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Erotismo y corporalidad. Reivindicación del sexo salvaje

Hernández-Pacheco Sanz, Javier

Abstract

La desnaturalización de la sexualidad ha llevado a nuestra cultura a la dislocación de erotismo y corporalidad. Materializado en la ideología de género de Judith Butler, éste es uno de los últimos signos del nihilismo.

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Naturaleza y Libertad. Número 10, 2018. ISSN: 2254-9668 155 EROTISMO Y CORPORALIDAD Reivindicación del sexo salvaje1 Javier Hernández-Pacheco Universidad de Sevilla Resumen: La desnaturalización de la sexualidad ha llevado a nuestra cultura a la dislocación de erotismo y corporalidad. Materializado en la ideología de género de Judith Butler, éste es uno de los últimos signos del nihilismo. Palabras clave: Erotismo, corporalidad, Desmond Morris, Judith Butler. Erotism and corporality. A Reiv indication of sav age sex Abstract: The desnaturalization of sexuality has driven our culture to the dislocation of erotism and corporality. This is one of the last signs, materialized in the gender ideology Judith Butlers, of nihilism. Keywords: Erotism, Corporality, Desmond Morris, Judith Butler. Recibido: 20/10/2017 Aprobado: 5/11/2017 Muchas gracias, por la amable y exagerada presentación. Y por esta invitación a presentar aquí unas digresiones, me temo que un tanto impertinentes, pero que espero no sean molestas para indignar sino más bien 1 Este texto es reproducción de una conferencia. Contiene pues coloquialismos que tienen sentido en un género literario oral que puestos por escrito pueden resultar chocantes. Por otra parte, dar al texto una formulación más académica le haría perder algo substancial; por lo que me he decidido a dejarlo en su original expresión, no sin apelar a la comprensión y benevolencia del posible lector. Jvier Hernández-Pacheco Naturaleza y Libertad. Número 10, 2018. ISSN: 2254-9668 156 entretenidas para no aburrir al amable auditorio. Me disculpo diciendo, poniendo por testigo a los presentes que me conocen, que tengo también otros registros en los que soy capaz de hablar del sujeto trascendental, del espíritu objetivo y de cosas que a duras penas entienden sólo los entendidos. El caso que cuando Juan Arana estaba organizando estas jornadas y quise anunciarle el título de mi contribución, tuve ya ciertos problemas. «Eso no te lo puedo poner —me dijo—, vamos a Ávila, son gente seria, más bien conservadora». Y en fin, el título quedó en los papeles amputado de su subtítulo. Pero, como se decía antes, es exigencia del guion, así que aunque sea en forma de flatus vocis quiero que conste que el título completo de esta charla es: “Erotismo y corporalidad, reivindicación del sexo salvaje”. Tal cual. Como no traigo material gráfico para documentar mis tesis, digamos que me vengo a referir, más o menos, a los monos; eso: al sexo de los monos. En efecto, sus actividades eróticas, parece que exuberantes, variadas y fácilmente observables, llevan mucho tiempo fascinando a zoólogos, etólogos, pero también a antropólogos, e incluso a moralistas. Así que siguiendo esa corriente general de las ciencias antropoides, vamos a ver qué es lo que el salvajismo sexual tiene que enseñarnos, ya que parece que descendemos de esos simpáticos y más bien juguetones mamíferos, que bien podrían ser para nosotros un modelo de vida. No es broma. Situando, si no el origen, sí el estallido de la así llamada revolución sexual en 1968, su pistoletazo de salida fue probablemente el libro de Desmond Morris El mono desnudo, publicado en 1967. El sugerente título no era un anuncio de pornografía animal, sino el esbozo divulgador de una antropología naturalista que pretendía ver al hombre —ya que Aristóteles lo Erotismo y corporalidad. Reivindicación del sexo salvaje Naturaleza y Libertad. Número 10, 2018. ISSN: 2254-9668 157 especificó como bípedo sin plumas —, en este caso más bien como simio sin pelo. Lo que venía a decir que se trataba de un primate evolucionado, pero cuya cultura emergía desde esa base común que compartíamos con nuestros parientes biológicos. Lo de “desnudo”, sin embargo, sí tiene su «aquel» interesante, porque Morris pretende continuar, radicalizándola ahora con sus referencias al reino animal, la obra