VOLUMEN XI 2018-2019
ALCANATE REVISTA DE ESTUDIOS ALFONSÍES XI 2018-2019
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SUMARIO XI SEMANA DE ESTUDIOS ALFONSÍES La familia de Alfonso X 13 Fernando III, rey de Castilla y León Carlos de Ayala Martínez Universidad Autónoma de Madrid 61 Beatriz de Suabia: su vida y su influencia en los reinados de Fernando III y Alfonso X Eduardo Baura García Universidad CEU San Pablo 97 ‘Hermanos ofendidos’: Contiendas fraternales en el reinado de Alfonso X Richard Kinkade University of Arizona 123 Los parientes aragoneses: La reina doña Violante y Jaime I el Conquistador J. Ángel Sesma Muñoz Universidad de Zaragoza Real Academia de la Historia 151 La sucesión de Alfonso X: Fernando de la Cerda y Sancho IV María Antonia Carmona Ruiz Universidad de Sevilla
187 Alfonso X y su descendencia Jaime de Salazar y Acha Real Academia de la Historia 221 Afonso X e os seus Parentes Portugueses José Augusto de Sottomayor-Pizarro Universidade do Porto RESEÑAS 251 María Jesús Fuente Pérez, Violante de Aragón, reina de Castilla. Alicia Inés Montero Málaga 255 Julián Gómez de Maya, De Al-Ricotí al rector Sabater: estudios históricos sobre la Universidad de Murcia y sus antecedentes, Cristina Stancescu 260 Hipólito Sancho de Sopranis Historia del Puerto de Santa María. Desde su incorporación a los dominios cristianos en 1259 hasta el año mil ochocientos. Ensayo de una sintesis [1943] Antonio Aguayo Cobo 267 Normas para la presentación de originales en la revista Alcanate. Revista de estudios alfonsíes 273 Compromiso ético para publicación de artículos 279 Ethical commitment for the publication of articles
Alcanate XI [2018-2019], [13 - 59] XI SEMANA DE ESTUDIOS ALFONSÍES Fernando III, rey de Castilla y León1 Carlos de Ayala Martínez Universidad Autónoma de Madrid Recibido: 22 de abril de 2018 / Aceptado: 13 de agosto de 2018. Resumen: El reinado de Fernando III de Castilla y León nos muestra un hito decisivo en la conformación de una monarquía autoritaria, capaz de superar la rigidez de las estructuras feudales heredadas y contribuir, así, a la futura creación de un modelo político soberano. Su contribución en este sentido sigue tres líneas de actuación: la institucionalización del reino, entendido como un espacio político coherente bien estructurado y claramente mediatizado por la iniciativa del monarca; la consumación de un proceso de territorialización de ese mismo reino, convertido en el más poderoso de entre los hispánicos, y que va a permitir a su titular alcanzar cotas de liderazgo cruzadista a nivel peninsular –nos fijaremos con especial atención en la idea de imperio como herramienta de ese liderazgo–; y, finalmente, una actuación exterior cuyo eje principal es el de un alineamiento con la corte germánica. Palabras clave: Fernando III, León, Castilla, reino, territorialización, expansión. Abstract: The reign of Ferdinand III of Castile and León shows us a decisive landmark for the formation of an authoritarian monarchy, capable of overcoming the rigidity of the inherited feudal structures and contributing to the future creation of a sovereign political model. His contribution in this sense follows three lines of action: the institutionalization of the kingdom, understood as a coherent political space properly structured and clearly mediated by the initiative of the monarch; the fulfillment of a process of territorialisation of that same kingdom, turned into the most powerful among Spanish kingdoms, and that will allow its holder to reach levels of crusading leadership at the Iberian soil –we will pay special attention to the idea of empire as a tool of that leadership–; and, finally, an external action whose main axis is that of an alignment with the Germanic court. Keywords: Fernando III, León, Castile, kingdom, territorialisation, expansion. 1 El presente estudio forma parte del proyecto de investigación I+D Violencia religiosa en la Edad Media peninsular: guerra, discurso apologético y relato historiográfico (ss. X-XV), financiado por la Agencia Estatal de Investigación del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (referencia: HAR2016-74968-P).
20 XI SEMANA DE ESTUDIOS ALFONSÍES Carlos de AyAlA MArtínez Alcanate XI [2018-2019], [13 - 59] refiere a tercias diezmales con anterioridad a su concesión canónica22 como a la apropiación de derechos en sede vacante23. Por supuesto hubo también intrusión en elecciones episcopales24 e incluso en competencias de índole doctrinal25, devocional26 o meramente organizativa27, y no faltaron tampoco apropiaciones de grandes monasterios28. 22 En febrero de 1228 Gregorio IX ordenaba a todos los obispos del reino de Castilla que no permitieran el expolio que el rey estaba practicando con las tercias diezmales de fábrica: Santiago Domínguez Sánchez, Documentos de Gregorio IX (1227-1241) referentes a España, León, Universidad de León, 2004, doc. 50, 79-80. 23 Quizá con este tema haya que relacionar el primer gran conflicto con la Iglesia protagonizado por Fernando III. Se produjo en relación con la diócesis de Segovia pocos años después de haber comenzado a reinar, cuando en 1223 Honorio III le pedía que no gravase a la iglesia segoviana. Demetrio Mansilla, La documentación pontificia de Honorio III (1216-1227), Roma, Instituto Español de Historia Eclesiástica, 1965, doc. 436, 316-317. Más tarde, al año siguiente, el rey veta al nuevo obispo Bernardo y el papa, además de exigir al rey que cesase en su actitud, le ruega que devuelva los bienes de la sede incautados. El conflicto se extenderá hasta los primeros meses de 1227. Ibid., docs. 521, 548-550, 554, 600, 604, 616, 620 y 639. Más evidente resulta la petición cursada en noviembre de 1238 por Gregorio IX al rey para que respetara los derechos de la Iglesia leonesa, aceptando al nuevo obispo Martín Rodríguez, y devolviéndole las rentas eclesiásticas retenidas durante el período de vacante. Santiago Domínguez Sánchez, Documentos de Gregorio IX..., doc. 806, 634. 24 Aunque se rastrean en no pocas circunstancias conflictivas, es en el pontificado de Inocencio IV cuando el intervencionismo del rey en materia de nombramientos episcopales es más llamativo. El papa hubo de intervenir a finales de 1246 para impedir un nombramiento episcopal, el del infante Felipe para la diócesis de Osma, que no estaba dispuesto a permitir. Augusto Quintana Prieto, La documentación pontificia de Inocencio IV (1243-1254), Roma, Instituto Español de Historia Eclesiástica, 1987, docs. 334 y 335, 347-349. Tampoco el papa quiso admitir otro nombramiento real para un episcopado tan emblemático como el de Córdoba: en 1249 ó 1250 Inocencio IV hacía ver al rey que no aceptaba ninguno de los tres candidatos que él proponía, pidiéndole que fuera respetuoso con el nombramiento alternativo por él efectuado. Ibid., docs. 602 y 606, 550-551. 25 En 1236 el papa Gregorio IX tenía que poner freno a los excesos del rey respecto a los derechos de la iglesia palentina a propósito de una contundente intervención del mismo monarca frente a unos herejes de la diócesis. El conflicto se relaciona directamente con las competencias señoriales del obispo palentino, pero va más allá. El rey había incautado los bienes de los aludidos herejes marcando a fuego su cara. El obispo respondió excomulgando a los agentes reales que la habían llevado a cabo, y Fernando III incautó, a su vez, más bienes, en este caso pertenecientes a la sede palentina. De hecho, los herejes eran poco después absueltos por el obispo a instancias papales y una vez cumplida la correspondiente penitencia, pero ello no evitó el decreto de destierro pronunciado por el rey contra ellos en Castilla y León. Santiago Domínguez Sánchez, Documentos de Gregorio IX..., docs. 539 y 580, 441-442 y 470. 26 También en 1236 Gregorio IX hubo de pedir al rey que no impidiera las donaciones que los familiares de las religiosas de Santo Domingo de Madrid recibían de ellos. Ibid., doc. 540, 442.
