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Apuntes de Psicología, 2004, Vol. 22, número 3, págs. 353-373. 353 A. Pelegrín y E. J. Garcés Violencia de género: propuestas para la prevención Apuntes de Psicología Colegio Oficial de Psicología 2004, Vol. 22, número 3, págs. 353-373. de Andalucía Occidental y ISSN 0213-3334 Universidad de Sevilla Dirección de los autores: Facultad de Psicología Edificio Luis Vives. Campus de Espinardo, s/n. 30100 Espinardo, Murcia. Correo electrónico: [email protected] Los autores quieren agradecer las aportaciones realizadas por los revisores que, sin duda, proporcionan más solidez al trabajo que presentamos. Recibido: marzo 2004. Aceptado: octubre 2004. Aproximación teórico-descriptiva de la violencia de género: propuestas para la prevención Antonia PELEGRÍN MUÑOZ Enrique J. GARCÉS DE LOS FAYOS RUIZ Universidad de Murcia Resumen Los graves episodios de violencia que transcurren en numerosas familias a diario, es uno de los temas que mayor protagonismo ha ido adquiriendo en las noticias de sucesos. La violencia de género es una consecuencia más de un comportamiento violento que recae sobre una víctima, en este caso la mujer. En este trabajo se presenta el desarrollo de una aproximación teórico-descriptiva de la violencia de género en un intento de aclarar qué variables podrían estar asociadas a su manifestación dentro del contexto familiar. Así, en primer lugar, se hace una breve introducción del concepto de agresión y de los posibles factores que predisponen a su desarrollo y manifestación. A continuación, se describen algunas características que pueden estar relacionadas con el perfil de personalidad del maltratador y las consecuencias tanto físicas como psicológicas que dicha violencia puede ocasionar en la víctima. Finalmente, proponemos algunas de las líneas esenciales a desarrollar en un programa de intervención para maltratadores. Palabras clave: comportamiento agresivo, agresión, violencia de género, maltrato, víctima, familia, programas de intervención. Abstract Serious successes from gender violence and alarming social oppinion, are probably taking outstanding places in reports. Gender violence is one more consequence from the violent behavior on women. This work aims a theorist and descriptive nearing of gender violence; and it is sustained that many variables can be associated with a violent behavior in family context. The author introduces a brief concept of aggression, as so as possible factors that predispose to its development and manifestation. Then, some characteristics
354 Apuntes de Psicología, 2004, Vol. 22, número 3, págs. 353-373. A. Pelegrín y E. J. Garcés Violencia de género: propuestas para la prevención probably connected to aggressor's fuss and their physical and psychological consequences in victims, are described. Finally, we purpose many essential lines in a programme of intervention with aggressors. Key words: Aggressive behaviour, Aggression, Gender violence, Ill-treatment, Victim, Family, Programme of intervention. La salud mental, educación y socialización de los niños y niñas está siendo la principal preocupación de muchos profesionales (psicólogos, psiquiatras, profesores, trabajadores sociales, entre otros). El comportamiento agresivo en edades tempranas puede ser uno de los mayores precursores del desarrollo de conductas agresivas y violentas en la adolescencia y edad adulta y que, en ocasiones, pueden cursar también en episodios de conductas antisociales y delictivas (Patterson, 1982; Blumstein, Farrington, y Moitra, 1985). Así, en algunos niños y niñas el comportamiento antisocial se estabiliza cuando se encuentran aún escolarizados en Educación Primaria y mantienen dicho comportamiento en la Educación Secundaria (Ghodsian, Fogelman, Lambert, y Tibbenham, 1980; Loeber y Dishion, 1983; Kohlberg, Ricks y Sharey, 1984). Cuando el comportamiento agresivo es frecuente y generalizado en los distintos contextos donde interaccionan niños/as, hay un mayor riesgo de que se mantenga y puede derivar en un comportamiento antisocial y/o criminal en la edad adulta (Blumstein y cols., 1985). Además, la aparición temprana de este comportamiento parece ser que predice la frecuencia del uso de drogas en adolescentes (Simcha-Fagan, Gersten, y Langner, 1986). De este modo, habría que sugerir que los programas de prevención que reducen el comportamiento antisocial y, en particular, el comportamiento agresivo de niños/as, deberán aplicarse en las etapas tempranas de escolarización para prevenir el uso y abuso de sustancias nocivas, así como de comportamientos poco deseados y desadaptados socialmente. También, hay que tener en cuenta que el transcurso de reiterados episodios