cada vez más imprescindible dado el inevitable y aceler ado
proceso de especialización instaurado en todas las ramas del l lamado conocimiento
científico . De este modo, entendemos que la necesaria revisión de los paradigmas del
margina lismo e n la interpretación de la economía conlleva, además de l a superación de
un conjunto de variados prejuicios de orden occ identalcentrista, una reconcepc ión de las
ciencias sociales y aún de las “subdisciplinas” dentro de éstas, como espacios
interconectados, y no como esferas separadas y ajena s al diálogo y al enriquecimiento
mutuo.
1.2.- Alternativas al desarrollo hegem ónico y sus in sufi ciencias
1.2.1- Las corrientes cr íticas de los años 60
L as ll amadas “corrientes críticas” surgidas en los años 60 cuestionan el desarr ollo
hege mónico desde posiciones que pretenden complementar las tesis marx istas refer idas al
desarrollo capitalist a como genera dor de d esigua ldades y de ex plotación. La s
aportaciones teóricas que parten de estas corriente s, buena parte de ellas encuadrada s
dentro de lo que se conoce como escue la estructuralista o estructuralismo di aléctico , son
de gr an utilidad e n el análisis de los modos de expansión del capitalismo y de las
relaciones g enera das a raíz de la propag ación del desa rrollo hegemónico.
Así, a través de la llamada Teoría de la Dependenc ia , algunos autores
54
realizan una
importante re visión crítica de la aplicación de las teorías de la modernización al
desarrollo, afirmando que desarrollo y subdesarrollo no son procesos independientes, sino
que están l igados en relación dialéctica . Pero esta articulación di aléctica no se produc e
como producto de una secuencia histórica (el subdesarrollo como una fase previa del
desarrollo) sino que el subdesarrollo aparece como una consecuencia di recta del
desarrollo, coexi ste con él, pues se trata de su “otra car a”. L a aplicación de estas tesis a
los países s ubdesarrollados proporcionó un análisis más certero de alg unos de los efectos
de las relaciones económicas coloniales, al visualizar cómo la ext ensión del capitalismo
54
Frank (19 74), Cardo so y Faletto (19 69) y otr os.
69
may or responsabilidad en l os problemas que las alimentan, y a que el conocimiento de
estos límit es sirve, entre ot ras cosas, para sopesar l a estabilidad a corto-medio plazo de
las posiciones propias y marcar en consecuencia la cadenc ia de un desarrollo que se
sobreentiende incuestionable, reforzando las defensas ante la presión de los más
desfavore cidos, de manera que las soluciones no tra sciendan de la mera retórica.
Por ello, no puede anticiparse el problema de los “límit es” de los recur sos al de su uso y
reparto, cuando sigue n sometidos a un proceso brutal de espec ulación y ex polio, y cuando
existe una diferencia tan abismal entre las distintas responsabilidades por el deterioro del
medio. De este modo, aunque el desarrollo heg emónico se considere como algo
incuestionable (que en absoluto lo es), la falta de consideración de grados diferentes de
incorporación a ese desarrollo hace fraca sar aquellas medidas que se piensan globales
pero que afectan de forma diferencial a los incluidos en dicha globalidad. En este sentido,
cabe recordar que las mencionadas “rec omendaciones” del MI T estaban pensadas desde
los países desarrollados, pero se dirigían a desarrollados y subdesarrollados por i gua l,
confundiendo a estos en un todo integ rado, con resona ncias orga nicistas.
64
Así, l as soluciones a menudo propuestas a los problemas “globales” del desarrollo
tienden a ser más complejas y contradictorias al ser pensadas desde la óptica de qui én
crea dichos problemas.
65
Tal y como afirma Chomsky , con la crisis (relativa, no o bstante)
del para digma del crecimiento ilimitado se pierde también un importante instrumento de
control social, puesto que “ la noción de crecimiento ilimitad o (puede) utili zarse para
llegar al consenso, en ve z del conflicto, para neutralizar las demandas de redistribución
de la riqueza, que ciertamente se alzarían de no contar l os pueblos con este camino para
64
Co ncretamen te, el segu ndo informe para el Club de Roma (publicado en 19 74) sigue esta línea,
pro poniendo un “crecimi ento orgánico” an te el actual “ crecimiento indiferenciado ”. De esta form a se
introducían las variantes “regionales” del desarro llo (considera das a una escala c ontinental o
sem icontinental como “Europa Occ idental” o “A m érica Latina”) p ara ap licar un modelo cuantitativista
sim ilar al aplicad o en el p rimer in forme, aun que esta vez se a ludía explícitam ente al efecto “perturbador ”
de las r eivindicaciones de car ácter nacio nalista o las r ealizadas por motivos de clase, en ar as de la
consecución d e lo s o bje tivos or gánicos a un a escala global. Este tercer Inform e (llam ado también Inform e
RIO: R eshap ing the In ternation al Order ) resaltaba p or encima d e cualquier otr o aspec to la necesidad de
potenciar lo s valor es r elativos a la solid aridad y co oper ación a escala planetar ia, po r lo q ue, en este sentido,
supuso un importante respaldo a las po líticas de co oper ación internacional implem entadas por lo s p aíses
desarro llado s a partir de e se m omento.
65
Esta co m plej idad aum enta, según veremos en el próxim o apartad o, con r ecientes pr ocesos asociados a la
globalizació n, tales como la financierización de la eco nom ía, la d esestatalización o la emergen cia de una
nueva “ conciencia glob al” pro pugnada desd e nuevos actores sociale s.
70
obtener mayore s beneficios de la vida (…). Es absolutamente cie rto que si se asegura a
todo el mundo que su porción será mejor mañana, hasta l os sub privilegiados y los
desposeídos verán en ello la razón para aceptar una sociedad fuertemente prejuiciada
contra ellos ”
66
.
El Infor me del Club de R oma resulta, en definitiva, un primer intento (o al menos, uno de
los más ex tendidos) de advertir los serios problemas del crecimiento económico
incontrolado para poder mantenerse a sí mismo bajo el actual ritmo de consumo de los
recursos naturale s. Algo que y a quedó clarame nte reflejado, en el primer volumen de El
Capital de Marx, cua ndo se afirma que el desarrollo del capitalismo supone una amenaza
para los dos “resortes d e la riquez a”: el trabajo humano y la naturaleza.
67
Pero este
intento se hace estéril cuando no abandona los presupuestos de base sobre los qu e se
construy e el desarrollo que pretende cuestionar, por lo que resulta un ejercicio de crítica
autoreflexivo de di cho desarrollo que, aparte de ser estéril, sirve también para conocer
sus im plicaciones y “fallas”, vía reivindicaciones de los “movimientos alternativos”, y
cooptarlas (incorpor ándolas como si de un maquillaje se tratara) saliendo el modelo
hege mónico del desarrollo fortalec ido con su nueva “imag en”.
En consec uencia, el trasfondo de esta imagen que sale renovada tras la “polémica de los
límites del crecimiento” es una re-construcc ión del discurso hegemónico s obre la
globalidad. C omo ocurre con el término “de sarrollo”, la mundialización se carg a de
valores int rínsecamente “positivos”, relativos a un “universalismo humanista” (Amín,
1989), aunque esconde un universalismo cultural de implicaciones occidentalcentristas.
L os problemas s e perciben como globales, por lo qu e se busca n soluciones que se
entienden referidas a la globalidad, aunque procede n de entornos sociocultura les
acotados. El conflicto entre l ibertades indi viduales y necesidades colectivas se pretende
resolver con un nuevo modo de rac ionalización de la conduc ta, al modo il ustrado, y a que
debe basa rse en un “ contrato social basado en el principio de solidaridad ” (Sachs,1995)
que busca ahor a un alcance mundial.
66
En Oltman s, (co mp.), 197 5. p.32 9.
71
1.2.3.- Globalización y desarrollo: desarrollo glocal .
El nuevo escenario geopolítico que se plantea en la década de los ochenta con hechos
históricos como la caída del muro de Berlín o el derrumbe de la polaridad ideológica
(repre sentada por los dos bloques políti cos en liz a) m antenida durante cuatro décadas,
favorec ió, más que el “triunfo” de un discurso global sobre el desarrollo, el surgimiento
de n uevas ex presiones sociales alt ernativas que antes aparecían amordazadas por la
lógica de la confrontación entre dichos bloques hege mónicos. Esta mult iplicidad de
“movimientos y expresiones sociales” (Melucci, 1986) relativos no sólo a
reivindicaciones étnicas, de t erritorio o clase, sino también dando cabida a nuevas formas
de significación del cuerpo, de las emociones, de lo religioso, etc. “salían a la luz ” en
diferentes entornos: Europa del Este, Asia, Africa o América L atina. Un amplio abanico
de organizaciones y agrupaciones que expresaban el pensar y el sentir de g rupos e
individuos (entre las que se encontraba n múltiples orga nizaciones dedicadas al
desarrollo), se manifestaba ahora, no por el hecho de ser totalmente nuevos estos grupos
sociales y /o sus m óviles, si no por reflejar una diversidad qu e la confrontación bipolar
ocultaba y que se expresaba ahora bajo nuevas formas.
L a fuerte atomización de estos grupos no sólo es produc to de las relaciones de poder en
las que se insertan (bajo las cua les se favorece su desagr egac ión, facilitadora de su
desactivación política), sino que también es reflejo de su lógica diversidad, producto de
tendencias, inqui etudes y contestaciones diversas; es decir, fruto de una multiplicidad de
pensar y entender la realidad y el cambio social. En este sentido, el supuesto carácter
reactivo de estas inst ancias lo cales frente a las posiciones globales no es una condición
sine qua non de su exis tencia, y a que, de hecho se producen otras lógic as de
funcionamiento que igualmente l as carac terizan, pudiendo albergar una mult iplicidad de
móviles, a la par de los considerados más “espera dos”, como l os de autopromoción, o
simple supervivencia.
67
Ib. , p.1 55
72
Bajo el discurso hegemónico sobre la moder nización y el desarrollo se pr opone que la
única consecuencia posible de la m undialización sería l a globaliz ación, entendida en
términos de uniformización multidimensional: a escala económica, política, cultural y de
pensamiento (aunque el énfasis suele centrarse , y no por casualidad, en la primera de
estas dimensiones), desdeñando los m odos di fere nciados en que dicha g lobalización
afecta a diferentes entornos o las variadas formas que adopta su din ámica contraria, (la
localización ). Esto implica la necesidad de contemplar de un modo dialéctico el doble
proceso de globalización y localización, producié ndose en este senti do lo que lo que Ulf
Hannerz denomina una pluralidad de “fenómenos de desglobalización”
(Hanner z:199 8,35) o, si guiendo a Robertson, de “gloca lización” (Robertson, 1996). L a
problematización de la integra ción de lo global c on lo local nos lleva a a dvertir la
presencia de un desarrollo que se expande, produce y reproduce a escala una glocal , y en
el que se observan reperc usiones e im plicaciones contradictoria s entre objetivos y
resultados. Estas y otras preocupaciones han sido resumidas por B eck (1998) de la
siguiente manera: “ ‘ La cultur a global’ no puede entenderse estáticam ente , sino sólo
como un proceso contingente y dialéctico ( y en modo alguno reducible de m anera
economicist a a su lógica de capital aparente mente unívoca) según el modelo de la
‘glocalización’, en cuya m ism a uni dad se apr ecian y descifran elementos
contradictorios. En este sentido, se puede habl ar de paradoj as cultural es ‘glocales ’ ”
(1998:79-80, énfasis en el orig inal).
De este modo, una de las concreciones de este desarroll o glocal se m anifiesta a tra vés de
la presencia continua de agentes externos (“transna cionales”) en di stintos ámbit os
sociopolíticos de los estados, a menudo bajo una combinación de desa rrollismo y control
político, l o que ha sido vist o frecuentemente como una prueba de la “ll eg ada” de la
globalización. A sí, por ejemplo, la ne cesidad de la preserva ción de formas políticas
“democrá ticas” ll eva a una continua presión de los paíse s desarrollados, autoconsiderados
“democrá ticos”, en distintas regiones. Esto se manifiesta, para el caso de Centroa mérica,
en aspectos rela tivamente novedosos, como la presencia de ag entes de l a DEA (la policía
contra el nar cotráfico estadounidense) con plenas potestades en territorios de los distintos
estados, l a acción de org anismos internacionales en las zonas antes afectadas por
conflictos armados (Guatemala y Nicarag ua), como es el caso de AC NUR (Alto
73
Comisionado de las Naciones Unidas de Ay uda al Refug iado) o de MI NUGUA (Misi ón
de las Naciones Unidas par a Guatemala), o bien de otras i nstancias supraestatales
relacionada s con el desarrollo: e l Ba nco Mundial, el F ondo Monetario I nternacional
(FMI ), la s Agencias de Cooper ación de los diferentes estados y un gran nú mero de
ONGs.
I ndependientemente de lo “novedoso” de estas participac iones (que suponen “ay udas”
unas veces, ing erenc ias y condicionamientos otras), la presencia de estos agente s como
“estandarte s de la globalización”, cuando no va dirigida di rectamente al aparato estatal,
supone un apoy o significativo a grupos de poder político al interior de dichos estados,
grupos q ue anteriormente se encontraba n separados del acceso a d eterminados recursos,
tales como la financiación int ernac ional. A la vez que contribuy en al desarr ollo de
movimientos s ociales emancipadores (grupos de derechos humanos, de protección del
medio ambiente, o algunos colectivos étnicos, entre muchos otros), t ambién fortalecen
determinadas jerarquías y redes de acceso a los recursos, algunos de los cuales, como
refiere Dumont (1989) refuerzan la posición de las c orruptelas estatales.
Por otra par te, los términos de esta g lobalización s uelen ser planteados desde el discurso
neoliberal como un proceso a través del cual las expectativas de desarrollo se hacen
globales, y por tanto accesibles en todos sus términos a cualquier individuo o colectivo de
cualquier parte del mundo. P ero dicha globalización debe entenderse como un proceso
que afecta a determinados aspectos de la economía y del desarrollo. De este modo, la
pretendida “desaparición total” de las fronteras para la libre circulación de la economía
debe cotejarse con base en los nuevos procesos que y a están en vigor.
6 8
Por poner dos
claros ejemplos de “salvedade s” a esta globa liz ación económica que se pretende
incuestionable: las m edidas arancelarias dispuestas para proteger las mercancías de los
países “desarrollados” ante cualquier entrada de productos (fundamentalmente ag rícolas,
68
La llamada “ libre circulación de la eco nom ía”, expresión anunciada de u n m odo reiter ado por los
teórico s del n eolib eralismo, debe matizarse, y a que no afecta de man era igual a la circulación de cap ital
(como d an b uena cuenta los ágiles movim ie ntos de especulació n finan ciera a escala mun dial) que al trá nsit o
de mercancías, tecnología o m ano de o bra, cuy os mercados siguen afectados p or una pro tección d esigual
(po r instancias estatales o supraestatale s com o los grandes Acu erd os d e Com ercio o “Rondas” o la prop ia
Organización Mun dial del Com ercio) q ue perjudica de form a ostensible a las econom ías dep endientes y
“desarticuladas”, es decir, co n escaso s mecanism os d e c onexión co n los núcleos y redes po r los q ue fluy e el
capital tr ansnacional.
74
de reducido valor añadido) y las trabas a la entra da de trabajador es inmigrantes en Eur opa
y EEUU, si endo esta regulada según las necesidades de explotación de mano de obra a
bajo precio.
69
De esta m anera , lejos de producirse un único proceso de reterritorialización, las nuevas
prácticas económicas que surgen con la globalización presentan una concreción territorial
diversa, en función de l a cambiante di sponibilidad, reparto y conc entración de recursos.
70
Como sug iere Delga do Cabeza (1998) esta ruptura se manifiesta con c laridad a travé s de
“ el comportamiento de las grandes empresas, muy condicionado por sus espacios
matrices, o la creciente concentración de los flu jos comerciales, de inversión y
financieros en torno a l os territo rios ‘mejor dotados’ ” (1998:10), de tal manera que “ la
valorización de l os espacios se hace en función de la presencia en ellos de una serie de
factores que tienen un carácter ampliamente ac umulativo ” (ib.:20).
En el campo de la “Ay uda Inter nacional”, estas participaciones g lobalizadoras impl ican,
un fuerte condicionamiento ejercido por los di feren tes estados hegemónicos para
impulsar reformas neoliberales en las políticas económicas de los países
“subdesarrollados” , fundamentalmente a partir de la ll amada “crisis de la deuda”. Desde
instituciones como el Banco Mun dial (controlada por los estados hegemónicos del
llamado G- 8) se vincula la ay uda a la exi stencia de prog ramas previos de ajuste que, a su
vez, reperc uten nega tivamente en las partidas asig nadas por los estados a gastos s ociales.
Cuando estos prog ramas de ajuste se han llevado a cabo, tal ay uda se concr eta en una
concesión crediticia que en no pocos casos se destina a pagar los intereses de préstamos
anteriores. El lenguaje utilizado delata, una vez más, l as pretensiones de desactivac ión
del fuerte componente de control político, que se pretende escamotear desde estas
instituciones hegemónicas. Por eso se suele h ablar de “rec omendar planes de ajuste”
(“técnicos” o “e strictamente económicos”) , en lugar de imponer políticas de gasto
69
Una co nsecuencia directa es la desterrito rialización de ce ntros y periferias. En este sentido, la
im plantación mu ndializada de un sistem a de precar ización de las condiciones de trabajo implica un a
m ovilidad de lo s centros p rod uctivos (q ue se mu dan a estados donde la m a no de obra tiene un menor coste
y confl ictividad) y, cuando esta movilidad no es posible, tam bién supone un incremen to de la demanda de
trabaj ado res inm igrantes hacia países del centro , contratad os bajo condiciones de gran precar iedad , lo cual
también genera fenóm enos d e “dependencia” prod uctiva en dichos países, lógicam ente, a una escala
desigual y a que no pone en riesgo de co lapso a las economías centrales.
70
La m áxim a sim plificador a “riqueza localiz ada, p obrez a localizada” es contestada por Beck (1998 , pp.87
y ss.) en su revisión de la obr a de Zy gm un t Ba um an.
75
público o, menos aún, de reducir los gastos en hospitales, construir menos escuelas,
iny ectar menos vacunas… y destinar lo esc asamente re caudado por l a hacie nda pública a
paga r los intereses abusivos y “eternos” de la deuda externa.
71
A l o anterior se añade l a constatación de que tales reformas, manifestadas como
“políticas de ajuste” no presentan una correlación en los propios estados heg emónicos,
que mantienen con i mpunidad el descontrol de sus cifras macroec onómicas (como el
déficit público de los EE.UU, que lleg ó a absorbe r en la déca da de los noventa cerca del
5% del ahorro mundi al
72
) o s iguen prac ticando el proteccionismo de sus mercados, al
tiempo que imponen l os referidos condicionamientos a las polít icas y economías de lo s
países “en vías de desarr ollo”. Tales condicionamientos son canalizados por las ag encias
prestatarias int ernac ionales (entre las que se encuentra el citado Banco Mundial y l as
propias age ncias de cooperación i nternacional), gener adoras de “ay udas” pero también de
flujos de dependencia , y se s uelen basar en la fe en el mercado como regula dor de l a
economía, asociada a un menor peso del sector público y una may or importancia de las
exportaciones, en detrimento de la polí tica de i ndustrialización sustit utiva de
importaciones.
73
El sector privado apare ce como el nuevo motor de las economías, y este
es protag onizado por una élite económica cada vez más separada en su desarrollo del
resto de la sociedad, lo cual induce a un clima de conflicto desacorde con l a dócil
democratización que se recomienda. Siendo esta ay uda insuficiente, lo más escandaloso
parece ser el respaldo directo e i ndirecto de i nstituciones como el Banco M undial a las
gra ndes corpora ciones radica das en territorios de exclusión. Su j ustificación suele estar
en el ar gumento de la ca ntidad y no del repa rto de esta, en palabras del propio pre sidente
de esta entidad: “ …la cantidad de dinero que llega a los países en vías de desarrollo
procedente de compañías mult inacionales es el cuádruple del dinero que llega a través
71
Pero además, y cerrando el círculo, el p ago puntual de la deuda es también e l sím bolo d e un estado
“san eado ” y abierto a l ca pital transnacional. No extraña así que se pro duzcan fenómenos como la op osición
del régimen d el preside nte Alvaro Arzú a la c ondonación de la deuda guatemalteca por parte d e algunos
países, tras e l desastre d el huracán Match, en 1 998.
72
Fuente: Couto, 19 95.
73
Esto obvia no sólo la im por tancia de l Estado en los proce sos de redistrib ución, sino, inclu so, en los de
prod ucción, contrib uy endo al ap orte d e tecnolo gía, infraestructura o recursos human os. Esto se ha puesto
de manif iesto en el crecimiento de los países del sudeste asiático , dada la aus encia de aquellos a portes del,
lo que c onlleva la conformación de un desarr ollo d esigual y entregado al capital extranj ero.
76
de la ayuda oficial. Así que tenemos que colaborar con esas c ompañías. Y muchas de
ellas tienen programas sociales bastante buenos. ”
74
Pero, bajo el parag uas de la llega da al país de los flujos financieros, se esconde el
descontrol de una red difusa, incontrolada y sum amente ca udalosa y eficie nte de
moviliz ación de capitales, que traspasan las fronteras. L a comprobación de la fac ilidad
con la cual estos capitales de empresas privadas cir culan mundialmente por encima de los
“capitales públicos” (sujetos a m ay ores restricciones, tratados y ara nceles) y la fe cieg a en
la eficiencia de lo “pr ivado” (en el sentido de “no estatal”) sobre lo “públi co”, (basada en
un may or potencial de movili dad, domini o de las redes de merca do y de las innovaciones,
flexibili zación en la contratación de m ano de obra, planificación más eficiente y menos
burocratizada, etc .) son algunos d e los fac tores que fomentan las políti cas de traslado del
proceso privati zador al campo del desarrollo. Ello se convier te en un signo d e
“liberalización económica” que sitúa a l as llamadas Org anizaciones No Gubernamentales
(ONGs) como nuevos protagonistas en las acciones de un desarrollo que también se
propone como “efic iente”. Est e proceso de desvinculación del estado de sus obligaciones
redistributivas e n fa vor de dichas ONGs no significa, como se puede comprobar en los
bajos porcentajes que aún se l es asignan
75
, un crecimiento de los recursos económicos
dedicados a e stas en la m isma medida. Además, tal y c omo documenta Serrano (2001)
para el caso español, este proceso está asociado a una intensificación del control de
dichas instancias org anizativas de desarrollo por parte del propio estado.
En re sumen, los pr ocesos g lobalizadores y la crisis de l modelo de estado-nación se
manifiestan, en el caso de las reg iones subdesarrolladas, en un alejamiento del estado de
ciertos entornos locales, paralelo a un acrec entamiento de la injerencia de los poderes
políticos y económicos hegemónicos, beneficiados por dinámi cas de deslocali zación o, si
se prefier e, de continua r elocalización .
76
De este modo, los flujos transnacionales se
74
Entrevista con J am es Wo lfensohn , p residente del Banco M undial. El País S eman al, 2 2/07/0 1, p .16 .
75
En torno al 4% d el vo lum en tota l d e la ayuda, p orcentaj e estan cado en lo s últimos años. Fuen te:
“Cooperació n para el Desarro llo”. Inform e de l CAD (OCDE), 19 97.