LA FAMILIA DE ALFONSO X Fernando III, rey de Castilla y León 21 Alcanate XI [2018-2019], [13 - 59] Capítulo aparte merece la relación también de creciente intervencionismo en lo tocante a esas peculiares instituciones eclesiásticas que eran las órdenes militares. Las propias connotaciones cruzadistas del reinado, a las que en seguida aludiremos, justificaban una mediatización de las milicias de los freires que sin duda podía contribuir de manera eficaz a la institucionalización controlada del reino. En este sentido, las directrices del rey Fernando, especialmente activas tras la unión de los reinos de Castilla y León, siguieron fundamentalmente dos cauces. En primer lugar, el del debilitamiento de la dependencia jerárquica y disciplinaria que la mayor parte de las órdenes militares actuantes en sus territorios tenía respecto a instancias de poder extra-peninsular, instancias que eran fundamentalmente el papa, pero también el capítulo general del Císter, del que dependían no pocas de las de origen hispánico –Calatrava y sus filiales–, y los conventos centrales que, desde Ultramar, dirigían aquellas otras que como el Temple o el Hospital eran de naturaleza extra-peninsular. En segundo lugar, Fernando III procuró también afirmar su autoridad directamente sobre las propias órdenes militares, y para ello mantuvo bajo su férrea autoridad tanto a los distintos maestres –un documento santiaguista dirigido al papa llegaría a aludir a la angustia que inspiraron en un maestre santiaguista, Pedro González Mengo, las amenazas del rey29–, como también sobre sus estructuras conventuales o su red de fortalezas30. 27 Gregorio IX en abril de 1231 intentaba impedir los agravios que Fernando III infería a los derechos de la iglesia calagurritana (Ibid., doc. 173, 182), un conflicto que tardaría años en resolverse. El rey no estaba dispuesto a permitir que la sede de la diócesis se trasladara a Santo Domingo de la Calzada por considerarlo lesivo para los intereses del reino. El papa en 1233 procuró obrar con cautela respecto a este asunto (Ibid., doc. 258, 242-243), y el pleito se alargaría durante todo el año siguiente (Ibid., docs. 400-401, 343-344). Por fin, a muy finales de 1237, Gregorio IX pedía al rey que devolviera los bienes incautados a la iglesia calagurritana y que aceptara la nueva sede calceatense. Ibid., docs 707 y 708, 562. 28 En julio de 1226 Honorio III ordenaba al rey liberase al monasterio de Sahagún del que se había apoderado aprovechando la crisis motivada por una doble elección de abad. Demetrio Mansilla, La documentación pontificia de Honorio III..., docs. 606 y 607, 462-463. 29 «... Magister uero in summa angustia constitutus et omni consilio et auxilio destitutus no fuit ausus contradicere uoluntati regis...». Derek W. Lomax, “The Order of Santiago and the Kings of León”, Hispania, 18 (1958), doc. 1, 35. 30 Carlos de Ayala Martínez, “Fernando III y las órdenes militares”, en Fernando III y su tiempo (1201-1252). VIII Congreso de Estudios Medievales, León, Fundación Sánchez Albornoz, 2003, 67-101.
22 XI SEMANA DE ESTUDIOS ALFONSÍES Carlos de AyAlA MArtínez Alcanate XI [2018-2019], [13 - 59] 2. Territorialización y liderazgo hegemónico El fenómeno de institucionalización del reino, su articulación como entidad política inteligible integrada por todos sus sectores, y al mismo tiempo debidamente controlada por el rey, se vio acompañado por un proceso de territorialización que Fernando III hizo cristalizar en lo que sería la geografía política característica de la Corona de Castilla durante algo más de los 200 años siguientes. Ese proceso fue el resultado de dos circunstancias que Fernando III propició y que vinieron a caracterizar todo su reinado: la definitiva unión de los reinos de León y Castilla, y la expansión militar que, a costa del islam, convirtió a la mayor parte de los musulmanes peninsulares en súbditos o tributarios suyos. Detrás de ambas circunstancias, que hicieron de Fernando III el rey más poderoso de la Península, es preciso que nos fijemos en la ideología que constituyó la base de todo el entramado justificativo de su gobierno: la ideología cruzadista. 2.1. La unión de León y Castilla y la hispanización de la cruzada Esta ideología, que obviamente se desplegará con especial intensidad en lo que se refiere a la incorporación de buena parte de al-Andalus, está también presente en el tema de la unión castellano-leonesa. En efecto, en último término, esa unión había sido el fruto de la decisión de un papa eminentemente cruzadista, Honorio III, que doce años antes de que se produjera había despejado el horizonte para facilitarla. Y es que en julio de 1218, cuando Fernando III con el firme apoyo de su madre, la reina Berenguela, y del poderoso arzobispo de Toledo, Jiménez de Rada, empezaba a afianzarse en el trono castellano, el papa no solo reconoció su legitimidad al frente de su nuevo reino sino también la de serlo de León en un futuro, sucediendo allí a su padre Alfonso IX. Así, rompiendo la maldición de ilegitimidad que pesaba sobre él como hijo de un matrimonio anulado por su antecesor, Honorio III creaba el marco legitimador de la futura unión de los reinos31. 31 Demetrio Mansilla, La documentación pontificia de Honorio III..., doc. 179, 141-142. Ciertamente en 1206, con la firma del tratado de Cabreos que sellaba la paz, después de años de dificultades, entre León y Castilla, Alfonso IX había reconocido la sucesión de su hijo Fernando (Julio González, Regesta de Fernando II, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1943, I, 738), pero no era un reconocimiento habilitador desde la perspectiva pontificia.
LA FAMILIA DE ALFONSO X Fernando III, rey de Castilla y León 23 Alcanate XI [2018-2019], [13 - 59] ¿Qué hubo detrás de esta decisión? Cuando se adoptó Honorio III ya había puesto en marcha la quinta cruzada, la expedición quizá más y mejor preparada de cuantas habían tenido lugar hasta entonces32. En aquel momento su idea era mantener dos frentes para ella, el principal de Ultramar y el subsidiario, pero clave en muchos sentidos, de la Península. Como legado pontificio en este último venía actuando desde principios de aquel año de 1218 el arzobispo Jiménez de Rada33. La obsesiva preocupación del papa por la cruzada, a la que consagró su vida y gobierno, le llevó a aceptar lo que muy probablemente fue la sugerencia del propio arzobispo, que ejercía gran influencia en Roma, y naturalmente de la reina madre: la legitimación de quien podía ser el candidato más adecuado a liderar la cruzada hispánica, el joven Fernando III, nieto del vencedor de Las Navas. Su padre Alfonso IX había sido excomulgado en su momento por el papa Celestino III por aliarse con los almohades frente al rey de Castilla y, además, había querido permanecer al margen de la gran cruzada de Las Navas. Por su parte el rey de Aragón, Jaime I, era entonces un niño que se afianzaba en el trono de su padre, el rey Pedro II, muerto frente a las tropas cruzadas en Muret. Frente a ellos Fernando III aparecía como el joven heredero del caudal cruzadista de su abuelo, avalado por la piadosa reina Berenguela, protegida del papa34, y por el arzobispo Jiménez de Rada, su legado para la cruzada en tierras hispanas. El horizonte cruzadista estaba en el ambiente preparatorio de la unión de los reinos y sería decisivo a la hora de garantizarla en el futuro. Pero, por ahora, el rey no tardaría en escenificar su decidida voluntad de hacer de la cruzada el cauce de su personal concepción del poder político. Debemos al más ‘oficialista’ de los cronistas de la corte, Juan de Osma, la teatralizada descripción de la declaración formal de guerra contra los musulmanes, adoptada por el rey en el solemne marco de la curia de Muñó celebrada en la secuencia de la Pascua de Pentecostés de 122435. La curia, que se prolongaría en la de Carrión del siguiente mes de julio, es bien conocida y ha sido descrita en numerosas ocasiones. La 32 James M. Powell, Anatomy of a crusade, 1213-1221, Philadelphia, University of Pennsylvania Press, 1986. Véase asimismo la reciente obra de Thomas W. Smith, Curia and Crusade.Pope Honorius III and the Recovery of the Holy Land: 1216–1227, Turnhout, Brepols, 2017. 33 Demetrio Mansilla, La documentación pontificia de Honorio III..., doc. 148, 119-121; cit. José Goñi Gaztambide, Historia de la bula de la cruzada en España, Vitoria, Editorial del Seminario, 1958, 141-143. 34 Demetrio Mansilla, La documentación pontificia de Honorio III..., doc. 7, 6. 35 CL, § 43-44, 85-87. Hemos tratado la cuestión en varias ocasiones: Carlos de Ayala Martínez, “Fernando III: figura, significado y contexto en tiempo de cruzada”, en C. de Ayala Martínez y M. Ríos Saloma (eds.), Fernando III, tiempo de cruzada, Madrid-México, Sílex-UNAM, 2012, 45-46; Id., “La realeza en la cronística castellano-leonesa del siglo XIII: la imagen de Fer-
24 XI SEMANA DE ESTUDIOS ALFONSÍES Carlos de AyAlA MArtínez Alcanate XI [2018-2019], [13 - 59] escenificación cruzadista del acto y el vocabulario empleado para describirlo no dejan lugar para la duda: a través de este recurso el cronista desea plasmar la realidad de una ruptura de hostilidades que da sentido al propio reinado, es decir, que es capaz de sustentar toda la acción programática del rey. Este perfil eminentemente caudillista que proyecta el rey en Muñó-Carrión, tiene inmediato refrendo en la curia romana. De hecho, y cuando la ofensiva anti-islámica no había hecho más que insinuarse36, Honorio III en septiembre de 1225 dirigía dos cartas a Fernando III en términos de inequívoco elogio cruzadista. Hablaba en ellas del «negotium» que «contra sarracenos Ispanie» había decidido emprender el monarca como “príncipe devoto y católico” movido por el “celo de su fe”, y que aunque el combate contra los sarracenos de «Ispanie» era algo que competía al conjunto de la Cristiandad, se debían implicar en él de modo especial el rey Fernando y los «alios Ispaniarum reges», víctimas de la injusta ocupación islámica de su tierra. Era, en definitiva, a instancias del monarca castellano que el papa concedía a cuantos «per Ispaniam» decidieran acompañarle, la misma indulgencia que el concilio general había reconocido a los «crucesignati» de Tierra Santa37. Muy pronto, sin embargo, no tardaría en producirse un cierto enfriamiento pontificio con relación a la actividad cruzadista de Fernando III. El hecho se explica con relativa facilidad. El proyecto cruzadista era para el monarca castellano un eficaz instrumento para consumar el proceso de integración territorial que pergeñaba desde 1218. Es más, sería también el instrumento que, desde la superioridad de su dominio territorial, le permitiría más adelante proyectar su liderazgo sobre el conjunto de la Península. La cruzada, por tanto, se presentaba como una herramienta del poder político destinada a consolidar la autoridad del monarca sobre sus propios reinos e, indirectamente, sobre toda la Península. El rey obviamente quería una cruzada bendecida por Roma; otra cosa no hubiera tenido el más mínimo sentido. Pero lo que también quería es que esa cruzada no estuviera sometida al dictado de las estrategias pontificias, sino a sus objetivos estrictamente peninsulares. En otras palabras, Fernando III aspiraba a hispanizar la cruzada. Obviamente el punto de vista del papa no era el mismo, si bien es cierto que las circunstancias le fueron empujando hacia una postura de cierta pasividad nando III”, en Esteban Sarasa Sánchez (ed.), Monarquía, crónicas, archivos y cancillerías en los reinos hispano-cristianos, Zaragoza, Institución “Fernando el Católico”, 2014, 258-259. 36 De hecho, el rey todavía no había hecho otra cosa que intervenir a favor de una de las facciones de la guerra civil en que se traduce para al-Andalus la irreversible descomposición del Califato Almohade. Carlos de Ayala Martínez, “Fernando III...”, 47-48. 37 Demetrio Mansilla, La documentación pontificia de Honorio III..., doc. 574, 429-430 y doc. 576, 431-432.