agresivos en jóvenes, cuyo comienzo se ha manifestado en edades tempranas y en diversos contextos, puede derivar en la edad adulta a inminentes y frecuentes episodios de agresiones y de violencia dentro del núcleo familiar. A continuación, desarrollamos el concepto de agresión y analizamos algunas de las posibles variables que pueden estar asociadas a su manifestación, así como de sus posibles consecuencias. Definición del concepto de agresión En los trabajos realizados sobre el comportamiento agresivo desde diferentes modelos teóricos, encontramos una amplia gama de definiciones que introducen el concepto de agresión. Así, tenemos la definición que plantea Caballo (1987) donde la conducta agresiva “implica la defensa de los derechos personales y la expresión de los pensamientos, sentimientos y opiniones, pero de una manera deshonesta, normalmente inapropiada, y siempre viola los derechos de la otra persona” (Caballo, 1987, pág. 326). También, puede definirse la agresión como: “Cualquier forma de conducta que pretende herir física o psicológicamente a alguien” (Berkowitz, 1996, pág. 25). Por otro lado, existen otros términos que se emplean frecuentemente en relación con la agresión (ira, hostilidad y agresividad). Siguiendo a Berkowitz (1996), la
Apuntes de Psicología, 2004, Vol. 22, número 3, págs. 353-373. 355 A. Pelegrín y E. J. Garcés Violencia de género: propuestas para la prevención agresión a diferencia de la ira, está relacionada con una conducta que trata de alcanzar una meta concreta voluntariamente: herir a otra persona. Por el contrario, la ira se refiere a un conjunto particular de sentimientos que surgen, en gran parte, de reacciones psicológicas internas y de las expresiones emocionales involuntarias producidas por la aparición de un acontecimiento desagradable. La idea importante es, que la ira, no instiga directamente a la agresión, sino que la acompaña. Respecto a la hostilidad, es una actitud negativa hacia una o más personas que se refleja en un juicio desfavorable. Un individuo hostil es alguien que normalmente hace evaluaciones negativas de otros, mostrando disgusto global por muchas personas. Por último, el autor mantiene que la agresividad hace referencia a la disposición relativamente persistente a ser agresivo en diversas situaciones diferentes. Del mismo modo, Fernández (1998) hace una distinción entre agresividad, violencia y conflicto. Así, el conflicto, lo define como una situación de confrontación de dos o más protagonistas, entre los cuales existe un antagonismo motivado por una confrontación de intereses. Algunos conflictos cursan con agresividad cuando fallan los instrumentos mediadores con los que hay que enfrentarse al mismo. Por el contrario, la violencia es el uso deshonesto, prepotente y oportunista de poder sobre el contrario, sin estar legitimado para ello. Terry y Jackson (1985) se refieren a la violencia como el componente físico de la agresión. Variables predictoras y consecuencias del comportamiento agresivo En la manifestación de la conducta agresiva hay una amplia relación de variables implicadas que se encuentran favorecidas por determinados contextos (individuo, familia, amigos, escuela...). A pesar de ser diversas las distintas variables predictoras y ser muchos los estudios que han identificado aquellas causas que preceden al comportamiento agresivo (Moore y Pepler, 1998; Goldstein, 1999), aún no se tiene suficiente conocimiento de algunas de ellas y otras no se encuentran suficientemente avaladas. Diversos trabajos han planteado que el comportamiento agresivo se mantiene bastante estable desde la infancia hasta la edad adulta (Farrington, 1991), considerándose esta estabilidad como uno de los factores de riesgo más importantes (Huesmann y Eron, 1984; Loeber, Wung, Keenan, Giroux, Stouthamer-Loeber, y Van Kammen, 1993). Estudios recientes sugieren que al menos el 5’5% de niños/as presentan desórdenes de conducta relacionados con la agresividad (Olweus, 1990, citado por Cerezo 1998), que el 60% de niños/as entre los 4 y los 11 años diagnosticados con trastornos de conducta son hiperactivos, lo que complica aún más sus relaciones con los demás (Offord y cols., 1991). Además, con frecuencia, estos patrones de conducta son estables y predictivos de una amplia variedad de dificultades sociales y emocionales en la etapa adulta (Cerezo, 1998). Dentro de las influencias ambientales nos encontramos con un número de variables procedentes del contexto familiar, en general, y de la actitud de los padres, en particular. El estrés derivado de la relación padres-hijo ha sido implicado como factor de riesgo en el desarrollo de la agresión y la delincuencia (Webster-Stratton, 1988; Loeber y Stouthamer-Loeber, 1998). Así, teniendo en cuenta el gran número de variables que pueden predeterminar