de Margareth Mead en su muy divulgado trabajo titulado — cuidado con la pronunciación del título— Coming of Age in Samoa. Unida a Marlon Brando y a sus aventuras de la Bounty, la obra de Mead todavía hace de los mares del sur el imaginario de un ideal de ensueño, a la vez erótico y desenfadado, que ofrece la liberación de esa superestructura moral burguesa que se supone reprime, pervierte y malogra la inocencia de una naturaleza paradisiaca. Hawai y más meritoriamente por parte de los franceses, porque está en el fin del mundo, Tahití, se convierten así en paradigma del turismo amoroso. Paradigma eso sí, que responde todavía al modelo hetero-patrialcal, porque, reconozcámoslo, cuando hablamos de Hawái, pensamos en acogedoras hawaianas, y de cariñosas polinesias en el caso de Tahití, que de este modo encarnan, nunca mejor dicho, el viejo desiderátum machista del sexo gratis y sin consecuencias. Por eso se refiere Morris al mono en su desnudez, en un intento de anclar, más atrás en el tiempo evolutivo, ese ideal de naturalismo sexual neorousseauniano, y en él una básica continuidad desde el mono a Mae West. Pues bien, me atrevo a decir: con toda la razón. Me apunto a este ideal del sexo salvaje. Y es que el sexo es un muy antiguo invento de una naturaleza que de manera sorprendente se empeña en mantenerse contra el tiempo Jvier Hernández-Pacheco Naturaleza y Libertad. Número 10, 2018. ISSN: 2254-9668 158 —forms of preservation, llama Darwin a las especies—. Mantenerse, repito, que es ahora reproducirse; más allá de cada ser vivo, destinado por esa misma naturaleza a la muerte. Pero más fuerte que la muerte es el amor, dice en el Cantar de los Cantares el gran Salomón, que parece sabía de estas cosas. Porque se trata de que, efectivamente, trascendiendo a las generaciones que caducan, la vida genere formas cada vez más desarrolladas y capaces de afirmarse en eso que Darwin, tomando la expresión de Herbet Spencer, llama struggle for life. Como modo de reproducción, el sexo, tal y como se da en formas biológicas desarrolladas, pero ya mucho antes que los monos, es, además de simpático (también nunca mejor dicho, porque supone atracción de lo diverso) es un invento muy eficiente para proyectar hacia el futuro los hallazgos genéticos de la vida, no sólo en los linajes que resultan de más aburridas formas de reproducción asexual, sino de manera que se recombinan en cada nuevo individuo los hallazgos genéticos de padre y madre (dos), abuelos y abuelas (cuatro), bisabuelos y bisabuelas (ocho). Y así, al contrario que la propiedad inmobiliaria, el capital genético no se diluye, sino que se potencia en su transmisión: en el paso de padres, y madres, a hijos, e hijas. (Obsérvese aquí el a mi modo de ver adecuado uso del lenguaje políticamente correcto, que se quiere imponer en todos los demás contextos, mientras se expulsa de este en el que cobra su natural sentido. En fin, cosas curiosas a las que deberíamos prestar atención.) Total, que el sexo se convierte en una verdadera explosión de potencial evolutivo. Por eso dice el viejo Platón que el eros es el camino hacia las cosas Erotismo y corporalidad. Reivindicación del sexo salvaje Naturaleza y Libertad. Número 10, 2018. ISSN: 2254-9668 159 superiores; y el poco más joven Aristóteles, que los animales que no pueden ser como Dios, lo imitan reproduciéndose. Y así todo está a favor del salvajismo erótico: el sexo es la forma natural de vencer a la muerte y de alcanzar la perfección del principio. No es de extrañar que de Astarté a Afrodita, e incluso al Cantar de Salomón, sin dejar de lado a la mística de los serios castellanos del XVII, siempre se le haya encontrado un punto picante a esto de la religiosidad. Si estuviese con nosotros el gran profesor Choza, nos podría hablar de los orígenes vaginoy falolátricos de la religiosidad del pleistoceno. En cualquier caso, más modestamente a nivel biológico, un animal viene a ser básicamente un aparato locomotor, al servicio de un aparato digestivo, y ambos a su vez al servicio de un aparato reproductor: del «aparato» sin más. Such is life, en su biológico sentido. Cerebro, lenguaje y posterior cultura, sirven a fin de cuentas para alcanzar más eficientemente ese en el ínterim placentero fin. Por eso, como en el chiste, todos pensamos