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Un libro luminoso sobre las antigüedades de Canarias

Trapero, Maximiano

Abstract

Reseña al libro de María Rosa Alonso La luz llega del este

Full text

Reseña al libro de María Rosa Alonso La luz llega del este (Ayuntamiento de La Laguna, 1998, 146 págs.). Publicada en el periódico La Provincia, Las Palmas de Gran Canaria, 13 de marzo de 1999. UN LIBRO LUMINOSO SOBRE LAS «ANTIGÜEDADES» DE CANARIAS Maximiano Trapero Catedrático de Filología Española Universidad de Las Palmas de Gran Canaria El libro que María Rosa Alonso acaba de regalarnos lleva un hermoso y poético título: La luz llega del este, que tiene un significado denotativo, por cuanto, efectivamente, los pobladores de Canarias vinieron del este, pero sobre todo un significado connotativo que admite múltiples sentidos. El contenido del libro: treinta breves capítulos dedicados a algunos de los problemas y mitos alzados en torno a las «antigüedades» de las Islas Canarias. Un libro de madurez; resumen y síntesis ordenada que es de los estudios realizados por la autora a lo largo de una vida entera dedicada al pensamiento y al estudio. Impagable es su reflexión por cuanto de luz trae para todos y por cuanto pone las cosas en su sitio, en el lugar de los hechos y no en el de los deseos. La seriedad, el rigor, el estudio previo, la objetividad y no el sentimentalismo, hacen de María Rosa Alonso una de las voces más autorizada, a la vez que ética, de las antigüedades de Canarias. Y sin embargo, a María Rosa Alonso se la conoce poco, a pesar de ser, con todo merecimiento, uno de los primeros Premios Canarias de Literatura que se concedieron. Salvo muy contados especialistas, nadie sabe a quien corresponde ese nombre. ¡Para qué lamentarse! Esa es una desgracia generalizada que afecta a todos los que se han dedicado a las letras en estos tiempos actuales, tan ingratos con el saber. Una vida entera dedicada al estudio de la literatura canaria hacen a María Rosa Alonso una autoridad de primerísima línea. Pocos hay -si es que hay algunoque puedan afrontar una explicación coherente, sistemática y convincente de la literatura canaria con mayor rigor y capacidad que María Rosa Alonso. Pero ahora, María Rosa se enfrenta no a problemas literarios, sino a problemas históricos. Porque la literatura primera que se hizo en Canarias -Espinosa, Torriani, Abréu, Cairasco, Vianapretendía ser también historia del gran episodio de la conquista y aún del anterior capítulo de la prehistoria canaria. En este libro, María Rosa Alonso se hace preguntas fundamentales a las que ni la historia ni la arqueología han respondido aún del todo. ¿Cuándo llegaron los «guanches» a las Islas? ¿De qué parte del inmenso territorio llamado Berbería salieron? ¿Qué lengua hablaban? ¿Era ésta una única para todos o tenían diferentes lenguas? ¿Cuál fue su personalidad? ¿Cómo vivían, cuántos eran, cómo estaban organizados en el momento de la llegada de los españoles las Islas? ¿Cuántos y quiénes eran entonces sus menceyes? ¿Qué fue de los guanches después de acabada la Conquista, porque éstos, a pesar de lo que generalmente se cree, no se extinguieron en su totalidad? Pero no porque sean preguntas que aún no tengan respuesta, deja María Rosa Alonso de buscarla, reflexionando y argumentando conforme a la mejor razón, buscando en el actual mundo bereber, en donde deben de estar «las raíces prehistóricas de las Islas», un mundo aquél «que todavía hoy se afianza en su tierra, frente al árabe invasor que lo sometió y ha asimilado bastante, pero que no lo ha hecho desaparecer» (pág. 10). Y puesto que el primer testimonio escrito verdaderamente histórico que habla de las Islas, se debe a Plinio (el del episodio de los «grandes perros»), quien atribuye el descubrimiento del archipiélago a una expedición en tiempos del rey Juba, busca María Rosa Alonso en las ciudades y en el mundo bereber en que el cultísimo Juba II vivió (en Túnez, en Volubilis, en Meknes, en Marrakech); e indaga en la historia sobre la genealogía de ese rey Juba que algunos historiadores (y la leyenda) ponen como responsable de la primera expedición a Canarias. No es María Rosa Alonso una «guanchista» al uso de muchos voluntaristas que no tienen en ello más que eso, voluntad, pero tampoco es una «antiguanchista» por principio. «En las páginas de nuestros primeros cronistas -se confiesa María Rosa Alonso-, del XV a finales del XVI, hemos leído cómo era su mundo sencillo, primitivo, elemental y nos admira su heroica supervivencia en tan mínimo espacio cultural y humano. Todos nos hemos enamorado de ellos; los poetas los han inventado, han agrandado sus virtudes; nos conmueve verlos, porque hasta los vemos, sucumbir ante la fuerza de una cultura mayor y evolucionada» (pág. 10). Pero afirma a continuación su posición de que lo guanche