Prólogo El Pasajero bastante
Abstract
Prólogo al libro de Manuel Padorno El pasajero bastante
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Publicado como prólogo al libro de Manuel Padorno El pasajero bastante. Las Palmas de Gran Canaria: Ediciones del Cabildo Insular de Gran Canaria, 1998, 13-54. UNA EXPERIENCIA POÉTICA EN LAS CANTERAS: FRENTE AL ÁRBOL DE LA LUZ Maximiano Trapero Catedrático de Filología Española Universidad de Las Palmas de Gran Canaria Una de las experiencias intelectuales más interesantes que he tenido en el último año ha sido la de adentrarme en el mundo poético de Manuel Padorno. Surgió por casualidad, y no a través de la lectura de su poesía, harto bien conocida por mí, sino por medio de la conversación, es decir, de la prosa. Y surgió paulatinamente, sin preguntar por ello, inevitablemente, al compás de una conversación sin tema que se repite dos veces por semana, las mañanas de sábados y domingos, paseando por la playa de Las Canteras: una conversación que tiene por objeto el puro gozo del hablar, para unirse al puro gozo de ver y de oír y de oler el mar, y de sentir que la naturaleza toda amanece cada día con plenitud de vida. Hablamos de todo, de cualquier cosa, del privilegio de un clima inigualable, de la maravilla que es esta playa, del poco uso y disfrute que se le da a estas horas de la mañana, cuando más intensas son las sensaciones, del gozo de quien sí lo ha descubierto, una cosa que está ahí, al alcance de cualquiera y que tan pocos la han descubierto. Y hablamos de Canarias, de la cultura canaria, de literatura, de sus autores principales, antiguos y modernos, del romancero y de mis experiencias encuestadoras, de arte, de investigación, de la «lengua» de Canarias y de su pretendida Academia, de la «nacionalidad» canaria, de todo, sin opinar los dos siempre lo mismo sobre cada cuestión, sin estar necesariamente de acuerdo; pero hablamos, porque oír otra voz y otras razones en la mansedumbre de una mañana sin horario, caminando por la playa, frente al Árbol de la luz, predispone a la comprensión. Un gozo, por demás, valdesiano. Un ejercicio ése de gozarse en la conversación y la compañía, paseando por la ribera, que para Berceo y sus contemporáneos tenía un nombre muy preciso, deportarse: En essa matinada, cerca de prima ora, issieron deportarse fuera a la ribera... y que hoy, ¿por falta de uso?, ni siquiera tiene nombre. Fue así como surgió el tema de un libro de Décimas que Manuel tenía por terminar. Sabedor él de mi dedicación al estudio de la décima, como modalidad de poesía popular, tanto en su vertiente de poesía tradicional, como de poesía improvisada, la décima fue tomando poco a poco protagonismo en nuestras conversaciones. Tenía él un libro de décimas que venía configurándose desde hacía 10 años, desde 1987, al que volvía y volvía, corrigiendo, añadiendo, y que no acababa de terminar. Pero lo sentía ya acabado, falto, quizás, sólo de la decisión de decir «ya está». Un libro de décimas Un libro de décimas en un poeta como Manuel Padorno, tan moderno, tan de verso libre, es una novedad grande, la verdad, por lo que supone de sometimiento a una estructura métrica cerrada, extraña a los usos actuales de la poesía. Y aun si fuera el endecasílabo o el soneto, que