356 Apuntes de Psicología, 2004, Vol. 22, número 3, págs. 353-373. A. Pelegrín y E. J. Garcés Violencia de género: propuestas para la prevención el comportamiento agresivo, en la tabla 1 aparecen aquellas variables más importantes y frecuentemente citadas en los diversos trabajos analizados. Por otro lado, nos interesaba averiguar las consecuencias que conlleva el comportamiento agresivo. La más preocupante que se desarrolla es la violencia propiamente dicha que, finalmente, emerge dándose una alta incidencia, por ejemplo, de actos vandálicos, crímenes, robos, violaciones o asaltos a la propiedad privada. Así, la agresión y el vandalismo que puede empezar a manifestarse en los colegios conlleva directamente a un reflejo en la comunidad (Pelegrín, 2001). Otra consecuencia grave que acontece es la violencia en las familias (Straus y Gelles, 1986). También son víctimas de dicha violencia los hijos y las hijas (Echeburúa y Guerricaechevarría, 1998 y 2002; Arruabarrena y De Paúl, 2001; Sanmartín, 2002), así como los ancianos (Elderly Abuse, 1990). Otro contexto donde también se sufre las consecuencias de la agresión es en el escolar (Cano, Avery-Leaf, Cascardi y O’Leary, 1998). En la tabla 2 presentamos el listado de las diferentes consecuencias de la agresión que hemos encontrado en la revisión bibliográfica realizada. No obstante, algunas de las consecuencias a las que los autores hacen referencia también han aparecido como causas de la agresión. A continuación, en el siguiente epígrafe, se analiza una de las consecuencias del comportamiento agresivo y violento que se desarrolla en el contexto familiar: la violencia masculina en la pareja, que está siendo a diario la principal amenaza contra las mujeres que pasan a ser víctimas de abusos y malos tratos, que su incidencia va en aumento y, en la mayoría de las ocasiones, conlleva la muerte. Tabla 1.Variables predictoras de la agresión (Pelegrín, 2001). Variables predictoras de la agresión Personales - Género - Edad - Trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH) - Autocontrol - Impulsividad - Competitividad - Consideración con los demás - Retraimiento social / aislamiento - Habilidades sociales - Frustración - Percepción de la situación - Inestabilidad emocional - Extraversión - Psicoticismo - Liderazgo - Factores biológicos - Agresión física Contexto escolar - Valores - Vigilancia e intervención inadecuada en el lugar de recreo - Conducta bullying - Factores internos de la propia institución - Influencia del grupo de iguales / características del grupo - Rechazo de los iguales - Rendimiento académico Ambientales - Familia - Negativismo/permisibilidad de la madre - Nivel socioeconómico - Modelos - Televisión - Video-juegos - Malos tratos / abusos - Castigo corporal - Reprimendas verbales - Consumo de sustancias nocivas
Apuntes de Psicología, 2004, Vol. 22, número 3, págs. 353-373. 357 A. Pelegrín y E. J. Garcés Violencia de género: propuestas para la prevención Tabla 2. Consecuencias de la agresión (Pelegrín, 2001). Consecuencias de la agresión Intrapersonales - Desajuste social - Problemas en la resolución de conflictos - Comportamiento antisocial y delictivo - Depresión - Madres agresivas e introvertidas - Enfermedades coronarias - Homicidio Familiares - Maltrato del cónyuge - Transmisión intergeneracional de la agresión - Abuso infantil - Problemas de conducta en los hijos Escolares - Víctimas agredidas - Agresión hacia los profesores - Víctimas agresoras - Comportamiento disruptivo en el aula - El rechazo de los compañeros - Fracaso escolar - Conducta bullying Ambientales - Desempleo - Formación de bandas - Miembros de grupos inadaptados Violencia masculina en la pareja: una breve aproximación teórica Existen diversas teorías sobre los motivos que les impulsa a los hombres a cometer agresiones hacia las mujeres (Mullender, 2000). Por un lado, las teorías psicológicas aportan una visión de la violencia masculina como la conducta de algunos hombres enfermos o psicológicamente trastornados (Maynard, 1993). Los investigadores han buscado una patología individual masculina basada a veces en anormalidades orgánicas o en alteraciones de la bioquímica del cerebro (Dobash y Dobash, 1992) y, más frecuentemente, en disfunciones psicológicas, pero no se han hallado pautas consistentes en este sentido (Bograd, 1988). En la literatura científica abundan más las explicaciones psicológicas que las fisiológicas y éstas tienden a centrarse en la ira incontrolable que procede de conflictos familiares sin resolver, en reacciones primitivas agresivas, en el temor del que va de matón, en