LA FAMILIA DE ALFONSO X Fernando III, rey de Castilla y León 25 Alcanate XI [2018-2019], [13 - 59] frente a las iniciativas cruzadistas de Fernando III. Honorio III, entusiasta de la cruzada universal, el último papa que había intentado orientar decididamente la estrategia pontificia a poner fin al poder islámico, pudo al final de sus días sentirse un poco defraudado con el monarca castellano, cuya visión de su liderazgo cruzado no era tanto la de un instrumento pontificio como la del ejecutor de un plan que directamente le inspiraba Dios. A propósito de las acciones desarrolladas por el rey Fernando en la frontera en el otoño de 1225, el cronista más en sintonía con él, Juan de Soria, lo presenta movido por el espíritu de Dios para materializar su propósito de destruir a los musulmanes. La frase del cronista se inspira en el modelo del caudillaje bíblico del Libro de los Jueces38. Es como si el designio inspirado del monarca no requiriera de mediación alguna, tampoco la eclesiástica, para alcanzar sus particulares objetivos. No es fácil pensar que el papa estuviera al tanto de tan peculiar perspectiva propagandística, pero lo cierto es que, después de sus laudatorios y casi desproporcionados pronunciamientos a favor del rey y su actividad cruzadista en septiembre de 1225, no volvió a dirigirse a él en el año y medio que todavía siguió al frente del trono de San Pedro –fallecería en marzo de 1227–, sino para recriminarle sus comportamientos poco respetuosos con los derechos de la Iglesia39, y eso que en aquellos meses Fernando III empezaba cosechar éxitos significativos frente a los musulmanes40. Honorio III murió desencantado. La cruzada había fracasado, y eso es lo que quizá motivó al final de sus días su desatención también a su frente hispánico. Por otra parte, él ya tomó conciencia del peligro que en aquel momento podía significar para la Iglesia la rebelde actitud del emperador Federico II y su ideología incompatible con el universalismo pontificio. Por eso, serán sus sucesores, los papas Gregorio IX e Inocencio IV, los que vieron la necesidad de cambiar de estrategia. La cruzada se dirigiría ahora contra el emperador, y en este sentido Roma hizo ya un llamamiento en 1229 al conjunto de la Cristiandad, naturalmente incluidos los reyes peninsulares y entre ellos Fernando III41. La cruzada contra el infiel pasaba en la mente del papa a un segundo plano, y ello venía a coincidir con la inmediata unión de los reinos de León y Castilla, 38 CL § 48, 91. Son varias las ocasiones a lo largo del relato en que el cronista presenta esta particular y directa inspiración divina del rey. Carlos de Ayala Martínez, “Fernando III...”, 17. 39 Demetrio Mansilla, La documentación pontificia de Honorio III..., docs. 606, 607 y 632, 462463 y 482. 40 La descomposición del Califato Almohade lo facilitó extraordinariamente. Se consumaría con el abandono definitivo de la Península por parte del califa al-Ma’mūn a Marruecos en 1228, después de firmar con Fernando III un ventajoso acuerdo para el castellano. Manuel González Jiménez, Fernando III el Santo, 100-101. Véase infra nota 109. 41 Santiago Domínguez Sánchez, Documentos de Gregorio IX..., docs. 116-122, 138-147.
26 XI SEMANA DE ESTUDIOS ALFONSÍES Carlos de AyAlA MArtínez Alcanate XI [2018-2019], [13 - 59] o lo que es lo mismo, con la consecuente e imparable carrera expansiva del rey Fernando a costa del islam que supuso un incremento territorial para el conjunto de sus dominios de más de 100.000 kilómetros cuadrados42. Pues bien, si el rey no tenía entre sus preocupaciones las estrategias dictadas por Roma en materia cruzadista y solo atendía a sus propios objetivos conquistadores, la nueva coyuntura venía a facilitar extraordinariamente su firme propósito de hispanizar la cruzada peninsular. En esta perspectiva hay que entender los conocidos hitos de la incorporación de buena parte de al-Andalus a la nueva monarquía castellano-leonesa. Esos hitos respondían a un planificado programa de afirmación del caudillaje del rey Fernando que apuntalaba su propio proyecto político, permitía el engrandecimiento de su dominio territorial y facilitaba establecer las bases de una patente hegemonía peninsular. Y todo ello con un papa que tenía su preocupación puesta en otros intrincados problemas, y que aunque obviamente no podía negarse a bendecir y favorecer la carrera expansiva del monarca castellanoleonés, era cada vez más consciente de que esa carrera, la de una cruzada prácticamente hispanizada en su programación y en sus estrategias, contribuía al cada vez más evidente sometimiento de la Iglesia castellano-leonesa y sus recursos al dictado de la monarquía. En esta ambigüedad se moverían las relaciones entre la Sede apostólica y el gobierno castellano en el contexto de la decisiva expansión conquistadora de los años 30 y 40 del siglo XIII: la ambigüedad de un papa generoso con las iniciativas bélicas del monarca, pero que no dudaba en acompañar esa generosidad con una casi permanente llamada de atención frente al creciente “regalismo” regio. El primer gran hito de la ofensiva del cruzadismo hispánico de Fernando III fue la toma de Córdoba, tras largo asedio desarrollado a lo largo de los seis primeros meses de 1236. La propaganda cortesana enfatizó su importancia. De hecho, los grandes cronistas de la primera mitad del siglo XIII acabaron sus relatos historiográficos con la descripción apoteósica del acontecimiento. Pero lo que es más significativo es que también lo hiciera, desde su perspectiva, la cronística islámica. A comienzos del siglo XIV Ibn Idārī establecería una directa correlación entre Toledo y Córdoba pese a los más de 150 años que mediaron entre ambas conquistas43. Quizá el hecho de que estemos ante una de las 42 Julio González, Reinado y Diplomas de Fernando III, I. Estudio, Córdoba, Publicaciones del Monte de Piedad y Caja de Ahorros de Córdoba, 1980, 9. 43 Ambrosio Huici Miranda (ed.), Colección de Crónicas Árabes de la Reconquista, vol. III. Al-Bayān al-Mugrib fi Ijtisār Ajbār Muluk al-Andalus wa al-Magrib, por Ibn Idārī al-Marrākusī. Los almohades, t. II, Tetuán, Editora Marroquí, 1954 [en adelante Ibn Idārī, II], 86.