sí son medidas más frecuentadas, pero la décima, no, desde luego, al menos en España. Aunque no es la primera vez que Manuel experimenta con algún tipo de verso o estrofa clásica (sonetos, sextinas), pero muy libremente, y muy acertadamente también, con mucha originalidad. Le hablé yo entonces del proyecto de un Encuentro-Festival Iberoamericano de la Décima que reuniría en Las Palmas a algunos de los mejores especialistas en el estudio de la décima y a los mejores decimistas de varios de los países iberoamericanos donde se practica esta modalidad de poesía improvisada, también españoles y también canarios, por supuesto. Precisó Manuel que su libro nada tenía que ver con la décima improvisada, pero que quizás fuera de interés poder presentar ese libro suyo de décimas en un foro en que la décima sería la protagonista. Debió pensarlo y debió convencerse de que ése era el empujón que su libro necesitaba para ser terminado. A las pocas semanas me lo confirmó: -Ya está, vamos a ver si podemos que esté publicado para tu Festival de la Décima, y quiero que tú me hagas el prólogo. Por medio, por aquellos días, había aparecido su libro Para mayor gloria (Valencia: Pre-Textos, 1997), un poemario que volvía a incidir en el imaginario poético de Manuel Padorno, pero con nuevos temas, nuevos puntos de vista, y sobre todo con un nuevo lenguaje poético: un libro escrito en endecasílabos y en poemas de, exactamente, 21 versos cada uno, ordenados y organizados en 7 partes con, exactamente, 7 poemas por cada una (en total, exactamente: 49 poemas y 1.029 versos endecasílabos). ¿Pesa una estructura así, tan medida, tan férrea, en la poesía? No, cuando quien la utiliza lo hace con maestría; al contrario, le confiere la perfección a que aspira toda obra de arte, pero no como un valor añadido, sumado, al sustancial valor poético del contenido, sino, al contrario, configurando el contenido, haciéndolo que sea así y no de otra cualquier manera. El endecasílabo que Padorno logra en Para mayor gloria es un verso de sílabas medidas, sí, aunque sin rima, cosa que no afecta al verso, sino al poema, pero tan fluido, tan natural, aunque tan rítmico, tan melodioso, que pareciera que Padorno hubiera hallado en esa estructura métrica la medida exacta para acomodar en ella, y de manera natural, su pensamiento y su hablar cotidiano. Para mayor gloria es, entonces, un maravilloso poemario, uno de esos libros que sólo la madurez puede producir, un feliz encuentro del pensamiento fecundo y original con la forma poética maestra, hecha ella misma poesía. Y me entregó el original de El pasajero bastante, su libro de décimas, también en la playa, en los días en que yo gozaba intensamente con la lectura de Para mayor gloria. Y empecé a intercalar lecturas. ¡Gran contraste! Porque del alargamiento y mansedumbre del endecasílabo pasaba a la brevedad entrecortada del octosílabo, de la falta absoluta de rimas del primero a la férrea y machacona repetición de sílabas finales de los segundos, del lenguaje lírico y ensoñado de Para mayor gloria al complejo y cerrado lenguaje de El pasajero bastante. Los temas, en muchos casos, eran coincidentes -¡cómo podrían no serlo!-, ¡pero qué diferentes libros!, ¡cuánto de predisposición y de amor a la poesía exige El pasajero!, por lo que tiene de libro rompedor, de ascético ejercicio del pensamiento y del lenguaje. Confieso que me atraía más coger el primero que el segundo, pero, al fin, los leí los dos, alternando las lecturas. Y seguimos hablamos de todo ello en los paseos mañaneros de sábados y domingos por Las Canteras, frente al gran Árbol de la luz. Hablamos primero de cuestiones formales, de métrica, de cuestiones externas -todavíaa la verdadera poesía. La décima de Padorno ¿Por qué elige Padorno la décima?