es sólo la «prehistoria de Canarias», un mundo ya completamente perdido e irrecuperable. Incluso su lengua. Por eso -dice con angelical ironía- «me permito expresar estas notas elementales para aviso de descarriados, que en angelical ignorancia pretenden que, al tener los indígenas isleños su raíz bereber, piensan que una cátedra de bereber actual le va a permitir hablar guanche a los canarios» (pág. 28). La ignorancia es mucha en estos asuntos, y el deseo de salir de ella por parte de algunos, nulo. Hay quien cree que todavía vive el guanche, y que en las islas hay todavía gentes que lo hablan. Y no sólo se dice, sino que, además, se ha escrito: yo he leído en estudios de finales del siglo XIX que los silbadores de La Gomera silbaban en guanche, y que por eso no se les entendía; y he leído también, en escritos modernos, que los romances que cantan en la actualidad las gentes de La Gomera tratan de las grandes epopeyas de sus antepasados guanches y, naturalmente, en guanche. Y esa falsa fama existe también fuera de las Islas. La propia María Rosa Alonso cuenta en su libro una anécdota ejemplar (pág. 51). Dice que mientras visitaba ella con un grupo de turistas españoles la ciudad de Marrakesh, el guía, que debía ser de origen bereber, y para aumentar la fama de los de su etnia, dijo que todavía en las Islas Canarias «se hablaba la lengua bereber llamada guanche». No. La verdad es que fueron las Islas las que se apoderaron de los bereberes y no al revés; como dice María Rosa Alonso, como final de la anécdota, «aquí se nos quedaron solitos, sin depender de su continente, que siguió su expansión cultural por el norte africano y las tierras peninsulares». En otra parte de su libro es María Rosa Alonso más contundente respecto a la vinculación de Canarias con el Continente africano: después de la arribada de sus primeros pobladores -dice nuestra autora-, «de África sólo han recibido las Islas en todos los tiempos el viento del Desierto y la plaga de cigarrones, pero cultura no, ya que el aislamiento fue completo» (pág. 47). Como filóloga que es, a María Rosa Alonso le ha interesado siempre mucho el tema de la lengua de los guanches, y especialmente sus nombres: los nombres de las islas, los nombres de sus menceyes y de sus principales héroes, los nombres verdaderamente históricos y los nombres inventados por Viana. A María Rosa Alonso, como estudiosa principal de Viana, se debe el primer deslinde entre lo verdadero y lo inventado en esa cuestión de los patronímicos guanches. Muchos de los nombres que hoy ponen los padres canarios a sus hijos son falsos, no reales; fueron inventados por Viana. «El mozo Viana -dice María Rosa Alonsoha trazado poéticamente unos personajes que los periodistas, escritores, poetas [y gentes comunes, añadimos nosotros], dan como buenos y reales; nadie lo lee, pero él se ha endosado un caudal que los ingenuos estiman auténtico» (pág. 67). En todo estoy de acuerdo con la ilustre estudiosa de Canarias, menos en lo relativo a la palabra guanche, a la que dedica el capítulo IX (págs. 53-56). Viene a decir, en resumen, que los guanches fueron sólo los habitantes de Tenerife. Se suma en esta cuestión a una cierta opinión basada en los textos de algunos historiadores y sobre todo en las Datas de repartos de tierras en Tenerife después de acabada la Conquista. Pero en esa adjudicación de significado no se tienen en cuenta otros documentos históricos y, sobre todo, otros usos lingüísticos que proclaman el nombre de guanche para todos los indígenas de Canarias; entre otros registros, la toponimia, que es de los más antiguos y de los más fiables: en todas las islas -en todas y no sólo en Tenerife, incluso en algunas en mayor cantidad que en Tenerife-, hay topónimos como El Guanche, La Guancha, Guanchía, etc. Y hay más razones. (De ellas daré cuenta en un largo estudio que aparecerá próximamente.) En los últimos capítulos del libro, afronta María Rosa Alonso un episodio realmente atrayente y poco conocido del último tiempo de la conquista. Se trata del «regalo» que los Reyes Católicos hacen a la Señoría de Venecia de un rey guanche. En efecto, acabada la conquista de Tenerife, en la primavera de 1496, el conquistador Alonso de Lugo, como trofeo final de la guerra, presenta a los Reyes Católicos, en Almazán (Soria), los menceyes cautivos. Los Reyes deciden entonces enviar a uno de ellos, como regalo, a través del embajador veneciano Capello, a la Serenísima Señoría de Venecia. María Rosa Alonso trata de reconstruir entonces, paso a paso, novelescamente, el viaje de aquel Mencey «Sin Nombre» desde los predios casi virginales de su Tenerife natal hasta el centro de la pompa y de la modernidad que suponía la Venecia de fines del siglo XV. ¿Cuál de los nueve menceyes que tenía Tenerife sería el desterrado convertido en mercancía de regalo?, se pregunta