Crecimiento urbano y desagrarización en Gran Canaria durante los años 1950-1980
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CRECIMIENTO URBANO Y DESAGRARIZACIÓN EN GRAN CANARIA DURANTE LOS AÑOS 1950-1980 Ramón Díaz Hernández (ULPGC) Josefina Domínguez Mujica (ULPGC) Juan Manuel Parreño Castellano (ULPGC) (Publicado en Las escalas de la Geografía: del mundo al lugar [libro de Homenaje al profesor Miguel Panadero Moya, catedrático de Geografía Humana en la Universidad de Castilla-La Mancha], pp.1067-1088. Cuenca 2010. ISBN: 978-84-8427-753-8) I. INTRODUCCIÓN El período histórico que se extiende entre los años 1950 y 1980 está muy condicionado en Canarias por lo sucedido en los años inmediatamente precedentes (1936-1950) que supusieron para las Islas restricción económica, regresión social y ruptura política coincidiendo con la primera fase de la dictadura franquista. Poco después y con muchos controles políticos, en los años cincuenta, es cuando se empieza a notar un cierto alivio debido a la ampliación del mercado interior a partir de la nueva fase expansiva de la agricultura de exportación, de la recuperación del tráfico marítimo y de la llegada de remesas de los emigrantes isleños residentes en el exterior. A eso le siguió una dinámica económica expansiva y que bajo el nombre de desarrollismo fue impulsada en Canarias por la dictadura entre los años 1960-1975 obteniendo un enorme alcance en todos los aspectos1. En ese contexto histórico trataremos de analizar el proceso de desagrarización y concentración urbana acaecidos en la isla de Gran Canaria a partir de los años cincuenta hasta finales de los setenta del pasado siglo. La gran favorecida de ese proceso va a ser sin la menor duda la ciudad de Las Palmas de Gran Canarias ya que, una vez superado el ciclo adverso provocado por un conjunto de factores que se sucedieron en el tiempo (crisis económica internacional de los años treinta, guerra civil española, segunda guerra mundial, aislamiento y dificultades para el comercio con el exterior durante la postguerra y la etapa de autarquía de los primeros años del franquismo con su conocida 1En este proceso ya se aprecian los efectos de la nueva política económica que adoptó el franquismo a partir del Plan de Estabilización y Liberalización Económica de 1959 unido a la excelente coyuntura internacional.
política de reruralización de la sociedad) se verá convertida finalmente en la primera ciudad del Archipiélago canario. Desagrarización y expansión urbana son dos fenómenos que en este caso se activan prácticamente al unísono como causa y consecuencia de un mismo proceso. En apenas tres décadas, los espacios de ocupación agropecuaria tradicional sufrieron una transformación acelerada, debida en gran parte a la fuerte influencia que ejercía la capital insular de Gran Canaria (que lo era a su vez de la provincia) sobre su entorno más inmediato. Esta situación que se traduce en un cambio económico radical introducido por el boom del turismo y la construcción por medio del cual los servicios pasan a desempeñar un papel preeminente, mientras que el sector primario ve debilitada su posición hasta alcanzar en un momento dado el nivel más bajo en cuanto aportación de riqueza al PIB insular y provincial se refiere. Dicho cambio va a tener unos costes sociales, económicos y territoriales importantes puesto que se salda con un éxodo rural sin precedentes, un rápido envejecimiento de las comarcas afectadas, una inversión en los flujos migratorios tradicionales a favor de la inmigración y un recrudecimiento de la competencia entre los distintos usos del suelo debido a la implantación de nuevas infraestructuras, mayor asalarización y movilidad de la mano de obra, disputa por recursos