la inseguridad del hombre a causa de su dependencia de la mujer o en cualquier otra forma de estrés interno (Dobash y Dobash, 1992). En este sentido, Maynard (1993) cita diversos estudios norteamericanos que no pudieron demostrar la existencia de trastornos psicológicos en maridos que abusaban de sus esposas. Por otro lado, las teorías psicosociales postulan que los hombres se vuelven individualmente abusivos como respuesta a las presiones sociales y del entorno, como por ejemplo la pobreza, la precariedad del alojamiento, la mala calidad de vida, el desempleo o la explotación laboral, el racismo, el fracaso en los estudios, los deseos materiales insatisfechos en una sociedad consumista y/o la falta de esperanza en el futuro (Gelles, 1983; Smith, 1989). A pesar del enfoque de esta teoría, también se ha planteado que uno de los problemas metodológicos en algunas investigaciones es utilizar muestras de mujeres acogidas en refugios y el hecho de que éstas provienen en muchos casos de entornos pobres (Pahl, 1985), mientras que las que disponen de ahorros, ingresos propios o ayuda económica de su familia, aunque también sufren malos tratos, generalmente no acuden a los refugios, sino que suelen escapar de su situación de otra forma. Aunque el término de violencia de género abarca numerosas acciones ocasionadas, en la mayoría de los casos, por el hombre
358 Apuntes de Psicología, 2004, Vol. 22, número 3, págs. 353-373. A. Pelegrín y E. J. Garcés Violencia de género: propuestas para la prevención hacia la mujer, podría definirse según Mullender (2000) como: “Utilizar contra la mujer violencia física, violencia psicológica, aterrorizarla, abusar sexualmente de ella de todas las formas posibles incluyendo la violación y tenerla virtual o realmente prisionera. El dominio económico y el abuso de los privilegios masculinos también tienen mucho que ver con el tema, al igual que predisponer a los hijos contra su madre, abusar de ellos o maltratar a los animales domésticos para amedrentar o amenazar a la mujer” (Mullender, 2000, pág. 27). Respecto al perfil demográfico y psicopatológico de los maltratadores, según los datos obtenidos en el Servicio de Violencia Familiar de Bilbao (Fernández-Montalvo y Echeburúa, 1997), las personas violentas en el hogar cuentan con una edad media de 4045 años, están casadas y con hijos en la mayor parte de los casos y pertenecen a un nivel socioeconómico que oscila entre medio y bajo (sin que ello quiera decir que el maltrato sea exclusivo de este grupo de poblaciones). Además, se dan diversos tipos de maltratadores que se pueden establecer en función, por una parte, de la extensión de la violencia (aquellos que son violentos sólo en el hogar adoptando en la calle conductas sociales adecuadas, y los violentos en general, que ejercen la violencia tanto en casa como en la calle), del perfil psicopatológico presentado (con déficit en las habilidades interpersonales), y los maltratadores sin control de los impulsos que muestran episodios bruscos e inesperados de descontrol con la violencia (Fernández-Montalvo y Echeburúa, 1997). Respecto a los tipos de maltrato, la mayor parte de los agresores ejercen un maltrato físico. Sin embargo, también se utiliza el maltrato psicológico en el 37 % de los casos (humillaciones, desvalorizaciones, insultos...), o bien, puede darse a la vez los dos tipos de maltrato. La duración de la violencia familiar es superior a los 5-10 años y se remonta frecuentemente al noviazgo o al primer año de matrimonio (Sarasua y cols., 1994). Los hombres maltratadores suelen estar afectados por numerosos sesgos cognitivos, relacionados, por una parte, con creencias equivocadas sobre los roles sexuales y la inferioridad de la mujer y, por otra, con ideas relacionadas sobre la legitimación de la violencia como forma de resolver los conflictos. Asimismo, se muestran muy sensibles a las frustraciones, presentan unas habilidades de comunicación muy limitadas y carecen de estrategias adecuadas para solucionar los problemas (Fernández-Moltalvo y Echeburúa, 1997). La tabla 3 muestra el perfil del hombre potencialmente violento en el hogar. Tabla 3. Perfil del hombre potencialmente violento en el hogar (Echeburúa y Fernández-Moltalvo, 1998). Señales de alerta: perfil del hombre potencialmente violento en el hogar − Es excesivamente celoso. − Es posesivo. − Se irrita fácilmente si se le ponen límites. − No controla sus impulsos. − Bebe alcohol en exceso. − Culpa a otros de sus problemas. − Experimenta cambios bruscos de humor. − Cuando se enoja actúa con violencia y rompe cosas. − Cree que la mujer debe estar siempre subordinada al hombre. − Ya ha maltratado a otras mujeres. − Tiene una baja autoestima.
