Buenos Aires: la metrópoli del Sur
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94 BUENOS AIRES. LA METROPOLI DEL SUR Alberto Petrina Buenos Aires requirió ser fundada dos veces: la primera por don Pedro de Mendoza, ese «cortesano disoluto y magnífico», como alguna vez lo definiera con propiedad Enrique Larreta; la segunda por un vasco tozudo y pragmático, don Juan de Garay. Y ambos, a su manera, resultaron ser el símbolo premonitorio de sus futuros habitantes. Febril e inquieto el primero, librado a una ansiedad devoradora que lo dividía entre la obsesión persecutoria de El Dorado y la añoranza del fasto imperial que había abandonado, no tuvo ojos más que para aquellos engañosos horizontes, y la incipiente aldehuela se vengó del ultraje de su desinterés sometiéndolo al hambre y expulsándolo, arrojándolo a los maltrechos barcos en los que expiraría, lejos de las utópicas riquezas y lejos de España. Garay, en cambio, llegaba desde el interior de la tierra, sabiendo que esa llanura bárbara no escondía otros tesoros que su fecundidad recóndita, planicie metafísica abierta hacia la nada entre cielos de abismo y un río tan ancho que aceptaba con naturalidad el nombre de Mar Dulce. De don Pedro descienden espiritualmente, sin duda, aquellos porteños que, desasosegados, no terminaron nunca de acomodarse a su ciudad, buscándola en las ramblas de Barcelona, en ciertos clubs londinenses, en algunas descascaradas paredes rosa y ocre de Roma, pero, sobre todo, en París: en los boule1•ards bulliciosos y en la elegancia del Bois de Boulogne, en el esplendor de la Opera, en la cálida tibieza de los restaurantes y de los cafés. Tanto devoraron aquellas escenografías que terminaron trasvasándolas. En cada viaje traían un trocito: una fuente, un palacio, un parque, una avenida; al fin un barrio entero. Luego componían los fragmentos y, envueltos en sus sueños, vivían como en suspenso esperando el viaje que los devolviese a la saison europea. Consumidos por deseos que sólo podían saciar en un espejo imperfecto, morían de una sed desconocida. El segundo fundador dio origen conceptual a otra progenie. Aquellos que llegaron con la avalancha inmigratoria para quedarse y que, de mal o de buen grado, decidieron hacer de una aldea grande una metrópoli, venían a sumarse a algunos pocos criollos aristocráticos que no encontraban demasiado atractivas las largas travesías marítimas ni las novedades parisienses, y que preferían engordar a sus vacas antes que a los «gringos». Unos y otros miraban hacia adentro, hacia la tierra, más que hacia el - XCIV - ASTRAGALO, 03 (1995) Attribution-NonCommercial-ShareAlike - CC BY-NC-SA Article, ISSN 1134-3672 https://dx.doi.org/10.12795/astragalo.1995.i03.11 Arquitecto, profesor titular de la Universidad de Buenos Aires. Crítico e historiador.