76
Existe, sin em bargo, y co mo señalan Gim eno y Mo nreal (2000) , u na cie rta reorientación desde el
desarro llo hegem ónico hacia la esfera d e lo lo cal, de manera que los proc esos d e privatización se
complem entan con una delegació n del po tencial d esarrollad or en instancias o comunidades loca les. En
cualquier caso , esta tendencia se r ealiza co n la mirada puesta en que tales instancias locales no se
encuentren aglutinadas en otras instancias superio res y q ue p uedan, realmente, r eclamar unos ca m bios
estructurales a una escala supralo cal que p ongan en peligro los intereses d el pro pio estado.
77
sirven de las debilidades de los estados para penetrar en su soberanía y , como es el caso
de la s políticas de coopera ción internac ional, g arantizar su flujo globalizador en los
entornos locales. L a falta de relaciones con el estado de un g ran número de individuos y
colectivos, traducida en una ausencia de participac ión económica y política en los planes
“modernizadores” (que contrasta con la creciente pr esencia de los intere ses de las gra ndes
empresas
77
), supone en principio una continuidad en su ex clusión s istemática de las
esfera s de poder estatal. Por ello, algunas “oportunidades” de la globalización plantean,
en principi o, un s alto cuántico en este si stema de relaciones, al ofrecerse acc eso a los
recursos, a l a i nformación y a la divulgación a escala planetaria de las reivindi caciones
realizadas por los distintos movi mientos sociales.
Desde las doctrinas neoliberales, s e entiende así que la “llegada” de la globalización
supone un proceso novedoso, “liberalizador”, que incorpora m ás fácilmente a las
instancias locales al desar rollo y a la modernización. Este proce so se propone como a lgo
implacable, que libra a l os pue blos, reg iones y c ulturas de sus ataduras y les confiere una
cultura y un desarrollo “globales” , deleg ando el decr eciente poder de los estados en
instancias supraestatales. Pero ni este choque cultural “globalizador” es tan nuevo
(piénsese, para el caso de Am érica L atina, en l o que s e conoce como el
“Descubrimiento”), ni impl ica la plena desaparición de lo s poderes de dichos estados,
algunos de los cua les se sirven de este “caudal globalizador” para intentar una nueva ola
aculturadora y etnocida, tras la emprendida en la dé cada de los 40-50 con las políticas
asimilacionistas, como las genocidas de los años 70-80 en Centroamérica o el Cono Sur.
Con respecto a la nueva ola de aculturación apoy ada en la globalización
desestatalizadora,
78
desarrollada y a a finales del siglo XX, coincide con un momento en
América La tina de propag ación de gobiernos considerados “democráticos” pero que
77
Como subr ay a Delgado Cabeza (o p.cit.), la función de este estado “remercantilizador ” deb e ser aún
calificada de rele vante como agente garante de la flexibilización normativa de las regulaciones del trabaj o y
de la m ovilidad del cap ital, así co m o p or p rior izar cierto s gastos público s considerad os “prod uctivos”
(destinado s a in frestructuras y telec omu nicaciones) por en cima de los considerad os “ no p rod uctivos”:
sanidad, ed ucación, p ensiones, etc.
78
En buena medida, d eberíamos hablar de “trans culturación” ( desvinculando este térm ino de sus tintes d e
benevolencia), en lugar d e “aculturación”, dad o el fuerte caud al d e r esistencia que han encontrado la s
políticas etnocid as im pulsadas p or los difere ntes estados en Am érica L atina, com o verem os e n po steriores
capítulos, ce ntrándonos el caso guatem alteco.
78
manifiestan su incapacida d para solucionar l as profunda s crisis económicas, sociales y
culturales que asolan e l continente.
El alejamiento del estado de las políticas de desarrollo debe entenderse en t érminos
relativos, y a que aún conserva un fuerte componente mediático. Además, las llamadas
“conexiones globales” (a través de los actuales medios de comunicación y difusión), cuy a
presencia suele ser exacerbada por motivos de merca do o ignoranc ia de la realidad,
suponen en demasiados casos una ilusión de acceso a la “comunicación global”, más que
una divul ga ción e fectiva y útil de las demandas y reivindicaciones presentadas
localmente. Esta ilus ión de gl obalidad conecta con otras ilusiones, como l a de la
modernidad que propone el desarrollismo tecnocrático, olvidando la enorme masa de
excluidos que se dejan en los márge nes.
Pero, en cualquier caso, no hay que desdeñar la conquista de espacios conseguida por
algunos movimientos de c arácter regiona l o local mediante la asociación de sus intereses
con los de ot ros movimi entos y organizaciones, m ás conectados con demandas (y
recursos “globales”) de corte occidental. Asociaciones entre colectivos diversos, t ales
como el movimiento zapatista chiapane co, grupos ecologistas occidentales y algunas
tribus indígenas de Brasil son ejemplos ilustrativos a este respecto por sus acciones
conjuntas, acciones e n las cuales cabe incluir como efecto o repercusión no de seada su
conversión en perentorios objetos de consumo occidental, a través de su procesamiento
mediático.
En el proceso de difusión de las demandas de grupos y colectivos fuertemente
margina dos del acceso a los recursos estatales y supraestatales, la ex istencia de
intermediarios (de muy variado reg istro y clasificación, locales o foráneos, con formas
distintas de impli cación con los intereses de dichos colectivos) se m uestra como un
requisito indispensable. C omo más tarde veremos, cobra n especia l importancia l os
procesos de negociac ión que se producen entre estos grupos y colectivos, las divisi ones
de poder qu e se g enera n y (aspecto que nos interesa especialmente como objetivo central
de nuestra investigación) la coe xi stencia de lóg icas dive rsas que se da n cita en sus
discursos y prácticas.
85
refiere n Alonso y Sevilla Guzmán (2000), en el discurso de los organismos
internacionales a tra vés de formulaciones discursiva s ecotecnocráticas.
Por úl timo, el llamado post desarrollo surge del cuestionamiento de cualquier tipo de
“desarr ollo” concebido hasta la fec ha, tanto desde el discurso hegemónico del desarrollo
como desde el alternativo, pues se entiende que las participaciones del primero en el
segundo s on práctica mente irrebatibles (Escobar, 1997). Partiendo de las críticas sobre el
positivism o o el objetivismo presente e n las ciencias sociales como protag onistas en la
definición del desarrollo s e l lega a que, por ejemplo, l as propias elaboraciones del
antropólogo, antes centrado en el análisis del “nativo” como un objeto inmóvi l del
desarrollo, sean también objeto de análisis . Dichas críticas, m anifestadas con frecue ncia
en una reacción deconstructivista, llevan a l a consideración de aspectos tales como la
hermenéutica, el análisis de sentido, la reconstrucción del yo en el otro , el
redescubr imiento del papel del conocimi ento como ejercic io creativo e interpretativo y de
la ciencia como fuente y núcleo de poder, etc., siendo estos alg unos de los muchos frentes
de crítica abiertos a las teorías clásicas sobre la modernización (de ahí el calificativo de
“posmodernismo” a esta corriente), que se ex tienden también a las elaboraciones teóricas
sobre el desar rollo.
Desde estos nuevos enfoques superadores de las vi siones clásicas sobre l a modernidad
(en l os que se cuentan tanto los citados “postmodernos” como los llamados
“premodernos” ) y desde otros que se sitúan como revisionistas de otras corrientes de
pensamiento (postestructuralistas, postm arxistas, etc.) se presenta un pliego de críticas a
la moderniz ación y al desarrollo clásicos que es preciso analizar con detenimiento, y a que
en muchos casos se avanzan expli caciones novedosas que enriquecen el análisis de la
modernidad y e l desarrollo, mientras que en ot ros se cae en el interpretacionismo (vgr. en
la derivación de la ciencia social en un género narrativo ), cuando no en un solipsismo de
corte nihilista.
Así, el análisis crítico del discurso del desar rollo, por ejemplo, nos revela aspectos de los
procesos de resistencia que antes aparec ían solapados u ocultos, mostrando los
mecanismos de ocultamiento o si mulación in sertos en l os si stemas de dominación-
86
resistencia en forma de representac iones teatralizadas, o bajo el manto de
“transcripcione s ocultas” (S cott, 1990). En otros ca sos, este análisis crítico se manifiesta
con fuerza reveladora, desvelando una serie de aspectos simbóli cos de singular
importancia e n los pr ocesos de desar rollo, contribuy endo a denunciar lo que Arturo
Escobar denomina “la viol encia silenciosa contenida en el di scurso del desarrollo”
(1997:9). Este m ismo autor rec onoce la i nclusión, dentro del enfoque post estructuralista,
de las “ condiciones materiales del poder, de la histori a, de la cultura y de la identidad ”
(ib.: 9).
Por otra parte, en este esfuerzo de síntesis, tal vez uno de l os puntos m ás significativos,
dentro de l o que sería esta “ crisis de paradig mas” planteada de sde estas nuevas corr ientes,
sea desvelar, desde una mirada crítica y deconstructivista, el origen de los discursos sobre
el desarrollo, con el fin de ubicarlos a partir de sus coordenada s, definidas por unas
relaciones de poder concretas. I gualmente, es de destaca r dentro de estas apor taciones la
necesidad (renovada , porque sus oríge nes se remontan a otras aportaciones anteriores), de
superar en el análisis del desarrollo las ataduras t eórico-metodológ icas que a su vez
proceden de otras divisiones de poder, como son las acadé micas o disciplinarias.
Convenimos con Gimeno y Monreal (1994) en el hecho de que esta dim ensión polít ica
debe ser re marcada, no tanto como una especie de inducción externalizada, sin o con base
en la apropiac ión que muchos colectivos realizan de las organizaciones e instancias
occidentales que , a simple vista, politiz an sus varia das reivindicaciones: “ La politización
de los pobladores de barriadas, de lo s grupos de muj eres y de las poblaciones indí genas,
entre otros, su ostensibl e toma de conc iencia y de responsabilidad de su propia hi storia
en un contexto estructural de abandono del Estado y creciente dependencia del mercado,
no son un telón de fondo donde se da una crisis de representación, sino parte de los
mecanismos por me dio de los cuales se construyen los significados y desde los que se
deciden las prácticas de los distintos colectivos ” (ib.:15).
L a consideración de las i nfluencias mutuas entre sujetos de estudio y estructura, y las
interacciones del investi ga dor con ambas posiciones, no debe tener como única salida un
estéril subj etivismo, el cual tampoco queda exento de participaciones en las estructuras
87
de poder qu e crea o en las que participa el ejercicio científico. Por otro lado, entendemos
que el análisi s del discurso (que, como decimos, a menudo es entendido, errónea mente,
como única fuente de i ntersubjetividad) es esencial para el estudio de l os hechos sociales,
pero siempre y cuando este a nálisis no se lim ite a los aspectos formale s, ni se deslinde del
estudio de l as prácticas. P or t anto, el problema no reside en c oncebir el desarrollo “como
un discurso” sino en centrarse ex clusivamente en “el discurso del desarrollo”. Se t rata
esta última de una parce la de l a realidad que debe ser most rada, puesto que hace patente
exclusiones o participaciones que el desarrollo gene ra, pero ni estas exclusi ones o
participaciones se manifiestan ex clusivamente por la vía de las categorizaciones formales
ni esta vía garantiza que pueda representarse l a realidad a salvo del objetivismo. Dicho de
otra manera , ni toda la rea lidad se halla comprendida en el discurso, ni el discurso puede
presentarse c omo el úni co l ugar desde el que se pueden v isibiliz ar con m ay or fidelidad
las posiciones de poder que se g enera n en el seno de los proce sos de desarrollo.
Por úl timo, la consecuencia lógica de consid erar que la may or parte de los males del
desarrollo se hallan contenidos en las objetivaciones y ordenac iones que se realizan desde
el dis curso desarrollista (generando desarrollados y subdesarrollados, intermediarios y
especialistas o “nuevos misioneros”) es la de rechazar el concepto ut ilizado para realizar
tales categ orizaciones (Esteva, 1999). Com o fuente ex clusiva de alienac ión, al desarrollo
se le atribuy e el significado heg emónico que es responsable de este nuevo “encue ntro
colonial”, por lo que es preciso que sea derogado, y presentado el “postdesarrollo” con un
nuevo contenido, con un nuevo significado emancipador. Es decir, el desar rollo debe ser
superado y transformado radicalmente en un “postdesarrollo”, de tal manera que éste,
más que un m odelo específico de desarrollo, se tratar ía de una nueva categ oría,
superadora de las implicaciones nega tivas contenidas en el desar rollo.
El hecho de qu e los conceptos, aún los más alienadores, puedan ser adoptados y
apropiados de forma difer ente por dist intos colectivos (inclui dos los científicos sociales)
hace que reciban significa dos disí miles en contextos dist intos (culturales, his tóricos…)
por lo cual, rechazar un concepto o un a denominación formal desde la posi ción del
científico social no es la única vía posible par a transf ormar dichos si gnifica dos. O dicho
de otro modo, rechazar el concepto de desarrollo heg emónico no es la vacuna para no
88
sufrir los efectos del desar rollismo heg emónico, tanto en sus concepciones teóricas como
en sus implicaciones prácticas. Tal y como sugiere Goulet (1999), cuando se rechaza el
desarrollo desde el postdesarrollismo más radical, haciendo énfasis en s us
contradicciones discursivas, tambi én se propone un desarrollo, pues al fin y al cabo el
postdesarrollo lo es. Ya que la denuncia de dichas contradicciones también c onlleva la
asunción de una serie de valores, el rechazo de todo valor asocia do al desa rrollo supone
una clara contradicción.
81
Así, puede ocurrir que los discursos y prácticas del desarrollo heg emónico sean
“adoptados” por colectivos subalternos, no y a dándole un conte nido diferente, sino una
intencionalidad dis tinta; es decir, apropiándose dichos colectivos de estos discursos y
usándolos de un modo estratégico, re-pr esentando las formas y contenidos del desarrollo
hege mónico para conecta rse mejor con los recursos que se pierden o ceden desde las
posiciones heg emónicas, y ocupar así posiciones más ventajosas con respecto a estos. En
el capítulo 5 ofrec eremos algunos ejemplos etnográf icos que ilustran estas simul aciones y
re-pre sentaciones re alizadas en el ámbito de proy ectos de desarrollo concr etos, así como
algunos procesos de recomposición interna a que obligan dentro de l os grupos que las
protagonizan.
1.2.5.- “Conflu encia” de paradigmas hegem ónicos y alternativos
¿Hacia dónde se di rige el desar rollo heg emónico? ¿Hasta qué punto es posible hablar de
una heg emonía i rrebatible del mercado como mecanismo ordena dor del desarrollo, tanto
en zonas consideradas “desarrollada s” como “subdesarr olladas”? El modo en que el
81
Es prec iso contextualizar la ap ortació n d e este autor d entro de un denod ado esfuerzo por encontrar un
equilibrio entre cuestiones éticas (que tra spase frontera s e intereses) co n los que se em barca en el em peño
de c omponer su definición del “desarrollo auténtico”. Dentro de este esf uerzo p retendidamente edificador
D. Goulet concluy e c on u n p lanteamien to norm ativo que intenta abarcar las d iferentes “especificacio nes
m oda les” q ue pla ntea su ap licación, aunque sin llegar a clar ificar de un m odo suficiente las consecuen cias
de su pro puesta a d iferentes niveles, dejando en consecuencia bastantes interro gantes abiertos.
89
desarrollo hegemónico se m ueve hacia direcciones distintas suele ser visto como una
incorporación de posiciones su balternas en el dis curso hegemónico. En opinión de
algunos analistas ec onómicos la evolución rec iente del desarrollo hegemónico (en cuanto
a su presencia en un entorno “subdesarrollado” como América L atina), apunta a una
“terce ra ola”, que se pr esentaría de la sig uiente manera :
“ La di scusión (…) se da en momentos en que coinciden un relativo consenso
internacional sobre las maneras más adecuadas de impulsar el desarrollo, y un creciente
cuestionamiento, t anto de la uti lidad de la cooperación i nternacional, como de la
condicionabilidad que puede acompañarla. En cuanto a lo primero, parecen haberse
superado l as v isiones más extremas del papel hege mónico del sector públi co, asociado a
la etapa de susti tución de importaciones. También la s propuestas centradas en l a
estabilización y el ajust e, que le asi gnaron un papel casi exclusivo al mercado, que
predominaron en la década de l os ochenta. A parti r de la segunda mitad de la década de
los noventa se hace evidente l a existencia d e un paradigm a m ás equilibrado , que
combina las funciones del mercado y del Estado, y que contempla, asimismo, un aumento
de la participación de la sociedad civil” (Carothers y Fuentes. En: Inte rnational Institute
for Democracy and Elec toral Assist ance . 1998, p.291. El resaltado es nue stro).
El papel del mercado internacional se muestra relativiz ado, y el del estado limitado,
controlado, “equilibrado”. Ambos parecen permitir así un aumento del protag onismo de
la s ociedad civil, que puede ser entendida como “sociedad local”. Pero lo que se presenta
como una comunión plana y transparente de intere ses (entre merc ado transnacional,
estado y sociedades locales) no refleja el proceso por el cual se mantiene o se transmite la
hege monía del mercado transnacional sobre el estado y las sociedades locales y , sobre
todo, se limit a a colocar aspectos económicos (entendiendo l o económico desde un punto
de vista reducido) por encima de cualquier otro (político, cult ural, social, identitario,
etc.). S e trata éste de un punto de converge ncia habitual entre los planteamientos del
desarrollo hegemónico y alternativo qu e suele prese ntarse habitualmente. Para los
teóricos del desarrollo hegemónico, l as tendencias del desarrollo apuntan a procesos de
globalización tan irrebatibles que no pueden sino encontrar el consenso en los estados y
las sociedades l ocales. Para muchas de las corrientes críticas q ue son adversas a este
planteamiento, t al consenso es una falacia: hay que detener la globalización como
proceso irrebatible, d ebiendo ser contestada desde la beligerancia del estado o desde las
sociedades locale s.
90
Pero, sin desdeñar la necesidad de esa beliger ancia, no par ece dibujarse bien el objeto de
sus ataques, que es la globalización (malentendida como cierto t ipo de “globalización
económica”) como uno de los paradig mas i rrebatibles del desa rrollo, que se s uma a ot ros
que surgen de la civilización occidental, y a los que hemos hec ho anterior ref erencia. No
deja de ser un contrasentido que se pretenda “equilibrar” la función del estado,
fortaleciendo su papel en este diálogo tripartito, cuando por otro lado este d iálogo se
somete a la heg emonía de las ley es del mercado. Respecto al papel de las sociedades
locales en sus diferentes expresiones, más o menos inst itucionalizadas, se espera que éste
sea tan aquiesce nte en este rar o diálogo como el del propio estado.
L a cooptación de las posiciones a lternativas desde l a heg emonía podría suponer, como
refiere n Gimeno y Monreal (1999), que t anto el m odelo hegemónico de desarrollo como
el alternativo coincidan en una serie de paradigmas, lo cual dificulta en principio la
conquista de espac ios por los colectivos que propug nan planteamientos alternativos.
82
Es
decir, la hegemonía del discurso dominante descansa sobre elementos con alto poder de
coacc ión: instituciones y a consolidadas, merca dos y a c reados, presupuestos, balance s
nacionales y empresas transnac ionales que ejercen su poder con contundencia. P ero su
fuerza no deriva ex clusivamente de l as acc iones realizadas por estas insti tuciones en una
economía considerada a escala mundial, pues a la coacción y a la im posición hay que
añadir la poderosa fuerza del consentimiento. S iguiendo las tesis gra mscianas, la
asunción de los valores hege mónicos entre los grupos subordinados supone compar tir una
serie de representaciones comunes (para dominantes y dominados) que se convierten en
principios que normativizan la acción de los individuos, y esto s pueden tener tanto o más
valor que las acc iones explícit as o coactivas re fuerzan la heg emonía.
82
En concreto , lo s citad os autor es se refieren a tres elementos básicos que funcionan a modo d e
“representaciones comun es” compartidas por los discursos domin antes y alternativos del de sarrollo : “1) el
m undo es un bie n escaso, 2) las comu nidades son los lugares ad ecuado s para gestionar la escasez, y 3) el
cambio de un mun do a o tro, de una etapa a o tra es entendido como la opo sición de una etap a a otra ”
(ib.:2 60) . En nuestra op inión, a estos e lem entos podr ían sum ar se algun os de los par adigmas de raigambre
occide ntal e xpresado s en apar tados anterior es, y que formarían parte de d ichas “representacio nes
comun es”, tales como la sacralid ad d e la técnica occid ental, la consider ación exclusiva de r acionalidad es
intencionales en los proceso s d el desar rollo o, co m o re fiere Mor eno (20 02) , la mercantilización de lo
económico, en términos de coloca ción del Mercad o ( en su configuración occid entalcentrista) co m o sa cro
central de todas las d imen siones de la vida social.
91
En este sentido, el desarrollo es entendido como una arena o escenario de disput a, en la
que confluy en diferentes colectivos y valores, representa ciones y lógicas. Hasta ahora
hemos realizado una disti nción algo for zada entre posicione s heg emónicas y alternativas,
pero es prec iso ver que, en la realidad, estas se manifiestan sig uiendo una gran
diversidad, encontrándose d e un modo entrelazado y cambiante, de modo que puede ser
bastante difícil, cuando no imposible, adjudicar en todo caso a uno u otro grupo o
movimiento social una tendencia, ra zonamiento o lógica d eterminada. En este senti do, l a
confluencia de lógic as contrapuestas en determinados entornos (c omo es el de las
orga nizaciones de desar rollo, de las que nos oc upamos en posteriores capítulo s) debe ser
objeto de un aná lisis pormenorizado, en tanto que a través de dicha confluencia se
manifiesta la asunción de valores y representaciones t anto hegemónicos como
alternativos, y se denota la incorporación en estos últimos de pa radigmas que suponen
una internalización de la heg emonía. L a heter ogene idad de los g rupos subalternos es a l a
vez un derecho, un arma y una debilidad. Respecto a esta últ ima de sus di mensiones,
muchas de las llamadas “posturas alternativas” aún no han asumi do ni el consenso que
mantienen con el modelo de desarrollo hege mónico ni la forma de afrontar lo. Pero una
cuestión fundamental está en dilucidar si todas estas representa ciones compartidas (en
forma de i nternalización de repre sentaciones comunes con l a hegemonía) i mplican un
avance de las posiciones hegemónica s o si, por el c ontrario, se produce n, como y a
anticipamos, sim ulaciones y juegos de apariencias en el discurso y en la práctica de los
subordinados.
De esta manera, y este será uno de los aspectos ese nciales sobre los que gira este trabajo,
es posible que estas “pequeñas ins tituciones” no s iempre s ean m eras ex tensiones del
poder capitalista neoliberal, o del desarrollo hege mónico alienador, reducidos en el m ejor
de los casos a servir de “títeres” para los agentes controladores del desarrollo
hege mónico, en ejercicio de su ventriloquia. Las respuestas de e stos entes locales a las
constricciones impuestas desde esferas estatales o supraestatales (org anismos
internacionales, ag encias de coopera ción, e incluso ONGs ex tranjeras) se entrelazan con
las conce siones realizadas y les l leva a interpre tar y adaptar el desarrollo hegemónico de
una forma variada y dinámica, de mod o tal que, por ejemplo, la pérdida de c ontrol sobre
las prácticas de desarrollo sea en algunos casos más aparente que real, y que sea este
92
“jueg o de apariencias” una poderosa arma estratég ica en la negoc iación con el estado y
sus i ntermediarios, las ag encias de coopera ción, t écnicos del desarrollo, etc. Este rico
abanico de respuestas estratégicas planteadas en términos de “control cultural” (Bonfil
Batalla, 1996) ocuparán gran parte de los capítulos 5 y 6, por lo que nos remitimos a ellos
para un may or desarr ollo de este tema.