-Porque quiero contar una historia -me dice-, y la décima se presta para ello, tiene la dimensión exacta para que en cada una de ellas quepa una escena, una anécdota, un episodio, autónomo o dependiente, eso no importa, y permite a la vez la sucesión narrativa del conjunto. Eso no es novedad, pero es verdad: la décima fue usada así en la época del Barroco, y aún por algunos poetas modernos, entre ellos Guillén, aunque la historia que Manuel quiere contar tenga más de lírica que de narrativa, por más que sí haya en ella una leve, sutil fábula en que se suceden unos hechos cronológicamente ordenados. Pero la décima que Padorno elige y usa en El pasajero bastante no es la décima clásica, la fijada por Espinel, la que ha venido a configurarse como «la décima», por antonomasia. Ésta tiene un sistema de rima abbaaccddc, pero dividida en tres períodos sintácticos y, por tanto, también métricos, que podrían describirse como dos redondillas unidas por dos versos de enlace, de la siguiente manera: abba:ac:cddc, de tal forma que las pausas fónicas amortiguan -si no diluyenla cargazón sonora que supondría la existencia de cuatro rimas en pareado: 2-3, 4-5, 6-7 y 8-9; así, con la sintaxis y con las pausas, se reducen a dos: 2-3 y 8-9, muy espaciadas ya éstas en el conjunto de la décima, y aun pierden la estructura del pareado al integrarse en la unidad superior de la redondilla. Por todo eso, la décima espinela adquirió de inmediato el favor de los principales autores: Lope, Quevedo, Góngora, Calderón..., tanto para la lírica como para el teatro. Por eso la décima es tan apropiada para el canto -«dulce y sonora» dijo de ella Lope-, porque lleva en sus versos octosílabos y en su rima entrecruzada la medida justa de la música. Y por eso se convirtió después en la estrofa preferida de la poesía improvisada, cantada siempre, porque su perfecto armazón ofrece la seguridad que la imaginación portentosa del repentista necesita para sujetarla a una medida que obliga y libera a la vez. Pero la décima de Padorno tiene otra estructura y otro sistema de rima. El modelo tipo que usa Manuel es éste: abab:cc:dede, es decir, dos cuartetas unidas por un pareado, coincidentes con tres períodos sintácticos también, aunque con una rima más que la espinela, y en la que los dos versos intermedios, al formar período sintáctico y fónico independiente, se constituyen en verdadero pareado. Éste es el modelo tipo, decimos, representado, por ejemplo, en las décimas 2, 3, 6, 9, etc., pero no el único. El sistema de rimas, sí, siempre es igual, pero no el de la configuración de los períodos sintácticos: hay décimas que son simples variantes del modelo tipo, como 1, 4, 11, 15, etc., pero hay otras que presentan una estructuración muy libre, como 7, 8, 12, 13, 16, etc.; las hay que son muy entrecortadas, tanto por representar más períodos sintácticos que el modelo tipo, como por romper los versos, como 18, 20, 24, 34, 35, 41, 66, etc.; las hay, por el contrario, muy encabalgadas y extendidas, como 5, 21, 22, 28, etc.; las hay que fluyen, moderadas, en un solo período sintáctico, como 23, 56, 65, 72, 74, etc.; y las hay, en fin, que encabalgan su último verso sobre el primero de la siguiente décima, como 20 y 63. Y este último recurso es muy novedoso, por lo atrevido, lo mismo que lo es el encabalgamiento del tercer verso de la décima 24, al romper la palabra sebar y repartirla en dos versos. Y todo esto, ¿qué significa?, si es que significa algo. Primero, que Manuel Padorno no es poeta «de academia», quiero decir de escuela poética que impone unas formas y una poética determinadas; que no se sujeta a modelo ajeno, aunque no haya una voluntad predeterminada por rechazarlo; que crea su propio modelo poético; más aun: que ni él mismo se sujeta a un modelo único, siendo propio. Segundo, que para Manuel Padorno lo importante es el contenido, la forma del contenido (es decir, el contenido poético), más que la expresión (la décima, la rima de la décima), y aún más que la forma de la expresión (es decir, los períodos sintácticos).