estuario que conducía a «las Europas». Y a veces miraban también hacia un firmamento que los recompensaba con la visión, tranquilizadora como un ancla, de la Cruz del Sur. Pero Buenos Aires la hicieron los unos y los otros. Le pertenece tanto a don Torcuato de Alvear -que abrió de un tajo inmenso la Avenida de Mayo para que el mundo se enterase de que había nacido la «París de Sudamérica>>- como a los «tanos», los «gallegos», los «rusos» o los «turcos»' que, hacinados en los «conventillos», trabajaron de sol a sol para poder, andando el tiempo, comprarse un terrenito y edificar encima esa «casa-chorizo» en que habrían de crecer los hijos y los nietos, ya argentinos. Es de aquellos debiera ser la introducción a una guía de patrimonio urbano-arquitectónico, por lo que quizá haya llegado el momento de afrontar el asunto. El sueño de la crisálida Durante casi dos siglos Buenos Aires será bastante menos que una aldea. Alejada de las rutas marítimas, cabeza de un territorio inmenso y despoblado que carecía de las minas que tomaban suntuosas a México y a Lima, dependiente de esta última en lo que hacía al comercio y a la administración, parecía destinada a vegetar en el marasmo de una existencia deslucida y mezquina. Amenazados por tribus indómitas, hundiéndose en el barrio pegajoso durante el invierno y caballeros conservadores que importaban de asfixiándose entre nubes de polvo en el verano, Inglaterra sus trajes a medida, sus yeguas puralos funcionarios hispánicos destinados a servir en sangre y sus toros reproductores (y de Francia ella debían considerar el puesto antes una carga todo lo demás: champagne. arquitectos Y querique una canonjía. La gran nobleza española hacía das), y también de esos otros ácratas y socialiscarrera en el Perú, en México o en Cuba. Los tas que enseñaban a leer por las noches a sus camaradas analfabetos en las bibliotecas populares, a la par que imprimían sus planfletos libertarios en las imprentas de La Boca o Balvanera. Y, claro está, es tan de Victoria Ocampo -cuyo francés, un poco al modo de la nobleza zarista, era más perfecto que su idioma natal-, gastándose su fortuna para acercamos a Tagore, Malraux o Stravinsky, como es de Eva Perón, gastándose la vida para fundar su revolución social y, mientras tanto, apostrofando a sus enemigos de clase desde el balcón abierto hacia la plaza inmensa, florecida de gente. Pues bien, pareciera que las mujeres y los hombres de Buenos Aires nos han atrapado. Lo que no está mal, ya que son ellos quienes la han modelado a su gusto y placer. Pero ésta segundones eran empujados a Buenos Aires. En la segunda mitad del siglo XVIII, al crearse el Virreinato del Río de la Plata y dársele la ciudad por capital, ésta comienza lentamente a merecer el nombre de tal. La Plaza Mayor -el adjetivo resulta fatuo si sabemos que también era la únicaconcentra a su alrededor la sede de las instituciones: el Fuerte, residencia de los Gobernadores, y luego de los Virreyes; la Catedral, asiento del Obispo; el Cabildo, solar del Ayuntamiento. Y luego las amplias casonas de dos y tres patios, cuyos ascéticos muros blancos y circunspecta interioridad hacen difícil distinguir al aristócrata del comerciante o del empleado subalterno. Y, por supuesto, las iglesias y conventos de franciscanos, dominicos,jesuitas y mercedarios, que ordenan la vida -XCV95
96 de todos los habitantes con el mismo sonido previsible y tranquilizador de las campanas que reglan las horas de los monjes. El centro de la actividad social se da en los atrios, a la entrada o a la sa lida de misa, y las familias sólo abren sus casas-claustro para la tertulia o el «día del santo» de alguno de sus miembros numerosos. La llegada de un nuevo Virrey o de un Obispo, la entronización o la muerte del lejano monarca, la fiesta del patrono, son ocasión, según los casos, de solemnes cortejos, de toros y comedias, de pompas tenebrosas y fúnebres. La Revolución traerá pocos cambios, al menos en lo que hace a las costumbres y aspecto físico de la ciudad. El presidente Rivadavia - unitario y europeizant einiciará con poco éxito el tránsito hacia lo