Pretendemos comprobar de este modo cómo se producen int erpre taciones creativas de los
conceptos y valores hegemónicos o cómo se concibe e interpreta, en los proy ectos de
desarrollo, lo global desde lo local, construy endo continuas alternativas al d esarrollo
hege mónico. Como se puede deducir fácilmente, este proceso tiene claras connotaciones
políticas e identitarias. Bajo nuestros objetivos de investigación, nos ce ntraremos en
aquellos aspectos relativos al proceso de resignificación de identidades que se produce en
el seno de los proy ectos de desarrollo, aunque si n olvi dar que l as dim ensiones antes
reseñada s (políticas, identitarias, y otras) tienen un carác ter interrelacionado. En este
sentido, el rumbo que tom e la coexistencia de lógicas económicas (que supone tanto la
confrontación como el consensus ) dentro del mismo escenario ex plica buena parte del
éxito o f racaso de dicha politización en el ca mpo de l desar rollo, así c omo la c ontestación
a alg unas de las preg untas que refieren al resurgimiento de identificaciones étni cas en el
campo del desarrollo. Consideramos que esto exige una i nterpretac ión ampl ia y revisada
de lo que entendemos por desarrollo, que t enga en cuenta las considera ciones y
dimensiones a que hemos hecho referenc ia en este apartado, y que realmente sea
operativa, es decir, que pueda servirnos para explicar algunos de los procesos que se
producen en e sta parcela de la vida social. Po r ello, analizaremos a conti nuación el
surgimiento de nuevas categ orías como “etnodesarrollo”, “desa rrollo étnico” o
“desarr ollo con identidad”, propuestas desde diferentes enfoques teóricos, categorías
conceptuales que pretenden tomar el relevo de las mencionadas “desarrollo sostenible”,
“desarr ollo i ntegr al”, etc., y par a lo cual partiremos de alguna s elaborac iones t eóricas que
abordan la re lación entre cultura y desarrollo.
93
1.3.- Desarrollo e identidad social. El u so estratégico de la et nicidad
1.3.1.- Cultura y Desarrollo: algunas aproximaciones desde la antropología
Bajo las premisas fundamentales del desarrollo hegemónico, carg adas de un fuerte
etnocentrismo, las especifidades cult urales s uelen ser vistas como o bstáculos a superar en
la im plementación del desarr ollo. Además, y c omo y a señalábamos al principio de este
capítulo, esta concepción (o preconce pción) de la cultura como una restricción al
desarrollo propició, tras la segunda Guerra Mundial, la apar ición de los primeros
antropólogos especializados en el desarrollo, en un intento de calibrar sus efectos en
entornos culturales potencialmente “ problemáticos”.
Asociada a esta lí nea interpretativa de la “problemática” del subdesarrollo, encontramos
la y a clásica obra de Osc ar L ewis La cultura de la Pobreza (1996) .
83
En ella, el autor
atribuy e básicamente a una “causa” cultural la ex istencia de l a pobreza, encontrando en
ésta una fuer te asociación con motivos psicológicos de carác ter individual. Dado el
carác ter constrictivo de su situación psicosocial, autocentrada en l a famil ia como único
locus de producción y reproducc ión s ocial, se termina culpabiliz ando al “pobre” de su
propia situación, sin cuestionar si aquél es otra cosa que “pobre”. Par a llegar a ello, L ewis
se basa en una selección de relatos autobi ográ ficos recogidos de dist intas familias,
presentando una visión un tanto separada de l contexto social y político en el que é stas se
desenvuelven, de modo que termina parec iendo tanto o más difícil actuar contra la
enraizada “cultura de la pobreza” que les af ecta que ce ntrarse en eli minar a la pobreza en
sí. Sin olvidar que ambos empeños se terminan planteando de forma externalizada, a
partir de una construcción de la pobreza occidentalcentrista y estigmatizadora y abusando
de la autoridad “científica” que se tiene para dictaminar sobre lo que es preciso hacer en
cada caso, por encima de l as expresiones y volunt ades de los sujetos afectados, cuy as
constricciones en t érminos “c ulturales” les im pedirían analiz ar su situación debidamente
y actuar en consecue ncia.
84
83
1ª. Edición d e 19 59.
84
Una revisión crítica exhaus tiva de este enfoque puede verse e n: Valentine (1970 ).
94
Por otra parte, y al margen de la interpretac ión culturalista, perfectamente funcional con
el desarrollo hege mónico, la supera ción de la idea de que la cult ura no tiene por qué ser
necesar iamente un obst áculo surg e de la constatació n del éxit o de los proy ectos de
desarrollo (e n el sentido de cumpl imiento de los objetivos previstos) cuando en di chos
proy ectos se tiene en cuenta el componente cultural, es decir son “culturalmente
compatibles”, siguiendo la terminología de Kott ak (1999). Esto surge, en parte y
paradójicamente , de la referida contratación de antropólogos como ex pertos en la
solución del probl ema que suponía la cultura como restricción al proceso desarrollista y
conduce a una contemplación de las lógicas culturale s diferentes que se d an cita en el
ámbito del desarrollo.
Dentro de esta contemplación se ubican las a portaciones de F oster (1976) y su “ Teoría
del bien limitado” que ll evan a la consideración del modo en que se articulan estas
lógicas económicas diferenciadas. Mediante esta teoría se señala la exi stencia de una
serie de mec anismos de ni velación al i nterior de la comunidad local, que restituían a cada
miembro a su “posición de equilibrio” en un s istema de bienes limi tados por mecanismos
extraeconómicos, tales como las rencillas, la envidia o las habladurías, y que nos
devuelve a las tesis del primer Wolf (1959) en las que s e refiere a “comunidades
campesinas cor porativas y cerradas”, últim os subpro ductos de un funciona lismo que veía
en las c omunidades universos autoexplicados y ahistóricos. Foster admite, no obstante,
una cierta elasti cidad a su esquema, reservada para el caso de contacto de las
comunidades con el exterior, contacto que se acerca , en todo caso, a lo circ unstancial.
Por otra parte, las aportaciones del mismo autor (F oster, 1974) sobre un contac to “a dos
bandas”, entre los age ntes de desarrollo y la poblac ión local (de ahí la ex istencia de una
“cultura dual”), fueron ampliadas por Kottak (1995) a un contacto de “tres culturas” por
la implicación del Estado, pero guar da su vigencia la concepción del desarrollo como
punto de encuentro d e cult uras di ferente s, convertido a partir de entonces en ámbito de
estudio prefere nte y centra do en el análisis de su impacto s obre poblaciones locales,
habitualmente campesinos, indígena s o población marginada .
101
Esta visión se deslig a de a quellas corrientes que reducen la etnicidad a u n conjunto de
elementos culturales cosifica dos (r elativos al folklore , a las tradiciones o a lo “típi co”),
catalog ados de forma i ndependiente al uso real que el grupo étnico hace de ellos, y que
no se modifican con el ti empo, por lo cual constituy en la esencia inmanente de su cultura.
En palabras de R . St avenhag ge n, esta concepción, que califica de “culturalista”, tiene
implicaciones en el modo en que se considera la de sigual incorpor ación de los difere ntes
grupos étnicos al progr eso y al desarrollo: “ El enfoque culturalis ta no solamente señala
las diferencias culturales, sin o también las coloca jerárquicamente, es decir, las
transforma en desigual dades. Así, en términos de l os viejos enfoques evolucionistas, las
culturas indí genas son consideradas como inf eriores a la cultura nacional , en lo
tecnológico, en su capacidad de modernizarse, en su organización social y polí tica, en su
cosmología o visión del mundo. Lo indígena, de acuerdo a esta visión representa lo
tradicional, lo arcaico, lo localista, l o primitivo; mientras que la cultura nacional
representaría el progreso, el desarrol lo, la modernidad, l a civilización, la complejidad
tecnológica y social, la libertad y el bienestar” (Stavenhage n, 1992:88).
Bajo el prisma culturalista, por tanto, l a etnicidad se concibe como “ un conjunto de
marcadores de naturaleza inmanente que se mant endrían inmutables a través de las
vicisitudes hist óricas y sociales configurando una especie de orientación cognitiva
atemporal. Esta reificación ideali zada de la etnicidad excluye del análi sis científico-
social l as heterogeneidades in traétnicas, lo s procesos de resignificación de alguno de los
marcadores, los diferentes intereses en el seno del grupo étnico y los conflictos derivados
de ellos” (Palenzuela y J ordi:1998,5).
Al mismo t iempo, nue stra c oncepción de la etnicidad se separa de aquellas otras visiones
que, basándose en un m aterialismo vulgar, la entienden como un epifenómeno de las
relaciones sociales de producción o como mera ideología incorporada a las relaciones de
clase, las c uales oc upan a sí el lugar central e n las explicaciones sobre la i dentidad so cial,
de modo que los “conflictos étnicos” son concebidos como parte de los “conflictos de
clase”. Siguiendo al y a citado autor esta corriente “ planteaba que el problema indí gena,
como se le llamaba, no era cultural sino socio-económic o. Es decir, la sit uación del
102
indígena en la sociedad nacional se debía a su falta de integración económica al
mercado y a la ec onomía nacional… ”
87
Otra precaución, en cierta manera conectada con las anteriores visiones errónea s, consi ste
en intentar evitar la prác tica, no poco frecuente , de lim itar de forma ex clusiva la
aplicación de la etnicidad a colectivos específicos, exotizados o marginados, tales como
“campesinos indígenas”, “tribus urba nas”, “emig rantes ilega les”, etc. Es decir, ne gando la
existencia de etnicidad en ot ros grupos y colectivos, habitualmente situados en una
posición de domin ación (en la cual además suele encontra rse el propio investigador), de
modo tal que el análisis de lo étnico se limita en su aplicación al “otro exótico”. Se trata
ésta de una visión alienadora de la etnicidad, por la cual se coloca el propio investig ador
a la par de otras prácticas estigmatizadoras o naturalizadoras potenciadas desde los
grupos étni cos dominantes. Para el caso guatemalteco, por ejemplo, la consideración de
la existencia de “grupos étnicos” solamente entre la población indí ge na, ex cluy éndose
dentro de tales grupos étnicos a “ladinos” o “mestiz os”, es una práctica bastante
extendida en la actualidad.
88
De las orientaciones reduccionistas de corte materialista, culturalista o folklorista
encontramos una ampli a colección de ejemplos que nutren la hist oriogra fía de América
L atina. No hay necesidad de hacer recopilación de todos ellos, pero sí de situarlos en el
contexto s ociohistórico en el que surgen: para el caso de la corriente materialista, en el de
influencia de la Guerra Fría y su bipolarización ideológica consiguiente, con procesos de
emerg encia de la lucha campesina y sindical o abier tas revoluciones planteadas ante la
ingere ncia políti ca del im perialismo norteamericano. P ara la orientación culturalista, l as
prácticas indigenistas de los años 40 y 50 que prete ndían reforzar la posición del e stado-
nación mediante la apropiación de lo que se consideraban como “elementos indígenas”.
Ello derivó más tarde en las llamadas “políticas integrac ionistas”, que promovían la
87
R. Stavenh aggen (1992 , 90) . Resaltado en el original. El autor prefiere llam ar “ estructuralista” a esta
posición, ide a q ue no co m par tim os, al igual que el co ncepto de nación, q ue en este texto co nfu nde co n el de
estado-nación.
88
Esta po sición apar ece r eflejad a en la pro pia constitución guatem alteca, d e 1 985 (ar t. 66 ) d onde, tras la
declar ación de los derec hos re lativos a la “cultura nacional” se contempla la pr otecció n de “diversos grupos
étnicos”, entre los que se in cluy e a los “ grupos indígenas d e ascendencia m aya”. En So lares (19 93)
pod em os encontrar algunos claros eje m plos de este tipo , reflejad os en el discurso de a lgun os académicos,
repr esentantes políticos y líderes indígenas guatem altecos.
103
aculturación indígena para su pl ena incorpor ación al “de sarrollo nacional”, t al y como se
evidencian en los casos mex icano y guatemalteco. La orientación exotist a, por su parte,
se suma a este contexto político int eg racionista y experimenta su auge en los años 60, con
la llegada masiva de antropólogos forá neos en busca de los últ imos reductos de “pureza
indígena” , habitualmente bajo la premisa asumida y no siempre re conocida de búsqueda
de razones explicativas de la alteridad, entendida ésta como “no occidentalidad” .
L a pervivencia, en t odo o en parte, de estos enfoques, tanto en las prácticas pol íticas
efectivas como en las teorías sobre la etnicidad en Amér ica L atina, nos obli ga a destacar
en nuestra concepción de la etnicidad su configura ción relacional y dinámica, así como su
incidencia en l a conformación estructural de las identidades sociales. El progresivo
abandono a partir de los años 70 de los “estudios de comunidad”, que prescindían en su
may or parte del marco social, económico, políti co en que se inserta ban las “re alidades
étnicas” o , a lo sumo, l o reducían a un entramado de redes funcionales organicistas,
supone orientar la mirada hacia la interacción ( Cohen, 1974) o el contra ste (Bar th, 1976)
y apartarla de la ese ncia o “lo primordial”.
Precisamente, y siguiendo al úl timo de estos autores -Freder ik B arth- l a definición de los
grupos étni cos se efectúa por su situación en un escenario de relaciones interétnicas, de
modo tal que son dichas relaciones y sus implicaciones contra stivas las que delimi tan la
definición del grupo étnico en un contex to específico. En nuestra opinión, buena parte del
anterior razonamiento deriva de una reacción ante las post uras esencialistas qu e sitúan en
contenidos estáticos e inmanentes la definición de los gr upos étnicos, trasladando el
énfasis a deter minados elementos (marcadores) que cobran sentido de un modo
contextual e hist órico. Sin embargo, centrar todo el peso de esta definición en las
“frontera s”, como puntos de relación o “fricción” entre los distintos grupos étnicos en los
cuales se subray a el contraste, puede conducir a presentar la etnicidad como un aspecto
exclusivamente l imitado a la dinámica de las relaciones entre los grupos é tnicos. De este
modo, una int erpre tación reducida de la aportación teórica de F. B arth nos puede llevar,
dentro de un mod o relacionista, a hacer elipsis de aquellos elementos que no derivan
directa o indirectamente de formas de contacto con otros g rupos étnicos, l o que conll eva
no prestar s uficiente atención a los contenidos, tanto objetivos como subjetivos, a través
104
de cuy a apropiación y significación por los dis tintos grupos (y más allá, la lógica que
suby ace a dichos marcador es), se conforman e structuralmente las identidades étnicas.
Por ello, entendemos que la etnicidad “ es un constructo social resultant e de un proceso
histórico en el que se verifi can elementos de permanencia y de cambio. Es el resultado
contingente de una selección arbitrar ia y, al mismo tiempo, lógi ca de marcadores (con
contenido cult ural tanto material com o ideático) que, en lo s distint os contextos
sociohistóricos, se verifi can como más eficientes que otros para constituirse en marco de
adscripción para las i dentidades colectivas ” (Palenzuela y J ordi:1998,5). P or t anto, la
definición de estos m arca dores d ebe articularse con el análisis del m arco contex tual en el
que se desarr ollan las relaciones int erétnicas, de tal modo que la posición diferenciada de
los dis tintos g rupos étnicos en el escena rio de un estado-nac ión, el modo en que
cristalizan l os procesos de etnogéne sis o el acceso desigual a los rec ursos, tanto estatales
como supraestatales, son factores determinantes a tener en cuenta en la definición de la
etnicidad.
En todo caso, la incorpora ción de la etnicidad como uno de los principios estruc turantes
de identidad social de los grupos e individuos ll eva emparejada el intento de rec hazo de
aquellos enf oques instrumentalistas que limitan la identidad étnica a su uso político
coy untural, así como aquellos que reducen a creac iones esporádic as o invenciones, o a
elementos estrictamente formales t odo lo relativo a la i dentidad étnica, en no pocos casos
bajo una clara confusión metodológica entre l a vertiente de análisis emic y eti c de la
realidad social.
Queda lejos nuestra posición teórica de concepcione s que encuentran una divi sión entre
etnicidades latentes y manifiestas (o frías y calientes ), en relación a su continua
activación o desactivac ión en momentos y por agentes concretos. L a arbitrariedad de esta
latencia (manejable según se resalten o no seg ún qué aspectos), l a desacreditac ión de los
componentes materiales e ideáticos de la etnicidad obs ervados de un modo fa lseadamente
“objetivo” (es decir, contemplándose, de un m odo subjetivist a, sólo aquellas activaciones
o desactivaciones observadas por l os propios colectivos en estudio) y la coy unturalidad
que envuelve a la identidad social confirman el carácter estructural de la identidad étnica,
105
lo cual no si gnifica negar su dinamicidad dentro de una visión transhistórica. Como
afirman M. Baud et al. (1996) “ la etnicidad no se puede reducir a una retórica
simbólica; tampoco cada proceso de cambio en el que intervienen elementos étnicos es
directo ni está coordinado. La utilización estratégica de la etnicidad es impensable sin
que el llamamiento a los sentimientos étnicos enc uentre apoyo en un patrón colectivo de
características, sentimientos, opiniones y modelos de conducta de los que la gente se
sirva sin darse cuenta ” (1996:183).
El uso estratég ico de la etnicidad s e re aliza, en un contexto de pluralidades de formas de
dominación y resistencia, mediante acciones sociales cambiantes. Así, en un sistema de
relaciones interétnicas asim étricas, o en un m arco en el que la etnicidad puede ser tanto
un recurso estratégico como un estigma, los mecanismos de dominación pueden
presentarse tanto de una forma evidente y m anifiesta como de un m odo sol apado u
oculto. La considerac ión de estas nuevas dimensiones im plica considerar formas de
dominación menos evidentes que las habitualmente reseñadas (que suelen ser las de
carác ter constrictivo) y re velan estrateg ias de resistencia de l os grupos subordinados en
esfera s de la comunicación no verbal
89
, en el ámbito de l o privado
90
, en el terre no de las
simulaciones (utiliz ando intencionadamente el significado comúnmente concedido a una
acción o comportamiento), o de la posposición tempora l, mediante la cua l se asume la
dominación, evocando a la vez un tiempo futuro en el cual la situación se invierte.
Entendemos que estas nuevas dimensiones, que sobrepasan el nivel de lo “evidente”,
deberán ser aborda das siempre que el análisis de los sistemas de dominación no se
sustente en una mirada ahist órica y descontextualiz ada, reducida a l o accesorio o lo
formal.
Como y a anticipamos, la ex istencia de mecanismos de dominación a través de valores y
represe ntaciones hegemónicos que, al compartirse, se hace n creadores de consenso, o se
“naturalizan” y consoli dan las posiciones hegemónicas, como refieren Gramsci (1971) o
Bourdieu (1977), supone asumir que los sistemas de re sistencia o dominación adquieren
89
Convenim os co n E.T . Hall ( 198 8) en q ue “es esencial que apre ndamos a leer las comun icaciones silentes
tan fácilmente com o las escr itas o hablad as”, aunque creemos que par a ello se hace también necesario situar
el lugar desde el cual se rea liza tal lectura.
106
una gran riquez a de for mas y matices, cambiantes en e l tiempo, expresables de múltiples
formas y maneras: cotidianas, rituales, sim bólicas, disfrazadas, etc. Algunos a ntropólogos
se han centrado en el análisis de determinados contex tos (prefe rentemente rituales:
ceremonias religiosas, carnava les, etc.) como m omentos en los que se evidencia la
transgr esión de los s istemas de domin ación, a menudo ex presándose mediante una
inversión de significado, realizada por un colectivo de i ndividuos que comparten, en
cierta medida, la tra nsgresión y los códigos con que é sta se expresa.
De este modo, la may or o m enor certeza que s e t eng a desde las posiciones heg emónicas
de estas “otras resistencias” puede suponer el crear respuestas directas (no manifestadas
únicamente en un aumento de las medidas coactivas), sino dirigidas a múlt iples aspectos,
como las restricciones a las reuniones de los dom inados, la utiliz ación de tácticas
gene radoras de división y de scoordinación e ntre é stos (o productoras de desunión y
pérdida de re presentaciones c omunes), y un l arg o etcétera .
L a resistencia desde ámbitos locale s como un “acto crea tivo” (Fiske,1989) supone
desenvolverse en un sis tema de valores hegemónicos globales fundamentado en
continuas asunciones y representac iones compartidas, per o también afec tado por
apropiaciones de lo global desde lo local, con el uso d e pautas y claves propias que no
siempre son desveladas desde l a élite heg emónica. U n ejemplo claro de ello lo vemos en
el fracaso estrepitoso de muchas pol íticas de merca dotecnia en entornos di ferente s a
aquél en el que el producto es creado, fra caso que se amplifica cuando la producción se
deslocaliza o multilocaliza. Aplicado lo anterior al marco de los proy ectos de desarr ollo,
surge n continuas apropiac iones (y redire ccionamientos, tergiversaciones,
reclasifica ciones) de los valores de desarrollo que s upuestamente “impone” la lógica
occidental de la coopera ción y el desarrollo en las ONGs locales, valores y percepciones
que en muchos casos terminan asociadas a construcciones locales del si gnifica do del
desarrollo.
90
Como es el caso de la dualid ad tr anscripción p ública / transcripció n oculta, id eada p or J. Scott (199 0),
aunque es pre ciso referir las dificultades metodológicas que p lantea una separació n inelástica entre la esfera
de “lo p úblico” y la de “lo p rivado”.
107
1.3.3.- El etnodesarrollo
L a existencia de puntos de articulación entre economía e identidad étnica ha sido objeto
de múl tiples análisis, desde diferentes enfoques. De entre ellos resaltamos, en primer
lugar, la aportación de Olivia Harris (1987), que propone una combinación entre
economía y etnicidad que s e t raduce en una “economía étni ca”. Esta denominación se
aplica al caso de las comunidades andinas, en las cuales dicha autora observa que tanto la
orga nización interna del gr upo étnico como el modo en que circ ulan los bienes
económicos al marge n del “mercado” (entendiéndose éste en términos
“extracomunitarios”) son factore s suficientes de difer enciación de tal “ec onomía étnica”.
Se hacen patentes las evidencias demostradas por O. Harris de una racionalidad
económica diferenc iada para el caso estudiado (el de los la ymi de Bolivia), basada en
aspectos como la atribución de valores distint ivos a los productos, la aplicación de un
valor-trabajo de los bienes (medido por la cantidad de horas de traba jo que supuso su
producción), el uso de medios de producción compartidos siguiendo l ógica s de
redistribución complejas (no siempre redistributi vas, ni equit ativas) o el seguimiento de
lazos de compadra zgo o g enealog ía en la prestación de ay uda m utua en for ma de trabajo
( yanapaña ). Sin embarg o, a pesar de que la autora reconoce que la llamada “economía
étnica” carece, como parece evidente, de autosuficiencia, se echa en falta una m ay or
contextualiz ación del caso planteado con el resto de comunidades andinas o con el propio
estado boliviano, qu e desvincule las ex plicaciones ofrecidas de l as ataduras
metodológicas habituales en los estudios de comunidad.
91
91
Olivia Harr is re aliza un esboz o de este contexto, en e l q ue re conoce que otras rela ciones ec onómicas (las
establecida s c on los comerciantes de la ciuda d, en la pr estación de servicio s al estad o, etc.) presentan un
carácter fuertem ente rígido y segment ado . E n nuestra op inión, esta línea pod ía a m pliarse reflejand o las
líneas de acción y reacción p olítica: es d ecir, no só lo rep resentando el confinam iento pro ductivo en el ayllu ,
sino también las continuas resp uestas estratégicas planteadas en el desenvolvim iento d entro de ese mercado
extracomun itario que, p or otr a parte , penetra e invad e la comun idad . Así, por ej emplo, se pueden
establecer algunas conexiones entre la inf luencia del c ontexto en algunas racio nalizaciones e id ealizaciones
con respecto al tr abaj o, como las que Contreras (1 980 ) ob serva par a el ca so de algun as comunidades
andinas peruanas. Por ejemplo, en el m odo en que dichas rac ionalizaciones se encuentran af ectadas por
hechos contextuales (c omo e l caso de la Reform a Agraria o las apr opiac iones de tierra s por las clases
dominantes y sus clientes po líticos) per o, al m ism o tiempo q ue fueron im pulsadas d esde lo s grupos
dominantes , resultaron también r eapro piada s e incorp orad as a la estructuració n de las ide ntidades sociales
de lo s quech uas d e Chinchero.