Apuntes de Psicología, 2004, Vol. 22, número 3, págs. 353-373. 359 A. Pelegrín y E. J. Garcés Violencia de género: propuestas para la prevención La violencia sexual y física a menudo es parte de una conducta dominante que incluye la violación marital (Russell, 1990). Así, además de una amplia gama de actividades forzadas (Kelly, 1988a y 1988b), donde se incluye la imposición por parte del hombre de cualquier clase de intimidad, mientras la mujer aún está lastimada por la violencia sufrida anteriormente (por ejemplo: exigirle conductas sexuales que ella puede haber consentido otras veces), es obligada a realizar o soportar actos que no desea, o que encuentra degradantes o desagradables (por ejemplo: fotografiarla en posturas sexuales contra su voluntad o forzarla a mantener relaciones sexuales con otras personas mientras él mira; Burstow, 1992). De esta manera, en los abusos se combinan a menudo malos tratos físicos y sexuales, como sexo forzado y agresiones que generan lesiones en los senos o en el área genital (Pence, 1987; Frieze, 1983). Además de producirse una violencia física y sexual hacia la mujer por parte de su pareja, diversos estudios muestran como se vincula también el abuso emocional donde, por ejemplo, el hombre se burla de la mujer diciéndole que es poco deseable; mantiene abiertamente relaciones sexuales con otras mujeres y hace comparaciones negativas para ella, además de humillarla y degradarla sexualmente de otras formas (Hoff, 1990). Así, se está produciendo abuso emocional hacia la mujer, cuando el hombre emplea cualquier palabra o acción dirigida a debilitar la fuerza interna de la mujer y socavar su autoimagen y su autoestima (Mullender, 2000). En este sentido, este autor continúa argumentando lo siguiente: “Los hombres que abusan físicamente de las mujeres también utilizan tácticas psicológicas para reforzar su control hacia ellas. Una vez les ha creado el miedo a sufrir nuevos ataques, basta con una amenaza verbal, un gesto o una mirada para mantener la atmósfera de constante temor y la angustia de intentar prever cuándo se le va a antojar a él agredirlas otra vez. Se valen de cualquier cosa que sirva para asustarlas: gritar, golpear la pared, conducir de manera temeraria cuando ellas les acompañan en el coche, mostrar las armas que poseen, acecharlas, mantener silencios prolongados, romper objetos, hacer daño a los hijos o a los animales domésticos (y aquí la tortura es doble, porque ella está presenciando la escena y sabe que puede ser la próxima). Estas mujeres viven en un estado de terror permanente, todos y cada uno de los días de su vida” (Mullender, 2000, págs. 47-48). Los abusos emocionales y psicológicos pueden producir efectos tan negativos que han sido comparados con las torturas que sufren los rehenes (Graham, Rawlings, y Rimini, 1988). Según Stanko (1985), en el daño psicológico ocasionado por el maltrato son comunes los síntomas de estrés, la depresión y la ansiedad; agravando y haciendo más difícil escapar de los abusos, e incluso un considerable porcentaje de mujeres se suicidan (Stark, Flitcraft y Frazier, 1979; Hanmer y Saunders, 1984; McWilliams y McKiernan, 1993). De este modo, puede resultar difícil a las propias mujeres reconocer en ese momento que han sufrido malos tratos psicológicos o incluso puede que no sepan darle un nombre a lo que les ha sucedido (Mullender, 2000). Asimismo, Kennedy (1992, citada por Mullender, 2000) describe el aspecto de las mujeres que han sufrido daños emocionales recientes: “Parecen apagadas, faltas de afecto, sin energía ni capacidad de lucha (lo que no se asemeja mucho al aspecto que tiene una mujer que acaba de sufrir un
360 Apuntes de Psicología, 2004, Vol. 22, número 3, págs. 353-373. A. Pelegrín y E. J. Garcés Violencia de género: propuestas para la prevención ataque aislado, aunque esto último sea lo habitual o lo que se espera ver en los tribunales en los casos de violencia doméstica). Estas diferencias pueden llevar a sacar conclusiones erróneas y dificultar que jueces y jurados entiendan el infierno por el que ha tenido que pasar la mujer. Y también puede confundir a otros profesionales de los servicios sociales que quizás esperan ver a una mujer llena de miedo o rabia” (Kennedy, 1992, citado en Mullender, 2000, págs. 86-87). En un trabajo realizado por Echeburúa y Corral (1995) se muestran las consecuencias