francés: de sus afanes de visionario apenas quedará la fachada neoclásica de la Catedral. Don Juan Manuel de Rosas, gran señor criollo y federal, preferirá, a su vez, mantener a Buenos Aires s uj eta con las riendas de la tradición. En cierto sentido, será el último gobernante a la española que la rija, ya que heredará del viejo tronco tanto el instinto conseiVador y patriarcal cuanto la antipatía vi sceral por Francia e Inglaterra. Pero hacia los postreros años de su mandato la ciudad irá reflejando poco a poco en sus edificios una nueva influencia estilística - la italian a-, que arribará de la mano de algunos arquitectos e ingenieros de ese origen. Habrá llegado el tiempo del desarrollo, del fabuloso crecimiento que llevará al patito feo a transmutarse en cisne. Tres tiempos de plenitud Hay por lo meno s tres momentos de su historia en que Buenos Aires alcanza memorables estadios de armonía urb ana . El primero de ellos se sitúa aproximadamente entre 1840 y 1865, a caballo entre el gobierno de Rosas y el inicio del período de organización nacional, en que la suma de la arquitectura italianizante al primitivo aceiVo hispano-criollo convierte a la ciudad en una verdadera llanura de azoteas que se asoman sobre el río infinito y herrumbroso, apenas superadas en su función de atalayas, por las cúpulas y los campanarios de iglesias y conventos. Hacia finales del siglo XIX -y ha sta 1930la imagen urbana arquitectónica de la creciente urbe se modificará sustancialmente: será la hora de las grandes obras públicas de higiene y embellecimiento, del trazado de los primeros parques y houlemrds, de la hegemonía indiscutida del academicismo francés. Esta segunda metamorfosis incorporará, sin solución de continuidad, la tercera y última etapa de esplendor: aquella que abarca los años treinta y cuarenta y que se viste con el ropaje blanco del Raciona li s mo a la criolla. La ciudad se transformará en metrópoli internacional abriendo amplias avenidas y levantando la ma yor masa de arquitectura moderna que pudiera haber ostentado cualquier otra en esas décadas, a excepción de Nueva York. La ciudad italiana En efecto, las situaciones urbanas o arquitectónicas sobresalientes a lo largo de má s de cuatro centurias de vida se sitúan invariablemente en alguna de las épocas antedichas. De la primera apenas queda nada: unas po cas fachadas a la italiana del Barrio Sur o la magnífica iglesia de la Inmaculada Concepción - «la Redonda >>- en Belgrano, pero las viejas estampas de Pellegrini ' nos permiten avizorar aque ll a atmósfera ya perdida. -XCVI - ASTRAGALO,03(1995)ISSN 1134-3672
La ciudad francesa La avasalladora influencia Beaux Arts, en cambio, domina hasta hoy la estructura misma de la ciudad. A ella responde el trazado de las avenidas de Mayo, Alvear, Sarmiento y del Libertador, así como el paisajismo subsistente de casi todos los espacios verdes del Centro y la zona norte (plazas de Mayo, de los Dos Congresos, San Martín, Vicente López o Rodríguez Peña; parques de la Recoleta, Palermo y barrancas de Belgrano). El numen inspirador de esta profunda mutación será el brillante primer Intendente Municipal, don Torcuato de Alvear, cuya simetría con el Barón de Haussmann aunque reiteradamente señalada, resulta tan justa como insustituible. De este modo, la presencia de los más afamados profesionales franceses se impondrá a cualquier otra. Joseph Antoine Bouvard, director de Obras y Paseos de París, visitará varias veces Argentina contratado por el Go - bierno, entre 1907 y 1910, dejándonos el plano que lleva su nombre. Había sido precedido por su compatriota Charles Thays, llegado al país en 1889 y Director de Parques y Paseos del municipio a partir de 1891, quien desde este cargo desarrollará una tarea verdaderamente colosal (a él se le deben, entre otros muchos proyectos admirables, los del Parque 3 de Febrero - Palermoy el Jardín Botánico). El ciclo se cerrará con el paisajista Jean Charles Forestier, llamado para colaborar en todo lo referente a su especialidad con la Comisión de Estéti ca Edilicia'. Esta oficina, esurbanístico que merezca tal nombre concebido