108
Por otra parte, siendo la etnicidad un componente estructural de la identidad so cial,
resulta estéril util izar el calificativo de “étnico” a modo de atribut o o de etiqueta para
expresar un m odo particular de economía. Tal y como ocurre c on otras acepciones
extendidas como “economía social” o “economía con identidad”, de las que destacamos
su c arácter emic , podemos deducir lo mism o con respecto a la operatividad restringida de
esta denominación: t oda economía es “étnica”, del mi smo modo que es “social”, o se
encuentra asociada a la identidad social en cuanto que e n ella intervienen grupos y
colectivos con identidad. No obstante, al incluirse dentro de la economía “étnica” todo un
modo espec ial de “hacer economía” (en el sentido de saberes aplicados, actitudes y
valores asociados, etc.) nos parece pertinente que se tenga en cuenta la existencia de
lógicas o racionalidades diferenciada s de carácte r económico, las cuales se relacionan
tanto con el c ontext o sociohistórico en el que se insertan como con el conjunto de
marcadore s culturales del que forman pa rte.
Otra línea teórico-metodológica que relaciona etnicidad con desarrollo, t al vez la más
difundida y conocida, tiene su punto de partida en una reunión de i ntelectuales y
dirigentes i ndígena s de América L atina, re alizada e n S an J osé de Costa Rica en el año
1981. De esta reunión surge la pr opuesta del llamado etnodesarrollo
92
, que nace c on una
vocación eminentemente reactiva f rente a la ola e tnocida y a similacionist a que sufren los
pueblos indígenas de América L atina. Se ex pone así la nec esidad de una r espuesta frente
a la ex istencia de un modelo de exclusión históricamente mantenido que ha ce rrado el
paso a los pueblos indí gena s al control de los recursos económicos y polí ticos en el
marco de los estados en los que se insertan, i mpidiéndoles el acceso a l a gestión de l os
recursos y la posibilidad de autodefinirse como colectivos étnicamente diferenciados.
Pero con la formulación del etnodesarrollo no s ólo se pretende constatar dicho m odelo de
exclusión, señalando los su jetos históricos que la han padecido, si no que se int entan
sentar alguna s bases para su superación. Estas bases tiene forma de orientación práctica,
de tal m odo que se plantea la posibil idad de que los pueblos indí ge nas puedan participar
92
Concretamente, estas reuniones, patrocinadas por la UNESCO, f ueron organizadas por la Facultad
Latinoam ericana de Ciencias So ciales (FLA CSO) y g iraro n en torno al tema “Etnodesarro llo y Etnocidio en
Am érica Latina”. De resultas de ello, la re ferida Facultad publicó un lib ro que, co n el m ism o nom bre,
recogía una serie de artículos escritos y resú menes de ponencias expuestas oralmente po r diversos técnicos
y dirigentes indígenas, incluy endo la llamada Declaració n de San José so bre Etno desarrollo y Etn ocidio en
América La tina, en la cual se contiene el c oncepto de etnod esarrollo al que aq uí hacem os refere ncia.
109
en la construcción de su propio desarrollo, ente ndido éste como una forma de orientar la
mirada hacia un futuro de forma no guiada ni coacciona da. Esta orientación práctica se
fundamenta en una serie de formulaciones téoricas de partida, de entre l as que
destacamos la realizada po r Guillermo Bonfil Batalla
93
, de la cual realizamos a
continuación una revisión crítica, resaltando de su contenido alg unas a portaciones y
limitaciones.
Contenido de la p ropuesta del etnodesarrollo. Acotaciones de partida
En primera in stancia, convie ne destacar de la propuesta del etnodesarrollo su marca do
carác ter reactivo
94
, el cual determina en buena parte tanto sus contribuciones como sus
limitaciones. Así, resalta de entre t ales contribuciones la presentac ión como sujetos
políticamente activos de un conjunto de colectivos que permanecían, y aún permanecen
en muchos ámbitos, invisibles a los ojos de aquellas élites hegemónicas que ejer cen el
control pol ítico y económico en el mar co de los estados de América L atina. El arrimar
esta visibil ización al ámbito del control sociopolítico en di cho marco es l o que distingue
a esta propuesta de una tradición indigenista que aún posee resonancias actuales, y por la
cual tal visibili zación s e reduce al ámbito de algunas reivindicacione s culturales
escog idas de forma fo lklorista (y convertidas en par te del “c ontenido cultural” de la idea
de estado-nación ), o a l a necesidad de la int eg ración subordinada de los indígenas en la
senda del desarr ollo que dictan otros colectivos u bicados en posiciones de poder
hege mónico.
En principio, son múltiples las dificultades que presenta el abarca r en toda su ex tensión
unas reivindicaciones como las contenidas en la propuesta del etnodesarrollo, dificultades
que surg en de distint os fre ntes. Por ejemplo, a la hora de abordar la compleji dad interna
93
Véase Bo nfil (1 998 , 19 96). En el artículo d e Luisa Fernanda Velasco “ Lo "etn o" del De sarrollo: una
mirada a las estrategia s y pro puesta s de d esarrollo in díge na ” encontram os una revisión cr ítica de l
etnodesarr ollo (véase: http://rehue.csociales.uchile.cl/publica ciones/m ad/01 /paper 02. htm ).
94
Ta l carácter reactivo p roced e de su configuración de pa rtida, c laramente posicionada de forma contra ria
a una línea teó rica de interpre tación d el desar rollo de cará cter hegemónico, que excluía la inco rpor ación d e
la cultura tanto en la co ncepción co mo en la aplicación d e dicho d esarro llo.
110
encerr ada dentro de la abstracción “pueblos indíge nas” o de constatar la falta de
colaborac ión de l os propios indi viduos y colectivos exclui dos, en parte afe ctados por
mecanismos de dom inación basados en el consentimiento y en pa rte desconfiados de sus
represe ntantes. Pero sobre todo, tales dificultade s se enmarc an en la tremenda resistencia
de los poderes hege mónicos del estado (y , crecientemente , de otros agentes
transnacionales) a ceder el acceso a sistemas y métodos de control del poder,
consolidados a través de una continuidad histórica en difere ntes ámbitos: l eg al,
financiero, político, educac ional, sanitario, territorial, etcéte ra.
En este marco, habilitar una propuesta t eórica que se aleje de lo ilusorio conlleva
reconoce r no sólo sus limitaciones de aplicabilidad, si no también responder a algunos de
los múltiples interrog antes que deja abiertos. Ell o obliga a realiz ar algunas
imprescindibles acotaciones de partida, como las que realiza el citado autor en el
volumen mencionado (Bonfil, 1981), que y a refiere en su tí tulo a algunos perfiles básicos
relativos a aspectos sociopolí ticos, en forma de “premisas que caen en el orden de lo
jurídico, lo políti co y las que atañen al ámbito de la org anización social” (ib.:133).
De las ideas atribuidas desde un principio a este nuevo tipo de desarrollo se subray a, de
este modo, su vertiente claramente políti ca, basada casi exclusi vamente en la potestad
decisional de los considerados los sujetos del desarrollo. Dicha vertiente es r esaltada por
otros autores, como R. Stavenhagg en, que observa en el etnodesarrollo un fuerte
componente de autodeterminación
95
, de tal manera que, a través del etnodesarr ollo, “ los
pueblos (indígenas, e n este caso) tengan la posibilidad, la oportuni dad, y la capacidad de
decidir l ibrement e por ellos m ism os cómo quieren cambiar su cultura, hacia qué
dirección quieren encaminar su destino, qué t ipo de desarrol lo están dispuestos a
asumir, y de qué manera quieren vincularse con el resto de la sociedad, incluso con el
estado del cual forman parte. En r esumen, el problema de las culturas indígenas se
plantea h oy en día como un problema de derechos humanos y un problema de
democracia ” ( Stavenhagg en:1992:92, resaltado en el orig inal).
95
Co nsideramos aquí que el sentido del término au todetermin ación no está limitado a su vin culación con la
concreció n de for m as políticas dentro del estado , habitualm ente ba jo la forma de nación (véase, por
ejemplo: Día z P olanco , 1991 ), sino q ue ta m bién puede aplicarse el signif icado d e dicho términ o a la
contemplación de la po testad decisional de lo s co lectivos en otro s ó rdenes, como es el caso d e la d efinición
de su pro pio m ode lo de desarr ollo.
117
5.- I mprecisa clasificación de los rec ursos sobre los que se ejerc e el control cultural
L a tipología establecida de los recursos culturales se plantea a modo de compar timentos
un t anto separados, en término de di visiones operativas entre recursos “materiales” y
“simbólicos y emotivos”, a cuy as relaciones no se hace refer encia. L a vaguedad en la
definición de estas categor ías procede de su orige n como categorías emic , un orig en que
se conse rva en la ar gumentación teórica. Si el autor pretende, como re almente se
propone, adentrarse en las i mplicaciones políticas de los contenidos de la cultura, no
debería interesarse t anto por los “tipos de rec ursos” como por los usos sociales de éstos,
en sus diferentes dimensiones, las cuale s se presentan entre lazadas.
6.- Visión limit ada al ámbito de lo recursivo
El cará cter pol isémico de l os elementos cultura les im plica que el propósito de emplear a
éstos de modo exclusi vo como recursos se ajuste a una interpretación desenfocada y
reducida de la realidad. La ex clusiva concepción de los elementos culturales como
“recur sos”, es decir, como “ elementos de una cultura q ue resulta necesario ponerlos en
juego pa ra formular y realizar un propósito social ” (ib.:135) supone orientar la mirada a
una di mensión finalista de la cultura, es decir, circunscrita a aquella parte que tiene una
utilidad en un ámbito concreto, el del desarrollo, en este caso. Se trata de una utilidad que
resulta parcial en todo caso, pues se ol vida que en este ámbito intervienen otros
“sentidos” ajenos a los recursivos, quedando una buena parte de esa cultura sin
comprender y sin “valorar” , precisamente por su fa lta de valor utilitario.
7.- Falta de contemplación de una concienc ia de recurso e imprecisión en la def inición de
lo propio y lo ajeno
El esque ma pre senta, en algunos pasajes, matices un tanto externalizadores, de modo que
no cobran relevanc ia las categorizaciones que los sujetos sociales realizan en la práctica
sobre lo que es propi o o aj eno , lo que contrasta cuando, por otro lado, cobran excesivo
protagonismo algunas de las elabor aciones emic preselecciona das int encionadamente . Es
decir, si l a importancia se centra en lo que se considera como cultura propia , integrada
118
por l a suma de aquello que es propio m ás lo que ha sido apropiado, ¿ hasta qué punto
interviene el ejercicio d e una conciencia de propiedad o decisión sobre tales recursos,
que diferencie claramente entre lo que es propio de lo que es ajeno ?. La f alta de respuesta
a este interr ogante nos lleva a ot ras cue stiones paralelas, del tipo: ¿cabe la posibilidad de
que se conciba como propi o desde los “ beneficiarios ” del etnodesarrollo alg o que no l o
es desde el punto de vi sta del científico social? y si esta posibi lidad se admite, ¿ qué lugar
ocuparían aquellos recursos que son propios desde el punto de vi sta etic y se perc iben
como ajenos o extraños desde el punto de vista emic , o aquellos que son ajenos
científicamente pero se perciben como propios y son uti lizados como tales? ¿o aquellos
que son propios en a lgunas de sus componentes, dimensiones o momentos, evidencia ndo
una configur ación híbrida de difícil análisis in cluso para el propio investigador social? .
Este tipo de int errog antes s e ex tiende a la ex istencia de una i mprecisa armonización en
términos de “adecua ción real” entre los contenidos de la “cultura autónoma” y los
“nuevos recursos” , “para garanti zar el efectivo control de éstos por el grupo social”
(ib.:136). R esulta así un t anto escamoteada la complejidad de los procesos de control
cultural, en su configurac ión definitoria de la cultura propia (autónoma o apropiada) y a
que, pese a las reiterac iones acer ca de l a dinámica de la relación entre los procesos de
apropiación, e najenación, etc. o a las llamadas a n ecesarias contextualiz aciones “país a
país”, los ejemplos aportados para ilustrar l as posibles aplicaciones del etnodesarrollo
rehuy en claramente de los puntos oscuros y de las contradicciones que tales aplicaciones
conllevan en la re alidad.
8.- L a ex ternalización capacitadora como premisa encubierta
Produciéndose el etnodesarrollo siempre que se amplí en los ámbitos de cult ura propia ,
ello incluy e la posibi lidad de que tal ampliación resulte comandada por un grupo
reducido de l íderes. El respaldo de estos al interior de su grupo étnico (o su carisma
social) resultaría así desplazado por l a conciencia étnica demostrada para canalizar el
proceso, i ncardinándose ésta en una dinámica capacitadora. En otras palabras, ante la
compleja problemática que presenta la puesta en prác tica del etnodesarrollo como
proceso , el autor destaca la necesaria exis tencia de agent es y de sistemas orientados a
119
reforzar el control de dicho proc eso. Surge n así los sistemas de ca pacitación, pensados
para gene rar y consolidar los m étodos y la filosofía de control de los recursos propios o la
propia relevancia de los contenidos de la cultura propia. El carác ter profundamente
especializado y abstracto de estos últimos aspectos conlleva que la gestión, planificación
y control de un proy ecto de etnodesarrollo t ermine siendo algo sólo accesible a una
selección de cuadros dirigentes a modo de “intelectuales orgánicos” (ib.:140), como el
mismo autor reconoce. El hecho de que la base de la capacitación se ubique en la cultura
propia (salvo que en ésta se incluy a cualquier conocimiento apropiado de la ciencia
occidental que s e pueda controlar mínimamente) tropie za con la posibilidad de que no se
puedan encontrar en ella la m ay or parte de abstracc iones y objetivaciones contenidas en
la propuesta del etnodesarrollo. Est o hace bastante probable la posibilidad de
introducción de conceptos, valoraciones y objetivaciones de otras cult uras que pueden
significar elementos sustit utivos e incluso antagónicos con tal cultura propia. P or otra
parte, a pesa r de tener la vista puesta en l a incorporac ión crítica y selectiva d e contenidos
y procedimientos de educación ajenos, existe la posibilidad de rechazo de dicho proceso
selectivo y de reclamación de la cultura ajena de for ma un tanto acrítica por parte de los
propios sujetos s ociales del etnodesarrollo, bajo el poderoso ar gumento de la neg ación a
su acceso, hi stóricamente mantenida. En resumen, estos argumentos configura n u n marco
de acción un tanto idealista y , s i se llevan a último término algunas de s us impli caciones,
se abre la posibilidad de cae r en la trampa de un ejercicio no menos paternalista y
externalizador.
9.- Opción politicista, rechazo inconsistente de la metodología c ulturalista
Aparte de los si stemas de capac itación, la resolución a estos dilemmas se reduce a l a
opción politicista (paralela de la renuncia culturalista). Es decir, si “el problema queda
planteado en términos políticos”, de t al m anera que “impulsar condiciones para el
etnodesarrollo i mplica, fundamentalmente, fortalecer y ampliar la capacidad autónoma de
decisión” (ib.135) s e abr e la posibilidad de que tal decisión sea, precisamente, la de la
renuncia a aquello que, común y convenientemente, es considerado como propio . Pero no
es esta opción eclecticista la que presenta el autor (pese a que así lo parece en algunos
120
momentos
99
), sino que aquella posi bilidad de rechazo no queda contemplada, c omo
producto d e una estrecha concepción de los mecanismos de dominación-resistencia,
siendo tal concepción también reflejo del empl eo de un discurso claramente orientado
hacia la acción sin fisura s , con menoscabo de un a nálisis en profundidad. Algunos
intentos en esta últim a línea resultan infructuosos, y supeditados a la orientación
discursiva antes referida. Así, las intenc iones apuntadas de alberg ar un c ontrol “total o
parcial, directo o indi recto, absoluto o relativo”, de resaltar el entrelazamiento int rincado
de los procesos de resistencia, apropiación, ena jenación e im posición “según el momento
de la correla ción de fuerzas que los impuls an”, resultan paralelos a la concepción de
algunos contenidos de la cultura propia como tales al marge n de su origen hist órico,
como “las formas de organización social que están bajo el control cultural del grupo en
cuestión”(ib.139). Todo ello l leva al final a la diagnosis caso por caso, qu e genera el ti po
de acciones “capac es de reforzar la cultura propia” , pero cuando se pre sentan algunos de
estos casos, estos proporcionan más contradicciones que una il ustración del esquema
propuesto.
100
De este modo se produc e una dislocación entre argumentos y fines, que proviene de la
falta de corresponde ncia entre la crítica al planteamiento culturalista y el uso im plícito de
estos planteamientos en algunos razonamientos posteriores. Es decir, la contradicción
básica del arg umento prese ntado alude a un rechazo de partida de la o rientación
culturalista (que el autor descubre hasta e n los planteamientos gramscianos sobre cultura
política), orientación que más tarde s e h ace poco menos que i mprescindible para lograr
discernir l os ámbitos de lo propio y lo ajeno . No s e t rata este aspecto de algo acce sorio,
y a que el e stablecimiento de una frontera entre estos ámbitos es la base del planteamiento
99
El rec hazo del a utor a la disyu ntiva entre lo m oderno y lo tradicional tampoco s ería justif icable si se
aplica el m ism o razo nam iento que se re aliza para la construcción de la cultura prop ia. Es decir, la huida del
estudio de los contenidos d e lo pr opio y lo aje no, para c entrarse en el de las d ecisiones y pro pied ades que
refieren a a m bos ám bitos y d e lo s pro cesos que les a fectan, también po dría aplica rse a la pa ridad ar riba
señalada (nuevo/moderno).
100
El argumen to ap licado a la contradic ción entre unos c onfrontados y homogeneizados casi de form a
corp órea “cultivos tradicionales de subsistencia” y “ cultivos com erciales” no hace sino abundar más en la
superficialización de la pro puesta. De forma creciente las sem illas, los c rédito s, y la tecnología d esaparece n
del co ntrol de lo s poblad ores indígenas por lo que la o pción por el “ cultivo com ercial” puede configurarse
como la salida a las p resiones pro ductivas p adecid as en la milpa , e incluso, en otras de sus dim ensiones,
tales c ultivos d e subsistencia, son tamb ién p arte de las consecuencias de un co nfin amien to p roductivo
im puesto d esde la hegemonía.
121
bonfiliano, verdader o ger men del proceso de etnodesarrollo, e l cual o bien se re mite a su
categ orización emic , o apunta a la a nterior contradicc ión.
Valoración general: el etnodesarrollo com o refe rente ideal
El e tnodesarrollo se concibe desde el prisma bonfiliano como un proce so (e incluso en
algunos m omentos como un proyecto ), pero resulta ser una categoría reducida a
presupuestos de partida un tanto estrechos, y por tanto, situada de forma muy cercana al
ámbito de los referentes ideales . Así, a pesar de que el autor sitúa el origen de este
etnodesarrollo en la ampl iación de los ámbit os de la cultura propia, resulta difícil precisar
(y a que no se presentan las herramientas adecuadas para ello) cuáles son los argumentos
que nos avisan del m odo en que los ámbi tos de la cultura propia se han ampliado o han
sufrido menoscabo. Tampoco nos ay udan aquellas si tuaciones prácticas propuestas donde
sí se puede discernir el control cultural. Pero los ejemplos ex puestos (el control de la
tierra, el conocimiento de la h istoria, el uso de tecnologías desplaz adas…) suponen una
selección intencionada que huy e de aquellos puntos oscuros en los que la hibridación
difumina l as propiedades y controles.
101
En este punto , el autor se contradice de su propio
rechazo de aquellas concepc iones sobre la cultura c omo “un conc epto ideológico creado
como justificación de la dominación, que una realida d histórica” (ib.: 139) o i mposibilit a
su acerc amiento a formas de tradición que pr ivilegien la innovación o la c reatividad .
Paralelamente, las impl icaciones del esquema planteado llevan a concebir el
etnodesarrollo, en los términos en que re sulta definido, como un proceso max imalista en
sus objetivos, a la par que fuerte mente acotado por sus re quisitos . L a confr ontación con la
propia realidad etnopolítica de América La tina conduce a serios int errog antes del tipo:
¿cómo articular “el reconocimiento de los grupos étnicos como unidades polít icas en el
101
E sta co ntinua huida d e los puntos oscuro s se hace pa tente en otro s m omentos, como cuando se pre sentan
una serie de formas de organización socia l incardinadas, según el a utor, en la cultu ra prop ia en tanto en
cuanto se someten al contro l c ultural . Como te ndremos oc asión d e comprobar c on distintos apo rtes
etnográficos, la realid ad se pre senta mu cho más diversa, compleja y p rob lemática que a través de unas
“f ormas de traba jo colec tivo y socializado ” que se contrap onen a form as de trabaj o asalar iado po r cuenta
ajena, que encuentran su tipo ideal par a el caso guatem alteco, en el trab ajo en las grandes fi ncas de la
bocac osta, ejemplos intencionados en los que se persigue la e xistencia d el m ínim o de intersec ciones y
solapamientos entre ambos m ode los.
122
seno de los estados nacionales” en un complejo escenar io plagado de territorios étnicos
frag mentados por frontera s administrativas (y también étnicas), abismales constricc iones
estructurales y débiles conciencias de etnicidad?
102
El etnodesarrollo como proceso
queda bastante lejos de su posibilidad de apli cación prác tica del m odo planteado, y se
configur a más que como tal proceso, como en un posible refer ente que guía a un conjunto
de aspiraciones leg ítimas para cuy a consecución resulta ineludi ble el cumpli miento de
una serie de condicionantes y requisitos, algunos de ellos tan lejanos de partida como el
de la propia constitución de un grupo étnico “ como unid ad pol ítico-administrati va, con
autoridad sobre un territor io definido y con capacidades de decisión en los ámbitos que
constituyen su pro yecto de desarrollo ” (ib.:139). No es ext raño que, situado el listón tan
alto, se conciba la confrontación como un posible escenar io de futuro en una aplicación
del etnodesarrollo, de manera que el camino de l a violencia como vía para di cha
aplicación sea, c omo el mismo autor aseg ura, “e l más probable”.
En todo caso, hay que destaca r que premisas como la referida necesidad de un alto nivel
de autogestión resultan rebajadas por el propio autor, y a que, de lo contrario, el marge n
de acción resultaría un tanto estrecho. Se pretende así registra r (al menos esboz adamente)
la diversidad de situaciones que se produce en América La tina, “de acuerdo a las
condiciones concretas de cada caso”, pero en todo c aso bajo l a for ma de “un proceso de
crecie nte autonomía”. I gua lmente, parte de las simpli ficacione s apuntadas son
reconocidas, como en los puntos relativos a la falta en absoluto de la libertad contenida
en la “capacidad libre de decisión”, o en el carác ter procesual, no estático, del control
cultural. Pero resultan in suficientes estos reconocimientos, y a que con ellos no sólo se
construy en premisas, sino todo un aparato teórico que resulta im posible asumir en su
integridad.