en lo mismo; y tiene cierta validez el dicho de antropólogos de que el hombre se divide en pene y porta-pene, o vulva y porta-vulva, si queremos ser igualitarios. ¿Sí? Pues va a ser que no. Y mucho cuidado, pues como un juez se ponga puntilloso y se apoye en las legislaciones que van surgiendo sobre este particular, nos podemos ver envueltos en una querella por delitos de odio. Decir que los niños tienen pene y las niñas vulva, y que ello es guía desde pequeños para el desarrollo de su propia personalidad; eso que fue un gran descubrimiento emancipador contra una cultura espiritualista y supuestamente pudibunda allá por los 60, se ha convertido en algo odioso; vamos, en una salvajada. Dicho de otra forma, en el plazo de 50 años el progresismo pan- Jvier Hernández-Pacheco Naturaleza y Libertad. Número 10, 2018. ISSN: 2254-9668 160 sexista, en una pirueta de 180º se ha invertido —otra vez nunca mejor dicho— contra sí mismo y contra el carácter corporal, natural y animal de la sexualidad. La alegría erótica de Desmond Morris, the joy of sex —otro best seller de época que devorábamos, esta vez con ilustraciones, los chavales sesentayochistas— se ha visto así sustituida por la turbia sexo-fobia de Judith Butler, actual referencia del feminismo trans-sexualista. La tesis ahora es que el sexo es perverso en lo que tiene de natural (y de salvaje). O lo que es lo mismo, que en cuanto libido corporalmente anclada, debe ser, si no reprimido, sí trans-figurado. Lo que se traduce en el paso desde una sexista biología naturalista, al nuevo producto hiper-cultural, super-urbano, trans-corporal, casi diríamos espiritual, que es el género. ¿Qué cuál es la diferencia? Pues que el sexo es un producto aleatorio de la naturaleza evolutiva, que por así decir recibimos, que nos lo encontramos dado, de modo que se puede constatar en una ecografía intrauterina antes de que digamos aquí estoy yo. Mientras que el género es, dice la Butler, performance: el papel que desempeñamos y queremos desempeñar en un erotismo que ha superado toda su dinámica innata —la que teníamos en común con los monos— para convertirse en rol voluntaria, y si hace al caso constructivamente asumido en el despliegue arbitrario de nuestras facultades lúdicas, en un escenario del que podemos declararnos no sólo actores sino regiseurs. Todo es como jugar a las casitas, a los médicos, (¡no a los papas y las mamás, no, por Dios!), e ir asumiendo funciones según el papel que cada cual quiera desempeñar. Es, evidentemente, el triunfo de la imaginación traducida en ficción teatral, por encima de una corporalidad que se ha convertido en lastre Erotismo y corporalidad. Reivindicación del sexo salvaje Naturaleza y Libertad. Número 10, 2018. ISSN: 2254-9668 161 que hay que dejar atrás. Algo así como cuando jugábamos a ser avión y volábamos. Aquí están pasando cosas muy raras. Esa trans-posición, de la sexualidad al género que hace el nuevo modelo de erotismo, tiene una dimensión ontológica de mucho más alcance del que en primera instancia se piensa. Tiene que ver ahora ni más ni menos que con la identidad. Se supone que venimos de una cultura espiritualista, en la que Boecio definía la persona como substancia individual de naturaleza racional, siguiendo en ello a Aristóteles que veía al hombre como el animal que tiene un logos o que es capaz de expresarse y relacionarse con los demás mediante un lenguaje. Pero eso es sólo la diferencia específica; y a ninguno de los dos se le ocurriría desacoplar esa identidad personal, del trasfondo genérico animal, por el que, mucho antes de hablar esa identidad personal está esencialmente ligada a un cuerpo y por lo mismo a un sexo. Por eso el gran Napoleón, cuando inventó los registros civiles, no daba opción: uno registraba su identidad personal a la vez que su diferencia sexual. Porque para el derecho, para la sociedad, lo mismo que para la biología, esa identidad y esa diferencia, eran, en la corporalidad de la persona, absolutamente inseparables. Somos en medida esencial nuestro cuerpo, y por tanto nuestro sexo es expresión de nosotros mismos, que nos liga a la evolución de la vida, y a su fin que es la perfección de todas las cosas. Todavía, en mi vejez, recuerdo con emoción aquel momento ya lejano, cuando esperando en el pasillo el