en el país-, cumpliendo una función de ordenamiento normativo cuya ejemplaridad no volverá a ser alcanzada en el futuro. En cuanto a la arquitectura, las aportaciones de este período son incontables, y están fundamentalmente dirigidas a brindar albergue físico a los organismos gubernamentales, a las instituciones rectoras del orden liberal y a las propias residencias de la clase dirigente. Aun así, merecen destacarse algunos hitos: entre las obras de carácter público, Jos palacios de Gobierno --Casa Rosaday del Congreso, los teatros Colón y Cervantes y la Bolsa de Comercio; en el campo privado, los edificios del diario La Prensa y el Pasaje Barolo -ambos sobre la Avenida de Mayo-, algunos espléndidos hoteles --el Plaza y el Alvear Palacey estaciones terminales de ferrocarril -Retiro y Constitución-, así como la mayoría de los antiguos palacios de las principales familias porteñas (Anchorena y Paz en la Plaza San Martín; Ortiz Basualdo y Pereda en la Plazoleta Carlos Pellegrini; Femández Anchorena y los dos de los Duhau en el 1600 de la Avenida Alvear, Errázuriz, Alvear y Bosch sobre la Avenida del Libertador). El ropaje arquitectónico que asumirá esta apoteosis de la riqueza nacional será, como anticipáramos, el academicismo francés, aunque «contaminado» por un espíritu decididamente ecléctico y discutido, hacia principios de nuestro siglo, por las corrientes de índo le antiacademicista (Art Nouveau, Secesión, Modernismo catalán). pecialmente activa durante la gestión del In-La ciudad moderna tendente Carlos Noel, elaborará y publicará el Plano Regulador y de Reforma de la Capital Los años veinte culminarán con la visita de Le Federal (1924-1925) --e l primer documento Corbusier, en 1929, quien dictará una serie de -XCVII - 97
98 conferencias y conectará con la elite intelectual encabezada por Victoria Ocampo. Pero sus proyectos de entonces no pasarán de tales. Mientras tanto, la nueva década se abrirá con el golpe militar de Uriburu, que interrumpirá el segundo mandato constitucional del presidente Yrigoyen, seguido por la administración conservadora del presidente Justo. Será bajo su gobierno cuando Buenos Aires adoptará su actual envergadura metropolitana. Las calles Corrientes, Córdoba, Santa Fe y Belgrano, entre otras, se convertirán en avenidas, al tiempo que se abrirán las Diagonales Norte y Sur (que completarán el plan urbanístico-institucional iniciado más de cuatro décadas antes con la apertura de la Avenida de Mayo, al quedar definitivamente unidas las sedes de los tres poderes republicanos) y, a la par, se concretará un proyecto originado en una ley de 1912: la construcción de la Avenida 9 de Julio, el eje vial norte-sur más espectacular de la ciudad. Otro viejo sueño -el de la vía decir - cunvalación-se cumplirá con la Avenida General Paz, cuyo magnífico diseño paisajístico, debido al arquitecto Ernesto Vautier, materializará el límite físico entre el distrito municipal y el conurbano. Estas importantes realizaciones serán el complemento práctico de no menos relevantes iniciativas teóricas. La figura del urbanista Carlos María Delia Paolera dominará esta etapa desde la Oficina del Plan Regulador, bajo la Intendencia de Mariano de Vedia y Mitre. Los arquitectos Jorge Ferrari Hardoy y Juan Kurchan, junto con su maestro Le Corbusier, elaborarán paralelamente en la Rue de Sevres el célebre Plan Director de Buenos Aires ( 1938) que, a pesar de no haber sido aplicado nunca en forma orgánica, se erigirá en una influencia permanente que llegará a orientar prácticamente todas las intervenciones posteriores. La Arquitectura Moderna, en cambio, no sólo tendrá un éxito temprano y fulminante, sino que el volumen masivo y la calidad excepcional de la obra construida se impondrá a una escala tal que sectores enteros de la ciudad -como el Barrio Nortecambiarán su fisonomía en forma tan drástica como definitiva. El fenómeno -poco estudiado desde este enfoque hasta las recientes investigaciones de Cocó de Larrañaga-convertirá Buenos Aires en una de las tres capitales del Racionalismo internacional que, como no podía ser de otro modo, son todas