naturales tan básicos como el agua, acentuación de los contrastes del nivel de vida urbano/rural y, sobretodo, una sustitución progresiva del tradicional paisaje agrario por otro de marcada influencia urbana/periurbana. Todo ello se efectuará, además, en un contexto más amplio de transformación social, económica y política del Archipiélago. La combinación de causas y consecuencias que han intervenido de forma decisiva en esta etapa (1950-1980) ha permitido tramar una reflexión de cómo la isla de Gran Canaria ha dejado de ser en poco tiempo un espacio dotado de cierta armonía paisajística, con un poblamiento relativamente bien distribuido, un territorio con asignación de usos y funciones delimitados con una economía mejor diversificada y en distensionada convivencia entre los diferentes sectores que la integraban. De una situación así se ha pasado a otra muy diferente en donde el territorio ofrece un carácter amalgamado por una creciente suburbanización que yuxtapone diferentes funciones introduciendo aspectos hasta ahora impensables como son: la generalización de usos no agrícolas en espacios rurales, al mismo tiempo que se producía un masivo abandono del
campo desconocido hasta ese momento. A todo ello se añade la crisis ganadera, la dureza con que se ha realizado la reconversión del sector pesquero y de la entonces importante industria conservera con el aumento de la dependencia de los mercados exteriores para el abastecimiento de las necesidades más elementales de la población. Paradójicamente la modernidad aquí viene asociada a una pérdida de diversidad y a una fuerte apuesta por los subsectores que integran el terciario, en donde los servicios, el comercio, el transporte y sobre todo el turismo no favorecen los prerrequisitos necesarios para crear nuevas fuentes de riqueza y empleo asociados a una mayor diversificación de la economía, potenciando la actividad industrial o poniendo en valor las actividades agroambientales. La deconstrucción del medio rural tradicional y su brusca sustitución por el medio artificial-urbano ha desligado la secular comunión del hombre con las leyes que rigen el medio natural. La gestión de los espacios no urbanos es uno de los grandes fracasos colectivos de las dos últimas generaciones. En ciertos aspectos se puede decir que esta isla ha alcanzado ya una consideración de espacio eminentemente postagrario. Hoy en día el espíritu rural está conformado por la llamada “agricultura sin agricultores” y por la nostalgia de su ausencia. II. SITUACIÓN DE PARTIDA: CARACTERIZACIÓN DE LA ECONOMÍA DE GRAN CANARIA (1940-1980) La agricultura y el agua son, a juicio de González Vieítez y Bergasa (1995, p. 174), los elementos principales que ocupaban un lugar central en la economía canaria durante los años 1940-1980. Ambos factores desempeñaron una posición hegemónica, lo que a su vez contribuía a definir el peculiar modelo económico y social de Canarias, y que en la práctica se venía repitiendo con pocos cambios desde la conquista de las Islas a finales del siglo XV. Cierto es que estos dos capítulos perderán importancia precisamente en esos años y con enorme rapidez, mientras que el turismo – actividad que ya estaba implantada en las Islas desde antes del siglo XIX -- se erige como un relevo decisivo debido a su creciente empuje y a su manifiesta tendencia expansiva. En ese contexto, Las Palmas de Gran Canaria fue también una ciudad precursora de la actividad turística, junto al Puerto de La Cruz en Tenerife, toda vez que el capital británico estableció en ella los primeros hoteles desde finales del XIX y principios del XX (RIEDEL, U. 1971) en donde eran alojados los numerosos visitantes europeos que por diferentes motivos recalaban en el Archipiélago.