Se lo pregunté al autor: -¿Por qué este sistema de rima en tus décimas? -No lo sé, me pareció que este sistema se acomodaba mejor a mi forma de decir. La rima Pero todo esto tiene sus consecuencias y repercute necesariamente en la obra poética. El manejo del verso, y de la rima, como de cualquier recurso métrico, exige oficio, por encima -o por debajode la inspiración y de la sensibilidad poéticas. Forma y contenido, en este caso, no siempre van juntos, ni se presuponen mutuamente. Literatura -poesía, en este casono es sólo pensamiento, por sublime que éste sea, sino, sobre todo, lenguaje artístico poéticamente estructurado. Y éste sí que exige dotes particulares que el oficio no siempre proporciona, que se deben más -se dicea naturaleza e inspiración que a aprendizaje, a don que sólo Dios -o las Musasreparte donde quiere. Nunca la prosa podrá traducir a la poesía, y menos sustituirla, pero sí podrá decir de los recursos que hacen del lenguaje poético verdadera poesía, o, por el contrario, decir cuáles de los recursos utilizados estropean o perturban la calidad poética. Y en las décimas de Padorno existen algunas rimas que no están a la altura espléndida del conjunto. La rima muy marcada es extraña, molesta a la sensibilidad moderna; digo la rima muy marcada, no cualquier clase de rima. Cuando se eligen como formas de expresión poética el verso octosílabo y una estrofa como la décima, tan breve el primero para que el sonido marcado de su final se diluya en el resto, y tan repetitiva la segunda en esos mismos finales marcados, se corre un riesgo evidente: la de la cargazón sonora, la agobiante sistematicidad de la medida. No cabe duda de que métricas más extendidas, como el endecasílabo y el soneto, diluyen mejor esa servidumbre. Sujeción obligada que no es negativa, per se, sino que puede resultar arte superior o lastre (¿quizás pretendido, en este caso?), según la capacidad de cada autor. Décimas bellísimas, plenas de contenido y armoniosas de forma, son las que más abundan en El pasajero bastante, cada una aportando algo novedoso: o un diálogo interior, dramatizado, como la 21, o un período oracional extendido, fluido, como 23 y 74, o un lenguaje muy alegorizado, como 67; décimas, en fin, en que los recursos métricos (verso, rima y estructura) se ponen todos al servicio del contenido y ponen alas -y no trabasal pensamiento, como 28, 32, 59, 89, 72, 75, 77 y tantas más. Pero frente al mayor acierto de Padorno en el manejo del octosílabo y de la décima, alguna trabazón me producen a mí algunas rimas. Sobre todo en algunas de las décimas en que los versos 5 y 6 forman pareado, por constituir un período sintáctico independiente, por ejemplo en 1, 2, 9, 15, 26 y 29. Otro efecto sonoro -y formalproduce cuando el pareado se disuelve en períodos sintácticos mayores, como en 3, 10, 17, 19, 21, 41 y en la gran mayoría. Por otra parte, no se libran algunas décimas de rimas asonantes, como en 36: movediza / alisa, y en 76: voz que da / orfandad. De la misma forma que en algunas décimas las dos rimas de la cuarteta, por ser asonantes entre sí, producen una única asonancia en los cuatro versos, como en 44: arriba / germina / altiva / termina; o en 45: plena / belleza / serena / naturaleza; o en 49: sumiso / bombillo / preciso / amarillo. O hay rimas internas, como en 55: del universo, tan cierto. O existen rimas montadas sobre palabras de una misma raíz léxica, como en 31: agüe / desagüe; en 64: quilla / ahorquilla; en 68; fin / confín; y en 79: dispuesto / predispuesto. O incluso el cambio de género gramatical de una palabra final de verso ¿para forzar una rima?, como en 29: clara misteria / materia.
La libertad del poeta es la que decide, en definitiva, el sistema de rima. Pero la preceptiva y la historia literarias nos dicen que la rima consonante es la propia de la décima culta, de la décima escrita, y que la rima asonante es más propia de la décima popular, bien sea la tradicionalizada o la que se usa en la modalidad de poesía improvisada (aunque los repentistas cubanos, por ejemplo, tienen por defectuoso cualquier verso asonantado, pero esto es excepcional en el panorama de la poesía improvisada en el mundo hispánico). En Canarias, en donde tan viva está esa doble tradición de la décima popular, como poesía narrativa «memorial» y como poesía improvisada, la rima que predomina -la única que se practica, en realidades la asonante. ¿Habrá querido Padorno, buen conocedor de la décima popular canaria, conjugar en sus décimas los dos sistemas de rimas culta y popular para crear un producto nuevo, original y nada mimético? Y