resultado del parto, salió del paritorio la comadrona, y tras darme la enhorabuena me entregó un papel con el aviso: tiene Ud. setenta y dos horas hábiles para inscribir a sus hijos —eran dos— en el Registro. Si no lo hace —me dijo muy seria— es un delito. Y ante se- Jvier Hernández-Pacheco Naturaleza y Libertad. Número 10, 2018. ISSN: 2254-9668 162 mejante amenaza allí que me fui, mezclándome en la cola con padres de distintinta raza y condición, incluso con miembros de la etnia gitana no muy aficionada a los papeles, y a los que me unía el esencial lazo biológico, el único que en ese momento interesaba al Estado español, de ser padres —no madres en este caso, que estaban de post-parto— de unas criaturas. Con el papel llegue al funcionario del Registro, que nada me preguntó, porque en él, firmado por la comadrona, se daba fe cuasi-notarial de lo único que a dicho funcionario y a la sociedad en derecho le interesaba, a saber, que se trataba de dos miembros de la especie humana, que en mejor o peor condición —los pobres se pasaron unos días en la incubadora— habían sobrevivido al parto; y que uno de ellos tenía vulva y el otro pene, o a esa edad más bien pilila. Y sin más cuestión, fueron inscritos según la expresión de su diminuta corporalidad, uno como varón y la otra como hembra. Terrible atropello, que a ver ahora cómo se arregla. Porque eso de la identidad, aunque curiosamente tenga que ver con el erotismo libidinoso, es algo —dice Judith Butler— que hay que construir social y culturalmente, incluso en el espacio legal, con independencia de la propia corporalidad. Los griegos, muy partidarios de la moral victoriana no eran, y en los gimnasios y campamentos militares puede que hicieran de todo; pero si recurrimos a la representación plástica que hicieron de sí mismos, no nos cabe duda de que esa mismidad era algo que ellos sabían muy bien estaba ligada al cuerpo, precisamente al cuerpo sexualmente diferenciado. Hasta el extremo que hacen de esa corporalidad medio cuasi-religioso de representación de la divinidad. El cuerpo, masculino y femenino, es imagen de Dios, justo en lo que Erotismo y corporalidad. Reivindicación del sexo salvaje Naturaleza y Libertad. Número 10, 2018. ISSN: 2254-9668 163 tiene de saludable salud reproductiva. Porque ya se sabe: todo se pega menos la hermosura, que se hereda, y nos hace semejantes a los dioses. Siguiendo con cosas sorprendentes, el paradigma del erotismo ha pasado de la supuesta inocencia heterosexual polinesia, tan atractiva a la mayoría, a la sofisticada pero minoritaria homosexualidad de Greenwich Village, para terminar en el transexualismo, tan dramático para el que lo sufre como estadísticamente irrelevante. Podemos discutir —habrá opiniones de todo tipo— si se trata en el primer caso de tal paraíso, y sobre todo de si era tan inocente y liberado de tabúes como nos lo pinta Mead; podemos luego seguir con si la homosexualidad es un pecado, una disfunción biológica sin sentido evolutivo, o una opción vital sin más consecuencias negativas que las que imponga una sociedad patrialcal; pero, sin entrar en detalles de enanos de circo y mujeres barbudas, a mí no me resulta fácil de entender que un hombre con cuerpo de mujer y al revés, no sea, más que paradigma, reflejo de una dramática ruptura consigo mismo a través del desencuentro con el propio cuerpo. Desencuentro que muy difícilmente se resuelve con cirugía y tratamientos hormonales, y que ahora quieren obligar a los padres y educadores a descubrir lúdicamente en la más inocente infancia para hacer partícipes a los niños del joy of sex, que para eso ha quedado. Pero esto tiene consecuencias. No voy a entrar aquí en lo que va a ser, si esto sigue como se anuncia, la alegría de las consultas, primero de cirugía plástica y luego de psiquiatría, en los próximos decenios. Me quiero fijar más bien en el desacople del erotismo de género, anteriormente sexual, de su función natural, con la consiguiente crisis de su finalidad biológica. Jvier Hernández-Pacheco Naturaleza y Libertad. Número 10, 2018. ISSN: 2254-9668 170 era en su original salvajismo el lazo esencial que unía, más allá de sí mismo, a ese cuerpo con la vida. Así se convirtió lo que fue the joy of sex, en cultura de la muerte. Javier Hernández Pacheco jpach[email protected]