de la violencia masculina en la familia en forma de los siguientes síntomas: a) Conductas de ansiedad extrema: Son manifestadas a consecuencia de una situación de amenaza incontrolable a la vida y a la seguridad personal. La violencia repetida e intermitente, entremezclada con períodos de arrepentimiento y ternura, suscita en la mujer unas respuestas de alerta y de sobresalto permanentes. b) Depresión y pérdida de autoestima, así como sentimientos de culpabilidad: Los síntomas de depresión, como la apatía, la indefensión, la pérdida de esperanza y la sensación de culpabilidad, contribuyen a hacer aún más difícil la decisión de buscar ayuda o de adoptar medidas adecuadas. La depresión está muy relacionada con el déficit de autoestima y la falta gradual de implicación en actividades lúdicas. Más en concreto, la indefensión nace de la incapacidad para predecir o controlar la violencia dirigida contra la víctima. c) Aislamiento social y dependencia emocional del hombre dominante: La vergüenza social experimentada puede llevar a la ocultación de lo ocurrido y contribuye a una mayor dependencia del agresor quien, a su vez, experimenta un aumento del dominio a medida que se percata del mayor aislamiento de la víctima. De todas las formas de abuso, la violencia física o la anticipación de que ésta se va a producir, es el elemento clave que sirve para perpetuar todos los demás malos tratos. Por ello, el Proyecto de Intervención en Abusos Domésticos, en Duluth, Minnesota, ilustra los abusos como una rueda, donde el maltrato físico hace girar todos los ejes; esta rueda se mueve hacia un objetivo principal que es el poder y el control del hombre sobre la mujer. Entre los radios de esa rueda se encuentran todas las formas de abuso sobre las que hay que intervenir para ayudar a las mujeres a sobrevivir y a los hombres a poner freno a su conducta por medio de programas multidisciplinares (Mullender, 2000, ver la figura 1). Por otro lado, el estudio de Fagan, Stewart y Hansen (1983) muestra una proporción significativa de hombres que habían sido víctimas de abuso infantil y que, además, maltrataban a sus esposas, también tendían a mostrarse agresivos hacia miembros ajenos a la familia. Sin embargo, debemos reconocer que existen algunos hombres cuya violencia se limita a sus familias, mientras que otros sólo se muestran agresivos fuera del hogar (Shields, McCall y Hanneke, 1988). En esta misma línea, Hotaling y Sugarman (1986) informaron que en el 88% de los estudios que examinaron, los maridos abusivos tenían más probabilidades que los no abusivos de haber presenciado violencia en sus propias familias durante su crecimiento. Del mismo modo, en el 69% de las investigaciones relevantes, los hombres que golpeaban a sus esposas habían sido golpeados ellos mismos durante su infancia. También Straus, Gelles y Steinmetz (1980) en
Apuntes de Psicología, 2004, Vol. 22, número 3, págs. 353-373. 361 A. Pelegrín y E. J. Garcés Violencia de género: propuestas para la prevención el estudio que realizaron pidieron a hombres y mujeres que recordaran la frecuencia con que habían sido físicamente castigados por sus progenitores cuando tenían aproximadamente 13 años. Así, tanto los hombres como las mujeres que habían sido castigados con más frecuencia durante la infancia eran los más propensos a efectuar este tipo de agresiones. Cuanta mayor era la frecuencia con que estos hombres y mujeres habían sido castigados durante la infancia, mayor era la probabilidad de que agredieran gravemente a sus cónyuges (Rosenbaum y O’Leary, 1981; Straus, 1983). Otros trabajos realizados indican que, al parecer, el problema de maltrato a mujeres también se encuentra sujeto a factores raciales, culturales y de desarrollo económico (Dobash y Dobash, 1992; Davies, 1994), constituyendo un grupo de población caracterizado por un nivel cultural bajo, con falta de tareas extradomésticas, la existencia de trabajos poco cualificados, la dependencia económica del marido, un apoyo social escaso y la frecuente presencia de hijos menores y de hogares hacinados (Echeburúa, Corral, Sarasua, y Zubizarreta, 1996). Además, está la presencia de algunas variables psicológicas como la minimización del problema como resultado de una cierta habituación a la situación de tensión, el miedo, la indefensión generada, la resistencia a reconocer el fracaso de la