Al igual que en las demás Islas (y analizada de forma sintética) la agricultura en Gran Canaria hasta los años 60 del pasado siglo consistía en la suma de tres agregados o subsectores que conformaban un sistema estrechamente interrelacionado entre sí. En realidad este sistema era el más adecuado por su complementariedad a las condiciones de cada momento; de ahí su persistencia en el tiempo. Se trataba de un sector primario cuyos componentes consistían en una agricultura de autosubsistencia, una agricultura de abastecimiento del mercado interior y una agricultura de exportación que, sin competir formalmente entre ellas, se repartían el territorio en ausencia de tensiones sociales y económicas. Las dos primeras se situaban por encima de la cota de los 300-350 metros en donde se implanta un policultivo de cereales, papas, hortalizas, frutales, explotación de los escasos bosques de pino, forrajes y ganado junto con la producción y gestión de los recursos hídricos vitales para los cultivos de exportación de las zonas bajas2. En las medianías y cumbres se practicaba, en efecto, una agricultura familiar en pequeñas explotaciones, con un equilibrio precario de producción-consumo sin llegar a generar excedentes de consideración. Su función se limitaba a sostener y reproducir el sistema de relaciones sociales y de producción que exigían las propias necesidades de la Isla. A su vez, las estructuras demográficas con su proverbial prolificidad se encargaban de reproducir la reserva de mano de obra para la agricultura de exportación de forma que, cuando esta última sufría una crisis seria, la emigración hacia América se responsabilizaba de actuar de válvula descompresora (MACÍAS HERNÁNDEZ, 1981). Mientras tanto, la tercera modalidad se aprovechaba de las condiciones climáticas subtropicales y de un relieve más suave, que son los factores que rigen en la zona baja de la Isla para implantar los cultivos de exportación (tomates y plátanos) en régimen de monocultivo. Esta última, y desde el ciclo sacarocrático impuesto a finales del siglo XV, presenta ya un consolidado carácter capitalista y una fuerte dependencia de los mercados exteriores (DÍAZ HERNÁNDEZ, 1982). La estructura de la propiedad permitía el acceso a parcelas de tamaño medio y grande con lo que se pueden introducir ciertas mejoras técnicas en materia de riego, fertilización, mecanización, organización desestacionalizada del empleo (en el caso del plátano) mitigando el desasosiego social en las zonas rurales en donde la continuidad del trabajo equivalía a garantía de 2Las antiguas Heredades de Aguas, controladas por la oligarquía insular, son las que desde la conquista han explotado a su favor las cuencas hidrográficas apropiándose de las aguas de escorrentía superficial, las que proceden de las fuentes y manantiales y las que extraen del subsuelo mediante pozos y galerías.
supervivencia. Se trata, pues, de un sector moderno en donde los factores productivistas favorecen mejores rentas y mayores posibilidades de empleabilidad lo que contrasta nítidamente con las dos restantes. No obstante, cuando acontece el menor revés en cualquiera de ellos se revalorizan de forma inmediata los otros dos. Con este mecanismo automático de interacción entre estos tres subsectores los grandes propietarios mantienen sus niveles de renta y el control efectivo de los medios de producción. Y es que en estos años, el modelo económico imperante era detentado por una oligarquía agrocomercial vinculada estrechamente a la propiedad de la tierra y el agua, a la producción hortofrutícola y especialmente a la práctica del comercio de exportación. Esta clase social se configura como elemento hegemónico lo que le conduce en numerosas ocasiones a servir de rótula respecto de los intereses extranjeros en las Islas (SUÁREZ BOSA, 2004). Al dimensionarse el trabajo por cuenta ajena en la primera mitad del siglo XX hace que se constituya en la zona de agricultura de exportación un proletariado rural propiamente dicho que carecerá de influencia después de la supresión de los sindicatos libres y la represión franquista contra sus afiliados. Las comarcas más favorecidas por la asalarización serán aquellas que acogen los cultivos de plátanos, tomates y papas destinados a la exportación. No obstante, las propias disparidades en el aprovechamiento del suelo y del agua producen dentro de la Isla grandes desequilibrios sociales y económicos. Para hacernos una idea aproximada de la situación cabe recordar que, a mediados de los años cincuenta, saliendo de la etapa autárquica que había fomentado una reruralización a ultranza en el campo insular, sólo se aprovechaba con fines agrícolas el 20% de la superficie de Gran Canaria3 debido a las especiales condiciones orográficas, edafológicas y climáticas. Eso supuso que a cada habitante de Gran Canaria le correspondiese de media unos 1.364 m2 de superficie agraria en 1950, mientras que en 1984 se llegaba tan sólo a 339 m2. Y eso se debe no sólo al aumento de la población, sino a que, entre 1950 y 1984, la provincia de Las Palmas registra un retroceso del 59% de la superficie cultivada. En esta caída el subsector ganadero es también arrastrado y el 3Según el Instituto Canario de Estadísticaen la actualidad sólo se emplea un 1% de la superficie total.