LA FAMILIA DE ALFONSO X Fernando III, rey de Castilla y León 27 Alcanate XI [2018-2019], [13 - 59] primeras y más claras manifestaciones de la cruzada hispánica es lo que explique el escaso eco que la victoria encontró fuera del ámbito peninsular44. Lomax ha señalado como una de sus causas la falta de participación en ella de cruzados extranjeros45. ¿Se puede cuestionar, por tanto, el carácter cruzado de esta importante conquista? Es obvio que la Sede apostólica no intervino ni en la preparación ni en la publicitación de la campaña, pero, una vez consumada, la acogió con extraordinaria satisfacción: dictó medidas contra aquellos cristianos que hubieran obrado o pudieran hacerlo contra los intereses estratégicos del rey; protegió su persona frente a eventuales censuras eclesiásticas; contra todo pronóstico viniendo de un papa tan celoso con las prerrogativas eclesiásticas, autorizó el patronato regio sobre las parroquias que se erigieran en la nueva diócesis cordobesa; y, sobre todo, autorizó que los monasterios castellano-leoneses hicieran un aporte de 120.000 monedas de oro a las arcas del rey46. En unos momentos en que la tensión del papa con Federico II estallaba con violencia inédita hasta entonces, Gregorio IX dejaba hacer al monarca castellano, reconociendo implícitamente la legitimidad de una cruzada hispánica ajena al liderazgo papal. De hecho, antes de finalizar aquel año de 1236, el pontífice ordenaba a los obispos castellano-leoneses conceder la indulgencia de Tierra Santa a quienes acompañaran al rey «in prosecutione dicti negotii», y reconocía el carácter milagroso de la mediación divina que había permitido el engrandecimiento «Ecclesie Generalis», mediante la incorporación de Córdoba47. La conquista de Córdoba generó en la corte de Castilla un clima de entusiasta optimismo que no solo aceleró los planes de ofensiva cruzada, sino que contribuyó decisivamente al hundimiento del régimen de Ibn Hūd, nacido como alternativa peninsular al poder almohade. Ese hundimiento se aceleró 44 Derek W. Lomax afirma que sólo cuatro cronistas contemporáneos aluden a él: dos analistas italianos a través de muy escuetas noticias, la inexacta descripción del benedictino Mateo París y el imaginativo relato del cisterciense Alberico de Trois-Fontaines. Derek W. Lomax, “La conquista de Andalucía a través de la historiografía europea de la época”, en Andalucía entre Oriente y Occidente (1236-1492). Actas del V Coloquio Internacional de Historia Medieval de Andalucía, Córdoba, Diputación Provincial, 1988, 41-44. 45 Ibid. Francisco García Fitz y Feliciano Novoa Portela, Cruzados en la Reconquista, Madrid, Marcial Pons, 2014, 139. 46 Santiago Domínguez Sánchez, Documentos de Gregorio IX..., docs. 563, 586-588, 594 y 595, 456-457, 473-475 y 470-480. En relación con el “patronato regio”, véase: José Manuel Nieto Soria, “La monarquía fundacional de Fernando III”, en Fernando III y su tiempo (1201-1252). VIII Congreso de Estudios Medievales, León, Fundación Sánchez Albornoz, 2003, 57. 47 Santiago Domínguez Sánchez, Documentos de Gregorio IX..., docs. 590-591 y 606, 476-477 y 491-492.
28 XI SEMANA DE ESTUDIOS ALFONSÍES Carlos de AyAlA MArtínez Alcanate XI [2018-2019], [13 - 59] cuando a comienzos de 1238 el caudillo andalusí era asesinado por uno de sus gobernadores. Con su muerte, el núcleo de su poder, el de las tierras murcianas, perdió la artificiosa cohesión que Ibn Hūd le había querido imprimir, y no tardó en ser objeto de anexión por parte de la monarquía castellana. La rendición pactada en Alcaraz en 1243 permitió incorporar el “reino” de Murcia a la corona mediante un régimen de cierta autonomía que permitía el mantenimiento de un rey vasallo. El infante heredero Alfonso y el maestre de Santiago, Pelayo Pérez Correa, fueron los auténticos responsables de la operación, y también los encargados de completar la pacificación de los enclaves insumisos de Lorca, Mula y Cartagena en el transcurso de los años inmediatamente posteriores48. Entre tanto, el rey Fernando III se aplicó a neutralizar el poder emergente de otro caudillo andalusí, Ibn Nasr, que deseaba sustituir el proyecto hegemónico de Ibn Hūd. Los puntos clave de su nuevo “reino” eran Jaén, Granada y Málaga, y en un principio su particular guerra santa contó con el apoyo del emir hafsida de Túnez49. La presión castellana, sin embargo, privó al que ya se llamaba “rey de Granada” del enclave de Jaén en 1246. Fue el resultado de un largo asedio que finalizó con un tratado de sometimiento suscrito en febrero de aquel año, por el que al-Nasir, además de entregarle Jaén, se obligaba, como vasallo del rey de Castilla, a compartir con él las rentas de su emirato granadino, y a colaborar en sus iniciativas desde la lógica del sometimiento feudal50. En todas estas operaciones Roma estuvo casi totalmente ausente. En marzo de 1239 Gregorio IX había procedido a excomulgar por segunda vez a Federico II, y su intención era la de convocar un concilio general en Roma que solemnizara la definitiva destrucción del Staufen. La convocatoria se produjo en el verano de 1240, pero el emperador consiguió desbaratarlo apresando a un buen número de obispos que se trasladaban por mar hacia Roma. En medio de tales circunstancias, aún no se había producido la gran ofensiva que acabaría con el sometimiento de Murcia y Jaén, pero el papa, en 1241, pocos meses antes de su muerte, sí mostraba su apoyo a un obispo, súbdito de Fernando III, Sancho de Coria, cuya diócesis fronteriza se hallaba amenazada 48 Juan Torres Fontes, “El reino musulmán de Murcia en el siglo XIII”, Anales de la Universidad de Murcia, 10 (1951-1952), 259-274; Id., “Incorporación del Reino de Murcia a la Corona de Castilla”, en Fueros y Privilegios de Alfonso X el Sabio al Reino de Murcia, Murcia, Academia de Alfonso X el Sabio, 1973, xxi i-xxvi. 49 Ibn Idārī, II, 143-144. 50 Véase Alejandro García Sanjuán, “Consideraciones sobre el pacto de Jaén de 1246”, en Manuel González Jiménez (ed.), Sevilla 1248. Congreso Internacional Conmemorativo del 750 Aniversario de la Conquista de la Ciudad de Sevilla por Fernando III, Rey de Castilla y León, Madrid, Editorial Centro de Estudios Ramón Areces, 2000, 715-722.
LA FAMILIA DE ALFONSO X Fernando III, rey de Castilla y León 29 Alcanate XI [2018-2019], [13 - 59] por los sarracenos; no dudaba entonces en animar a sus fieles a que participasen en el «prelium Domini» que iba a sostener contra los infieles y le autorizaba a distribuir indulgencias entre ellos51. A la muerte de Gregorio IX una crisis sin precedentes se instaló en la curia romana. En medio del secuestro de obispos y algunos cardenales, su sucesor, Clemente IV, apenas gobernó la Iglesia 15 días, y a partir de entonces, y hasta junio de 1243, no se produjo la elección de un nuevo papa, Inocencio IV. Pues bien, y si exceptuamos la atención preferente que el papa dispensó a la orden de Santiago desde el comienzo de su pontificado y que, como se ha sugerido, puede relacionarse con el interés de implicarla en la particular cruzada antigibelina que sostenía la Sede apostólica52, lo cierto es que Inocencio IV no se preocupó por los asuntos peninsulares hasta la primavera de 1246. De aquel momento conocemos bulas cruzadistas de apoyo al obispo Gutierre Ruiz de Córdoba53 y, sobre todo, una bula concedida en abril a favor del heredero castellano, el infante Alfonso, que le facilitaba el «opus sanctum» contra los enemigos de la fe, y que podía haber sido solicitada a finales de 1245, en vísperas de la ocupación de Jaén54. En ambos casos, Inocencio IV equiparaba las indulgencias concedidas a la de quienes marchaban a Jerusalén. Pero donde el papa hubo de mostrar más claramente su positiva predisposición hacia la ofensiva reconquistadora de Fernando III fue en el cuarto y definitivo gran hito de la cruzada hispánica que había puesto en marcha, el de la conquista de Sevilla de 1248. No se trató en este caso de un reconocimiento a posteriori. Inocencio IV quiso mostrar su mejor disposición hacia Fernando III en la empresa cuando ésta se hallaba aún en fase de planificación. Era el reconocimiento más evidente del liderazgo cruzadista del monarca castellano y del papel, ahora necesariamente subsidiario, que debía asumir Roma. Como es bien conocido, fue entonces, en abril de 1247, cuando por vez primera el papa autorizaba el cobro de tercias diezmales por parte de la monarquía. Hasta aquel momento había sido práctica condenada por la Iglesia, que excepcionalmente la había reconocido lícita en casos muy particulares y que normalmente afectaban a instituciones eclesiásticas, obispados y órdenes militares. Ahora, 51 Santiago Domínguez Sánchez, Documentos de Gregorio IX..., doc. 983, 757-788. 52 Derek W. Lomax, La Orden de Santiago (1170-1275), Madrid, CSIC, 1965, 21. Véase Carlos de Ayala Martínez, “Fernando III...”, 83-85, nota 207. 53 Augusto Quintana Prieto, La documentación pontificia de Inocencio IV..., docs. 263-264, 288-280. 54 Ibid. doc. 272, 295-296. Véase Manuel González Jiménez, “Las cruzadas de Alfonso X contra el Islam occidental”, en Estudios Alfonsíes, Granada, Universidad de Granada-Universidad de Murcia, 2009, 135.