relación, el temor al futuro en soledad (Echeburúa, Corral, Amor, Sarasua y Zubizarreta, 1997); la falta de información, que puede hacer pensar que una “paliza” no entra dentro de lo que puede denominarse maltrato al cónyuge, son variables que obstaculizan una actitud Figura 1. La rueda de control y poder (Pence, 1987, citado por Mullender, 2000). AISLAMIENTO Controlar lo que hace, a quién ve, con quién habla y adónde va. INTIMIDACIÓN Infundirle temor por medio de miradas, actos y gestos, de alzar la voz, romper objetos y destruir sus pertenencias. ABUSO SEXUAL Obligarla a realizar actos sexuales contra su voluntad. Dañar físicamente partes sexuales de su cuerpo. Utilizarla como un objeto sexual. ABUSO ECONÓMICO Impedirle que pueda conseguir o mantener un empleo. Obligarla a pedirle dinero, asignarle una cantidad de dinero. Quitarle el dinero. ABUSO EMOCIONAL Degradarla o hacer que se sienta mal consigo misma, ponerle apodos ofensivos. Hacerle creer que está loca. Utilizar estrategias psicológicas perversas. UTILIZAR LOS PRIVILEGIOS MASCULINOS Tratarla como una sirviente. Tomar él todas las decisiones “importantes”. Actuar como el “rey de la casa”. AMENAZAS Proferir amenazas o llevarlas a la práctica para herirla emocionalmente. Amenazarla con llevarse a los hijos, con suicidarse o con informar en su contra a los servicios sociales. ABUSOS FÍSICOS Empujarla, golpearla, abofetearla, impedirle la respiración, tirarle del pelo, sujetarla, darle puñetazos, patadas, utilizar un arma contra ella, darle una paliza, retorcerle el brazo, morderla. UTILIZAR A LOS HIJOS Hacerla sentirse culpable con respecto a los niños. Utilizar a éstos para enviarle mensajes agresivos. Servirse de las visitas para hostigarla. PODER Y CONTROL
368 Apuntes de Psicología, 2004, Vol. 22, número 3, págs. 353-373. A. Pelegrín y E. J. Garcés Violencia de género: propuestas para la prevención dan facilitar su vida en pareja (González y Santana, 2001). En este sentido, determinadas conductas son potencialmente negativas para las relaciones, como por ejemplo las críticas continuas, o las actitudes defensivas y emocionalmente distantes (Gottman y Silver, 1999). Así, parece clave para mantener altos niveles de satisfacción a lo largo del tiempo el conservar la amistad, basada en el respeto, y la capacidad para disfrutar en compañía, así como del uso de estrategias de reparación durante los conflictos (por ejemplo: una broma oportuna, o una disculpa que sea aceptada con agrado). También, existen otras habilidades de entrenamiento como trabajar distintos aspectos de la comunicación, las respuestas ante situaciones de conflicto, las atribuciones frente al comportamiento de la pareja, entre otras. Finalmente, González y Santana (2001) plantean la necesidad de coordinar estos programas dentro de una política general de prevención. Otro de los puntos que se han desarrollado en este trabajo ha sido un ejemplo de intervención sobre el maltratador. En este sentido, la intervención sobre el maltratador se hace tan necesaria e imprescindible como la de la víctima por la importancia de crear y potenciar una mayor protección a dicha víctima, en el intento de reducir al máximo la frecuencia con la que se está dando los episodios de violencia masculina en la pareja. Para ello, los programas dirigidos a maltratadores y víctimas intentan estructurar una serie de técnicas desde un tratamiento cognitivo-conductual, en función de las necesidades de cada persona, y dentro de un marco global de programa de violencia familiar (Edleson y Tolman, 1992; Maiuro y Avery, 1996). Corsi y Bonino (2003) plantean la importancia de dirigir las intervenciones a varones en relación a la problemática de la violencia de género desde las instituciones. De este modo, los autores indican que se pueden diseñar estrategias de: - Promoción de la salud, fomentando el desarrollo de comportamientos cooperativos, cuidadosos, corresponsables y presenciales de los varones en todas las actuaciones sociosanitarias y a través de módulos específicos en las actuaciones perinatales, de salud sexual y reproductiva, pediátrica y el cuidado de otras personas. - Prevención primaria para reducir la probabilidad de aparición del problema, favoreciendo la transformación de los factores de riesgo (roles de género, autoritarismo familiar, aprendizaje de la violencia), así como diseñando estrategias