americanas •. Larrañaga sintetiza irónicamente este clima de especialísima efervescencia, señalando tanto sus aspiraciones como sus límites: «En los años treinta, Buenos Aires se cubre de modernidad. Los arquitectos componen edificios modernos. Los capitalistas encargan edificios modernos. La gente enloquece por vivir en edificios modernos. Algunos -los más informados y mejor ubicados socialmente-, hasta viven una vida moderna. Estos últimos habitan edificios franceses» 5• Por supuesto, es una tarea ardua mencionar los mejores ejemplos dentro de una producción de tal nivel y envergadura, aunque no pueden pasarse por alto los rascacielos Comega y SAFICO y el cine Gran Rex, sobre la Avenida Corrientes, o las espléndidas casas de renta de Juncal y Esmeralda o de la esquina de Lafinur y Avenida del Libertador. Pero, sobre todo y sobre todos, se destaca el mítico Kavanagh, ese edificio que parece deslizarse hacia el río como una inmensa y armoniosa nave gris, desplazándose majestuoso entre las verdes barrancas de Plaza San Martín •. -XCVIII - ASTRAGALO,03(1995)ISSN 1134-3672
Metrópoli y sociedad de masas Hacia medianos de los cuarenta, con la llegada del peronismo al poder, Argentina -y Buenos Aires a su cabeza-acentuará hasta el paroxismo su vocación de modernidad. Será instituida una flamante legislación social, acompañando a un vigoroso proceso de industrialización. Este último desencadenará una gran afluencia de población a la Capital, que ahora -a diferencia del aluvión inmigratorio llegado bajo la égida de la Generación del ochentaya no será europea, sino hispanocriolla, es decir, integrada por los postergados hijos del país. Consecuentemente con los nuevos tiempos, el acento urbano-arquitectónico estará puesto en lo colectivo antes que en lo individual. La obra realizada durante una década en materia de infraestructura, vivienda, nivel nacional mediante dos Planes Quinquenales-, se retomará, durante la Intendencia Municipal de Emilio Siri, el ya citado Plan de 1938, desarrollado bajo la influencia de Le Corbusier. Se organiza así el Estudio del Plan Regulador (1947-1949), dirigido por uno de los autores de su primera versión, Jorge Ferrari Hardoy, con quien colaborarán también Juan Kurchan, Jorge Vivanco y el catalán Antonio Bonet, contando con la asesoría del arquitecto italiano Ernesto Rogers. Cabe mencionar que el justicialismo dará aún otro gran Intendente a la ciudad: Jorge Sabaté ( 1952-1954), asesor de la Fundación Eva Perón y uno de los más brillantes arquitectos racionalistas de la época. Simultáneamente, la di sciplina recibirá un for~ midable impulso gracias a la creación de la salud, educación, asistencia social, cultura y Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la deporte, asumirá proporciones gigantescas que Universidad de Buenos Aires ( 1947), que erigínunca volverán a ser repetidas. Buena parte de rá a la antigua Escuela de la especialidad en casa esta arquitectura -sobre todo los grandes conjuntos habitacionales como Ciudad Evita, Los Perales, 17 de Octubre, o el barrio Presidente Perónserá construida en los límites o en los alrededores de la ciudad, utilizando indistintamente las tipologías del chalet pintoresquista (más conocido como «californiano») o del monobloque racionalista. El barrio Simón Bolívar (1952-1954 ), situado en el Parque Chacabuco y visible desde la autopista que lleva al aeropuerto, constituye un destacable paradigma del modelo en su versión moderna. Desde otro punto de vista, uno de los hitos m ás importantes del período será, sin paralelo alguno, el magnífico Teatro Municipal General San Martín. Como consecuencia directa de este verdadero programa de modernización -instrumentado a de altos estudios autónoma. Un año después se organizará el Curso Superior de Urbanismo y, como remate de esta puesta al día, en 1951 será traducida al castellano la versión original de Saber ver la arquitectura ( 1948), en coincidencia con la exitosa visita al país de Bruno Zevi. El Intemational Style de los cincuenta coexistirá con el brutalismo inspirado en las búsquedas de Le Corbusier. Hacia el fin de esta década y comienzo de la siguiente, dos obras de Clorindo Testa señalarán un punto de ruptura teñido por la original autonomía plástica de este autor: el Banco de Londres y América del Sur (hoy Banco Lloyd's) y la Biblioteca Nacional. En el suburbio bonaerense de Martínez la iglesia de Nuestra Señora de Fátima, de los arquitectos Caveri y Ellis, encamará el para- -XC IX - 99