36 XI SEMANA DE ESTUDIOS ALFONSÍES Carlos de AyAlA MArtínez Alcanate XI [2018-2019], [13 - 59] Se ha especulado mucho sobre este postrero proyecto africano que habría concebido Fernando III al final de su reinado y que proseguiría su hijo Alfonso. Contamos con dos datos que se refieren directa o indirectamente a él. El más explícito es un testimonio tardío, el contenido en la Crónica Particular de San Fernando, datada a comienzos del siglo XIV. En él se dice que, completada la conquista de tierras islámicas en la Península, y ante el apoyo recibido de Dios en esta empresa, el rey puso sus ojos en el otro lado del mar y ordenó construir distintos tipos de embarcaciones con el fin de conquistar «muy grandes tierras» si es que vivía para ello80. El segundo testimonio nos lo proporciona, en este caso sí un estricto contemporáneo, el monje cronista Mateo París, de la abadía inglesa de St Albans, que sitúa, al final del reinado, en 1250, la noticia de que Fernando III, al que a lo largo de sus páginas llama reiteradamente «victoriosissimus rex Castellae Andefulsus», y que tenía en su haber más de trece victorias sobre los musulmanes, se había cruzado con la intención de dirigirse a Tierra Santa compadecido por la miserable suerte de los francos81. Más adelante, el mismo cronista, atribuyéndolo a 1251, nos cuenta que un embajador del rey de Castilla, “un caballero elocuente y elegante”, habría animado al rey de Inglaterra a emprender la cruzada, evitando los errores del rey de los francos y la vanidad de su pueblo, y organizando, en cambio, una expedición segura en la que el monarca castellano le acompañaría como aliado infatigable. No se alude ahora en este texto al destino de la expedición, pero sí se dice que el rey castellano, tras la conquista de Sevilla, tenía bajo su control «tota fere Hispania», y de pasada se cita al rey de Marruecos como beneficiario de las grandes rentas que, hasta su conquista, había recibido de la rica ciudad de Sevilla82. Nada de extraño, tendría entonces la posibilidad de que el destino de dicha cruzada hubiera podido ser el norte de África, habida cuenta de la vigencia que podía seguir teniendo el viejo espejismo de la via hispanica como 80 «Allen mar tenie oio para pasar, et conquerir lo dalla desa parte que la morisma ley tenie, ca los daca por en su poder los tenie, que asy era. Galeas et baxeles mandaua fazer et labrar a grant priesa et guisar naues, auiendo grant fiuza et gran esperança en la grant merçed quel Dios aca fazie; teniendo que sy alla pasase, que podría conquerir muy grandes tierras si la uida le durase unos días». PGC, II, cap. 1131, 770. 81 «… Haec cum audisset victoriosissimus rex Castellae Andefulsus, qui jam plusquam tredecim dietas super sarracenos adquisivit, compassus Francorum miseriae, cruce signatus est, dignius reputans Terram Sanctam Christo subjugare quam aliam». Mateo París, Chronica Majora, ed. Henry R. Luard, D.D., Londres, 1880, vol. V (1248-1259), 170. Véase Anthony Goodman, “Alfonso X and the English Crown”, en Alfonso X el Sabio, vida, obra y época, Sociedad Española de Estudios Medievales, 1989, 40-41. 82 Mateo París, Chronica Majora, V, 231-232. Este relativamente largo fragmento lo reproduce Derek W. Lomax, “La conquista de Andalucía través de la historiografía europea...”, 48.
LA FAMILIA DE ALFONSO X Fernando III, rey de Castilla y León 37 Alcanate XI [2018-2019], [13 - 59] mejor y más seguro itinerario cruzado con destino a Oriente. En cualquier caso, puede que fuera este proyecto, frustrado por la muerte del rey castellano, el retomado inmediatamente por su hijo Alfonso X y que se plasmó en un acuerdo con el rey de Inglaterra en abril de 125383. En principio, no parece, pues, que debamos dudar de la realidad del proyecto cruzadista y africano de Fernando III, aunque finalmente fuera más un proyecto que una realidad. Los especialistas afirman, incluso, que las atarazanas sevillanas tradicionalmente asociadas a esta iniciativa fernandina, tal y como parece corroborar la Crónica Particular de San Fernando, fueron ya más bien obra de Alfonso X84. Sin embargo, es indudable que el proyecto sí dio algunos primeros pasos. De otro modo no sería fácil explicar que el papa Inocencio IV en octubre de 1252 confirmara en beneficio de Alfonso X algunas «compositiones» que el monarca castellano había empezado a negociar «cum sarracenis de Africa», y que el papa reconocía como esfuerzos de la realeza «ad Dei gloriam, honorem Ecclesie ac populi christiani»85. Parece lógico pensar que quien había iniciado esas negociaciones no era el rey que solicitaba ahora la aprobación papal para tal iniciativa. Y quizá algo parecido pueda pensarse de otra carta pontificia de aquel mismo mes de octubre que autorizaba la absolución de clérigos y laicos que tuvieran intención de participar en la expedición al África sarracena que estaba ya siendo organizada86. Todo apunta a un proyecto fernandino heredado por su hijo. Ahora bien, ¿de qué proyecto se trataba? Para empezar, es preciso subrayar un primer dato, el del decidido compromiso papal con él. Un proyecto, además, que preveía combinar acuerdos negociados con intervenciones militares. Detrás de la operación, en efecto, se nos dibuja el perfil del papa Inocencio IV, al que Fernando III quiso en cierto modo acomodarse por intereses políticos. En su momento Benjamin Z. Kedar atribuyó al que ya había destacado como gran canonista, Sinibaldo dei Fieschi, antes de acceder al trono de san Pedro como Inocencio IV, el establecimiento de la fórmula de conexión 83 En el acuerdo anglo-castellano suscrito el 20 de abril de 1254 Enrique III se comprometía con Alfonso X a solicitar del papa la posibilidad de dirigir su ejército cruzado a Marruecos, y en caso de conseguirlo, acudir en su ayuda dividiendo entre ambas partes el botín y ventajas territoriales obtenidas. T. Rymer, Foedera, conventiones, litterae et cuiuscumque generis acta inter reges Angliae et alios imperatores, reges, pontifices, principes vel communitates ab ineundo saeculo duodecimo, Londres, 1740, I, 1, 180-181. Véase Carlos de Ayala Martínez, Directrices fundamentales de la política peninsular de Alfonso X (Relaciones castellano-aragonesas de 1252 a 1263), Madrid, Universidad Autónoma de Madrid, 1986, 67-70. 84 Manuel González Jiménez, Fernando III, 257. 85 Augusto Quintana Prieto, La documentación pontificia de Inocencio IV..., doc. 803, 709. 86 Ibid., doc. 807, 711.
38 XI SEMANA DE ESTUDIOS ALFONSÍES Carlos de AyAlA MArtínez Alcanate XI [2018-2019], [13 - 59] entre la necesidad de la guerra santa cristiana y el imperativo de conversión de los infieles. Inocencio IV mantuvo, por supuesto, la idea de cruzada y las indulgencias anejas tanto para la recuperación de Tierra Santa o los espacios injustamente invadidos por los infieles como para neutralizar al gran enemigo cristiano de la Iglesia, el emperador Federico II. Lo que la guerra santa no podía ser nunca es el medio coactivo para alcanzar la conversión de los infieles: predicación y coacción eran sencillamente incompatibles. Ahora bien, otra cosa muy distinta, y esta es la clave de la cuestión, es la licitud de la guerra para facilitar la labor de los predicadores en tierra hostil en la que se dificulte o impida dicha labor. En este caso la guerra, debidamente autorizada por el papa, es no solo legítima sino necesaria, y ello porque la jurisdicción papal no se circunscribe únicamente al ámbito de la Cristiandad sino que la función de “vicario de Dios” inherente a la responsabilidad pontificia no conoce límite, debiendo velar también por el cumplimiento de la ley natural y sus imperativos de convivencia en tierras de infieles. Tal doctrina quedó reflejada en un comentario –«apparatus»– a las decretales de Gregorio IX, publicado poco después de 124587. Kedar se pregunta si esta doctrina, que tenía claros antecedentes88 y que bendecía la guerra destinada a facilitar la misión, tuvo consecuencias de aplicación en las posteriores iniciativas cruzadas, es decir, en las expediciones de san Luis, la primera de ellas a Oriente en 1248-1254. Con independencia de que el autor concluya que esta operación, pese al interés del monarca Capeto en la conversión de los infieles, se ajustó prácticamente en todo a las tradicionales cruzadas de conquista y defensa, y no fue, por tanto, una campaña para forzar a las autoridades musulmanas a permitir la predicación en sus territorios89, cabría plantearse si realmente el primer campo de ensayo conscientemente diseñado 87 Benjamin Z. Kedar, Crusade and Mission. European Approaches toward the Muslims, Princeton University Press, 1988, 159-160. El texto del apparatus en p. 217. Cf. Christopher Ty er man, Cómo organizar una cruzada. El trasfondo racional de las guerras de Dios, Barcelona, Crítica, 2016 (orig. inglés 2015), 81. Una puesta al día general sobre la política misionera del pontificado entre los almohades en Brett Edward Whalen, “Corresponding with Infideles: Rome, the Almohads, and the Christians of Thirteenth-Century Morocco”, Journal of Medieval and Early Modern Studies, 41.3 (2011), 487-513. 88 El más inmediato es el tratadista y predicador de la quinta cruzada Oliver de Colonia, responsable de la formulación de la carta dirigida al sultán al-Kāmil de Egipto invitándole a la conversión. Tampoco él es el único eclesiástico que pensó en términos no exclusivamente cruzadistas a la hora de tratar con los musulmanes. Sobre Oliver de Colonia (o de Paderborn) y sus precedentes, véase Benjamin Z. Kedar, Crusade and Mission..., 131-135 y 160. 89 Ibid., 161 y 165.