pesquero logra resistir un tiempo hasta que sufre una reconversión drástica con la anexión de facto por parte de Marruecos del ‘banco pesquero’ canario-saharahui. El abandono de las tierras responde a una problemática compleja que se recoge con todo detalle en la literatura de la época. Se reitera como causas determinantes del retroceso la ausencia de una concentración parcelaria, la falta de una reforma agraria integral y fundamentalmente la descapitalización del campo insular, sobre todo en las zonas medias y altas de la isla (SANS PRATS, 1977). La población que estaba ocupada en el sector primario en 1955 suponía el 55% de la población activa, mientras que en la actualidad sus valores se quedan por debajo del 3,5%. La tabla 1 refleja en este aspecto los cambios acaecidos en la etapa 1954-1984. Tabla 1: Evolución de la superficie cultivada en la provincia de Las Palmas (en has.) Cultivos 1954 1984 Variación Cereales 22.308 1.100 -21.208 Leguminosas 4.382 900 -4.682 Hortalizas y papas 12.580 7.200 -5.380 Cultivos arbóreos 7.658 6.200 -1.458 Plantas textiles 410 --- -410 Forrajeras --- 1.300 1.300 Tabaco 1.825 ---- -1.825 Total 49.163 16.700 -33.663 Fuente: Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación: Mapa de cultivos y aprovechamientos de la Provincia de Las Palmas. 1988. Madrid. Por otra parte, la agricultura de exportación, que desempeñó un papel crucial hasta los años 60, siempre fue una actividad muy vulnerable a las vicisitudes de los mercados en los que se vedía nuestra fruta, toda vez que se resiente con facilidad al tratarse de productos que no son en puridad de primera necesidad para los consumidores de los países de destino. El carácter prescindible de nuestra producción la hace aun más frágil. Su debilidad intrínseca, unida a otras causas de carácter internacional, geoestratégicas, variación en los patrones monetarios que rigen los intercambios comerciales,
encarecimiento de fletes, etc., irán determinando frecuentes alternancias de períodos de prosperidad con otros de crisis. El cultivo del plátano, pues, ha pasado por todas las alternativas posibles desde la euforia inicial cuando relevó a la cochinilla, su primera crisis acaecida en 1916, pérdida de los mercados extranjeros con la guerra civil española y segunda guerra mundial, hasta la protección que gozó durante todo el período de la dictadura como proveedor exclusivo de la España peninsular y Baleares. Su relevo como base esencial de la economía canaria se produce en los años 60 cuando el turismo tradicional establecido en Las Palmas de Gran Canaria, Tafira Alta, El Monte y Santa Brígida pasa a ser firmemente un turismo masivo de sol y playa gracias a los avances de la aviación, el bajo coste de este destino comparado con el sur de Francia y el litoral italiano junto al ascendente nivel de vida de la clase media europea. Pero los efectos de naturaleza exógena no pueden echar en el olvido la incidencia de una serie de condicionantes endógenos como el aumento de los costes de producción, los salarios, las cargas sociales, el agua, los fertilizantes y fitoplaguicidas de importación, empaquetado de la fruta, transporte, seguridad, etc. Todo lo cual va a ocasionar unos trasvases relevantes de mano de obra de reserva desde los espacios cumbreros, medianías, comarcas alejadas y/o deprimidas no sólo de la propia isla de Gran Canaria, sino también de las islas de Lanzarote y Fuerteventura. Como ya se dijo, el espacio que más se beneficia de esta estrategia de desarrollo es primero que nada el municipio de Las Palmas de Gran Canaria y, luego, a partir de mediados de los sesenta, las zonas sureñas en donde se abren nuevos asentamientos especializados en turismo de masas (‘de sol y playa’) para visitantes extranjeros (en las Playas de San Agustín, del Inglés y Maspalomas-Costa Canaria) y que inicialmente atraen a miles de ciudadanos de Reino Unido, Alemania y Países Nórdicos. El crecimiento del sector servicios con enorme rapidez coincide con un descenso considerable de las actividades relacionadas con la agricultura, la ganadería y la pesca. La construcción tuvo un protagonismo apoteósico tanto al inicio como al final de la etapa desarrollista pues actuó como banderín de enganche integrando en sus cuadrillas a gran cantidad de jornaleros y campesinos con escasa cualificación laboral. Su éxito se centraba en garantizar salarios que triplicaban las escuálidas remuneraciones percibidas en la labranza y las actividades ganaderas y pesqueras.