100 digma de una corriente contemporánea conorrumpida de irrestricto ejercicio democrático, así cida como «Casablanquista» 7, única que por como las actuales condiciones de estabilidad y esos años propuso una síntesis entre la estética ordenamiento económicos. Iniciativas como el en la línea de Le Corbusier y las tradiciones PRAM (Programa de Revitalización de la Aveespaciales de la Colonia, alcanzando un rigor nida de Mayo), la rehabilitación del «conventiformal y constructivo casi minimalista. llo» de San Francisco o la paulatina recuperaLa megalópolis Luego vendrá la era del desarrollismo, del derroche irresponsable, de la especulación inmobiliaria. De esos casi cinco lustros que arrancan aproximadamente de 1965 y alcanzan los umbrales de los noventa, Buenos Aires debe lamentarlo prácticamente todo: la destrucción de parte importante de su patrimonio arquitectónico, la aplicación de normat iv as urbanas omnipotentes o erráticas, la vulgaridad irredimible y la pésima calidad constructiva de los nuevos modelos. Hasta el punto de que re sulta más sencillo mencionar la buena semilla que la cizaña, tan rara era aquélla y tan abundante ésta. La escuela Delia Penna de Juan Manuel Borthagaray -así como el propio barrio de Catalinas Sur que la contiene-, el edificio Conurban de Ernesto Katzenstein o el Pirelli de Mario Bigongiari, entre escasos ejemplos más, se sitúan en una perspectiva comparable con la honrosa arquitectura antecedente. Pocos, muy pocos, si se los confronta con la inmensa masa construida según los cánones del academicismo francés -de un nivel difícilmente superable fuera de Paríso, más cercanamente, con la extraordinaria producción moderna de los treinta. En los tiempos más recientes, la ciudad ha comenzado a reaccionar respecto de esta incipiente decadenc ia. A ello ha contribuido un poco la experiencia de más de una década ininteción del antiguo Puerto Madero -a los que pueden sumarse acciones privadas paradigmáticas, como la desplegada en las Galerías Pacífico-, constituyen hitos importantes en una dirección que deberá mantenerse y extenderse en profundidad si se aspira no sólo a invertir un proceso negativo sino, lo que es prioritario, a afirmar una nueva conciencia urbana, tanto respecto de su memoria identificadora como de su futuro desarrollo. A modo de epílogo Mientras tanto, Buenos Aires vive su destino de gran metrópoli internacional. Como Nueva York, París, Londres, México, Los Angeles, le pertenece más al mundo que a su propio país. Sólo que ella es la única que cumple con tal papel al sur del Ecuador (San Pablo podría acercársele, pero en su caso prevalece la «brasileñidad» ). La capital del Plata, en cambio, se ha despojado casi por completo de «Caráct er local». Da la espalda a los Andes, es decir, a su tierra. Pero, curiosamente, apenas mira al río que la conecta con Europa. Prefiere la abstracción. Se conce ntra en sí misma, se cierra sobre su propio pulso para mejor captarlo todo. Sin embargo, la calidad de su percepción es poco intelectual. Más bien se trata de una compulsión devoradora, de una fu erza desatada más allá de todo límite. La seducen los récords. O, mejor dicho, le fascina batirlos. Y no sólo aquellos caricaturescos de la avenida más ancha o más larga. Le gusta, por ejemplo, recordar que Richard Strauss - C - ASTRAGALO,03(1995)ISSN 1134-3672