LA FAMILIA DE ALFONSO X Fernando III, rey de Castilla y León 39 Alcanate XI [2018-2019], [13 - 59] por el papa para materializar sus ideas no fue precisamente el del proyecto cruzadista y africano del rey Fernando III. En efecto, y con independencia de los antecedentes misionales que el pontificado desarrolló en relación con el territorio almohade del norte de África en especial desde los días de Honorio III90 y Gregorio IX91, lo cierto es que fue Inocencio IV quien se planteó de manera más clara una intervención misionera de calado en la zona a partir de 1245. En este sentido, sin duda el 90 En los últimos años de su pontificado, Honorio III activó considerablemente la preocupación misionera de la Iglesia en el norte de África, parece que coincidiendo con una política de tolerancia bastante significativa por parte de las autoridades almohades. En este contexto las órdenes mendicantes, recientemente aprobadas, eran las destinadas a cumplir el designio de la conversión de los sarracenos. Benjamin Z. Kedar, Crusade and Mission..., 136-158). En junio de 1225 el papa daba instrucciones a dominicos y franciscanos sobre el cometido de su misión en tierras del Miramamolin. Demetrio Mansilla, La documentación pontificia de Honorio III..., doc. 562, 416-417. Las instrucciones se repitieron en octubre del mismo año. Ibid., doc. 579, 435. En estas fechas en tierras almohades existía ya un obispado regido por dominicos. Ibid., doc. 588, 442-443, y doc. 590, 444-445. La labor misional dependía del primado de Hispania, el arzobispo Rodrigo de Toledo, a quien el papa encargaba en febrero de 1226 que diera un nuevo impulso a la labor evangelizadora de dominicos y franciscanos en Marruecos, instándole, si era preciso, al nombramiento de nuevos obispos. Ibid., doc. 595, 450-452; véase Javier Gorosterratzu, Don Rodrigo Jiménez de Rada, gran estadista, escritor y prelado, Pamplona, 1925, 245-251. Sólo un mes después, Honorio III autorizaba a dominicos y franciscanos comprometidos en las tareas evangelizadoras de Marruecos a recibir limosnas que les permitieran desarrollarlas. Demetrio Mansilla, La documentación pontificia de Honorio III..., doc. 596, 452-453. 91 En mayo de 1233 Gregorio IX dirigía una interesante carta al califa almohade al-Rashīd (1232-1242) invitándole a la conversión y pidiéndole, entre tanto, que atendiera con solicitud a los franciscanos enviados y, entre ellos, a fray Agnello, nombrado obispo de Fez; esa actitud favorable hacia ellos y hacia el conjunto de los cristianos debía mantenerse si el califa no quería que la Sede Apostólica prohibiera a esos mismos cristianos estar a su servicio. M. L. de Mas Latrie, Traités de paix et de commerce et documents divers concernant les relations des chrétiens avec les árabes de l’Afrique septentrionale au Moyen Âge, París, 1866, Documents, x, 10. Esos cristianos eran en un número importante tropas castellanas trasladadas a Marruecos por iniciativa de Fernando III durante el califato de al-Ma’mūn, el padre de al-Rashīd (véase infra nota 109). Para atenderlos, el papa en ese mismo año de 1233 amplió las competencias pastorales a los dominicos que acudían a predicar a tierra de sarracenos permitiéndoles no sólo absolver a los cristianos allí residentes sino levantarles la excomunión en que hubieran podido incurrir. Santiago Domínguez Sánchez, Documentos de Gregorio IX..., doc. 309, 277. Algunos años después, en junio de 1237, Gregorio IX enviaba un nuevo obispo a presidir la Iglesia de Marruecos «inter hostes Christi posita». M. L. de Mas Latrie, Traités de paix et de commerce..., Documents, xii, 11-12; cit. Joseph F. O’Callaghan, Reconquest and Crusade in Medieval Spain, Philadelphia, University of Pennsylvania, 2003, 118. Más interés tiene todavía la bula papal de marzo de 1238 equiparando la proyección meritoria de la cruzada tradicional con la labor misionera de dominicos y franciscanos, para cuyo desarrollo otorga también la indulgencia decretada en su día por el concilio IV de Letrán: Benjamin Z. Kedar, Crusade and Mission..., 142; la bula es publicada en p. 213.
40 XI SEMANA DE ESTUDIOS ALFONSÍES Carlos de AyAlA MArtínez Alcanate XI [2018-2019], [13 - 59] papa debió considerar como providencial la conversión de «Zeid Aaron, rex Zale ilustris» al cristianismo y la entrega del «regnum» africano que gobernaba a la Sede romana, una entrega que fue transferida en septiembre de aquel año 1245 a la orden militar de Santiago a cambio de un censo anual de 40 maravedíes.92 No está del todo clara la identificación del personaje y de su “reino”, pero razonablemente O’Callaghan propone su correspondencia con el sayyid o príncipe al-Hasan, uno de los hijos de Abū Zayd, último rey de Valencia finalmente convertido al cristianismo, y que siendo cuñado del califa almohade al-Sa’īd, gobernaba la estratégica plaza atlántica de Salé, el regnum al que se refiere el documento papal; el gobernador habría protagonizado un intento sedicioso amparándose en su conversión y ello habría sido causa de su ejecución ordenada por el califa, y que Ibn Idārī sitúa en 1243-124493. Es obvio que el asunto de Salé encaja perfectamente en los planteamientos misional-cruzadistas de Inocencio IV: afianzamiento de la cristianización con el apoyo bélico de una orden militar. El citado documento alude, de hecho, a la importancia de esta adquisición cara a la extensión del culto cristiano, y sin olvidar su potencial contribución a la ayuda al proyecto oriental de Tierra Santa, el papa insiste en la deseable política de construcción de iglesias y hospitales que, sin restricciones, quedaba encomendada a los santiaguistas desde esta nueva base de operaciones. Junto a esta medida derivada de un hecho fortuito, Inocencio IV se aplicó a la consolidación de la etérea diócesis marroquí de los días de Honorio III, entregándola en 1246 a un eclesiástico especialmente capaz, el franciscano Lope Fernández de Ain, un hombre próximo al trono castellano94. A lo largo de los últimos meses de aquel año de 1246 el papa dicta una batería de medidas en 92 Augusto Quintana Prieto, La documentación pontificia de Inocencio IV..., doc. 216, 251-252. 93 Ibn Idārī, II, 153; Joseph F. O’Callaghan, Reconquest and Crusade..., 119. 94 Había sido combatiente en su juventud, y después se convirtió en canónigo de la basílica zaragozana del Pilar. Siendo prior de la misma, favoreció el desarrollo en la ciudad de una comunidad de la recién constituida orden de los mendicantes franciscanos, ingresando en ella en 1221. Representó a la provincia hispánica de la orden ante la curia pontificia con motivo de un contencioso, y allí se ganó la confianza de Gregorio IX y más tarde de Inocencio IV. Sería beneficiado en el repartimiento de Sevilla, y en los primeros años del reinado de Alfonso X –el obispo moriría en 1260ejecutaría importantes labores diplomáticas, siendo en 1255 nombrado delegado apostólico para África y predicador general de la cruzada en este mismo territorio. Fr. Manuel P. Castellanos, Apostolado seráfico en Marruecos, o sea Historia de las misiones franciscanas en aquel Imperio desde el siglo XIII a nuestros días, Madrid-Santiago, 1896, 134-162; Fr. Atanasio López, Obispos de África septentrional desde el siglo XIII, Tánger, 1941; Robert A. MacDonald, Espéculo. Texto jurídico atribuido al Rey de Castilla Don Alfonso X, el Sabio. Edición, introducción y aparato crítico, Madison, 1990, 498. Una dispensa papal de 1247 nos informa del irregular origen familiar del prelado. Augusto Quintana Prieto, La documentación pontificia de Inocencio IV..., doc. 357, 364).
LA FAMILIA DE ALFONSO X Fernando III, rey de Castilla y León 41 Alcanate XI [2018-2019], [13 - 59] apoyo del nuevo obispo y solicita todo tipo de apoyos para él y sus hombres95: de sus nuevos fieles96, de los concejos costeros del litoral marítimo peninsular, incluidos los del norte de Castilla97, del rey Jaime I de Aragón98, de los propios franciscanos y de su familia religiosa99, de los santiaguistas100 y calatravos101, e incluso del emir de Túnez, Abū Zakariyā’ Yaḥyā I, formalmente independizado de los almohades desde 1237102, así como de los responsables del gobierno de Ceuta y de Bugía103. El papa se dirige, además, al propio califa almohade –en ese momento al-Sa‘īd al Mu‘taḍīd– celebrando sus éxitos y felicitándose por el trato dispensado a los cristianos y el que parece que va a querer seguir otorgándoles. Ante ello no duda en plantearle la posibilidad de su conversión a la fe cristiana104 y de situar su reino bajo protección apostólica, lo cual no haría sino fortalecerle de manera extraordinaria. Le solicita, en cualquier caso, que los cristianos a su servicio cuenten con la seguridad de la que no siempre han gozado y que para ello, el califa les proporcione lugares fortificados e incluso alguna plaza portuaria que, siempre bajo soberanía califal, pudieran, caso de 95 Brett Edward Whalen, “Corresponding with Infideles...”, 501-502. 96 Augusto Quintana Prieto, La documentación pontificia de Inocencio IV..., doc. 333, 346-347. 97 Ibid., doc. 318, 335-336. La circular se dirigía también a los prelados responsables de diócesis portuarias mediterráneas potencialmente conectadas con el norte de África. 98 Ibid., doc. 322, 338. Sabemos también que fueron dirigidas cartas del mismo tenor a los reyes Fernando III de Castilla, Teobaldo I de Navarra y Alfonso III de Portugal. Cit. Lukas Wading, Annales minorum..., Roma, 1732, III, 154; Juan Jacinto Sbaralea, Ad Bullarium Franciscanum, Roma, 1759, I, 435; M. L. de Mas Latrie, Traités de paix et de commerce..., Documents, 16; Eugène Tisserant y Gaston Wiet, “Une lettre de l’almohade Murtaḍā au pape Innocent IV”, Hesperis, 6 (1926), 27, n. 1. 99 Augusto Quintana Prieto, La documentación pontificia de Inocencio IV..., docs. 323 y 326, 338339 y 340-341. 100 Ibid., doc. 328, 342. 101 Juan Jacinto Sbaralea, Ad Bullarium Franciscanum, 436. Cit. Eugène Tisserant y Gaston Wiet, “Une lettre de l’almohade Murtaḍā...”, 26, n. 5. 102 Augusto Quintana Prieto, La documentación pontificia de Inocencio IV..., doc. 325, 339-340. No era la primera vez que el pontificado se dirigía al gobierno de Túnez. Dos años antes de la formal “declaración de independencia”, en 1235, lo había hecho Gregorio IX precisamente en respuesta a las autoridades tunecinas, y para establecer un contacto regular a través de un fraile franciscano de nombre Juan: M. L. de Mas Latrie, Traités de paix et de commerce..., Documents, xi, 11. 103 Ceuta y Bugía se hallaban también desconectadas del régimen almohade y más próximas al control tunecino de los hafsíes. Véase María del Carmen Mosquera Merino, La señoría de Ceuta en el siglo XIII (Historia política y económica), Ceuta, Instituto de Estudios Ceutíes, 1994, 134-135. 104 No era la primera vez que un papa invitaba a la conversión a un califa almohade. Lo había hecho ya Inocencio III con al-Nāsir en 1199 en lo que sin duda era un uso formal de la cancillería pontificia. Demetrio Mansilla, La documentación pontificia hasta Inocencio III, 965-2016, Roma, Instituto Español de Estudios Eclesiásticos, 1955, doc. 182, 198).