La industria tiene, en cambio, un alcance muy limitado debido a la escasez de materia prima y por las condiciones de un mercado insular reducido. No sucede lo mismo con el binomio construcción-turismo centrado en las áreas urbanas de la capital y los puntos de desarrollo de la oferta alojativa. Estas dos actividades no se contentan sólo con atraer los excedentes laborales de la provincia de Las Palmas, sino que extienden su influencia al resto del Archipiélago, Península y Baleares, Sáhara y países extranjeros provocando unos flujos migratorios numéricamente espectaculares como se podrá ver con todo detalle más adelante (MARTÍN RUIZ, 1981). En ocasiones los monocultivos platanero-tomate durante los años comprendidos entre 1885-1970 desvían la mirada de otras iniciativas empresariales, especialmente radicadas en la capital de la Isla, relacionadas con la industria harinera, pastas, derivados lácteos, conservas de pescado, confituras, molinos de gofio, fabricación de hielo, refrescos, destilación de ron, licores y aguardientes, cerveza, textil y confecciones, talleres de mecánica y construcción de máquinas, madera, astilleros, tabaco, fábricas de lejías y jabones, cerámica, prefabricados, etc. Con la potente actividad portuaria de La Luz hay un renacer de diferentes iniciativas artesanales e industriales de carácter urbano. La creciente proletarización e influencia de las clases medias urbanas junto a una mayor fluidez monetaria destruyen las viejas relaciones de autoconsumo y trueque en beneficio de un emergente consumismo. Despierta así el comercio al por mayor y al detalle con mercancías importadas muy baratas gracias a los excedentes agroalimentarios de la CEE y al régimen especial de franquicias característico de nuestros muelles desde 1852. A continuación vamos a analizar sucintamente el crecimiento de la población y los flujos migratorios durante los tres decenios en que se producen los grandes cambios económicos y territoriales ya descritos y que son los que determinan a nuestro juicio la desagrarización, proletarización, terciarización de la población activa y la fuerte concentración urbana de la población en Gran Canaria. III. PROCESO DE CONCENTRACIÓN POBLACIONAL EN LAS PALMAS DE GRAN CANARIA DURANTE LOS AÑOS 1950-1980. Empezaremos este apartado tratando de ofrecer una idea aproximada acerca del rápido aumento demográfico de Las Palmas de Gran Canaria así como del proceso de expansión urbana y de metropolización que todo ello conlleva. Para lo cual nos vamos a detener en el análisis de las siguientes cifras (véase tabla 2) en las cuales se aprecia
como en estos años esta capital absorbe el 28,12% del crecimiento regional; el 48,06% del crecimiento de la provincia oriental y el 53,87% del crecimiento acumulado que se experimenta en la isla de Gran Canaria durante los decenios 1950-1981. En efecto, de los 153.262 habitantes de hecho registrados en 1950 en este municipio se pasó a los 360.098 habitantes que recoge el censo de 1981, lo que supone un aumento de 206.836 nuevos efectivos humanos que se agregaron durante la etapa referenciada a Las Palmas de Gran Canaria con lo que se consigue multiplicar por 2,3 su población en sólo 31 años. Con ello nuestra primera ciudad se sitúa a la cabeza de la región en cuanto a crecimiento se refiere, destacando especialmente el aumento experimentado entre 1961 y 1970 en que el saldo intercensal arrojó un resultado de nada menos que un 48,06%. Pero este crecimiento no sostuvo el mismo ritmo en las tres décadas estudiadas puesto que alcanzó su cénit en 1970, debido a la intensidad del éxodo rural, y también a la llegada de numerosos foráneos del resto del Archipiélago, de la Península y Baleares junto a la creciente corriente de personas procedentes de países extranjeros. Hay que destacar que, entre 1951 y 1960, Las Palmas de Gran Canaria registra su