inauguraba su música en Sudamérica dirigiendo personalmente la Filarmónica de Viena en el Teatro Colón, ese mismo Colón que acogerá a don Manuel de Falla en su exilio argentino; que García Lorca recitaba a sus amigos porteños poemas recién escritos en sus cafés (o que la Xirgu le estrenaba aquí los dramas), mientras Anatole France, Ortega y Gasset y Einstein dictaban sus conferencias magistrales. Rememora que en los salones de los Errázuriz bailaba la Pavlova o Arthur Rubinstein se sentaba al piano; que mientras los primeros films de Bergman bajaban del cartel europeo en una semana, en sus cines se mantenían meses a sala completa; y también que la proporción de psicoanalizados fue, desde muy temprano, de las más altas del planeta (¿en el haber de la modernidad o en el debe de la neurosis de sus hijos?). ¿Pero es que esta ciudad vive sólo de recuerdos? No únicamente. Pero los que posee los atesora como alhajas que una mujer saca una y otra vez de su estuche para adornarse frente al espejo. Del mismo modo, Buenos Aires se contempla en el reflejo de todas aquellas ciudades que admiró a través del tiempo. Hoy ya son suyas. Las fue incorporando a lo largo de un siglo. Pero no como calcos, sino como sueños. Al comienzo fue Sevilla; Juego Madrid y Roma; más tarde Barcelona, Londres, París. Nueva York le gustó siempre menos, pero algo tomó también de allí. Ahora es ella misma. Y mira a sus antiguas favoritas -ahora hermanas o rivalesdesde su espléndida diversidad, desde su fascinante eclecticismo, desde la magnífica síntesis de su estilo. Claro que su actual aplomo le significó un esforzado aprendizaje. La ayudó descubrir que muy pocas ciudades podían, como ella, exhibir una música embriagadora como el tango (y, por añadidura, que tal música se bailase con una sensualidad hipnotizante). También aprendió que debía procurarse un escritor que la narrase, como París lo tuvo en Proust o Alejandría en Durrell; y se adornó con Borges. Finalmente, comprendió que una gran capital debía lucir mujeres con identidad propia. Así, cuando algunos creen encontrar en la elegancia de las suyas un mero rasgo parisiense, comprueban que la mixtura es más compleja: una gracia que podría ser española aparece refinada por cierta indolencia ancestral y un poco del cinismo de las italianas. En cuanto a sus hombres, las acompañan en lo que hace al tipo físico, pero se han vestido siempre a la manera anglosajona (como ingleses los padres, como yankees los muchachos). Y volvemos aquí a encontramos con la gente. Es que es por ella y para ella que Buenos Aires abrió sus avenidas y alzó sus monumentos. Sus parques y sus fuentes son para su puro deleite. Sólo para que eleven los ojos hacia el cielo sus torres y sus cúpulas. Porque, como tan bien Jo viera Le Corbusier en 1929, <<[ . •• ] el hombre está aquí para actuar, para manifestarse>> . Aquí, << [ ..• ] sin límites a izquierda ni derecha, cielo argentino lleno de estrellas [ ... ] Buenos Aires, esa feroz línea de luz a ras del agua [ ... ] el encuentro de la Pampa y el Océano, una línea iluminando la noche >>'. Ese río y ese cielo que, en su abrazo perfecto, le prestan el vértigo de sus dimensiones infinitas y el sentimiento embriagador de una libertad casi salvaje, apenas equilibrados por el freno sutil de la melancolía. • ALBERTO PETRINA, LILIANA ASLAN: Buenos Aires. Guía de Arquitectura. Ed. Municipalidad de la Ciudad de Bu enos Aires, Consejería de Obras Públicas y Transportes de Andalucía. 19 94.247 págs. • - CI - 101
102 NOTAS: 1 En el lenguaje coloquial de los porteños se denomina <<ta nos >> a los inmigrantes del sur de la península italiana -napolitanos, sicilianos y calabresesy, por extensión, a todos los italianos; de igual modo, los <<ga llegos» terminaron por prestar su nombre a los españoles en general, fuesen éstos asturianos o andaluces, y en menor medida a los vascos ya que, por constituir una minoría en buena parte anterior al gran aluvión inmigratorio, eran identificados en forma especial (en el caso de los gallegos se agregaba, además, la circunstancia de que constituían una mayoría aplastante dentro de la población de origen ibérico, hasta el punto de que Buenos Aires fue durante años la ciudad gallega más populosa, seguida muy de cerca por La Coruña y La Habana). Los <<rusos» se llamaba genéricamente a los judíos, por provenir los primeros inmigrantes de este pueblo de la Rusia zarista, de donde escapaban de los pogroms desatados periódicamente contra ellos. En cuanto a los <<turcos », se