102
En este sentido, resulta un tanto forzada la atribución de una may or facilidad p ara estab lecer ter ritorios
étnicos en aquellas zonas “con m ay or presencia indígen a”, dado que en éstas puede n co existir una gran
diversidad de etnias, con adscr ipciones territo riales de co m plej a delimitación, no reservándose lo s
conflictos por tal delimitación a aq uellos terr itorios en lo s que p udieran existir pug nas entre in dígen as y no
indíg enas . Detrás de este argum ento se encuentra la renuncia a una mirada a la conflictividad que se
prod uce a escala de relaciones intraétnicas, q ue se pr esenta así, dentro d el d iscurso activista, no como parte
de la realidad q ue se deb ería p resentar, sino co mo algo vergonzoso que se hace pre ciso elim inar del
discurso etn opo lítico .
123
En el marc o de una propuesta que debe ser resaltada por su pre tensión de inducir a la
acción (más que de interpretar o analizar el contenido o los orígenes de ésta acción o
conjunto de ac ciones) resultan destacables, en todo caso, alguna s aportaciones conc retas,
como la nece saria incorpora ción de las formas de derecho consuetudinario a los sistemas
lega les de los estados, o la atención prioritaria a la creación d e condiciones de igualdad
para el uso de las lenguas indígenas. Resulta igua lmente subray able que esta inducc ión a
la acción se concrete en la cesión final de l protagonismo del etnode sarrollo a los propios
sujetos de éste, si bien, como h emos apuntado, esta propuesta resulta un t anto i nvalidada
por la externalización capacitadora contenida en la propuesta, y por su car ácter
netamente s implificador e i ntencionadamente aconflictual en lo que concierne a los
repartos intraétnicos. El hecho de que se contemple como necesaria la potestad de los
sujetos del etnodesarrollo ejercida en su planeación y ejecución (e incluso la propia
definición, lo cual no deja de s er paradójico, dado que la propuesta del etnodesarr ollo
nace del entorno académico), hacen que etnodesarrollo y endodesarrollo se terminan
igualando, de modo que el primero puede quedar incluido en el segundo, perdiendo
validez la propuesta presentada .
Precisamente fruto de una confusión entre teoría y praxis surge una concepc ión errónea ,
basada en una orientación ex clusiva del etnodesarrollo al ámbito de lo normativo, del
“deber se r”. Desde este e nfoque, lo aparente mente “ bienintencionado” de la postura
etnodesarrollista cobija una cie rta idealiz ación, que deviene en posteriores desencantos y
sus c onsiguientes enmascaramientos, y que apare ce claramente desvelada cuando, en el
nivel de las prácticas, se comprueba que el ejercicio de la potestad de un gr upo social
(indígena , en este caso) se centra en lograr, no l o que se entiende por “etnodesarrollo”,
sino el desarrollo más ex ternalizado y aculturador que pueda “pensar se” bajo el prisma
idealista.
L a apli cación práctica del etnodesarrollo im plica, por tanto, una gran problemática, que
proviene en parte de su externalización implícita, al presentarse como una propuesta
teórica de di fícil aplicación y entendimiento por los sujetos que intentan recre arla
tomándola como modelo: si y a resulta compleja su aprehe nsión por parte de los
científicos sociales, como hemos visto en las t rampas y contradicciones presentes en el
124
esquema bonf iliano , ¿cuántas dificultades no creará entre quienes no están habituados al
manejo del instrumental técnico de antropólog os, sociólogos o politólogos?
Entendemos que l a abultada distancia entre el etnodesa rrollo como abstrac ción científica
y su práctica cotidiana en l as comuni dades m ay a k´ iche' s puede ll evar a considerar tanto
su apropiación interesada por élites tecnocráticas locales (el “personal de enlace” ) o
supralocales, c omo su lejanía con el sustrato socia l al que re fiere, que puede identificarla
como excesivamente “culturalista” o “irr eal”. S ólo es concebible el etnodesa rrollo desde
la apropiación por los beneficiarios a los que va dirigido, y ahí adquiere significa dos que
pueden no satisfacer las inquietudes e intenciones (representada s en una determinada
imagen del desarrollo) de los técnicos que crearon el apara to conceptual o de otros que lo
redefinen desde inst ancias o ag encias estatales o supraestatales.
103
Ta l y como ocurre con
el fracaso de la producción de cuestiones, categorías o problemas desde instancias de
poder hegemónicas, los planteamientos etnodesarrollistas se enfrentan, en la práctica ,
ante l os mismos rechazos de la población local, rechazos que no t ienen por qué ser
frontales, sino que pueden manife starse de diversas f ormas.
En resumen, bajo l a denominación de “etnodesarr ollo” se está haciendo énfasis en un
aspecto (la i dentidad étnica), resaltando del desarrollo su componente étnico-político, al
que la apor tación de Bonfil Batalla consigue rescatar de un silenciamiento protag onizado
desde l as interpre taciones heg emónicas del desar rollo. Adicionalmente, el etnodesarrollo
se presenta como producto de las aportaciones de la antropología al estudio de la cultura
103
No o lvidemos que mu chas de las apuestas po r el etnodesar rollo no s la encontremos, de hecho, del lad o
de lo s técnicos d e desar rollo de dichas agencias estatales o supraestatales. Recordemos q ue la p rop ia
génesis del co ncepto de etnod esarrollo se sitúa en las referida s reuniones de San J osé de Costa Rica,
celebr adas bajo el a uspicio de una institución integrada en el sistema de o rganizaciones de Naciones
Unidas. En el ám bito estatal, par a el caso guatem alteco, por ejemplo, exist en unas co ncreciones
institu cionales a esca la de estado que se m aterializan desd e 199 4 en unos Fo ndos de Desar rollo
expresamente destinados a la pob lación indígena, como el llam a do FODIGUA (Fondo de Desarr ollo
Indígena de Guatemala), de pr esencia más simbólica que real, y que se convierte en una entidad gestora y
adminis trado ra, con actuaciones discretas y lo calistas. En su c omposición incluy e a una serie de
repr esentantes indígenas, per o la dire cción e stá a cargo de té cnicos del estado , cuyas d ecisiones suelen ser
criticada s por su par tidism o (Co jtí, 1 997 ). En otr os países d e A m érica Latina enco ntram os institu ciones de
rango parecido , com o el ad min istrado en C hile, desde 19 93, por la CONA DI (Co rpor ación Nac ional de
Desarro llo Indígena), orientado a la p reservació n de entor nos naturales en lo s cuales existe cierto
acercamiento a considerar al indígena como una parte más del p aisaje. P or otra parte, en 1 992 , tras la
Cumbre I beroam ericana de J efes de E stado y de G obierno fue creado a esca la de Am ér ica Latina el
llam ado Fondo para el Desarro llo d e los P ueblos Indígenas de América Latina y el Caribe.
125
en el ámbito del desarrollo, superando el confinamiento culturalista, de amplia tradición
en bastantes ámbitos y áreas de estudio, i ncluidos el análisis de l os gr upos étnicos de
América L atina.
En una interpretación ampl iada de tales aportaciones, no s interesa tambi én el m odo en
que las prácticas del etnodesarrollo suponen un “no desarr ollo”, en el s entido de una
contestación a las premisas básica s contenidas en e l desa rrollo heg emónico, resaltando el
carác ter de reivindicación étnica, el “etnos” por encima del “desarrollo”. O bien pueden
suponer, como empieza a ser y a denominado, un “postdesarrollo”, dirig ido a una
apropiación y re significación del desarrollo en contextos locales, producida tras el
“colapso” del desarr ollo a escala g lobal. En ambos sentidos, debido a la clara ex istencia
de una serie de lógicas contrapuestas (confrontadas pero también coex istentes, en
continua interac ción) en el ámbito del desar rollo, se hace nece sario un análisis en el que
el contexto polí tico e histórico tenga un papel destacado, como m arco en el cual se
ubican los sistemas de identidades sociales, y dentro de estos, las identidades étnicas.
L as prác ticas de desar rollo suponen un acerca miento a posiciones var iadas, más cercana s
al modelo hegemónico o a l os modelos alternativos, que pueden apartarse o alejarse de
las concepciones reduccionistas o romanticistas que terminan s iendo alienadoras, o
pueden incorpora r en may or o menos m edida, como hemos visto, paradigmas y
planteamientos comunes. Pueden ser más o menos constructivas o críticas, y dentro de
estas, referirse más a la deconstrucción que a la construcción, pero la reformulación de
los conceptos, siguiendo una línea de desar rollo alterna tivo (y no de “a lternativa al
desarrollo”) puede realizarse, como refiere Escobar (1997) tambi én “desde dentro del
discurso”, y no sólo pretendiendo una r econducción de las pr ácticas en base a l o pr evisto
en el discurso he gemónico. L a aplicación problemática de la anterior definición, c omo la
del etnodesarrollo de Bonfil, la del desar rollo gl ocal u otras que hemos citado supone el
uso de un doble lenguaje, y a que, para que un determinado colectivo pueda alcanzar el
“desarr ollo” (endodesa rrollo, desar rollo endóg eno o con identidad) es preciso que se
resista al “desarr ollo” (hegemónico, aculturador, ex ternalizado), lo cual no resulta tan
ilusorio si nos centramos en cómo se realizan algunas de estas prácticas de apropiación
126
del desar rollo (del primero de los dos ex presados) de forma continua, que es en realidad
el núcleo centra l de este trabajo.
Por todo ello, nos parece más relevante recuperar la opor tunidad de la propuesta
etnodesarrollista desarrollada por B onfil, por las pos iciones que destapa con su po stura
reactiva antes que por sus implicaciones teórica s, que se nos antojan di señadas más para
la movi lización que para el análisis o la interpretac ión. Es decir s i consideramos que debe
ser rescatada parte de la propuesta del etnodesarro llo como propuesta t eórica, es por su
carácter rupt urista respecto a una concepción hegemónica domi nante de las
peculiaridades cultu rales como recurso, y de la necesa ria considerac ión de la d imensión
política en el estudio de la intervención de los proce sos culturales en el ámbito del
desarrollo. En cierta m edida, el etnodesarrollo q ueda así configurado, más que como un
proceso al que se puede llega r de modo finalista con el cumplim iento de un conjunto de
requisitos, como un r eferente ideal , al que hac emos alusión en la medida en que, a l ig ual
que el propio desarrollo , puede ser redefinido y apropiado (en lo que conve nimos con la
propuesta bonfiliana) por los protag onistas de su propio desarrollo.
En este sentido, haremos uso en este t rabajo de algunos de los elementos conceptuales,
junto a los del propio etnodesarrollo como re ferente , a los procesos, e ntendidos de modo
ampliado, de apropiación, enajena ción y control cultural, si bien éstos resultarán
readapta dos a partir de la revisión crítica realizada. P or ello, se hace necesario entender el
etnodesarrollo como una propuesta teórica que presenta ciertas utilidades para nuestro
estudio, en tanto en cuanto se le apliquen las rese ñas y precisiones apuntadas, a lejándose
nuestra intenciones, por t anto, de l a realización de un análisis del grado de ajuste del
modelo de etnodesarrollo a la rea lidad de las org anizaciones may as de desarrollo. En
otras palabras, no siendo el etnodesarrollo, como el propio Bonfil Batalla pretende, una
fábrica de contenidos culturales idea les, sino un lugar desde el que se ejerce el control
cultural, se hace precisa la definición de éste en cuanto a las potencialidades y
oportunidades reales, a los repartos internos, a las conce siones y a las contradicciones que
su puesta en práctica conll eva. Esto supone un estudio e n profundidad de l a estructura de
poder al interior del g rupo étnico y de las concr eciones en di versos colec tivos (sean o no
organizacionales ) dentro de éste, así como una intensa dis cusión acerca del grado de
133
incorporación en e l ámbito de lo económico de otros aspectos, no habituales en las
interpretaciones hege mónicas de l a economía y del desarrollo, tales como el parentesco,
la relig ión, los códigos culturales, e tc. Hemos optado, de este modo, por una visión de la
economía que c ontemple la existencia de rac ionalidades no intencionales en los proc esos
de dec isión que afe ctan a lo económico, adoptándose un enfoque holísti co de los hechos
económicos que rec onozca sus dimensiones polít icas, sociales, identitarias y simbólicas.
De otro lado, las continuas revisiones y contestaciones al desarrollo hegemónico que
hemos calificado como desarrollos alternativos , y que surge n prácticamente a la par de
aquél, cuestionando en todo o en parte algunos de sus planteamientos, también indu cen a
una “huida hacia adelante” del desarrollo hegemónico como única respuesta a sus
continuos fracasos. P ero ambos, de sarrollo hegemónico y alternativo no conforman una
construcción di cotómica, compuesta de dos polaridades separadas: no sólo se oponen,
sino que se nutren constantemente, de modo que se observan una serie de paradigmas
compartidos por ambos. De este modo, aquella “huida hacia adelante” del desarrollo
hege mónico también significa reafirmarse en sus principios incorporando, sobre todo a
sus discursos, elementos de apariencia “alternativa” y que pretende n absorber los
planteamientos alt ernativos presentando una imagen renova da: ecologista, etni cista,
localista, etc .
111
Entendemos que la polémica surg ida sobre los límites del crecimiento
ilustra perfecta mente este proceso, y a que destapa, no sólo l as corrientes ideológicas
enfrentada s, sino tambi én las compartidas, así como muchos de los intereses
contrapuestos en la arena del desarrollo, q ue salen a la luz tra s la divulgación de a lgunos
de l os “límites” (un t anto tergiversados desde la visi ón marginalista) del desarrollo
hege mónico.
111
Só lo así se entiende que desd e organism os como la p rop ia Agencia Esp añola de Coop eración
Internacional se d iseñen políticas con tintes eco logistas o, incluso etnicistas , a plicando e n esto s c asos un
uso un tanto co sificado d e lo s recursos n aturales, la etnicidad o la cu ltura. Así, en el d ocumento “Estrategia
Española d e Coo perac ión con lo s Pueb los Indígenas” se incluyen una serie d e lineamientos que, no
fortuitam ente, asocian “lo indígena” c on “ lo natural” de un modo estático y hom ogeneizado r: “ Los pu eblo s
indíg enas tienen en co mún, aún a pesar de su en orme d iversidad cultu ral, u na serie de ca racterísticas q ue
articulan una cosmo visión espec ífica y pro pia, q ue bá sicamen te se identifica con un fu erte sentimiento de
identid ad propia y de vinculació n con la tierra, considera da como fuente de vida , como proge nitora, que
se p reserva y se a ctúa co n respecto a ella c on un fu erte sen timiento d e rec iprocida d. Po seen, asimismo, un
gran co nocimie nto de la naturale za (…) y una g ran cohesión socia l tra vés d e lo s mito s, los rituales y los
sistemas de p arentesco ” (AECI,19 97:1 0, nuestro subrayado) .
134
Por tanto, el hec ho de la existencia de una serie de para digmas compartidos por
posiciones hegemónicas y alternativas en l a interpretac ión del desarrollo conduce, en
primera in stancia, a un fortalecimiento del desarrollo hege mónico paralelo al
debilitamiento de las posiciones alternativas. La asunc ión acrítica del par adigma de la
escasez se evidencia en la concepción mercantilizada de los recursos medioambientales,
o en construcciones como “mundo” o “globalidad”. La conc epción d e la “Ay uda
I nternac ional”, pese a sus utilidades y reapr ovechamientos, siguiendo un esquema
neocolonialista y etnocéntrico, se suma a estas im plicaciones del desarrollo hegemónico,
lo cual debe ría conducir a una honda re flexión sobre los efec tos de esta “ay uda” y s us
presupuestos de partida.
Una de las carac terísticas del desarrollo alternativo es la gran cantidad de voces que
incluy e y que representa n distintas interpretac iones d el desarrollo, desde intereses,
posiciones y vi siones diversas que pueden asociarse formando movi mientos dispares. Por
ello, se hace necesa rio constatar el rechazo de categ orías de clasificación
homogeneizadoras (como las que dividen áreas, territorios, países o reg iones entre
“desarr ollados” y “subdesarrollados”), así como la i nvisibiliz ación de estos colectivos o
su incorporac ión a una etérea e i ndefinida “sociedad global”. Deben ser considerada s l as
diferencia s internas dentro de éstos g rupos o colectivos sociales (no sólo establecidas en
“gr ados de desarrollo”), contrastándose sus potencialidades y , sobre todo, realizando una
revisión crítica y profunda sobre los efectos disí miles que, en contex tos variados, gene ran
tanto el desarrollo como sus intentos de “solución”.
En este sentido, hemos optado por realizar una re visión de las teorías críticas al desar rollo
hege mónico (teor ías de la dependencia, del centro-per iferia y de l desarrollo desigual) que
contemple valorar sus contribucione s al análisis del origen y propag ación del desarrollo, a
través de la cre ación de áreas geoeconómicas y geopolíticas de exclusión y participación
complementarias y funcionales con el sistema hegemónico de libre mercado. Pero al
mismo tiempo, con nuestro enfoque metodológico pretende mos contemplar otros
aspectos, entre otros: l a posibilidad de u na heterog eneidad dentro de l a unidades “centro”
o “periferia” , la ex istencia de un horizont e histórico previo a la construcción del
135
desarrollo desigual o la posibilidad d e respuestas y alternativas estratégic as a las
constricciones que plantea el desarrollo heg emónico.
Hemos resaltado el fuerte lastre que supone para las posiciones “alternativas” la falta de
cuestionamiento del desarrollo como atributo basado en para digmas occidentales, con
pretensiones de globalidad, elevados a la condición de dogmas de fe. En esta línea, l a
refer ida ilusió n de globalidad no su pone sólo exagerar el acceso a los recursos “globales”
de una forma más rápida, ágil e igualitaria, sino que obvia también el do ble proceso que
implica la m undialización, en cua nto a los s istemas de identidades: a la globalización se
contrapone la localiz ación, de forma que, al igual que desde lo global se interpreta y
procesa lo local , también se produce el fenómeno inverso: lo global también se construy e
de formas diversas desde lo l ocal . Ambas dimensiones, en interrelación dialéctica, se
concreta n en la ar ena del desarr ollo en l o que hemos definido como de sarrollo glocal , de
efectos y consecuenc ias contradictorios y paradójicos.
Adicionalmente, el extendido entendimiento de l a globa lización del desarrollo
hege mónico como único proce so posible im plica una esc asa confianza en los si stemas de
orga nización, de gestión y propiedad de los recursos, de conce pciones sobre el tiempo y
el espacio, e tc. basa dos en otras lóg icas y racionalidades di ferentes a l a hegemónica. Así,
al mismo tiempo que se produc e la constatación de las consecuencias neg ativas del
desarrollo heg emónico, que lleva a consider ar la existencia de distintos “desa rrollos
alternativos” (ecode sarrollo, endodesarrollo, etc.), desde la postura radical por la cual s e
concibe el desarrollo hege mónico como el único desarrollo posi ble en l as actuales
circunstancias, alg unos autores optan por un re chazo de todo modelo de desar rollo o, en
otras palabras, por la post ulación de la “muerte del desarrollo” ( Esteva, 1999), aunque
nosotros optamos por u na redefinición en los contenidos de este. Tal y como afirma
Escobar (1997:7) “ considerar el desarrollo como una invención t ambién sugiere que esta
invención puede ‘desinventarse’ o reinventarse de modos muy distintos ”. En este sentido,
dicha invención d ebe e ntenderse no como un m odo de construcc ión de artificialidades,
sino como el resultado de un uso social incardinado social y culturalmente, pensado y
aplicado estratég icamente.
136
Este necesario e sfuerzo de resignifica ción de l desa rrollo, cuy as concreciones observamos
a una escala glocal , conlleva observar la existencia de prác ticas sociales y económicas
que se sitúan de forma antagónic a al si stema hegemónico, hallar sus potencialidades y
calibrar su eficiencia. L as palabras del autor antes refe rido ilustran las dificultades qu e
encierra este proceso de búsque da de alternativas:
“¿ Sabemos qué es l o que hay ‘sobre el terreno’ tr as siglos de capitalismo y cinco
décadas de desarrollo? ¿sabemos siquiera cómo mirar l a re alidad social de manera que
podamos detectar elementos de di ferencia no reducibles a artefactos del capitalismo o de
la modernidad, sino que pudieran servir como núcleos de la articulación de prácticas
sociales y económicas alternativas? (…) ¿ cómo se podrían fomentar las mencionadas
prácticas alternativas?” (Escobar:1999,191).
Para nuestro caso, el mod o en que desde l as orga nizaciones indígenas objeto de nuestro
estudio se realiz an estas reinterpretac iones y reconstrucc iones del desa rrollo nos interesa
en gran medida, pues nos ofrecen una idea de su capa cidad social para construir
posiciones a lternativas a la hegemonía, en las cuales resulta crucial el pr otagonismo de la
etnicidad.
Por tanto, el necesario esfuerzo de resignifica ción del desarrollo nos ha conducido, más
que a discutir el cambio de denomi nación (por un postdesarrollo , por ejemplo), a
atribuirle otro contenido, relacionado con el cambio social que conlleva para los
individuos y colectivos implicados, y que contemple tanto la di mensión holí stica de este
cambio como su asociación con procesos de c ontrol cultura l de los re cursos necesarios
para e l desarrollo. Esto implica resaltar, entre esas “otras dimensiones” del desarr ollo, en
primer l ugar , su componente polít ico. En esta línea, entendemos que el mo do en que l as
construcciones alternativas de desarrollo se desenvuelven en un contex to de hegemonía
de un determinado modelo de desarrollo impli ca, como ha quedado di cho, la exist encia
de un conjunto de representa ciones compartidas que refuerzan esa hegemonía en un
sentido gra msciano. Pero, al mismo tiempo, consideramos que se establecen una serie de
estrateg ias, y a sea de forma consciente o inconsciente, qu e conllevan i nterpretac iones
creativas del desarrollo. Así, creemos que l a interpretación de esas asunciones
compartidas debe contemplar la posibil idad de l a exist encia de simulaciones,
posposiciones temporales y de inversiones de sentido con respecto a los s istemas de
137
dominación, t al y como sugiere n, por ejemplo, Scott (1990) y C ommaroff (1992). En
otras palabras, si bien la hegemonía gramsciana requiere de la e x istencia de un c onsenso,
la performance del consenso y de la sumi sión, en el sentido de re-pre sentación o
teatralización realiz ada por los individuos y colectivos subalternizados, puede
constituirse en una batalla g anada a la he gemonía.
L a cer teza de que e x isten difer entes posiciones de poder e intereses en torno a los
procesos de desa rrollo, heg emónicas y alternativas, que dan lugar a un amplio abanico de
interpretaciones estratég icas por parte de ambas, se complementa con la contemplación
de l as distintas l ógica s y racionalidades que se dan cita en dichos procesos. Nuestro
enfoque metodológico se centra en el análisis compara tivo de dichas lógicas en e l seno de
los procesos de desarrollo llevados a cabo por colectivos subalt ernos, es decir, en l a
construcción de un modelo concreto de lo que hemos denominado como “desarrollo
alternativo”. Entendiendo el desarrollo como un proceso de cambio social planificado,
que apunta a una resignificación identitaria de los individuos y colectivos implicados, nos
hemos ocupado de seleccionar una serie de aportaciones teóricas que refier en a la
identidad social, y más concr etamente a la identidad étnica de los colectivos observa dos,
evaluando su pertinencia en el análisis de los procesos de desa rrollo.