último saldo migratorio negativo de -8.178 habitantes, y que, a partir de entonces, se invierte la tendencia siendo las entradas de flujos externos superiores a las salidas. Esta última situación, con alguna que otra pérdida poco relevante en los años ochenta, se va a mantener inalterable prácticamente hasta nuestros días. En cuanto al crecimiento endógeno cabe resaltar que, entre 1951 y 1976, la capital de Gran Canaria obtuvo un saldo vegetativo muy destacado de 114.462 nuevos efectivos debido a las altas tasas brutas de natalidad (de 26 a 30 por mil) coincidiendo con unas bajísimas tasas brutas de mortalidad (de 6,5 a 8 por mil). Nos encontramos, pues, en la etapa emblemática del ‘baby boom’ a causa de las elevadas tasas de natalidad que se repiten en estos años y que agregaban más población infanto-juvenil contribuyendo al rejuvenecimiento de la estructura demográfica de la capital, que a su vez se ve reforzada por una notable inmigración compuesta en su mayoría por jóvenes adultos en edad de procrear. La combinación de estos factores determinó que la tasa media anual de crecimiento de la capital durante estos años destaque sobremanera sobre el resto de las comarcas de la isla con cifras que van desde un 2,4% (1951-1960) hasta el 4% (1961-1975) respectivamente (MARTÍN RUIZ, 1985).
registraron en los censos y padrones de Las Palmas de Gran Canaria durante estos treinta años procedentes básicamente de Gran Canaria (53.142) y, en menor medida, de Lanzarote (5.821) y Fuerteventura (4.094). Se trata de un masivo extrañamiento de jóvenes y familias enteras que vienieron desde zonas rurales propiamente dichas o de enclaves urbanos de tamaño medio o pequeño con fuerte dependencia de las actividades agraria, ganadera y pesquera. La crisis del sector primario fue muy acentuada toda vez que comarcas completas como las del noroeste, centronorte e interior experimentaron tasas medias anuales de crecimiento negativo o incluso inferiores al 1% en todo el período considerado (MARTIN RUIZ, 1981). La zona norte y las medianías fueron sin duda las que sufrieron con mayor incidencia los abandonos por parte de labriegos sujetos a trabajos duros en jornadas interminables y con un régimen salarial dos o tres veces inferior a los que se percibían en la construcción y la hostelería de las zonas de destino. Gráfico 4: Procedencia del 'éxodo rural' de la isla de Gran Canaria con destino al municipio de Las Palmas de Gran Canaria Fuente: Mancomunidad Interinsular de Cabildos de la Provincia de Las Palmas A las causas generales que enmarcan el proceso desagrarizador y que ya fueron analizadas al principio de nuestro trabajo, debemos agregar otras más detalladas que guardan relación con la modernización del campo y el creciente cese de la explotación de tierras marginales. Desde mediados de los sesenta se abren las Islas a las importaciones de productos alimenticios excedentarios procedentes de la CEE y EE.UU. mediante prácticas de dumping con lo que se acabó definitivamente con el sistema de policultivos encargados hasta ese momento de abastecer el mercado interior y que tradicionalmente siempre estuvo asignado a las medianías y cumbres de la Isla. En la
zona costera, los cultivos de plataneras mantienen su vigencia pero se ven obligados a introducir nuevas técnicas de producción que determinan recortes de plantillas, congelación y hasta reducción de los salarios. Además, se generaliza la fertilización con productos sintéticos importados que expulsan a los ganaderos productores de estiércol orgánico mediante el tradicional sistema de ‘arrimos’. Se incorporó maquinaria agrícola para labores que antes se hacían a mano y nuevas técnicas mecánicas de riego (aspersión y goteo) que suprimieron el viejo sistema de manta que requería el empleo de más personal; la fumigación se hace ahora con potentes aspersores eliminándose a