refería no a los nativos de tal nación, como podría suponerse, sino a los árabes y, más particularmente, a los sirio-libaneses, seguramente por haber estado durante mucho tiempo sus países bajo la influencia del antiguo Imperio Otomano. Ambas comunidades -la judía y la árabefiguran entre las más numerosas del mundo fuera de sus regiones de origen, habiendo coexistido siempre armoniosamente. Cabe añadir que estos motes -surgidos durante la convivencia en las casas de inquilinato o <<conve ntillos» en los que recalaban los inmigrantes y luego popularizados por el sainete criollotuvieron siempre un sentido cariñoso y no discriminatorio, resultado de la profunda y muy temprana mixtura racial y religiosa que ha caracterizado siempre a Buenos Aires. 2 El ingeniero saboyano Charles Henri (o Carlos Enrique) Pellegrini, invitado por el Presidente Rivadavia, llega a Buenos Aires en 1828 para ocuparse de proyectar diversas obras públicas. Dilatado el inicio de las mismas por las guerras civiles, y agotados sus recursos económicos, Pellegrini se ocupa de retratar a la alta sociedad porteña, encontrando en tal actividad un inesperado paliativo para su dolorosa situación. Paralelamente, registra en expresivas acuarelas los sitios más notables de la ciudad. Gracias a él, Buenos Aires conserva una iconografía de primer orden, y el país le debe, además de su arte, el hijo ilustre que se convirtiera en uno de sus grandes presidentes: don Carlos Pellegrini. 3 Esta Comisión de Estética Edilicia será la responsable del sabio Reglamento de Construcciones de 1928, a cuyas normativas deberá en buena parte la ciudad su etapa de crecimiento más armónico y ordenado, etapa coincidente con el desarrollo de la tipología de la casa de renta en sus dos vertientes estilísticas más difundidas: la academicista ( 1920-1940) y la moderna ( 1930-1950). 4 Nos referimos, además de a Buenos Aires, a Nueva York y Brasilia. Pero caben distinciones. Mientras que la metrópoli norteamericana pasa de una muy fuerte presencia del Art Di~co al International Style sin solución de continuidad -saltándose, por lo tanto, la primera etapa funcionalista-, Brasilia plantea en su trazado y arquitectura, casi con exclusividad, la vertiente lecorbusiana del modelo, aunque reformulado por la decidida estética regional de Costa y Niemeyer. Sólo Buenos Aires desarrolla la experiencia moderna partiendo de la iconografía formal alemana, pero mezclándola de tal modo con elementos Deco y, sobre todo, con el remanente influjo academicista, que termina por conseguir un resultado de audaz heterodoxia, una maniera propia que no reconoce paralelos ni descendencia. Ver, a este respecto, los artículos <<La arquitectura "racional" no ortodoxa en Buenos Aires. 1930-1940» (Revista de Arquitectura, N. 0 143 , Buenos Aires, diciembre 1968) y << Las normativas edilicias como marco de la Arquitectura Moderna en Buenos Aire s. 1930-1940» (Anales del Instituto de Arte Americano e Investigaciones Estéticas << Mario Buschiazzo», N. "' 27/28, Buenos Aires, 1989-1991), ambos de Cocó de Larrañaga. 5 De la misma autora, << Viaje a las estrellas», Summa + 6, Buenos Aires, abril-mayo 1994. 6 El edificio Kavanagh recibió, en mayo de 1994, el que es uno de los premios más importantes del mundo, otorgado por la American Society of Civil Engineering, que lo reputó textualmente << hito histórico internacional de la ingeniería». Cabe agregar que, en sus cien años de vida, la institución mencionada só lo concedió esta distinción diecisiete veces, contándose entre algunos de los destinatarios anteriores la torre Eiffel de París, el canal de Panamá y la represa de Asuán. 7 El nombre de la corriente deriva de la exposición realizada en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires en 1964 (<<14 Casas Blancas»). Ver, de Alberto Petrina, <<A la conquista de una arquitectura propia» y << Reportaje a Claudia Caveri. Por una arquitectura de identidad nacional y americana», en Otra arquitectura argentina. Un camino alternativo, Colección SomoSur, Escala, Bogotá, 1989. 8 Le Corbusier, Precisions, 1929. -enASTRAGALO,03(1995)ISSN 1134-3672