Una vez arg umentado el rechazo a la concepción de las diferencia s culturales como
restricciones al desarrollo, así como a las ex plicaciones reduc cionistas, dicotómi cas o
funcionalistas de la articulación entre cultura y desarrollo establecida s desde dentro o
fuera de l a antropología, y aún presentes en l a actualidad en el discurso y en la práctica
del desarrollo, hemos fijado algunos elementos teóricos que refieren a los conceptos de
etnicidad y estrateg ia. C on respecto a l a etnicidad, y adelantando su inclusión dentro de
un triple eje (identidad étnica, identidad de sexo-géne ro e identidad socio-productiva)
hemos resaltado su carácter estructural (Moreno, 1997), así como su relación con el
concepto de estrategia a través de la posi bilidad del uso estratég ico de los “marca dores de
etnicidad”.
Finalmente, la comprensión de la cultura como un recur so, sumada a la constatación de
las posi bilidades de apropiación y enajenación de los recursos culturales, nos ha llevado a
138
discutir alg unas relaciones entre etnicidad y desarrollo que consideramos de gran
importancia. Para ello, nos hemos servido de alguna s nociones proporcionadas, entre
otros, por Bonfil Batalla (1981), de las que hemos re alizado una revisión crítica,
rescatando el concepto de etnodesarrollo y proponiendo su adaptación al contexto social
y cultural en el que se desenvuelve nuestro e studio.
Entendemos que uno de los objetivos centrales de esta investi ga ción (el estudio de la
articulación de l ógica s y racionalidade s en los procesos de desarrollo, en un contex to
concreto) conecta con la constatación del uso de los mar cadores de etni cidad de un modo
estratég ico. P ara ello, re saltamos la vigencia de los conceptos de propiedad y decisión ,
(con los que se construy e el control cultural de l os recursos), establecidos por Bonfil
Batalla, así como la contemplación de los procesos a que dan lugar : resistencia,
enajenación, apropi ación e imposición de dichos recursos, siempre y cuando se o bserven
las pr ecisiones a puntadas e n su momento, refer entes entre otros aspectos, a l a posibilidad
de ex istencia de solapamientos en las decisiones y propiedades de los recursos, a l a
necesidad de una vi sión ampl iada de lo s sist emas de propiedad y decisión, que contemple
su posible invención y recrea ción, a l a presencia de una heterog eneidad al int erior del
grupo o colectivo que ejer ce el control cultural y a la necesidad de eliminar del esquema
teórico ciertas pr econcepcione s utili taristas, folkloristas o mercantilistas.
Al final, la equiparación, en el e squema propuesto por Bonfil Batalla, entre identidad e
identidad étnica, nos obli ga a completar este análisis con la citada incardinación de la
identidad étnica dentro de un sistema de identidades sociales, como componente
estructural de la matr iz identi taria , cuy a aplicación en el presente estudio consideramos
pertinente, tanto por sus impli caciones superadoras de v isiones reduccionistas como por
su concepc ión de la etnicidad de un m odo procesua l y relacional, observando sus
componentes tanto m ateriales como i deáticos (Godelier, 1989) y alberg ando l a
posibilidad de concebir el desarrollo, paralelamente, como un proceso de cambio social,
con fuertes connotaciones sociopolíticas, y como un escenario de re significación de las
identidades.
139
Por tanto, nuestra mirada se centra en l a constatación del carácter multidim ensional del
desarrollo. Este se configura, a la vez, como una arena políti ca , un lug ar e n el que se
entrecruzan las identidades, un espacio de y ux taposición de lógicas y un escenario de
cambio social, con toda la carga di námica y conflictua l que incorporan cada una de tales
dimensiones. Hemos optado por focalizar nu estra atención en la articulación entre el
desarrollo y las identidades étnicas, articulac ión que cobra una singula r importancia en la
reconstrucc ión teórica de los procesos de cambio social que vive recientemente la
sociedad guatemalteca. Para ello, y de forma parale la, haremos énfasis en el análisis del
conflicto entre lógicas y racionalidades que, incorporadas como marcadores de identidad
étnica en l os procesos de desar rollo, e videncian el amplio abanico de estrategias de
resistencia social plantea das frente al modelo de de sarrollo hege mónico.
141
CAP ÍTULO 2.- DE L A RES ISTENCIA AL PROYECTO: INCARDINACIÓN
SOCIOHIS TÓRICA DEL ET NODESARROLLO EN EL
SENO DEL MOVIMIENT O MAYA DE GUA TEMALA
2.1.- Los lugares del etnodesarrollo. Los d epartam entos de Totonicapán y S ololá
com o espacios de exclusión d e la población maya
2.1.1.- El Altiplano: genera lidades. El mapa étnico g uatemalteco
2.1.2. L os “beneficia rios” del etnodesarrollo en Gua temala: la población may a.
Principales rasg os socioeconómicos
2.1.3.- L as raíce s históricas de la exclusión
2.1.4.- De la re sistencia a la acción
2.2.- El Proyec to: Movim iento Maya y organizaciones de desarrollo
2.2.1.- Precede ntes: I ndigenismo y decenio revolucionario
2.2.2.- Conflicto armado y reivindicaciones étnicas
2.2.3.- El surgimiento de “lo m ay a” como categ oría etnopolítica. Un intento de
conceptualización
2.2.4.- Movimiento May a y Acuerdos de Paz
2.2.4.1.- L as fronteras abiertas t ras los Acuerdos de Paz. Los primeros
obstáculos
2.2.4.2.- Acuerdos de Paz: “terc era vía” y desarrollo heg emónico
2.2.4.3.- L a “cua ntificación” de la Paz
2.2.5.- Org anizaciones may as en Guatemala. Tipología. L as organizaciones de
desarrollo
2.2.5.1.- Principales orga nizaciones del Movimiento May a
2.2.5.2.- L as org anizaciones may as de desarrollo
2.3.- Los orígenes de dos organizaciones mayas de desarrollo. CDRO y COINDI:
terror , asistencialismo y com unid ad
2.3.1.- P rimeras actividades: de las un iones intercomunitarias a la acción de los
líderes “urbanos”
2.3.1.1- Org anización comunitaria y comit és de desa rrollo. “El servir”
2.3.1.2.- El salto al ámbito int ercomunitario. “L íderes carismáticos” y
“líderes urbanos”
2.3.2- La s l abores de promoción en la comunidad. Asistencialismo y
fortalecimiento org anizativo comunal
2.3.3.- El surgimiento como organización lega liz ada. El terror en las acciones
cotidianas: apariencia y secre tismos
2.3.3.1- El carác ter constrictivo del terror: la ru ptura de las pasividades
2.3.3.2.- De los Dere chos Humanos al desarrollo
2.3.3.3.- Formalización jurídica y rotación de líderes
142
2.1.- Los lugares del etnodesarrollo. Los d epartam entos de Totonicapán y S ololá
com o espacios de exclusión d e la población maya
2.1.1.- El Altiplan o: generalidades. El mapa étnico guatem alteco
Como y a señalamos e n el capítulo introductorio, nue stra investigac ión se centra en el
estudio de dos org anizaciones de desarrollo radica das en territorio guate malteco y , más
concreta mente, en dos depa rtamentos limítrofes del llamado Alt iplano Occidental .
112
L a
orga nización CDRO l ocaliza f undamentalmente s us a ctividades en el departamento más
septentrional (Totonicapán), si tuándose COIN DI en el departamento de Sol olá.
113
El
departamento de Totoni capán, con una población de 272.094 habitantes (I NE, 1996)
está compuesto por 8 municipios y ocupa la zona más alta y fría del altiplano, cerc ana
en algunos puntos a los 3.000 metros. L a zona norte, limítrofe con el departame nto de El
Quiché, está ocupada por una gran área boscosa (conífer as de explotación maderera,
fundamentalmente), ge stionada en buena parte en régimen de propiedad colectiva por
comités comunales. Hacia el sur del departamento de Totonicapán, una gra n cantidad de
pequeñas ex plotaciones agrícolas m inifundistas (las milpas ), dedicadas a cultivos de
subsistencia, rodea a l os esca sos n úcleos urbanos, como M omostenango, San Francisco
el Alto, o Totonicapán, que es cab ecera de departamento.
Por su parte, el departamento de Solol á posee una población li ge ramente inferior al de
Totonicapán (222.094 habitantes sololatecos , según el censo del I NE de 1996), aunque
está integrado por un may or número de pequeños municipios, un total de 19. L a
extensión de este departamento, a diferencia del de Tot onicapán, ocupa parte del área de
112
Se trata ésta de una dem arcac ión geo gráfica localizad a en la zona central de la Sier ra Mad re en su
transcurso por territor io guatem alteco d e Occid ente a Oriente, con una altitud media d e 2 .200 metros
sobre el nivel del mar. Incluye actualm ente a un total de siete dep artamentos (San Marco s,
Huehuetenan go, Quetzaltenang o, T otonicapá n, Sololá, El Quiché y C him altenango), los cuales incluy en a
un total de 8 1 m unicipios y a 1 .62 1.67 8 habitantes, el 2 0% del p aís. Siendo la zona más d ensam ente
pob lada de Guatemala (1 70 hab./km
2
) excluy endo a la s áreas metropolitanas, su po blación sigue un patrón
de asentam iento b astante d isperso, localizándose casi la m itad de ella en núcleos inferior es a 1 .000
habitantes (fuente: INE, 19 96. Ver mapa 2. 1 y cuadro 2. 1).
113
A pesar d e ubic arse la totalid ad de sus beneficiarios en los men cionado s de partamentos, esta
localizació n d e sus ac tividades no se circunscribe d e forma estricta al terr itorio incluido e n los
depa rtamen tos de Sololá y T otonicap án: desde los p royectos r egionalistas d e CDRO (q ue vinculan, com o
veremos, a organizaciones del re sto del altipla no) hasta las m últiples acciones, reuniones y encuentros de
ambas organizaciones con otras instancias, públic as o privadas, estatales o extranjeras que superan
ampliam ente el escenario d epar tam ental.
143
la l lamada bocacosta o “tierra caliente” (concretamente, en la zonas qu e quedan al sur y
al sureste del lago Atitl án), y en las que la menor altit ud del terreno proporciona un
clima más cá lido, así como la prolifer ación de ot ros cultivos subtropicales. L os núcleos
poblacionales principales se ubican en la cabecer a departamental ( Sololá), en Nahualá y
en Santa Catarina I x tahuacán.
Con respecto a su composición étnica , Totonicapán está incluido dentro del ár ea k´iche' ,
siendo su población may orit ariamente de esta etnia, que representa el 94,5% de su
población t otal, c oncentrándose l a may or parte de la población ladi na en la cabecera del
departamento. Sololá también es de may oría indígena (93,6%), s i bien s u po blación se
divide entre integra ntes de los grupos étnicos kaqchiquel (ubicados en la zona
nororiental), k´ iche' (en los municipios más occidentales, limí trofes con los
departamentos de Quetz altenang o y Sololá), tzut uhil (en el sur y suroriente del
departamento, e n municipios abiertos a las ribera s del lag o Atitlán) y ladi no, los cuales,
al i gual que en Totoni capán, mantienen una presencia minorit aria repartida por tod o el
departamento, con may or conce ntración en la ciudad de Sololá. En cuanto a la población
a la que van destinadas l os proy ectos de desarrollo, esta es, en su inmensa may oría, de
origen may a: de l a etnia kaqchiquel y k´ iche' (para el caso de COI NDI ), y
exclusivamente de la etnia k´ iche' e n el caso de CDRO.
246
intercomunitarios hasta el presente) supone un estímulo par a el resto de bene ficiarios,
que además veían así abierto el acceso a las posiciones de liderazgo por la permanente
rotación de ca rgos dentro del c onsejo comunal.
241
De este modo, el énfasis en la promoción org anizacional a través de o bras de
infraestructura y , sobre todo, de la capacitac ión de líderes comunales para fortalecer
tanto el t ejido organizativo comunal (y las uniones intercomunitarias) como la propia
orga nización, ex plica que surgie ran en primer l ugar , junto al Programa de
Infraestructura, el Programa de Organización y Capacitación , antes que los
considerados más “productivos” como los Programas de Artesanías, Agricultura , etc.
Así, cuando en 1986 se obtiene la personalidad jurídica de la asoc iación CDRO, ésta y a
aparec e int eg rada por 14 consejos comunales que engloban a 75 “comités pro-
mejoramiento”, los cuales, a su vez, están constituidos por grupos org anizados en las
comunidades y dedicados a la gestión de estos proy ectos “asistenciales”. Entre 1987 y
1988 se comienza a dar cabida en CDRO a los mencionados proy ectos “productivos”,
que en poco tiempo dupli caron las cifras antes señaladas. En C OI NDI se ini ciaron las
actividades en 1988 con 4 consejos comunales, de pa recida constitución, y en los que al
poco tiempo se integraron los proy ectos consi derados “productivos” (aunque el
crecimiento fue un poco más lento que en C DRO) de manera que pocos años más tarde,
eran y a más de 30 las comunidades integ radas a esta organización.
Ya en los últi mos a ños (1995-98) se ha producido un relativo aba ndono por CDRO y
COI NDI de los proy ectos de desarrollo “asistencial” orientados a obras de
infraestructura (salvo los re lativos a la construcción de casas del consejo y centros de
capac itación), manteniendo sólo a lgunos de estos proy ectos como promoto res de l a
orga nización en l as nuevas comunidades asociadas y conservando de forma general sólo
los relativos a educa ción y salud. Surge así la formación de “grupos de productores”
(artesanos, agricultores, g anaderos…) que, tomando el relevo d e los comités
promejoramiento, se beneficia rán de la aparición de los mencionados “proy ectos
productivos” y de los sistemas de crédito y ahorro crea dos posteriorme nte par a darles
241
Au nque desarrollaremos este punto c on detenimien to, conviene sólo apuntar q ue e ste c onsejo se
constituy e en asamblea, en la cual se vo tan los cargos de su Junta Dir ectiva: voca les, secr etario, tesorero y
preside nte.
247
continuidad financiera. Estos primeros proy ectos “productivos” conecta n con la
mencionada conformación organizativa por programas, que sust ituy e al trabajo basado
en proy ectos o actividades aisladas.
Por otra parte, es preciso añadir que al desligarse de una serie de proy ectos destinados
exclusivamente a las mejora s de infraestructura (que requieren de bastante financiación)
también se renuncia a las rápidas ganancias clientelar es que estas actuac iones producen
en la comunidad, con lo cual cobra más sentido tanto l a apuesta en la presencia
continuada en las comunidades como en e l cuidado de la image n en los primeros
contactos (con comuni dades o con agencia s donantes). Como veremos, en estos
primeros contactos no se util izan los mismos códigos: no se presenta de la misma forma
la orga nización a una nueva comunidad que al per sonal técnico de una a genc ia donante.
De este modo, l a di námica de desarrollo planteada por CDRO y COI NDI contrasta
notablemente con otros tipos de de sarrollo que lleg aban a l a comunidad fomentando las
relaciones clientelistas y pasivas. Algunos elementos disti ntivos de este “otro
desarrollo” y a se manifiestan desde un primer mom ento con la participación de forma
progr esiva e n el rumbo que tomaba la organización. Por ejemplo: formando parte de l os
grupos (comités y consejos) en la propia comunidad, a t ravés del ejercicio de voz y voto
en l as asambleas y reuniones en la sede central, en l as que las decisiones de l os
represe ntantes de cada comunidad se refle jaban en acciones concretas. Todo ello
asociado a la t ransformac ión d e un desarrollo asistencia lista y pater nalista (de edificios,
locales de formación…) que pronto se llenaba de “otr os desarrollos”, y a la existencia de
un personal o perativo de la organización que, como veremos, era de l a misma zona,
hablaba s u idioma y entendía s us costumbres. Esto implica un acelera do proceso de
especialización de estas organizaciones en aspectos relacionados con el reforzamiento
del tejido orga nizativ o al int erior de las comunidades, a l o cual se dedican grandes
esfuerzos, al tiempo que se intenta no descuidar las relaciones y conexiones con otras
instancias: Municipalidades, Estado, orga nizaciones nacionales y ext ranjera s.
Pese a l as lógic as discontinuidades y conflictos que g eneraba n estas primeras
actividades (tales como tensiones intracomunales por el aumento de poder de los
consejos de desarrollo o rg anizados por CDRO respecto a otras instancias de la
248
comunidad, la falta de continuidad en algunos proy ec tos que no encontraban suficiente
financiación, etc.) cabe resaltar aquí como tendencia g eneral la intensiva dinámica de
reorg anización comunitaria que se ll evó a c abo entre l os años 85-90. Se tra ta éste de un
proceso que pretendía contrar restar el efec to desalentador hacia estas prá cticas ca usado
por el conflicto armado y sus i mpactos s obre la desestruc turación organizativa
comunitaria. Así, cualquier relato de este proceso de conformación organizativa y de
especialización en el desarrollo pierde validez si no i ncorpora algunas aprec iaciones
sobre el modo en que dicho conflicto armado condicionó las prim eras actividades de
estas organizaciones, hasta la firma de los Acuer dos de Paz en 1996, asunto del que nos
ocupamos en el siguiente apartado.
2.3.3.- El su rgimie nto com o organi zación legalizada. El terror en las acciones
cotidianas: apariencia y secretism os
2.3.3.1.- El carácter constrictivo del terror : la ruptura de las pasi vidades
Ya en un apa rtado anterior esboz amos el modo en que el conflicto armado afectó a la
población may a, so bre t odo en el periodo de may or violencia (1982-83), manifestándose
a través de una multitud de aspectos: masacres, estado de t error, mili tarización de la
sociedad, dramáticas consecue ncias económicas, etc.
242
En este m omento nos interesa
especialmente el modo en que este período de vi olencia afec ta al desenvolvimiento de
estas organizaciones may as de desarrollo, en s us primeras actividades (entre 1981 y
1984), que coinciden con la f ase más violenta del conflicto ar mado.
Para ello conviene trazar, en primer lug ar, algunos rasgos generales sobre l os e fectos de
este conflicto armado en el área territorial en la que operaban estas orga nizaciones,
concreta mente, en los departamentos de Totonicapán y Sololá. En este sentido, hay que
señalar que aunque estos departamentos no estuvieron dentro del territorio más
castiga do por acciones de t error masivo, sí mantuvieron ha sta el final del conflicto su
242
Concretamente, en el aparta do 2 .2.2 del p resente capítulo.
249
importancia estratégica como nexo de unión entre las z onas más escarpadas e
inaccesibles (en las cuales existía una may or presencia guerr illera) y la capital. Por
ambos departamentos discurría la carre tera int erame ricana (y aún lo hace , cruzando el
país de oriente a occidente) y ambos se incluían en la zona que el ejercito c alificó c omo
Area Roja. Para una de l as facciones guer rilleras con presencia en la zona (el Ejército
Guerrillero de los Pobres ), dichos de partamentos eran considerados parte de la l lamada
“reg ión de apoy o” a los territorios de El Quiché, en los cuales e xi stía una may or
presencia guer rillera y en los que las acciones represivas del ejército fueron más
contundentes.
243
De este modo, durante l os años de may or intensidad del conflicto, el
control mi litar de cualquier desplazamiento por caminos o carreter as (incluy endo los
movimientos de mercancías, bajo sospecha de abastecimiento a las columnas
guer rilleras) llegó a paralizar los circuitos comerciales de buena parte del altiplano, con
lo que se vi eron gravemente afe ctadas las actividades económicas de la z ona.
Paralelamente, los ince ndios de amplias zonas boscosa s durante el conflicto (sobre todo
de la zona norte de Totonicapán) provoc aron la esca sez de leña y acrecentar on la presión
sobre los recursos na turales.
En todo caso, de ambos d epartamentos, el de Sololá fue indudablemente el más afectado
por l as consecue ncias del conflicto, de entre las que destaca la masacre producida en
territorio tz utuhil, concre tamente en el m unicipio de Santiago At itlán, en el año 1990.
Además, el ejército contaba con una “zona m ilitar” cerc a de Sololá, y entre 1982 y 1983
sitúo varios destacamentos en la z ona, como los de Pixabaj, Guineales, El Encanto-
Pujujil, Panaja chel Santa Clara L a Laguna y Los Encuentros . La militarización del
tejido social tuvo un éxito relativo, a pesar de la instaurac ión del sistema de patrulleros y
comisionados. Sololá era el departamento con menor número de comisionados mili tares
en el momento de su desmovilización (un total de 253 en 1996).
244
Junt o al Ejército Guerrillero de los Pobres (EGP), actuaron en Sol olá otras
orga nizaciones gue rrilleras como la Organi zación Revolucionaria del Pueblo en Armas
(ORPA), en territorio cercano a Santiago Ati tlán y a la bocacosta, o el Movimiento
243
Informe ODHA, op. cit., p.5 5.
244
Ta m poc o T otonicap án presentaba una cifra demasiado elevada : 536 comisionados, lejanos d e los más
de 2 .00 0 q ue op eraba n en dep artamentos como Guatemal a o J utiapa. ( Fuente: INFORPRESS, 199 6, cit.
PNUD, 199 8).
250
Revolucionario Popular (MRP-I xim ). Este último, con escasa ac tividad a partir de
1980, también tuvo cierta presenc ia en Totonicapán. En este sentido, como refiere
Gutiérrez (1997), cobran especial importancia las fuertes bases de apoy o social a la
guer rilla en Sololá, de manera tal que “ la estrategia de contención del ejército
guatemalteco ante l as fuerzas insurgentes l ogró un éxito relativo ” (ib.:33). En las
mismas acciones insurgentes salían a relucir los accesos difere nciales a las posiciones de
poder, en el que la dim ensión étnica cobraba un protag onismo especial. Un ejemplo es
el exacerbamiento de los conflictos entre indí gena s y ladinos durante la citada toma de
la cabec era depar tamental de Sololá, que intentó ser monopoliz ada por los m andos
ladinos que procedían de l a capital, como habitualmente se hacía en accione s
insurgentes de gran enverg adura. Así, cuando un gra n número de kaqchiqueles de Sololá
emprendieron el asalto a dicha cabece ra, l os comandantes guerr illeros l adinos de la
capital pretendier on hacerse c on el mando:
“ La t oma de Solo lá estuvo a punto de sus penderse porque en pleno preparati vo
surgió la di scusión sobre quién debería di rigirla. L os indígenas estábamos
opuestos a que l os capitalinos vinieran a de cirnos cómo hacerlo. (…) . Este era un
asunto nuestro y nuestros líderes, que conocían el terreno, debían de
comandarnos. Al final se arregló, pero fueron momentos de mucha tensión ”
245
Por tanto, en Totoni capán l a actividad ins urge nte fue mucho menor que en S ololá. No
obstante, la población totonicapense participó activa mente en alguna s acciones, como en
los cor tes de ca rretera promovidos por la guerr illa e n 1980, o en la toma de la propia
cabec era depar tamental, el 28 de octubre de 1981. L a actitud genera l en este
departamento se caracterizó por cumplir en silencio su papel de “corre dor de paso”,
intentando no participar con evidencia de una dinámica de conflicto que terminaba
afecta ndo más a las poblaciones locales que a los ejércitos en contienda. Hemos
detectado este aspecto en los testimonio s recogidos en las comunidades totonicapense s,
en los que se evidencia cómo las estrategias de silenciamiento de la presencia gue rrillera
tenía un fuerte componente de re ntabiliz ación e conómica. Al ser esta una zona de
abastecimiento para la guerrilla convenía ocultar la presencia de ésta, pues
proporcionaba r ecursos a las comunidades c on sus compras:
245
Informe ODHA, entrevista de campo, p.5 8.