los limpiadores manuales de cochinilla, pulgones y demás insectos. El transporte en camiones hace innecesaria la contratación de tanto personal como antaño en las fincas y almacenes de empaquetado. La profesión de arriero, boyero de yuntas de arar, herrero, marcador, avisador, ranchero o distribuidor de agua, vigilante (‘guardias del palo’) y otras muchas relacionadas con el sector primario van desapareciendo poco a poco. En el medio rural se desata una crisis definitiva de profunda trascendencia existencial7. En la historia de la isla de Gran Canaria (y en el resto del Archipiélago) no se ha conocido un proceso de cambio de la envergadura del que se efectuó durante estos años. Tal es así, y a modo de ejemplo, que todavía en los barrios de la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria se mantienen (30 o más años después del gran éxodo) fiestas y tradiciones de clara exaltación campesina. Y eso es más llamativo cuando apenas queda vida campesina. Lo que indica que la pervivencia de la cultura rural sigue viva pero en forma de ensoñación nostálgica con lo que se desfavorece el surgimiento de nuevas identidades culturales más acordes con la vida urbana por parte de las nuevas generaciones. En el gráfico 5 se refleja la desigual participación de las comarcas grancanarias en el éxodo rural correspondiente al conjunto de la etapa considerada. En primer lugar se ve como las comarcas del norte y de los municipios de las medianías son los espacios más castigados por las bajas padronales. Los municipios de la cumbre y del suroeste perdieron en estos años cuantiosos recursos laborales y aceleraron el proceso de envejecimiento de sus poblaciones locales y si aportaron poco al conjunto del éxodo grancanario hacia la capital en términos relativos fue debido a que entonces ya eran 7La mayor crisis se centra sobre todo en la llamada agricultura tradicional que estuvo siempre sostenida por un campesinado pobre y en donde prevalecía una estructura arcaica de la producción y tenencia de la tierra que combinaba formas capitalistas con otras todavía más atrasadas.
comarcas escasamente pobladas. En las comarcas restantes (sur y sureste) el desenraizamiento no fue mayor porque en estos años se van a ver muy favorecidas por las nuevas infraestructuras (autopista, aeropuerto, presas y nuevos regadíos) que permiten el desarrollo de una agricultura de exportación (tomates, hortalizas y flores) que propiciaron el desarrollo de actividades industriales y comerciales asociadas a la construcción y turismo de masas. Gráfico 5. Procedencia del ‘éxodo rural’ de la isla de Gran Canaria con destino al municipio de Las Palmas de Gran Canaria (sobre datos totales para 1950-1980). Fuente: Mancomunidad Interinsular de Cabildos de Las Palmas El gráfico número 6 pretende facilitar la visualización del proceso inmigratorio hacia la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria por ciclos intercensales y por lugares de procedencia. En el mismo se aprecia de nuevo cómo en una primera parte el éxodo rural de la isla de Gran Canaria tiene un peso relevante, especialmente para los años anteriores a 1960 y entre 1961-1971, mientras que los restantes presentan una menor significación a excepción de los que llegan desde el resto de España que empiezan a destacar entre 1961 y 1971. El diáspora rural se agota en los setenta puesto que a partir de entonces cede su protagonismo a la llegada de otros dos colectivos: el procedente del resto de España (que alcanzó la supremacía en los años setenta) y el que viene desde países extranjeros. Por lo tanto se puede terminar diciendo que los años setenta supusieron el final de un período marcado por los movimientos migratorio interiores y es también cuando se empieza una etapa en donde los inmigrantes interregionales toman el relevo, para luego dejar paso a la posterior consolidación en los ochenta del pasado