otra pregunta más me hago aquí: todo el ideario poético que Padorno se plantea en El pasajero bastante, ¿hubiera resultado igual en verso libre?, o, ya que tenemos el antecedente de Para mayor gloria, ¿en endecasílabos de rima libre? A una métrica tan «tradicional» como son el octosílabo y la décima, parecería que no le fuera bien una estética poética tan moderna como la de Manuel Padorno. Tanta ruptura de ritmo, de pensamiento entrecortado, tanta alegoría, un lenguaje tan nuevo, tan críptico a veces, pudieran no acomodarse a unas formas estróficas tan fijas. ¿Les hacen ser a éstas «materia» (forma de la expresión) insuficiente? Parecieran, pero ¿lo son? El lenguaje: Padorno pasajero del lenguaje Todo poeta busca la palabra nueva, la expresión nunca dicha, como si la fuerza semántica del verbo estuviera intacta, en plenitud de potencialidad, en el momento mismo de nacer, como así es, en efecto. La originalidad se convierte así en la aspiración máxima del poeta, y el lenguaje en la herramienta primera para lograrla. La literatura -es obviose hace con lengua. También con pensamiento, pero pensamiento -y emociónartísticamente expresado por medio de un código lingüístico que pretende ser en cada caso nuevo y único. Si algo es el poeta, es ser creador. Poeta es el que ve más allá que los ojos normales de los hombres normales, y oye voces que no perciben los oídos normales, y penetra su pensamiento en profundidades inexistentes para el pensamiento de los más (Es circunstancia propicia / que el verso siempre refleje / oscura razón, dice el poeta en la décima 2). Y posee además la facultad de crear lengua. Y crear lengua significa usar un código inédito, capaz de expresar esas realidades -físicas o mentalesnunca antes pensadas ni percibidas. «Dame el don de la palabra y crearé el mundo», dice cada día cada poeta a su dios. Y cuando ese dios se lo concede, ese poeta está, en efecto, creando un mundo pensable que asombra por su novedad, por la cualidad auroral que tiene. Poseer la metáfora -dijo Aristóteleses disponer del más formidable don de la creación. Pero claro está que un poeta no dispone de una lengua diferente de la de sus posibles lectores, ni siquiera de la que él mismo usa «cuando no es poeta», es decir, cuando habla, conversa y se comunica como común. Dispone de un mismo diccionario que el hombre común, de una misma gramática y hasta de un mismo código escritural, ya que no podemos hablar propiamente de un sistema fonológico en una poesía que nace sin voz y se lee en silencio (no así, sin embargo, en la poesía oral). ¡Pero cuánta distancia entre el lenguaje de la poesía y el de la calle! ¡Con cuánta intensidad ha de dedicarse el poeta a hallar su propio lenguaje poético, aquél que le permita expresar su pensamiento de una manera nunca dicha antes! Nunca el lenguaje del poeta está dado de antemano; ha de crearlo él en cada una de sus obras, en cada uno de sus poemas, en cada verso. Ésa es su grandeza y su servidumbre, ése su camino sin meta, ese su
oficio. El apartamiento que cada autor use respecto de las reglas de la lengua de todos es un camino que debe medir, pues corre el riesgo de hacerse ininteligible: porque las «reglas» son colectivas y el «uso» individual. La lengua poética es «creación»: mientras más original, más creación personal, pero menos alcance de comunicación colectiva tendrá. Y en este punto hallamos el punto central de la obra de Padorno, la atención máxima del poeta y su valor mayor. No es que sea conclusión del comentarista; es proclama inicial del propio poeta: sin carta marina busca / llegar a donde el lenguaje, dice en la primera décima del libro; es confesión conversacional en la Playa de Las Canteras: Una aventura mental y verbal. Indagar en el lenguaje, me dijo Padorno que pretendía; es obsesión reiterada a lo largo del decimario: pasajero del lenguaje, se dice de sí mismo en la décima 58; caminante dirigido a la palabra verdad, dice en la 58; buscador de un ruido verbal, el nuevo, en la 60; fenómeno, en fin, de creación poética al que el propio poeta bautiza con un nombre nuevo: oológica boca huevo (60), es decir: 'fecundación de la palabra en la boca'. Una décima entera me parece totalmente definitoria en este sentido, la 58: El pasajero tenía solamente la palabra. Una palabra que ardía en su boca, la que labra el aire, la palabrita que ara la tierra escrita; la que va, la que se da al oído, al ojo, oleaje, a la palabra verdad: pasajero del lenguaje. Y esa originalidad del lenguaje la logra el poeta mediante dos procedimientos: uno puramente léxico y el otro sintagmático. En