251
“Porque la zona de T otonicapán fue de abas tecimiento para la guerrill a. No l es
conviene entonces de hacer gra ndes cosas por acá porque ya les obl igaría a tener
más control, la presencia de más soldados… Entonces ellos bajaban, en estas
comunidades, hacían las compras en el pueblo y después regresaban. Aquí se ve ía
bajar picops en Ch uipachec y de otras comunidades y después se desaparecían en
la montaña. Y esa fue una de las razone s que di cen de que no fue atacada
Totonicapán”
246
L as afirmaciones anteriores con respecto a la demarcación territorial de los efectos del
conflicto se encuentran con alguna s salvedade s. Una de las más llamativas se
corresponde con las t ácticas contrainsurge ntes orientadas a “difundir el t error” por
distintos espacios, de manera que las presiones disuasorias pretendían ex tenderse en
varios departa mentos donde se sospechaba de un posible apoy o a la g uerrilla, af ectando
de un modo especial a la población indígena. El siguiente testimonio de un o de los
socios de CDRO ilustra cómo los cadá veres de las masacres cometidas a cientos de
kilómetros de distancia (en lejanas comunidades de S ololá) eran vertidos por e l ejército
en los barrancos de Totonicapán (en este caso, en las cercanías de l a comunidad de
Vásquez), a la vista de los pobladores de la zona:
“ Me acue rdo que aquí (en Totonicapán) desapare ció un registrador civil. El
registrador civil, él desapareció. Creo que se llamaba Martí n Morales.
Desapareció otro de Palín, yo no me recuerdo cómo se llama él… no sé . Y por
allí mataron a un maestro o a dos maestros, allá lejos, en Chi quimula. Sí, hasta
ahí. Ahor a, mucha gente los venían a tirar por camionadas, all á en Vásquez, en el
barranco. Entonces, los traía n por camionadas de Sololá… gentes
embarazadas… desnudas, traían así cortada l a barriga, cortada en cruz, y
después otro s qu e se miraban que estaban ahorcados, y otros que se miraban que
sus caras, la planta de sus pies y otro s estaban quemados con cigarros... si,
torturados y todo eso… y niños y hombres y mujeres. Entonces, eso, ahí estaba
pues. Ese era un dolor… un pánico espeso”
Es de destacar cómo el recue rdo de las imáge nes diáfanas del horror ajeno (el de l as
víctimas de S ololá) se superpone al qu e procede de los reducidos ca sos de ase sinatos o
desapariciones q ue afectar on a las comunidades cercanas de Totonicapán ( Palín, Sta .
Mª. Chiquimula , etc.). De este modo, la acotación de las acc iones de terror en unas
cuantas personas, que son contada s, i dentificados casi personalmente (que dan forma al
246
Entre vista de campo, Ag osto de 19 98. La voz “picop” p roced e d el inglés pic-u p y es un términ o
aplicad o en Guatem ala a unos automóviles sin cabina trasera, de scubiertos, habitualmen te comprado s de
segun da mano y destinados al transpor te de m ercancías o de viaj eros p or ca rretera s y caminos rurales.
252
“terror de dentro”), contra sta con el t error difuso en el que la ví ctima queda
irreconocible, aunque queda precisado su origen claramente (en un “terror de afuera”).
Pero ambas di mensiones del terror se confunden, y se potencian una la otra. El “terror
de fuera” (el que afecta a los d e S ololá, de dimensiones inhumanas) multipli ca l os
efectos del “terror de dentro” haciendo perder sus l ímites, que quedan fuera de control.
Sin embarg o, ¿ hasta dónde l lega este terror, y q ué protagonismo alcanza en el proceso
de construcción org anizativa de CDRO y de COIN DI ?
Hay que tener en cuenta que, en una m irada retrospectiva a los efectos que el conflicto
armado generó en la población i ndígena guatemalteca , las dimensiones constrictivas
suelen ser resaltadas por la may oría de analistas sobre el tema. L o i mplacable de los
efectos del ll amado “terrorismo de Estado” lleva a Figue roa-I barra en su obra El recurso
del miedo (1991) a d iagnosticar una serie de efectos psicológ icos de patolog ía social,
cerca nos al miedo para lizador hacia cua lquier acció n considerada sospechosa. En este
sentido el mencionado autor afirma: “ Este efecto psicológico aparece como un profundo
temor (…) , como una sensac ión de impotencia y debilid ad ante la poderosa y terribl e
maquinaria represiva, un sentimiento de conformidad para no intentar cambiar lo que
de antemano se sabe que no se puede cambiar, pasividad ante la desigualdad y la
presión, y final mente, una aversión hacia todas las organizaciones políticas o sociales
que niegan o se oponen al sistema establecido, puesto que estas, al d esencade nar la ira
estatal, aparecen como las causantes o provocadoras del terror ” (1991:36).
De esta manera, el esfuerzo de di namización organizativa realizado en C DRO y en
COI NDI t ropezó con obstáculos de t odo tipo derivados de l os efectos del conflicto
armado. Hemos visto que el terror se difundía a través de su di stribución espacial,
repartiéndose sus efectos por encima de las fronter as de los de partamentos, ocupando el
espacio de lejana s comunidades y dejando un mensaje clar o: “nadie está a salvo”.
Además, el poder simbólico del agresor se magnifica ba cuando éste actuaba de forma
imprevista, no sólo con respecto al lug ar sino también con respec to a la causa , es decir,
actuaba sin un soporte “justificado” en una amenaza o peligro claramente determinado,
sino sim plemente por pertenecer el “insurge nte” a un determinado colectivo. F rente a
esto, surg e como nec esidad identificar al agresor, a sus móviles y a la sinrazón de su
actuación indiscriminada:
253
“Entonces, yo estab a como católico allí y… daba miedo, pues entonces, decía él:
‘cualquiera de los líd eres que hable o levante la cabeza en ese tiempo, sea lí der
religioso o evangélico, va a ser de capitado o secuestrado o torturado o baliado o
como f uera, esa gente se debe exterminar’. Además, decía Ríos Montt que el
obstáculo de la sociedad somos la gente india, la gente indígena, y por lo tanto
había que exterminarlos a todos, ¿ verdad?, eso dec ía”
En este escena rio, el desenvolvimiento cotidiano de organizaciones como COI NDI
tropezaba d e conti nuo con los efectos desestructuradores del conflicto armado. Entre
estos efectos, suele resaltarse por lo s miembros fundadores de COI NDI aquellos que
afecta ban a los vínculos individuo-comunidad sobre l os que se pretendía construir dicha
orga nización, o a los mecanismos de representa ción de la comunidad través del ejercicio
de lider azgos. Este entorno hostil ( que no sólo a ctúa en contra del pr opio pr oceso
orga nizativo, sino que también j ustifica y l eg itima su propia exi stencia) conlleva unas
hondas reperc usiones que sobreviven al final del conflicto y que superan el ámbito
comunitario para afec tar la esfer a de un nosotros étnico may a. Se sobreentiende que, si
las reglas que determinaban el principio del conflicto y la continuación de su ex istencia
estaban al margen del control de las comunidades, es lógico pensar que exi sta cierta
sensación de descontrol con respecto a su fin, con lo que este se relativiza, al ig ual que
permanec en los sus efectos:
“O sea, definitivamente a raíz de eso (del conflicto armado) es que surge
COINDI, pues toda l a cuestión no es solo de la década de los ochenta, sino
durante todo el confli cto armado, que surge décadas atrás. Desarticularon las
asociaciones de base, anularon a líderes comunales y todo eso… en algun os
líderes comunales todavía existe ese t emor, ese quizás como t rauma, el decir,
bueno si yo me ex preso, si yo di go el sentir de lo que hay que trabaj ar en las
comunidades, lo más seguro es que de repente la moneda se voltee, y otra vez
caigamos en la misma situación. Pero es a raíz de eso, de t oda esa
desarticulación, es que surge COINDI para reactivar organi zaciones digamos,
que existían anteriormente, que tenían su s características de unidad, de
solidarizarse entre sí mismas, la ayuda mutua y todo eso. T odo se perdió cuando
fue el conflicto, toda la gente perdió su sentido de pertenencia, su identidad
como maya y con su comunidad misma. Aquello de que si le pregunta usted de
qué comunidad es, y si tiene algún trabajo comunal, todo el mundo dice que no,
yo no, ¿usted conoce a tal organización?, no, yo no lo conozco…”
247
247
Entrevista de c am po, marzo de 1 997 .
254
Es preciso t ener en cuenta que la vivencia del t error se manifestaba de m últiples
maneras. J unto a l “miedo paralizador” estaba t ambién l a “rebe ldía activadora”, que se
revuelve contra la causa que l o oprime, identificando no sólo al causante de su opresión,
sino también al colectivo oprim ido en el que se incluy e. De la vivencia de este miedo
surge n tambi én las ex presiones de odio y rebeldía, como evoc a este testimonio, en e l
que el miedo se manifiesta como odio reprimido, que ahor a sale a la luz:
“O sea, que yo cobré valentía porque ya comencé a entende r yo, ¿ verdad?, y yo
ya casi miedo ya no tenía yo… Entonces yo ya tenía palabras bruscas, palabr as
ofensivas dentro de mi pensamiento, dentro de mi corazón, lo que pa sa no se
podía pues… no se podía expresar por… por todo. Pero ya veía, sentía ese o dio,
¿verdad?…”
Además, es preciso ahondar en l as raíces del m encionado “miedo paraliz ador”, evitando
una gene ralización de los efectos del conflicto armado un tanto ex cesiva, así como un
papel excesivamente pasivo atribuido de un modo apriorístico y acontextual.
Evidentemente, no nos hallamos en el entorno de las comuni dades del T riángulo Ixil , en
Nebaj o en Chajul, donde a buen seguro, por la crudeza del conflicto, este “miedo
paralizador” pudo alcanzar otras dim ensiones. En las comunidades donde hemos
desarrollado nuestro estudio hemos encontrado otra serie de factores expli cativos de la
pasividad y l a apatía causadas por el conflicto. Uno de estos factores está asociado,
paradójicamente , a algunas de las prácticas destinadas en principio a resolver los
perjuicios causados por el conflicto armado en l as comunidades. El desembarco en
Guatemala de una gra n cantidad d e instancias y organizaciones de actitud paternalista,
gene radoras de dependencia y pasividad, movidas por argumentos desarrollistas o
evang elizadores, dejó un difícil terreno para las primeras acciones de CDRO y C OI NDI .
Esto hacía aún m ás complicadas las anteriores accio nes descritas, en las que se
combinaban la atención asistencialista con la prese ncia continuada y el esfuerzo
reorg anizador. Como nos cuenta una de las capa citadoras de COI NDI :
“ Eso fue la influencia que se vino a dar. Dejaron por un lado lo que es… lo
nuestro. Ellos (los miembros de las comunidades) es que siempre dicen ‘es que a
nosotros no nos dan nada , es que no se qué…’ esa es la mala costumbre que se
nos dejó, de que siempre tenemos que esperar de alguien que nos regale al go, y
yo l es di go que si vamos a seguir así nunca vamos a sa lir de l a pobreza. Uno
255
tiene que salir, no es de que toda l a vida le regalen, les decía yo a ellos, ahorit a
que ya no hay guerra, ¿qué, van a estar mandando más apoyo?, ya no”
248
El s urg imiento como organización de CDR O y COI NDI se enfrentó a situaciones
claramente host iles que requerían de un a adaptación estratégica y de un esfuerzo
creativo, lo cual quedaba bastante lejos de la pasividad ante el ter ror. El reconocimiento
de la influencia masiva de este conflicto, no debe dar la espalda, por ejemplo, a la
evidencia de una serie de respuestas planteadas desde la población i ndígena par a hacer
frente a la disy untiva plantea da entre ejército o g uerrilla, rechazándola frontalmente y a
menudo con éx ito. En este sentido, hay documentados numerosos casos de rechazo por
la po blación a patrulleros, comisionados o re presentantes de l a guer rilla
249
, como refiere
uno de los socios de CDRO:
“Aquí en Tot o (Totonicapán) nosotr os no aceptamos mucho ese comité que le
llamaban autodefensa civil. Lo rechazamos, aquí en el campo, ahí arriba. Nos
juntamos todas las comunidades, así como fue la manif estación contra el IUSI…
así h icieron la gente, nos juntamos no sé cuántos miles de gente ahí… yo creo que
es una característica muy particular que Tot o tiene, que siempre se lev anta… y no
aceptamos la patrulla de autodefensa civil…”
Por tanto, el único efecto de un clima de terror no es s ólo el replegamiento, o la apatía
social. También lo son los actos de rebeldía contra ese clima, una rebeldía frontal y
sistemática, no reducida a unas pocas personas o momentos. Como i lustra el anterior
testimonio, e l caso del rechazo de las pa trullas de autodefensa civil por las comunidades
de Totonicapán es un ejemplo de reac ción “activa”, en términos de rebeldía, que suele
proponerse en los discursos como un elemento más con los que se construy e el “carácter
totonicapense”. Com o tal car ácter, su relato no suele agotarse, siguiendo la l ógica de
este discurso, en un hecho aislado, sino que busca continuidad en elementos del
presente, como es el caso de l a manife stación en 1997 en contra de la implantación del
248
Entrevista de c am po, noviem bre de 1 997 .
249
Véase, p or e jemplo, el caso de San An tonio I lotenango (Quiché) en: García Vettorazz i (19 96) .
262
asociación direc ta con las re clamaciones de l os habitantes de San J orge, sus intenciones
de “desarrollo int egr al indígena” en este escenario no parecían estar tan claras para
dicho Estado, ni le permitían una actuación totalmente desenvuelta. A lo anterior se
sumaba su estrecha vinculación con la referida Coordinadora Comunal, cuy os lí deres y a
estaban catalog ados como “insurge ntes”, de m odo que, al poco ti empo de ini ciar sus
actividades en S ololá, la sede central de COI NDI en la cabecera departamental fue
objeto de asedio directo por parte del ejército, viendo como éste controlaba s us
movimientos y amenazaba de muerte a sus miembros, con los consiguientes efec tos:
deserciones, abandonos o parones en el ritmo de trabajo, como expl ica el siguiente
testimonio:
“De hecho sí hemos afrontado pr oblemas serios. Nosotr os fuimos amenazados
de muerte, precisamente l as personas que más o menos, digamos, fueron los que
estuvieron en un prin cipio cuando se creó COINDI. Y eso mismo también bajó
un poco el ritmo de trabajo de COINDI, po rque muchas de las personas que
eran también digamos, activas, decidieron retirarse de COINDI y no darle
continuidad a su traba jo, preferían ir a ot ra organi zación, aunque no estuvieran
conformes con lo que tenían que hacer”
257
257
Entrevista de c am po. Marzo de 199 7.
263
2.3.3.3.- For malización jurídica y rotación de líderes
En este contexto, el paso de l a asociac ión comunitaria a la intercomunitaria en COI NDI
supuso un reparto de los riesgos entre un colectivo más amplio que el de la propia
comunidad, en términos de una desconcentración de la responsabilidad por los hechos
vividos como “ilí citos” en una sola comunidad y en sus líderes. Dentro de esta estra tegia
disolvente de los riesgos, el siguiente paso fue, seg ún vimos, el de la “legalización” de
la organización crea da, adoptando una forma regula da por el Estado (la de asociación).
Esta formalización jurídica contribuy ó también a hacer de l a orga nización un espacio de
señalamiento para l os que se vinculaban a ella pero, al mi smo tiempo, con la
lega liz ación también se especificaban claramente los móviles en torno al campo del
desarrollo, apartándose de l os fines considerados más “sospechosos”, como los de
carác ter político, y acercá ndose a los más justificable s, como l os de car ácter
“humanitario” tal y como se espec ificaba dentro de los estatutos de la asociación,
creados e n 1988:
“ Se constituye la asociación denominada ‘Cooperación Indígena de Desarrollo
Integral’, que pod rá identificarse con las si glas ‘ COINDI’. L a a sociación es de
carácter apolítico, cultural, humanitari o y de serv icio social no lucrati vo”
258
Esta nueva etiqueta legalizada proporcionaba a demás la ve ntaja de poder acce der con
may or facilidad a l a ay uda int ernac ional sin mediación del Est ado, l o cual contribuía
decisivamente al crecimiento y consolidación de la organización, tal y como se refiere
en uno de los documentos informativos de la org anización:
“Durante el largo recorrido de la asociación hemos encontrado fuertes
obstáculos, como fue el c lima de i nseguridad y de violencia que imperaba en las
comunidades en la década de lo ochenta como consecuencia del conflicto
armado interno que l imitó la participación de las personas, l os grupos y de las
comunidades en la organización COINDI, pues el t emor a la represión era
demasiado. Finalmente, la cobertura l egal que obtuvo COINDI generó la
confianza de las personas, con lo cual se obtuvo paulatinamente la participación
de un mayor número de c omunidades”
259
258
Estatuto s de la asocia ción COI NDI . Artículo 1º , ca pítulo I.
259
Plan Estr atégico 19 97-20 00. Asociación COINDI. D ocum ento informativ o. 199 7.
264
Hay que tener en cuenta que los fondos recibidos de dicha cooperac ión i nternacional
significaba n en l o económico-financier o una entrada de divisas bien vist a por las
autoridades estatales, por lo que no causaban especial conflicto. Al m ismo tiempo, la
presencia de org anizaciones como COI NDI, al marg en de las sospechas de insurgencia
que despertaban s us acciones, también favorecía la conti nuidad en la desvinculación del
Estado del “problema” de l desarrollo en las comunidades.
L ógica mente, aunque fueron elementos clave que contribuy eron a un mejor
desenvolvimiento en estos m omentos, ni el cumpl imiento de estos fines impl ícitos por
el Estado, ni la legalización o el acce so a los fondos de ay uda i nternacional gar antizaban
aún a estas organizaciones una desvinculación plena de los señalamientos que
despertaba el conflicto armado. De hecho en los mencionados estatutos de COI NDI
vemos como y a se habla de una discriminación posi tiva hac ia la po blación indíg ena en
las actividades a desa rrollar, lo cua l y a es suficiente m otivo de sospecha para un estado
militariz ado y etnocida que se ensañó durante todo el conflicto con la población
indígena:
“ La a sociación ti ene por objetivo general: f omentar el desarrollo integral de la
población guatemalteca, especialmente e l de las comunidades indígenas ”
260
L a aparición en escena de los m encionados “líd eres urbanos” supone un apoy o más para
contribuir a desenreda r los complicados asuntos administrativos y jurídicos (como la
refer ida lega liz ación de la organización) de l as entretejidas y altamente corruptas redes
burocrática s del apara to estatal g uatemalteco, alejadas del control de los miembros de
una comunidad. P ero, en estos momentos, a la intermediación buroc rática se añade otra
intermediación: l a del riesgo personal, y a que estos líderes urbanos se colocan también
de forma personalizada en el punto de mi ra de la repre sión estatal. En este sentido, su
presencia como “cabe zas vi sibles” de la organización intercomunal restaba
protagonismo a l os perseg uidos líderes comunales que veían así aliviado no sólo su
trabajo de representación, sino también la ex posición a posibles conti ngenc ias que dicho
trabajo repre sentaba en los momentos de may or conflicto:
260
Estatuto s de la asocia ción COI NDI , op . cit., Artículo 4 º, capítulo I I.
265
“En ese momento habíamos algunos profesionales que estábamos más bien
todavía estud iando, (éramos) estudi antes universitarios. Y ellos (los líderes
comunales) manifestaban ese interés de que l os ayudáramos a hacer una
organización que no sólo buscara digamos... el apoyo para sus proyectos, sino
que también l es diera aval y un poco de defensa frente a la situación políti ca,
¿verdad?. Entonce s, aunq ue se cambió un poco la situación, se calmó un poco e l
conflicto armado, sin e mbargo había todavía hechos de violencia y... problemas
con los derechos humanos y todo eso. Entonces la gente t enía siempre ese
temor..”
261
Dentro del gr upo d e los líderes comunales que eran también en parte las “cabezas
visibles” en estos momentos de represión, encontramos a los llamados “socios
fundadores”, que son aque llos que formaba n parte de la Coordinadora Comunal de San
Jorge, así como de otras comunidades que s e unieron al proy ecto o rg anizativo de
COI NDI (como Xajaxac, Pi xabaj y Chaquijy á) o de C DRO (Nimasac, Xolsacmaljá,
Chuanoj, Vásquez, etc,.) . Hay que tener presente que la existencia de estos socios
fundadores no adquiere la importancia continuada en estas orga nizaciones que po dría
tener, por ejemplo en l as fundaciones u otras organizaciones de un control decisional
más individualiz ado. De hecho, su ex istencia, más que una opción perseg uida desde el
principio, se trata de un requisito exigido por la ley que regula el vínculo asociativo
eleg ido (la asociación), y que en este caso no permite una asociación entre comunidades
(o a travé s de sus c onsejos comunales, que era lo que los pr imeros socios pretendían)
sino entre personas física s.
Algunos de estos socios fundadores aún mantienen cierta presencia dentro de ambas
orga nizaciones
262
, per o ésta suele se r más simbólica que real, da do que el sistema
orga nizativo implantado en ambas orga nizaciones incluy e una continua rotación de los
carg os y puestos de responsabilidad. Este si stema de rotación supone cierto reparto de la
presión que repre senta el referido señalamiento de los l íderes como cabecillas de la
orga nización, procurándose una descar ga de este desg aste individual. Además, es
preciso ver este mecanismo de rotación no sólo como una estrateg ia de respuesta al
conflicto armado, si no también como una forma de repar to de las pos iciones de poder
que está en la base de la conformación organizativa (intencionalmente horizontal ) de
261
Entrevista de c am po, noviem bre de 1 998 .
262
Como lo s caso s, algunos ya mencionados, de Hilario Ga rcía, Benjamín Son o Vícto r Saloj, ocupando
puestos de “asesore s” m ás o menos permanentes.
266
ambas asociaciones. Se pretende evitar así otros conflictos, como los que procede n del
cuestionamiento de líderes e stabiliz ados en posiciones de pode r (como cabría suponer
de un “socio fundador”) que no hay an sido leg itimados por organizaciones que, como
estas, crec en de continuo en cuanto al número de socios y de comunidades asociadas.
Este carácter “dinámico, participativo y horizontal” s e incorporará también, según
veremos, a los discursos que pretenden dar contenido al cará cter maya de ambas
orga nizaciones. Se tra ta esta, en suma, de una conc epción organizativa cuy a lógica
pretende destacar l o que es un modo de acción grupal de otros modos de acción
individual que se puedan posicionar en contra de los móviles g enerale s o “estratég icos”
de la organización, ejemplificado a través del repa rto de l os riesg os personales. En los
próximos capítulos daremos cabida al m odo en que se concr etan estos móviles
estratég icos, a t ravés de la ex posición de aspectos como las estructuras organizativas
adoptadas, los re cursos empleados, las relaciones institucionales empre ndidas y , sobre
todo, los variados proy ectos y programas que se ponen en funcionamiento en las dos
orga nizaciones.