para hijos de varones que ejercen violencia. - Prevención secundaria para detectar precozmente el problema, intervenir rápida y eficazmente (antes y no después de las violencias graves) con varones que ejercen violencia de todo tipo especialmente estrategias de intervención para varones en riesgo (previolentos) o con manifestaciones iniciales de violencia psicológica o física, tales como aquellos en crisis por sentimientos de pérdida de poder, así como aquellos con tendencia a la posesión, al descontrol, impulsividad o ensimismamiento, que pueden ser varones de riesgo si están muy aferrados al modelo masculino tradicional. O varones con factores de riesgo coadyuvantes o agravantes. Varones todos estos cuyos comportamientos hay que tomar muy en serio como indicadores de riesgo y en los que es fundamental detectar los activadores de su violencia. Y también estrategias destinadas a disminuir el usufructo de
Apuntes de Psicología, 2004, Vol. 22, número 3, págs. 353-373. 369 A. Pelegrín y E. J. Garcés Violencia de género: propuestas para la prevención las ventajas de género favoreciendo la redistribución de lo doméstico. - Prevención terciaria para reducir los efectos del problema y evitar recidivas con programas de recuperación y rehabilitación. En el caso para las estrategias para los denunciados y encarcelados, habitualmente en casi todos los países con experiencia en el tema se realizan fuera del sistema sanitario, en programas independientes que, para ser exitosos, deben estar coordinados con el sistema judicial. La compleja diversidad de variables que median en el desarrollo de la conducta agresiva y violenta, obstaculizan la aproximación y aclaración a los motivos que impulsan a un hombre a agredir brutalmente e, incluso asesinar, a su novia, ex novia, mujer o ex mujer, generando así la necesidad de ir a las raíces para realizar una actuación más específica sobre aquellas variables que mueven el motor de la violencia. Finalmente, para concluir, cabe señalar que la mejor herramienta de prevención de la violencia masculina en la pareja es seguir insistiendo en la apertura de este problema, para hacer ver a la sociedad que dicha violencia ha dejado de ser un ignorado problema a solucionar dentro del matrimonio, a ser una de las mayores tragedias en la familia. Así, es importante seguir transmitiendo (a través de los medios de comunicación, debates, jornadas, formación...), todas aquellas propuestas que faciliten un plan de actuación desarrollado por un equipo de profesionales (psicólogos, médicos, abogados, asistentes sociales...) que coordinen y aporten desde su campo un abanico de recursos que frenen esta desmesurada violencia masculina en la pareja que atenta con el equilibrio moral y la vida de un gran número de mujeres que la sufren. Referencias Arruabarrena, M.I. y De Paúl, J. (2001). Maltrato a los niños en la familia. Evaluación y tratamiento. Madrid: Pirámide. Barnett, O., Miller-Perrin, C. y Perrin, R. (1997). Family violence across the lifespan. An Introduction. Londres: Sage. Barragán, F., De la Cruz, J.M., Doblas, J.J., Padrón, M.M., Navarro, A. y Álvarez, F. (2001). Violencia de género y curriculum. Un programa para la mejora de las relaciones interpersonales y la resolución de conflictos. Archidona (Málaga): Aljibe. Berkowitz, L. (1996). Agresión: causas, consecuencias y control. Bilbao: Desclée de Brouwer. Blumstein, A., Farrington, D.P. y Moitra, S. (1985). Delinquency careers: Innocents, desisters and persisters. En N. Morris y M. Tonry (Eds.), Crime and Justice, Vol. 6 (págs. 187-219). Chicago: Universidad de Chicago. Bograd, M. (1988). Feminist perspectives on wife abuse: an introduction. En K. Yllö, y M. Bograd (Eds.), Feminist Perspectives on Wife Abuse. Newbury Park, CA: Sage. Burstow, B. (1992). Radical Feminist Therapy: Working in the Context of Violence. Newbury Park, CA: Sage. Caballo, V.E. (1987). Teoría, evaluación y tratamiento de las habilidades sociales. Valencia: Promolibro. Cano, A., Avery-Leaf, S., Cascardi, M. y O’Leary, K.D. (1998). Dating violence in two high school samples: Discriminating variables. The Journal of Primary Prevention, 18 (4), 431-445. Cerezo, F. (Ed.). (1991). Conductas agresivas en la edad escolar. Aproximación teórica y metodológica: propuestas de intervención. Madrid: Pirámide.
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