María Rosa Alonso, porque los documentos no dicen cuál fue ni menos dan su nombre? Acaso los Reyes Católicos apadrinaran al mencey en Almazán en la iglesia románica de San Miguel, y le pondrían nombre cristiano, aunque no haya llegado a nosotros. Desde Almazán, en mula, el mencey, acompañado del embajador y de su séquito, viajó a Barcelona. De allí, en barco, a Tortosa y Valencia; de Valencia, por causas que se desconocen, a Túnez; y de Túnez a Venecia, a donde llegaron el 17 de mayo de 1497. A cada paso se pregunta María Rosa Alonso por los pensamientos de nuestro Mencey Sin Nombre. ¿Qué diría al ver el gran caudal del Ebro, primero en Zaragoza y después en su desembocadura de Tortosa, él acostumbrado sólo a las correntías ocasionales de los barrancos? Y en Barcelona, ¿qué pensaría de la gran ciudad que ya era? Y en Valencia, ¿se encontraría con otros guanches coterráneos suyos a donde el mercado esclavista los había llevado y los tenía en venta? ¿Hablaría ya algunas palabras de castellano, incluso de italiano, después de tan largo tiempo de travesía? En Venecia llegó al tiempo en que se celebraba la gran fiesta de la Vera Cruz, con su solemne procesión por la plaza de San Marcos. El Mencey quedó tan impresionado de aquellas solemnidades que dicen que exclamó que «le parecía estar en el paraíso»; pero a la vez, no fue menos la admiración que el mencey de Tenerife causó a los venecianos, por «la novedad y lo extraño de su figura, de su manera de vestir, de su lengua y de sus costumbres». Fue en ese año de 1497, al tiempo que el mencey está en Venecia, cuando se esculpen los famosos «moros» del reloj de San Marcos que golpean con sus mazas todas las horas del día. Esos «moros» de bronce son formidables atletas y aparecen vestidos de pieles de ovejas. ¿Se inspiraría el escultor Paolo Savin en el mencey guanche de Tenerife, sin duda vestido de esa usanza? Es admirable la acumulación de datos que hace María Rosa Alonso, extraídos todos de sus observaciones viajeras (tan productivas siempre y tan ajustadas a cada caso) y de sus múltiples lecturas, para hacerlos concomitantes con los hechos históricos que estudia. Puesto el rey guanche frente a los moros del reloj, ¿lograría aquel hombre desterrado entender lo que aquel objeto significaba?, se pregunta María Rosa Alonso. Y acaba -empieza ella en su libro, puesto que lo pone en el primer capítulo (pág. 11)- con una sentencia poética y definitiva: «Si lo entendió, estamos iguales, a pesar de los cinco siglos que nos separan, él llegaría a saber, lo mismo que yo: que todas las horas del reloj hieren y que la última mata». Están cargadas de razón las palabras que el editor ha puesto en la contraportada del libro como sinopsis y valoración de la obra. María Rosa Alonso -dice- «con todo cuidado ha intentado separar la realidad documental histórica de la fantasía creadora de artistas y poetas, pero que ha sido fuente de interpretaciones gratuitas y poco serias, que en nada favorecen la dimensión cultural de las Islas. No obstante ello -sigue-, la defendida condición atlántica de la escritora le ha llevado a tratar, con singular ternura, a los primeros aislados por el mar, o sea, a la raza indígena isleña, por lo que ella denomina una razón de amor». Estoy de acuerdo con esa valoración. Aun habrá en estos asuntos de la prehistoria de Canarias quienes no quieran ver con la luz que imponen la razón y los hechos, pero de tercos que se empeñan en ver con el sentimentalismo del corazón y no con los ojos de la razón no nos librarán ni la constancia del investigador ni los buenos oficios del historiador. Otro valor de alto precio hay que añadir en el libro de María Rosa Alonso: su prosa es ágil, clara, poderosa; tiene el estilo de quien tiene mucho que decir y no se anda con rodeos para decirlo, llamando a las cosas por sus propios nombres, que es la mayor capacidad lingüística que se puede desear, y diciéndolo escuetamente, esencialmente, sin mucho adjetivo, aunque con propiedad. Por eso es tan luminosa su prosa. ¿Alguna objeción? Una sólo, tangencial. La autora centra sus observaciones y su motivo de estudio en Tenerife, en su conquista y en «sus» guanches, nada más, y no en el conjunto del archipiélago, aunque esto no se advierta ni en el título ni en el interior del libro. No es esta posición excluyente de la autora, pues en cuestión de «pleitos» está por encima de ellos; es sólo limitación del punto de vista del estudio. Otra cosa es que cuando aboga por nuevos estudios surgidos desde la universidad que aclaren los muchos problemas todavía pendientes, cifre sus esperanzas en «nuestros investigadores de la Universidad lagunera, donde ya apunta una savia nueva e importante» (pág. 63); se olvida entonces de mencionar la Universidad de Las Palmas, que tiene, también en ese aspecto, savia no menos importante y sí más nueva.