los dos casos se trata de explorar las posibilidades que brinda el sistema de la lengua, virtualidades nunca antes practicadas, pero que el sistema permite. No son «norma» todavía, puesto que no han sido aún «habla», pero sí son ya «lengua», es decir, código comunicativo entre un emisor -el poetay un «oyente» -el lector-. En realidad, las creaciones lingüísticas del poeta nunca llegan a ser -ni el poeta aspira a ello-, salvo rarísimas excepciones, norma lingüística de la mayoría. De nombres de poetas crípticos, oscuros e ininteligibles, hay muchas páginas en las historias de la literatura, en todas las lenguas y de todos los tiempos, no sólo en los modernos de los -ismos. La creación léxica De entre los muchos procedimientos que Padorno usa para la creación de nuevas palabras en El pasajero bastante, hay uno que sobresale muy llamativamente: consiste en la formación de nuevas palabras, en este caso formas verbales por la fórmula en + sustantivo. El procedimiento no es nuevo en la poética de Padorno, pero en ninguna obra anterior lo había desarrollado tan intensivamente. Tampoco es que sea un procedimiento original de Padorno, puesto que la lengua común lo practica de continuo, y así el autor usa muchos de ellos ya hechos «norma» lingüística, como embellecer (4), embarcar (5), envolver (24), enrollar (24), emborronar (29), enmarcar (32), enamorar (34), encarar (48), encallar (56) o ensangrentar (76). El recurso es, pues, simple y está al alcance de cualquiera, pero sólo quien es poeta -es decir, creadores capaz de aplicarlo eficazmente, poéticamente, alumbrando creaciones léxicas
nuevas. Palabras nuevas en plenitud, cargadas de semántica, semánticamente plenas, sin el desgaste que va produciendo la generalización. Palabras como enfebrecer (8), envegar (9 y 45), envelar (43), encalmar (46 y 63), enalmar (46), encuerpar (53 y 66), enfiestar (47), enlabiar (48), enllamar (49), entuercar (50), encenizar (49), empueblar (59), encallar (59), enrumbar (76) y quizás otras que a mí se me hayan escapado dan al libro de Padorno la categoría de obra original, resultado inédito que dice más por cuanto no estaba dicho, que sugiere, incluso, mucho más de lo que dice. El prefijo en le añade al significado particular de cada palabra el valor genérico de 'convertir algo en otra cosa', 'estar envuelto de algo', 'comportarse como si se estuviera poseído de algo'. Así, enalmar será 'tomar alma una cosa u objeto físico', mientras que encuerpar será 'tomar cuerpo una cosa mental o concepto'; envelar, 'convertirse en vela de barco'; enfiestar, 'vestirse como si fuera de fiesta', etc. El procedimiento sirve incluso para dar a palabras ya usuales un significado distinto, el etimológico, que es lo mismo que volver al inicio de la voz: así encallar 'recluirse en el silencio' (y no 'embarrancar') (59) y, aunque sin el recurso del prefijo, calado 'metido el barco en una cala' (y no 'empapado') (55). No es éste el único procedimiento usado por Padorno para la creación léxica en El pasajero bastante, pero sí, con mucho, el más importante. Hay otros casos de prefijos utilizados con valores novedosos, como desaguar (47) agrisar (54); creación de nuevas palabras mediante la conversión en categoría verbal con una simple sufijación, como agüerar (45) o atmosferizar (62); creación también novedosa de adjetivos procedentes de verbos, como oleados (de oler) (14), o sustantivos procedentes de adverbios, como el original alláados (28), en oposición a allegado (77); en fin, el uso del cultismo atraído por vez primera a nuestra lengua desde una raíz clásica, como oológica (60). La creación sintagmática Pero más interesante aún que la creación léxica, que al fin es un procedimiento de elementos aislados, son las creaciones que conllevan determinados procesos gramaticales. Éstas van, en el caso de Padorno y de su pasajero, desde el simple cambio del género gramatical de un término (el platanal infinita, 12, o clara misteria, 29), o de una concordancia «anómala» (los pensamientos barroso, 14, o cuanto Diana embelleza, 4, o anguladas se termina, 44), hasta desarrollos sintácticos mucho más complejos. -Disfruté escribiendo El pasajero -me confiesa Manuel-. Nunca me había sentido tan libre ante el folio en blanco. Y dice eso habiendo tenido que someterse deliberadamente a la estrecha medida del octosílabo y a la férrea medida de la décima. Incluso hay aspectos meramente formales, como lo es la puntuación, que lleva Padorno en este libro hasta extremos muy personales. En un sentido concreto tiene el verso octosílabo de la décima de Padorno el valor de medida