263
CAP ÍTULO 3.- CDRO Y COINDI. SIT UACIÓN ACTUAL
3.1.- Estructura Organizativa
3.1.1.- Un primer esbozo del “protag onismo” de la comunidad: socios
fundadores y comunidades fundadora s
3.1.2.-Estructura org anizativa de COI NDI
3.1.2.1.- Organización comunitaria y si stema de comisiones: el Chi Na
Mit
3.1.2.2.- Los si stemas de agr upación intercomunitaria: las Agrupa ciones
Comunales
3.1.2.3.- L os órga nos decisores: Asamblea General y J unta Directiva
Central
3.1.2.4.- L os órga nos operativos: la dirección ejec utiva y el personal
3.1.3.-Estructura org anizativa de CDRO
3.1.3.1.- Orga nización comunit aria y descentralización: de los “consejos
tradicionales” a la s “instituciones de desarrollo”
3.1.3.2.- El sistema organizativo Ri Pop W okoj
3.2.- Am bito territorial
3.2.1.- L as áre as territoriales de COI NDI
3.2.2.- CDRO: Ambito territorial
3.2.3.- El proy ecto de reg ionalización en CDRO
3.3.- Las actividades de CDRO y COINDI
3.3.1.- Algunas c onsideraciones previas sobre los proyectos
3.3.2.- Proy ectos y Progr amas en COI NDI
3.3.2.1.- La familia Tambrís: el lugar de COI NDI en la comunidad de
Paxim bal
3.3.4.- El ciclo de vida de los proy ectos en COI NDI : l os escenar ios de
participación de la c omunidad
3.3.5.- CDRO: Programas y Departamentos
3.4.- Pe rsonal
3.4.1.- CDRO: L a importancia de la forma ción y del personal local
3.4.2.- El personal en COI NDI
3.5.- Relaciones institucionales. Financiación
3.5.1.- L as “Ag encias Dona ntes” y la creditización de las comunidades
3.5.2.- El Banco Pop de CDRO
3.5.3.- Relaciones institucionales en CDRO: equilibrio y diversificac ión
3.5.4.- Estrateg ias de adaptación a la c risis financiera e n COI NDI
3.6.- Los “principi os filos óficos” y su d ocume ntación
3.6.1.- L os “principios filosóficos”: una aproximación al ideal etnodesar rollista
3.6.2.- L os “principios filosóficos” y su documentación.
3.6.2.1.- El U Kux W uj . Una primera selección de marc adores en CDRO
3.6.2.2.- El contenido de los principios filo sóficos
264
Hemos pretendido en el presente capítulo ofrecer una imagen general de la realidad
actual de ambas organizaciones. Con fines de conocimiento general, más descriptivos e
ilustrativos que analíticos, avanzaremos una serie de argumentos que dará n luga r a
interroga ntes, m uchos de l os cuales quedará n inevitablemente abiertos, y a que recurrirá n
a aspectos t ratados en capítulos posterior es. El método ex positivo planteado sigue una
división en siete apartados temáticos (“Estructura Orga nizativ a”, “Ambito territorial”,
“Objetivos y Actividades”, “Personal”, “Relaciones I nstitucionales y Financiac ión” y
“Principios Filosóficos”) apli cados a ambas organizac iones. El contenido difer enciado
de c ada uno de estos temas referidos a las dos or ganizaciones elegidas en nuestro
estudio (CDR O y COI NDI ) se manifiesta en una serie de semejanzas y de diferencias,
las cuale s serán resaltadas con el fin de il ustrar algunos de los procesos que las afectan
separada o conjuntamente.
3.1.- Estructura Organizativa
3.1.1.- Un primer esbozo del “protagonismo” de la com unid ad: socios fu ndad ores y
com unid ades fu ndadoras
Según vi mos en el capítulo anterior, en el proceso de conformación orga nizati va de
CDRO y COI NDI , ambas org anizaciones adoptan una forma jurídico-administrativa (la
de “asociación” ) que les reporta una exi stencia leg alizada necesa ria para desenvolverse
en un entorno hostil. P ero además, dicha personalidad j urídica era la que más se
acerc aba al modelo organizativo realmente pretendido, que no era otro que el de una
“asociac ión de comunidades”, habida cuenta del origen de la organización,
fundamentado en buena parte en los vínculos preexistentes entre distintas comunidade s.
Dado que entonces no se le concedía a la comuni dad el reconocimiento como persona
jurídica
263
(y menos aún su posible asociación con ot ra u ot ras), se siguió el principio de
la asociación entre personas indivi duales y no entre comunidades, con lo cual ambas
orga nizaciones debían conservar la figura de unos socios considerados “fundadore s”. En
263
E sta falta de reco nocim iento legal se extiende a las formas organizativas intracomun itarias (aq uellas
constituidas po r grupos al interior d e la comunidad) y sigue vigente en Guatemala hasta el mom ento
actual.
265
gene ral, los testimonio s reflejan cierto consenso a la hora de elegir esta modalidad
orga nizativa:
“La idea de estas cuatro comunidades (las cuatro comunidades fundadora s de
COI NDI : Chaquijy á, Xajaxac, Pix abaj y San J orge ) era que se pudiera hacer una
asociación de comunidades, pero lamentablemente en las l eyes de nuestro país no
se permite ese tipo de asociaciones, sino solamente asociaciones de personas
individuales, ni siqui era de organi zaciones comunales. Entonces, al aclarar esto
ante la gente, prefirió que fuera una asociación, porque i ncluso la fundación
podía ser con algunas personas que lo dirigían y de repe nte... se pueda pe rder en
un momento”
264
Algunos de estos socios fundadores mantienen su presencia en las actuales estructuras
orga nizativas de CDRO o de COI NDI , ocupando puestos de responsabilidad dentro del
personal operativo (los ca sos de Gre gorio Tzoc o de Hilario García en C DRO), o como
asesores coy unturales de la organización. P ero, como veremos más adelante, esto no
significa que ocupen una posición de poder preeminente dentro de dichas
orga nizaciones, ni aún dentro de l as J untas Direc tivas de éstas, que son elegidas y
renovadas c ada dos años.
Con re specto a las razones por las cua les se eligió la fórmula jurídica de la “asociación”
(y no de la “fundación”
265
, que era la otra posibili dad viable) suele resaltarse en los
discursos la idea de que dicha fórmula permití a una rotación en los carg os de
responsabilidad dentro de la organización. De este m odo se suavizaban en cierta medida
los conflictos de poder por la desig nación de dichos carg os, así como el excesivo
desga ste de los repre sentantes, tanto por mostrarse como “cabe zas visibles” de la
orga nización en momentos de conflicto, como por el tiempo y esf uerzo que éstos tenían
que ofrec er abandonando sus labore s cotidianas.
266
264
Entrevista co n Víctor Sa loj, asociac ión COINDI. Noviem bre 1998 . Con r especto a CDRO, está
integrada legalm ente d esde 19 84 po r 25 socio s fundador es, aunque su e structura r eal -desde sus
comienzos c omo tal asociación- fue la de una reunión de 1 4 c onsejo s comunales (repr esentantes de cada
comun idad) formados por comités p romejoram iento .
265
La diferencia co n la fundación estriba, fundamen talmen te en que en ésta se man tiene el contro l de los
socios fundador es durante tod a la vida d e la o rganización.
266
Salvo las dietas recib idas po r los viaj es realizados para asistir a las reuniones y asambleas, de im porte
bastante discreto, el ej ercicio de lo s cargos de repr esentación en ambas organizaciones no está be neficiado
con ningú n tipo de remuneración.
266
Suele ser resa ltado por los socios que este s istema per mite el protag onismo, no sólo de
diferentes lí deres i ndividuales, sino de diferentes comunidades en l a elección de sus
represe ntantes, mediante l as votaciones periódicas realizadas en asamblea, tanto dentro
de cada comunidad como a escala de la organización, en este último caso mediante una
asamblea gener al e n la que participan todas las comunidades asociadas. Lo destacable
de este pl anteamiento es que confiere una may or solidez a una construcc ión organizativa
basada en una unión de grupalidades (en este caso de “comunidades”) que a una
formada ex clusivamente en individualidades, l o cual se basa en la preconcepción de que
la comunidad s obrevive al indivi duo. Es decir, este “protag onismo de la comuni dad”
suele entenderse como un vínculo más sostenible en el tiempo que un protagonismo
repartido entre personas individuales. Seg ún iremos v iendo m ás adelante, la concepción
de la comunidad como algo más estable que sus componentes (los individuos que la
componen) se manifiesta e n otros muchos aspectos en ambas org anizaciones.
Este escaso peso relativo de los socios fundadores, s i bien no si gnifica la desaparición
de liderazgos dentro de ambas orga nizaciones, contrasta con la importancia conce dida al
“liderazgo” de las comunidades consideradas “fundac ionales”, es decir, de aquellas en
las que surgieron los primeros “comités promejoramiento” y a partir de los cuales la
orga nización cristaliz ó.
Esto puede obs ervarse en alg unos aspectos que, si bien no re fieren a un trato desigual a
cada comunidad dentro de la organización, si denotan un cierto prestigio asociado a
tratarse o no de una “comunidad fundadora”, como por ejemplo, en el peso que cobran
las opiniones vertidas por sus líderes e n las asambleas de la organización o en la
influencia de dichas opi niones sobre el resto de las comunidades asociadas. Además,
este prestigio se confunde con el hecho de tratarse de las comunidades que llevan más
tiempo implicadas en CDRO o en COIND I , presentando alg unas caracter ísticas
distintivas con respecto al resto de las comunidades (carac terísticas consideradas por
éstas como “avance s”), y siendo consideradas como “el m odelo a seguir” . S in qu e exis ta
una relación l ineal entre el paso del t iempo y la dimensión de estos “avanc es” (que
pueden ser bastante relativos), algunos i ndicadores apuntan a una cierta consolidación,
salvo excepciones, de e stas comunidades fundacionale s: un eleva do número de socios o
beneficiar ios, unas obras de infraestructura construidas y en funcionamiento, una
267
estructura orga nizativa consolidada y legitimada por los habitantes de la comunidad, una
capac idad de g estión propia de s us contactos institucionales, un creciente volumen de
las actividades que desa rrollan sus consejos comunales, etc.
Gráfico 3.1.- Comunidades con may or número de benef iciarios. Asociación COI NDI
300
144
116 115
0
50
100
150
200
250
300
350
Chaquijyá Pixabaj Xajaxac Concepción
Fuente: Elaboración propia
Beneficiarios
En el gráfico 3.1 podemos observar que entre las cuatro comuni dades con m ay or
número de socios o beneficiarios se encuentran tres de las llamadas “comunidades
fundacionales” de la asociación C OI NDI : Chaquij y á, Pix abaj y Xajax ac, l lamando la
atención la noto ria ausencia en esta relación de San Jorge L a L aguna, una de las
refer idas excepciones. El número de benef iciarios puede ser un indicador más, como lo
puede ser el número de actividades realizadas o de fondos manejados, aspecto éste por
el que se destaca en CDRO la comunid ad de Nimasac (una de las comunidades
“fundacionale s”) del resto de comunidades.
En ambas org anizaciones se ti ene muy presente l a re levancia del proc eso de
fortalecimiento orga nizativo al interior de las comunidade s como una medida clave del
“desarr ollo”. Esto se complementa con la im portancia de la comunidad en la base de la
274
construy e el sistema actual
269
. Este m odelo hace re ferenc ia a un doble criterio básico de
orga nización: por insti tuciones de poder dentro de la comunidad (las refe ridas Juntas
Directivas) y por comisiones de trabajo dentro de cada comuni dad. Ambas redes
orga nizativas se entrecruzan, dando como resultado una f igura que las a glutina: el
consejo de desarrollo comunal. El esquema 3.2 repre senta el modelo org anizativo
resultante d el entrecr uzamiento de Programas y de Juntas Directivas para el caso de 2
comunidades.
269
La actual alcaldía indígena de Sololá (la llam ada “Municipalidad Indígena”) fue, antes de llam arse
como tal, un a reunión de 18 Chi Na Mit que conform aban un Cons ej o General, el cual se transf ormó e n
algunos aspec tos f ormales en la ac tual a lcaldía indígena. Esta tiene en la actualidad una estructura i nterna
en la que se contemplan una serie d e co mis iones, y en la cual tienen cabida los rep resentantes de las
distintas com unidades. Una revisión de la actual implem entación del Chi Na Mit (que alg unos a utores
prefieren llamar Tina mit ) y el impacto causado e n este modelo organizativo po r el c onflicto armado puede
verse en: Cojtín et a l (19 98) .
275
Esquema 3.2.- Ejempl o de formación de C omisiones Generale s y Consejos de
Desarrollo par a dos comunidades. Asociación COI NDI.
Comunidad A Com unidad B .
↓
↓ ↓
↓
↓
↓ ↓
↓
Program a 1
(Comisión de
Salud )
→
→ →
→
Program a 1
(Comisión de
Salud)
→
→ →
→
Com isión Gener al
de Salud
↓
↓ ↓
↓
↓
↓ ↓
↓
↓
↓ ↓
↓
Program a 2
(Comisión de
Educación )
→
→ →
→
Program a 2
(Comisión de
Educación)
→
→ →
→
Com isión
General
de Educación
↓
↓ ↓
↓
Consej o de
Desarrol lo de la
Com unidad A
→
→ →
→
↓
↓ ↓
↓
Consej o de
Desarrol lo de la
Com unidad B
→
→ →
→
↓
↓ ↓
↓
Consejo
Gener al
En una rápida mirada his tórica, tal y como documenta C armack (1979), el origen del
Chi Na Mit , (voz procedente del nahuatl Tenametl : “lugar cercado”) , se sitúa en clanes
patrilineales encabezados por el ajchinamital (“señor de vasallos”) y asentados en
territorios acotados y cercados. El propio Carmack, interesado sin duda por las
pervivencias de este sistema en l a “sociedad quicheana ” de los años 70, enc uentra su
equivalente en l a figur a de las llamadas “parc ialidades”, de algunas z onas de
Totonicapán y Solol á: “ Dentro de su estructura t enían lugar actividades como el
rendimiento de servicios y tributos, la construcción de edificios, la organización para la
guerra, l a coloniz ación de las ti erras conquist adas, l a admini stración de justicia y la
presentación rit ual. En los pueblos qui chés del presente todavía consti tuye una
276
organización importante. A veces todavía se les alude con la palabra chinamital ,
aunque por lo general se llaman ‘parcialidades’ ”.
Pero no nos i nteresa tanto el gra do de su pervivencia o de conservación histórica de un
modelo original como el modo en que el sistema propuesto, más o menos fiel a su
refer ente, se adapta a los requerimientos de los beneficiarios (de modo que s e haga lo
más “ familiar” posi ble a éstos) así como a la propia organización y a los condicionantes
y constricciones con las que ésta se enfre nta. Así , en un doble sist ema de neg ociación, la
readapta ción del Chi Na Mit al a ctual esque ma org anizativo de COI NDI , implica ha blar
de “programas” en lugar de “comisiones”, requisito formal i ndispensable para la
parcela ción temática que exi gen las agencias de cooper ación. Pero, al mismo t iempo,
tiende a fomentarse la participación de los m iembros d e l a comunidad en las distintas
comisiones y consejos, m ediante un si stema de elecc ión de los carg os “democrá tico”
(lejos, por tanto de una pat rilinealidad ) y propuesto además de forma antagónica a otros
modos de organización anteriores o coexistentes, como el util izado en las cofradí as
270
o
incluso el de l as alcaldías ind ígena s. En el siguiente testimonio de uno de los fundadores
de COI NDI se resalta dicho rescate, el cual se plantea de forma d iferenc ial al que, desde
el estado, se re alizó del Chi Na Mit, que convierte a la casa del ajpop (responsable o
‘principal’) en una “alcaldía indígena”, y esta en una instancia secundaria de la alcaldía
administrativa:
“De aquí a uno s 10, 15 años atrás, todavía se veía esa cuestión consistente, ahora
lamentablemente ha ido desapareciendo poco a poco. Pero, antes el Chi Na Mit
era la forma de organización comunal que se mantenía, estaba ads crita a l o que
llamaban la casa gr ande o la casa del ajpop, que es convertida ahora en
municipalidad indígena, pero era la forma de organización que tenían nue stros
antepasados, tant o k´iche's como kaqchiqueles. Entonces viene a establecerse a
través de las instituciones del estado varias formas de organización…”
271
En este sentido, suelen refer irse una serie de analogías entre el sistema actual y el
refer ente original al que alude, por ejemplo, adaptando l as denominaciones de las
270
Esta p retensión igualitarista pretende superar tam b ién, po r tanto, un sistem a d e elección de las
autoridad es q ue hasta principios d e los 90 se basaba en un sistem a de cargos cívico-religiosos encar nado
en las llam adas Cofrad ías , claro eje m plo p ara algunos de estratificació n social (Cancián, 1 965 , 1967 ). El
m ode lo p rop uesto plantea, en la teor ía, un esquema mu cho más particip ativo e igualitario q ue el de d ichas
cofradías, de may or flexibilidad , y que permite una libertad d e acció n m ayor.
271
Entrevista con Vícto r Saloj , asoc iación COINDI, Noviembre 199 8.
277
autoridades que componen la J unta Directiva de la Asamblea Comunal (presidente,
vicepresidente…), a su equivale nte en l eng ua k´ iche' y kaqchiquel (como es el caso del
ajpop , o del k’ amolbe’ ). P ero, por encima de una búsqueda automática de e stas
analog ías, el t rabajo se centra en procurar que éstas cumplan con el requisito básico de
la potestad comunit aria de eleg ir a sus representante s, lo cual supone una cierta
observación y respeto a la lógica que envuelve a sus criterios de elección. De este m odo,
por ejemplo, los procesos democráticos se “relativizan” en vi rtud de la rica
eferve scencia de lo s distintos liderazgos que existen en las comunidades, como
ampliaremos en el capítulo 5. Co mo puede suponerse, éstos y otros aspectos asociados
van mucho más allá de una simple denominación de tintes folklorizantes.
Por ot ro lado, estas acciones de “resca te” cobran además un sentido etnopol ítico en
cuanto a la construcción de un nosotros may a. Obsérvese en este sentido como la
anterior coincide ncia de denominaciones es propuesta además como un signo de unidad
del pueblo may a frente a l as difere ncias intraétnicas, por lo cual el modelo orga nizativo
Chi Na Mit (que en los documentos de COI NDI s e propone como un “modelo
kaqchiquel prehispánico”) no se plantea como un elemento cultural diferencial entre
k´iche 's y kaqchiqueles, sino que es vist o por sus promotores c omo un elemento común
más del pasado may a, y a que se considera presente también entre las comunidades
k´iche 's
272
. L a conciencia de que se trata de un elemento cultural “propio”, producto de
la herencia de los antepasados, ll eva a ver necesario su rescate, el cual refiere a una
forma pura, usada como modelo ideal y si tuada en los tiempos precoloniales.
Es decir, como puede comprobarse, las conexiones étnico-políticas de la acción
orga nizativa de COI NDI lleva n a situar su discurso (c arga do de valor e n términos
étnico-políticos) e n contra posición a las prác ticas del e stado. Partiendo de l a comunidad
(locus de “presencia may a”, cuy a homoge neidad no se discute) se pretende realizar una
reformulación de este sistema organizativo q ue, entendiéndose como elemento cultural
“propio”, fue enajenado por el estado ladino. De este m odo, el rescate de los Chi Na Mit
conecta con las actuales alcaldías indígena s, instituciones bases de poder local en las
272
E n la prác tica, la existencia en CDRO d e un sistema de comisiones de c onformación muy similar al
que se pr esenta en COINDI ilustra este hecho.
278
que se pretende representar el poder de las comunidades (y que no son refe rente de
pureza por haber estado inducidas, según hemos visto, desde el estado) pero se basa en
una nueva denominación del “ nosotros” que responde a la estigmatización de “indígena ”
con l a reconstrucción del “may a”.
273
Para ello, el camino a seguir es basarse en el
testimonio de líderes comunales que todavía “ recuer dan” esa institución. Así se pretende
que la aplica ción del sistema orga nizativo a la comunidad no resulte demasiado forzada
(ni fundamentada en documentos escritos, de influencia ladina), y a qu e significa la
aplicación de si stemas concretos, basados en la memoria y en su transmisi ón oral
expresada por sus líderes comunales , seg ún refier e el siguiente testimonio:
“Por ejemplo, una de las personas que maneja bastant e eso es don C asimiro
Sicajá, que también fue una de l as personas que ha estado vinculado a COINDI
desde el ini cio. El ha sido un ex alcalde indígena. Es de una comunidad, de
Xajaxac, una persona que ha traba jado desde l os Chi Na Mit, y e n las cofradías,
y ha estado también como alcalde indígena. Entonces ha sido una de las personas
que ha alimentado esta forma de organización. C OINDI es uno de los que ha
empezado a escribir un poco de eso, pero su escritura también en relación a este
modelo es bastante limitada. Hay otras pe rsonas que l o han hecho pero lo que ha
pasado siempre es escrito por ant ropólogos, por gente de fuera. Entonces, no ha
sido todavía asumido como tal por la s personas propiamente de la comunidad”
274
Pero este recuerdo del C hi Na Mit no s ólo es i ndividual, sino que debe también ser (y
hacerse ) colectivo para que aquella readapta ción sea apropiada por los pobl adores de las
comunidades en l as que COI NDI opera. De hecho, cier ta exi stencia de esta “memoria”
se comprueba en la relativa facilidad con que el sistema de autoridades comunales y
comisiones es implementado en dicha comunidad, de modo que no son nece sarias
273
“La alcald ía es indígena, el Chi Na M it es may a.” Las etiquetas tienen su fun ción d elim itador a cuyo
valor no d ebe desapro vecharse en un contexto de activación de marcado res étnicos. E n este sentido,
algunos de los líder es d e la o rganización insinuaban en sus testim onios lo “desfasado” del nombre actual
de la prop ia asociación (Coo peració n Indígena de Desarro llo Integral), surgido hace m ás de 1 5 años (a
m ediad os de los 80, en el momen to de la co nstitución), cuando lo indígena ocupaba el lugar, en algun os
contextos, de lo may a.
274
E ntrevista con Víctor Saloj , op . c it. Concre tam ente, Casimiro Sica jau eje rció d e alcalde indígena en
Sololá d urante el año 1 986 .
279
muchas “capacitac iones” para que la comunidad “recuerde” algo que en muchos casos
se vive cotidianamente.
275
De todos modos, la efe ctividad de este proc eso re orga nizativo que pretende COI NDI e n
las comunidades está también afec tado por otros factore s, como trataremos en
posteriores apartados. Por ejemplo, la elaboración de una serie de principios o normas
de acción elaborados desde las éli tes organizativas y referidos a la reconstrucción de
elementos considerados como “may as” redunda en la consecución de un determinado
esquema organizativo. Pero en l a configuración real de éste esquema (más allá de su
descripción superficial) intervienen otros muchos factores, entre los que se e ncuentran la
reinterpre tación que desde l as comunidades se realiza de dichos esquemas
orga nizativos . Dentro de éstos, y enlazando el camino entre la comuni dad y la
orga nización se encuentran las l lamadas agrupaciones comunales, de l as que nos
ocupamos a continuación para el caso de COI NDI .
3.1.2.2.- Los sistemas d e agrupación intercom unitaria: L as Agrupaciones
Com unal es
L a existencia de un sis tema de ag rupación intercomunitaria dentro de su estructura
orga nizativa, supone en COI NDI la presencia de una se rie de instancias situadas a medio
camino entre l a comunidad (y , dentro de éstas, los gr upos y comisiones que la integ ran)
y la orga nización. Estas ins tancias de agrupación (que llamaremos, en su conjunto,
Agrupaciones Comunal es ) difiere n seg ún el número de grupos que la integran, la
distancia entre ellos y con respecto a la se de centra l de COI NDI , distinguiéndose entre:
- Coordinadora s C omunales: Se establec en entre varias comunidades de la
misma zona que manejan un esc aso número de proy ectos, y por tanto, de grupos
275
Lógicamente, no se trata de elementos culturales inalterables en el tiempo, ni en el espac io. El grado d e
conocimiento de este tip o d e estructuras organizativ as varía a veces según la com unidad d e q ue se tra te, y
aún d entro de e lla según sus d istintos habitantes. En términos generales, e n las cap acitaciones a las que
hem os po dido asistir en las cuales se impartía este tema por primera vez (en to rno a una treintena entre
CDRO y COINDI, realizad as en diferentes zo nas, co n distintos capacitado res y asistentes) hemos
encontrado d esde un desco nocimien to absoluto por los beneficiarios d e los p royectos hasta una gra n
comprensión del esquema planteado, pero esta última posibilidad era siempre la más frecuente.
[Document text truncated for crawler view.]