siglo de los movimientos migratorios internacionales que, por otra parte, son los que hoy prevalecen en el panorama local y nacional. Gráfico 6: Población inmigrada a Las Palmas de Gran Canaria según ciclos y lugares de procedencia. Fuente: Mancomunidad Interinsular de Cabildos de Las Palmas. VII. CONCLUSIONES Se puede decir que el salto decisivo en el ritmo de la vida insular durante el franquismo no se produjo sino a partir de los años 60 y que se tradujo en un cambio radical que modificó en buena medida la fisonomía de la Isla. La transformación fue de tal calibre que, en pocos años, la estructura económica (con un crecimiento sostenido cercano a un 8% anual del PIB entre 1960 y 1975) y social dieron tal cambio que afectaron fuertemente a su paisaje y al conjunto del entorno natural. En apenas década y media se pasó de una sociedad tradicional, asentada en un modo de producción fuertemente vinculado a la tierra, a una sociedad moderna, aunque profundamente distorsionada, basada en el crecimiento hipertrofiado de los servicios a partir del ‘boom’ turístico y el espectacular crecimiento de la construcción. Estas dos actividades, asociadas a la especulación del suelo, tuvieron una elevada responsabilidad en la degradación de los espacios de mayor calidad paisajística del litoral capitalino y de las comarcas nordeste, sureste y sur de Gran Canaria, en donde
sin ordenación ni previsión de futuro, se asentaron los principales núcleos urbanos de la isla. Supuso también el comienzo del proceso de suburbanización de la Isla entera. Esta gran mutación incidió sobre las formas y niveles de vida que pasan a gravitar ahora en medios eminentemente urbanos. El crecimiento demográfico fue igual de espectacular al de la concentración de la población en la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria. La población insular se triplicó, pero su distribución dejó de ser más equilibrada para concentrarse en la aglomeración de Las Palmas de Gran Canaria y en el gran corredor de la autovía sur en donde hoy se despliega un gran contínuo urbano que se prolonga prácticamente hasta Mogán. También, en ese mismo período, los movimientos migratorios abandonaron su tradicional destino americano, para centrarse en una movilidad limitada al interior de la isla y de la provincia, pasando en los setenta por una corta etapa de hegemonía en la llegada de peninsulares hasta la aparición de la inmigración internacional a finales de los ochenta en el pasado siglo. La mejor muestra del aluvión inmigratorio registrado en los años 1950-1980 viene reflejado en el censo de 1981 que nos recuerda de que casi un 40 por ciento de la población empadronada en Las Palmas de Gran Canaria había nacido en otros lugares diferentes. BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA BENÍTEZ PADILLA, S. (1992): Gran Canaria y sus obras hidráulicas. Bases geográficas y realizaciones técnicas. Cabildo de Gran Canaria. 2ª edición. Madrid, 227 páginas. BURRIEL DE ORUETA, E. y MARTÍN RUIZ, J. F. (1981): “Estudio demográfico de la ciudad de Las Palmas”. Actas del IIIº Coloquio de Historia Canario-Americana. Ed. Cabildo Insular de Gran Canaria, pp. 431-512. BURRIEL DE ORUETA, E. (1975): Evolución moderna de la población de Canarias. Aula de Cultura del Cabildo Insular de Tenerife, 44 pp. DÍAZ HERNÁNDEZ, R. (1982): El azúcar en Canarias (S. XVI-XVII). Colección La Guagua nº 39. Las Palmas de Gran Canaria, 49 páginas. DÍAZ HERNÁNDEZ, R. (1990): Origen geográfico de la actual población de Las Palmas de Gran Canaria. CIES, nº 17. Madrid, 470 páginas. DÍAZ HERNÁNDEZ, R. (2008): “La última gran diáspora majorera (Migraciones intraprovinciales en las Canarias Orientales durante 1940-1980)”. Revista El Museo Canario, nº LXIII, páginas 187-214. Las Palmas de Grancanaria
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