que tiene en la lírica tradicional: que la unidad métrica se ajuste a la unidad sintáctica. De ahí que el final del verso, por lo general, sea en la poética de Padorno marca de pausa, sin necesidad de que aparezca la coma, que sí usa en otras posiciones del verso. Son típicas del verso de Padorno (y no sólo de este libro) construcciones del tipo tienen todos, de raíz (12), el olor cuecen, halaga (14), sólo el labio, conversable (18), que navegará, serena (45), procura ser, parecido (60), fundamentales, traída (62), etc., y que ahí acaban su sintaxis, sin encabalgar con el verso siguiente. Y no es que desconozca el verso de Padorno el encabalgamiento, sino que conjuga ambas alternativas de una manera muy personal.
El decir mucho con pocos elementos, comprimir el lenguaje hasta el extremo de su máxima expresividad, eliminando todo aquello que no sea significativo, ha sido obsesión de muchos poetas, y hasta poética que ha caracterizado a todo un movimiento literario. En esa línea se sitúa Padorno en El pasajero bastante. Para ello se sirve de determinados procedimientos, bien estudiados por la retórica clásica, pero que en el caso de Padorno nada tienen de imitación, sino que resultan de una reflexión muy personal. La elipsis es la «figura literaria» que debemos suponer para explicar versos como a toda vela llanura (9) o palabra nave infinita (62) o marino rostro salobre (46), pero cuáles sean los elementos elididos es algo que resulta imposible de saber para el lector, y que al fin y al cabo tampoco tiene por qué preguntarse por ellos, pues lo que ha de importar al lector no es lo que no aparece en los versos, sino lo que realmente aparece, sean cuales sean los vericuetos mentales por los que el poeta ha tenido que transitar para lograr versos tan plenos de significado como los anteriores. La cuestión aquí para el lector de El pasajero bastante no es preguntarse por los fenómenos literarios que hay detrás de expresiones como los tres callaron mayor (21), viva soy al alejarse (30), el náufrago que me vente (75), el pasajero me fue (78) o el pez de la luz nutricio (80). Esa es cuestión que queda, en todo caso, para el crítico literario que quiera dar cuenta de las «desviaciones» del lenguaje poético respecto del lenguaje «académico». Lo que cabe preguntarse, es si el lector del libro de Padorno llega a entender el mundo pensado por su autor y expresado por tales versos. Es decir, si el código lingüístico elegido por Padorno se sitúa dentro del sistema de la lengua de sus lectores. El conocimiento del léxico de cualquier hablante de español le permite reconocer, por ejemplo, que la palabra ciruela es nombre de un objeto, una fruta en ese caso, pero nada impedirá que, dentro de las posibilidades que marca el sistema de nuestra lengua, esa misma voz en un verso como la luz volcaba ciruela (35) haya desviado su significado hacia una circunstancia de aquel objeto, precisamente la de su color. Y así, todo lector de esta décima de Padorno entenderá que la luz del día de aquel espacio era de color ciruela, una luz incomparable, nunca percibida antes, porque nunca antes del verso de Padorno había tenido nombre. Pero lo cierto es que versos como los anteriores y hasta décimas enteras son llevadas por Padorno hasta el límite de las posibilidades del sistema de la lengua, que no es otro que el de la inteligibilidad. Ante versos como mirando la llama, el vaso colmado luz transparente; la interpretación del lector se diversifica en una serie de posibilidades. Puede entender que, conforme a la norma del poeta, después de vaso debe existir una pausa (coma elidida) y que, por tanto, el vaso es aposición sinonímica de la llama, calificación metafórica -casi alegoríaque, efectivamente, Padorno usa con frecuencia para calificar la llama de luz que es el mar de Canarias divisado desde Las Canteras (2, 12, 67, 69), la cual, a su vez, es un vaso (31, 33, 34). Pero entonces el colmado del verso siguiente, tal cual aparece escrito, ya no puede ser adjetivo de vaso, sino de luz, y en este caso presenta una concordancia anómala. Y si el lector interpreta que colmado califica a vaso debería entonces aparecer una coma detrás de colmado, según las reglas de escritura del español normativo. Y sin embargo, nada impide leer -y entenderesos versos tal cual están escritos por su autor y conforme a su práctica de puntuación: mirando la llama, el vaso[, , ] / colmado [d de ] luz transparente. Y me recuerda Manuel que este vaso (y su escultura es objeto / que enamora la mirada, 34) es un homenaje al poeta mexicano José Gorostiza, a su Muerte sin fin.