42 XI SEMANA DE ESTUDIOS ALFONSÍES Carlos de AyAlA MArtínez Alcanate XI [2018-2019], [13 - 59] necesidad, ser refugio para ellos o medio de allegar refuerzos: todo ello le era trasladado al califa por medio del obispo Lope105. Por otra parte, y dentro de este conjunto de medidas favorecedoras de la misión del obispo, éste recibe poderes especiales en materia de disciplina106, dispensa para no acudir a la curia romana en diez años107, y, sobre todo, ya en abril de 1247, una indulgencia similar a la obtenida por quienes peregrinaban a Tierra Santa en beneficio de todos aquellos que, siendo laicos de la “familia” del obispo, decidieran colaborar activamente con el prelado108. Esta actividad papal, en principio ajena a los objetivos de Fernando III, acabaría confluyendo con ellos. El rey desde hacía mucho tiempo tenía puestos sus ojos en Marruecos. La descomposición definitiva del Califato Almohade a partir de 1228 planteaba interesantes perspectivas para Fernando III en relación con el norte de África109, si bien es cierto que la conquista de Andalucía 105 Augusto Quintana Prieto, La documentación pontificia de Inocencio IV..., doc. 332, 344-346. 106 Concretamente dispensas de consanguinidad. Ibid., doc. 340, 351-352. 107 Lukas Wading, Annales minorum..., 468; M. L. de Mas Latrie, Traités de paix et de commerce..., Documents, 16. 108 Ibid., doc. 372, 372. 109 Cuando el gobernador de Sevilla, Abū l-‘Alā dio un golpe de estado proclamándose él mismo califa con el sobrenombre de al-Ma’mūn en septiembre de 1227 (Ambrosio Huici Miranda, Colección de Crónicas Árabes de la Reconquista, vol. II. Al-Bayān al-Mugrib fi Ijtisār Ajbār Muluk al-Andalus wa al-Magrib, por Ibn Idārī al-Marrākusī. Los almohades, t. I, Tetuán, Editora Marroquí, 1953 (en adelante Ibn Idārī, I), 297 y 301), a Fernando III le faltó tiempo para llegar a un acuerdo con él que le posibilitara retirarse de al-Andalus y hacer triunfar su causa en Marruecos. Sin duda, fue el final del dominio almohade en la Península. Aunque algunos de los términos de ese acuerdo que nos ha trasmitido el Rawd al-qirtās han sido en ocasiones cuestionados, todo parece indicar que consistieron en la entrega al rey castellano de importantes sumas dinerarias, un considerable conjunto de fortalezas fronterizas en al-Andalus y mejores condiciones para los cristianos residentes en Marruecos, entre ellas la edificación de una iglesia en Marraquech que podría hacer tañer sus campanas, y todo ello a cambio de una efectiva ayuda militar traducida en un permanente cuerpo de ejército cristiano que se trasladaría a África bajo las órdenes del califa. Ibn Abī Zar’, Rawd al-qirtās, trad. y notas de A. Huici Miranda, Valencia, 1964, II, 485-486. El editor se muestra muy renuente a aceptar los términos del pacto tal y como los trasmite el Rawd al-qirtās (Ibid.); su posición se refleja también en Ibn Idārī, I, 313, n. 1. Véase Maribel Fierro, “La religión”, en Historia de España Menéndez Pidal, VIII-2: El retroceso territorial de al-Andalus. Almorávides y almohades. Siglos XI al XIII, Madrid, Espasa-Calpe, 1997, 506 y 528. Sobre la iglesia de Marraquech: Pierre de Cenival, “L’église chretienne de Marrakech au XIIIe siècle”, Hesperis, 7 (1927), 69-83. Por lo demás, no deben sorprender medidas filocristianas en un califa que renunció al dogma almohade y que proclamaba en una carta reproducida por Ibn Idārī que “hemos rechazado lo falso y hemos publicado la verdad y que no hay más Mahdī que Jesús, hijo de María, el cual solamente se llamó al-Mahdī porque habló de la buena dirección y esta innovación –almohadela hemos suprimido y Dios nos ayuda en la misión que se nos ha confiado”. Por otra parte, su mujer Habbāba, madre del califa al-Rasīd, era cristiana. Ibn
LA FAMILIA DE ALFONSO X Fernando III, rey de Castilla y León 43 Alcanate XI [2018-2019], [13 - 59] y Murcia le mantuvo entretenido en territorio andalusí hasta la ocupación de Sevilla en 1248. Este acontecimiento tuvo una resonancia internacional que muy probablemente haya que hacer corresponder con el sentimiento de plenitud política y de superioridad peninsular que debió experimentar el propio Fernando III. Lo expresa muy bien nuestro conocido cronista Mateo París en su Chronica Majora al hablar de la perturbación que le ocasionó al rey de los francos la noticia de la muerte del monarca castellano; en esta ocasión habla de él como «rex Hispaniae totius» a causa de su superioridad y por haber protagonizado un conjunto de gestas traducidas en amplísimas conquistas sobre los infieles, tantas y tan importantes que, en opinión del cronista inglés, requerirían un tratado vasto y específico110. Esta especie de culminación de la propia obra es lo que venía a confirmar la apuesta imperial que Fernando III había planteado hace años y que, hipotéticamente, quizá ahora como corolario de un largo proceso, pudo volver a plantear. Dar el salto al otro lado del Estrecho era oportuno en un momento en que la conexión entre el Atlántico y el Mediterráneo empezaba a cobrar especial importancia estratégica, y que era además una garantía de salvaguarda de la integridad peninsular frente a aventuras expansivas de origen norteafricano, pero es que, además, ese salto podía seguirse justificando mediante la aplicación de la vieja ideología reconquistadora, a fin de cuentas la Mauritania Tingitana había formado parte de la diócesis de Hispania que aspiraron a controlar los godos111. Se trataba, pues, de un cauce posible para replantear objetivos imperiales. Máxime, si como todo apunta a pensar, había coincidencia de intereses con el Idārī, I, 319 y 338. Véase también Ibn Abī Zar’, Rawd al-qirtās, II, 487-488. Finalmente, sobre los efectivos que Fernando III decidió desplazar a África en apoyo del califa las fuentes árabes no coinciden. Desde luego la exagerada cifra de 12.000 que encontramos en Rawd al-qirtās no es asumible; mucho más realista es la que proporciona Ibn Idārī: 500 jinetes. Ibn Idārī, I, 313, n. 1. Véase Simon Barton, “Traitors to faith? Christian mercenaries in al-Andalus, c. 1100-1300”, en R. Collins y A. Goodman (eds.), Medieval Spain. Culture, Conflict and Coexistence. Studies in Honour of Angus MacKay, Basingstoke, 2002, 23-45; Alejandro García Sanjuán, “Mercenarios cristianos al servicio de los musulmanes en el norte de África durante el siglo XIII”, en M. González Jiménez e I. Montes Romero-Camacho (eds.), La Península Ibérica entre el Mediterráneo y el Atlántico. Siglos XIII-XV, Sevilla-Cádiz, Sociedad Española de Estudios Medioevales, 2006, 435-447; Javier Albarrán Iruela, “De la conversión y expulsión al mercenariado: la ideología en torno a los cristianos en las crónicas almohades”, en C. Estepa y Mª A. Carmona (coords.), La Península Ibérica en tiempos de Las Navas de Tolosa, Madrid, Sociedad Española de Estudios Medievales, 2014, 79-91. 110 «... illustris rex Castellae Andefulsus, qui dicitur propter sui eminentiam rex Hispaniae totius, post praeclara gesta sua et super infideles Hispaniae conquisitiones máximas, quae diffusos et speciales tractatus exigerent...». Mateo París, Chronica Majora, V, 311. 111 Joseph F. O’Callaghan, Reconquest and Crusade..., 117.