Se trata, por tanto, más de una sintaxis «semántica» que gramatical, es decir, más interna -del poetaque externa -de la lengua de todos-. Pero claro está que el poeta quiere decir con sus versos -y con su lenguaje poéticoalgo que el lenguaje común, utilizado según el uso del común, no le permite decir, y para ello busca, indaga y encuentra fórmulas que, según los casos, resultan unas veces transparentes -felicesy otras crípticas -oscuras-. ¿Cuánto de oculto hay en la décima 13, por ejemplo? ¿Cuánto media entre el código lingüístico de Padorno y la lengua de un lector (culto, incluso, hablante de español) para que éste pueda leer -es decir, entenderel pensamiento que aquél expresó en estos versos?: Seguí por donde el tabaco al higueral las espigas, cuece el olor, donde saco del cielo sus largas vigas, resinan dulces el aire que se respira, al socaire del valle los palmerales. El tabaco luce cientos, primero los higuerales de los siete sentimientos. El título El título del libro es un ejemplo más, aunque el primero, de esa sintaxis «semántica» que domina el lenguaje poético de Padorno. El pasajero bastante es un hermoso título, un acierto expresivo que empieza por llamar la atención del lector e individualiza ese libro dentro del conjunto de la obra de un autor, uno de esos hallazgos que todo poeta busca ansiosamente para sus títulos. Pero es una construcción sintáctica «anómala» desde el punto de vista de la lengua «académicamente correcta». Bastante es adverbio que califica en este caso a un sustantivo, cosa que las gramáticas del español no contemplan como norma. Y, sin embargo, Manuel Padorno la convierte en construcción que reaparece en las décimas 7 y 79, y en modelo que se repite en otras construcciones, como en sabor a patria despacio (12). El adverbio, así, en el código poético del autor, toma el valor de un adjetivo. Pasajero bastante será aquél que posee la cualidad de pasajero en alto grado, el pasajero que se siente bastantemente preparado para el viaje, no completamente, pero sí suficientemente preparado. Quien conozca la obra de Padorno, sabrá que la cualidad de caminante, de peregrino, es una de las constantes de su trayectoria poética. Se llamará a sí mismo unas veces náufrago, otras nómada, aquí pasajero, nómada del afecto (9), pasajero infinito (69). En todos los casos, hay una condición permanente de búsqueda, de oficio que se justifica más en el propio viaje que en la meta. Lo recordará el propio autor en una de las décimas más bellas de este libro, la 68: Comenzada nave mía hacia un viaje sin fin... Comenzada en A la sombra del mar, allá en 1963, y transitada sin descanso, sin detener el paso, en una serie de entregas orientadas en una misma dirección: en Una bebida desconocida (1986), en El náufrago sale (1989), en El hombre que llega al exterior (1990), en El nómada sale (1990), en Égloga del agua (1991), en Éxtasis (1993), en Desvío hacia otro silencio (1995) y más. Y sigue: Esta larga travesía atracará en el confín. Y la nueva luz, primera