44 XI SEMANA DE ESTUDIOS ALFONSÍES Carlos de AyAlA MArtínez Alcanate XI [2018-2019], [13 - 59] papa, cuya política mixta de predicación y presión militar seguía su curso en los años inmediatamente posteriores a la conquista de Sevilla. Fue concretamente en junio de 1250 cuando el cuando el nuevo responsable del moribundo Califato Almohade decidió contestar al requerimiento del papa cursado, a través del obispo Lope, en octubre de 1246 invitándole a la conversión y solicitándole plazas fuertes y puntos costeros que pudieran servir de amparo a la importante colonia cristiana en el territorio. La carta la había recibido al-Sa‘īd al Mu‘taḍīd, pero fue su sucesor ’Umar al-Murtaḍā (1248-1266) quien la respondió. Al-Murtaḍā sucedió a al-Sa‘īd como consecuencia de la derrota y muerte de este último en una infructuosa operación de sometimiento de Tremecén, siendo en aquel momento gobernador de Salé112, lo cual nos habla de la efímera posesión cristiana de esta estratégica plaza atlántica. El nuevo califa era un príncipe almohade cuyo poder, cercado por la presión meriní, apenas llegó a superar el radio de influencia de Marrakech. Su debilitada posición en buena parte dependía de los mercenarios cristianos de origen castellano que le permitían mantenerse en el trono113, y pese a ello su respuesta al papa fue entre altiva y evasiva. Ciertamente en ella reconoce la suprema jurisdicción del pontífice romano sobre la Cristiandad, pero no tarda en ofrecer toda una lección de doctrina islámica con patente desprecio de la Trinidad cristiana, que es toda una negativa a la invitación papal a la conversión. En cuanto a la solicitud de plazas fuertes para la protección de los cristianos, la contestación incurre en la más absoluta vaguedad, quizá porque tampoco estaba en condiciones de comprometer políticamente una soberanía que le estaba siendo arrebatada114. Fue entonces cuando la actitud del papa cambió hacia lo que, aplicando su propia doctrina, podía justificar ya una intervención militar, para la que, con toda probabilidad, contaba con Fernando III y su proyecto africano115. Aun así, en marzo de 1251, Inocencio IV insiste a al-Murtaḍā, sin entusiasmo alguno, en la petición de lugares seguros para la población cristiana116, y justo un mes después, en abril, pedía ya al obispo Lope que, ante la persistente negativa del califa a facilitar la presencia en su tierra de sus propios mercenarios y del 112 Ibn Idārī, II, 199. 113 Ibn Abī Zar’, Rawd al-qirtās, II, 501-502. 114 La traducción francesa del texto en Eugène Tisserant y Gaston Wiet, “Une lettre de l’almohade Murtaḍā...”, 34-37. 115 José Manuel Rodríguez García, Ideología cruzada en el siglo XIII. Una visión desde la Castilla de Alfonso X, El Puerto de Santa María, Cátedra Alfonso X el SabioUniversidad de Sevilla, 2014, 113. 116 Augusto Quintana Prieto, La documentación pontificia de Inocencio IV..., doc. 712, 638.
LA FAMILIA DE ALFONSO X Fernando III, rey de Castilla y León 45 Alcanate XI [2018-2019], [13 - 59] conjunto de la población cristiana, procediera a su evacuación y, desde luego, a desligarlos de cualquier compromiso respecto del soberano marroquí117. La vía militar quedaba abierta y quizá, como hemos visto, Fernando III pudiera haber dado algún paso. Lo cierto es que la muerte le impidió proseguir, y el proyecto africano pasó a su hijo, desprovisto de veleidades imperiales, que Alfonso X quiso asociar a otros escenarios. 3. “Internacionalización” del reino El tercer gran argumento del gobierno de Fernando III lo constituye el de una decidida “internacionalización” del reino que permitió visibilizarlo más y mejor en el panorama del conjunto de la Cristiandad. Obviamente no se trata de algo nuevo imputable por vez primera a un rey castellano-leonés. Alfonso VI había sido el primero en buscar enlaces matrimoniales fuera del marco estrictamente peninsular: cuatro de sus cinco mujeres habían sido representantes de poderosísimas casas aristocráticas de origen franco. Esta tendencia ya no se detendría: la reina Urraca casó con Raimundo de Borgoña, y continuó durante la etapa de Alfonso VII cuya segunda mujer fue una princesa polaca, Rica o Ryksa, de la familia Piastas, pero muy vinculada a la corte de los Staufen alemanes. Por otra parte, una de las hijas de Alfonso VII, Constanza, casaría con el rey de Francia Luis VII en 1154. En cualquier caso, la consagración de esta proyección extra-peninsular del reino, concretamente del de Castilla, llegará en realidad con el abuelo de Fernando III, el rey castellano Alfonso VIII. Él mismo contrajo matrimonio con la hija del poderoso rey de Inglaterra, y llegó a comprometer a su primogénita y heredera ni más ni menos que con un hijo del emperador Federico I de Alemania, y ello poco después entregar en matrimonio a una segunda hija al heredero del rey de Francia118. De hecho, se puede decir que la política matrimonial de Fernando III, centrada de modo particular en sus propias nupcias con la princesa Beatriz de Suabia, pudo tener una relación directa con las iniciativas diplomáticas de su abuelo castellano. No es más que una hipótesis, pero no sería en modo alguno descabellado que aquellas nupcias, que como veremos pudieron obedecer a 117 Ibid., docs. 718-719, 642-643. 118 Carlos Estepa, “La monarquía de Alfonso VIII de Castilla (1158-1214) en el sistema de estados europeos”, en C. Fornis et alii (eds.), Dialéctica histórica y compromiso social. Homenaje a Domingo Plácido, Zaragoza, Libros Pórtico, 2010, II, 1175-1192, en especial 1182; Carlos de Ayala Martínez, “Alfonso VIII, la Cruzada y la Cristiandad”, Espacio, Tiempo y Forma. Serie III. Historia Medieval, 29 (2016), 75-113.
52 XI SEMANA DE ESTUDIOS ALFONSÍES Carlos de AyAlA MArtínez Alcanate XI [2018-2019], [13 - 59] el emperador Federico II no podía ser interpretada por Roma sino como una intolerable provocación. Fernando III murió en olor de santidad, santidad de proyección popular pero, sobre todo, santidad gestionada por el propio poder político. Las referencias son tempranas. Raimundo de Losana, obispo de Segovia y confesor del rey, alude ya a su santidad apenas un año después de su muerte, y es sabido que las Cantigas de Alfonso X, y concretamente la 292, nos habla de la milagrosa aparición del rey al orfebre de la capilla real de Sevilla ordenándole trasladar el anillo que portaba su imagen a la de la Virgen. Aunque será el primer tercio del siglo XIV el momento en que de la mano del cronista Jofre de Loaysa, del redactor de la que venimos llamando Crónica Particular de San Fernando y, sobre todo, de don Juan Manuel, cuando la proyección de santidad sobre la figura del rey adquiera tintes auténticamente sólidos134. Pero por supuesto esa santidad, vinculada a la expansión y defensa de la fe, nunca fue secundada por el papado medieval, receloso de cualquier manifestación política que no fuera respetuosa con lo que interpretaba eran sus derechos y libertades, y el “regalismo” de Fernando III, pese a la evidente contribución del rey a la reducción del espacio islámico en la Península, no era una buena carta de presentación. Solo siglos después la monarquía hispánica, movida por sus particulares intereses, promoverá la canonización de Fernando III en el siglo XVII135. Bibliografía Albarrán Iruela, Javier: “De la conversión y expulsión al mercenariado: la ideología en torno a los cristianos en las crónicas almohades”, en C. Estepa y Mª A. Carmona (coords.), La Península Ibérica en tiempos de Las Navas de Tolosa, Madrid, Sociedad Española de Estudios Medievales, 2014, 79-91. Alberico de Trois-Fontaines, Chronica Alberici, monachi Trium fontium a monacho novi monasterii Hoiensis interpolata, P. Scheffer-Boichorst (ed.), Monumenta Germaniae Historica. Scriptores, XXIII, Hannover, 1874. 134 Ariel Guiance, “Fernando III o la santidad forzada”, en C. de Ayala Martínez y M. Ríos Saloma (eds.), Fernando III, tiempo de cruzada, Madrid-México, Sílex-UNAM, 2012, 457-482. Cf. Teresa Laguna Paúl, “Devociones reales e imagen pública en Sevilla”, Anales de Historia del Arte, 23 (2013), 127-157. 135 Ana Rodríguez López, “Fernando III el Santo (1217-1252). Evolución historiográfica, canonización y utilización política”, en Miscellània en homenatge al P. Agustí Altisent, Diputació de Tarragona, 1991, 573-588. Véase asimismo Antonio Rubial García, “La canonización de san Fernando y sus consecuencias en Nueva España”, en C. de Ayala Martínez y M. Ríos Saloma (eds.), Fernando III, tiempo de cruzada, Madrid-México, Sílex-UNAM, 2012, 483-490.
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